jueves, 24 de noviembre de 2016

Hillary, no nos desaires, la gente lo va a notar; la culpa es de las mujeres; Dostoievski kafkiano

No busco disminuir el acto ni menos las reacciones, pero lo sucedido en los últimos meses nos hacen ver que los hechos se repiten o, como dijo el gran clásico ahora poco (o nada) leído, suceden dos veces, primero como tragedia y después como plagio desventurado.
                Hablo de lo que recuerdo, aunque cada generación ha vivido esto: en mi postadolescencia, por influencia de los roqueros, en especial de los Beatles, nos dejamos crecer el cabello; para furia de los maestros, los padres y los peluqueros, traíamos melena, bigotes a la Javier Solís que pensábamos que del Sargento Pimienta, patillas hasta debajo de las orejas, o de plano barbas; Arturo Valdés Olmedo dijo un poco después que cualquiera de nuestra generación que trajera casquete corto era culero; estuve de acuerdo, y sigo trayendo el cabello largo pese a que Luis, el peluquero, cada dos meses intenta convencerme de que lo visite cada 15 días, que es como acostumbra la mayoría de sus clientes. Antes, la cola de pato, los copetes de los primeros roqueros, el envaselinado de los pachucos y de los tarzanes fueron igualmente acosados y criticados.
                Los padres exclamaron durante meses, si no es que años: si yo fuera el presidente los agarraba, los rapaba, les bajaba los pantalones, los cureaba, y los ponía a barrer las banquetas (o a pavimentar las calles).
                Así reaccionó Donald Trump (¿alguien recuerda ahora que tuvimos un candidato llamado Donaldo?) cuando un mexicano ganó un Oscar por alguna película que le celebraron como si fuera buena (talacheros, les llama Jorge Ayala Blanco a los mexicanos que renunciaron a sus creaciones para hacer las películas que ni los peores directores gringos quieren  hacer); hizo berrinche y dijo lo que los padres de jóvenes de los años sesenta y setenta: si yo fuera presidente los corría a todos, porque sólo son drogadictos, narcotraficantes, violadores. El problema fue que él sí tenía poder, y ante el reto de a ver, hazlo, se lanzó a lo loco; el problema es que no sólo él piensa que los inmigrantes le quitan el trabajo a los estadounidenses, que muchos son vagos, pandilleros, violadores, drogadictos, y que la droga que entorpece la mente de los jóvenes gringos llega de México, sin ver que si llega es porque la compran y la piden (y apenas disimulan que el mismo día que Trump es nombrado presidente electo —¿sabrán la diferencia entre electo y elegido?— legalizan la mariguana con fines recreativos en varios estados gringos); y los muchos que piensan que los greasers son una calamidad apoyaron  una candidatura que era más una puya que realidad. Y pasó lo que temían todos: ganó, y ahora no sabe qué hacer.
                (Un amigo de la postadolescencia se enamoró, o infatuó, de Georgina, una muchacha sencilla y bonita de la prepa; la atosigó varios meses y de vez en cuando, con una frecuencia semanal, luego de platicar largo rato, cuando se despedían, le preguntaba, como muletilla, que si quería ser su novia; la primera vez ella se atarantó, se aturdió, y dijo automáticamente que no; me lo contó y cuando le pregunté por qué lo rechazaba, contestó que no sabía; pero él insistió cerca de un centenar de veces; una noche, mientras oíamos discos y tomábamos cerveza, le preguntamos qué haría si alguna de esas veces ella le decía que sí; se quedó callado unos segundos, hizo cara de alarma, y exclamó: ¡en la madre, no sé! No, mejor que me siga rechazando. En estos momentos Trump podría estar pensando, luego de que le pase el mareo del triunfo, ¡en la madre, ahora qué hago!)
                Lo curioso es que aquí reaccionamos con indignación digna de mejor causa; apenas notamos que iba atemperando el discurso, y que insistía en las calificaciones y descalificaciones y en sus promesas absurdas sólo porque era el motivo por el que se había lanzado a la candidatura; si decía que el muro es impensable lo iban a matar (una frase así, una muletilla común en ciertas regiones mexicanas, le costó un linchamiento moral a mi amigo Sergio Romano), e iba a perder el furor de sus seguidores. Trump dijo que era no un político sino un empresario, y como tal gobernaría; sus seguidores, a los que sí cabe llamarles fanáticos, le daban la razón: si el país está mal es por culpa de los políticos, mejor que la maneje como una empresa. Y se olvidan que se ha ido a la quiebra tres veces; y ni siquiera por mal administrador, sino porque cede a las bajas pasiones, que es lo que decía Arthur Schopenhauer que perdía a las mujeres, más el instinto erótico que el raciocinio; ¿qué va a suceder si lo tientan algunas mujeres? Como su antecesor Bill Clinton, no es alguien que siga el consejo del clásico, que la verdadera valentía consiste en huir; lo han sorprendido varias veces mirando las tambochas y las montañas de cuanta mujer se le pone enfrente, voluntaria o involuntariamente; han escuchado que dice de ellas lo que dice un magistrado (bueno, ex) del Tribunal Electoral del Poder Ejecutivo Judicial de la Federación, que algunas mujeres están bien buenas y que tienen unas nalgas exquisitas y que no es por eso que deben llegar a puestos altos en empresas o en oficinas gubernamentales (o como dice el refrán: busca a la mujer por lo que valga y no sólo por sus atributos físicos traseros exuberantes y bien construidos —sólo que en verso), y que es lo que dicen Pedro Infante, Jorge Negrete, Germán Valdés, Mauricio Garcés y Jim Morrison, entre otros muchos. Y lo hizo Bill Clinton.
                Trump no sabe gobernar; sus paisanos deberían aprende en cabeza ajena: ya saben, o deberían de saber, que no es lo mismo gobernar un país que administrar una gerencia regional de una refresquera.

¿Ganó Trump o perdió Hillary? Pocos analistas lo dijeron, pero algunos vieron que era tan peligrosa para México como pensaban que sería Trump; tenía la simpatía de varias secciones de la sociedad de su país, y sobre todo de artistas, actores, directores, escritores mexicanos, que tenemos impedidos de meternos en la política de otros países, por mandato constitucional; obviamos que no pudo refutar a Trump sus opiniones sobre el TLC, que prefirió atacar antes que explicar cuáles serían las acciones de su gobierno, si el voto la favorecía (por cierto, ¿no sería bueno que fueran adoptando el sistema del sufragio efectivo, ese método que la mayoría de los mexicanos ignoran en qué consiste, y sólo piensan que se trata de respetar la voluntad de los electores?); cuando Trump dijo que Bill también era mujeriego ella se quedó callada, cuando pudo haber dicho que sí, que era débil y sentimental, pero que su infidelidad no era deslealtad ni traición, y que pese a las viejas (habrán de perdonar, pero así le dicen ellas mismas a las que asedian a los ajenos y se conforman con el papel de segundos frentes) gobernó el país con mano firme, y ayudó en mucho a que crisis ajenas llegaran con fuerza a Estados Unidos. Su campaña fue tan populista como la de Trump y de otros a los que conocí y que sigo conociendo; varios errores la hundieron; el primero, prescindir de Sanders, político mucho más sabio que ella, y con mucho potencial para hacer reformas que beneficien en serio a los marginados; después, tan importante, hacer a un lado a su marido, haciendo caso a las consejas de que ella es más inteligente que él; y definitivo, desairar la invitación del gobierno mexicano; perdió bastantes puntos, que no pudo recuperar; entre otras cosas, ignora, como todos sus paisanos, nuestra idiosincrasia: somos muy séntidos y no perdonamos; a Rosita Alvírez desairar a Hipólito le costó tres balazos aunque por fortuna sólo uno de ellos era de muerte; se desaira no por mala educación sino por no incitar a los niños a que se inicien temprano en vicios indeseables; no se desaira a un pueblo ansioso de apapachos; no se desaira a un político que le abría la posibilidad de mostrar que nos respeta y nos considera, y perdió la oportunidad de ridiculizar a su rival; ¿no se dio cuenta de eso cuando Enrique Peña Nieto no la buscó en un viaje posterior?
                Que haya perdido no asombra, los juicios electorales son volátiles; lo que asombra es que haya perdido en bastiones en los que el Partido Demócrata nunca había perdido. ¿Con qué cara va a explicarle a Bill todos sus errores? Lo peor es que sufriremos las consecuencias, no porque Trump vaya a construir ningún muro, ni porque vaya a robarse las remesas, ni porque quiera obligar a los grandes emporios a que se regresen a un Estados Unidos sin fuerza laboral respetable, ni porque vaya a declarar la guerra a México ni a China ni a Japón ni a Inglaterra ni porque vaya a aliarse con una Rusia disminuida y ansiosa de adquirir el petróleo mexicano que Trump no quiera comprar. Vamos a sufrir las consecuencias no de sus bravatas sino de sus torpezas. A ver si no quieren venir los gringos a México, a que los acojamos.

Rosario Robles, que ya antes quiso ser presidenta, aconseja prohibir las clases de macramé y eliminar los cursos para cultoras de belleza (porque cree que ya nadie se maquilla ni para las fiestas y los únicos que se hacen maniquiur y pediquiur son los hombres), y que mejor tomen clases de economía. ¿Para qué recalcar en la estulticia?, mejor que lea a Gabriel Zaid; mejor, que se lo platiquen. O que se lo expliquen, aunque sea varias veces hasta que diga que lo entendió. Y que tenga siempre presente que ella perdió sus oportunidades en la dizque izquierda a causa de las bajas pasiones.

La trata de blancas es un mal que impide el completo desarrollo de la sociedad mexicana; las historias que relata Héctor de Mauleón son estremecedoras, y en ellas acusa a las autoridades de una delegación desgobernada, como todo el Distrito Federal , por la dizque izquierda, que no pone atención en lo que sucede en sus territorios; unas postadolescentes quisieron ir a bailar a un sitio que tiene fama de tranquilo, con buen sabor y buena música; a una de ellas, eficaz como funcionaria, se le ocurrió llamar para que reservaran sitio para las cuatro o cinco que iban a ir; ¿cuántos hombres vienen?, preguntaron; ninguno, vamos a oír música y bailamos entre nosotras. Imposible, tiene que venir un hombre; a lo mejor llega mi novio, pero más tarde; imposible, le dijeron, no pueden venir mujeres solas porque si las sacan a bailar algunos clientes, las ficheras se ponen celosas.
                ¿Morayta, Díaz Morales, El Indio Fernández, Tito Gout, Ernesto Cortázar, hubieran imaginado un diálogo así? En Pecado, de Luis César Amadori, la rica aristócrata Zully Moreno acepta ir a un cabaret nomás pa’ ver qué se siente, y cae víctima de las bajas pasiones como Clinton, Trump y Robles, se enamora de Roberto Cañedo y se pierde para siempre, pero no la acosan las ficheras de verdad, que en otras cintas pueden rivalizar con la heroína del melodrama (una poco atractiva aunque no fea Marga López), o pelear por Rodolfo Acosta o por Luis Aceves Castañeda, pero no se ponen celosas de las fufurufas. El único que pudo haber imaginado esa situación fue el sobrevalorado Orol, pero era digno de un argumento de Álvaro Custodio.
                Ese tugurio  se encuentra en la colonia Roma, territorio de Ricardo Monreal, ex priísta y ex perredista, que se ha visto envuelto en escándalos de los que sale no sin mancha pero sospechoso cuando menos de encubrir, y candidato a gobernar el DF; cada vez que se habla de la delincuencia, del tráfico de drogas y de la violencia en su territorio, Monreal hace promesas y promesas y nada; ¿sabrá del caso de las ficheras celosas?
Viene al caso un nada lejano comercial en que unos calenturientos turistas mexicanos en Las Vegas se le avientan, en un champurrado poco original, a tres mujeres que contestan como turistas en busca de turistas, y que insinúan cariñitos de un instante y no volverse a ver, que nada tiene que ver con la defensa de la dignidad de la mujer. Y a propósito, otro comercial dice que un hombre no puede hacer insinuaciones sexuales a una mujer, sin su consentimiento. Si tiene su consentimiento, ya no son insinuaciones.

