Jorge Ayala Blanco, en La aventura del cine mexicano, declaraba que le gustaría encontrar en nuestra cinematografía algo que, Buñuel aparte, valiera la pena; cuando Emilio García Riera comenzó a publicar la Historia documental del cine mexicano (la de Ediciones Era), se dijo que estaba haciendo la historia de un cine que no tenía historia.
Eso parece injusto; los ocho tomos en que María Luisa Amador y Jorge Ayala Blanco recopilan todos los estrenos en México desde los años diez hasta 1989 dan buena cuenta de las muchas películas mexicanas que arrasaban en taquilla, más otras muchas que duraban apenas la semana de estreno, pero que con el tiempo fueron ganando en todo y las fuimos revalorando. Hay listas que enumeran las cien mejores de todos los tiempos (pasados), aunque los críticos se empeñen, o se hayan empeñado, en exigir que fueran mejores; en los años cincuenta y sesenta un grupo de fanáticos del cine, reunidos alrededor de una publicación mítica, Nuevo Cine (que el Fondo de Cultura Económica iba a reeditar en los años noventa, proyecto que quedó trunco), emprendieron una fiera batalla contra una industria anquilosada, que impedía el ingreso de nuevos directores, guionistas, productores, actores, para la renovación de ese cine. Batalla gracias a la cual, en palabras de García Riera, el cine mexicano siguió siendo igual de malo que antes.
Hubo logros: la colección Cuadernos de Cine, dirigida por Manuel Barbachano Ponce, editada por la UNAM, y donde Emilio García Riera habló del cine checoslovaco; Jorge Ayala Blanco del norteamericano, Salvador Elizondo, de Luchino Visconti, Juan Manuel Torres, de las divas; Francisco Pina, del cine japonés; Manuel Michel, del cine francés, más algunas de sus críticas, y Manuel Durán, de Marilyn Monroe; José de la Colina, del cine italiano; Nancy Cárdenas del cine polaco; Eduardo Lizalde un raro tomo sobre Luis Buñuel, además del clásico libro de José Revueltas sobre los problemas del cine. Casi al mismo tiempo, la benemérita Era publicaba guiones de Bergman, de Buñuel, de Truffaut, y hasta los guiones de Rulfo.
Muchos escritores han hecho crítica o reseña cinematográfica: además de De la Colina, lo hicieron Alfonso Reyes, Xavier Villaurrutia, Martín Luis Guzmán, Jaime Torres Bodet, Carlos Fuentes; Carlos Monsiváis tuvo un programa radiofónico memorable, El cine y la crítica (que merecería la recuperación en discos compactos, o los guiones, que deben andar en algunos archivos), y otros más colaboraron haciendo guiones; los concursos de los años sesenta dieron como resultado Los Caifanes, Un alma pura, Tajimara, con intervenciones de Inés Arredondo, Juan García Ponce, Juan Vicente Melo, el propio Fuentes, y algunos más, entre ellos Salvador Novo, quien hizo guiones rescatables, entre los que se cuentan las primeras cintas propiamente de Cantinflas, y José Revueltas, Mauricio Magdaleno y otros, con buenos y malos filmes.
¿Cuál ha sido el resultado? Con cierto humor, García Riera pone bajas calificaciones a la mayoría de las películas que reseñó en las dos ediciones de la Historia documental del cine mexicano; para él, y con razón, muchas sólo valen por el humor involuntario, por las fallas, los equívocos (no las llamadas comedias, desde luego, que muchas veces resultan patéticas y aburridas). Los galanes no lo son, las bellas sólo son bellas, la música es inadecuada, los directores echan a perder buenos guiones y los guionistas desperdician buenos argumentos, nadie sabe usar smoking, pocos actores son elegantes. Sobresalen algunos actores, y algunos directores, más con buenas etapas que con buenas carreras.
García Riera, sin embargo, atenuó sus críticas en libros dedicados a cineastas en particular: Fernando Méndez, Julio Bracho, Miguel Zacarías, Emilio Fernández, los hermanos Soler, y dedicó un libro a Silvia Pinal, más por su simpatía, belleza y espontaneidad que por eficacia dramática, aunque tiene muchas buenas actuaciones. Otro, a Tin Tan, bastante menor porque no actualizó ni aumentó sus comentarios, y pareciera que no volvió a ver las cintas, porque repite, en el mejor de los casos, lo que incluyó en las dos ediciones de su Historia documental… Algunos de sus seguidores y discípulos dedicaron otros volúmenes a directores, actores o géneros.
García Riera hace recuentos, y en la llamada Época de Oro se filmaban más de 150 películas al año, y poco a poco fue decayendo la industria, hasta casi desaparecer; en el más reciente de sus libros, La justeza del cine mexicano, Ayala Blanco da cuenta de una buena cantidad de películas que quién sabe dónde vio, porque salas cinematográficas ya no hay, ni proliferan los cineclubes como los que fundaban José Luis González, Barbachano Ponce, Isaac Arriaga y otros mártires; las que se estrenan duran unos días y hay que esperar años para que las transmitan por televisión; han cerrado los cines, los convierten en templos o devienen en basureros; en 1967 pude ver TAMI Show en el recorrido que seguían las películas entonces: del cine Orfeón pasaban al Cosmos luego al Sonora y luego al Tepeyac, a la vuelta de mi casa. Casi el mismo orden, pero comenzando en el Roble, seguí Nevada Smith. Nunca fui al cine De la Villa, a donde sí iba Isaac Arriaga (por motivos no cinematográficos), pero muchas veces fui al Lindavista, que era donde terminaban las películas que se estrenaban en el Alameda; en el Variedades se estrenaban las mexicanas, donde Alejandro del Valle y yo vimos , el domingo 16 de noviembre, Dile que la quiero, dos días después de su estreno, y silbé con todos cuando César Costa duda en entrar al billar a enfrentar a su hermano Héctor Gómez.
