domingo, 31 de octubre de 2010

Una pasión me domina (a Amado Nervo)



El peor libro de Amado Nervo es el más conocido de toda su obra poética; es endeble, sentimental, autobiográfico, a ratos cursi; la rima es fácil y hasta ripiosa; no tiene nada de la complejidad que tienen otros libros suyos; su única disculpa es que no lo escribió para publicarlo, sino para exorcizar el dolor que le causó la muerte inesperada de Ana Cecilia Dailliez, la amada inmóvil. Sólo la deslealtad de sus amigos permitió que se diera a conocer, póstumamente, este libro que muchos memorizaron; a sus páginas pertenecen poemas como “Gratia Plena”, “Unidad” (“No, madre, no te olvido;…”), “Aquel olor”; comenzó a escribirlo en febrero de 1912, menos de un mes de la muerte de Ana Cecilia, y lo continúa escribiendo hasta junio de 1913, aunque contiene versos de 1915 y uno de 1918.
En una de sus páginas confiesa su deseo de suicidarse, tan fuerte es el dolor: “pero el resabio cristiano me insinuó con voces graves / pobre necio, tú qué sabes, y paralizó mi mano” [supuestamente, con una pistola en ella]; termina aceptando “no vivir, que no es vida la presente, sino acabar lentamente… de morir”; no hay ficción, el dolor es real; Nervo, quien vive la bohemia parisiense en la que no se priva de nada, recurre a varios paliativos, pero ninguno disminuye la pena. Hasta que levanta la vista.

