lunes, 30 de junio de 2008

Tin Tan, ¿subversivo?

Ya sé que lo dije en Baúl de recuerdos, en donde dediqué dos capítulos a las peladeces o albures de Germán Valdés, Tin Tan, pero viéndolo bien, no es que fuera subversivo, sino que era un mandado. O era subversivo inconsciente o involuntario.
Es cierto que desafía a la autoridad, que se burla de la policía, que tilda a los políticos de corruptos y a los gendarmes de mordelones, que en cuanto ve a un agente de inmediato se esconde, que rebaja a los funcionarios a su verdadero nivel, pero de allí a que invocara al desorden o a la revolución, hay mucha distancia; sí incita a la revuelta, pero sin tintes políticos, sino al relajo más descarado.
A la que sí desafió fue a la censura; no sólo es que contemplara con deleite y picardía cualquier cuerpo femenino de buen ver (lo hicieron muchísimos actores, y hasta Arturo de Córdoba se atrevió a decir de Beatriz Ramos: “¡qué buena está mi mujer!”, en 1943), sino que iba más allá: aprovechaba cualquier descuido para verle el trasero con descaro (también lo hace Pedro Infante, y hasta hay una escena extremadamente audaz: en Los hijos de María Morales, cuando Badú e Infante descubren que Irma Dorantes y Carmelita González no son las sirvientas de Andrés Soler, y que van a ser coronadas reina y princesa de la primavera, deciden raptarlas: Badú se queda en la entrada e Infante se dirige hacia el escenario de la coronación, y por donde pasa Infante, las mujeres respingan, en clara alusión a un pellizco en el trasero; es difícil saber si estaba en el guión o fue una escena improvisada que aprovechó muy bien Fernando de Fuentes, el director).
La censura perseguía incluso menciones inocentes que hicieran referencia al amasiato, a la pérdida de la virginidad, al adulterio, y cuando eran inevitables, le imponía a las cintas una clasificación que restringía su exhibición para adultos, e incluso para mayores de 21 años, las muy muy audaces, además de que en los argumentos siempre había un castigo para aquellas que se atrevieran a mantener una relación sexual antes o fuera de matrimonio, y se excluía a las divorciadas y hasta a las viudas de cualquier posibilidad de mantener una relación sana y feliz, porque ya habían sido manchadas; en las cintas de Tin Tan no hay castigos, y hay varias menciones que resultan incomprensibles incluso para la época actual.
Ya había relatado que en El revoltoso, cuando la portera de la vecindad donde vive Tin Tan intenta arreglar los fusibles, él, con gesto de generosidad, se ofrece a componerlos pero con una frase que pasó inadvertida no sólo a los censores sino hasta a sus panegiristas: “deje que el toque me lo dé yo”; es claro que podía defenderse alegando que se refería a la electricidad (“yo jugué en el Necaxa”, dice), pero también es innegable que “el toque” en el lenguaje popular es “fumar marihuana […] Acto de absorber heroína por la nariz o las encías”: Diccionario de caló. El lenguaje del hampa en México, Carlos Chabat, Francisco Méndez Oteo, editor y distribuidor, 1956; en el más moderno Diccionario breve de mexicanismos de Guido Gómez de Silva, en cambio, darse un toque significa “sentir una descarga eléctrica”), pero hay otras referencias; en varias ocasiones le dice a Marcelo “ya te dije que no fumes esas cosas”, y en Soy charro de levita, en un restaurante pide “cigarros Amapolas”, lo que habla de malicia y no de inocencia o malos entendidos.
Otras dos escenas suceden en una menos apreciada cinta, tal vez por el final torpe: El vizconde de Montecristo; en una, lleva a Ana Bertha Lepe a un cabaret de tercera, aunque con buena música (un duelo de bailarines con Joaquín García Borolas y Vitola la hace más sabrosa aún); pero cuando termina de bailar, en medio de una nube de humo (que alarmaría a los actuales defensores de las buenas costumbres) la conmina: “vámonos de aquí, huele a petate”; posteriormente ella lo visita en la cárcel, y cuando la corre, varios presos lo acosan: “pásala”, le dice uno, a lo que Valdés responde: “¿pásala?, ni que fuera bacha”; bacha no está en los diccionarios, pero todo mundo sabe qué significa.
