domingo, 2 de julio de 2017

Renán, hallazgos casuales, los aguaceros de junio, la ortografía de Margarita y una posdata

Me parece que ya lo he contado muchas veces; después de una sesión de trabajo, Gustavo Sainz me dijo que me presentara en Avenida Hidalgo 18-A, frente a la Alameda y casi junto a Las Américas, una cantina que, con todo lo demás, desapareció para dar paso a la secretaría de hacienda. Que fuera de parte de él para hablar con el propietario de Libros Escogidos; de él sabía por las autobiografías del propio Sainz, de Gustavo Sainz, y por referencias de Vicente Leñero.
                Con temor, me acerqué; Leopoldo Duarte, de corbata pero la camisa arremangada, me sonrió cuando entré; le dije que iba de parte de Sainz: ya sé, eres el autor de una novela de la que me leyó un capítulo hoy, y describió la escena de ese capítulo, en el que el protagonista atisba las piernas de una compañera de escuela, la falda levemente arriba de las rodillas.
                Una semana después Sainz me dijo que Polo se había apantallado porque llevaba un libro de Thomas Mann, y se dedicó a buscarme libros suyos, que desde luego no tenía. La invitación a que fuera cuantas veces quisiera para platicar fue inmediata, no así a la tertulia sabatina, pero un día me dijo que cayera por ahí de mediodía.
                Entre todos los que asistían había figuras célebres, glorias literarias en su más puro y menos ensayado comportamiento; sobresalía el más rubio, nervioso tras una coraza de simpatía; Raúl, como todos, le decía Polito a Duarte, pero no trataba, como casi todos los demás, de hacer sentir su cercanía; de hecho, no era de los últimos en salir de El Horreo, y nunca se quedó después, como lo hacía Chucho Vargas, el inolvidable, cuya generosidad le costó la vida, según me contó Mota, años después; no todos eran literatos, pero los que no escribían ni menos publicaban, no eran menos pedantes (en el sentido original de la palabra). De todos, Vargas y Raúl Renán, el más sereno y menos ostentoso, eran los más amigables, los que siempre estaban pendientes de la charla, y los que menos trataban de imponer puntos de vista.
                Como de Otaola, de Juan Manuel Torres, de Benito, pronto me hice amigo de Raúl. Cuando varios de ellos mostraron antipatía, Renán se hizo más  y más amigo; nunca presumió de todas las cosas de las que me fui enterando a lo largo de los años: que fue una guía de los primeros pasos de José Emilio Pacheco, paciente escucha de Carlos Monsiváis, consejero de Sergio Pitol, hombre de confianza de Elías Nandino, amistoso rival de Sainz, todo eso mientras preparaban la revista Estaciones, ahora legendaria; que durante largo tiempo fue el hombre más cercano a Gabriel García Márquez, con quien se veía diario, compartían chamba, itinerario, eran vecinos en la calle de Renan, y fue de los primeros escuchas de la trama de Cien años de soledad, trama paralela porque GGM, supersticioso, no leía lo escrito sino una novela similar pero no igual.
                Al contrario de casi todos los demás contertulios, no cargaba libros, no compartía sus ambiciones, pero su plática ligera invitaba a las confidencias; con frecuencia, Lourdes y yo fuimos invitados a su casa, donde Aída se desvivía por mostrarnos su simpatía y solidaridad, y nos extrañaba que no fuera invitada a la muy misógina tertulia (también fuimos invitados a casa de Chucho Vargas, de Luisa Huertas, que tampoco asistía a la librería).
                Durante casi dos años, todos los sábados Raúl nos visitaba en Presa Nejapa, después de haber ido a su tertulia con Carlos Isla, Miguel Flores Ramírez, el gigantesco Francisco Hernández; mientras bebíamos dos cervezas, leía lo que llevaba escrito, en esa semana, de mi segunda novela, de la que fue personaje involuntario, pero aparece hasta con su nombre, como vuelve a aparecer en mi cuarta y creo que última novela.
                Una de las pocas veces en que hemos estado en un café, Lourdes y yo escuchamos divertidos la charla de Aída y las peripecias de sus hijas, torbellinos desde pequeñas, aunque fuimos vengados por María José, cuando en pleno Bellas Artes saludó a Raúl con un “quiubo panzoncito” que Raúl celebró y recordó siempre.
                Su discreción hizo que anduviera por todos lados pero nunca robaba las escenas, era un espectador crítico que, sin embargo, no expresaba su opinión a menos que se la exigiera; nunca le pedí un juicio sobre mis libros, aunque las pocas veces que nos llegamos a ver después, en los últimos 25 años de nuestra amistad, me dejo saber que no había dejado de leerme. Un día, en Literatura de Bellas Artes, a donde acudí en busca de fotografías de Rosario Castellanos, me lo topé: te doy un aventón, me dijo; ya en su auto le reclamé: cómo eres coscolino, Raulito; sólo emitió una risa discreta, aunque franca, como de alguien sorprendido en una travesura; las empleadas de Bellas Artes, las becarias, las asistentes a su taller, le coqueteaban sin reservas, a sabiendas de que no estaban frente a un lobo, como hay muchos en nuestras letras.

