sábado, 2 de octubre de 2010

Dos músico-poetas

Se necesita ser muy esquemático para elegir sólo a dos compositores mexicanos sobresalientes; hay demasiados que, con una o con muchas canciones, se han ganado la inmortalidad en la música; ¿cómo escoger nada más a dos si sólo en la canción fina –una categoría que invento pero que engloba a quienes rebasan el bolero o la mal llamada canción romántica– puede y debe nombrarse a Alberto Domínguez, Luis Arcaraz, Gonzalo Curiel, Rafael Hernández –no por puertorriqueño menos mexicano: aquí desarrolló su carrera, en la XEW se difundió para todo el continente su música, aquí se hicieron populares sus excelentes canciones, si además escribió un [no tan bueno] himno poblano–, Federico Baena, Roberto Cantoral, Güicho Cisneros, Abel Domínguez, Pepe Domínguez, Claudio Estrada, Vicente Garrido, el Güero Gil, los extranjeros muy mexicanos Osvaldo Farrés y Pedro Flores, o la singular Consuelo Velásquez? ¿O a Cuco Sánchez, Ernesto Cortázar, Manuel Esperón, Ferrusquilla, Lorenzo Barcelata, Alfonso Esparza Oteo, Tomás Méndez en las rancheras? ¿O a las indefinibles Francisco Gabilondo Soler y Rubén Fuentes? ¿O la extraordinaria María Greever?
Tomo sin embargo el reto de escoger a dos, para luego intentar el análisis de otras canciones de otros compositores; tomemos ahora a José Alfredo Jiménez y Agustín Lara. He hablado de ambos, y al hacerlo he citado explícita o implícitamente a quienes han escrito acerca de ellos, y asumo los lugares comunes que los asedian, aunque he propuesto otras visiones; las abrevio:
José Alfredo Jiménez urbanizó la canción ranchera, le dio una visión trágica a un genero por lo regular alegre y optimista, y asumió un sentimiento trágico; aunque algunas de sus canciones celebran el amor (“cuánto me debía la vida que contigo me pagó”); aunque en ocasiones insiste en afirmar su amor aunque sabe que no es aceptado (“tú a mí no me quieres nada pero yo por ti me muero”); aunque fuerce el género para cantar corridos, y fuerce a los personajes (“éste es el corrido del caballo blanco” –que en realidad era un Cadillac, blanco, que convirtió en chatarra en una borrachera épica con varias personas, entre ellas Chavela Vargas; ¿qué sería el “hocico sangrando”, un choque, una desbielada?); aunque se acerque peligrosamente a la confesión indiscreta (“si te acuerdas de mí no me menciones”; “Si nos dejan, de todo lo demás nos olvidamos”); aunque a veces es francamente optimista (“pero voy a sacar juventud de mi pasado… Y te voy a enseñar a querer”), y por un error de la vida, una única vez se queda con la mujer codiciada, aunque se la gane a un amigo (“yo sé bien que anda volada por un tipo que es muy hombre, pero como es muy tu amigo mejor no te doy su nombre”); la mayoría de sus piezas abordan el amor desdichado; la reina que se va aunque sabe que nadie va a quererla más; la ingrata que lo deja y él sabe que ni con todo el dinero del mundo va a recuperarla; lo repito: pocos versos reflejan mejor el drama del rechazo o de la terminación de una relación que “otra vez a brindar con extraños”; es melodramático, califica las relaciones como las últimas posibles, y pinta al narrador como un derrotado incapaz de asumir el rompimiento más que con una buena borrachera. Pocas veces es arrogante (“a la hora que yo quiera te detengo”), más bien amenaza con acciones drásticas (“es inútil dejar de quererte, ya no puedo vivir sin tu amor”); lo más frecuente es la figura del hombre despedazado, en un rincón (el rincón) de una cantina rememorando a la que se fue.
Su canción ranchera tiene lugar en la colonia Guerrero, y el protagonista no tiene que vestir de vaquero o de mariachi, puede ser un oficinista rechazado por una casquivana mancornadora a la que le había prometido todo, una que lo había hecho sentirse superior a cualquiera, y al final lo deja tan fragmentado que es incapaz de sostener la bebida en la mano sin fuerza. Vivió menos de 50 años, aunque celebró su vida, pese a sus derrotas, con la proclama de que había sido, y seguía siendo, el rey.
Con sus canciones, decenas de cantantes alcanzaron el triunfo; nadie canta mejor “Ella” y “La que se fue” que Jorge Negrete (paradoja: Negrete se casó con María Félix, quien presumía de que “Ella” la había escrito Jiménez para Ella) pero Andrés Huesca es insuperable con “Yo”; Amalia Mendoza es la única que puede cantar “La noche de mi mal”, Lola Beltrán “Qué bonito amor” y Pedro Infante tiene un enorme número de piezas que inmortalizó (uno de sus gritos más entonados es “Ay compadre José Alfredo, cómo sufro, cómo sufro”).
El cine mexicano es impensable sin él; como actor fue tan malo como cantante, pero también insustituible; le dieron papeles que no le quedaban, pero le sale bien el del hombre que se sacrifica para que otros sean felices; su música es el fondo de algunas comedias y muchos melodramas; en los años cincuenta y sesenta su presencia fue sólida en la televisión mexicana, y en el radio es tan importante como Agustín Lara.