Cuenta la picaresca mexicana que Nervo, alejado del país mucho tiempo, en un convivio se acercó a besar la mano de una mujer; fue advertido a destiempo por el más pícaro Luis G. Urbina: “Bien se ve, querido hermano, que no conoces de juergas, pues has besado una mano…”; lo cierto es que él y su gran amigo Rubén Darío experimentaron de todo en París; fueron políticamente incorrectos, desafiaron toda buena conducta, y no por esnobismo; realmente vivían con intensidad; si vivieran en la actualidad escandalizarían incluso a quienes se proclaman defensores de todas las minorías; en pleno cambio de siglo, Nervo se enamoró de Ana Cecilia y la hizo suya más de diez años, sin la bendición eclesial (“enamorado sin correr los riesgos del matrimonio”, puntualiza Alí Chumacero), pero tampoco la civil; sólo la de sus amigos, que los tenía y por montones entre los círculos intelectuales de Francia, entonces el ideal de la cultura; aparte de Darío, entre muchos otros, es amigo íntimo de Enrique Díez Canedo y de Alfonso Reyes; que se fuera a vivir con una mujer sin casarse era lo de menos: ella tenía una hija no mayor de cinco años a la que Nervo adoptó sin posturas ni arrogancia; antes al contrario, con mucho amor. Es la época en que incluso sus críticos menos entusiastas consideran la mejor para su poesía.
Son los años de El éxodo y las flores del camino, En voz baja, Los jardines exteriores, Serenidad; con la felicidad se aleja, dicen sus mejores críticos, del artilugio y busca la sencillez, la literatura directa; gana en lectores y en popularidad, pero no en lo que lo había hecho célebre. Dice José Emilio Pacheco que muere Nervo en el momento de su mayor reputación, cuando su fama es inmensa; el fallecimiento (que Reyes retrata con angustiante desesperación, pero imitando a la perfección el tono, la métrica y la acentuación de Nervo: “te adelgazas, te desmayas, y te nos vas a morir”) llena de luto a toda la América española; muere en Montevideo, y a las honras fúnebres se une el gobierno argentino; el barco que trae a México sus restos se ve obligado a hacer escalas en todas las ciudades importantes, donde se le vuelve a rendir homenaje, y en México los funerales son multitudinarios, como pocas veces se ha vuelto a ver; el precio es caro; dice Pacheco que la crítica no perdona esa popularidad (la de ningún poeta), y al cabo de no muchos años, menos de 30, lo han colocado en los últimos lugares del escalafón poético; en la Antología de la poesía mexicana moderna, editada por Jorge Cuesta (Contemporáneos, 1928), ya lo tratan con dureza: “el progreso de su poesía se termina en la desnudez; pero así que se ha desnudado por completo, tenemos que cerrar, púdicos, los ojos […] Fue Nervo una víctima de la sinceridad […] Para quienes predican su deshumanización ‘y que rompa las amarras que a la vida lo sujetan’, el ejemplo de este artista es un argumento valioso: el hombre, allí, acabó por destruir al artista […] para elegir los poemas que debían representarlo […] tuvimos que preferir, en contra de la corriente admirativa del misticismo del poeta […] aquellos que lo representan quizá más imperfectamente; esto es: aquéllos que inspiró menos su ambición de sinceridad que su vanidad artística.”
No fue más amable el por lo general amable José Luis Martínez (Literatura mexicana, Siglo XX, 1910-1949; 1949; en la reedición de Lecturas Mexicanas, Tercera serie, Núm. 29); acusa la sinceridad como defecto, acepta que es un poeta que acompaña la adolescencia y ayuda a vivir los momentos críticos de esa etapa, pero nada más; lo coloca en uno de los primeros lugares entre los poetas “del corazoncito de los mexicanos”, al lado de Antonio Plaza y Juan de Dios Peza (Martínez pone en ese limbo también al después reivindicado Gutiérrez Nájera). Comenzó el declinar del prestigio de Nervo, aunque su popularidad siguió intacta entre los declamadores sin maestro.
Incluso en Poesía mexicana del siglo XIX (Empresas Editoriales, 1965), José Emilio Pacheco lo condenó con buenos argumentos: “Por radicar en la memoria del pueblo, Nervo ya sólo es predilecto de quienes creen que basta la sinceridad para hacer poesía. Por eso […] nos lleva a la encrucijada de la ambigüedad: si, por una parte la misión del futuro inmediato, ha de ser revalorar todo ese material que constituye nuestra negada tradición poética; por otra, Nervo y sus antecesores previos al modernismo, forman el muro que impide a los mexicanos disfrutar de la gran poesía que se ha escrito en el país durante el siglo veinte […] El mejor Nervo es el modernista que de poemas como los magníficos Rondós vagos, fue derivando hacia una confesión general que primero se desprendió de la retórica y acabó por despedirse de la poesía […] Es difícil para el gusto actual, para el ‘aquí y ahora’ a cuya inevitable luz tenemos que considerar la poesía del pretérito, reconocer como hermosos sino contados poemas de Nervo. Tal vez un día volverán a parecer bellos…”
En la Antología del Modernismo (Biblioteca del Estusiante Universitario, 1970) parece reivindicarlo; aún lo califica de cursi; sin embargo, dice, “es también íntimo, persuasivo. Una elegancia espiritual recóndita lo salva de la absoluta ramplonería. Pero disipa el esfuerzo en cientos de poemas en vez de concentrarlo en unas cuantas páginas y realizar su aspiración: ‘el libro breve y precioso que la vida no me dejó escribir’ [...] Nervo [dice antes] es el poeta central del modernismo mexicano, el punto central entre el afán renovador de Manuel Gutiérrez Nájera y la plenitud de Ramón López Velarde. Si excluimos los poemas románticos (término empleado durante el modernismo para condenar los titubeos formales y la exaltación sentimental) de Mañana del poeta y Perlas negras, entre Místicas y Los jardines interiores, se encuentra el mejor Nervo, que en su etapa ‘artística’ aparece obsesionado con el ritual católico, el asco de la vida y el temor de la muerte, decidido a hallar ritmos que se aparten de las normas académicas y expresen la nueva sensibilidad del novecientos y su propio conflicto entre el erotismo y la fe religiosa: ‘mi afán entre dos aguijones: alma y carne’.”
En 1985 (Poesía mexicana I, Promexa) es más concreto: “En mayor medida que a Peza, los críticos han castigado a Nervo por la inmensa popularidad de sus textos finales, de aspiración mística y ‘sin literatura’ […] ‘La hermana agua’ parece un preludio a Muerte sin fin.”
Menos duro es el estricto Alí Chumacero: reconoce la intimidad, la sinceridad, pero también búsquedas, hace una lectura compasiva de La amada inmóvil y entiende lo que le sucede a Nervo; si no lo disculpa, atenúa sus culpas (Los momentos críticos, Fondo de Cultura Económica, 1987).

