lunes, 1 de mayo de 2017

Diccionario mexicano; más observaciones de Inventarios; sexismo oficial

Aunque soy entusiasta de los diccionarios (afición más o menos reciente, y contagiada por la colección acumulada por Antonio Bolívar en Redacta, que ocupaba todo un cuarto bastante grande, las cuatro paredes de piso a techo, y a la que contribuí con la sugerencia —creo recordar que a eso se redujo— del Diccionario secreto de Camilo José Cela (nombre cacofónico; el diccionario me lo presumió Bernardo Ginés de los Ríos), y la aportación del Diccionario del argentino exquisito, de Adolfo Bioy Casares; Bolívar me honró imponiendo mi nombre en el ex libris, y con la venta baratísima de los primeros tomos del Corominas —no había aparecido el último—, y el obsequio del Moliner, que trajo de España cuando era inconseguible en México), no tengo tantos como algunos coleccionistas y usuarios célebres, como dicen que era don Jaime García Terrés, pero paso del centenar.
                Es cierto que no sabemos usar diccionarios; en alguna ocasión, en El Financiero, en la sección de Deportes habían deshojado un Pequeño Larousse Ilustrado que obsequié, aunque sólo de las primeras 40 páginas, que eran las que consultaban; pedí a los administradores que sustituyeran ese ejemplar, ya viejo además, por uno nuevo, y dotaran a otras secciones de al menos uno; al ver que tardaban pregunté el motivo, y me contestaron que no conseguían uno de la misma edición del que aporté un par de años antes y que ya tenía algunos años en casa, y lo había sustituido por el Gran Diccionario Enciclopédico Ilustrado que publicaba Selecciones de México (segunda edición, la azul; la primera la obsequiamos a la escuela donde Diego cursó el primer año de secundaria; eso nos confirmó que cuando donamos libros nos peleamos con esas personas o instituciones), y que pese a los muchos años que ya llevamos con él, nos ayuda prácticamente en toda consulta; por desgracia, no lo han actualizado, creo, o no lo han traído, así como descontinuaron el excelente La fuerza de las palabras, mejor que el primer Diccionario de dudas de Manuel Seco.
                Los que saben dicen que hay que actualizar diccionarios en casa cada cinco años, cuando se tiene sólo uno, como pasa en la mayoría de los hogares; el contagio por la afición por los diccionarios me ha hecho adquirir algunos curiosos; y eso es lo valioso de los míos: más que muchos, tengo algunos que causan envidia entre los buenos coleccionistas; tengo, a cambio del de germanías de Gredos, carísimo en la Feria de Minería, y que hace por lo menos cinco años que ya no traen, algunos especializados en el lenguaje del hampa, uno de ellos confiscado en su momento por la policía, no por censura, sino para que las autoridades entendieran a los vatos que se burlaban de ellas en su presencia (ahora lo censurarían las nuevas autoridades mojigatas por una sola línea: joven, adjetivo con el que los hampones se referían a los afeminados); ese útil libro parece haber sido consultado en su momento por Carlos Fuentes y por Octavio Paz; otros se refieren al lenguaje de las malas expresiones o por delincuentes en España, aunque por desgracia nunca pude conseguir el más atractivo, que era el que sirve de mofa a los filólogos por cómo se expresan en general los españoles que se creen elegantes (y supongo ya rebasado por las modalidades de hablar en disílabos: boli, peli, cumple, prosti, progre y otras ridiculeces); la mayoría de esos diccionarios de jergas o germanías los ha publicado la benemérita Alianza Editorial.
                Tengo diccionarios de incorrecciones; uno, maravilloso elaborado por Fernando Corripio, mi filólogo favorito; otro por alguien que se dedicaba a demostrar que los adjetivos sirven para calificar de manera contundente a las casquivanas, coquetas, ligeras de cascos y practicantes de los cariñitos de un instante, las de las adolescencias apresuradas, aunque no tanto las víctimas que amaron deseando también ser amadas; otro, también puritano, que demuestra cuántas palabras que usamos ahora provienen de otros idiomas o son de acuñación (entonces) reciente, pero como ya había palabras que servían para lo mismo, caen en incorrecciones; es menos perverso pero también divertido.
                De Corripio tengo varios: el (para mi gusto) mejor diccionario de sinónimos y antónimos, el ya referido de incorrecciones, justo y no pacato; uno de ideas afines tan bueno y más compacto que el Ideológico de Casares, que conseguí hace poco tiempo luego de haberlo buscado durante años (sólo una vez lo había visto, en la Librería del Sótano, hace años y entonces carísimo); uno más, filológico, no tan exhaustivo pero igual de útil que el Corominas; tengo varias ediciones del DRAE, que me sirven para ver cómo ha envejecido la institución aun cuando hace esfuerzos por modernizarse, y la mayoría de las veces sólo para ceder a las presiones, por lo regular efímeras, de ciertas instancias; por ejemplo: tardaron mucho en admitir presupuestar, y entró al lexicón (así le dicen los cursis para evitar repeticiones no innecesarias) cuando ya ni los funcionarios ni los economistas usan esa palabreja, que por cierto era inútil porque ya existía presuponer; acceden a que acceder signifique, además de aceptar, ingresar, inútil y cursi porque ya existía ingresar; la muy lejana acepción de vestuario como vestimenta, porque la principal era el lugar donde deportistas, cantantes, actores y políticos y casquivanas amantes de los cariñitos de un instante cambiaban de vestimenta; ahora es la primera y la segunda acepción. Cedió a las presiones y ya iguala a hombres y mujeres cuando menos en el adjetivo poeta, y ya no distingue si son uno u otra, aunque sí distingue entre actores y actrices; pero por pelear una igualdad que se debe de dar en la calidad de sus obras, la RAE ya los compara con los poetastros; antes cuando menos poeta era el hombre (y poetisa la mujer) que componía obras poéticas y estaba dotado de las facultades necesarias para poetar; ahora ya cualquiera es poeta aunque no las componga ni en el aire ni en el momento. Ahora además son personas, cuando hay otros términos menos rotundos y sonoros, como digamos, por ejemplo, gente. Poeta, al generalizarse, o por ponerlo como persona, anula al autor y lo minimiza, porque además persona tiene demasiadas acepciones que desindividualizan, si se me permite el término.
                A falta de capacidad (física y económica) para albergar la Británica (es más cómoda la Oxford), ni mucho menos la Espasa-Calpe, cuya mayor utilidad es para los hipocondriacos (describe de tal manera los síntomas de todos los malestares ficticios o reales, del alma o del cuerpo, que es un desperdicio no sentirlos, asustarse y fastidiar a los médicos hasta que se les recuerde que de tanto ahi viene el lobo aunque quede el consuelo de “no que no”), acudo a enciclopedias menos aparatosas, cuya única limitación es lo temporal; queda el consuelo de suscribirse para recibirlas digitalmente (acepción nueva) o en unos cuantos disquetes, que terminan siendo más latosos y más tardados que las ediciones impresas; también existe la enciclopedia wikipedia, que es utilísima por el acceso inmediato aunque alguien versado en consultar lo impreso le gana en velocidad, y tiene ésa el defecto de que no atiende lo minucioso, desatiende a las figuras menores pero no menos importantes, y hace más caso a las figuras populares; y no es tan exacta como dicen sus forofos, que afirman que tiene diez mil (¿o cien mil?) errores menos que la Británica, aunque ninguno ha sido capaz de enumerar los mil principales fallos; además, wikipedia es pacato y está sujeto a cambios que desactualizan o llevan a errores que ya se han perpetuado en novelas o ensayos. Al menos, derroté a uno de sus principales forofos al consultar la fecha de nacimiento de un músico: mi enciclopedia de rock (una de ellas) es más fácil y rápida de consultar que la wikipedia, que además fue inexacta su búsqueda. (No dejo de reconocer que una enciclopedia que no presume de serlo, la Imdb, es más exhaustiva y precisa que cualquier enciclopedia de cine, pues contiene los nombres de hasta los más invisibles extras de cualquier película, siempre y cuando sea estadounidense, francesa, inglesa, pero es menos precisa con las italianas, las españolas, y de plano desdeñosa con el cine mexicano: por ejemplo, no revela el nombre de la altota que baila bien sabroso con Germán Valdés, y lo carga al final, en las últimas escenas de El mariachi desconocido; mal no menor, aunque comparta la falla con las anotaciones en la Historia documental del cine mexicano, primera y segunda ediciones, de Emilio García Riera; tampoco nombra a la bailarina, bien seria ella, que camina frente a Valdés mientras éste canta “Piel canela” en la misma cinta, y a la que describe con un amplio ademán al extender los brazos a la altura de las caderas, cuando entona el verso que habla del mar y su “inmensidad”. La Imdb tampoco tiene el nombre de todos los técnicos ni, peor, hace caso de las canciones interpretadas en casi ninguna cinta, error terrible porque la música es parte, para bien o para mal, de toda cinta. Tampoco trae el error más grave de Buñuel aunque se ensaña con muchos otros directores por fallas de continuidad o sin importancia.
                Tengo otros varios diccionarios especializados en actores, bailarinas, beisbolistas; o en filósofos o escritores, o de literaturas del mundo y sus alrededores (en uno de ellos ocupo exactamente el mismo espacio que el que le dan a mi muy admirada y amiga Rosa Montero), o inventores, o músicos, o científicos; gramáticas, o vocabularios especializados; o recuento de disparates, atestan varios plúteos además de doble fondo en un librero dedicado a puros libros de esta naturaleza, y otros andan dispersos, por su tamaño o su especialidad, en otros libreros, además de que se cuelan algunos que tendrían que estar en otro sitio, como el Diccionario de trucos gracias al cual acabo de limpiar mis sombreros de paja.
                Por falta de capacidad (física y monetaria) no tengo el más necesario para mis chambas, el Santamaría, aunque tengo otros que se ostentan como de mexicanismos, casi todos fallidos. Tengo en cambio varios llamados Pequeño Larousse Ilustrado, a falta del que cedí a Deportes de El Financiero, algunos de ellos cortesía de los muy gentiles amigos de Anaya (¿o insinúan que no sé usar el lenguaje?), pero acabo de conseguir uno que me parece útil, divertido y ejemplar, el Larousse práctico para México y América Latina, publicado hace un año pero que no está en ninguna librería en las que lo busqué luego de verlo en el pasaje del STCM (para coincidir con los que se ahorran vocales), pero que estaba cerrado por ser día de guardar. Es realmente pequeño aunque en los diccionarios no debe contarse ni anotarse el número de página, pero apenas llega a 450, en tamaño pequeño (7.4 ₓ 5.4 pulgadas), tipografía extremadamente pequeña (seis puntos), pero en verdad son útiles las más de veinte mil entradas con más de cincuenta mil significados, cinco mil de ellos exclusivos de México y alrededores, y con acepciones asequibles y precisas; no trae audicionar, aunque sí presupuestar, que supongo debe haber algunos que aún la digan; aunque de birria se diga que es una cosa mal hecha, acepta que es un guiso que se hace con carne de borrego o chivo (no con res o puerco, guácala), pero al menos no dice que hot dog es mexicanismo, y acepta que hot cake se diga jotkeik y no panqueque, como leíamos en La pequeña Lulú; admite “palomitas” y no las “rosetas” que nos acomplejaban en los cómics de nuestra infancia.
                Las definiciones son concretas (aunque prefiero las extensas y divertidas del de Selecciones), por lo regular precisas, y no tienen el complejo absurdo de pretender ser ley aunque solamente lo utilice el 47% de usuarios, si sólo se compara con México, muchísimo menos que con el resto de América Latina, y además, de manera incorrecta y cursi; no solapan los solecismos como si no supieran que son errores. Otra ventaja de este pequeño y práctico: la tabla de conjugación es real, no ilusoria, y demuestra que el verbo venir no es uno para España y otro para América, lo que será útil para algunos académicos; en lo que está mal es en la acentuación grave de “futbol” y de “beisbol”, claro, por su ignorancia del idioma inglés; corrigen en cambio el “chofer” que acentuaron gravemente en el pasado, y desechan el correcto pero feo “chofera”.
                En lo que no cambian es en la definición de las llamadas malas palabras, que son las primeras que uno busca al abrir un diccionario, y más cuando se es niño; ya no vienen definiciones incomprensibles como “pelo del empeine” y otras huidizas; aunque son más correctas y menos cobardes, no son las que uno emplea y que caracterizaban a la literatura mexicana de los años sesenta y que siguen sin aparecer, desinhibidas y coquetas, como se les usa a diario hasta en las campañas electoras oficiales u oficiosas, en las cámaras legislativas, en los periódicos (sobre todo en las oficinas, no siempre en las páginas) y ya hasta en la televisión sin miedo a que los censuren pero que demuestran mal gusto. Por cierto, hay que echarle una vista a la octava acepción de bueno/a, y advertirle al “jefe” de “gobierno” capitalino que en ningún diccionario se acepta ni por equivocación el término “sintiente”, a ver qué siente. (El de Sinónimos de Corripio acota más de treinta sinónimos para callonca, más del triple que otros diccionarios.)

