sábado, 22 de julio de 2017

Está bien, hablemos de beisbol (y otros asuntos)

Uno de los temores, no siempre confesados, es que al paso del tiempo nos hagamos conservadores, que no aceptemos que lo nuevo puede ser mejor que lo anterior, que lo que vivimos cuando esperábamos cambiar y hacer cambiar.
   No sólo es que con el paso del tiempo aceptemos que los clásicos dijeron cosas más interesantes e inteligentes, sino que lo dijeron mejor, que fueron más audaces y experimentales, que mantuvieron un espíritu de experimentación que nosotros, o nuestros contemporáneos, no nos atrevimos a ahondar más; es también que tememos que nuestros ejemplos caigan estrepitosamente. Fue lo que le sucedió a Ford Frick cuando vio que Mickey Mantle y Roger Maris estaban cerca de romper la marca de cuadrangulares de Babe Ruth, advirtió que, si no lo hacían en 154 juegos, se pondría un asterisco para decir que la que valía era la de Ruth; se le conoce como el “infame asterisco”, que quitaron muchos años después, aunque en los libros de récords aparecen las dos marcas: más cuadrangulares en temporada de 154 juegos: 60, de George Herman Ruth; marca en 162 juegos, 61 de Roger Maris (incluso dijeron que si el que igualaba la marca era Mantle, como sí era yanqui de toda la vida, no habría asterisco).
   Supongo que los nuevos libros, que ya no llegan a México, dicen que los 73 de Mark McGwire y los 66 de Samuel Sosa o los muchos de Barry Bonds deben tener un asterisco, porque los conectaron bajo el estímulo de sustancias que mejoran el rendimiento, como les fue comprobado a ellos y a otros, a los que les ha estado vedado el acceso al Salón de la Fama (aunque se corre el riesgo de que los nuevos periodistas, menos éticos y menos radicales, terminen por aceptarlos; si se admite que el viagra proporcione las mismas sensaciones, ¿por qué no que los esteroides ayuden a los inválidos o con disminución de sus funciones?).
   Un novato de los Yanquis, el famoso Judge (que hace que los forofos usen pelucas como de jueces británicos) ya superó el número de jonrones para un novato en ese equipo, que eran los 29 de Joe DiMaggio en 1936; ¿es mejor que el Yanqui Clipper, que Joltin Joe? A riesgo de parecerme a Pedro Septién expondré algunas teorías; Septién alegaba que el beisbol del siglo XIX había sido mejor que el del último tercio del siglo XX, y todo por los números. ¿En el siglo XX, o peor, en este XXI, alguien ha bateado tanto como el .440 de Duffy de 1894? ¿O cuando menos el .424 del diminuto Willie Keeler a principios del XX?¿Quién ha ganado 60 juegos como Hoss Radbourn en 1884? ¿Alguien se ha acercado al promedio de carreras limpias admitidas de 0.96 de Dutch Leonard en 1914, y menos ahora a los 815 juegos completos de Cy Young?
   A Septién se le olvidaba comentar que antes antes antes la distancia del montículo al home era bastante menor, diez pies menos; que la altura del montículo era mucho mayor, y eso hacía la diferencia. Sobre todo, ponchaban más. Tampoco que los foules no contaban como strikes y por eso había mejores porcentajes de bateo.
   Un aspecto más: cuando Joe DiMaggio debutó, y hasta que se retiró, había ocho equipos por liga, mucho menos jugadores y mucho menos aún lanzadores. Las expansiones han permitido más franquicias, que las ligas lleguen al Oeste y no se haya quedado el beisbol como un deporte para minorías y ubicados casi todos hacia la costa Este, que muchas ciudades tenían dos equipos (San Luis, Boston, Chicago, Nueva York [tres]) o quedaban más o menos cerca (Cincinnati, Pitsburgh, Cleveland, Detroit); que al haber menos jugadores sólo llegaban los mejores a las Mayores, y la expansión permitió que se establezcan otros con buenas cualidades, pero no excepcionales. Septién no alcanzó a ver algo más grave; si antes los lanzadores se ufanaban en completar los juegos, y había pocos relevistas, ahora se lleva la cuenta exacta de los lanzamientos efectuados (¿también las reviradas y las de calentamiento entre entradas?) y al llegar a cien, los cambian o ponen a calentar a los ya muchos relevistas. Hay tres o cuatro relevistas por equipo y por juego, y por ello los bateadores se enfrentan a bolas rápidas más veces, y es más fácil conectar jonrón a bolas rápidas que a cambios o curvas o nudilleras o a sliders (el batazo más poderoso que pegué fue, como zurdo, a mi amigo Alejandro del Valle; cuando años después en una comida se lo recordé me respondió: “claro, yo tenía una bola muy rápida”, lo que me provocó una depresión que me duró el resto de la velada); cuando a los abridores se les iba acabando la velocidad comenzaban las curvas endemoniadas, los cambios que hacían que los bateadores tiraran mucho antes de que la bola llegara al cátcher, las bolas que parecía que iban a golpear al bateador y entraban por el centro (alguna vez le pregunté a Isaac Arriaga si le había pasado, y me comentó que era espantoso alejarse sólo para ver un strike perfecto; cuando se lo pregunté a Marco Antonio Pulido me dijo que no sólo se había retirado: se había tirado al suelo), las nudilleras que hacían que los bateadores se tropezaran tratando de alcanzar el lanzamiento. Ahora cuando las pitcheadas no alcanzan las 90 millas por hora, retiran al pitcher y mandan a un relevista que tira bolas de 99 millas; no sea que los muy delicados vayan a cansarse.
   Alguna vez, una caricatura de Mad se burlaba de los bateadores altos, robustos, protegidos con casco, con guantes para que no se resbale el bat, y con porcentajes de .220; pareciera que ya los beisbolistas están cuidados como nadie se imaginaba: ¿qué pensarían Mantle, que jugó la mayor parte de su carrera vendado como momia? ¿O Ty Cobb, que se barría con los spikes levantados, o John McGrow, que dejaba lastimados a los corredores que se le barrían en tercera base?

Por cierto, los cronistas hablan de bateadores que ocasionalmente pegan jonrones: “de vez en cuando se enredan”; desde luego, no jugaron nunca, o cuando menos no se enredaban, que era la manera en que los que no éramos poderosos llegábamos a conectar algún cuadrangular; es imposible de describir, sólo cuando se pierde de vista el lanzamiento, el codo hace un movimiento inesperado, y uno siente que se ha enredado, sabe de qué se trata; el que lo hacía gráficamente era Agustín El Avestruz Rivera: se notaba cuando se enredaba. Hace años no veo más que trancazos descomunales; claro, también muchos ponches; era típico que los jonroneros se poncharan; uno de los más poderosos, Reggie Jackson, se ponchó cinco veces por cada jonrón conectado; se le reconoce que era muy valioso, porque cuando no ayudaba a su equipo ayudaba al contrincante, y es el primer jugador con más de dos mil ponches (sin ser pitcher) en llegar al Salón de la Fama. Ahora de cualquiera que conecte un cuadrangular dicen que se enredó (muchas de estas observaciones se las debo a Diego.)

La ausencia de revistas especializadas, que pasaron a ser bimestrales en vez de mensuales, los cambios de formato, la carencia de publicidad, y la renuencia de las distribuidoras a traerlas, o de Sanborns a venderlas, hace que nuestra ignorancia del beisbol actual nos tome por sorpresa: al ver la transmisión de los juegos de los Dodgers nos asombra la cantidad de novatos que, en bola, desplazaron a los jugadores de hace una o dos temporadas; incluso Adrián González, titular por su bateo pero también por su fildeo, ha sido desplazado. Todo tiene una explicación: cuando en 2011 Juan Gabriel Castro fue notificado de que ya no estaba en los planes del equipo, pensó que su futuro se restringía a la Liga Mexicana (Doble y Triple A son para prospectos), pero los Dodgers le hicieron una oferta: que se encargara de adiestrar a los novatos de las sucursales; en 2016 los Dodgers le ofrecieron algo inusitado, o inédito o inaudito: que fuera coach de calidad; ignoro cuál sea esa función, pero sospecho que en realidad lo están preparando para que sea manager; Dodgers suelen tener manager que duran muchos años, y posiblemente piensen eso de Castro, ya que como preparador y entrenador dio el resultado de que ahora son los novatos los que dan frescura y vitalidad a un equipo que ya no depende de superestrellas como Adrián, e incluso han mandado a la banca a Pederson, quien llegó a ser clasificado el mejor jardinero central de las Mayores, en muchos años.

Vi por primera vez a Héctor Lechuga en Chucherías, en 1960 (gracias a que la SEP mandó reparar la viejísima casona que alojaba a la escuela M521 —tan pobre que ni nombre tenía— y nos mandaron, de manera interina, a la cercana Fernando Bez, con horario de 11 a 15 horas, por lo que podía ver la entonces incipiente televisión matutina) haciendo pareja con Chucho Salinas; su número especial era la entrevista, en donde comenzaba a insinuar el nombre de algún político; el intocable Ernesto P. Uruchurtu era el favorito, aunque no llegaban a pronunciar su nombre: “no me diga nombres, no me diga nombres”, era el estribillo de Salinas; una muletilla de Lechuga, ya haciendo trío con Alejandro Suárez y Manuel Valdés, era “a malito a panza”, en la parodia vulgar pero divertidísima de El bueno, el malo y el feo; aunque improvisaban, el dador de chistes y muletillas era por lo general Mauricio Kleif; disfrazados de mujer (ahora los perseguirían y los calificarían de misóginos) Valdés y Lechuga acosaban a Suárez: “Maritza” –decía Valdés—, “clos de dor”, y se le montaban a Suárez que simulaba ser galán.
   Nadie recuerda que fue el pionero en el cine mexicano en acariciar, sin disimulos, glúteos femeninos; no necesitaban castigar a la dama joven con nalgadas, como Negrete, Infante y Armendáriz, entre otros (a Lilia Michel, Marga López y Rosita Quintana, respectivamente, aunque no las únicas; “respete mi dolor”, exclamaba, entre coqueta y quejosa, Quintana), ni simular el acto y que sólo se notara por la reacción de alguna extra, como lo hicieron Negrete (a Lucha Reyes), Infante y  Andrés Soler (a bellas extras); en una de las menos buenas pero no menos interesantes películas de Rogelio González, con guión de Ricardo Garibay, en el tercer episodio de La mujer de seis litros (cinta donde Kitty de Hoyos muestra las pantaletas en el primer episodio, y acarician las piernas y se deja entrever la pantaleta de la adolescente Liza Pleshete —en su única aparición en el cine— en el segundo episodio); Lechuga, además, se desnuda cuando menos un par de veces, y al final, en un cabaret, se gasta las ganancias producto de su chantaje a feligreses, con una trabajadora social, la exuberante Sandra Chávez, a quien soba los glúteos con detenimiento. Antes nadie se había atrevido en el cine mexicano a ninguna de ambas cosas, y en el cine mundial, sólo Stan Laurel, con más gracia y picardía, aunque también inocencia.