Lara tiene también muchas facetas: la del amor dichoso (“tus labios perfuman mi ser”), la conquista inesperada (“Solamente una vez amé en la vida”), la entrega apasionada (“quiero sentirte mía… que asesinen tus ojos sensuales como dos puñales mi melancolía”), el amor celoso (“¿es que quieren volver tus amores de ayer a inquietarte”); el amor desdichado (“yo sé que es imposible que me quieras”); el rencor (“te vendes, quién pudiera comprarte”). También hizo retratos idealizados de ciudades (“Veracruz”, “Xochimilco” –donde habla de los canales de Ixtapalapa–, “Madrid”, “Murcia”, “Granada” –esta última, pretexto para que los tenores demuestren que su voz alcanza todos los registros), y hasta propaganda bélica (“que me cuide la virgen morena, que me cuide y me deje pelear”); incursionó con éxito en géneros ajenos a él, como la canción ranchera (“Se me hizo fácil”, “Aquel amor”), el tango (“Arráncame la vida”), el danzón (“Humo en los ojos cuando me viste, antes que a nadie, no sé por qué”).
Sus canciones no definen el amor, sino la relación intensa pero fugaz; a la mujer altiva a la que vence sin convencer; tiene frases contundentes, pero tan largas y complicadas que no pueden ser declamadas para restregarle a la amada su ingratitud; uno de los lugares comunes es que es el último modernista; Carlos Monsiváis citaba “Hastío” como ejemplo de ello: “el hastío es pavorreal que se aburre de luz en la tarde”; me parece más adecuado otro ejemplo: en “Arroyito”, cuya mejor versión es de Los Bribones, concluye: “Yo tengo celos, celos mortales, porque tú bañas su lindo cuerpo lleno de luz, y tengo celos de tus espumas y tus cristales, arroyito de plata, mi rival eres tú”; tiene parecido, aunque no semejanza, con uno de los sonetos más célebres de Leopoldo Lugones:

El mar, lleno de urgencias masculinas,
Bramaba alrededor de tu cintura,
Y como un brazo colosal, la oscura
Ribera te amparaba. En tus retinas,

Y en tus cabellos, y en tu astral blancura,
Rieló con decadencias opalinas
Esa luz de las tardes mortecinas
Que en el agua pacífica perdura.

Palpitando a los ritmos de tu seno,
Hinchóse en una ola el mar sereno;
Para hundirte en tus vértigos felinos

Su voz te dijo una caricia vaga,
Y al penetrar entre tus muslos finos,
La onda se aguzó como una daga.

Tiene algunos versos espléndidos: “una tarde en la plaza se lanzó al ruedo, para calmar sus ansias de novillero”; “voy a hacerte un agasajo postinero con la crema de la intelectualidad”.

