miércoles, 13 de septiembre de 2017

Actualidad de Luis Spota; Semejanzas maravillosas

En enero de 1960 apareció en la Revista de la Universidad de México un ensayo, a página completa, del entonces joven promesa Carlos Monsiváis en que, de forma contundente, descalificaba a Luis Spota, “el novelista del futuro”, y se burlaba de la variedad de temas que abordaba en sus novelas y, en paréntesis crueles, lo proyectaba hacia el futuro y lo ponía como compañero y amigo de James Joyce, y candidato al Premio Nobel de Literatura; en uno de sus tomos sobre el cine mexicano, Emilio García Riera también se burla de Spota; los años sesenta no fueron los más propicios para una lectura seria, reposada, sobre la narrativa de un autor que ciertamente abordó diversas temáticas: la tauromaquia, la Revolución, el sindicalismo, la corrupción policial, los braceros, la vida política, los artistas; en esa descalificación se olvida que Spota fue pionero de la novela sobre dictadores (sólo Asturias escribió del tema antes) anticipándose a García Márquez, Roa Bastos, Vargas Llosa; se adelantó a Sergio Magaña y a José Emilio Pacheco con el estruendoso tema del hombre que tenía encerrada a su familia para salvarla del mundo de perdición.
                Luis Spota fue leído de manera descuidada por la crítica, se le excluía de los recuentos anuales, y se le menospreciaba por la enorme cantidad de lectores que tenía cada una de sus novelas; una, Casi el paraíso, se reeditó cinco veces en cinco años consecutivos en su editorial original, el Fondo de Cultura Económica, y diez veces en Diana; sus últimos libros tenían tirajes de decenas de miles de ejemplares; cierto, gran parte de su popularidad se debió a su aparición en mesas redondas televisadas; algunas de sus novelas y guiones cinematográficos fueron filmados, algunos de ellos dirigidos por él mismo. Otras actividades le dieron renombre: profesionalizó el boxeo, protegió a deportistas, y fue el  de la iniciativa de que un médico los certificara antes de que subieran al ring. Dirigió un suplemento cultural en donde colaboraron críticos y narradores de renombre y otros se abrieron caminos en sus páginas, y dirigió una de las revistas más audaces de su época, por los colaboradores y los temas que abordaron en sus páginas.
               Fue reconocido como un excelente narrador antes que un estilista, pero era difícil soltar sus libros. Una de sus mejores novelas, si no la mejor, Lo de antes, fue llevada al cine en una cinta excepcional, Cadena perpetua.
En sus últimos años publicó una saga, La costumbre del poder, que en seis novelas aisladas pero unidas, habla del poder, la sucesión presidencial, los golpes debajo de la mesa, las descalificaciones entre los contendientes: de Retrato hablado hasta El rostro del sueño (pasando por Palabras mayores, una de las mejores obras de la literatura mexicana) hace un relato que si bien retrataba aquellos turbulentos años de los sexenios de Díaz Ordaz y Luis Echeverría, y en estos días parecen retomar el clima de esa época.
La última novela de Spota, Paraíso 25, cuenta las nuevas aventuras de Ugo Conti, el protagonista de Casi el paraíso, en una visita a México, y habla de una violencia incontenida, asaltos a deshoras y en cualquier lugar, prepotencia de los políticos y sus guardaespaldas, y parece anticipar lo que se vive ahora, y ya no sólo en la ciudad de México, que es donde la coloca Spota, sino en casi todas las ciudades pequeñas, regulares y grandes del país; lo mismo parece haber anticipado en Casi el paraíso, con la sumisión de los acaudalados hacia los famosos, así sean farsantes; igualmente, Spota prefiguró a los políticos que en unos cuantos años acumulan fortunas impensables en unos pocos años.
Siglo XXI Editores acaba de reeditar las seis novelas de La costumbre del poder, y se verá no sólo su actualidad, también la prosa de Spota, uno de los mejores narradores de nuestro siglo XX; ojalá alguna editorial se aventurara a una edición anotada de Casi el paraíso, que estableciera por qué es una de nuestras mejores novelas.

Una de las mejores parejas del cine mexicano, aunque alejadas de la imagen glamorosa de galán y belleza, la formaron Joaquín Pardavé y Sara García, con divertidas y conmovedoras actuaciones; matrimonio en El barchante Neguib, en El baisano Jalib, en El hombre inquieto; novios en El ropavejero; cómplices en Dos pesos dejada, en La familia Pérez, representan a un matrimonio en que ella, pretenciosa, desea colocar a sus hijas casaderas con pretendientes ricos; él es un dejado de quien se aprovechan la esposa, el jefe, los compañeros de trabajo, y es defendido tímidamente por las hijas y por una compañera de trabajo; García cree que esa compañera es amante del marido, y lo corre de la casa, pero en realidad esa compañera lo ayuda a recuperar la confianza y a callar a la esposa mandona. Gilberto Martínez Solares, uno de los mejores directores de comedias, también lleva crédito del argumento y del guión; en ninguna parte se dice que la trama está casi calcada de una de las mejores novelas, y la más conocida, de Jean Austen, Orgullo y prejuicio; ni Carlos Fuentes, tan buen cinéfilo, lo advirtió en su prólogo a la novela, editada por la UNAM en la colección Nuestros Clásicos.
                El cine mexicano ha sido especialista en hacer adaptaciones de las grandes novelas o cintas, a veces dando el crédito debido, pero otras no; de My man Godfrey Rogelio González tomó y adaptó la trama para hacer la muy divertida Escuela de vagabundos (y sus remakes ¡Qué hombre tan sin embargo! y El criado malcriado), pero fue en Nosotras las sirvientas, de Zacarías Gómez Urquiza, donde el director y sus colaboradores Guz Águila y Ramón Obón tomaron una escena de My man Godfrey, cuando las villanas tratan de culpar a la muy bella Alma Rosa Aguirre de un robo, pero los malos son desenmascarados.
                Uno de los escritores favoritos de los argumentistas mexicanos, y del público en general, en la primera mitad del siglo XX fue Alejandro Dumas, de quien adaptó el cine nacional varias historias, sobre todo Los tres mosqueteros (Cuatro contra el imperio) y El conde de Montecristo, y una muy curiosa: Camino de Sacramento, de Chano Urueta, donde Jorge Negrete hace el doble papel de los hermanos mellizos que resiente, uno, las sensaciones y tentaciones del otro, como en la obra de Dumas Los hermanos corsos; pero no dan el debido crédito ni en Calibre 44 (Julián Soler, con argumento de José María Fernández Unsaín, con Lalo González Piporro, doble héroe de la cinta) ni Fray don Juan (René Cardona, con argumento suyo y de Fernando Galiana), en que Mauricio Garcés interpreta a un coleccionista de cariñitos de un instante, y a su hermano sacerdote que piropea a feligresas y se embriaga cuando su hermano bebe. Pero tampoco dan crédito a Dumas por una cinta más célebre, Ansiedad, de Miguel Zacarías, con Pedro Infante interpretando a dos hermanos totalmente opuestos, así como al padre de ambos, o el de los hermanos Andrade en Los tres huastecos, de Ismael Rodríguez, con argumento suyo y de Rogelio González.
                El recuento de copias, adaptaciones, plagios involuntarios o no, sería enorme, sobre todo porque muchos argumentistas de la autollamada Época de Oro del Cine Mexicano eran hombres cultos, buenos escritores, como Edmundo Báez, Xavier Villaurrutia, José Revueltas, Mauricio Magdaleno, que solucionaban trabas de la trama tomando alguna escena de la literatura universal o del cine estadounidense.

                Uno de los escritores más saqueados, con crédito o sin él, ha sido Guy de Maupassant, excelente narrador ahora poco citado y poco leído, pero del que John Ford tomó un cuento, Bola de cebo, para el arranque de La diligencia, cinta que se dice vio 40 veces Orson Welles mientras filmaba El ciudadano Kane; lo interesante, y me parece que no advertido, es la semejanza de la heroína de Los muros de agua, de José Revueltas, con la protagonista de Cama 26, de Maupassant, que mata más soldados prusianos que el ejército francés, contagiándolos de sífilis.

Con agradecimiento a José Antonio Gurrea, por la difusión que le ha dado a estos textos en El Universal de Querétaro, y a Lourdes, que me abre los ojos.

