sábado, 31 de mayo de 2008

Sirenas al ataque o las mujeres en el rock (mexicano)


Entre las novedades bibliográficas, se encuentra en las librerías Sirenas al ataque, de Tere Estrada, en su tercera versión; su primera investigación fue Lenguaje e identidad en el rock mexicano (1985-1990), que más afinada se convirtió en la primera edición de Sirenas, que abarcaba específicamente el universo femenino en el rock mexicano. Como dijeron de Emilio García Riera cuando comenzó la publicación de la Historia documental del cine mexicano, se empeña en ser historiadora de algo que no existe.
Esta edición, en Océano, está mucho más completa, más estudiada, con ilustraciones y fotografías por desgracia no muy bien impresas, pero con un aparato crítico muy estimable.
No me toca hablar del libro, porque intervine mínimamente en una etapa de su producción, lo que me haría perder imparcialidad, si ya de por sí porque tengo lazos de amistad con su familia, toda.
Pero su muy placentera lectura me trajo algunos recuerdos de cuando comencé a oír rock mexicano, que ante la ausencia del verdadero rock fue de lo que más escuchamos durante una buena temporada, que es la que coincide con la educación sentimental de mi generación.
Hace no mucho apareció un disco muy divertido, Los grandes covers en México (Universal, 039 260-2), con 20 canciones, diez versiones originales y sus respectivas versiones en español; aunque la selección pudo ser mejor (por ejemplo, “Rock del angelito” en vez de la ñoña “Bote de bananas”, que ni la de Belafonte es rock ni es de lo rescatable de Los Rebeldes del Rock) donde se ve que los mexicanos tocaban igual de bien, o más, que los originales: un piano que no tocan los estadounidenses, un bajo más adecuado que los originales; desde luego, Los Loud Jets no podían competir con Roy Orbison ni Enrique Guzmán con Jerry Lee Lewis, y sobran Las Hermanas Navarro (que, ya lo recordé en otra parte, eran anunciadas con un comercial de moda cuando la cerveza Corona sacó a la venta la Coronita: “tan buena la grande como la chiquita”), pero se escucha un buen nivel de los músicos mexicanos; en cuanto a la música, porque lo que los empobrecía eran las pésimas traducciones, o si no, las adecuaciones al peor sentimentalismo, cuando las piezas originales no tenían nada de sentimental, y sí apelaban a una libertad, sobre todo erótica, de la que estaba muy lejos la música mexicana.
Había buenas voces: Manolo Muñoz, que después, cuando se pasó al bolero, ya no tenía y debía gritar, destemplado; Alberto Vázquez, a quien le pasó lo mismo cuando cantó rancheras; Miguel Ángel, al menos entonado; los Carreón, quienes fueron originales en sus coros y enmarcaban la muy elegante guitarra de Diego de Cosío (González de Cosío, revela Tere Estrada).
Había unas cuantas mujeres; no se trata de equidad de género; por muchas causas, había un puñado por varias decenas de hombres; unos y otras fueron efímeros; sin recurrir a las discografías de Federico Arana (en Guaraches de ante azul) y de Tere Estrada, tengo la impresión de que fueron escasas y duraron muy poco. Recuerdo con agrado una versión de Lety Cisneros a “I’m sorry”, de Connie Francis, y cómo cantaba sin poder bailar, y ladeaba el rostro como si estuviera apenada, y no con dolor, como decía la canción; no recuerdo más canciones con ella, que tenía muy buena voz.
Las Hermanitas Jiménez, que mostraban las rodillas (lo más atrevido para la televisión de la época) cuando bailaban twist, pero su impulso también duró muy poco; más desenfrenada era Julissa, aunque menos pícara que Doris Day en su versión de “La favorita del profesor” (Julissa desempeñaba papel de mala en las películas, y hasta mostraba los muslos al bailar, al contrario de las modositas Patricia Conde –que cantó horrible en La edad de la violencia, y por fortuna no cantó en El cielo y la tierra— y Angélica María –quien mostró las piernas apenas en sus películas con José Agustín, varios años más tarde).
Más inquietantes eran Vianey Valdez y Leda Moreno.