Durante mucho tiempo coincidí con la opinión de muchos, de que a Jorge Ayala Banco no le gustaba el cine mexicano; la opinión es, como se sabe, producto de las sensaciones, de las impresiones, de la ignorancia, no del juicio; disfruté sus reseñas y sus críticas, y me hizo ver con más cuidado cintas que me gustaban, pero que eran producto sólo de un argumento atractivo, la presencia de alguna actriz bella, detalles de la dirección que me pasaban de noche; hubo cosas que no le aguanté, y otras en las que no coincidí, pero casi siempre le di la razón; disfruté mucho más cuando sus críticas pasaban, reescritas, a los libros; me acostumbré a su adjetivación, que muchas veces derivaba de juegos de palabras casi siempre de mala leche, y me hizo sentir mal cuando despedazó alguna cinta que me había gustado; no supe qué le vio a muchas que él aprobaba, como Todo por nada, o Hasta el viento tiene miedo (Norma Lazareno, y ya; bueno, casi todas las demás actrices); en su libro sobre cine estadounidense me sentí reconfortado por la coincidencia de muchas cintas que otros ignoraban y le agradecí sus palabras acerca de Un tiro en la noche, una de mis favoritas de todos los tiempos y que no me canso de ver cuando menos una vez al año.
Por eso me entusiasmó que reaparecieran sus libros, La justeza del cine mexicano en especial, donde, sin perder su habitual nivel de exigencia, hace ver que el cine mexicano todavía tiene vida, pese a que los mejores artesanos se han ido a Estados Unidos a hacer talacha, a que los actores están más estereotipados que nunca, a que los productores cada vez se interesan menos en el cine y más en la ya también inexistente taquilla, a que las televisoras filman para aprovechar la popularidad de actores de sus cadenas, sin importar si saben o no actuar, y al poco cuidado que ponen en la edición, el sonido pésimo (en muy pocas cintas coinciden el movimiento de los labios con el sonido cuando hay canciones; particularmente grave, cómo salen algunas escenas de Los Caifanes, de Ya sé quién eres, de San Simón de los Magueyes, pero hay muchas más, y en las recientes, ni se diga), las historias incoherentes.
Quise verificar cuántas de las películas mexicanas consideradas, en la página Películas del cine mexicano en internet, que su vez las tomó de la revista Somos, que hizo una encuesta con varios cinéfilos, están incluidas en Clasic Movie Guide, donde Leonard Maltin hace una síntesis mínima, y califica más de diez mil películas, desde los días del cine mudo hasta 1965, muchas de ellas excluidas de su guía anual, pero consideradas clásicas (tiene otro libro, que se antoja mucho, dedicado a las matinés, y otro al cine animado); el resultado es terrible: para coraje de muchos, no está La vida no vale nada (bueno, tampoco en la de la página mexicana), ni El compadre Mendoza ni, horror, ¡Vámonos con Pancho Villa!, considerada la mejor película mexicana de la historia; para molestia de quienes la consideran una película perfecta, Escuela de vagabundos no merece la atención de Maltin, ni Nosotros los pobres, Ustedes los ricos, Los tres García o Los tres huastecos; mucho menos Tizoc, para berrinche del Idolito. No están El rey del barrio ni Calabacitas tiernas, las dos mejores de Germán Valdés según Somos, ni ¡Ay amor, cómo me has puesto! o El revoltoso, tan buenas como las otras.
Están varias de Buñuel, no todas bien calificadas, por cierto: a Ensayo de un crimen (“muy dialogada”) la califica de obra menor; está de acuerdo con el director en que Una mujer sin amor es su peor película, pero califica más bajo aún a La joven; están casi todas sus cintas, menos Gran casino ni La hija del engaño; con ello confirmaría el temor de Ayala Blanco de que, fuera de Buñuel, casi nada queda del cine mexicano.
¿Casi nada? Hay algunas que sí menciona: por ejemplo, La perla, de Emilio Fernández, pero no Los hermanos Del Hierro; no está La mujer del puerto (sí, en cambio, La mujer de la playa, lástima que no sea mexicana); también The Torch (¿La antorcha? ¿Qué tiene que ver?), la versión en inglés de Enamorada, las dos de Emilio Fernández, pero la segunda sólo está referida, no incluida; El vampiro, de Fernando Méndez, y su secuela, El ataúd del vampiro; pese a su prestigio internacional, Maltin no es tan elogioso como muchos críticos mexicanos; resalta la comicidad involuntaria aunque reconoce que tienen buena atmósfera y elogia la fotografía, pero es inmisericorde: a la primera le da estrella y media, y dos a la secuela.
