lunes, 1 de septiembre de 2008

Una novela a contracorriente

A mediados de los años sesenta estaba en pleno auge la renovación de la novela mexicana, en una fase de experimentación en cuanto estructura, anécdota, lenguaje; dentro de esa etapa sobresale la calificada como Novela de la Onda, corriente en la que era encasillada toda obra que tuviera como protagonistas a jóvenes o adolescentes en desafío al mundo adulto, como expresión de rebeldía y de expresión de una vida en pleno cambio.
Desde 1957 en que aparecen en La región más transparente, grupos de jóvenes que expresan su descontento mediante la violencia, las pandillas forman una masa anónima, incontenible, como manifestación nihilista que externa su visión de la injusticia social, de la desigualdad socioeconómica, pero que pierde su carácter anónimo a través de un personaje, que es usado como ejemplo de la inconformidad, la desesperanza, la desilusión.
Hay grupos de pandilleros en unas cuantas páginas, como las referidas de La región más transparente, pero que parecen más coro griego que frustra parrandas de ricos, que humilla en la plaza de toros a los privilegiados, que irrumpe en el orden preestablecido; aparecen más concretamente en El rey criollo, cuando en el estreno de la película de Elvis Presley se enfrentan dos grupos antagonistas en el cine, rompen butacas, madrean a los contrincantes, manosean a las mujeres, y luego se disuelven; aparecen como porros en De perfil, pero tienen otro sentido, o como la expresión del rencor social a través de dos de los grandes personajes de la literatura mexicana, El Suetercito y el espléndido Rogelio.

Acaba de aparecer Balder, la primera novela de Arturo Basáñez Lima, escrita a finales de los sesenta, y que es una de las pocas que aborda la vida de un pandillero no desde una visión sociológica ni política ni de reivindicación sociopolítica; y al contrario de las obras de Parménides García Saldaña, Carlos Fuentes o José Agustín, e incluso de las menos violentas y más intelectuales pandillas de Gustavo Sainz, no se basa en Marcuse sino en Goethe; no desciende de Sastre ni del existencialismo juvenil, ni los protagonistas son, como en el cine de esa época, quienes piensan que hay que vivir con toda la intensidad posible, y si no, no vale la pena vivir; el matiz es diferente pero importante: los personajes de Basáñez sienten que la vida representa una sola opción: todo o nada; si se sobrevive, es por fatalidad; no importa la motivación (el amor –pero no el sexo—, la bebida, la literatura, el honor gremial), lo que se busca no es el triunfo ni la reivindicación, ni mucho menos el heroísmo, si no el sacrificio; y como en los mitos antiguos, la peor derrota es sobrevivir, y el remedio es matar una etapa y renacer a otra, pero cargando el fardo del pasado como algo inconfesable.
La anécdota parece muy sencilla, y de hecho la estructura lo es: la vida de Bal o Balder, depende de en cuál de sus dos mundos viva en determinado momento, y su relación con el medio donde el destino lo vaya colocando; pero si su relación con las mujeres es de un reto constante para evitar perder (que como dice la canción de Luis Arcaraz, el que gana pierde y el que pierde gana), con los otros miembros de la pandilla GB es de una alternancia del poder que no crea rivalidad sino estímulos; se rota el liderazgo, pero el líder es omnipotente y omnisapiente; son obligatorios los noviazgos, pero castos, no pasan de besos, ni siquiera de caricias; las mujeres son tan atrevidas o más que los hombres, pero deben pasar por modositas a menos que la situación exija acción violenta.
Hasta allí, pareciera que todo es normal, pero hay matices: GB no se conforma con habitantes de una colonia o de un barrio; no lo hacen por rencor social porque todos tienen una posición acomodada; de vez en cuando dejan de ser “pandilleros” y se convierten en asaltantes, y el botín sirve para parrandearse; no consumen drogas y su vicio más terrible es el alcohol, pero ni siquiera es constante.
Una característica más: son letrados, cultos o cuando menos informados; citan mitología nórdica y la combinan con la Sonora Santanera; escriben poesía, pero como afición, no como expresión, y reaccionan con violencia a la disciplina escolar.
La novela se mantiene en varios planos paralelos en donde de pronto brota un erotismo inocente e incipiente, que es vencido por la arrogancia y el orgullo (masculinos), pero de pronto cobra una fuerza inusitada, al narrar el enfrentamiento con una pandilla rival y en la que mueren o son aprehendidos varios integrantes de GB; los sobrevivientes, entre ellos las mujeres, intentan hacerla resurgir, aunque saben que es imposible. El protagonista renace en otro ambiente, más divertido pero menos vital; queda la esperanza de algún día revivir GB, pero como el cine de los cincuenta y los sesenta, la redención y el arrepentimiento impiden la aventura.

La novela, que retrata la sordidez de la época, se sitúa en escenarios extraños: un Polanco antes de su decadencia por la invasión de comercios y oficinas; una Hacienda de Morales antes de ser ascética; una Irrigación cerrada y no colonia de paso; una Anzures menos caótica que como la pinta Salvador Novo, pero mucho más arrogante que como era y como es; una Preparatoria 1 menos lúgubre que como era; unos escenarios que ahora parecen imposibles; la novela no sólo es sórdida, también es densa, excepto cuando los personajes actúan y dejan de pensar, pero la densidad sólo es un anticipo de la violencia que, cuando llega, se expande y arrasa; como en las obras de Wagner, el destino es inevitable y además trágico.

Balder sería mucho más legible si la hubiera ayudado la edición (Leega, 2007, pero de aparición mucho más reciente): tipografía abigarrada, con algunos pasteles y decenas de palabras con guiones a mitad de la línea; la impresión es poco clara, aunque en algún pliego muy recargada. Merecía mejor suerte editorial para una novela que cobra mucho sentido en la actual ciudad de México, más que cuando la escribió Basáñez, quien se ha dedicado a la abogacía y al magisterio; ese México que pinta fue interrumpido por la irrupción del 68, que ya se presentía, pero no se sabía cómo iba a estallar.

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