Luego de todos estos sucesos vistos de lejos a causa de un resfriado, curioso porque el único atisbo de fiebre lo provoqué por abusar de artificios caloríferos, lo único que pude leer fue una compilación de frases de Schopenhauer sobre el trato con las mujeres, un magistral acopio de quejas masculinas, por Thurber, el olvidado, y un Dostoievski que parece Kafka.


(Aclaro que algunas de las ideas coinciden con muchas expresadas por Fray Luis de León, Karl Marx, Carlos Monsiváis, Lucha Reyes, Pedro Infante, Germán Valdés, Rubén Fuentes y Gonzalo Curiel; más grave: ninguna palabra aquí empleada es original, las he leído en periódicos, revistas, libros, diccionarios y en redes electrónicas; los buenos lectores sabrán cuáles son las ideas referidas, que no calcadas, los poemas y las canciones citadas, las sentencias inspiradoras, pero ninguna es textual, y entrecomillar cada palabra iba a distraer a los posibles lectores. Han dicho.) 

martes, 25 de octubre de 2016

Del América, de minifaldas repremidas, de plagios

Hace algunos meses sostuve un breve intercambio de experiencias con mi amigo Enrique Krauze, un autor al que admiro aunque muchas veces difiero de él, en conceptos o en minucias, sobre el deporte mexicano. Me forzó a escribir con mucho cuidado y a reforzar la memoria.
                Ahora vuelvo a escribir sobre el futbol soccer, que cada vez me gusta menos por muchas razones. Otra vez por causa suya.

De las muchas influencias que he recibido, entre las primeras, además de las familiares, en especial de mis tíos Enrique (por él entendí el  futbol americano, por él me aficioné a los cómics y a las fotografías de las vedettes que adornaban la primera página de Cine Mundial), Pepe (cuando me río descubro que lo hago igual que él, que miro a las mujeres como él lo hacía, y en los últimos años vi con azoro que su sentido del humor me lo legó sin darse cuenta), hubo dos compañeros que fueron determinantes para mis aficiones durante la mayor parte de mi vida: Humberto Huerta, quien entró a la escuela primaria M-521 (tan pobre que ni nombre tenía, sino a partir de ese 1960, el del director Teodoro Montiel López)  cuando pasamos a quinto año. Humberto me mostró los secretos que no develaban los cronistas que menciona Krauze en el prólogo del libro conmemorativo  por los cien años del equipo América.
                Por Humberto me aprendí  las alineaciones de casi todos los equipos de aquellos años, y también fui seguidor del Club América; también, como Krauze, tuve el escudo y un banderín, comprados con rebaja en una tienda de deportes que ya no existe en Ayuntamiento, frente a la W. Por Humberto fui fanático, en el peor sentido de la palabra; es decir, no me detuve a admirar a los jugadores de los otros equipos, sino hasta muchos años después, en retrospectiva: los necaxistas Jorge Morelos, Tomás Reinoso, Jaime Salazar, el Cuate Benjamín Fall, Domingo de la Mora, el Charro Carlos Lara (argentino, delantero antes de Zacatepec),el Diablo Benhumea, Pedro Dellacha, el Chato (o el Zurdo) Ortiz, Alberto Evaristo; los guadalajareños Jaime Gómez, Jaime Chaires, Jaime Sepúlveda, Jaimaicón –sobrenombre ahora incorrecto— Villegas, Pancho Flores, Jasso, Díaz, Reyes, Mellone Gutiérrez, Héctor, Sabás Ponce, la Pina Arellano; los del Zacatepec, Coruco Díaz, Nene Piña, Raúl Cárdenas (los tres, americanistas honorarios, refuerzos en partidos de los pentagonales y los hexagonales, no citados en el volumen; el último, pareja de Pedro Nájera en la Selección Mexicana); o a algunos jugadores de otros equipos, como el Manco Villalón y el portero Manuel Tello del Morelia, el Churumbel  Mario Rey del Irapuato; Roberto Rolando del Tampico; Magdaleno Mercado (nuestro primer Pata Bendita) del Monterrey.
                No justifico, explico mi fanatismo por mi edad; Humberto, seguidor también del América, me ilustraba camino a casa, cuando nos deteníamos en las malteadas de la Calzada de Guadalupe, cuyo dueño español era seguidor del Guadalajara, pero nos prestó su directorio telefónico para buscar el número de Walter Ormeño, sin encontrarlo (años después, Carlos Monsiváis me dijo que buscara su número: sólo somos cuatro Monsiváis). Humberto vivía en la calle de Fortaleza, y la mitad de las tardes de ese 1960 hice la tarea en su casa, en los intermedios de nuestra práctica de penalties, en los que siempre me vencía. Pero me contagió de su admiración por Nájera, el Güero Jasso, el Gato Lemus.
                Desde 1959 hasta 1965 fui seguidor fanático del América; como buen borgeano, dejó de ser mi favorito cuando ganó el campeonato de la Liga Mexicana de Futbol; admiré al Cruz Azul por Marín, Sánchez Galindo, Victorino, Quintano, Bustos (¿en qué se parecía ese equipo a Fanny Cano? En que sin Bustos no hacía nada); o al Atlante del hermano de mi compañero Desachy, también vecino de Fortaleza.
                De cualquier manera en 1962 conocí a otra influencia temprana: Cuauhtémoc Valdés Olmedo, quien me contagió su entusiasmo por el beisbol, que hasta hace tres o cuatro años era mi deporte favorito: aficionado de Diablos Rojos, combatía mi afición por Tigres, afición que se cayó por culpa del despotismo de Alejo Peralta: no sé qué piense al respecto mi amigo Krauze, pero creo que el deporte debe ser visto, además de la perspectiva de competencia, bajo la óptica de la política, la sociología, la economía y la historia, por supuesto. Por ejemplo, la Serie Mundial de este año verá rota una de dos maldiciones: la de la cabra (demoníaca) o la de Rocky Colavito, que no la dijo él sino los forofos del jonronero. Por culpa de Alejo dejé de seguir el beisbol mexicano, aunque Diego tomó la estafeta.
                Enrique Krauze, en un cálido prólogo, cuenta que le va al América desde que era niño; pero mientras sus ligas han sido con Cañedo, los Azcárraga, los directivos, yo tuve amistad con el Tigre Gómez, platiqué tres o cuatro horas, al compás del coñac, con Mario Pavés, gracias al editor argentino Justo Molachino; tuve cercanía con los tíos de Miguel Barberena, breve amistad con Borbolla, una velada larguísima en El Horreo con uno de los porteros emblemáticos del equipo, y entrevisté, con Refugio Melchor, al brasileño Arlindo, en un desayuno que duró seis horas, y a quien hicimos emocionarse y conmoverse; a él le di la noticia de la muerte del Tigre Gómez. De lejos, comimos en el mismo restaurante argentino al mismo tiempo que Walter Ormeño, quien saludaba a los comensales con una leve inclinación de cabeza, y fui vecino de Rosa y Guillermina Salazar, sobrinas o primas de Jaime Salazar. 

Vi con entusiasmo el libro conmemorativo de los primeros cien años del América; aunque repito que ya no me gusta este deporte, recordé a Humberto Huerta, a Desachy, a mis compañeros de quinto y sexto año; muchos juegos que oí por la 590 los domingos, y que me aficioné a los periódicos por seguir los resultados de las jornadas semanales (La Afición era un estupendo periódico, entonces). Recordé cuando comenzaron las transmisiones televisivas, y el Jarrito de Oro que casi siempre ganaba América; los jugadores de los que fui testigo de su debut, y de gran parte de mi vida.
                El libro me desilusionó (sólo tengo el primer tomo; el segundo, si sigue el orden cronológico, no me interesa); luego del prólogo de Krauze no se mantiene el lenguaje épico, la recreación histórica es paupérrima, no hay anécdotas trágicas (como las bellas hermanas porristas que sufrieron quemaduras en cuerpo y rostro cuando estallaron unos globos de gas en una ceremonia antes de un partido), políticas (se habla de la inauguración del Estadio Azteca, sin mencionar que ese día el presidente Díaz Ordaz se llevó una mentada de madre de parte de los 110,000 espectadores, porque llegó con casi dos horas de retraso, según un relato muy sabroso de Ricardo Garibay, quien aseguraba que a consecuencia de eso cayó, poco días después, el regente de Hierro Ernesto P. Uruchurtu), cómicas (como el día en que Javier Fragoso, en su primer partido contra su América, le anotó tres goles y después del tercero le hizo, frente a las cámaras televisivas, la roqueseñal a Nájera, Gril, Roca y Hernández, años antes de que la patentara Roque Villanueva; o cuando uno de los entrenadores del América escuchó atento la detección de las fallas de su equipo, aceptó nuestra asesoría, y sufrió la goleada más grave en 15 años; o cuando debutó Alfredo del Águila, precisamente contra su exToluca, con un autogol, que celebró Sergio Corona cantando “Crema batida” –canción entonces de moda— y  afirmando que Del Águila no había cambiado de equipo; los apodos aplastantes, como “El Gusano” a Cuauhtémoc Blanco, “Lulú” a Lalo Pálmer, de quien decían que le faltaban riñones –véase el Diccionario secreto de Camilo José Cela) o frívolas (los romances de Carlos Reynoso con Verónica Castro y de Hugo Enrique Kiesse con Estrellita).
                Por desgracia, si estas narraciones no mantienen un tono épico se vuelven aburridas; e ingratas: no hay menciones a puntales del equipo, sin los cuales no hubiera habido bases, como Carlos Calderón de la Barca, el Tigre Gómez, Mario Ayala (después, estrella en León), Ángel Shandley, apenas mencionado en un pie de foto, pero que fue uno de los jugadores más finos de nuestro futbol; apenas una mención al Pájaro Enrique Huerta (a quien también entrevistamos Refugio y yo para El Financiero), tan chaparro como Toño Mota pero igualmente confiable; era el suplente de Ormeño cuando el peruano golpeó a un árbitro, Felipe o Fernando Buergos (no Ledesma, como dice el libro), a consecuencia de lo cual fue suspendido un año, lo mismo que el entrenador Fernando Marcos; tampoco se dice que fue entonces cuando regresó al equipo Manuel Camacho, uno de los tres mejores porteros mexicanos de la antigüedad, y quien estorbaba en el Toluca, que estaba por recibir a Florentino López, seguramente el mejor portero que ha jugado en México y al que equiparaban con Yashin); tampoco se menciona al Curro Buendía, y de Roland Martell, que su paso vertiginoso fue efímero; tampoco se menciona al Tico Soto; ni a Javan, que sólo jugó unos cuantos partidos antes de emigrar al Atlas, a los que decían (ahora lo aprobaría la Gay Friend Citty) las Margaritas (y no por malinchistas).
                Además de la tibieza y cierta densidad de los redactores, hay errores graves: a Lalo Pálmer se le adjudican tres nombres: ése, Eduardo González Pálmer y Eduardo Gutiérrez Pálmer; de Jorge Iniestra se dice que fue al mismo tiempo portero y centro delantero; varias veces escriben Pavez en vez de Pavés; dicen que algunos jugadores eran medios, cuando en esa época, del 3-2-5 eran interiores; a los extremos se les decía alas, como lo fue Pepín González, no centro delantero como se dice en el pie de foto respectivo; dicen que Moacyr fue medio defensivo, cuando era interior derecho, es decir, delantero; de Juan Bosco se dice que era defensa central, puesto que ocupaba el Pescado Portugal; y por cierto, se abstienen de decir los apellidos de Juan Bosco, llamado así por San Juan Bosco (Martínez: el defensa, no el santo), y no dicen que sus saques de banda eran más peligrosos que los corners del Coco Gómez; hablan bastante de Vavá, pero no que era conocido como “el compadre de Pelé”; una mención al paso, de parte de Krauze, de Ángel Fernández, no es completada en la narración de que era el “Angelgrito” el locutor oficial de Televicentro en los juegos del América, junto al exmedio, exentrenador del América y de la Selección Nacional y exárbitro Fernando Marcos (antecesor en ambos puestos de Ignacio Trelles), quien nunca perdonó que lo señalaran como el árbitro culpable de la lesión a Horacio Casarín (se pasó la vida desmintiendo que a consecuencia de la falta y de la omisión al castigo se haya provocado el incendio del parque Asturias); no se dice ni se explica, y sería bueno que se hiciera, que el equipo favorito de Marcos fuera el Toluca y de Fernández el Necaxa; peor, que el deporte favorito de Fernández (quien me distinguió con su amistad y con su admiración  [lo puso por escrito] por mi trabajo) era el beisbol, de donde lo relegaron.
                Tres apuntes más: el libro está lleno de fotografías, casi todas malas, porque es un deporte que no se presta a la expresión gráfica (que ahora la prefieren los nuevos editores, muy por encima de la precisión del texto), a menos que sean fotografías de los “vuelos” de los porteros, cada vez menos frecuentes; el exceso de fotografías oculta pero no borra las erratas, los errores y la redacción gris; grandes fotografías actuales de los exjugadores, varios de ellos menores que yo por diez o 15 años, muestran que el deporte envejece prematuramente a sus héroes (aunque si nos atenemos a la acepción original de héroe, es decir, el que hace trabajos majestuosos y sacrifica su vida por una causa, el último héroe auténtico del futbol mexicano fue Ataulfo Sánchez, quien liquidó su carrera por darle el campeonato al América en 1965, junto al solitario Zague, quien anotaba sin ayuda de sus compañeros, ni siquiera del Coco Gómez).
                El último apunte: Krauze dice que “le va al América”; desde hace años, cuando prohibí que al menos en horas de trabajo los reporteros de deportes de El Financiero “le fueran” a algún equipo, comencé a preguntar qué quiere decir “irle”, “le voy a”, en vez de “tener un favorito”; luego de pensar mucho, descubrí que “le iba” al América contra don Manuel Arellano, hermano del Cuate Arellano, eterno suplente de El Fumanchú Reynoso en el Necaxa, gran amigo del Cuate Benjamín Fall, y a quien solo alineaban cuando Reynoso estaba lesionado, es decir, casi nunca; don Manuel, el carnicero de mi rumbo de la infancia, me contaba cómo los coequiperos de su hermano lo boicoteaban, no le daban pases, o dejaban pasar los suyos; allí comenzó mi desconfianza en ese deporte; don Manuel era forofo del Toluca, y me apostaba un peso en los juegos de su favorito contra el mío; casi siempre me ganaba; pero esa apuesta era eso: le iba con un peso (una fortuna para un  niño, para esa época, y más en situación de precariedad) a que ganaba el América; cuando entendí que no estaba en mí que ganara mi equipo, dejé de irle; ahora no entiendo esa expresión, a menos que describa una apuesta.