En el primer tomo de los Inventarios aparece una acotación del propio José Emilio Pacheco en la que reconoce como barbarismo el término “autoinmolar”, que había usado una semana antes, y tan grave como autosuicidio, que él atribuye a un ex presidente aunque más bien se lo asestaron a un académico y director de la más importante editorial mexicana; sin embargo, vuelve a aparecer en el tercer tomo; los editores podrían haberlo eliminado, si lo hubieran advertido; a lo largo de los tres tomos aparece varias veces “así mismo”, que es otro barbarismo, que me parece nunca utilizó Pacheco aunque sí posiblemente alguno de sus editores; más lo divertiría aunque también lo mortificara alguna palabra que, mal dividida tipográficamente da lugar a malos entendidos, como “reputa-ción”, o la mala división de una palabra que termina con “no”, también da lugar a equívocos, como “mexica-no” que produce una frase negativa; también una lectura atenta hubiera evitado repeticiones o, peor, contradicciones. Pacheco, obsesionado con las erratas, tenía la costumbre de corregir de puño y letra en los ejemplares que sus lectores le ponían para que pusiera firma o dedicatoria; en estos Inventarios tendría que entregar fe(s) de erratas, con las disculpas que acostumbraba ofrecer al corregir esas erratas.

Comerciales en que advierten de los peligros de la nula educación sexual (cierto, ya nadie dice “gracias”), de los desconocimientos de los riesgos de adquirir enfermedades venéreas (un sabio mexicano, simpático y sincero como él solo, me contó que gracias a la profesión de médico de su padre, él y varios de sus amigos, muchos de ellos puntales de la ciencia y el arte mexicanos, se salvaron de esas enfermedades), ellos, o el de andar por la vida arrastrando un niño por amar queriendo también ser amadas con las consecuencias de las soledades arrepentidas; sin embargo, de todo culpan a la mujer, por precipitosas o por no avisar que, pese a pertenecer a familias recatadas, de hermanos celosos y padres vigilantes, portan males si no incurables cuando menos incómodos; en ningún caso culpan a los hombres. ¿Habrá sanción para los publicistas culpables? ¿Se darán cuenta las intransigentes que ven culpables menos donde los hay?

Y hay que advertir: un grupo malicioso, malintencionado, con todas las culpas de todas las generaciones que los anteceden, y que andan por la calle provocando: un vigilante en el Metro da el paso a las usuarias con una expresión extra: “pase, reina”; algunos de quienes colectan para la Cruz Roja entregan el simbolito con la expresión “para que se vea más guapa”: hay que combatirlos, denunciarlos, exhibirlos, aunque las que han recibido esos piropos se sientan halagadas.

Sergio Romano, mi jefe y amigo, mucho más amigo que jefe (que nunca fue) anda retirado momentáneamente, recuperándose de una intervención quirúrgica, y con la orden de reposar mientras se cumple el tratamiento; que disfrute leyendo y oyendo música, actividades ambas en que pocos lo hacen con mayor capacidad y placer; después seguiremos enloqueciendo a su auditorio.

Los gandallas de Gandhi, con toda maldad, se solazan exhibiendo a los escritores mexicanos, tanto en su revista como en la versión electrónica de facebook, porque los ponen a opinar de lo que deberían de saber, o sea de libros: a una le preguntan cuántos libros tiene y dice que muchos, como trescientos o quinientos; otra opina que los ilegibros en papel cebolla y doble columna son muy bonitos; y otro, indudablemente culto, se puso nervioso y al mostrar una rarísima edición de El joven, de Salvador Novo, lo confundió con Return ticket.

viernes, 31 de marzo de 2017

Inventarios, Pacheco historiador; adiós a Juan Bañuelos

La aparición de los tres tomos que seleccionan una parte significativa pero menor de la columna Inventario, que José Emilio Pacheco publicó en los últimos meses del Excélsior dirigido por Julio Scherer, y en Proceso desde su fundación hasta el fallecimiento de Pacheco, en enero de 2014, ha sido esperada desde el anuncio de que habría preventa en la feria del libro en Guadalajara; son tres tomos con cerca de 650 páginas cada uno, pero en un formato inusualmente mayor que el acostumbrado en Ediciones Era, del mismo tamaño que los Cuadernos de la cárcel, de Gramsci, aunque con caja más pequeña y letra más grande.
                No hay engaño: el título del libro respeta el nombre de la columna; no hay noticias de que vayan a recopilarse las columnas muy semejantes, prácticamente iguales, que publicó en México en la Cultura (aunque la mayoría fueron reseñas, más que columnas), la Revista de la Universidad de México (parte reseñas y crítica y parte columna), La Cultura en México, El Heraldo Cultural, Nexos, Plural, Letras Libres  y otras desperdigadas en alguna revista tipo Caballero y en otras publicaciones aparentemente dirigidas a un público femenino, pero con las mismas intenciones y la misma calidad que las que ahora se recopilan. Tuvieron diferentes nombres, casi todas mencionadas por Hugo J. Verani en La hoguera y el viento (UNAM, Era), ni consideradas tampoco en el Diccionario de Escritores Mexicanos, que en cambio incluye vida y obra de Julián Hernández, el más renombrado de los heterónimos de Pacheco. (Este diccionario excluye lo que no consideran cultural, y dejan fuera gran parte de la obra de muchos autores dignos de respeto sólo porque no se publicó en revistas culturales.) Además, colaboraciones esporádicas en otros diarios, revistas y suplementos. Si se llega a recoger todo puede igualar el número de volúmenes de las Obras completas de Alfonso Reyes. Y los no incluidos son los que más falta hacen, porque finalmente en las páginas electrónicas es posible consultar, guardar e imprimir prácticamente todo lo que publicó en Proceso.
                Hay una reacción que me toma por sorpresa: muchos lectores esperaban más ensayos sobre literatura que sobre historia, política y vida cotidiana; no es de asombrar: a los literatos no los consideran historiadores, aunque hayan hecho estudios notables y novedosos sobre estos aspectos; no sólo Pacheco: él mismo decía que a Fernando Benítez no lo tomaban en serio pese a sus libros sobre la Colonia y sobre la Revolución Mexicana, con el tema central de vida y obra de Lázaro Cárdenas. Y no son los únicos.
                Juntos, nos revelan un aspecto que se sale del esquema (los esquemas que limitan y reducen a fórmulas la obra de Pacheco, en especial la poesía “ready-made” y las lecturas unidimensionales de la narrativa, aspecto del que también me considero culpable, porque hasta que comencé la lectura de la tercera versión de Morirás lejos me di cuenta de guiños inequívocos sobre libros e influencias que no había visto, ni yo ni nadie).
                Muchos lectores de su poesía ven con menos interés la narrativa, y viceversa; menos observan los ensayos, y creo que han considerado más el periodismo cultural, quizá porque es más sencillo, y aplica la fórmula de Borges y Reyes, influencias notorias, de que el periodismo debe ser amable con el lector; en efecto, los inventarios y columnas semejantes hacen que el lector se sienta culto e inteligente.
                Pero el otro aspecto es el de historiador, pues no se limita a repetir y glosar historias conocidas o las poco conocidas: ahonda en hechos y personajes, encuentra explicaciones que, sutiles, otros pasan por alto, y que comprenden actitudes personales, amistades o rencores, situación económica, enamoramientos que influyen en el comportamiento en batallas, el entorno cultural que modifica el pensamiento de los protagonistas y, sobre todo, no juzga desde el presente, y muchas veces no juzga, sólo explica y juega a lo que pudo haber sido y no fue.
                Como historiador hace lo que otros no; por eso son tan entrañables estos inventarios, porque está el Pacheco al que hemos valorado por debajo de sus otras actividades.

