Los que no tenían edad suficiente para convencer de sus gustos y su único recurso para que no le impusieran otros era el berrinche, debían conformarse con el corte de pelo que se llamaba “casquete corto”: rasurado total a los lados y la nuca, y cortísimo en el cráneo, con apenas un copete que las madres hacían que se sostuviera con vaselina sólida o, las más salvajes, con jugo de limón.
Los miembros de las familias decentes iban cada quince días a visitar al peluquero, entonces el más enterado de los rumores políticos y de las consejas populares.
Los más grandecitos esperaban el momento en que, al dar la orden al fígaro, pudieran decir “casquete regular”, que ya dejaba pelo arriba y a los lados; equivalía a la escena en que Fernando Soler le reconoce a Alfredo Varela Jr., el derecho a usar pantalones largos (Cuando los hijos se van, Juan Bustillo Oro, 1941).
Por desgracia, llegaba cuando el adolescente entraba a la secundaria y entonces una de las maestras obligaba a los alumnos a raparse o pelarse a la brush (con los pelos como cepillo), y entonces debía esperar cuando menos tres años (a la novatada en la prepa o peor, en la Voca) para traer el cabello como gente grande.
Otro momento emocionante tenía lugar cuando, en el filo de los doce o trece años, uno decidía peinarse para atrás, en vez de raya de lado; los recursos eran muchos: envaselinarse (pero no con Bylcream o Glostora, que eran suaves, sino con Ossart, sólida, verde y dura, o Yardley, muy perfumada) y aguantarse casi un mes para que el cabello se acostumbrara y no estuviera parado. Un recurso más: traer puesta una gorra hecha de una media para acostumbrar al pelo a quedarse quieto; dormir con ella para ver si se alborotaba menos.
Como se ve, una de las industrias más florecientes de esa época era la de las brillantinas y vaselinas. Todavía en los años cincuenta era frecuente el uso del sombrero y de que todos los hombres anduvieran despeinados (excepto José María Linares Rivas, el único capaz de quitarse el sombrero sin alterar el copete escultural, o Alejandro Ciangerotti, que se levantaba sobresaltado en todas sus escenas sin que se le moviera un solo cabello).
La popularidad de Al este del paraíso y luego de Rebelde sin causa por poco hicieron quebrar a todas las peluquerías; la mitad de los clientes potenciales quisieron peinarse como James Dean (cabello abultado, copete que amenazaba, sin cumplirlo, con caer sobre la frente y que semejaba un rizo incompleto); pocos meses después, una variante, la de Elvis Presley, redujo a los consuetudinarios a las barberías a sólo los mayores, a los reprimidos y a los conservadores, porque incluso los autonombrados “rebeldes con causa” (o sea, los que estudiaban) traían copetes inmensos.
Hubo crisis anteriores: en los años treinta los algunos escandalizaron a las madres porque andaban con su “pelo muy ondulado, muy bien envaselinado, todito muy relujado, terror de los peluqueros, una punta de holgazanes, que dizque son los tarzanes” (palabras de Severiano Briseño popularizadas por Lucha Reyes); hacían referencia al personaje de Edgar Rice Burroughs representado en el cine por Johnny Weismuller, que como era nativo de la selva africana no tenía por qué conocer las peluquerías.
En los años cuarenta dos modas pusieron de punta a los conservadores: la “cola de pato” y los “pachuchos”. Los primeros debían tener el pelo lo suficientemente largo para que, al cepillarlo en la nuca, con energía, quedara unido y sobresaliera, exactamente como el trasero de Donald Duck ( Pato Pascual, como se le conocía en México).
Los pachuchos debían traer también el pelo abultado, muy semejante a las melenas “decentes” de los sesenta, pero combinaban la utilización masiva de las brillantinas con el desarreglo de los rebeldes (que aún no llegaban) para culminar en un copete hacia atrás y arriba, dejando la frente despejada.
Todo esto fue muy mal visto “por la sociedad”. Y después de 1963, cuando llegaron las primeras imágenes de “la invasión inglesa” las cosas empeoraron para los peluqueros, quienes vieron una oportunidad de recuperar su clientela perdida con la moda impuesta por los personajes de Jis y Trino, los “gamborimbos”, pero ahora se quejan de que la gente asume que es muy fácil rasurarse el cráneo, lo hacen solos, con resultados pésimos para ellos y para las peluquerías que otra vez se declaran al borde de la quiebra, como cuando todos traían el cabello largísimo.
(Tomado de Baúl de recuerdos (, págs 177-178, Océano, 2001), levemente corregido y aumentado. Después de muchos meses de no estar ni en librerías ni en ferias, ahora puede conseguirse en la Librería Madero, o al 5203-1436.)
domingo, 24 de agosto de 2008
domingo, 17 de agosto de 2008
Razones de la filosofía de Juan Marsé
El mundo en 1930 vivía un auge de la filosofía y estaba iluminado por ella; en 1933, sin embargo, fue domina do por la noche oscura del fascismo y el nazismo; las consecuencias: la Guerra Civil Española y la Segunda Guerra Mundial, que provocaron, la primera, los 40 años del franquismo con todo y su oscurantismo, represión, atraso, y la segunda, que estuvo a punto de sumergir a la humanidad en la noche más oscura de la historia. Eso lo afirma Julián Marías en Razón de la filosofía (Alianza Editorial, 1993).
Y ésa es la sensación que queda de la lectura de uno de los libros más bellos que hayan aparecido en mucho tiempo, La gran desilusión, de Juan Marsé (Edit. Seix-Barral, col. Biblioteca Breve, 2004, pero que sólo pude conseguir en ferias de libro, donde parece que sólo exhiben clavos).
De Juan Marsé conocemos sus novelas excelentes, desde Esta cara de la luna y Encerrados con un solo juguete, hasta su etapa extraordinaria de Últimas tardes con Teresa, La oscura historia de la prima Montse, Si te dicen que caí, La muchacha de las bragas de oro, hasta las menos conocidas (por la pésima distribución), de Un día volveré, El amante bilingüe, El embrujo de Shangai, La ronda del Ginardó, Rabos de lagartija (ésta, con más fortuna), y los inencontrables Cuentos completos, que uno puede conseguir sólo gracias a amigos viajeros y generosos.
Pero hay otra faceta de Marsé poco conocida y también magnífica, que comprende sus colaboraciones en periódicos y revistas: Confesiones de un chorizo y Señoras y señores; la primera, bastante subversiva serie con un pícaro como protagonista, y en donde iba relatando las tropelías y manejos de las autoridades judiciales cuando menos de Barcelona, si no de todo el mundo.
Señoras y señores tuvo dos ediciones: la primera, de Planeta, y la segunda de Tusquets; retratos literarios de personalidades del cine o de la política, con trazos finos, agudos, con un poder de observador y novelista que la mayoría de los novelistas no tiene; con una contundencia que hacía ver que la Jane Fonda activista política (antes de que se convirtiera en la señora Turner más preocupada por conservarse joven que por ser joven) no era menos sensual por ser subversiva, o que el movimiento de las aletas de la nariz de Romy Schneider era tan atractivo como el de sus caderas y sus pechos, o que la espalda de Kim Novak era inolvidable. La edición de Planeta estaba adornada con fotografías de los personajes, que complementaban el texto bello, escrito con picardía pero también con inteligencia y pasión.
La gran desilusión está compuesto por los 28 textos de dos libros que no estaban destinados a la venta, y que resumían la visión de Marsé de dos décadas, las de los años treinta y cuarenta, y que por fortuna decidió entregar al público no beneficiado por aquellas ediciones para suscriptores.
Sólo que el libro es tan difícil de leer como sus novelas más difíciles, digamos Si te dicen que caí; no por la complejidad ni por la prosa, sino por el tema.
Es un privilegio leer a Marsé en un periódico; sus notas están exentas de las muletillas, los vicios y las deformaciones de la prosa periodística, de la confusión gramatical, de los estilos retorcidos, falsamente coloquiales, artificiales, que suelen deformar incluso a los escritores profesionales. Marsé es claro, es directo, pero no concede ante el lector ni un poquito de inteligencia ni menos de ética; su redacción para la nota breve esta construida con los mismos elementos que usa para su narrativa, sólo que el tema es diferente, pero no hay que esperar complacencias, sino rigor.
La pasión erótica que despliega en Señoras y señores aparece en algunos cuantos de estos fragmentos, como cuando habla de los filmes y las estrellas populares en esos años, por cierto, dice Marsé y no queda más que estar de acuerdo con él, son los mejores de la industria del cine.
Más bien la otra pasión la despierta cuando habla de la vida cotidiana, de las miles de vidas cotidianas aplastadas por la guerra, o por las guerras. Habla sin mucho detenimiento pero con mucha precisión de los acontecimientos previos a la tragedia, de la esperanza muerta, de los miles de sacrificados, de los 55 millones que sucumbieron en los siete años que amenazaron al mundo; a Marsé le bastan unas líneas para definir a Hitler, para ubicar a Goering, pero se dilata más para hablar del desconcierto de la gente ante la embestida de la brutalidad.
Tal vez porque la herida se ha tardado más en cerrar, es menos directo cuando habla de la Guerra Civil Española, pero no deja lugar a dudas de los efectos de Franco y su política sobre una tierra generosa y un pueblo que se negaba a rendirse.
Juan Marsé es todo menos un hombre políticamente correcto: no duda en señalar que algunos bombardeos ingleses causaron más víctimas que las bombas atómicas; que los ataques sobre Hiroshima y Nagasaki precipitaron la rendición de Japón, pero apenas por unas cuantas semanas; sus señalamientos sobre la crueldad de los alemanes no es mucho mayor que la de Roosevelt, sólo que éste murió antes de ordenar la bomba atómica; concede razón en las acusaciones contra Stalin, pero recuerda que fue decisivo para derrotar a Alemania; es más justo que generoso en sus elogios a Mao, y en muchos de sus escritos aparece una ironía que es más bien la advertencia de que ni los triunfos ni las derrotas han sido definitivos.
Aparte de los políticos, que son definitivamente los protagonistas sobresalientes de estos artículos, hay menciones a toreros, boxeadores, los melodramáticos suicidas de 1929 por el crash de Wall Street, y sobre todo la reiterativa evocación-invocación a la belleza femenina, sobre todo cuando en esas décadas abandonan la moda puritana y hacen aparecer las redondeces, la incitación en la mirada, el erotismo a flor de labios.
Completan el volumen más de 250 fotografías (para lo cual el volumen está impreso en un couché incómodo) que ilustran o completan los texos, aunque alguna sea repetitiva, o salga sobrando, aunque la imagen sea atractiva, como la del primer bikini, la de una Isabel de Inglaterra sin el gesto agrio y descolorido que adoptó desde que asumió su reinado; el admirable Joe Louis, algunos actores que son elogiados ahora que está de moda atacarlos (como John Wayne).
Es un libro de recuerdos amargos, que contiene no añoranzas, sino nostalgias y advertencias: cuidado, todo puede volver a caer en el oscurantismo si no hay rigor, justicia, bondad. Es un libro muy triste, pero muy bello.
Y ésa es la sensación que queda de la lectura de uno de los libros más bellos que hayan aparecido en mucho tiempo, La gran desilusión, de Juan Marsé (Edit. Seix-Barral, col. Biblioteca Breve, 2004, pero que sólo pude conseguir en ferias de libro, donde parece que sólo exhiben clavos).
De Juan Marsé conocemos sus novelas excelentes, desde Esta cara de la luna y Encerrados con un solo juguete, hasta su etapa extraordinaria de Últimas tardes con Teresa, La oscura historia de la prima Montse, Si te dicen que caí, La muchacha de las bragas de oro, hasta las menos conocidas (por la pésima distribución), de Un día volveré, El amante bilingüe, El embrujo de Shangai, La ronda del Ginardó, Rabos de lagartija (ésta, con más fortuna), y los inencontrables Cuentos completos, que uno puede conseguir sólo gracias a amigos viajeros y generosos.
Pero hay otra faceta de Marsé poco conocida y también magnífica, que comprende sus colaboraciones en periódicos y revistas: Confesiones de un chorizo y Señoras y señores; la primera, bastante subversiva serie con un pícaro como protagonista, y en donde iba relatando las tropelías y manejos de las autoridades judiciales cuando menos de Barcelona, si no de todo el mundo.
Señoras y señores tuvo dos ediciones: la primera, de Planeta, y la segunda de Tusquets; retratos literarios de personalidades del cine o de la política, con trazos finos, agudos, con un poder de observador y novelista que la mayoría de los novelistas no tiene; con una contundencia que hacía ver que la Jane Fonda activista política (antes de que se convirtiera en la señora Turner más preocupada por conservarse joven que por ser joven) no era menos sensual por ser subversiva, o que el movimiento de las aletas de la nariz de Romy Schneider era tan atractivo como el de sus caderas y sus pechos, o que la espalda de Kim Novak era inolvidable. La edición de Planeta estaba adornada con fotografías de los personajes, que complementaban el texto bello, escrito con picardía pero también con inteligencia y pasión.
La gran desilusión está compuesto por los 28 textos de dos libros que no estaban destinados a la venta, y que resumían la visión de Marsé de dos décadas, las de los años treinta y cuarenta, y que por fortuna decidió entregar al público no beneficiado por aquellas ediciones para suscriptores.
Sólo que el libro es tan difícil de leer como sus novelas más difíciles, digamos Si te dicen que caí; no por la complejidad ni por la prosa, sino por el tema.
