La historia se la achacan tanto a Alfonso Reyes como a don Artemio del Valle-Arizpe, pero como es Gabriel Zaid quien se la atribuye a éste, la doy por verídica: don Artemio paseaba por La Lagunilla, atisbaba en los libros usados, y cuando encontraba un título suyo, sobre todo si llevaba su dedicatoria, lo adquiría y se lo volvía a enviar a quien lo había vendido: “con el renovado afecto de…”.
En Libros Escogidos, lo cuento en la parte que me corresponde de El juego de las sensaciones elementales, Polo Duarte tenía dos cajas de zapatos en donde guardaba, recortadas, páginas con dedicatorias de escritores noveles o afamados, que iban a caer a las manos de Polo; me dejó leer las de una de las cajas, compartiendo un placer malvado, y me contagió esa curiosidad por encontrar en las librerías de viejo, o de lance, libros dedicados; en La Torre de Lulio no sólo no los esconden, sino que a veces los exponen.
Cuando fallece un escritor, los deudos suelen vender su biblioteca; así, a mi amiga Dora Seles pude conseguirle una primera edición de Balún-Canán, con la que terminó de hacer su edición crítica de la novela de Rosario Castellanos; no me arrepiento, porque yo tengo un ejemplar de la segunda edición, con dedicatoria a una amiga; quiso la casualidad de que perteneciera a la hermana de un gran amigo, quien por ello se enteró que sus sobrinos estaban deshaciéndose de la biblioteca familiar; se lo ofrecí, pero no quiso aceptarlo.
No siempre es inmediata la venta; hace unos meses conseguí unos ejemplares raros de la biblioteca de Jaime Torres Bodet, dedicados por escritores entonces jóvenes que mostraban su entusiasmo y admiración por el entonces secretario de Educación Pública por segunda vez; lo grave es que los ejemplares están intonsos, quiero creer que porque don Jaime estaba muy ocupado con su segunda campaña de alfabetización y con el reparto de desayunos escolares.
Tengo algunos libros con doble dedicatoria: una para un amigo del autor, y otra para mí, certificando la autenticidad de la primera; por eso cuando uno se deshace de ejemplares que ya no caben en nuestros libreros, hay que quitarles la página con la dedicatoria; si se deja, por descuido, puede caer en las manos del autor que se dará por ofendido y sufrirá un ataque de paranoia, tan común en los literatos, y creerá que se trata de una conjura en su contra; pero cuando un escritor se enoja con otro, su reacción es más visceral que la de deshacerse de los libros mediante canje o venta en librerías de lance: los destruye, como hizo Daniel Cosío Villegas con las obras completas de Alfonso Reyes, según cuenta Enrique Krauze, o se los regresa intactos e intonsos.
A propósito de Alfonso Reyes, he conseguido algunas primeras ediciones doblemente valiosas, por lo raro del ejemplar y por la gente a quienes se las dedicó: Cuestiones estéticas “a don Luis Sánchez”; Ifigenia cruel, “A mi querido Vicente, este drama cruel y saludable”, fechado en Madrid, 31 de octubre de 1924; Las vísperas de España, con ex libris de Fernando Prieto López; De viva voz, sin la página de cortesía, por lo que es casi imposible saber quién fue su poseedor; Horas de Burgos, una sencilla pero cálida “A Carlos. Alfonso”; Memorias de cocina y bodega, “Guadalupe Michel”; no tengo, por desgracia, ninguno de don Artemio, quien se cuidó que no volviera nadie a deshacerse de sus libros dedicados.
Valdría la pena leer, si es cierto lo que dice García Márquez, los libros dedicados a Artur Lundkvist, quien recomendaba a los autores hispanohablantes para que se les considerara candidatos al premio Nobel; aunque seguramente nos ganaría el pudor, como sucede cuando vemos en la biblioteca de algún amigo las dedicatorias elogiosas y algunas zalameras.
No que estuvieran dedicados, pero sí con ex libris de propietarios orgullosos, he encontrado algunas de las joyas de la literatura mexicana, lo que hace recordar el pasaje narrado por Salvador Novo cuando llegó a interrumpir su plática con el presidente Miguel Alemán Valdés un conocido bibliómano, Salvador Ugarte, quien se quejaba de que a su casa llegaban a ofrecerle primeras ediciones, que él advertía habían sido sustraídos de alguna biblioteca pública; los adquiría y los regresaba, pero tenía el temor de que a su muerte sus herederos, poco dados a la lectura, los remataran y se desperdigaran sus tesoros; “¿qué hago, señor presidente?”, le decía a Alemán, “¡qué hago con mis libros?”; “Hombre, don Salvador, ¿por qué no los lee!”, dijo Novo, gandalla como era; así, me he encontrado joyas bibliográficas que adquiero no sin cierto remordimiento, aunque disfruto mostrándolos a quienes sé que los ambicionan; así, tengo libros de Novo, Villaurrutia y Pellicer que salieron de bibliotecas donde no los apreciaban; algunos, muy baratos; otros, que me han dejado sin comer casi una quincena.
Todo esto, porque una indiscreta cadena de librerías que se dedican al cambaceo de libros viejos, y que califican de agotados, raros, primeras ediciones, y ejemplares dedicados, tienen en oferta algunas joyas dedicadas; los venden carísimos, pero tienen el valor agregado, como dicen los comunicólogos, de estar dedicados a alguien que en su momento el autor supuso que era su amigo; sin embargo, no se deshacen de títulos de algunos autores, lo que pudiera darnos alguna idea de un valor intrínseco de ciertos escritores. Por ejemplo, no tienen a la venta ningún libro autografiado por Julio Cortázar, y hay 117 de Gabriel García Márquez; muchos no están dedicados y firmados por él, sino por los antiguos propietarios, pero ofrecen una tercera edición de El coronel no tiene quien le escriba, “a Pepe, mi amigo. Gabriel”, en pleno 1967; el apellido me lo reservo, porque es un Pepe muy famoso; el ejemplar, muy conocido por todos, breve e intenso (no intonso) lo ofrecen en 430 euros.
De Miguel Ángel Asturias se ofrecen 16 ejemplares, dos de los cuales son verdaderos hallazgos: el ejemplar 51 de un tiraje de cien, de Leyendas de Guatemala, a casi 800 euros, y una segunda edición de El señor presidente, a 580 euros, dedicada con afecto, y parcialmente intonsa; el halagado no terminó siquiera de leerla.
De Octavio Paz se ofrece más de 80 ejemplares, pero en su descargo, la mayoría son ediciones que desde el principio ya estaban firmadas, porque eran limitadas, de pocos ejemplares; la más atractiva es Petrificada / Petrificante, con la firma de Paz y de Tapiès, a nadie en particular, que ofrecen por 14,500 euros; los que no son ediciones “firmadas por el autor”, son títulos agotados hace mucho tiempo, cuyo poseedor seguramente está fallecido, aunque anda entre ellos un ejemplar de Viento entero (que nunca he visto), dedicado a un autor célebre, “con un gran abrazo”, a 544 euros.
José de la Colina asegura que recuperó los ejemplares que había regalado de su Cuentos para vencer a la muerte, y que compró los que había en Zaplana; todos menos dos, cuando menos; uno que tengo, sin dedicatoria ni nada, y otro que ofrecen en 150 euros, firmado para Olivia Zúñiga.
Hay 13 ejemplares de Alfonso Reyes; destacan dos, aunque en varios las dedicatorias son muy afectuosas: un Las vísperas de España, dedicado a José Juan Tablada, y otro, De un autor censurado en el Quijote, a Ventura (¿García Calderón?) / ventura / y recuerdo / Alfonso / Industria 122”.
Los mexicanos somos más cuidadosos; la mayoría de quienes fueron dueños y ya no lo son de estos libros, son casi todos extranjeros; nosotros respetamos y nos encariñamos más; son los fuereños los que, desarraigados, se deshacen de ellos para hacerle lugar a otros títulos de otros autores. Aunque no deja de haber algunos títulos en Donceles que uno descubre y que reenvía a los ingratos que se deshicieron de ellos. Pero no soy tan indiscreto. (Aunque a veces los compro y se los enseño a los afectados o chantajeo a los que los vendieron.)
lunes, 17 de agosto de 2009
lunes, 10 de agosto de 2009
La imaginación de Leñero
Contra lo que él mismo opina, creo que Vicente Leñero es uno de los grandes novelistas mexicanos; aunque haya renunciado a los experimentos que caracterizaron su narrativa, el ciclo que va de Los albañiles a Redil de ovejas, incluida la reescritura de La voz adolorida –como A fuerza de palabras— es uno de los grandes momentos de la literatura mexicana, y siguen siendo válidas sus propuestas estructurales; creo que Estudio Q está a la altura de las mejores obras, digamos Cambio de piel, Obsesivos días circulares, Morirás lejos y, contemporánea pero publicada mucho después, Rito de iniciación.
Por ello, leo todo lo que puedo de él, aunque ya no incursione en los terrenos de la experimentación –lo hace, pero de manera menos radical—, y aunque haya anunciado su retiro de la novela y su incursión en un género curioso, que es mezclar realidad con ficción, o mejor, escribir relatos con nombres de personajes reales, y que muchas veces coinciden con la conducta del personaje del que llevan el nombre; así, quedan como relatos algunas leyendas sobre escritores amigos de Leñero, como la cleptomanía de superestrellas, la dipsomanía de otros, la coquetería de casi todos; escritos breves que parecen viñetas, retratos pícaros o anécdotas curiosas; con ese esquema editó recientemente Gente así, con muchos de esos escritos publicados en la Revista de la Universidad.
Pero Salvador González, siempre pendiente de las novedades bibliográficas, me muestra un libro que desconocía, del que no vi reseñas ni me lo topé en ninguna de las muy escuetas, indiferentes librerías capitalinas, ni mucho menos en las más vacías de provincia que casualmente haya visitado; me conduce hasta el mayor kiosko que haya visto nunca, y pone en mis manos, extremadamente barato, Sentimiento de culpa, con el subtítulo de Relatos de la imaginación y la realidad, además tan barato que me hizo sospechar, por fortuna sin fundamento, que se trataba de una edición pirata; publicado por el sello Plaza y Janés (antes Plaza & Janés), pero cuyo ® está adjudicado a Random House, y publicado en 2005.
Seguir la bibliografía de Leñero ha sido difícil; el mismo Gerardo de la Torre, en Vivir del cine, comete omisiones y errores, pese a su cercanía con Leñero; sobre todo en lo que respecta a sus obras de teatro, mucho me temo que me haya perdido alguna o varias de ellas; y en cuanto la recopilación de sus relatos, estoy seguro que me falta más de una; todo ello, más la advertencia de que en uno de los relatos aparecía mi amigo Bernardo Giner de los Ríos, devoré el primer cuento del libro en el viaje de Taxqueña a Nativitas, descuidando otra lectura urgente y también placentera, que más tarde me apresuré a terminar para clavarme en el “Sentimiento de culpa”.
El primer relato me desconcertó; no debería haberme pasado, porque en las viñetas para la Revista de la Universidad Leñero ha sido indiscreto y ha balconeado a conocidos y a amigos, pero en éste, que da título al volumen, señala conductas que me parecen inverosímiles; la protagonista, autora ya consagrada por crítica y lectores, recibe el encargo de Joaquín Mortiz de que redacte un dictamen desfavorable que le sirva a Joaquín Díez-Canedo para rechazar a un autor impertinente al que ya ha rechazado dos libros malos, y quiere que ése sea el definitivo; tras entregarlo, en una presentación de un libro de otra autora, el joven rechazado se le acerca, le da la falsa noticia de que lo van a editar en Mortiz, y le pide que lo ayude a localizar y resolver errores; ella, que no había leído el manuscrito completo, ahora sí lo hace, y aunque sigue estando de acuerdo con su dictamen, encuentra algo atractivo en la trama, pero al volver a ver al novel autor éste le confiesa que ya sabía que era la autora del rechazo y sólo quería hacerle una canallada.
La anécdota es verosímil; muchísimos autores han visto despedazadas sus ilusiones por un dictamen desfavorable; las editoriales tienen dictaminadores que no siempre son los adecuados para cierto tipo de obras; el mismo Leñero sufrió la negativa del Fondo de Cultura Económica para publicar Los albañiles; no sé de quién haya sido la indiscreción, pero se sabe que fue Emmanuel Carballo quien la rechazó, y confirmó su opinión cuando la novela ganó el premio Biblioteca Breve, y luego debió asumirlo en el prólogo a la autobiografía precoz, muy poco tiempo después. No sólo Los albañiles, muchos otros libros fueron rechazados y después encontraron un editor menos exigente, o más preparado y más adecuado. Las anécdotas sobran y pronto hablaré aquí de algunas de ellas; incluso, las editoriales solían tener hasta tres dictaminadores para ciertos libros, y si dos la aceptaban y otro la rechazaba, el libro se publicaba; si había unanimidad, el editor aceptaba la opinión de los tres.
Lo que me parece inverosímil no es eso, sino otros muchos detalles; no que Joaquín Mortiz tuviera dictaminadores; indiscreciones propias o de terceros nos han hecho saber que el propio Leñero, Gustavo Sainz, José Agustín, entre muchos otros, ejercieron ese oficio para Mortiz; han hecho saber incluso que a ellos se debe la publicación de alguna novela célebre. Pero también se sabe que los principales dictaminadores de Mortiz fueron el propio Díez-Canedo y Bernardo Giner de los Ríos; por la publicación de algunos títulos, es conocida la generosidad de ambos, y también que no necesitaron opiniones de terceros para rechazar de manera tajante muchos títulos; no me resisto a creer que Bernardo le haya coqueteado a la protagonista, quien tras entregar su dictamen va a saludarlo; lo que sucede es que fui testigo de que no necesitó coquetear: autoras, periodistas, simples visitantes iban a coquetearle a él, siempre entregado a la lectura de algún manuscrito, a la revisión de galeras o páginas, y a tranquilizar a autores impacientes por que se publicara su texto; Bernardo coqueteaba fuera de la editorial, no dentro; pero todo cabría en una ficción; lo que me parece inverosímil es que él fuera capaz de decirle a nadie quién era el autor del dictamen.
Otras inexactitudes: cuando Joaquín Mortiz estaba en Tabasco 106 no había tantas presentaciones de libros, ni mucho menos en la entonces inexistente Casa Lamm, ni los protagonistas podían citarse en El Péndulo de Nuevo León ni en ningún otro: no existían; Mónica Lavín, de quien la protagonista presenta un libro, no había publicado novela, sino dos libros de cuentos.
La ficción puede permitirse todas las libertades; sin embargo, para que el lector las crea tienen que parecer reales.
Más detalles; “Sentimiento de culpa” parte de la misma anécdota de El garabato: un lector profesional que es incapaz de entender la propuesta de un autor novel y lo rechaza sin más, sin entender, y posiblemente se pierda una obra maestra por exigir artificios en vez de la verdadera esencia de la literatura.
El resto de los relatos sigue el mismo camino del primero, con protagonistas célebres: Garibay, Rulfo, Arreola, Lizalde (Eduardo), Scherer, Carlos Salinas; hay otro, sin tanto personaje real, que hace recordar A fuerza de palabras; todos dejan con la duda de que sea una anécdota real o inventada, aunque más parezca lo segundo, porque la mayoría de los personajes habla igual a Leñero, que maneja de manera excelente el lenguaje, aunque aquí está más preocupado por retratar a un personaje que en hacerlo verosímil.