En cambio, incluye con más entusiasmo Face of the Screaming Werewolf, que al parecer no se exhibió en México; chance sea la peor película de Gilberto Martínez Solares, y también parece que es una alteración de La casa del terror, también de Martínez Solares; es despectivo con Rosita Arenas, a la que sólo le dice Rosa, no menciona a Yolanda Varela ni a Tin Tan, los estrellas de la original; resalta que como a Lon Chaney no pueden resucitarlo como momia, lo hacen como hombre lobo; la calificación (Bomb) no basta: le aplica el adjetivo “a total stinker” (“una verdadera mamada”).
A Rosita Arenas le dice Rosita en La maldición de la momia azteca, mejor calificada (una estrella y media), pero con un despectivo “cheap and droning” (¿chafa, podríamos decir?).
Lástima que no haya incluido Dos criados malcriados, Limosneros con garrote, Huevos rancheros o Santo en la invasión de los marcianos; sería divertido ver su calificación. ¿Se atrevería a hacer un tomo dedicado sólo al cine mexicano?
¿En qué se parecen Emilio Tuero y Humphrey Bogart?
Cuando alguien diga “di lo que pienses, sin temor”, no hay que creerle, lo dicen para que uno los apapache; y cuando se les corrige, se enojan y nos borran de su lista de amigos, aunque hayan pedido la corrección (y aunque la lista de amistades sólo sea de facebook), sólo porque uno les explica la diferencia entre veniste y viniste. (Bueno, hay académicos que tampoco la saben.)
Ya viene la pretemporada; no sé cómo hemos podido aguantar tres meses sin beisbol.
lunes, 13 de febrero de 2012
sábado, 4 de febrero de 2012
Moda, modismo o caló
Jorge García-Robles relacionó, en su condensada presentación del Diccionario de modismos mexicanos (como dije, empezamos tarde, hablamos tal vez demasiado tiempo, viniera o no al caso), que hay mucha relación entre los modismos y la moda. De ésta, comentó que a lo largo del tiempo hemos adoptado vestimenta más cómoda, más libre y más erótica; que lo que hacemos al regresar del trabajo es aflojarnos la corbata y desabotonarnos la camisa luego de quitarnos el saco. Como he usado corbata dos veces en los últimos 39 años (algunas de las que tengo ni las estrené), no sé si quitársela sea liberador, en términos sociológicos (Sergio Galindo y Felipe Garrido escogían, para nuestras comidas mensuales, restaurantes donde se supone que la formalidad exigía el uso de la corbata, pero nunca me doblegaron, ni siquiera cuando mis modelos de informalidad, Gustavo Sainz y Gabriel García Márquez, claudicaron y la usaron pese a que se notaba que estaban incómodos). Me parece que es muy pobre la libertad y la comodidad que dependa del uso de una prenda, no la uso porque nunca me la han exigido en ninguno de los trabajos que tuve, pero sobre todo porque no sé conducir automóvil.
Discrepo de Jorge en lo que respecta a la comodidad, elegancia y erotismo de la ropa actual; no puedo creer que pensemos que sea más cómodo usar de cinco a ocho prendas en vez de una sola, como hace tres mil años; que creamos que los pantalones sean más cómodos que las mallas y que las camisas que faldas o jubones; la moda de hace unos 25 años de los jeans strecht, que desapareció por incómoda y porque los médicos alertaron de las enfermedades que podían contraerse a causa de ellos, se usaba para resaltar las, como dice Les Luthier, las diferencias sociales, y olvidamos que las mallas de hace apenas unos 500 años tenían ese motivo y ese pretexto, y hasta usaban unos postizos para hacer creer a las pretendidas que, de conceder y ceder, ya llevaban un beneficio extra, de satisfacción garantizada.
Hace unos años apareció un Manifiesto Machista Leninista, que casi todos quienes lo conocieron lo aceptaron sin casi oposición; entre lo que proponía el manifiesto era la libertad de la que carece el género masculino, o si se tiene es motivo de sospecha, como el derecho a llorar, a depender, a ser protegido; y entre otros deseos, estaba el de orinar sentados; pero las mujeres que lo conocieron se preguntaron cómo era que los hombres pedían eso, que para ellas es tan incómodo; y aunque hay un ensayo que exalta ese acto en las mujeres, escrito con picardía y sabiduría por Andrés de Luna (“Ríos dorados”, en Erótica, Grijalbo, 1990, pp. 157-170), no hay tanto erotismo como pudiera pensarse; y aunque Buñuel llama la atención a que la sensualidad está bajo las faldas, no sin ellas (y aunque al respecto hay algún escrito delicioso de José de la Colina), no deja de haber erotismo en el desnudo, siempre que no sea sórdido. Y desde luego, aunque los pantaloncitos ahora nos parecen burdos, toscos, no revelaban lo que las tangas, hilos G, hilos dentales: celulitis, imperfecciones en las redondeces, estrías, ausencia de redondeces (¿remedio para la inevitable celulitis? La dio Guillermo Ochoa: apagar la luz).
