lunes, 23 de enero de 2017

Susto y héroes anónimos; la historia de tres presidentes; ¿quién gobierna la ciudad?

El viernes 13 regresaba de buscar a un plomero (características del oficio: malencarados —éste no—, lentos, nunca les sale a la primera, y dejan todo sucio —todo lo demás, sí); no lo encontré, desde luego; a la entrada del edificio me alcanzó Lourdes, y cuando íbamos hacia la escalera escuchamos un ruido indefinido y un grito apagado; ¿fue choque o atropellaron a alguien?, preguntó; al asomarme vi, a un metro de la entrada, a una mujer en el suelo, y a su lado, caída, una bicicleta; varios autos estaban detenidos; la mujer hacía ademanes para que los autos no pasaran sobre ella, aunque estaba a más de un metro de donde circulaban (había obras: sin poner ni advertencias, sólo unos tambos separados por varios metros; el “gobierno” de la ciudad de México hace cosas sin avisar, sin advertir de qué se tratan, cuánto duran; lo más ruidoso —al abrir una línea del ancho de una llanta de bicicleta sacaron un terregal que impidió que comiéramos en el tianguis los tacos de mixote cuyo dueño me reconoce, me ve por televisión  y me lee— lo hicieron de noche, impidiendo dormir a la mayoría y arrullando a los insomnes; dice Toño Sandoval que la ciudad se gobierna sola, porque ni el “jefe de gobierno” ni los delegados lo hacen, sólo buscan ganar unas elecciones para los que no han abierto las convocatorias).
                Me acerqué y le pregunté si quería una ambulancia; hacía esfuerzos por levantarse; traté de sostenerla, cuando llegó Lourdes a ayudarme; la mujer, luego supimos que se llama Tere, estaba tan aturdida, tan conmocionada como Roger Staubach cuando lo tacleaba Jack Lambert, o como Tom Brady cuando cualquiera le da un empujoncito. Tenía un golpe en la mejilla izquierda y sangraba un poco en la sien izquierda. No acertaba a hablar.
                El primer auto, del que no pudimos ver las placas, se fue; del siguiente auto bajó una mujer, Alejandra, y se ofreció a llevarla  a un hospital; Tere no reaccionaba; tratábamos de meterla al auto en que venía la joven, pero su aturdimiento y su peso y estatura lo hacían difícil; el conductor del auto se bajó para ayudar. Luego nos enteramos que era un Uber. Un joven que observaba tomó la bicicleta y la recargó en la entrada del edificio; de otro auto bajó otra joven, menuda, en muletas, a tratar de ayudarnos. Los obreros contratados por el “gobierno” de la ciudad de México, a unos cuantos metros, ni se inmutaron ni ofrecieron ayudar ni hicieron algo útil (por eso confirmo que trabajan en el “gobierno” capitalino).
                Lourdes y Alejandra intercambiaron números telefónicos, y el auto que la llevaba se alejó; los jóvenes, muy jóvenes, dejaron que pasaran los otros autos, de los que ninguno bajó pero al menos no comenzaron a infringir el reglamento de tránsito a claxonazos; me acerqué a los jóvenes; tampoco sabían cómo se produjo el accidente, sólo que la vieron dar un manubriazo y caer con violencia, piensan que el primer auto la golpeó, o al menos la asustó, pero no creían que se hubiera encarrilado en el hoyo abierto por los trabajadores del “gobierno” de la ciudad.
                Minutos más tarde Alejandra nos llamó para informarnos que llevaría a Tere, quien no paraba de llorar, a la Cruz Roja; que le inquietaba que se retrasara para su cita, y preguntaba por la bicicleta; no recordaba su apellido ni algún teléfono para avisar a conocidos. Alejandra la tranquilizaba: estaría con ella hasta que la vieran los médicos.

Horas después nos llegaron noticias escuetas pero tranquilizadoras: dentro de la confusión Tere dijo un número telefónico, le avisaron a unas amigas, quienes, cuando en la Cruz Roja la dieron de alta, se la llevaron al Hospital Español, donde pasaría la noche en observación, con el protocolo en el futbol (el verdadero: el otro se llama soccer, no por nada). Alejandra preguntó por la bicicleta; la tenemos guardada; dimos los datos para que pudieran recogerla, lo que hicieron ya entrada la noche; los otros datos ya no los relato, sólo que ya estaba fuera de peligro. Recalco el hecho de que, fuera de las oficinas gubernamentales, de los partidos políticos, hay gente que sin proclamar méritos actuó con presteza, auxilió, no se aprovechó de la situación ni se robó la bicicleta cuando nos dedicábamos a auxiliar a la accidentada. Nadie se puso a tomar fotos ni videos ni se bajó a posar junto a la mujer herida. ¿No es para sentir orgullo?

Hubo una vez un presidente que cumplía con su cometido, pero no tenía la simpatía de la gente, que apoyaba con ahínco a un político más popular, que presumía de sólo atender su ranchito y de no interesarse en la política, mucho menos mostraba sus ambiciones, sólo se interesaba en el bienestar del pueblo, y era tal su empeño por ayudar al pueblo bueno, que comenzó una campaña para desprestigiar al presidente, al grado que el escritor más reputado de la época escribió un libro donde señaló errores y erratas del mandatario, exagerando las reales, inventado la mayoría; fue de tal fuerza la campaña para desprestigiarlo que la leyenda sobre ese presidente siguió durante muchos años, hasta que se perdió en la memoria colectiva y pocos historiadores se atrevieron a desafiarla ni a escribir sobre ese período.

Si es poco convincente esa historia, recordemos otra; un personaje poco popular fue impuesto como candidato del partido político más poderoso porque agrupaba lo más importante de las fuerzas vivas; ganó las elecciones aunque el más popular de sus rivales murió diciendo que eran cifras falsas, infladas, que él, el caudillo popular, había vencido al triunfador pese a los recuentos oficiales; nuestro personaje no fue un presidente popular, aunque lo que hacía era en beneficio del país, que salía de una crisis profunda; quienes lo eligieron, porque era el menos propenso a tratar de perpetuarse, al poco se cansaron de él y empezaron una andanada de chistes la mayoría sosos pero que calaron en la gente; a falta de redes electrónicas, los chismes y los inventos y las infamias y las difamaciones, por no decir de las calumnias frecuentes, minaron la de por sí endeble aceptación sobre aquel presidente, que trataba de mantener la dignidad y la gallardía, pero sus fuerzas, aunque avaladas con cierta discreción por algunos seguidores más por lealtad a las instituciones que a la figura presidencial, cayeron al más bajo grado de aceptación, y su posición se hizo insostenible; no se sabe si sea cierto, pero se dijo que un acto que iba a presidir culminaría con una asonada militar que disfrazaba un golpe de Estado; renunció a su cargo, para beneplácito de toda la gente, que con su complicidad había, digamos, legitimado su caída, y para regocijo de quienes lo habían apabullado de la manera más cínica; desde luego, nadie se responsabilizó de la crisis que sobrevino, y de la que lo culparon aunque haya sido el menos culpable.
Esa historia ha sobrevivido aunque historiadores serios han aclarado los hechos, pero la leyenda continúa y pese a la distancia del tiempo, falta mucho para que se limpie la honra de aquel defenestrado. Una historia similar tuvo un final muy diferente: un presidente joven pero con la fama de ser acólito del político más poderoso de su tiempo, trató de ayudar al pueblo bueno, lo que no le gustaba a la clase política que, al poco, fue abandonándolo, y lo hizo víctima de las bromas soeces, más soeces por ser anónimas aunque se sabía quién las propiciaba y quién las propalaba; menospreciado por su protector, por la prensa que se burlaba de sus actos o los disminuía y ni siquiera le daban crédito, o los distorsionaba, se arriesgó a decisiones que lo hicieron parecer ingrato, desterró a su antiguo protector, desafió a los dueños del dinero, y se arropó en la milicia, que puso la condición de que resistiera las tentaciones, y sobre todo, se acogió al sindicalismo (uso bien la palabra; las interpretaciones aquí son equivocas), que después fue uno de los lastres para las generaciones posteriores, que impusieron su voluntad, e incluso obligaron a presidentes posteriores a entregarles, sin mucha discreción, la mayor parte del poder, y ellos se quedaron con la facultad insustituible y aparatosa de tijeretear listones, y otras prebendas que incluían a mujeres famosas o no, pero todas guapas y sensuales.
                Detrás de cada una de estas historias hubo una mano siniestra que, como se dice ahora, meció la cuna; pocas veces fueron castigados los responsables, y la historia ni siquiera le cobró las cuentas; ¿qué mano peluda ahora es la responsable de los ataques, difamaciones, calumnias y mentiras? (¿Reconocen a los personajes?)

Muchos, con pesimismo justificado, piensan que mientras no haya una limpia de corruptos el país no tiene salvación. Lo malo es que sólo acusan la corrupción, innegable, de los políticos, de los que no puede decirse que haya uno que se salve. (Una historia; uno de los presidentes que goza de fama de honrado, el último que la tuvo, recibió a los representantes de una compañía automotriz que fueron a presentar un nuevo modelo de su auto más lujoso, una compañía que desde hace más de 70 años tiene o tenía fábrica o armadora en México aunque ahora reculen; señor presidente, le dijeron, mire nuestro nuevo modelo; muy bonito muy bonito; es un obsequio para usted; no puedo aceptarlo, soy el presidente del país, no debo aceptar regalos; no pasa nada, no lo compromete; de cualquier manera, no puedo aceptarlo; lástima, señor presidente, teníamos tantas ilusiones; ¿y como cuánto cuesta? Le dieron una cifra, y agregaron: para usted, a la mitad. Bueno, deme dos.)
                Pocos ven, o si lo ven lo justifican, que las grandes empresas ejercen el nepotismo; muy sus empresas, pero el público es el que paga; la primera y más dañina corrupción comienza con puestos casi insignificantes; desde allí ejercen poder, imponen su voluntad benéfica o no, y casi siempre sin consultar a los afectados ni a los beneficiados; desde beneficiar a alguien con una cita, hacer esperar, hacer sentir su influencia, tener criado particular en un edificio donde debería atender a todos; pasarse un alto, rebasar por la derecha, reclamar diciendo “no sabes con quién te metes”, aprovecharse de la fama, así sea efímera, para no hacer fila, o para tener mayor descuento; los que no barren las calles, los que tiran la basura en los botes para tirar cajetillas, o envolturas de chicles o dulces o cigarros; los ruleteros que alteran el taxímetro, los que reciben cambio de más y no lo regresan, los que mienten alegando ignorancia.
                Tantos y tantos actos de corrupción que la gente no acepta que son corrupción avalan, por más que sea mayor corrupción, la corrupción de los políticos.

Otro tipo de corrupción: el más reputado de los mariscales de campo actuales ganó un juego crucial haciendo trampa, y sus seguidores hacen como que no pasó nada; la tenista con más fama de invencible amenazó de muerte a una auxiliar de juez, y aunque la multaron no la suspendieron ni menos la expulsaron del deporte, y olvidan prudentemente que es delincuente; varios beisbolistas aumentaron su rendimiento con el auxilio de sustancias prohibidas, y aunque no han llegado al Salón de la Fama, puede que llegue gracias a la llegada de periodistas deshonestos que piensan que qué tanto es tantito. Y decenas de cronistas con talento pero sin imparcialidad olvidan esas acciones. Lo peor: “le van” a un equipo.

