Así que comencé a escribir de beisbol; aunque admiré a muchos jugadores de la Liga Mexicana (con el mismo razonamiento que apliqué para los peloteros de las Mayores), sus hazañas estaban muy lejos de los de Estados Unidos: el club era de los cien jonrones y en las Mayores era de 300; aquí, con mil hits entraban a la llamada inmortalidad del deporte, y en las Mayores necesitaban 3000; cien victorias bastaban para pertenecer a la elite, y en las Mayores, 300; cierto que la marca de bateo era más alta en México, para una temporada, pero con muchísimos menos juegos, y con todo y eso la diferencia no es tan abismal como parece, y también para una temporada, el porcentaje de carreras limpias en México era considerablemente más bajo, pero en una temporada mucho más corta.
Pero había peloteros formidables: la elegancia de Arturo Cacheux, la enjundia de Enrique Castillo, la contundencia de Miguel Sotelo, la consistencia de Ramón Arano, la finura de Frank Barnes, en cuanto a pitcheo; la perfección de Héctor Espino (la anécdota que cuento en el libro de él y Tito Monterroso podría haberse perdido, porque Tito me habló de Espino en La Ópera, sin testigos), la consistencia de Miguel Suárez, en fin, los Camacho, los Guerrero, Santos Amaro, Mario Ariosa, Felipe Montemayor, no exagero si digo que se acercan a cien los excepcionales, y 500 los simplemente muy buenos. Tal vez la diferencia se defina en la calificación que le daban a Montemayor los expertos de las Mayores: “tiene un swing tan bueno como el de Ted Williams, pero no le da a la pelota”.
Hay muchos libros de beisbol en México; algunos los he conservado, aunque no los he releído, cuando mucho he consultado algún dato, alguna fecha, pero siempre me quedo con la sensación de que son imprecisos, exagerados, de que los autores no se guían por el gusto del deporte, y que, como casi todos los cronistas, los reporteros, los redactores de las secciones deportivas de diarios, revistas y canales deportivos, carecen de objetividad, o sufren de parcialidad; al menos, es lo que dejan ver cuando narran juegos: “le van” a un equipo; no sé si fingen, pero al menos públicamente confiesan su simpatía por alguno de los contendientes, lo que les resta objetividad; es posible que actúen, para entusiasmar a los televidentes. Pero los resultados, cuando hacen algún libro, evidencian esas carencias, la redacción suele ser floja y, repito, es dudosa la precisión de los datos.
De cualquier manera, había ya suficientes historias del beisbol en México, pero ningún libro que hablara del beisbol en la historia de México, como tan abruptamente ofrecí dar ese enfoque en un libro que fuera diferente de los demás; y me topé con que podría hablar de Fernando Remes, de Jorge Fitch, de Leo Rodríguez, de Aurelio Rodríguez, del Yaqui Ríos; incluso de Beto Ávila, a quien no vi jugar pero fue del primer pelotero de quien escuché su nombre, cuando en 1960 Humberto Huerta me dijo, con azoro, que Ávila había realizado un pisa y corre desde la segunda base.
(Antes de él, sólo había oído hablar de futbolistas, también por Humberto Huerta, y de jugadores de futbol americano, en especial de Mario Yáñez Correa, un excepcional quarter back, defensivo profundo y, cuando se necesitaba, un pateador más que regular.)
Pero cuando la huelga en 1981 me decepcioné. El hecho de que fueran los de la Anabe reconocidos como la liga legal, por las autoridades, y que las televisoras y los periódicos los ignoraran, hizo que mi atención la enfocara sólo a las Ligas Mayores, y a veces me sorprendo cuando jugadores tan poco destacados como Chili Davis haya llegado a los 300 cuadrangulares, algo que apenas pudieron hacer algunos excelentes como Chuck Klein o Rogers Hornsbey.
Me declaré incapaz de seguir hablando de la Liga Mexicana después de la huelga. Lo resolví pidiendo a Diego que se hiciera cargo de esa parte. Aceptó, porque además de que sabe todo de esa época, siempre quiso escribir de beisbol. De hecho lo hizo, en El Financiero, aunque le mochaban las notas o las cabeceaban mal; tuvo una columna en el Esto, con la complicidad de Óscar Alarcón, e hizo algunas entrevistas, pero había competencia desleal, y finalmente se dedicó a la edición de libros, con bastante éxito y eficacia.
Que sabe escribir lo demostró en cuentos, algunos recopilados en su libro Extrainning, y en Una aventura patológica; ése no era el problema, sino que es impaciente; apenas le pedí su colaboración, a partes iguales, y comenzó a presionarme para que escribiera un capítulo para emprender el suyo; me llamaba dos o tres veces al día para preguntarme si ya le pasaba material, pero yo no carburaba; aunque presiono a la gente que trabaja conmigo y soy muy exigente, cuando me presionan me detengo y hago varios intentos antes de hallarle el modo; como dice Javier Ibarrola: “no me arreen porque me echo”.
Aunque hice mía la premisa de los novelistas y los cineastas de los años sesenta, de que hay que contar una historia con principio, desarrollo y final, pero no necesariamente en ese orden, decidí empezar por el principio: la mención del beisbol en revistas culturales; por desgracia, en México no abundaron las cintas que hablaran de beisbol, aunque sí las escenas en donde el protagonista se convierte en héroe de un juego, como en el caso de David Silva que batea un jonrón imposible en el Parque 18 de Marzo, precioso diamante, aunque con tribunas cuchas y el dugout insalubre (por eso ningún equipo entraba en ellos y se exponían a los pelotazos por sentarse fuera); la escena tiene lugar en Un lugar para…dos, y no tiene más importancia que, en la comida para celebrar el triunfo que consiguió Silva con ese batazo, baile un sabrosísimo danzón con Katy Jurado, a la que va empujando con los pasos del baile, hasta llevarla a un camión abandonado; o el batazo más imposible aún que conecta Tin Tan en El mariachi desconocido, que sólo sirve para mostrarlo coqueteando con Rosita Fornés, aunque los fanáticos veamos cómo lo regaña Ramón Bragaza y lo acusa de favorecer a unos apostadores.
La lista de cintas estadounidenses en las que el tema principal, o cuando menos el pretexto, es el beisbol, es enorme, tanto como las dedicadas al boxeo; sólo que no hay cinta beisbolera que no sea conmovedora, hasta donde un niño adquiere un brazo más poderoso que los profesionales, o en las que un niño hereda a los Oseznos mal llamados Cachorros de Chicago y los lleva a la Serie Mundial (a la que no asisten desde 1945 y no ganan desde 1908); y hay algunas excelentes, como la historia de Lou Gehrigh, o la de Jimmy Piersall, o la de los nueve expulsados por la Serie Mundial de 1919. También le hemos regateado la mención en la literatura. No tenemos un equivalente a The Natural, ni en el cine mexicano hay algo parecido a Once pares de botas, ahora olvidada pero en los cincuenta, célebre cinta sobre futbol y en la que participa, que no actúa, Alfredo D’Stefano, argentino que jugaba para el Real Madrid y para la selección española (por cierto, en esa cinta hay un personaje apellidado López Salgado, como después, en los setenta, militó en el Cruz Azul un jugador con los mismos apellidos).
Lo difícil fue empezar: tenía que encontrar un tono imparcial que no delatara las debilidades propias de todo aficionado al deporte; hay quienes piensan que los fanáticos de una actividad son buenos críticos; por el contrario, cuando alguien no se deja seducir por una actividad puede ser más imparcial al juzgar; por otra parte, como afirmamos en el libro, en el beisbol existe la admiración hacia el contrincante; es probable que exista en casi todos los deportes; si no la admiración, cuando menos el respeto; no así en los fanáticos, y a veces en los comentaristas: hubo quien, sin otra explicación que su intransigencia, terminó un programa con la súplica: “ojalá pierda el América”.
Evadí mi admiración por los equipos, no así por los jugadores, pero intenté conservar el tono objetivo, y me enfoqué más a resaltar los acontecimientos no deportivos que afectaron al beisbol; mientras terminaba el primer capítulo, Diego me apresuraba, alegando que mientras más me tardara menos tiempo le dejaba a él; pero me tardé porque a cada rato él me desmentía: no había sido un jugador, que yo recordaba, sino otro el que había realizado una hazaña; no habían sido 17 sino 18 los ponches recetados en un juego; fue por el jardín izquierdo, no el derecho, el jonrón que decidió un juego.
Por ello, cada que terminaba un capítulo se lo entregaba a él, para sus observaciones y sus correcciones; no en balde jugó desde los cuatro años, no en balde lo llevaba al Parque del Seguro Social hasta que comenzó a ir solo; no en balde no podemos ver juntos un juego porque por comentarlo perdemos detalles.
Pero nadie me ha presionado tanto como él para terminar un libro.
(Los datos y hazañas de peloteros a los que no vi se los debo a Marco Pulido, a Juan José Utrilla, y a Diego.)
(
viernes, 26 de febrero de 2010
domingo, 14 de febrero de 2010
Por qué escribir de beisbol
Comencé a ver beisbol apenas en la secundaria; aunque era el deporte que le gustaba a mi padre y a mis tíos, mi pasión por él empezó por culpa de los hermanos Valdés Olmedo.
Me cuentan que una ocasión, el equipo donde jugaba mi padre se enfrentó a una novena semiprofesional y lanzaba un nudillero; la única carrera que le hicieron fue por triple de mi padre y sencillo de otro bateador; en otro juego, mi tío Raúl “quién sabe cómo me enredé y me volé la barda; el siguiente bateador era Polo –mi otro tío– y también se la voló”.
No heredé esas habilidades; mi batazo más poderoso fue un sencillo, tan largo que vació las bases, pero por poco me sacan en primera; fue en el 18 de Marzo, que no tiene barda, y se fue más lejos del parque, hasta donde estaba el tiro al blanco con flechas; "debió ser triple", me dijo Víctor Tovar; apenas contesté, jadeando, que se diera de santos que alcancé a llegar; nunca corrí, no tenía velocidad y por lo mismo mi brazo era exacto, pero flojo; nunca pude jugar tercera y en el short apenas le llegaba a primera, por lo que cada batazo que fildeaba lo hacía emocionante; cuando pitcheaba dominaba a todos los bateadores, pero no sólo ellos, también mis compañeros se quejaban de lo lento de mis lanzamientos (lo recordé con envidia cuando vi a Mark Fidrych dominar a toda la Liga Americana con bolas de 45 millas por hora, y a Randy Jones con rápidas de 40 millas, y a quien incluso Pete Rose pedía que volviera a calentar el brazo); aunque hacía buen contacto, de diestro sólo dos veces me volé la barda; de zurdo en cambio pegaba buenos batazos, pero tenían que llegar a la barda para que pudiera embasarme; también fui catcher muchas veces, con buen manejo de las pitcheadas, conduciendo con serenidad a pitchers con buena velocidad, pero no me salían los tiros a segunda. Tuve buenas jornadas, pero en una ocasión, luego de perder por una carrera contra un equipo semiprofesional, y ser felicitados por ellos, nos atrevimos a jugar contra unas abusivas de softbol que nos anotaron 14 carreras en dos entradas; me dieron base por bolas, pero no pasé de primera, y en la segunda me robaron tres bases.
Fui coach y mánager, además de asesor de reglas y anotador, cuatro años en los que Diego era integrante de equipos en la Liga Maya o en la Lindavista; en la primera gané un juego haciendo que se aplicaran las reglas, con lo que armé un escándalo; me acusaron de ser estricto y no tener un criterio flexible (lo mismo de lo que acusaban a los agentes de tránsito que insistían en poner infracciones a los conductores que infringían en reglamento de tránsito: “por favor, tenga criterio, yo tengo auto y el señor era peatón”); en la Lindavista con pura estrategia vencí al mánager más experimentado, quien me reconoció méritos; por desgracia era pretemporada y no contó en los récords, pero sí en los anales de la Liga.
A cambio de mi carencia de facultades extraordinarias, desde que Cuauhtémoc Valdés Olmedo me convenció de que “usted ha nacido para short stop” (antes de que llegaran Ripken, Jetter y otros anormales, los short stops eran chaparros a mucha honra, bateaban entre .280 y .300, no buscaban las bardas, y eran el alma del equipo; ahora por gigantes no pueden cubrir mucho terreno y tienen problemas con las rolitas, pero pegan muchos jonrones; se olvidan del dicho de Babe Ruth: “I could have hit .600, but I’m paid to hit homers”, y de que Ty Cobb opinaba que los jonrones no tienen la misma valía del sencillo), aprendí a observar el juego como profesional; desde los primeros juegos que vi en el Parque del Seguro Social pude robarme las señales, intuía las órdenes de bateo, y anticipaba qué lanzamiento venía a continuación. Sabía en qué momento iba a salir un corredor en robo, y junto con el pitcher, cómo neutralizar los toques (de bola).
Como en la literatura, admiré, y sigo admirando, a los outsiders; eso no restó mi admiración por Stan Musial, Mickey Mantle, Ernie Banks, Hank Aaron (aunque mi admiración por él es retrospectiva; admiraba más a Eddie Mathews), Willie Mays, pero más a Johnny Callison, Albie Pearson, Billy Williams, Bobby Richardson, Rubén Amaro, Jim Landis; sobre todo a este último; la lista de los jugadores a los que he admirado desde 1962 es interminable, más numerosa que la de los incluidos en el Salón de la Fama (es más, allí hay gente que no lo mereció, como Reggie Jackson, cuyo mayor mérito fueron los jonrones en Serie Mundial, pero del que decían que era el jugador más valioso, porque cuando no ayudaba a su equipo ayudaba al contrincante; o Rick Henderson, el más petulante pelotero que haya visto), y nombrarlos llenaría páginas enteras sin siquiera resaltar sus cualidades, y aun así cometería injusticias y omisiones; pero a Landis lo recuerdo con más admiración que a nadie, porque no necesitó batear para ser héroe en cada juego. Casey Stangel, cuando dirigía a los Yanquis decía que Landis, de Medias Blancas, convertía los triples en dobles y los dobles en sencillos; en el libro de las grandes novenas, al hablar de los Gigantes de San Francisco, se dice que en la alineación ideal se puede poner a Orlando Cepeda en primera y a Willie McCovey en el izquierdo, o al revés, de cualquier manera Willie Mays haría las atrapadas; eso es cierto en el caso de Landis, quien llegó a fildear elevados en las líneas de foul, aunque era center (comprendo a sus compañeros Orestes Miñoso y el Jungla Rivera: jugando right, la menos compometida de las posiciones en el beis llanero, atrapé un elevado poderoso en la mera raya, y mi center me regañó: "grita que ya la tienes para que no te estorbe"); en las épocas en que reinaba el pitcheo, Landis nunca pegó muchos jonrones, pero producía más de 60 carreras por temporada.
Ante la imposibilidad de leer buenos reportajes de beisbol en México, cuando las columnas eran publicidad no muy disimulada, busqué mejores revistas; así me hice de una buena hemeroteca y de una regular biblioteca de libros de beisbol; soy capaz de pasarme una semana leyendo enciclopedias, manuales, compendios, y ya sea con puras estadísticas o box scores, reproducir una o varias temporadas, o la carrera de algún jugador; en muchos lados me dicen que soy enciclopedia ambulante del deporte, y gracias a eso abuso de los ignorantes, aunque sean jefes de secciones; “¿sabes –le digo a uno de ellos– que Jorge Orta nunca bateó para doble play cuando bateaba sin hombres en base?” “Hay que escribir una nota sobre eso”, me respondió uno de ellos.
Hace muchos años Bernardo Giner de los Ríos, en uno de los muchos proyectos que deseó, me conminó a que escribiera un libro para explicar, sobre todo a adolescentes, cómo podía verse beisbol; no llegué a la tercera entrada, y Bernardo no me insistió; me quedé con las ganas; por eso acepté la sugerencia de Salvador González Vilchis de escribir un libro sobre beisbol, y él aceptó e hizo que aceptaran mi sugerencia de hacer una historia diferente: el beisbol en la historia de México.