¿Quién entiende a las mujeres? Don Juan Ruiz de Alarcón se pregunta en alguna parte (lo sé, y me sé la obra de memoria) que “qué es lo que más condenamos en la mujer. ¿El ser de inconstante parecer? Nosotros las enseñamos que el hombre que llega a estar del ciego dios más herido no deja de estar perdido por el troppo varïar; ¿tener al dinero amor? Es cosa de muy buen gusto, o tire una piedra el justo que no caiga en este error; ¿ser duras? ¿Qué nos quejamos, si todos somos extremos? ¿Difícil? Lo aborrecemos y fácil no lo estimamos…”; claro, antes dice que “el primero padre quiso más perder el paraíso que enojar a una mujer. Y era su mujer, ¿Qué hiciera si no lo fuese? Y no había más hombre que él, qué sería si con otro irse pudiera; porque con la competencia cobra gran fuerza Cupido…"
                Una de las grandes científicas mexicanas, Mayra de la Torre, suele o solía presentarse con minifalda en el laboratorio, aunque tenía que subir a grandes alturas; la directora María Novaro, en una filmación, ordenó que actrices, técnicas, maquillistas, se presentaran de minifalda, para que los hombres de la película no desviaran la mirada lúbrica hacia las piernas de una sola, y las miraran con naturalidad. En oficinas gubernamentales de Guanajuato o de Puebla o de ambas lograron quitar las órdenes de que se presentaran las empleadas de faldas largas y blusas cerradas, y en muchas escuelas de todo el mundo se consiguió que dejaran de expulsar a las alumnas minifalderas; desde hace mucho en las iglesias dejaron de prohibir la entrada a mujeres vestidas con pantalones o con faldas arriba de la rodilla (y sin velo, antes pecado venial, pero pecado); y ora resulta que una senadora perredista (el real socialismo es el más represor de los socialismos, y de otras doctrinas político-religiosas) pide que se expida una ley que ordene a las agencias que proporcionan azafatas y azafatos, que ya no les den uniformes atrevidos, faldas cortas y sobre todo escotes (¿y a los azafatos pantalones ceñidos?) que distraen  a los legisladores que están despiertos.
                Don Anastasio de Ochoa decía que una mujer puede toser en un templo, pero queda la duda de si tose por llamar la atención. No es el caso de las minifaldas, prenda que más que mostrar, proporcionaba libertad; si no de acción, de pensamiento. Fue conquista de una generación que peleaba más que los hombres, porque además debían combatir lo oportunista de sus compañeros, que con el pretexto de la liberación sexual pretendían coleccionar conquistas, ligues, fajes, acostones, como hacían los de las generaciones anteriores, que presumían: ¿cuántos hijos tienes? ¿En qué colonia? Las minifaldas de Jane Fonda, Twiggy, Elizabeth Montgomery, Carol Lynley, Pili y Mili, Macaria, Leticia Robles, Lucha Villa, Ali McGraw, Angélica María, Alma Muriel representaban una generación aguerrida, libérrima, exigente de una igualdad social, sexual, laboral, intelectual. Y una senadora de un partido que se cree de izquierda pide que retrocedan y se vuelvan sumisas, que no enseñen porque, ella cree, enseñan para vender. Que mejor se regresen a su casa, con sus hijos, como dice Héctor Suárez en Mecánica nacional, para que no las denigren: mejor la esclavitud a la libertad.
                Y para que más duela, comienzan algunos comerciales a decir que hay desodorantes para que los hombres vuelvan a ser hombres. Como si un olor lo definiera.

Un detractor me acusa de plagiar, nada menos que a don Eduardo Mejía; es como acusar a Vivaldi de, como dice Carpentier que dijo Stravinsky, escribir 400 veces el mismo concierto; a García Ponce de poner las mismas escenas con diferentes personajes; a Graham Greene de usar siempre la misma trama del acusado en falso, o a Agatha Christie de poner siempre al mayordomo como culpable de todos los crímenes, o a don Fernando Soler que haya hecho varias veces el papel de Cruz Treviño Martínez de la Garza. Y no, no cobro nada en este blog, ni siquiera tengo patrocinadores. Antes al contrario, dos célebres escritoras me han plagiado; la primera, el primer cuento que publiqué y, años más tarde, cuando lo reescribí modernizándolo, con más armas, mejor escrito y más pícaro, me acusó (en privado) de plagiarla; la otra hasta honores ganó.



viernes, 5 de agosto de 2016

Contemporáneos y otros accidentes

A partir de la República Restaurada los escritores comenzaron a agruparse por tendencias estéticas, políticas, éticas, aunque entre ellos hubiera rivalidades y hasta enfrentamientos, y a veces hasta rencores.
                Podría pensarse que, ya fuera de las similitudes políticas (progresistas, conservadores), la generación que se juntó en la Escuela Nacional Preparatoria en las fechas cercanas a la conmemoración del Centenario de la Independencia es el primer grupo formal, con paralelismo y tendencias similares; se le conoce como la generación del Ateneo, y es bastante más numerosa que la que por lo regular nombran estudiosos y catedráticos; cierto, tal vez los principales son los discípulos de Pedro Henríquez Ureña, escritor dominicano homónimo del que dio su nombre a una calle en la delegación Coyoacán (Pedro Enríquez Ureña), pero tiene miembros poco renombrados o reconocidos como de ese grupo: Alfonso Reyes, José Vasconcelos, Julio Torri, Martín Luis Guzmán, Enrique González Martínez, Rafael López, Roberto Argüelles Bringas, Eduardo Colín, Joaquín Méndez Rivas, Antonio Médiz Bolio, Alfonso Cravioto, Jesús Acevedo (¿el modelo de Don Chucho, el de México de mi recuerdos?), Diego Rivera, Roberto Montenegro, Manuel Ponce, Julián Carrillo, Carlos González Peña, Isidro Fabela, Manuel de la Parra, Mariano Silva y Aceves, Federico Mariscal, según el  recuento que hace Julián Hernández Luna en Conferencias del Ateneo de la Juventud. Hay que agregar la cercanía de los Caso, Antonio y Alfonso, aunque ellos son un poco posteriores.
                Claro que hay nombres que se repiten en otros grupos, porque tanto los Agoristas como los Estridentistas presumían de tener en sus filas a Diego Rivera y a Rafael López (éste no debe de haber estado contento: renegaba de ser recluido por cualquier grupo, y hasta se dio el lujo de rechazar el honor, entonces era un honor, de pertenecer a la Academia Mexicana de la Lengua).
                Un grupo apenas posterior, menos numeroso, el de los Siete Sabios, recluyó a políticos y funcionarios sobresalientes, y a un escritor que se dedicó a hacer encabronar a sus contemporáneos y a sus seguidores, y muchos investigadores actuales aún se indignan por sus comentarios, sus descalificaciones y aun por sus antologías (Antonio Castro Leal, a quien se deben, sin embargo, estimables ediciones de grandes poetas Modernistas); entre esos sabios estaban los hermanos Caso; contemporáneos de estos sabios brillaron en las letras y como funcionarios. Con una diferencia de edades mínima, la generación de 1915 completa las labores e intenciones de los Sabios.
                Pero la generación más renombrada es la de Contemporáneos, aunque no está bien definida, porque insisten en incluir en ella a Carlos Pellicer, poeta mayor, y que pertenece por edad al grupo, y tuvo afinidades y amistades con ellos, o con la mayoría, pero al que también le disgustaba ser catalogado; el grupo presumía de ser un “grupo sin grupo”, de soledades aisladas pero con muchas afinidades. El nombre lo recibieron, un poco a contracorriente de ellos, por la revista que fundaron, Contemporáneos, que era editada por un mecenas que no pertenecía ni al grupo ni a la generación, pero al que mucho le debe la cultura mexicana, Bernardo Gastélum, escritor apreciable aunque no a la altura de sus protegidos, y funcionario de varios gobiernos revolucionarios.
                El nombre de la revista se  debió a Jaime Torres Bodet, quien en publicaciones anteriores (Gladios, San-Ev-Ank) dio muestras de humor y gracia que poco se le reconocen; estuvo entre los editores, junto a Bernardo Ortiz de Montellano y Enrique González Rojo. Entre otros, además de ellos, incluyen en el grupo a Jorge Cuesta, Gilberto Owen, Salvador Novo, Xavier Villaurrutia, José Gorostiza; miembros menores, como Elías Nandino, Celestino Gorostiza, Samuel Ramos, Manuel Rodríguez Lozano, Antonieta Rivas Mercado (otra mecenas), Agustín Lazo, y algunos más insisten en nombrar junto a ellos a Rubén Salazar Mallén, a Carlos Chávez y a Rufino Tamayo, en sus etapas iniciales (alguna mujer preguntó, indignada, que cuándo un homenaje a  las contemporáneas). La ausencia más notable: Rodolfo Usigli.
                La revista, que aún puede conseguirse en su edición facsimilar editada por el Fondo de Cultura Económica cuando era dirigido por José Luis Martínez, fue excelente, pero no única; la generación, hecha en revistas, participó en las mencionadas Gladios y San-Ev-Ank, El Maestro, El Hijo Pródigo, Ulises; no todos colaboraban de manera consuetudinaria en Contemporáneos; Salvador Novo, por ejemplo, participó apenas en sus páginas. Una obra cumbre fue la Antología de la poesía mexicana moderna, en la que están incluidos todos ellos, aunque comenzaban a publicar; en ella hicieron juicios sumarios contra escritores respetados como Salvador Díaz Mirón, Amado Nervo (alguno otro, como Manuel Gutiérrez Nájera, fue juzgado al no ser incluido), y excluyeron a otros que ya eran populares en esos días; incluyeron a  Manuel  Maples Arce, el más respetado de un grupo antagónico, los Estridentistas (éste se vengó pocos años después en una antología donde los minimizó, aunque hubieron de reconocer, lugar común, que Pellicer y Novo hacían mejores poemas estridentistas que ellos; tuvieron reconocimiento en el extranjero, donde Borges los mencionó con respeto, y fueron ídolos de las generaciones iconoclastas de los años setenta y ochenta en México).
                Una generación posterior, la de Taller, se hizo eco de sus propuestas y tendencias, y se consideró su heredera; Paz hizo trabajos resaltando la poesía de Villaurrutia, el pensamiento de Cuesta, y en general de la revista. Igual respeto guardaron la Generación de Medio Siglo, y tuvieron estudios más lúcidos que generosos en Carlos Monsiváis y José Emilio Pacheco. Contemporáneo de éstos, Miguel Capistrán trabajó rescatando obras de Novo, y participó en el rescate de las obras de Cuesta, de Villaurrutia y de Celestino Gorostiza; los sobrevivientes le tuvieron afecto y le concedieron entrevistas reveladoras, simpáticas.