El autollamado presidente de los Estados Unidos, además de usar una fórmula del nazismo (y me asombra que los comentaristas políticos no lo hayan advertido) al hablar del renacimiento del pueblo estadounidense y de un período con el que inicia un nuevo milenio, mintió al hablar de la pobreza de su nación, como lo demuestra Bárbara Anderson; lo más grave es que olvida que la más reciente crisis económica de su país a causa de la torpeza de la “industria” inmobiliaria, la causó él, exactamente, como lo recuerda Toño Sandoval; y algo peor: ni él ni sus paisanos ni sus seguidores (más increíble aún, tampoco sus críticos) advierten que las armadoras de autos al salir de México y recular sus promesas de inversión aquí, van a triplicar sus costos, sus gastos y sus precios, sin aumentar el número de plazas laborales sin igualar la calidad de los obreros mexicanos.
                Termino con una historia que ya no recuerdan: los magnates estadounidenses e ingleses, vencidos por el gobierno mexicano que realizó la expropiación de la industria petrolera, apostaron por la quiebra del país, pues creían que los obreros mexicanos no sabrían cómo trabajar, que sin sus técnicos fracasarían; pero sucedió lo contrario: igualaron y mejoraron a los déspotas extranjeros; ¿sucederá igual si expulsan a los mexicanos de, digamos, California, Texas y Arizona? ¿Se conformarán los jóvenes de clase media a los que su nuevo presidente promete tanto, con los salarios que pagan a los mexicanos o chicanos o nuevos gringos legales o no? ¿Los trabajadores manuales serán tan hábiles como los mexicanos, sin tratar de cobrar el doble o triple digamos por hacer trabajos de albañilería, plomería, pintura, aseo?
                Es  nuestra oportunidad, dirían los economistas, de hacer sentir nuestra eficacia y, por qué no, también nuestra picardía.  No los pícaros que primero echan bronca y luego reculan.



domingo, 1 de enero de 2017

Debbie Reynolds, Carrie Fischer, y datos poco conocidos de Cantando en la lluvia

En la entrega de los Oscar de 1972, Gene Kelly ignoró al muy laureado Malcolm McDowell porque en una de las escenas más violentas (hasta entones) de Naranja mecánica, cuando viola a la esposa del escritor Mr. Alexander, Adrianne Corri, y causa destrozo y medio en la casa del matrimonio, lo hace bailando “Singin’ in the Rain”, y la voz que se escucha es la de Kelly; Aurelio González me preguntó si había soportado la escena, no por lo violenta, sino por la chotiza al tema de mi película favorita. Pilar Tapia se asombraba de que la hubiera visto más de cien veces; dejé de buscarla y perseguirla en las carteleras cuando aparecieron los aparatos reproductores en Beta, DVD y Blue Ray.
                Aunque hay otras cintas que me gustan mucho (casi todo Wilder, casi todo lo que he visto de Ford, todo lo que he visto de Hawks, casi todo Donen, todo Lester y muchos otros), Cantando en la lluvia es la única que la tengo en Beta, DVD y BR. Memoricé todos los diálogos, y sólo mi incapacidad para bailar y cantar impidieron que imitara los movimientos de los actores, pero quienes me conocen bien, y conocen la cinta mejor que yo, reconocen que cito, cuando lo amerita la ocasión, diálogos de O’Connors y de Millard Mitchell, y afirmo, para desconcierto de todos, que este último es el mejor cantante de todo el filme, aunque sólo se le escuchan unas cuantas notas; y admiré, aparte de sus otras cualidades, lo bien que lo imitaba Héctor Martínez Tamez en la escena culminante, cuando con Kelly y O’Connors levanta el telón para que la gente vea que era Kathy Sheldon y no Lina Lamont la verdadera estrella de la cinta que filmaban.

Estuve entre los primeros 20 o 35 invitados a la exhibición privada de Star Wars, y seguramente Lourdes conserva el botón que me dieron y que decía “Que la fuerza te acompañe”. Aunque reconocí que se trataba de un filme con la receta de la épica, modernizada, y me divirtieron varios de sus chistes, no me produjo mayor emoción; aunque tengo todos los fragmentos de la historia, no me gustan los que narran la historia de antes, de cuando los personajes eran niños; preferí, con mucho, la parodia del Mad, sobre todo cuando un personaje pregunta que por qué los blancos son los malos, que si el argumento lo había escrito Cassius Clay. Pero admito que la escena donde aparece por primera vez el personaje de Carrie Fisher, prisionera entre sus celadores, es una de las más eróticas en la historia del cine, aunque está muy vestida; en cambio, en los capítulos en donde aparece muy desvestida, nada tiene de erótica ni de sensual.

En dos días consecutivos fallecieron Fisher y Reynolds; la primera me gustó mucho más en la versión estadounidense de El hombre con un zapato rojo (la original, con Pierre Richard, debe ser más divertida, pero la de Tom Hanks tiene la virtud de mostrar sensual a la casi siempre insípida Lori Singer, que además tiene una escena de “butt crack”, que borra sus demás filmes y programas de tv), muy divertida y atractiva. Reynolds en cambio, será por fetichismo, me gusta en casi todas sus cintas, desde Three Little Words (donde canta mejor que MM “I Wanna be Loved by You” aunque no sea ella la que cante), y sobre todo su baile con Donald O’Connors en I Love Melvin, donde baila mejor y con más erotismo que en Cantando en la lluvia, pese a su gesto de inocencia, gesto que conservó en la muy cursi Tammy cuyo tema musical me dio a ganar mis primeros pesos, poquísimos, por un guión de radio, cuando apenas tenía 16 años (y que no me pagaron).
                Me asombró y alarmó el escándalo cuando su amiga Elizabeth Taylor le pedaleó el triciclo y le bajó al marido, el cantante, ahora olvidado pero entonces muy popular por varias piezas ahora olvidadas, Eddie Fisher (digo triciclo porque los tres eran de estatura chaparra), aunque Taylor lo dejó, poco después, por Richard Burton, quien no le temía a Virginia Woolf. Reynolds jugó el papel de víctima en ese proceso, pero las malas lenguas dicen que era igual de arrojada y destrampada como las actrices con cara de inocencia. Lo grave fue que Fisher había sido el mejor amigo de Michael Todd, quien había dejado viuda a Taylor a causa de un accidente aéreo (y en su honor Fischer llamó a su hijo con el apellido del amigo).

Cantando en la lluvia, o bajo la lluvia, es considerada la mejor cinta musical de la historia, y está entre las diez mejores clasificadas en lo que va del cine; la trama es muy conocida, y nadie se atreve a desafiar el gusto generalizado, excepto tal vez Felipe Garrido, quien en Aguascalientes, de pinta con Carlos Hernández y conmigo mientras lo esperaba María del Carmen Millán para una tertulia más intelectual, nos confesó que no le gustaban ni el western ni los musicales, que no imaginaba que la gente cantara y bailara en vez de hablar y caminar.
                Sin embargo, quienes revisan a fondo cada cinta filmada y estrenada, le han encontrado un sinnúmero de errores: de época; por ejemplo, aparece de manera casi inadvertida un automóvil de modelo de 1950 cuando la acción sucede a finales de los veinte; se menciona a un personaje fallecido cuatro años antes de la fecha de la trama; se habla de una técnica que no apareció por esas fechas, y el uniforme del policía que amedrenta a Kelly cuando canta bajo la lluvia se usó apenas a partir de los años cuarenta; una de las más bellas canciones, “All I Do is Dream of You”, tanto que la cantan dos veces, fue escrita en 1934, siete años después de la fecha de la trama.
                Datos falsos: el productor Mitchell anuncia que deben hacer una cinta hablada, como El cantante de jazz, que es muda excepto por un fragmento breve que, en efecto, apantalló a los espectadores y cambió la industria del cine; aunque Reynolds dice que va a cantar en La Bemol, en realidad lo hace en Mi Bemol; durante el baile inicial cuando Kelly y O’Connors bailan y tocan violines, no se ve que Kelly mueva los dedos; en la escena en que Kelly lleva a Reynolds a un estudio vacío para ligársela, además de que exagera con el número de watts en la iluminación, no existía esa técnica en aquellos años; al final de “Beautiful Girl” una de las modelos da un paso de más, con lo que se pierde la sincronización, de los que hay varios errores similares: no coinciden las palabras con los movimientos de los labios; una escena en que se presenta la escena que filman no la filmaron por completo, usaron escenas de una cinta anterior de Kelly, Los tres mosqueteros, de George Sidney (1950), y los muy fijados advierten que en vez de Jean Hagen (Lina Lamont) aparece muy brevemente Lana Turner, la villana de aquélla; cambian posición tanto un sofá, como un libro, y sobre todo lo intercambian Reynolds y O’Connors después de uno de los bailes más conocidos, donde por cierto no se atisban las panties rosas de Reynolds, que dice José de la Colina que él vio con toda claridad; cuando presentan a Reynolds como la verdadera estrella de la cinta, ella se detiene y comienza a correr, pero se sigue escuchando su voz.
                ¿Eso echa a perder la cinta? No, ni cuando se ven micrófonos o cables impertinentes; sigue siendo maravillosa; pero hay muchos detalles que se escapan al espectador; en muchos aspectos rinde homenaje al cine, de la misma manera en que Peter Bogdanovich en cada una de sus cintas hace citas visuales o de guión de las cintas que admira; es impresionante que What’s Up, Doc calque cada una de sus escenas de otras muchas cintas, de Harold Lloyd y Laurel & Hardy hasta El Dorado, por no abundar en que la trama es casi idéntica a Domando al bebé (o La fiera de mi niña, como prefieran), sin que pierda coherencia y sin que sea necesario identificar esas citas para disfrutarla.
                Así, Zelda, encarnada por una muy excitante Rita Moreno (homenajeada a gritos por un espectador) es una combinación de Pola Negri y Gloria Swanson, así como Cyd Charisse está caracterizada como Louise Brooks, tres glorias del cine mudo e idolatradas por Juan Manuel Torres, quien hubiera admirado más a Charisse si no hubieran resuelto un problema visual, por el que era notorio su vello púbico durante el baile con Kelly, aunque a decir de uno de los técnicos, dejamos de apreciar el vello pero es más visible lo que, de manera velada, llaman entrepierna por no decir algo más elocuente; Stanley Donen, el director o codirector, pensó que nos fijaríamos nada más los obsesos.
                La escenografía y el mobiliario de la supuesta casa de Kelly, donde inventan el doblaje y donde bailan “Good Morning”, recrea la casa donde viven John Gilbert y Greta Garbo en Flesh and theDevil, de Clarence Brown, filmada en 1928, y la trama recrea el drama que no se cuenta más que tangencialmente: Lina Lamont, por su voz chillona y poco glamorosa, perderá la chamba como actriz, lo que le sucedió a muchos actores del cine mudo (y no le tenemos lástima); de hecho, el origen del argumento fue la casa que hipotecaron y perdieron unos guionistas por no adaptarse al cine hablado; el cine, por otra parte, nació con vocación sonora, como dice Cabrera Infante, del que se están recopilando críticas no recogidas en Un oficio del siglo XX, que evidenciarán cuánto le deben algunos críticos mexicanos.
                A raíz de los elogios dedicados a Debbie Reynolds, se ha dicho que al principio no la quería Gene Kelly; en realidad nunca la quiso; él hubiera preferido a Judy Garland, June Allyson, Ann Miller, Jane Powell o Leslie Caron. Es más, en las escenas en que baila tap con Reynolds, se oye muy bien porque Carol Haney (que era su preferida para el papel) y Gwenn Verdon (la Lola de Lo que Lola quiere) bailaban y golpeaban sus muslos para dar la sensación de ritmo. Reynolds, atribulada por los regaños de Kelly, se ponía a llorar a solas y en silencio, como los machos, y fue el rival de Kelly en todos los aspectos, Fred Astaire, quien la consoló, aconsejó y enseñó trucos de baile para impedir que el codirector Kelly la echara; lo que se sabe menos es que Donald O’Connors tampoco estuvo a gusto con Kelly, quien exigía tanta calidad y tanta entrega que las jornadas diarias duraban de 18 a 19 horas, lo que propició que todos los actores enfermaran cuando menos una vez durante la filmación; el propio Kelly tenía más de 39° de fiebre cuando bailó el tema principal del filme, bajo la lluvia artificial (no puedo dejar de recordar la perversa caricatura de Don Martin en la que un hombre baila y canta “Singin’ in the rain”, pero en vez de lluvia es un concurso de escupitajos desde una azotea: si la vio Kelly debe haberse vuelto a enfermar). Ni O’Connors ni Reynolds volvieron a filmar nunca con Kelly.
                Otro detalle poco sabido es que Hagen tenía una voz muy hermosa, como se le escucha en Jungla de asfalto y Medio héroe, aunque terminó su carrera en series de televisión; la escena en que Reynolds la dobla, en realidad ella dobla a Reynolds doblándola a ella. Todos los errores y falsedades no le quitan brillo al filme; como decía José Emilio Pacheco cuando los colaboradores de un suplemento peleaban por que Biby Gaytán era natural o artificial: lo que importa es el resultado.