Poco antes del Movimiento Estudiantil, durante el auge del Verano del Amor, de la Era de Acuario, cuando Pacheco predecía una revaluación de Nervo por la similitud de los temas con los movimientos juveniles, Carlos Monsiváis publicó un ensayo en La Cultura en México que desde el título sepultaba para siempre a Nervo: “Ina-ga-da da-vi-da, nada me debes, Ina-ga-da da-vi-da, estamos en paz”; “Ina-ga-da da-vi-da” era una canción de Iron Butterfly que en 1968 cobró gran popularidad, más en la versión larga (17 minutos) que en la breve (poco menos de tres minutos), pero que los fanáticos del rock consideraban cursi, sobrevaluada; muchos, dice wikipedia, la asociaron con el LSD de moda en esa época; Monsiváis se refería a uno de los más célebres poemas de Nervo, “En paz”, cuando alrededor de los 45 años de edad se decía cerca del ocaso. El escrito era lapidario; lo ilustraba con la fotografía de un Nervo calvo, pensativo, anciano.
Mucho más profundo, Alfonso Reyes, haciendo gala de la picardía que no todos le ven, afirma que Nervo, después del dolor por la pérdida de la Amada Inmóvil recobraba el amor y se mostraba dispuesto "a deshojar la margarita", y acotaba que era algo que sólo sus íntimos entenderían (“Amores de Amado Nervo”, en Tránsito de Amado Nervo). Monsiváis intentó un acercamiento a Nervo en un libro de escasa circulación, Yo te bendigo, vida (Gobierno del estado de Nayarit), pero no vio esa última etapa del poeta.

¿A qué se refiere Reyes cuando dice que Nervo está dispuesto a deshojar la margarita? En "Cartas a Margarita" abundan estas líneas: Mi pequeña Mignon; Mi pequeña Margotón; Mi pequeña y adorada Margot; Mi inolvidable Margotón; Mi pequeña y adorada Margotón; Mi bien amada Margot; Mi pequeña Margotón adorada; Mi muy querido amorcito de mi vida; Amor mío; mi amorcito. Le manda millones, mil millones de besos, recuerdos ardientes, le pide no que lo tenga presente, sino que no lo olvide; le manda monerías (“every little things”, dirían los Beatles); se alegra de que ella haya quedado triste con su partida; le hace un vivo retrato del París vencedor de la primera Guerra Mundial, y se autocalifica como “tu viejo Señorín que sólo piensa en ti”; le pide que sea feliz y que piense que “te adoro como siempre”.
Las cartas a Margarita comienzan en 1914; la última es del 3 de mayo de 1919, 21 días antes de la muerte de Nervo; a ella le deja el 80 por ciento de sus no muy abundantes posesiones (Nervo quedó desempleado al triunfo de la Revolución; no aceptó una pensión que le ofreció el gobierno de España, y sólo al triunfo de Venustiano Carranza sobre Villa recobró el empleo; era diplomático a su muerte). Comienza esa primero tímida y luego más audaz correspondencia cuando va disminuyendo el dolor por el fallecimiento de Ana Cecila (“estoy enamorado de una muerta”, confiesa a uno de sus amigos por esos días) y dura poco más de cinco años. ¿Quién es esa Margarita que ocupa el lugar de la Amada Inmóvil. Su hijastra (su hija) Margarita Dailliez.

En “Peras al olmo”, segunda parte de El estanque de los lotos, cuenta Nervo:

Ella se puso roja (¿no es esto de rigor?)
Tal una aurora súbita, se derramó el rubor
por la tranquila nieve de su rostro de estrella.
¡Ay!, y naturalmente, se volvió así más bella.

Pero después, cual sol tras esa alba indecisa,
surgió el rayito de una tenue sonrisa,
y rompiendo el encanto sin par con inarmónica
crueldad, aquella tenue sonrisilla fue irónica.
La malcriadez ingénita de la niña mimada
surgió brutal, de pronto, como una bofetada:
“¡Imposible, Miguel; ha puesto usted el colmo
a su audacia…! ¡Eso fuera pedir peras al olmo!
¿Yo con mis diez y ocho esposa de usted? ¡Ca!
¿Cómo decir: te quiero sin añadir papá?
Amigos, sólo amigos; pienso que ya es bastante.
… ¡Y, sobre todo, ni una palabra en adelante!”

Nada más…
El doctor, ante el desdén crecido,
mordió los necios labios que no habían sabido
callar, que imbécilmente le vendían al cabo,
tras su inútil silencio, para volverle esclavo.
Esclavo de la hembra instintiva, inconsciente,
incomprensiva y hosca para un amor ardiente;
siervo ya de quien, siendo la sierva milenaria,
cuando el dueño se humilla, ríe de su plegaria,
y que, sumisa sólo al amor que maltrata,
adora si le pegan, y si la adoran mata.