Lechuga, si hubiera conservado su frescura y el ritmo de la comedia, agarraría de bajada al “jefe” de “gobierno” de la ciudad de México, quien está en campaña electora perpetua violando las leyes del INE, con la única cualidad de mostrar cómo sería su gobierno; en una ciudad que han ido transformando en espacio para automóviles, ahora resulta que quiere limitar y hasta suprimir cajones de estacionamiento, con la idea de que, al desincentivar el uso del auto, usaremos más transporte colectivo, que es incómodo, lento, torpe, inseguro (ahora entran a asaltar en los vagones del Metro), criminal, impuntual. Lo malo es que somos quienes  pagamos; su ignorancia, por ejemplo, de que el operativo para desmantelar o disminuir uno de los carteles (así se llaman) que se apoderó de parte de la ciudad, lo agarró como se decía antes, con los pantalones bajados como al Tigre de Santa Julia; y por cierto, por allí, ya advirtieron que hay una lucha entre grupos por ver quién asalta más; de nuevo sorprendido, se llevó entre las patas a la administradora de la Miguel Hidalgo, quien tampoco sabía qué sucede en la delegación a la que desorganiza. La Miguel Hidalgo es víctima, además, del rencor del “jefe” de “gobierno”, que aumentó 50 por ciento más al transporte del rumbo: mientras los autobuses para otros lados cobran 6.50, los que salen de la corta ruta de la estación Sevilla a Polanco cobra 7 pesos; sin contar con que los ancianos fuimos despojados de la gratuidad que nos daba la edad. Lo más curioso es que ante la posibilidad de que liberen a cuatro mil reos que no eran peligrosos pero ahora graduados en las cárceles que ya no rehabilitan sino que especializan, el “jefe” de “gobierno” sólo alcanzó a decir “a ver cómo le hacen”, y se escondió. Hasta sus contlapaches lo han criticado.

Aparte del semidesnudo colectivo de las popof que mostraron su cuerpo en las primeras escenas no oficiales de la televisión mexicana, o del desnudo involuntario de Silvia Pinal en un teleteatro, pocos veces las actrices de teleteatro, comedias, o entrevistas por televisión mostraron las piernas; los espectadores tenían que conformarse con Evangelina Elizondo dirigiendo en traje de baño (o algo así) a su orquesta para admirar sus piernas, o los ballets de Constanza Hall o los bailes de las hermanas Larrañaga o Laura Urdapilleta o de Mónica Serna que salían en malla o traje de bailarinas, o las apariciones de Lola Flores, o de otras bailarinas de flamenco, quienes se daban vuelo con el vuelo de sus vestidos (es curioso que Flores fuera pródiga en mostrar sus tarzaneras en la televisión, pero sólo una vez en el cine). Ahora hasta las modositas se tiran al suelo, bailan y dejan que las levanten, o se sientan con descuidos cuidadosos, y muestran sus tangas y lo que dejan al aire las tangas. ¿Por llamar la atención del público o de los empresarios?


Conozco a varios integrantes de la Academia Mexicana de la Lengua, soy amigo de algunos de ellos, y hasta admiro lo que hacen, no todos, en la literatura o la investigación; no admiro lo que hace la institución, más preocupada por lo políticamente correcto: por ello me atrevo a proponer que ahora que destituyan a Nicolás Maduro (no digo que deroguen, porque eso sería reconocerle legalidad), sea integrante de alguna de las academias, hispanoamericanas o española (mejor si ésta), ya que muestra audacia en sus propuestas lingüistas: hace unas semanas cambió el diccionario venezolano al decir que decirle adolescentes a los adolescentes era ilógico porque, se preguntó, “¿de qué podían adolecer esos muchachos?” y derogó la palabra por “jóvenes en desarrollo”. En eso no está solo, por lo menos tres escritores mexicanos han dicho que adolescente deviene de adolecer, o seda que adolecen de lo mismo. Pero más audaz se mostró al decir que la destrampada excanciller, por defender a su “régimen”, lo hizo como “tigra”; es tanto como decirle poetas a las poetisas. 

domingo, 2 de julio de 2017

Renán, hallazgos casuales, los aguaceros de junio, la ortografía de Margarita y una posdata

Me parece que ya lo he contado muchas veces; después de una sesión de trabajo, Gustavo Sainz me dijo que me presentara en Avenida Hidalgo 18-A, frente a la Alameda y casi junto a Las Américas, una cantina que, con todo lo demás, desapareció para dar paso a la secretaría de hacienda. Que fuera de parte de él para hablar con el propietario de Libros Escogidos; de él sabía por las autobiografías del propio Sainz, de Gustavo Sainz, y por referencias de Vicente Leñero.
                Con temor, me acerqué; Leopoldo Duarte, de corbata pero la camisa arremangada, me sonrió cuando entré; le dije que iba de parte de Sainz: ya sé, eres el autor de una novela de la que me leyó un capítulo hoy, y describió la escena de ese capítulo, en el que el protagonista atisba las piernas de una compañera de escuela, la falda levemente arriba de las rodillas.
                Una semana después Sainz me dijo que Polo se había apantallado porque llevaba un libro de Thomas Mann, y se dedicó a buscarme libros suyos, que desde luego no tenía. La invitación a que fuera cuantas veces quisiera para platicar fue inmediata, no así a la tertulia sabatina, pero un día me dijo que cayera por ahí de mediodía.
                Entre todos los que asistían había figuras célebres, glorias literarias en su más puro y menos ensayado comportamiento; sobresalía el más rubio, nervioso tras una coraza de simpatía; Raúl, como todos, le decía Polito a Duarte, pero no trataba, como casi todos los demás, de hacer sentir su cercanía; de hecho, no era de los últimos en salir de El Horreo, y nunca se quedó después, como lo hacía Chucho Vargas, el inolvidable, cuya generosidad le costó la vida, según me contó Mota, años después; no todos eran literatos, pero los que no escribían ni menos publicaban, no eran menos pedantes (en el sentido original de la palabra). De todos, Vargas y Raúl Renán, el más sereno y menos ostentoso, eran los más amigables, los que siempre estaban pendientes de la charla, y los que menos trataban de imponer puntos de vista.
                Como de Otaola, de Juan Manuel Torres, de Benito, pronto me hice amigo de Raúl. Cuando varios de ellos mostraron antipatía, Renán se hizo más  y más amigo; nunca presumió de todas las cosas de las que me fui enterando a lo largo de los años: que fue una guía de los primeros pasos de José Emilio Pacheco, paciente escucha de Carlos Monsiváis, consejero de Sergio Pitol, hombre de confianza de Elías Nandino, amistoso rival de Sainz, todo eso mientras preparaban la revista Estaciones, ahora legendaria; que durante largo tiempo fue el hombre más cercano a Gabriel García Márquez, con quien se veía diario, compartían chamba, itinerario, eran vecinos en la calle de Renan, y fue de los primeros escuchas de la trama de Cien años de soledad, trama paralela porque GGM, supersticioso, no leía lo escrito sino una novela similar pero no igual.
                Al contrario de casi todos los demás contertulios, no cargaba libros, no compartía sus ambiciones, pero su plática ligera invitaba a las confidencias; con frecuencia, Lourdes y yo fuimos invitados a su casa, donde Aída se desvivía por mostrarnos su simpatía y solidaridad, y nos extrañaba que no fuera invitada a la muy misógina tertulia (también fuimos invitados a casa de Chucho Vargas, de Luisa Huertas, que tampoco asistía a la librería).
                Durante casi dos años, todos los sábados Raúl nos visitaba en Presa Nejapa, después de haber ido a su tertulia con Carlos Isla, Miguel Flores Ramírez, el gigantesco Francisco Hernández; mientras bebíamos dos cervezas, leía lo que llevaba escrito, en esa semana, de mi segunda novela, de la que fue personaje involuntario, pero aparece hasta con su nombre, como vuelve a aparecer en mi cuarta y creo que última novela.
                Una de las pocas veces en que hemos estado en un café, Lourdes y yo escuchamos divertidos la charla de Aída y las peripecias de sus hijas, torbellinos desde pequeñas, aunque fuimos vengados por María José, cuando en pleno Bellas Artes saludó a Raúl con un “quiubo panzoncito” que Raúl celebró y recordó siempre.
                Su discreción hizo que anduviera por todos lados pero nunca robaba las escenas, era un espectador crítico que, sin embargo, no expresaba su opinión a menos que se la exigiera; nunca le pedí un juicio sobre mis libros, aunque las pocas veces que nos llegamos a ver después, en los últimos 25 años de nuestra amistad, me dejo saber que no había dejado de leerme. Un día, en Literatura de Bellas Artes, a donde acudí en busca de fotografías de Rosario Castellanos, me lo topé: te doy un aventón, me dijo; ya en su auto le reclamé: cómo eres coscolino, Raulito; sólo emitió una risa discreta, aunque franca, como de alguien sorprendido en una travesura; las empleadas de Bellas Artes, las becarias, las asistentes a su taller, le coqueteaban sin reservas, a sabiendas de que no estaban frente a un lobo, como hay muchos en nuestras letras.

Hace pocos días Malva Flores inauguró su presencia en las redes con un “hoy es un día triste: murió Raúl Renán”; un correo impertinente a Mariana Bernárdez corroboró el hecho: murió en la madrugada, rodeado de sus hijas, en absoluta tranquilidad, como fue siempre su vida pública; alguien dijo que no era posible, que Raúl era inmortal; así lo parecía: inmortal, pero discreto.
                De aquella tertulia se han ausentado ya muchos: el propio Polo, el eterno Ota, Chucho Vargas, Francisco Cervantes (a quien Raúl protegió en sus últimos días, pese a que Francisco había alejado a todos, hasta al paciente Otaola, quien lo retrató con sarcasmo como Chinchulín en su Tiempo de recordar), Sainz, Leñero, Juan Manuel Torres, Beto Bojórquez, el inolvidable Armando Villagrán, el inestable Paco Alvarado; Adrián Brun, Delfina Careaga y Arturo Valdés, autoexiliados, como José Agustín, asiduo pero no contertulio; el amistoso enemigo de Polo, Carlos Hernández, también está alejado. Fuera de la tertulia, vi en Libros Escogidos a Francisco Labastida, y una vez, furtivo, al huraño pero cálido Juan Bañuelos, con quien tuve una amistad muy cercana durante algunos años, antes de que también se exiliara. Ya tampoco está.

Conocí a Raúl una tarde de marzo de 1970, y durante ocho años nos vimos una vez a la semana; después, en promedio, una vez cada dos años. Parecía alejarse de su pasado, le dolía la ingratitud de muchos de sus amigos que, encumbrados, dejaron de leerle sus obras maestras en preparación. Raúl, en cambio, buscaba a los más jóvenes, a los que, ansiosos del estímulo, los consejos útiles, lo consideraban más un compañero apenas mayor y más sabio; nadie de los que hablaron de él después tuvo alguna palabra ingrata, todos vertieron elogios; cuando cumplió 75 años, una fiesta tumultuaria los celebró, y allí estaban sus amigos, sus alumnos, sus compañeros. Ninguno de ellos fue su rival. La última vez que lo vi feliz.
                Un día lo encontramos en Los Panchos; como nosotros, hacía antesala; aunque quien lo acompañaba era una de sus hijas, no pidió que compartiéramos mesa, aunque al final, cuando se iban, se detuvo para platicar con nosotros casi media hora. Ese día noté algo que me asalta ahora, que trato de recordarlo con la cordialidad con que me trató desde siempre, cuando me vaticinó calidad y empeño: una mirada triste que se hace patente en las fotografías con que ilustraron la noticia de su ausencia, una mirada triste que nada tenía que ver con aquel lector empedernido, discreto, más amigo que rival en las especialidades con que lo retaban autores consagrados y eternos aspirantes.
                La última vez que le vi sonreír los ojos fue cuando me contó que, en el aeropuerto, García Márquez se desprendió del ejército de guaruras que lo rodeaba para ir a abrazar a Raúl, su compañero indispensable de la época cuando no era la celebridad que necesita guaruras: Renán 71, gritó, y se acercó para abrazarlo, con un abrazo con que le reconocía que, sin él, Cien años de soledad no sería lo que es.