Colofón: la escena de la cinta de Lucas que llamó la atención de los erotómanos fue la única en que Fisher apareció con los pechos tapados pero libres; en las subsiguientes escenas y cintas de la saga le vendaban los pechos para evitar que sus movimientos llamaran la atención más que los parlamentos; lo que no se sabe más que en secreto es que Fisher al terminar la jornada, sorteaba entre los miembros del staff quién le quitaba las vendas; una de las últimas indiscreciones es que quien la desvendaba, o al menos más que otros, era Harrison Ford, quien estaba matrimoniado, pero no estaba comprometido en las cosas del querer.

Toda la información que saqué lo hice de sitios públicos, entrevistas y reportajes de los protagonistas, declaraciones de afectados; mucho, en la época en que sucedió (lo de pedalear el triciclo, por ejemplo, que ocupó las páginas de los diarios mexicanos en su momento, y que se regodearon cuando Taylor se arrejuntó con Burton; dijeron que lero lero, eso le pasaba a Fisher por jugarle chueco a la dulce flor de los pantanos; por cierto, algo parecido sucedió con dos matrimonios entre intelectuales mexicanos hace algunos años); mucha fue saliendo de indiscreciones o de revelaciones de la propia Reynolds, y muchos reportajes sobre Cantando en la lluvia, pero la mayor parte de una página de internet de la que daré el nombre a quien lo pida en mensaje adjunto o al correo.

PD. En un blog anterior escribí el nombre de bailarinas, coristas, extras, y de actores en papeles pequeños, como el transeúnte al que Kelly le da el paraguas que ya no usará, y el del policía que lo acosa. Puede consultarse con un poco de paciencia.


jueves, 15 de diciembre de 2016

Eduardo, se me hace que eres un canalla; otro atropello; sobre la academia sueca

Eduardo, se me hace que eres un canalla; no me lo dijo ninguna mujer, ni siquiera una autora criticada que esperara piedad gracias a la amistad; ningún autor al que le haya señalado errores o que haya descalificado sus libros por culpa de sus desaciertos; tampoco algún deportista a quien haya criticado con desenfado. Se lo dice Irasema Dilián en uno de sus escasos papeles no cursis que interpretó para el cine mexicano, a Carlos Navarro, en uno de los muchos papeles que no logra sacar a flote en su larga carrera como galán, en uno de los cuatro episodios de Historia de un abrigo de mink, de Emilio Gómez Muriel; en ella interpreta a una científica que, por ello, por inteligente, por llamarse Camila y por usar anteojos, se supone que es fea; cuando escucha a Navarro describirla como una doctora Jekyll que no por quitarse los anteojos y rizarse el cabello dejará de ser fea; de pronto se le aparece sin lentes (sin tropezarse, y pronunciando fórmulas químicas de manera sensual) y con el pelo rizado (chino, se decía entonces) y lo seduce; él le pide matrimonio, ella accede, pero aparece para la ceremonia con el pelo lacio, sin peinar, con antiparras toscas y con un vestido que no resalta sus atractivos físicos (de hecho no los muestra más que en Un minuto de bondad, donde posa, para el escultor Luis Beristáin, en minifalda que semeja vestimenta griega, donde deja al aire las piernas y, si uno se fija bien, unos milímetros del glúteo izquierdo, pero ni por ésas excita al villano Beristáin, ni menos al otro villano Carlos López Moctezuma, que se porta con lascivia con sólo ver a Lilia Prado mover las caderas de manera inocente en Pata de Palo; y en Angélica el espectador puede ver cómo Angélica DIlián no ve pero siente cómo Navarro —constante galán suyo en varias cintas— desliza su mano de la cintura hacia sus glúteos, gesto que ella aprueba con una sonrisa y una mirada más bien desangelada).
                En esa cinta las protagonistas de cada una de las cuatro historias muestran arquetipos femeninos: la patita fea que inesperadamente se convierte en belleza; la arribista que se aprovecha de las bajas pasiones que despierta en nosotros, los faunos; la esposa que ya no estimula al marido y decide serle infiel, aunque para tranquilidad de los espectadores, lo hace con el mismo marido, y la prostituta inocente y virginal víctima de las circunstancias.
                La más apaleada es la segunda, interpretada por la muy erótica Columba Domínguez, quien para convencer al millonario llevado por las tentaciones, de que le regale el abrigo de mink ya de segunda mano, se presenta a una cena sólo vestida con el dicho abrigo, sin nada debajo; el depravado millonario accede a regalarle el abrigo pero aclara que le sale barato, porque estaba dispuesto a proponerle matrimonio, fíjate nada más, pero ya que ella le ofrece una solución más económica, se abstiene de hacerla su esposa. Domínguez actúa de manera convincente, pero es superada en actuación por el magnífico José María Linares Rivas, a quien no le costaba trabajo hacer gesto de lascivo.
                Ese personaje, Dora, de Domínguez, cabe en uno de los ejemplos que pone Arthur Schopenhauer de la conducta femenina, cuya mayor ambición es atrapar un marido (tema por otra parte usado varias veces por la cinematografía mundial), y luego dedicarse a perder su juventud, su lozanía, su belleza y su atractivo. Schopenhauer no describe a las mujeres como tontas, sino como carentes de creatividad y de ambiciones, y cuya inteligencia sólo tiene un objetivo; describe, por otra parte, la peor situación que puede vivir un hombre: estar entre dos mujeres que se interesan por él: uno no se lo desea más que a su peor enemigo.

La vida es un ciclo que se repite varias veces, hasta en sus aspectos más inocuos: propaganda en muros, en radio y televisión y en prensa impresa, insiste en que todos los mexicanos tenemos algo de Roberto Gómez Bolaños sólo porque en ciertas situaciones repetimos alguna frase de alguno de sus personajes; se olvidan que los mexicanos tuvimos algo de David Silva, Gaspar Henaine, Manuel Palacios, Pedro Infante, Mauricio Garcés, en algún momento de nuestra historia: ¡¿Ah sí?!; Me es inclusive; Arroooz, Fíjate qué suave, Válgame Dios, Chipocludo, Ohhhhh, La cosa es calmada, Pura vida. Frases inmortales que sólo recordamos al ver algunas películas, así como olvidaremos las frases de Gómez Bolaños a menos que repitan sus programas eternamente.

Tres veces me han atropellado; las tres veces fue un ciclista. La primera debo haber tenido cinco o seis años, en la calle Huasteca, colonia Industrial; mi madre platicaba con alguna conocida, cuando un ciclista arriba de la banqueta me derribó; sangré de la frente; por fortuna estábamos junto a una farmacia, donde me pusieron alcohol, agua bendita u oxigenada, una gasa detenida con telas adhesivas, y me compraron algún dulce; la siguiente vez fue en 2007; esperaba en Mariano Escobedo transporte para ir a comer, cuando algún repartidor, en sentido contrario, sin avisar de su infracción, sin precaución, me golpeó el brazo derecho que extendí para hacerle la parada a un trolebús; el golpe fue muy duro, pero me aguanté porque los trolebuses son escasos, pasan con poca frecuencia, y si no lo abordaba en vez del 1.50 del pasaje tendría que pagar cuatro pesos del pesero.
                La tercera vez fue antier, martes 13, cuando quise cruzar Horacio por Euclides, aprovechando que algunos autos forzaron a que el complicado tránsito por Horacio se detuviera unos segundos; sentí un golpe, y vi que un ciclista en sentido contrario estaba por caerse; en vez de dejar que se cayera y arremeter contra él a golpes ayudé a que no se cayera, y reclamé, sin más que un reproche, que anduviera violando el reglamento de tránsito, como hace la mayoría de automovilistas, ciclistas rudimentarios o motorizados y, obligados, los peatones, que cruzamos como podemos y evadimos a los que andan en sentido contrario, sobre las banquetas, invadiendo cruces peatonales y sin respetar las órdenes de los semáforos. Los peores son los ciclistas, sobre todo los motorizados, que con el pretexto de su vehículo rebasan donde no deben, transitan por donde tienen prohibido, provocan accidentes y luego se quejan.
                Al rato comenzaron los dolores; el atento médico me preguntó si soy alérgico a algún medicamento y dije que sólo a los inyectados; la medicina que me mandó me apendeja un tanto, lo que me impide andar solo por las calles, y a detenerme de donde pueda, sólo por evitar mareos que resulten peligrosos. Una vez más creo que si ésos son los resultados de sus gestiones, una presidencia a cargo del doctor Mancera resultaría la más endeble e ineficaz desde los tiempos de Manuel González (¿alguien lo recuerda? Fue quien se puso a buscar en varios cajones al pendejo que creyera que su compadre no deseaba volver a ser presidente).

Las maledicencias sobre el premio Nobel de Literatura a Robert Zimmerman nos lleva, a mi amigo Sergio Romano y a mí, a decir que este año nos reivindicamos con la Academia Sueca, pero repetimos, sin ampliar, el número de grandes autores que no recibieron el premio, comenzando por Leon Tólstoy, pero con una larga lista: los llamados tres grandes del siglo: Proust, Joyce y Kafka, pero no podemos dejar de reprochar que otros tampoco fueron recipiendarios: Joseph Conrad, Ford Maddox Ford (el autor de la novela más perversa: El buen soldado), EM Forster, Thornton Wilder, Robert Graves, Norman Mailer, Jorge Luis Borges, Allan Sillitoe, Evelyn Waugh; otras injusticias: al premiar al excelente Vicente Aleixandre se premió a toda una generación, la del 27, pero fue, aun con su excelencia, menos vital y menos político que otros tan buenos, cuando menos, que él: Jorge Guillén, Federico García Lorca, Rafael Alberti, Luis Cernuda; al premiar a Claude Simon también se premió al menos combativo, menos radical, de la nouveau roman: Butor, Robbe-Grillet, Duras. Cuando menos, premiaron a Doris Lessing.
                Entre Los Nuestros, por rememorar un título memorable pero ya olvidado, los suecos quedaron en deuda, no sólo por Borges, también por Julio Cortázar, Carlos Fuentes, José Emilio Pacheco; y desde luego, ni pensaron en Rubén Darío, Alfonso Reyes, Enrique González Martínez. Alguien dijo que era más honor no haberlo obtenido que ganarlo, aunque desde luego nadie duda de la calidad de Böll, Grass, Faulkner, Scott Fitzgerald, Steinbeck, pero a poco no Joseph Roth lo merecía.
                A veces  se nos olvida que el propósito del premio era alentar, más que reconocer; así, se explica que Thomas Mann  lo haya recibido a los 54 años de edad, y con la mención específica como autor de Los Buddenbrook y no por La montaña mágica, que era la que todos conocíamos, y siguió escribiendo hasta más allá de los 80 años, con obras magníficas; Los Buddenbrook fue opacada, injustamente, por obras más populares, como Muerte en Venecia, Félix Krull, Doctor Faustus (un tanto ilegible) y otras, como la magistral José y sus hermanos.
                Para muchos, Fuentes no estuvo a la altura, pero me atrevo a una hipótesis, que me planteó Fausto Vega y Gómez: con Cambio de piel se puso al frente de toda la narrativa mexicana, y con Terra Nostra se puso al par de sus competidores de todo el mundo, pero ya muy lejos de los mexicanos; ahora no podemos leerlo con la misma frescura con que abordamos al releer La región más transparente, La muerte de Artemio Cruz, Aura y otras, pero no es culpa de Fuentes, es nuestra. Con cada novela crecía más y más.

Por varios y diferentes motivos se habla mucho de Elena Garro; entre otras cosas, afirman que es precursora del realismo mágico. ¿De veras es anterior a Carpentier —otro olvidado por la academia sueca— y que Arturo Uslar Pietri? No se miden. Por cierto, ¿alguien recordará el premio que le dieron en el número final de 1968 en La Cultura en México?