Después del rechazo hay titubeos; para qué doctorarse, se pregunta, si todo doctorado es vencido por esos diez y ocho años; siguen años de titubeos, hasta que ella cambia de actitud; si tan sólo no hubiera pronunciado la palabra "amor", le reprocha, y él promete no volver a decirla, no insistir; ¿de veras? Y él jura, sabiendo que no va a cumplir; cumple hasta que una voz interior le avisa: ella te quiere, es tuya, tu mutismo floreció, búscala, tómala. Él se niega, renuncia con cobardía (no la cobardía con la que deja pasar a la transeúnte que está bien buena [“¡qué formas bajo el fino tul!”]; con la cobardía que insiste en que la valentía, en ciertos casos, consiste en huir).
Eso es literatura, no tan sincera como hizo creer; palabras que desmintió con los hechos; en el epistolario no se incluyen las cartas de Margarita pero se intuyen: cariñosas, impacientes, agradecidas; no hay reproches porque le diga “amorcito” ni que la adora.
En Yo te bendigo, vida Monsiváis no pronuncia ninguna palabra sobre este amor ilícito, sobre esta pasión prohibida que es pecado que tiene castigo; es su hijastra en los hechos, no se sabe si legalmente; ella conserva el apellido de la madre y no adopta el de Nervo; no hay indicios de que hayan intimado, pero la sola pasión ya es de por sí brutal; aunque legalmente no sea el padrastro, se trata de un incesto; además, es menor de edad, y cuando menos le dobla la edad.
Monsiváis no habla de esta pasión, pero incluye más fotos de Margarita que de Ana Cecilia; el parecido es asombroso; ambas tiene rasgos finos, delicados, airosos; simulan ausencia pero revelan pasión; en la segunda fotografía Margarita está muy cerca de Nervo; no sólo físicamente; están sentados juntos, con las piernas pegadas; pareciera que está en las piernas del padrastro, y aparenta mirar las páginas de un cuaderno; no se distingue dónde está su mano derecha: ¿tomando la de Nervo, que asoma tímida? Él se muestra satisfecho, como si ostentara para sí la belleza de una joven que hace recordar a la Ana Cecilia a la que amó durante diez años de plenitud, y cuya ausencia provocó tal dolor que sólo pudo ser remediado por una belleza similar a la suya.

No hay muchos datos; sólo que Margarita, viuda sin ser esposa, pero con veneración por Nervo (pocos años después de la muerte de Nervo, ella entregó al gobierno mexicano las pertenencias que había dejado en Montevideo, donde desmayaba, se adelgazaba, se moría, ante la desesperación de sus amigos y de sus admiradores, y de Carmen, a la que coqueteaba juguetón, y a quien dirige su última carta, inconclusa). También se sabe que casó con un sobrino de Nervo, repitiendo el patrón de conducta: Nervo se enamora de la hija de su gran amor; ella se casa con el sobrino de su gran amor.
Nervo no pudo cerrar los ojos y dejarla pasar. Pero al parecer, fue bien correspondido.

(No es la primera vez que escribo de este asunto; lo hice hace más de 12 años, en la sección Cultural de El Financiero, pero estaba indocumentado, sólo sospechaba de esa pasión; tampoco soy el único que ha escrito del tema, pero creo que el primero, exceptuando las pícaras insinuaciones de Reyes. Utilizo más fuentes de las que cito, adivínelas el lector.)

Aunque la temporada de beisbol terminó cuando terminó, siguió la postemporada con un par de buenos juegos, y una Serie Mundial con unos Gigantes que han tenido en su line up a Mel Ott, Bill Terry, Christy Mathewson, Rube Marquard, Willie Mays, Juan Marichal, Carl Hubbell, Willie McCovey, Monte Irvin, Orlando Cepeda, pero también al tramposo y marrullero Barry Bonds; pero del otro lado a Rangers de Texas, de la familia Bush, olvidando a Ferguson Jenkins.

¿Quién es el escritor mexicano, académico y todo, que se niega a regresar al pasado; tanto, que si va a Ciudad Universitaria y está en Avenida Universidad y Parroquia, prefiere caminar al Metro Coyoacán, a tres largas y áridas calles, en vez de dar un paso atrás y abordar el Metro Zapata?

En el portal de El Universal, en Edición Impresa, El Librero, que ahora y toda la semana habla del nuevo libro de Gabriel García Márquez.

2 comentarios:

GENOVEVA dijo...

Ay, Lalito ¿Quién escribió más fuerte que tú de mi amado inmóvil? ¿Quién camina a metro Coyoacán? ¿Coché?

Anónimo dijo...

Buenaѕ!
Deƅo admitir que hasta ahora no me gustaba demasiado estesitio, siin embargo սltimamente esttoy leyendolo
mas veces y esta mejorando.
Sighe asi!

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