En estos momentos el Instituto Nacional de Bellas Artes (que dirigió Carlos Chávez, afín a los Contemporáneos, cuyos cimientos los estableció Gorostiza, los solidificó Novo –el verdadero director, decían—, dirigió sus obras allí Villaurrutia, y expusieron los pintores afines) monta una exposición con el nombre de ellos. Consta de fotografías, ninguna muy desconocida, exhiben algunas ediciones que presumen que son primeras, números sueltos de algunas revistas, cuadros de sus amigos pintores o retratos de ellos, fragmentos de algunas pocas películas con argumentos de alguno de ellos, y se dijo, pero no las vi ni las oí, canciones en las que participaron, como “Usted”, y “La cuenta perdida”.
                Desde que leí la nota en la sección que dirige Víctor Manuel Torres con humor y puntería, me asombré: “Usted” es de Gabriel Ruiz, compositor fino de música popular que en efecto musicalizó algún poema, o  mejor, le pidió a sus amigos poetas que compusieran canciones para que él le pusiera música, pero ninguna es muy estimable (tanto, que no las rescataron); “Usted”, que le atribuyen a Elías Nandino, en realidad es de José Antonio Rodríguez, Monís, y “La cuenta perdida”, que se llama “Cuenta perdida”, no utiliza un verso de Novo, es una canción que escribió Novo, no es un poema musicalizado, con música de Ramón de Flórez, el de los Violines Mágicos de Villafontana.
                Ya Pável Granados echó a perder la oportunidad de una buena antología de fin de siglo (XIX) confundiendo fechas, autores, mezclando géneros; pensé que la cercanía que tuvo después con Miguel Capistrán, quien no tenía buena opinión de él, enmendaría errores, pero no fue así.
                La exposición parece, más que de Contemporáneos, de la estimable biblioteca de Arturo Saucedo… Prestó Reflejos, de Villaurrutia, que me consta que no la tenía ni Capistrán, pero ponen algunos títulos de Alfonso Reyes, al que ellos no consideraban su maestro (preferían a Ramón López Velarde y a González Martínez, al que rindieron homenaje con “calcas” de algunos de sus poemas más conocidos), y exhiben un capítulo de Los de abajo, que ni siquiera es contemporáneo de ellos, más bien es de cuando eran infantes; lo que exhiben es un capítulo de la sexta edición; tienen cuadros de Diego Rivera, quien fue enemigo de algunos de ellos, al menos en privado, y los ridiculizó en algunos murales renombrados, y en uno de ellos los bautizó como “los anales”.
                Algunas de las ediciones más preciadas son de Carlos Pellicer, que se autoexcluyó del grupo, que por otra parte se dispersó cuando fueron enjuiciados por la publicación de un fragmento de novela de Salazar Mallén en una revista dirigida por Jorge Cuesta, Examen, que aunque fueron exonerados le costó el puesto a varios de ellos en la Secretaría de Educación Pública.
                Novo explicó muy bien la diferencia entre algunos de los miembros del grupo que ellos no reconocieron como grupo: algunos fueron protegidos por José Vasconcelos, otros por Genaro Estrada, y otros por Manuel Puig Casauranc.
                Obviamente, Contemporáneos es importante porque hay coincidencias en la estética, en la tendencia a desnacionalizar la cultura, en buscar horizontes en otros idiomas (incluso intentaron traducir Ulysses de Joyce y hasta nombraron con ese título una de sus revistas y un grupo de teatro que montaba obras contemporáneas); fueron acusados de extranjerizantes (gracias a eso fue el resurgimiento de la popularidad de Azuela, puesto como ejemplo de virilidad y hasta de machismo —pecados actuales—frente a la literatura de Contemporáneos; la rivalidad persistió hasta 1964, cuando en una obra de teatro, Diálogo de ilustres en la Rotonda, Novo hace decir a Mariano Azuela que no sabe hablar, y lo increpa José Juan Tablada: “¿tampoco leer? ¿Qué no te enseñaron en… el Colegio?” —mención irónica hacia El Colegio Nacional); su propuesta renovó la literatura mexicana, y entre ellos se defendieron aunque también se atacaron: las opiniones de Novo acerca de sus compañeros son poco amables, y hasta célebres algunos comentarios sobre Jaime Torres Bodet, alguno de los cuales debe haberle provocado carcajadas, pero otro le dolió hasta el alma, al grado de que en uno de sus últimos poemas se pregunta si, en efecto, tuvo biografía en vez de vida.

No intento negar la importancia del grupo; creo que ha habido otros que la minimizan y no reconocen el valor que tiene su obra; en defensa de Novo surgió la voz de Julio Torri, que sabía harto de poesía, y dijo que “frente a Novo poeta hasta Pellicer es de segunda”; demasiado fuerte, pero necesaria porque le restan calidad a Novo, en sus opiniones; devalúan la gigantesca obra de Pellicer y la dejan en unos cuantos momentos; creo, como decía Capistrán, que no todos son parejos aunque todos sean buenos. Lo que me asombra es la calidad de la exposición: si tienen a la mano, aunque sea en calidad de préstamo, varias bibliotecas bien nutridas, por qué hay tan pocas ediciones de Novo (falta Nuevo amor, Florido Laude, En defensa de lo usado, tienen la edición rústica de la Historia de la fiebre amarilla y la segunda de El sexo, el amor y los burdeles; tienen la segunda edición de Nostalgia de la muerte de Villaurrutia, y no tienen la original de Poesía y teatro de Xavier Villaurrutia; sólo tienen algo de Pellicer, raro, eso sí; hay poco de Owen y apenas un ejemplar de González Rojo. Hay mucho de Torres Bodet, pero muy al alcance de Donceles y de La Torre de Lulio). Además, muy mal expuesto: un libro y arribita, una fotografía, nada desconocida (salvo González Rojo, el más menospreciado de todos); los libros, alguno de ellos encuadernado, lo que podría hacer sospechar a los malpensados que puede ser encuadernación falsa; fotografías de grupo pero, insisto, nada que desconozcan los conocedores.
                No hay imaginación en la exposición, no hay humor, no hay comodidad, nada que refleje la cultura innegable de los responsables, nada que invite a leer a ese grupo, el más renombrado de la literatura mexicana.

Además de la inseguridad en las calles por el mal funcionamiento del reglamento de tránsito y su nula aplicación, hay otros síntomas más graves: los trenecitos han chocado con alarmante frecuencia: en el parque del Espejo en Polanco, en Pabellón Polanco, en el mismo bosque de Chapultepec (aunque no es el que tripuló Germán Valdés en El rey del barrio), en Aragón; ya ni en ese transporte puede haber confianza; sólo falta que en el trayecto asalten a los niños para quitarle los dulces.











lunes, 25 de julio de 2016

Una comedia de John Ford; AMLO recula; consejos para políticas; la mejor novela de Hornby