Pero el último relato llama la atención: “Toque de sacrificio” habla de beisbol, y vuelven a aparecer nombres reales: Fernando Valenzuela, Mike Brito, Tom Lasorda, y un buscador que más parece Corito Varona que cualquier otro; el buscador, a instancias de Valenzuela, se apersona en la Liga del Pacífico para ver lanzar a un pitcher que nunca ha pitcheado en la Liga Mexicana ni en ligas estadounidenses, lo cual es irreal; Leñero es un fanático del beisbol, el mejor cuento de su primer libro, La polvareda, se llama “El último out” y está ambientado en el beisbol; coordinó, con Gerardo de la Torre, también beisbolero, Pisa y corre, libro con cuentos de ambiente de beisbol (el mejor es uno de José Agustín, otro fanático del beis); por eso extrañan tantas inexactitudes: el buscador le reclama al pitcher que haya comenzado lanzando rectas de 60 millas por hora para llegar a la séptima con rectas de 90; una recta de 60 millas por hora es más lento que un cambio de velocidad; ni siquiera Randy Jones, pitcher estelar de los Padres de San Diego en los años setenta, tiraba tan lento (Pete Rose, primer bat de Cincinnati, le aceptó la primera pitcheada, pidió tiempo y se recargó a esperar; el umpire le preguntó para qué pedía tiempo, y Rose contestó: no es para mí sino para él, para que termine de calentar el brazo); si un buscador viera eso se retiraría del parque, porque además no tiene tanto control: da dos bases por bolas; cuando el buscador dice que tiene interés pero no premura en el pitcher, explica que Dodgers, el equipo para el que trabaja, tiene completo el staff de pitcheo, por lo que no lo necesitan por el momento: las Ligas Mayores no contratan directamente para el equipo grande, sino que mandan a los prospectos a sus sucursales, a sus varias sucursales, donde los tienen dos o tres temporadas antes de probarlos en el equipo grande; más aún, en septiembre se expande el roster y entonces suben a los más destacados de las sucursales y los alternan con los titulares; también dice el pitcher que su familia, sonorense, es amiga de la de Valenzuela y de la familia de la esposa de Valenzuela, sólo que Linda Valenzuela no es de Sonora, como los personajes del relato: es de Yucatán, donde la conoció Valenzuela cuando jugaba para Leones; afirma que Valenzuela ponchó a Reggie Jackson en el Juego de Estrellas de 1986, en donde Jackson no participó. Y peor: el buscador más bien quiere llevarse al hermano del pitcher como segunda base, porque no tienen bien cubierta esa posición (en eso Leñero tiene razón: tenían a Steve Sax; un chiste de esa época era que Sax y My Cool Jack Sun, el rey del pop, se parecían en que ambos usaban un solo guante y nadie sabía para qué servía); finalmente lo contratan y el primer año le dan el Cy Young; Leñero nos priva de lo mejor del cuento: la temporada tan extraordinaria que debe haber tenido ese segunda base, que hace que le den el premio que se otorga al mejor pitcher del año.
Leñero abusa de la imaginación.
Por ello, leo todo lo que puedo de él, aunque ya no incursione en los terrenos de la experimentación –lo hace, pero de manera menos radical—, y aunque haya anunciado su retiro de la novela y su incursión en un género curioso, que es mezclar realidad con ficción, o mejor, escribir relatos con nombres de personajes reales, y que muchas veces coinciden con la conducta del personaje del que llevan el nombre; así, quedan como relatos algunas leyendas sobre escritores amigos de Leñero, como la cleptomanía de superestrellas, la dipsomanía de otros, la coquetería de casi todos; escritos breves que parecen viñetas, retratos pícaros o anécdotas curiosas; con ese esquema editó recientemente Gente así, con muchos de esos escritos publicados en la Revista de la Universidad.
Pero Salvador González, siempre pendiente de las novedades bibliográficas, me muestra un libro que desconocía, del que no vi reseñas ni me lo topé en ninguna de las muy escuetas, indiferentes librerías capitalinas, ni mucho menos en las más vacías de provincia que casualmente haya visitado; me conduce hasta el mayor kiosko que haya visto nunca, y pone en mis manos, extremadamente barato, Sentimiento de culpa, con el subtítulo de Relatos de la imaginación y la realidad, además tan barato que me hizo sospechar, por fortuna sin fundamento, que se trataba de una edición pirata; publicado por el sello Plaza y Janés (antes Plaza & Janés), pero cuyo ® está adjudicado a Random House, y publicado en 2005.
Seguir la bibliografía de Leñero ha sido difícil; el mismo Gerardo de la Torre, en Vivir del cine, comete omisiones y errores, pese a su cercanía con Leñero; sobre todo en lo que respecta a sus obras de teatro, mucho me temo que me haya perdido alguna o varias de ellas; y en cuanto la recopilación de sus relatos, estoy seguro que me falta más de una; todo ello, más la advertencia de que en uno de los relatos aparecía mi amigo Bernardo Giner de los Ríos, devoré el primer cuento del libro en el viaje de Taxqueña a Nativitas, descuidando otra lectura urgente y también placentera, que más tarde me apresuré a terminar para clavarme en el “Sentimiento de culpa”.
El primer relato me desconcertó; no debería haberme pasado, porque en las viñetas para la Revista de la Universidad Leñero ha sido indiscreto y ha balconeado a conocidos y a amigos, pero en éste, que da título al volumen, señala conductas que me parecen inverosímiles; la protagonista, autora ya consagrada por crítica y lectores, recibe el encargo de Joaquín Mortiz de que redacte un dictamen desfavorable que le sirva a Joaquín Díez-Canedo para rechazar a un autor impertinente al que ya ha rechazado dos libros malos, y quiere que ése sea el definitivo; tras entregarlo, en una presentación de un libro de otra autora, el joven rechazado se le acerca, le da la falsa noticia de que lo van a editar en Mortiz, y le pide que lo ayude a localizar y resolver errores; ella, que no había leído el manuscrito completo, ahora sí lo hace, y aunque sigue estando de acuerdo con su dictamen, encuentra algo atractivo en la trama, pero al volver a ver al novel autor éste le confiesa que ya sabía que era la autora del rechazo y sólo quería hacerle una canallada.
La anécdota es verosímil; muchísimos autores han visto despedazadas sus ilusiones por un dictamen desfavorable; las editoriales tienen dictaminadores que no siempre son los adecuados para cierto tipo de obras; el mismo Leñero sufrió la negativa del Fondo de Cultura Económica para publicar Los albañiles; no sé de quién haya sido la indiscreción, pero se sabe que fue Emmanuel Carballo quien la rechazó, y confirmó su opinión cuando la novela ganó el premio Biblioteca Breve, y luego debió asumirlo en el prólogo a la autobiografía precoz, muy poco tiempo después. No sólo Los albañiles, muchos otros libros fueron rechazados y después encontraron un editor menos exigente, o más preparado y más adecuado. Las anécdotas sobran y pronto hablaré aquí de algunas de ellas; incluso, las editoriales solían tener hasta tres dictaminadores para ciertos libros, y si dos la aceptaban y otro la rechazaba, el libro se publicaba; si había unanimidad, el editor aceptaba la opinión de los tres.
Lo que me parece inverosímil no es eso, sino otros muchos detalles; no que Joaquín Mortiz tuviera dictaminadores; indiscreciones propias o de terceros nos han hecho saber que el propio Leñero, Gustavo Sainz, José Agustín, entre muchos otros, ejercieron ese oficio para Mortiz; han hecho saber incluso que a ellos se debe la publicación de alguna novela célebre. Pero también se sabe que los principales dictaminadores de Mortiz fueron el propio Díez-Canedo y Bernardo Giner de los Ríos; por la publicación de algunos títulos, es conocida la generosidad de ambos, y también que no necesitaron opiniones de terceros para rechazar de manera tajante muchos títulos; no me resisto a creer que Bernardo le haya coqueteado a la protagonista, quien tras entregar su dictamen va a saludarlo; lo que sucede es que fui testigo de que no necesitó coquetear: autoras, periodistas, simples visitantes iban a coquetearle a él, siempre entregado a la lectura de algún manuscrito, a la revisión de galeras o páginas, y a tranquilizar a autores impacientes por que se publicara su texto; Bernardo coqueteaba fuera de la editorial, no dentro; pero todo cabría en una ficción; lo que me parece inverosímil es que él fuera capaz de decirle a nadie quién era el autor del dictamen.
Otras inexactitudes: cuando Joaquín Mortiz estaba en Tabasco 106 no había tantas presentaciones de libros, ni mucho menos en la entonces inexistente Casa Lamm, ni los protagonistas podían citarse en El Péndulo de Nuevo León ni en ningún otro: no existían; Mónica Lavín, de quien la protagonista presenta un libro, no había publicado novela, sino dos libros de cuentos.
La ficción puede permitirse todas las libertades; sin embargo, para que el lector las crea tienen que parecer reales.
Más detalles; “Sentimiento de culpa” parte de la misma anécdota de El garabato: un lector profesional que es incapaz de entender la propuesta de un autor novel y lo rechaza sin más, sin entender, y posiblemente se pierda una obra maestra por exigir artificios en vez de la verdadera esencia de la literatura.
El resto de los relatos sigue el mismo camino del primero, con protagonistas célebres: Garibay, Rulfo, Arreola, Lizalde (Eduardo), Scherer, Carlos Salinas; hay otro, sin tanto personaje real, que hace recordar A fuerza de palabras; todos dejan con la duda de que sea una anécdota real o inventada, aunque más parezca lo segundo, porque la mayoría de los personajes habla igual a Leñero, que maneja de manera excelente el lenguaje, aunque aquí está más preocupado por retratar a un personaje que en hacerlo verosímil.
Pero el último relato llama la atención: “Toque de sacrificio” habla de beisbol, y vuelven a aparecer nombres reales: Fernando Valenzuela, Mike Brito, Tom Lasorda, y un buscador que más parece Corito Varona que cualquier otro; el buscador, a instancias de Valenzuela, se apersona en la Liga del Pacífico para ver lanzar a un pitcher que nunca ha pitcheado en la Liga Mexicana ni en ligas estadounidenses, lo cual es irreal; Leñero es un fanático del beisbol, el mejor cuento de su primer libro, La polvareda, se llama “El último out” y está ambientado en el beisbol; coordinó, con Gerardo de la Torre, también beisbolero, Pisa y corre, libro con cuentos de ambiente de beisbol (el mejor es uno de José Agustín, otro fanático del beis); por eso extrañan tantas inexactitudes: el buscador le reclama al pitcher que haya comenzado lanzando rectas de 60 millas por hora para llegar a la séptima con rectas de 90; una recta de 60 millas por hora es más lento que un cambio de velocidad; ni siquiera Randy Jones, pitcher estelar de los Padres de San Diego en los años setenta, tiraba tan lento (Pete Rose, primer bat de Cincinnati, le aceptó la primera pitcheada, pidió tiempo y se recargó a esperar; el umpire le preguntó para qué pedía tiempo, y Rose contestó: no es para mí sino para él, para que termine de calentar el brazo); si un buscador viera eso se retiraría del parque, porque además no tiene tanto control: da dos bases por bolas; cuando el buscador dice que tiene interés pero no premura en el pitcher, explica que Dodgers, el equipo para el que trabaja, tiene completo el staff de pitcheo, por lo que no lo necesitan por el momento: las Ligas Mayores no contratan directamente para el equipo grande, sino que mandan a los prospectos a sus sucursales, a sus varias sucursales, donde los tienen dos o tres temporadas antes de probarlos en el equipo grande; más aún, en septiembre se expande el roster y entonces suben a los más destacados de las sucursales y los alternan con los titulares; también dice el pitcher que su familia, sonorense, es amiga de la de Valenzuela y de la familia de la esposa de Valenzuela, sólo que Linda Valenzuela no es de Sonora, como los personajes del relato: es de Yucatán, donde la conoció Valenzuela cuando jugaba para Leones; afirma que Valenzuela ponchó a Reggie Jackson en el Juego de Estrellas de 1986, en donde Jackson no participó. Y peor: el buscador más bien quiere llevarse al hermano del pitcher como segunda base, porque no tienen bien cubierta esa posición (en eso Leñero tiene razón: tenían a Steve Sax; un chiste de esa época era que Sax y My Cool Jack Sun, el rey del pop, se parecían en que ambos usaban un solo guante y nadie sabía para qué servía); finalmente lo contratan y el primer año le dan el Cy Young; Leñero nos priva de lo mejor del cuento: la temporada tan extraordinaria que debe haber tenido ese segunda base, que hace que le den el premio que se otorga al mejor pitcher del año.
Leñero abusa de la imaginación.
lunes, 3 de agosto de 2009
Un éxito y tres regresiones de Pedro Infante
Después de Los tres huastecos, en la que Infante demuestra que era un actor, no un charro cantor, tuvo una regresión con Angelitos negros, de Joselito Rodríguez, que no tenía ni la habilidad ni la sensibilidad de su hermano Ismael; basada en un argumento del propio Joselito, a su vez inspirado en una canción de Manuel Álvarez y Andrés Eloy Blanco, cursi y chantajista, la cinta pone a la muy rubia Emilia Guiú como madre de la embadurnada Titina Romay haciéndola de niñita negra, insuperable en su papel de llorona y chantajista; Infante traía todavía el empuje de Los tres huastecos, y le sobra vitalidad, entusiasmo y alegría ante los lloriqueos de Romay y los pucheros de Guiú, una de las actrices más misteriosas del cine mexicano: en algunas películas aparecía bella y sensual, y en otras, como ésta, desabrida y sangrona. Un desperdicio de ambos actores en una cinta previsible y mal dirigida. Tiene una aparición menor María Victoria Llamas, hermana de La Tucita.
Sin embargo, después se desquitó con Ustedes los ricos, una de sus actuaciones más comentadas, porque es una de las cintas más melodramáticas, violentas y estremecedoras; aún ahora es difícil de ver, sobre todo por la escena del “¡Torito, Torito!”, rodeada de una leyenda: se dice que después de filmada, mientras todo el equipo de rodaje, actores, extras y técnicos estaban conmovidos hasta las lágrimas, después de una orden de que cortaran (“¡corten!”) que no se salía a Ismael Rodríguez porque tenía un nudo en la garganta, Infante soltó una de sus carcajadas estruendosas que desconcertó a todos: ¡qué buen actor, cómo no puso y mírenlo!; después surgió otra versión que afirma que Infante soltó la carcajada para liberar la tensión, porque durante el rodaje de la escena se acordó y sintió el fallecimiento reciente de su pequeña hija, o sobrina, o hija adoptiva, son muchas las versiones y poco confiables las fuentes. Lo cierto es que esta escena, reputada como la más dramática de nuestra historia fílmica, conmueve aún a los teleespectadores.
Pero tiene muchas otras características: más melodramática que su antecedente (¿de dónde habrán sacado la palabra "precuela" los nuevos columnistas de espectáculos?) Nosotros los pobres, tiene la misma agilidad, el mismo sentido del humor, está llena de referencias culturales, y desparrama un erotismo que no podía destaparse en la primera de la saga. No los momentos cursis en que el niño hace travesuras, sino en la aparición de personajes que merecerían una película para ellos mismos, como la de la rica rebelde Nelly Montiel, quien cansada de lo insípido que es su marido Miguel Manzano, coquetea con el inocente de Pepe el Toro, lo lleva a seducirlo ¡en el cumpleaños de la Romántica!, a la que ya todos, actores y público, le dicen La Chorreada. Infante la lleva a un cabaret, donde el anunciador Hernán Vera dedica “Nereidas” a Pepe el Toro "y dama que lo acompaña"; Infante, aunque explica que no sabe bailar, pero que están obligados a hacerlo, comienza el danzón con un caderazo muy marcado, que la cámara toma directamente, muchísimo antes de que se descararan las mujeres confirmando que veían las tambochas masculinas con la misma lascivia con que ellas son observadas (“como sopesando”); no sólo el baile, también un faje en un auto, y los besos que son muchos pero que no insinúan que haya habido algo más, son más torrentes que los que debería sostener con Blanca Estela Pavón, pero cada vez que lo intenta se entromete Chachita, “en medio de nosotros como un dios”, dice Jorge Ayala Blanco; la aparición de Freddy Fernández, cómica por las torpezas del personaje (“Atita”, por atarantado) aunque tan llorón como el Pinocho de la antecesora, y la de Fernando Soto Mantequilla como un bracero que regresa de Estados Unidos (hay que recordar que es 1948, el año en que comienza la repatriación de quienes se fueron a la pizca), y que refrescan el ambiente.
