domingo, 26 de septiembre de 2010

Anecdotario televisivo

Si una cifra cualquiera es dividida entre cero da como resultado un número infinito, o indeterminado; pero las matemáticas suelen ser tan abstractas que no siempre es posible ejemplificar; Sergio Romano lo intentó; es decir, intentó definir lo indeterminado: puso dos de las tres cámaras en el estudio a que se tomaran de frente; no el aparato, sino la luz; ¿qué vería el televidente? Nada. Fue decepcionante para los fanáticos de la ciencia ficción, pero apasionante para los matemáticos: se vio la nada.
Lo malo es que nadie se dio cuenta del experimento; sólo muchos años después, en Tonantzintla, viendo el infinito, me di cuenta que ya lo había visto en las cámaras del canal 11. (Me gustaría retar a Sergio en un estudio para que definiera qué cosa es un centímetro cuadrado.)

No odio la televisión, sus alcances son inasibles; en México ha hecho mucho mal, pero también mucho bien; no hablo de los programas culturales, que suelen ser tan aburridos que en su suite televisiva “La tanda”, Les Luthier los mandan a las tres de la madrugada; pero hubo algunos programas con intelectuales bastante atractivos, e incluso divertidos: por ejemplo, José Luis Cuevas irritando a David Alfaro Siqueiros porque mientras éste hablaba, Cuevas se la pasaba peinándose; o Juan García Ponce decretando la muerte de la Novela de la Revolución, o Alexandro Jodorowsky entrevistando a una vaca, o destrozando un piano a hachazos; o Carlos Monsiváis y José Agustín retando casi a golpes a los defensores de las estudiantinas, o Monsiváis decretando que “la minifalda llegó para quedarse”, o José de la Colina defendiendo el yoga al decir que no era entretenimiento de “señoras gordas” ante la alarma de Paco Malgesto, o Juan José Gurrola afirmando que su obra ¡Ay papá, pobre papá, estoy muy triste porque en el clóset te escondió mamá! no había fracasado, que era el público el que había fracasado.
Por desgracia esos momentos de provocación ya no sólo no son frecuentes, sino inexistentes, aunque abunden las palabras que ofendían antes a las buenas conciencias que ya más bien se las apropiaron, las desacralizaron, le quitaron su carácter subversivo; son impensables los escándalos de cuando era más ingenua la televisión, aunque fueran momentáneos, como cuando Isela Vega dijo que su vestido estaba adornado con “pendejuelas, licenciado”, o cuando La Diva dijo que no se sentía, que era la Divina Garza, y poco después amenazó a su interlocutor, y eso que era su amigo, con describir y descubrir los escándalos que éste protagonizaba tras las cámaras; con las telenovelas que se filman, que no se transmiten en vivo, ya no es posible el escándalo de que a la primera actriz, al pisárselo, se le caiga el strapless dejando ver sus pechos a los incrédulos espectadores mientras gritaba “¡mi vestido!” y se le olvidaba su parlamento; o a la Diva que, al sentarse, se le olvidó que traía crinolina, y gritó “¡se me ven las piernas!”, obviando su templanza y frialdad.
Tampoco los descuidos, algunos tan famosos como “le dedico esta pelea a mi ex amigo el presidente Echeverría; bueno, todavía es mi amigo”, del Famoso Gómez en las últimas semanas del sexenio de LE. O el discurso de la muy bella capitalina aspirante a Señorita México en 1976, aturdida por los abucheos de los porristas de otras concursantes, que terminó con el nombre de tres hombres a los que admirara: “y Echeverría, para que se rían”; o “lo único mejor que la gelatina Jell-o es gelatina Royal”, que casi le cuesta la chamba al locutor víctima de las bromas de los camarógrafos; o “un chorrito de Batey”, en el programa de Malgesto patrocinado por Bacardí (“no me haga eso, criatura”). O el escándalo de la vedette vistiendo un bikini con los colores de la bandera (de mucho mejor ver que los vestidos de algunas oportunistas por el bicentenario). O el Himno Nacional en mambo, aunque no haya sido en televisión y eso quién sabe si haya sido.
Por desgracia, estos últimos casos son esporádicos, no provocaciones, y su desenlace tiene más que ver con el choteo que con el humor; y las provocaciones de La Mafia al poco desaparecieron y quienes provocaban dejaron de ser irrespetuosos para hacerse respetables. Cuando mucho, el escándalo de los gobernantes por el presidente bombero y su esposa.

Para la televisión no es primordial la intención educativa; no puede compararse con los libros porque cuando se cuenta una trama ésta pierde su sentido, su magia; la lectura es un placer solitario, y si se comparte, no es el acto sino las consecuencias lo que cuentan; tampoco la poesía tiene cabida en la televisión; por lo regular los poetas son pésimos declamadores, sobre todo de su obra; la televisión no ha oído a Carlos Fuentes leer poesía, y algunos que sí saben leerla, ante el micrófono engolan la voz, pierden el ritmo, carecen de cadencia; no todos son Pablo Neruda, quien le daba un tono especial a su obra, que adquiría otro sentido, además del que el lector percibía al leerla. Los televidentes se conformaron con recitadores que ni siquiera entendían la poesía; tampoco entendían que tres hombres con mucho sentido del humor, como José de la Colina, Tomás Pérez Turrent y Emilio García Riera se portaran tan seriecitos ellos al comentar películas, y tuvieran que aguantar que los chotearan Lechuga (“Emilio ojalá se riera”) y el Loco Valdés (“Enrique Rosado –pionero de los comentaristas de cine en televisión–, de la Colina”).
Ha habido momentos divertidos, no planeados, como cuando Elena Poniatowska interrumpía su entrevista a Carlos Fuentes para advertirle que sus hijos podían romper algo.