Para todo cinéfilo el nombre de John Ford es sagrado; autor de innúmeras obras maestras, hizo del western la épica moderna, según el dicho de Guillermo Cabrera Infante (de quien están publicando su obra completa y sus sobras, en ediciones carísimas). Poco puede agregarse a lo que han dicho el propio Cain –de pasada: nunca reseñó ningún filme de él—, Ayala Blanco, Peter Bogdanovich sobre todo, cuando mucho una lista de sus mejores cintas: La diligencia, El joven Lincoln, El último hurra, Los tres padrinos, Los buscadores, su trilogía sobre el ejército con las maravillosas actuaciones de John Wayne, Victor McLaglen, Pedro Armendáriz, Henry Fonda, Maureen O’Hara, Miguel Inclán; y luego la extraordinaria El hombre que mató a Liberty Valance, y la formidable El hombre quieto;  hay otras cintas que salen de su ámbito peculiar, que no suceden en el oeste sin perder su tono épico, y que muestran sentido del humor más del acostumbrado.
                Ford, como Shakespeare, sabía que nadie puede aguantar dos horas de pura tragedia, y en sus mayores dramas destensan la acción, y meten algunas escenas cómicas; en El ocaso de los cheyenes, en medio de la diáspora, de la caravana que llevará a los cheyenes a un refugio, y en el que una mártir deja su clase socioeconómica para unirse a los desposeídos, pasan por Tucson, donde Wyatt Earp debe atender un estallido de violencia, y para ello interrumpe una partida de poker; para evitar que le hagan trampa, pone su puro encima de las cartas; si se cae la ceniza, advierte, es que tocaron el mazo y entonces los ajusticiará; el nerviosismo de los otros jugadores es comiquísimo. Esa misma distensión es la que aparece en varias escenas de Romeo y Julieta, por ejemplo. En Escritos bajo el sol (Las alas de las águilas) la mayor parte del tiempo, un increíblemente ágil John Wayne, que al principio de la cinta baila de manera aceptable, se la pasa en cama, paralítico, sin síntomas de tragedia; en Bill, qué grande eres, la acción que pudiera parecer inverosímil presenta a un personaje que anhela ir a la guerra, pero su increíble puntería se lo impide; es compensado con una acción inesperada, tan fulminante que nadie la cree.
                Pero he visto ya tres veces una cinta de la que habla poco en sus largas entrevistas con Bogdanovich, quien tampoco insiste en su singularidad: La taberna del irlandés (o El paraíso de Donovan); filmada poco después de El hombre que mató a Liberty Valance, aprovecha la vitalidad de Lee Marvin para ponerlo a madrearse otra vez con John Wayne con un pretexto muy divertido; sólo lo hacen una vez al año, cuando celebran, el mismo día, su cumpleaños; la trama carece de trama; un mínimo pretexto lleva a una isla pacífica a una mujer de negocios a mostrar que su padre es un desbalagado e inmoral, para reclamar la totalidad de las acciones de una empresa naviera, y se encuentra con que tres niños pueden disputársela; la mujer, una actriz poco renombrada, Elizabeth Allen (más protagonista de series televisivas como Dr. Kildare, Ruta 66, 77 Sunset Strip, El fugitivo, La ciudad desnuda, Barnaby Jones, El hombre de CIPOL, Texas, y que aparece también en El ocaso de los cheyenes, muestra las piernas, algo inusitado en alguna cinta de Ford (excepto cuando se insinúan las de Dorothy Lamour en Huracán), y no sólo una vez; tres niños cantan y tocan al piano “Martinillo” que repentinamente convierten en rock, que también bailan; Wayne, quien se sintió incómodo aunque no se nota en la cinta, enamora a la mujer aunque ambos se resisten a aceptarlo, y además debe aceptar que ella lo vence en una carrera de natación y en otras cuestiones; además, trata a Allen como a Marvin, o como en cintas de otro director pero discípulo de Ford (Howard Hawks), a Robert Mitchum o a Dean Martin: con cariñosa rudeza; como en pocas cintas de Ford, se anticipa el final alegre, pero no complaciente: las competencias seguirán. Por si fuera poco, un par de niños, que debieran de ser disciplinados, son unos vándalos divertidísimos: de grandes serán como Mississippi o como Ricky Nelson.
Un dato extra: Ford, quien admiraba la presencia de John Wayne, responde a Hawks en una materia sorpresiva: en Río Bravo, Angie Dickinson, luego de besar a Wayne, sentencia: “es mejor cuando no lo hace una sola”; antes, en Tener y no tener, Lauren Bacall dice algo parecido cuando besa a un reacio Bogart (“es mejor cuando lo hacen dos”), y en El Dorado, Charlene Holt es también la que besa a Wayne y dice una frase similar; en Hatari  Elsa Martinelli le pregunta cómo le gusta que lo besen, y al principio la experiencia es decepcionante; en La taberna del irlandés Allen reta a Wayne a besarla, y como lo ve dudar, le avisa: me han besado antes; Wayne la toma sin mucha delicadeza, y aunque ella lo espera, al terminar, exclama: “yo pensaba que antes me habían besado”. Más mezcla, maistro, o le remojo los adobes, hubiera dicho Germán Valdés. Al final de la cinta la arrastra como arrastra a O´Hara en El hombre quieto, y la doma a nalgadas, como Jorge Negrete a Lilia Michel en No basta  ser charro o Pedro Armendáriz a Rosita Quintana en El charro y la dama.
                Ford, quien sin filmar una sola cinta con obras de Shakespeare es quien más se le acerca en intensidad y manejo del drama, hizo una cinta sonriente, divertida, y sin drama, por una vez en su carrera.

En alguna competencia olímpica los expertos estaban seguros de que un corredor mexicano, quien tenía las mejores marcas en su especialidad (los 800 metros libres) en esos momentos, obtendría una medalla cuando menos de plata, para orgullo de la nación (muchos países dependen de la habilidad de algunos deportistas para mostrar el avance de su cultura, de la eficacia de su gobierno, o cuando menos de la superioridad de su raza); pero terminó en un decepcionante sexto o séptimo lugar entre ocho competidores; la decepción fue tan inmediata como cuando Raúl Macías fue vencido por Alphonse Halimi o un equipo mexicano cayó 8-0 el 10 de mayo de 1960 ante un equipo inglés (si hubiera sido en esta época, con el periodismo sensacionalista actual, entonces sólo reservado a Tabloide hubieran cabeceado “Nos Dieron en la Madre” o “¡Qué Poca Madre!”). Cuando le preguntaron a ese corredor el por qué de su derrota sólo alcanzó a responder, tajante: “pos es que los otros corrieron más rápido”; de ese tono fue la respuesta del “jefe” de “gobierno” capitalino, cuando lo interrogaron sobre las inundaciones en una de las zonas privilegiadas de la ciudad (aunque construida sobre minas, lo que representa un riesgo ante seísmos de intensidad violenta, que están esperando los sismólogos alarmistas): pos es que llovió más fuerte de lo normal. Si es uno de los candidatos de la izquierda, ante los titubeos y temores del gobierno (sobre todo del qué dirán, pues pide perdón aunque no haya cometido delitos), podemos anticipar que la caballada está flaca (para seguir con las metáforas deportivas, un boxeador fino y elegante como Lalo Guerrero, titubeaba y hasta dicen que retrocedía cuando un rival de menor categoría pero mucha mayor valentía como José Toluco López hacía como que lo embestía, echando “el bulto” por delante; el público celebraba el triunfo del macho sobre el temeroso). El “jefe” de “gobierno” enmudeció cuando un engallado chamaco le dijo fascista porque no deja que las manifestaciones de los maistros lleguen al Zócalo. Cuando a Luis Echeverría lo apedrearon en CU (¿cuál es la bebida favorita de los estudiantes?: Presidente con sangrita), él los encaró y les gritó “jóvenes fascistas”. Los patos le tiran…

Un chiste conocido pero siempre vigente, por la moraleja: cuentan que una ranita desenfrenada quiso desafiar la velocidad de un tren, pero fue vencida, y el tren la arrolló y le arrancó las ancas; repuesta del aturdimiento, quiso regresar por ellas ancas, pero no calculó y otro tren la arrolló, aplastándole la cabeza; la moraleja es que no hay que perder la cabeza por unas nalgas. Deberían entenderlo algunas mujeres dedicadas a la política, que arriesgan el puesto, la integridad y su futuro por unas nalgas masculinas.

Las normas son para violarlas, decía un amigo enamorado de una vecina llamada Norma; pero corresponde al Reglamento de Tránsito del Estado del Valle de Anáhuac; la mayoría de los automovilistas conduce con el teléfono portátil encendido, y muchas veces enviando mensajes de texto; las rayas o cebras, si no están despintadas y pálidas, sirven de estacionamiento, no de cruce peatonal; las luces preventivas no sirven para prevenir sino para que los conductores aceleren, y cuando se pone el semáforo en rojo, dos tres o cuatro automóviles se lo brincan; los motociclistas y ciclistas andan por el carril de la derecha, y rebasan por la derecha, y todavía reclaman cuando se estrellan contra autos estacionados o con peatones que intentan cruzar las calles; los ciclistas andan por la banqueta y echan bronca cuando se les reclama, porque saben que si atropellan a alguien, los dejan libres, excepto si los asesinan; los agentes policiales sólo observan, si es que dejan el teléfono portátil sin usar, por unos segundos; ni siquiera Julio Hubard, el segundo mejor boxeador entre los escritores mexicanos de los  siglos XX y XXI, se atreve a reclamar porque muchos automovilistas traen armas que desenfundan aunque ellos sean los que cometen infracciones; cualquier rozón, cualquier reclamo, lo resuelven a golpes o balazos, de ellos o de sus guaruras. Y peor: ya los conductores del Metro (línea 7, viernes a mediodía) manejan con portátil en mano, aunque no se pudo verificar si también enviaban textos escritos.

Reculó AMLO; ya no exige que derroquemos a Peña Nieto ni que se deroguen las leyes, sólo que le suavicen la transición para cuando se haga elegir presidente, sino en 2018 o 2024, en 2030; pero las redes sociales, donde sus seguidores llaman a derrocar al gobierno tirano (y lo dicen quienes deberían de conocer la historia) lo han exhibido arrogante, derrochador, con lujos de lo que carecen los políticos a los que ataca; con sus mismos errores, es decir, sacando provecho de la amistad que tienen con potentados que lo invitan a palcos lujosos; no es delito, pero es inadecuado; y cuando quiere limar asperezas le hacen ver sus incongruencias, sus llamados a la violencia. Sobre todo, su insistencia en que cuando sea presidente revertirá leyes, tratados, reformas, obviando que el presidente no manda, obedece; ése es también el dilema de Donald Trump, quien asegura que tomará medidas a las que no tendrá derecho, si es que gana las elecciones, sino que debe obedecer a las Cámaras, y que, en su país, los estados son libres, y no podrá ordenarles nada; fracasará, como ha fracasado como empresario; debería ver lo que pasó en otros países que le dieron la presidencia a empresarios, y los llevaron a la quiebra (moral, cuando menos).

Ya he hablado en este blog de Nick Hornby, cuando encontré y me maravillé con Fiebre en las gradas, que habla de la pasión por el futbol en Inglaterra; pero más que eso es un retrato de la generación que va de mediados de los cuarenta a finales de los cincuenta, de José Agustín a Juan  Villoro; más que Murakami, del que difícilmente volveré a leer ningún libro más que para desmentir algún elogio que le hice, deslumbrado, Hornby llena sus libros de música, de la música con la que crecimos y nos desarrollamos; no por nada una de sus mejores novelas, Alta fidelidad, está hecha a base de las listas que hacemos los forofos del rock y sus aledaños, y con la integración y desintegración de parejas sentimentales; no por nada la cinta basada en la novela, dirigida por Stephens Frears y con John Cusack en su mejor papel, es un fiel retrato de las tiendas de discos (Ameba, por ejemplo), que ya no existen porque MixUp ya no trae ni siquiera los discos de Paul Simon, por ejemplo, y espera que lo descarguemos de Internet, porque a los nuevos compradores no les importa la fidelidad ni el sonido de las piezas.
                Juliete desnuda, Todo por una chica, 31 canciones, aunque no tan deslumbrantes, son igualmente buenas; pero acaba de llegar, en edición mexicana pero con lamentable traducción madrileña de Jesús Zulaika, Funny Girl, una novela tramposísima que nos hace creer que la historia que cuenta es real, porque aparecen personajes como Harold Wilson (con un trato burlón aunque no tan brutal como el que le dedica George Harrison en Taxman), Lucille Ball, en quien se inspira para el personaje principal, y hasta retrata portadas de libros inexistentes y fotografías de personas ficticias.
                La trama es lo de menos, aunque le sirve para hacer un retrato de varias generaciones, en especial la nacida dentro de ese lapso generacional, y que llega a la ancianidad sin haber sido ni adulta ni madura, y que le queda el consuelo de que ya nadie muere antes de los 80 años, y debe sobrellevar una vejez a la que no se resigna, todavía intenta ligar y no desecha la idea de completar una “asignatura pendiente”; sólo los calvos olvidan el cabello largo y las mujeres conservan la figura de cuando veinteañeras; uno de los protagonistas, cuando son reconvenidos por los jóvenes, le recuerda que son de la misma edad de Bob Dylan y Dustin Hofman que, por otra parte, se conservan más jóvenes que Bono y que Brad Pitt(y).
                La anécdota comienza cuando Barbara Parker gana un concurso de belleza, título al que renuncia porque sabe que su porvenir será el que le soben las nalgas todo el tiempo, y se va a buscar otros caminos; de vendedora de cosméticos pasa a ser actriz, con un brevísimo intermedio como posible edecán padroteada por un agente de actores; su inteligencia, audacia, atrevimiento la convierten en una estrella inmediata que imita a su idolatrada Lucille Ball, que sobrevivió a la decadencia gracias a su programa I Love Lucy, que en México se siguió trasmitiendo hasta los años sesenta patrocinado por General Electric, creo recordar, y antes de que fuera desplazado por Domingos Herdez.
                Cómo hacen para que el programa, convertida en serie, dure varias temporadas, se narra con agilidad, intensidad, y un profundo sentido de la visión social; cómo ven el programa viejos, maduros, jóvenes y niños; cómo se deterioran las relaciones entre los personajes, cómo se describe el despertar sexual y una revolución que en muchos medios se limitó a un mayor tránsito a muchas camas sin que las mujeres, quienes mejor lo vivieron, fueran calificadas de lagartonas ni siquiera por sus ex parejas; los primeros atisbos del destape de los homosexuales; la infidelidad descarada, la pedantería de los intelectuales que sólo viven para desprestigiar el trabajo de los demás sin argumentos, sólo con diatribas y descalificaciones.
                Varias generaciones son enjuiciadas por Hornby, abuelos, padres, protagonistas y los hijos de éstos; sin embargo, no se trata de juicios sumarios, sólo son expuestas sus vivencias, su imposibilidad de madurar, su tortura de no tener dónde morir con dignidad; las masas que responden con exactitud a lo que los productores, periodistas, políticos, esperan de ellos.
                Es un libro lleno de humor; y como todos los libros con humor, es amargo e infeliz, aunque el sabor que deja es maravilloso, deslumbrante por su ingenio y por su exactitud, excitante a ratos. Hornby es uno de los mejores autores de esa generación, y su descripción de Londres parece corresponder, con dos o tres décadas de retraso, a lo vivido en México en los años setenta y ochenta.