La cinta es ágil, bien actuada en lo general, marca muy bien los suspensos, la tragedia, las tensiones; tiene excelente ritmo, y vuelve a estar beneficiada por la actuación de la mayoría; en primer lugar, los villanos Jorge Arriaga y José Muñoz; Arriaga está excelente y se gana el odio del espectador, y cuando aparece en el cabaret advierte al público que “algo va a pasar”, como dice Juan García El Peralvillo en Mi querido capitán; Mimí Derba como ricachona altanera y arrogante se gana también la enemistad del público, aunque al final lo conmueve cuando busca refugio entre los pobres, dando pie a un albur de La Guayaba y La Tostada, que están muy bien sin ceder a la sobreactuación que propiciaban sus personajes; Miguel Manzano está convincente como marido cornudo que también busca la redención, y Juan Pulido atrae simpatía como el pintor que no se atreve a ser bohemio, y se queda a medias, como diletante; Ismael Rodríguez lo utiliza para contestar a Diego Rivera el mural del Hotel del Prado, cuando, espiando en la vecindad de Pepe el Toro, charla con Wilhelmy y Magaña, y cuando se va, una pregunta a la otra si no será “Diego de Rivera”, a lo que la otra contesta que “Diego de Rivera no existe”.
Infante es muy exigido en la trama, y sale bien librado: es convincente, gracioso, no se sobreactúa ni siquiera en los momentos más tensos, lo que no logra Pavón.
La cinta, una de las más populares y logradas de la historia del cine mexicano, fue estrenada en el Palacio Chino, lo cual representaba un avance respecto de otras que tenían su primera función en el cine Nacional.
Pero siguieron los altibajos; las dos siguientes cintas de Infante son de Roberto Rodríguez: Dicen que soy mujeriego, cinta menor aunque simpática, con Sara García repitiendo su papel de Luisa García, y El seminarista, también de Roberto Rodríguez. No son despreciables porque tienen detalles graciosos, algunos memorables; si Dicen que soy mujeriego repite el esquema de Los tres García (Infante conquistador, pero no le interesa conservarlas; como en Los tres García, al besarlas les quita un arete, símbolo bastante obvio de la entrega, aunque sea involuntaria de parte de ellas, tanto que alguna ni se da cuenta, lo que significa una derrota para el mujeriego; Sara García de abuela mandona pero orgullosa de su nieto, aunque le regañe por llegar tarde de parranda, le consiente sus desmanes); interviene un villano muy simpático, Rodolfo Landa, quien trama una trampa para hacer creer que La Tucita, que repite su papel de vivaracha de Los tres huastecos, vuelve a robarse la cinta desde que aparece; Silvia Derbez menos sensual que en Baile, mi rey, anticipa su papel de llorona de las telenovelas; una tremenda Amalia Aguilar le da picardía a la cinta, que pese a lo esquemática, tiene gracia; una escena en donde hay una especie de duelo en canciones entre Infante y Derbez en un establo, que añade sabor a la cinta, pero por desgracia no trasciende.
El seminarista quiere provocar, dice García Riera, un equívoco que alarme al público, al hacer creer que el seminarista, ya sacerdote, tiene amoríos con Silvia Derbez; al final se revela que sólo se vistió de sotana para rememorar con el sacerdote Mantequilla tiempos pasados, con una aventura harto sabrosa, no con la púdica Derbez, sino con la muy sensual Katy Jurado; la cinta se la lleva ella, junto con Arturo Soto Rangel, tío bastante relajiento y hasta blasfemo de un Infante que confunde lo religioso con lo delicadito; resiste a medias los embates de una Jurado muy atrevida e inquietante, y vuelven a utilizar a La Tucita, otra vez simpática y desenvuelta pero menos natural, como trampa contra Infante. Soto Rangel y Jurado están simpáticos, mucho más ligeros aunque su papel sea pecaminoso, que la pareja protagonista, aunque ninguno esté mal; lo malo de la cinta es la dirección plana, poco sutil y maniquea. Quién sabe cómo se liberó de ella Mantequilla, quien se luce aunque su personaje sea limitado y lamentable.
Estas dos cintas se estrenaron, la primera, en el cine Ópera, en Luis Moya, y la segunda en el cine Nacional, lo que demuestra que pese a las buenas actuaciones en Los tres huastecos y en Ustedes los ricos, Infante no acababa de conquistar al público de clase media, y sus simpatías iban dirigidas hacia el público popular, pero no precisamente porque se identificaran con él y sus personajes; faltaba mucho para que el espectador pudiente mostrara su preferencia por él; faltaban algunas de sus más sobresalientes interpretaciones, pero las películas que tenían éxito y le dieron popularidad no fueron las mejores, y sí las que lo desperdiciaban.
Sin embargo, después se desquitó con Ustedes los ricos, una de sus actuaciones más comentadas, porque es una de las cintas más melodramáticas, violentas y estremecedoras; aún ahora es difícil de ver, sobre todo por la escena del “¡Torito, Torito!”, rodeada de una leyenda: se dice que después de filmada, mientras todo el equipo de rodaje, actores, extras y técnicos estaban conmovidos hasta las lágrimas, después de una orden de que cortaran (“¡corten!”) que no se salía a Ismael Rodríguez porque tenía un nudo en la garganta, Infante soltó una de sus carcajadas estruendosas que desconcertó a todos: ¡qué buen actor, cómo no puso y mírenlo!; después surgió otra versión que afirma que Infante soltó la carcajada para liberar la tensión, porque durante el rodaje de la escena se acordó y sintió el fallecimiento reciente de su pequeña hija, o sobrina, o hija adoptiva, son muchas las versiones y poco confiables las fuentes. Lo cierto es que esta escena, reputada como la más dramática de nuestra historia fílmica, conmueve aún a los teleespectadores.
Pero tiene muchas otras características: más melodramática que su antecedente (¿de dónde habrán sacado la palabra "precuela" los nuevos columnistas de espectáculos?) Nosotros los pobres, tiene la misma agilidad, el mismo sentido del humor, está llena de referencias culturales, y desparrama un erotismo que no podía destaparse en la primera de la saga. No los momentos cursis en que el niño hace travesuras, sino en la aparición de personajes que merecerían una película para ellos mismos, como la de la rica rebelde Nelly Montiel, quien cansada de lo insípido que es su marido Miguel Manzano, coquetea con el inocente de Pepe el Toro, lo lleva a seducirlo ¡en el cumpleaños de la Romántica!, a la que ya todos, actores y público, le dicen La Chorreada. Infante la lleva a un cabaret, donde el anunciador Hernán Vera dedica “Nereidas” a Pepe el Toro "y dama que lo acompaña"; Infante, aunque explica que no sabe bailar, pero que están obligados a hacerlo, comienza el danzón con un caderazo muy marcado, que la cámara toma directamente, muchísimo antes de que se descararan las mujeres confirmando que veían las tambochas masculinas con la misma lascivia con que ellas son observadas (“como sopesando”); no sólo el baile, también un faje en un auto, y los besos que son muchos pero que no insinúan que haya habido algo más, son más torrentes que los que debería sostener con Blanca Estela Pavón, pero cada vez que lo intenta se entromete Chachita, “en medio de nosotros como un dios”, dice Jorge Ayala Blanco; la aparición de Freddy Fernández, cómica por las torpezas del personaje (“Atita”, por atarantado) aunque tan llorón como el Pinocho de la antecesora, y la de Fernando Soto Mantequilla como un bracero que regresa de Estados Unidos (hay que recordar que es 1948, el año en que comienza la repatriación de quienes se fueron a la pizca), y que refrescan el ambiente.
La cinta es ágil, bien actuada en lo general, marca muy bien los suspensos, la tragedia, las tensiones; tiene excelente ritmo, y vuelve a estar beneficiada por la actuación de la mayoría; en primer lugar, los villanos Jorge Arriaga y José Muñoz; Arriaga está excelente y se gana el odio del espectador, y cuando aparece en el cabaret advierte al público que “algo va a pasar”, como dice Juan García El Peralvillo en Mi querido capitán; Mimí Derba como ricachona altanera y arrogante se gana también la enemistad del público, aunque al final lo conmueve cuando busca refugio entre los pobres, dando pie a un albur de La Guayaba y La Tostada, que están muy bien sin ceder a la sobreactuación que propiciaban sus personajes; Miguel Manzano está convincente como marido cornudo que también busca la redención, y Juan Pulido atrae simpatía como el pintor que no se atreve a ser bohemio, y se queda a medias, como diletante; Ismael Rodríguez lo utiliza para contestar a Diego Rivera el mural del Hotel del Prado, cuando, espiando en la vecindad de Pepe el Toro, charla con Wilhelmy y Magaña, y cuando se va, una pregunta a la otra si no será “Diego de Rivera”, a lo que la otra contesta que “Diego de Rivera no existe”.
Infante es muy exigido en la trama, y sale bien librado: es convincente, gracioso, no se sobreactúa ni siquiera en los momentos más tensos, lo que no logra Pavón.
La cinta, una de las más populares y logradas de la historia del cine mexicano, fue estrenada en el Palacio Chino, lo cual representaba un avance respecto de otras que tenían su primera función en el cine Nacional.
Pero siguieron los altibajos; las dos siguientes cintas de Infante son de Roberto Rodríguez: Dicen que soy mujeriego, cinta menor aunque simpática, con Sara García repitiendo su papel de Luisa García, y El seminarista, también de Roberto Rodríguez. No son despreciables porque tienen detalles graciosos, algunos memorables; si Dicen que soy mujeriego repite el esquema de Los tres García (Infante conquistador, pero no le interesa conservarlas; como en Los tres García, al besarlas les quita un arete, símbolo bastante obvio de la entrega, aunque sea involuntaria de parte de ellas, tanto que alguna ni se da cuenta, lo que significa una derrota para el mujeriego; Sara García de abuela mandona pero orgullosa de su nieto, aunque le regañe por llegar tarde de parranda, le consiente sus desmanes); interviene un villano muy simpático, Rodolfo Landa, quien trama una trampa para hacer creer que La Tucita, que repite su papel de vivaracha de Los tres huastecos, vuelve a robarse la cinta desde que aparece; Silvia Derbez menos sensual que en Baile, mi rey, anticipa su papel de llorona de las telenovelas; una tremenda Amalia Aguilar le da picardía a la cinta, que pese a lo esquemática, tiene gracia; una escena en donde hay una especie de duelo en canciones entre Infante y Derbez en un establo, que añade sabor a la cinta, pero por desgracia no trasciende.
El seminarista quiere provocar, dice García Riera, un equívoco que alarme al público, al hacer creer que el seminarista, ya sacerdote, tiene amoríos con Silvia Derbez; al final se revela que sólo se vistió de sotana para rememorar con el sacerdote Mantequilla tiempos pasados, con una aventura harto sabrosa, no con la púdica Derbez, sino con la muy sensual Katy Jurado; la cinta se la lleva ella, junto con Arturo Soto Rangel, tío bastante relajiento y hasta blasfemo de un Infante que confunde lo religioso con lo delicadito; resiste a medias los embates de una Jurado muy atrevida e inquietante, y vuelven a utilizar a La Tucita, otra vez simpática y desenvuelta pero menos natural, como trampa contra Infante. Soto Rangel y Jurado están simpáticos, mucho más ligeros aunque su papel sea pecaminoso, que la pareja protagonista, aunque ninguno esté mal; lo malo de la cinta es la dirección plana, poco sutil y maniquea. Quién sabe cómo se liberó de ella Mantequilla, quien se luce aunque su personaje sea limitado y lamentable.
Estas dos cintas se estrenaron, la primera, en el cine Ópera, en Luis Moya, y la segunda en el cine Nacional, lo que demuestra que pese a las buenas actuaciones en Los tres huastecos y en Ustedes los ricos, Infante no acababa de conquistar al público de clase media, y sus simpatías iban dirigidas hacia el público popular, pero no precisamente porque se identificaran con él y sus personajes; faltaba mucho para que el espectador pudiente mostrara su preferencia por él; faltaban algunas de sus más sobresalientes interpretaciones, pero las películas que tenían éxito y le dieron popularidad no fueron las mejores, y sí las que lo desperdiciaban.
lunes, 27 de julio de 2009
Reivindicación de Liliana Durán
Nacida en Alicante, España, y muerta en Venezuela hace poco más de dos años, Liliana Durán se hizo actriz en el cine mexicano; tuvo muy pocas apariciones, en un periodo muy breve, y en ninguna de sus cintas le dieron un papel principal, aunque en tres de ellas es muy destacado; después de sus mejores actuaciones desapareció del panorama cinematográfico, y sus apariciones posteriores fueron en la televisión venezolana, donde fue actriz de varias telenovelas ignoro si buenas, y en los años setenta intervino en un par de cintas típicas de esa década: sórdidas y “atrevidas”; en una de ellas, su papel fue de lesbiana.
En siete de sus quince cintas para el cine mexicano fue dirigida por José Díaz Morales, lo que no es algo para presumir; otras tres fue dirigida por Roberto Rodríguez, quien tampoco se distinguió por su sensibilidad; en casi todas esas cintas fue “la otra”: o la amante malvada que intenta quitarle el marido a la estrella de la cinta, o la esposa engañada por el marido con la amante buena; o fue villana malvada y perversa.
La más graciosa de esas primeras películas es Salón de belleza, con Emilio Tuero, Rita Macedo, Andrea Palma, Elda Peralta; Durán aparece como una actriz que intenta seducir al honesto, noble y recio Emilio Tuero con el viejo truco de convertirlo en actor; es un agente de tránsito en una esquina muy concurrida que en un Día del Tamarindo (24 de diciembre) le dejan un altero de regalos; uno de ellos es una cigarrera que le obsequia, coqueta, una Durán morena y demasiado alta que no parece muy atractiva, pero que de cualquier manera convence a Tuero para que filme una película, aprovechando su voz, potente pero casi siempre descuadrada y siempre engolada (se le conocía como "el Barítono de Argel", y no era de Argel ni tampoco barítono); Peralta, novia de Tuero, se deja seducir por el esposo de una clienta del salón de belleza donde trabaja para Palma y su hija Macedo; como sucedía en el cine mexicano, queda embarazada, el destino la castiga y la hace fallecer en medio de sufrimientos y una cruda moral todavía peor ; en tanto, Tuero trabaja de actor, se resiste a Durán, que es más coqueta de lo que parece, y quien lo regaña por recibir, en horas de trabajo, a la suplicante Peralta; eso basta para que él ceda ante la presión de la también noble Macedo, en la que es, parece, su peor actuación; a lloriqueante sólo le gana Palma. Él abandona el "séptimo arte" y vuelve a ser tamarindo.