Cuando falleció Parménides García Saldaña, ante los elogios que le prodigaban en suplementos y revistas culturales, Horacio Rodríguez exclamó: “ahora resulta que se murió Joyce”. Por estas fechas recuerdo mucho esa expresión, y casi por los mismos motivos.

Un nuevo libro firmado por Guadalupe Loaeza y Pavel Granados maborda el tema de los amores de Amado Nervo con la amada inmóvil y con la hija de ésta. Lo dije yo primero, como decía Topo Giggio.

jueves, 24 de noviembre de 2016

Hillary, no nos desaires, la gente lo va a notar; la culpa es de las mujeres; Dostoievski kafkiano

No busco disminuir el acto ni menos las reacciones, pero lo sucedido en los últimos meses nos hacen ver que los hechos se repiten o, como dijo el gran clásico ahora poco (o nada) leído, suceden dos veces, primero como tragedia y después como plagio desventurado.
                Hablo de lo que recuerdo, aunque cada generación ha vivido esto: en mi postadolescencia, por influencia de los roqueros, en especial de los Beatles, nos dejamos crecer el cabello; para furia de los maestros, los padres y los peluqueros, traíamos melena, bigotes a la Javier Solís que pensábamos que del Sargento Pimienta, patillas hasta debajo de las orejas, o de plano barbas; Arturo Valdés Olmedo dijo un poco después que cualquiera de nuestra generación que trajera casquete corto era culero; estuve de acuerdo, y sigo trayendo el cabello largo pese a que Luis, el peluquero, cada dos meses intenta convencerme de que lo visite cada 15 días, que es como acostumbra la mayoría de sus clientes. Antes, la cola de pato, los copetes de los primeros roqueros, el envaselinado de los pachucos y de los tarzanes fueron igualmente acosados y criticados.
                Los padres exclamaron durante meses, si no es que años: si yo fuera el presidente los agarraba, los rapaba, les bajaba los pantalones, los cureaba, y los ponía a barrer las banquetas (o a pavimentar las calles).
                Así reaccionó Donald Trump (¿alguien recuerda ahora que tuvimos un candidato llamado Donaldo?) cuando un mexicano ganó un Oscar por alguna película que le celebraron como si fuera buena (talacheros, les llama Jorge Ayala Blanco a los mexicanos que renunciaron a sus creaciones para hacer las películas que ni los peores directores gringos quieren  hacer); hizo berrinche y dijo lo que los padres de jóvenes de los años sesenta y setenta: si yo fuera presidente los corría a todos, porque sólo son drogadictos, narcotraficantes, violadores. El problema fue que él sí tenía poder, y ante el reto de a ver, hazlo, se lanzó a lo loco; el problema es que no sólo él piensa que los inmigrantes le quitan el trabajo a los estadounidenses, que muchos son vagos, pandilleros, violadores, drogadictos, y que la droga que entorpece la mente de los jóvenes gringos llega de México, sin ver que si llega es porque la compran y la piden (y apenas disimulan que el mismo día que Trump es nombrado presidente electo —¿sabrán la diferencia entre electo y elegido?— legalizan la mariguana con fines recreativos en varios estados gringos); y los muchos que piensan que los greasers son una calamidad apoyaron  una candidatura que era más una puya que realidad. Y pasó lo que temían todos: ganó, y ahora no sabe qué hacer.
                (Un amigo de la postadolescencia se enamoró, o infatuó, de Georgina, una muchacha sencilla y bonita de la prepa; la atosigó varios meses y de vez en cuando, con una frecuencia semanal, luego de platicar largo rato, cuando se despedían, le preguntaba, como muletilla, que si quería ser su novia; la primera vez ella se atarantó, se aturdió, y dijo automáticamente que no; me lo contó y cuando le pregunté por qué lo rechazaba, contestó que no sabía; pero él insistió cerca de un centenar de veces; una noche, mientras oíamos discos y tomábamos cerveza, le preguntamos qué haría si alguna de esas veces ella le decía que sí; se quedó callado unos segundos, hizo cara de alarma, y exclamó: ¡en la madre, no sé! No, mejor que me siga rechazando. En estos momentos Trump podría estar pensando, luego de que le pase el mareo del triunfo, ¡en la madre, ahora qué hago!)
                Lo curioso es que aquí reaccionamos con indignación digna de mejor causa; apenas notamos que iba atemperando el discurso, y que insistía en las calificaciones y descalificaciones y en sus promesas absurdas sólo porque era el motivo por el que se había lanzado a la candidatura; si decía que el muro es impensable lo iban a matar (una frase así, una muletilla común en ciertas regiones mexicanas, le costó un linchamiento moral a mi amigo Sergio Romano), e iba a perder el furor de sus seguidores. Trump dijo que era no un político sino un empresario, y como tal gobernaría; sus seguidores, a los que sí cabe llamarles fanáticos, le daban la razón: si el país está mal es por culpa de los políticos, mejor que la maneje como una empresa. Y se olvidan que se ha ido a la quiebra tres veces; y ni siquiera por mal administrador, sino porque cede a las bajas pasiones, que es lo que decía Arthur Schopenhauer que perdía a las mujeres, más el instinto erótico que el raciocinio; ¿qué va a suceder si lo tientan algunas mujeres? Como su antecesor Bill Clinton, no es alguien que siga el consejo del clásico, que la verdadera valentía consiste en huir; lo han sorprendido varias veces mirando las tambochas y las montañas de cuanta mujer se le pone enfrente, voluntaria o involuntariamente; han escuchado que dice de ellas lo que dice un magistrado (bueno, ex) del Tribunal Electoral del Poder Ejecutivo Judicial de la Federación, que algunas mujeres están bien buenas y que tienen unas nalgas exquisitas y que no es por eso que deben llegar a puestos altos en empresas o en oficinas gubernamentales (o como dice el refrán: busca a la mujer por lo que valga y no sólo por sus atributos físicos traseros exuberantes y bien construidos —sólo que en verso), y que es lo que dicen Pedro Infante, Jorge Negrete, Germán Valdés, Mauricio Garcés y Jim Morrison, entre otros muchos. Y lo hizo Bill Clinton.
                Trump no sabe gobernar; sus paisanos deberían aprende en cabeza ajena: ya saben, o deberían de saber, que no es lo mismo gobernar un país que administrar una gerencia regional de una refresquera.

¿Ganó Trump o perdió Hillary? Pocos analistas lo dijeron, pero algunos vieron que era tan peligrosa para México como pensaban que sería Trump; tenía la simpatía de varias secciones de la sociedad de su país, y sobre todo de artistas, actores, directores, escritores mexicanos, que tenemos impedidos de meternos en la política de otros países, por mandato constitucional; obviamos que no pudo refutar a Trump sus opiniones sobre el TLC, que prefirió atacar antes que explicar cuáles serían las acciones de su gobierno, si el voto la favorecía (por cierto, ¿no sería bueno que fueran adoptando el sistema del sufragio efectivo, ese método que la mayoría de los mexicanos ignoran en qué consiste, y sólo piensan que se trata de respetar la voluntad de los electores?); cuando Trump dijo que Bill también era mujeriego ella se quedó callada, cuando pudo haber dicho que sí, que era débil y sentimental, pero que su infidelidad no era deslealtad ni traición, y que pese a las viejas (habrán de perdonar, pero así le dicen ellas mismas a las que asedian a los ajenos y se conforman con el papel de segundos frentes) gobernó el país con mano firme, y ayudó en mucho a que crisis ajenas llegaran con fuerza a Estados Unidos. Su campaña fue tan populista como la de Trump y de otros a los que conocí y que sigo conociendo; varios errores la hundieron; el primero, prescindir de Sanders, político mucho más sabio que ella, y con mucho potencial para hacer reformas que beneficien en serio a los marginados; después, tan importante, hacer a un lado a su marido, haciendo caso a las consejas de que ella es más inteligente que él; y definitivo, desairar la invitación del gobierno mexicano; perdió bastantes puntos, que no pudo recuperar; entre otras cosas, ignora, como todos sus paisanos, nuestra idiosincrasia: somos muy séntidos y no perdonamos; a Rosita Alvírez desairar a Hipólito le costó tres balazos aunque por fortuna sólo uno de ellos era de muerte; se desaira no por mala educación sino por no incitar a los niños a que se inicien temprano en vicios indeseables; no se desaira a un pueblo ansioso de apapachos; no se desaira a un político que le abría la posibilidad de mostrar que nos respeta y nos considera, y perdió la oportunidad de ridiculizar a su rival; ¿no se dio cuenta de eso cuando Enrique Peña Nieto no la buscó en un viaje posterior?
                Que haya perdido no asombra, los juicios electorales son volátiles; lo que asombra es que haya perdido en bastiones en los que el Partido Demócrata nunca había perdido. ¿Con qué cara va a explicarle a Bill todos sus errores? Lo peor es que sufriremos las consecuencias, no porque Trump vaya a construir ningún muro, ni porque vaya a robarse las remesas, ni porque quiera obligar a los grandes emporios a que se regresen a un Estados Unidos sin fuerza laboral respetable, ni porque vaya a declarar la guerra a México ni a China ni a Japón ni a Inglaterra ni porque vaya a aliarse con una Rusia disminuida y ansiosa de adquirir el petróleo mexicano que Trump no quiera comprar. Vamos a sufrir las consecuencias no de sus bravatas sino de sus torpezas. A ver si no quieren venir los gringos a México, a que los acojamos.

Rosario Robles, que ya antes quiso ser presidenta, aconseja prohibir las clases de macramé y eliminar los cursos para cultoras de belleza (porque cree que ya nadie se maquilla ni para las fiestas y los únicos que se hacen maniquiur y pediquiur son los hombres), y que mejor tomen clases de economía. ¿Para qué recalcar en la estulticia?, mejor que lea a Gabriel Zaid; mejor, que se lo platiquen. O que se lo expliquen, aunque sea varias veces hasta que diga que lo entendió. Y que tenga siempre presente que ella perdió sus oportunidades en la dizque izquierda a causa de las bajas pasiones.

La trata de blancas es un mal que impide el completo desarrollo de la sociedad mexicana; las historias que relata Héctor de Mauleón son estremecedoras, y en ellas acusa a las autoridades de una delegación desgobernada, como todo el Distrito Federal , por la dizque izquierda, que no pone atención en lo que sucede en sus territorios; unas postadolescentes quisieron ir a bailar a un sitio que tiene fama de tranquilo, con buen sabor y buena música; a una de ellas, eficaz como funcionaria, se le ocurrió llamar para que reservaran sitio para las cuatro o cinco que iban a ir; ¿cuántos hombres vienen?, preguntaron; ninguno, vamos a oír música y bailamos entre nosotras. Imposible, tiene que venir un hombre; a lo mejor llega mi novio, pero más tarde; imposible, le dijeron, no pueden venir mujeres solas porque si las sacan a bailar algunos clientes, las ficheras se ponen celosas.
                ¿Morayta, Díaz Morales, El Indio Fernández, Tito Gout, Ernesto Cortázar, hubieran imaginado un diálogo así? En Pecado, de Luis César Amadori, la rica aristócrata Zully Moreno acepta ir a un cabaret nomás pa’ ver qué se siente, y cae víctima de las bajas pasiones como Clinton, Trump y Robles, se enamora de Roberto Cañedo y se pierde para siempre, pero no la acosan las ficheras de verdad, que en otras cintas pueden rivalizar con la heroína del melodrama (una poco atractiva aunque no fea Marga López), o pelear por Rodolfo Acosta o por Luis Aceves Castañeda, pero no se ponen celosas de las fufurufas. El único que pudo haber imaginado esa situación fue el sobrevalorado Orol, pero era digno de un argumento de Álvaro Custodio.
                Ese tugurio  se encuentra en la colonia Roma, territorio de Ricardo Monreal, ex priísta y ex perredista, que se ha visto envuelto en escándalos de los que sale no sin mancha pero sospechoso cuando menos de encubrir, y candidato a gobernar el DF; cada vez que se habla de la delincuencia, del tráfico de drogas y de la violencia en su territorio, Monreal hace promesas y promesas y nada; ¿sabrá del caso de las ficheras celosas?
Viene al caso un nada lejano comercial en que unos calenturientos turistas mexicanos en Las Vegas se le avientan, en un champurrado poco original, a tres mujeres que contestan como turistas en busca de turistas, y que insinúan cariñitos de un instante y no volverse a ver, que nada tiene que ver con la defensa de la dignidad de la mujer. Y a propósito, otro comercial dice que un hombre no puede hacer insinuaciones sexuales a una mujer, sin su consentimiento. Si tiene su consentimiento, ya no son insinuaciones.