Repito: se agradece la excelente redacción, la gramática amable, la consideración para con el lector a quien pone al tanto de lo que suele ignorarse; conecta la historia con la literatura, y a ésta con la política y con la sensualidad; como sucede con el periodismo, y es algo de lo que siempre estuvo consciente, hay hechos, datos, palabras, frases, observaciones, que envejecen o pasan de moda; en uno de los inventarios más recordados, “La vida en México durante el periodo presidencial de Rafael Baledón”, pierde actualidad no frente a los sucesos (Trump ha aparecido en 12 filmes, uno de ellos nada menos que de Woody Allen), sino frente a las personas; obviamente la referencia a Baledón le dice algo sólo a los cinéfilos de muy buena memoria, y a los que no son víctimas de Netflix, Blim y esas redes, para quienes el cine viejo es el de los años noventa; con el buen chiste de que Reagan sucumbe haciendo la prueba del añejo no muchos podrán recordar que antes de que John Gavin aceptara el cargo de embajador en México había filmado un comercial de ron Bacardi, cuya calidad la garantizaba su añejamiento; otra referencia cercana, la de Alcoholy Queen, asombrará a quien no se acuerde del comercial de Viejo Vergel, “como el viejo decía” (y que no hubo segunda campaña por culpa mía y de Antonio Flores González).
                La referencia a Elvira Luz Cruz es muy dramática, pero las averiguaciones posteriores muestran que el caso, sin dejar de ser dramático y atroz, tenía otras características que las que conoció Pacheco, y todos, en esas fechas.
                Hay algunas características de la edición que no se puede dejar de señalar: en el primer tomo, cuando Pacheco habla de décadas, dice “los treintas, los cincuentas”; en tomos posteriores ya los escribe en singular; abundan frases y títulos en que nombres propios son convertidos en adjetivos, y se hicieron correcciones injustificadas, y en cambio perpetuaron erratas que a Pacheco no le hubiera disgustado que se enmendaran. Igualmente, se actualizó la ortografía según recomendaciones de la RAE que Pacheco no aceptaba. Ausencias notables: notas al pie e índice de nombres (uno de temas hubiera abarcado mucho, sin gran utilidad); las notas de los editores hubieran puesto al lector en conocimiento de datos históricos (devaluaciones, asonadas, rumores que la gente tomó como reales, amasiatos de estrellas con políticos, y no por el mero chisme) que dieran contexto a inventarios que 40 años después llegan descontextualizados.
                Otra curiosidad; en el primer tomo Pacheco dice con alguna frecuencia “sino todo lo contrario”, que era como se decía que había dicho el presidente Echeverría acerca de la devaluación, o de inundaciones o de cualquier otro asunto; el rumor fue tan hondo que se sigue adjudicando la frase a Luis Echeverría, cuando en realidad la dijo el entonces secretario de Agricultura y Ganadería, Manuel Bernardo Aguirre, y fue “antes al contrario”, como cita Pacheco en los tomos posteriores; la corrección nada hubiera alterado, antes al contrario. Hay, sin embargo, asuntos inesperadamente actuales, como en el segundo inventario sobre Mussolini, que al definirlo a él y al fascismo parece que habla de Donald Trump o de dos o tres precandidatos a las elecciones de 2018, en el país y en la capital: igualitos.
                Abundan, desde luego, los inventarios que se refieren a la historia cultural y que siguen siendo indispensables, aportan datos que antes de Pacheco no eran de dominio público; se agradece también la inclusión de los que narran capítulos autobiográficos, en los que nos regala claves para entender su obra, cómo se conectan entre sí, y sus orígenes; como no son explícitos, seguimos repitiendo los lugares comunes y sus influencias, nada ocultas, no las acabamos de entrever, pero las dijo con claridad.
                Otra circunstancia; muchos inventarios son inolvidables, pero pueden leerse como si fueran nuevos; algunos, muy enclavados en una época, han perdido actualidad y se leen con gusto por la prosa y la inteligencia, no por el asunto tratado. Y recalco que para la mayoría de los lectores entusiastas para quienes Pacheco es uno de sus autores favoritos, si no el favorito (nótese que él no usaba la palabra “fan”), los inventarios quedaron en la memoria colectiva; se decía desde principios de los ochenta que Proceso se leía de atrás para adelante: “Boogey el Aceitoso”, “Inventario” y la columna de García Márquez, para rematar con el editorial más inteligente, el de Naranjo. Así, en las ausencias de Pacheco cuando viajaba al extranjero o porque terminaba un libro, se echaba de menos hasta que algún conocido anunciaba que ya había regresado; son pocas las que los lectores de entonces desconocemos, y para los lectores que conocieron la columna a finales de los noventa, casi todo es novedad y una aportación valiosa.
                En las palabras introductorias no se explica el criterio de la selección, sólo el más notorio, el cronológico, pero abundan los que se refieren a algún inventario no recopilado, lo que deja al lector con la obligación de buscarlo en la red, fácil de localizar pero no de leer (por la transcripción no pulcra); suponemos que los muchos que tienen coleccionadas todas las columnas, insistirán en que dejaron fuera algunas tan buenas como las incluidas. Por mi parte, me gustaría que además se compilaran, aunque fuera sólo para las redes, muchas de las que formaron la columna, con otro nombre y otras publicaciones. (De hecho, en la página de facebook José Emilio Pacheco: textos a la deriva, ha habido una recuperación asombrosa y loable de textos muy antiguos, de Estaciones, La Palabra y el Hombre —cuya historia y relación con Pacheco está por escribirse— y aún antes, y desde luego del Diorama y de La Cultura en México).


Uno se entera, con estupor y dolencia, del fallecimiento de Juan Bañuelos, un poeta excelente y magnífico amigo; en lo particular lo recuerdo en Editorial Novaro, siempre dispuesto a platicar, recomendar lecturas (sobre todo, de poesía religiosa), a chismear sobre amigos; nunca salí sin un paquete de cómics, obsequio suyo; allí me confió que una de sus grandes influencias o coincidencias fue José Hierro, al que me hizo leer de otra manera. Sus sonetos a la muerte del padre son extraordinarios; confieso que sólo una vez los pude leer en voz alta, aunque varias veces estuve a punto de que se me quebrara la voz. Pese a su temática social, a sus poemas sobre la muerte, sobre la iniquidad, sobre la represión, Bañuelos era simpático, afable, cordial, divertido.

El viernes 31 llegó, escueta, la noticia del fallecimiento de Rubén Amaro (Sr., le dicen las agencias gringas); hijo de Santos Amaro, que no llegó a las Ligas Mayores por el color de su piel, y padre de Rubén Amaro Jr., jardinero, asistente de gerente, luego gerente y ahora coach de tercera de los Medias Rojas (en preparación hacia su carrera como mánager), jugó unos pocos años en las Mayores; los cables resaltan que fue el ganador del Guante de Oro como short stop de los Filis de Filadelfia en 1964, pero olvidan decir que ese año logró la mayor hazaña, pues lo premiaron aunque era suplente de Boby Wine, un excelente parador en corto, y quien jugó 108 partidos en esa posición; Amaro estuvo en 79 juegos en el campo corto, 58 en primera base supliendo John Hernstein y a Frank Thomas, y algunos pocos juegos en tercera y en primera base, más uno en el jardín; aunque su porcentaje fue de .264 y empujó apenas 34 carreras, lo hizo en momentos clave, y fue la razón por la que su equipo peleó hasta el último día por el campeonato de la Liga Nacional, aunque terminó un juego abajo de los Cardenales de San Luis; pese a Johnny Callison, Dick (o Richie) Allen, Thomas, Vic Power, Wes Covington, Filis lo escogió como su jugador más valioso, y la Nacional lo recompensó: es el único suplente en ser Guante de Oro sin ser titular. Excelente fildeador, heredó de su padre la habilidad al campo y se la legó a su hijo. Aunque estuvo 12 años en las Mayores, prosiguió su carrera como coach, buscador, y entrenador de fildeo en las Menores con varios equipos, como los mismos Filis y los Oseznos de Chicago. Además, fue de los pocos seres de carne y hueso en aparecer en Chanoc, junto al sabio Monsiváis y a Carlos Albert, al que confundieron con el robot, Sócrates. Fue de mis primeros ídolos deportivos, y nunca he dejado de admirarlo


lunes, 20 de marzo de 2017

Antecedentes ilustres de los Inventarios

Aunque hay antecedentes ilustres, fueron los modernistas quienes dieron sello personal a las crónicas periodísticas; no sólo es que las arengas políticas habían perdido su furor, y las muy agudas visiones de la vida cotidiana de parte del magnífico par de ases de nuestra República Restaurada (Altamirano y Ramírez), y la mirada sobre la vida popular de parte de Prieto, se volvieron versiones personales de Gutiérrez Nájera, Luis G. Urbina, Nervo; don Artemio las convierte en banquetes deliciosos y revive las crónicas más cronométricas de González Obregón, aunque en ambos persista el afán histórico de perpetuar calles, avenidas, historias, leyendas, aunque no tanto anécdotas.
                ¿Qué queda de ellos? Trazos, apuntes, humor, minucias, en casi todos, magnífica prosa, pero se ha perdido el sabor por culpa del desconocimiento de cómo fue la vida cuando fue de veras vida.

Los dos más grandes prosistas de crónicas de los tres primeros cuartos de siglo de nuestro XX, que parece no terminar, son Alfonso Reyes y Salvador Novo, enemigos en muchos sentidos aunque en lo personal hayan sido tan amigos.
                Un muy alto porcentaje de los escritos que componen los XXVI tomos de las Obras de Alfonso Reyes en el Fondo de Cultura Económica fueron apuntes sobre escritores, libros, personajes, obras, lecturas, publicadas en revistas y periódicos de España, recogidos en volúmenes de prosa varia en diferentes editoriales, como Espasa-Calpe, y en México por Tezontle, El Colegio de México, Nuevo Mundo, Stylo, o en ediciones propias; en esas entregas periodísticas hay un afán por divulgar sabiduría en dosis digeribles; explicaciones sencillas sobre autores no particularmente difíciles, y difieren de sus ensayos eruditos para especialistas; un texto no recogido aún en las obras es ilustrativo: su explicación de la teoría de la relatividad de Einstein, en la que los que no son (somos) expertos en física encontramos la fórmula para entender de qué se trata, aunque Reyes no haya sido especialista y se le nota el esfuerzo por ponerla en manos de los ignaros porque él mismo se nota dubitativo.
                En esos ensayos breves encontramos erudición, pero al alcance de todos: antecedentes de autor y obra, alguna anécdota graciosa, exploración anatómica del texto, del lenguaje utilizado, y una síntesis que no aspira a ser totalizadora. Otros son breviarios sobre culturas antiguas, también con ese lenguaje didáctico que hace que los lectores se sientan inteligentes, aunque la inteligencia sea del autor. Son artículos que por su inteligencia y profundidad hemos calificado de ensayos, aunque el propio Reyes los haya dedicado a los tipógrafos de los diarios en que aparecieron primero, y a quienes agradeció la corrección de muchos de ellos, corrección de incorrecciones provocadas por la premura con que debía entregarlos, y que muchos de ellos fueron escritos en las mismas mesas de plomo en que se formaban antes los periódicos (y que pese a la premura, a que se trabajaba sin tiempo para muchas enmiendas, aparecían sin las erratas y los barbarismos actuales, tal vez porque los correctores han desaparecido de las redacciones). Aunque haya tratado muchos temas, fue posible para Reyes reunirlos en tomos temáticos; no hay que olvidar el título de una serie que alcanzó cinco tomos que abarcan casi 500 páginas del tomo IV de las Obras Completas: Simpatías y diferencias. Pero muchos, muchísimos otros, no son tan diferentes y sí muy afines.