Durán está sobrada para ese papel, y se desperdicia su picardía, que sólo se insinúa.
Posteriormente filmó dos cintas seguidas con Pedro Infante, las dos bajo la dirección de Rogelio González: El mil amores y Escuela de vagabundos.
La primera cuenta con la bendición de Joaquín Pardavé, quien se lleva la cinta como mayordomo o caporal del millonario Infante; la trama se basa en una leyenda; la tercera vez que se bese una pareja, queda enamorada, lo que tratan de evitar Infante y la estrella Rosita Quintana; Liliana Durán es la novia de Infante, e hija de la excelente Emma Roldán; ambas presionan a Infante para que se case con Durán lo antes posible; Durán no aparece sola nunca con Infante; es decir, Roldán no la deja con él a solas; como Infante, Roldán habla con acento norteño, pero muy gracioso, tanto como Pardavé, y es de un esnobismo muy gracioso; Durán parece más bien mustia, y en desventaja frente a una Quintana que por esta vez no es cachonda, sino desamparada. Durán la aventaja: más suelta, más guapa, más simpática y más pícara, lo que no lo expresa con palabras, sino con miradas incitadoras que disimula cerrando los ojos cuando parece que va a descararse; el tono de voz es de señorita mimada, y sólo al final, cuando los enredos que provoca Pardavé hacen creer a Roldán y a Durán que Infante es casado y con hijos –comedia que habían armado para desilusionar a Quintana— Roldán y Durán se revelan ambiciosas e interesadas, lo que aprovecha Infante para deshacerse de ellas.
Además de que otra vez –lo sostendré después– el elenco de coestrellas, o de actores de reparto, es el que sostiene la cinta, Durán llama la atención porque muestra una belleza no muy común: en vez de la mujer sumisa o de la dama bravía acostumbradas en nuestra cinematografía, parece agresiva, prometedora, anunciando pasiones que no ofrece Quintana. Y la mirada que le dirige a Infante en las escenas finales la revela como cruel y mandona. Es una lástima, para la cinta, que Infante prefiera a Quintana, porque entonces la trama regresa al carril de las buenas costumbres y no a lo que parecería conducirla una Durán digna de una sensualidad sólo permitida a las villanas.
Cinematográficamente, Escuela de vagabundos es su mejor película; otra vez es “la otra”, pero “otra” que merecería mejor suerte que la estrella Miroslava, muy bella pero tiesa y sobreactuada; Durán compite con Anabelle Gutiérrez en simpatía, y como ella, se roba las escenas en la que aparece. Durán, como todas las mujeres que aparecen en la trama –excepto, y eso sólo tal vez, Blanca de Castejón–, acosa a Infante; como las dos sirvientas, como otras invitadas a una fiesta, como Miroslava y, en una escena inquietante por su cercanía a la pederastia, Gutiérrez, que no se atreve a ser una Lolita. El enredo que hace creer que Infante no es un célebre compositor sino un vagabundo protegido por Castejón provoca que Durán lo obligue a comportarse más como invitado a la fiesta que como mayordomo; hija del potentado Óscar Ortiz de Pinedo, obliga a que Infante la atienda de manera especial: “soltero, y yo lo vi primero”, declara antes de colgarse de su brazo; con tono de caprichuda, hace que Ortiz de Pinedo lo obligue a quedarse con ella, a que cante una canción que no es suya sino de Pablo Beltrán Ruiz; hace que se siente a la mesa en la cena, e interrumpe todas las conversaciones en que interviene Infante, quien se aprovecha para entrometerse en un negocio entre Óscar Pulido y Ortiz de Pinedo; en vista de esos privilegios, Infante deja el papel de mayordomo y actúa de una manera indefinida: ni como invitado ni como sirviente; pasa la noche en el cuarto de invitados, donde, al hablar del negocio con Pulido, recibe una llamada de Durán, “Patricia”, quien lo invita a nadar con ella a un deportivo (seguramente el Chapultepec, donde Luis Aguilar obliga a Aurora Segura a pedirle perdón, y donde Infante lo denuncia ante el comandante de tránsito en ATM); con una figura mucho más esbelta y atractiva que la regordeta Miroslava, cachondea de una manera inusual a Infante, a quien le dice que no sabe nadar, y se aprovecha para abrazarlo (ambos en traje de baño, como Deborah Kerr y Burt Lancaster en From Here to Eternity), para que la manosee, y se le prende con intenciones muy claras; ¿de veras no sabe nadar?, pregunta Gutiérrez a una muy celosa Miroslava; es campeona nacional, dice ésta. Por desgracia, es la última aparición de Durán en la cinta, porque después dos agentes de tránsito (hubiera sido divertido que uno de ellos lo interpretara, en un bit, Luis Aguilar, y el otro Emilio Tuero; pero estamos hablando de los años cincuenta y del cine mexicano; en Hollywood sí hacen esos guiños al espectador) encuentran la carcacha que al principio de la cinta se desbarranca sin Infante, y lo creen muerto, lo que desencadena la desenfrenada y caótica escena final, típica del director Rogelio González, con el beneficio de la Lolita involuntaria Gutiérrez; hubiera sido otra cinta, pero dan ganas de ver la reacción de Durán si leyera la noticia de la muerte de Infante, y de verlo vivo: hubiera sido más divertida que el desmayo de Miroslava, y el final sería más atrevido.
Su siguiente cinta, y la última durante más de 15 años, fue El sultán descalzo, de Gilberto Martínez Solares; dice García Riera que no es de las mejores cintas de Tin Tan, pero que está lejos de ser de las peores. Sin embargo, ni en las reseñas incluidas en las dos ediciones de la Historia documental del cine mexicano, ni en la del volumen dedicado al cine de Tin Tan, repara en la presencia de Durán, aunque recalca la actuación de Yolanda Varela; varios factores propician la superioridad del papel de Durán; Varela no muestra la cachondería que despliega en Lo que le pasó a Sansón; es más, ni siquiera baila con la sensualidad con que lo hace en Con quién andan nuestras hijas, en una trajinera en Xochimilco, con Freddie Fernández; o como aparece mostrando la belleza de sus piernas en Escuela de rateros, o cuando, en esa misma cinta, pide una cuchara porque le dan ataques epilépticos; tiene buenas escenas, como cuando Tin Tan le dice “lo bueno es que nos queremos”, aunque es la primera vez que hablan; o como cuando va a ir a ver cómo se ve en la cámara fotográfica; más bien parece tan lloricona como en Dos tipos de cuidado. Durán en cambio tiene un papel memorable: esposa del policía Joaquín García Borolas, declara que todos sus vecinos son sus "compadres", y le confiesa que, como él trabaja por las noches, Tin Tan la pasea, la lleva a bailar y la divierte en su ausencia; ante los celos de Borolas, ella, en un “aparte”, exclama: “condenado chaparro, ¿no se ha visto en un espejo?”, con mucha gracia; luego de que Borolas persigue a Tin Tan con pistola en mano, y le dice al marido que le dijeron que la paseaba nada más para hacerlo enojar, tiene el descaro de entrar al cuarto de Valdés, y allí le coquetea, así como a Elmo Michel: “adiós los dos”, se despide; después ella le coquetea a Florencio Castelló, el tendero querendón, le acepta una copa de jerez y le pide que vuelva a servirle, y cuando Tin Tan la delata con Borolas, éste la encuentra sentada en el mostrador, con las piernas cruzadas, alegre, celebrando las coplas que le dedica Castelló; luego de varios enredos, ella, preocupada por la desaparición de Borolas (preso por culpa de Tin Tan), le pide que lo busque; él se aprovecha para usar un uniforme de policía y recaudar comida para Varela, y le advierte que tiene que cubrirlo para que no lo castiguen; le pone una tarifa: “50 pesos, o tú dirás”, a lo que contesta Durán, en una de las escenas más inquietantes del cine mexicano: “Mejor tú dirás, porque 50 pesos no tengo”, y se le cuelga del brazo.
Tin Tan, poco antes, ha dicho de La Pancha (Durán) que ni es tan bonita, pero luego reflexiona, la recuerda, describe su cuerpo y decide que sí vale la pena.
Luego de esa escena vuelve a aparecer, en una arena de boxeo donde Tin Tan y Wolf Ruvinskys han escenificado una burda pelea, y Borolas la descubre y la persigue, sin que se sepa el desenlace. Es una lástima, porque éste es uno más de los muchos buenos momentos que el cine mexicano desperdició por beneficiar a los por lo regular cuadrados actores principales; eso es común en el cine mexicano, y si siempre es de lamentar, más lo es en esta cinta, no muy buena, y que se salva no por Tin Tan y su desenfreno, sus bailes y sus picardías, sino por Liliana Durán, bella, atractiva, graciosa y provocativa. Y por desgracia, cuando parecería que se encaminaba a una carrera más provechosa, emigró a Venezuela; su huella en nuestro cine es endeble, pero con unas cuantas actuaciones permanece como algo que pudo haber sido y no fue.
Una llamada de atención de Pancho Conde Ortega me dio la oportunidad de revalorarla, lo que agradezco a Pancho y lo conmino a que llame mi atención hacia alguna otra actriz a la que no hemos sabido apreciar.
En siete de sus quince cintas para el cine mexicano fue dirigida por José Díaz Morales, lo que no es algo para presumir; otras tres fue dirigida por Roberto Rodríguez, quien tampoco se distinguió por su sensibilidad; en casi todas esas cintas fue “la otra”: o la amante malvada que intenta quitarle el marido a la estrella de la cinta, o la esposa engañada por el marido con la amante buena; o fue villana malvada y perversa.
La más graciosa de esas primeras películas es Salón de belleza, con Emilio Tuero, Rita Macedo, Andrea Palma, Elda Peralta; Durán aparece como una actriz que intenta seducir al honesto, noble y recio Emilio Tuero con el viejo truco de convertirlo en actor; es un agente de tránsito en una esquina muy concurrida que en un Día del Tamarindo (24 de diciembre) le dejan un altero de regalos; uno de ellos es una cigarrera que le obsequia, coqueta, una Durán morena y demasiado alta que no parece muy atractiva, pero que de cualquier manera convence a Tuero para que filme una película, aprovechando su voz, potente pero casi siempre descuadrada y siempre engolada (se le conocía como "el Barítono de Argel", y no era de Argel ni tampoco barítono); Peralta, novia de Tuero, se deja seducir por el esposo de una clienta del salón de belleza donde trabaja para Palma y su hija Macedo; como sucedía en el cine mexicano, queda embarazada, el destino la castiga y la hace fallecer en medio de sufrimientos y una cruda moral todavía peor ; en tanto, Tuero trabaja de actor, se resiste a Durán, que es más coqueta de lo que parece, y quien lo regaña por recibir, en horas de trabajo, a la suplicante Peralta; eso basta para que él ceda ante la presión de la también noble Macedo, en la que es, parece, su peor actuación; a lloriqueante sólo le gana Palma. Él abandona el "séptimo arte" y vuelve a ser tamarindo.
Durán está sobrada para ese papel, y se desperdicia su picardía, que sólo se insinúa.
Posteriormente filmó dos cintas seguidas con Pedro Infante, las dos bajo la dirección de Rogelio González: El mil amores y Escuela de vagabundos.
La primera cuenta con la bendición de Joaquín Pardavé, quien se lleva la cinta como mayordomo o caporal del millonario Infante; la trama se basa en una leyenda; la tercera vez que se bese una pareja, queda enamorada, lo que tratan de evitar Infante y la estrella Rosita Quintana; Liliana Durán es la novia de Infante, e hija de la excelente Emma Roldán; ambas presionan a Infante para que se case con Durán lo antes posible; Durán no aparece sola nunca con Infante; es decir, Roldán no la deja con él a solas; como Infante, Roldán habla con acento norteño, pero muy gracioso, tanto como Pardavé, y es de un esnobismo muy gracioso; Durán parece más bien mustia, y en desventaja frente a una Quintana que por esta vez no es cachonda, sino desamparada. Durán la aventaja: más suelta, más guapa, más simpática y más pícara, lo que no lo expresa con palabras, sino con miradas incitadoras que disimula cerrando los ojos cuando parece que va a descararse; el tono de voz es de señorita mimada, y sólo al final, cuando los enredos que provoca Pardavé hacen creer a Roldán y a Durán que Infante es casado y con hijos –comedia que habían armado para desilusionar a Quintana— Roldán y Durán se revelan ambiciosas e interesadas, lo que aprovecha Infante para deshacerse de ellas.
Además de que otra vez –lo sostendré después– el elenco de coestrellas, o de actores de reparto, es el que sostiene la cinta, Durán llama la atención porque muestra una belleza no muy común: en vez de la mujer sumisa o de la dama bravía acostumbradas en nuestra cinematografía, parece agresiva, prometedora, anunciando pasiones que no ofrece Quintana. Y la mirada que le dirige a Infante en las escenas finales la revela como cruel y mandona. Es una lástima, para la cinta, que Infante prefiera a Quintana, porque entonces la trama regresa al carril de las buenas costumbres y no a lo que parecería conducirla una Durán digna de una sensualidad sólo permitida a las villanas.
Cinematográficamente, Escuela de vagabundos es su mejor película; otra vez es “la otra”, pero “otra” que merecería mejor suerte que la estrella Miroslava, muy bella pero tiesa y sobreactuada; Durán compite con Anabelle Gutiérrez en simpatía, y como ella, se roba las escenas en la que aparece. Durán, como todas las mujeres que aparecen en la trama –excepto, y eso sólo tal vez, Blanca de Castejón–, acosa a Infante; como las dos sirvientas, como otras invitadas a una fiesta, como Miroslava y, en una escena inquietante por su cercanía a la pederastia, Gutiérrez, que no se atreve a ser una Lolita. El enredo que hace creer que Infante no es un célebre compositor sino un vagabundo protegido por Castejón provoca que Durán lo obligue a comportarse más como invitado a la fiesta que como mayordomo; hija del potentado Óscar Ortiz de Pinedo, obliga a que Infante la atienda de manera especial: “soltero, y yo lo vi primero”, declara antes de colgarse de su brazo; con tono de caprichuda, hace que Ortiz de Pinedo lo obligue a quedarse con ella, a que cante una canción que no es suya sino de Pablo Beltrán Ruiz; hace que se siente a la mesa en la cena, e interrumpe todas las conversaciones en que interviene Infante, quien se aprovecha para entrometerse en un negocio entre Óscar Pulido y Ortiz de Pinedo; en vista de esos privilegios, Infante deja el papel de mayordomo y actúa de una manera indefinida: ni como invitado ni como sirviente; pasa la noche en el cuarto de invitados, donde, al hablar del negocio con Pulido, recibe una llamada de Durán, “Patricia”, quien lo invita a nadar con ella a un deportivo (seguramente el Chapultepec, donde Luis Aguilar obliga a Aurora Segura a pedirle perdón, y donde Infante lo denuncia ante el comandante de tránsito en ATM); con una figura mucho más esbelta y atractiva que la regordeta Miroslava, cachondea de una manera inusual a Infante, a quien le dice que no sabe nadar, y se aprovecha para abrazarlo (ambos en traje de baño, como Deborah Kerr y Burt Lancaster en From Here to Eternity), para que la manosee, y se le prende con intenciones muy claras; ¿de veras no sabe nadar?, pregunta Gutiérrez a una muy celosa Miroslava; es campeona nacional, dice ésta. Por desgracia, es la última aparición de Durán en la cinta, porque después dos agentes de tránsito (hubiera sido divertido que uno de ellos lo interpretara, en un bit, Luis Aguilar, y el otro Emilio Tuero; pero estamos hablando de los años cincuenta y del cine mexicano; en Hollywood sí hacen esos guiños al espectador) encuentran la carcacha que al principio de la cinta se desbarranca sin Infante, y lo creen muerto, lo que desencadena la desenfrenada y caótica escena final, típica del director Rogelio González, con el beneficio de la Lolita involuntaria Gutiérrez; hubiera sido otra cinta, pero dan ganas de ver la reacción de Durán si leyera la noticia de la muerte de Infante, y de verlo vivo: hubiera sido más divertida que el desmayo de Miroslava, y el final sería más atrevido.