Luego de todos estos sucesos vistos de lejos a causa de un resfriado, curioso porque el único atisbo de fiebre lo provoqué por abusar de artificios caloríferos, lo único que pude leer fue una compilación de frases de Schopenhauer sobre el trato con las mujeres, un magistral acopio de quejas masculinas, por Thurber, el olvidado, y un Dostoievski que parece Kafka.


(Aclaro que algunas de las ideas coinciden con muchas expresadas por Fray Luis de León, Karl Marx, Carlos Monsiváis, Lucha Reyes, Pedro Infante, Germán Valdés, Rubén Fuentes y Gonzalo Curiel; más grave: ninguna palabra aquí empleada es original, las he leído en periódicos, revistas, libros, diccionarios y en redes electrónicas; los buenos lectores sabrán cuáles son las ideas referidas, que no calcadas, los poemas y las canciones citadas, las sentencias inspiradoras, pero ninguna es textual, y entrecomillar cada palabra iba a distraer a los posibles lectores. Han dicho.) 

martes, 25 de octubre de 2016

Del América, de minifaldas repremidas, de plagios

Hace algunos meses sostuve un breve intercambio de experiencias con mi amigo Enrique Krauze, un autor al que admiro aunque muchas veces difiero de él, en conceptos o en minucias, sobre el deporte mexicano. Me forzó a escribir con mucho cuidado y a reforzar la memoria.
                Ahora vuelvo a escribir sobre el futbol soccer, que cada vez me gusta menos por muchas razones. Otra vez por causa suya.

De las muchas influencias que he recibido, entre las primeras, además de las familiares, en especial de mis tíos Enrique (por él entendí el  futbol americano, por él me aficioné a los cómics y a las fotografías de las vedettes que adornaban la primera página de Cine Mundial), Pepe (cuando me río descubro que lo hago igual que él, que miro a las mujeres como él lo hacía, y en los últimos años vi con azoro que su sentido del humor me lo legó sin darse cuenta), hubo dos compañeros que fueron determinantes para mis aficiones durante la mayor parte de mi vida: Humberto Huerta, quien entró a la escuela primaria M-521 (tan pobre que ni nombre tenía, sino a partir de ese 1960, el del director Teodoro Montiel López)  cuando pasamos a quinto año. Humberto me mostró los secretos que no develaban los cronistas que menciona Krauze en el prólogo del libro conmemorativo  por los cien años del equipo América.
                Por Humberto me aprendí  las alineaciones de casi todos los equipos de aquellos años, y también fui seguidor del Club América; también, como Krauze, tuve el escudo y un banderín, comprados con rebaja en una tienda de deportes que ya no existe en Ayuntamiento, frente a la W. Por Humberto fui fanático, en el peor sentido de la palabra; es decir, no me detuve a admirar a los jugadores de los otros equipos, sino hasta muchos años después, en retrospectiva: los necaxistas Jorge Morelos, Tomás Reinoso, Jaime Salazar, el Cuate Benjamín Fall, Domingo de la Mora, el Charro Carlos Lara (argentino, delantero antes de Zacatepec),el Diablo Benhumea, Pedro Dellacha, el Chato (o el Zurdo) Ortiz, Alberto Evaristo; los guadalajareños Jaime Gómez, Jaime Chaires, Jaime Sepúlveda, Jaimaicón –sobrenombre ahora incorrecto— Villegas, Pancho Flores, Jasso, Díaz, Reyes, Mellone Gutiérrez, Héctor, Sabás Ponce, la Pina Arellano; los del Zacatepec, Coruco Díaz, Nene Piña, Raúl Cárdenas (los tres, americanistas honorarios, refuerzos en partidos de los pentagonales y los hexagonales, no citados en el volumen; el último, pareja de Pedro Nájera en la Selección Mexicana); o a algunos jugadores de otros equipos, como el Manco Villalón y el portero Manuel Tello del Morelia, el Churumbel  Mario Rey del Irapuato; Roberto Rolando del Tampico; Magdaleno Mercado (nuestro primer Pata Bendita) del Monterrey.
                No justifico, explico mi fanatismo por mi edad; Humberto, seguidor también del América, me ilustraba camino a casa, cuando nos deteníamos en las malteadas de la Calzada de Guadalupe, cuyo dueño español era seguidor del Guadalajara, pero nos prestó su directorio telefónico para buscar el número de Walter Ormeño, sin encontrarlo (años después, Carlos Monsiváis me dijo que buscara su número: sólo somos cuatro Monsiváis). Humberto vivía en la calle de Fortaleza, y la mitad de las tardes de ese 1960 hice la tarea en su casa, en los intermedios de nuestra práctica de penalties, en los que siempre me vencía. Pero me contagió de su admiración por Nájera, el Güero Jasso, el Gato Lemus.
                Desde 1959 hasta 1965 fui seguidor fanático del América; como buen borgeano, dejó de ser mi favorito cuando ganó el campeonato de la Liga Mexicana de Futbol; admiré al Cruz Azul por Marín, Sánchez Galindo, Victorino, Quintano, Bustos (¿en qué se parecía ese equipo a Fanny Cano? En que sin Bustos no hacía nada); o al Atlante del hermano de mi compañero Desachy, también vecino de Fortaleza.
                De cualquier manera en 1962 conocí a otra influencia temprana: Cuauhtémoc Valdés Olmedo, quien me contagió su entusiasmo por el beisbol, que hasta hace tres o cuatro años era mi deporte favorito: aficionado de Diablos Rojos, combatía mi afición por Tigres, afición que se cayó por culpa del despotismo de Alejo Peralta: no sé qué piense al respecto mi amigo Krauze, pero creo que el deporte debe ser visto, además de la perspectiva de competencia, bajo la óptica de la política, la sociología, la economía y la historia, por supuesto. Por ejemplo, la Serie Mundial de este año verá rota una de dos maldiciones: la de la cabra (demoníaca) o la de Rocky Colavito, que no la dijo él sino los forofos del jonronero. Por culpa de Alejo dejé de seguir el beisbol mexicano, aunque Diego tomó la estafeta.
                Enrique Krauze, en un cálido prólogo, cuenta que le va al América desde que era niño; pero mientras sus ligas han sido con Cañedo, los Azcárraga, los directivos, yo tuve amistad con el Tigre Gómez, platiqué tres o cuatro horas, al compás del coñac, con Mario Pavés, gracias al editor argentino Justo Molachino; tuve cercanía con los tíos de Miguel Barberena, breve amistad con Borbolla, una velada larguísima en El Horreo con uno de los porteros emblemáticos del equipo, y entrevisté, con Refugio Melchor, al brasileño Arlindo, en un desayuno que duró seis horas, y a quien hicimos emocionarse y conmoverse; a él le di la noticia de la muerte del Tigre Gómez. De lejos, comimos en el mismo restaurante argentino al mismo tiempo que Walter Ormeño, quien saludaba a los comensales con una leve inclinación de cabeza, y fui vecino de Rosa y Guillermina Salazar, sobrinas o primas de Jaime Salazar. 

Vi con entusiasmo el libro conmemorativo de los primeros cien años del América; aunque repito que ya no me gusta este deporte, recordé a Humberto Huerta, a Desachy, a mis compañeros de quinto y sexto año; muchos juegos que oí por la 590 los domingos, y que me aficioné a los periódicos por seguir los resultados de las jornadas semanales (La Afición era un estupendo periódico, entonces). Recordé cuando comenzaron las transmisiones televisivas, y el Jarrito de Oro que casi siempre ganaba América; los jugadores de los que fui testigo de su debut, y de gran parte de mi vida.
                El libro me desilusionó (sólo tengo el primer tomo; el segundo, si sigue el orden cronológico, no me interesa); luego del prólogo de Krauze no se mantiene el lenguaje épico, la recreación histórica es paupérrima, no hay anécdotas trágicas (como las bellas hermanas porristas que sufrieron quemaduras en cuerpo y rostro cuando estallaron unos globos de gas en una ceremonia antes de un partido), políticas (se habla de la inauguración del Estadio Azteca, sin mencionar que ese día el presidente Díaz Ordaz se llevó una mentada de madre de parte de los 110,000 espectadores, porque llegó con casi dos horas de retraso, según un relato muy sabroso de Ricardo Garibay, quien aseguraba que a consecuencia de eso cayó, poco días después, el regente de Hierro Ernesto P. Uruchurtu), cómicas (como el día en que Javier Fragoso, en su primer partido contra su América, le anotó tres goles y después del tercero le hizo, frente a las cámaras televisivas, la roqueseñal a Nájera, Gril, Roca y Hernández, años antes de que la patentara Roque Villanueva; o cuando uno de los entrenadores del América escuchó atento la detección de las fallas de su equipo, aceptó nuestra asesoría, y sufrió la goleada más grave en 15 años; o cuando debutó Alfredo del Águila, precisamente contra su exToluca, con un autogol, que celebró Sergio Corona cantando “Crema batida” –canción entonces de moda— y  afirmando que Del Águila no había cambiado de equipo; los apodos aplastantes, como “El Gusano” a Cuauhtémoc Blanco, “Lulú” a Lalo Pálmer, de quien decían que le faltaban riñones –véase el Diccionario secreto de Camilo José Cela) o frívolas (los romances de Carlos Reynoso con Verónica Castro y de Hugo Enrique Kiesse con Estrellita).
                Por desgracia, si estas narraciones no mantienen un tono épico se vuelven aburridas; e ingratas: no hay menciones a puntales del equipo, sin los cuales no hubiera habido bases, como Carlos Calderón de la Barca, el Tigre Gómez, Mario Ayala (después, estrella en León), Ángel Shandley, apenas mencionado en un pie de foto, pero que fue uno de los jugadores más finos de nuestro futbol; apenas una mención al Pájaro Enrique Huerta (a quien también entrevistamos Refugio y yo para El Financiero), tan chaparro como Toño Mota pero igualmente confiable; era el suplente de Ormeño cuando el peruano golpeó a un árbitro, Felipe o Fernando Buergos (no Ledesma, como dice el libro), a consecuencia de lo cual fue suspendido un año, lo mismo que el entrenador Fernando Marcos; tampoco se dice que fue entonces cuando regresó al equipo Manuel Camacho, uno de los tres mejores porteros mexicanos de la antigüedad, y quien estorbaba en el Toluca, que estaba por recibir a Florentino López, seguramente el mejor portero que ha jugado en México y al que equiparaban con Yashin); tampoco se menciona al Curro Buendía, y de Roland Martell, que su paso vertiginoso fue efímero; tampoco se menciona al Tico Soto; ni a Javan, que sólo jugó unos cuantos partidos antes de emigrar al Atlas, a los que decían (ahora lo aprobaría la Gay Friend Citty) las Margaritas (y no por malinchistas).
                Además de la tibieza y cierta densidad de los redactores, hay errores graves: a Lalo Pálmer se le adjudican tres nombres: ése, Eduardo González Pálmer y Eduardo Gutiérrez Pálmer; de Jorge Iniestra se dice que fue al mismo tiempo portero y centro delantero; varias veces escriben Pavez en vez de Pavés; dicen que algunos jugadores eran medios, cuando en esa época, del 3-2-5 eran interiores; a los extremos se les decía alas, como lo fue Pepín González, no centro delantero como se dice en el pie de foto respectivo; dicen que Moacyr fue medio defensivo, cuando era interior derecho, es decir, delantero; de Juan Bosco se dice que era defensa central, puesto que ocupaba el Pescado Portugal; y por cierto, se abstienen de decir los apellidos de Juan Bosco, llamado así por San Juan Bosco (Martínez: el defensa, no el santo), y no dicen que sus saques de banda eran más peligrosos que los corners del Coco Gómez; hablan bastante de Vavá, pero no que era conocido como “el compadre de Pelé”; una mención al paso, de parte de Krauze, de Ángel Fernández, no es completada en la narración de que era el “Angelgrito” el locutor oficial de Televicentro en los juegos del América, junto al exmedio, exentrenador del América y de la Selección Nacional y exárbitro Fernando Marcos (antecesor en ambos puestos de Ignacio Trelles), quien nunca perdonó que lo señalaran como el árbitro culpable de la lesión a Horacio Casarín (se pasó la vida desmintiendo que a consecuencia de la falta y de la omisión al castigo se haya provocado el incendio del parque Asturias); no se dice ni se explica, y sería bueno que se hiciera, que el equipo favorito de Marcos fuera el Toluca y de Fernández el Necaxa; peor, que el deporte favorito de Fernández (quien me distinguió con su amistad y con su admiración  [lo puso por escrito] por mi trabajo) era el beisbol, de donde lo relegaron.
                Tres apuntes más: el libro está lleno de fotografías, casi todas malas, porque es un deporte que no se presta a la expresión gráfica (que ahora la prefieren los nuevos editores, muy por encima de la precisión del texto), a menos que sean fotografías de los “vuelos” de los porteros, cada vez menos frecuentes; el exceso de fotografías oculta pero no borra las erratas, los errores y la redacción gris; grandes fotografías actuales de los exjugadores, varios de ellos menores que yo por diez o 15 años, muestran que el deporte envejece prematuramente a sus héroes (aunque si nos atenemos a la acepción original de héroe, es decir, el que hace trabajos majestuosos y sacrifica su vida por una causa, el último héroe auténtico del futbol mexicano fue Ataulfo Sánchez, quien liquidó su carrera por darle el campeonato al América en 1965, junto al solitario Zague, quien anotaba sin ayuda de sus compañeros, ni siquiera del Coco Gómez).
                El último apunte: Krauze dice que “le va al América”; desde hace años, cuando prohibí que al menos en horas de trabajo los reporteros de deportes de El Financiero “le fueran” a algún equipo, comencé a preguntar qué quiere decir “irle”, “le voy a”, en vez de “tener un favorito”; luego de pensar mucho, descubrí que “le iba” al América contra don Manuel Arellano, hermano del Cuate Arellano, eterno suplente de El Fumanchú Reynoso en el Necaxa, gran amigo del Cuate Benjamín Fall, y a quien solo alineaban cuando Reynoso estaba lesionado, es decir, casi nunca; don Manuel, el carnicero de mi rumbo de la infancia, me contaba cómo los coequiperos de su hermano lo boicoteaban, no le daban pases, o dejaban pasar los suyos; allí comenzó mi desconfianza en ese deporte; don Manuel era forofo del Toluca, y me apostaba un peso en los juegos de su favorito contra el mío; casi siempre me ganaba; pero esa apuesta era eso: le iba con un peso (una fortuna para un  niño, para esa época, y más en situación de precariedad) a que ganaba el América; cuando entendí que no estaba en mí que ganara mi equipo, dejé de irle; ahora no entiendo esa expresión, a menos que describa una apuesta.