lunes, 7 de agosto de 2017

Historia de otra infamia

En una página muy bien lograda de Los relámpagos de agosto, Jorge Ibargüengoitia retrata lo que pensaron los políticos mexicanos unos segundos después de que José de León Toral asesinó al presidente reelecto Álvaro Obregón: ¿y ahora quién va a quedarse en la presidencia? Plutarco Elías Calles lo solucionó con el nombramiento de Emilio Portes Gil como presidente interino, formó un partido en el que todos los aspirantes, rejegos o no, se alinearon, y logró que se nombrara candidato a un hombre del régimen pero que no formaba parte ni de la elite militar (aunque era general) ni de la intelectualidad (aunque era abogado y había sido embajador, en un tiempo en que las tareas diplomáticas las ejercían intelectuales de prestigio) ni estaba entre los líderes sindicales: Pascual Ortiz Rubio.
                Aunque no carecía de méritos, lo apabullaron sin necesidad de redes sociales, con sobrenombres humillantes, chistes y anécdotas que la gente tomaba muy en serio, con infamias que daban como verídicas: una de las historias más ingeniosas fue la que dijo Luis Cabrera, sobreviviente del carrancismo: temía que si el presidente fuera José Vasconcelos (exsecretario de Educación, exrector de la UNAM, orador, escritor, intelectual brillantísimo), temía que lo haría desterrar; que si fuera Adalberto Tejeda (exgobernador de Veracruz, exdiputado, exsecretario de Gobernación, líder laboral), temía que lo mandara fusilar; y que si el presidente fuera Pascual Ortiz Rubio, temía que lo llamara a su gabinete.
                Ortiz Rubio pensó que todo era en serio, pero se encontró con que Elías Calles se tomaba más en serio su papel de Jefe Máximo de la Revolución, y peor, que casi todos los miembros del Partido Nacional Revolucionario pensaban lo mismo que Calles; entre el presidente y el Caudillo había serias diferencias que creo inútil repetir si está al alcance de los lectores el excelente libro de Tzvi Medin: El minimato presidencial: historia política del maximato, 1928-1935 (Ediciones Era, 1982); si le da flojera a los analíticos actuales pueden rastrear los Inventarios que José Emilio Pacheco dedicó al tema más o menos por las fechas en que apareció este libro (Medin hizo después otro estudio indispensable sobre el sexenio alemanista, que los analíticos actuales también ignoran, dadas las tonterías que escriben sin arrepentimiento ni rubor).
                Los rumores, los chistes, las infamias tuvieron tanto efecto que se creó el clima de desgobierno, el presidente apenas tenía el apoyo de unos cuantos (para su mayor grandeza, la del general Cárdenas, entre otros pocos), y el clima de linchamiento. Recrea Pacheco el ambiente del 1 de septiembre de 1932: con los cañones de la Ciudadela apuntando hacia el Zócalo, hacia Palacio Nacional; Ortiz Rubio, al que le achacan la cobardía de ausentarse tras el atentado del día de su toma de posesión, cuando lo balacearon —el verbo adecuado— y que le valió uno de los más memorables epigramas de Salvador Novo (¿Pueda la bala asnicida, no por perdida ganada ni por ganada perdida, el detener la mordida?) y reapareció cuando ya no podía quitarse el epíteto de sacatón, pero tuvo la valentía de presentar su renuncia; el caos duró apenas unas horas, cuando la elite política decidió que el interinato recaería en el general Abelardo R. Rodríguez y ya Calles se encargaría de escoger a alguien menos manumiso que Ortiz Rubio (a propósito de que la valentía consiste en huir: ¿Edgeworth, Shakespeare, fray Luis de León?).
                Se dijo que el mayor logro de su gobierno era el túnel que comunica 16 de septiembre con 5 de mayo,  para que los transeúntes no cruzaran los seis o siete metros entre una banqueta y otra, en la esquina con San Juan de Letrán (Salvador Elizondo recuerda, en uno de sus relatos, el calificativo: el túnel del baboso, y también recuerda que la gente advertía que si se tocaban los barandales de la escalera podían contraer sífilis); y los apodos (Nopalito, el Baboso) eran menos injuriosos que el letrero en el cerro de Chapultepec que una escritora ignora que fue letrero y afirma que eran afirmaciones.
                Las injurias, las infamias, han hecho que la gente ignore que no fue manso lacayo de Calles, que evitó una guerra civil, que hubiera sido terrible, y no le reconocen un logro que pocos han igualado y que algunos gobiernos han ignorado; la Doctrina Estrada, muy mentada en estos días, pero sin entender de qué se trata, aunque es muy simple: el principio de la no intervención, y que dirigió la conducta de la nación ante los procesos electorales de otros países: México no interviene si el proceso es legal; pero lo legal no comprende los golpes de Estado ni los golpes militares, aunque sí las rebeliones contra dictaduras.
Por la Doctrina Estrada México mantuvo relaciones con la República Española en el exilio y no con la administración de Franco; por ello, México reconoció la Revolución cubana, pero no el golpe de Pinochet y patrocinadores contra el gobierno de Salvador Allende; por ello, por reconocer los gobiernos legítimos, dio acogida a los transterrados españoles y a los perseguidos por las dictaduras suramericanas; gracias a la Doctrina Estrada la política exterior mexicana fue tan digna durante tantos gobiernos hasta que la ignoraron los gobiernos emanados del Partido Acción Nacional.
¿Por qué cuesta trabajo entender lo que sucede ahora? La muy manida frase de George o Jorge Santayana, de que las naciones que desconocen la historia están condenados a repetirla, explica que ignoran que lo que ahora pasa en Venezuela y que México lo vivió en 1913, cuando Victoriano Huerta, en un remedo de legalidad, dio por buenas las renuncias del presidente Francisco I. Madero y del vicepresidente José María Pino Suárez y asumió, luego de otro remedo de legalidad, la presidencia del país (por cierto, también se ignora que por ello no hay vicepresidencia: al derrocar al presidente los alzados deben también eliminar, por las buenas o por las malas, al vicepresidente); desconoció a los senadores y obligó a los diputados, algunos de los cuales eran sus seguidores, a reconocerlo; así sucede ahora: desconocen a los legisladores para poner a otros a modo; la Revolución maderista, que había durado unos meses, al estallar esa crisis, se prolongó con otros nombres, otros hombres, otros propósitos, otras promesas, hasta 1917, o 1919, o 1921, o 1923, o 1928, o 1929, o 1939, como se quiera. Eso va a suceder en Venezuela, de la que se desconoce todo, excepto las angustias que pasan los ciudadanos, que intentan llegar a otros países y en cuanto puedan, sacar a sus familiares; o aceptar trabajos hasta mal pagados, con tal de salir de donde consideran peligroso y fuera de la dignidad; ahora opinar allá es peligroso, y mucho más lo es para quienes juzgan, critican, señalan. Las advertencias de que burlarse del jefe mínimo de esa autollamada revolución que de socialista no tiene ni el nombre, puede costar años de cárcel; cuando sobrevivir significa sumisión; esas señales las han ignorado quienes ignoran que un presidente ha sido juzgado como el segundo peor de la historia, basados en consejas, chistes buenos o malos, y malos historiadores.

Cierto: ignorar el pasado es obligarse a vivirlo de nuevo, o exhibirse como ignorantes.

sábado, 22 de julio de 2017

Está bien, hablemos de beisbol (y otros asuntos)

Uno de los temores, no siempre confesados, es que al paso del tiempo nos hagamos conservadores, que no aceptemos que lo nuevo puede ser mejor que lo anterior, que lo que vivimos cuando esperábamos cambiar y hacer cambiar.
   No sólo es que con el paso del tiempo aceptemos que los clásicos dijeron cosas más interesantes e inteligentes, sino que lo dijeron mejor, que fueron más audaces y experimentales, que mantuvieron un espíritu de experimentación que nosotros, o nuestros contemporáneos, no nos atrevimos a ahondar más; es también que tememos que nuestros ejemplos caigan estrepitosamente. Fue lo que le sucedió a Ford Frick cuando vio que Mickey Mantle y Roger Maris estaban cerca de romper la marca de cuadrangulares de Babe Ruth, advirtió que, si no lo hacían en 154 juegos, se pondría un asterisco para decir que la que valía era la de Ruth; se le conoce como el “infame asterisco”, que quitaron muchos años después, aunque en los libros de récords aparecen las dos marcas: más cuadrangulares en temporada de 154 juegos: 60, de George Herman Ruth; marca en 162 juegos, 61 de Roger Maris (incluso dijeron que si el que igualaba la marca era Mantle, como sí era yanqui de toda la vida, no habría asterisco).
   Supongo que los nuevos libros, que ya no llegan a México, dicen que los 73 de Mark McGwire y los 66 de Samuel Sosa o los muchos de Barry Bonds deben tener un asterisco, porque los conectaron bajo el estímulo de sustancias que mejoran el rendimiento, como les fue comprobado a ellos y a otros, a los que les ha estado vedado el acceso al Salón de la Fama (aunque se corre el riesgo de que los nuevos periodistas, menos éticos y menos radicales, terminen por aceptarlos; si se admite que el viagra proporcione las mismas sensaciones, ¿por qué no que los esteroides ayuden a los inválidos o con disminución de sus funciones?).
   Un novato de los Yanquis, el famoso Judge (que hace que los forofos usen pelucas como de jueces británicos) ya superó el número de jonrones para un novato en ese equipo, que eran los 29 de Joe DiMaggio en 1936; ¿es mejor que el Yanqui Clipper, que Joltin Joe? A riesgo de parecerme a Pedro Septién expondré algunas teorías; Septién alegaba que el beisbol del siglo XIX había sido mejor que el del último tercio del siglo XX, y todo por los números. ¿En el siglo XX, o peor, en este XXI, alguien ha bateado tanto como el .440 de Duffy de 1894? ¿O cuando menos el .424 del diminuto Willie Keeler a principios del XX?¿Quién ha ganado 60 juegos como Hoss Radbourn en 1884? ¿Alguien se ha acercado al promedio de carreras limpias admitidas de 0.96 de Dutch Leonard en 1914, y menos ahora a los 815 juegos completos de Cy Young?
   A Septién se le olvidaba comentar que antes antes antes la distancia del montículo al home era bastante menor, diez pies menos; que la altura del montículo era mucho mayor, y eso hacía la diferencia. Sobre todo, ponchaban más. Tampoco que los foules no contaban como strikes y por eso había mejores porcentajes de bateo.
   Un aspecto más: cuando Joe DiMaggio debutó, y hasta que se retiró, había ocho equipos por liga, mucho menos jugadores y mucho menos aún lanzadores. Las expansiones han permitido más franquicias, que las ligas lleguen al Oeste y no se haya quedado el beisbol como un deporte para minorías y ubicados casi todos hacia la costa Este, que muchas ciudades tenían dos equipos (San Luis, Boston, Chicago, Nueva York [tres]) o quedaban más o menos cerca (Cincinnati, Pitsburgh, Cleveland, Detroit); que al haber menos jugadores sólo llegaban los mejores a las Mayores, y la expansión permitió que se establezcan otros con buenas cualidades, pero no excepcionales. Septién no alcanzó a ver algo más grave; si antes los lanzadores se ufanaban en completar los juegos, y había pocos relevistas, ahora se lleva la cuenta exacta de los lanzamientos efectuados (¿también las reviradas y las de calentamiento entre entradas?) y al llegar a cien, los cambian o ponen a calentar a los ya muchos relevistas. Hay tres o cuatro relevistas por equipo y por juego, y por ello los bateadores se enfrentan a bolas rápidas más veces, y es más fácil conectar jonrón a bolas rápidas que a cambios o curvas o nudilleras o a sliders (el batazo más poderoso que pegué fue, como zurdo, a mi amigo Alejandro del Valle; cuando años después en una comida se lo recordé me respondió: “claro, yo tenía una bola muy rápida”, lo que me provocó una depresión que me duró el resto de la velada); cuando a los abridores se les iba acabando la velocidad comenzaban las curvas endemoniadas, los cambios que hacían que los bateadores tiraran mucho antes de que la bola llegara al cátcher, las bolas que parecía que iban a golpear al bateador y entraban por el centro (alguna vez le pregunté a Isaac Arriaga si le había pasado, y me comentó que era espantoso alejarse sólo para ver un strike perfecto; cuando se lo pregunté a Marco Antonio Pulido me dijo que no sólo se había retirado: se había tirado al suelo), las nudilleras que hacían que los bateadores se tropezaran tratando de alcanzar el lanzamiento. Ahora cuando las pitcheadas no alcanzan las 90 millas por hora, retiran al pitcher y mandan a un relevista que tira bolas de 99 millas; no sea que los muy delicados vayan a cansarse.
   Alguna vez, una caricatura de Mad se burlaba de los bateadores altos, robustos, protegidos con casco, con guantes para que no se resbale el bat, y con porcentajes de .220; pareciera que ya los beisbolistas están cuidados como nadie se imaginaba: ¿qué pensarían Mantle, que jugó la mayor parte de su carrera vendado como momia? ¿O Ty Cobb, que se barría con los spikes levantados, o John McGrow, que dejaba lastimados a los corredores que se le barrían en tercera base?