Su siguiente cinta, y la última durante más de 15 años, fue El sultán descalzo, de Gilberto Martínez Solares; dice García Riera que no es de las mejores cintas de Tin Tan, pero que está lejos de ser de las peores. Sin embargo, ni en las reseñas incluidas en las dos ediciones de la Historia documental del cine mexicano, ni en la del volumen dedicado al cine de Tin Tan, repara en la presencia de Durán, aunque recalca la actuación de Yolanda Varela; varios factores propician la superioridad del papel de Durán; Varela no muestra la cachondería que despliega en Lo que le pasó a Sansón; es más, ni siquiera baila con la sensualidad con que lo hace en Con quién andan nuestras hijas, en una trajinera en Xochimilco, con Freddie Fernández; o como aparece mostrando la belleza de sus piernas en Escuela de rateros, o cuando, en esa misma cinta, pide una cuchara porque le dan ataques epilépticos; tiene buenas escenas, como cuando Tin Tan le dice “lo bueno es que nos queremos”, aunque es la primera vez que hablan; o como cuando va a ir a ver cómo se ve en la cámara fotográfica; más bien parece tan lloricona como en Dos tipos de cuidado. Durán en cambio tiene un papel memorable: esposa del policía Joaquín García Borolas, declara que todos sus vecinos son sus "compadres", y le confiesa que, como él trabaja por las noches, Tin Tan la pasea, la lleva a bailar y la divierte en su ausencia; ante los celos de Borolas, ella, en un “aparte”, exclama: “condenado chaparro, ¿no se ha visto en un espejo?”, con mucha gracia; luego de que Borolas persigue a Tin Tan con pistola en mano, y le dice al marido que le dijeron que la paseaba nada más para hacerlo enojar, tiene el descaro de entrar al cuarto de Valdés, y allí le coquetea, así como a Elmo Michel: “adiós los dos”, se despide; después ella le coquetea a Florencio Castelló, el tendero querendón, le acepta una copa de jerez y le pide que vuelva a servirle, y cuando Tin Tan la delata con Borolas, éste la encuentra sentada en el mostrador, con las piernas cruzadas, alegre, celebrando las coplas que le dedica Castelló; luego de varios enredos, ella, preocupada por la desaparición de Borolas (preso por culpa de Tin Tan), le pide que lo busque; él se aprovecha para usar un uniforme de policía y recaudar comida para Varela, y le advierte que tiene que cubrirlo para que no lo castiguen; le pone una tarifa: “50 pesos, o tú dirás”, a lo que contesta Durán, en una de las escenas más inquietantes del cine mexicano: “Mejor tú dirás, porque 50 pesos no tengo”, y se le cuelga del brazo.
Tin Tan, poco antes, ha dicho de La Pancha (Durán) que ni es tan bonita, pero luego reflexiona, la recuerda, describe su cuerpo y decide que sí vale la pena.
Luego de esa escena vuelve a aparecer, en una arena de boxeo donde Tin Tan y Wolf Ruvinskys han escenificado una burda pelea, y Borolas la descubre y la persigue, sin que se sepa el desenlace. Es una lástima, porque éste es uno más de los muchos buenos momentos que el cine mexicano desperdició por beneficiar a los por lo regular cuadrados actores principales; eso es común en el cine mexicano, y si siempre es de lamentar, más lo es en esta cinta, no muy buena, y que se salva no por Tin Tan y su desenfreno, sus bailes y sus picardías, sino por Liliana Durán, bella, atractiva, graciosa y provocativa. Y por desgracia, cuando parecería que se encaminaba a una carrera más provechosa, emigró a Venezuela; su huella en nuestro cine es endeble, pero con unas cuantas actuaciones permanece como algo que pudo haber sido y no fue.
Una llamada de atención de Pancho Conde Ortega me dio la oportunidad de revalorarla, lo que agradezco a Pancho y lo conmino a que llame mi atención hacia alguna otra actriz a la que no hemos sabido apreciar.
martes, 21 de julio de 2009
Bonifaz Nuño, el primer Pacheco, y coda ortográfica de Leñero
En el larguísimo ensayo Dinosaurios de papel, sobre el cuento brevísimo en México, Javier Perucho habla de la narrativa breve de José Emilio Pacheco, con entusiasmo (justificado); tanto, que comete algún exceso; por ejemplo, le adjudica a Ramas Nuevas una vida mucha más larga de la que tuvo; da fechas extrañas para la Antología del Modernismo, y en su bibliografía menciona La sangre de Medusa, que la adjudica a la colección Los Presentes; obviamente, después menciona la edición de Era, en donde hay minirrelatos. La primera contiene, dice, 16 páginas.
En la página 116 dice literalmente: “Previamente recordemos que [Arreola] en 1958 publicó el primer libro de narraciones (breves) de Pacheco, La sangre de Medusa, una plaquette que adquiere un valor de uso literario extra, pues ahí se contienen tres importantes narraciones de JEP: el cuento homónimo, ‘La noche del inmortal’, que son los iniciales frutos del taller literario que dirigía Juan José Arreola, y ‘Tríptico del gato’”.
Hay varios errores: La sangre de Medusa sí fue publicada en 1958, por Juan José Arreola, pero en los Cuadernos del Unicornio, no en Los Presentes; dice Pacheco: “El texto más antiguo, 'Tríptico del gato’, es de 1956. Si se prescinde de algunas páginas infantiles, fue mi primer texto público, gracias a la generosidad de Elías Nandino y José Moreno de Tagle, maestro –no simplemente profesor– de tantos escritores mexicanos”. Antes, al comienzo de la “Nota: la historia interminable”, refiere que “'La sangre de Medusa’ y ‘La noche del inmortal’ formaron en 1958 uno de los Cuadernos del Unicornio… Veinte años después Carlos Isla y Ernesto Trejo lo reeditaron en la serie El Pozo y El Péndulo. Ninguno de estos cuadernos alcanzó circulación comercial.” El “Tríptico del gato” apareció en la revista Estaciones.
Con tan extensa bibliografía citada en Dinosaurios de papel, Perucho no necesitaba inventar y alardear de títulos si no inexistentes, sí de manera inexacta, y que además tan fácilmente verificable. La historia de las ediciones de Arreola fue recreada por Óscar Mata en Juan José Arreola Maestro editor (Ediciones sin nombre en coedición con el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, en 2003:
“18. José Emilio Pacheco. La sangre de medusa [sic]. México, Librería de Manuel Porrúa, 1958. Sin paginación (6 pp.). Colofón: 2 de noviembre de 1958, 400 ejemplares.
“‘La noche del inmortal'. José Emilio Pacheco presenta la historia de un inmortal de las letras, nacido el mismo día que el gran conquistador Alejandro de Macedonia. Murió decapitado y tan sólo dejó un papiro bajo su túnica, en el cual predice el futuro. Las peripecias que siguen el manuscrito y su desciframiento son eminentemente borgianos. 'La sangre de medusa' presenta dos historias: un Perseo ya anciano, rey invicto que envejece junto a su esposa Medusa, también anciana, y Fermín, oscuro burócrata escondido en las faldas de una mujer estéril y exigente, que se convierte en autoviudo.”
Los Cuadernos del Unicornio alguna vez los vi a la venta, y no todos los títulos, a la salida de La Casa del Lago, todavía en 1966; no ofrecían La sangre de Medusa, pero sí Victorio Ferri cuenta un cuento, de Sergio Pitol. De hecho, no vi La sangre de Medusa sino hasta que mi amigo Carlos Isla y Ernesto Trejo la publicaron en la colección Latitudes, que según el colofón terminó de imprimirse el 30 de junio de 1978, cuando Pacheco cumplía 39 años. Las 6 páginas que dice Mata se convirtieron en 18 páginas foliadas en la edición de El Pozo y El Péndulo (que también publicó, entre otros títulos, Canciones de Vidyapati, de Gabriel Zaid). (Tampoco son las 16 páginas que apunta Perucho, sino 15, más el colofón.)
En una misma semana conseguí La sangre de Medusa (número 18 de los Cuadernos del Unicornio, salido de las prensas de los talleres del maestro tipógrafo Manuel Cañas [Lerma 303], de México 5, D. F. “Se tiraron 400 ejemplares sobre papel Fiesta de 80 kgs. Con tipos Bodoni de 12/12 puntos. Juan José Arreola editor.”), y El manto y la corona, de Rubén Bonifaz Nuño.
Fui lector tardío de este libro; conocía poemas sueltos, y lo leí completo cuando apareció De otro modo lo mismo, en 1979, en el Fondo de Cultura Económica; tuve la edición que hizo Eduardo Langagne para la Delegación Venustiano Carranza, la colección Práctica de Vuelo, en 1983, y la cedí a un lector de poesía, que lo desconocía. Aunque De otro modo lo mismo es extraordinario, y la edición es pulcra, elegante y muy legible, quería tener la primera edición, porque sabía que se trataba de una edición fuera de serie por muchos conceptos, entre otros que debe de leer de manera aislada. Bonifaz es autor de varias obras maestras, y algunas de ellas las tengo en primera edición, como El ala del tigre, y otros no tan difíciles de conseguir, como Albur de amor. En estos títulos, y en otros, como Una pulsera para Lucía Méndez, están algunos de los poemas de amor más intensos de la literatura mexicana. Pero El manto y la corona es excepcional: todas las fases del amor, desde el descubrimiento azorado del enamoramiento, hasta el adiós irremediable y definitivo, con una entrega, una pasión que sólo puede expresarlo un enamorado, con toda la audacia de la que se es capaz, y con palabras que sólo se dicen en secreto, y aquí susurradas pero en voz alta.
Si hacemos caso del colofón, El manto y la corona apareció mes y medio antes que La sangre de Medusa, y sólo se tiraron 500 ejemplares, cien más que el de Pacheco: El Manto y la Corona [así está en la portada] de Rubén Bonifaz Nuño se acabó de imprimir el día 5 de octubre de 1958 en la Imprenta Nuevo Mundo, S. A., Alemania 8 al 14, México 21, D. F., Se tiraron 500 ejemplares, numerados y firmados por el autor, y en su composición se utilizaron tipos Garamond 14:16 puntos. Grabado en marfil de Francisco Moreno Capdevila. El diseño tipográfico es de Francisco Díaz de León.
Mi ejemplar es el número 33, y en efecto, está firmado por Rubén Bonifaz Nuño. Como muchos otros libros de la UNAM, no se reeditó más que en la edición promovida por Langagne.
Saltan a la vista algunos aspectos: la zona postal se convirtió en código postal; México 5 estaba en las colonias Juárez, Condesa y otras cercanas; México 21 estaba en Coyoacán, y México 20 correspondía a la Ciudad Universitaria, inaugurada muy pocos años antes; los dos libros están compuestos con tipografía muy bella que ya casi no se utiliza en estos días, aunque la Garamond sigue en los catálogos de los programas de computación, y la Bodoni en cambio ya no; en ninguno de los títulos aparece un editor al cuidado de la edición; es obvio que Arreola, y posiblemente el mismo Pacheco, hayan visto el muy pulcro trabajo de La sangre de Medusa; de El manto y la corona no se dice; ¿habrá sido el excelente y ya olvidado Jesús Arellano, quien vio muchos títulos de la UNAM? ¿El propio Bonifaz Nuño?
Otros aspectos, que no tienen nada que ver con las ediciones: el mercado de libro de viejo o de ocasión está muy distorsionado; alguna vez me ofrecieron una primera edición de La muerte de Artemio Cruz, y cuando me la mostraron era la primera, pero en Letras Mexicanas, no la auténtica primera, de Colección Popular (ambas del FCE); algunos títulos ya muy buscados los ofrecen, digamos, en 2,500 pesos, pero algunos se dejan pedir 2,500 dólares; hay libreros que conocen las manías de algunos coleccionistas, y abusan de nuestras ansias; hay en cambio otros que son absolutamente honrados y piden lo justo; pero la oferta en Internet ha hecho que se sobrevaloren algunos títulos; con ello cuento de paso que aunque son libros muy ambicionados por coleccionistas, no me costaron tan caros como hubiera sido de ser otro quien los hubiera conseguido, aunque muchos se han asombrado del valor que pueda llegar a tener un libro.
Desde luego, los devoré, casi literalmente, en cuanto los tuve en mis manos; sé de memoria, casi, El manto y la corona; como me sucedió con Piedra de sol, la sensación fue distinta que en lecturas anteriores; los buenos lectores sabrán por qué me gustó más que las otras muchas veces que lo he leído; volví a estremecerme con la dedicatoria más célebre y enigmática de la literatura mexicana (“Aquí debería estar tu nombre”), y sentí distintas las resonancias de cada verso; creí reconocer más referencias en algunos de los poemas, y de nuevo siento que es uno de los escritores que mejor ha sabido aprovechar la cultura popular para transformarla en alta literatura, y que asimiló con mucha visión algunas de las canciones de moda en ese 1958.
También fue diferente la lectura de La sangre de Medusa; no sentí necesario compararla con las otras ediciones de los dos cuentos; son los mismos, pero distintos; no creo inadecuado citar la estrofa de Paul Simon en algunas versiones de “The Boxer”:
“Now the years are rolling by me / They are rocking evenly / I am older than I onced was / Younger than I’ll be / But that’s not unsual / Not it isn’t strange /Alter changes upon changes / We are more o less the same.” Leerlo a los 60 años me produce un efecto extraño, y sobre todo porque conozco muy bien las otras ediciones (no me gustaría decirle versiones); si lo hubiera conseguido aquella mañana de 1966, en que me asomé a la Casa del Lago a oír a Salvador Novo, ¿lo preferiría a las ediciones de 1978 y 1990? No podía leer esos cuentos en 1958, pero en 1968 sí; ¿me perdí de algo?
Lo único que puedo expresar es una enorme satisfacción por haber conseguido ambos libros; los ambicionaba desde hacía mucho. O mejor dicho, los necesitaba.
Una coda: leo con mucho retraso una de las viñetas que escribe Vicente Leñero para la Revista de la Universidad de México, la referente al Tito Monterroso que nos benefició tanto a tantos: como editor; ya Leñero había mostrado, en Vivir del teatro, titubeos ortográficos con la tilde diacrítica en sí o en si; en el artículo sobre Monterroso, se queja de que Tito, al corregirle alguno de sus libros, haya acentuado rió, y cuenta que se quejó con él; es un monosílabo, igual que vio, al que le quitaste el acento, y cuenta que Tito sólo lo vio con compasión y le dijo: rió va con acento; aunque Leñero argumenta que rió es monosílabo, no lo es; la Real Academia Española dice que ésa es una regla vieja, pero nos concede a los que creemos que rió, guión, fié, son disílabos, la gracia de que sigamos acentuándolo; el problema es que, la RAE ha hecho caso de quienes consideran que como son palabras de tres (o cuatro) letras, por ello son monosílabos, y por tanto no tienen por qué acentuarse; en vez de basarse en el número de letras que tiene una sílaba, debían fijarse en la pronunciación; qué le vamos a hacer; desde 1956 había desaparecido el acento en el monosílabo o cuando iba entre cifras, para no confundirlo con un cero (o por 0); pero eso era cuando las máquinas de escribir no tenían los números 1 y 0, pero desde que se les incorporó en las máquinas de escribir, y desde luego en la computadora, no hay manera de confundirlos; pero en su versión de la Ortografía Española, de 1999, vuelve a aconsejar el uso de la o acentuada. ¿Quién les entiende?