Lo primero es lo primero; cuando jugaba, no importaba si al día siguiente tendríamos alguna prueba, o que pasara algo en la vida íntima o en la familiar, no dejábamos de ir al Parque del Seguro ni siquiera el día en que, en pleno descanso entre clases comenzó un sismo si no intenso, lo suficientemente fuerte como para que algunas compañeras se hincaran y rezaran a gritos una Magnífica; las Ligas Mayores no suspendieron la campaña de 1964 aunque en noviembre de 1963 hubiera sucedido el asesinato de John Kennedy, ni se suspendió en 1968 con el asesinato de Bob Kennedy; las manifestaciones de 1968 no recortaron las campañas ni en Estados Unidos ni en México, y en cambio los peloteros sucumbieron a las modas; en esos años y bien entrados los setenta abundaban los beisbolistas con melenas, peinado afro (como Dylan, Hendrix y Clapton), patillas, y a veces barba, tanto en Las Mayores como en la Mexicana; Pepe Peña y Horacio Piña fueron de los lanzadores que en ambas ligas mostraron una cabellera tan abundante como la de los roqueros, profesionales o aficionados. No hubo cambios significativos cuando el mundo se estremeció con la aparición de Elvis Presley, y en cambio algunos beisbolistas hasta llegaron a incursionar, como aficionados, en el mundo de la música; tampoco con los Beatles se interrumpió ninguna temporada, y en cambio se usaron estadios de beisbol para algunos de sus conciertos más tumultuosos; si los movimientos estudiantiles en Estados Unidos cobraron violencia gubernamental, en México fue mucho peor; sin embargo, pese a la sensación de peligro, represión y persecución, no dejó de verse la Serie Mundial, una de las mejores de todos los tiempos, con los duelos entre Denny McLaine (el último en ganar 30 juegos en una campaña, precisamente ese año) y Bob Gibson, quien terminó la temporada con 1.16 en carreras limpias, y ponchó a 17 bateadores en uno de esos juegos, exactamente el 2 de octubre. Si en la política el 68 se recuerda como un año de rebeliones que contribuyeron a los cambios (por ejemplo, en Perú y en México), parece inocuo que en el beisbol se le recuerde como el año del pitcheo; sin embargo, la abundancia de lanzadores con récords extraordinarios (siete con menos de dos carreras limpias por cada nueve entradas; 53 con menos de tres) condujo a cambios en reglas, la altura de la lomita, en bola más viva, en criterio para marcar strikes, y eso provocó, a la larga, el consumo de drogas y estimulantes, a la comercialización de casi todos los deportes.
No fue el beisbol el único en sufrir cambios; casi todos los han vivido, muchos para bien, otros definitivamente para mal.
Fue bajo esas premisas que acepté escribir un libro sobre beisbol, y me condujo a México y el beisbol, donde el beisbol es sólo un pretexto para hablar de materias y asuntos que me interesan, que vivo y sufro, pero en el que no soy un experto, al menos oficialmente. Sólo que en el momento en que me puse a trazar la estructura, a definir los tiempos y necesidades, me di cuenta que no podía escribirlo solo. Fue así como le pedí auxilio a una de las personas que saben, disfrutan y padecen el beisbol tanto como yo, Diego Mejía Eguiluz; las consecuencias, favorables y estresantes al mismo tiempo, serán el motivo de la siguiente entrega.
Me cuentan que una ocasión, el equipo donde jugaba mi padre se enfrentó a una novena semiprofesional y lanzaba un nudillero; la única carrera que le hicieron fue por triple de mi padre y sencillo de otro bateador; en otro juego, mi tío Raúl “quién sabe cómo me enredé y me volé la barda; el siguiente bateador era Polo –mi otro tío– y también se la voló”.
No heredé esas habilidades; mi batazo más poderoso fue un sencillo, tan largo que vació las bases, pero por poco me sacan en primera; fue en el 18 de Marzo, que no tiene barda, y se fue más lejos del parque, hasta donde estaba el tiro al blanco con flechas; "debió ser triple", me dijo Víctor Tovar; apenas contesté, jadeando, que se diera de santos que alcancé a llegar; nunca corrí, no tenía velocidad y por lo mismo mi brazo era exacto, pero flojo; nunca pude jugar tercera y en el short apenas le llegaba a primera, por lo que cada batazo que fildeaba lo hacía emocionante; cuando pitcheaba dominaba a todos los bateadores, pero no sólo ellos, también mis compañeros se quejaban de lo lento de mis lanzamientos (lo recordé con envidia cuando vi a Mark Fidrych dominar a toda la Liga Americana con bolas de 45 millas por hora, y a Randy Jones con rápidas de 40 millas, y a quien incluso Pete Rose pedía que volviera a calentar el brazo); aunque hacía buen contacto, de diestro sólo dos veces me volé la barda; de zurdo en cambio pegaba buenos batazos, pero tenían que llegar a la barda para que pudiera embasarme; también fui catcher muchas veces, con buen manejo de las pitcheadas, conduciendo con serenidad a pitchers con buena velocidad, pero no me salían los tiros a segunda. Tuve buenas jornadas, pero en una ocasión, luego de perder por una carrera contra un equipo semiprofesional, y ser felicitados por ellos, nos atrevimos a jugar contra unas abusivas de softbol que nos anotaron 14 carreras en dos entradas; me dieron base por bolas, pero no pasé de primera, y en la segunda me robaron tres bases.
Fui coach y mánager, además de asesor de reglas y anotador, cuatro años en los que Diego era integrante de equipos en la Liga Maya o en la Lindavista; en la primera gané un juego haciendo que se aplicaran las reglas, con lo que armé un escándalo; me acusaron de ser estricto y no tener un criterio flexible (lo mismo de lo que acusaban a los agentes de tránsito que insistían en poner infracciones a los conductores que infringían en reglamento de tránsito: “por favor, tenga criterio, yo tengo auto y el señor era peatón”); en la Lindavista con pura estrategia vencí al mánager más experimentado, quien me reconoció méritos; por desgracia era pretemporada y no contó en los récords, pero sí en los anales de la Liga.
A cambio de mi carencia de facultades extraordinarias, desde que Cuauhtémoc Valdés Olmedo me convenció de que “usted ha nacido para short stop” (antes de que llegaran Ripken, Jetter y otros anormales, los short stops eran chaparros a mucha honra, bateaban entre .280 y .300, no buscaban las bardas, y eran el alma del equipo; ahora por gigantes no pueden cubrir mucho terreno y tienen problemas con las rolitas, pero pegan muchos jonrones; se olvidan del dicho de Babe Ruth: “I could have hit .600, but I’m paid to hit homers”, y de que Ty Cobb opinaba que los jonrones no tienen la misma valía del sencillo), aprendí a observar el juego como profesional; desde los primeros juegos que vi en el Parque del Seguro Social pude robarme las señales, intuía las órdenes de bateo, y anticipaba qué lanzamiento venía a continuación. Sabía en qué momento iba a salir un corredor en robo, y junto con el pitcher, cómo neutralizar los toques (de bola).
Como en la literatura, admiré, y sigo admirando, a los outsiders; eso no restó mi admiración por Stan Musial, Mickey Mantle, Ernie Banks, Hank Aaron (aunque mi admiración por él es retrospectiva; admiraba más a Eddie Mathews), Willie Mays, pero más a Johnny Callison, Albie Pearson, Billy Williams, Bobby Richardson, Rubén Amaro, Jim Landis; sobre todo a este último; la lista de los jugadores a los que he admirado desde 1962 es interminable, más numerosa que la de los incluidos en el Salón de la Fama (es más, allí hay gente que no lo mereció, como Reggie Jackson, cuyo mayor mérito fueron los jonrones en Serie Mundial, pero del que decían que era el jugador más valioso, porque cuando no ayudaba a su equipo ayudaba al contrincante; o Rick Henderson, el más petulante pelotero que haya visto), y nombrarlos llenaría páginas enteras sin siquiera resaltar sus cualidades, y aun así cometería injusticias y omisiones; pero a Landis lo recuerdo con más admiración que a nadie, porque no necesitó batear para ser héroe en cada juego. Casey Stangel, cuando dirigía a los Yanquis decía que Landis, de Medias Blancas, convertía los triples en dobles y los dobles en sencillos; en el libro de las grandes novenas, al hablar de los Gigantes de San Francisco, se dice que en la alineación ideal se puede poner a Orlando Cepeda en primera y a Willie McCovey en el izquierdo, o al revés, de cualquier manera Willie Mays haría las atrapadas; eso es cierto en el caso de Landis, quien llegó a fildear elevados en las líneas de foul, aunque era center (comprendo a sus compañeros Orestes Miñoso y el Jungla Rivera: jugando right, la menos compometida de las posiciones en el beis llanero, atrapé un elevado poderoso en la mera raya, y mi center me regañó: "grita que ya la tienes para que no te estorbe"); en las épocas en que reinaba el pitcheo, Landis nunca pegó muchos jonrones, pero producía más de 60 carreras por temporada.
Ante la imposibilidad de leer buenos reportajes de beisbol en México, cuando las columnas eran publicidad no muy disimulada, busqué mejores revistas; así me hice de una buena hemeroteca y de una regular biblioteca de libros de beisbol; soy capaz de pasarme una semana leyendo enciclopedias, manuales, compendios, y ya sea con puras estadísticas o box scores, reproducir una o varias temporadas, o la carrera de algún jugador; en muchos lados me dicen que soy enciclopedia ambulante del deporte, y gracias a eso abuso de los ignorantes, aunque sean jefes de secciones; “¿sabes –le digo a uno de ellos– que Jorge Orta nunca bateó para doble play cuando bateaba sin hombres en base?” “Hay que escribir una nota sobre eso”, me respondió uno de ellos.
Hace muchos años Bernardo Giner de los Ríos, en uno de los muchos proyectos que deseó, me conminó a que escribiera un libro para explicar, sobre todo a adolescentes, cómo podía verse beisbol; no llegué a la tercera entrada, y Bernardo no me insistió; me quedé con las ganas; por eso acepté la sugerencia de Salvador González Vilchis de escribir un libro sobre beisbol, y él aceptó e hizo que aceptaran mi sugerencia de hacer una historia diferente: el beisbol en la historia de México.
Lo primero es lo primero; cuando jugaba, no importaba si al día siguiente tendríamos alguna prueba, o que pasara algo en la vida íntima o en la familiar, no dejábamos de ir al Parque del Seguro ni siquiera el día en que, en pleno descanso entre clases comenzó un sismo si no intenso, lo suficientemente fuerte como para que algunas compañeras se hincaran y rezaran a gritos una Magnífica; las Ligas Mayores no suspendieron la campaña de 1964 aunque en noviembre de 1963 hubiera sucedido el asesinato de John Kennedy, ni se suspendió en 1968 con el asesinato de Bob Kennedy; las manifestaciones de 1968 no recortaron las campañas ni en Estados Unidos ni en México, y en cambio los peloteros sucumbieron a las modas; en esos años y bien entrados los setenta abundaban los beisbolistas con melenas, peinado afro (como Dylan, Hendrix y Clapton), patillas, y a veces barba, tanto en Las Mayores como en la Mexicana; Pepe Peña y Horacio Piña fueron de los lanzadores que en ambas ligas mostraron una cabellera tan abundante como la de los roqueros, profesionales o aficionados. No hubo cambios significativos cuando el mundo se estremeció con la aparición de Elvis Presley, y en cambio algunos beisbolistas hasta llegaron a incursionar, como aficionados, en el mundo de la música; tampoco con los Beatles se interrumpió ninguna temporada, y en cambio se usaron estadios de beisbol para algunos de sus conciertos más tumultuosos; si los movimientos estudiantiles en Estados Unidos cobraron violencia gubernamental, en México fue mucho peor; sin embargo, pese a la sensación de peligro, represión y persecución, no dejó de verse la Serie Mundial, una de las mejores de todos los tiempos, con los duelos entre Denny McLaine (el último en ganar 30 juegos en una campaña, precisamente ese año) y Bob Gibson, quien terminó la temporada con 1.16 en carreras limpias, y ponchó a 17 bateadores en uno de esos juegos, exactamente el 2 de octubre. Si en la política el 68 se recuerda como un año de rebeliones que contribuyeron a los cambios (por ejemplo, en Perú y en México), parece inocuo que en el beisbol se le recuerde como el año del pitcheo; sin embargo, la abundancia de lanzadores con récords extraordinarios (siete con menos de dos carreras limpias por cada nueve entradas; 53 con menos de tres) condujo a cambios en reglas, la altura de la lomita, en bola más viva, en criterio para marcar strikes, y eso provocó, a la larga, el consumo de drogas y estimulantes, a la comercialización de casi todos los deportes.
No fue el beisbol el único en sufrir cambios; casi todos los han vivido, muchos para bien, otros definitivamente para mal.
Fue bajo esas premisas que acepté escribir un libro sobre beisbol, y me condujo a México y el beisbol, donde el beisbol es sólo un pretexto para hablar de materias y asuntos que me interesan, que vivo y sufro, pero en el que no soy un experto, al menos oficialmente. Sólo que en el momento en que me puse a trazar la estructura, a definir los tiempos y necesidades, me di cuenta que no podía escribirlo solo. Fue así como le pedí auxilio a una de las personas que saben, disfrutan y padecen el beisbol tanto como yo, Diego Mejía Eguiluz; las consecuencias, favorables y estresantes al mismo tiempo, serán el motivo de la siguiente entrega.
martes, 2 de febrero de 2010
No es por hablar bien de nosotros...
Realmente, de la que se perdieron. El viernes (29 de enero) tuvo su bautizo, confirmación y presentación en sociedad México y el beisbol, el libro que escribí con Diego Mejía Eguiluz, editado a fines de octubre y que está a la venta en la dirección de la ADABI.
Tuve que ver con la elección de los presentadores; había muchas posibilidades y opciones, de escritores y ensayistas a los que le gusta el beisbol, que podían haber escrito textos adecuados, ingeniosos, enjundiosos, entusiastas y críticos; de hecho, uno de nuestros mejores amigos no pudo aceptar la invitación porque debía someterse a una cirugía.
Los tres propuestos, y que aceptaron, fueron Marco Antonio Campos, Marco Antonio Pulido y Marisol Schulz; explicaré por qué los invitamos a ellos; en lo general, porque esperábamos textos excelentes que invitaran a los asistentes a que leyeran el libro; también, porque sabíamos que no tendrían, como no lo tuvieron, ningún reparo en señalar errores, erratas y equivocaciones; que sus textos dejarían ver el cariño y la amistad, pero que hablarían del libro, más que de sus autores.
En lo particular: Marco Antonio Campos tiene una sólida obra, tanto en la narrativa como en poesía, y últimamente ha destacado por sus investigaciones sobre la vida literaria mexicana del siglo XIX, y sus ensayos están entre los mejores de los últimos tiempos, por su claridad, su gracia y su contundencia.
Nos conocemos hace muchos años, desde que colaborábamos ambos en El Heraldo Cultural, mal valorado suplemento que dirigía Luis Spota; coincidíamos los lunes, cuando íbamos a cobrar lo publicado y a entregar la siguiente colaboración; los temas que tratábamos eran diferentes; él, con su erudición, abordaba los aspectos literarios de los escritores que le interesaban, y que ya entonces eran muchos, a los que traducía y explicaba; yo abordaba temas más populares, sin que me interesaran menos los suyos, ni sin que él leyera los míos con más interés del que creía; por ello, me invitó a varias entrevistas radiofónicas, a mesas redondas, en dos de las cuales colaboré en su elaboración: la novela policial (me encargué de invitar a los participantes), y un homenaje a Sergio Galindo, y cuyas ponencias fueron publicadas en La Palabra y el Hombre, revista de la Universidad Veracruzana; asimismo, me invitó más de una vez a que charlara con sus alumnos, y sobre todo sus alumnas, en la Universidad Iberoamericana; por la cercanía del deportivo donde hacía sus ejercicios, con mi casa, más de una vez me visitó, brevemente, pero por lo general para entregarme la más reciente de sus publicaciones; todas tienendedicatorias beisboleras. Aunque no lo ha confesado públicamente, es uno de los más grandes apasionados del beisbol y, como José Agustín y Gerardo de la Torre, lo practicó con la misma fuerza y contundencia que sus críticas literarias; además jugó la tercera base, algo que nunca pude hacer y que respeto porque para ser antesalista se necesita valor, decisión y, sobre todo, el mejor brazo del equipo.
Marco Antonio Pulido es tan tímido que ha ocultado que está incluido en El cuento mexicano del siglo XX, de Emmanuel Carballo, al lado de José Revueltas, José Emilio Pacheco, José de la Colina, Julio Torri, Juan José Arreola; tampoco relata que fue él el responsable de que se trasmitiera en México Yo, Claudio, la teleserie basada en la novela de Robert Graves, en una época en que no se permitía ni esa temática ni las escenas provocativas con que inicia el programa; fue uno de los responsables de la colección SepSetentas, y sus artículos en Contenido no sólo marcaron una época en el periodismo mexicano (entrevistó al Chamaco Sandoval, el ghost writer de Agustín Lara), sino que han representado un reto para sus sucesores; él descubrió, y reeditó, el primer cuento mexicano de ciencia ficción; pero en el último tercio del siglo XX se dedicó a editar libros; fue el encargado, entre otras muchas cosas, de la colección La Ciencia desde México, del Fondo de Cultura Económica, además de corregir cientos de libros y de traducir algunas decenas. Mi admiración por su desempeño editorial lo plasmé en una columna dedicada a los mejores editores del siglo XX, que publicaba a la semana en el viejo Uno más uno.