Por cierto, los cronistas hablan de bateadores que ocasionalmente pegan jonrones: “de vez en cuando se enredan”; desde luego, no jugaron nunca, o cuando menos no se enredaban, que era la manera en que los que no éramos poderosos llegábamos a conectar algún cuadrangular; es imposible de describir, sólo cuando se pierde de vista el lanzamiento, el codo hace un movimiento inesperado, y uno siente que se ha enredado, sabe de qué se trata; el que lo hacía gráficamente era Agustín El Avestruz Rivera: se notaba cuando se enredaba. Hace años no veo más que trancazos descomunales; claro, también muchos ponches; era típico que los jonroneros se poncharan; uno de los más poderosos, Reggie Jackson, se ponchó cinco veces por cada jonrón conectado; se le reconoce que era muy valioso, porque cuando no ayudaba a su equipo ayudaba al contrincante, y es el primer jugador con más de dos mil ponches (sin ser pitcher) en llegar al Salón de la Fama. Ahora de cualquiera que conecte un cuadrangular dicen que se enredó (muchas de estas observaciones se las debo a Diego.)

La ausencia de revistas especializadas, que pasaron a ser bimestrales en vez de mensuales, los cambios de formato, la carencia de publicidad, y la renuencia de las distribuidoras a traerlas, o de Sanborns a venderlas, hace que nuestra ignorancia del beisbol actual nos tome por sorpresa: al ver la transmisión de los juegos de los Dodgers nos asombra la cantidad de novatos que, en bola, desplazaron a los jugadores de hace una o dos temporadas; incluso Adrián González, titular por su bateo pero también por su fildeo, ha sido desplazado. Todo tiene una explicación: cuando en 2011 Juan Gabriel Castro fue notificado de que ya no estaba en los planes del equipo, pensó que su futuro se restringía a la Liga Mexicana (Doble y Triple A son para prospectos), pero los Dodgers le hicieron una oferta: que se encargara de adiestrar a los novatos de las sucursales; en 2016 los Dodgers le ofrecieron algo inusitado, o inédito o inaudito: que fuera coach de calidad; ignoro cuál sea esa función, pero sospecho que en realidad lo están preparando para que sea manager; Dodgers suelen tener manager que duran muchos años, y posiblemente piensen eso de Castro, ya que como preparador y entrenador dio el resultado de que ahora son los novatos los que dan frescura y vitalidad a un equipo que ya no depende de superestrellas como Adrián, e incluso han mandado a la banca a Pederson, quien llegó a ser clasificado el mejor jardinero central de las Mayores, en muchos años.

Vi por primera vez a Héctor Lechuga en Chucherías, en 1960 (gracias a que la SEP mandó reparar la viejísima casona que alojaba a la escuela M521 —tan pobre que ni nombre tenía— y nos mandaron, de manera interina, a la cercana Fernando Bez, con horario de 11 a 15 horas, por lo que podía ver la entonces incipiente televisión matutina) haciendo pareja con Chucho Salinas; su número especial era la entrevista, en donde comenzaba a insinuar el nombre de algún político; el intocable Ernesto P. Uruchurtu era el favorito, aunque no llegaban a pronunciar su nombre: “no me diga nombres, no me diga nombres”, era el estribillo de Salinas; una muletilla de Lechuga, ya haciendo trío con Alejandro Suárez y Manuel Valdés, era “a malito a panza”, en la parodia vulgar pero divertidísima de El bueno, el malo y el feo; aunque improvisaban, el dador de chistes y muletillas era por lo general Mauricio Kleif; disfrazados de mujer (ahora los perseguirían y los calificarían de misóginos) Valdés y Lechuga acosaban a Suárez: “Maritza” –decía Valdés—, “clos de dor”, y se le montaban a Suárez que simulaba ser galán.
   Nadie recuerda que fue el pionero en el cine mexicano en acariciar, sin disimulos, glúteos femeninos; no necesitaban castigar a la dama joven con nalgadas, como Negrete, Infante y Armendáriz, entre otros (a Lilia Michel, Marga López y Rosita Quintana, respectivamente, aunque no las únicas; “respete mi dolor”, exclamaba, entre coqueta y quejosa, Quintana), ni simular el acto y que sólo se notara por la reacción de alguna extra, como lo hicieron Negrete (a Lucha Reyes), Infante y  Andrés Soler (a bellas extras); en una de las menos buenas pero no menos interesantes películas de Rogelio González, con guión de Ricardo Garibay, en el tercer episodio de La mujer de seis litros (cinta donde Kitty de Hoyos muestra las pantaletas en el primer episodio, y acarician las piernas y se deja entrever la pantaleta de la adolescente Liza Pleshete —en su única aparición en el cine— en el segundo episodio); Lechuga, además, se desnuda cuando menos un par de veces, y al final, en un cabaret, se gasta las ganancias producto de su chantaje a feligreses, con una trabajadora social, la exuberante Sandra Chávez, a quien soba los glúteos con detenimiento. Antes nadie se había atrevido en el cine mexicano a ninguna de ambas cosas, y en el cine mundial, sólo Stan Laurel, con más gracia y picardía, aunque también inocencia.

Lechuga, si hubiera conservado su frescura y el ritmo de la comedia, agarraría de bajada al “jefe” de “gobierno” de la ciudad de México, quien está en campaña electora perpetua violando las leyes del INE, con la única cualidad de mostrar cómo sería su gobierno; en una ciudad que han ido transformando en espacio para automóviles, ahora resulta que quiere limitar y hasta suprimir cajones de estacionamiento, con la idea de que, al desincentivar el uso del auto, usaremos más transporte colectivo, que es incómodo, lento, torpe, inseguro (ahora entran a asaltar en los vagones del Metro), criminal, impuntual. Lo malo es que somos quienes  pagamos; su ignorancia, por ejemplo, de que el operativo para desmantelar o disminuir uno de los carteles (así se llaman) que se apoderó de parte de la ciudad, lo agarró como se decía antes, con los pantalones bajados como al Tigre de Santa Julia; y por cierto, por allí, ya advirtieron que hay una lucha entre grupos por ver quién asalta más; de nuevo sorprendido, se llevó entre las patas a la administradora de la Miguel Hidalgo, quien tampoco sabía qué sucede en la delegación a la que desorganiza. La Miguel Hidalgo es víctima, además, del rencor del “jefe” de “gobierno”, que aumentó 50 por ciento más al transporte del rumbo: mientras los autobuses para otros lados cobran 6.50, los que salen de la corta ruta de la estación Sevilla a Polanco cobra 7 pesos; sin contar con que los ancianos fuimos despojados de la gratuidad que nos daba la edad. Lo más curioso es que ante la posibilidad de que liberen a cuatro mil reos que no eran peligrosos pero ahora graduados en las cárceles que ya no rehabilitan sino que especializan, el “jefe” de “gobierno” sólo alcanzó a decir “a ver cómo le hacen”, y se escondió. Hasta sus contlapaches lo han criticado.

Aparte del semidesnudo colectivo de las popof que mostraron su cuerpo en las primeras escenas no oficiales de la televisión mexicana, o del desnudo involuntario de Silvia Pinal en un teleteatro, pocos veces las actrices de teleteatro, comedias, o entrevistas por televisión mostraron las piernas; los espectadores tenían que conformarse con Evangelina Elizondo dirigiendo en traje de baño (o algo así) a su orquesta para admirar sus piernas, o los ballets de Constanza Hall o los bailes de las hermanas Larrañaga o Laura Urdapilleta o de Mónica Serna que salían en malla o traje de bailarinas, o las apariciones de Lola Flores, o de otras bailarinas de flamenco, quienes se daban vuelo con el vuelo de sus vestidos (es curioso que Flores fuera pródiga en mostrar sus tarzaneras en la televisión, pero sólo una vez en el cine). Ahora hasta las modositas se tiran al suelo, bailan y dejan que las levanten, o se sientan con descuidos cuidadosos, y muestran sus tangas y lo que dejan al aire las tangas. ¿Por llamar la atención del público o de los empresarios?


Conozco a varios integrantes de la Academia Mexicana de la Lengua, soy amigo de algunos de ellos, y hasta admiro lo que hacen, no todos, en la literatura o la investigación; no admiro lo que hace la institución, más preocupada por lo políticamente correcto: por ello me atrevo a proponer que ahora que destituyan a Nicolás Maduro (no digo que deroguen, porque eso sería reconocerle legalidad), sea integrante de alguna de las academias, hispanoamericanas o española (mejor si ésta), ya que muestra audacia en sus propuestas lingüistas: hace unas semanas cambió el diccionario venezolano al decir que decirle adolescentes a los adolescentes era ilógico porque, se preguntó, “¿de qué podían adolecer esos muchachos?” y derogó la palabra por “jóvenes en desarrollo”. En eso no está solo, por lo menos tres escritores mexicanos han dicho que adolescente deviene de adolecer, o seda que adolecen de lo mismo. Pero más audaz se mostró al decir que la destrampada excanciller, por defender a su “régimen”, lo hizo como “tigra”; es tanto como decirle poetas a las poetisas. 

domingo, 2 de julio de 2017

Renán, hallazgos casuales, los aguaceros de junio, la ortografía de Margarita y una posdata