El otro gran cronista fue Salvador Novo. No debemos limitarnos a los voluminosos tomos que abarcan la vida cotidiana de México, y en especial de la ciudad de México, y que fueron apareciendo en diversas revistas con diversos nombres desde el período presidencial de Manuel Ávila Camacho hasta la primera mitad del sexenio de Luis Echeverría Álvarez; estas crónica se refieren a la vida de Novo, pública y privada, aunque no a la íntima, que no ocultó, pero la publicó en poemas de circulación privada.
                Sin embargo, muchos de los escritos que nutrieron sus mejores libros (En defensa de lo usado, Ensayos, Continente vacío, Este y otros viajes, Las locas, el sexo y los burdeles y las notas varias que conforman el segundo volumen de Viajes y ensayos) son crónicas instantáneas de la vida cotidiana, de sucesos inesperados, de los milagros que irrumpen la vida diaria; apuntes sobre actores, cómicos, amigos; de la muerte de algún conocido, y que no están incluidos en la crónica masiva de La vida en México en el período presidencial de….
                ¿Qué hace a Novo un cronista privilegiado? No la acumulación de datos, anécdotas, no la información que empapa al lector de los antecedentes que explican lo que va a leer; esa erudición queda implícita, no explícita: le muestra al lector el hecho bruto, y éste tiene que digerirlo, entenderlo y explicárselo; Novo trata al hipócrita lector como su semejante, su hermano, que está igual de enterado que él, se trate de un asunto policial (el asesinato de unos hermanos millonarios que vivían como pordioseros; el fallecimiento, a distancia, de uno que quiso ser su maestro y Novo no se lo permitió; el estreno de la semana; la disputa de la semana —resuelta a bofetadas en las mejillas del autor—, un accidente del que, por una vez, no se atreve a burlarse).
                Sabiduría en cápsulas eruditas pero escritas con un lenguaje sencillo y tono vernáculo, veraz, cotidiano, a veces con un albur implícito; hay en esas crónicas un humor inesperado aunque el lector lo espera en tratándose de la fama y el prestigio del autor.

Éstos son los antecedentes de los Inventarios de José Emilio Pacheco, que en una apretada antología acaba de publicar en tres tomos Ediciones Era, y de la que hablaré en días próximos.

Aparte, quiero denunciar a la recepcionista de Benjamín, nuestro dentisto, quien al devolverme la credencial que debo depositar para que se me facilite el ingreso al consultorio, me dijo que había salido muy guapo en la fotografía.
                También a la maquillista que me quita lo brilloso del rostro antes de entrar al aire, y quien, al finalizar la tarea, me dijo, delante de Lourdes, que me había dejado muy guapo.
                También, a nuestra amiga Rosa Montero, quien en alguna dedicatoria nos ha puesto a Lourdes y a mí el adjetivo de guapos.
                A Cristina Pacheco y a Diego, quienes cada vez que se encuentran se califican mutuamente de guapos.
                A (a destiempo) los Churumbeles de España, que no sólo espetaron el adjetivo de Guapa a una protagonista que estaba que se caía, que detenía el tránsito, sino que lo repitieron (guapa, guapa, guapa, tres veces guapa) hasta hacerlo acoso.
                A Carlos Pellicer que dijo, a manera de metáfora, que hay azules que se caen de morados (y si no lo entienden, que no denuncien).
                A Jim Morrison, quien dijo de alguien Don't ya love her as she's walkin' out the door.



domingo, 12 de marzo de 2017

De las impugnaciones a la llamada constitución; de los teléfonos portátiles y sus inconvenientes; de la feria de libros; de la dignidad en el llamado deporte

En uno de sus “estudios de mujer”, de los que escribió varios, Balzac dice que los polacos defienden las tan escasas vocales de su vocabulario. Eso no lo tomó en cuenta el “jefe” de “gobierno” cuando decidió, sin motivo alguno, suprimir las nueve vocales de Ciudad de México y las seis de Distrito Federal para que gesticulemos y gruñamos un impronunciable CDMX que no sabemos si reporte beneficios, porque más que nombre parece logotipo con derechos de autor. De una vez se lo decimos: no acataremos esa orden absurda, y no nos resignamos a ser provincianos (aunque muchas calles de la ciudad están peores que en muchas ciudades de provincia, y el tránsito, semejante al de Puebla o de Guadalajara y cerca del de Grecia).
                Varias instancias, todas respetables, impugnan la llamada constitución de cdmx, con razones válidas, entre otras, que algunos de los llamados artículos se oponen a la Constitución Federal; otros, al sentido común; valdría la pena que la llamada Academia Mexicana de la Lengua se sumara a las impugnaciones: ¿qué es eso de seres sintientes?, ¿qué se proponen con la validación de redundancias como “adultos mayores”?, ¿cómo en una constitución que propone la igualdad hace distinciones entre niños y niñas, hombres y mujeres?, ¿cómo validan anglicismos denigrantes cuando hay palabras perfectamente descriptivas para situaciones de excepción, como las destinadas para los que necesitamos ayuda externa para la vida cotidiana? Y el “jefe” de “gobierno” agarra y dice que mejor la Constitución Federal copie ésta, tan incompleta, tan desigual, tan inicua, tan pésimamente redactada.

Si es verídica la información que circula en las redes sociales, la primera línea telefónica en México se instaló en 1878; doce años después, 1100 residencias tenían línea telefónica; pocos meses antes del estallido del Movimiento Estudiantil de 1968, es decir, 90 años después de la llegada del teléfono a México, el presidente Díaz Ordaz hizo una de sus escasas llamadas a una residencia  particular para felicitarla porque le habían instalado la línea un millón; casi medio siglo años después se calcula que hay poco menos de 20 millones, incremento que se debe a la mejor tecnología, a que el precio de contratación bajó muchísimo, a la disponibilidad de más líneas; de cualquier manera 20 millones de líneas para más de 114 millones de habitantes habla de privilegios que no están al alcance de todos; pero el decremento en el crecimiento se debe también a lo barato que es tener un teléfono portátil (celular es un adjetivo equívoco, equivalente a la incorrección de nombrar computadora a las computadoras, porque las usamos para correo electrónico, para consultas en las enciclopedias computarizadas e inexactas o cuando menos imprecisas y muchas veces falsas, para ver videos comprometedores, y como veloz y cómoda máquina de escribir –es peor decirles ordenadores, pues). Ahora más del 80 por ciento de la población tiene teléfono portátil, y algunos hasta dos, uno de la oficina y otro propio (o uno propio y otro impuesto por una pretendienta celosa). Y uno duda de las cuentas del INEGI acerca de la pobreza, no porque como dicen los malquerientes hay más pobres de los que reconocemos, sino porque me niego a incluir entre la pobreza extrema a los ambulantes, las marías, los pordioseros, que traen un teléfono portátil con todo y cámara fotográfica. (Tampoco entran en las estadísticas los que pasean perros a 60 pesos la hora, y hay quienes llevan de diez a veinte perros; son paseadores adolescentes o jóvenes –¿cómo saber la diferencia si nos atenemos a la llamada constitución de la cdmx? Ésos, desde luego, no caben la promesa de López Obrador de darles otra chamba, con menos salario y más obligaciones. Y hablando de ignorantes, ¿por qué ningún especialista le aclaró a Trump qué significa la deuda interna y por qué ninguna acción de ningún presidente hace que baje o suba? ¿Ón tan los especialistas?)
                Se cuenta que cuando llegó la telefonía a Italia (hay que recordar cómo eran los aparatos, lo cual puede verse en algunas películas: un tronco delgado y largo en uno de cuyos extremos estaba la bocina, y aparte, pero atado con un cable delgado, un pequeño auricular; se tomaba el tronco con la mano izquierda y con la derecha se llevaba el auricular al oído –excepto los zurdos y los ambidextros, que presumimos de ser zurdos sin serlo), le explicaban a los italianos que con ese aparato podían comunicarse con gente a distancia; preguntaban cómo, y al explicarle cómo se tomaba, dicen que exclamaban: ¿se toma con las dos manos, y entonces cómo hacemos para hablar? –característica que no han perdido: manotear cuando hablan, como puede verse en Comisario Montalbano).
                La llegada de la telefonía portátil ha expuesto un vicio o una enfermedad que los teléfonos fijos ocultaban: nuestra dependencia a estar hablando con alguien en vez de leer, oír música, ver series buenas y películas por televisión, platicar o copular; desde endenantes: un vecino nos llamaba para que le avisáramos a su esposa que llegaría tarde o que comprara algo, porque cuando marcaba a su casa sonaba ocupado y cuando no estaba ocupada la línea, era porque la esposa no estaba en la casa; cuando un editor en el Fondo de Cultura Económica salió para ocupar un puesto diplomático, en la fiesta de despedida alguien explicó: “no perdemos un amigo, ganamos un teléfono”, y era un chiste muy socorrido: las adolescentes monopolizaban el teléfono; y luego, las casadas, para quejarse más libremente. Pero no todas: muchos hombres, tal vez en mayor número, también hablaban muchísimo, fuera por negocios o por quejarse del trabajo y de la vida cotidiana; los escritores comprometidos, y también los ya casados, sostenían largas conversaciones para sustituir los fajes y las promesas.
                La última vez que abordé un autobús (cuyos conductores desmienten al “jefe” de “gobierno” con su impericia, su conducción a mayor velocidad de la que tienen permitido conducir, con su descortesía, y con su voluntariosa manera de permitir ascenso y descenso de pasaje o, como ellos dicen, su carga), la mitad de los usuarios iban hablando, leyendo o mandando textos y mensajes. No importaría si sólo fueran los pasajeros, también lo hacen los conductores, los conductores del STP (Metro, para que lo entienda el “jefe” de “gobierno”), los conductores de autos particulares en porcentaje cercano a la mitad de quienes circulan; también, los peatones que no advierten que por atender su teléfono portátil descuidan todo lo demás; lo más grave: también  hablan mientras conducen bicicletas de pedales o de motor, con el agravante de que lo hacen en sentido contrario, sobre banquetas y pasándose los altos.
                Lo de menos es lo que dicen en voz alta: “nomás voy al cajero y saco lana y te caigo”; “fui al cajero y saqué cuatro varos” y otras indiscreciones por el estilo, que los ponen en peligro de ser asaltados, secuestrados o enamorados por goteras; claro, es más divertido cuando cuentan que las cachó el novio o el amante o el esposo cuando estaba a punto de ponerle el cuerno (¿en qué momento pasó a singular lo que era en plural, porque describía el acto de burlarse a espaldas del otro?), o hablan mal de la suegra o de los jefes, con el inconveniente de que alguien divulgue la plática que los culpables o los implicados no se dan cuenta de que no es privada. Cuando menos dan material para novela, una que sólo reproduzca esos diálogos y el posible lector imagine las consecuencias.
                ¿Es problema de incomunicación, de soledad arrepentida, de necesidad de ser escuchado aunque lo que dicen es intrascendente, inútil y que no le importa a nadie? Hablan en el vacío; eso explicaría las necedades que proliferan en facebook, con el pretexto de la libertad de expresión, las opiniones en asuntos de los que no saben, y que sólo exponen opiniones, muy pocas veces juicios.