Tres elementos del beisbol nacieron por casualidad; el más contundente y peligroso, el de aficionados que se convierten en fanáticos, enfebrecidos, a veces violentos (sobre todo en el sóquer, que no por nada se llama así), que van al parque a ver el triunfo de su equipo, no a disfrutar del juego; el dueño de los Cafés de San Luis, Chris von der Ahe, llamó fanáticos, en el sentido primitivo de la palabra, a los seguidores del equipo; el manager Ted Sullivan, para evitar que los fanáticos se ofendieran, propuso suavizar el término y acuñó el “fan” con que ahora se describe hasta a los simpatizantes de los malos comediantes que empobrecen a nuestra televisión, y hasta a los lectores de las imitadoras de las malas escritoras. “Fan” (prefiero forofo) se usa desde 1882. Claro, esta historia la he contado cuando menos dos veces en este espacio; pero hay otros dos aspectos que no existían y que sin ellos el beisbol no sería lo que es: cuando un lanzamiento cruza por la zona buena, el ampáyer grita STRIKE, y estira el brazo derecho; cuando el lanzamiento es malo, hace una seña menos notoria con la mano izquierda y grita, menos fuerte, que se trata de bola. Cuando decreta un out el gesto con la derecha es más corto pero más contundente, y el pulgar levantado que sobresale del puño derecho hace ver a todos, jugadores y espectadores, que el bateador o el corredor ha sido “out”; por el contrario, el gesto es enfático al extender ambos brazos, pero sin llegar a la altura de la cintura, para marcar que el corredor está a salvo. Todos, propios y extraños, saben lo que significan esos gestos: la leyenda dice que, a cada lanzamiento, el jardinero central de Cincinnati, William Ellsworth Hoy, interrumpía el juego para saber qué había gritado el ampáyer; harto, Cy Rigler, empezó a usar esas señales, para que Hoy se enterara; obviamente, Hoy es el mejor sordomudo que ha jugado en las Ligas Mayores; su 5’4 no fueron obstáculo para batear más de dos mil hits, 60 triples, cerca de 200 dobles, y pese a su estatura, 40 jonrones, para un promedio de .288 de por vida, excelente para finales del siglo XIX; se dice que con su poderoso brazo hizo lo que no lograron DiMaggio ni Mays ni Mantle ni Clemente ni Snider ni Al Kaline, ni en México la Mala Torres ni el Diablo Montoya ni Arando Lara: poner out a tres corredores en un juego (Diego sacó a dos, pero en juego de dos entradas). Rigler popularizó los gestos, y los forofos del beisbol los vemos sin saber cómo se originaron. Hay un problema con la leyenda: Hoy y Ringler no actuaron en las Mayores al mismo tiempo, pero como dice John Ford, cuando la verdad es diferente de la leyenda, siempre es preferible la leyenda.
                Hay un tercer detalle: la presencia femenina en el beisbol: la dueña de un equipo en los años setenta obligó a los jugadores a que se cortaran el cabello, que no usaran barba, y quería obligarlos a que asistieran a misa los domingos; el bajo rendimiento la convenció de que no podía tratarlos como a párvulos (¿en ella se habrán inspirado para aquella cinta en que una mujer quiere que su equipo pierda para venderlo?). Hay más mujeres en los parques de beisbol, en todo el mundo, que en los estadios de sóquer, que por algo se llama así; y están enteradas y disfrutan el juego, que es harto complicado; ¿cómo empezaron a simpatizar con un deporte que pueden entender pero no jugar, como demuestra James Thurber? Por la presencia de un pitcher Tony Mullane, al que apodaban “El Apolo del Box”; el dueño de Cincinnati en 1886, Aaron Stern, advirtió que cuando lanzaba Mullane, en las tribunas había una gran cantidad de mujeres que iban a admirar al alto (para la época: 5´10) y apuesto zurdo; entonces ideó un buen truco: lo ponía a lanzar especialmente contra equipos débiles; así, se hizo de una buena cantidad de triunfos: cinco años seguidos ganó más de 30 juegos, aunque en cuatro de esas temporadas perdió 20 juegos; en total, en 13 años, tuvo marca de 288-228, ponchó a 1803 bateadores pero dio 1408 bases por bolas, y tiró una barbaridad de wild pitches: 343; a las mujeres no les interesaba más que admirarlo, y Stern lo ponía a lanzar, repito, contra equipos flojos, pero declaraba ese fecha “Ladies Day”, para que fueran más mujeres. Años después Don Drysdale y Sandie Koufax tenían éxito con las forofas, sin dejar de ser buenos lanzadores; en los años sesenta sobresalió Bo Belinsky, regular tirando a malo, pero tuvo romances con Ann Magret, Tina Louise, Connie Stevens (¿alguien se acuerda de ella?) y sobre todo la vampiresa Mamie von Doren, y no recuerdo si casó con ella; sí, que su eficacia fuera de los diamantes hizo que bajara su rendimiento como jugador.
                Aquí, en 1965, las tribunas del jardín derecho se llenaban de jóvenes popof (pirrurris, diría López Obrador) que iban a admirar al right fielder de Tigres, Héctor Barnetche, cuya carrera duró año y medio.
                Aunque, claro,  el más exitoso fue DiMaggio, que conquistó nada menos que a Marilyn Monroe; a costa de su carrera: su productividad bajó de .301 a .263, y de 32 jonrones a 16. Se entiende, claro.
                Ahora Derek Jeter y Álex Rodríguez compiten con los futbolistas que tienen cariñitos de un instante con estrellas del cine y la farándula; al primero, una le dejó un legado millonario, pero en infección venérea; sin embargo, como con los futbolistas queda la sensación de que no las atraen con su juego sino, como dice la canción de Rubén Fuentes, “vienen por su dinero”. Aunque claro, los estimulantes que engrandecieron los números ofensivos de Rodríguez pudieron ayudarlo a mejorar su rendimiento fuera de los diamantes.

Se burlaron de Margarita Zavala por un cartel donde se decía “el que no trance”, y dijeron que era “transe”, de “transacción”; en el confiable y Útil y muy ameno vocabulario para entender a los mexicanos, de Héctor Manjarrez, Grijalbo, 2011, se dice “transa, tranza: Engaño, fraude, timo, trácala, trinquete”. Y es que no es lo mismo una transacción, que puede ser tranquila, honrada, sin engaños, que la tranza, que siempre es una trácala; como dicen los clásicos, hay que saber leer los diccionarios. Claro, Zavala no había leído el útil y ameno libro de Manjarrez, si no, hubiera contestado como se merecían sus críticos.

Los aguaceros de junio se agandallaron en las delegaciones que más se han opuesto a los delirantes proyectos del “jefe” de “gobierno” del Distrito Federal. ¿Habrá sido castigo divino, o contribuyeron al desastre los trabajadores del “gobierno” capitalino al no desazolvar y sí en cambio acumular basura en las coladeras, para así propiciar las inundaciones que recuerdan a las de 1952?

"El avión que transportó a los participantesdel Symposium desde Ciudad de México hasta Mérida, comenzó a dar tumbos cerca del Pico de Orizaba: furioso, José Luis Cuevas alegaba que él no estaba dispuesto a morir en un accidente tan estúpido como éste, porque los diarios sólo dirían en sus titulares: Trágico accidente aéreo en que perecen numerosos intelectuales ilustres y a continuación  una lista en la que figuraría, entre muchos, su nombre; y lloraba recordando todos los viajes en avión que había desperdiciado sin morir, ya que entonces los periódicos hubieran traído el encabezamiento: Genial pintor José Luis Cuevas perece en accidente aéreo." Eso lo relata José Donoso en Historia personal del Boom (Lumen, 1972). Sorpresivamente, Cuevas, sin aspavientos como hubiera querido, murió anoche. Cuando Lourdes estaba embarazada de Diego nos lo topamos en la Juan Martín, antes de una exposición; "va a ser niño", dijo, y pidió ser el padrino, lo que no le gustó a su esposa Berta;después, lo veíamos esporádicamente, y siempre tuvo gestos amistosos, no sólo amables; palabras amistosas, cálidas, en el ingreso de Vicente Rojo en Colegio Nacional. La última vez, en Moliere 222, en donde me reconoció como el que cierra el video donde se recreó el Mural Efímero, con palabras célebres: "sólo lo fugitivo permenece y vive", y su saludo cálido y cercano; y otro recuerdo: el día que Ana Elda Jiménez y yo conocimos, gracias a Víctor Manuel Ruiz Carmona, a José Emilio  Pacheco, éste se excusaba: perdónenme, soy un pésimo anfitrión; si fuera José Luis Cuevas les ofrecería un café, un refresco, mi sillón preferido; asombrado, por la imagen difundida por diarios y televisión, de un belicoso y arrogante Cuevas, expresé mi asombro, y Pacheco repitió: Cuevas es una dama, atento, amable, correctísimo. Y Fue cierto.