domingo, 3 de julio de 2016

Perico; Juan Domingo Argüelles; Villanos divertidos; el retiro de dos músicos

Lo conté en El juego de las sensaciones elementales, único libro firmado por Gustavo Sainz que no va a reeditarse: estábamos en Nazas cuando llegó un adolescente, casi niño, y de inmediato albureó a Sainz, se puso a echar relajo con Alfonso y con Cuauhtémoc; poco días después Alfonso me llamó, en plena madrugada, para avisarme que había chocado el VW rojo de Sainz, que había heridos, que le ayudara; fui con Mario Magallón a la delegación, en el centro y me puse a hacer llamadas, para juntar lana y sacarlo antes de que lo entambaran. Mario se quedó a ayudarlo y yo me fui a recolectar dinero; uno de los lugares fue a la casa de Cuauhtémoc, en la Del Valle, un departamento pequeñísimo, nada parecido al lujo con el que vivía, vestía, presumía; en el patio estaba ese adolescente que había visto semanas antes de visita en Nazas; me guió hacia la  morada de Cuauhtémoc, quien me avisó que le habían hablado, que ya no era necesaria su aportación, que Alfonso ya estaba fuera.
                Volví a ver a ese adolescente en La Onda, donde me reclutó Cuauhtémoc para que fuera parte del equipo que haría el suplemento; al principio, además de Jorge D’Angeli y Cuauhtémoc estábamos Héctor Rivera y yo; Perico (Raúl Cuevas, née Pedro Raúl Pérez Cuevas) era el office boy; antes de que saliera el primer número Héctor fue reemplazado por Abel Ramos, excelente reportero harto relajiento.
                Perico iba a recoger discos con Luis Arturo Cárcamo, Rossy quién sabe qué, Óscar Mendoza, Pepe Návar; a veces, libros a editoriales, aunque más bien yo iba Joaquín Mortiz, Siglo XXI; luego, con Manuel Gutiérrez quien me sustituyó un tiempo, al Fondo de Cultura Económica, más a platicar con mi amiga Alba Rojo y con Andrea Huerta.
                Otra labor de Perico era llevar los materiales con Raúl Rodríguez, con Héctor Dávalos, asistirnos en la formación; era más amigo que asistente, y más asistente de Cuauhtémoc que de los demás, pero era muy divertido.
                Desde los tiempos de Nazas comenzó a tomar clases con Aníbal Angulo, y luego más formalmente a trabajar con él; después trabajó como fotógrafo para diversas revistas, y posaron para él lo mismo vedetes que actrices con más renombre; cuando Aníbal emigró a vivir más a sus anchas, Perico se convirtió en el fotógrafo favorito de las artistas dispuestas, antes mucho menos que ahora, a desnudarse.
                De vez en cuando me lo topaba en la calle, y con más frecuencia trataba de alburearme, aunque más bien era víctima de mis bromas, en las redes sociales. Cada vez que nos comunicábamos decía que iba a invitarme a desayunar, y siempre bromeaba por mi obediencia a Lourdes (él estuvo cuando nos casamos hace 43 años). No dejaba de invitarme a los estrenos de las obras donde actuaba su hija. Reacio a salir, más bien iba María José antes que yo.
                Un día me llamó para pedirme el prólogo para un libro que iban a editar con fotografías suyas; le correspondería a Cuauhtémoc, pero fue asesinado hace algunos años.

¿Por qué consentir en hacer una introducción para unas fotografías? No se trata de que esas fotografías sean de Raúl Cuevas, a quien conocí desde 1970 en que compartíamos labores en una oficina que tuvo, entre otros, a Cuauhtémoc Zúñiga, Óscar Mata, Anamari Gomis, Arturo Jiménez, Alfonso Rodríguez, bajo el mando de Gustavo Sainz; y después, con Cuauhtémoc Zúñiga, Óscar Sarquiz, Manuel Gutiérrez Oropeza, y las constantes visitas de Gabriel Careaga, Elena Urrutia, Alaíde Foppa, Luis Arrieta, Julio Amador, bajo la dirección de Giorgio De’Angeli. Su humor, su vitalidad, su capacidad para distorsionar cualquier situación en un momento desternillante convivían con su disciplina, que sabía ocultar, así como sus ganas de transformar y perpetuar esos momentos; bajo la guía de Aníbal Angulo pudo concretar esos deseos de que la realidad se eternizara.
                “¿Por qué consentir en hacerle una introducción a una colección de fotografías? La fotografía es una conjunción de artesanía (habilidad para enfocar, encuadrar y resaltar un objetivo) con inspiración y sentido de la oportunidad (capturar un momento gracioso, humorístico, sensual); todo arte necesita de esas cualidades, pero los fotógrafos, muchísimos fotógrafos, se han especializado en eternizar un gesto, para resaltar lo grotesco de una persona o de una calle o de una construcción; se dice que algunas de las fotografías más célebres fueron posadas, violaron la intimidad de quien fue retratado, que se consiguieron gracias a la repetición forzada de una postura o, más recientemente, que se fabricaron artificialmente por las técnicas modernas semejantes a las que hacen que canten juntos cantantes que vivieron en épocas diferentes. Además, no sé nada de fotografía, y sólo puedo decir que algo me gusta o que no me gusta (como nos pasa a todos con el cine).
                “Pero me encuentro con unas fotografías que no son periodismo ni sociología, que no se burlan de la pobreza ni resaltan la majestuosidad de un espectáculo que se repite a diario (un amanecer,  la belleza incomprensible, temeraria, del mar; o la opulencia de una montaña, o el pánico ante un abismo insondable); no son reproducciones de la realidad, son recreaciones y transformaciones de una realidad que ansía ser vista desde todos los puntos de vista posibles, de producir emociones diferentes.
                “En las fotografías de Raúl Cuevas encontré algo que no encuentro más que en unos cuantos artistas ora sí que de la lente: una manera distinta de lo que tenemos enfrente, pero en forma plástica; estos retratos me hicieron pensar en la pintura que, a principios del siglo XX, hizo que nos fijáramos en las partes ocultas de la vida, que viéramos una mesa, una silla, una mesa de operaciones, en pleno movimiento; que nos encontráramos con bañistas, o con naturalezas muertas, pero en tercera dimensión; que nos fijáramos no en las sonrisas enigmáticas sino en los paisajes emotivos, transfigurados, detrás de esas sonrisas enigmáticas; Leonardo imaginaba un cuadro perfecto que consistiría en un punto rojo en medio de un lienzo blanco; eso lo pueden hacer sólo los artistas.
                “Los retratos de Raúl Cuevas semejan ese cubismo, ese abstraccionismo que encuentra, desde una sola posición, todos los ángulos de una calle, de un templo, de un pueblito o del fragmento de una ciudad.
                “Raúl no los inventó, sólo nos los descubre y nos permite a los espectadores reinventarlo y ver un mundo que estaba detrás; es un fotógrafo singular que invierte su humor, su capacidad de distorsionarlo, en darle otro sentido a lo cotidiano.”
                El libro no apareció, y cuando lo interrogaba, sólo me decía que me platicaría en un desayuno. Ese desayuno es imposible: hace algunas semanas me escribió el entrañable Aníbal Angulo para avisarme que Perico ya no está con nosotros, víctima de una rara enfermedad, tan rara que apenas un puñado la padece; había puesto en sorteo alguna de sus cámaras para adquirir un aparato que lo ayudara con ese mal que le impedía respirar con naturalidad, él, que se la pasaba sin aire porque lo gastaba en carcajadas. Me quedó a deber ese desayuno, y unos cuantos chistes más.

La siempre seria pero sonriente Sandra Licona me telefonea para avisarme que en la presentación de Aquiles, la nueva y peor novela de Carlos Fuentes, un imbécil, aprovechándose de mi ausencia en ese acto, se hizo pasar por “Eduardo Mejía, de El Universal”, y uno de los empleados, de los pocos que no me conocen, le entregó un ejemplar. Sospecho quién fue, o por lo menos quién lo envió, alguien tan anónimo como cobarde. Quienes hacen presentaciones de libros saben que si voy a ellas no tengo tiempo de leer, como hacen muchos que hacen reseñas sin leer el libro, o que hablan de poesía sin entenderla. Recibí apoyo unánime, excepto de alguien que debería de haberme apoyado y que por lo tanto se convierte en el principal sospechoso. Agradezco las muestras de solidaridad, y resalto la coincidencia entre la opinión de mi querido amigo Sergio Romano (“sólo hay un Eduardo Mejía”) y de Alejandra Valadez (“Lalito sólo hay uno”): a ambos, y a todos los demás, muchas gracias.