Dice Francisco Elorriaga que fue la última vez que asistió a una feria en Minería, que nada tiene que ver ya con la ideada por Isaac Arriaga e implantada por Joe Taylor (no el beisbolista); tiene razón en casi todo, menos que en la UNAM hay precios accesibles: un cuadernillo de menos de cien páginas de Eusebio Ruvalcaba en 200 pesos no es algo razonable; y además, qué horror de muchos de sus títulos; se me antojó revisión de las películas que tienen como fondo o pretexto la UNAM, pero de la cuarta parte de la extensión de cualquiera de los tomos de la segunda edición de García Riera, a más de 700 pesos; pero es más grave aún: no pude comprar un tomo de ensayos de Blas Urrea porque el INEHRM no tenía terminal, y el efectivo era para comer en el Rey del Pavo; no hay novedades, no hay ofertas, y en algunos estantes, feria de clavos menos interesantes que la feria de libros de lance: y los expositores, cada vez más descorteses.

¿Por cierto, los directivos del INEHRM sabrán la diferencia entre guerras y revoluciones, entre golpe de Estado y revolución, entre golpe militar y revolución?

Cada vez es más difícil comer fueras. A los varios restaurantes que han cerrado, otros están en decadencia, otros cambiaron el menú, otros cocinan en los “micro, güey” con lo que pierden propiedades, sabor y se enfrían rapidísimo; lo más grave es la atención: los meseros se equivocan de mesa, de pedido, se tardan más de 20 minutos en llevar un platillo, y además se muestran altaneros.

Los puristas se quejaban: cómo es posible, decían, que la gente se conforme con ver películas por televisión: se pierden los detalles que la gran pantalla permite apreciar (pese a que observadores y críticos perdían muchos detalles, gestos, diálogos), todo se ve más chico: para ver cine hay que ir al cine. Ni siquiera las grandes pantallas de quién sabe cuántas pulgadas pueden sustituir la pantalla de plata; y ora resulta que pueden verse partidos de algún deporte, o películas, o series o telenovelas, en las diminutas pantallas de las tabletas, de los teléfonos portátiles.

Y hablando de algo cercano a los deportes, en el soccer hubo un segundo gesto de dignidad, el segundo después de cuando los necaxistas Carlos Albert, Toño Mora y compañeros intentaron la creación de un sindicato que protegiera a los jugadores de las maniobras de los directivos que cada año violan la Constitución (la buena) en el Artículo 123 y los venden como si fueran bueyes, y ellos de güeyes que se dejan (cuando menos, ahora reciben un porcentaje de la transacción); aquella gesta costó la carrera a todos los que buscaron el sindicato; ahora los árbitros se negaron a participar en los llamados juegos de primera división, por la violencia que ejercen los jugadores, en especial dos que agredieron a los jueces principales de un partido, y no fueron sancionados con un año sin jugar, como lo fueron en su época el Pato Baeza por lanzarle el balón al árbitro  (aunque todos dijeron que era exageración) y a Walter Ormeño por bajarle un diente a Felipe Buergos en un juego de América contra Toluca, y a Fernando Marcos, el entrenador, por consentirlo. Esa violencia se explica por la impunidad de los famosos, actores y deportistas que exigen en restaurantes lugares privilegiados, no hacer fila, tratar despóticamente a meseros y galopines, se van sin pagar o pagan posando para una foto o firmando autógrafos; echan el auto sobre peatones, no respetan el orden de los semáforos, se burlan de las autoridades que se atreven a no reconocerlos, y se creen superiores a los que no somos famosos. Lo peor: la queja no es porque no haya habido juegos en busca de la respuesta de las autoridades deportivas (las otras ni se meten), la queja es porque equipos y televisoras se quejan por la merma de millones en sus arcas. Y surge la pregunta: ¿de veras entran millones en estadios donde acuden menos de mil espectadores?


Hace unos días falleció Paz, abuela materna de Nahúm; él, a sus 12 años, le hizo el mejor homenaje posible. ¿Cómo no estar orgullosos de él?

lunes, 23 de enero de 2017

Susto y héroes anónimos; la historia de tres presidentes; ¿quién gobierna la ciudad?

El viernes 13 regresaba de buscar a un plomero (características del oficio: malencarados —éste no—, lentos, nunca les sale a la primera, y dejan todo sucio —todo lo demás, sí); no lo encontré, desde luego; a la entrada del edificio me alcanzó Lourdes, y cuando íbamos hacia la escalera escuchamos un ruido indefinido y un grito apagado; ¿fue choque o atropellaron a alguien?, preguntó; al asomarme vi, a un metro de la entrada, a una mujer en el suelo, y a su lado, caída, una bicicleta; varios autos estaban detenidos; la mujer hacía ademanes para que los autos no pasaran sobre ella, aunque estaba a más de un metro de donde circulaban (había obras: sin poner ni advertencias, sólo unos tambos separados por varios metros; el “gobierno” de la ciudad de México hace cosas sin avisar, sin advertir de qué se tratan, cuánto duran; lo más ruidoso —al abrir una línea del ancho de una llanta de bicicleta sacaron un terregal que impidió que comiéramos en el tianguis los tacos de mixote cuyo dueño me reconoce, me ve por televisión  y me lee— lo hicieron de noche, impidiendo dormir a la mayoría y arrullando a los insomnes; dice Toño Sandoval que la ciudad se gobierna sola, porque ni el “jefe de gobierno” ni los delegados lo hacen, sólo buscan ganar unas elecciones para los que no han abierto las convocatorias).
                Me acerqué y le pregunté si quería una ambulancia; hacía esfuerzos por levantarse; traté de sostenerla, cuando llegó Lourdes a ayudarme; la mujer, luego supimos que se llama Tere, estaba tan aturdida, tan conmocionada como Roger Staubach cuando lo tacleaba Jack Lambert, o como Tom Brady cuando cualquiera le da un empujoncito. Tenía un golpe en la mejilla izquierda y sangraba un poco en la sien izquierda. No acertaba a hablar.
                El primer auto, del que no pudimos ver las placas, se fue; del siguiente auto bajó una mujer, Alejandra, y se ofreció a llevarla  a un hospital; Tere no reaccionaba; tratábamos de meterla al auto en que venía la joven, pero su aturdimiento y su peso y estatura lo hacían difícil; el conductor del auto se bajó para ayudar. Luego nos enteramos que era un Uber. Un joven que observaba tomó la bicicleta y la recargó en la entrada del edificio; de otro auto bajó otra joven, menuda, en muletas, a tratar de ayudarnos. Los obreros contratados por el “gobierno” de la ciudad de México, a unos cuantos metros, ni se inmutaron ni ofrecieron ayudar ni hicieron algo útil (por eso confirmo que trabajan en el “gobierno” capitalino).
                Lourdes y Alejandra intercambiaron números telefónicos, y el auto que la llevaba se alejó; los jóvenes, muy jóvenes, dejaron que pasaran los otros autos, de los que ninguno bajó pero al menos no comenzaron a infringir el reglamento de tránsito a claxonazos; me acerqué a los jóvenes; tampoco sabían cómo se produjo el accidente, sólo que la vieron dar un manubriazo y caer con violencia, piensan que el primer auto la golpeó, o al menos la asustó, pero no creían que se hubiera encarrilado en el hoyo abierto por los trabajadores del “gobierno” de la ciudad.
                Minutos más tarde Alejandra nos llamó para informarnos que llevaría a Tere, quien no paraba de llorar, a la Cruz Roja; que le inquietaba que se retrasara para su cita, y preguntaba por la bicicleta; no recordaba su apellido ni algún teléfono para avisar a conocidos. Alejandra la tranquilizaba: estaría con ella hasta que la vieran los médicos.

Horas después nos llegaron noticias escuetas pero tranquilizadoras: dentro de la confusión Tere dijo un número telefónico, le avisaron a unas amigas, quienes, cuando en la Cruz Roja la dieron de alta, se la llevaron al Hospital Español, donde pasaría la noche en observación, con el protocolo en el futbol (el verdadero: el otro se llama soccer, no por nada). Alejandra preguntó por la bicicleta; la tenemos guardada; dimos los datos para que pudieran recogerla, lo que hicieron ya entrada la noche; los otros datos ya no los relato, sólo que ya estaba fuera de peligro. Recalco el hecho de que, fuera de las oficinas gubernamentales, de los partidos políticos, hay gente que sin proclamar méritos actuó con presteza, auxilió, no se aprovechó de la situación ni se robó la bicicleta cuando nos dedicábamos a auxiliar a la accidentada. Nadie se puso a tomar fotos ni videos ni se bajó a posar junto a la mujer herida. ¿No es para sentir orgullo?

Hubo una vez un presidente que cumplía con su cometido, pero no tenía la simpatía de la gente, que apoyaba con ahínco a un político más popular, que presumía de sólo atender su ranchito y de no interesarse en la política, mucho menos mostraba sus ambiciones, sólo se interesaba en el bienestar del pueblo, y era tal su empeño por ayudar al pueblo bueno, que comenzó una campaña para desprestigiar al presidente, al grado que el escritor más reputado de la época escribió un libro donde señaló errores y erratas del mandatario, exagerando las reales, inventado la mayoría; fue de tal fuerza la campaña para desprestigiarlo que la leyenda sobre ese presidente siguió durante muchos años, hasta que se perdió en la memoria colectiva y pocos historiadores se atrevieron a desafiarla ni a escribir sobre ese período.