No sólo fue un testigo privilegiado del beisbol mexicano desde su niñez; nació en 1937, pero vio jugar a Roberto Ortiz (el cubano), a Theolic Smith, a Ramón Bragaña, a Martín Dihigo, en el viejo Parque Delta; después, a los mejores mexicanos de la Liga Mexicana de Beisbol en su sede del Parque del Seguro Social; también lo practicó hasta tiempos muy recientes, con muchísimo sentido del humor, sobre todo cuando narraba sus –escasos– ponches; pero, como lo hizo Ted Williams, conectó un cuadrangular en su último turno al bat, aunque explica que “I can’t help it”: “me lanzó una recta rápida, a la altura de la cintura, por el centro del home”. Trabajé con él en el FCE por seis años, y casi todos los días –cuando no estaba comisionado en alguna imprenta– comentábamos los resultados del día anterior, y me platicaba sus experiencias, como testigo o como actor; salí de la empresa hace 20 años, pero nos hemos seguido viendo, una vez a la semana, y en la cantina hemos visto hasta juegos de Serie Mundial, además de que sus anécdotas son muchísimas y divertidas, y de que lee cosas extrañísimas que desmenuza con acierto.
Marisol Schulz, en cambio, no ha visto un juego completo, sólo medio juego en la Liga Maya, que fue lo que duraron sus hermanos en su carrera en el beisbol; en cambio es una de los mejores elementos en la industria editorial latinoamericana; nomás pa que se den un quemón, hace no muchos años fue la única invitada en una comida entre Carlos Fuentes, Gabriel García Márquez y José Saramago; la habrán visto en el programa de libros Domingo Siete, y habrán oído sus comentarios llenos de erudición, pero también de sencillez.
Juntos hicimos una colección memorable coeditada por el CIESAS, donde ella estaba encargada de las publicaciones, y yo por parte del FCE; poco tiempo después entró a Alfaguara, donde ha estado desde hace casi 20 años menos un paréntesis en que dirigió Plaza & Janés; gracias a ella he participado en siete de los más recientes libros de Carlos Fuentes, más algunos otros títulos; entre ellos, Rito de iniciación y Declaración de fe, los dos libros póstumos de Rosario Castellanos; otras amistades con quienes he colaborado o trabajado no se enojarán si digo que trabajar con Marisol es un placer insuperable, porque combina rigor con diversión.
Diego ha trabajado con los tres; Marco Antonio Campos irrumpió en una comida (yo, con Marco Antonio Pulido y Miguel Capistrán; él, con Luis Chumacero y Bernardo Ruiz) para decirme que si estaba consciente de que Diego es mejor editor que yo; lo dijo después de que editaron un libro juntos; con Marco Pulido no sólo ha compartido sesiones inolvidables (lo conoce desde que Diego tenía 15 años) en la cantina, en restaurantes, sino que han trabajado en algunos libros, entre otros El juego perfecto, preciosa y emotiva remembranza de los Pequeños Gigantes de Monterrey; Marisol fue su jefa en Alfaguara, y una de sus mejores amigas.
No por ello le temíamos menos a los tres, porque anteponen el rigor a la amistad.
Nos trataron muy bien. Marco Antonio Campos agradeció los recuerdos que le trajo el libro, su pasión por los Diablos Rojos (aunque se abstuvo de confesar cómo le hizo para admirar a Beto Ávila, porque la única temporada que él lo vio Bobby jugó con los Tigres); nos elogió la objetividad y la buena escritura, gracias a las cuales no descubrió cuáles eran nuestros equipos favoritos; jugó un poco de trivia y recordó los jugadores a los que admiraba; nos reprochó que llamáramos a los pioneros del beisbol mexicano organizado como “inmortales, superhéroes y simples héroes”, pero no le revelamos que nos estábamos planchando el título de un libro estadounidense en que califican así a los beisbolistas, porque en este deporte, decimos en el libro, no hay un solo héroe, y cada jugador lo ha sido cuando menos una vez en su carrera, algo de lo que no puede mucha gente presumir en la vida real, ni siquiera por 15 minutos; le dedicó unas palabras a los cronistas (cosa que no nos atrevimos a hacer Diego y yo), con tanta ironía como homenaje, y le gustó que nos refiriéramos a los prohombres del beisbol mexicano sin exagerar sus virtudes ni ocultar sus exageraciones. Nos sentimos muy complacidos, aunque no hablemos de todo lo que dijo, porque como él mismo afirmó, no se puede poner todo.
A Marco Antonio Pulido el libro le sirvió para recordar cuando entraba pagando el precio mínimo en las gradas del jardín central y luego se pasaba, aprovechando la escasa vigilancia (¿no sería mejor decir “generosa?), atrás de home (lo hicieron también Campos y lo sigue haciendo Diego; yo lo hice sólo una vez), y recreó con palabras certeras el ambiente en el Delta, los jugadores que llegaban al parque después de pasar la noche en la delegación por haber participado en una bronca; a los pitchers que ponchaban a los bateadores con una bola que parecía iba a la cabeza y pasaba por el centro del plato; habló de los apodos de los jugadores, de los nombres que parecían apodos, del ambiente en las tribunas, y algo de su experiencia como jugador defendiendo (“es un decir”, dijo) el uniforme del Fondo de Cultura Económica hasta que se acabó el apoyo, y las autoridades del deporte capitalino desbarataron los diamantes de beisbol para crear más canchas de futbol o de futbol rápido; no es por hablar bien de nosotros ni porque hayamos estado presentes, pero también fue elogioso con nuestro trabajo y nuestra prosa.
Marisol Schulz dijo que recibió la invitación como si hubiera sido una broma, achacada a Diego, y luego su presión para hacer un texto, coacheada por Ramón Córdoba para entender algunos de los términos que usamos los beisbolistas para comparar el juego con la vida real; ella se fijó en otros detalles: la inserción del beisbol en la historia de México, cómo lo han afectado las crisis, cómo han incidido los movimientos sociales, políticos y económicos en el deporte (desde luego, ha sucedido con todas las actividades, pero nos detuvimos en el beisbol) desde mediados de los años veinte hasta la temporada del 2009, las implicaciones culturales; en fin, ver el beisbol con los mismos ojos con que vemos la literatura, el cine, la política, la vida misma; hizo una lectura diferente, así como nosotros presumimos de haber escrito un libro completamente diferente; aprobó la prosa, ella, que es una catadora exigente, y elogió que el libro se lea con interés y sin pausas, casi de una sentada; para escribirlo, Marisol utilizó una prosa bella, puntual, graciosa; tampoco dejó de reprocharnos, no la pasión, sino que en tantos años de amistad hayamos sido incapaces, creo que ya no a partir de ahora, de inculcarle la pasión por este deporte. Un texto muy hermoso.
Al hecho de que fuera en viernes, de quincena (no para todos) y principio de puente, se aunó la megamarcha que paralizó parte de la ciudad y convirtió a la otra en estacionamiento; sin embargo, nos acompañaron más de 60 asistentes; amigos, compañeros de trabajo, familiares, pero muchos otros aficionados al beisbol que se deleitaron, en la medida que se lo permitieron las circunstancias, con las tres ponencias magistrales.
Del libro, su hechura, sus tropiezos, sus circunstancias, hablaré en la siguiente entrega. Gracias a los tres.
Tuve que ver con la elección de los presentadores; había muchas posibilidades y opciones, de escritores y ensayistas a los que le gusta el beisbol, que podían haber escrito textos adecuados, ingeniosos, enjundiosos, entusiastas y críticos; de hecho, uno de nuestros mejores amigos no pudo aceptar la invitación porque debía someterse a una cirugía.
Los tres propuestos, y que aceptaron, fueron Marco Antonio Campos, Marco Antonio Pulido y Marisol Schulz; explicaré por qué los invitamos a ellos; en lo general, porque esperábamos textos excelentes que invitaran a los asistentes a que leyeran el libro; también, porque sabíamos que no tendrían, como no lo tuvieron, ningún reparo en señalar errores, erratas y equivocaciones; que sus textos dejarían ver el cariño y la amistad, pero que hablarían del libro, más que de sus autores.
En lo particular: Marco Antonio Campos tiene una sólida obra, tanto en la narrativa como en poesía, y últimamente ha destacado por sus investigaciones sobre la vida literaria mexicana del siglo XIX, y sus ensayos están entre los mejores de los últimos tiempos, por su claridad, su gracia y su contundencia.
Nos conocemos hace muchos años, desde que colaborábamos ambos en El Heraldo Cultural, mal valorado suplemento que dirigía Luis Spota; coincidíamos los lunes, cuando íbamos a cobrar lo publicado y a entregar la siguiente colaboración; los temas que tratábamos eran diferentes; él, con su erudición, abordaba los aspectos literarios de los escritores que le interesaban, y que ya entonces eran muchos, a los que traducía y explicaba; yo abordaba temas más populares, sin que me interesaran menos los suyos, ni sin que él leyera los míos con más interés del que creía; por ello, me invitó a varias entrevistas radiofónicas, a mesas redondas, en dos de las cuales colaboré en su elaboración: la novela policial (me encargué de invitar a los participantes), y un homenaje a Sergio Galindo, y cuyas ponencias fueron publicadas en La Palabra y el Hombre, revista de la Universidad Veracruzana; asimismo, me invitó más de una vez a que charlara con sus alumnos, y sobre todo sus alumnas, en la Universidad Iberoamericana; por la cercanía del deportivo donde hacía sus ejercicios, con mi casa, más de una vez me visitó, brevemente, pero por lo general para entregarme la más reciente de sus publicaciones; todas tienendedicatorias beisboleras. Aunque no lo ha confesado públicamente, es uno de los más grandes apasionados del beisbol y, como José Agustín y Gerardo de la Torre, lo practicó con la misma fuerza y contundencia que sus críticas literarias; además jugó la tercera base, algo que nunca pude hacer y que respeto porque para ser antesalista se necesita valor, decisión y, sobre todo, el mejor brazo del equipo.
Marco Antonio Pulido es tan tímido que ha ocultado que está incluido en El cuento mexicano del siglo XX, de Emmanuel Carballo, al lado de José Revueltas, José Emilio Pacheco, José de la Colina, Julio Torri, Juan José Arreola; tampoco relata que fue él el responsable de que se trasmitiera en México Yo, Claudio, la teleserie basada en la novela de Robert Graves, en una época en que no se permitía ni esa temática ni las escenas provocativas con que inicia el programa; fue uno de los responsables de la colección SepSetentas, y sus artículos en Contenido no sólo marcaron una época en el periodismo mexicano (entrevistó al Chamaco Sandoval, el ghost writer de Agustín Lara), sino que han representado un reto para sus sucesores; él descubrió, y reeditó, el primer cuento mexicano de ciencia ficción; pero en el último tercio del siglo XX se dedicó a editar libros; fue el encargado, entre otras muchas cosas, de la colección La Ciencia desde México, del Fondo de Cultura Económica, además de corregir cientos de libros y de traducir algunas decenas. Mi admiración por su desempeño editorial lo plasmé en una columna dedicada a los mejores editores del siglo XX, que publicaba a la semana en el viejo Uno más uno.
No sólo fue un testigo privilegiado del beisbol mexicano desde su niñez; nació en 1937, pero vio jugar a Roberto Ortiz (el cubano), a Theolic Smith, a Ramón Bragaña, a Martín Dihigo, en el viejo Parque Delta; después, a los mejores mexicanos de la Liga Mexicana de Beisbol en su sede del Parque del Seguro Social; también lo practicó hasta tiempos muy recientes, con muchísimo sentido del humor, sobre todo cuando narraba sus –escasos– ponches; pero, como lo hizo Ted Williams, conectó un cuadrangular en su último turno al bat, aunque explica que “I can’t help it”: “me lanzó una recta rápida, a la altura de la cintura, por el centro del home”. Trabajé con él en el FCE por seis años, y casi todos los días –cuando no estaba comisionado en alguna imprenta– comentábamos los resultados del día anterior, y me platicaba sus experiencias, como testigo o como actor; salí de la empresa hace 20 años, pero nos hemos seguido viendo, una vez a la semana, y en la cantina hemos visto hasta juegos de Serie Mundial, además de que sus anécdotas son muchísimas y divertidas, y de que lee cosas extrañísimas que desmenuza con acierto.
Marisol Schulz, en cambio, no ha visto un juego completo, sólo medio juego en la Liga Maya, que fue lo que duraron sus hermanos en su carrera en el beisbol; en cambio es una de los mejores elementos en la industria editorial latinoamericana; nomás pa que se den un quemón, hace no muchos años fue la única invitada en una comida entre Carlos Fuentes, Gabriel García Márquez y José Saramago; la habrán visto en el programa de libros Domingo Siete, y habrán oído sus comentarios llenos de erudición, pero también de sencillez.
Juntos hicimos una colección memorable coeditada por el CIESAS, donde ella estaba encargada de las publicaciones, y yo por parte del FCE; poco tiempo después entró a Alfaguara, donde ha estado desde hace casi 20 años menos un paréntesis en que dirigió Plaza & Janés; gracias a ella he participado en siete de los más recientes libros de Carlos Fuentes, más algunos otros títulos; entre ellos, Rito de iniciación y Declaración de fe, los dos libros póstumos de Rosario Castellanos; otras amistades con quienes he colaborado o trabajado no se enojarán si digo que trabajar con Marisol es un placer insuperable, porque combina rigor con diversión.
Diego ha trabajado con los tres; Marco Antonio Campos irrumpió en una comida (yo, con Marco Antonio Pulido y Miguel Capistrán; él, con Luis Chumacero y Bernardo Ruiz) para decirme que si estaba consciente de que Diego es mejor editor que yo; lo dijo después de que editaron un libro juntos; con Marco Pulido no sólo ha compartido sesiones inolvidables (lo conoce desde que Diego tenía 15 años) en la cantina, en restaurantes, sino que han trabajado en algunos libros, entre otros El juego perfecto, preciosa y emotiva remembranza de los Pequeños Gigantes de Monterrey; Marisol fue su jefa en Alfaguara, y una de sus mejores amigas.
No por ello le temíamos menos a los tres, porque anteponen el rigor a la amistad.
Nos trataron muy bien. Marco Antonio Campos agradeció los recuerdos que le trajo el libro, su pasión por los Diablos Rojos (aunque se abstuvo de confesar cómo le hizo para admirar a Beto Ávila, porque la única temporada que él lo vio Bobby jugó con los Tigres); nos elogió la objetividad y la buena escritura, gracias a las cuales no descubrió cuáles eran nuestros equipos favoritos; jugó un poco de trivia y recordó los jugadores a los que admiraba; nos reprochó que llamáramos a los pioneros del beisbol mexicano organizado como “inmortales, superhéroes y simples héroes”, pero no le revelamos que nos estábamos planchando el título de un libro estadounidense en que califican así a los beisbolistas, porque en este deporte, decimos en el libro, no hay un solo héroe, y cada jugador lo ha sido cuando menos una vez en su carrera, algo de lo que no puede mucha gente presumir en la vida real, ni siquiera por 15 minutos; le dedicó unas palabras a los cronistas (cosa que no nos atrevimos a hacer Diego y yo), con tanta ironía como homenaje, y le gustó que nos refiriéramos a los prohombres del beisbol mexicano sin exagerar sus virtudes ni ocultar sus exageraciones. Nos sentimos muy complacidos, aunque no hablemos de todo lo que dijo, porque como él mismo afirmó, no se puede poner todo.
A Marco Antonio Pulido el libro le sirvió para recordar cuando entraba pagando el precio mínimo en las gradas del jardín central y luego se pasaba, aprovechando la escasa vigilancia (¿no sería mejor decir “generosa?), atrás de home (lo hicieron también Campos y lo sigue haciendo Diego; yo lo hice sólo una vez), y recreó con palabras certeras el ambiente en el Delta, los jugadores que llegaban al parque después de pasar la noche en la delegación por haber participado en una bronca; a los pitchers que ponchaban a los bateadores con una bola que parecía iba a la cabeza y pasaba por el centro del plato; habló de los apodos de los jugadores, de los nombres que parecían apodos, del ambiente en las tribunas, y algo de su experiencia como jugador defendiendo (“es un decir”, dijo) el uniforme del Fondo de Cultura Económica hasta que se acabó el apoyo, y las autoridades del deporte capitalino desbarataron los diamantes de beisbol para crear más canchas de futbol o de futbol rápido; no es por hablar bien de nosotros ni porque hayamos estado presentes, pero también fue elogioso con nuestro trabajo y nuestra prosa.