Mi amigo Juan (nombre) Domingo (de parte de padre) Argüelles (de parte de madre), mártir e incansable promotor de un género cada vez más practicado y cada vez peor ejercido, el de la poesía, y más mártir promotor de la lectura, acaba de publicar un libro imperdible: El libro de los disparates. 500 barbarismos y desbarres que decimos y escribimos en español, en una edición (Ediciones B) muy aceptable y manuable pese a sus más de 500 páginas, aunque con un acento de más en la contraportada.
                Juan, que soporta la lectura de cientos de aspirantes a poetas, señala una cantidad gigantesca de errores que se cometen, sobre todo en la escritura; Juan apunta que algunos escritores inciden en esas pifias, aunque las vemos con mucha más frecuencia en los periódicos, que cuando menos tienen la excusa de que no están escritos en español, sino en periodiqués, un lenguaje que nació corrompido, y que corrompe a los redactores más dotados (en el ejercicio periodístico, digo); hasta los dirigidos o coordinados por dizque literatos utilizan desapercibido en vez de inadvertido; sobretodo (abrigo) por sobre todo; abordo por a bordo; lenguaje binario en vez de maniqueísmo, e ignoran las diferencias entre homófonos.
                Podría ser un buen manual para quienes nos dedicamos a teclear para elegir bien las palabras adecuadas, sólo que en los diarios tecleamos de prisa, muchas veces sin tiempo para enmendar erratas ni errores; los manuales y gramáticas enseñan cómo no escribir mal, pero ninguna cómo escribir bien (adivine mi cita); es de lamentar que los reporteros y los redactores desaprovechen este libro, que sin embargo no es ésa su función; no sé qué tanto quiso Juan engañar al decir que es un manual, cuando en realidad es una muestra de la inutilidad de las enciclopedias por Internet; Wikipedia –dicen amigos, conocidos y otras especímenes— tiene diez mil menos errores que la Enciclopedia Británica, y casi siempre, a menos que no quiera pelearme, pido que me señalen los mil más graves, y me gano su encono.
                Un técnico en computación, mientras componía en la que trabajo, escuchó una canción en una antología que puse en el tocadiscos, y me dijo que le gustaba mucho ese cantante; ¿de qué año será?, se preguntó al tiempo que se puso a buscar en la enciclopedia electrónica de su mayor confianza: lo encontró y me dijo orondo la fecha de nacimiento de ese cantante; al mismo tiempo le mostré en una enciclopedia de rock la fecha real; ésa fue una victoria más, pero inútil, porque para todos es más rápido consultar en la computadora que levantarse a verificar en alguna enciclopedia; yo no digo que consulto la Británica: no tengo espacio ni para ésa ni para la Espasa, que es mi favorita por su precisión para describir enfermedades, lo que alimenta mi hipocondria, pero hay varias confiables, exactas y precisas, más que las cibernéticas.
                La mayor cualidad del libro de Juan es mostrar la falacia de Internet, de Google, que incurren en errores e inexactitudes literalmente en miles, decenas de miles, centenares de miles de veces, y hasta millones, cuando es tan fácil tomar un diccionario; y allí está otra cualidad de Juan, cuando exhibe la torpeza de la Real Academia de la Lengua al admitir equívocos sólo por complacer a críticos sin sentido, al grado de que han convertido su Diccionario en un diccionario de uso en vez de un diccionario normativo, y muy complaciente.
                Juan es riguroso, pero tiene fallas; una curiosa: confunde pleonasmos con redundancias (rebuznancias, decimos en las redacciones), no advierte una falacia bastante común: decir inequitativo por inicuo, e inequidad por iniquidad, ni sanciona a los que dicen “la poeta” en vez de poetisa, error en que ya incurre la machista Real Academia, que sin embargo sigue diciéndole actriz en vez de “la actor” a la mujer que actúa, o hace como que, como correspondería, si se tratara de que las ignorantes poetisas piensen que un adjetivo dedicado exclusivamente a ellas es denigrante. Tampoco sanciona “modisto”, que sólo es adecuado en la cinta de René Cardona hijo con Mauricio Garcés en uno de sus mejores papeles, pero no registra dentisto, futbolisto, ensayisto; tampoco corrige a quienes escriben “se los dije”. Pero son errores pequeños, y muy difundidos.
                Por cierto, hace días alguien quiso regañarme en facebook cuando dije que se dice gasolinera en vez de gasolinería (Roberto Gómez Bolaños corrigió, incorrectamente, a Chinchulín, al decirle que se dice gasolinería al lugar donde se expende y gasolinera a la que lo vende, y Chinchulún, imbécil, se quedó callado), y me dijo que “era” y “ería” eran etimologías; tardé varios cuartos de hora en dejar de reírme a carcajadas. Quien quiera ver la razón de por qué se dice gasolinera, vea el libro de Juan, quien, por desgracia, donde más tiene razón es en mostrar que
no sólo los redactores y reporteros fallan al escribir, sino muchos que se dicen escritores.

A propósito de nada, la excelente, exigente, rigurosa poetisa Mariana Bernárdez se queja del comadrazgo en la poesía femenina, y tiene razón, Me quejo más de que haya tan pocos lectores de un género al que tanto le debemos.

Anuncian con pesar que, por culpa de un dolor periférico, Eric Clapton se retira, cuando menos de los conciertos, y seguramente de las grabaciones, porque  ya le es imposible tocar la guitarra; hace pocas horas Paul Simon anunció que se retira de la música, nomás acabe la gira donde promueve (no promociona, como dicen de manera incorrecta periodistas, editores y publicistas; Juan tampoco sanciona ese mal uso del idioma, aunque sanciona “precuela”, que demuestra cuán tontos son los neocríticos de cine) su más reciente disco; lo hace justo cuando encuentra un nuevo lenguaje, nuevos instrumentos, nuevos ritmos, y acerca más su muy peculiar ritmo a la música sinfónica; por cierto, dedica una canción muy divertida a Papa Cool Bell, quien tuvo el prestigio de ser el hombre más rápido del planeta, capaz, decía, la leyenda, de apagar la luz y antes de que ésta desapareciera del todo, él ya estaba en la cama, metido en las cobijas; la leyenda puede exagerar (la hazaña se la adjudicaron en los años cincuenta a Remolinillo, cuyas acciones se narraban en prosa en los cómics de La Pequeña Lulú), pero Simon comenta algo más real: en una ocasión, con un toque de bola, logró llegar a tercera base; no se narra que Babe Ruth pegó un jonrón de cuadro.
                Clapton ya había acusado decadencia y sus discos eran muy caseros, a lo que tiene derecho, pero sus forofos admiramos su incitación a la inconformidad, su manera genial de manifestar sus males de amor, y cómo hacía llorar la guitarra; Simon había perdido vitalidad, pero no mucho. Es lástima que se retire, aunque lo hace en plena forma, no como Axl o como Slash: debieran de ser otros los que no volvieran a tocar ni en vivo ni en estudio.
               
Cada vez admiro más a Arturo Martínez, no sólo de los mejores villanos de  nuestro cine, buen rival de Lalo González Piporro, no sólo un artesano hábil como director de churros divertidos y coherentes (casi todos), sino el protagonista de dos de los mejores momentos de un villano; en Quiéreme porque me muero, de Chano Urueta, borra al galán Abel Salazar, en un papel muy secundario, como el insoportable jefe de personal Señor Rodríguez, muy amaneradito, pero sin exagerar, a lo que eran tan aficionados quienes hacían papeles de afeminados (otra excepción: Guillermo Rivas, en Ensalada de locos); pese a lo breve de su papel, se come a todos en esa cinta; y en Policías y ladrones, como El Cocholoco, jefe de una pandilla de gánsteres compuesta por luchadores profesionales en la vida real, que secuestra al insoportable Adalberto Martínez y a una bella y discreta Lucy González, a los que van a asesinar exponiéndolos al olor de gas lp, y para que no se oigan sus gritos en la calle, ponen en un tocadiscos Garrard un chachachá muy sabroso, “tócale bien al compás”, y mientras esperan que se rindan, en otro cuarto, Martínez y sus secuaces comienzan, con discreción pero harto ritmo, a bailar ese chachachá, cinta con un humor inusual en el director Alejandro Galindo.
                No olvido que Arturo Martínez fue el que disparó la bala que atravesó el corazón de Juan Charrasqueado, su rival de amores de Miroslava, lo que se comprende, aunque se hace odioso cuando le explica que, muerto Charrasqueado (lo que le hacen creer a Miroslava), está dispuesto a sustituirlo, pero como ya fue de él (de Pedro Armendáriz), no tiene por qué ser por las tres leyes. Reviso la filmografía de Arturo Martínez y creo recordar haber visto cuando menos 111 de las 180 cintas en que participó, Juan Charrasqueado la primera.


viernes, 3 de junio de 2016

Bendito sea el árbol... Librerías muy distinguidas

En algún recuento de los piropos pasados de moda (“bendito sea el bosque donde cortaron el árbol de donde sacaron la madera con que hicieron la cuna donde te mecieron… etcétera”, “bendito sea el mármol del que construyeron la pila del agua bendita donde te bautizaron…) Carlos Monsiváis afirmaba que la manera correcta de emitir un contundente “mamacita” era adelantar la mandíbula y apretar los dientes, con los labios semicerrados; hay que agregar que  debe murmurarse la palabra de tal manera que sólo la escuche la pretendida, que por lo regular es una desconocida, y que elogiarla remitiéndola a las más oscuras veredas del complejo de Edipo, pocas veces tenía consecuencias favorables; por lo regular se hacían las desentendidas, y alguna que otra reaccionaba con un “¡atrevido!”, en la literatura o el cine, o un “pelado” en la vida real. Mi amigo Marco Antonio Pulido aseguraba sin embargo que un conocido suyo tenía éxito cuando menos una vez al día y encontraba respuesta favorable para hacer que las pasiones se conservaran encendidas, y lograba, cuando menos una vez al día, un encuentro furtivo sin más consecuencias que un par de horas de las que no tenían que hacer aclaraciones a sus respectivas parejas.
                La reciente propuesta del “jefe” de “gobierno” del Distrito Federal, de proporcionar silbatos con colores no aprobados por la mayoría, para que las mujeres se defiendan de los acosadores, más allá de las bromas por lo inoportuno de las palabras, de los colores y de los malos entendidos, puede alejar a los acosadores, que de plano demuestran y exponen sus complejos y sus frustraciones; lo malo es que puede acabar con la tradición de elogiar la belleza femenina; en alguna canción, Jorge Negrete declara que “me gusta echar mis piropos cara a cara a la mujer, y no chifliditos tontos (fiu-fiu, en una torpe onomatopeya) copiados no sé de quién”, sin que hubiera protestas de parte las aludidas; en Dos tipos de cuidado Infante intenta pedalearle una bicicleta a Negrete diciéndole que si no (una serie de sonidos intencionados e ininteligibles) nomás un ratito, y lo único que ella contesta es un coqueto “no seas malora, Perico”. En la misma cinta, poco antes, Yolanda Varela reclama a Infante una serie de aventuras fugaces, y éste las explica de manera poco convincente, hasta que ella señala a una empleada de correos, e Infante, gozoso, califica esa aventura como una “entrega inmediata”. Varela termina la relación, y después dice que sólo lo quiso presionar, pero que se le pasó la mano.
                Negrete, ante la negativa de Carmelita González de asistir a una kermés, no encuentra inapropiado conseguir la compañía de otra jovencita (la que Infante intenta bajarle), y caballeroso, dice a González que no la puede dejar plantada porque es un caballero. Cuando Infante le había querido jugar contras, estaba con otra cariñito de un instante, a la que busca embriagar, y uno puede suponer las intenciones: en una kermés hay bodas falsas que permiten a los participantes simular el maridaje y jugar de manera un poco más atrevida. Todas las escenas de Dos tipos de cuidado serían impensables en estos meses, porque hay acoso, asedio, conspiración, y los dos galanes, ya entrados en años pero que se fingen veinteañeros, sólo respetan a la que va a ser su esposa. Después, ni volverlas a ver.
                Desde luego que no es la única cinta donde hay acoso sexual, donde las mujeres reciben casi siempre orgullosas piropos y galanteos: “¡qué buena estás!”, grita a Infante a una Marga López agringada y a quien Infante supone ignorante del español; un grupo de enlutadas llora cuando Víctor Manuel Mendoza, en una fantasía, elige a López para esposa: ¿quiénes son?, pregunta ella, y Mendoza, orgulloso, declara que son “las abandonadas”, por lo que uno puede suponer que hubo razones de peso para que esas abandonadas lo sean, y no sólo suspirantes; en esa misma cinta, cuando ve las cadeiras bamboleantes de una transeúnte, después de un titubeante (a propósito) “álgame Dios, cuerpo de tentación”, ella, de cara no tan agradable como el nalgatorio, se acerca, ofrecida, mientras la abuela Sara García, en vez de reprenderlo por faltarle el respeto a una mujer, completa la frase: “y cara de arrepentimiento”; la escena termina cuando Infante dice que no se dirigía a ella, sino a su abuela (¿diciéndole cuerpo de tentación?) la ofendida completa: “su abuela”, pero en tono de mentada (o mencionada). En Calabacitas tiernas Germán Valdés atisba con mirada golosa los traseros de Nelly Montiel, Amalia Aguilar, Rosina Pagés y sobre todo el de Rosita Quintana, mirada ante la cual las transeúntes de ahora pitarían el silbato y acusarían lascivia. Igualmente, Antonio Badú e Infante inspeccionan con la mirada los traseros de Carmelita González e Irma Dorantes, suponiéndolas sirvientas de la casa del presidente municipal que los tiene presos no por acosadores, él mismo lo es, sino por tramposos y alborotadores; ellas no protestan, más bien se muestran complacidas (ya se ha comentado en este blog que, en una ceremonia de coronación municipal, las invitadas reaccionan con respingos cuando Infante pasa tras ellas, lo que hace suponer “tocamientos”); más asombrada que ofendida, Margot Kidder se queda paralizada cuando Christipher Reeves le hace un “tocamiento” en los glúteos no tan inocente pero que parece involuntario cuando Kidder le muestra las oficinas de El Planeta, en la primera cinta de la saga de Supermán de los años ochenta; más complaciente Kim Bassinger permite que Michael Keaton le quite el rollo de fotografías que había escondido en el escote. En Sí, mi vida Rafael Baledón pregunta su su supuesta prima Silva Pinal que cómo está, y ella, orgullosa, proclama que “muy buena”, que se presta más a la descripción física que a la espiritual; sólo queda confirmar que Pinal no mentía. A propósito de esa frase, un grupo de mujeres, que en grupo se envalentonan, preguntan a Infante que si su amigo Jorge Bueno “está bueno”. Abundan en nuestro cine las alusiones a lo buena que está una mujer, que por lo regular agradece la observación. No sólo: en el cine y la literatura: Roy Orbison, Elvis Presley y Jim Morrison en alguna canción aluden a la belleza física de una mujer, sin que nadie se ofenda.
                ¿Cómo diferenciar el acoso del coqueteo? En tiempos menos feroces se decía que el hombre avanzaba hasta donde la mujer lo permitiera, y que debería entender que ante un “no”, tendría que detenerse, aunque luego algunas reclamaran: dije que no pero no quería decir no, con tono de “estúpido, sí quería”. ¿Detenerse ante la resistencia? ¿Y si ellas veían al hombre como diciendo “por qué te detienes”? ¿Cómo saber si se sienten halagadas u ofendidas ante un piropo?
                Las mismas palabras, la misma mirada, el mismo piropo dirigidos a la misma mujer por parte de dos hombres diferentes pueden tener distinto impacto: los de uno las irritan, molestan, insultan; las de otro las halagan, se sienten mimadas, elogiadas, agradecidas; ¿es la lujuria en el tono, en la mirada? Por no hablar de otra posibilidad: la de quienes esperan que algún hombre las piropee, para dar a entender lo dispuestas que están a seguir escuchando esos piropos. A veces son ellas las que sostienen la mirada, las que parecen sonreír con los ojos, que es más insinuante que la sonrisa; ellas las que sonríen en un encuentro inesperado o fortuito, incluso a un desconocido, sin que signifique coqueteo, o por lo menos no tan inmediato. Conozco el caso de una mujer a la que el suegro le decía: “esos ojos, esos ojos”, y en Colombia un joven, apellidado Mejía, denunció que una morena bastante hermosa lo acosaba, se le repegaba, lo rosaba (sic; así está la ortografía en los periódicos mexicanos); por temor a ser acusado de acoso, no se alejó mucho; en respuesta a su queja, lo han llamado gay.
                Esto sucede en tiempos en que la iniciación sexual tiene lugar casi seis años más temprana que cuando se creía que era demasiado pronto, algo que alarma porque, dice Salma Hayek, coger diario hace que se pierda el encanto; o como decía la grupie mayor de la cultura mexicana, “de tanto que se da una se queda vacía”. Las que pueden divulgar sus intimidades confiesan que a los 14 años y que les dolió, lo que habla de un desequilibrio, que no va a arreglarse con la nueva orden de que no pueden matrimoniarse los menores de 18 años, ni siquiera con la venia de los padres, que mediante la tintorería de la boda limpiaban muchas manchas (Guillermo Álvarez Bianchi, a Enrique Rambal, en El día de la boda). Una cosa es la realidad y otra la teoría. ¿La represión conlleva violencia?, ¿los abusos, los tocamientos, los acosos, las palabras lujuriosas son producto de la incapacidad de relacionarse hombres y mujeres?
                Grace Kelly no se molesta cuando, al alejarse, Bing Crosby le pregunta si ha adelgazado; la protagonista de la canción de Beni Moré usaba relleno para que los hombres la tuvieran que mirar aunque después, sin siquiera averiguar, se supo que las mujeres son muy bobas si nos tratan de engañar (como la protagonista de un relato de Cristina Pacheco, que con tarzaneras con relleno vuelve a enamorar al marido). ¿Son tiempos de mojigatería, o para atenuar las soledades arrepentidas de las que arrastran un niño y recuerdan a un hombre.