Si es poco convincente esa historia, recordemos otra; un personaje poco popular fue impuesto como candidato del partido político más poderoso porque agrupaba lo más importante de las fuerzas vivas; ganó las elecciones aunque el más popular de sus rivales murió diciendo que eran cifras falsas, infladas, que él, el caudillo popular, había vencido al triunfador pese a los recuentos oficiales; nuestro personaje no fue un presidente popular, aunque lo que hacía era en beneficio del país, que salía de una crisis profunda; quienes lo eligieron, porque era el menos propenso a tratar de perpetuarse, al poco se cansaron de él y empezaron una andanada de chistes la mayoría sosos pero que calaron en la gente; a falta de redes electrónicas, los chismes y los inventos y las infamias y las difamaciones, por no decir de las calumnias frecuentes, minaron la de por sí endeble aceptación sobre aquel presidente, que trataba de mantener la dignidad y la gallardía, pero sus fuerzas, aunque avaladas con cierta discreción por algunos seguidores más por lealtad a las instituciones que a la figura presidencial, cayeron al más bajo grado de aceptación, y su posición se hizo insostenible; no se sabe si sea cierto, pero se dijo que un acto que iba a presidir culminaría con una asonada militar que disfrazaba un golpe de Estado; renunció a su cargo, para beneplácito de toda la gente, que con su complicidad había, digamos, legitimado su caída, y para regocijo de quienes lo habían apabullado de la manera más cínica; desde luego, nadie se responsabilizó de la crisis que sobrevino, y de la que lo culparon aunque haya sido el menos culpable.
Esa historia ha sobrevivido aunque historiadores serios han aclarado los hechos, pero la leyenda continúa y pese a la distancia del tiempo, falta mucho para que se limpie la honra de aquel defenestrado. Una historia similar tuvo un final muy diferente: un presidente joven pero con la fama de ser acólito del político más poderoso de su tiempo, trató de ayudar al pueblo bueno, lo que no le gustaba a la clase política que, al poco, fue abandonándolo, y lo hizo víctima de las bromas soeces, más soeces por ser anónimas aunque se sabía quién las propiciaba y quién las propalaba; menospreciado por su protector, por la prensa que se burlaba de sus actos o los disminuía y ni siquiera le daban crédito, o los distorsionaba, se arriesgó a decisiones que lo hicieron parecer ingrato, desterró a su antiguo protector, desafió a los dueños del dinero, y se arropó en la milicia, que puso la condición de que resistiera las tentaciones, y sobre todo, se acogió al sindicalismo (uso bien la palabra; las interpretaciones aquí son equivocas), que después fue uno de los lastres para las generaciones posteriores, que impusieron su voluntad, e incluso obligaron a presidentes posteriores a entregarles, sin mucha discreción, la mayor parte del poder, y ellos se quedaron con la facultad insustituible y aparatosa de tijeretear listones, y otras prebendas que incluían a mujeres famosas o no, pero todas guapas y sensuales.
                Detrás de cada una de estas historias hubo una mano siniestra que, como se dice ahora, meció la cuna; pocas veces fueron castigados los responsables, y la historia ni siquiera le cobró las cuentas; ¿qué mano peluda ahora es la responsable de los ataques, difamaciones, calumnias y mentiras? (¿Reconocen a los personajes?)

Muchos, con pesimismo justificado, piensan que mientras no haya una limpia de corruptos el país no tiene salvación. Lo malo es que sólo acusan la corrupción, innegable, de los políticos, de los que no puede decirse que haya uno que se salve. (Una historia; uno de los presidentes que goza de fama de honrado, el último que la tuvo, recibió a los representantes de una compañía automotriz que fueron a presentar un nuevo modelo de su auto más lujoso, una compañía que desde hace más de 70 años tiene o tenía fábrica o armadora en México aunque ahora reculen; señor presidente, le dijeron, mire nuestro nuevo modelo; muy bonito muy bonito; es un obsequio para usted; no puedo aceptarlo, soy el presidente del país, no debo aceptar regalos; no pasa nada, no lo compromete; de cualquier manera, no puedo aceptarlo; lástima, señor presidente, teníamos tantas ilusiones; ¿y como cuánto cuesta? Le dieron una cifra, y agregaron: para usted, a la mitad. Bueno, deme dos.)
                Pocos ven, o si lo ven lo justifican, que las grandes empresas ejercen el nepotismo; muy sus empresas, pero el público es el que paga; la primera y más dañina corrupción comienza con puestos casi insignificantes; desde allí ejercen poder, imponen su voluntad benéfica o no, y casi siempre sin consultar a los afectados ni a los beneficiados; desde beneficiar a alguien con una cita, hacer esperar, hacer sentir su influencia, tener criado particular en un edificio donde debería atender a todos; pasarse un alto, rebasar por la derecha, reclamar diciendo “no sabes con quién te metes”, aprovecharse de la fama, así sea efímera, para no hacer fila, o para tener mayor descuento; los que no barren las calles, los que tiran la basura en los botes para tirar cajetillas, o envolturas de chicles o dulces o cigarros; los ruleteros que alteran el taxímetro, los que reciben cambio de más y no lo regresan, los que mienten alegando ignorancia.
                Tantos y tantos actos de corrupción que la gente no acepta que son corrupción avalan, por más que sea mayor corrupción, la corrupción de los políticos.

Otro tipo de corrupción: el más reputado de los mariscales de campo actuales ganó un juego crucial haciendo trampa, y sus seguidores hacen como que no pasó nada; la tenista con más fama de invencible amenazó de muerte a una auxiliar de juez, y aunque la multaron no la suspendieron ni menos la expulsaron del deporte, y olvidan prudentemente que es delincuente; varios beisbolistas aumentaron su rendimiento con el auxilio de sustancias prohibidas, y aunque no han llegado al Salón de la Fama, puede que llegue gracias a la llegada de periodistas deshonestos que piensan que qué tanto es tantito. Y decenas de cronistas con talento pero sin imparcialidad olvidan esas acciones. Lo peor: “le van” a un equipo.

El autollamado presidente de los Estados Unidos, además de usar una fórmula del nazismo (y me asombra que los comentaristas políticos no lo hayan advertido) al hablar del renacimiento del pueblo estadounidense y de un período con el que inicia un nuevo milenio, mintió al hablar de la pobreza de su nación, como lo demuestra Bárbara Anderson; lo más grave es que olvida que la más reciente crisis económica de su país a causa de la torpeza de la “industria” inmobiliaria, la causó él, exactamente, como lo recuerda Toño Sandoval; y algo peor: ni él ni sus paisanos ni sus seguidores (más increíble aún, tampoco sus críticos) advierten que las armadoras de autos al salir de México y recular sus promesas de inversión aquí, van a triplicar sus costos, sus gastos y sus precios, sin aumentar el número de plazas laborales sin igualar la calidad de los obreros mexicanos.
                Termino con una historia que ya no recuerdan: los magnates estadounidenses e ingleses, vencidos por el gobierno mexicano que realizó la expropiación de la industria petrolera, apostaron por la quiebra del país, pues creían que los obreros mexicanos no sabrían cómo trabajar, que sin sus técnicos fracasarían; pero sucedió lo contrario: igualaron y mejoraron a los déspotas extranjeros; ¿sucederá igual si expulsan a los mexicanos de, digamos, California, Texas y Arizona? ¿Se conformarán los jóvenes de clase media a los que su nuevo presidente promete tanto, con los salarios que pagan a los mexicanos o chicanos o nuevos gringos legales o no? ¿Los trabajadores manuales serán tan hábiles como los mexicanos, sin tratar de cobrar el doble o triple digamos por hacer trabajos de albañilería, plomería, pintura, aseo?
                Es  nuestra oportunidad, dirían los economistas, de hacer sentir nuestra eficacia y, por qué no, también nuestra picardía.  No los pícaros que primero echan bronca y luego reculan.



domingo, 1 de enero de 2017

Debbie Reynolds, Carrie Fischer, y datos poco conocidos de Cantando en la lluvia

En la entrega de los Oscar de 1972, Gene Kelly ignoró al muy laureado Malcolm McDowell porque en una de las escenas más violentas (hasta entones) de Naranja mecánica, cuando viola a la esposa del escritor Mr. Alexander, Adrianne Corri, y causa destrozo y medio en la casa del matrimonio, lo hace bailando “Singin’ in the Rain”, y la voz que se escucha es la de Kelly; Aurelio González me preguntó si había soportado la escena, no por lo violenta, sino por la chotiza al tema de mi película favorita. Pilar Tapia se asombraba de que la hubiera visto más de cien veces; dejé de buscarla y perseguirla en las carteleras cuando aparecieron los aparatos reproductores en Beta, DVD y Blue Ray.
                Aunque hay otras cintas que me gustan mucho (casi todo Wilder, casi todo lo que he visto de Ford, todo lo que he visto de Hawks, casi todo Donen, todo Lester y muchos otros), Cantando en la lluvia es la única que la tengo en Beta, DVD y BR. Memoricé todos los diálogos, y sólo mi incapacidad para bailar y cantar impidieron que imitara los movimientos de los actores, pero quienes me conocen bien, y conocen la cinta mejor que yo, reconocen que cito, cuando lo amerita la ocasión, diálogos de O’Connors y de Millard Mitchell, y afirmo, para desconcierto de todos, que este último es el mejor cantante de todo el filme, aunque sólo se le escuchan unas cuantas notas; y admiré, aparte de sus otras cualidades, lo bien que lo imitaba Héctor Martínez Tamez en la escena culminante, cuando con Kelly y O’Connors levanta el telón para que la gente vea que era Kathy Sheldon y no Lina Lamont la verdadera estrella de la cinta que filmaban.

Estuve entre los primeros 20 o 35 invitados a la exhibición privada de Star Wars, y seguramente Lourdes conserva el botón que me dieron y que decía “Que la fuerza te acompañe”. Aunque reconocí que se trataba de un filme con la receta de la épica, modernizada, y me divirtieron varios de sus chistes, no me produjo mayor emoción; aunque tengo todos los fragmentos de la historia, no me gustan los que narran la historia de antes, de cuando los personajes eran niños; preferí, con mucho, la parodia del Mad, sobre todo cuando un personaje pregunta que por qué los blancos son los malos, que si el argumento lo había escrito Cassius Clay. Pero admito que la escena donde aparece por primera vez el personaje de Carrie Fisher, prisionera entre sus celadores, es una de las más eróticas en la historia del cine, aunque está muy vestida; en cambio, en los capítulos en donde aparece muy desvestida, nada tiene de erótica ni de sensual.