lunes, 1 de mayo de 2017

Diccionario mexicano; más observaciones de Inventarios; sexismo oficial

Aunque soy entusiasta de los diccionarios (afición más o menos reciente, y contagiada por la colección acumulada por Antonio Bolívar en Redacta, que ocupaba todo un cuarto bastante grande, las cuatro paredes de piso a techo, y a la que contribuí con la sugerencia —creo recordar que a eso se redujo— del Diccionario secreto de Camilo José Cela (nombre cacofónico; el diccionario me lo presumió Bernardo Ginés de los Ríos), y la aportación del Diccionario del argentino exquisito, de Adolfo Bioy Casares; Bolívar me honró imponiendo mi nombre en el ex libris, y con la venta baratísima de los primeros tomos del Corominas —no había aparecido el último—, y el obsequio del Moliner, que trajo de España cuando era inconseguible en México), no tengo tantos como algunos coleccionistas y usuarios célebres, como dicen que era don Jaime García Terrés, pero paso del centenar.
                Es cierto que no sabemos usar diccionarios; en alguna ocasión, en El Financiero, en la sección de Deportes habían deshojado un Pequeño Larousse Ilustrado que obsequié, aunque sólo de las primeras 40 páginas, que eran las que consultaban; pedí a los administradores que sustituyeran ese ejemplar, ya viejo además, por uno nuevo, y dotaran a otras secciones de al menos uno; al ver que tardaban pregunté el motivo, y me contestaron que no conseguían uno de la misma edición del que aporté un par de años antes y que ya tenía algunos años en casa, y lo había sustituido por el Gran Diccionario Enciclopédico Ilustrado que publicaba Selecciones de México (segunda edición, la azul; la primera la obsequiamos a la escuela donde Diego cursó el primer año de secundaria; eso nos confirmó que cuando donamos libros nos peleamos con esas personas o instituciones), y que pese a los muchos años que ya llevamos con él, nos ayuda prácticamente en toda consulta; por desgracia, no lo han actualizado, creo, o no lo han traído, así como descontinuaron el excelente La fuerza de las palabras, mejor que el primer Diccionario de dudas de Manuel Seco.
                Los que saben dicen que hay que actualizar diccionarios en casa cada cinco años, cuando se tiene sólo uno, como pasa en la mayoría de los hogares; el contagio por la afición por los diccionarios me ha hecho adquirir algunos curiosos; y eso es lo valioso de los míos: más que muchos, tengo algunos que causan envidia entre los buenos coleccionistas; tengo, a cambio del de germanías de Gredos, carísimo en la Feria de Minería, y que hace por lo menos cinco años que ya no traen, algunos especializados en el lenguaje del hampa, uno de ellos confiscado en su momento por la policía, no por censura, sino para que las autoridades entendieran a los vatos que se burlaban de ellas en su presencia (ahora lo censurarían las nuevas autoridades mojigatas por una sola línea: joven, adjetivo con el que los hampones se referían a los afeminados); ese útil libro parece haber sido consultado en su momento por Carlos Fuentes y por Octavio Paz; otros se refieren al lenguaje de las malas expresiones o por delincuentes en España, aunque por desgracia nunca pude conseguir el más atractivo, que era el que sirve de mofa a los filólogos por cómo se expresan en general los españoles que se creen elegantes (y supongo ya rebasado por las modalidades de hablar en disílabos: boli, peli, cumple, prosti, progre y otras ridiculeces); la mayoría de esos diccionarios de jergas o germanías los ha publicado la benemérita Alianza Editorial.
                Tengo diccionarios de incorrecciones; uno, maravilloso elaborado por Fernando Corripio, mi filólogo favorito; otro por alguien que se dedicaba a demostrar que los adjetivos sirven para calificar de manera contundente a las casquivanas, coquetas, ligeras de cascos y practicantes de los cariñitos de un instante, las de las adolescencias apresuradas, aunque no tanto las víctimas que amaron deseando también ser amadas; otro, también puritano, que demuestra cuántas palabras que usamos ahora provienen de otros idiomas o son de acuñación (entonces) reciente, pero como ya había palabras que servían para lo mismo, caen en incorrecciones; es menos perverso pero también divertido.
                De Corripio tengo varios: el (para mi gusto) mejor diccionario de sinónimos y antónimos, el ya referido de incorrecciones, justo y no pacato; uno de ideas afines tan bueno y más compacto que el Ideológico de Casares, que conseguí hace poco tiempo luego de haberlo buscado durante años (sólo una vez lo había visto, en la Librería del Sótano, hace años y entonces carísimo); uno más, filológico, no tan exhaustivo pero igual de útil que el Corominas; tengo varias ediciones del DRAE, que me sirven para ver cómo ha envejecido la institución aun cuando hace esfuerzos por modernizarse, y la mayoría de las veces sólo para ceder a las presiones, por lo regular efímeras, de ciertas instancias; por ejemplo: tardaron mucho en admitir presupuestar, y entró al lexicón (así le dicen los cursis para evitar repeticiones no innecesarias) cuando ya ni los funcionarios ni los economistas usan esa palabreja, que por cierto era inútil porque ya existía presuponer; acceden a que acceder signifique, además de aceptar, ingresar, inútil y cursi porque ya existía ingresar; la muy lejana acepción de vestuario como vestimenta, porque la principal era el lugar donde deportistas, cantantes, actores y políticos y casquivanas amantes de los cariñitos de un instante cambiaban de vestimenta; ahora es la primera y la segunda acepción. Cedió a las presiones y ya iguala a hombres y mujeres cuando menos en el adjetivo poeta, y ya no distingue si son uno u otra, aunque sí distingue entre actores y actrices; pero por pelear una igualdad que se debe de dar en la calidad de sus obras, la RAE ya los compara con los poetastros; antes cuando menos poeta era el hombre (y poetisa la mujer) que componía obras poéticas y estaba dotado de las facultades necesarias para poetar; ahora ya cualquiera es poeta aunque no las componga ni en el aire ni en el momento. Ahora además son personas, cuando hay otros términos menos rotundos y sonoros, como digamos, por ejemplo, gente. Poeta, al generalizarse, o por ponerlo como persona, anula al autor y lo minimiza, porque además persona tiene demasiadas acepciones que desindividualizan, si se me permite el término.
                A falta de capacidad (física y económica) para albergar la Británica (es más cómoda la Oxford), ni mucho menos la Espasa-Calpe, cuya mayor utilidad es para los hipocondriacos (describe de tal manera los síntomas de todos los malestares ficticios o reales, del alma o del cuerpo, que es un desperdicio no sentirlos, asustarse y fastidiar a los médicos hasta que se les recuerde que de tanto ahi viene el lobo aunque quede el consuelo de “no que no”), acudo a enciclopedias menos aparatosas, cuya única limitación es lo temporal; queda el consuelo de suscribirse para recibirlas digitalmente (acepción nueva) o en unos cuantos disquetes, que terminan siendo más latosos y más tardados que las ediciones impresas; también existe la enciclopedia wikipedia, que es utilísima por el acceso inmediato aunque alguien versado en consultar lo impreso le gana en velocidad, y tiene ésa el defecto de que no atiende lo minucioso, desatiende a las figuras menores pero no menos importantes, y hace más caso a las figuras populares; y no es tan exacta como dicen sus forofos, que afirman que tiene diez mil (¿o cien mil?) errores menos que la Británica, aunque ninguno ha sido capaz de enumerar los mil principales fallos; además, wikipedia es pacato y está sujeto a cambios que desactualizan o llevan a errores que ya se han perpetuado en novelas o ensayos. Al menos, derroté a uno de sus principales forofos al consultar la fecha de nacimiento de un músico: mi enciclopedia de rock (una de ellas) es más fácil y rápida de consultar que la wikipedia, que además fue inexacta su búsqueda. (No dejo de reconocer que una enciclopedia que no presume de serlo, la Imdb, es más exhaustiva y precisa que cualquier enciclopedia de cine, pues contiene los nombres de hasta los más invisibles extras de cualquier película, siempre y cuando sea estadounidense, francesa, inglesa, pero es menos precisa con las italianas, las españolas, y de plano desdeñosa con el cine mexicano: por ejemplo, no revela el nombre de la altota que baila bien sabroso con Germán Valdés, y lo carga al final, en las últimas escenas de El mariachi desconocido; mal no menor, aunque comparta la falla con las anotaciones en la Historia documental del cine mexicano, primera y segunda ediciones, de Emilio García Riera; tampoco nombra a la bailarina, bien seria ella, que camina frente a Valdés mientras éste canta “Piel canela” en la misma cinta, y a la que describe con un amplio ademán al extender los brazos a la altura de las caderas, cuando entona el verso que habla del mar y su “inmensidad”. La Imdb tampoco tiene el nombre de todos los técnicos ni, peor, hace caso de las canciones interpretadas en casi ninguna cinta, error terrible porque la música es parte, para bien o para mal, de toda cinta. Tampoco trae el error más grave de Buñuel aunque se ensaña con muchos otros directores por fallas de continuidad o sin importancia.
                Tengo otros varios diccionarios especializados en actores, bailarinas, beisbolistas; o en filósofos o escritores, o de literaturas del mundo y sus alrededores (en uno de ellos ocupo exactamente el mismo espacio que el que le dan a mi muy admirada y amiga Rosa Montero), o inventores, o músicos, o científicos; gramáticas, o vocabularios especializados; o recuento de disparates, atestan varios plúteos además de doble fondo en un librero dedicado a puros libros de esta naturaleza, y otros andan dispersos, por su tamaño o su especialidad, en otros libreros, además de que se cuelan algunos que tendrían que estar en otro sitio, como el Diccionario de trucos gracias al cual acabo de limpiar mis sombreros de paja.
                Por falta de capacidad (física y monetaria) no tengo el más necesario para mis chambas, el Santamaría, aunque tengo otros que se ostentan como de mexicanismos, casi todos fallidos. Tengo en cambio varios llamados Pequeño Larousse Ilustrado, a falta del que cedí a Deportes de El Financiero, algunos de ellos cortesía de los muy gentiles amigos de Anaya (¿o insinúan que no sé usar el lenguaje?), pero acabo de conseguir uno que me parece útil, divertido y ejemplar, el Larousse práctico para México y América Latina, publicado hace un año pero que no está en ninguna librería en las que lo busqué luego de verlo en el pasaje del STCM (para coincidir con los que se ahorran vocales), pero que estaba cerrado por ser día de guardar. Es realmente pequeño aunque en los diccionarios no debe contarse ni anotarse el número de página, pero apenas llega a 450, en tamaño pequeño (7.4 ₓ 5.4 pulgadas), tipografía extremadamente pequeña (seis puntos), pero en verdad son útiles las más de veinte mil entradas con más de cincuenta mil significados, cinco mil de ellos exclusivos de México y alrededores, y con acepciones asequibles y precisas; no trae audicionar, aunque sí presupuestar, que supongo debe haber algunos que aún la digan; aunque de birria se diga que es una cosa mal hecha, acepta que es un guiso que se hace con carne de borrego o chivo (no con res o puerco, guácala), pero al menos no dice que hot dog es mexicanismo, y acepta que hot cake se diga jotkeik y no panqueque, como leíamos en La pequeña Lulú; admite “palomitas” y no las “rosetas” que nos acomplejaban en los cómics de nuestra infancia.
                Las definiciones son concretas (aunque prefiero las extensas y divertidas del de Selecciones), por lo regular precisas, y no tienen el complejo absurdo de pretender ser ley aunque solamente lo utilice el 47% de usuarios, si sólo se compara con México, muchísimo menos que con el resto de América Latina, y además, de manera incorrecta y cursi; no solapan los solecismos como si no supieran que son errores. Otra ventaja de este pequeño y práctico: la tabla de conjugación es real, no ilusoria, y demuestra que el verbo venir no es uno para España y otro para América, lo que será útil para algunos académicos; en lo que está mal es en la acentuación grave de “futbol” y de “beisbol”, claro, por su ignorancia del idioma inglés; corrigen en cambio el “chofer” que acentuaron gravemente en el pasado, y desechan el correcto pero feo “chofera”.
                En lo que no cambian es en la definición de las llamadas malas palabras, que son las primeras que uno busca al abrir un diccionario, y más cuando se es niño; ya no vienen definiciones incomprensibles como “pelo del empeine” y otras huidizas; aunque son más correctas y menos cobardes, no son las que uno emplea y que caracterizaban a la literatura mexicana de los años sesenta y que siguen sin aparecer, desinhibidas y coquetas, como se les usa a diario hasta en las campañas electoras oficiales u oficiosas, en las cámaras legislativas, en los periódicos (sobre todo en las oficinas, no siempre en las páginas) y ya hasta en la televisión sin miedo a que los censuren pero que demuestran mal gusto. Por cierto, hay que echarle una vista a la octava acepción de bueno/a, y advertirle al “jefe” de “gobierno” capitalino que en ningún diccionario se acepta ni por equivocación el término “sintiente”, a ver qué siente. (El de Sinónimos de Corripio acota más de treinta sinónimos para callonca, más del triple que otros diccionarios.)

En el primer tomo de los Inventarios aparece una acotación del propio José Emilio Pacheco en la que reconoce como barbarismo el término “autoinmolar”, que había usado una semana antes, y tan grave como autosuicidio, que él atribuye a un ex presidente aunque más bien se lo asestaron a un académico y director de la más importante editorial mexicana; sin embargo, vuelve a aparecer en el tercer tomo; los editores podrían haberlo eliminado, si lo hubieran advertido; a lo largo de los tres tomos aparece varias veces “así mismo”, que es otro barbarismo, que me parece nunca utilizó Pacheco aunque sí posiblemente alguno de sus editores; más lo divertiría aunque también lo mortificara alguna palabra que, mal dividida tipográficamente da lugar a malos entendidos, como “reputa-ción”, o la mala división de una palabra que termina con “no”, también da lugar a equívocos, como “mexica-no” que produce una frase negativa; también una lectura atenta hubiera evitado repeticiones o, peor, contradicciones. Pacheco, obsesionado con las erratas, tenía la costumbre de corregir de puño y letra en los ejemplares que sus lectores le ponían para que pusiera firma o dedicatoria; en estos Inventarios tendría que entregar fe(s) de erratas, con las disculpas que acostumbraba ofrecer al corregir esas erratas.