Hace pocos días Malva Flores inauguró su presencia en las redes con un “hoy es un día triste: murió Raúl Renán”; un correo impertinente a Mariana Bernárdez corroboró el hecho: murió en la madrugada, rodeado de sus hijas, en absoluta tranquilidad, como fue siempre su vida pública; alguien dijo que no era posible, que Raúl era inmortal; así lo parecía: inmortal, pero discreto.
                De aquella tertulia se han ausentado ya muchos: el propio Polo, el eterno Ota, Chucho Vargas, Francisco Cervantes (a quien Raúl protegió en sus últimos días, pese a que Francisco había alejado a todos, hasta al paciente Otaola, quien lo retrató con sarcasmo como Chinchulín en su Tiempo de recordar), Sainz, Leñero, Juan Manuel Torres, Beto Bojórquez, el inolvidable Armando Villagrán, el inestable Paco Alvarado; Adrián Brun, Delfina Careaga y Arturo Valdés, autoexiliados, como José Agustín, asiduo pero no contertulio; el amistoso enemigo de Polo, Carlos Hernández, también está alejado. Fuera de la tertulia, vi en Libros Escogidos a Francisco Labastida, y una vez, furtivo, al huraño pero cálido Juan Bañuelos, con quien tuve una amistad muy cercana durante algunos años, antes de que también se exiliara. Ya tampoco está.

Conocí a Raúl una tarde de marzo de 1970, y durante ocho años nos vimos una vez a la semana; después, en promedio, una vez cada dos años. Parecía alejarse de su pasado, le dolía la ingratitud de muchos de sus amigos que, encumbrados, dejaron de leerle sus obras maestras en preparación. Raúl, en cambio, buscaba a los más jóvenes, a los que, ansiosos del estímulo, los consejos útiles, lo consideraban más un compañero apenas mayor y más sabio; nadie de los que hablaron de él después tuvo alguna palabra ingrata, todos vertieron elogios; cuando cumplió 75 años, una fiesta tumultuaria los celebró, y allí estaban sus amigos, sus alumnos, sus compañeros. Ninguno de ellos fue su rival. La última vez que lo vi feliz.
                Un día lo encontramos en Los Panchos; como nosotros, hacía antesala; aunque quien lo acompañaba era una de sus hijas, no pidió que compartiéramos mesa, aunque al final, cuando se iban, se detuvo para platicar con nosotros casi media hora. Ese día noté algo que me asalta ahora, que trato de recordarlo con la cordialidad con que me trató desde siempre, cuando me vaticinó calidad y empeño: una mirada triste que se hace patente en las fotografías con que ilustraron la noticia de su ausencia, una mirada triste que nada tenía que ver con aquel lector empedernido, discreto, más amigo que rival en las especialidades con que lo retaban autores consagrados y eternos aspirantes.
                La última vez que le vi sonreír los ojos fue cuando me contó que, en el aeropuerto, García Márquez se desprendió del ejército de guaruras que lo rodeaba para ir a abrazar a Raúl, su compañero indispensable de la época cuando no era la celebridad que necesita guaruras: Renán 71, gritó, y se acercó para abrazarlo, con un abrazo con que le reconocía que, sin él, Cien años de soledad no sería lo que es.