En dos días consecutivos fallecieron Fisher y Reynolds; la primera me gustó mucho más en la versión estadounidense de El hombre con un zapato rojo (la original, con Pierre Richard, debe ser más divertida, pero la de Tom Hanks tiene la virtud de mostrar sensual a la casi siempre insípida Lori Singer, que además tiene una escena de “butt crack”, que borra sus demás filmes y programas de tv), muy divertida y atractiva. Reynolds en cambio, será por fetichismo, me gusta en casi todas sus cintas, desde Three Little Words (donde canta mejor que MM “I Wanna be Loved by You” aunque no sea ella la que cante), y sobre todo su baile con Donald O’Connors en I Love Melvin, donde baila mejor y con más erotismo que en Cantando en la lluvia, pese a su gesto de inocencia, gesto que conservó en la muy cursi Tammy cuyo tema musical me dio a ganar mis primeros pesos, poquísimos, por un guión de radio, cuando apenas tenía 16 años (y que no me pagaron).
                Me asombró y alarmó el escándalo cuando su amiga Elizabeth Taylor le pedaleó el triciclo y le bajó al marido, el cantante, ahora olvidado pero entonces muy popular por varias piezas ahora olvidadas, Eddie Fisher (digo triciclo porque los tres eran de estatura chaparra), aunque Taylor lo dejó, poco después, por Richard Burton, quien no le temía a Virginia Woolf. Reynolds jugó el papel de víctima en ese proceso, pero las malas lenguas dicen que era igual de arrojada y destrampada como las actrices con cara de inocencia. Lo grave fue que Fisher había sido el mejor amigo de Michael Todd, quien había dejado viuda a Taylor a causa de un accidente aéreo (y en su honor Fischer llamó a su hijo con el apellido del amigo).

Cantando en la lluvia, o bajo la lluvia, es considerada la mejor cinta musical de la historia, y está entre las diez mejores clasificadas en lo que va del cine; la trama es muy conocida, y nadie se atreve a desafiar el gusto generalizado, excepto tal vez Felipe Garrido, quien en Aguascalientes, de pinta con Carlos Hernández y conmigo mientras lo esperaba María del Carmen Millán para una tertulia más intelectual, nos confesó que no le gustaban ni el western ni los musicales, que no imaginaba que la gente cantara y bailara en vez de hablar y caminar.
                Sin embargo, quienes revisan a fondo cada cinta filmada y estrenada, le han encontrado un sinnúmero de errores: de época; por ejemplo, aparece de manera casi inadvertida un automóvil de modelo de 1950 cuando la acción sucede a finales de los veinte; se menciona a un personaje fallecido cuatro años antes de la fecha de la trama; se habla de una técnica que no apareció por esas fechas, y el uniforme del policía que amedrenta a Kelly cuando canta bajo la lluvia se usó apenas a partir de los años cuarenta; una de las más bellas canciones, “All I Do is Dream of You”, tanto que la cantan dos veces, fue escrita en 1934, siete años después de la fecha de la trama.
                Datos falsos: el productor Mitchell anuncia que deben hacer una cinta hablada, como El cantante de jazz, que es muda excepto por un fragmento breve que, en efecto, apantalló a los espectadores y cambió la industria del cine; aunque Reynolds dice que va a cantar en La Bemol, en realidad lo hace en Mi Bemol; durante el baile inicial cuando Kelly y O’Connors bailan y tocan violines, no se ve que Kelly mueva los dedos; en la escena en que Kelly lleva a Reynolds a un estudio vacío para ligársela, además de que exagera con el número de watts en la iluminación, no existía esa técnica en aquellos años; al final de “Beautiful Girl” una de las modelos da un paso de más, con lo que se pierde la sincronización, de los que hay varios errores similares: no coinciden las palabras con los movimientos de los labios; una escena en que se presenta la escena que filman no la filmaron por completo, usaron escenas de una cinta anterior de Kelly, Los tres mosqueteros, de George Sidney (1950), y los muy fijados advierten que en vez de Jean Hagen (Lina Lamont) aparece muy brevemente Lana Turner, la villana de aquélla; cambian posición tanto un sofá, como un libro, y sobre todo lo intercambian Reynolds y O’Connors después de uno de los bailes más conocidos, donde por cierto no se atisban las panties rosas de Reynolds, que dice José de la Colina que él vio con toda claridad; cuando presentan a Reynolds como la verdadera estrella de la cinta, ella se detiene y comienza a correr, pero se sigue escuchando su voz.
                ¿Eso echa a perder la cinta? No, ni cuando se ven micrófonos o cables impertinentes; sigue siendo maravillosa; pero hay muchos detalles que se escapan al espectador; en muchos aspectos rinde homenaje al cine, de la misma manera en que Peter Bogdanovich en cada una de sus cintas hace citas visuales o de guión de las cintas que admira; es impresionante que What’s Up, Doc calque cada una de sus escenas de otras muchas cintas, de Harold Lloyd y Laurel & Hardy hasta El Dorado, por no abundar en que la trama es casi idéntica a Domando al bebé (o La fiera de mi niña, como prefieran), sin que pierda coherencia y sin que sea necesario identificar esas citas para disfrutarla.
                Así, Zelda, encarnada por una muy excitante Rita Moreno (homenajeada a gritos por un espectador) es una combinación de Pola Negri y Gloria Swanson, así como Cyd Charisse está caracterizada como Louise Brooks, tres glorias del cine mudo e idolatradas por Juan Manuel Torres, quien hubiera admirado más a Charisse si no hubieran resuelto un problema visual, por el que era notorio su vello púbico durante el baile con Kelly, aunque a decir de uno de los técnicos, dejamos de apreciar el vello pero es más visible lo que, de manera velada, llaman entrepierna por no decir algo más elocuente; Stanley Donen, el director o codirector, pensó que nos fijaríamos nada más los obsesos.
                La escenografía y el mobiliario de la supuesta casa de Kelly, donde inventan el doblaje y donde bailan “Good Morning”, recrea la casa donde viven John Gilbert y Greta Garbo en Flesh and theDevil, de Clarence Brown, filmada en 1928, y la trama recrea el drama que no se cuenta más que tangencialmente: Lina Lamont, por su voz chillona y poco glamorosa, perderá la chamba como actriz, lo que le sucedió a muchos actores del cine mudo (y no le tenemos lástima); de hecho, el origen del argumento fue la casa que hipotecaron y perdieron unos guionistas por no adaptarse al cine hablado; el cine, por otra parte, nació con vocación sonora, como dice Cabrera Infante, del que se están recopilando críticas no recogidas en Un oficio del siglo XX, que evidenciarán cuánto le deben algunos críticos mexicanos.
                A raíz de los elogios dedicados a Debbie Reynolds, se ha dicho que al principio no la quería Gene Kelly; en realidad nunca la quiso; él hubiera preferido a Judy Garland, June Allyson, Ann Miller, Jane Powell o Leslie Caron. Es más, en las escenas en que baila tap con Reynolds, se oye muy bien porque Carol Haney (que era su preferida para el papel) y Gwenn Verdon (la Lola de Lo que Lola quiere) bailaban y golpeaban sus muslos para dar la sensación de ritmo. Reynolds, atribulada por los regaños de Kelly, se ponía a llorar a solas y en silencio, como los machos, y fue el rival de Kelly en todos los aspectos, Fred Astaire, quien la consoló, aconsejó y enseñó trucos de baile para impedir que el codirector Kelly la echara; lo que se sabe menos es que Donald O’Connors tampoco estuvo a gusto con Kelly, quien exigía tanta calidad y tanta entrega que las jornadas diarias duraban de 18 a 19 horas, lo que propició que todos los actores enfermaran cuando menos una vez durante la filmación; el propio Kelly tenía más de 39° de fiebre cuando bailó el tema principal del filme, bajo la lluvia artificial (no puedo dejar de recordar la perversa caricatura de Don Martin en la que un hombre baila y canta “Singin’ in the rain”, pero en vez de lluvia es un concurso de escupitajos desde una azotea: si la vio Kelly debe haberse vuelto a enfermar). Ni O’Connors ni Reynolds volvieron a filmar nunca con Kelly.
                Otro detalle poco sabido es que Hagen tenía una voz muy hermosa, como se le escucha en Jungla de asfalto y Medio héroe, aunque terminó su carrera en series de televisión; la escena en que Reynolds la dobla, en realidad ella dobla a Reynolds doblándola a ella. Todos los errores y falsedades no le quitan brillo al filme; como decía José Emilio Pacheco cuando los colaboradores de un suplemento peleaban por que Biby Gaytán era natural o artificial: lo que importa es el resultado.

Colofón: la escena de la cinta de Lucas que llamó la atención de los erotómanos fue la única en que Fisher apareció con los pechos tapados pero libres; en las subsiguientes escenas y cintas de la saga le vendaban los pechos para evitar que sus movimientos llamaran la atención más que los parlamentos; lo que no se sabe más que en secreto es que Fisher al terminar la jornada, sorteaba entre los miembros del staff quién le quitaba las vendas; una de las últimas indiscreciones es que quien la desvendaba, o al menos más que otros, era Harrison Ford, quien estaba matrimoniado, pero no estaba comprometido en las cosas del querer.

Toda la información que saqué lo hice de sitios públicos, entrevistas y reportajes de los protagonistas, declaraciones de afectados; mucho, en la época en que sucedió (lo de pedalear el triciclo, por ejemplo, que ocupó las páginas de los diarios mexicanos en su momento, y que se regodearon cuando Taylor se arrejuntó con Burton; dijeron que lero lero, eso le pasaba a Fisher por jugarle chueco a la dulce flor de los pantanos; por cierto, algo parecido sucedió con dos matrimonios entre intelectuales mexicanos hace algunos años); mucha fue saliendo de indiscreciones o de revelaciones de la propia Reynolds, y muchos reportajes sobre Cantando en la lluvia, pero la mayor parte de una página de internet de la que daré el nombre a quien lo pida en mensaje adjunto o al correo.