Comerciales en que advierten de los peligros de la nula educación sexual (cierto, ya nadie dice “gracias”), de los desconocimientos de los riesgos de adquirir enfermedades venéreas (un sabio mexicano, simpático y sincero como él solo, me contó que gracias a la profesión de médico de su padre, él y varios de sus amigos, muchos de ellos puntales de la ciencia y el arte mexicanos, se salvaron de esas enfermedades), ellos, o el de andar por la vida arrastrando un niño por amar queriendo también ser amadas con las consecuencias de las soledades arrepentidas; sin embargo, de todo culpan a la mujer, por precipitosas o por no avisar que, pese a pertenecer a familias recatadas, de hermanos celosos y padres vigilantes, portan males si no incurables cuando menos incómodos; en ningún caso culpan a los hombres. ¿Habrá sanción para los publicistas culpables? ¿Se darán cuenta las intransigentes que ven culpables menos donde los hay?

Y hay que advertir: un grupo malicioso, malintencionado, con todas las culpas de todas las generaciones que los anteceden, y que andan por la calle provocando: un vigilante en el Metro da el paso a las usuarias con una expresión extra: “pase, reina”; algunos de quienes colectan para la Cruz Roja entregan el simbolito con la expresión “para que se vea más guapa”: hay que combatirlos, denunciarlos, exhibirlos, aunque las que han recibido esos piropos se sientan halagadas.

Sergio Romano, mi jefe y amigo, mucho más amigo que jefe (que nunca fue) anda retirado momentáneamente, recuperándose de una intervención quirúrgica, y con la orden de reposar mientras se cumple el tratamiento; que disfrute leyendo y oyendo música, actividades ambas en que pocos lo hacen con mayor capacidad y placer; después seguiremos enloqueciendo a su auditorio.

Los gandallas de Gandhi, con toda maldad, se solazan exhibiendo a los escritores mexicanos, tanto en su revista como en la versión electrónica de facebook, porque los ponen a opinar de lo que deberían de saber, o sea de libros: a una le preguntan cuántos libros tiene y dice que muchos, como trescientos o quinientos; otra opina que los ilegibros en papel cebolla y doble columna son muy bonitos; y otro, indudablemente culto, se puso nervioso y al mostrar una rarísima edición de El joven, de Salvador Novo, lo confundió con Return ticket.

viernes, 31 de marzo de 2017

Inventarios, Pacheco historiador; adiós a Juan Bañuelos

La aparición de los tres tomos que seleccionan una parte significativa pero menor de la columna Inventario, que José Emilio Pacheco publicó en los últimos meses del Excélsior dirigido por Julio Scherer, y en Proceso desde su fundación hasta el fallecimiento de Pacheco, en enero de 2014, ha sido esperada desde el anuncio de que habría preventa en la feria del libro en Guadalajara; son tres tomos con cerca de 650 páginas cada uno, pero en un formato inusualmente mayor que el acostumbrado en Ediciones Era, del mismo tamaño que los Cuadernos de la cárcel, de Gramsci, aunque con caja más pequeña y letra más grande.
                No hay engaño: el título del libro respeta el nombre de la columna; no hay noticias de que vayan a recopilarse las columnas muy semejantes, prácticamente iguales, que publicó en México en la Cultura (aunque la mayoría fueron reseñas, más que columnas), la Revista de la Universidad de México (parte reseñas y crítica y parte columna), La Cultura en México, El Heraldo Cultural, Nexos, Plural, Letras Libres  y otras desperdigadas en alguna revista tipo Caballero y en otras publicaciones aparentemente dirigidas a un público femenino, pero con las mismas intenciones y la misma calidad que las que ahora se recopilan. Tuvieron diferentes nombres, casi todas mencionadas por Hugo J. Verani en La hoguera y el viento (UNAM, Era), ni consideradas tampoco en el Diccionario de Escritores Mexicanos, que en cambio incluye vida y obra de Julián Hernández, el más renombrado de los heterónimos de Pacheco. (Este diccionario excluye lo que no consideran cultural, y dejan fuera gran parte de la obra de muchos autores dignos de respeto sólo porque no se publicó en revistas culturales.) Además, colaboraciones esporádicas en otros diarios, revistas y suplementos. Si se llega a recoger todo puede igualar el número de volúmenes de las Obras completas de Alfonso Reyes. Y los no incluidos son los que más falta hacen, porque finalmente en las páginas electrónicas es posible consultar, guardar e imprimir prácticamente todo lo que publicó en Proceso.
                Hay una reacción que me toma por sorpresa: muchos lectores esperaban más ensayos sobre literatura que sobre historia, política y vida cotidiana; no es de asombrar: a los literatos no los consideran historiadores, aunque hayan hecho estudios notables y novedosos sobre estos aspectos; no sólo Pacheco: él mismo decía que a Fernando Benítez no lo tomaban en serio pese a sus libros sobre la Colonia y sobre la Revolución Mexicana, con el tema central de vida y obra de Lázaro Cárdenas. Y no son los únicos.
                Juntos, nos revelan un aspecto que se sale del esquema (los esquemas que limitan y reducen a fórmulas la obra de Pacheco, en especial la poesía “ready-made” y las lecturas unidimensionales de la narrativa, aspecto del que también me considero culpable, porque hasta que comencé la lectura de la tercera versión de Morirás lejos me di cuenta de guiños inequívocos sobre libros e influencias que no había visto, ni yo ni nadie).
                Muchos lectores de su poesía ven con menos interés la narrativa, y viceversa; menos observan los ensayos, y creo que han considerado más el periodismo cultural, quizá porque es más sencillo, y aplica la fórmula de Borges y Reyes, influencias notorias, de que el periodismo debe ser amable con el lector; en efecto, los inventarios y columnas semejantes hacen que el lector se sienta culto e inteligente.
                Pero el otro aspecto es el de historiador, pues no se limita a repetir y glosar historias conocidas o las poco conocidas: ahonda en hechos y personajes, encuentra explicaciones que, sutiles, otros pasan por alto, y que comprenden actitudes personales, amistades o rencores, situación económica, enamoramientos que influyen en el comportamiento en batallas, el entorno cultural que modifica el pensamiento de los protagonistas y, sobre todo, no juzga desde el presente, y muchas veces no juzga, sólo explica y juega a lo que pudo haber sido y no fue.
                Como historiador hace lo que otros no; por eso son tan entrañables estos inventarios, porque está el Pacheco al que hemos valorado por debajo de sus otras actividades.

Repito: se agradece la excelente redacción, la gramática amable, la consideración para con el lector a quien pone al tanto de lo que suele ignorarse; conecta la historia con la literatura, y a ésta con la política y con la sensualidad; como sucede con el periodismo, y es algo de lo que siempre estuvo consciente, hay hechos, datos, palabras, frases, observaciones, que envejecen o pasan de moda; en uno de los inventarios más recordados, “La vida en México durante el periodo presidencial de Rafael Baledón”, pierde actualidad no frente a los sucesos (Trump ha aparecido en 12 filmes, uno de ellos nada menos que de Woody Allen), sino frente a las personas; obviamente la referencia a Baledón le dice algo sólo a los cinéfilos de muy buena memoria, y a los que no son víctimas de Netflix, Blim y esas redes, para quienes el cine viejo es el de los años noventa; con el buen chiste de que Reagan sucumbe haciendo la prueba del añejo no muchos podrán recordar que antes de que John Gavin aceptara el cargo de embajador en México había filmado un comercial de ron Bacardi, cuya calidad la garantizaba su añejamiento; otra referencia cercana, la de Alcoholy Queen, asombrará a quien no se acuerde del comercial de Viejo Vergel, “como el viejo decía” (y que no hubo segunda campaña por culpa mía y de Antonio Flores González).
                La referencia a Elvira Luz Cruz es muy dramática, pero las averiguaciones posteriores muestran que el caso, sin dejar de ser dramático y atroz, tenía otras características que las que conoció Pacheco, y todos, en esas fechas.
                Hay algunas características de la edición que no se puede dejar de señalar: en el primer tomo, cuando Pacheco habla de décadas, dice “los treintas, los cincuentas”; en tomos posteriores ya los escribe en singular; abundan frases y títulos en que nombres propios son convertidos en adjetivos, y se hicieron correcciones injustificadas, y en cambio perpetuaron erratas que a Pacheco no le hubiera disgustado que se enmendaran. Igualmente, se actualizó la ortografía según recomendaciones de la RAE que Pacheco no aceptaba. Ausencias notables: notas al pie e índice de nombres (uno de temas hubiera abarcado mucho, sin gran utilidad); las notas de los editores hubieran puesto al lector en conocimiento de datos históricos (devaluaciones, asonadas, rumores que la gente tomó como reales, amasiatos de estrellas con políticos, y no por el mero chisme) que dieran contexto a inventarios que 40 años después llegan descontextualizados.
                Otra curiosidad; en el primer tomo Pacheco dice con alguna frecuencia “sino todo lo contrario”, que era como se decía que había dicho el presidente Echeverría acerca de la devaluación, o de inundaciones o de cualquier otro asunto; el rumor fue tan hondo que se sigue adjudicando la frase a Luis Echeverría, cuando en realidad la dijo el entonces secretario de Agricultura y Ganadería, Manuel Bernardo Aguirre, y fue “antes al contrario”, como cita Pacheco en los tomos posteriores; la corrección nada hubiera alterado, antes al contrario. Hay, sin embargo, asuntos inesperadamente actuales, como en el segundo inventario sobre Mussolini, que al definirlo a él y al fascismo parece que habla de Donald Trump o de dos o tres precandidatos a las elecciones de 2018, en el país y en la capital: igualitos.
                Abundan, desde luego, los inventarios que se refieren a la historia cultural y que siguen siendo indispensables, aportan datos que antes de Pacheco no eran de dominio público; se agradece también la inclusión de los que narran capítulos autobiográficos, en los que nos regala claves para entender su obra, cómo se conectan entre sí, y sus orígenes; como no son explícitos, seguimos repitiendo los lugares comunes y sus influencias, nada ocultas, no las acabamos de entrever, pero las dijo con claridad.
                Otra circunstancia; muchos inventarios son inolvidables, pero pueden leerse como si fueran nuevos; algunos, muy enclavados en una época, han perdido actualidad y se leen con gusto por la prosa y la inteligencia, no por el asunto tratado. Y recalco que para la mayoría de los lectores entusiastas para quienes Pacheco es uno de sus autores favoritos, si no el favorito (nótese que él no usaba la palabra “fan”), los inventarios quedaron en la memoria colectiva; se decía desde principios de los ochenta que Proceso se leía de atrás para adelante: “Boogey el Aceitoso”, “Inventario” y la columna de García Márquez, para rematar con el editorial más inteligente, el de Naranjo. Así, en las ausencias de Pacheco cuando viajaba al extranjero o porque terminaba un libro, se echaba de menos hasta que algún conocido anunciaba que ya había regresado; son pocas las que los lectores de entonces desconocemos, y para los lectores que conocieron la columna a finales de los noventa, casi todo es novedad y una aportación valiosa.
                En las palabras introductorias no se explica el criterio de la selección, sólo el más notorio, el cronológico, pero abundan los que se refieren a algún inventario no recopilado, lo que deja al lector con la obligación de buscarlo en la red, fácil de localizar pero no de leer (por la transcripción no pulcra); suponemos que los muchos que tienen coleccionadas todas las columnas, insistirán en que dejaron fuera algunas tan buenas como las incluidas. Por mi parte, me gustaría que además se compilaran, aunque fuera sólo para las redes, muchas de las que formaron la columna, con otro nombre y otras publicaciones. (De hecho, en la página de facebook José Emilio Pacheco: textos a la deriva, ha habido una recuperación asombrosa y loable de textos muy antiguos, de Estaciones, La Palabra y el Hombre —cuya historia y relación con Pacheco está por escribirse— y aún antes, y desde luego del Diorama y de La Cultura en México).