La invención de los pantaloncitos, que dieron origen a los bloomers, a las pantaletas que, según la forma y el tamaño se han llamado también bikini, tanga, panties, tarzaneras, calzones, fue todo un acontecimiento, que relata con delicia el libro Piel de ángel, de Lola Gavarrón, Tusquets, 1982 (me consta que lo compró, aunque no sé si lo leyó, Guillermo Samperio), pero que las prendas actuales no han superado; eran preferibles los 8½ de Peter Pan al hilo dental y, sobre todo, debo suponer que más cómodas, aunque no me atrevo a hacer una encuesta por precaución a que me acusen de acoso. ¿Y las minifaldas actuales son más sensuales que las de los años sesenta y setenta? Son más pudorosas, más tímidas, más hipócritas. No puedo creer que las mal llamadas pantimedias sean más eróticas que las medias (medias mallas) y el liguero (Jorge debe recordar un chiste: “de haber sabido que eras virgen te hubiera dedicado más tiempo. De haber sabido que me dedicarías más tiempo me hubiera quitado las pantimedias”). Los pantalones para mujeres que resaltan e inventan redondeces (como en aquel delicioso relato de Cristina Pacheco) luego conducen a la desilusión.
Y en términos menos frívolos, ¿de verdad somos más libres, más auténticos, más eróticos que en otras épocas, como en el esplendor de Grecia, de Roma, sólo por mencionar las más celebradas, pero no únicas etapas históricas en que ha habido mucha libertad, más erotismo? ¿Ha habido mejores épocas que otras? ¿Los escotes en la Francia del siglo XVIII, rememoradas de manera inolvidable por Lyssette Anthony, son menos eróticos que las actuales blusas a medio abotonar pero que dejan ver los incómodos brassieres? Ni siquiera los adelantos científicos o tecnológicos hacen que una era sea mejor que la otra; tal vez sólo los que atañen a la medicina, que aumentaron la esperanza de vida, que hicieron menos asombrosos los casos de edad avanzada, y sobre todo de productividad en edades que antes eran inútiles e improductivas, aunque también hicieron más evidentes las iniquidades y las injusticias sociales. Los automóviles trajeron comodidad, pero también catástrofes ambientales y ecológicas.
¿Tiene algo que ver la moda con los modismos? Me parece que nada; un modismo, en términos lingüísticos, no es un lenguaje cifrado, sólo es una característica de ciertas expresiones usadas en regiones, países o zonas geográficas, cuyo significado no puede deducirse por las palabras que la forman (DRAE). Tampoco tienen que ver con cuestiones etimológicas.
No es el caso del caló, que por lo regular es una deformación de las expresiones comunes; el famoso “mano” es apócope de hermano, o una metáfora que diría que esa persona es tan importante para nosotros como una mano (en Perú, el “mano” es “pata”, según se deduce de la prosa de Vargas Llosa; o sea, parte de uno); igual, “cuate” significa que ese amigo es como si fuera nuestro hermano; la expresión “¡la neta!” sólo simplificaba “la verdad neta”; “chicho”, “chiro” o “chido” no se derivan de nada conocido, aunque García-Robles insinúa que “chiro” pudiera derivar de “chingón”; “grillo” se le llama al político, o aspirante, que hace maniobras para hacerse de poder, para derrotar a un contrincante por medios poco adecuados, o a los condóminos que se ponen de acuerdo para hacer cosas indebidas (legal o moralmente), o a los vecinos que influyen en delegados para obtener más beneficios; ¿por qué se les dice grillos? García-Robles llama así a quienes son hábiles para persuadir, y grilla a la política de bajo nivel. No da una etimología ni la deriva de nada, aunque se dice que es por el ruido sórdido que hacen los politiqueros, pero que no tienen nada que ver con los insectos; su Diccionario no incluye el término que se usaba de principios a mediados del siglo XX, “tenebra”, mucho más enfático y elocuente y que no necesita explicación; grilla sería un modismo, tenebra algo perteneciente al caló, o al habla cotidiana.
Decirle “güey” a alguien no es decirle “cornudo” (este término sí deriva no de una etimología sino de una imagen: es común, entre los grupos relajientos, que cuando se toman una fotografía, alguien le “ponga cuernos” a otro, que por lo regular no lo advierte; así, el cónyuge engañado es como el que le ponen cuernos en una fotografía; nada tiene que ver con la explicación que da García-Robles, que habla de la promiscuidad de los animales que tienen cuernos; esa explicación nada tiene que ver con la del marido engañado; antes al contrario, habla de la mujer a la que el marido engaña, como la explicación de "de chivo los tamales"; ¿y si es ella la que engaña?); por cierto, desde hace tiempo nadie dice “le puso los cuernos”, sino “el cuerno”, expresión que no recogió Jorge.
Y por cierto, “echar relajo” no sólo es hacer desorden, es relajar una situación mediante actos provocativos, que tienen la consigna de relajar o rebajar una autoridad (Jorge Portilla).
Muchas expresiones se le escaparon, igual que a Concepción Company Company, a Guido Gómez de Silva, a Héctor Manjarrez; hubo en los comentarios alguna afirmación, de que los modismos no llegaban a los diccionarios normativos, lo que es comprensible, pero algunos se cuelan a los diccionarios de uso; no es comprensible que no lleguen a los de caló.
