domingo, 7 de noviembre de 2010

Jubilar a la RAE

En su especie de autobiografía, Vivir para contarla, Gabriel García Márquez cuenta algo que sus editores y sus amistades ya sabían: que para él la ortografía es un misterio irresoluble, y que en su muy extensa correspondencia con su Mama Grande, ella, al tiempo que le contestaba sus cartas, le regresaba las suyas corregidas, porque él nunca se ha preocupado por entender las reglas de la escritura correcta.
En un discurso pronunciado ante académicos en abril de 1997, en Zacatecas, pidió, más o menos en broma, la jubilación de la ortografía con el argumento de que nadie confunde revólver con revolver ni una lágrima con una lagrima, y supone que tampoco cima con sima. Confunde la función de la h, a la que llama rupestre sin querer aceptar que al contrario, suplió a muchas efes rupestres.
Cierto, la ortografía es complicada después de las primeras reglas; muchos autores no comprenden por qué "línea" es esdrújula si no suena como tal, y que "alinea" es grave y pronuncian "alínea" (sobre todos los cronistas deportivos); cierto que pocos pueden explicar qué es un hiato y casi nadie qué es una sinalefa. Incluso editores afamados dudan a la hora de acentuar o desacentuar "aun"; otros aducen que sólo hay tres “por qué”: “por qué”, “porqué” y “porque”, y no atinan a escribir “por que”, sobre todo en los diarios, que además no se tientan el corazón para escribir “inequidad” e “inequitativo”; Vargas Llosa usa correctamente iniquidad en su nueva novela, El sueño del celta, pero agrede a las academias española y peruana (de ambas es miembro) al pergeñar “desapercibido”, que es correcto siempre que no quiera decir con eso “inadvertido”.

Muchos han pedido la jubilación de la ortografía; han pedido, y hasta hay lingüistas que la piden en serio, una ortografía onomatopéyica, y que se simplifique de tal manera que la c dura se escriba con k, que se acabe la ll, que sólo haya una b (que de hecho ya es así, porque las nuevas gramáticas condenan la pronunciación correcta de la v, excepto algunos exagerados que pronuncian “fino” por “vino”; pero los exagerados abogan por que en la escritura quiten una de las dos, así como una más comprensiva utilización de las s, c y z (eso me hubiera evitado el justo regaño de José de la Colina cuando hablé de la “zaga” de los agentes de tránsito raritos encarnados por Luis Aguilar y Pedro Infante).

¿La solución es jubilar la ortografía? ¿No es mejor enseñarla bien, empezando con los profesores que mandan recados en que suprimen la h de hacer (“el niño no a echo la tarea”)? La Real Academia de la Lengua, al parecer, se ha decidido por la jubilación, sin hacer caso de las etimologías, que de esa manera parece ir también a la jubilación pero sin recibir pensión. Con argumentos tontos han decidido suprimir la ch y la ll, suprimir la tilde de algunas palabras, y obligan a nombrar algunas letras con apelativos humillantes cuando los que tienen hasta ahora son elegantes y cultos.
Claro que hablo sin saber, sólo hago caso de los cables (sueltos, o “despachos”como le dicen ellos) contradictorios que anuncian la publicación de la nueva ortografía aprobada por la Real Academia Española y sus 22 cómplices, para antes “de Navidades” (¿cuántas?); desde allí se ve la trampa: tenemos que escribir como quieren los diez millones de pen-insulares (así decía Antonio Alatorre), por encima de cerca de 300 millones de hispanoparlantes que habitamos América.
Ya en su edición anterior de las reglas ortográficas aliviaban el pesar de quienes no saben distinguir “solamente” de la “soledad”, y las diferencias entre los pronombres demostrativos y los artículos, y de quienes no saben la diferencia entre el 1 y el 2; así, se admitía desacentuar “ésa, de rojo” y “solo” aunque se tratara de “sólo digo que así se escribe”. Según los adelantos de las agencias, ahora es obligatorio confundir al lector, y prohíben estas autoridades tildar la palabra cuando el autor quiere indicar que solamente una vez se ama en la vida, con la dulce y total pronunciación. Si la función de la modernización de la ortografía es simplificarla, ¿por qué se pronuncian por complicarla? ¿Por complacer a autores que dudan si debe o no acentuarse? En un nuevo cable se dice que ya no necesario acentuar, por ejemplo "llego esta tarde", lo que es un alivio, porque en el ejemplo, "esta" nunca se ha acentuado, aunque no falta quien lo haga y hasta acentúan "éste último". Pero si en "éste llegó" quitan la tilde no sólo es confusa la frase, sino tonta.