Por Sirenas al ataque me enteré que su carrera no duró tan poco como recordaba; y es que entonces nuestro medio de información era Notitas Musicales; no teníamos, también por fortuna, todas las denigrantes revistas de farándula actuales; Valdez duró varios años en Monterrey, en programas televisivos; aquí se le recordaba por una versión bastante aceptable de “Muévanse todos”, y el contraste de su figura menuda, frágil, atractiva pero no arrebatadora, con una voz agresiva, sincera y rítmica; a Leda Moreno la encasillaron con canciones tipo tirolés y letras anodinas más que inocentes, y desaprovecharon una voz muy potente y con elegancia para contar la travesía de un tren subiendo una cuesta, o las travesuras de un diablito loco que no se alocaba por un erotismo incipiente, sino que hacía pensar en Flamita, el diablo bueno de Gasparín; o de plano se descaraba como una montañesa y uno pensaba que qué lástima, por la voz y por la anécdota.
También memorable fue Olivia Molina, no por las malas canciones que interpretó aquí, como “Juego de palabras”, versión ñoña de “Simon says”; más bien su fama fue porque nos decían que aquí la desperdiciamos y en cambio en Alemania era una superestrella; o Emily Cranz, que no cantaba pero provocaba malos pensamientos por su figura; de ella se dijo que era evidente que “no necesita Lovable” (el Wonderbra de los cincuenta y sesenta –del que se decía que era una mentira, “porque levanta falsos”); o las hermanas Gaos, de apellido célebre pero limitadas como cantantes, aunque sigue siendo memorable “El gran Tomás”, de Mayté (pero era horrible “¡te habla tu conciencia!”) y “Mi novio esquimal”, de Pily, con mejor voz pero menos entonada; ambas, bastante atractivas, tanto que Arana confiesa cómo las asediaban sus compañeros roqueros en las giras; la muy sensual pero nula cantante Magda Franco, al menos en el rock; Queta Garay, muy coqueta con sus vestidos ampones pero con una patética “Las caricaturas me hacen llorar”; Blanquita Estrada, lo contrario al rock, y la emblemática Angélica María, que iba de lo bueno (“Eddy Eddy” “Vivaracho”) a lo malo (“Johnny el enojón”); cuando José Agustín la encomió en La nueva música clásica nos hizo oírla de otra manera; tardé mucho en conseguir “Tonta” (una buena canción, vaya, de Manzanero), y hay que decir que Agustín tenía razón, pero no en el rock, y debería haberse dedicado al jazz antes que a las baladas, aunque insisto en que es excelente su versión de “Atotonilco”, en Las hijas del Amapolo, donde coincide con María Eugenia Rubio, quien tuvo varios éxitos pero injustificados, aunque hay una fotografía de ella en Guaraches de ante azul, cuando cantaba boleros, en un baby doll que hace que obviemos, aunque no perdonemos, sus versiones de “Cándida” y “Mi banco de escuela”.
Hubo otras muchas, de las que Tere Estrada se encarga de informarnos, con buena voz pero mala carrera, como Ela Laboriel, Matilde, Érica Carsson.
Tardaron muchos años para que llegaran roqueras más sólidas, mejor preparadas, mucho más cercanas al rock; lástima que el rock mexicano siga siendo subordinado, que no haya encontrado una línea apropiada, que no haya carreras sólidas, que haya muerto Rockdrigo, que Jaime López grabe tan poco y que incursione en otros géneros, que a veces lo tomen a choteo, que excelentes músicos tengan que tocar para pésimos conjuntos y cantantes, y que ser cantante en México no sea una profesión sino un pasatiempo remunerativo. Nos falta mucho para que tengamos una Linda Ronstadt, unas hermanas Wilson, una Christine McVie, una Marianne Faithfull, ya no digamos una Janis.
(Adjunto una fotografía de Leda Moreno, dedicada, como muestra de que el rock me viene desde la infancia.)

1 comentario:

Eduardo Miguel dijo...

ME PARECE QUE ES UNA GRAN LABOR SIN EL RECONOCIMIENTO QUE MERECE. AUNQUE POCO DIFUNDIDA, EL LOGRO DE ESTE LIBRO, QUE HE TRATADO DE CONSEGUIR SIN ÉXITO, LLENA UN VACÍO EN LA CONCIENCIA DE TODOS LOS QUE GUSTAMOS DEL ROCK AND ROLL Y DEL ROCK. ME GUSTARÍA ENTREVISTAR EN MI PROGRAMA "PÁGINAS DEL PASADO, ROCK EN ESPAÑOL" A AMBOS, A LALO Y A TERE. ¿SERÁ POSIBLE?