En la página 116 dice literalmente: “Previamente recordemos que [Arreola] en 1958 publicó el primer libro de narraciones (breves) de Pacheco, La sangre de Medusa, una plaquette que adquiere un valor de uso literario extra, pues ahí se contienen tres importantes narraciones de JEP: el cuento homónimo, ‘La noche del inmortal’, que son los iniciales frutos del taller literario que dirigía Juan José Arreola, y ‘Tríptico del gato’”.
Hay varios errores: La sangre de Medusa sí fue publicada en 1958, por Juan José Arreola, pero en los Cuadernos del Unicornio, no en Los Presentes; dice Pacheco: “El texto más antiguo, 'Tríptico del gato’, es de 1956. Si se prescinde de algunas páginas infantiles, fue mi primer texto público, gracias a la generosidad de Elías Nandino y José Moreno de Tagle, maestro –no simplemente profesor– de tantos escritores mexicanos”. Antes, al comienzo de la “Nota: la historia interminable”, refiere que “'La sangre de Medusa’ y ‘La noche del inmortal’ formaron en 1958 uno de los Cuadernos del Unicornio… Veinte años después Carlos Isla y Ernesto Trejo lo reeditaron en la serie El Pozo y El Péndulo. Ninguno de estos cuadernos alcanzó circulación comercial.” El “Tríptico del gato” apareció en la revista Estaciones.
Con tan extensa bibliografía citada en Dinosaurios de papel, Perucho no necesitaba inventar y alardear de títulos si no inexistentes, sí de manera inexacta, y que además tan fácilmente verificable. La historia de las ediciones de Arreola fue recreada por Óscar Mata en Juan José Arreola Maestro editor (Ediciones sin nombre en coedición con el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, en 2003:
“18. José Emilio Pacheco. La sangre de medusa [sic]. México, Librería de Manuel Porrúa, 1958. Sin paginación (6 pp.). Colofón: 2 de noviembre de 1958, 400 ejemplares.
“‘La noche del inmortal'. José Emilio Pacheco presenta la historia de un inmortal de las letras, nacido el mismo día que el gran conquistador Alejandro de Macedonia. Murió decapitado y tan sólo dejó un papiro bajo su túnica, en el cual predice el futuro. Las peripecias que siguen el manuscrito y su desciframiento son eminentemente borgianos. 'La sangre de medusa' presenta dos historias: un Perseo ya anciano, rey invicto que envejece junto a su esposa Medusa, también anciana, y Fermín, oscuro burócrata escondido en las faldas de una mujer estéril y exigente, que se convierte en autoviudo.”
Los Cuadernos del Unicornio alguna vez los vi a la venta, y no todos los títulos, a la salida de La Casa del Lago, todavía en 1966; no ofrecían La sangre de Medusa, pero sí Victorio Ferri cuenta un cuento, de Sergio Pitol. De hecho, no vi La sangre de Medusa sino hasta que mi amigo Carlos Isla y Ernesto Trejo la publicaron en la colección Latitudes, que según el colofón terminó de imprimirse el 30 de junio de 1978, cuando Pacheco cumplía 39 años. Las 6 páginas que dice Mata se convirtieron en 18 páginas foliadas en la edición de El Pozo y El Péndulo (que también publicó, entre otros títulos, Canciones de Vidyapati, de Gabriel Zaid). (Tampoco son las 16 páginas que apunta Perucho, sino 15, más el colofón.)
En una misma semana conseguí La sangre de Medusa (número 18 de los Cuadernos del Unicornio, salido de las prensas de los talleres del maestro tipógrafo Manuel Cañas [Lerma 303], de México 5, D. F. “Se tiraron 400 ejemplares sobre papel Fiesta de 80 kgs. Con tipos Bodoni de 12/12 puntos. Juan José Arreola editor.”), y El manto y la corona, de Rubén Bonifaz Nuño.
Fui lector tardío de este libro; conocía poemas sueltos, y lo leí completo cuando apareció De otro modo lo mismo, en 1979, en el Fondo de Cultura Económica; tuve la edición que hizo Eduardo Langagne para la Delegación Venustiano Carranza, la colección Práctica de Vuelo, en 1983, y la cedí a un lector de poesía, que lo desconocía. Aunque De otro modo lo mismo es extraordinario, y la edición es pulcra, elegante y muy legible, quería tener la primera edición, porque sabía que se trataba de una edición fuera de serie por muchos conceptos, entre otros que debe de leer de manera aislada. Bonifaz es autor de varias obras maestras, y algunas de ellas las tengo en primera edición, como El ala del tigre, y otros no tan difíciles de conseguir, como Albur de amor. En estos títulos, y en otros, como Una pulsera para Lucía Méndez, están algunos de los poemas de amor más intensos de la literatura mexicana. Pero El manto y la corona es excepcional: todas las fases del amor, desde el descubrimiento azorado del enamoramiento, hasta el adiós irremediable y definitivo, con una entrega, una pasión que sólo puede expresarlo un enamorado, con toda la audacia de la que se es capaz, y con palabras que sólo se dicen en secreto, y aquí susurradas pero en voz alta.
Si hacemos caso del colofón, El manto y la corona apareció mes y medio antes que La sangre de Medusa, y sólo se tiraron 500 ejemplares, cien más que el de Pacheco: El Manto y la Corona [así está en la portada] de Rubén Bonifaz Nuño se acabó de imprimir el día 5 de octubre de 1958 en la Imprenta Nuevo Mundo, S. A., Alemania 8 al 14, México 21, D. F., Se tiraron 500 ejemplares, numerados y firmados por el autor, y en su composición se utilizaron tipos Garamond 14:16 puntos. Grabado en marfil de Francisco Moreno Capdevila. El diseño tipográfico es de Francisco Díaz de León.
Mi ejemplar es el número 33, y en efecto, está firmado por Rubén Bonifaz Nuño. Como muchos otros libros de la UNAM, no se reeditó más que en la edición promovida por Langagne.
Saltan a la vista algunos aspectos: la zona postal se convirtió en código postal; México 5 estaba en las colonias Juárez, Condesa y otras cercanas; México 21 estaba en Coyoacán, y México 20 correspondía a la Ciudad Universitaria, inaugurada muy pocos años antes; los dos libros están compuestos con tipografía muy bella que ya casi no se utiliza en estos días, aunque la Garamond sigue en los catálogos de los programas de computación, y la Bodoni en cambio ya no; en ninguno de los títulos aparece un editor al cuidado de la edición; es obvio que Arreola, y posiblemente el mismo Pacheco, hayan visto el muy pulcro trabajo de La sangre de Medusa; de El manto y la corona no se dice; ¿habrá sido el excelente y ya olvidado Jesús Arellano, quien vio muchos títulos de la UNAM? ¿El propio Bonifaz Nuño?
Otros aspectos, que no tienen nada que ver con las ediciones: el mercado de libro de viejo o de ocasión está muy distorsionado; alguna vez me ofrecieron una primera edición de La muerte de Artemio Cruz, y cuando me la mostraron era la primera, pero en Letras Mexicanas, no la auténtica primera, de Colección Popular (ambas del FCE); algunos títulos ya muy buscados los ofrecen, digamos, en 2,500 pesos, pero algunos se dejan pedir 2,500 dólares; hay libreros que conocen las manías de algunos coleccionistas, y abusan de nuestras ansias; hay en cambio otros que son absolutamente honrados y piden lo justo; pero la oferta en Internet ha hecho que se sobrevaloren algunos títulos; con ello cuento de paso que aunque son libros muy ambicionados por coleccionistas, no me costaron tan caros como hubiera sido de ser otro quien los hubiera conseguido, aunque muchos se han asombrado del valor que pueda llegar a tener un libro.
Desde luego, los devoré, casi literalmente, en cuanto los tuve en mis manos; sé de memoria, casi, El manto y la corona; como me sucedió con Piedra de sol, la sensación fue distinta que en lecturas anteriores; los buenos lectores sabrán por qué me gustó más que las otras muchas veces que lo he leído; volví a estremecerme con la dedicatoria más célebre y enigmática de la literatura mexicana (“Aquí debería estar tu nombre”), y sentí distintas las resonancias de cada verso; creí reconocer más referencias en algunos de los poemas, y de nuevo siento que es uno de los escritores que mejor ha sabido aprovechar la cultura popular para transformarla en alta literatura, y que asimiló con mucha visión algunas de las canciones de moda en ese 1958.
También fue diferente la lectura de La sangre de Medusa; no sentí necesario compararla con las otras ediciones de los dos cuentos; son los mismos, pero distintos; no creo inadecuado citar la estrofa de Paul Simon en algunas versiones de “The Boxer”:
“Now the years are rolling by me / They are rocking evenly / I am older than I onced was / Younger than I’ll be / But that’s not unsual / Not it isn’t strange /Alter changes upon changes / We are more o less the same.” Leerlo a los 60 años me produce un efecto extraño, y sobre todo porque conozco muy bien las otras ediciones (no me gustaría decirle versiones); si lo hubiera conseguido aquella mañana de 1966, en que me asomé a la Casa del Lago a oír a Salvador Novo, ¿lo preferiría a las ediciones de 1978 y 1990? No podía leer esos cuentos en 1958, pero en 1968 sí; ¿me perdí de algo?
Lo único que puedo expresar es una enorme satisfacción por haber conseguido ambos libros; los ambicionaba desde hacía mucho. O mejor dicho, los necesitaba.
Una coda: leo con mucho retraso una de las viñetas que escribe Vicente Leñero para la Revista de la Universidad de México, la referente al Tito Monterroso que nos benefició tanto a tantos: como editor; ya Leñero había mostrado, en Vivir del teatro, titubeos ortográficos con la tilde diacrítica en sí o en si; en el artículo sobre Monterroso, se queja de que Tito, al corregirle alguno de sus libros, haya acentuado rió, y cuenta que se quejó con él; es un monosílabo, igual que vio, al que le quitaste el acento, y cuenta que Tito sólo lo vio con compasión y le dijo: rió va con acento; aunque Leñero argumenta que rió es monosílabo, no lo es; la Real Academia Española dice que ésa es una regla vieja, pero nos concede a los que creemos que rió, guión, fié, son disílabos, la gracia de que sigamos acentuándolo; el problema es que, la RAE ha hecho caso de quienes consideran que como son palabras de tres (o cuatro) letras, por ello son monosílabos, y por tanto no tienen por qué acentuarse; en vez de basarse en el número de letras que tiene una sílaba, debían fijarse en la pronunciación; qué le vamos a hacer; desde 1956 había desaparecido el acento en el monosílabo o cuando iba entre cifras, para no confundirlo con un cero (o por 0); pero eso era cuando las máquinas de escribir no tenían los números 1 y 0, pero desde que se les incorporó en las máquinas de escribir, y desde luego en la computadora, no hay manera de confundirlos; pero en su versión de la Ortografía Española, de 1999, vuelve a aconsejar el uso de la o acentuada. ¿Quién les entiende?
martes, 14 de julio de 2009
Mis problemas con la Z...
“Amigo Eduardo Leguiluz Mejía, va para tu cuadrito de comentarios y lo publicas si quieres… o no lo publicas porque de repente sufriste una insolación de rubor: Muy buena tu serie de artículos sobre Pedro Infante, en ella late un librito que saldrá tras ampliarla un poco y peinarla. Y… hablando de peinar. Veo que dices al comienzo de la tercera entrega que Infante 'va a la saga’ (es decir a un género de la antigua literatura nórdicas) de Negrete, en lugar de ‘va a la zaga’ (es decir detrás o en la parte de atrás) del casi siempre inaguantable superacharro cantor, que visto y oído hoy carece de la simpatía y la ductilidad de su ‘zaguero’. Supongo que es un descuido como los que nos afligen a todos, pero también me temo que esas cosas pasan cuando en México, como también en regiones de España, la S no se distingue de la Z en la oralidad. En su perfecto quienes así hablen, qué caray… Pero, decía Otaola, ¿cómo distinguir la carne acecinada de la carne asesinada?
Un abrazo
Josedelacolina”
Al transcribir el párrafo del maestro De la Colina omití algo que lo hizo parecer lo que no es; todo por rubor sincero; pero me hizo recordar uno de los mayores reclamos en El Financiero, cuando, junto con Fernando García dejé pasar, en un aviso de la portada, el efecto samba; con esa manía de los diarios de calificar y tratar de imponer nombres a los fenómenos políticos y a los eventos financieros, se dio en llamar así, pero con Z, a las repercusiones mundiales, pero sobre todo en América, de la crisis económica en Brasil. Y sin embargo, en la vigésimo segunda edición del Diccionario de la Real Academia, samba es, en su segunda acepción, “Música con que se acompaña esta danza”.
En los libros de gramática hay diferencias entre la S y la Z, y ciertas palabras con C, y entre la B y la V; para la Gramática española, de Juan Alcina Franch y José María Blecua, la S es un fonema alveolar fricativa sorda, y la Z es alveolar fricativa sonora; en el mismo libro, se dice que “En América es frecuente, como también sucede en la Península (sic, la mayúscula), la aparición de una [v] en hablantes semicultos, que intentan articular con una fonética visual”. En su Diccionario de Dudas, Manuel Seco habla de la S como “consonante alveolar (o mejor, apicoalveolar) fricativa sorda… El ápice de la lengua se apoya en los alvéolos, dejando una salida redondeada para el aire. El predorso, mientras tanto, adquiere una forma ligeramente cóncava. No hay vibración de las cuerdas vocales. Sin embargo, la s resulta sonora cuando está en contacto con una consonante sonora. […] La s que se articula sonora en otras lenguas –s predorsal— se articula mediante el contacto del predorso de la lengua con los alvéolos, contacto incompleto, ya que deja en el centro una pequeña abertura por donde sale el aire. En las zonas de lengua española donde no se emplea la s apicoalveolar, es la s predorsal la que se usa, en numerosas variantes. Así en Andalucía y en la mayor parte de Hispanoamérica. La s predorsal propiamente dicha se da en zonas de las provincias de Málaga, Córdoba y Granada; la variante llamada coronal, articulada entre los incisivos superiores y los alvéolos, con la lengua plana, se presenta en parte de las provincias de Huelva, Sevilla, Córdoba, Jaén, Granada y Almería. […] El defecto más importante que se presenta en relación con la s es el ceceo, que consiste en identificar los fonemas s y z bajo la única forma de z: sopa [zópa], señor [señó]; […] en todas partes, aun en la misma Andalucía, es censurado como rústico y extraordinariamente inculto. […] Más extendido, pero menos grave, es el defecto que consiste en aspirar la s en final de sílaba o de palabra, transformándola en un sonido semejante al de h inglesa, … o a veces , en el sonido de j española, como ocurre en el habla popular de Madrid…”
También para Seco, la Z es “consonante interdental fricativa sorda. Se articula intercalando el ápice de la lengua entre los bordes incisivos superiores e inferiores. El aire escapa por los resquicios que dejan entre sí dientes y lengua, tanto por la parte superior de ésta como por la inferior. No hay vibración de las cuerdas vocales; sin embargo, cuando el fonema se encuentra en contacto con una consonante sonora, se hace sonoro a su vez: juzgar. […] En zonas muy extensas del idioma este fonema no existe….”