Es un privilegio leer a Marsé en un periódico; sus notas están exentas de las muletillas, los vicios y las deformaciones de la prosa periodística, de la confusión gramatical, de los estilos retorcidos, falsamente coloquiales, artificiales, que suelen deformar incluso a los escritores profesionales. Marsé es claro, es directo, pero no concede ante el lector ni un poquito de inteligencia ni menos de ética; su redacción para la nota breve esta construida con los mismos elementos que usa para su narrativa, sólo que el tema es diferente, pero no hay que esperar complacencias, sino rigor.
La pasión erótica que despliega en Señoras y señores aparece en algunos cuantos de estos fragmentos, como cuando habla de los filmes y las estrellas populares en esos años, por cierto, dice Marsé y no queda más que estar de acuerdo con él, son los mejores de la industria del cine.
Más bien la otra pasión la despierta cuando habla de la vida cotidiana, de las miles de vidas cotidianas aplastadas por la guerra, o por las guerras. Habla sin mucho detenimiento pero con mucha precisión de los acontecimientos previos a la tragedia, de la esperanza muerta, de los miles de sacrificados, de los 55 millones que sucumbieron en los siete años que amenazaron al mundo; a Marsé le bastan unas líneas para definir a Hitler, para ubicar a Goering, pero se dilata más para hablar del desconcierto de la gente ante la embestida de la brutalidad.
Tal vez porque la herida se ha tardado más en cerrar, es menos directo cuando habla de la Guerra Civil Española, pero no deja lugar a dudas de los efectos de Franco y su política sobre una tierra generosa y un pueblo que se negaba a rendirse.
Juan Marsé es todo menos un hombre políticamente correcto: no duda en señalar que algunos bombardeos ingleses causaron más víctimas que las bombas atómicas; que los ataques sobre Hiroshima y Nagasaki precipitaron la rendición de Japón, pero apenas por unas cuantas semanas; sus señalamientos sobre la crueldad de los alemanes no es mucho mayor que la de Roosevelt, sólo que éste murió antes de ordenar la bomba atómica; concede razón en las acusaciones contra Stalin, pero recuerda que fue decisivo para derrotar a Alemania; es más justo que generoso en sus elogios a Mao, y en muchos de sus escritos aparece una ironía que es más bien la advertencia de que ni los triunfos ni las derrotas han sido definitivos.
Aparte de los políticos, que son definitivamente los protagonistas sobresalientes de estos artículos, hay menciones a toreros, boxeadores, los melodramáticos suicidas de 1929 por el crash de Wall Street, y sobre todo la reiterativa evocación-invocación a la belleza femenina, sobre todo cuando en esas décadas abandonan la moda puritana y hacen aparecer las redondeces, la incitación en la mirada, el erotismo a flor de labios.
Completan el volumen más de 250 fotografías (para lo cual el volumen está impreso en un couché incómodo) que ilustran o completan los texos, aunque alguna sea repetitiva, o salga sobrando, aunque la imagen sea atractiva, como la del primer bikini, la de una Isabel de Inglaterra sin el gesto agrio y descolorido que adoptó desde que asumió su reinado; el admirable Joe Louis, algunos actores que son elogiados ahora que está de moda atacarlos (como John Wayne).
Es un libro de recuerdos amargos, que contiene no añoranzas, sino nostalgias y advertencias: cuidado, todo puede volver a caer en el oscurantismo si no hay rigor, justicia, bondad. Es un libro muy triste, pero muy bello.
domingo, 10 de agosto de 2008
Las mentiras de Vicente Leñero
En La mafia, en un diálogo entre el autor (Luis Guillermo Piazza) y Carlos (Monsiváis), se incluye a Vicente Leñero entre el reducidísimo grupo de Los Inatacables, categoría que perdió cuando publicó Los periodistas, no por la novela, que tiene partes espléndidas, sino que en una reseña Jorge Ibargüengoitia lo calificó como supeditado a Julio Scherer, con quien trabajó desde Revista de Revistas y los primeros veintitantos años de Proceso.
Cuando Carlos (Monsiváis) y Piazza califican de Inatacable a Leñero ya había ganado el premio Seix-Barral por Los albañiles, ya había publicado la espléndida Estudio Q, y estaba por editar El garabato y por escribir la extraordinaria Redil de ovejas. Faltaba que nutriera el teatro con un montón de obras que dieron dos volúmenes en la UNAM, más algunas que no entraron en la edición y que sí entrarán (suponemos) en la del Fondo de Cultura Económica. Faltaba el anuncio de que abandonaba al menos temporalmente la novela, a la que regresaría con la maravillosa La gota de agua, que si bien tiene una parte aburrida, también contiene las páginas más regocijantes de la literatura mexicana, con aquel capítulo donde narra sus desventuras como ingeniero y que dan muchas claves para leer mejor Los albañiles. (Ya en una conferencia en el Ateneo Español había confesado que escribió la novela “para vengarme de esos cabrones” albañiles). Otras novelas, como El evangelio de Lucas Gavilán, A fuerza de palabras y La vida que se va confirmaron su prestigio de que no tiene libro malo.
A su labor de narrador (con cuentos que se asoman, tímidos, en ediciones semimarginales) añadió volúmenes de periodismo (La Zona Rosa, El derecho de llorar, Talacha periodística) y de anécdotas referidas a su batalla contra directores, actores, productores de teatro, cine y de la vida real, más un volumen donde asegura que Ibargüengoitia era mejor dramaturgo que narrador, lo que lo coloca como uno de los autores con más bibliografía, bastante difícil de seguir, por cierto.
Acaba de publicar un libro imposible de clasificar, Gente así (Alfaguara, 2008, edición casi impecable: apenas tres erratas –falta un acento y le sobran puntos después de signo de admiración; algunos callejones en los que nadie se fija, excepto los necios), que a ratos parece recopilación de su columna en la Revista de la Universidad de México, en la que se empeña en desbaratar su reputación de inatacable para trocarla por la de pícaro, y en la que desenmascara incluso a sus amigos cercanos (la cleptomanía de Ricardo Garibay, la ignorancia de actores, la arrogancia de escritores) y a Vicente Leñero inclusive, como cuando, pasado de copas, reta a Salvador Elizondo en una fiesta a la que no había sido invitado, y otras por el estilo.
Pero sucede que con Gente así no sabe uno si está contando algo real o está escribiendo cuentos con personajes reales pero sucesos imaginarios; en uno, que relata un concurso de cuento, retrata con gran habilidad a Ignacio Solares, es tímido con las intervenciones de Guillermo Samperio, pero es genial su relación de lenguaje y reacciones de Rafael Ramírez Heredia, quien se indigna ante el hecho de que los otros jurados del concurso no estén de acuerdo con su selección, y más ante la posibilidad de que hayan sido engañados; el relato está escrito con la velocidad narrativa de los mejores (y de los no mejores) cuentos de Ramírez Heredia, pero parece más crónica que cuento.
No hay que creerle a Leñero; una trampa muy evidente es el relato de la rebelión, prisión y muerte de Dostoievsky; no quiere decir que todos los demás capítulos sean ficticios, pero la duda queda.
Por ejemplo, parte del relato que habla de Óscar Walker ya lo había contado en una edición conmemorativa de los 40 años de la Editorial de la Universidad Veracruzana, lo que hace pensar que el resto de ese capítulo es totalmente real, lo mismo el relativo a Iván Illich, sólo que con una picardía que sólo se le había visto en Vivir del teatro, en especial el primer tomo.
Igual desenfado tiene el capítulo relativo a Tomás Gerardo Allaz, pero se muestra menos incisivo con Alfonso Sastre, con un respeto hacia su integridad que no guarda para el sacerdote.
El libro, que pasa apenitas de las 300 páginas, con todo e índice analítico (raro en un libro de ficción) está dividido en secciones de literatura, ajedrez, teatro y cine y de religión; cada sección se subdivide en textos ya publicados en la revista de la UNAM, como el muy malévolo “La apertura Topalov”, en que el retratado es el propio Leñero, que con una molestia que se convierte en rencor utiliza toda su sabiduría literaria y dramatúrgica para aplastar a un alumno molesto y retobón, y cómo es aplastado, años más tarde, por ese alumno que es uno de los mejores ajedrecistas del mundo.
También ya publicado es el que dedica a José Donoso, herido por el comentario de un linotipista travieso que añade frases mordaces a los artículos que le molestan, y que en esa ocasión no la omitió, pero que a Donoso lo lastimó y culpó a todo mundo (Leñero no agrega el comentario de Juan García Ponce al explicar que no había sido el responsable: “si hubiera sido yo no hubiera dicho que es muy bueno para criticar”).
El relato más peligroso es “Gemelas”, que además de narrar una historia interesante de una aspirante a dramaturga quien sólo consigue escribir una obra verosímil, habla de las debilidades del propio Leñero, lleno de curiosidad, carente de compasión, y sobre todo con la tentación del arca abierta, con el paréntesis donde cuenta su rivalidad y tensiones con Luis de Tavira, sin nada de imparcialidad aunque sin abusar de la ironía.
El final del libro es sensacional, con un relato muy breve que deja con las ganas de que sea el único relato real de todo el volumen, y permite creer en la fantasía como un elemento necesario para completar la felicidad, además del dominó y de las bebidas que, sin embriagar, dan otra dimensión a la realidad.
Gente así es un libro que puede ponerse entre las novelas de Leñero, o entre sus libros sobre teatro, o con sus guiones cinematográficos, entre sus volúmenes de periodismo, o incluso con sus autobiografías (Nuevos escritores mexicanos del siglo XX presentados por sí mismos, y Leñero de cuerpo entero, donde hay una fotografía del autor bateando en el Parque del Seguro Social); o aparte de todos, porque es igual y diferente del resto de su obra.
Es diferente, hablando de otros elementos, no de géneros, en que su prosa es más directa, más contaminada del periodismo, los rasgos con que retrata a sus personajes son vertiginosos y no exactos, pero el resultado es mucho más verídico que una fotografía, porque aparecen trazos que no son caricaturescos, aunque revelan la personalidad de sus retratados con más exactitud; así, la prosa está más cercana al reportaje que a la ficción.
Pero es igual, hablando también de la prosa, en esa fidelidad hacia el lenguaje hablado, coloquial, que parece grabado pero que está muy trabajado (en ese sentido, entre los narradores sólo José Emilio Pacheco y él tienen esa cualidad; entre los dramaturgos, Carballido), muy pulido; es una prosa muy limpia que se lee sin tropiezos, con mucho agrado, y que deja la sensación de bienestar (literario), con el añadido de una picardía sólo concebible entre los religiosos que se dejan caer en tentación y salen limpios. Sólo habría que añadir que hay más escenas eróticas que casi en cualquier otra obra de Leñero, si se exceptúan algunos retratos de actrices (por ejemplo, cuando Lucy Gallardo cruza las piernas, o como en La mudanza, en que un personaje soba los glúteos de una amiga de la esposa, pero no muestra lujuria sino la posibilidad de la infidelidad) o algunos fragmentos que habían hablado más de insatisfacción que de plenitud, como en Estudio Q, que no dejaban sin embargo de ser inquietantes.
Cuando Carlos (Monsiváis) y Piazza califican de Inatacable a Leñero ya había ganado el premio Seix-Barral por Los albañiles, ya había publicado la espléndida Estudio Q, y estaba por editar El garabato y por escribir la extraordinaria Redil de ovejas. Faltaba que nutriera el teatro con un montón de obras que dieron dos volúmenes en la UNAM, más algunas que no entraron en la edición y que sí entrarán (suponemos) en la del Fondo de Cultura Económica. Faltaba el anuncio de que abandonaba al menos temporalmente la novela, a la que regresaría con la maravillosa La gota de agua, que si bien tiene una parte aburrida, también contiene las páginas más regocijantes de la literatura mexicana, con aquel capítulo donde narra sus desventuras como ingeniero y que dan muchas claves para leer mejor Los albañiles. (Ya en una conferencia en el Ateneo Español había confesado que escribió la novela “para vengarme de esos cabrones” albañiles). Otras novelas, como El evangelio de Lucas Gavilán, A fuerza de palabras y La vida que se va confirmaron su prestigio de que no tiene libro malo.
A su labor de narrador (con cuentos que se asoman, tímidos, en ediciones semimarginales) añadió volúmenes de periodismo (La Zona Rosa, El derecho de llorar, Talacha periodística) y de anécdotas referidas a su batalla contra directores, actores, productores de teatro, cine y de la vida real, más un volumen donde asegura que Ibargüengoitia era mejor dramaturgo que narrador, lo que lo coloca como uno de los autores con más bibliografía, bastante difícil de seguir, por cierto.
Acaba de publicar un libro imposible de clasificar, Gente así (Alfaguara, 2008, edición casi impecable: apenas tres erratas –falta un acento y le sobran puntos después de signo de admiración; algunos callejones en los que nadie se fija, excepto los necios), que a ratos parece recopilación de su columna en la Revista de la Universidad de México, en la que se empeña en desbaratar su reputación de inatacable para trocarla por la de pícaro, y en la que desenmascara incluso a sus amigos cercanos (la cleptomanía de Ricardo Garibay, la ignorancia de actores, la arrogancia de escritores) y a Vicente Leñero inclusive, como cuando, pasado de copas, reta a Salvador Elizondo en una fiesta a la que no había sido invitado, y otras por el estilo.
Pero sucede que con Gente así no sabe uno si está contando algo real o está escribiendo cuentos con personajes reales pero sucesos imaginarios; en uno, que relata un concurso de cuento, retrata con gran habilidad a Ignacio Solares, es tímido con las intervenciones de Guillermo Samperio, pero es genial su relación de lenguaje y reacciones de Rafael Ramírez Heredia, quien se indigna ante el hecho de que los otros jurados del concurso no estén de acuerdo con su selección, y más ante la posibilidad de que hayan sido engañados; el relato está escrito con la velocidad narrativa de los mejores (y de los no mejores) cuentos de Ramírez Heredia, pero parece más crónica que cuento.