Me parece que ya lo he contado muchas veces; después de una sesión de trabajo, Gustavo Sainz me dijo que me presentara en Avenida Hidalgo 18-A, frente a la Alameda y casi junto a Las Américas, una cantina que, con todo lo demás, desapareció para dar paso a la secretaría de hacienda. Que fuera de parte de él para hablar con el propietario de Libros Escogidos; de él sabía por las autobiografías del propio Sainz, de Gustavo Sainz, y por referencias de Vicente Leñero.
                Con temor, me acerqué; Leopoldo Duarte, de corbata pero la camisa arremangada, me sonrió cuando entré; le dije que iba de parte de Sainz: ya sé, eres el autor de una novela de la que me leyó un capítulo hoy, y describió la escena de ese capítulo, en el que el protagonista atisba las piernas de una compañera de escuela, la falda levemente arriba de las rodillas.
                Una semana después Sainz me dijo que Polo se había apantallado porque llevaba un libro de Thomas Mann, y se dedicó a buscarme libros suyos, que desde luego no tenía. La invitación a que fuera cuantas veces quisiera para platicar fue inmediata, no así a la tertulia sabatina, pero un día me dijo que cayera por ahí de mediodía.
                Entre todos los que asistían había figuras célebres, glorias literarias en su más puro y menos ensayado comportamiento; sobresalía el más rubio, nervioso tras una coraza de simpatía; Raúl, como todos, le decía Polito a Duarte, pero no trataba, como casi todos los demás, de hacer sentir su cercanía; de hecho, no era de los últimos en salir de El Horreo, y nunca se quedó después, como lo hacía Chucho Vargas, el inolvidable, cuya generosidad le costó la vida, según me contó Mota, años después; no todos eran literatos, pero los que no escribían ni menos publicaban, no eran menos pedantes (en el sentido original de la palabra). De todos, Vargas y Raúl Renán, el más sereno y menos ostentoso, eran los más amigables, los que siempre estaban pendientes de la charla, y los que menos trataban de imponer puntos de vista.
                Como de Otaola, de Juan Manuel Torres, de Benito, pronto me hice amigo de Raúl. Cuando varios de ellos mostraron antipatía, Renán se hizo más  y más amigo; nunca presumió de todas las cosas de las que me fui enterando a lo largo de los años: que fue una guía de los primeros pasos de José Emilio Pacheco, paciente escucha de Carlos Monsiváis, consejero de Sergio Pitol, hombre de confianza de Elías Nandino, amistoso rival de Sainz, todo eso mientras preparaban la revista Estaciones, ahora legendaria; que durante largo tiempo fue el hombre más cercano a Gabriel García Márquez, con quien se veía diario, compartían chamba, itinerario, eran vecinos en la calle de Renan, y fue de los primeros escuchas de la trama de Cien años de soledad, trama paralela porque GGM, supersticioso, no leía lo escrito sino una novela similar pero no igual.
                Al contrario de casi todos los demás contertulios, no cargaba libros, no compartía sus ambiciones, pero su plática ligera invitaba a las confidencias; con frecuencia, Lourdes y yo fuimos invitados a su casa, donde Aída se desvivía por mostrarnos su simpatía y solidaridad, y nos extrañaba que no fuera invitada a la muy misógina tertulia (también fuimos invitados a casa de Chucho Vargas, de Luisa Huertas, que tampoco asistía a la librería).
                Durante casi dos años, todos los sábados Raúl nos visitaba en Presa Nejapa, después de haber ido a su tertulia con Carlos Isla, Miguel Flores Ramírez, el gigantesco Francisco Hernández; mientras bebíamos dos cervezas, leía lo que llevaba escrito, en esa semana, de mi segunda novela, de la que fue personaje involuntario, pero aparece hasta con su nombre, como vuelve a aparecer en mi cuarta y creo que última novela.
                Una de las pocas veces en que hemos estado en un café, Lourdes y yo escuchamos divertidos la charla de Aída y las peripecias de sus hijas, torbellinos desde pequeñas, aunque fuimos vengados por María José, cuando en pleno Bellas Artes saludó a Raúl con un “quiubo panzoncito” que Raúl celebró y recordó siempre.
                Su discreción hizo que anduviera por todos lados pero nunca robaba las escenas, era un espectador crítico que, sin embargo, no expresaba su opinión a menos que se la exigiera; nunca le pedí un juicio sobre mis libros, aunque las pocas veces que nos llegamos a ver después, en los últimos 25 años de nuestra amistad, me dejo saber que no había dejado de leerme. Un día, en Literatura de Bellas Artes, a donde acudí en busca de fotografías de Rosario Castellanos, me lo topé: te doy un aventón, me dijo; ya en su auto le reclamé: cómo eres coscolino, Raulito; sólo emitió una risa discreta, aunque franca, como de alguien sorprendido en una travesura; las empleadas de Bellas Artes, las becarias, las asistentes a su taller, le coqueteaban sin reservas, a sabiendas de que no estaban frente a un lobo, como hay muchos en nuestras letras.

Hace pocos días Malva Flores inauguró su presencia en las redes con un “hoy es un día triste: murió Raúl Renán”; un correo impertinente a Mariana Bernárdez corroboró el hecho: murió en la madrugada, rodeado de sus hijas, en absoluta tranquilidad, como fue siempre su vida pública; alguien dijo que no era posible, que Raúl era inmortal; así lo parecía: inmortal, pero discreto.
                De aquella tertulia se han ausentado ya muchos: el propio Polo, el eterno Ota, Chucho Vargas, Francisco Cervantes (a quien Raúl protegió en sus últimos días, pese a que Francisco había alejado a todos, hasta al paciente Otaola, quien lo retrató con sarcasmo como Chinchulín en su Tiempo de recordar), Sainz, Leñero, Juan Manuel Torres, Beto Bojórquez, el inolvidable Armando Villagrán, el inestable Paco Alvarado; Adrián Brun, Delfina Careaga y Arturo Valdés, autoexiliados, como José Agustín, asiduo pero no contertulio; el amistoso enemigo de Polo, Carlos Hernández, también está alejado. Fuera de la tertulia, vi en Libros Escogidos a Francisco Labastida, y una vez, furtivo, al huraño pero cálido Juan Bañuelos, con quien tuve una amistad muy cercana durante algunos años, antes de que también se exiliara. Ya tampoco está.

Conocí a Raúl una tarde de marzo de 1970, y durante ocho años nos vimos una vez a la semana; después, en promedio, una vez cada dos años. Parecía alejarse de su pasado, le dolía la ingratitud de muchos de sus amigos que, encumbrados, dejaron de leerle sus obras maestras en preparación. Raúl, en cambio, buscaba a los más jóvenes, a los que, ansiosos del estímulo, los consejos útiles, lo consideraban más un compañero apenas mayor y más sabio; nadie de los que hablaron de él después tuvo alguna palabra ingrata, todos vertieron elogios; cuando cumplió 75 años, una fiesta tumultuaria los celebró, y allí estaban sus amigos, sus alumnos, sus compañeros. Ninguno de ellos fue su rival. La última vez que lo vi feliz.
                Un día lo encontramos en Los Panchos; como nosotros, hacía antesala; aunque quien lo acompañaba era una de sus hijas, no pidió que compartiéramos mesa, aunque al final, cuando se iban, se detuvo para platicar con nosotros casi media hora. Ese día noté algo que me asalta ahora, que trato de recordarlo con la cordialidad con que me trató desde siempre, cuando me vaticinó calidad y empeño: una mirada triste que se hace patente en las fotografías con que ilustraron la noticia de su ausencia, una mirada triste que nada tenía que ver con aquel lector empedernido, discreto, más amigo que rival en las especialidades con que lo retaban autores consagrados y eternos aspirantes.
                La última vez que le vi sonreír los ojos fue cuando me contó que, en el aeropuerto, García Márquez se desprendió del ejército de guaruras que lo rodeaba para ir a abrazar a Raúl, su compañero indispensable de la época cuando no era la celebridad que necesita guaruras: Renán 71, gritó, y se acercó para abrazarlo, con un abrazo con que le reconocía que, sin él, Cien años de soledad no sería lo que es.

Tres elementos del beisbol nacieron por casualidad; el más contundente y peligroso, el de aficionados que se convierten en fanáticos, enfebrecidos, a veces violentos (sobre todo en el sóquer, que no por nada se llama así), que van al parque a ver el triunfo de su equipo, no a disfrutar del juego; el dueño de los Cafés de San Luis, Chris von der Ahe, llamó fanáticos, en el sentido primitivo de la palabra, a los seguidores del equipo; el manager Ted Sullivan, para evitar que los fanáticos se ofendieran, propuso suavizar el término y acuñó el “fan” con que ahora se describe hasta a los simpatizantes de los malos comediantes que empobrecen a nuestra televisión, y hasta a los lectores de las imitadoras de las malas escritoras. “Fan” (prefiero forofo) se usa desde 1882. Claro, esta historia la he contado cuando menos dos veces en este espacio; pero hay otros dos aspectos que no existían y que sin ellos el beisbol no sería lo que es: cuando un lanzamiento cruza por la zona buena, el ampáyer grita STRIKE, y estira el brazo derecho; cuando el lanzamiento es malo, hace una seña menos notoria con la mano izquierda y grita, menos fuerte, que se trata de bola. Cuando decreta un out el gesto con la derecha es más corto pero más contundente, y el pulgar levantado que sobresale del puño derecho hace ver a todos, jugadores y espectadores, que el bateador o el corredor ha sido “out”; por el contrario, el gesto es enfático al extender ambos brazos, pero sin llegar a la altura de la cintura, para marcar que el corredor está a salvo. Todos, propios y extraños, saben lo que significan esos gestos: la leyenda dice que, a cada lanzamiento, el jardinero central de Cincinnati, William Ellsworth Hoy, interrumpía el juego para saber qué había gritado el ampáyer; harto, Cy Rigler, empezó a usar esas señales, para que Hoy se enterara; obviamente, Hoy es el mejor sordomudo que ha jugado en las Ligas Mayores; su 5’4 no fueron obstáculo para batear más de dos mil hits, 60 triples, cerca de 200 dobles, y pese a su estatura, 40 jonrones, para un promedio de .288 de por vida, excelente para finales del siglo XIX; se dice que con su poderoso brazo hizo lo que no lograron DiMaggio ni Mays ni Mantle ni Clemente ni Snider ni Al Kaline, ni en México la Mala Torres ni el Diablo Montoya ni Arando Lara: poner out a tres corredores en un juego (Diego sacó a dos, pero en juego de dos entradas). Rigler popularizó los gestos, y los forofos del beisbol los vemos sin saber cómo se originaron. Hay un problema con la leyenda: Hoy y Ringler no actuaron en las Mayores al mismo tiempo, pero como dice John Ford, cuando la verdad es diferente de la leyenda, siempre es preferible la leyenda.
                Hay un tercer detalle: la presencia femenina en el beisbol: la dueña de un equipo en los años setenta obligó a los jugadores a que se cortaran el cabello, que no usaran barba, y quería obligarlos a que asistieran a misa los domingos; el bajo rendimiento la convenció de que no podía tratarlos como a párvulos (¿en ella se habrán inspirado para aquella cinta en que una mujer quiere que su equipo pierda para venderlo?). Hay más mujeres en los parques de beisbol, en todo el mundo, que en los estadios de sóquer, que por algo se llama así; y están enteradas y disfrutan el juego, que es harto complicado; ¿cómo empezaron a simpatizar con un deporte que pueden entender pero no jugar, como demuestra James Thurber? Por la presencia de un pitcher Tony Mullane, al que apodaban “El Apolo del Box”; el dueño de Cincinnati en 1886, Aaron Stern, advirtió que cuando lanzaba Mullane, en las tribunas había una gran cantidad de mujeres que iban a admirar al alto (para la época: 5´10) y apuesto zurdo; entonces ideó un buen truco: lo ponía a lanzar especialmente contra equipos débiles; así, se hizo de una buena cantidad de triunfos: cinco años seguidos ganó más de 30 juegos, aunque en cuatro de esas temporadas perdió 20 juegos; en total, en 13 años, tuvo marca de 288-228, ponchó a 1803 bateadores pero dio 1408 bases por bolas, y tiró una barbaridad de wild pitches: 343; a las mujeres no les interesaba más que admirarlo, y Stern lo ponía a lanzar, repito, contra equipos flojos, pero declaraba ese fecha “Ladies Day”, para que fueran más mujeres. Años después Don Drysdale y Sandie Koufax tenían éxito con las forofas, sin dejar de ser buenos lanzadores; en los años sesenta sobresalió Bo Belinsky, regular tirando a malo, pero tuvo romances con Ann Magret, Tina Louise, Connie Stevens (¿alguien se acuerda de ella?) y sobre todo la vampiresa Mamie von Doren, y no recuerdo si casó con ella; sí, que su eficacia fuera de los diamantes hizo que bajara su rendimiento como jugador.
                Aquí, en 1965, las tribunas del jardín derecho se llenaban de jóvenes popof (pirrurris, diría López Obrador) que iban a admirar al right fielder de Tigres, Héctor Barnetche, cuya carrera duró año y medio.
                Aunque, claro,  el más exitoso fue DiMaggio, que conquistó nada menos que a Marilyn Monroe; a costa de su carrera: su productividad bajó de .301 a .263, y de 32 jonrones a 16. Se entiende, claro.
                Ahora Derek Jeter y Álex Rodríguez compiten con los futbolistas que tienen cariñitos de un instante con estrellas del cine y la farándula; al primero, una le dejó un legado millonario, pero en infección venérea; sin embargo, como con los futbolistas queda la sensación de que no las atraen con su juego sino, como dice la canción de Rubén Fuentes, “vienen por su dinero”. Aunque claro, los estimulantes que engrandecieron los números ofensivos de Rodríguez pudieron ayudarlo a mejorar su rendimiento fuera de los diamantes.