Marisol Schulz dijo que recibió la invitación como si hubiera sido una broma, achacada a Diego, y luego su presión para hacer un texto, coacheada por Ramón Córdoba para entender algunos de los términos que usamos los beisbolistas para comparar el juego con la vida real; ella se fijó en otros detalles: la inserción del beisbol en la historia de México, cómo lo han afectado las crisis, cómo han incidido los movimientos sociales, políticos y económicos en el deporte (desde luego, ha sucedido con todas las actividades, pero nos detuvimos en el beisbol) desde mediados de los años veinte hasta la temporada del 2009, las implicaciones culturales; en fin, ver el beisbol con los mismos ojos con que vemos la literatura, el cine, la política, la vida misma; hizo una lectura diferente, así como nosotros presumimos de haber escrito un libro completamente diferente; aprobó la prosa, ella, que es una catadora exigente, y elogió que el libro se lea con interés y sin pausas, casi de una sentada; para escribirlo, Marisol utilizó una prosa bella, puntual, graciosa; tampoco dejó de reprocharnos, no la pasión, sino que en tantos años de amistad hayamos sido incapaces, creo que ya no a partir de ahora, de inculcarle la pasión por este deporte. Un texto muy hermoso.
Al hecho de que fuera en viernes, de quincena (no para todos) y principio de puente, se aunó la megamarcha que paralizó parte de la ciudad y convirtió a la otra en estacionamiento; sin embargo, nos acompañaron más de 60 asistentes; amigos, compañeros de trabajo, familiares, pero muchos otros aficionados al beisbol que se deleitaron, en la medida que se lo permitieron las circunstancias, con las tres ponencias magistrales.
Del libro, su hechura, sus tropiezos, sus circunstancias, hablaré en la siguiente entrega. Gracias a los tres.
domingo, 24 de enero de 2010
¿Quién con quién?
Hace unos días aparecieron notas anunciando la próxima publicación de una especie de autobiografía de Warren Beatty en la que confiesa haber disfrutado de la compañía íntima de unas doce mil mujeres, la mayoría dispuestas, a lo largo de su vida hasta que el cuerpo aguantó, hace unos pocos años, porque envejeció bastante mal; en una cinta en la que alterna con Diane Keaton y Goldie Hawn (dos de las doce mil) uno no cree que pueda seducirlas porque dio el viejazo y no conserva el atractivo que lo hizo uno de los más perseguidos por las liberales actrices de Hollywood, más otras de teatro, extras, maquillistas, guionistas, miembros del staff y otras del mundo no artístico. Parece que después se apagiguó y dijo que no eran tantas ni para tanto.
Esa confesión, aunque haya sido desmentida, no escandalizó a nadie, cuando mucho nos asombró, no por el hecho sino por el número; y no escandaliza porque, como ya se ha dicho bastante en este blog, ahora el sexo es público y todos andan en pos de quien los oiga y los reproduzca en las revistas de espectáculos; el peligro de esas divulgaciones es que luego hacen quedar mal a los ídolos más deseados, porque el viernes tempranito se divulgó que una locutora, curiosa o jariosa, quiso sopesar qué tanto le veían a un futbolista famoso tanto por cómo juega, cuánto gana y la mujer que comparte con él la intimidad, y luego que estiró la mano en busca de la pasión, la retiró desilusionada porque dijo que no era para tanto, porque el tamaño sí importa.
Hace no muchos años nomás se sospechaba que los famosos se aprovechaban de su fama para anotar goles; que si no fueran famosos nomás no la harían; la revista Mad, canalla como era, publicó una serie de caricaturas en las que retrataban qué sería de los famosos si no fueran famosos, y por ejemplo ponían a Paul Williams ridiculizado por su estatura, a Kojak amenazado por las mujeres de que lo acusarían con sus maridos si seguía diciéndoles “baby”, y a la señora de Greg Allman regañada por el dueño del restaurante en donde sería mesera, y reconvenida de que perdería su empleo si seguía mostrando el ombligo porque le quitaría el apetito a los comensales (la señora Allman dejó de serlo pocos días después, su matrimonio duró unas cuantas semanas, y volvió a ser Cher, a secas).
Tiempo después apareció un libro que, aunque desactualizado, y con unos cuantos datos erróneos y desmentidos, daba cuenta de quién con quién, a lo largo de unos cuantos siglos, y sigue siendo útil para escudriñar en la vida íntima de los demás.
El libro se llama Who’s had who, lo escribieron Simon Bell, Richard Curtis y Helen Fielding, y lo publicó Warner Books, una filial de la productora de cine Warner Bros. En la portada se promueve como el primer registro histórico de la sexualidad mundial, y que incluye líneas que vinculan la cama de los famosos con otros que uno ni se imaginaba; luego del prefacio y de la, perdón, introducción, se habla del roger que cambió al mundo. Una de las acepciones de roger no podía escribirse en diarios ni revistas, y en libros serios se traducía de manera incorrecta como fornicación; incorrecta porque fornicar implica a personas no atadas por lazos matrimoniales (Carlos Fuentes, siempre tan provocador, recuerda en Cambio de piel que las parejas disfrazaban sus deseos exclamando, a la hora de la hora, “no es por vicio ni por fornicio; es por hacer un angelito a tu santo servicio”; y hablando de “vicios”, una de las despechadas por Tiger Woods opina que éste no es un enfermo, sino un cerdo; olvida que en la intimidad muchas acrobacias y audacias que ayudan a hacer más placentero el roger, fuera de contexto casi siempre es catalogado como “sucio”, y a veces mientras más “sucio” sea alguien más éxito tiene, no por nada Nastassia Kinsky es conocida en su ámbito familiar como Nasty, y que una de las líneas más famosas de Mae West reza “When I’m good, I’m very good; when I’m bad, I’m better”. Tampoco confiesa si Tiger se mostró “sucio” una vez o varias, y si fue así, cómo fue que lo aguantó).
El libro tiene alrededor de 400 páginas, por lo que no abarca demasiado, pero los ejemplos son suficientes. Antes de entrar en materia, enumeran varios errores achacables a los escribas de la Biblia; errores o incestos; capítulo divertido, pero que posiblemente moleste a algunas personas; lo que no molestará es el roger que cambió al mundo: el encuentro de Enrique VIII con una sexoservidora lo contagió de sífilis, que en poco tiempo le llegó al cerebro, cambió su conducta, no sólo la íntima (cinco esposas en diez años, jubiladas prematuramente y de forma violenta), sino la política; su divorcio de Catalina de Aragón provocó el distanciamiento entre Inglaterra y la iglesia católica, lo que influyó en la distribución de las colonias en América; y de allí, todas las acciones posteriores.
Pero si esas elucubraciones están encaminadas a que el lector tome conciencia de la importancia de la actividad sexual, es más divertido, aunque enredado, el resto del libro, que comienza por el recuento de las ligas eróticas de Enrique VIII, aunque sólo se puede dar el nombre de nueve de ellas, muy lejanas de las doce mil de Beatty (el Hermoso, se autonombra), como lejanas están también las 700 esposas y 300 concubinas del rey David, hijo del no menos ansioso rey Salomón, a quien un solo pasaje lo presenta como juicioso, pero en realidad bastante inquieto.
Lo curioso es que las compañeras digámosle sentimentales de Enrique VIII tampoco tendían a la monogamia, porque Catalina Parr anduvo también con Lord Seymour, quien anduvo con Elizabeth I, quien apapachó a sir Robert Dudley, al duque de Norfolk y a sir Walter Raleigh (“he was such a stupid get”), y el duque de Norfolk anduvo con la reina María de Escocia quien anduvo con Franciso de Francia, el conde de Darnley y David Rizzio.
Así está todo el libro, que abarca diferentes épocas y distintas profesiones, sobre todo del mundo político y del espectáculo.
Por ejemplo, Luis XV estuvo ligado con Madame Pompadour, Madame du Barry, Madame de Mailly, Madame de Vintimille, Madame de la Tournelle y la reina María Leczinska, con quien finalmente casó. Du Barry tuvo a sus pies, literalmente, al príncipe de Ligne, a lord March, al duque de Queensbury, a José II de Austria, Henry Seymour y al conde Jean du Barry, pese a ser iletrada y bastante primitiva. Entre las favoritas de Napoleón estuvieron, entre otras, Carolina Colombier, Desirée Clary, Josefina Beaharnais (a quien los autores del libro apodan “Esta noche no”), Mademoiselle de Montansler, Madame Permon, Pauline Forres, Eleanore Denuelle, María Antonieta Duchatel, Marguerite Weymer, la condesa Marie Walewska y la archiduquesa María Luisa de Austria; lo destacable es que una de ellas, Marguerite Weymer fue una de las compañeras del duque de Wellington, el mayor enemigo de Napoleón, no sólo en la política (lo derrotó en Waterloo), sino también rival de amores, porque tuvo a once amantes célebres, entre la nobleza y otras mujeres notables aunque no fueran nobles.
En terrenos menos escabrosos como la política, destacan Lola Montez (apodada en el libro “Lo que Lola quiere, Lola tiene”), que entre sus amantes se cuentan Franz Liszt, Víctor Hugo y Alejandro Dumas; o la diva Sarah Bernhardt, actriz y vampiresa con tanta actividad sexual que es imposible enumerar, aunque aparezcan en la lista otras celebridades, como Gustav Doré, Emile Zola, Edmund Rostand, Alfonso XIII, el rey Humberto de Italia, el rey Cristal IX de Dinamarca, Eduardo VII, Napoleón III y el emperador Francisco José; se dice que tuvo amoríos con Oscar Wilde.
A Carolina Otero, conocida como La Bella, se le cuentan, entre otros, el rey Leopoldo II, Nicolás I de Montenegro, el príncipe Alberto de Mónaco, Nicolás de Rusia, Alfonso XIII, el conde Luis Guillermo, el Káiser Guillermo de Alemania, el Zar Nicolás II y el rey Eduardo VII, pese a su incómoda estatura de 1.78, y a que era todo menos discreta (su sostén, dicen, era 36D).
Los autores se la arreglan para hacer una liga que va de Gertrude Stein a Clint Eastwood, mediante Alice Toklas, Mercedes D’Acosta, Marlene Dietrich, Michael Wilding, Liz Taylor, Henry Wynberg y Maggie Eastwood, con la presencia, en medio de este lío, de Pablo Picasso, Fritz Lang, James Stewart, John Wayne, Yul Brynner, Douglas Fairbanks Jr., Gary Cooper, John Gilbert, Jean Gabin, Erich Marie Remarque, Joseph von Stenberg, Gretta Garbo, Burt Bacharach y Richard Burton. Se cuelan Joan Crawford, Clark Gable, Ava Gardnedr, Jean Harlow, Carole Lombard y Nancy Reagan, y de manera colateral, Frank Sinatra, Howard Hughes, Porfirio Rubirosa y Peter Lawford, y mediante éste, Marilyn Monroe, Joe DiMaggio y los hermanos Kennedy. Uff.
Rubirosa, prototipo del playboy, tiene un récord envidiable, no por el número (no enlistan a muchas seguramente anónimas), sino por los nombres de sus conquistas: Ava Gardner, Flor de Trujillo, Danielle Darleux, Doris Duke, Eva Perón, Kim Novak, Zsa Zsa Gabor, Barbara Hutton y Odile Rodin; cinco de ellas, sus esposas.
Son lo suficientemente indiscretos como para develar el rumor de que Imelda Marcos estuvo ligada con George Hamilton, quien anduvo con Sylvia Kristel, Britt Ekland, Vanessa Redgrave y Alana Stewart, quien anduvo con el roquero Rod Stewart, aficionado a las rubias (Dee Harrington, Bebe Bluebvell, Britt Ekland, Nelly Emburg, Joanna Lumley y Sabrina Guinness –el recuento termina en 1990). Ya puestos en gastos, el exgobernador de California Jerry Brown anduvo con Stevie Nicks, Arianna Stassinopoulus –¿recuerdan sus espantosos libros?—, Liv Ullman, Candice Bergen, Natalie Wood y Linda Ronstadt; ésta, con George Lucas, Peter Hamill y Mick Jagger, a quien le adjudican, además de las célebres (Bianca, Marianne Faithful, Carly Simon, Jerry Hall, Anita Pallenburg –la chava de Brian Jones y víctima de Keith Richard), mil mujeres más, lo que desmiente Billy Wyman, quien dice que Jagger y Richard estaban muy ocupados componiendo y fingiendo que ligaban, mientras él se aprovechaba de cientos de gruppies, de las que da nombres y fechas en su autobiografía, que llega apenas a 1968.
De los estrellas del libro brillan dos, con los que terminaré este larguísimo recuento: Sinatra (Angie Dickinson, Dorothy Provine, Juliet Prowse, Jill St. John, Natalie Wood, Marilyn Maxwell, Lana Turner, Judy Garland, Anita Ekberg, Donna Reed, MM, Kim Novak, Lauren Bacall, Carol White, y sus esposas Nancy, Ava Gardner, Mia Farrow y Barbara Marx) y Warren Beatty, a quien ligan con Mynah Bird, Leslie Caron, Joan Collins, Julie Christie, Britt Ekland, Goldie Hawn, Kate Jackson, Diane Keaton, Carole Moore, Michelle Phillips, Natalie Wood, Brigitte Bardot, Diana Ross, Liv Ullman, Candice Bergen y Carly Simon. Si es cierto lo que dice en su autobiografía, faltan los nombres de 11 984 más. ¿Será por eso que fue tan mal actor?
El año empezó tan mal como terminó 2009, y uno anda aturdido, enfurecido, destanteado, con bruma que no se sabe cuándo se atenuará. De cualquier manera, se sigue trabajando; el viernes 29 de enero será bautizado y confirmado México y el beisbol, que escribimos Diego Mejía Eguiluz y yo, gracias a la generosidad de Stella María González Cicero y el impulso definitivo de Salvador González Vilchis; los padrinos serán nuestros amigos, justos pero críticos, Marco Antonio Campos, Marco Antonio Pulido y Marisol Schulz. El lugar, el Aula Magna José Vasconcelos, del Centro Nacional de las Artes, Tlalpan y Churubusco, a las 19 horas. Habrá vino de honor para el desempance.
Esa confesión, aunque haya sido desmentida, no escandalizó a nadie, cuando mucho nos asombró, no por el hecho sino por el número; y no escandaliza porque, como ya se ha dicho bastante en este blog, ahora el sexo es público y todos andan en pos de quien los oiga y los reproduzca en las revistas de espectáculos; el peligro de esas divulgaciones es que luego hacen quedar mal a los ídolos más deseados, porque el viernes tempranito se divulgó que una locutora, curiosa o jariosa, quiso sopesar qué tanto le veían a un futbolista famoso tanto por cómo juega, cuánto gana y la mujer que comparte con él la intimidad, y luego que estiró la mano en busca de la pasión, la retiró desilusionada porque dijo que no era para tanto, porque el tamaño sí importa.
Hace no muchos años nomás se sospechaba que los famosos se aprovechaban de su fama para anotar goles; que si no fueran famosos nomás no la harían; la revista Mad, canalla como era, publicó una serie de caricaturas en las que retrataban qué sería de los famosos si no fueran famosos, y por ejemplo ponían a Paul Williams ridiculizado por su estatura, a Kojak amenazado por las mujeres de que lo acusarían con sus maridos si seguía diciéndoles “baby”, y a la señora de Greg Allman regañada por el dueño del restaurante en donde sería mesera, y reconvenida de que perdería su empleo si seguía mostrando el ombligo porque le quitaría el apetito a los comensales (la señora Allman dejó de serlo pocos días después, su matrimonio duró unas cuantas semanas, y volvió a ser Cher, a secas).
Tiempo después apareció un libro que, aunque desactualizado, y con unos cuantos datos erróneos y desmentidos, daba cuenta de quién con quién, a lo largo de unos cuantos siglos, y sigue siendo útil para escudriñar en la vida íntima de los demás.
El libro se llama Who’s had who, lo escribieron Simon Bell, Richard Curtis y Helen Fielding, y lo publicó Warner Books, una filial de la productora de cine Warner Bros. En la portada se promueve como el primer registro histórico de la sexualidad mundial, y que incluye líneas que vinculan la cama de los famosos con otros que uno ni se imaginaba; luego del prefacio y de la, perdón, introducción, se habla del roger que cambió al mundo. Una de las acepciones de roger no podía escribirse en diarios ni revistas, y en libros serios se traducía de manera incorrecta como fornicación; incorrecta porque fornicar implica a personas no atadas por lazos matrimoniales (Carlos Fuentes, siempre tan provocador, recuerda en Cambio de piel que las parejas disfrazaban sus deseos exclamando, a la hora de la hora, “no es por vicio ni por fornicio; es por hacer un angelito a tu santo servicio”; y hablando de “vicios”, una de las despechadas por Tiger Woods opina que éste no es un enfermo, sino un cerdo; olvida que en la intimidad muchas acrobacias y audacias que ayudan a hacer más placentero el roger, fuera de contexto casi siempre es catalogado como “sucio”, y a veces mientras más “sucio” sea alguien más éxito tiene, no por nada Nastassia Kinsky es conocida en su ámbito familiar como Nasty, y que una de las líneas más famosas de Mae West reza “When I’m good, I’m very good; when I’m bad, I’m better”. Tampoco confiesa si Tiger se mostró “sucio” una vez o varias, y si fue así, cómo fue que lo aguantó).