PD. En un blog anterior escribí el nombre de bailarinas, coristas, extras, y de actores en papeles pequeños, como el transeúnte al que Kelly le da el paraguas que ya no usará, y el del policía que lo acosa. Puede consultarse con un poco de paciencia.


jueves, 15 de diciembre de 2016

Eduardo, se me hace que eres un canalla; otro atropello; sobre la academia sueca

Eduardo, se me hace que eres un canalla; no me lo dijo ninguna mujer, ni siquiera una autora criticada que esperara piedad gracias a la amistad; ningún autor al que le haya señalado errores o que haya descalificado sus libros por culpa de sus desaciertos; tampoco algún deportista a quien haya criticado con desenfado. Se lo dice Irasema Dilián en uno de sus escasos papeles no cursis que interpretó para el cine mexicano, a Carlos Navarro, en uno de los muchos papeles que no logra sacar a flote en su larga carrera como galán, en uno de los cuatro episodios de Historia de un abrigo de mink, de Emilio Gómez Muriel; en ella interpreta a una científica que, por ello, por inteligente, por llamarse Camila y por usar anteojos, se supone que es fea; cuando escucha a Navarro describirla como una doctora Jekyll que no por quitarse los anteojos y rizarse el cabello dejará de ser fea; de pronto se le aparece sin lentes (sin tropezarse, y pronunciando fórmulas químicas de manera sensual) y con el pelo rizado (chino, se decía entonces) y lo seduce; él le pide matrimonio, ella accede, pero aparece para la ceremonia con el pelo lacio, sin peinar, con antiparras toscas y con un vestido que no resalta sus atractivos físicos (de hecho no los muestra más que en Un minuto de bondad, donde posa, para el escultor Luis Beristáin, en minifalda que semeja vestimenta griega, donde deja al aire las piernas y, si uno se fija bien, unos milímetros del glúteo izquierdo, pero ni por ésas excita al villano Beristáin, ni menos al otro villano Carlos López Moctezuma, que se porta con lascivia con sólo ver a Lilia Prado mover las caderas de manera inocente en Pata de Palo; y en Angélica el espectador puede ver cómo Angélica DIlián no ve pero siente cómo Navarro —constante galán suyo en varias cintas— desliza su mano de la cintura hacia sus glúteos, gesto que ella aprueba con una sonrisa y una mirada más bien desangelada).
                En esa cinta las protagonistas de cada una de las cuatro historias muestran arquetipos femeninos: la patita fea que inesperadamente se convierte en belleza; la arribista que se aprovecha de las bajas pasiones que despierta en nosotros, los faunos; la esposa que ya no estimula al marido y decide serle infiel, aunque para tranquilidad de los espectadores, lo hace con el mismo marido, y la prostituta inocente y virginal víctima de las circunstancias.
                La más apaleada es la segunda, interpretada por la muy erótica Columba Domínguez, quien para convencer al millonario llevado por las tentaciones, de que le regale el abrigo de mink ya de segunda mano, se presenta a una cena sólo vestida con el dicho abrigo, sin nada debajo; el depravado millonario accede a regalarle el abrigo pero aclara que le sale barato, porque estaba dispuesto a proponerle matrimonio, fíjate nada más, pero ya que ella le ofrece una solución más económica, se abstiene de hacerla su esposa. Domínguez actúa de manera convincente, pero es superada en actuación por el magnífico José María Linares Rivas, a quien no le costaba trabajo hacer gesto de lascivo.
                Ese personaje, Dora, de Domínguez, cabe en uno de los ejemplos que pone Arthur Schopenhauer de la conducta femenina, cuya mayor ambición es atrapar un marido (tema por otra parte usado varias veces por la cinematografía mundial), y luego dedicarse a perder su juventud, su lozanía, su belleza y su atractivo. Schopenhauer no describe a las mujeres como tontas, sino como carentes de creatividad y de ambiciones, y cuya inteligencia sólo tiene un objetivo; describe, por otra parte, la peor situación que puede vivir un hombre: estar entre dos mujeres que se interesan por él: uno no se lo desea más que a su peor enemigo.

La vida es un ciclo que se repite varias veces, hasta en sus aspectos más inocuos: propaganda en muros, en radio y televisión y en prensa impresa, insiste en que todos los mexicanos tenemos algo de Roberto Gómez Bolaños sólo porque en ciertas situaciones repetimos alguna frase de alguno de sus personajes; se olvidan que los mexicanos tuvimos algo de David Silva, Gaspar Henaine, Manuel Palacios, Pedro Infante, Mauricio Garcés, en algún momento de nuestra historia: ¡¿Ah sí?!; Me es inclusive; Arroooz, Fíjate qué suave, Válgame Dios, Chipocludo, Ohhhhh, La cosa es calmada, Pura vida. Frases inmortales que sólo recordamos al ver algunas películas, así como olvidaremos las frases de Gómez Bolaños a menos que repitan sus programas eternamente.

Tres veces me han atropellado; las tres veces fue un ciclista. La primera debo haber tenido cinco o seis años, en la calle Huasteca, colonia Industrial; mi madre platicaba con alguna conocida, cuando un ciclista arriba de la banqueta me derribó; sangré de la frente; por fortuna estábamos junto a una farmacia, donde me pusieron alcohol, agua bendita u oxigenada, una gasa detenida con telas adhesivas, y me compraron algún dulce; la siguiente vez fue en 2007; esperaba en Mariano Escobedo transporte para ir a comer, cuando algún repartidor, en sentido contrario, sin avisar de su infracción, sin precaución, me golpeó el brazo derecho que extendí para hacerle la parada a un trolebús; el golpe fue muy duro, pero me aguanté porque los trolebuses son escasos, pasan con poca frecuencia, y si no lo abordaba en vez del 1.50 del pasaje tendría que pagar cuatro pesos del pesero.
                La tercera vez fue antier, martes 13, cuando quise cruzar Horacio por Euclides, aprovechando que algunos autos forzaron a que el complicado tránsito por Horacio se detuviera unos segundos; sentí un golpe, y vi que un ciclista en sentido contrario estaba por caerse; en vez de dejar que se cayera y arremeter contra él a golpes ayudé a que no se cayera, y reclamé, sin más que un reproche, que anduviera violando el reglamento de tránsito, como hace la mayoría de automovilistas, ciclistas rudimentarios o motorizados y, obligados, los peatones, que cruzamos como podemos y evadimos a los que andan en sentido contrario, sobre las banquetas, invadiendo cruces peatonales y sin respetar las órdenes de los semáforos. Los peores son los ciclistas, sobre todo los motorizados, que con el pretexto de su vehículo rebasan donde no deben, transitan por donde tienen prohibido, provocan accidentes y luego se quejan.
                Al rato comenzaron los dolores; el atento médico me preguntó si soy alérgico a algún medicamento y dije que sólo a los inyectados; la medicina que me mandó me apendeja un tanto, lo que me impide andar solo por las calles, y a detenerme de donde pueda, sólo por evitar mareos que resulten peligrosos. Una vez más creo que si ésos son los resultados de sus gestiones, una presidencia a cargo del doctor Mancera resultaría la más endeble e ineficaz desde los tiempos de Manuel González (¿alguien lo recuerda? Fue quien se puso a buscar en varios cajones al pendejo que creyera que su compadre no deseaba volver a ser presidente).

Las maledicencias sobre el premio Nobel de Literatura a Robert Zimmerman nos lleva, a mi amigo Sergio Romano y a mí, a decir que este año nos reivindicamos con la Academia Sueca, pero repetimos, sin ampliar, el número de grandes autores que no recibieron el premio, comenzando por Leon Tólstoy, pero con una larga lista: los llamados tres grandes del siglo: Proust, Joyce y Kafka, pero no podemos dejar de reprochar que otros tampoco fueron recipiendarios: Joseph Conrad, Ford Maddox Ford (el autor de la novela más perversa: El buen soldado), EM Forster, Thornton Wilder, Robert Graves, Norman Mailer, Jorge Luis Borges, Allan Sillitoe, Evelyn Waugh; otras injusticias: al premiar al excelente Vicente Aleixandre se premió a toda una generación, la del 27, pero fue, aun con su excelencia, menos vital y menos político que otros tan buenos, cuando menos, que él: Jorge Guillén, Federico García Lorca, Rafael Alberti, Luis Cernuda; al premiar a Claude Simon también se premió al menos combativo, menos radical, de la nouveau roman: Butor, Robbe-Grillet, Duras. Cuando menos, premiaron a Doris Lessing.
                Entre Los Nuestros, por rememorar un título memorable pero ya olvidado, los suecos quedaron en deuda, no sólo por Borges, también por Julio Cortázar, Carlos Fuentes, José Emilio Pacheco; y desde luego, ni pensaron en Rubén Darío, Alfonso Reyes, Enrique González Martínez. Alguien dijo que era más honor no haberlo obtenido que ganarlo, aunque desde luego nadie duda de la calidad de Böll, Grass, Faulkner, Scott Fitzgerald, Steinbeck, pero a poco no Joseph Roth lo merecía.
                A veces  se nos olvida que el propósito del premio era alentar, más que reconocer; así, se explica que Thomas Mann  lo haya recibido a los 54 años de edad, y con la mención específica como autor de Los Buddenbrook y no por La montaña mágica, que era la que todos conocíamos, y siguió escribiendo hasta más allá de los 80 años, con obras magníficas; Los Buddenbrook fue opacada, injustamente, por obras más populares, como Muerte en Venecia, Félix Krull, Doctor Faustus (un tanto ilegible) y otras, como la magistral José y sus hermanos.
                Para muchos, Fuentes no estuvo a la altura, pero me atrevo a una hipótesis, que me planteó Fausto Vega y Gómez: con Cambio de piel se puso al frente de toda la narrativa mexicana, y con Terra Nostra se puso al par de sus competidores de todo el mundo, pero ya muy lejos de los mexicanos; ahora no podemos leerlo con la misma frescura con que abordamos al releer La región más transparente, La muerte de Artemio Cruz, Aura y otras, pero no es culpa de Fuentes, es nuestra. Con cada novela crecía más y más.

Por varios y diferentes motivos se habla mucho de Elena Garro; entre otras cosas, afirman que es precursora del realismo mágico. ¿De veras es anterior a Carpentier —otro olvidado por la academia sueca— y que Arturo Uslar Pietri? No se miden. Por cierto, ¿alguien recordará el premio que le dieron en el número final de 1968 en La Cultura en México?

Cuando falleció Parménides García Saldaña, ante los elogios que le prodigaban en suplementos y revistas culturales, Horacio Rodríguez exclamó: “ahora resulta que se murió Joyce”. Por estas fechas recuerdo mucho esa expresión, y casi por los mismos motivos.

Un nuevo libro firmado por Guadalupe Loaeza y Pavel Granados maborda el tema de los amores de Amado Nervo con la amada inmóvil y con la hija de ésta. Lo dije yo primero, como decía Topo Giggio.