Se burlaron de Margarita Zavala por un cartel donde se decía “el que no trance”, y dijeron que era “transe”, de “transacción”; en el confiable y Útil y muy ameno vocabulario para entender a los mexicanos, de Héctor Manjarrez, Grijalbo, 2011, se dice “transa, tranza: Engaño, fraude, timo, trácala, trinquete”. Y es que no es lo mismo una transacción, que puede ser tranquila, honrada, sin engaños, que la tranza, que siempre es una trácala; como dicen los clásicos, hay que saber leer los diccionarios. Claro, Zavala no había leído el útil y ameno libro de Manjarrez, si no, hubiera contestado como se merecían sus críticos.

Los aguaceros de junio se agandallaron en las delegaciones que más se han opuesto a los delirantes proyectos del “jefe” de “gobierno” del Distrito Federal. ¿Habrá sido castigo divino, o contribuyeron al desastre los trabajadores del “gobierno” capitalino al no desazolvar y sí en cambio acumular basura en las coladeras, para así propiciar las inundaciones que recuerdan a las de 1952?

"El avión que transportó a los participantesdel Symposium desde Ciudad de México hasta Mérida, comenzó a dar tumbos cerca del Pico de Orizaba: furioso, José Luis Cuevas alegaba que él no estaba dispuesto a morir en un accidente tan estúpido como éste, porque los diarios sólo dirían en sus titulares: Trágico accidente aéreo en que perecen numerosos intelectuales ilustres y a continuación  una lista en la que figuraría, entre muchos, su nombre; y lloraba recordando todos los viajes en avión que había desperdiciado sin morir, ya que entonces los periódicos hubieran traído el encabezamiento: Genial pintor José Luis Cuevas perece en accidente aéreo." Eso lo relata José Donoso en Historia personal del Boom (Lumen, 1972). Sorpresivamente, Cuevas, sin aspavientos como hubiera querido, murió anoche. Cuando Lourdes estaba embarazada de Diego nos lo topamos en la Juan Martín, antes de una exposición; "va a ser niño", dijo, y pidió ser el padrino, lo que no le gustó a su esposa Berta;después, lo veíamos esporádicamente, y siempre tuvo gestos amistosos, no sólo amables; palabras amistosas, cálidas, en el ingreso de Vicente Rojo en Colegio Nacional. La última vez, en Moliere 222, en donde me reconoció como el que cierra el video donde se recreó el Mural Efímero, con palabras célebres: "sólo lo fugitivo permenece y vive", y su saludo cálido y cercano; y otro recuerdo: el día que Ana Elda Jiménez y yo conocimos, gracias a Víctor Manuel Ruiz Carmona, a José Emilio  Pacheco, éste se excusaba: perdónenme, soy un pésimo anfitrión; si fuera José Luis Cuevas les ofrecería un café, un refresco, mi sillón preferido; asombrado, por la imagen difundida por diarios y televisión, de un belicoso y arrogante Cuevas, expresé mi asombro, y Pacheco repitió: Cuevas es una dama, atento, amable, correctísimo. Y Fue cierto.