¿Quién entiende a las mujeres? Don Juan Ruiz de Alarcón se pregunta en alguna parte (lo sé, y me sé la obra de memoria) que “qué es lo que más condenamos en la mujer. ¿El ser de inconstante parecer? Nosotros las enseñamos que el hombre que llega a estar del ciego dios más herido no deja de estar perdido por el troppo varïar; ¿tener al dinero amor? Es cosa de muy buen gusto, o tire una piedra el justo que no caiga en este error; ¿ser duras? ¿Qué nos quejamos, si todos somos extremos? ¿Difícil? Lo aborrecemos y fácil no lo estimamos…”; claro, antes dice que “el primero padre quiso más perder el paraíso que enojar a una mujer. Y era su mujer, ¿Qué hiciera si no lo fuese? Y no había más hombre que él, qué sería si con otro irse pudiera; porque con la competencia cobra gran fuerza Cupido…"
                Una de las grandes científicas mexicanas, Mayra de la Torre, suele o solía presentarse con minifalda en el laboratorio, aunque tenía que subir a grandes alturas; la directora María Novaro, en una filmación, ordenó que actrices, técnicas, maquillistas, se presentaran de minifalda, para que los hombres de la película no desviaran la mirada lúbrica hacia las piernas de una sola, y las miraran con naturalidad. En oficinas gubernamentales de Guanajuato o de Puebla o de ambas lograron quitar las órdenes de que se presentaran las empleadas de faldas largas y blusas cerradas, y en muchas escuelas de todo el mundo se consiguió que dejaran de expulsar a las alumnas minifalderas; desde hace mucho en las iglesias dejaron de prohibir la entrada a mujeres vestidas con pantalones o con faldas arriba de la rodilla (y sin velo, antes pecado venial, pero pecado); y ora resulta que una senadora perredista (el real socialismo es el más represor de los socialismos, y de otras doctrinas político-religiosas) pide que se expida una ley que ordene a las agencias que proporcionan azafatas y azafatos, que ya no les den uniformes atrevidos, faldas cortas y sobre todo escotes (¿y a los azafatos pantalones ceñidos?) que distraen  a los legisladores que están despiertos.
                Don Anastasio de Ochoa decía que una mujer puede toser en un templo, pero queda la duda de si tose por llamar la atención. No es el caso de las minifaldas, prenda que más que mostrar, proporcionaba libertad; si no de acción, de pensamiento. Fue conquista de una generación que peleaba más que los hombres, porque además debían combatir lo oportunista de sus compañeros, que con el pretexto de la liberación sexual pretendían coleccionar conquistas, ligues, fajes, acostones, como hacían los de las generaciones anteriores, que presumían: ¿cuántos hijos tienes? ¿En qué colonia? Las minifaldas de Jane Fonda, Twiggy, Elizabeth Montgomery, Carol Lynley, Pili y Mili, Macaria, Leticia Robles, Lucha Villa, Ali McGraw, Angélica María, Alma Muriel representaban una generación aguerrida, libérrima, exigente de una igualdad social, sexual, laboral, intelectual. Y una senadora de un partido que se cree de izquierda pide que retrocedan y se vuelvan sumisas, que no enseñen porque, ella cree, enseñan para vender. Que mejor se regresen a su casa, con sus hijos, como dice Héctor Suárez en Mecánica nacional, para que no las denigren: mejor la esclavitud a la libertad.
                Y para que más duela, comienzan algunos comerciales a decir que hay desodorantes para que los hombres vuelvan a ser hombres. Como si un olor lo definiera.

Un detractor me acusa de plagiar, nada menos que a don Eduardo Mejía; es como acusar a Vivaldi de, como dice Carpentier que dijo Stravinsky, escribir 400 veces el mismo concierto; a García Ponce de poner las mismas escenas con diferentes personajes; a Graham Greene de usar siempre la misma trama del acusado en falso, o a Agatha Christie de poner siempre al mayordomo como culpable de todos los crímenes, o a don Fernando Soler que haya hecho varias veces el papel de Cruz Treviño Martínez de la Garza. Y no, no cobro nada en este blog, ni siquiera tengo patrocinadores. Antes al contrario, dos célebres escritoras me han plagiado; la primera, el primer cuento que publiqué y, años más tarde, cuando lo reescribí modernizándolo, con más armas, mejor escrito y más pícaro, me acusó (en privado) de plagiarla; la otra hasta honores ganó.



viernes, 5 de agosto de 2016

Contemporáneos y otros accidentes

A partir de la República Restaurada los escritores comenzaron a agruparse por tendencias estéticas, políticas, éticas, aunque entre ellos hubiera rivalidades y hasta enfrentamientos, y a veces hasta rencores.
                Podría pensarse que, ya fuera de las similitudes políticas (progresistas, conservadores), la generación que se juntó en la Escuela Nacional Preparatoria en las fechas cercanas a la conmemoración del Centenario de la Independencia es el primer grupo formal, con paralelismo y tendencias similares; se le conoce como la generación del Ateneo, y es bastante más numerosa que la que por lo regular nombran estudiosos y catedráticos; cierto, tal vez los principales son los discípulos de Pedro Henríquez Ureña, escritor dominicano homónimo del que dio su nombre a una calle en la delegación Coyoacán (Pedro Enríquez Ureña), pero tiene miembros poco renombrados o reconocidos como de ese grupo: Alfonso Reyes, José Vasconcelos, Julio Torri, Martín Luis Guzmán, Enrique González Martínez, Rafael López, Roberto Argüelles Bringas, Eduardo Colín, Joaquín Méndez Rivas, Antonio Médiz Bolio, Alfonso Cravioto, Jesús Acevedo (¿el modelo de Don Chucho, el de México de mi recuerdos?), Diego Rivera, Roberto Montenegro, Manuel Ponce, Julián Carrillo, Carlos González Peña, Isidro Fabela, Manuel de la Parra, Mariano Silva y Aceves, Federico Mariscal, según el  recuento que hace Julián Hernández Luna en Conferencias del Ateneo de la Juventud. Hay que agregar la cercanía de los Caso, Antonio y Alfonso, aunque ellos son un poco posteriores.
                Claro que hay nombres que se repiten en otros grupos, porque tanto los Agoristas como los Estridentistas presumían de tener en sus filas a Diego Rivera y a Rafael López (éste no debe de haber estado contento: renegaba de ser recluido por cualquier grupo, y hasta se dio el lujo de rechazar el honor, entonces era un honor, de pertenecer a la Academia Mexicana de la Lengua).
                Un grupo apenas posterior, menos numeroso, el de los Siete Sabios, recluyó a políticos y funcionarios sobresalientes, y a un escritor que se dedicó a hacer encabronar a sus contemporáneos y a sus seguidores, y muchos investigadores actuales aún se indignan por sus comentarios, sus descalificaciones y aun por sus antologías (Antonio Castro Leal, a quien se deben, sin embargo, estimables ediciones de grandes poetas Modernistas); entre esos sabios estaban los hermanos Caso; contemporáneos de estos sabios brillaron en las letras y como funcionarios. Con una diferencia de edades mínima, la generación de 1915 completa las labores e intenciones de los Sabios.
                Pero la generación más renombrada es la de Contemporáneos, aunque no está bien definida, porque insisten en incluir en ella a Carlos Pellicer, poeta mayor, y que pertenece por edad al grupo, y tuvo afinidades y amistades con ellos, o con la mayoría, pero al que también le disgustaba ser catalogado; el grupo presumía de ser un “grupo sin grupo”, de soledades aisladas pero con muchas afinidades. El nombre lo recibieron, un poco a contracorriente de ellos, por la revista que fundaron, Contemporáneos, que era editada por un mecenas que no pertenecía ni al grupo ni a la generación, pero al que mucho le debe la cultura mexicana, Bernardo Gastélum, escritor apreciable aunque no a la altura de sus protegidos, y funcionario de varios gobiernos revolucionarios.
                El nombre de la revista se  debió a Jaime Torres Bodet, quien en publicaciones anteriores (Gladios, San-Ev-Ank) dio muestras de humor y gracia que poco se le reconocen; estuvo entre los editores, junto a Bernardo Ortiz de Montellano y Enrique González Rojo. Entre otros, además de ellos, incluyen en el grupo a Jorge Cuesta, Gilberto Owen, Salvador Novo, Xavier Villaurrutia, José Gorostiza; miembros menores, como Elías Nandino, Celestino Gorostiza, Samuel Ramos, Manuel Rodríguez Lozano, Antonieta Rivas Mercado (otra mecenas), Agustín Lazo, y algunos más insisten en nombrar junto a ellos a Rubén Salazar Mallén, a Carlos Chávez y a Rufino Tamayo, en sus etapas iniciales (alguna mujer preguntó, indignada, que cuándo un homenaje a  las contemporáneas). La ausencia más notable: Rodolfo Usigli.
                La revista, que aún puede conseguirse en su edición facsimilar editada por el Fondo de Cultura Económica cuando era dirigido por José Luis Martínez, fue excelente, pero no única; la generación, hecha en revistas, participó en las mencionadas Gladios y San-Ev-Ank, El Maestro, El Hijo Pródigo, Ulises; no todos colaboraban de manera consuetudinaria en Contemporáneos; Salvador Novo, por ejemplo, participó apenas en sus páginas. Una obra cumbre fue la Antología de la poesía mexicana moderna, en la que están incluidos todos ellos, aunque comenzaban a publicar; en ella hicieron juicios sumarios contra escritores respetados como Salvador Díaz Mirón, Amado Nervo (alguno otro, como Manuel Gutiérrez Nájera, fue juzgado al no ser incluido), y excluyeron a otros que ya eran populares en esos días; incluyeron a  Manuel  Maples Arce, el más respetado de un grupo antagónico, los Estridentistas (éste se vengó pocos años después en una antología donde los minimizó, aunque hubieron de reconocer, lugar común, que Pellicer y Novo hacían mejores poemas estridentistas que ellos; tuvieron reconocimiento en el extranjero, donde Borges los mencionó con respeto, y fueron ídolos de las generaciones iconoclastas de los años setenta y ochenta en México).
                Una generación posterior, la de Taller, se hizo eco de sus propuestas y tendencias, y se consideró su heredera; Paz hizo trabajos resaltando la poesía de Villaurrutia, el pensamiento de Cuesta, y en general de la revista. Igual respeto guardaron la Generación de Medio Siglo, y tuvieron estudios más lúcidos que generosos en Carlos Monsiváis y José Emilio Pacheco. Contemporáneo de éstos, Miguel Capistrán trabajó rescatando obras de Novo, y participó en el rescate de las obras de Cuesta, de Villaurrutia y de Celestino Gorostiza; los sobrevivientes le tuvieron afecto y le concedieron entrevistas reveladoras, simpáticas.