Uno se entera, con estupor y dolencia, del fallecimiento de Juan Bañuelos, un poeta excelente y magnífico amigo; en lo particular lo recuerdo en Editorial Novaro, siempre dispuesto a platicar, recomendar lecturas (sobre todo, de poesía religiosa), a chismear sobre amigos; nunca salí sin un paquete de cómics, obsequio suyo; allí me confió que una de sus grandes influencias o coincidencias fue José Hierro, al que me hizo leer de otra manera. Sus sonetos a la muerte del padre son extraordinarios; confieso que sólo una vez los pude leer en voz alta, aunque varias veces estuve a punto de que se me quebrara la voz. Pese a su temática social, a sus poemas sobre la muerte, sobre la iniquidad, sobre la represión, Bañuelos era simpático, afable, cordial, divertido.

El viernes 31 llegó, escueta, la noticia del fallecimiento de Rubén Amaro (Sr., le dicen las agencias gringas); hijo de Santos Amaro, que no llegó a las Ligas Mayores por el color de su piel, y padre de Rubén Amaro Jr., jardinero, asistente de gerente, luego gerente y ahora coach de tercera de los Medias Rojas (en preparación hacia su carrera como mánager), jugó unos pocos años en las Mayores; los cables resaltan que fue el ganador del Guante de Oro como short stop de los Filis de Filadelfia en 1964, pero olvidan decir que ese año logró la mayor hazaña, pues lo premiaron aunque era suplente de Boby Wine, un excelente parador en corto, y quien jugó 108 partidos en esa posición; Amaro estuvo en 79 juegos en el campo corto, 58 en primera base supliendo John Hernstein y a Frank Thomas, y algunos pocos juegos en tercera y en primera base, más uno en el jardín; aunque su porcentaje fue de .264 y empujó apenas 34 carreras, lo hizo en momentos clave, y fue la razón por la que su equipo peleó hasta el último día por el campeonato de la Liga Nacional, aunque terminó un juego abajo de los Cardenales de San Luis; pese a Johnny Callison, Dick (o Richie) Allen, Thomas, Vic Power, Wes Covington, Filis lo escogió como su jugador más valioso, y la Nacional lo recompensó: es el único suplente en ser Guante de Oro sin ser titular. Excelente fildeador, heredó de su padre la habilidad al campo y se la legó a su hijo. Aunque estuvo 12 años en las Mayores, prosiguió su carrera como coach, buscador, y entrenador de fildeo en las Menores con varios equipos, como los mismos Filis y los Oseznos de Chicago. Además, fue de los pocos seres de carne y hueso en aparecer en Chanoc, junto al sabio Monsiváis y a Carlos Albert, al que confundieron con el robot, Sócrates. Fue de mis primeros ídolos deportivos, y nunca he dejado de admirarlo


lunes, 20 de marzo de 2017

Antecedentes ilustres de los Inventarios

Aunque hay antecedentes ilustres, fueron los modernistas quienes dieron sello personal a las crónicas periodísticas; no sólo es que las arengas políticas habían perdido su furor, y las muy agudas visiones de la vida cotidiana de parte del magnífico par de ases de nuestra República Restaurada (Altamirano y Ramírez), y la mirada sobre la vida popular de parte de Prieto, se volvieron versiones personales de Gutiérrez Nájera, Luis G. Urbina, Nervo; don Artemio las convierte en banquetes deliciosos y revive las crónicas más cronométricas de González Obregón, aunque en ambos persista el afán histórico de perpetuar calles, avenidas, historias, leyendas, aunque no tanto anécdotas.
                ¿Qué queda de ellos? Trazos, apuntes, humor, minucias, en casi todos, magnífica prosa, pero se ha perdido el sabor por culpa del desconocimiento de cómo fue la vida cuando fue de veras vida.

Los dos más grandes prosistas de crónicas de los tres primeros cuartos de siglo de nuestro XX, que parece no terminar, son Alfonso Reyes y Salvador Novo, enemigos en muchos sentidos aunque en lo personal hayan sido tan amigos.
                Un muy alto porcentaje de los escritos que componen los XXVI tomos de las Obras de Alfonso Reyes en el Fondo de Cultura Económica fueron apuntes sobre escritores, libros, personajes, obras, lecturas, publicadas en revistas y periódicos de España, recogidos en volúmenes de prosa varia en diferentes editoriales, como Espasa-Calpe, y en México por Tezontle, El Colegio de México, Nuevo Mundo, Stylo, o en ediciones propias; en esas entregas periodísticas hay un afán por divulgar sabiduría en dosis digeribles; explicaciones sencillas sobre autores no particularmente difíciles, y difieren de sus ensayos eruditos para especialistas; un texto no recogido aún en las obras es ilustrativo: su explicación de la teoría de la relatividad de Einstein, en la que los que no son (somos) expertos en física encontramos la fórmula para entender de qué se trata, aunque Reyes no haya sido especialista y se le nota el esfuerzo por ponerla en manos de los ignaros porque él mismo se nota dubitativo.
                En esos ensayos breves encontramos erudición, pero al alcance de todos: antecedentes de autor y obra, alguna anécdota graciosa, exploración anatómica del texto, del lenguaje utilizado, y una síntesis que no aspira a ser totalizadora. Otros son breviarios sobre culturas antiguas, también con ese lenguaje didáctico que hace que los lectores se sientan inteligentes, aunque la inteligencia sea del autor. Son artículos que por su inteligencia y profundidad hemos calificado de ensayos, aunque el propio Reyes los haya dedicado a los tipógrafos de los diarios en que aparecieron primero, y a quienes agradeció la corrección de muchos de ellos, corrección de incorrecciones provocadas por la premura con que debía entregarlos, y que muchos de ellos fueron escritos en las mismas mesas de plomo en que se formaban antes los periódicos (y que pese a la premura, a que se trabajaba sin tiempo para muchas enmiendas, aparecían sin las erratas y los barbarismos actuales, tal vez porque los correctores han desaparecido de las redacciones). Aunque haya tratado muchos temas, fue posible para Reyes reunirlos en tomos temáticos; no hay que olvidar el título de una serie que alcanzó cinco tomos que abarcan casi 500 páginas del tomo IV de las Obras Completas: Simpatías y diferencias. Pero muchos, muchísimos otros, no son tan diferentes y sí muy afines.

El otro gran cronista fue Salvador Novo. No debemos limitarnos a los voluminosos tomos que abarcan la vida cotidiana de México, y en especial de la ciudad de México, y que fueron apareciendo en diversas revistas con diversos nombres desde el período presidencial de Manuel Ávila Camacho hasta la primera mitad del sexenio de Luis Echeverría Álvarez; estas crónica se refieren a la vida de Novo, pública y privada, aunque no a la íntima, que no ocultó, pero la publicó en poemas de circulación privada.
                Sin embargo, muchos de los escritos que nutrieron sus mejores libros (En defensa de lo usado, Ensayos, Continente vacío, Este y otros viajes, Las locas, el sexo y los burdeles y las notas varias que conforman el segundo volumen de Viajes y ensayos) son crónicas instantáneas de la vida cotidiana, de sucesos inesperados, de los milagros que irrumpen la vida diaria; apuntes sobre actores, cómicos, amigos; de la muerte de algún conocido, y que no están incluidos en la crónica masiva de La vida en México en el período presidencial de….
                ¿Qué hace a Novo un cronista privilegiado? No la acumulación de datos, anécdotas, no la información que empapa al lector de los antecedentes que explican lo que va a leer; esa erudición queda implícita, no explícita: le muestra al lector el hecho bruto, y éste tiene que digerirlo, entenderlo y explicárselo; Novo trata al hipócrita lector como su semejante, su hermano, que está igual de enterado que él, se trate de un asunto policial (el asesinato de unos hermanos millonarios que vivían como pordioseros; el fallecimiento, a distancia, de uno que quiso ser su maestro y Novo no se lo permitió; el estreno de la semana; la disputa de la semana —resuelta a bofetadas en las mejillas del autor—, un accidente del que, por una vez, no se atreve a burlarse).
                Sabiduría en cápsulas eruditas pero escritas con un lenguaje sencillo y tono vernáculo, veraz, cotidiano, a veces con un albur implícito; hay en esas crónicas un humor inesperado aunque el lector lo espera en tratándose de la fama y el prestigio del autor.

Éstos son los antecedentes de los Inventarios de José Emilio Pacheco, que en una apretada antología acaba de publicar en tres tomos Ediciones Era, y de la que hablaré en días próximos.

Aparte, quiero denunciar a la recepcionista de Benjamín, nuestro dentisto, quien al devolverme la credencial que debo depositar para que se me facilite el ingreso al consultorio, me dijo que había salido muy guapo en la fotografía.
                También a la maquillista que me quita lo brilloso del rostro antes de entrar al aire, y quien, al finalizar la tarea, me dijo, delante de Lourdes, que me había dejado muy guapo.
                También, a nuestra amiga Rosa Montero, quien en alguna dedicatoria nos ha puesto a Lourdes y a mí el adjetivo de guapos.
                A Cristina Pacheco y a Diego, quienes cada vez que se encuentran se califican mutuamente de guapos.
                A (a destiempo) los Churumbeles de España, que no sólo espetaron el adjetivo de Guapa a una protagonista que estaba que se caía, que detenía el tránsito, sino que lo repitieron (guapa, guapa, guapa, tres veces guapa) hasta hacerlo acoso.
                A Carlos Pellicer que dijo, a manera de metáfora, que hay azules que se caen de morados (y si no lo entienden, que no denuncien).
                A Jim Morrison, quien dijo de alguien Don't ya love her as she's walkin' out the door.



domingo, 12 de marzo de 2017

De las impugnaciones a la llamada constitución; de los teléfonos portátiles y sus inconvenientes; de la feria de libros; de la dignidad en el llamado deporte

En uno de sus “estudios de mujer”, de los que escribió varios, Balzac dice que los polacos defienden las tan escasas vocales de su vocabulario. Eso no lo tomó en cuenta el “jefe” de “gobierno” cuando decidió, sin motivo alguno, suprimir las nueve vocales de Ciudad de México y las seis de Distrito Federal para que gesticulemos y gruñamos un impronunciable CDMX que no sabemos si reporte beneficios, porque más que nombre parece logotipo con derechos de autor. De una vez se lo decimos: no acataremos esa orden absurda, y no nos resignamos a ser provincianos (aunque muchas calles de la ciudad están peores que en muchas ciudades de provincia, y el tránsito, semejante al de Puebla o de Guadalajara y cerca del de Grecia).
                Varias instancias, todas respetables, impugnan la llamada constitución de cdmx, con razones válidas, entre otras, que algunos de los llamados artículos se oponen a la Constitución Federal; otros, al sentido común; valdría la pena que la llamada Academia Mexicana de la Lengua se sumara a las impugnaciones: ¿qué es eso de seres sintientes?, ¿qué se proponen con la validación de redundancias como “adultos mayores”?, ¿cómo en una constitución que propone la igualdad hace distinciones entre niños y niñas, hombres y mujeres?, ¿cómo validan anglicismos denigrantes cuando hay palabras perfectamente descriptivas para situaciones de excepción, como las destinadas para los que necesitamos ayuda externa para la vida cotidiana? Y el “jefe” de “gobierno” agarra y dice que mejor la Constitución Federal copie ésta, tan incompleta, tan desigual, tan inicua, tan pésimamente redactada.