Lara es cursi, pero su cursilería le sirve para disimular la crudeza de sus declaraciones, las más atrevidas de la canción mexicana antes de la avalancha de la balada confesional; no es más atrevido que Álvaro Carrillo, pero es mucho más directo: “Tu párvula boca que siendo tan niña me enseñó a besar” (ahora estaría perseguido por sus insinuaciones de pederastia), “Cada noche un amor, distinto amanecer, diferente visión”; “…que tu amor para mí fue pasajero, y que cambias tus besos por dinero”: “tienes el hechizo de la liviandad”; “Si cada noche tuya es una aurora, si cada nueva lágrima es el sol, ¿por qué te hizo el destino pecadora si no sabes vender el corazón?”; “blando diván de tul aguardará tu exquisito abandono de mujer… yo haré palpitar todo tu ser”; “la blanca tibieza que derramaste en mí”.
Lara le canta al amor fugaz, a “los cariñitos de un instante” para “no volverlos a ver” (versos de Rubén Fuentes y Alberto Cervantes), y los celebra, los prefiere a los amores estables, los que no siembran incertidumbre o celos, bajas pasiones, los que no retan a la sociedad ni ponen en peligro la estabilidad social, laboral y económica; es como cuando Tin Tan, advertido de que va hacia la cacería por el lado equivocado (“acá está la caza grande”, lo regaña Wolf Ruvinsky), contesta: “yo prefiero casa chica”.

Tomo dos canciones representativas; “María Bonita”, de Lara, y “La vida es un sueño”, de Jiménez; la primera es para María Félix, dicen todos; Lara dijo, en televisión, que era para su señora madre; es una canción ambigua; no puede ser para su madre, por todas las referencias eróticas, pero tampoco para Félix, con quien casó para engañarla con otras muchas:

“Acuérdate de Acapulco, de aquella noche, María Bonita, María del alma; acuérdate que en la playa, con tus manitas las estrellitas las enjuagabas. Tu cuerpo, del mar juguete, nave al garete, venían las olas, lo columpiaban, y mientras yo te miraba, lo digo con sentimiento, mi pensamiento me traicionaba.
(no habla de la esposa, porque si no, ¿para qué pedirle que se acordara de aquella noche, si la tiene al alcance de la mano? A menos que narre una tristeza post coito; la imagen es muy clara: la observa nadando, y hay que recordar que en la poesía el mar es erotismo: el vaivén, la marea, las olas suaves o impetuosas; ella se deja llevar por el ritmo marítimo, y él la desea; y si es la esposa, ¿por qué se turba por desearla? Está hablando de una escapada a un entonces exclusivo Acapulco)
”Te dije muchas palabras, de esas bonitas con que se arrullan los corazones, pidiendo que me quisieras, que convirtieras en realidades mis ilusiones. La luna que nos miraba ya hacía ratito se hizo un poquito desentendida, y cuando la vi escondida me arrodillé pa’ besarte y así entregarte toda mi vida.
(está en proceso de conquista, intenta convencerla; pero si ya está en Acapulco con la esposa, no es adecuado el cortejo; ¿y cuáles son las ilusiones que quiere convertir en realidades, si cuando la ve lo traicionan los pensamientos? Es obvio que quiere convencerla de la entrega erótica, y para ello necesita de la intimidad de la oscuridad, de la soledad; ¿y pa’ qué se arrodilla para besarla? Si se arrodilla, queda muy lejos de la boca; está hablando del acto propiciatorio)
”Amores habrás tenido, muchos amores, María Bonita, María del alma; pero ninguno tan bueno ni tan honrado como el que hiciste que en mí brotara. Lo traigo lleno de flores como una ofrenda para dejarla bajo tus plantas; recíbelo emocionada y júrame que no mientes, porque te sientes idolatrada.”
(estos versos son más atrevidos que los de la estrofa anterior: ¿qué mujer tiene muchos muchos amores? La frase “como el que hiciste que en mí brotara” no disimula el clímax sexual, y afirma que no es producto del engaño ni de una negociación: es tan inocente como un ramo de flores; pero es cauto y le pide que no finja, que no tiene que fingir; ¿y qué mujer tiene que fingir la plenitud del amor?)