En estos momentos el Instituto Nacional de Bellas Artes (que dirigió Carlos Chávez, afín a los Contemporáneos, cuyos cimientos los estableció Gorostiza, los solidificó Novo –el verdadero director, decían—, dirigió sus obras allí Villaurrutia, y expusieron los pintores afines) monta una exposición con el nombre de ellos. Consta de fotografías, ninguna muy desconocida, exhiben algunas ediciones que presumen que son primeras, números sueltos de algunas revistas, cuadros de sus amigos pintores o retratos de ellos, fragmentos de algunas pocas películas con argumentos de alguno de ellos, y se dijo, pero no las vi ni las oí, canciones en las que participaron, como “Usted”, y “La cuenta perdida”.
                Desde que leí la nota en la sección que dirige Víctor Manuel Torres con humor y puntería, me asombré: “Usted” es de Gabriel Ruiz, compositor fino de música popular que en efecto musicalizó algún poema, o  mejor, le pidió a sus amigos poetas que compusieran canciones para que él le pusiera música, pero ninguna es muy estimable (tanto, que no las rescataron); “Usted”, que le atribuyen a Elías Nandino, en realidad es de José Antonio Rodríguez, Monís, y “La cuenta perdida”, que se llama “Cuenta perdida”, no utiliza un verso de Novo, es una canción que escribió Novo, no es un poema musicalizado, con música de Ramón de Flórez, el de los Violines Mágicos de Villafontana.
                Ya Pável Granados echó a perder la oportunidad de una buena antología de fin de siglo (XIX) confundiendo fechas, autores, mezclando géneros; pensé que la cercanía que tuvo después con Miguel Capistrán, quien no tenía buena opinión de él, enmendaría errores, pero no fue así.
                La exposición parece, más que de Contemporáneos, de la estimable biblioteca de Arturo Saucedo… Prestó Reflejos, de Villaurrutia, que me consta que no la tenía ni Capistrán, pero ponen algunos títulos de Alfonso Reyes, al que ellos no consideraban su maestro (preferían a Ramón López Velarde y a González Martínez, al que rindieron homenaje con “calcas” de algunos de sus poemas más conocidos), y exhiben un capítulo de Los de abajo, que ni siquiera es contemporáneo de ellos, más bien es de cuando eran infantes; lo que exhiben es un capítulo de la sexta edición; tienen cuadros de Diego Rivera, quien fue enemigo de algunos de ellos, al menos en privado, y los ridiculizó en algunos murales renombrados, y en uno de ellos los bautizó como “los anales”.
                Algunas de las ediciones más preciadas son de Carlos Pellicer, que se autoexcluyó del grupo, que por otra parte se dispersó cuando fueron enjuiciados por la publicación de un fragmento de novela de Salazar Mallén en una revista dirigida por Jorge Cuesta, Examen, que aunque fueron exonerados le costó el puesto a varios de ellos en la Secretaría de Educación Pública.
                Novo explicó muy bien la diferencia entre algunos de los miembros del grupo que ellos no reconocieron como grupo: algunos fueron protegidos por José Vasconcelos, otros por Genaro Estrada, y otros por Manuel Puig Casauranc.
                Obviamente, Contemporáneos es importante porque hay coincidencias en la estética, en la tendencia a desnacionalizar la cultura, en buscar horizontes en otros idiomas (incluso intentaron traducir Ulysses de Joyce y hasta nombraron con ese título una de sus revistas y un grupo de teatro que montaba obras contemporáneas); fueron acusados de extranjerizantes (gracias a eso fue el resurgimiento de la popularidad de Azuela, puesto como ejemplo de virilidad y hasta de machismo —pecados actuales—frente a la literatura de Contemporáneos; la rivalidad persistió hasta 1964, cuando en una obra de teatro, Diálogo de ilustres en la Rotonda, Novo hace decir a Mariano Azuela que no sabe hablar, y lo increpa José Juan Tablada: “¿tampoco leer? ¿Qué no te enseñaron en… el Colegio?” —mención irónica hacia El Colegio Nacional); su propuesta renovó la literatura mexicana, y entre ellos se defendieron aunque también se atacaron: las opiniones de Novo acerca de sus compañeros son poco amables, y hasta célebres algunos comentarios sobre Jaime Torres Bodet, alguno de los cuales debe haberle provocado carcajadas, pero otro le dolió hasta el alma, al grado de que en uno de sus últimos poemas se pregunta si, en efecto, tuvo biografía en vez de vida.

No intento negar la importancia del grupo; creo que ha habido otros que la minimizan y no reconocen el valor que tiene su obra; en defensa de Novo surgió la voz de Julio Torri, que sabía harto de poesía, y dijo que “frente a Novo poeta hasta Pellicer es de segunda”; demasiado fuerte, pero necesaria porque le restan calidad a Novo, en sus opiniones; devalúan la gigantesca obra de Pellicer y la dejan en unos cuantos momentos; creo, como decía Capistrán, que no todos son parejos aunque todos sean buenos. Lo que me asombra es la calidad de la exposición: si tienen a la mano, aunque sea en calidad de préstamo, varias bibliotecas bien nutridas, por qué hay tan pocas ediciones de Novo (falta Nuevo amor, Florido Laude, En defensa de lo usado, tienen la edición rústica de la Historia de la fiebre amarilla y la segunda de El sexo, el amor y los burdeles; tienen la segunda edición de Nostalgia de la muerte de Villaurrutia, y no tienen la original de Poesía y teatro de Xavier Villaurrutia; sólo tienen algo de Pellicer, raro, eso sí; hay poco de Owen y apenas un ejemplar de González Rojo. Hay mucho de Torres Bodet, pero muy al alcance de Donceles y de La Torre de Lulio). Además, muy mal expuesto: un libro y arribita, una fotografía, nada desconocida (salvo González Rojo, el más menospreciado de todos); los libros, alguno de ellos encuadernado, lo que podría hacer sospechar a los malpensados que puede ser encuadernación falsa; fotografías de grupo pero, insisto, nada que desconozcan los conocedores.
                No hay imaginación en la exposición, no hay humor, no hay comodidad, nada que refleje la cultura innegable de los responsables, nada que invite a leer a ese grupo, el más renombrado de la literatura mexicana.

Además de la inseguridad en las calles por el mal funcionamiento del reglamento de tránsito y su nula aplicación, hay otros síntomas más graves: los trenecitos han chocado con alarmante frecuencia: en el parque del Espejo en Polanco, en Pabellón Polanco, en el mismo bosque de Chapultepec (aunque no es el que tripuló Germán Valdés en El rey del barrio), en Aragón; ya ni en ese transporte puede haber confianza; sólo falta que en el trayecto asalten a los niños para quitarle los dulces.











lunes, 25 de julio de 2016

Una comedia de John Ford; AMLO recula; consejos para políticas; la mejor novela de Hornby

Para todo cinéfilo el nombre de John Ford es sagrado; autor de innúmeras obras maestras, hizo del western la épica moderna, según el dicho de Guillermo Cabrera Infante (de quien están publicando su obra completa y sus sobras, en ediciones carísimas). Poco puede agregarse a lo que han dicho el propio Cain –de pasada: nunca reseñó ningún filme de él—, Ayala Blanco, Peter Bogdanovich sobre todo, cuando mucho una lista de sus mejores cintas: La diligencia, El joven Lincoln, El último hurra, Los tres padrinos, Los buscadores, su trilogía sobre el ejército con las maravillosas actuaciones de John Wayne, Victor McLaglen, Pedro Armendáriz, Henry Fonda, Maureen O’Hara, Miguel Inclán; y luego la extraordinaria El hombre que mató a Liberty Valance, y la formidable El hombre quieto;  hay otras cintas que salen de su ámbito peculiar, que no suceden en el oeste sin perder su tono épico, y que muestran sentido del humor más del acostumbrado.
                Ford, como Shakespeare, sabía que nadie puede aguantar dos horas de pura tragedia, y en sus mayores dramas destensan la acción, y meten algunas escenas cómicas; en El ocaso de los cheyenes, en medio de la diáspora, de la caravana que llevará a los cheyenes a un refugio, y en el que una mártir deja su clase socioeconómica para unirse a los desposeídos, pasan por Tucson, donde Wyatt Earp debe atender un estallido de violencia, y para ello interrumpe una partida de poker; para evitar que le hagan trampa, pone su puro encima de las cartas; si se cae la ceniza, advierte, es que tocaron el mazo y entonces los ajusticiará; el nerviosismo de los otros jugadores es comiquísimo. Esa misma distensión es la que aparece en varias escenas de Romeo y Julieta, por ejemplo. En Escritos bajo el sol (Las alas de las águilas) la mayor parte del tiempo, un increíblemente ágil John Wayne, que al principio de la cinta baila de manera aceptable, se la pasa en cama, paralítico, sin síntomas de tragedia; en Bill, qué grande eres, la acción que pudiera parecer inverosímil presenta a un personaje que anhela ir a la guerra, pero su increíble puntería se lo impide; es compensado con una acción inesperada, tan fulminante que nadie la cree.
                Pero he visto ya tres veces una cinta de la que habla poco en sus largas entrevistas con Bogdanovich, quien tampoco insiste en su singularidad: La taberna del irlandés (o El paraíso de Donovan); filmada poco después de El hombre que mató a Liberty Valance, aprovecha la vitalidad de Lee Marvin para ponerlo a madrearse otra vez con John Wayne con un pretexto muy divertido; sólo lo hacen una vez al año, cuando celebran, el mismo día, su cumpleaños; la trama carece de trama; un mínimo pretexto lleva a una isla pacífica a una mujer de negocios a mostrar que su padre es un desbalagado e inmoral, para reclamar la totalidad de las acciones de una empresa naviera, y se encuentra con que tres niños pueden disputársela; la mujer, una actriz poco renombrada, Elizabeth Allen (más protagonista de series televisivas como Dr. Kildare, Ruta 66, 77 Sunset Strip, El fugitivo, La ciudad desnuda, Barnaby Jones, El hombre de CIPOL, Texas, y que aparece también en El ocaso de los cheyenes, muestra las piernas, algo inusitado en alguna cinta de Ford (excepto cuando se insinúan las de Dorothy Lamour en Huracán), y no sólo una vez; tres niños cantan y tocan al piano “Martinillo” que repentinamente convierten en rock, que también bailan; Wayne, quien se sintió incómodo aunque no se nota en la cinta, enamora a la mujer aunque ambos se resisten a aceptarlo, y además debe aceptar que ella lo vence en una carrera de natación y en otras cuestiones; además, trata a Allen como a Marvin, o como en cintas de otro director pero discípulo de Ford (Howard Hawks), a Robert Mitchum o a Dean Martin: con cariñosa rudeza; como en pocas cintas de Ford, se anticipa el final alegre, pero no complaciente: las competencias seguirán. Por si fuera poco, un par de niños, que debieran de ser disciplinados, son unos vándalos divertidísimos: de grandes serán como Mississippi o como Ricky Nelson.
Un dato extra: Ford, quien admiraba la presencia de John Wayne, responde a Hawks en una materia sorpresiva: en Río Bravo, Angie Dickinson, luego de besar a Wayne, sentencia: “es mejor cuando no lo hace una sola”; antes, en Tener y no tener, Lauren Bacall dice algo parecido cuando besa a un reacio Bogart (“es mejor cuando lo hacen dos”), y en El Dorado, Charlene Holt es también la que besa a Wayne y dice una frase similar; en Hatari  Elsa Martinelli le pregunta cómo le gusta que lo besen, y al principio la experiencia es decepcionante; en La taberna del irlandés Allen reta a Wayne a besarla, y como lo ve dudar, le avisa: me han besado antes; Wayne la toma sin mucha delicadeza, y aunque ella lo espera, al terminar, exclama: “yo pensaba que antes me habían besado”. Más mezcla, maistro, o le remojo los adobes, hubiera dicho Germán Valdés. Al final de la cinta la arrastra como arrastra a O´Hara en El hombre quieto, y la doma a nalgadas, como Jorge Negrete a Lilia Michel en No basta  ser charro o Pedro Armendáriz a Rosita Quintana en El charro y la dama.
                Ford, quien sin filmar una sola cinta con obras de Shakespeare es quien más se le acerca en intensidad y manejo del drama, hizo una cinta sonriente, divertida, y sin drama, por una vez en su carrera.