El libro tiene alrededor de 400 páginas, por lo que no abarca demasiado, pero los ejemplos son suficientes. Antes de entrar en materia, enumeran varios errores achacables a los escribas de la Biblia; errores o incestos; capítulo divertido, pero que posiblemente moleste a algunas personas; lo que no molestará es el roger que cambió al mundo: el encuentro de Enrique VIII con una sexoservidora lo contagió de sífilis, que en poco tiempo le llegó al cerebro, cambió su conducta, no sólo la íntima (cinco esposas en diez años, jubiladas prematuramente y de forma violenta), sino la política; su divorcio de Catalina de Aragón provocó el distanciamiento entre Inglaterra y la iglesia católica, lo que influyó en la distribución de las colonias en América; y de allí, todas las acciones posteriores.
Pero si esas elucubraciones están encaminadas a que el lector tome conciencia de la importancia de la actividad sexual, es más divertido, aunque enredado, el resto del libro, que comienza por el recuento de las ligas eróticas de Enrique VIII, aunque sólo se puede dar el nombre de nueve de ellas, muy lejanas de las doce mil de Beatty (el Hermoso, se autonombra), como lejanas están también las 700 esposas y 300 concubinas del rey David, hijo del no menos ansioso rey Salomón, a quien un solo pasaje lo presenta como juicioso, pero en realidad bastante inquieto.
Lo curioso es que las compañeras digámosle sentimentales de Enrique VIII tampoco tendían a la monogamia, porque Catalina Parr anduvo también con Lord Seymour, quien anduvo con Elizabeth I, quien apapachó a sir Robert Dudley, al duque de Norfolk y a sir Walter Raleigh (“he was such a stupid get”), y el duque de Norfolk anduvo con la reina María de Escocia quien anduvo con Franciso de Francia, el conde de Darnley y David Rizzio.
Así está todo el libro, que abarca diferentes épocas y distintas profesiones, sobre todo del mundo político y del espectáculo.
Por ejemplo, Luis XV estuvo ligado con Madame Pompadour, Madame du Barry, Madame de Mailly, Madame de Vintimille, Madame de la Tournelle y la reina María Leczinska, con quien finalmente casó. Du Barry tuvo a sus pies, literalmente, al príncipe de Ligne, a lord March, al duque de Queensbury, a José II de Austria, Henry Seymour y al conde Jean du Barry, pese a ser iletrada y bastante primitiva. Entre las favoritas de Napoleón estuvieron, entre otras, Carolina Colombier, Desirée Clary, Josefina Beaharnais (a quien los autores del libro apodan “Esta noche no”), Mademoiselle de Montansler, Madame Permon, Pauline Forres, Eleanore Denuelle, María Antonieta Duchatel, Marguerite Weymer, la condesa Marie Walewska y la archiduquesa María Luisa de Austria; lo destacable es que una de ellas, Marguerite Weymer fue una de las compañeras del duque de Wellington, el mayor enemigo de Napoleón, no sólo en la política (lo derrotó en Waterloo), sino también rival de amores, porque tuvo a once amantes célebres, entre la nobleza y otras mujeres notables aunque no fueran nobles.
En terrenos menos escabrosos como la política, destacan Lola Montez (apodada en el libro “Lo que Lola quiere, Lola tiene”), que entre sus amantes se cuentan Franz Liszt, Víctor Hugo y Alejandro Dumas; o la diva Sarah Bernhardt, actriz y vampiresa con tanta actividad sexual que es imposible enumerar, aunque aparezcan en la lista otras celebridades, como Gustav Doré, Emile Zola, Edmund Rostand, Alfonso XIII, el rey Humberto de Italia, el rey Cristal IX de Dinamarca, Eduardo VII, Napoleón III y el emperador Francisco José; se dice que tuvo amoríos con Oscar Wilde.
A Carolina Otero, conocida como La Bella, se le cuentan, entre otros, el rey Leopoldo II, Nicolás I de Montenegro, el príncipe Alberto de Mónaco, Nicolás de Rusia, Alfonso XIII, el conde Luis Guillermo, el Káiser Guillermo de Alemania, el Zar Nicolás II y el rey Eduardo VII, pese a su incómoda estatura de 1.78, y a que era todo menos discreta (su sostén, dicen, era 36D).
Los autores se la arreglan para hacer una liga que va de Gertrude Stein a Clint Eastwood, mediante Alice Toklas, Mercedes D’Acosta, Marlene Dietrich, Michael Wilding, Liz Taylor, Henry Wynberg y Maggie Eastwood, con la presencia, en medio de este lío, de Pablo Picasso, Fritz Lang, James Stewart, John Wayne, Yul Brynner, Douglas Fairbanks Jr., Gary Cooper, John Gilbert, Jean Gabin, Erich Marie Remarque, Joseph von Stenberg, Gretta Garbo, Burt Bacharach y Richard Burton. Se cuelan Joan Crawford, Clark Gable, Ava Gardnedr, Jean Harlow, Carole Lombard y Nancy Reagan, y de manera colateral, Frank Sinatra, Howard Hughes, Porfirio Rubirosa y Peter Lawford, y mediante éste, Marilyn Monroe, Joe DiMaggio y los hermanos Kennedy. Uff.
Rubirosa, prototipo del playboy, tiene un récord envidiable, no por el número (no enlistan a muchas seguramente anónimas), sino por los nombres de sus conquistas: Ava Gardner, Flor de Trujillo, Danielle Darleux, Doris Duke, Eva Perón, Kim Novak, Zsa Zsa Gabor, Barbara Hutton y Odile Rodin; cinco de ellas, sus esposas.
Son lo suficientemente indiscretos como para develar el rumor de que Imelda Marcos estuvo ligada con George Hamilton, quien anduvo con Sylvia Kristel, Britt Ekland, Vanessa Redgrave y Alana Stewart, quien anduvo con el roquero Rod Stewart, aficionado a las rubias (Dee Harrington, Bebe Bluebvell, Britt Ekland, Nelly Emburg, Joanna Lumley y Sabrina Guinness –el recuento termina en 1990). Ya puestos en gastos, el exgobernador de California Jerry Brown anduvo con Stevie Nicks, Arianna Stassinopoulus –¿recuerdan sus espantosos libros?—, Liv Ullman, Candice Bergen, Natalie Wood y Linda Ronstadt; ésta, con George Lucas, Peter Hamill y Mick Jagger, a quien le adjudican, además de las célebres (Bianca, Marianne Faithful, Carly Simon, Jerry Hall, Anita Pallenburg –la chava de Brian Jones y víctima de Keith Richard), mil mujeres más, lo que desmiente Billy Wyman, quien dice que Jagger y Richard estaban muy ocupados componiendo y fingiendo que ligaban, mientras él se aprovechaba de cientos de gruppies, de las que da nombres y fechas en su autobiografía, que llega apenas a 1968.
De los estrellas del libro brillan dos, con los que terminaré este larguísimo recuento: Sinatra (Angie Dickinson, Dorothy Provine, Juliet Prowse, Jill St. John, Natalie Wood, Marilyn Maxwell, Lana Turner, Judy Garland, Anita Ekberg, Donna Reed, MM, Kim Novak, Lauren Bacall, Carol White, y sus esposas Nancy, Ava Gardner, Mia Farrow y Barbara Marx) y Warren Beatty, a quien ligan con Mynah Bird, Leslie Caron, Joan Collins, Julie Christie, Britt Ekland, Goldie Hawn, Kate Jackson, Diane Keaton, Carole Moore, Michelle Phillips, Natalie Wood, Brigitte Bardot, Diana Ross, Liv Ullman, Candice Bergen y Carly Simon. Si es cierto lo que dice en su autobiografía, faltan los nombres de 11 984 más. ¿Será por eso que fue tan mal actor?
El año empezó tan mal como terminó 2009, y uno anda aturdido, enfurecido, destanteado, con bruma que no se sabe cuándo se atenuará. De cualquier manera, se sigue trabajando; el viernes 29 de enero será bautizado y confirmado México y el beisbol, que escribimos Diego Mejía Eguiluz y yo, gracias a la generosidad de Stella María González Cicero y el impulso definitivo de Salvador González Vilchis; los padrinos serán nuestros amigos, justos pero críticos, Marco Antonio Campos, Marco Antonio Pulido y Marisol Schulz. El lugar, el Aula Magna José Vasconcelos, del Centro Nacional de las Artes, Tlalpan y Churubusco, a las 19 horas. Habrá vino de honor para el desempance.
lunes, 11 de enero de 2010
Escritores y beisbol
En los años sesenta el Instituto Mexicano de la Juventud Nacional tuvo a bien publicar unos cuantos libros, que hoy son rarezas bien apreciados en el mercado de los libros raros; un largo ensayo de Rosario Castellanos sobre literatura mexicana; unos cuentos de Gerardo de la Torre, bastante intensos; la primera versión de La nueva música clásica, de José Agustín; unos relatos juveniles (en ambos sentidos) de Juan Tovar; relatos de José Joaquín Blanco; una edición más de Espejismo de Juchitán, de Agustín Yáñez (por entonces agotado); dos recopilaciones de reportajes de Vicente Leñero, y, entre otros más, un ensayo de Emmanuel Carballo, Los dueños del tiempo, sobre el futbol, o mejor dicho, sobre los aficionados al futbol, y chance de todos los deportes, sobre todo los gregarios y de ruda competencia.
El Instituto estaba dirigido por Píndaro Urióstegui, uno de los entonces raros funcionarios interesados, e inmersos, en los terrenos culturales, autor de ensayos sobre derecho, y un par de novelas, una de ellas, ¡Aquí no ha pasado nada!, cuando Grijalbo daba un giro a su línea editorial y comenzaba a publicar literatura mexicana; dije que era de los entonces raros funcionarios interesados en la cultura; ahora son no raros, sino inexistentes; el INJM, luego conocido como Injuve, era algo así como el sector juvenil del PRI, pero con actividades deportivas y, en ese sexenio, de 1964 a 1970, culturales; el presidente del Consejo Ejecutivo Editorial era René Avilés Fabila, y gracias a ellos dos se obtuvieron esos títulos; de todos, el que más he releído es el de Carballo, quien muestra un conocimiento muy exacto de la conducta del aficionado al deporte, y sus observaciones no han sido superadas por ensayistas posteriores; por desgracia, el texto, hasta donde sé, no se ha reeditado.
A lo que iba es que me asombró muchísimo encontrarme a Carballo en el Parque del Seguro Social, en los años setenta, sólo que detrás de home, pero del lado de los Diablos Rojos; había una barrera invisible, una frontera representada por una división en las tribunas; del lado izquierdo se sentaban los fanáticos del Tigres y del lado derecho los de los Diablos, sin que hubiera broncas, cuando mucho burlas cuando uno de los dos equipos iba venciendo al otro.
Carballo no fue a ver a los Diablos, que estaban de gira, sino a los Charros de Jalisco, que aunque ya habían mandado a las Mayores a Aurelio Rodríguez, a Elrod Hendricks, a Minervino Rojas, a Jorge Orta (directamente desde sus sucursales), a Winston Llenas, tenían a Roberto Méndez, Benjamín Cerda, Ted Ford, Rudy Hernández, y entre los pitchers, a Pancho Barrios (camino a los Medias Blancas), Waldo Velo, Ernesto Córdoba.
En medio de la quinta entrada fui a saludarlo; junto a él estaba Beatriz Espejo; como cuadra a personas civilizadas, nos saludamos cortésmente, sin relatar las incidencias del juego. Pero supe que le gustaba el beisbol y lo disfrutaba sin caer en los excesos que había criticado en su breve pero emotivo Los dueños del tiempo.
Siempre tuve simpatía por los escritores que hablaban de beisbol como una actividad o una afición; José Agustín, en su primera autobiografía, narra cómo se convirtió en uno de los estrellas de la Liga Maya, aunque sus hazañas fueron borradas por Alfonso Houston Jiménez, el único egresado de esa Liga que ha llegado a las Mayores; Sergio Pitol mencionó también en su autobiografía cómo tuvo que elegir entre el beisbol y la literatura, aunque su decisión no fue tan definitiva como la que tomó Salvador Novo, también entre el beisbol y la literatura; Vicente Leñero tenía un cuento, “El último out”, en su primer libro, y se veía que le gustaba el deporte (ha hecho otros, pero también una obra teatral basada en el futbol, supongo que por influencia de Peter Handke, y otra sobre boxeo); Bernard Malamud escribió una novela excelente, The Natural, que a raíz del éxito de la película de Barry Levinson, con Barbara Hershey –“¡Dios mío, qué hermosa es”, la saluda Woody Allen en Hanna y sus hermanas—, Kim Basinger y Gleen Close, fue traducida horriblemente en el Plaza & Janés de antes de la crisis; Scott Fitzgerald da referencias beisboleras para situar sucesos, actividades políticas y económicas; Gerardo de la Torre, aunque se tardó en escribir de beisbol, estaba considerado el lanzador estrella de la muy fuerte Liga Petrolera; una de sus novelas tiene título dedicado a los fanáticos del beisbol, y en esas páginas hay bastante de beis; el poeta Francisco Elorriaga jugaba en Mazatlán, y aquí se echaba unas cascaritas, pero mostrando una idea exacta de cómo jugar el jardín, y vimos juntos bastantes juegos, sobre todo de playoff y Series Mundiales; he tenido pláticas beisboleras con Federico Campbell, quien siempre me quiere poner a prueba, y vi en una cervecería un juego completo de Ligas Mayores con Juan Manuel Torres, quien en una ocasión me relató emocionado un jonrón de Celerino Sánchez –el único esa temporada– con los Yanquis: “no se enredó, fue un batazo de pura fuerza”, me dijo, e imitó el swing; con Marco Antonio Campos nos intercambiábamos libros con dedicatorias beisboleras, y le envidio que haya sido tercera base, posición que cuando la jugué, lo hice con temor y casi con los ojos cerrados. A Bernardo Giner de los Ríos le contaba cada semana lo mejor de los juegos, y me encargó un libro que no pude escribir explicando el juego a los quje lo desconocieran; él tuvo una pelota firmada por Valenzuela cuando atrapó un foul n Los Ángeles, de una manera muy curiosa y divertida. Y me faltan muchos ejemplos.
Pero el escritor más aficionado que he conocido fue Tito Monterroso: en La Ópera, donde nos reuníamos con frecuencia para, decía, “salir a media tarde a medios chiles” (nos tomábamos dos o tres cervezas), me contó que, exiliado en Chile, fue a la editorial Zig Zag (que en los años cincuenta publicó a Chejov, a Katherine Mansfield, a Conrad, entre muchos más, y sobre todo, en una edición bellísima, José y sus hermanos, de Thomas Mann, en un solo tomo) a pedir chamba; le dieron un libro, del que Tito no recordaba o no mencionó el autor, y le dijeron que tradujera un cuento, el que él quisiera; tímido e inseguro, con cierta angustia, se llevó el ejemplar, con temor de no encontrar un texto que pudiera traducir satisfactoriamente; pero encontró uno, “El brazo de cristal”; quien sepa de deportes sabrá que “cristal” significa debilidad; la quijada de cristal define al boxeador con mandíbula frágil y proclive a sufrir un nocaut aunque vaya dominando el combate, por un golpe fortuito; en el beisbol un brazo de cristal define a un pitcher que no aguanta muchas entradas, que se va cansando su brazo y, en la quinta entrada le rompen un juego perfecto con un jonrón, y ya no se repone (una maravillosa frase de José Agustín para describir una decepción o una confusión amorosa); Tito pudo traducir el relato sin tropiezos, porque entendía sin equívocos el lenguaje coloquial, que es lo más difícil de traducir (en la más reciente traducción de las novelas de Murakami se ve que Lourdes Portas, quien ha puesto en español la mayoría de los libros del japonés, aún no aprende nada de beisbol). El trabajo fue bien acogido y Tito pudo trabajar con cierta holgura, pese a la difícil situación que vive cualquier exiliado; hasta donde sé, no escribió esta anécdota, aunque sus relatos autobiográficos no han abarcado toda su vida; en otra ocasión, me confesó el dilema que vivía todos los octubres; Rubén Bonifaz Nuño, el gran amigo de Monterroso, daba sus conferencias en El Colegio Nacional a la misma hora y fechas en que se jugaba la Serie Mundial; en esos años sólo se televisaba la Serie Mundial, y comenzaba a principios de octubre, porque no había playoffs, y cuando se impusieron eran mucho más breves; Tito alguna vez solucionó la disyuntiva llevando un radio de transistores, con audífono, al Colegio Nacional, y escuchó el juego y la conferencia al mismo tiempo; o no se quedaba a compartir con su amigo al finalizar la conferencia: se subía a su auto y sintonizaba la XEX para escuchar a Pedro Septién narrar la serie que entonces tenía casi siempre a los Yanquis como representantes de la Liga Americana.