Tres elementos del beisbol nacieron por casualidad; el más contundente y peligroso, el de aficionados que se convierten en fanáticos, enfebrecidos, a veces violentos (sobre todo en el sóquer, que no por nada se llama así), que van al parque a ver el triunfo de su equipo, no a disfrutar del juego; el dueño de los Cafés de San Luis, Chris von der Ahe, llamó fanáticos, en el sentido primitivo de la palabra, a los seguidores del equipo; el manager Ted Sullivan, para evitar que los fanáticos se ofendieran, propuso suavizar el término y acuñó el “fan” con que ahora se describe hasta a los simpatizantes de los malos comediantes que empobrecen a nuestra televisión, y hasta a los lectores de las imitadoras de las malas escritoras. “Fan” (prefiero forofo) se usa desde 1882. Claro, esta historia la he contado cuando menos dos veces en este espacio; pero hay otros dos aspectos que no existían y que sin ellos el beisbol no sería lo que es: cuando un lanzamiento cruza por la zona buena, el ampáyer grita STRIKE, y estira el brazo derecho; cuando el lanzamiento es malo, hace una seña menos notoria con la mano izquierda y grita, menos fuerte, que se trata de bola. Cuando decreta un out el gesto con la derecha es más corto pero más contundente, y el pulgar levantado que sobresale del puño derecho hace ver a todos, jugadores y espectadores, que el bateador o el corredor ha sido “out”; por el contrario, el gesto es enfático al extender ambos brazos, pero sin llegar a la altura de la cintura, para marcar que el corredor está a salvo. Todos, propios y extraños, saben lo que significan esos gestos: la leyenda dice que, a cada lanzamiento, el jardinero central de Cincinnati, William Ellsworth Hoy, interrumpía el juego para saber qué había gritado el ampáyer; harto, Cy Rigler, empezó a usar esas señales, para que Hoy se enterara; obviamente, Hoy es el mejor sordomudo que ha jugado en las Ligas Mayores; su 5’4 no fueron obstáculo para batear más de dos mil hits, 60 triples, cerca de 200 dobles, y pese a su estatura, 40 jonrones, para un promedio de .288 de por vida, excelente para finales del siglo XIX; se dice que con su poderoso brazo hizo lo que no lograron DiMaggio ni Mays ni Mantle ni Clemente ni Snider ni Al Kaline, ni en México la Mala Torres ni el Diablo Montoya ni Arando Lara: poner out a tres corredores en un juego (Diego sacó a dos, pero en juego de dos entradas). Rigler popularizó los gestos, y los forofos del beisbol los vemos sin saber cómo se originaron. Hay un problema con la leyenda: Hoy y Ringler no actuaron en las Mayores al mismo tiempo, pero como dice John Ford, cuando la verdad es diferente de la leyenda, siempre es preferible la leyenda.
                Hay un tercer detalle: la presencia femenina en el beisbol: la dueña de un equipo en los años setenta obligó a los jugadores a que se cortaran el cabello, que no usaran barba, y quería obligarlos a que asistieran a misa los domingos; el bajo rendimiento la convenció de que no podía tratarlos como a párvulos (¿en ella se habrán inspirado para aquella cinta en que una mujer quiere que su equipo pierda para venderlo?). Hay más mujeres en los parques de beisbol, en todo el mundo, que en los estadios de sóquer, que por algo se llama así; y están enteradas y disfrutan el juego, que es harto complicado; ¿cómo empezaron a simpatizar con un deporte que pueden entender pero no jugar, como demuestra James Thurber? Por la presencia de un pitcher Tony Mullane, al que apodaban “El Apolo del Box”; el dueño de Cincinnati en 1886, Aaron Stern, advirtió que cuando lanzaba Mullane, en las tribunas había una gran cantidad de mujeres que iban a admirar al alto (para la época: 5´10) y apuesto zurdo; entonces ideó un buen truco: lo ponía a lanzar especialmente contra equipos débiles; así, se hizo de una buena cantidad de triunfos: cinco años seguidos ganó más de 30 juegos, aunque en cuatro de esas temporadas perdió 20 juegos; en total, en 13 años, tuvo marca de 288-228, ponchó a 1803 bateadores pero dio 1408 bases por bolas, y tiró una barbaridad de wild pitches: 343; a las mujeres no les interesaba más que admirarlo, y Stern lo ponía a lanzar, repito, contra equipos flojos, pero declaraba ese fecha “Ladies Day”, para que fueran más mujeres. Años después Don Drysdale y Sandie Koufax tenían éxito con las forofas, sin dejar de ser buenos lanzadores; en los años sesenta sobresalió Bo Belinsky, regular tirando a malo, pero tuvo romances con Ann Magret, Tina Louise, Connie Stevens (¿alguien se acuerda de ella?) y sobre todo la vampiresa Mamie von Doren, y no recuerdo si casó con ella; sí, que su eficacia fuera de los diamantes hizo que bajara su rendimiento como jugador.
                Aquí, en 1965, las tribunas del jardín derecho se llenaban de jóvenes popof (pirrurris, diría López Obrador) que iban a admirar al right fielder de Tigres, Héctor Barnetche, cuya carrera duró año y medio.
                Aunque, claro,  el más exitoso fue DiMaggio, que conquistó nada menos que a Marilyn Monroe; a costa de su carrera: su productividad bajó de .301 a .263, y de 32 jonrones a 16. Se entiende, claro.
                Ahora Derek Jeter y Álex Rodríguez compiten con los futbolistas que tienen cariñitos de un instante con estrellas del cine y la farándula; al primero, una le dejó un legado millonario, pero en infección venérea; sin embargo, como con los futbolistas queda la sensación de que no las atraen con su juego sino, como dice la canción de Rubén Fuentes, “vienen por su dinero”. Aunque claro, los estimulantes que engrandecieron los números ofensivos de Rodríguez pudieron ayudarlo a mejorar su rendimiento fuera de los diamantes.