En sus Minucias del Lenguaje, José Guadalupe Moreno de Alba dice que no sabe si el solecismo “voy a por” ha llegado al lenguaje literario, con la esperanza de que no sea así; posiblemente no ha llegado al lenguaje literario, pero sí al editorial: ya no sólo Anagrama encarga unas traducciones infames, llenas de solecismos y además de estupideces; un ejemplo basta: en la autobiografía de la hija menor (supone ella que menor) de John Huston, en Circe, habla de un paisaje lleno de “completez”; ¿al ignorante que la tradujo no se le ocurrió buscar una mejor traducción, “plenitud”, por ejemplo?) Digo esto porque hace poco la Revista de la Universidad de México publicó una anécdota de Vicente Leñero, quien al toparse con Jorge Herralde lo increpó acerca de las traducciones de Anagrama, y la altanera respuesta del editor fue que no podían pensar en lectores fuera de su ámbito local, y se negó a contestar otra cosa más que admitir que él y sus traductores ignoran todo lo que hay que saber de beisbol (pronuncian “béisbol”, imitando el habla anglosajona). ¿Quiere decir que Anagrama manda al diablo a todos los lectores de América Latina? Porque el “voy a por”, que ya también está en Seix-Barral, Alianza Editorial y otras que antes eran menos localistas, sólo lo dicen en algunas regiones de España, y no precisamente entre los escritores. Por otro lado, Leñero es injusto porque en bien de la corrección nos privarían de párrafos divertidísimos; por ejemplo, en vez de "pegó un jonrón por el jardín central" ponen "disparó un golpe por el centro del campo".

No es muy explícito el cable; por fortuna agrega que la Academia no piensa castigar más que con el látigo del desprecio a quienes nos rebelemos y sigamos tildando “sólo”, sobre todo cuando hablemos de “solamente”; pero hay cosas más graves; uno de los cables dice que quieren obligarnos a decir “b alta” en vez de “be labial”, y “v corta” en vez de “ve labiodental”; ¿será el primer paso para suprimir una de ellas?, ¿y cuál: la que se use menos, ya que el criterio es de preferir la ignorancia e incapacidad de diez millones frente a los 300 del otro lado del mundo? ¿Con qué derecho? Pero otro cable dice que ya no se debe decir así; pero ningún diccionario ni ninguna gramática les llama "b alta" o "v baja"; ¿a quiénes se referirán? Porque una cosa es que normen el lenguaje y otra que amenacen con vigilar a quienes, en broma o en serio, quieran llamarlas con esos apelativos.
También suprimen la tilde de guión y de truhán con el criterio de que diez millones las pronuncian como si fueran monosílabos, frente a los 300 que las pronunciamos como disílabos; admito que muchos piensen que “guión” es monosílabo aunque pronuncien gui-ón; allá ellos; ¿pero truhán, de dónde? ¿Quién la pronuncia como monosílabo?
Más alarmante es la noticia que, sin más, agrega el cable: en bien de la unificación de la internacionalización, se suprimen la ch y la ll; que como vocablos lo hayan hecho, parece más sensato, aunque somos mayoría los que las aprendimos como letras al memorizar el alfabeto; ¿pero cómo suprimir el sonido? Tiene razón Hugo Martínez Téllez cuando propone que mandemos “a ingar” a su madre a la Academia; ¿en beneficio de quién inventarán algo para suprimir esos sonidos, tan hispanos? Ya antes quisieron suprimir la “ñ” sólo para complacer a los fabricantes de los teclados de las computadoras (ordenadores, ordenan ellos), que para hacer caso a los 395 millones de hispanoparlantes usamos la letra, tienen que hacer teclados especiales, así como los fabricantes de máquinas de escribir. Cuando menos despierta la curiosidad ver su propuesta. Y hablando de máquinas de escribir, por fin los académicos se asomaron a verlas y se dieron cuenta de que desde los años setenta acentúan las mayúsculas, y más importante, desde los años sesenta incluyeron el 1 y el 0, con lo que quienes manuscribían dejaron de usar la ele como uno, y la o como el cero; y ya por fin aceptan que no se acentúe la o entre cifras porque desde hace mucho no se corre el riesgo de que el cero se confunda con la o. Harían bien en usar máquinas y teclados de vez en cuando.