La canción que seleccioné de José Alfredo me hace pensar en los clásicos; los rememora, de manera intuitiva, en muchas; desde la invención del amor (“me enseñó lo que tantas veces en otros labios no comprendí”) hasta el deseo de la muerte al perder el amor (“si su amor lo perdí para siempre, qué me importa la vida perder”).
Es una canción más sencilla, sin la complejidad de “Camino de Guanajuato” (“Camino a Guanajuato”, según apunta en The Complete Works de Pedro Infante), con remembranzas bíblicas, pero también de gran intensidad, y con alguna ambigüedad que compara la separación amorosa con la muerte:
“Cariño de mis cariños, corazón apasionado (adjetivos y comparaciones semejantes a los de La Ilíada y a los de “El cantar de los cantares”); no quiero verte llorando (Eclesiastés, Garcilaso) porque me voy de tu lado; yo no nací para darte el mundo que tú has soñado (Bonifaz Nuño; muchos años después, Paul McCartney escribió, con esta imagen, “Six O’Clock”).
"Si tienes una ilusión y la llevas muy adentro, desgarra tu corazón pa’ que salga el sentimiento, que una vez fuera el dolor se lo ha de llevar el viento (Neruda, García Lorca, Quevedo).
Yo no sé decir adiós ni cantar la despedida (Quevedo), por no sufrir el dolor que sufren los que se olvidan (Nervo); cuando se dicen adiós para siempre en esta vida (Quevedo, Gabriela Mistral).
Pa’ mí las nubes son cielo, pa´ mí las olas son mar (Salmos); pa’ mí la vida es un sueño y la muerte el despertar (en dos versos resume la trama de La vida es sueño, de Calderón de la Barca).

Lara gustaba del calificativo de “músico-poeta”; alguna vez le dijo a Alí Chumacero que ellos eran los poetas; no lo fue, aunque en algunos de sus versos haya acertado; a su muerte recibió el homenaje de José Emilio Pacheco en un poema que no está recogido en sus libros, pero de cualquier manera memorable; Jiménez es intuitivo, repentino e impulsivo; también, acierta en alguno de sus versos; los dos pecan de sinceros y autobiográficos, lo que no siempre es una cualidad literaria. Por la intensidad de su vida, dudo que se haya puesto a leer ni siquiera lo que le aconsejaban sus amigos literatos con los que compartía tertulias. Pero logró, en varias canciones, repetir lo que dijeron los clásicos.
Lo curioso es que haya más referencias cultas y poéticas en el más primitivo Jiménez que en el músico-poeta.

PD. Jorge García Robles termina su relación laboral con Dónde ir, por un encuentro de malas razones; no acepta modificaciones a una colaboración que la revista considera excesiva.


PD 2. Las Ligas Mayores terminan con blanqueadas y con dos divisiones que se definen hasta el final. Falta que regresen los pitchers con juegos completos.
PD 3. El Librero, columna en la que hablo de libros y que aparece los domingos en El Universal, es incluido en el portal del periódico los domingos, y pueden consultarse ediciones atrasadas en Hemeroteca. Gracias.

2 comentarios:

Salvador dijo...

Maestro,
también José Alfredo se relaciona con e.e. cummings en “La media vuelta”; veamos lo que escribió este último:

tal vez no siempre sea así, y digo
que si tus labios, a los que he amado, tocaran
los de otros, y tus fuertes dedos para mí amados, conquistaran
su corazón, como al mío no hace mucho;
si en otro rostro tu dulce cabello descansara
en un silencio como el que conozco, o esas
palabras grandiosas y dolorosas que, al manifestarlas en demasía
resultaran indefensas ante el espíritu acosado;

si esto sucediera, digo que si esto sucediera–
tú, corazón mío, envíame una cuantas palabras
que iré a él, y lo tomaré de las manos
diciendo, Acepta toda la felicidad que tengo.
Entonces me daré la vuelta y oiré a un ave
Cantar muy lejos allá en las tierras perdidas.

Saludos.

Anónimo dijo...

Noгmalmente mme cuesta dar con contenidos correctamente expuestos, de forma que aprovecho
para reconocеrtelo.Saludos!

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