Afirmó Jorge en su exposición que los modismos están prohibidos en las escuelas, lo que me parece falso; no conozco maestros que se abstengan de pronunciar coloquialismos ni modismos, aunque escaseen en los libros de texto; es inevitable. Muy probablemente me perdí por tratar de averiguar cuáles premios otorga el Colegio Nacional, según afirmación temeraria de Samperio (lo entiendo: hace algunos años me confesó que un día su cerebro hizo un ruido extraño y mandó a la papelera de reciclaje casi toda la información que había acumulado a lo largo del tiempo; su confesión fue porque había olvidado el nombre de la novia de Superratón) y cuáles son los emolumentos de la Academia Mexicana de la Lengua, de lo que se quejó. Me perdí pero alcancé a oír que los modismos, y desde luego las palabrotas (expresiones dichas con la intención de ofender), están proscritas de los medios masivos de difusión.
Carlos Monsiváis, en un largo ensayo recogido en Escenas de pudor y liviandad ("Mexicanerías: El albur", pp. 301-308; Grijalbo, 1988), acota cuándo llegaron a los medios impresos (periódicos, porque a las revistas literarias y a los suplementos culturales fueron llegando poco a poco; aún recuerdo el pasmo que me provocó leer el famoso fragmento de De perfil publicado por La Cultura en México, en 1965); en la televisión el honor le correspondió a Enrique Álvarez Félix quien pronunció un “cabrón” (no a un cornudo, sino a un abusivo) en 1972. Claro, no cuentan las “pendejuelas” de Isela Vega en entrevista con Zabludovsky, ni el “no, si me chingó rebonito” del Toluco López el 7 de mayo de 1955, cuando Paco Malgesto le preguntó si era cierto que Fili Nava carecía de poder en los puños (en radio, Malgesto también fue víctima de otro deportista, Porfirio Remigio, ciclista con una pierna más corta que venció en una Vuelta de la Juventud, en 1964; cuando Malgesto le preguntó cuáles rivales –italianos, franceses, belgas– eran más peligrosos, respondió lo que ahora es célebre: “Pa’ mí, Paquito, que todos son ojetes”) ni el “ahí viene otra vez ese güey” de Jorge Sony Alarcón, sin saber que tenía abierto el micrófono. Es cierto que hay un reglamento que prohíbe el uso de las malas palabras en esos medios, radio y televisión; también que hace mucho hacen caso omiso de esa reglamentación; aunque no lo dice con todas sus letras, pero Eugenio Derbez tiene una muletilla, ¡ca…! que la termina claramente con “on”; Adal Ramones güeyea a muchos de sus invitados, y las molestísimas interrupciones con bips en el cine de ficheras desde hace meses las quitaron y se escuchan las palabrotas sin ninguna censura; no son los únicos, abundan quienes violan el reglamento de tal manera que el año pasado la Secretaría de Gobernación amenazó con aplicarlo si no se contenían, sin que alguien hiciera caso (hay quien afirma que Manuel Valdés sufrió prisión por haber llamado presidente bombero a Benito Juárez; falso, sólo estuvo suspendido una semana, más otra después, por alterar el nombre de la esposa); el famoso “no me pendejees” de Víctor Trujillo a un destacado perredista no es una excepción, como me dijo García-Robles; durante los Juegos Panamericanos hubo un cronista que se la pasó exclamando palabrotas y a quien debían haberlo sancionado doblemente, no por las palabrotas sino por su ineptitud para narrar deportes y por su ineptitud para pronunciar chingaderas.
Mucho me temo que García-Robles, para completar y ampliar su por otra parte bastante buen diccionario, debe salir a la calle, ir a las cantinas, ver (cuando menos escuchar) televisión, platicar con maestros, leer otros diccionarios. Bastaría con charlar con Salvador González para darse una empapada del buen uso de modismos y coloquialismos.
Por confirmar algún dato, releí partes de libros de un académico: no entiende cuándo se acentúa “cuándo”, acentúa “aún” aun cuando no venga al caso; hace que sus personajes se sienten en las mesas, aunque presumen de que son cultos y elegantes, no patanes, e ignora lo más elemental de la gramática, osease el sujeto, verbo y complemento, cuyo orden rompe, pero por incompetencia e ignorancia, no por experimentación. No es el único: veo un título: “Calumnias infundadas”. ¿Habrá calumnias que no sean infundadas? Como dice el mexicano más sabio: me gusta difamar, pero soy incapaz de calumniar.
Discrepo de Jorge en lo que respecta a la comodidad, elegancia y erotismo de la ropa actual; no puedo creer que pensemos que sea más cómodo usar de cinco a ocho prendas en vez de una sola, como hace tres mil años; que creamos que los pantalones sean más cómodos que las mallas y que las camisas que faldas o jubones; la moda de hace unos 25 años de los jeans strecht, que desapareció por incómoda y porque los médicos alertaron de las enfermedades que podían contraerse a causa de ellos, se usaba para resaltar las, como dice Les Luthier, las diferencias sociales, y olvidamos que las mallas de hace apenas unos 500 años tenían ese motivo y ese pretexto, y hasta usaban unos postizos para hacer creer a las pretendidas que, de conceder y ceder, ya llevaban un beneficio extra, de satisfacción garantizada.