No todos los malentendidos, aunque hay varios, se refieren a la mariguana, o a las bebidas alcohólicas; hay muchas que se refieren al sexo; una de las escenas más memorables de toda su cinematografía sucede en el Copacabana, el famoso cabaret de La Habana antes de Castro; rodeado de bailarinas muy espectaculares, que dan varias vueltas alrededor suyo, mientras canta con sabor más que con calidad “Piel Canela”, de Bobby Capó; la más sensual de ellas, la única que no sonríe y que se mueve con más naturalidad, pasa con mirada de indiferencia, pero él la ve con admiración, al tiempo que, maravillosa coincidencia, canta “y que pierda el ancho mar su inmensidad”, y con las manos habla de inmensidad mientras le ve el trasero inmenso.
Mucho más audaz resulta una escena en una no tan buena cinta, El bello durmiente, en donde, después de un faje con Lilia del Valle, advierte que va a llegar Wolf Ruvinskis (todos son cavernícolas) y la hace irse para que él no la vea; Ruvinskis llega y le apresura para que vayan a cazar; Tin Tan se va al lado contrario de donde se ven dinosaurios; Ruvinsky lo apresura: acá está la caza grande; Valdés responde: “yo prefiero caza chica”; el equívoco es evidente: con inocencia pensamos que se refiere a los animales pequeños, pero también a la “casa chica”: (título de una cinta con Dolores del Río); más tarde, sin ese pretexto, repite la frase: “yo prefiero casa chica”, lo que hace evidente la intención.
Pero hay una escena más que puede resultar pertubadora, por la época en que se filmó, y que incluso ahora desafía a los espectadores. Al final de Los tres mosqueteros y medio, cuando los mosqueteros Ruvinskis, Marcelo Chávez y Luis Aldás se unen al nuevo mosquetero Tin Tan y repiten el muy conocido (hasta por lo que no han leído el libro) “todos para uno y uno para todos”, la muy hermosa Rosita Arenas interviene y exclama que ese mosquetero es para ella; la cinta termina con el tradicional beso de la pareja principal, que significa que fueron felices para siempre; es más inquietante lo que sucede detrás de ellos: también se besan los tres mosqueteros entre ellos; es cierto que es en la mejilla: falta mucho para los besos en Bloody Sunday, y mucho más para los besos de Madonna a sus alternantes femeninas.
Insisto: no hay incitaciones a la rebelión ni a la disidencia en las películas que Tin Tan, pero hay un llamado al desenfreno, al relajo (no en el sentido de relajarse, sino en el de olvidarse de la seriedad, de hacer un paréntesis en la realidad y dejar entrar sino lo prohibido, lo desaconsejado), a la sensualidad, a la informalidad. Y eso es mucho más subversivo que los llamados a rebelarse contra el gobierno. No hay que olvidar que en los años cuarenta y cincuenta las actrices no podían mostrar la ropa interior; con Tin Tan lo hicieron Meche Barba y, más asombroso aún, Marga López.

2 comentarios:

Rubén Tovar dijo...

Te faltaron por comentar dos escenas: en Calabacitas Tiernas, al chulear a una mujer al inicio de la película y antes de entrar a la sastrería de Ramón Valdés una mujer le dice ofendida por sus piropos: Diantre de mariguano.

La segunda escena es en el rey del barrio, cuando al entrar en la trastienda del español y recibir de èste una colilla, ve moverse a un pato disecado y a un disfraz de gorila, Tintán tira la colilla culpándola de sus alucinaciones como si fuera mariguana.

Lalo dijo...

Rubén, es cierto a medias; la primera ni la tomé en cuenta, pero la escena de El rey del barrio no la comenté aquí porque ledi un espacio muy amplio en dos notas que aparecieron en Baúl de recuerdos, un libro de crónicas publicado en 2001 en editorial Oceano, y que ahora sólo puede conseguirse en Librería Madero, en la calle de Madero casi esquina con Gante, en el centro.