En la Ortografía de la lengua española, de la Real Academia Española, de 1999, no hay indicaciones para el uso y pronunciación de la S; en cambio, advierten que la C “puede presentar dos fonemas: uno oclusivo velar sordo ante las vocales a, o, u, ante consonante y en posición final de sílaba… y otro fricativo interdental sordo ante las vocales e, i… En zonas de seseo, ante i, representa el sonido correspondiente a s.”
Y “la letra z representa el fonema fricativo interdental sordo ante las vocales a, o, u y en posición final de sílaba o de palabra… Además, en algunas palabras procede, representando el mismo fonema, a las vocales e, i. En zonas de seseo representa el sonido correspondiente a s.”
(Por fin, ¿ceceo o seseo?)
Es terrible confesar que aprendimos mal el alfabeto; si en muchos lados donde se supone que debemos hablar bien el español, pronunciamos tres letras como si fuera una sola, y hacemos poco caso de otras características; por ejemplo, dicen los que se fijan, la D está destinada a desaparecer, en un plazo no demasiado largo, porque cuando es la primera de una palabra por lo regular la pronunciamos como T, y si es al final, la suprimimos, ¿verdá?; u otras palabras con elementos sorpresivos, como “celeste”, que tiene una sola vocal, pero con diferente sonido, abriéndola, cortándola, prolongándola, se sube o se baja el tono para pronunciarla; si la escribiéramos como la pronunciamos, la gráfica mostraría tres fonemas diferentes; ¿pero con la S, la C y la Z?; en “casas”, la S siempre es la misma; y el caso de acecinada y asesinada, me temo que la gráfica sería la misma para ambas palabras. ¿Eso justifica que dude cada vez que escribo rebozo, me detenga y busque si es con S o con Z? Podría decir que no recuerdo demasiados textos que traigan la palabra, que el DRAE no dice qué es en México, sino que define acciones de simulación, que el Panhispánico de Dudas no lo incluye, y que en la edición de la DRAE de La región más transparente es un chal, mantilla o pañoleta que la mujer de clase media y pobre (sic) suele llevar echada sobre los hombros o cubriéndole la cabeza (¿y las que lo muerden, como Gloria Marín cuando le canta el supercharro cantor que tan poco le simpatiza a José de la Colina? ¿Y las que lo usan para cargar a los niños de brazos?); ¿eso justifica que cuando tengo que escribir despedazado lo piense y mejor ponga destrozado porque tengo menos dudas (en realidad, remedo una escena de Mauricio Garcés, quien toma clases con Miguel Suárez para enamorar a la hija, Irma Lozano, y cuando el profesor le pide que deletree “cempasúchil”, Garcés exclama: “mejor rosa”)?
No justifico el error, lo explico: el mejor jugador cuando vi futbol por gusto (por culpa de Otaola, Polo Duarte, Paco Villarejo, Paco Alvarado) era Zague, y era delantero; de cualquier manera nunca he escrito saguero, pero dudo ante saga y zaga (¿como una camisa se llama Zaga?), aunque nunca dudo entre cause y cauce; tampoco me detengo a escoger entre injerir e ingerir.
Quiero creer que mi ortografía es razonada, no aprendida; por eso no tengo duda cuando tengo que escribir quizá o quizás, y siempre me asombró que la mayoría incluso de los grandes escritores ni siquiera sopese la diferencia; tampoco dudo entre incluso e inclusive; es más, desde que el profesor Mendoza nos regañó a Manuel Gutiérrez y a mí por el mal uso del “le”, no he vuelto a usarlo mal, aunque muestro incapacidad para explicárselo a cualquiera, e incluso hay quienes se niegan a escuchar razones, y siempre suponen que se refiere al sujeto, y no al verbo.
¿Por qué Seco, Alcina, Blecua y la Real Academia Española insisten en las diferencias entre S, C y Z, y en cambio regañan a quienes intenta pronunciar la V labiodental e insinúan que se trata de una cursilería y presunción de mal gusto, y que en algún momento, como la D, esa V va a desaparecer pues sólo es respeto por la etimología, pero que como ha habido casos de antietimología en algún momento puede unificarse para evitar problemas de ortografía? ¿Por qué ese tono de ironía cuando advierten que hay quien insiste en pronunciar vino en vez de bino (claro, tampoco habría que exagerar como los que piden “un fino fino”)?
Una de las piezas más divertidas de Les Luthiers, “Romance del Joven Conde, la Sirena y el Pájaro Cucú. Y la Oveja” nos pone alertas sobre esas explicaciones sobre las diferencias de pronunciación de la B, la V y la E, pero en realidad, al tratar de usar correctamente la S y la Z, me viene a la mente la respuesta de Yogi Berra cuando Casey Stangel (o Frankie Crosetti) le advirtió que debía pensar bien cómo batearle a un pitcher especialmente difícil: ¿quieres que piense o que batee?
Le doy muchas vueltas al asunto; no tiene razón José de la Colina al creer que fue distracción; en realidad, fue atarugamiento, pero no prometo que no volverá a suceder, y me acojo al dicho de los diarios: “fue un error involuntario”.
Un abrazo
Josedelacolina”
Al transcribir el párrafo del maestro De la Colina omití algo que lo hizo parecer lo que no es; todo por rubor sincero; pero me hizo recordar uno de los mayores reclamos en El Financiero, cuando, junto con Fernando García dejé pasar, en un aviso de la portada, el efecto samba; con esa manía de los diarios de calificar y tratar de imponer nombres a los fenómenos políticos y a los eventos financieros, se dio en llamar así, pero con Z, a las repercusiones mundiales, pero sobre todo en América, de la crisis económica en Brasil. Y sin embargo, en la vigésimo segunda edición del Diccionario de la Real Academia, samba es, en su segunda acepción, “Música con que se acompaña esta danza”.
En los libros de gramática hay diferencias entre la S y la Z, y ciertas palabras con C, y entre la B y la V; para la Gramática española, de Juan Alcina Franch y José María Blecua, la S es un fonema alveolar fricativa sorda, y la Z es alveolar fricativa sonora; en el mismo libro, se dice que “En América es frecuente, como también sucede en la Península (sic, la mayúscula), la aparición de una [v] en hablantes semicultos, que intentan articular con una fonética visual”. En su Diccionario de Dudas, Manuel Seco habla de la S como “consonante alveolar (o mejor, apicoalveolar) fricativa sorda… El ápice de la lengua se apoya en los alvéolos, dejando una salida redondeada para el aire. El predorso, mientras tanto, adquiere una forma ligeramente cóncava. No hay vibración de las cuerdas vocales. Sin embargo, la s resulta sonora cuando está en contacto con una consonante sonora. […] La s que se articula sonora en otras lenguas –s predorsal— se articula mediante el contacto del predorso de la lengua con los alvéolos, contacto incompleto, ya que deja en el centro una pequeña abertura por donde sale el aire. En las zonas de lengua española donde no se emplea la s apicoalveolar, es la s predorsal la que se usa, en numerosas variantes. Así en Andalucía y en la mayor parte de Hispanoamérica. La s predorsal propiamente dicha se da en zonas de las provincias de Málaga, Córdoba y Granada; la variante llamada coronal, articulada entre los incisivos superiores y los alvéolos, con la lengua plana, se presenta en parte de las provincias de Huelva, Sevilla, Córdoba, Jaén, Granada y Almería. […] El defecto más importante que se presenta en relación con la s es el ceceo, que consiste en identificar los fonemas s y z bajo la única forma de z: sopa [zópa], señor [señó]; […] en todas partes, aun en la misma Andalucía, es censurado como rústico y extraordinariamente inculto. […] Más extendido, pero menos grave, es el defecto que consiste en aspirar la s en final de sílaba o de palabra, transformándola en un sonido semejante al de h inglesa, … o a veces , en el sonido de j española, como ocurre en el habla popular de Madrid…”
También para Seco, la Z es “consonante interdental fricativa sorda. Se articula intercalando el ápice de la lengua entre los bordes incisivos superiores e inferiores. El aire escapa por los resquicios que dejan entre sí dientes y lengua, tanto por la parte superior de ésta como por la inferior. No hay vibración de las cuerdas vocales; sin embargo, cuando el fonema se encuentra en contacto con una consonante sonora, se hace sonoro a su vez: juzgar. […] En zonas muy extensas del idioma este fonema no existe….”
En la Ortografía de la lengua española, de la Real Academia Española, de 1999, no hay indicaciones para el uso y pronunciación de la S; en cambio, advierten que la C “puede presentar dos fonemas: uno oclusivo velar sordo ante las vocales a, o, u, ante consonante y en posición final de sílaba… y otro fricativo interdental sordo ante las vocales e, i… En zonas de seseo, ante i, representa el sonido correspondiente a s.”
Y “la letra z representa el fonema fricativo interdental sordo ante las vocales a, o, u y en posición final de sílaba o de palabra… Además, en algunas palabras procede, representando el mismo fonema, a las vocales e, i. En zonas de seseo representa el sonido correspondiente a s.”
(Por fin, ¿ceceo o seseo?)
Es terrible confesar que aprendimos mal el alfabeto; si en muchos lados donde se supone que debemos hablar bien el español, pronunciamos tres letras como si fuera una sola, y hacemos poco caso de otras características; por ejemplo, dicen los que se fijan, la D está destinada a desaparecer, en un plazo no demasiado largo, porque cuando es la primera de una palabra por lo regular la pronunciamos como T, y si es al final, la suprimimos, ¿verdá?; u otras palabras con elementos sorpresivos, como “celeste”, que tiene una sola vocal, pero con diferente sonido, abriéndola, cortándola, prolongándola, se sube o se baja el tono para pronunciarla; si la escribiéramos como la pronunciamos, la gráfica mostraría tres fonemas diferentes; ¿pero con la S, la C y la Z?; en “casas”, la S siempre es la misma; y el caso de acecinada y asesinada, me temo que la gráfica sería la misma para ambas palabras. ¿Eso justifica que dude cada vez que escribo rebozo, me detenga y busque si es con S o con Z? Podría decir que no recuerdo demasiados textos que traigan la palabra, que el DRAE no dice qué es en México, sino que define acciones de simulación, que el Panhispánico de Dudas no lo incluye, y que en la edición de la DRAE de La región más transparente es un chal, mantilla o pañoleta que la mujer de clase media y pobre (sic) suele llevar echada sobre los hombros o cubriéndole la cabeza (¿y las que lo muerden, como Gloria Marín cuando le canta el supercharro cantor que tan poco le simpatiza a José de la Colina? ¿Y las que lo usan para cargar a los niños de brazos?); ¿eso justifica que cuando tengo que escribir despedazado lo piense y mejor ponga destrozado porque tengo menos dudas (en realidad, remedo una escena de Mauricio Garcés, quien toma clases con Miguel Suárez para enamorar a la hija, Irma Lozano, y cuando el profesor le pide que deletree “cempasúchil”, Garcés exclama: “mejor rosa”)?
No justifico el error, lo explico: el mejor jugador cuando vi futbol por gusto (por culpa de Otaola, Polo Duarte, Paco Villarejo, Paco Alvarado) era Zague, y era delantero; de cualquier manera nunca he escrito saguero, pero dudo ante saga y zaga (¿como una camisa se llama Zaga?), aunque nunca dudo entre cause y cauce; tampoco me detengo a escoger entre injerir e ingerir.
Quiero creer que mi ortografía es razonada, no aprendida; por eso no tengo duda cuando tengo que escribir quizá o quizás, y siempre me asombró que la mayoría incluso de los grandes escritores ni siquiera sopese la diferencia; tampoco dudo entre incluso e inclusive; es más, desde que el profesor Mendoza nos regañó a Manuel Gutiérrez y a mí por el mal uso del “le”, no he vuelto a usarlo mal, aunque muestro incapacidad para explicárselo a cualquiera, e incluso hay quienes se niegan a escuchar razones, y siempre suponen que se refiere al sujeto, y no al verbo.
¿Por qué Seco, Alcina, Blecua y la Real Academia Española insisten en las diferencias entre S, C y Z, y en cambio regañan a quienes intenta pronunciar la V labiodental e insinúan que se trata de una cursilería y presunción de mal gusto, y que en algún momento, como la D, esa V va a desaparecer pues sólo es respeto por la etimología, pero que como ha habido casos de antietimología en algún momento puede unificarse para evitar problemas de ortografía? ¿Por qué ese tono de ironía cuando advierten que hay quien insiste en pronunciar vino en vez de bino (claro, tampoco habría que exagerar como los que piden “un fino fino”)?
Una de las piezas más divertidas de Les Luthiers, “Romance del Joven Conde, la Sirena y el Pájaro Cucú. Y la Oveja” nos pone alertas sobre esas explicaciones sobre las diferencias de pronunciación de la B, la V y la E, pero en realidad, al tratar de usar correctamente la S y la Z, me viene a la mente la respuesta de Yogi Berra cuando Casey Stangel (o Frankie Crosetti) le advirtió que debía pensar bien cómo batearle a un pitcher especialmente difícil: ¿quieres que piense o que batee?
Le doy muchas vueltas al asunto; no tiene razón José de la Colina al creer que fue distracción; en realidad, fue atarugamiento, pero no prometo que no volverá a suceder, y me acojo al dicho de los diarios: “fue un error involuntario”.
lunes, 6 de julio de 2009
Dos extraños casos de Robert Louis Stevenson, uno de la UNAM y otro de errapaspuntocom
Con Robert Louis Stevenson hay siempre equívocos; en primer lugar, se le cataloga como autor de novelas de aventuras, aunque en donde más se aventura es en el alma humana; tanto El extraño caso del doctor Jekyll y mister Hyde, como en La isla del Tesoro como en Ladrones de cadáveres o en sus cuentos (El diablo en la botella, Cuentos de los mares del sur), como en la mayoría de sus obras, el lector se encuentra con que, contrario a lo que sucede con los libros de aventuras, donde hay buenos y malos, los buenos son tan malos como los villanos, y éstos más nobles que los héroes.
No por nada Long John Silver, el pirata terrible, es capaz de sacrificarse por quienes lo quieren condenar a la muerte (y no hay duda de que es un desalmado, que abandona a los hombres en condiciones infrahumanas), mientras que el doctor Livesey, que representa la civilización y las leyes, no tiene el menor remordimiento por dejar abandonados a los piratas, sabiendo que entre ellos van a despedazarse. Y el dilema del doctor Jekyll es que cada vez siente mayor placer por encarnar la personalidad del desalmado, salvaje, incontenible mister Hyde, en una muestra de que el hombre tiene escondido (o no tanto) un lado malo, y que salta a la menor provocación, y siente ese mismo placer cuando causa daño a sus semejantes. No por nada Stevenson fue uno de los autores favoritos de Alfonso Reyes, quien tradujo Olalla, una de sus cuentos no muy largos: la última edición, en los Cuadernos de la Gaceta del Fondo de Cultura Económica.
Pero acabo de descubrir un extraño libro, publicado por la UNAM ya hace unos años (2003, pero se dice que la primera edición fue en Editora Nacional, en 1956, y que ésta es la primera en la colección Confabuladores), pero inadvertido hasta ahora que comienzan a venderse algunos títulos de la UNAM en El Péndulo; con prólogo de Luigi Amara y traducción de Carlos Pereyra, se recogen dos historias; una, Historia de una mentira, escrita poco antes de Cuentos de los mares del sur (New Arabian Nights), y que está en segundo lugar en este libro, y Las tribulaciones de un joven indolente, cuando ya había escrito sus primeras obras maestras.