Más curioso resulta que la RAE salga muy oronda a obligar, cuando en las últimas ediciones de su diccionario ha sido tan permisiva y manga ancha aceptando necedades como “presupuestar”, que ya nadie usa, ni siquiera entre los economistas políticos; o elevando la categoría de “vestuario”, antes en novena acepción y ahora en segunda, como lugar en los campos deportivos para cambiar el vestuario; ahora habla, según el cable, no de normar sino de obligar. Espero equivocarme y que sean exageraciones de los cablones (los que redactan los cables, según la jerga en las redacciones de los periódicos), o malas interpretaciones, y éstas sean recomendaciones y no imposiciones, porque dicen que van a tolerar y no a perseguir a quienes los desobedezcamos, faltaba más.
Además, ordenan que escribamos con “c” palabras que etimológicamente deben ser con “q”; con ello, dejan inútil la nueva edición del Pequeño Larousse Ilustrado, especial del bicentenario, y aparecido hace apenas unas semanas, y que incluye “quórum”; allí sí son específicos: quienes nos rehusemos debemos poner cursivas (“bastardillas”, dicen los muy) y quitar el acento que tanto trabajo costó que se pusiera.
Con esto, ni esperanzas de que se empeñen en corregir el mal uso del dativo, por ejemplo, y que urge más que quitar el acento de truhán. O en corregir acepciones: Nikito Nipongo, que casi siempre tenía razón, se burlaba del espíritu medieval y antecapricorniano de los académicos cuando alegaban que día era el tiempo en que el Sol tardaba en dar una vuelta a la Tierra; después dijeron que era el “tiempo que aparentemente tardaba” en dar la vuelta a la Tierra; ahora la primera acepción es correcta aunque simple; pero la segunda dice que es el tiempo en que el Sol está sobre el horizonte; ¿o sea que el Sol es el que se mueve? ¿Prohibirán el uso de la t seguida de la l, porque no la pueden pronunciar, y dicen Alético en vez de Atlético?

En los libros de historia dan como una de las razones para las guerras de independencia, que en toda América Latina tantos trabajaran para que otros pocos holgazanearan; que los americanos tuvieran que mantener a unos cuantos que se creían designados por una divinidad para imponer su voluntad en sus dominios, que conquistaron con violencia y esclavizando (aunque estaba prohibido) a los nativos; y que en las colonias fueran las minorías las que gobernaran, a su entender, a las mayorías.
Parece que ahora intentan lo mismo: imponer el criterio de unos cuantos por sobre el uso racional de la mayoría (iba a poner, contagiado, inmensa mayoría, rebuznancia tan grande como “previa cita” que abunda en anuncios publicitarios, pero también en el lenguaje cotidiano y hasta académico, pero no por ello correcto); porque los que hablan como quiere la RAE que escribamos es el 0.12 por ciento de quienes hablamos, mal que bien, el idioma español, 46 millones contra 394 millones, sin contar a todos los que lo hablan en Estados Unidos, y en otras partes del mundo.
Crímenes son del tiempo y no de España, adujeron quienes se avergonzaron de las atrocidades cometidas en América por los conquistadores, en nombre de la civilización, el progreso y la religión (con leer unas cuantas páginas de la nueva novela de Vargas Llosa basta para imaginárselo y volver a sentir repudio por eso); estos nuevos atentados no son de España, sino de quienes no están al tanto del idioma que se habla en donde se habla español, y de la cantidad de lectores que tienen, o tenían, los libros en este idioma (digo tenían, porque el nuevo criterio de las editoriales parece ser sólo el de las ventas inmediatas).
Lo que van a conseguir es que sean dos idiomas distintos los que se hablen en América.
Contra las atrocidades, las iniquidades y las injusticias, hace 200 años hubo un levantamiento generalizado por alcanzar la independencia; se le llamó “revoluciones”; pocos años después los patriotas adujeron que si hubiera sido una revolución, sería como aceptar que las colonias, no las naciones, se rebelaran contra la metrópoli; le llamaron, con más justicia, guerras de independencia. La reacción que han desatado estas normas académicas es de rebelión, y que será muy difícil de sofocar.

¿Quién es el Premio Nacional de Periodismo que estará feliz por la jubilación de la ortografía? ¿Y su jefe, igualmente contento?

(En el portal de El Universal, en Edición Impresa, aparece de domingo a domingo El Librero; ahora me hicieron el favor de poner una ilustración más atractiva, pero a Katia no le debe haber hecho ninguna gracia. Saludos a Katia)

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Me late.
Saludos, maestro
Hugo

GENOVEVA dijo...

Yo hasta les quiero meter unos balazotes (plomazos, pues).
Beso tu blanca mano.

Genoflower

ALUNECER dijo...

Que se vayan. Guácatelas ya.