domingo, 6 de febrero de 2011

Las contradicciones del inocente Pedro Infante

Una de las cintas estelarizadas por Pedro Infante que más se han exhibido, y con un éxito que no parece apagarse, es El inocente; es indispensable en las celebraciones televisivas en épocas de Navidad, y ha tenido remakes regularmente malos, una de ellas con Alberto Vázquez y Angélica María, y es una más de las variantes de la Cenicienta, sólo que es a él, gente del pueblo, sencillo y sin amaneramientos, quien se atreve a escalar la ruta ascendente en un estrato socioeconómico. Las situaciones clave se han filmado varias veces, y cuando Televisa incursionó en la producción cinematográfica, una de las escenas más célebres fue homenajeada y parodiada por músicos más ambiciosos, como uno de los integrantes de Botellita de Jerez, dirigidos por un artesano que ha conseguido prestigio internacional. Y una vez más, como sucedió con casi todas las cintas de Infante, gran parte del éxito se debe a los actores secundarios; uno de ellos, Pedro D’Aguillón, fue galardonado como actor de reparto; sin embargo, fueron mejores las interpretaciones de Sara García, Óscar Ortiz de Pinedo y Félix González.
La trama es más que conocida, y no tiene nada de original, pero el ritmo que le da Rogelio González, en la penúltima ocasión en que dirigió a Infante, hizo que se aguantaran incluso los malos momentos, que no son pocos; además, la naturalidad, la gracia, la belleza y la simpatía que aportó Silvia Pinal fueron ingredientes que ayudaron a superar las fallas del argumento de Luis y Janet Alcoriza. Una joven, comprometida y todo, se sale de la fiesta de fin de año en casa de su futura suegra Maruja Griffel, a la que no le tolera cómo trata al sobreprotegido Alberto (Armando Sáenz, sobreactuado), su novio, para irse a la fiesta en Cuernavaca, donde los padres de ella (García y Ortiz de Pinedo) esperan a la pareja; el auto se le descompone en plena carretera; alguien avisa a la AMA, en donde Infante y D’Aguillón hacen guardia, y se turnan para no contestar el teléfono (algo así nos sucedió, cuando nunca contestaron para auxiliarnos en una descompostura; Pinal no tuvo tan mala atención); el auto está desbielado, e Infante se acomide a llevarla a su casa, donde los sirvientes, desobedeciendo a los patrones, se ausentaron para ir a celebrar; ella es incapaz de encender la chimenea, de preparar algún alimento, de servir bebidas, casi ni de encender la luz ni de abrir la puerta; teme, además, quedarse sola, y obliga a Infante, de nombre supuestamente ridículo (Cutberto Gaudazar; Gutierre Tibón explica la decadencia de la popularidad del nombre: era como apodaban a los evasores del servicio militar durante la Primera Guerra Mundial en Inglaterra; Gaudazar no lo registra Tibón en su Diccionario etimológico comparado de los apellidos españoles, hispanoamericanos y filipinos), a acompañarla, a brindar con ella; se embriagan después de bailar rondas infantiles con una picardía impensable, no por ellos sino por las canciones, y ella, dormida, es llevada en brazos, en una escena muy celebrada, a la recámara de los padres; él, también briago, se queda dormido junto a ella; sin advertir la presencia del otro, cada uno se desviste (a medias) y vuelve a quedarse dormido; cuando a la mañana siguiente los padres regresan, preguntan a los sirvientes por Pinal (Mané, nombre que también provoca risas en Infante); cuando los sorprenden, se indignan pues asumen que han mantenido relaciones sexuales; Pinal se despierta y se hace pasar, con sinceridad, por víctima; Infante asume, arrogante, que se aprovechó pero no se acuerda; sale huyendo en la motocicleta de la compañía, y se lleva la colcha con la que tapó su desnudez (a medias); el hermano de Mané (Félix González) asume que fue Alberto quien la violó y lo golpea; Alberto resume bien la situación: ya cómo, ya para qué.