Al caminar de Reforma y Juárez a Juárez y San Juan de Letrán, o del otro lado de la Alameda, por avenida Hidalgo de Juan Ruiz de Alarcón a Rosales, uno se encontraba con un buen número de librerías: El Caballito, Librería del Prado, Porrúa, Librería del Sótano, Otero, Libros Escogidos, Librería de Cristal, más dos o tres de lance; además estaba el recuerdo de la Zaplana, pero quedaba otra Zaplana, por San Juan de Letrán, tres cuadritas hacia el sur  más otra en Juárez (¿Libros Técnicos, se llamaba?) y otra en San Juan de Letrán; podía cruzarse San Juan de Letrán (entonces se podía, además de que había camellón a la mitad de la calle) y llegar a la Madero, en Madero, y en 5 de Mayo estaba otra De Cristal, otra Porrúa, Munguía, y tras pequeñas pero bien surtidas, hasta llegar al Zócalo, donde aún quedaba una con nombre de otras épocas, como El Volador.
                Quien atendía Otero (¿era el nombre del dueño o de la librería?) era seco y áspero, pero encaminaba al cliente hacia lo que él imaginaba que podía interesarle; en Libros Escogidos Polo Duarte siempre tenía un tema para platicar, chistes de moda, y apenas entraba alguno de los habituales, se le iluminaba la cara, y sacaba quién sabe de dónde un libro, novedad o una edición rara, que sabía que lo iba a entusiasmar; los más frecuentes esperaban la hora del cierre para compartir con Polo una o dos cervezas en El Golfo de México o en El Horreo; menos familiar era la Librería del Prado, pero cualquiera que recibiera al cliente (don Félix, Carlos Hernández, Humberto, Álvaro) conocían sus gustos, ya le habían apartado lo que pedía, o ya lo habían telefoneado para avisarle de un embarque de España, con títulos interesantes; cada semana, durante un año, las Selecciones del Séptimo Círculo; cada mes, un tomo de Peanuts; era frecuente encontrar a periodistas, actores, escritores, en amable tertulia, más discreta pero no menos entusiasta que las que hacía Duarte, mero enfrente. A veces, en la pequeña oficina al lado del local abierto, la invitación de un café o un té, acompañada de una petición, siempre extraña pero siempre incitante: localizar un texto antiguo que usarían para una edición especial, o el regaño por una reseña apresurada; con Carlos Hernández, un  café en el Sorrento o en el Sanborns, lleno de pláticas divertidísimas que siempre desembocaban en el relato de un encuentro casual que había originado un libro; en la Del Sótano, un siempre ocupado Gerardo López Gallo salía de su despacho para informar que había encontrado un título raro que nos había guardado antes que lo encontraran Otaola, o Raúl Renán; la invitación: espérese a que termine esto y luego nos tomamos una copa (antes, llevar a Irma, la cajera, a su casa en Tlatelolco), y la plática durante dos o tres horas siempre hablando de literatura; si en la Del Prado y en Libros Escogidos los clientes tenían crédito, en la Del Sótano, un descuento mayor al habitual.
                Cada lunes la Porrúa cambiaba el orden de la vitrina exterior y ponía al frente las novedades de la semana; era la única de todas que atendían en un mostrador, aunque los empleados, amables, mostraban con rapidez el título que se pidiera; el mostrador de Libros Escogidos era pequeño, y el visitante podía revisar a placer los plúteos y todos los libreros, retacados de piso a techo; en la Del Prado el mostrador ocupaba un lugar apenas mayor que la caja, y los libros estaban expuestos en un anaquel y en las paredes; en la Del Sótano había, además de libreros por todas las paredes (al principio, pequeña, fue creciendo hasta abarcar un tamaño casi tan grande como los de las Zaplana), y mesas que mostraban títulos por especialidades; en la entrada, libros de lujo, y ya en el interior, por novedades, y luego por editoriales.
                La Zaplana parecía descuidada, pero la vigilaban rigurosamente, porque las mesas, bien dispuestas y con libros arriba y abajo, propiciaban que se agacharan los clientes y se escondieran de las miradas de los empleados.
                Las Librerías de Cristal combinaban el local cerrado con los espacios abiertos, y en las vitrinas exteriores, las novedades, pero cada módulo albergaba especialidades.
                Más allá del corredor de librerías asentadas en la Alameda, en Insurgentes Centro y principios del sur, reinaba la Hamburgo, con Navarrete que había comprado el local al fallecimiento de don Andrés Zaplana; cualquier día de la semana se topaba el visitante con escritores ilustres, unos amables y otros muy mamones, que escudriñaban las apretadas mesas con novedades, las cercanas a la caja, por especialidades o editoriales las lejanas (cerca de la entrada, en un muro de carga, las policiales, donde podía uno encontrar más o menos la mitad de El Séptimo Círculo, la original). El “Quihubo campeón”, el saludo de Navarrete (o el más discreto pero también cálido de Islas) reconfortaba, y anunciaba también que nos tenía una sorpresa.
                En Reforma, en un espacio pequeño, dos librerías entrañables: una variante de las Porrúa donde conseguí casi todos los primeros libros de José Donoso; en donde había estado una librería del Fondo, la Antigua Robredo; la original Robredo fue afectada por las obras del Templo Mayor, y emigró; dos Rafael Porrúa atendían con timidez no exenta de amabilidad. Escondidos, los tesoros que rescataron del local original, y donde conseguí, azorado, la primera edición de A la orilla del mundo, de Octavio Paz. (Aún tengo buena memoria: recorro mis libreros y recuerdo en qué librería encontré, conseguí, compré, casi todos ellos; de casi todos, si no la fecha, la semana; por eso me estremeció la anécdota contada por García Márquez del jubilado que acomodó sus libros no por autores ni por editoriales, sino por el orden en que los fue leyendo.)
                Más al sur, además de la Universitaria, con Raúl Guzmán, siempre irónico, no parecía la bodega de clavos en que después se convirtieron las libreras de la UNAM; y cerca de la glorieta del Metro Insurgentes, Roberto, pirateado de la Del Sótano, regenteaba una pequeña librería que tenía tesoros importados de Cuba o de Argentina (y cerca, una disquería asombraba con las rarezas que ofrecía y que los Mercados de Discos escondían).
                En casi todas esas librerías los empleados, los dueños, los encargados, conocían a todos sus clientes a partir de la tercera visita, sabían sus gustos, qué los entusiasmaba; si no llevábamos dinero nos permitían llevárnoslo a crédito, o lo guardaban o lo escondían hasta que regresáramos por él.
                Las nuevas librerías, que se atribuyen un hilo negro que ya existía desde principios del siglo XX, carecen de la calidez, la magia, la plática, la tertulia; queda uno que otro librero que sobrevive de aquella época que, mucho me temo, comenzó a derrumbarse con el sismo del 19 de septiembre de 1985. Ya no encontramos a Polo, a don Félix, a Carlos, a Gerardo, a Roberto, a los anónimos pero amigables de la Porrúa; a lo mejor existen locales, pero apenas uno que otro librero que sabe.

Una iniciativa para poner en alguna de las treinta y tantas constituciones reglamentar horarios y salarios del personal doméstico me hace recordar una anécdota que me contó mi amiga Margarita García Flores, de cuando algunas intelectuales mexicanas intentaban sentirse feministas, y en la lujosa casa de una de ellas, muy famosa y muy premiada, discutían sobre cómo promover y reivindicar los derechos de las mujeres, y se enardecían ante el recuento de las injusticias e iniquidades sufridas por la mitad (más o menos) de la población; y cuando más embaladas estaban, la anfitriona preguntó “muchachas, ¿quieren más café y galletitas?”, al tiempo que agitaba con delicadeza una campanita para llamar a su sirvienta.