Platicábamos mucho de beisbol; en alguna ocasión comentó que no le simpatizaba Héctor Espino: lo consideraba un jugador frío, mecánico, sin emotividad, que su perfección era demasiado inhumana; le conté que le había visto hacer un gesto de disgusto en una ocasión en que, de emergente porque estaba agripado, echó a perder un juego sin hit ni carrera, en la novena entrada; lanzó el bat al suelo, molesto, y no dejó de mostrar su emoción ya embasado en primera; Tito me dijo entonces que ese gesto lo humanizaba, que lo vería de otra manera.
En sus viajes me enviaba tarjetas postales con motivos beisboleros; creo que platicamos más de beisbol que de literatura (aunque en esta materia sostuvimos no sólo pláticas, sino debates con otros parroquianos –célebres– de La Ópera, pero no es tiempo ahora de hablar de ello). Recuerdo lo de beisbol porque no dejé de pensar en él mientras escribí mi parte de México y el beisbol, hecho al alimón con Diego Mejía Eguiluz, y recién publicado por la ADABI.
El Instituto estaba dirigido por Píndaro Urióstegui, uno de los entonces raros funcionarios interesados, e inmersos, en los terrenos culturales, autor de ensayos sobre derecho, y un par de novelas, una de ellas, ¡Aquí no ha pasado nada!, cuando Grijalbo daba un giro a su línea editorial y comenzaba a publicar literatura mexicana; dije que era de los entonces raros funcionarios interesados en la cultura; ahora son no raros, sino inexistentes; el INJM, luego conocido como Injuve, era algo así como el sector juvenil del PRI, pero con actividades deportivas y, en ese sexenio, de 1964 a 1970, culturales; el presidente del Consejo Ejecutivo Editorial era René Avilés Fabila, y gracias a ellos dos se obtuvieron esos títulos; de todos, el que más he releído es el de Carballo, quien muestra un conocimiento muy exacto de la conducta del aficionado al deporte, y sus observaciones no han sido superadas por ensayistas posteriores; por desgracia, el texto, hasta donde sé, no se ha reeditado.
A lo que iba es que me asombró muchísimo encontrarme a Carballo en el Parque del Seguro Social, en los años setenta, sólo que detrás de home, pero del lado de los Diablos Rojos; había una barrera invisible, una frontera representada por una división en las tribunas; del lado izquierdo se sentaban los fanáticos del Tigres y del lado derecho los de los Diablos, sin que hubiera broncas, cuando mucho burlas cuando uno de los dos equipos iba venciendo al otro.
Carballo no fue a ver a los Diablos, que estaban de gira, sino a los Charros de Jalisco, que aunque ya habían mandado a las Mayores a Aurelio Rodríguez, a Elrod Hendricks, a Minervino Rojas, a Jorge Orta (directamente desde sus sucursales), a Winston Llenas, tenían a Roberto Méndez, Benjamín Cerda, Ted Ford, Rudy Hernández, y entre los pitchers, a Pancho Barrios (camino a los Medias Blancas), Waldo Velo, Ernesto Córdoba.
En medio de la quinta entrada fui a saludarlo; junto a él estaba Beatriz Espejo; como cuadra a personas civilizadas, nos saludamos cortésmente, sin relatar las incidencias del juego. Pero supe que le gustaba el beisbol y lo disfrutaba sin caer en los excesos que había criticado en su breve pero emotivo Los dueños del tiempo.
Siempre tuve simpatía por los escritores que hablaban de beisbol como una actividad o una afición; José Agustín, en su primera autobiografía, narra cómo se convirtió en uno de los estrellas de la Liga Maya, aunque sus hazañas fueron borradas por Alfonso Houston Jiménez, el único egresado de esa Liga que ha llegado a las Mayores; Sergio Pitol mencionó también en su autobiografía cómo tuvo que elegir entre el beisbol y la literatura, aunque su decisión no fue tan definitiva como la que tomó Salvador Novo, también entre el beisbol y la literatura; Vicente Leñero tenía un cuento, “El último out”, en su primer libro, y se veía que le gustaba el deporte (ha hecho otros, pero también una obra teatral basada en el futbol, supongo que por influencia de Peter Handke, y otra sobre boxeo); Bernard Malamud escribió una novela excelente, The Natural, que a raíz del éxito de la película de Barry Levinson, con Barbara Hershey –“¡Dios mío, qué hermosa es”, la saluda Woody Allen en Hanna y sus hermanas—, Kim Basinger y Gleen Close, fue traducida horriblemente en el Plaza & Janés de antes de la crisis; Scott Fitzgerald da referencias beisboleras para situar sucesos, actividades políticas y económicas; Gerardo de la Torre, aunque se tardó en escribir de beisbol, estaba considerado el lanzador estrella de la muy fuerte Liga Petrolera; una de sus novelas tiene título dedicado a los fanáticos del beisbol, y en esas páginas hay bastante de beis; el poeta Francisco Elorriaga jugaba en Mazatlán, y aquí se echaba unas cascaritas, pero mostrando una idea exacta de cómo jugar el jardín, y vimos juntos bastantes juegos, sobre todo de playoff y Series Mundiales; he tenido pláticas beisboleras con Federico Campbell, quien siempre me quiere poner a prueba, y vi en una cervecería un juego completo de Ligas Mayores con Juan Manuel Torres, quien en una ocasión me relató emocionado un jonrón de Celerino Sánchez –el único esa temporada– con los Yanquis: “no se enredó, fue un batazo de pura fuerza”, me dijo, e imitó el swing; con Marco Antonio Campos nos intercambiábamos libros con dedicatorias beisboleras, y le envidio que haya sido tercera base, posición que cuando la jugué, lo hice con temor y casi con los ojos cerrados. A Bernardo Giner de los Ríos le contaba cada semana lo mejor de los juegos, y me encargó un libro que no pude escribir explicando el juego a los quje lo desconocieran; él tuvo una pelota firmada por Valenzuela cuando atrapó un foul n Los Ángeles, de una manera muy curiosa y divertida. Y me faltan muchos ejemplos.
Pero el escritor más aficionado que he conocido fue Tito Monterroso: en La Ópera, donde nos reuníamos con frecuencia para, decía, “salir a media tarde a medios chiles” (nos tomábamos dos o tres cervezas), me contó que, exiliado en Chile, fue a la editorial Zig Zag (que en los años cincuenta publicó a Chejov, a Katherine Mansfield, a Conrad, entre muchos más, y sobre todo, en una edición bellísima, José y sus hermanos, de Thomas Mann, en un solo tomo) a pedir chamba; le dieron un libro, del que Tito no recordaba o no mencionó el autor, y le dijeron que tradujera un cuento, el que él quisiera; tímido e inseguro, con cierta angustia, se llevó el ejemplar, con temor de no encontrar un texto que pudiera traducir satisfactoriamente; pero encontró uno, “El brazo de cristal”; quien sepa de deportes sabrá que “cristal” significa debilidad; la quijada de cristal define al boxeador con mandíbula frágil y proclive a sufrir un nocaut aunque vaya dominando el combate, por un golpe fortuito; en el beisbol un brazo de cristal define a un pitcher que no aguanta muchas entradas, que se va cansando su brazo y, en la quinta entrada le rompen un juego perfecto con un jonrón, y ya no se repone (una maravillosa frase de José Agustín para describir una decepción o una confusión amorosa); Tito pudo traducir el relato sin tropiezos, porque entendía sin equívocos el lenguaje coloquial, que es lo más difícil de traducir (en la más reciente traducción de las novelas de Murakami se ve que Lourdes Portas, quien ha puesto en español la mayoría de los libros del japonés, aún no aprende nada de beisbol). El trabajo fue bien acogido y Tito pudo trabajar con cierta holgura, pese a la difícil situación que vive cualquier exiliado; hasta donde sé, no escribió esta anécdota, aunque sus relatos autobiográficos no han abarcado toda su vida; en otra ocasión, me confesó el dilema que vivía todos los octubres; Rubén Bonifaz Nuño, el gran amigo de Monterroso, daba sus conferencias en El Colegio Nacional a la misma hora y fechas en que se jugaba la Serie Mundial; en esos años sólo se televisaba la Serie Mundial, y comenzaba a principios de octubre, porque no había playoffs, y cuando se impusieron eran mucho más breves; Tito alguna vez solucionó la disyuntiva llevando un radio de transistores, con audífono, al Colegio Nacional, y escuchó el juego y la conferencia al mismo tiempo; o no se quedaba a compartir con su amigo al finalizar la conferencia: se subía a su auto y sintonizaba la XEX para escuchar a Pedro Septién narrar la serie que entonces tenía casi siempre a los Yanquis como representantes de la Liga Americana.
Platicábamos mucho de beisbol; en alguna ocasión comentó que no le simpatizaba Héctor Espino: lo consideraba un jugador frío, mecánico, sin emotividad, que su perfección era demasiado inhumana; le conté que le había visto hacer un gesto de disgusto en una ocasión en que, de emergente porque estaba agripado, echó a perder un juego sin hit ni carrera, en la novena entrada; lanzó el bat al suelo, molesto, y no dejó de mostrar su emoción ya embasado en primera; Tito me dijo entonces que ese gesto lo humanizaba, que lo vería de otra manera.
En sus viajes me enviaba tarjetas postales con motivos beisboleros; creo que platicamos más de beisbol que de literatura (aunque en esta materia sostuvimos no sólo pláticas, sino debates con otros parroquianos –célebres– de La Ópera, pero no es tiempo ahora de hablar de ello). Recuerdo lo de beisbol porque no dejé de pensar en él mientras escribí mi parte de México y el beisbol, hecho al alimón con Diego Mejía Eguiluz, y recién publicado por la ADABI.
domingo, 3 de enero de 2010
Cuatro cintas en dos series, de Pedro Infante
En 1951 y 1952 Pedro Infante era ya el actor mexicano más popular, aunque nunca se le hizo actuar en el extranjero, como Jorge Negrete, quien hizo alguna cinta horrenda en España (con Carmen Sevilla, que hasta hace dos años seguía muy guapa), o Arturo de Córdova, quien filmó al lado de Gary Cooper, y nada menos que un tercer crédito (Por quién doblan las campanas) y en Argentina, o Pedro Armendáriz, dirigido nada menos que por John Ford en al menos tres cintas (dos de ellas excelentes), y con créditos estelares, y también en Italia (al final de su carrera hizo una aparición en From Russia with love, y aunque es breve, minimizó la actuación de Sean Connery como el 007). Incluso Alfonso Bedoya llamó la atención de Hollywood con su magnífica aparición en El tesoro de la Sierra Madre, borrando a Bogart y al parejo que Walter Huston.
Infante, además, cada día mejoraba, sobre todo cuando comenzó a hacer buenas cintas dirigido por otro que no fuera Isamel Rodríguez, quien tendía a estereotiparlo. Algo que no era tan bueno, en cambio, es que las historias que le daban no podían narrarlas en una cinta, y tenía que hacer dos, y no como en el caso de la dupla Nosotros los pobres y Ustedes los ricos, que fue necesario hacer la segunda en vista del éxito obtenido por la primera, o como en el caso de los motociclistas raritos, que son dos cintas distintas con los mismos personajes.
Finalizó 1951 con Ahí viene Martín Corona y El enamorado, dirigidas por Miguel Zacarías, quien no era un creador, pero sí un hábil artesano que hacía las cosas con corrección; está basada en una serie radiofónica con un personaje hecho por el locutor Álvaro Gálvez y Fuentes, quien llevaba a cuestas el sobrenombre de El Bachiller; hay que recordar que bachiller es uno de los título que otorga la Universidad (licenciado, maestro y doctor, los otros; también ayuda a ubicarlo un skeetch de esa época, protagonizado por Pompín Iglesias y Nacho Contla, en teatro y televisión: llegaba el joven Iglesias a entregarle el título a su supuesto padre Conta, quien emocionado exclamaba “bachillar”; “bachiller”, lo corregía Iglesias; “va a chillar tu mamá de la emoción”, remataba Contla; la proliferación de doctorados en tantas carreras a partir de entonces devaluó la importancia del bachillerato), y que con él daban a Gálvez y Fuentes una superioridad con respecto a sus compañeros de gremio, quienes por otra parte tenían el prestigio de ser los “educados”, los cultos de la radiodifusión; compañeros suyos eran Ricardo López Méndez, Pedro De Lille, Manuel Bernal y Ramiro Gamboa.
Son de las pocas cintas de Infante que fotografió Gabriel Figueroa, con los efectos acostumbrados; y son de las cintas donde se canta más: doce canciones entre ambas cintas; para estar ubicadas en el ámbito campirano, resalta el carácter urbano de las piezas: “Paloma querida”, “Carta a Eufemia”, “Amorcito de mi vida”, “Un día nublado”; además, la popularidad que en esos momentos tenía “Carta a Eufemia”, de la muy extraña dupla Rubén Fuentes-Rubén Méndez, da una curiosa sensación de fallas cronológicas, pues la canción es muy contemporánea, y los personajes se trasladan en carreta, caballo, y parecen vivir a principios del siglo XX.
Por desgracia, la compañera de reparto de Infante es Sarita Montiel, quien como dice Juan Marsé, “nunca supo actuar”; lo suplía con una belleza de alto impacto, que no fue bien aprovechada por Figueroa pues retrataba más los ángulos malos, y que resaltaban con su entonación sevillana, más discordante con el clima, la atmósfera, el ámbito rural; Zacarías la hizo acompañar de un nano también español, Florencio Castelló, y entre él y Montiel dan a la cinta la sensación extraña de que no pertenecen a la cinta, que son ajenos a ella; por ello, los momentos dramáticos resultan inverosímiles, y quedan reducidos a una versión más de las muchas que prodigó (y sigue prodigando) el cine mexicano, de una “doma de la bravía”, que le salió mejor al Indio Fernández en Enamorada.
Infante no tuvo rival con ella; resulta más natural, desenvuelto y simpático que Montiel, toda artificial, y cuyo histrionismo se reduce a prodigar mohínes no siempre graciosos. El verdadero rival de Infante fue Eulalio González Piporro, quien la hace de nano de Infante, y pese a sus excesos (que fueron característicos de su personaje a lo largo de casi toda su carrera, a partir de aquí), la mayoría de las veces es gracioso (Piporro hizo una serie de cintas, sobre todo a principios de los sesenta, que se salvan por él, por sus gestos previsibles y sin embargo visibles, y por muchas frases ingeniosas; una de las mejores, a despecho de la actual visión políticamente correcta: elogia a Elvira Quintana –gloso, no cito–: “usted es bella, inteligente, sabe de negocios; no me diga que también sabe cocinar”). Hace más mohínes que Montiel, pelea con un muy natural Castelló, y se sobreactúa, pero no molesta. Entre los muchos villanos que pueblan las cintas, sobresale Guillermo Calles, también conocido como El Indio, y que fue de los directores pioneros del cine mexicano, sobre todo del parlante, y quien se pasó muchos años sin dirigir, en papeles muy secundarios.
Los mejores momentos de las dos cintas: Infante y González están completamente briagos, con la lengua arrastrada, trastabillando, cuando de pronto Infante dice: “¿la cortamos?”; “la cortamos”, responde González, y comienzan a caminar y a hablar correctamente; en otra, Castelló viste igual a los dos hijos del matrimonio Infante-Montiel, niño y niña, y González (ni el espectador) puede diferenciar cuál es el niño. Hay que resaltar que en la vida real eran dos gemelitas, apellidadas Zacarías.
Mucho más interesantes son las cintas con las que comienza en 1952, uno de sus años más prolíficos: Un rincón cerca del cielo y Ahora soy rico, dirigidas por Rogelio González, muy dado a los excesos, y como la historia es tremebunda, cae en momentos muy patéticos; sin embargo, Infante está muy bien, contagia su angustia, y hace verosímil la pobreza que vive su personaje en la primera cinta, y su desconcierto en la segunda. Por desgracia, Marga López está tan sobreactuada como siempre, aunque tiene un par de momentos muy graciosos.