Sin embargo, tienen poco que ver con sus libros más célebres; en Las tribulaciones de un joven indolente, aunque la historia es sentimental, conmovedora, e incluso previsible y con final feliz, provoca no pocas carcajadas entre los lectores acostumbrados a su sentido del humor, pero no a las gracejadas de Stevenson; no son para menos; si el relato no tuviera un sutil pero innegable mensaje, si no fuera una advertencia contra los padres inflexibles que desatienden el destino y el crecimiento de los hijos, la historia sería muy cómica, porque el personaje cae en desgracia simplemente por descuidado, por no obedecer las órdenes de los padres que (hay que imaginar en estos momentos música melodramática) lo único que quieren es lo mejor para los hijos, para eso tienen experiencia (cesa la música); por descuido entra a un billar en vez de ir a realizar un depósito bancario; cede a las presiones de un amigo desobligado, le hace un préstamo, y se le olvida que trae en el bolsillo una cantidad importante, misma que, como es obvio, le es robada, lo que provoca, al día siguiente, la furia del padre incomprensivo (cómo no, si es quien debe pagar por todo), y de allí que decida alejarse de la casa paterna, emprender un largo viaje de Inglaterra a California, donde Stevenson nos priva de las aventuras que corre por diez años, hasta que decide dar una sorpresa la familia, no sin antes cometer otra serie de descuidos; el fin, cursi y precipitado, ya no tiene la gracia de las primeras páginas; el final feliz es indigno del autor de La isla del Tesoro; en lo único que se le asemeja es en la habilidad narrativa, en el sentido del suspenso y en la creación de personajes con vida propia.
El segundo extraño caso, Historia de una mentira, contiene tres personajes, además de (música que indique la aparición de…) otro padre incomprensivo: un joven impetuoso, fanático (como el de Las tribulaciones…) del sentido del honor, lleno de amor filial y de respeto por un padre al que no le gusta que lo contradigan, pero que es incapaz de señalarle los errores que comete cuando se mete en donde no lo llaman para opinar de lo que no sabe; y aunque la trama se desvía hacia la aparición de un pintor pintoresco, vulgar, simpatiquísimo, truhán, engañabobos y que vive de un prestigio falso, y de una joven encantadora, previsiblemente hija del pintor, con muchas cualidades pero no las que adornan al padre.
¿De quién fue la culpa? Stevenson no quiere que lo sepamos, pero el joven se enamora de la joven, quien a su vez se enamora del joven porque éste, por quedar bien, se hace pasar por amigo de quien se hace pasar por genial pintor; aunque la trama es igual de previsible, no tiene el encanto de la inocencia, y sí el lastre del sentimentalismo: nadie tiene la culpa, pero la historia tiene un desenlace en el que no hay más solución que una muy grave: que todos cedan: el padre incomprensivo entiende la lección, aprende de sus errores, y como Cruz Treviño Martínez de la Garza (“si no fueras mi hijo, te pediría perdón, pero m’hijo, yo te perdono”) perdona a su hijo, que por su lado tiene que aguantar los arranques de la joven bravía, y ésta debe ser domada antes de que muestre la firmeza de su carácter; un repentino giro hace que se dude de la integridad de la joven, quien decide secuestrar al ya antipático personaje principal, pero de lo que no se duda, aunque no se diga pero se deduce, es de su poder erótico; por desgracia, vuelve a haber otro giro y todo se soluciona, sin graves pérdidas más que de la integridad y de la voluntad, incluido el más pintoresco de los personajes.
Algo común en ambas historias es lo plano de los personajes, que aunque la mayoría tiene vida propia, son planos, sin dimensiones, incapaces de las dualidades de otros muchos personajes de los grandes libros de Stevenson, uno de los mejores escritores de lengua inglesa, y como decimos, uno de los más complejos y que dota a los protagonistas de sus novelas de una complejidad que los hace humanos. Los de estos cuentos tienen un destino prefabricado, y no parece necesario terminar su lectura para saber lo que les sucede, y además cuál será su futuro cuando acaben las aventuras que viven: y fueron felices. De hecho, si uno resiste la tentación de abandonar la lectura es porque por lo regular Stevenson es todo, menos previsible; si en sus novelas hay finales felices, sólo lo son en apariencia, porque en realidad triunfa el mal, muchas veces disfrazado del bien; si uno hiciera una encuesta para saber cuál es el personaje favorito de los lectores, muchos dirán que Long John Silver, mucho más entrañable que el doctor Livesey.
Y todos los personajes de este Las tribulaciones de un joven indolente son lo opuesto de Long John Silver, con el agraviante de que tampoco tienen la personalidad riquísima y en el fondo picaresca de Jim Hawkins.
El tercer extraño caso es difícil de determinar; la edición, al cuidado de Gabriela Ordiales y de Judith Sabines, no está exenta de erratas, pero tampoco es para alarmar a nadie; la traducción de Pereyra tiene calidad literaria, y sólo extrañaría la aparición de algún neologismo no sólo molesto, sino inadecuado para el lenguaje de Stevenson; el verdadero villano es el formador, o el diseñador, quien aprovecha las desventajas de la formación en computadora para condensar unas líneas y para distender otras, lo que provoca que haya párrafos casi ilegibles porque desaparecen los espacios entre las letras y a veces entre las palabras; tanto, que da la impresión de que alguna página tiene una tipografía, y la siguiente otra diferente; a simple vista es molesto; para la lectura es incómodo, y resulta un ejemplo de lo que no se debe (de) hacer, y del daño que han provocado las computadoras: ya casi no hay editorial que se salve de este mal, y que hace creer que está desapareciendo el oficio de editor para darle preferencia a otras facultades que a la elegancia, o cuando menos a la dignidad editorial.
El cuarto extraño caso lo transcribo: me escribe José de la Colina: "Amigo Eduardo Leguiluz Mejía, Muy buena tu serie de artículos sobre Pedro Infante, en ella late un librito que saldrá tras ampliarla un poco y peinarla. Y... hablando de peinar. Veo que dices al comienzo de la tercera entrega que Infante 'va a la saga' (es decir detrás o en la parte de atrás) del casi siempre inaguantable supercharro cantor, que visto y oído hoy carece de la simpatía y la ductilidad de su 'zaguero'. Supongo que es un descuido como los que nos afligen a todos, pero también me temo que esas cosas pasan cuando en México, como también en regiones de España, la S no se distingue de la Z en la oralidad. En su perfecto derecho quienes así hablen, qué caray... Pero, decía Otaola, ¿cómo distinguir la carne acecinada de la carne asesinada?"
No fue un descuido, sino una metida de pata y una tontería que Ota la definiría con una palabra más precisa; la única justificación es que cuando veía por gusto el futbol (durante años lo vi por obligación y me divertí muchísimo), el mejor delantero se llamaba Zague (el padre), y de allí que cada vez que escribo saga o zaga debo consultar el diccionario o preguntarle a alguien que sabe, pero como estaba casi abordando un avión para Mazatlán, lo dejé ir como si nada. Mis avergonzadas disculpas, y el agradecimiento a José de la Colina, por el reparo y por exigirme que lo publicara completo, con flores y macetas. Vale.
No por nada Long John Silver, el pirata terrible, es capaz de sacrificarse por quienes lo quieren condenar a la muerte (y no hay duda de que es un desalmado, que abandona a los hombres en condiciones infrahumanas), mientras que el doctor Livesey, que representa la civilización y las leyes, no tiene el menor remordimiento por dejar abandonados a los piratas, sabiendo que entre ellos van a despedazarse. Y el dilema del doctor Jekyll es que cada vez siente mayor placer por encarnar la personalidad del desalmado, salvaje, incontenible mister Hyde, en una muestra de que el hombre tiene escondido (o no tanto) un lado malo, y que salta a la menor provocación, y siente ese mismo placer cuando causa daño a sus semejantes. No por nada Stevenson fue uno de los autores favoritos de Alfonso Reyes, quien tradujo Olalla, una de sus cuentos no muy largos: la última edición, en los Cuadernos de la Gaceta del Fondo de Cultura Económica.
Pero acabo de descubrir un extraño libro, publicado por la UNAM ya hace unos años (2003, pero se dice que la primera edición fue en Editora Nacional, en 1956, y que ésta es la primera en la colección Confabuladores), pero inadvertido hasta ahora que comienzan a venderse algunos títulos de la UNAM en El Péndulo; con prólogo de Luigi Amara y traducción de Carlos Pereyra, se recogen dos historias; una, Historia de una mentira, escrita poco antes de Cuentos de los mares del sur (New Arabian Nights), y que está en segundo lugar en este libro, y Las tribulaciones de un joven indolente, cuando ya había escrito sus primeras obras maestras.
Sin embargo, tienen poco que ver con sus libros más célebres; en Las tribulaciones de un joven indolente, aunque la historia es sentimental, conmovedora, e incluso previsible y con final feliz, provoca no pocas carcajadas entre los lectores acostumbrados a su sentido del humor, pero no a las gracejadas de Stevenson; no son para menos; si el relato no tuviera un sutil pero innegable mensaje, si no fuera una advertencia contra los padres inflexibles que desatienden el destino y el crecimiento de los hijos, la historia sería muy cómica, porque el personaje cae en desgracia simplemente por descuidado, por no obedecer las órdenes de los padres que (hay que imaginar en estos momentos música melodramática) lo único que quieren es lo mejor para los hijos, para eso tienen experiencia (cesa la música); por descuido entra a un billar en vez de ir a realizar un depósito bancario; cede a las presiones de un amigo desobligado, le hace un préstamo, y se le olvida que trae en el bolsillo una cantidad importante, misma que, como es obvio, le es robada, lo que provoca, al día siguiente, la furia del padre incomprensivo (cómo no, si es quien debe pagar por todo), y de allí que decida alejarse de la casa paterna, emprender un largo viaje de Inglaterra a California, donde Stevenson nos priva de las aventuras que corre por diez años, hasta que decide dar una sorpresa la familia, no sin antes cometer otra serie de descuidos; el fin, cursi y precipitado, ya no tiene la gracia de las primeras páginas; el final feliz es indigno del autor de La isla del Tesoro; en lo único que se le asemeja es en la habilidad narrativa, en el sentido del suspenso y en la creación de personajes con vida propia.
El segundo extraño caso, Historia de una mentira, contiene tres personajes, además de (música que indique la aparición de…) otro padre incomprensivo: un joven impetuoso, fanático (como el de Las tribulaciones…) del sentido del honor, lleno de amor filial y de respeto por un padre al que no le gusta que lo contradigan, pero que es incapaz de señalarle los errores que comete cuando se mete en donde no lo llaman para opinar de lo que no sabe; y aunque la trama se desvía hacia la aparición de un pintor pintoresco, vulgar, simpatiquísimo, truhán, engañabobos y que vive de un prestigio falso, y de una joven encantadora, previsiblemente hija del pintor, con muchas cualidades pero no las que adornan al padre.
¿De quién fue la culpa? Stevenson no quiere que lo sepamos, pero el joven se enamora de la joven, quien a su vez se enamora del joven porque éste, por quedar bien, se hace pasar por amigo de quien se hace pasar por genial pintor; aunque la trama es igual de previsible, no tiene el encanto de la inocencia, y sí el lastre del sentimentalismo: nadie tiene la culpa, pero la historia tiene un desenlace en el que no hay más solución que una muy grave: que todos cedan: el padre incomprensivo entiende la lección, aprende de sus errores, y como Cruz Treviño Martínez de la Garza (“si no fueras mi hijo, te pediría perdón, pero m’hijo, yo te perdono”) perdona a su hijo, que por su lado tiene que aguantar los arranques de la joven bravía, y ésta debe ser domada antes de que muestre la firmeza de su carácter; un repentino giro hace que se dude de la integridad de la joven, quien decide secuestrar al ya antipático personaje principal, pero de lo que no se duda, aunque no se diga pero se deduce, es de su poder erótico; por desgracia, vuelve a haber otro giro y todo se soluciona, sin graves pérdidas más que de la integridad y de la voluntad, incluido el más pintoresco de los personajes.
Algo común en ambas historias es lo plano de los personajes, que aunque la mayoría tiene vida propia, son planos, sin dimensiones, incapaces de las dualidades de otros muchos personajes de los grandes libros de Stevenson, uno de los mejores escritores de lengua inglesa, y como decimos, uno de los más complejos y que dota a los protagonistas de sus novelas de una complejidad que los hace humanos. Los de estos cuentos tienen un destino prefabricado, y no parece necesario terminar su lectura para saber lo que les sucede, y además cuál será su futuro cuando acaben las aventuras que viven: y fueron felices. De hecho, si uno resiste la tentación de abandonar la lectura es porque por lo regular Stevenson es todo, menos previsible; si en sus novelas hay finales felices, sólo lo son en apariencia, porque en realidad triunfa el mal, muchas veces disfrazado del bien; si uno hiciera una encuesta para saber cuál es el personaje favorito de los lectores, muchos dirán que Long John Silver, mucho más entrañable que el doctor Livesey.
Y todos los personajes de este Las tribulaciones de un joven indolente son lo opuesto de Long John Silver, con el agraviante de que tampoco tienen la personalidad riquísima y en el fondo picaresca de Jim Hawkins.
El tercer extraño caso es difícil de determinar; la edición, al cuidado de Gabriela Ordiales y de Judith Sabines, no está exenta de erratas, pero tampoco es para alarmar a nadie; la traducción de Pereyra tiene calidad literaria, y sólo extrañaría la aparición de algún neologismo no sólo molesto, sino inadecuado para el lenguaje de Stevenson; el verdadero villano es el formador, o el diseñador, quien aprovecha las desventajas de la formación en computadora para condensar unas líneas y para distender otras, lo que provoca que haya párrafos casi ilegibles porque desaparecen los espacios entre las letras y a veces entre las palabras; tanto, que da la impresión de que alguna página tiene una tipografía, y la siguiente otra diferente; a simple vista es molesto; para la lectura es incómodo, y resulta un ejemplo de lo que no se debe (de) hacer, y del daño que han provocado las computadoras: ya casi no hay editorial que se salve de este mal, y que hace creer que está desapareciendo el oficio de editor para darle preferencia a otras facultades que a la elegancia, o cuando menos a la dignidad editorial.
El cuarto extraño caso lo transcribo: me escribe José de la Colina: "Amigo Eduardo Leguiluz Mejía, Muy buena tu serie de artículos sobre Pedro Infante, en ella late un librito que saldrá tras ampliarla un poco y peinarla. Y... hablando de peinar. Veo que dices al comienzo de la tercera entrega que Infante 'va a la saga' (es decir detrás o en la parte de atrás) del casi siempre inaguantable supercharro cantor, que visto y oído hoy carece de la simpatía y la ductilidad de su 'zaguero'. Supongo que es un descuido como los que nos afligen a todos, pero también me temo que esas cosas pasan cuando en México, como también en regiones de España, la S no se distingue de la Z en la oralidad. En su perfecto derecho quienes así hablen, qué caray... Pero, decía Otaola, ¿cómo distinguir la carne acecinada de la carne asesinada?"
No fue un descuido, sino una metida de pata y una tontería que Ota la definiría con una palabra más precisa; la única justificación es que cuando veía por gusto el futbol (durante años lo vi por obligación y me divertí muchísimo), el mejor delantero se llamaba Zague (el padre), y de allí que cada vez que escribo saga o zaga debo consultar el diccionario o preguntarle a alguien que sabe, pero como estaba casi abordando un avión para Mazatlán, lo dejé ir como si nada. Mis avergonzadas disculpas, y el agradecimiento a José de la Colina, por el reparo y por exigirme que lo publicara completo, con flores y macetas. Vale.
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