Mandan llamar a Cutberto, quien regresa la colcha, perfectamente bien envuelta; lo obligan a casarse con Pinal; ella llora mientras él se muestra arrobado; con justa razón: Pinal estaba en uno de sus mejores momentos; la boda es una farsa, y le impiden hablar con los invitados porque temen que los ponga en ridículo; se van a Acapulco, entonces de moda, de luna de miel; al llegar a la casa encuentran a la familia ya instalada, y nos explican: un matrimonio en apariencia y tras un plazo prudente para justificar la ausencia de virginidad, un divorcio rápido; Cutberto, harto del mal trato y de no poder consumar el matrimonio, los abandona; Mané lo busca en los talleres de la AMA, pero él se niega a darle el divorcio voluntario mientras ella no acceda a ser su mujer (o sea...) cuando menos un día; finalmente accede, y luego de que Mané vuelve a mostrar su ineptitud como ama de casa, él la deja ir intacta; en otra fiesta, Mané, otra vez briaga, se deja convencer por su hermano, vuelve a irse a la carretera con el auto descompuesto para que vaya la grúa por ella, y confiesa a D’Aguillón de que está enamorada de Gaudazar, quien la escucha escondido; acepta aprender a ser esposa de un humilde mecánico. Nos ahorran los trámites engorrosos de volver a casarse, supuestamente ahora sí por la iglesia.
Aunque la trama es graciosa tiene muchas incongruencias e inconsistencias. En primer lugar, Mané se queja de que Alberto sea mangoneado por su madre manipuladora y lo reta por inútil, pero ella, que aprendió a conducir auto, no sabe que hay que ponerle aceite, agua y llevarlo a revisión cada dos mil kilómetros: ¿qué clase de educación le dan en una familia más que pudiente, dueña cuando menos de tres residencias, dos de ellas de lujo –la de Cuernavaca no la muestran más que a medias–, y con muchos recursos? ¿Dónde aprendió a manejar que no le dieron esa información? No sólo no sabe nada de autos, sino que es tan inútil como Alberto pues no sabe ni dónde están los platos y las copas, y desconoce todo lo del hogar; cuando va al cuartito donde vive Infante (¿tan mal le pagan que no puede habitar un departamento aunque fuera pequeño?) se asusta de las labores que debe hacer, e Infante ni siquiera se acomide a explicarle; se quema con la cafetera que está en el fuego (o sea que además de fodonga es tonta, porque no sabe que lo caliente quema); o sea que se atreve a reclamarle a Sáenz defectos de los que ella misma adolece: cosas de la burguesía.
Tampoco se explica por qué Infante va en moto en plena carretera, si los síntomas de la falla del auto debían prever que se necesitaba la grúa; pero eso, que sí puede pasar, omite los demás detalles: ¿quién recogió el auto, a dónde lo llevaron; fue por las indicaciones de Infante, o fue la familia de Mané por su cuenta?
Pero la trama se desarrolla por el equívoco de suponer que si durmieron juntos y semivestidos (él sólo se quita las botas y los pantalones, no los calzoncillos; ella sólo el vestido pero se queda en fondo, con la ropa interior) tuvieron un intercambio sexual; montan la farsa de la boda, invitan a más de una docena de amistades (no se ven más extras en la escena), disfrazan la luna de miel, ¿y ni siquiera tuvieron la curiosidad de atisbar en las sábanas para ver si había “la mancha de sangre” que mostrara que había sucedido el acto sexual? Y si no encontraron la sangre, ¿por qué no consultaron un ginecólogo que mostrara el himen roto? De no haber sucedido nada, no tenían por qué montar la farsa si nadie, excepto los criados fácilmente sobornables, se iba a enterar de nada, pues además no había nada qué ocultar, excepto un faje muy inocente. El único que podría haber reclamado sería Alberto (o su mamá), porque aunque no hubo daño sí fue en su año.
Y si después que Cutberto confiesa que no supo qué pasó, y más razón habría de suponer en que no había daño, ¿por qué no entablar la demanda de divorcio al que tanto se niega él? Sólo ganas de forzar la trama.
Una incongruencia más; al final, ¿cómo le hace Mané para calcular a qué altura se va a descomponer el auto otra vez para que vaya Cutberto a buscarla, ahora sí en una grúa, dejando a la AMA sin guardia, porque acuden tanto Infante como D’Aguillón?; eso, ¿no les costará la chamba? Cutberto Gaudazar no tendría problemas porque iba a emparentar con ricos, ¿pero D’Aguillón? Todo eso suponiendo que, si creían que habían consumado el acto sexual pese a la borrachera, debieron suponer que esa borrachera les habría impedido la habilidad de consumarlo sin despojarse de la ropa; y eso que no era la época de las pantimedias para rememorar el chiste de “si hubiera sabido que erras virgen te habría dedicado más tiempo…”; también desconcierta la actitud de Félix González, quien en un día pasa de la ira contra el supuesto violador de la hermana, a cómplice del cuñado.