La trama, muy complicada, narra la historia de Pedro González, provinciano de 25 años (el actor ya tenía 35 pero aparentaba 36 –me fusilo una observación de Salvador Novo), que encuentra empleo en una oficina, se enamora de una secretaria (Marga López), y encarnan un matrimonio típico de la clase media, pero como ella es pretendida por su jefe, ambos son despedidos cuando ella está a punto de dar a luz, lo que no se nota; pierden su estrato socioeconómico y caen en la más profunda miseria, hasta perder, por falta de cien pesos (un dineral para la época), la vida de su hijo; trata de robar a un rico borrachín, quien lo salva de la miseria pero no de un intento de suicidio por el que queda cojo; lo hace trabajar para él, pero como en el cine mexicano está mal vista la riqueza, excepto en las comedias, comete infidelidades que están a punto de costarle el matrimonio y la amistad de su amigo protector; recupera ambos, aunque en la cárcel.
No tiene chiste que actúe mejor que López; el problema es que, en la primera de las dos cintas se enfrenta otra vez con Andrés Soler, al que sí se le daba la actuación, y con Silvia Pinal, quien está excelente también. Ellos encarnan una anécdota aparte de la trama principal, pero ayudan a crear ese ámbito de angustia que contiene la cinta; Soler es lambiscón de un gangster de segunda, y no le importa cómo lo maltrate, lo humille y lo pisotee, pero reacciona de manera brutal cuando involucran a su hija ambiciosa, proclive a la prostitución, pero dan una lección de dignidad que nunca alcanza el personaje de Infante, quien llega al extremo de actuar como perro en un espectáculo callejero, lleno de patetismo; como en Ustedes los ricos, se le muere su hijo de una neumonía, y se tira al paso del ferrocarril, lanzándose desde el puente de Nonoalco, que en esos momentos representa la frontera entre la pobreza y la riqueza, según el cine mexicano (Vagabunda, sobre todo) y la literatura (La región más transparente, José Trigo); salvado por el rico Antonio Aguilar, vuelve a vivir en un departamento y no en un cuarto de azotea –más cerca del cielo–, pero se involucra con la muy joven hija de un portero; como es cojo por el intento de suicidio, no puede bailar con una piruja que lo invita; una banda de asaltantes lo chantajea acusándolo de homicidio, y por ello se ve obligado a robar droga del laboratorio donde trabaja, y se calla cuando por ello Aguilar va a dar a la cárcel, pero un mudo le dice que es inocente, salva a Aguilar de la cárcel, deja a la amante adolescente, y López le dona un hueso para que deje de cojear.
Pese a lo dramático, las cintas se dejan ver con agrado, por el buen oficio de Rogelio González, aunque haya vulgaridad y patetismo: Infante se niega a recoger un billete de una escupidera, pero Soler no; Soler deja de ser borracho para irse a las Islas Marías, junto a la redimida Pinal; Aguilar explica su estado civil por haberse casado con una rubia extranjera, sin principios, que no supo perdonar (lo malo es que no explica qué tenía que perdonar; eso hubiera sido mucho más interesante); aunque es la sexta película donde actúa con Dorantes, apenas en ésta tienen un auténtico romance clandestino; en una escena que da pena ajena, López carga una bacinica y los de la mudanza le piden una propina, “pa’ las aguas”, y ella mira la bacinica y dice que sí, que para eso es; atormentado por un crimen que no cometió, pero no lo sabe porque estaba briago, se la pasa cantando, pero arruina todas las canciones, en especial “La que se fue”, en una versión muy inferior a la de Negrete; es ridícula la escena en que el mudo le revela que el crimen del que se siente culpable y por el que anda huyendo lo cometió un pandillero; López dona un hueso para que él camine bien, pero ella nunca camina mal, ni siquiera en la playa, donde se ve muy bien en traje de baño; al final, cuando ingresa, otra vez, a la peni, López dice algo así como que espera que salga pronto; Aguilar la abraza y exclama “de eso me encargo yo”, y uno no sabe si “eso” es una aún guapa López, o de que Infante salga de la cárcel; uno puede suponer que lo primero, porque ya antes le había echado los perros, porque está divorciado y porque tiene derecho a vengarse; en cambio, que lo saque de la cárcel está más difícil, porque el cargo es tráfico de drogas; aunque hubiera aguantado ver en la pantalla si para sacarlo corrompía a jueces, autoridades carcelarias o qué.
Es de hacer notar que Infante se la pasa más tiempo fodongo que modosito, siempre con la corbata chueca y despeinado, lo mismo que Soler; en cambio, Aguilar está siempre atildado, aunque uno simpatiza más con Infante que con él, excepto en la escena final.
Hizo todavía una cinta en la que no es el estelar, Por ellas aunque mal paguen, pésimo remake de Al son de la marimba, y donde lanza como estrella al ya veterano Ángel Infante; sus apariciones son incidentales y se deben, como dice Emilio García Riera, a sus acostumbrados accidentes aéreos. Y sí, son muy notorias sus entradas, debidas a la placa de platino a la que hacen alusión unas cantantes que rodean a Germán Valdés Tin Tan en El bizconde de Montecristo.
Agregado deportivo: en los años sesenta, en una competencia internacional, un juez determinó que un tiro de Rafael Osuna había caído en terreno bueno, aunque su rival, Osuna y el público tenían otro punto de vista; el juez no cambió la decisión; y cuando el rival hizo su saque, Osuna golpeó la pelota hacia afuera, deliberadamente; esa honestidad cada vez es menos frecuente en la mayoría de los deportes; los competidores quieren ganar sin importar si hacen trampa; en días pasados trasmitieron un juego de volibol femenil, entre equipos universitarios, que buscaban el campeonato nacional estadounidense; eran los últimos momentos del quinto set, cuando un juez dio la ventaja a uno de los equipos, aunque una de sus jugadoras había tocado la red; pese a las protestas, no cambió la decisión; el equipo beneficiado sólo requería, con eso, un solo punto, pero la jugadora que sirvió el saque deliberadamente lanzó el saque hacia afuera; el juego fue bueno, disputado, entretenido, vistoso; sobre todo, memorable por la honradez de las jugadoras. Cómo me gustaría ver esa actitud en un juego de soccer.
Infante, además, cada día mejoraba, sobre todo cuando comenzó a hacer buenas cintas dirigido por otro que no fuera Isamel Rodríguez, quien tendía a estereotiparlo. Algo que no era tan bueno, en cambio, es que las historias que le daban no podían narrarlas en una cinta, y tenía que hacer dos, y no como en el caso de la dupla Nosotros los pobres y Ustedes los ricos, que fue necesario hacer la segunda en vista del éxito obtenido por la primera, o como en el caso de los motociclistas raritos, que son dos cintas distintas con los mismos personajes.
Finalizó 1951 con Ahí viene Martín Corona y El enamorado, dirigidas por Miguel Zacarías, quien no era un creador, pero sí un hábil artesano que hacía las cosas con corrección; está basada en una serie radiofónica con un personaje hecho por el locutor Álvaro Gálvez y Fuentes, quien llevaba a cuestas el sobrenombre de El Bachiller; hay que recordar que bachiller es uno de los título que otorga la Universidad (licenciado, maestro y doctor, los otros; también ayuda a ubicarlo un skeetch de esa época, protagonizado por Pompín Iglesias y Nacho Contla, en teatro y televisión: llegaba el joven Iglesias a entregarle el título a su supuesto padre Conta, quien emocionado exclamaba “bachillar”; “bachiller”, lo corregía Iglesias; “va a chillar tu mamá de la emoción”, remataba Contla; la proliferación de doctorados en tantas carreras a partir de entonces devaluó la importancia del bachillerato), y que con él daban a Gálvez y Fuentes una superioridad con respecto a sus compañeros de gremio, quienes por otra parte tenían el prestigio de ser los “educados”, los cultos de la radiodifusión; compañeros suyos eran Ricardo López Méndez, Pedro De Lille, Manuel Bernal y Ramiro Gamboa.
Son de las pocas cintas de Infante que fotografió Gabriel Figueroa, con los efectos acostumbrados; y son de las cintas donde se canta más: doce canciones entre ambas cintas; para estar ubicadas en el ámbito campirano, resalta el carácter urbano de las piezas: “Paloma querida”, “Carta a Eufemia”, “Amorcito de mi vida”, “Un día nublado”; además, la popularidad que en esos momentos tenía “Carta a Eufemia”, de la muy extraña dupla Rubén Fuentes-Rubén Méndez, da una curiosa sensación de fallas cronológicas, pues la canción es muy contemporánea, y los personajes se trasladan en carreta, caballo, y parecen vivir a principios del siglo XX.
Por desgracia, la compañera de reparto de Infante es Sarita Montiel, quien como dice Juan Marsé, “nunca supo actuar”; lo suplía con una belleza de alto impacto, que no fue bien aprovechada por Figueroa pues retrataba más los ángulos malos, y que resaltaban con su entonación sevillana, más discordante con el clima, la atmósfera, el ámbito rural; Zacarías la hizo acompañar de un nano también español, Florencio Castelló, y entre él y Montiel dan a la cinta la sensación extraña de que no pertenecen a la cinta, que son ajenos a ella; por ello, los momentos dramáticos resultan inverosímiles, y quedan reducidos a una versión más de las muchas que prodigó (y sigue prodigando) el cine mexicano, de una “doma de la bravía”, que le salió mejor al Indio Fernández en Enamorada.
Infante no tuvo rival con ella; resulta más natural, desenvuelto y simpático que Montiel, toda artificial, y cuyo histrionismo se reduce a prodigar mohínes no siempre graciosos. El verdadero rival de Infante fue Eulalio González Piporro, quien la hace de nano de Infante, y pese a sus excesos (que fueron característicos de su personaje a lo largo de casi toda su carrera, a partir de aquí), la mayoría de las veces es gracioso (Piporro hizo una serie de cintas, sobre todo a principios de los sesenta, que se salvan por él, por sus gestos previsibles y sin embargo visibles, y por muchas frases ingeniosas; una de las mejores, a despecho de la actual visión políticamente correcta: elogia a Elvira Quintana –gloso, no cito–: “usted es bella, inteligente, sabe de negocios; no me diga que también sabe cocinar”). Hace más mohínes que Montiel, pelea con un muy natural Castelló, y se sobreactúa, pero no molesta. Entre los muchos villanos que pueblan las cintas, sobresale Guillermo Calles, también conocido como El Indio, y que fue de los directores pioneros del cine mexicano, sobre todo del parlante, y quien se pasó muchos años sin dirigir, en papeles muy secundarios.
Los mejores momentos de las dos cintas: Infante y González están completamente briagos, con la lengua arrastrada, trastabillando, cuando de pronto Infante dice: “¿la cortamos?”; “la cortamos”, responde González, y comienzan a caminar y a hablar correctamente; en otra, Castelló viste igual a los dos hijos del matrimonio Infante-Montiel, niño y niña, y González (ni el espectador) puede diferenciar cuál es el niño. Hay que resaltar que en la vida real eran dos gemelitas, apellidadas Zacarías.
Mucho más interesantes son las cintas con las que comienza en 1952, uno de sus años más prolíficos: Un rincón cerca del cielo y Ahora soy rico, dirigidas por Rogelio González, muy dado a los excesos, y como la historia es tremebunda, cae en momentos muy patéticos; sin embargo, Infante está muy bien, contagia su angustia, y hace verosímil la pobreza que vive su personaje en la primera cinta, y su desconcierto en la segunda. Por desgracia, Marga López está tan sobreactuada como siempre, aunque tiene un par de momentos muy graciosos.
La trama, muy complicada, narra la historia de Pedro González, provinciano de 25 años (el actor ya tenía 35 pero aparentaba 36 –me fusilo una observación de Salvador Novo), que encuentra empleo en una oficina, se enamora de una secretaria (Marga López), y encarnan un matrimonio típico de la clase media, pero como ella es pretendida por su jefe, ambos son despedidos cuando ella está a punto de dar a luz, lo que no se nota; pierden su estrato socioeconómico y caen en la más profunda miseria, hasta perder, por falta de cien pesos (un dineral para la época), la vida de su hijo; trata de robar a un rico borrachín, quien lo salva de la miseria pero no de un intento de suicidio por el que queda cojo; lo hace trabajar para él, pero como en el cine mexicano está mal vista la riqueza, excepto en las comedias, comete infidelidades que están a punto de costarle el matrimonio y la amistad de su amigo protector; recupera ambos, aunque en la cárcel.
No tiene chiste que actúe mejor que López; el problema es que, en la primera de las dos cintas se enfrenta otra vez con Andrés Soler, al que sí se le daba la actuación, y con Silvia Pinal, quien está excelente también. Ellos encarnan una anécdota aparte de la trama principal, pero ayudan a crear ese ámbito de angustia que contiene la cinta; Soler es lambiscón de un gangster de segunda, y no le importa cómo lo maltrate, lo humille y lo pisotee, pero reacciona de manera brutal cuando involucran a su hija ambiciosa, proclive a la prostitución, pero dan una lección de dignidad que nunca alcanza el personaje de Infante, quien llega al extremo de actuar como perro en un espectáculo callejero, lleno de patetismo; como en Ustedes los ricos, se le muere su hijo de una neumonía, y se tira al paso del ferrocarril, lanzándose desde el puente de Nonoalco, que en esos momentos representa la frontera entre la pobreza y la riqueza, según el cine mexicano (Vagabunda, sobre todo) y la literatura (La región más transparente, José Trigo); salvado por el rico Antonio Aguilar, vuelve a vivir en un departamento y no en un cuarto de azotea –más cerca del cielo–, pero se involucra con la muy joven hija de un portero; como es cojo por el intento de suicidio, no puede bailar con una piruja que lo invita; una banda de asaltantes lo chantajea acusándolo de homicidio, y por ello se ve obligado a robar droga del laboratorio donde trabaja, y se calla cuando por ello Aguilar va a dar a la cárcel, pero un mudo le dice que es inocente, salva a Aguilar de la cárcel, deja a la amante adolescente, y López le dona un hueso para que deje de cojear.
Pese a lo dramático, las cintas se dejan ver con agrado, por el buen oficio de Rogelio González, aunque haya vulgaridad y patetismo: Infante se niega a recoger un billete de una escupidera, pero Soler no; Soler deja de ser borracho para irse a las Islas Marías, junto a la redimida Pinal; Aguilar explica su estado civil por haberse casado con una rubia extranjera, sin principios, que no supo perdonar (lo malo es que no explica qué tenía que perdonar; eso hubiera sido mucho más interesante); aunque es la sexta película donde actúa con Dorantes, apenas en ésta tienen un auténtico romance clandestino; en una escena que da pena ajena, López carga una bacinica y los de la mudanza le piden una propina, “pa’ las aguas”, y ella mira la bacinica y dice que sí, que para eso es; atormentado por un crimen que no cometió, pero no lo sabe porque estaba briago, se la pasa cantando, pero arruina todas las canciones, en especial “La que se fue”, en una versión muy inferior a la de Negrete; es ridícula la escena en que el mudo le revela que el crimen del que se siente culpable y por el que anda huyendo lo cometió un pandillero; López dona un hueso para que él camine bien, pero ella nunca camina mal, ni siquiera en la playa, donde se ve muy bien en traje de baño; al final, cuando ingresa, otra vez, a la peni, López dice algo así como que espera que salga pronto; Aguilar la abraza y exclama “de eso me encargo yo”, y uno no sabe si “eso” es una aún guapa López, o de que Infante salga de la cárcel; uno puede suponer que lo primero, porque ya antes le había echado los perros, porque está divorciado y porque tiene derecho a vengarse; en cambio, que lo saque de la cárcel está más difícil, porque el cargo es tráfico de drogas; aunque hubiera aguantado ver en la pantalla si para sacarlo corrompía a jueces, autoridades carcelarias o qué.
Es de hacer notar que Infante se la pasa más tiempo fodongo que modosito, siempre con la corbata chueca y despeinado, lo mismo que Soler; en cambio, Aguilar está siempre atildado, aunque uno simpatiza más con Infante que con él, excepto en la escena final.
Hizo todavía una cinta en la que no es el estelar, Por ellas aunque mal paguen, pésimo remake de Al son de la marimba, y donde lanza como estrella al ya veterano Ángel Infante; sus apariciones son incidentales y se deben, como dice Emilio García Riera, a sus acostumbrados accidentes aéreos. Y sí, son muy notorias sus entradas, debidas a la placa de platino a la que hacen alusión unas cantantes que rodean a Germán Valdés Tin Tan en El bizconde de Montecristo.