No hay que creerle a Leñero; una trampa muy evidente es el relato de la rebelión, prisión y muerte de Dostoievsky; no quiere decir que todos los demás capítulos sean ficticios, pero la duda queda.
Por ejemplo, parte del relato que habla de Óscar Walker ya lo había contado en una edición conmemorativa de los 40 años de la Editorial de la Universidad Veracruzana, lo que hace pensar que el resto de ese capítulo es totalmente real, lo mismo el relativo a Iván Illich, sólo que con una picardía que sólo se le había visto en Vivir del teatro, en especial el primer tomo.
Igual desenfado tiene el capítulo relativo a Tomás Gerardo Allaz, pero se muestra menos incisivo con Alfonso Sastre, con un respeto hacia su integridad que no guarda para el sacerdote.
El libro, que pasa apenitas de las 300 páginas, con todo e índice analítico (raro en un libro de ficción) está dividido en secciones de literatura, ajedrez, teatro y cine y de religión; cada sección se subdivide en textos ya publicados en la revista de la UNAM, como el muy malévolo “La apertura Topalov”, en que el retratado es el propio Leñero, que con una molestia que se convierte en rencor utiliza toda su sabiduría literaria y dramatúrgica para aplastar a un alumno molesto y retobón, y cómo es aplastado, años más tarde, por ese alumno que es uno de los mejores ajedrecistas del mundo.
También ya publicado es el que dedica a José Donoso, herido por el comentario de un linotipista travieso que añade frases mordaces a los artículos que le molestan, y que en esa ocasión no la omitió, pero que a Donoso lo lastimó y culpó a todo mundo (Leñero no agrega el comentario de Juan García Ponce al explicar que no había sido el responsable: “si hubiera sido yo no hubiera dicho que es muy bueno para criticar”).
El relato más peligroso es “Gemelas”, que además de narrar una historia interesante de una aspirante a dramaturga quien sólo consigue escribir una obra verosímil, habla de las debilidades del propio Leñero, lleno de curiosidad, carente de compasión, y sobre todo con la tentación del arca abierta, con el paréntesis donde cuenta su rivalidad y tensiones con Luis de Tavira, sin nada de imparcialidad aunque sin abusar de la ironía.
El final del libro es sensacional, con un relato muy breve que deja con las ganas de que sea el único relato real de todo el volumen, y permite creer en la fantasía como un elemento necesario para completar la felicidad, además del dominó y de las bebidas que, sin embriagar, dan otra dimensión a la realidad.
Gente así es un libro que puede ponerse entre las novelas de Leñero, o entre sus libros sobre teatro, o con sus guiones cinematográficos, entre sus volúmenes de periodismo, o incluso con sus autobiografías (Nuevos escritores mexicanos del siglo XX presentados por sí mismos, y Leñero de cuerpo entero, donde hay una fotografía del autor bateando en el Parque del Seguro Social); o aparte de todos, porque es igual y diferente del resto de su obra.
Es diferente, hablando de otros elementos, no de géneros, en que su prosa es más directa, más contaminada del periodismo, los rasgos con que retrata a sus personajes son vertiginosos y no exactos, pero el resultado es mucho más verídico que una fotografía, porque aparecen trazos que no son caricaturescos, aunque revelan la personalidad de sus retratados con más exactitud; así, la prosa está más cercana al reportaje que a la ficción.
Pero es igual, hablando también de la prosa, en esa fidelidad hacia el lenguaje hablado, coloquial, que parece grabado pero que está muy trabajado (en ese sentido, entre los narradores sólo José Emilio Pacheco y él tienen esa cualidad; entre los dramaturgos, Carballido), muy pulido; es una prosa muy limpia que se lee sin tropiezos, con mucho agrado, y que deja la sensación de bienestar (literario), con el añadido de una picardía sólo concebible entre los religiosos que se dejan caer en tentación y salen limpios. Sólo habría que añadir que hay más escenas eróticas que casi en cualquier otra obra de Leñero, si se exceptúan algunos retratos de actrices (por ejemplo, cuando Lucy Gallardo cruza las piernas, o como en La mudanza, en que un personaje soba los glúteos de una amiga de la esposa, pero no muestra lujuria sino la posibilidad de la infidelidad) o algunos fragmentos que habían hablado más de insatisfacción que de plenitud, como en Estudio Q, que no dejaban sin embargo de ser inquietantes.
lunes, 4 de agosto de 2008
Novelita sin amor y mucho diálogo
¿Cómo diferenciar la literatura iconoclasta de la literatura experimental? ¿Qué tan válida es la iconoclasia a los 38 años?
Esas preguntas surgen a lo largo de una ardua lectura de Nada cruel, de José Ramón Ruisánchez, en la que el lector se topa con toda clase de retos y obstáculos, y es de temer que varios de ellos no sean intencionales.
Conocido por sus intervenciones en suplementos y revistas con una fuerza que merecería mejor causa que sus gustos personales, Ruisánchez debutó con una novela divertida, bien escrita, y aunque no original, lejos de los pastiches tanto en anécdota como en estructura y en diálogos.
Pero como miembro de una generación (quizá ya dos) de escritores profesionales, en el sentido de que se dedican de tiempo completo y como principal o única fuente de ingresos, comenzó a escribir y publicar varios libros en muy poco tiempo, sin darse tiempo a madurar, rumiar como se decía antes, y consolidar esas cualidades de su Novelita de amor y poco piano; esas cualidades no se vieron continuadas en ¿Por qué no tenemos otro perro?, en que lo mejor es el título, ni en la nueva Nada cruel, que es, por cierto, la mejor editada (Ediciones Era, 2008; lo único objetable es la ausencia de acento en “rio”, que no es monosílabo).
En la novela, nada breve a pesar de sus 196 páginas, está llena de personajes de diversas nacionalidades, pero que todos hablan igual, no importa la diferencia de edades ni de sexos; allí estriba la primera dificultad: en saber quién es quién para saber qué están proponiendo (a pesar de lo que digan, y de la equidad, no es lo mismo una sugerencia en boca de un hombre que en la de una mujer).
Un puñado de aspirantes a escritores, estudiantes y diletantes radicados en el extranjero relatan sus cuitas, pero la novela nunca avanza, se queda estancada en un solo sitio, aunque los protagonistas se la pasan recorriendo lugares, acuden a comidas y cenas, y se llenan de recuerdos a cual más confusos; recuerdos que son más bien recuentos de acostones indiscriminados, mujeres que son estadísticas y hombres que presumen de la variedad de posiciones con las mujeres que parecen ansiosas de ser fornicadas; sólo lo parecen, porque el lector no se da cuenta de ello, sólo de que lo dicen.
Asombra la cantidad de comidas y cenas y borracheras insípidas; no hay ni pretexto para tantos restaurantitos, ni consecuencias de esas comidas, pareciera que los personajes (y el autor) sólo quieren presumir de sitios sin ningún interés, ni culinario ni turístico ni cultural; no trascienden ni importan, y lo que se habla en ellos no tiene nada que ver con la acción de la novela.
Nada cruel presenta otro enigma: ¿la novela está escrita con diálogos o con monólogos? El primer método conlleva un dilema: el autor debe dominar los diálogos o el lector confunde a los que hablan; si no hay un esclarecimiento de quién lleva la voz, el propio autor se hace bolas y hay que estar haciendo cuentas quién dijo una cosa y quién otra; si además se carece de acotaciones, peor tantito.
Si es monólogo (aun cuando se disfrace de monólogo, como parece ser el caso) hay que dominar muchas técnicas narrativas para hacerlo interesante, para dar credibilidad a la desviación de pensamientos, para hacer natural el continuo borboteo de ideas. Ésas no parecen ser las cualidades de Ruisánchez, al que no le falta poder narrativo, pero sí armas para desarrollarlo.
Además, no se decide entre la audacia y la experimentación o la escritura tradicional; en el mismo párrafo omite puntuación antes de sujeto, y luego utiliza coma antes de verbo; no usarla antes del nombre del interlocutor produce una sensación de desaseo, pero si fuera continuo obligaría al lector a buscar su propio ritmo, a contribuir al desarrollo de la trama, pero si las comas aparecen para la enumeración de sitios y de personas, el otro recurso hace pensar más en descuido que en estilo innovador.
A veces la iconoclasia de Ruisánchez parece más bien deseos de provocar al lector, pero lo que provoca es desinterés: sus personajes son altaneros y pedantes (en el sentido de presunción, no de profesorado) que no despiertan envidia ni admiración; presumen de lecturas, de amistades, de trabajos que no corresponden a los supuestos posgrados que dicen estudiar, ni hablan de una especialización, sino de cofradías, amistades y las mafias pasadas de moda. La novela está llena de autorreferencias y autocitas que más bien parecen anisas de notoriedad.
¿Por qué entonces terminar una lectura de una novela que desalienta y no entusiasma? Porque el autor tiene una fuerza narrativa inusitada en la narrativa joven (aunque ya mayorcito: está a unos pasos de ser cuarentón, pero parece muy lejos de la madurez), sólo comparable a la José Ángel Palou y al primer David Toscana; de hecho, la novela termina con una escena excelente: luego de mucha palabrería, y sin que venga a cuento, aparecen los celos en un personaje que no se había distinguido por sus pasiones ni por su erotismo ni por su capacidad amatoria, que le dan por fin dimensión, que la hacen verosímil y que hacen pensar que si la novela se hubiera ido por allí, el lector creería la melancolía, la añoranza, la insatisfacción que los otros personajes dicen sentir pero que no convencen al lector. Es una lástima que Ruisánchez no comenzara antes esa escena y la diera por concluida de forma tan abrupta.
Esas preguntas surgen a lo largo de una ardua lectura de Nada cruel, de José Ramón Ruisánchez, en la que el lector se topa con toda clase de retos y obstáculos, y es de temer que varios de ellos no sean intencionales.
Conocido por sus intervenciones en suplementos y revistas con una fuerza que merecería mejor causa que sus gustos personales, Ruisánchez debutó con una novela divertida, bien escrita, y aunque no original, lejos de los pastiches tanto en anécdota como en estructura y en diálogos.
Pero como miembro de una generación (quizá ya dos) de escritores profesionales, en el sentido de que se dedican de tiempo completo y como principal o única fuente de ingresos, comenzó a escribir y publicar varios libros en muy poco tiempo, sin darse tiempo a madurar, rumiar como se decía antes, y consolidar esas cualidades de su Novelita de amor y poco piano; esas cualidades no se vieron continuadas en ¿Por qué no tenemos otro perro?, en que lo mejor es el título, ni en la nueva Nada cruel, que es, por cierto, la mejor editada (Ediciones Era, 2008; lo único objetable es la ausencia de acento en “rio”, que no es monosílabo).
En la novela, nada breve a pesar de sus 196 páginas, está llena de personajes de diversas nacionalidades, pero que todos hablan igual, no importa la diferencia de edades ni de sexos; allí estriba la primera dificultad: en saber quién es quién para saber qué están proponiendo (a pesar de lo que digan, y de la equidad, no es lo mismo una sugerencia en boca de un hombre que en la de una mujer).
Un puñado de aspirantes a escritores, estudiantes y diletantes radicados en el extranjero relatan sus cuitas, pero la novela nunca avanza, se queda estancada en un solo sitio, aunque los protagonistas se la pasan recorriendo lugares, acuden a comidas y cenas, y se llenan de recuerdos a cual más confusos; recuerdos que son más bien recuentos de acostones indiscriminados, mujeres que son estadísticas y hombres que presumen de la variedad de posiciones con las mujeres que parecen ansiosas de ser fornicadas; sólo lo parecen, porque el lector no se da cuenta de ello, sólo de que lo dicen.
Asombra la cantidad de comidas y cenas y borracheras insípidas; no hay ni pretexto para tantos restaurantitos, ni consecuencias de esas comidas, pareciera que los personajes (y el autor) sólo quieren presumir de sitios sin ningún interés, ni culinario ni turístico ni cultural; no trascienden ni importan, y lo que se habla en ellos no tiene nada que ver con la acción de la novela.
Nada cruel presenta otro enigma: ¿la novela está escrita con diálogos o con monólogos? El primer método conlleva un dilema: el autor debe dominar los diálogos o el lector confunde a los que hablan; si no hay un esclarecimiento de quién lleva la voz, el propio autor se hace bolas y hay que estar haciendo cuentas quién dijo una cosa y quién otra; si además se carece de acotaciones, peor tantito.
Si es monólogo (aun cuando se disfrace de monólogo, como parece ser el caso) hay que dominar muchas técnicas narrativas para hacerlo interesante, para dar credibilidad a la desviación de pensamientos, para hacer natural el continuo borboteo de ideas. Ésas no parecen ser las cualidades de Ruisánchez, al que no le falta poder narrativo, pero sí armas para desarrollarlo.
Además, no se decide entre la audacia y la experimentación o la escritura tradicional; en el mismo párrafo omite puntuación antes de sujeto, y luego utiliza coma antes de verbo; no usarla antes del nombre del interlocutor produce una sensación de desaseo, pero si fuera continuo obligaría al lector a buscar su propio ritmo, a contribuir al desarrollo de la trama, pero si las comas aparecen para la enumeración de sitios y de personas, el otro recurso hace pensar más en descuido que en estilo innovador.