Hace unos años apareció un Manifiesto Machista Leninista, que casi todos quienes lo conocieron lo aceptaron sin casi oposición; entre lo que proponía el manifiesto era la libertad de la que carece el género masculino, o si se tiene es motivo de sospecha, como el derecho a llorar, a depender, a ser protegido; y entre otros deseos, estaba el de orinar sentados; pero las mujeres que lo conocieron se preguntaron cómo era que los hombres pedían eso, que para ellas es tan incómodo; y aunque hay un ensayo que exalta ese acto en las mujeres, escrito con picardía y sabiduría por Andrés de Luna (“Ríos dorados”, en Erótica, Grijalbo, 1990, pp. 157-170), no hay tanto erotismo como pudiera pensarse; y aunque Buñuel llama la atención a que la sensualidad está bajo las faldas, no sin ellas (y aunque al respecto hay algún escrito delicioso de José de la Colina), no deja de haber erotismo en el desnudo, siempre que no sea sórdido. Y desde luego, aunque los pantaloncitos ahora nos parecen burdos, toscos, no revelaban lo que las tangas, hilos G, hilos dentales: celulitis, imperfecciones en las redondeces, estrías, ausencia de redondeces (¿remedio para la inevitable celulitis? La dio Guillermo Ochoa: apagar la luz).
La invención de los pantaloncitos, que dieron origen a los bloomers, a las pantaletas que, según la forma y el tamaño se han llamado también bikini, tanga, panties, tarzaneras, calzones, fue todo un acontecimiento, que relata con delicia el libro Piel de ángel, de Lola Gavarrón, Tusquets, 1982 (me consta que lo compró, aunque no sé si lo leyó, Guillermo Samperio), pero que las prendas actuales no han superado; eran preferibles los 8½ de Peter Pan al hilo dental y, sobre todo, debo suponer que más cómodas, aunque no me atrevo a hacer una encuesta por precaución a que me acusen de acoso. ¿Y las minifaldas actuales son más sensuales que las de los años sesenta y setenta? Son más pudorosas, más tímidas, más hipócritas. No puedo creer que las mal llamadas pantimedias sean más eróticas que las medias (medias mallas) y el liguero (Jorge debe recordar un chiste: “de haber sabido que eras virgen te hubiera dedicado más tiempo. De haber sabido que me dedicarías más tiempo me hubiera quitado las pantimedias”). Los pantalones para mujeres que resaltan e inventan redondeces (como en aquel delicioso relato de Cristina Pacheco) luego conducen a la desilusión.
Y en términos menos frívolos, ¿de verdad somos más libres, más auténticos, más eróticos que en otras épocas, como en el esplendor de Grecia, de Roma, sólo por mencionar las más celebradas, pero no únicas etapas históricas en que ha habido mucha libertad, más erotismo? ¿Ha habido mejores épocas que otras? ¿Los escotes en la Francia del siglo XVIII, rememoradas de manera inolvidable por Lyssette Anthony, son menos eróticos que las actuales blusas a medio abotonar pero que dejan ver los incómodos brassieres? Ni siquiera los adelantos científicos o tecnológicos hacen que una era sea mejor que la otra; tal vez sólo los que atañen a la medicina, que aumentaron la esperanza de vida, que hicieron menos asombrosos los casos de edad avanzada, y sobre todo de productividad en edades que antes eran inútiles e improductivas, aunque también hicieron más evidentes las iniquidades y las injusticias sociales. Los automóviles trajeron comodidad, pero también catástrofes ambientales y ecológicas.
¿Tiene algo que ver la moda con los modismos? Me parece que nada; un modismo, en términos lingüísticos, no es un lenguaje cifrado, sólo es una característica de ciertas expresiones usadas en regiones, países o zonas geográficas, cuyo significado no puede deducirse por las palabras que la forman (DRAE). Tampoco tienen que ver con cuestiones etimológicas.
No es el caso del caló, que por lo regular es una deformación de las expresiones comunes; el famoso “mano” es apócope de hermano, o una metáfora que diría que esa persona es tan importante para nosotros como una mano (en Perú, el “mano” es “pata”, según se deduce de la prosa de Vargas Llosa; o sea, parte de uno); igual, “cuate” significa que ese amigo es como si fuera nuestro hermano; la expresión “¡la neta!” sólo simplificaba “la verdad neta”; “chicho”, “chiro” o “chido” no se derivan de nada conocido, aunque García-Robles insinúa que “chiro” pudiera derivar de “chingón”; “grillo” se le llama al político, o aspirante, que hace maniobras para hacerse de poder, para derrotar a un contrincante por medios poco adecuados, o a los condóminos que se ponen de acuerdo para hacer cosas indebidas (legal o moralmente), o a los vecinos que influyen en delegados para obtener más beneficios; ¿por qué se les dice grillos? García-Robles llama así a quienes son hábiles para persuadir, y grilla a la política de bajo nivel. No da una etimología ni la deriva de nada, aunque se dice que es por el ruido sórdido que hacen los politiqueros, pero que no tienen nada que ver con los insectos; su Diccionario no incluye el término que se usaba de principios a mediados del siglo XX, “tenebra”, mucho más enfático y elocuente y que no necesita explicación; grilla sería un modismo, tenebra algo perteneciente al caló, o al habla cotidiana.