En alguna competencia olímpica los expertos estaban seguros de que un corredor mexicano, quien tenía las mejores marcas en su especialidad (los 800 metros libres) en esos momentos, obtendría una medalla cuando menos de plata, para orgullo de la nación (muchos países dependen de la habilidad de algunos deportistas para mostrar el avance de su cultura, de la eficacia de su gobierno, o cuando menos de la superioridad de su raza); pero terminó en un decepcionante sexto o séptimo lugar entre ocho competidores; la decepción fue tan inmediata como cuando Raúl Macías fue vencido por Alphonse Halimi o un equipo mexicano cayó 8-0 el 10 de mayo de 1960 ante un equipo inglés (si hubiera sido en esta época, con el periodismo sensacionalista actual, entonces sólo reservado a Tabloide hubieran cabeceado “Nos Dieron en la Madre” o “¡Qué Poca Madre!”). Cuando le preguntaron a ese corredor el por qué de su derrota sólo alcanzó a responder, tajante: “pos es que los otros corrieron más rápido”; de ese tono fue la respuesta del “jefe” de “gobierno” capitalino, cuando lo interrogaron sobre las inundaciones en una de las zonas privilegiadas de la ciudad (aunque construida sobre minas, lo que representa un riesgo ante seísmos de intensidad violenta, que están esperando los sismólogos alarmistas): pos es que llovió más fuerte de lo normal. Si es uno de los candidatos de la izquierda, ante los titubeos y temores del gobierno (sobre todo del qué dirán, pues pide perdón aunque no haya cometido delitos), podemos anticipar que la caballada está flaca (para seguir con las metáforas deportivas, un boxeador fino y elegante como Lalo Guerrero, titubeaba y hasta dicen que retrocedía cuando un rival de menor categoría pero mucha mayor valentía como José Toluco López hacía como que lo embestía, echando “el bulto” por delante; el público celebraba el triunfo del macho sobre el temeroso). El “jefe” de “gobierno” enmudeció cuando un engallado chamaco le dijo fascista porque no deja que las manifestaciones de los maistros lleguen al Zócalo. Cuando a Luis Echeverría lo apedrearon en CU (¿cuál es la bebida favorita de los estudiantes?: Presidente con sangrita), él los encaró y les gritó “jóvenes fascistas”. Los patos le tiran…

Un chiste conocido pero siempre vigente, por la moraleja: cuentan que una ranita desenfrenada quiso desafiar la velocidad de un tren, pero fue vencida, y el tren la arrolló y le arrancó las ancas; repuesta del aturdimiento, quiso regresar por ellas ancas, pero no calculó y otro tren la arrolló, aplastándole la cabeza; la moraleja es que no hay que perder la cabeza por unas nalgas. Deberían entenderlo algunas mujeres dedicadas a la política, que arriesgan el puesto, la integridad y su futuro por unas nalgas masculinas.

Las normas son para violarlas, decía un amigo enamorado de una vecina llamada Norma; pero corresponde al Reglamento de Tránsito del Estado del Valle de Anáhuac; la mayoría de los automovilistas conduce con el teléfono portátil encendido, y muchas veces enviando mensajes de texto; las rayas o cebras, si no están despintadas y pálidas, sirven de estacionamiento, no de cruce peatonal; las luces preventivas no sirven para prevenir sino para que los conductores aceleren, y cuando se pone el semáforo en rojo, dos tres o cuatro automóviles se lo brincan; los motociclistas y ciclistas andan por el carril de la derecha, y rebasan por la derecha, y todavía reclaman cuando se estrellan contra autos estacionados o con peatones que intentan cruzar las calles; los ciclistas andan por la banqueta y echan bronca cuando se les reclama, porque saben que si atropellan a alguien, los dejan libres, excepto si los asesinan; los agentes policiales sólo observan, si es que dejan el teléfono portátil sin usar, por unos segundos; ni siquiera Julio Hubard, el segundo mejor boxeador entre los escritores mexicanos de los  siglos XX y XXI, se atreve a reclamar porque muchos automovilistas traen armas que desenfundan aunque ellos sean los que cometen infracciones; cualquier rozón, cualquier reclamo, lo resuelven a golpes o balazos, de ellos o de sus guaruras. Y peor: ya los conductores del Metro (línea 7, viernes a mediodía) manejan con portátil en mano, aunque no se pudo verificar si también enviaban textos escritos.

Reculó AMLO; ya no exige que derroquemos a Peña Nieto ni que se deroguen las leyes, sólo que le suavicen la transición para cuando se haga elegir presidente, sino en 2018 o 2024, en 2030; pero las redes sociales, donde sus seguidores llaman a derrocar al gobierno tirano (y lo dicen quienes deberían de conocer la historia) lo han exhibido arrogante, derrochador, con lujos de lo que carecen los políticos a los que ataca; con sus mismos errores, es decir, sacando provecho de la amistad que tienen con potentados que lo invitan a palcos lujosos; no es delito, pero es inadecuado; y cuando quiere limar asperezas le hacen ver sus incongruencias, sus llamados a la violencia. Sobre todo, su insistencia en que cuando sea presidente revertirá leyes, tratados, reformas, obviando que el presidente no manda, obedece; ése es también el dilema de Donald Trump, quien asegura que tomará medidas a las que no tendrá derecho, si es que gana las elecciones, sino que debe obedecer a las Cámaras, y que, en su país, los estados son libres, y no podrá ordenarles nada; fracasará, como ha fracasado como empresario; debería ver lo que pasó en otros países que le dieron la presidencia a empresarios, y los llevaron a la quiebra (moral, cuando menos).

Ya he hablado en este blog de Nick Hornby, cuando encontré y me maravillé con Fiebre en las gradas, que habla de la pasión por el futbol en Inglaterra; pero más que eso es un retrato de la generación que va de mediados de los cuarenta a finales de los cincuenta, de José Agustín a Juan  Villoro; más que Murakami, del que difícilmente volveré a leer ningún libro más que para desmentir algún elogio que le hice, deslumbrado, Hornby llena sus libros de música, de la música con la que crecimos y nos desarrollamos; no por nada una de sus mejores novelas, Alta fidelidad, está hecha a base de las listas que hacemos los forofos del rock y sus aledaños, y con la integración y desintegración de parejas sentimentales; no por nada la cinta basada en la novela, dirigida por Stephens Frears y con John Cusack en su mejor papel, es un fiel retrato de las tiendas de discos (Ameba, por ejemplo), que ya no existen porque MixUp ya no trae ni siquiera los discos de Paul Simon, por ejemplo, y espera que lo descarguemos de Internet, porque a los nuevos compradores no les importa la fidelidad ni el sonido de las piezas.
                Juliete desnuda, Todo por una chica, 31 canciones, aunque no tan deslumbrantes, son igualmente buenas; pero acaba de llegar, en edición mexicana pero con lamentable traducción madrileña de Jesús Zulaika, Funny Girl, una novela tramposísima que nos hace creer que la historia que cuenta es real, porque aparecen personajes como Harold Wilson (con un trato burlón aunque no tan brutal como el que le dedica George Harrison en Taxman), Lucille Ball, en quien se inspira para el personaje principal, y hasta retrata portadas de libros inexistentes y fotografías de personas ficticias.
                La trama es lo de menos, aunque le sirve para hacer un retrato de varias generaciones, en especial la nacida dentro de ese lapso generacional, y que llega a la ancianidad sin haber sido ni adulta ni madura, y que le queda el consuelo de que ya nadie muere antes de los 80 años, y debe sobrellevar una vejez a la que no se resigna, todavía intenta ligar y no desecha la idea de completar una “asignatura pendiente”; sólo los calvos olvidan el cabello largo y las mujeres conservan la figura de cuando veinteañeras; uno de los protagonistas, cuando son reconvenidos por los jóvenes, le recuerda que son de la misma edad de Bob Dylan y Dustin Hofman que, por otra parte, se conservan más jóvenes que Bono y que Brad Pitt(y).
                La anécdota comienza cuando Barbara Parker gana un concurso de belleza, título al que renuncia porque sabe que su porvenir será el que le soben las nalgas todo el tiempo, y se va a buscar otros caminos; de vendedora de cosméticos pasa a ser actriz, con un brevísimo intermedio como posible edecán padroteada por un agente de actores; su inteligencia, audacia, atrevimiento la convierten en una estrella inmediata que imita a su idolatrada Lucille Ball, que sobrevivió a la decadencia gracias a su programa I Love Lucy, que en México se siguió trasmitiendo hasta los años sesenta patrocinado por General Electric, creo recordar, y antes de que fuera desplazado por Domingos Herdez.
                Cómo hacen para que el programa, convertida en serie, dure varias temporadas, se narra con agilidad, intensidad, y un profundo sentido de la visión social; cómo ven el programa viejos, maduros, jóvenes y niños; cómo se deterioran las relaciones entre los personajes, cómo se describe el despertar sexual y una revolución que en muchos medios se limitó a un mayor tránsito a muchas camas sin que las mujeres, quienes mejor lo vivieron, fueran calificadas de lagartonas ni siquiera por sus ex parejas; los primeros atisbos del destape de los homosexuales; la infidelidad descarada, la pedantería de los intelectuales que sólo viven para desprestigiar el trabajo de los demás sin argumentos, sólo con diatribas y descalificaciones.
                Varias generaciones son enjuiciadas por Hornby, abuelos, padres, protagonistas y los hijos de éstos; sin embargo, no se trata de juicios sumarios, sólo son expuestas sus vivencias, su imposibilidad de madurar, su tortura de no tener dónde morir con dignidad; las masas que responden con exactitud a lo que los productores, periodistas, políticos, esperan de ellos.
                Es un libro lleno de humor; y como todos los libros con humor, es amargo e infeliz, aunque el sabor que deja es maravilloso, deslumbrante por su ingenio y por su exactitud, excitante a ratos. Hornby es uno de los mejores autores de esa generación, y su descripción de Londres parece corresponder, con dos o tres décadas de retraso, a lo vivido en México en los años setenta y ochenta.