A veces la iconoclasia de Ruisánchez parece más bien deseos de provocar al lector, pero lo que provoca es desinterés: sus personajes son altaneros y pedantes (en el sentido de presunción, no de profesorado) que no despiertan envidia ni admiración; presumen de lecturas, de amistades, de trabajos que no corresponden a los supuestos posgrados que dicen estudiar, ni hablan de una especialización, sino de cofradías, amistades y las mafias pasadas de moda. La novela está llena de autorreferencias y autocitas que más bien parecen anisas de notoriedad.
¿Por qué entonces terminar una lectura de una novela que desalienta y no entusiasma? Porque el autor tiene una fuerza narrativa inusitada en la narrativa joven (aunque ya mayorcito: está a unos pasos de ser cuarentón, pero parece muy lejos de la madurez), sólo comparable a la José Ángel Palou y al primer David Toscana; de hecho, la novela termina con una escena excelente: luego de mucha palabrería, y sin que venga a cuento, aparecen los celos en un personaje que no se había distinguido por sus pasiones ni por su erotismo ni por su capacidad amatoria, que le dan por fin dimensión, que la hacen verosímil y que hacen pensar que si la novela se hubiera ido por allí, el lector creería la melancolía, la añoranza, la insatisfacción que los otros personajes dicen sentir pero que no convencen al lector. Es una lástima que Ruisánchez no comenzara antes esa escena y la diera por concluida de forma tan abrupta.
domingo, 27 de julio de 2008
Murciélago Velázquez en el cine / y II
Luego crecí, poquito, tendría diez años, y empecé a trabajar en una cerería, en las azoteas, poniendo tortillas de cera a que se blanquearan en el sol; me pagaban un dineral, ocho centavos a la semana, y eso era mucho dinero. Luego mi papá me llevó a la Hacienda de Aragón, por la Villa, y ahí trabajaba de segador, segando alfalfa; y era muy bonito: un mundo verde, ratones por todos lados y a mí me encantaba perseguirlos; la tierra húmeda y caliente, el canto de los boyeros; llegaba el tlacoyero con las canastas llenas de tacos; todo el mundo comía de todo, y era una variedad tremenda, diferentes facetas de la culinaria mexicana pobre; y yo gozaba de todo aquello. De pronto, en la tarde, decía mi papá “ya vámonos hijo”. Comenzaba a desfilar la gente por los grandes zanjones por donde iba la irrigación; quiero descansar, le decía. Ya comenzaba a anochecer; entonces me acostaba debajo de un pirul y me gustaba oír el viento, quedito. El viento canta, y empezaba la combira inmensa del cielo a tachonarse de estrellas: yo me cuajaba los ojos de luceros y otros mundos.
A los veintitrés años comencé a luchar y tuve muchas emociones: una dramática, cuando lo de Merced Gómez, y una francamente emocionante, mexicanista, digamos, vanidad. Fue cuando en la República Dominicana, el dictador Trujillo, Rafael Leónidas Trujillo y Molina, subió constelado de estrellas; se trocó el himno dominicano y luego el mexicano. Y luego me puso una medalla de oro, por ser el luchador mexicano, el mejor limpio mexicano que hayan visto jamás en la República Dominicana. Eso para mí fue muy impresionante.
También practiqué el box, un poco, y carrera de larga distancia. No precisamente atletismo; fue una competencia; corrimos del antiguo pueblo de La Piedad, que ya desapareció, en donde está ahora la demarcación; corrimos de allí a Xochimilco, y yo me saqué un cuarto lugar no muy bueno, pero corrí, y qué bueno, porque si no me muero… de cansancio. Y yo le tengo miedo a morir. Hay varias cosas a las que le tengo miedo: a morirme, desde luego; a hacerme rico, al agua, a la electricidad, y a volverme santo. ¡Tengo un miedo a hacerme santo! ¡Rezo para no serlo!
Pero mire, no me puedo quedar quieto; primero caminé catorce días, algo bonito, y raro, llenándome los ojos de paisajes y caminando y viendo gente, rostros, rebaños, bosques, lagunas. Llegué a México; yo no conocía la ciudad, ninguna ciudad, y voy viendo un desierto de casas, muchachos bien vestidos, y los coches, terribles, espantosos, eran monstruos para mí. Ya siguió la época de Peralvillo y ahí tuve aventuras de diferentes clases, de diferentes matices; luego comencé a trabajar en muy diversas cosas.
Luego de la Hacienda de Aragón, una señora que le decíamos doña Chofi, dueña de una gran casa, rica, era una mujer alegre; a su casa iban los guardias presidenciales, con sus pelerinas de aquellos tiempos, y monóculo, penachos negros o blancos, elegantes; y en un estrado pequeñito de una gran sala, me sentaban, como curiosidad, porque entonces tenía once años y medio y traducía griego, latín, sánscrito y mexicano. Les gustaba oírme y me daban dinero; me decían: ¿Quieres enseñarme a mí esto, niño? Y así comencé a ganar dinero, enseñando latín y sánscrito y francés y ruso. Ahora ya no hablo ningún idioma. Trato de aprender el español.
Luego, después de eso, conseguí elevarme en otros ambientes y me vi envuelto en diferentes torbellinos, de muy diversos matices.
Ya siendo un joven de diecinueve o veinte años, vi cosas muy violentas, de tipo social y político. Dejé todo, las mujeres me gustaban, y cantaba canciones; canté profesionalmente nueve años y llegué a competir con un dueto mucho muy particular del que no quiero decir su nombre pero que es muy famoso.
Pasó el tiempo, invadí el deporte; siendo deportista invadí la escritura donde he logrado premios mundiales; estoy clasificado. Luego, la medicina. Como viajé por Paraguay, San Lorenzo, Quebrada de Humahuacán, Chile, Haití, la Dominicana, distintos países, comencé a recabar datos de yerbas medicinales; la herbolaria, que es la base de la medicina labotorial, y logré descubrir lo que se llama en medicina complejos, o sea conjuntos de yerbas para curar determinados males. He logrado curar leucemia, muchos casos, y nunca se me ha muerto un leucémico en mis manos. Cancerosos, habré tratado tres mil casos y he perdido cuatro pacientes. Los médicos llegan y me preguntan: maestro, ¿qué hizo usted para esto? Yo no se los digo, ¿por qué? ¡Que estudien! Son textualistas que van hasta donde termina un texto y luego regresan a otro renglón y a otro más. ¡Que especulen veinte kilómetros más allá de donde terminan los libros! Yo ahora estoy causando sensación logrando bajar las altísimas presiones arteriales que los médicos solamente controlan hasta cierto punto. Yo las bajo y las estabilizo en sólo tres días y tres noches. Pero además no cobro un centavo a nadie, ni a ricos ni a pobres. También estuve seis años en la Acción Católica de filosofía, exégesis e historia sagrada. Sigo estudiando mucho, pero ya no me robo libros.
La primera película que me filmaron fue Luciano Romero, luego siguió El duende y yo; luego Tlayucan. Es una película de mucha categoría, está muy bien hecha, muy bien dirigida y muy bien iluminada para completar la cosa técnica. Ahora, las que me han dejado satisfecho son Yo, el valiente, El mal, La maestra inolvidable, Furias bajo el cielo, que me gusta a pesar de que entraron buenos cantantes como David Reynoso, Julio [Almada] y Lola Beltrán, y no dejé cantar a nadie; y en Padre nuestro que estás en la Tierra, que me están filmando ahora, tampoco hay ninguna canción, y ahí actúan el Enano Santanón, Manuel López Ochoa, Lola Beltrán y no sé quién más.
Ahora ya no voy a las luchas. Desde que me retiré ya no voy. Cuando los periodistas me preguntan por qué, les digo: mira, me pongo nervioso. Se ríen; me espanto de ver cómo se tuercen los brazos salvajemente y se avientan; ¡no hombre!, imagínate una cosa tan perfecta como el cuerpo humano y que se den patadas y se tuerzan el pescuezo. Claro que les da risa. Pero no es eso, simplemente ya no quiero ir…
Ahora invadí la música. No puedo estar quieto, le digo. En el Canal 2 se estrenó una canción mía en la voz de Julio Aldama y una bola de mariachis; la canción se llama “Dios y yo”. Por estos días se graba un long play con canciones mías, con un cantante nuevo. En realidad lo único que no me gustó estudiar fueron las matemáticas, por la soledad que tienen los números, por lo quietos, por lo incambiables. Ocho por ocho serán sesenta y cuatro eternamente. Si ocho por ocho fueran ochenta el día de mi santo… De lo demás estudié todo. También he actuado, no me acuerdo en cuántas películas, pero desde luego fueron Las lobas, y antes fueron Los tigres del ring; ahí como yo mismo escribí la historia quise protegerme en todos sentidos. Estructurando la historia hice una pequeña secuencia. Actuaban Crox Alvarado, Rodolfo Echeverría. Y de pronto se me ocurre una cosa para borrarlos a todos, y lo logré; la gente olvida los golpes, los balazos, persecuciones, todo lo que se quiera. Es una historia violenta pero nadie olvida esto: hay un momento en que me llama Arturo Martínez a un cafetín de mala muerte para proponerme una cosa que a ellos les conviene; ellos son los villanos. Dice: “Mira Murciélago, sólo tú nos faltabas en nuestro grupo de los de alto colmillo para derrotar a los novatos; ganaremos el millón de pesos”. Era una eliminatoria por esa cantidad. “Se trata de esto y lo otro, nos vemos con el Bronco en su casa a tal hora”; de pronto yo siento la mirada de alguien y veo a un hombre en una mesa cercana, acodado, con el sombrero puesto, mirándome; digo, mira al baboso ese que me está mirando. No te fijes en él, ponme atención: entonces mira, a tal hora vamos a estar Fulano y Zutano en la casa que te digo. Y siento la mirada otra vez, me vuelvo a verlo y me sigue mirando. Digo, mira a este infeliz, me sigue viendo. Hombre, qué te fijas. No, espérate. Entonces me paré, agarré al tipo de la solapa, le reclamé, le di un golpe en la mandíbula y cayó al suelo; claro, me puse en guardia, esperando el pleito. Se paró el tipo, sacudió la cabeza y me dijo: yo no lo miraba ni a usted ni a nadie, yo estoy ciego. ¡Perdóneme señor, discúlpeme, yo no lo sabía; pégueme, insúlteme, haga algo! No señor, la culpa no es de usted, la culpa es de mis ojos que parecen ver.
Entonces el Murciélago acompaña al personaje y se vuelve del grupo de los buenos. Esa escena los públicos no la olvidan nunca porque es altamente dramática; con esa escena se derrumba cualquier hombre. Si le pasara a alguien, aun cuando estuviera borracho, se derrumba. Si usted le pega a un ciego, ¡imagínese nada más!
A mí me gustaría dirigir alguno de mis argumentos si hubiera un respaldo económico. Me gustaría dirigir una historia mía que está vendida y que ya se van a vencer los derechos y se llama La puerta de las auroras. Últimamente estoy escribiendo una historia que estudié mucho, metiéndome descalzo al callejón que está cerca de mi casa y que se llama Privada de Encarnación, y que es la ciudad perdida de Encarnación: no tienen agua, no tienen drenaje, no tienen luz y todos son muchachos muy pobres que trabajan y que sus familias viven en la miseria. Los estudié mucho, quité la tierra que estaba ahí, les limpié el callejón y me los hice amigos. Es una historia donde los estudio psicológica y socialmente, desde luego mezclando diferentes factores, necesarios en una novela; problemas nacionales y mundiales, mezclando a la pobreza absolutamente olvidada con el clero y con el gobierno. Y mezclo esos grupos con el hampa y los viciosos, la policía y el clero, los ricos y conmigo. Es muy sencillo, no se trata más que de un hombre que llega a ese barrio sin conocerlos y tiene que enfrentarse a ellos y los domina regalándoles pesas para que hagan ejercicio, y les da organitos de boca y guitarras, y así los domina porque les recita y les platica historia sagrada y los lleva a misa, los inyecta, los cura, los receta. Eso ha sido en la realidad. La historia se llama Mi oscuro callejón.
Lo que sí no me gustaría es que mis hijos fueran luchadores profesionales. Todos mis hijos grandes saben luchar y boxear para defenderse, pero no son peleoneros. Mi hija Irene sabe defenderse y una ocasión noqueó a un hombre que le faltó al respeto. Me llamó el maestro y me dijo que Irene le había dado un golpe aquí y otro allá a un muchacho. Le dije que la iba a regañar, pero por dentro dije: ¡Qué bueno! También mi hija Minerva sabe defenderse. Y mi hijo Arturo que tiene veintitrés años y mide uno ochenta y siete, sabe luchar y tira con pistola, pero no es peleonero.