Si se hace a un lado esta falla del argumento, que no preocupó a los comentaristas de la época ni a los críticos e historiadores posteriores, ni mucho menos a un público cautivado por la simpatía de los protagonistas, la cinta tiene muchos aspectos dignos de elogio.
A Sara García no se le siente cómoda en la fiesta, pero en sus demás apariciones está excelente: madre tan mandona pero no tan empalagosa como Griffel, la pantalla se ilumina con sus apariciones, provoca tensión, y hasta se justifica el miedo de Infante; sus estallidos son genuinos y son más de temer que las amenazas de Félix González; sube el tono de la voz y su indignación parece sincera, aunque cuando Pinal advierte que la exigencia de Infante para el divorcio es que vaya a su casa, García dice que en su lugar va a ir ella; Pinedo, en su intervención más oportuna, aclara que ”no es lo mismo”, algo que ya había comprobado cuando Infante irrumpe en la recámara, creyendo que es Pinal la que ocupa la cama, e intenta seducirla (tampoco se entiende que duerman juntas Pinal y García, a menos que la mansión sólo tenga tres recámaras); en las escenas finales, cuando aparenta indiferencia, comete un equívoco al pedirle a González que saque a Pinal a que brinque la tablita (ronda infantil que ha estado cantando Pinal, otra vez briaga), y remata diciendo que Pinal sacó el carácter fuerte de Pinedo, quien hace un auténtico gesto de asombro con un atisbo de rebeldía; Pinedo, que no deja de estar gracioso, pronuncia una muletilla por entonces de moda: “yo opino”; lo decían Los Tres: Silva, Vilma y Troski (y contestaban “usted no opina nada”) y un comercial de una pasta dentífrica (que terminaba con León Michel atajando al opinante: “mire joven, hábleme de perfil”). En sus escasas intervenciones está siempre a tiempo y parece natural.
Los otros mecánicos, los hermanos Samperio, intervienen sobre todo en los números musicales, acompañando a Infante en “No volveré”, una canción excelente de Esperón y Cortázar, y “La verdolaga”, en la que no sólo lo acompañan en los coros sino que baila uno de ellos con D’Aguillón en el puente; aunque no bailan mal, exageran los movimientos y los ademanes de afeminamiento, mostrando que no son de los que dicen que les dicen que lo son; mientras, Infante compone un auto; ha sido una de mis preguntas favoritas en la trivia, y con la que cierra el perfil en este blog.
D’Aguillón, repito, obtuvo un Ariel por coactuación; por el baile en “La Verdolaga”, una de las canciones más albureras de la historia de la música mexicana, o por lo menos promocional de las relaciones sin compromiso (cariñitos de un instante, y no volverlos a ver); de las relaciones extramaritales (solteras o con marido siempre es buena la mujer) y sobre todo, efímeras, pero ardientes (los amores más bonitos son como la verdolaga [sic], nomás le pones tantito y crecen como una plaga; y tienes otra ventaja si cultivas este amor: que cuando ya se te pasa con un jalón se acabó). En la cinta omiten el verso intermedio, y aunque es de las mejores interpretaciones de Infante en el cine, contradice lo que proclama Cutberto Gaudazar en la trama: él quiere a Pinal para toda la vida.