lunes, 1 de mayo de 2017

Diccionario mexicano; más observaciones de Inventarios; sexismo oficial

Aunque soy entusiasta de los diccionarios (afición más o menos reciente, y contagiada por la colección acumulada por Antonio Bolívar en Redacta, que ocupaba todo un cuarto bastante grande, las cuatro paredes de piso a techo, y a la que contribuí con la sugerencia —creo recordar que a eso se redujo— del Diccionario secreto de Camilo José Cela (nombre cacofónico; el diccionario me lo presumió Bernardo Ginés de los Ríos), y la aportación del Diccionario del argentino exquisito, de Adolfo Bioy Casares; Bolívar me honró imponiendo mi nombre en el ex libris, y con la venta baratísima de los primeros tomos del Corominas —no había aparecido el último—, y el obsequio del Moliner, que trajo de España cuando era inconseguible en México), no tengo tantos como algunos coleccionistas y usuarios célebres, como dicen que era don Jaime García Terrés, pero paso del centenar.
                Es cierto que no sabemos usar diccionarios; en alguna ocasión, en El Financiero, en la sección de Deportes habían deshojado un Pequeño Larousse Ilustrado que obsequié, aunque sólo de las primeras 40 páginas, que eran las que consultaban; pedí a los administradores que sustituyeran ese ejemplar, ya viejo además, por uno nuevo, y dotaran a otras secciones de al menos uno; al ver que tardaban pregunté el motivo, y me contestaron que no conseguían uno de la misma edición del que aporté un par de años antes y que ya tenía algunos años en casa, y lo había sustituido por el Gran Diccionario Enciclopédico Ilustrado que publicaba Selecciones de México (segunda edición, la azul; la primera la obsequiamos a la escuela donde Diego cursó el primer año de secundaria; eso nos confirmó que cuando donamos libros nos peleamos con esas personas o instituciones), y que pese a los muchos años que ya llevamos con él, nos ayuda prácticamente en toda consulta; por desgracia, no lo han actualizado, creo, o no lo han traído, así como descontinuaron el excelente La fuerza de las palabras, mejor que el primer Diccionario de dudas de Manuel Seco.
                Los que saben dicen que hay que actualizar diccionarios en casa cada cinco años, cuando se tiene sólo uno, como pasa en la mayoría de los hogares; el contagio por la afición por los diccionarios me ha hecho adquirir algunos curiosos; y eso es lo valioso de los míos: más que muchos, tengo algunos que causan envidia entre los buenos coleccionistas; tengo, a cambio del de germanías de Gredos, carísimo en la Feria de Minería, y que hace por lo menos cinco años que ya no traen, algunos especializados en el lenguaje del hampa, uno de ellos confiscado en su momento por la policía, no por censura, sino para que las autoridades entendieran a los vatos que se burlaban de ellas en su presencia (ahora lo censurarían las nuevas autoridades mojigatas por una sola línea: joven, adjetivo con el que los hampones se referían a los afeminados); ese útil libro parece haber sido consultado en su momento por Carlos Fuentes y por Octavio Paz; otros se refieren al lenguaje de las malas expresiones o por delincuentes en España, aunque por desgracia nunca pude conseguir el más atractivo, que era el que sirve de mofa a los filólogos por cómo se expresan en general los españoles que se creen elegantes (y supongo ya rebasado por las modalidades de hablar en disílabos: boli, peli, cumple, prosti, progre y otras ridiculeces); la mayoría de esos diccionarios de jergas o germanías los ha publicado la benemérita Alianza Editorial.
                Tengo diccionarios de incorrecciones; uno, maravilloso elaborado por Fernando Corripio, mi filólogo favorito; otro por alguien que se dedicaba a demostrar que los adjetivos sirven para calificar de manera contundente a las casquivanas, coquetas, ligeras de cascos y practicantes de los cariñitos de un instante, las de las adolescencias apresuradas, aunque no tanto las víctimas que amaron deseando también ser amadas; otro, también puritano, que demuestra cuántas palabras que usamos ahora provienen de otros idiomas o son de acuñación (entonces) reciente, pero como ya había palabras que servían para lo mismo, caen en incorrecciones; es menos perverso pero también divertido.
                De Corripio tengo varios: el (para mi gusto) mejor diccionario de sinónimos y antónimos, el ya referido de incorrecciones, justo y no pacato; uno de ideas afines tan bueno y más compacto que el Ideológico de Casares, que conseguí hace poco tiempo luego de haberlo buscado durante años (sólo una vez lo había visto, en la Librería del Sótano, hace años y entonces carísimo); uno más, filológico, no tan exhaustivo pero igual de útil que el Corominas; tengo varias ediciones del DRAE, que me sirven para ver cómo ha envejecido la institución aun cuando hace esfuerzos por modernizarse, y la mayoría de las veces sólo para ceder a las presiones, por lo regular efímeras, de ciertas instancias; por ejemplo: tardaron mucho en admitir presupuestar, y entró al lexicón (así le dicen los cursis para evitar repeticiones no innecesarias) cuando ya ni los funcionarios ni los economistas usan esa palabreja, que por cierto era inútil porque ya existía presuponer; acceden a que acceder signifique, además de aceptar, ingresar, inútil y cursi porque ya existía ingresar; la muy lejana acepción de vestuario como vestimenta, porque la principal era el lugar donde deportistas, cantantes, actores y políticos y casquivanas amantes de los cariñitos de un instante cambiaban de vestimenta; ahora es la primera y la segunda acepción. Cedió a las presiones y ya iguala a hombres y mujeres cuando menos en el adjetivo poeta, y ya no distingue si son uno u otra, aunque sí distingue entre actores y actrices; pero por pelear una igualdad que se debe de dar en la calidad de sus obras, la RAE ya los compara con los poetastros; antes cuando menos poeta era el hombre (y poetisa la mujer) que componía obras poéticas y estaba dotado de las facultades necesarias para poetar; ahora ya cualquiera es poeta aunque no las componga ni en el aire ni en el momento. Ahora además son personas, cuando hay otros términos menos rotundos y sonoros, como digamos, por ejemplo, gente. Poeta, al generalizarse, o por ponerlo como persona, anula al autor y lo minimiza, porque además persona tiene demasiadas acepciones que desindividualizan, si se me permite el término.
                A falta de capacidad (física y económica) para albergar la Británica (es más cómoda la Oxford), ni mucho menos la Espasa-Calpe, cuya mayor utilidad es para los hipocondriacos (describe de tal manera los síntomas de todos los malestares ficticios o reales, del alma o del cuerpo, que es un desperdicio no sentirlos, asustarse y fastidiar a los médicos hasta que se les recuerde que de tanto ahi viene el lobo aunque quede el consuelo de “no que no”), acudo a enciclopedias menos aparatosas, cuya única limitación es lo temporal; queda el consuelo de suscribirse para recibirlas digitalmente (acepción nueva) o en unos cuantos disquetes, que terminan siendo más latosos y más tardados que las ediciones impresas; también existe la enciclopedia wikipedia, que es utilísima por el acceso inmediato aunque alguien versado en consultar lo impreso le gana en velocidad, y tiene ésa el defecto de que no atiende lo minucioso, desatiende a las figuras menores pero no menos importantes, y hace más caso a las figuras populares; y no es tan exacta como dicen sus forofos, que afirman que tiene diez mil (¿o cien mil?) errores menos que la Británica, aunque ninguno ha sido capaz de enumerar los mil principales fallos; además, wikipedia es pacato y está sujeto a cambios que desactualizan o llevan a errores que ya se han perpetuado en novelas o ensayos. Al menos, derroté a uno de sus principales forofos al consultar la fecha de nacimiento de un músico: mi enciclopedia de rock (una de ellas) es más fácil y rápida de consultar que la wikipedia, que además fue inexacta su búsqueda. (No dejo de reconocer que una enciclopedia que no presume de serlo, la Imdb, es más exhaustiva y precisa que cualquier enciclopedia de cine, pues contiene los nombres de hasta los más invisibles extras de cualquier película, siempre y cuando sea estadounidense, francesa, inglesa, pero es menos precisa con las italianas, las españolas, y de plano desdeñosa con el cine mexicano: por ejemplo, no revela el nombre de la altota que baila bien sabroso con Germán Valdés, y lo carga al final, en las últimas escenas de El mariachi desconocido; mal no menor, aunque comparta la falla con las anotaciones en la Historia documental del cine mexicano, primera y segunda ediciones, de Emilio García Riera; tampoco nombra a la bailarina, bien seria ella, que camina frente a Valdés mientras éste canta “Piel canela” en la misma cinta, y a la que describe con un amplio ademán al extender los brazos a la altura de las caderas, cuando entona el verso que habla del mar y su “inmensidad”. La Imdb tampoco tiene el nombre de todos los técnicos ni, peor, hace caso de las canciones interpretadas en casi ninguna cinta, error terrible porque la música es parte, para bien o para mal, de toda cinta. Tampoco trae el error más grave de Buñuel aunque se ensaña con muchos otros directores por fallas de continuidad o sin importancia.
                Tengo otros varios diccionarios especializados en actores, bailarinas, beisbolistas; o en filósofos o escritores, o de literaturas del mundo y sus alrededores (en uno de ellos ocupo exactamente el mismo espacio que el que le dan a mi muy admirada y amiga Rosa Montero), o inventores, o músicos, o científicos; gramáticas, o vocabularios especializados; o recuento de disparates, atestan varios plúteos además de doble fondo en un librero dedicado a puros libros de esta naturaleza, y otros andan dispersos, por su tamaño o su especialidad, en otros libreros, además de que se cuelan algunos que tendrían que estar en otro sitio, como el Diccionario de trucos gracias al cual acabo de limpiar mis sombreros de paja.
                Por falta de capacidad (física y monetaria) no tengo el más necesario para mis chambas, el Santamaría, aunque tengo otros que se ostentan como de mexicanismos, casi todos fallidos. Tengo en cambio varios llamados Pequeño Larousse Ilustrado, a falta del que cedí a Deportes de El Financiero, algunos de ellos cortesía de los muy gentiles amigos de Anaya (¿o insinúan que no sé usar el lenguaje?), pero acabo de conseguir uno que me parece útil, divertido y ejemplar, el Larousse práctico para México y América Latina, publicado hace un año pero que no está en ninguna librería en las que lo busqué luego de verlo en el pasaje del STCM (para coincidir con los que se ahorran vocales), pero que estaba cerrado por ser día de guardar. Es realmente pequeño aunque en los diccionarios no debe contarse ni anotarse el número de página, pero apenas llega a 450, en tamaño pequeño (7.4 ₓ 5.4 pulgadas), tipografía extremadamente pequeña (seis puntos), pero en verdad son útiles las más de veinte mil entradas con más de cincuenta mil significados, cinco mil de ellos exclusivos de México y alrededores, y con acepciones asequibles y precisas; no trae audicionar, aunque sí presupuestar, que supongo debe haber algunos que aún la digan; aunque de birria se diga que es una cosa mal hecha, acepta que es un guiso que se hace con carne de borrego o chivo (no con res o puerco, guácala), pero al menos no dice que hot dog es mexicanismo, y acepta que hot cake se diga jotkeik y no panqueque, como leíamos en La pequeña Lulú; admite “palomitas” y no las “rosetas” que nos acomplejaban en los cómics de nuestra infancia.
                Las definiciones son concretas (aunque prefiero las extensas y divertidas del de Selecciones), por lo regular precisas, y no tienen el complejo absurdo de pretender ser ley aunque solamente lo utilice el 47% de usuarios, si sólo se compara con México, muchísimo menos que con el resto de América Latina, y además, de manera incorrecta y cursi; no solapan los solecismos como si no supieran que son errores. Otra ventaja de este pequeño y práctico: la tabla de conjugación es real, no ilusoria, y demuestra que el verbo venir no es uno para España y otro para América, lo que será útil para algunos académicos; en lo que está mal es en la acentuación grave de “futbol” y de “beisbol”, claro, por su ignorancia del idioma inglés; corrigen en cambio el “chofer” que acentuaron gravemente en el pasado, y desechan el correcto pero feo “chofera”.
                En lo que no cambian es en la definición de las llamadas malas palabras, que son las primeras que uno busca al abrir un diccionario, y más cuando se es niño; ya no vienen definiciones incomprensibles como “pelo del empeine” y otras huidizas; aunque son más correctas y menos cobardes, no son las que uno emplea y que caracterizaban a la literatura mexicana de los años sesenta y que siguen sin aparecer, desinhibidas y coquetas, como se les usa a diario hasta en las campañas electoras oficiales u oficiosas, en las cámaras legislativas, en los periódicos (sobre todo en las oficinas, no siempre en las páginas) y ya hasta en la televisión sin miedo a que los censuren pero que demuestran mal gusto. Por cierto, hay que echarle una vista a la octava acepción de bueno/a, y advertirle al “jefe” de “gobierno” capitalino que en ningún diccionario se acepta ni por equivocación el término “sintiente”, a ver qué siente. (El de Sinónimos de Corripio acota más de treinta sinónimos para callonca, más del triple que otros diccionarios.)

En el primer tomo de los Inventarios aparece una acotación del propio José Emilio Pacheco en la que reconoce como barbarismo el término “autoinmolar”, que había usado una semana antes, y tan grave como autosuicidio, que él atribuye a un ex presidente aunque más bien se lo asestaron a un académico y director de la más importante editorial mexicana; sin embargo, vuelve a aparecer en el tercer tomo; los editores podrían haberlo eliminado, si lo hubieran advertido; a lo largo de los tres tomos aparece varias veces “así mismo”, que es otro barbarismo, que me parece nunca utilizó Pacheco aunque sí posiblemente alguno de sus editores; más lo divertiría aunque también lo mortificara alguna palabra que, mal dividida tipográficamente da lugar a malos entendidos, como “reputa-ción”, o la mala división de una palabra que termina con “no”, también da lugar a equívocos, como “mexica-no” que produce una frase negativa; también una lectura atenta hubiera evitado repeticiones o, peor, contradicciones. Pacheco, obsesionado con las erratas, tenía la costumbre de corregir de puño y letra en los ejemplares que sus lectores le ponían para que pusiera firma o dedicatoria; en estos Inventarios tendría que entregar fe(s) de erratas, con las disculpas que acostumbraba ofrecer al corregir esas erratas.

Comerciales en que advierten de los peligros de la nula educación sexual (cierto, ya nadie dice “gracias”), de los desconocimientos de los riesgos de adquirir enfermedades venéreas (un sabio mexicano, simpático y sincero como él solo, me contó que gracias a la profesión de médico de su padre, él y varios de sus amigos, muchos de ellos puntales de la ciencia y el arte mexicanos, se salvaron de esas enfermedades), ellos, o el de andar por la vida arrastrando un niño por amar queriendo también ser amadas con las consecuencias de las soledades arrepentidas; sin embargo, de todo culpan a la mujer, por precipitosas o por no avisar que, pese a pertenecer a familias recatadas, de hermanos celosos y padres vigilantes, portan males si no incurables cuando menos incómodos; en ningún caso culpan a los hombres. ¿Habrá sanción para los publicistas culpables? ¿Se darán cuenta las intransigentes que ven culpables menos donde los hay?