Si es verídica la información que circula en las redes sociales, la primera línea telefónica en México se instaló en 1878; doce años después, 1100 residencias tenían línea telefónica; pocos meses antes del estallido del Movimiento Estudiantil de 1968, es decir, 90 años después de la llegada del teléfono a México, el presidente Díaz Ordaz hizo una de sus escasas llamadas a una residencia  particular para felicitarla porque le habían instalado la línea un millón; casi medio siglo años después se calcula que hay poco menos de 20 millones, incremento que se debe a la mejor tecnología, a que el precio de contratación bajó muchísimo, a la disponibilidad de más líneas; de cualquier manera 20 millones de líneas para más de 114 millones de habitantes habla de privilegios que no están al alcance de todos; pero el decremento en el crecimiento se debe también a lo barato que es tener un teléfono portátil (celular es un adjetivo equívoco, equivalente a la incorrección de nombrar computadora a las computadoras, porque las usamos para correo electrónico, para consultas en las enciclopedias computarizadas e inexactas o cuando menos imprecisas y muchas veces falsas, para ver videos comprometedores, y como veloz y cómoda máquina de escribir –es peor decirles ordenadores, pues). Ahora más del 80 por ciento de la población tiene teléfono portátil, y algunos hasta dos, uno de la oficina y otro propio (o uno propio y otro impuesto por una pretendienta celosa). Y uno duda de las cuentas del INEGI acerca de la pobreza, no porque como dicen los malquerientes hay más pobres de los que reconocemos, sino porque me niego a incluir entre la pobreza extrema a los ambulantes, las marías, los pordioseros, que traen un teléfono portátil con todo y cámara fotográfica. (Tampoco entran en las estadísticas los que pasean perros a 60 pesos la hora, y hay quienes llevan de diez a veinte perros; son paseadores adolescentes o jóvenes –¿cómo saber la diferencia si nos atenemos a la llamada constitución de la cdmx? Ésos, desde luego, no caben la promesa de López Obrador de darles otra chamba, con menos salario y más obligaciones. Y hablando de ignorantes, ¿por qué ningún especialista le aclaró a Trump qué significa la deuda interna y por qué ninguna acción de ningún presidente hace que baje o suba? ¿Ón tan los especialistas?)
                Se cuenta que cuando llegó la telefonía a Italia (hay que recordar cómo eran los aparatos, lo cual puede verse en algunas películas: un tronco delgado y largo en uno de cuyos extremos estaba la bocina, y aparte, pero atado con un cable delgado, un pequeño auricular; se tomaba el tronco con la mano izquierda y con la derecha se llevaba el auricular al oído –excepto los zurdos y los ambidextros, que presumimos de ser zurdos sin serlo), le explicaban a los italianos que con ese aparato podían comunicarse con gente a distancia; preguntaban cómo, y al explicarle cómo se tomaba, dicen que exclamaban: ¿se toma con las dos manos, y entonces cómo hacemos para hablar? –característica que no han perdido: manotear cuando hablan, como puede verse en Comisario Montalbano).
                La llegada de la telefonía portátil ha expuesto un vicio o una enfermedad que los teléfonos fijos ocultaban: nuestra dependencia a estar hablando con alguien en vez de leer, oír música, ver series buenas y películas por televisión, platicar o copular; desde endenantes: un vecino nos llamaba para que le avisáramos a su esposa que llegaría tarde o que comprara algo, porque cuando marcaba a su casa sonaba ocupado y cuando no estaba ocupada la línea, era porque la esposa no estaba en la casa; cuando un editor en el Fondo de Cultura Económica salió para ocupar un puesto diplomático, en la fiesta de despedida alguien explicó: “no perdemos un amigo, ganamos un teléfono”, y era un chiste muy socorrido: las adolescentes monopolizaban el teléfono; y luego, las casadas, para quejarse más libremente. Pero no todas: muchos hombres, tal vez en mayor número, también hablaban muchísimo, fuera por negocios o por quejarse del trabajo y de la vida cotidiana; los escritores comprometidos, y también los ya casados, sostenían largas conversaciones para sustituir los fajes y las promesas.
                La última vez que abordé un autobús (cuyos conductores desmienten al “jefe” de “gobierno” con su impericia, su conducción a mayor velocidad de la que tienen permitido conducir, con su descortesía, y con su voluntariosa manera de permitir ascenso y descenso de pasaje o, como ellos dicen, su carga), la mitad de los usuarios iban hablando, leyendo o mandando textos y mensajes. No importaría si sólo fueran los pasajeros, también lo hacen los conductores, los conductores del STP (Metro, para que lo entienda el “jefe” de “gobierno”), los conductores de autos particulares en porcentaje cercano a la mitad de quienes circulan; también, los peatones que no advierten que por atender su teléfono portátil descuidan todo lo demás; lo más grave: también  hablan mientras conducen bicicletas de pedales o de motor, con el agravante de que lo hacen en sentido contrario, sobre banquetas y pasándose los altos.
                Lo de menos es lo que dicen en voz alta: “nomás voy al cajero y saco lana y te caigo”; “fui al cajero y saqué cuatro varos” y otras indiscreciones por el estilo, que los ponen en peligro de ser asaltados, secuestrados o enamorados por goteras; claro, es más divertido cuando cuentan que las cachó el novio o el amante o el esposo cuando estaba a punto de ponerle el cuerno (¿en qué momento pasó a singular lo que era en plural, porque describía el acto de burlarse a espaldas del otro?), o hablan mal de la suegra o de los jefes, con el inconveniente de que alguien divulgue la plática que los culpables o los implicados no se dan cuenta de que no es privada. Cuando menos dan material para novela, una que sólo reproduzca esos diálogos y el posible lector imagine las consecuencias.
                ¿Es problema de incomunicación, de soledad arrepentida, de necesidad de ser escuchado aunque lo que dicen es intrascendente, inútil y que no le importa a nadie? Hablan en el vacío; eso explicaría las necedades que proliferan en facebook, con el pretexto de la libertad de expresión, las opiniones en asuntos de los que no saben, y que sólo exponen opiniones, muy pocas veces juicios.

Dice Francisco Elorriaga que fue la última vez que asistió a una feria en Minería, que nada tiene que ver ya con la ideada por Isaac Arriaga e implantada por Joe Taylor (no el beisbolista); tiene razón en casi todo, menos que en la UNAM hay precios accesibles: un cuadernillo de menos de cien páginas de Eusebio Ruvalcaba en 200 pesos no es algo razonable; y además, qué horror de muchos de sus títulos; se me antojó revisión de las películas que tienen como fondo o pretexto la UNAM, pero de la cuarta parte de la extensión de cualquiera de los tomos de la segunda edición de García Riera, a más de 700 pesos; pero es más grave aún: no pude comprar un tomo de ensayos de Blas Urrea porque el INEHRM no tenía terminal, y el efectivo era para comer en el Rey del Pavo; no hay novedades, no hay ofertas, y en algunos estantes, feria de clavos menos interesantes que la feria de libros de lance: y los expositores, cada vez más descorteses.

¿Por cierto, los directivos del INEHRM sabrán la diferencia entre guerras y revoluciones, entre golpe de Estado y revolución, entre golpe militar y revolución?

Cada vez es más difícil comer fueras. A los varios restaurantes que han cerrado, otros están en decadencia, otros cambiaron el menú, otros cocinan en los “micro, güey” con lo que pierden propiedades, sabor y se enfrían rapidísimo; lo más grave es la atención: los meseros se equivocan de mesa, de pedido, se tardan más de 20 minutos en llevar un platillo, y además se muestran altaneros.

Los puristas se quejaban: cómo es posible, decían, que la gente se conforme con ver películas por televisión: se pierden los detalles que la gran pantalla permite apreciar (pese a que observadores y críticos perdían muchos detalles, gestos, diálogos), todo se ve más chico: para ver cine hay que ir al cine. Ni siquiera las grandes pantallas de quién sabe cuántas pulgadas pueden sustituir la pantalla de plata; y ora resulta que pueden verse partidos de algún deporte, o películas, o series o telenovelas, en las diminutas pantallas de las tabletas, de los teléfonos portátiles.

Y hablando de algo cercano a los deportes, en el soccer hubo un segundo gesto de dignidad, el segundo después de cuando los necaxistas Carlos Albert, Toño Mora y compañeros intentaron la creación de un sindicato que protegiera a los jugadores de las maniobras de los directivos que cada año violan la Constitución (la buena) en el Artículo 123 y los venden como si fueran bueyes, y ellos de güeyes que se dejan (cuando menos, ahora reciben un porcentaje de la transacción); aquella gesta costó la carrera a todos los que buscaron el sindicato; ahora los árbitros se negaron a participar en los llamados juegos de primera división, por la violencia que ejercen los jugadores, en especial dos que agredieron a los jueces principales de un partido, y no fueron sancionados con un año sin jugar, como lo fueron en su época el Pato Baeza por lanzarle el balón al árbitro  (aunque todos dijeron que era exageración) y a Walter Ormeño por bajarle un diente a Felipe Buergos en un juego de América contra Toluca, y a Fernando Marcos, el entrenador, por consentirlo. Esa violencia se explica por la impunidad de los famosos, actores y deportistas que exigen en restaurantes lugares privilegiados, no hacer fila, tratar despóticamente a meseros y galopines, se van sin pagar o pagan posando para una foto o firmando autógrafos; echan el auto sobre peatones, no respetan el orden de los semáforos, se burlan de las autoridades que se atreven a no reconocerlos, y se creen superiores a los que no somos famosos. Lo peor: la queja no es porque no haya habido juegos en busca de la respuesta de las autoridades deportivas (las otras ni se meten), la queja es porque equipos y televisoras se quejan por la merma de millones en sus arcas. Y surge la pregunta: ¿de veras entran millones en estadios donde acuden menos de mil espectadores?


Hace unos días falleció Paz, abuela materna de Nahúm; él, a sus 12 años, le hizo el mejor homenaje posible. ¿Cómo no estar orgullosos de él?

lunes, 23 de enero de 2017

Susto y héroes anónimos; la historia de tres presidentes; ¿quién gobierna la ciudad?