Silvia Pinal está en uno de sus mejores momentos de su buena carrera cinematográfica: ágil, simpática, pícara; el gesto que hace cuando canta y baila (mejor que Infante: bien entonada, con voz fresca), y se pone el vestido ampón en la cabeza nos deja con ganas de verle las piernas, pero nos la esconden; las muestra con generosidad en Acapulco, cuando en traje de baño esquía y luego se sube a la lancha; bien torneadas, muslos contundentes, caderas amplias pero proporcionadas, y su rostro es de una gran belleza, sobre todo de perfil, bastante difícil porque casi todas las actrices de rostro bello lo son de frente o de tres cuartos, pero poco fotogénicas de perfil. Su momento de mayor picardía es cuando ordena en la gasolinera que le quiten toda el agua y el aceite y al auto, y le pongan “tantitita” gasolina (y los irresponsables le hacen caso). Se ve simpática cuando declara que cualquier tarea doméstica es dificilísima (muchos años después, Vicente Fernández declaraba su admiración por esa muletilla), más aún cuando declara que se disfraza de mujer avergonzada, y viste con elegancia y naturalidad todas sus prendas, aunque no se ve sensual cuando se queda en fondo; su embriaguez, como casi cualquiera del cine mexicano, no se ve natural, y cuando Infante la carga y la sube a las recámaras empujándola por el barandal se ve que va riéndose.
Infante también se muestra simpático; lleva el favor del público y del director, porque se le sabe inocente de la violación, pero también ante la vida; su mejor escena es cuando Pinal intenta convencerlo de que firme el divorcio, y cree que lo que busca es una compensación económica: hablábamos de dinero; tú hablabas de dinero, responde Infante indignado; pero su desconcierto al ser descubierto por la familia acostado junto a Pinal no es natural, ni en sus enfrentamientos a García y a González; por enésima vez le achacan un hablar cantadito supuestamente popular, suponiendo que los mecánicos son ñeros y que hablan como de Tepito; se ve más natural de overol que de smoking, pero no por habilidad histriónica, sino por falta de elegancia; representa más edad de la que le achacan.

El buen ritmo de la comedia, el tema, la popularidad de Infante y la belleza y gracia de Pinal, más buenas actuaciones en general, dieron buena taquilla a la cinta, que duró siete semanas, apunta Jorge Ayala Blanco, en el cine de estreno, el México; es decir, hasta mediados de noviembre de 1956; pocos meses después, en abril de 1957, Infante falleció en el último de sus accidentes aéreos; El inocente fue la última de sus películas que se estrenó antes de su fallecimiento; quedaron inéditas tres; una buena, una mala y una pésima; con ellas concluiré la revisión de su carrera como actor. (Escribí mal el apellido del personaje interpretado por Infante; como siempre, José de la Colina me amonesta, con razón, lo que le agradezco.)

Los académicos que aseguran que la h es muda seguramente piensan que los silencios en la música ni cuentan ni se escuchan.

2 comentarios:

Leonardo Chaves dijo...

No soy de esos fanáticos que defienden a muerte a los actores, pero estoy en desacuerdo con éste análisis muy exigente en la lógica, con esa visión destrozamos a cualquier otra película, en especial me parece absurdo que en la trama tenga que aparecer quien se llevo el auto en la primer descompostura, hasta el más tonto se da cuenta que no se ve en la película pero también que es un hecho lateral a la historia que no tenia que aparecer, me parece una crítica excesivamente estricta en cuanto a que la historia central eran los equívocos en la relación de los personajes principales, ó quería el autor de éste artículo que nos dijeran en la película el diagnóstico exacto de la descompostura del carro?, no lo chiflen, mejor digan que no les gustó el éxito de la película y eso si se los aceptamos

Alma Hernández dijo...

Estoy de acuerdo con el comentario anterior; el análisis es muy exigente yo podría contestar por lo menos 2 de sus cuestionamientos con la lógica del mundo; pero estuvo interesante.