Se burlaron de Margarita Zavala por un cartel donde se decía “el que no trance”, y dijeron que era “transe”, de “transacción”; en el confiable y Útil y muy ameno vocabulario para entender a los mexicanos, de Héctor Manjarrez, Grijalbo, 2011, se dice “transa, tranza: Engaño, fraude, timo, trácala, trinquete”. Y es que no es lo mismo una transacción, que puede ser tranquila, honrada, sin engaños, que la tranza, que siempre es una trácala; como dicen los clásicos, hay que saber leer los diccionarios. Claro, Zavala no había leído el útil y ameno libro de Manjarrez, si no, hubiera contestado como se merecían sus críticos.

Los aguaceros de junio se agandallaron en las delegaciones que más se han opuesto a los delirantes proyectos del “jefe” de “gobierno” del Distrito Federal. ¿Habrá sido castigo divino, o contribuyeron al desastre los trabajadores del “gobierno” capitalino al no desazolvar y sí en cambio acumular basura en las coladeras, para así propiciar las inundaciones que recuerdan a las de 1952?

"El avión que transportó a los participantesdel Symposium desde Ciudad de México hasta Mérida, comenzó a dar tumbos cerca del Pico de Orizaba: furioso, José Luis Cuevas alegaba que él no estaba dispuesto a morir en un accidente tan estúpido como éste, porque los diarios sólo dirían en sus titulares: Trágico accidente aéreo en que perecen numerosos intelectuales ilustres y a continuación  una lista en la que figuraría, entre muchos, su nombre; y lloraba recordando todos los viajes en avión que había desperdiciado sin morir, ya que entonces los periódicos hubieran traído el encabezamiento: Genial pintor José Luis Cuevas perece en accidente aéreo." Eso lo relata José Donoso en Historia personal del Boom (Lumen, 1972). Sorpresivamente, Cuevas, sin aspavientos como hubiera querido, murió anoche. Cuando Lourdes estaba embarazada de Diego nos lo topamos en la Juan Martín, antes de una exposición; "va a ser niño", dijo, y pidió ser el padrino, lo que no le gustó a su esposa Berta;después, lo veíamos esporádicamente, y siempre tuvo gestos amistosos, no sólo amables; palabras amistosas, cálidas, en el ingreso de Vicente Rojo en Colegio Nacional. La última vez, en Moliere 222, en donde me reconoció como el que cierra el video donde se recreó el Mural Efímero, con palabras célebres: "sólo lo fugitivo permenece y vive", y su saludo cálido y cercano; y otro recuerdo: el día que Ana Elda Jiménez y yo conocimos, gracias a Víctor Manuel Ruiz Carmona, a José Emilio  Pacheco, éste se excusaba: perdónenme, soy un pésimo anfitrión; si fuera José Luis Cuevas les ofrecería un café, un refresco, mi sillón preferido; asombrado, por la imagen difundida por diarios y televisión, de un belicoso y arrogante Cuevas, expresé mi asombro, y Pacheco repitió: Cuevas es una dama, atento, amable, correctísimo. Y Fue cierto.