Y hay que advertir: un grupo malicioso, malintencionado, con todas las culpas de todas las generaciones que los anteceden, y que andan por la calle provocando: un vigilante en el Metro da el paso a las usuarias con una expresión extra: “pase, reina”; algunos de quienes colectan para la Cruz Roja entregan el simbolito con la expresión “para que se vea más guapa”: hay que combatirlos, denunciarlos, exhibirlos, aunque las que han recibido esos piropos se sientan halagadas.

Sergio Romano, mi jefe y amigo, mucho más amigo que jefe (que nunca fue) anda retirado momentáneamente, recuperándose de una intervención quirúrgica, y con la orden de reposar mientras se cumple el tratamiento; que disfrute leyendo y oyendo música, actividades ambas en que pocos lo hacen con mayor capacidad y placer; después seguiremos enloqueciendo a su auditorio.

Los gandallas de Gandhi, con toda maldad, se solazan exhibiendo a los escritores mexicanos, tanto en su revista como en la versión electrónica de facebook, porque los ponen a opinar de lo que deberían de saber, o sea de libros: a una le preguntan cuántos libros tiene y dice que muchos, como trescientos o quinientos; otra opina que los ilegibros en papel cebolla y doble columna son muy bonitos; y otro, indudablemente culto, se puso nervioso y al mostrar una rarísima edición de El joven, de Salvador Novo, lo confundió con Return ticket.

viernes, 31 de marzo de 2017

Inventarios, Pacheco historiador; adiós a Juan Bañuelos

La aparición de los tres tomos que seleccionan una parte significativa pero menor de la columna Inventario, que José Emilio Pacheco publicó en los últimos meses del Excélsior dirigido por Julio Scherer, y en Proceso desde su fundación hasta el fallecimiento de Pacheco, en enero de 2014, ha sido esperada desde el anuncio de que habría preventa en la feria del libro en Guadalajara; son tres tomos con cerca de 650 páginas cada uno, pero en un formato inusualmente mayor que el acostumbrado en Ediciones Era, del mismo tamaño que los Cuadernos de la cárcel, de Gramsci, aunque con caja más pequeña y letra más grande.
                No hay engaño: el título del libro respeta el nombre de la columna; no hay noticias de que vayan a recopilarse las columnas muy semejantes, prácticamente iguales, que publicó en México en la Cultura (aunque la mayoría fueron reseñas, más que columnas), la Revista de la Universidad de México (parte reseñas y crítica y parte columna), La Cultura en México, El Heraldo Cultural, Nexos, Plural, Letras Libres  y otras desperdigadas en alguna revista tipo Caballero y en otras publicaciones aparentemente dirigidas a un público femenino, pero con las mismas intenciones y la misma calidad que las que ahora se recopilan. Tuvieron diferentes nombres, casi todas mencionadas por Hugo J. Verani en La hoguera y el viento (UNAM, Era), ni consideradas tampoco en el Diccionario de Escritores Mexicanos, que en cambio incluye vida y obra de Julián Hernández, el más renombrado de los heterónimos de Pacheco. (Este diccionario excluye lo que no consideran cultural, y dejan fuera gran parte de la obra de muchos autores dignos de respeto sólo porque no se publicó en revistas culturales.) Además, colaboraciones esporádicas en otros diarios, revistas y suplementos. Si se llega a recoger todo puede igualar el número de volúmenes de las Obras completas de Alfonso Reyes. Y los no incluidos son los que más falta hacen, porque finalmente en las páginas electrónicas es posible consultar, guardar e imprimir prácticamente todo lo que publicó en Proceso.
                Hay una reacción que me toma por sorpresa: muchos lectores esperaban más ensayos sobre literatura que sobre historia, política y vida cotidiana; no es de asombrar: a los literatos no los consideran historiadores, aunque hayan hecho estudios notables y novedosos sobre estos aspectos; no sólo Pacheco: él mismo decía que a Fernando Benítez no lo tomaban en serio pese a sus libros sobre la Colonia y sobre la Revolución Mexicana, con el tema central de vida y obra de Lázaro Cárdenas. Y no son los únicos.
                Juntos, nos revelan un aspecto que se sale del esquema (los esquemas que limitan y reducen a fórmulas la obra de Pacheco, en especial la poesía “ready-made” y las lecturas unidimensionales de la narrativa, aspecto del que también me considero culpable, porque hasta que comencé la lectura de la tercera versión de Morirás lejos me di cuenta de guiños inequívocos sobre libros e influencias que no había visto, ni yo ni nadie).
                Muchos lectores de su poesía ven con menos interés la narrativa, y viceversa; menos observan los ensayos, y creo que han considerado más el periodismo cultural, quizá porque es más sencillo, y aplica la fórmula de Borges y Reyes, influencias notorias, de que el periodismo debe ser amable con el lector; en efecto, los inventarios y columnas semejantes hacen que el lector se sienta culto e inteligente.
                Pero el otro aspecto es el de historiador, pues no se limita a repetir y glosar historias conocidas o las poco conocidas: ahonda en hechos y personajes, encuentra explicaciones que, sutiles, otros pasan por alto, y que comprenden actitudes personales, amistades o rencores, situación económica, enamoramientos que influyen en el comportamiento en batallas, el entorno cultural que modifica el pensamiento de los protagonistas y, sobre todo, no juzga desde el presente, y muchas veces no juzga, sólo explica y juega a lo que pudo haber sido y no fue.
                Como historiador hace lo que otros no; por eso son tan entrañables estos inventarios, porque está el Pacheco al que hemos valorado por debajo de sus otras actividades.

Repito: se agradece la excelente redacción, la gramática amable, la consideración para con el lector a quien pone al tanto de lo que suele ignorarse; conecta la historia con la literatura, y a ésta con la política y con la sensualidad; como sucede con el periodismo, y es algo de lo que siempre estuvo consciente, hay hechos, datos, palabras, frases, observaciones, que envejecen o pasan de moda; en uno de los inventarios más recordados, “La vida en México durante el periodo presidencial de Rafael Baledón”, pierde actualidad no frente a los sucesos (Trump ha aparecido en 12 filmes, uno de ellos nada menos que de Woody Allen), sino frente a las personas; obviamente la referencia a Baledón le dice algo sólo a los cinéfilos de muy buena memoria, y a los que no son víctimas de Netflix, Blim y esas redes, para quienes el cine viejo es el de los años noventa; con el buen chiste de que Reagan sucumbe haciendo la prueba del añejo no muchos podrán recordar que antes de que John Gavin aceptara el cargo de embajador en México había filmado un comercial de ron Bacardi, cuya calidad la garantizaba su añejamiento; otra referencia cercana, la de Alcoholy Queen, asombrará a quien no se acuerde del comercial de Viejo Vergel, “como el viejo decía” (y que no hubo segunda campaña por culpa mía y de Antonio Flores González).
                La referencia a Elvira Luz Cruz es muy dramática, pero las averiguaciones posteriores muestran que el caso, sin dejar de ser dramático y atroz, tenía otras características que las que conoció Pacheco, y todos, en esas fechas.
                Hay algunas características de la edición que no se puede dejar de señalar: en el primer tomo, cuando Pacheco habla de décadas, dice “los treintas, los cincuentas”; en tomos posteriores ya los escribe en singular; abundan frases y títulos en que nombres propios son convertidos en adjetivos, y se hicieron correcciones injustificadas, y en cambio perpetuaron erratas que a Pacheco no le hubiera disgustado que se enmendaran. Igualmente, se actualizó la ortografía según recomendaciones de la RAE que Pacheco no aceptaba. Ausencias notables: notas al pie e índice de nombres (uno de temas hubiera abarcado mucho, sin gran utilidad); las notas de los editores hubieran puesto al lector en conocimiento de datos históricos (devaluaciones, asonadas, rumores que la gente tomó como reales, amasiatos de estrellas con políticos, y no por el mero chisme) que dieran contexto a inventarios que 40 años después llegan descontextualizados.
                Otra curiosidad; en el primer tomo Pacheco dice con alguna frecuencia “sino todo lo contrario”, que era como se decía que había dicho el presidente Echeverría acerca de la devaluación, o de inundaciones o de cualquier otro asunto; el rumor fue tan hondo que se sigue adjudicando la frase a Luis Echeverría, cuando en realidad la dijo el entonces secretario de Agricultura y Ganadería, Manuel Bernardo Aguirre, y fue “antes al contrario”, como cita Pacheco en los tomos posteriores; la corrección nada hubiera alterado, antes al contrario. Hay, sin embargo, asuntos inesperadamente actuales, como en el segundo inventario sobre Mussolini, que al definirlo a él y al fascismo parece que habla de Donald Trump o de dos o tres precandidatos a las elecciones de 2018, en el país y en la capital: igualitos.
                Abundan, desde luego, los inventarios que se refieren a la historia cultural y que siguen siendo indispensables, aportan datos que antes de Pacheco no eran de dominio público; se agradece también la inclusión de los que narran capítulos autobiográficos, en los que nos regala claves para entender su obra, cómo se conectan entre sí, y sus orígenes; como no son explícitos, seguimos repitiendo los lugares comunes y sus influencias, nada ocultas, no las acabamos de entrever, pero las dijo con claridad.
                Otra circunstancia; muchos inventarios son inolvidables, pero pueden leerse como si fueran nuevos; algunos, muy enclavados en una época, han perdido actualidad y se leen con gusto por la prosa y la inteligencia, no por el asunto tratado. Y recalco que para la mayoría de los lectores entusiastas para quienes Pacheco es uno de sus autores favoritos, si no el favorito (nótese que él no usaba la palabra “fan”), los inventarios quedaron en la memoria colectiva; se decía desde principios de los ochenta que Proceso se leía de atrás para adelante: “Boogey el Aceitoso”, “Inventario” y la columna de García Márquez, para rematar con el editorial más inteligente, el de Naranjo. Así, en las ausencias de Pacheco cuando viajaba al extranjero o porque terminaba un libro, se echaba de menos hasta que algún conocido anunciaba que ya había regresado; son pocas las que los lectores de entonces desconocemos, y para los lectores que conocieron la columna a finales de los noventa, casi todo es novedad y una aportación valiosa.
                En las palabras introductorias no se explica el criterio de la selección, sólo el más notorio, el cronológico, pero abundan los que se refieren a algún inventario no recopilado, lo que deja al lector con la obligación de buscarlo en la red, fácil de localizar pero no de leer (por la transcripción no pulcra); suponemos que los muchos que tienen coleccionadas todas las columnas, insistirán en que dejaron fuera algunas tan buenas como las incluidas. Por mi parte, me gustaría que además se compilaran, aunque fuera sólo para las redes, muchas de las que formaron la columna, con otro nombre y otras publicaciones. (De hecho, en la página de facebook José Emilio Pacheco: textos a la deriva, ha habido una recuperación asombrosa y loable de textos muy antiguos, de Estaciones, La Palabra y el Hombre —cuya historia y relación con Pacheco está por escribirse— y aún antes, y desde luego del Diorama y de La Cultura en México).