La televisión en vivo era muy indiscreta; un programa especial para presentar a la selección femenil de futbol después de la Copa Mundial de 1970, tuvo como anfitriona a Verónica Castro, quien compitió con una de las seleccionadas en la proliferación de “descuidos”, como le llaman los españoles a la exposición involuntaria de las prendas íntimas. Una competencia que también entablaron las protagonistas de Ana del aire (Angélica María en sus mejores momentos, Susana Dosamantes y Lupita D’Alessio), y que no tiene nada que ver con los descuidos voluntarios actuales de las animadoras de los programas matutinos y meridianos, en que se exponen ante mujeres porque el público natural de esos descuidos está, por lo regular, en la chamba, viéndolos con retraso por internet. Cabría la pregunta de si se ha ganado en libertad no sólo con esas locutoras, sino con la exhibición de cintas que antes sólo podrían verse en el Cine Río o, si eran de calidad, en el Paseo, a medianoche en el Buñuel, o en el Prado, con la condición de que se hicieran los que no los veían o no les importaba (hay un divertido relato de Woody Allen sobre un cinéfilo que hace una larga fila para ver una cinta de Bergman, pero sólo por un desnudo de tres segundos).
Quienes se quejaban de que el cine no había sido para verse en la pantalla de televisión, ahora saben que ya no es posible ir al cine, de que el cine mexicano casi no existe, y de que las pantallas cada vez son más grandes, más parecidas a las del cine, y además ya se pegan en la pared; el problema es que lo que se exhibe es malo o sigue estando cortado; con el agregado, además, de que los desnudos que exhiben nada tienen de excitantes (o son perturbadores, como los de The Dreamers o los de Bâise-moi, que han dejado como ingenua El último tango en París); nada hay más deprimente que la muy interminable escena en que Rafael Inclán entrega su ralla a una larga fila de mujeres desnudas, desinhibidas y exhibicionistas, pero bastante deslucidas, en Noches de cabaret; o los desnudos de Sasha Montenegro en la parodia de Blanca Nieves. Era más excitante el Can Can de Silvia Pinal en Viva el amor.

¿Qué tienen de superiores las series televisivas de una hora de duración, sobre los programas policiales de media hora? No la belleza de las protagonistas, porque excepto las de Bones (todas o casi las de Bones), no lo son más que Susan Saint James o Rebecca Clemons, protagonistas de las series de los ochenta (que además tenían guionistas como Joe Gores); tampoco son mejores actrices, aunque ahora se han especializado en actuar a base de gestos, olvidándose de los movimientos corporales; tal vez las idealizo, pero tengo la impresión de que las muy complicadas tramas actuales no superaban en inteligencia a las de El hombre del paraguas; ni que ahora el televidente aguantara un programa como el de Un Solo Hombre.

Con el video tape nos perdemos la posibilidad de ver a un cantante que se cae del caballo, como le sucedió a Demetrio González, quien muy profesional siguió cantando, sentado en el suelo; lo de malo fue que no todos los mariachis lo siguieron acompañando; los trompetistas no podían hacerlo, a consecuencia de las carcajadas; tampoco permite ver dormir al protagonista de un programa la media hora que duraba su espacio; no se evitan los errores, sólo se los escamotean al televidente. Claro, no evitan las barbaridades de las locutoras, pero éstas se deben a sus alcances intelectuales, no a errores o a lapsus; lapsus como el de aquella actriz que llegó al cine y a la televisión por haber sido finalista de un concurso de belleza, gracias al cual, desde entonces, se le abrieron muchos “las piernas. Perdón, las puertas”.
No escamotean, repito, la belleza de las modelos; el problema es que muchas lo único que aportan es belleza; lo bueno es que la exhiben con prolijidad; lo malo es que, así exhibida, la belleza pierde su picardía, su candor, su erotismo; y sí, puede ser que idealice el pasado, pero no puedo dejar de pensar que la bailarina que en hora tan incómoda como al mediodía abría Variedades de mediodía con un ballet tan clásico como incitante, en mallas que permitían mostrar la belleza de sus piernas; o cuando las medias Canon patrocinaban el programa de media hora, Tres generaciones (Prudencia Griffell, Andrea Palma, Maricruz Olivier), la cortinilla mostraba un biombo y, bajo él, unas espléndidas pantorrillas, rodillas incómodas, y poco, muy poco, de muslos; la anónima modelo hacía que los señores llegaran temprano los jueves para ver el comienzo del programa.

(Desde hace unas tres semanas, el portal de El Universal ha comenzado a incluir los domingos mi columna "El Librero", que aparece en la sección Kiosko, precisamente de la edición dominical, para los que se pierden la edición impresa.)

1 comentario:

GENOVEVA dijo...

Gracias ti, querido Lalo, volveré a susbribirme a "El Universal". Te quiero como si siempre hubieras estado aquí, al lado, contando todas estas maravillas. Me he reído como loca. Por cierto, ¿qué te pareció "La montaña mágica"?, dime la verdad, a mi hubo trancos en que, como diría O'Donnell, "se me caía de las manos" y eso que tengo la edición viejísima de Diana. Te quiero, Lalo. Saludos a tu familia y, sobre todo, a Diego.