Agregado deportivo: en los años sesenta, en una competencia internacional, un juez determinó que un tiro de Rafael Osuna había caído en terreno bueno, aunque su rival, Osuna y el público tenían otro punto de vista; el juez no cambió la decisión; y cuando el rival hizo su saque, Osuna golpeó la pelota hacia afuera, deliberadamente; esa honestidad cada vez es menos frecuente en la mayoría de los deportes; los competidores quieren ganar sin importar si hacen trampa; en días pasados trasmitieron un juego de volibol femenil, entre equipos universitarios, que buscaban el campeonato nacional estadounidense; eran los últimos momentos del quinto set, cuando un juez dio la ventaja a uno de los equipos, aunque una de sus jugadoras había tocado la red; pese a las protestas, no cambió la decisión; el equipo beneficiado sólo requería, con eso, un solo punto, pero la jugadora que sirvió el saque deliberadamente lanzó el saque hacia afuera; el juego fue bueno, disputado, entretenido, vistoso; sobre todo, memorable por la honradez de las jugadoras. Cómo me gustaría ver esa actitud en un juego de soccer.
sábado, 26 de diciembre de 2009
Salarios en el soccer
Fue a mediados de año (escolar y civil), en 1960, cuando una mañana, a punto de irme a la escuela (la Teodoro Montiel López, que a partir de entonces tuvo ese nombre; antes le decíamos “Cuauhtémoc”, porque así se llama la calle donde se encuentra; pero era nominada M-521; poco menos de dos años antes había fallecido el director), mi padre me anunció que podía faltar, que iba a llevarme a su chamba, porque ese día comenzaría a chambear allí Julio María Palleiro, en esos momentos centro delantero del América, y que había jugado con Necaxa y Toluca, y tenía la fama de haber sido campeón goleador dos campañas seguidas; ya estaba en las últimas, y tampoco eran los mejores tiempos del América, aunque tenía jugadores que ahora son leyenda: Walter Ormeño y El Pájaro Huerta como porteros; Juan Bosco, Alfonso Portugal, el Tigre Gómez –a quien conocí muchos años después–, el Gato Lemus, el Perro Cuenca, como defensas; Ángel Schandley y Pedro Nájera en la línea media, y como delanteros el Curro Buendía, Carlos Calderón de la Barca, Lalo Pálmer (conocido como La Lulú Pálmer, porque no era broncudo como Héctor Hernández y el Mellone Gutiérrez, del Guadalajara), Pepín González, Mario Pavés, el Tico Soto; en esas fechas fueron dirigidos por Fernando Marcos y luego por Nacho Trelles; a Marcos y a Walter Ormeño los suspendieron un año por una bronca en Toluca donde el peruano Ormeño le bajó dos dientes al árbitro Felipe –¿o Fernando?– Buergos; compraron entonces a Manuel Camacho, quien había sido titular con el Toluca, pero que estaba también en sus últimas campañas, aunque dio aún excelentes partidos; a él lo sucedió Ataulfo Sánchez, quien casi solito dio el primer campeonato al América en muchos años; podría decirse que él solito, pero lo ayudó Zague.
Palleiro había debutado en el torneo Jarrito de Oro, que jugaban al terminar la campaña, la Copa de Oro (luego Copa México) y el juego Campeón de Campeones; ese torneo, patrocinado por los refrescos Jarritos (qué buenos son); era para probar a los novatos, y por esas fechas Toluca hizo debutar a Vantolrá, Juan Dosal y otros que enloquecieron a las defensas de los equipos que participaban en el torneo: Zacatepec, Necaxa y Atlante, los otros: aún no ascendían a la primera División la Universidad ni el Cruz Azul. Palleiro anotó algunos goles, y prometía que para la campaña reafirmaría su fama de romperredes (título que después le quedó al Pata Bendita, Osvaldo Castro, un chileno que también jugó para el América en una época que el equipo tenía tantos argentinos, chiles y brasileños, que en realidad se llamaba Suramérica).
Con Humberto Huerta, Jesús Desachy, Carlos Silva, jugábamos trivia sin saber qué era trivia; recitábamos las alineaciones de todos los equipos, nos sabíamos las de todas las selecciones hasta esa fecha, los que habían anotado los goles importantes, quién había fallado un penalti y quién lo había detenido, y seguíamos los juegos (por radio; se televisaban escasos partidos, entre ellos, diferido, el infame del 10 de mayo de 1960, cuando la selección de Inglaterra le dio un estruendoso regalo de día de las madres a la afición mexicana cuando derrotó a la selección mexicana por 8-0) y comprábamos La Afición porque tenía excelentes crónicas, muy detalladas para sufrir con morbo las derrotas de nuestros equipos favoritos; las ediciones del 24 y del 31 de diciembre eran gigantescas y resumían las hazañas y fracasos durante todo el año, además de regalar un calendario con alguna estampa deportiva; alguno de nuestros compañeros vio, casualmente, en una oficina del Registro Civil al Diablo Benhumea, defensa del Necaxa, y lo envidiamos; vecinas nuestras eran Rosa y Gloria Reynoso, sobrinas de Tomas Reynoso, el excelente medio volante del Necaxa, y conocíamos a Manuel Arellano, hermano del Cuate Arellano, muy amigo del Cuate Fal, el extremo derecho de una delantera necaxista que tenía a Alberto Evaristo, el Chato Ortiz (quien falleció hace unos días); debutaba el Pato Baeza, a quien suspendieron un año por lanzarle un balonazo a un árbitro, y mexicanizó a Carlos Lara, antes del Zacatepec.
José Luis Desachy, hermano de nuestro compañero Jesús, estaba en las fuerzas juveniles del Atlante, equipo que tenía algunos de los jugadores a los que admirábamos: Cisneros, el Loco Sesma, sobre todo.
Que tuviera oportunidad de conocer a Julio María Palleiro bien valía la pena una pinta, aunque fuera solapada por mi padre; sin embargo, fue en vano porque Palleiro no se presentó a trabajar: necesitaba que le dieran permiso de faltar dos tardes a la semana porque entrenaba martes y jueves con el América. En el trabajo una semana se trabajaba en la tienda lunes, miércoles y viernes, y la siguiente semana martes, jueves y sábados; por lo tanto, no podían aceptar su petición.
Aunque era “estrella”, y además extranjero, necesitaba otra chamba; cuando leo las cantidades que reciben los actuales jugadores, que rebasan por mucho el salario del presidente, y que además piden trato fiscal especial con el alegato de que su carrera dura menos que la de un contador, un empleado bancario o de cualquier empresa, me asombro aún de que los mejores jugadores de hace no mucho tiempo pidieran otro trabajo. No quiero asegurar, como hacen muchos, que los jugadores de antes le tenían más amor a la camiseta; el futbol soccer, como casi todos los deportes, se ha especializado; además de que los jugadores son más altos, más fuertes y más delicados (algunos tienen apodos que son más delicaditos que el que le asestaban a Lalo Pálmer); necesita entonces jugadores de tiempo completo, que no se distraigan en otros empleos, ni siquiera en los estudios; por eso deben pagarles muy bien; no sólo en México: todo soccerista que empiece a destacar anhela irse a Europa para cobrar en euros, y de cualquier manera en México, violando la ley, cobran en dólares.
Alegan sus defensores que hacen bien, porque ellos son los que llevan a la gente a los estadios; pero cabe la pregunta de si con las escasas entradas le alcanza a los clubes para pagar salarios de cientos de miles, o cuando menos decenas de miles, a los jugadores; seguro que alcanza por el patrocinio de empresas que desembolsan cantidades para que pongan el nombre de su changarro en la playera de los jugadores, cuestión antes impensable: sentían orgullo por el escudo de su equipo.
Lo que debe cuestionarse es si de veras desquitan su salario; no me refiero a que si siempre juegan bien; en un torneo sólo puede haber un campeón, y los demás equipos deben conformarse con los puestos del segundo al decimosexto; nadie puede exigirle a ningún jugador que siempre juegue mejor que los demás, que nunca se equivoque, que siempre acierte; la pregunta es si cumplen con la dedicación completa y absoluta; todos los días aparecen fotografías de aspirantes a estrellas de televisión y modelos, con la noticia de que es novia, esposa o amante de un futbolista; más exuberantes mientras más famoso es su galán, o mientras más salario cobra; no sé si el precursor en el mundo fue Enrique Borja, aunque sí en México, al casar con Sagrario Baena, pero su matrimonio fue discreto, ella se retiró y él siguió jugando, administrando, y todo lo que ha hecho dentro y fuera del deporte.
Estrellas de televisión cuya popularidad depende de su físico comienzan a ser relacionadas con futbolistas; a veces se casan, otras viven en pecado. Algunas pueden comprobar su popularidad porque son pretendidas, perseguidas y alcanzadas por dos o más jugadores de un equipo. A veces, alguna resentida, llega a declarar que un jugador famoso es más eficaz en la cancha que en la intimidad, con lo que el desprestigio del jugador es mayor aún (aunque eso no debería repercutir en su salario).
Espero que no suene a envidia mi creencia de que ellas tienen la culpa del bajo nivel de calidad del soccer actual; tendrían que ver cómo descendieron los números de Joe DiMaggio cuando conoció a Marilyn Monroe (.301, 32 jonrones y 122 empujadas en 1950; .263, 12, 71 en 1951), y cómo prefirió retirarse y despreciar una oferta de 105,000 dólares anuales (equivalente a algunos millones de hoy), en vez de portarse bien y desquitar el salario devengado. Todo para que al poco de casados ella diera de qué hablar cuando filmó La comezón del séptimo año (La tentación vive arriba, la traducción madrileña) y la famosa escena de las rejillas del Metro, que ocasionó que DiMaggio, Frank Sinatra y otros trataran de entrar a la recámara donde ella se refugió para eludir la violencia de género ocasionada por los celos de los dos.
Y no son pocas las socceras que han sufrido violencia de género por los socceros de hoy; su mamá se lo decía, como dijo la canción.
Julio María Palleiro necesitaba otra chamba porque no le alcanzaba lo que le pagaba el América; ahora necesitan altos ingresos (que acabalan con contratos de publicidad, lo que pagan algunas revistas para que hablen de sus vergüenzas o para que presuman sus residencias) para estar mejor cotizados en el otro mercado: el de las aspirantes a actrices que venden caro su amor.
Palleiro había debutado en el torneo Jarrito de Oro, que jugaban al terminar la campaña, la Copa de Oro (luego Copa México) y el juego Campeón de Campeones; ese torneo, patrocinado por los refrescos Jarritos (qué buenos son); era para probar a los novatos, y por esas fechas Toluca hizo debutar a Vantolrá, Juan Dosal y otros que enloquecieron a las defensas de los equipos que participaban en el torneo: Zacatepec, Necaxa y Atlante, los otros: aún no ascendían a la primera División la Universidad ni el Cruz Azul. Palleiro anotó algunos goles, y prometía que para la campaña reafirmaría su fama de romperredes (título que después le quedó al Pata Bendita, Osvaldo Castro, un chileno que también jugó para el América en una época que el equipo tenía tantos argentinos, chiles y brasileños, que en realidad se llamaba Suramérica).
Con Humberto Huerta, Jesús Desachy, Carlos Silva, jugábamos trivia sin saber qué era trivia; recitábamos las alineaciones de todos los equipos, nos sabíamos las de todas las selecciones hasta esa fecha, los que habían anotado los goles importantes, quién había fallado un penalti y quién lo había detenido, y seguíamos los juegos (por radio; se televisaban escasos partidos, entre ellos, diferido, el infame del 10 de mayo de 1960, cuando la selección de Inglaterra le dio un estruendoso regalo de día de las madres a la afición mexicana cuando derrotó a la selección mexicana por 8-0) y comprábamos La Afición porque tenía excelentes crónicas, muy detalladas para sufrir con morbo las derrotas de nuestros equipos favoritos; las ediciones del 24 y del 31 de diciembre eran gigantescas y resumían las hazañas y fracasos durante todo el año, además de regalar un calendario con alguna estampa deportiva; alguno de nuestros compañeros vio, casualmente, en una oficina del Registro Civil al Diablo Benhumea, defensa del Necaxa, y lo envidiamos; vecinas nuestras eran Rosa y Gloria Reynoso, sobrinas de Tomas Reynoso, el excelente medio volante del Necaxa, y conocíamos a Manuel Arellano, hermano del Cuate Arellano, muy amigo del Cuate Fal, el extremo derecho de una delantera necaxista que tenía a Alberto Evaristo, el Chato Ortiz (quien falleció hace unos días); debutaba el Pato Baeza, a quien suspendieron un año por lanzarle un balonazo a un árbitro, y mexicanizó a Carlos Lara, antes del Zacatepec.
José Luis Desachy, hermano de nuestro compañero Jesús, estaba en las fuerzas juveniles del Atlante, equipo que tenía algunos de los jugadores a los que admirábamos: Cisneros, el Loco Sesma, sobre todo.
Que tuviera oportunidad de conocer a Julio María Palleiro bien valía la pena una pinta, aunque fuera solapada por mi padre; sin embargo, fue en vano porque Palleiro no se presentó a trabajar: necesitaba que le dieran permiso de faltar dos tardes a la semana porque entrenaba martes y jueves con el América. En el trabajo una semana se trabajaba en la tienda lunes, miércoles y viernes, y la siguiente semana martes, jueves y sábados; por lo tanto, no podían aceptar su petición.
Aunque era “estrella”, y además extranjero, necesitaba otra chamba; cuando leo las cantidades que reciben los actuales jugadores, que rebasan por mucho el salario del presidente, y que además piden trato fiscal especial con el alegato de que su carrera dura menos que la de un contador, un empleado bancario o de cualquier empresa, me asombro aún de que los mejores jugadores de hace no mucho tiempo pidieran otro trabajo. No quiero asegurar, como hacen muchos, que los jugadores de antes le tenían más amor a la camiseta; el futbol soccer, como casi todos los deportes, se ha especializado; además de que los jugadores son más altos, más fuertes y más delicados (algunos tienen apodos que son más delicaditos que el que le asestaban a Lalo Pálmer); necesita entonces jugadores de tiempo completo, que no se distraigan en otros empleos, ni siquiera en los estudios; por eso deben pagarles muy bien; no sólo en México: todo soccerista que empiece a destacar anhela irse a Europa para cobrar en euros, y de cualquier manera en México, violando la ley, cobran en dólares.
Alegan sus defensores que hacen bien, porque ellos son los que llevan a la gente a los estadios; pero cabe la pregunta de si con las escasas entradas le alcanza a los clubes para pagar salarios de cientos de miles, o cuando menos decenas de miles, a los jugadores; seguro que alcanza por el patrocinio de empresas que desembolsan cantidades para que pongan el nombre de su changarro en la playera de los jugadores, cuestión antes impensable: sentían orgullo por el escudo de su equipo.
Lo que debe cuestionarse es si de veras desquitan su salario; no me refiero a que si siempre juegan bien; en un torneo sólo puede haber un campeón, y los demás equipos deben conformarse con los puestos del segundo al decimosexto; nadie puede exigirle a ningún jugador que siempre juegue mejor que los demás, que nunca se equivoque, que siempre acierte; la pregunta es si cumplen con la dedicación completa y absoluta; todos los días aparecen fotografías de aspirantes a estrellas de televisión y modelos, con la noticia de que es novia, esposa o amante de un futbolista; más exuberantes mientras más famoso es su galán, o mientras más salario cobra; no sé si el precursor en el mundo fue Enrique Borja, aunque sí en México, al casar con Sagrario Baena, pero su matrimonio fue discreto, ella se retiró y él siguió jugando, administrando, y todo lo que ha hecho dentro y fuera del deporte.
Estrellas de televisión cuya popularidad depende de su físico comienzan a ser relacionadas con futbolistas; a veces se casan, otras viven en pecado. Algunas pueden comprobar su popularidad porque son pretendidas, perseguidas y alcanzadas por dos o más jugadores de un equipo. A veces, alguna resentida, llega a declarar que un jugador famoso es más eficaz en la cancha que en la intimidad, con lo que el desprestigio del jugador es mayor aún (aunque eso no debería repercutir en su salario).
Espero que no suene a envidia mi creencia de que ellas tienen la culpa del bajo nivel de calidad del soccer actual; tendrían que ver cómo descendieron los números de Joe DiMaggio cuando conoció a Marilyn Monroe (.301, 32 jonrones y 122 empujadas en 1950; .263, 12, 71 en 1951), y cómo prefirió retirarse y despreciar una oferta de 105,000 dólares anuales (equivalente a algunos millones de hoy), en vez de portarse bien y desquitar el salario devengado. Todo para que al poco de casados ella diera de qué hablar cuando filmó La comezón del séptimo año (La tentación vive arriba, la traducción madrileña) y la famosa escena de las rejillas del Metro, que ocasionó que DiMaggio, Frank Sinatra y otros trataran de entrar a la recámara donde ella se refugió para eludir la violencia de género ocasionada por los celos de los dos.
Y no son pocas las socceras que han sufrido violencia de género por los socceros de hoy; su mamá se lo decía, como dijo la canción.
Julio María Palleiro necesitaba otra chamba porque no le alcanzaba lo que le pagaba el América; ahora necesitan altos ingresos (que acabalan con contratos de publicidad, lo que pagan algunas revistas para que hablen de sus vergüenzas o para que presuman sus residencias) para estar mejor cotizados en el otro mercado: el de las aspirantes a actrices que venden caro su amor.
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