Le voy a contar una anécdota que nadie me cree. Yo, después de Diego Rivera, creo que soy la segunda persona, al menos de las conocidas, que ha comido carne humana, ¡y es sabrosísima! Un día fui al rancho Tepetiltlán, Estado de México, cuarenta kilómetros al norte del Distrito Federal, con varios rancheros que llevaban guitarras e íbamos tomando tequila; llegamos cantando, ya medio borrachos, al Molino de Flores; al atravesar por la estación de Texcoco, el tren de patio agarró un camión cargado de rancheros, lo destrozó y le cortó la pierna a uno. Nosotros nos quedamos viendo todo aquello, levantaron todo, también el despojo. Nos quedamos mirando la sangre en la vía. Entonces vi una rebaba, un trozo de carne tirado ahí; con un periódico lo levanté y mis amigos me dijeron: ¡Jesús!, ¿para qué lo quieres? Me lo llevo, les dije. Lo puse en la bolsa de la chamarra y nos fuimos cantando campo traviesa hasta llegar otra vez a Tepetitlán. Cuando llegué, sentí hambre; le dije al Chero, un ayudante mío: pon esa sartén. ¿Tienes hambre? Sí. Y que saco el pedazo de carne aquél y que lo frío. ¡Jesús, por favor, qué vas a hacer! No me digas nada, le dije, y lo freí, le puse sal, agarré una tortilla y me lo comencé a comer. Todos estaban con un asco espantoso. Al verlos así a mí me dio un poco, pero tomé un tragó de café frío y pasó el asco. No pasó nada. Pero pasaron los meses, eso sí, y una mañana que esperaba el tren para México, en la estación de Robles, había mucha gente. Uno de mis amigos me dijo: mira, ¿ves aquél que está parado junto al capulín, con muletas? Es el tipo aquel al que atropelló el tren, yo lo conozco, es de tal parte. Lo saludé, le pregunté de dónde era; me contestó. ¿Usted es al que le cortó la pierna el tren de Texcoco? Sí, me dijo. ¡Pues es usted muy sabroso! Enarcó las cejas, sin entender, claro. Me di la vuelta. Él nunca supo por qué se lo dije. Y la única persona que podía decírselo era yo.
(Poco más de un año después que apareció la entrevista, el Murciélago falleció, de cáncer. Veo sus películas con una sensación extraña. En la entrevista dejé fuera muchas anécdotas más que me contó aquella tarde en que Carlos Gálvez y yo estábamos hipnotizados con sus historias, su narrativa, su estupenda conversación; algo conté en un capítulo, dedicado al cabello largo, las melenas y los peinados de los setenta, de El juego de las sensaciones elementales. Pero me temo que no retraté la personalidad del Murciélago Velázquez. Un remate; semanas después del fallecimiento, otro luchador mítico, el Cavernario Galindo, uno de los amigos más cercanos a Velázquez, visitó a la familia, después de terminada una función de lucha libre; arrastrándolo, porque era muy miedoso, pusieron a la mascota de la familia en la puerta, un perro de aspecto feroz. Abrieron la puerta; el Cavernario, al ver al perro, huyó asustado; pero el perro se asustó tanto o más, y se refugió en la azotea de la casa, de donde no lo pudieron bajar en varios días.)
A los veintitrés años comencé a luchar y tuve muchas emociones: una dramática, cuando lo de Merced Gómez, y una francamente emocionante, mexicanista, digamos, vanidad. Fue cuando en la República Dominicana, el dictador Trujillo, Rafael Leónidas Trujillo y Molina, subió constelado de estrellas; se trocó el himno dominicano y luego el mexicano. Y luego me puso una medalla de oro, por ser el luchador mexicano, el mejor limpio mexicano que hayan visto jamás en la República Dominicana. Eso para mí fue muy impresionante.
También practiqué el box, un poco, y carrera de larga distancia. No precisamente atletismo; fue una competencia; corrimos del antiguo pueblo de La Piedad, que ya desapareció, en donde está ahora la demarcación; corrimos de allí a Xochimilco, y yo me saqué un cuarto lugar no muy bueno, pero corrí, y qué bueno, porque si no me muero… de cansancio. Y yo le tengo miedo a morir. Hay varias cosas a las que le tengo miedo: a morirme, desde luego; a hacerme rico, al agua, a la electricidad, y a volverme santo. ¡Tengo un miedo a hacerme santo! ¡Rezo para no serlo!
Pero mire, no me puedo quedar quieto; primero caminé catorce días, algo bonito, y raro, llenándome los ojos de paisajes y caminando y viendo gente, rostros, rebaños, bosques, lagunas. Llegué a México; yo no conocía la ciudad, ninguna ciudad, y voy viendo un desierto de casas, muchachos bien vestidos, y los coches, terribles, espantosos, eran monstruos para mí. Ya siguió la época de Peralvillo y ahí tuve aventuras de diferentes clases, de diferentes matices; luego comencé a trabajar en muy diversas cosas.
Luego de la Hacienda de Aragón, una señora que le decíamos doña Chofi, dueña de una gran casa, rica, era una mujer alegre; a su casa iban los guardias presidenciales, con sus pelerinas de aquellos tiempos, y monóculo, penachos negros o blancos, elegantes; y en un estrado pequeñito de una gran sala, me sentaban, como curiosidad, porque entonces tenía once años y medio y traducía griego, latín, sánscrito y mexicano. Les gustaba oírme y me daban dinero; me decían: ¿Quieres enseñarme a mí esto, niño? Y así comencé a ganar dinero, enseñando latín y sánscrito y francés y ruso. Ahora ya no hablo ningún idioma. Trato de aprender el español.
Luego, después de eso, conseguí elevarme en otros ambientes y me vi envuelto en diferentes torbellinos, de muy diversos matices.
Ya siendo un joven de diecinueve o veinte años, vi cosas muy violentas, de tipo social y político. Dejé todo, las mujeres me gustaban, y cantaba canciones; canté profesionalmente nueve años y llegué a competir con un dueto mucho muy particular del que no quiero decir su nombre pero que es muy famoso.
Pasó el tiempo, invadí el deporte; siendo deportista invadí la escritura donde he logrado premios mundiales; estoy clasificado. Luego, la medicina. Como viajé por Paraguay, San Lorenzo, Quebrada de Humahuacán, Chile, Haití, la Dominicana, distintos países, comencé a recabar datos de yerbas medicinales; la herbolaria, que es la base de la medicina labotorial, y logré descubrir lo que se llama en medicina complejos, o sea conjuntos de yerbas para curar determinados males. He logrado curar leucemia, muchos casos, y nunca se me ha muerto un leucémico en mis manos. Cancerosos, habré tratado tres mil casos y he perdido cuatro pacientes. Los médicos llegan y me preguntan: maestro, ¿qué hizo usted para esto? Yo no se los digo, ¿por qué? ¡Que estudien! Son textualistas que van hasta donde termina un texto y luego regresan a otro renglón y a otro más. ¡Que especulen veinte kilómetros más allá de donde terminan los libros! Yo ahora estoy causando sensación logrando bajar las altísimas presiones arteriales que los médicos solamente controlan hasta cierto punto. Yo las bajo y las estabilizo en sólo tres días y tres noches. Pero además no cobro un centavo a nadie, ni a ricos ni a pobres. También estuve seis años en la Acción Católica de filosofía, exégesis e historia sagrada. Sigo estudiando mucho, pero ya no me robo libros.
La primera película que me filmaron fue Luciano Romero, luego siguió El duende y yo; luego Tlayucan. Es una película de mucha categoría, está muy bien hecha, muy bien dirigida y muy bien iluminada para completar la cosa técnica. Ahora, las que me han dejado satisfecho son Yo, el valiente, El mal, La maestra inolvidable, Furias bajo el cielo, que me gusta a pesar de que entraron buenos cantantes como David Reynoso, Julio [Almada] y Lola Beltrán, y no dejé cantar a nadie; y en Padre nuestro que estás en la Tierra, que me están filmando ahora, tampoco hay ninguna canción, y ahí actúan el Enano Santanón, Manuel López Ochoa, Lola Beltrán y no sé quién más.
Ahora ya no voy a las luchas. Desde que me retiré ya no voy. Cuando los periodistas me preguntan por qué, les digo: mira, me pongo nervioso. Se ríen; me espanto de ver cómo se tuercen los brazos salvajemente y se avientan; ¡no hombre!, imagínate una cosa tan perfecta como el cuerpo humano y que se den patadas y se tuerzan el pescuezo. Claro que les da risa. Pero no es eso, simplemente ya no quiero ir…
Ahora invadí la música. No puedo estar quieto, le digo. En el Canal 2 se estrenó una canción mía en la voz de Julio Aldama y una bola de mariachis; la canción se llama “Dios y yo”. Por estos días se graba un long play con canciones mías, con un cantante nuevo. En realidad lo único que no me gustó estudiar fueron las matemáticas, por la soledad que tienen los números, por lo quietos, por lo incambiables. Ocho por ocho serán sesenta y cuatro eternamente. Si ocho por ocho fueran ochenta el día de mi santo… De lo demás estudié todo. También he actuado, no me acuerdo en cuántas películas, pero desde luego fueron Las lobas, y antes fueron Los tigres del ring; ahí como yo mismo escribí la historia quise protegerme en todos sentidos. Estructurando la historia hice una pequeña secuencia. Actuaban Crox Alvarado, Rodolfo Echeverría. Y de pronto se me ocurre una cosa para borrarlos a todos, y lo logré; la gente olvida los golpes, los balazos, persecuciones, todo lo que se quiera. Es una historia violenta pero nadie olvida esto: hay un momento en que me llama Arturo Martínez a un cafetín de mala muerte para proponerme una cosa que a ellos les conviene; ellos son los villanos. Dice: “Mira Murciélago, sólo tú nos faltabas en nuestro grupo de los de alto colmillo para derrotar a los novatos; ganaremos el millón de pesos”. Era una eliminatoria por esa cantidad. “Se trata de esto y lo otro, nos vemos con el Bronco en su casa a tal hora”; de pronto yo siento la mirada de alguien y veo a un hombre en una mesa cercana, acodado, con el sombrero puesto, mirándome; digo, mira al baboso ese que me está mirando. No te fijes en él, ponme atención: entonces mira, a tal hora vamos a estar Fulano y Zutano en la casa que te digo. Y siento la mirada otra vez, me vuelvo a verlo y me sigue mirando. Digo, mira a este infeliz, me sigue viendo. Hombre, qué te fijas. No, espérate. Entonces me paré, agarré al tipo de la solapa, le reclamé, le di un golpe en la mandíbula y cayó al suelo; claro, me puse en guardia, esperando el pleito. Se paró el tipo, sacudió la cabeza y me dijo: yo no lo miraba ni a usted ni a nadie, yo estoy ciego. ¡Perdóneme señor, discúlpeme, yo no lo sabía; pégueme, insúlteme, haga algo! No señor, la culpa no es de usted, la culpa es de mis ojos que parecen ver.
Entonces el Murciélago acompaña al personaje y se vuelve del grupo de los buenos. Esa escena los públicos no la olvidan nunca porque es altamente dramática; con esa escena se derrumba cualquier hombre. Si le pasara a alguien, aun cuando estuviera borracho, se derrumba. Si usted le pega a un ciego, ¡imagínese nada más!
A mí me gustaría dirigir alguno de mis argumentos si hubiera un respaldo económico. Me gustaría dirigir una historia mía que está vendida y que ya se van a vencer los derechos y se llama La puerta de las auroras. Últimamente estoy escribiendo una historia que estudié mucho, metiéndome descalzo al callejón que está cerca de mi casa y que se llama Privada de Encarnación, y que es la ciudad perdida de Encarnación: no tienen agua, no tienen drenaje, no tienen luz y todos son muchachos muy pobres que trabajan y que sus familias viven en la miseria. Los estudié mucho, quité la tierra que estaba ahí, les limpié el callejón y me los hice amigos. Es una historia donde los estudio psicológica y socialmente, desde luego mezclando diferentes factores, necesarios en una novela; problemas nacionales y mundiales, mezclando a la pobreza absolutamente olvidada con el clero y con el gobierno. Y mezclo esos grupos con el hampa y los viciosos, la policía y el clero, los ricos y conmigo. Es muy sencillo, no se trata más que de un hombre que llega a ese barrio sin conocerlos y tiene que enfrentarse a ellos y los domina regalándoles pesas para que hagan ejercicio, y les da organitos de boca y guitarras, y así los domina porque les recita y les platica historia sagrada y los lleva a misa, los inyecta, los cura, los receta. Eso ha sido en la realidad. La historia se llama Mi oscuro callejón.
Lo que sí no me gustaría es que mis hijos fueran luchadores profesionales. Todos mis hijos grandes saben luchar y boxear para defenderse, pero no son peleoneros. Mi hija Irene sabe defenderse y una ocasión noqueó a un hombre que le faltó al respeto. Me llamó el maestro y me dijo que Irene le había dado un golpe aquí y otro allá a un muchacho. Le dije que la iba a regañar, pero por dentro dije: ¡Qué bueno! También mi hija Minerva sabe defenderse. Y mi hijo Arturo que tiene veintitrés años y mide uno ochenta y siete, sabe luchar y tira con pistola, pero no es peleonero.
Le voy a contar una anécdota que nadie me cree. Yo, después de Diego Rivera, creo que soy la segunda persona, al menos de las conocidas, que ha comido carne humana, ¡y es sabrosísima! Un día fui al rancho Tepetiltlán, Estado de México, cuarenta kilómetros al norte del Distrito Federal, con varios rancheros que llevaban guitarras e íbamos tomando tequila; llegamos cantando, ya medio borrachos, al Molino de Flores; al atravesar por la estación de Texcoco, el tren de patio agarró un camión cargado de rancheros, lo destrozó y le cortó la pierna a uno. Nosotros nos quedamos viendo todo aquello, levantaron todo, también el despojo. Nos quedamos mirando la sangre en la vía. Entonces vi una rebaba, un trozo de carne tirado ahí; con un periódico lo levanté y mis amigos me dijeron: ¡Jesús!, ¿para qué lo quieres? Me lo llevo, les dije. Lo puse en la bolsa de la chamarra y nos fuimos cantando campo traviesa hasta llegar otra vez a Tepetitlán. Cuando llegué, sentí hambre; le dije al Chero, un ayudante mío: pon esa sartén. ¿Tienes hambre? Sí. Y que saco el pedazo de carne aquél y que lo frío. ¡Jesús, por favor, qué vas a hacer! No me digas nada, le dije, y lo freí, le puse sal, agarré una tortilla y me lo comencé a comer. Todos estaban con un asco espantoso. Al verlos así a mí me dio un poco, pero tomé un tragó de café frío y pasó el asco. No pasó nada. Pero pasaron los meses, eso sí, y una mañana que esperaba el tren para México, en la estación de Robles, había mucha gente. Uno de mis amigos me dijo: mira, ¿ves aquél que está parado junto al capulín, con muletas? Es el tipo aquel al que atropelló el tren, yo lo conozco, es de tal parte. Lo saludé, le pregunté de dónde era; me contestó. ¿Usted es al que le cortó la pierna el tren de Texcoco? Sí, me dijo. ¡Pues es usted muy sabroso! Enarcó las cejas, sin entender, claro. Me di la vuelta. Él nunca supo por qué se lo dije. Y la única persona que podía decírselo era yo.