Decirle “güey” a alguien no es decirle “cornudo” (este término sí deriva no de una etimología sino de una imagen: es común, entre los grupos relajientos, que cuando se toman una fotografía, alguien le “ponga cuernos” a otro, que por lo regular no lo advierte; así, el cónyuge engañado es como el que le ponen cuernos en una fotografía; nada tiene que ver con la explicación que da García-Robles, que habla de la promiscuidad de los animales que tienen cuernos; esa explicación nada tiene que ver con la del marido engañado; antes al contrario, habla de la mujer a la que el marido engaña, como la explicación de "de chivo los tamales"; ¿y si es ella la que engaña?); por cierto, desde hace tiempo nadie dice “le puso los cuernos”, sino “el cuerno”, expresión que no recogió Jorge.
Y por cierto, “echar relajo” no sólo es hacer desorden, es relajar una situación mediante actos provocativos, que tienen la consigna de relajar o rebajar una autoridad (Jorge Portilla).
Muchas expresiones se le escaparon, igual que a Concepción Company Company, a Guido Gómez de Silva, a Héctor Manjarrez; hubo en los comentarios alguna afirmación, de que los modismos no llegaban a los diccionarios normativos, lo que es comprensible, pero algunos se cuelan a los diccionarios de uso; no es comprensible que no lleguen a los de caló.
Afirmó Jorge en su exposición que los modismos están prohibidos en las escuelas, lo que me parece falso; no conozco maestros que se abstengan de pronunciar coloquialismos ni modismos, aunque escaseen en los libros de texto; es inevitable. Muy probablemente me perdí por tratar de averiguar cuáles premios otorga el Colegio Nacional, según afirmación temeraria de Samperio (lo entiendo: hace algunos años me confesó que un día su cerebro hizo un ruido extraño y mandó a la papelera de reciclaje casi toda la información que había acumulado a lo largo del tiempo; su confesión fue porque había olvidado el nombre de la novia de Superratón) y cuáles son los emolumentos de la Academia Mexicana de la Lengua, de lo que se quejó. Me perdí pero alcancé a oír que los modismos, y desde luego las palabrotas (expresiones dichas con la intención de ofender), están proscritas de los medios masivos de difusión.
Carlos Monsiváis, en un largo ensayo recogido en Escenas de pudor y liviandad ("Mexicanerías: El albur", pp. 301-308; Grijalbo, 1988), acota cuándo llegaron a los medios impresos (periódicos, porque a las revistas literarias y a los suplementos culturales fueron llegando poco a poco; aún recuerdo el pasmo que me provocó leer el famoso fragmento de De perfil publicado por La Cultura en México, en 1965); en la televisión el honor le correspondió a Enrique Álvarez Félix quien pronunció un “cabrón” (no a un cornudo, sino a un abusivo) en 1972. Claro, no cuentan las “pendejuelas” de Isela Vega en entrevista con Zabludovsky, ni el “no, si me chingó rebonito” del Toluco López el 7 de mayo de 1955, cuando Paco Malgesto le preguntó si era cierto que Fili Nava carecía de poder en los puños (en radio, Malgesto también fue víctima de otro deportista, Porfirio Remigio, ciclista con una pierna más corta que venció en una Vuelta de la Juventud, en 1964; cuando Malgesto le preguntó cuáles rivales –italianos, franceses, belgas– eran más peligrosos, respondió lo que ahora es célebre: “Pa’ mí, Paquito, que todos son ojetes”) ni el “ahí viene otra vez ese güey” de Jorge Sony Alarcón, sin saber que tenía abierto el micrófono. Es cierto que hay un reglamento que prohíbe el uso de las malas palabras en esos medios, radio y televisión; también que hace mucho hacen caso omiso de esa reglamentación; aunque no lo dice con todas sus letras, pero Eugenio Derbez tiene una muletilla, ¡ca…! que la termina claramente con “on”; Adal Ramones güeyea a muchos de sus invitados, y las molestísimas interrupciones con bips en el cine de ficheras desde hace meses las quitaron y se escuchan las palabrotas sin ninguna censura; no son los únicos, abundan quienes violan el reglamento de tal manera que el año pasado la Secretaría de Gobernación amenazó con aplicarlo si no se contenían, sin que alguien hiciera caso (hay quien afirma que Manuel Valdés sufrió prisión por haber llamado presidente bombero a Benito Juárez; falso, sólo estuvo suspendido una semana, más otra después, por alterar el nombre de la esposa); el famoso “no me pendejees” de Víctor Trujillo a un destacado perredista no es una excepción, como me dijo García-Robles; durante los Juegos Panamericanos hubo un cronista que se la pasó exclamando palabrotas y a quien debían haberlo sancionado doblemente, no por las palabrotas sino por su ineptitud para narrar deportes y por su ineptitud para pronunciar chingaderas.
Mucho me temo que García-Robles, para completar y ampliar su por otra parte bastante buen diccionario, debe salir a la calle, ir a las cantinas, ver (cuando menos escuchar) televisión, platicar con maestros, leer otros diccionarios. Bastaría con charlar con Salvador González para darse una empapada del buen uso de modismos y coloquialismos.