Uno se entera, con estupor y dolencia, del fallecimiento de Juan Bañuelos, un poeta excelente y magnífico amigo; en lo particular lo recuerdo en Editorial Novaro, siempre dispuesto a platicar, recomendar lecturas (sobre todo, de poesía religiosa), a chismear sobre amigos; nunca salí sin un paquete de cómics, obsequio suyo; allí me confió que una de sus grandes influencias o coincidencias fue José Hierro, al que me hizo leer de otra manera. Sus sonetos a la muerte del padre son extraordinarios; confieso que sólo una vez los pude leer en voz alta, aunque varias veces estuve a punto de que se me quebrara la voz. Pese a su temática social, a sus poemas sobre la muerte, sobre la iniquidad, sobre la represión, Bañuelos era simpático, afable, cordial, divertido.

El viernes 31 llegó, escueta, la noticia del fallecimiento de Rubén Amaro (Sr., le dicen las agencias gringas); hijo de Santos Amaro, que no llegó a las Ligas Mayores por el color de su piel, y padre de Rubén Amaro Jr., jardinero, asistente de gerente, luego gerente y ahora coach de tercera de los Medias Rojas (en preparación hacia su carrera como mánager), jugó unos pocos años en las Mayores; los cables resaltan que fue el ganador del Guante de Oro como short stop de los Filis de Filadelfia en 1964, pero olvidan decir que ese año logró la mayor hazaña, pues lo premiaron aunque era suplente de Boby Wine, un excelente parador en corto, y quien jugó 108 partidos en esa posición; Amaro estuvo en 79 juegos en el campo corto, 58 en primera base supliendo John Hernstein y a Frank Thomas, y algunos pocos juegos en tercera y en primera base, más uno en el jardín; aunque su porcentaje fue de .264 y empujó apenas 34 carreras, lo hizo en momentos clave, y fue la razón por la que su equipo peleó hasta el último día por el campeonato de la Liga Nacional, aunque terminó un juego abajo de los Cardenales de San Luis; pese a Johnny Callison, Dick (o Richie) Allen, Thomas, Vic Power, Wes Covington, Filis lo escogió como su jugador más valioso, y la Nacional lo recompensó: es el único suplente en ser Guante de Oro sin ser titular. Excelente fildeador, heredó de su padre la habilidad al campo y se la legó a su hijo. Aunque estuvo 12 años en las Mayores, prosiguió su carrera como coach, buscador, y entrenador de fildeo en las Menores con varios equipos, como los mismos Filis y los Oseznos de Chicago. Además, fue de los pocos seres de carne y hueso en aparecer en Chanoc, junto al sabio Monsiváis y a Carlos Albert, al que confundieron con el robot, Sócrates. Fue de mis primeros ídolos deportivos, y nunca he dejado de admirarlo


lunes, 20 de marzo de 2017

Antecedentes ilustres de los Inventarios

Aunque hay antecedentes ilustres, fueron los modernistas quienes dieron sello personal a las crónicas periodísticas; no sólo es que las arengas políticas habían perdido su furor, y las muy agudas visiones de la vida cotidiana de parte del magnífico par de ases de nuestra República Restaurada (Altamirano y Ramírez), y la mirada sobre la vida popular de parte de Prieto, se volvieron versiones personales de Gutiérrez Nájera, Luis G. Urbina, Nervo; don Artemio las convierte en banquetes deliciosos y revive las crónicas más cronométricas de González Obregón, aunque en ambos persista el afán histórico de perpetuar calles, avenidas, historias, leyendas, aunque no tanto anécdotas.
                ¿Qué queda de ellos? Trazos, apuntes, humor, minucias, en casi todos, magnífica prosa, pero se ha perdido el sabor por culpa del desconocimiento de cómo fue la vida cuando fue de veras vida.

Los dos más grandes prosistas de crónicas de los tres primeros cuartos de siglo de nuestro XX, que parece no terminar, son Alfonso Reyes y Salvador Novo, enemigos en muchos sentidos aunque en lo personal hayan sido tan amigos.
                Un muy alto porcentaje de los escritos que componen los XXVI tomos de las Obras de Alfonso Reyes en el Fondo de Cultura Económica fueron apuntes sobre escritores, libros, personajes, obras, lecturas, publicadas en revistas y periódicos de España, recogidos en volúmenes de prosa varia en diferentes editoriales, como Espasa-Calpe, y en México por Tezontle, El Colegio de México, Nuevo Mundo, Stylo, o en ediciones propias; en esas entregas periodísticas hay un afán por divulgar sabiduría en dosis digeribles; explicaciones sencillas sobre autores no particularmente difíciles, y difieren de sus ensayos eruditos para especialistas; un texto no recogido aún en las obras es ilustrativo: su explicación de la teoría de la relatividad de Einstein, en la que los que no son (somos) expertos en física encontramos la fórmula para entender de qué se trata, aunque Reyes no haya sido especialista y se le nota el esfuerzo por ponerla en manos de los ignaros porque él mismo se nota dubitativo.
                En esos ensayos breves encontramos erudición, pero al alcance de todos: antecedentes de autor y obra, alguna anécdota graciosa, exploración anatómica del texto, del lenguaje utilizado, y una síntesis que no aspira a ser totalizadora. Otros son breviarios sobre culturas antiguas, también con ese lenguaje didáctico que hace que los lectores se sientan inteligentes, aunque la inteligencia sea del autor. Son artículos que por su inteligencia y profundidad hemos calificado de ensayos, aunque el propio Reyes los haya dedicado a los tipógrafos de los diarios en que aparecieron primero, y a quienes agradeció la corrección de muchos de ellos, corrección de incorrecciones provocadas por la premura con que debía entregarlos, y que muchos de ellos fueron escritos en las mismas mesas de plomo en que se formaban antes los periódicos (y que pese a la premura, a que se trabajaba sin tiempo para muchas enmiendas, aparecían sin las erratas y los barbarismos actuales, tal vez porque los correctores han desaparecido de las redacciones). Aunque haya tratado muchos temas, fue posible para Reyes reunirlos en tomos temáticos; no hay que olvidar el título de una serie que alcanzó cinco tomos que abarcan casi 500 páginas del tomo IV de las Obras Completas: Simpatías y diferencias. Pero muchos, muchísimos otros, no son tan diferentes y sí muy afines.

El otro gran cronista fue Salvador Novo. No debemos limitarnos a los voluminosos tomos que abarcan la vida cotidiana de México, y en especial de la ciudad de México, y que fueron apareciendo en diversas revistas con diversos nombres desde el período presidencial de Manuel Ávila Camacho hasta la primera mitad del sexenio de Luis Echeverría Álvarez; estas crónica se refieren a la vida de Novo, pública y privada, aunque no a la íntima, que no ocultó, pero la publicó en poemas de circulación privada.
                Sin embargo, muchos de los escritos que nutrieron sus mejores libros (En defensa de lo usado, Ensayos, Continente vacío, Este y otros viajes, Las locas, el sexo y los burdeles y las notas varias que conforman el segundo volumen de Viajes y ensayos) son crónicas instantáneas de la vida cotidiana, de sucesos inesperados, de los milagros que irrumpen la vida diaria; apuntes sobre actores, cómicos, amigos; de la muerte de algún conocido, y que no están incluidos en la crónica masiva de La vida en México en el período presidencial de….
                ¿Qué hace a Novo un cronista privilegiado? No la acumulación de datos, anécdotas, no la información que empapa al lector de los antecedentes que explican lo que va a leer; esa erudición queda implícita, no explícita: le muestra al lector el hecho bruto, y éste tiene que digerirlo, entenderlo y explicárselo; Novo trata al hipócrita lector como su semejante, su hermano, que está igual de enterado que él, se trate de un asunto policial (el asesinato de unos hermanos millonarios que vivían como pordioseros; el fallecimiento, a distancia, de uno que quiso ser su maestro y Novo no se lo permitió; el estreno de la semana; la disputa de la semana —resuelta a bofetadas en las mejillas del autor—, un accidente del que, por una vez, no se atreve a burlarse).
                Sabiduría en cápsulas eruditas pero escritas con un lenguaje sencillo y tono vernáculo, veraz, cotidiano, a veces con un albur implícito; hay en esas crónicas un humor inesperado aunque el lector lo espera en tratándose de la fama y el prestigio del autor.

Éstos son los antecedentes de los Inventarios de José Emilio Pacheco, que en una apretada antología acaba de publicar en tres tomos Ediciones Era, y de la que hablaré en días próximos.

Aparte, quiero denunciar a la recepcionista de Benjamín, nuestro dentisto, quien al devolverme la credencial que debo depositar para que se me facilite el ingreso al consultorio, me dijo que había salido muy guapo en la fotografía.
                También a la maquillista que me quita lo brilloso del rostro antes de entrar al aire, y quien, al finalizar la tarea, me dijo, delante de Lourdes, que me había dejado muy guapo.
                También, a nuestra amiga Rosa Montero, quien en alguna dedicatoria nos ha puesto a Lourdes y a mí el adjetivo de guapos.
                A Cristina Pacheco y a Diego, quienes cada vez que se encuentran se califican mutuamente de guapos.
                A (a destiempo) los Churumbeles de España, que no sólo espetaron el adjetivo de Guapa a una protagonista que estaba que se caía, que detenía el tránsito, sino que lo repitieron (guapa, guapa, guapa, tres veces guapa) hasta hacerlo acoso.
                A Carlos Pellicer que dijo, a manera de metáfora, que hay azules que se caen de morados (y si no lo entienden, que no denuncien).
                A Jim Morrison, quien dijo de alguien Don't ya love her as she's walkin' out the door.