(Poco más de un año después que apareció la entrevista, el Murciélago falleció, de cáncer. Veo sus películas con una sensación extraña. En la entrevista dejé fuera muchas anécdotas más que me contó aquella tarde en que Carlos Gálvez y yo estábamos hipnotizados con sus historias, su narrativa, su estupenda conversación; algo conté en un capítulo, dedicado al cabello largo, las melenas y los peinados de los setenta, de El juego de las sensaciones elementales. Pero me temo que no retraté la personalidad del Murciélago Velázquez. Un remate; semanas después del fallecimiento, otro luchador mítico, el Cavernario Galindo, uno de los amigos más cercanos a Velázquez, visitó a la familia, después de terminada una función de lucha libre; arrastrándolo, porque era muy miedoso, pusieron a la mascota de la familia en la puerta, un perro de aspecto feroz. Abrieron la puerta; el Cavernario, al ver al perro, huyó asustado; pero el perro se asustó tanto o más, y se refugió en la azotea de la casa, de donde no lo pudieron bajar en varios días.)
lunes, 21 de julio de 2008
Murciélago Velázquez, luchador y literato
(Entre finales de 1970 y principios de 1972 trabajé en Equipo Creativo, SA, oficina dirigida por Gustavo Sainz, donde conviví con Alfonso Rodríguez Tovar, Arturo Jiménez, Nemorio Mendoza, Cuauhtémoc Zúñiga y algunos otros; maquilábamos, remendábamos y hacíamos dos revistas, Eclipse y Audacia; para la segunda, mi favorita, hice varios reportajes y entrevistas; la primera fue con Jesús Velázquez, El Murciélago; luchador, literato, guionista lo mismo de las cintas más verosímiles de lucha libre que de algunas apreciadas por cinéfilos y críticos; más que nada, una personalidad arrolladora, un hombre impresionante y uno de los mejores conversadores que he conocido; el contacto fue gracias a su hija Minerva, amiga de mi hermana Ana; vivía por Nativitas, en un barrio conocido como la guarida de Los Nazis, uno de los grupos de pandilleros más temibles en los años cincuenta, aunque persistía la fama por entonces; en la entrevista, aparecida en el número 3 de Audacia, de febrero de 1972, hice desaparecer al interlocutor y dejé hablar solo al Murciélago; Sainz, en su novela A troche y moche –que promoví y luego edité para Alfaguara—, utiliza un par de fragmentos; cuando se lo hice notar dijo que pensaba que había sido una entrevista de Alfonso Loya; aún me enorgullece, y por ello la reproduzco ahora, en dos partes, con mínimas correcciones de puntuación.)
Para mí, el mejor deporte, no porque yo lo haya ejercido o porque lo conozca, es la lucha. Antes que existiera el box, el judo, el karate, el sumo, la lucha ya existía. No precisamente la lucha libre que hoy conocemos y podemos juzgar. No sabemos de qué tipo era, pero está citada en el Antiguo Testamento. Refiere éste que regresaba Jacob de casa de su tío Labab y se dirigía a dormir en unas ruinas; entonces vio entrar a un hombre al que creyó ladrón, y lo atacó; lucharon largo rato, hasta que el desconocido, tocándole la rodilla con los dedos, lo inmovilizó. Jacob levantó la vista y pudo ver que estuvo luchando con un ángel del Señor, luminoso y alado, quien le dijo: “Jacob, en verdad tú eres Israel”. Esa palabra quiere decir el que pelea por Dios, el esforzado, el fuerte. Desde entonces Jacob se llamó Israel; y el pueblo y la república se llaman Israel. Entonces, ya con vanidad, si usted quiere cómica, yo digo que mi deporte es tan bonito, tan viejo, tan legendario, que me parece de origen divino. Bueno, qué caray, mi deporte es el mejor.
A mí me dio por luchar porque era muy débil y me impresionaban los hombres fuertes. Entonces me volví fuerte y comencé a luchar. Me preparé por tres años estudiando olímpica, judo, karate, sumo. Mi intención fue conquistar, dominar mejor dicho, el grupo de la división a la que pertenecía. Lo logré e invadí los pesos completos a pesar de que yo era welter, y dominé a todos también. Más tarde fui campeón de peso medio de la República durante cinco años y ocho meses. Luchando, viajé por muchos países y desde luego por todo el mío. Tenía triunfos y derrotas, como es natural; y como debe ser, además. Luego que invadí la división de peso medio, ya no seguí ascendiendo porque en ese peso me movía rápida y confortablemente. Luchaba muy seguido, cada tres días. Y así se sigue luchando, muy seguido; la razón es muy sencilla: en el box el individuo se acaba rápidamente porque requiere otro tipo de entrenamiento, agotador. El deportista debe cansarse, pero agotarse, nunca. El luchador está excedido siempre en grasa y peso porque quema demasiada grasa. En una lucha que dura treinta minutos, un luchador baja dos kilos y medio, cosa increíble aun para los médicos; y además los recupera uno en una noche; entonces por eso lucha uno muy seguido. Tiene uno reservas que no tiene un boxeador, ni los beisbolistas ni nadie. La gente piensa que con las llaves que nos aplicamos, con los golpes que se dan en una lucha, es muy difícil que se levante el luchador para seguir inmediatamente en la pelea; ésa es lógica de profanos. Una persona que recibe diez golpes, como nosotros, es porque tiene quince o veinte años de preparación. A un novato, a cualquiera de la calle, le da usted tres golpes bien dados y nada más ya no se levanta, lo deja noqueado. Es cuestión de resistencia física. Y eso es una cosa que no tienen los boxeadores; ellos reciben golpes, los asimilan; aquél tira golpes de impacto, de desplazamiento. La verdad es que son tan débiles, tan frágiles, que en el cerebro, donde existen los cuerpos estriados, en cada golpe hay una separación. Acaban por ser tantas veces separados esos cuerpos estriados, que llega un momento en que ya no se unen por completo y viene lo que se llama en boxeo estado grogui: la voz tartamudea, no pueden pronunciar y no pueden pensar con corrección; y realmente quedan en estado lamentable.
Y mire que nosotros nos damos golpes fuertes. Yo tengo como recuerdo de veinticuatro años que viví luchando, diecisiete fracturas. Y algunos golpes son muy malos. Creo que el más malo que di un día, luchando con Merced Gómez, el hijo del gran torero Merced Gómez. Fue en mi tercera lucha profesional, en la vieja arena México. Me dio un golpe que me hundió tres costillas: sentí coraje, le di un golpe en la barbilla, cayó con la rodilla doblada, agarré distancia, le di una patada en el ojo izquierdo, ¡y lo maté! Imagínese si habrá sido mi golpe más fuerte: matar a un hombre de un golpe. Alguna vez tuve que dejar de pelear por estar enyesado, porque me hundieron el esternón, se despegaron dos costillas del sitio de la ruptura, me fracturaron la mandíbula, ¡qué sé yo! En tantos años ni se acuerda uno.
Yo tenía unas llaves favoritas: el Tirabuzón, la Suástica, la Noria. La Suástica, por ejemplo, que les gustaba mucho a los periodistas, consiste en enganchar una pierna con la pierna de uno, aventar un brazo abajo del brazo del contrario y agarrar la cabeza; ya teniéndolo completamente amarrado, agarrar la otra pierna y una vez abierto, formando la suástica, girar en derredor para quitarle la última posibilidad de escape… Se rendía el contrario. La famosa Noria era tirar al rival en absoluto acabamiento en la lona, y enganchar los brazos, uno con las piernas y el otro con los brazos y girar, también en torno, y él quedaba como eje sufriendo el castigo sobre la columna vertebral; en este caso era peligroso porque cargando el cuerpo sobre la cabeza hay tensión sobre la columna vertebral, sobre todo en el atlas y en el axis, y si hay desprendimiento, causan la muerte instantánea; y aunque los luchadores no saben de cosas así lo presienten, y lo sienten, sobre todo.
Comencé a luchar enmascarado, en forma profesional, con el nombre de El Murciélago Enmascarado; luchando contra diferentes enemigos, durante cinco años y meses, hasta que en una lucha muy especial porque era exponiendo la máscara ante toda la división welter, derroté a toda esa división y me pusieron con el primer representante de la siguiente división, que era de los medios, y me tocó Octavio Gaona, quien era campeón de esa categoría; me derrotó y me quité la máscara sobre la vieja Arena México. Yo le quité la máscara a algunos. ¡Luché con tanta gente en tantos años! Recuerdo bien que mi primera pelea fue contra Jack O’Brian, un italiano-mexicano, pero que le gustaba usar ese nombre; la segunda pelea fue contra Dientes Hernández y la tercera contra Merced Gómez, a quien maté.
Cuando estaba luchando comencé a escribir para el cine. Mejor dicho, la preparación de pensar e inventar la mentira comercializada, como está ahora, fue desde chiquillo, desde que tenía siete años, porque era mentiroso; para ganar dulces, contaba mentiras: me daban dulces para que entretuviera a los niños; y yo, claro, contaba cuentos sentado frente a una vecindad de Peralvillo; así comenzó la cosa, y seguí escribiendo, escribiendo en libretitas, en no sé qué. Faltando como siete, o tal vez diez años para dejar la lucha, comencé a escribir novelas cortas, cuentos cortos en revistas y periódicos. Un día me llamaron de una compañía cinematográfica y me compraron dos de mis cuentos; a mí una revista como Sucesos me pagaba doscientos pesos por un cuento, y Angélica Ortiz me dijo que cuánto quería por ésos, y le dije: pues señora, no sé. Dijo, mire, la compañía no está muy boyante, le damos doce mil pesos por cada uno cuento de éstos. ¡Claro que acepté! Ya que se filmaron me preguntaron si quería ser exclusivo de la compañía y dije que sí, que cuánto me pagaban. Le daremos cien mil pesos al año, pero todo lo que escriba es para nosotros. Dije que sí, ¡claro que sí! Duré allí cinco años. Luego comprendí que me convenía ir más lejos porque había ganado premios mundiales; mejor andar libre, y ahora trabajo para diversas compañías. Varias de mis películas han ganado premios. Tlayucan tiene premios importantes: de Hollywood, de San Sebastián, y un candelabro de Israel.
Pero yo no fui a la escuela. Pedro Ferriz me dice: ¿Hasta que años estudiaste en la Universidad? ¿En cuál universidad estuviste? En ninguna, yo no fui a la escuela. ¡Cómo, no seas payaso! No, yo no fui a la escuela. Yo me vine de Guanajuato, mi tierra natal, a la edad de siete años, caminando de sol a sol durante catorce días, hasta llegar a la colonia Peralvillo. Me vine con mi familia, por hambre, por pobreza absoluta; pero en el camino mi madre me enseñó a leer en un silabario de San Miguel; y yo quería saber más, pero no había dinero, y la escuelita, humilde, particular, cobraba veinte centavos a la semana. ¿Quién tiene veinte centavos a la semana? Entonces yo barría un corral de una señora gorda que no podía hacerlo, y ella me regaló cinco conejos blancos. Fui con la señorita que me enseñaba, sentada en tabiques y banquitos mientras hacía tortillas y le dije: “Señorita, yo quiero saber leer; si usted me ayuda le pago con un conejo cada semana”. Me dio un beso y me dijo que sí, pero en la última el conejo se me escapó y no lo pude alcanzar; ya no pude ir a la escuela. Había una zanja en Juventino Rosas, en Peralvillo; una zanja llena de inmundicias y allí me senté a llorar; y mi hermana Juana, que ya murió y que era tres años mayor que yo, me preguntó por qué lloraba y le dije que porque no tenía dinero para estudiar y yo quería saber mucho. Me dijo: no hay dinero, mi papá está enfermo, mi hermano también, los dos hombres grandes de la casa. Pero hacemos una cosa, Jesús, vamos a robarnos libros. ¡Tienes razón! Yo tenía un centavo; fuimos a un estanquillo donde un viejecito muy pesado y de lentes estaba despachando. Deme un centavo de sal; se volvió lentamente hacia los anaqueles y yo cogí el libro y pude leer: “Historia de Roma”. ¡Qué maravilla debe ser esto! Agarré el libro, y a correr, descalzos, porque ya no teníamos zapatos. Nos persiguieron a ladrillazos; yo llegué bañado en sangre, me abrieron la cabeza; iba rezando ¡Dios mío, que no me agarren! Y no me agarraron. Llegamos a la azotea de la casa, nos tiramos de bruces, y a leer: “Bajo Augusto, nació Cristo; las legiones romanas hacían esto y lo otro y lo de más allá”. Todo lo del esplendor romano, una explicación tremenda que memorizaba, porque soy memorista. Le dije a mi hermana: ¿ves qué bonito, Juana?; la semana que entra nos robamos otro libro. Nos robábamos uno cada semana, y así aprendí. Yo nunca fui a la escuela, señor mío. Pedro Ferriz, Alemán, Agustín, sacerdotes, abogados, gente que viene a mi casa, me dice “maestro”. Cuando se van yo me quedo cabizbajo: “maestro”, ¿de qué? Pero debe haber una pausa en el tiempo y en la noche, en la que el fantasma de un niño ha de andar corriendo, ensangrentado, por Peralvillo, robando libros.