El viernes 13 regresaba de buscar a un plomero (características del oficio: malencarados —éste no—, lentos, nunca les sale a la primera, y dejan todo sucio —todo lo demás, sí); no lo encontré, desde luego; a la entrada del edificio me alcanzó Lourdes, y cuando íbamos hacia la escalera escuchamos un ruido indefinido y un grito apagado; ¿fue choque o atropellaron a alguien?, preguntó; al asomarme vi, a un metro de la entrada, a una mujer en el suelo, y a su lado, caída, una bicicleta; varios autos estaban detenidos; la mujer hacía ademanes para que los autos no pasaran sobre ella, aunque estaba a más de un metro de donde circulaban (había obras: sin poner ni advertencias, sólo unos tambos separados por varios metros; el “gobierno” de la ciudad de México hace cosas sin avisar, sin advertir de qué se tratan, cuánto duran; lo más ruidoso —al abrir una línea del ancho de una llanta de bicicleta sacaron un terregal que impidió que comiéramos en el tianguis los tacos de mixote cuyo dueño me reconoce, me ve por televisión  y me lee— lo hicieron de noche, impidiendo dormir a la mayoría y arrullando a los insomnes; dice Toño Sandoval que la ciudad se gobierna sola, porque ni el “jefe de gobierno” ni los delegados lo hacen, sólo buscan ganar unas elecciones para los que no han abierto las convocatorias).
                Me acerqué y le pregunté si quería una ambulancia; hacía esfuerzos por levantarse; traté de sostenerla, cuando llegó Lourdes a ayudarme; la mujer, luego supimos que se llama Tere, estaba tan aturdida, tan conmocionada como Roger Staubach cuando lo tacleaba Jack Lambert, o como Tom Brady cuando cualquiera le da un empujoncito. Tenía un golpe en la mejilla izquierda y sangraba un poco en la sien izquierda. No acertaba a hablar.
                El primer auto, del que no pudimos ver las placas, se fue; del siguiente auto bajó una mujer, Alejandra, y se ofreció a llevarla  a un hospital; Tere no reaccionaba; tratábamos de meterla al auto en que venía la joven, pero su aturdimiento y su peso y estatura lo hacían difícil; el conductor del auto se bajó para ayudar. Luego nos enteramos que era un Uber. Un joven que observaba tomó la bicicleta y la recargó en la entrada del edificio; de otro auto bajó otra joven, menuda, en muletas, a tratar de ayudarnos. Los obreros contratados por el “gobierno” de la ciudad de México, a unos cuantos metros, ni se inmutaron ni ofrecieron ayudar ni hicieron algo útil (por eso confirmo que trabajan en el “gobierno” capitalino).
                Lourdes y Alejandra intercambiaron números telefónicos, y el auto que la llevaba se alejó; los jóvenes, muy jóvenes, dejaron que pasaran los otros autos, de los que ninguno bajó pero al menos no comenzaron a infringir el reglamento de tránsito a claxonazos; me acerqué a los jóvenes; tampoco sabían cómo se produjo el accidente, sólo que la vieron dar un manubriazo y caer con violencia, piensan que el primer auto la golpeó, o al menos la asustó, pero no creían que se hubiera encarrilado en el hoyo abierto por los trabajadores del “gobierno” de la ciudad.
                Minutos más tarde Alejandra nos llamó para informarnos que llevaría a Tere, quien no paraba de llorar, a la Cruz Roja; que le inquietaba que se retrasara para su cita, y preguntaba por la bicicleta; no recordaba su apellido ni algún teléfono para avisar a conocidos. Alejandra la tranquilizaba: estaría con ella hasta que la vieran los médicos.

Horas después nos llegaron noticias escuetas pero tranquilizadoras: dentro de la confusión Tere dijo un número telefónico, le avisaron a unas amigas, quienes, cuando en la Cruz Roja la dieron de alta, se la llevaron al Hospital Español, donde pasaría la noche en observación, con el protocolo en el futbol (el verdadero: el otro se llama soccer, no por nada). Alejandra preguntó por la bicicleta; la tenemos guardada; dimos los datos para que pudieran recogerla, lo que hicieron ya entrada la noche; los otros datos ya no los relato, sólo que ya estaba fuera de peligro. Recalco el hecho de que, fuera de las oficinas gubernamentales, de los partidos políticos, hay gente que sin proclamar méritos actuó con presteza, auxilió, no se aprovechó de la situación ni se robó la bicicleta cuando nos dedicábamos a auxiliar a la accidentada. Nadie se puso a tomar fotos ni videos ni se bajó a posar junto a la mujer herida. ¿No es para sentir orgullo?

Hubo una vez un presidente que cumplía con su cometido, pero no tenía la simpatía de la gente, que apoyaba con ahínco a un político más popular, que presumía de sólo atender su ranchito y de no interesarse en la política, mucho menos mostraba sus ambiciones, sólo se interesaba en el bienestar del pueblo, y era tal su empeño por ayudar al pueblo bueno, que comenzó una campaña para desprestigiar al presidente, al grado que el escritor más reputado de la época escribió un libro donde señaló errores y erratas del mandatario, exagerando las reales, inventado la mayoría; fue de tal fuerza la campaña para desprestigiarlo que la leyenda sobre ese presidente siguió durante muchos años, hasta que se perdió en la memoria colectiva y pocos historiadores se atrevieron a desafiarla ni a escribir sobre ese período.

Si es poco convincente esa historia, recordemos otra; un personaje poco popular fue impuesto como candidato del partido político más poderoso porque agrupaba lo más importante de las fuerzas vivas; ganó las elecciones aunque el más popular de sus rivales murió diciendo que eran cifras falsas, infladas, que él, el caudillo popular, había vencido al triunfador pese a los recuentos oficiales; nuestro personaje no fue un presidente popular, aunque lo que hacía era en beneficio del país, que salía de una crisis profunda; quienes lo eligieron, porque era el menos propenso a tratar de perpetuarse, al poco se cansaron de él y empezaron una andanada de chistes la mayoría sosos pero que calaron en la gente; a falta de redes electrónicas, los chismes y los inventos y las infamias y las difamaciones, por no decir de las calumnias frecuentes, minaron la de por sí endeble aceptación sobre aquel presidente, que trataba de mantener la dignidad y la gallardía, pero sus fuerzas, aunque avaladas con cierta discreción por algunos seguidores más por lealtad a las instituciones que a la figura presidencial, cayeron al más bajo grado de aceptación, y su posición se hizo insostenible; no se sabe si sea cierto, pero se dijo que un acto que iba a presidir culminaría con una asonada militar que disfrazaba un golpe de Estado; renunció a su cargo, para beneplácito de toda la gente, que con su complicidad había, digamos, legitimado su caída, y para regocijo de quienes lo habían apabullado de la manera más cínica; desde luego, nadie se responsabilizó de la crisis que sobrevino, y de la que lo culparon aunque haya sido el menos culpable.
Esa historia ha sobrevivido aunque historiadores serios han aclarado los hechos, pero la leyenda continúa y pese a la distancia del tiempo, falta mucho para que se limpie la honra de aquel defenestrado. Una historia similar tuvo un final muy diferente: un presidente joven pero con la fama de ser acólito del político más poderoso de su tiempo, trató de ayudar al pueblo bueno, lo que no le gustaba a la clase política que, al poco, fue abandonándolo, y lo hizo víctima de las bromas soeces, más soeces por ser anónimas aunque se sabía quién las propiciaba y quién las propalaba; menospreciado por su protector, por la prensa que se burlaba de sus actos o los disminuía y ni siquiera le daban crédito, o los distorsionaba, se arriesgó a decisiones que lo hicieron parecer ingrato, desterró a su antiguo protector, desafió a los dueños del dinero, y se arropó en la milicia, que puso la condición de que resistiera las tentaciones, y sobre todo, se acogió al sindicalismo (uso bien la palabra; las interpretaciones aquí son equivocas), que después fue uno de los lastres para las generaciones posteriores, que impusieron su voluntad, e incluso obligaron a presidentes posteriores a entregarles, sin mucha discreción, la mayor parte del poder, y ellos se quedaron con la facultad insustituible y aparatosa de tijeretear listones, y otras prebendas que incluían a mujeres famosas o no, pero todas guapas y sensuales.
                Detrás de cada una de estas historias hubo una mano siniestra que, como se dice ahora, meció la cuna; pocas veces fueron castigados los responsables, y la historia ni siquiera le cobró las cuentas; ¿qué mano peluda ahora es la responsable de los ataques, difamaciones, calumnias y mentiras? (¿Reconocen a los personajes?)

Muchos, con pesimismo justificado, piensan que mientras no haya una limpia de corruptos el país no tiene salvación. Lo malo es que sólo acusan la corrupción, innegable, de los políticos, de los que no puede decirse que haya uno que se salve. (Una historia; uno de los presidentes que goza de fama de honrado, el último que la tuvo, recibió a los representantes de una compañía automotriz que fueron a presentar un nuevo modelo de su auto más lujoso, una compañía que desde hace más de 70 años tiene o tenía fábrica o armadora en México aunque ahora reculen; señor presidente, le dijeron, mire nuestro nuevo modelo; muy bonito muy bonito; es un obsequio para usted; no puedo aceptarlo, soy el presidente del país, no debo aceptar regalos; no pasa nada, no lo compromete; de cualquier manera, no puedo aceptarlo; lástima, señor presidente, teníamos tantas ilusiones; ¿y como cuánto cuesta? Le dieron una cifra, y agregaron: para usted, a la mitad. Bueno, deme dos.)
                Pocos ven, o si lo ven lo justifican, que las grandes empresas ejercen el nepotismo; muy sus empresas, pero el público es el que paga; la primera y más dañina corrupción comienza con puestos casi insignificantes; desde allí ejercen poder, imponen su voluntad benéfica o no, y casi siempre sin consultar a los afectados ni a los beneficiados; desde beneficiar a alguien con una cita, hacer esperar, hacer sentir su influencia, tener criado particular en un edificio donde debería atender a todos; pasarse un alto, rebasar por la derecha, reclamar diciendo “no sabes con quién te metes”, aprovecharse de la fama, así sea efímera, para no hacer fila, o para tener mayor descuento; los que no barren las calles, los que tiran la basura en los botes para tirar cajetillas, o envolturas de chicles o dulces o cigarros; los ruleteros que alteran el taxímetro, los que reciben cambio de más y no lo regresan, los que mienten alegando ignorancia.
                Tantos y tantos actos de corrupción que la gente no acepta que son corrupción avalan, por más que sea mayor corrupción, la corrupción de los políticos.

Otro tipo de corrupción: el más reputado de los mariscales de campo actuales ganó un juego crucial haciendo trampa, y sus seguidores hacen como que no pasó nada; la tenista con más fama de invencible amenazó de muerte a una auxiliar de juez, y aunque la multaron no la suspendieron ni menos la expulsaron del deporte, y olvidan prudentemente que es delincuente; varios beisbolistas aumentaron su rendimiento con el auxilio de sustancias prohibidas, y aunque no han llegado al Salón de la Fama, puede que llegue gracias a la llegada de periodistas deshonestos que piensan que qué tanto es tantito. Y decenas de cronistas con talento pero sin imparcialidad olvidan esas acciones. Lo peor: “le van” a un equipo.

El autollamado presidente de los Estados Unidos, además de usar una fórmula del nazismo (y me asombra que los comentaristas políticos no lo hayan advertido) al hablar del renacimiento del pueblo estadounidense y de un período con el que inicia un nuevo milenio, mintió al hablar de la pobreza de su nación, como lo demuestra Bárbara Anderson; lo más grave es que olvida que la más reciente crisis económica de su país a causa de la torpeza de la “industria” inmobiliaria, la causó él, exactamente, como lo recuerda Toño Sandoval; y algo peor: ni él ni sus paisanos ni sus seguidores (más increíble aún, tampoco sus críticos) advierten que las armadoras de autos al salir de México y recular sus promesas de inversión aquí, van a triplicar sus costos, sus gastos y sus precios, sin aumentar el número de plazas laborales sin igualar la calidad de los obreros mexicanos.
                Termino con una historia que ya no recuerdan: los magnates estadounidenses e ingleses, vencidos por el gobierno mexicano que realizó la expropiación de la industria petrolera, apostaron por la quiebra del país, pues creían que los obreros mexicanos no sabrían cómo trabajar, que sin sus técnicos fracasarían; pero sucedió lo contrario: igualaron y mejoraron a los déspotas extranjeros; ¿sucederá igual si expulsan a los mexicanos de, digamos, California, Texas y Arizona? ¿Se conformarán los jóvenes de clase media a los que su nuevo presidente promete tanto, con los salarios que pagan a los mexicanos o chicanos o nuevos gringos legales o no? ¿Los trabajadores manuales serán tan hábiles como los mexicanos, sin tratar de cobrar el doble o triple digamos por hacer trabajos de albañilería, plomería, pintura, aseo?
                Es  nuestra oportunidad, dirían los economistas, de hacer sentir nuestra eficacia y, por qué no, también nuestra picardía.  No los pícaros que primero echan bronca y luego reculan.