Para mí, el mejor deporte, no porque yo lo haya ejercido o porque lo conozca, es la lucha. Antes que existiera el box, el judo, el karate, el sumo, la lucha ya existía. No precisamente la lucha libre que hoy conocemos y podemos juzgar. No sabemos de qué tipo era, pero está citada en el Antiguo Testamento. Refiere éste que regresaba Jacob de casa de su tío Labab y se dirigía a dormir en unas ruinas; entonces vio entrar a un hombre al que creyó ladrón, y lo atacó; lucharon largo rato, hasta que el desconocido, tocándole la rodilla con los dedos, lo inmovilizó. Jacob levantó la vista y pudo ver que estuvo luchando con un ángel del Señor, luminoso y alado, quien le dijo: “Jacob, en verdad tú eres Israel”. Esa palabra quiere decir el que pelea por Dios, el esforzado, el fuerte. Desde entonces Jacob se llamó Israel; y el pueblo y la república se llaman Israel. Entonces, ya con vanidad, si usted quiere cómica, yo digo que mi deporte es tan bonito, tan viejo, tan legendario, que me parece de origen divino. Bueno, qué caray, mi deporte es el mejor.
A mí me dio por luchar porque era muy débil y me impresionaban los hombres fuertes. Entonces me volví fuerte y comencé a luchar. Me preparé por tres años estudiando olímpica, judo, karate, sumo. Mi intención fue conquistar, dominar mejor dicho, el grupo de la división a la que pertenecía. Lo logré e invadí los pesos completos a pesar de que yo era welter, y dominé a todos también. Más tarde fui campeón de peso medio de la República durante cinco años y ocho meses. Luchando, viajé por muchos países y desde luego por todo el mío. Tenía triunfos y derrotas, como es natural; y como debe ser, además. Luego que invadí la división de peso medio, ya no seguí ascendiendo porque en ese peso me movía rápida y confortablemente. Luchaba muy seguido, cada tres días. Y así se sigue luchando, muy seguido; la razón es muy sencilla: en el box el individuo se acaba rápidamente porque requiere otro tipo de entrenamiento, agotador. El deportista debe cansarse, pero agotarse, nunca. El luchador está excedido siempre en grasa y peso porque quema demasiada grasa. En una lucha que dura treinta minutos, un luchador baja dos kilos y medio, cosa increíble aun para los médicos; y además los recupera uno en una noche; entonces por eso lucha uno muy seguido. Tiene uno reservas que no tiene un boxeador, ni los beisbolistas ni nadie. La gente piensa que con las llaves que nos aplicamos, con los golpes que se dan en una lucha, es muy difícil que se levante el luchador para seguir inmediatamente en la pelea; ésa es lógica de profanos. Una persona que recibe diez golpes, como nosotros, es porque tiene quince o veinte años de preparación. A un novato, a cualquiera de la calle, le da usted tres golpes bien dados y nada más ya no se levanta, lo deja noqueado. Es cuestión de resistencia física. Y eso es una cosa que no tienen los boxeadores; ellos reciben golpes, los asimilan; aquél tira golpes de impacto, de desplazamiento. La verdad es que son tan débiles, tan frágiles, que en el cerebro, donde existen los cuerpos estriados, en cada golpe hay una separación. Acaban por ser tantas veces separados esos cuerpos estriados, que llega un momento en que ya no se unen por completo y viene lo que se llama en boxeo estado grogui: la voz tartamudea, no pueden pronunciar y no pueden pensar con corrección; y realmente quedan en estado lamentable.
Y mire que nosotros nos damos golpes fuertes. Yo tengo como recuerdo de veinticuatro años que viví luchando, diecisiete fracturas. Y algunos golpes son muy malos. Creo que el más malo que di un día, luchando con Merced Gómez, el hijo del gran torero Merced Gómez. Fue en mi tercera lucha profesional, en la vieja arena México. Me dio un golpe que me hundió tres costillas: sentí coraje, le di un golpe en la barbilla, cayó con la rodilla doblada, agarré distancia, le di una patada en el ojo izquierdo, ¡y lo maté! Imagínese si habrá sido mi golpe más fuerte: matar a un hombre de un golpe. Alguna vez tuve que dejar de pelear por estar enyesado, porque me hundieron el esternón, se despegaron dos costillas del sitio de la ruptura, me fracturaron la mandíbula, ¡qué sé yo! En tantos años ni se acuerda uno.
Yo tenía unas llaves favoritas: el Tirabuzón, la Suástica, la Noria. La Suástica, por ejemplo, que les gustaba mucho a los periodistas, consiste en enganchar una pierna con la pierna de uno, aventar un brazo abajo del brazo del contrario y agarrar la cabeza; ya teniéndolo completamente amarrado, agarrar la otra pierna y una vez abierto, formando la suástica, girar en derredor para quitarle la última posibilidad de escape… Se rendía el contrario. La famosa Noria era tirar al rival en absoluto acabamiento en la lona, y enganchar los brazos, uno con las piernas y el otro con los brazos y girar, también en torno, y él quedaba como eje sufriendo el castigo sobre la columna vertebral; en este caso era peligroso porque cargando el cuerpo sobre la cabeza hay tensión sobre la columna vertebral, sobre todo en el atlas y en el axis, y si hay desprendimiento, causan la muerte instantánea; y aunque los luchadores no saben de cosas así lo presienten, y lo sienten, sobre todo.
Comencé a luchar enmascarado, en forma profesional, con el nombre de El Murciélago Enmascarado; luchando contra diferentes enemigos, durante cinco años y meses, hasta que en una lucha muy especial porque era exponiendo la máscara ante toda la división welter, derroté a toda esa división y me pusieron con el primer representante de la siguiente división, que era de los medios, y me tocó Octavio Gaona, quien era campeón de esa categoría; me derrotó y me quité la máscara sobre la vieja Arena México. Yo le quité la máscara a algunos. ¡Luché con tanta gente en tantos años! Recuerdo bien que mi primera pelea fue contra Jack O’Brian, un italiano-mexicano, pero que le gustaba usar ese nombre; la segunda pelea fue contra Dientes Hernández y la tercera contra Merced Gómez, a quien maté.
Cuando estaba luchando comencé a escribir para el cine. Mejor dicho, la preparación de pensar e inventar la mentira comercializada, como está ahora, fue desde chiquillo, desde que tenía siete años, porque era mentiroso; para ganar dulces, contaba mentiras: me daban dulces para que entretuviera a los niños; y yo, claro, contaba cuentos sentado frente a una vecindad de Peralvillo; así comenzó la cosa, y seguí escribiendo, escribiendo en libretitas, en no sé qué. Faltando como siete, o tal vez diez años para dejar la lucha, comencé a escribir novelas cortas, cuentos cortos en revistas y periódicos. Un día me llamaron de una compañía cinematográfica y me compraron dos de mis cuentos; a mí una revista como Sucesos me pagaba doscientos pesos por un cuento, y Angélica Ortiz me dijo que cuánto quería por ésos, y le dije: pues señora, no sé. Dijo, mire, la compañía no está muy boyante, le damos doce mil pesos por cada uno cuento de éstos. ¡Claro que acepté! Ya que se filmaron me preguntaron si quería ser exclusivo de la compañía y dije que sí, que cuánto me pagaban. Le daremos cien mil pesos al año, pero todo lo que escriba es para nosotros. Dije que sí, ¡claro que sí! Duré allí cinco años. Luego comprendí que me convenía ir más lejos porque había ganado premios mundiales; mejor andar libre, y ahora trabajo para diversas compañías. Varias de mis películas han ganado premios. Tlayucan tiene premios importantes: de Hollywood, de San Sebastián, y un candelabro de Israel.
Pero yo no fui a la escuela. Pedro Ferriz me dice: ¿Hasta que años estudiaste en la Universidad? ¿En cuál universidad estuviste? En ninguna, yo no fui a la escuela. ¡Cómo, no seas payaso! No, yo no fui a la escuela. Yo me vine de Guanajuato, mi tierra natal, a la edad de siete años, caminando de sol a sol durante catorce días, hasta llegar a la colonia Peralvillo. Me vine con mi familia, por hambre, por pobreza absoluta; pero en el camino mi madre me enseñó a leer en un silabario de San Miguel; y yo quería saber más, pero no había dinero, y la escuelita, humilde, particular, cobraba veinte centavos a la semana. ¿Quién tiene veinte centavos a la semana? Entonces yo barría un corral de una señora gorda que no podía hacerlo, y ella me regaló cinco conejos blancos. Fui con la señorita que me enseñaba, sentada en tabiques y banquitos mientras hacía tortillas y le dije: “Señorita, yo quiero saber leer; si usted me ayuda le pago con un conejo cada semana”. Me dio un beso y me dijo que sí, pero en la última el conejo se me escapó y no lo pude alcanzar; ya no pude ir a la escuela. Había una zanja en Juventino Rosas, en Peralvillo; una zanja llena de inmundicias y allí me senté a llorar; y mi hermana Juana, que ya murió y que era tres años mayor que yo, me preguntó por qué lloraba y le dije que porque no tenía dinero para estudiar y yo quería saber mucho. Me dijo: no hay dinero, mi papá está enfermo, mi hermano también, los dos hombres grandes de la casa. Pero hacemos una cosa, Jesús, vamos a robarnos libros. ¡Tienes razón! Yo tenía un centavo; fuimos a un estanquillo donde un viejecito muy pesado y de lentes estaba despachando. Deme un centavo de sal; se volvió lentamente hacia los anaqueles y yo cogí el libro y pude leer: “Historia de Roma”. ¡Qué maravilla debe ser esto! Agarré el libro, y a correr, descalzos, porque ya no teníamos zapatos. Nos persiguieron a ladrillazos; yo llegué bañado en sangre, me abrieron la cabeza; iba rezando ¡Dios mío, que no me agarren! Y no me agarraron. Llegamos a la azotea de la casa, nos tiramos de bruces, y a leer: “Bajo Augusto, nació Cristo; las legiones romanas hacían esto y lo otro y lo de más allá”. Todo lo del esplendor romano, una explicación tremenda que memorizaba, porque soy memorista. Le dije a mi hermana: ¿ves qué bonito, Juana?; la semana que entra nos robamos otro libro. Nos robábamos uno cada semana, y así aprendí. Yo nunca fui a la escuela, señor mío. Pedro Ferriz, Alemán, Agustín, sacerdotes, abogados, gente que viene a mi casa, me dice “maestro”. Cuando se van yo me quedo cabizbajo: “maestro”, ¿de qué? Pero debe haber una pausa en el tiempo y en la noche, en la que el fantasma de un niño ha de andar corriendo, ensangrentado, por Peralvillo, robando libros.
lunes, 14 de julio de 2008
La mitad de Vargas Llosa
En la Biblioteca Mario Vargas Llosa, que publica Alfaguara, acaba de aparecer Teatro. Obra reunida (abril de 2008), que abarca las cinco obras que se conocen o que ha editado el peruano. Una hazaña editorial: 555 páginas con una sola errata, aunque con varios errores, atribuidos todos al autor, sobre todo en las más recientes: le ha dado por asestar una coma cada vez que escribe “pero”, lo que provoca una pausa innecesaria y además antinatural; otro: creo que es el único académico, y además doble académico, que legitima “rol” como sinónimo de función, papel.
Minucias aparte, en este poco más de medio millar de páginas se encuentra lo que el autor ha rescatado de su dramaturgia, su verdadera vocación, según confiesa en el prólogo, aunque ha dejado fuera la prehistórica La huida del inca, anterior a Los jefes y que al parecer nunca se ha publicado.
Si hubiera seguido su verdadera vocación nos hubiera dejado sin un extenso número de obras maestras, y no sabemos si lo hubiera compensado con cuando menos un par de comedias (o dramas) apenas buenas.
No son desconocidas; todas han sido publicadas por Seix-Barral, pero ni con la distribución ni con la contundencia de las novelas; en algunas, aparecen personajes de la narrativa, a veces en el sentido original, otras con un giro por completo inesperado.
Por ejemplo, en Kathie y el hipopótamo uno de los dos personajes principales es Santiago Zavala, también de los principales de Conversaciones en la Catedral; pero mientras que en la novela es el antípoda de Fermín Zavala, su padre (miembro de la iniciativa privada, participante de las corrupciones y las conspiraciones políticas de derecha), en esta obra ya no intenta la pureza, se deja seducir por una alumna que después lo manipula a su antojo, y además debe aceptar chamba de escribano de ella misma; en Conversación vive de su sueldito como periodista; en la obra además da clases de literatura en una universidad; Anita ya no es la compañera que lo ayuda a resistir las presiones de la familia rica (en Kathie es una familia no pobre, sino pobretona), es una rival en el matrimonio convencional, altanera aunque inteligente.
En La Chunga en cambio, aunque hay una acción inesperada, sí conserva la atmósfera de La Casa Verde, el desmadre de los Inconquistables (en la obra, escrita en bajas, a saber por qué), la impertérrita Chunga, el burdel nada sórdido y sí bullanguero, y el grupo con sus pugnas y sus puyas y a pesar de eso la amistad que sobrevive incluso a las traiciones, a las infidelidades, y a que pretenden el amor de la mujer de alguno de ellos.
Hay originalidad en las dos últimas obras del volumen, El loco de los balcones, y Ojos bonitos, cuadros feos; la primera es, también en el orden cronológico, La señorita de Tacna.
En general, excepto la última, que está situada en el “Perú actual”, todas las demás se sitúan entre los años cincuenta y sesenta, la época que más se le da a Vargas Llosa y en que suceden también sus mejores novelas; y algo que llama mucho la atención es que pese a que la dramaturgia no permite demasiadas alteraciones cronológicas ni estructurales, estas obras están llenas de saltos, de cambios de personajes, y de algo que ya no se usa demasiado en el teatro contemporáneo, el mutis (que no es, como se dice en el periodismo actual, quedarse callado) y el monólogo interior, en donde sobran los demás personajes en escena.
Persisten muchos de los temas comunes en la narrativa de Vargas Llosa; la traición, la amistad, los amores frustrados, la insatisfacción, la corrupción (política o personal), el retrato de la sociedad gracias al minucioso retrato de los protagonistas; aparece un interés por cuestiones ambientales, aunque como pretexto para resaltar la pureza de un personaje (otro tema: la honradez que en vez de premiarse o reconocerse es ridiculizada y hasta castigada), y la honestidad como un estorbo de la crítica; además, se habla de la inutilidad de la crítica, e incluso de sus peligros.
Uno de los aspectos que más llama la atención de la narrativa de Vargas Llosa, a partir de La ciudad y los perros, es su habilidad para entrecruzar diálogos de distintos personajes en diferentes situaciones, lo que provoca que haya una lectura en diversos planos y que la respuesta a una pregunta o un comentario sirva para otra pregunta.
Si utiliza este recurso en La ciudad y los perros y en La Casa Verde, en Conversación en la Catedral es constante y recurrente, hila tiempos, aclara acciones que de otra manera se desconocerían, y permite que conozcamos motivos y actos en varios sentidos.
No son las únicas novelas donde emplea este recurso, pero fueron las que le dieron la fama que se merece como uno de los más sólidos y originales intelectuales contemporáneos, quien es respetado a veces no tanto por su pensamiento político, pero sí por su honradez, y como uno de los más temibles polemistas que, además, nunca ha recurrido al truco de descalificar a sus antagonistas, ni menos aún de ridiculizarlos o insultarlos, además de respetar sus puntos de vista, y de defenderlos cuando han sido atacados; anticomunista, es tal vez quien más ha defendido a los comunistas perseguidos, antes que unirse a la persecución.
Esto además se ha reflejado en su narrativa, alejada del maniqueísmo al que se puede caer tan fácilmente; no sucede lo mismo con su dramaturgia, donde casi por definición el lector y el posible espectador toman partido, sea por la solterona que “no supo perdonar” (como dijo Antonio Aguilar en ¡Ahora soy rico!), la muy dominable Meche, el chantajista Lituma (que aparece en varios relatos y novelas de Vargas Llosa) y sobre todo el profesor que defiende los balcones frente al ambicioso proceso modernizador, o la aspirante a pintora que, ante la terrible crítica, decide suicidarse. Ese maniqueísmo debilita las obras, le quita la ambigüedad que permea a la narrativa (e incluso a los ensayos) de Vargas Llosa, y en cambio le da una “ternura” de la que carecen las novelas, aunque no siempre los personajes.
Lo peor no es eso: como todos los grandes narradores (Fuentes, Pacheco, Leñero, García Márquez, Agustín, muchos otros) Vargas Llosa maneja los diálogos de una manera espléndida; son naturales, ágiles, verosímiles; pero sus descripciones los complementan; la manera en que explica que sus personajes se enamoran (Los cachorros, La ciudad y los perros, Conversación en la Catedral, La fiesta del Chivo) es convincente, hace que los lectores entiendan, compartan, se conmuevan; la descripción de la Lima dañada, sucia, resquebrajada por los sismos (La ciudad y los perros, Conversación en la Catedral), habitada por seres fantasmales que observan el deterioro de los protagonistas; los duelos que entablan los personajes que se agudizan con las intervenciones del narrador omnipresente pero que se hace presente con sus pensamientos, o la manera en que aparecen ante los lectores los pensamientos de los personajes ante diversas situaciones, son aportaciones del Vargas Llosa narrador y que le dan una singularidad; las dudas de Santiago Zavala acerca de cuál es la mujer a la que ama, por ejemplo, es explicada de una manera espléndida; o la escena en que Cayo Bermúdez dibuja círculos mientras habla por teléfono con Espina; o la narración del suplicio del Esclavo ante su padre y ante el Jaguar, o cuando hace ver que un personaje tiene celos, miedo, cobardía, orgullo; cuando no sabe qué debe hacer o cuando está decidido, son una parte de la literatura de Vargas Llosa que enriquecen no sólo la narrativa, sino al lector; no sólo es que esté bien escrita: es real, es verosímil.
Por desgracia, y por definición, no aparecen –aunque luchan por colarse— en la dramaturgia; las tramas podrán ser interesantes; los diálogos, buenos; pero es Vargas Llosa a la mitad; falta la parte más rica, más vital, de un escritor extraordinario.
Vargas Llosa suele enlazar acciones de un libro en otro; así, Pichula Cuéllar es primo de los Zavala, y la Tere de Los Cachorros parece ser la misma de La ciudad y los perros, y Lituma aparece en varios lados (Los jefes, La Casa Verde, y tiene su propio libro); así, aparecen en estas obras algunos destellos de otros lados, como las referencias a las radionovelas de La tía Julia, se asoma levemente La China, y sobre todo en las palabras preliminares, aparece el narrador omnipresente y omnisapiente que advierte que lo que va a pasar es un drama en el que nadie puede evitar la tragedia. Es el novelista que se asoma a la dramaturgia como espectador impaciente que quisiera intervenir, pero sabe que no puede ni debe hacerlo.
Son impresiones de lectura; es posible que, representadas, las obras sean mejores, pero así como están parecen la mitad de las obras de Vargas Llosa.
Minucias aparte, en este poco más de medio millar de páginas se encuentra lo que el autor ha rescatado de su dramaturgia, su verdadera vocación, según confiesa en el prólogo, aunque ha dejado fuera la prehistórica La huida del inca, anterior a Los jefes y que al parecer nunca se ha publicado.
Si hubiera seguido su verdadera vocación nos hubiera dejado sin un extenso número de obras maestras, y no sabemos si lo hubiera compensado con cuando menos un par de comedias (o dramas) apenas buenas.
No son desconocidas; todas han sido publicadas por Seix-Barral, pero ni con la distribución ni con la contundencia de las novelas; en algunas, aparecen personajes de la narrativa, a veces en el sentido original, otras con un giro por completo inesperado.
Por ejemplo, en Kathie y el hipopótamo uno de los dos personajes principales es Santiago Zavala, también de los principales de Conversaciones en la Catedral; pero mientras que en la novela es el antípoda de Fermín Zavala, su padre (miembro de la iniciativa privada, participante de las corrupciones y las conspiraciones políticas de derecha), en esta obra ya no intenta la pureza, se deja seducir por una alumna que después lo manipula a su antojo, y además debe aceptar chamba de escribano de ella misma; en Conversación vive de su sueldito como periodista; en la obra además da clases de literatura en una universidad; Anita ya no es la compañera que lo ayuda a resistir las presiones de la familia rica (en Kathie es una familia no pobre, sino pobretona), es una rival en el matrimonio convencional, altanera aunque inteligente.
En La Chunga en cambio, aunque hay una acción inesperada, sí conserva la atmósfera de La Casa Verde, el desmadre de los Inconquistables (en la obra, escrita en bajas, a saber por qué), la impertérrita Chunga, el burdel nada sórdido y sí bullanguero, y el grupo con sus pugnas y sus puyas y a pesar de eso la amistad que sobrevive incluso a las traiciones, a las infidelidades, y a que pretenden el amor de la mujer de alguno de ellos.
Hay originalidad en las dos últimas obras del volumen, El loco de los balcones, y Ojos bonitos, cuadros feos; la primera es, también en el orden cronológico, La señorita de Tacna.
En general, excepto la última, que está situada en el “Perú actual”, todas las demás se sitúan entre los años cincuenta y sesenta, la época que más se le da a Vargas Llosa y en que suceden también sus mejores novelas; y algo que llama mucho la atención es que pese a que la dramaturgia no permite demasiadas alteraciones cronológicas ni estructurales, estas obras están llenas de saltos, de cambios de personajes, y de algo que ya no se usa demasiado en el teatro contemporáneo, el mutis (que no es, como se dice en el periodismo actual, quedarse callado) y el monólogo interior, en donde sobran los demás personajes en escena.
Persisten muchos de los temas comunes en la narrativa de Vargas Llosa; la traición, la amistad, los amores frustrados, la insatisfacción, la corrupción (política o personal), el retrato de la sociedad gracias al minucioso retrato de los protagonistas; aparece un interés por cuestiones ambientales, aunque como pretexto para resaltar la pureza de un personaje (otro tema: la honradez que en vez de premiarse o reconocerse es ridiculizada y hasta castigada), y la honestidad como un estorbo de la crítica; además, se habla de la inutilidad de la crítica, e incluso de sus peligros.
Uno de los aspectos que más llama la atención de la narrativa de Vargas Llosa, a partir de La ciudad y los perros, es su habilidad para entrecruzar diálogos de distintos personajes en diferentes situaciones, lo que provoca que haya una lectura en diversos planos y que la respuesta a una pregunta o un comentario sirva para otra pregunta.
Si utiliza este recurso en La ciudad y los perros y en La Casa Verde, en Conversación en la Catedral es constante y recurrente, hila tiempos, aclara acciones que de otra manera se desconocerían, y permite que conozcamos motivos y actos en varios sentidos.
No son las únicas novelas donde emplea este recurso, pero fueron las que le dieron la fama que se merece como uno de los más sólidos y originales intelectuales contemporáneos, quien es respetado a veces no tanto por su pensamiento político, pero sí por su honradez, y como uno de los más temibles polemistas que, además, nunca ha recurrido al truco de descalificar a sus antagonistas, ni menos aún de ridiculizarlos o insultarlos, además de respetar sus puntos de vista, y de defenderlos cuando han sido atacados; anticomunista, es tal vez quien más ha defendido a los comunistas perseguidos, antes que unirse a la persecución.
Esto además se ha reflejado en su narrativa, alejada del maniqueísmo al que se puede caer tan fácilmente; no sucede lo mismo con su dramaturgia, donde casi por definición el lector y el posible espectador toman partido, sea por la solterona que “no supo perdonar” (como dijo Antonio Aguilar en ¡Ahora soy rico!), la muy dominable Meche, el chantajista Lituma (que aparece en varios relatos y novelas de Vargas Llosa) y sobre todo el profesor que defiende los balcones frente al ambicioso proceso modernizador, o la aspirante a pintora que, ante la terrible crítica, decide suicidarse. Ese maniqueísmo debilita las obras, le quita la ambigüedad que permea a la narrativa (e incluso a los ensayos) de Vargas Llosa, y en cambio le da una “ternura” de la que carecen las novelas, aunque no siempre los personajes.
Lo peor no es eso: como todos los grandes narradores (Fuentes, Pacheco, Leñero, García Márquez, Agustín, muchos otros) Vargas Llosa maneja los diálogos de una manera espléndida; son naturales, ágiles, verosímiles; pero sus descripciones los complementan; la manera en que explica que sus personajes se enamoran (Los cachorros, La ciudad y los perros, Conversación en la Catedral, La fiesta del Chivo) es convincente, hace que los lectores entiendan, compartan, se conmuevan; la descripción de la Lima dañada, sucia, resquebrajada por los sismos (La ciudad y los perros, Conversación en la Catedral), habitada por seres fantasmales que observan el deterioro de los protagonistas; los duelos que entablan los personajes que se agudizan con las intervenciones del narrador omnipresente pero que se hace presente con sus pensamientos, o la manera en que aparecen ante los lectores los pensamientos de los personajes ante diversas situaciones, son aportaciones del Vargas Llosa narrador y que le dan una singularidad; las dudas de Santiago Zavala acerca de cuál es la mujer a la que ama, por ejemplo, es explicada de una manera espléndida; o la escena en que Cayo Bermúdez dibuja círculos mientras habla por teléfono con Espina; o la narración del suplicio del Esclavo ante su padre y ante el Jaguar, o cuando hace ver que un personaje tiene celos, miedo, cobardía, orgullo; cuando no sabe qué debe hacer o cuando está decidido, son una parte de la literatura de Vargas Llosa que enriquecen no sólo la narrativa, sino al lector; no sólo es que esté bien escrita: es real, es verosímil.
Por desgracia, y por definición, no aparecen –aunque luchan por colarse— en la dramaturgia; las tramas podrán ser interesantes; los diálogos, buenos; pero es Vargas Llosa a la mitad; falta la parte más rica, más vital, de un escritor extraordinario.
Vargas Llosa suele enlazar acciones de un libro en otro; así, Pichula Cuéllar es primo de los Zavala, y la Tere de Los Cachorros parece ser la misma de La ciudad y los perros, y Lituma aparece en varios lados (Los jefes, La Casa Verde, y tiene su propio libro); así, aparecen en estas obras algunos destellos de otros lados, como las referencias a las radionovelas de La tía Julia, se asoma levemente La China, y sobre todo en las palabras preliminares, aparece el narrador omnipresente y omnisapiente que advierte que lo que va a pasar es un drama en el que nadie puede evitar la tragedia. Es el novelista que se asoma a la dramaturgia como espectador impaciente que quisiera intervenir, pero sabe que no puede ni debe hacerlo.
Son impresiones de lectura; es posible que, representadas, las obras sean mejores, pero así como están parecen la mitad de las obras de Vargas Llosa.
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