Por confirmar algún dato, releí partes de libros de un académico: no entiende cuándo se acentúa “cuándo”, acentúa “aún” aun cuando no venga al caso; hace que sus personajes se sienten en las mesas, aunque presumen de que son cultos y elegantes, no patanes, e ignora lo más elemental de la gramática, osease el sujeto, verbo y complemento, cuyo orden rompe, pero por incompetencia e ignorancia, no por experimentación. No es el único: veo un título: “Calumnias infundadas”. ¿Habrá calumnias que no sean infundadas? Como dice el mexicano más sabio: me gusta difamar, pero soy incapaz de calumniar.
lunes, 23 de enero de 2012
más de caló y modismos
Hace mucho no participo en mesas redondas ni en presentaciones de libros; recientemente me pidieron que asistiera a un homenaje a Ediciones Era, y acepté porque a la editorial le debo muchísimo; pero por dos motivos era imposible mi presencia física; una de esas razones, una visita de Nahúm; mandé un texto que, me dijo Elena Enríquez, fue más que bien recibido.
Hace un par de semanas Jorge García-Robles me invitó a que presentara su Diccionario de modismos mexicanos, el martes 17, en la sala Manuel M. Ponce de Bellas Artes, junto a Alberto Vargas, a quien no conocía, y a Guillermo Samperio, uno de los narradores más leídos de mi generación, aunque parece mucho mayor que los de mi generación. No eran los otros presentadores un factor para aceptar o rechazar, sino que prácticamente sustituiría a Miguel Capistrán, un investigador al que respeto muchísimo, y a quien aprecio aunque hace demasiados años no lo veo. Otra razón fue que el libro me interesaba por su carácter, por la calidad del autor, y porque no me une a él una larga amistad: somos amigos aunque no nos conocemos y nos habíamos visto una sola vez; sin embargo tenemos un amigo en común, Salvador González, quien nos puso en contacto. Así, no había otro interés que el literario.
Pero estuvo lleno de incidentes; uno fue la descortesía de los empleadillos de Bellas Artes y del Consejo Nacional de la Cultura y las Artes; aunque Capistrán renunció a presentar el libro más de dos semanas antes, nunca cambiaron el anuncio, no modificaron el boletín que mandaron a los periódicos, y cuando llegué a la sala Ponce (aunque dos guaruras intentaron que no entrara), los organizadores no sabían de mi presencia, no me habían puesto rótulo, faltaba silla para mí, y no me entregaron el reconocimiento por la participación. Peor aún: los diarios y las agencias no mandaron reporteros y se limitaron a reproducir el torpísimo boletín de prensa donde citaban mal mis palabras y se las atribuían al pobre de Capistrán, que no tenía culpa de mis afirmaciones. Así, se ve la ineptitud de jefes de prensa y de jefes de secciones.
Esos boletines recrean mal la ceremonia: fuimos descorteses y salimos a la mesa con cerca de 20 minutos de descortesía para los asistentes, por mera coquetería de ver llena la sala; confieso que no hice mucho por convencer a los participantes de la grosería para quienes habían llegado a tiempo.
El cronista Alberto Vargas leyó un texto con cierto sabor, aunque me temo que confunde “modismos” con “palabras altisonantes”; después leí el texto que incluí aquí el mismo martes por la noche; Samperio tardó 15 minutos antes de leer, a tropezones y entre carcajadas (de él mismo y de parte de algunos de los asistentes), un texto bastante interesante aunque también malinterpreta lo que significan los modismos: para él es un lenguaje cifrado, oculto, de minorías al que sólo tienen acceso los privilegiados como él, que pueden entenderlo. Después se desbocó atacando a la Academia y después a El Colegio Nacional; a la primera por ser la Academia y al segundo no supe por qué, porque no sabe a qué se dedica, lo califica de nido de mafiosos "por los premios que otorga"; lo adornó con una anécdota, pero afirmó que el protagonista fue Adolfo Castañón, quien no es miembro de la institución.
Cerró Jorge García-Robles con el texto más interesante de la jornada, al dar contexto histórico, político y social a los modismos; explica que a lo largo de los años las costumbres se relajan, la ropa se hace más cómoda, libre y erótica; luego se lamentó de que la Real Academia no acepte las malas palabras ni los modismos ni haga cambios necesarísimos, como la supresión de la “h”, de la “y”, comparó al español pobre con el italiano riquísimo porque ellos sí eliminaron la “h” a pesar de que su idioma viene del latín; se debe a que los académicos no ejercen su autoridad, aunque a veces sí, como en la supresión reciente de los monosílabos acentuados y de la supresión de la “b” en “oscuro” y las mayúsculas acentuadas. Dos veces los llamó "pasivos".
Por desgracia, los retrasos impidieron una réplica, que hago por este medio: no respeto a la Academia, aunque sí a alguno de los académicos, tanto de España como de las academias latinoamericanas; creo que se sigue cometiendo el error de incluir a escritores en vez de a filólogos, científicos, pedagogos, que agiliten la modernización del idioma; muchos escritores incluidos ven su nombramiento como un premio y no como una obligación, e incluso hay académicos que ignoran nuestro idioma: hay quien no sabe ni conjugar ciertos verbos, otros que cometen solecismos, redundancias y barbaridades al escribir. Pero la afirmación de que la Academia no ha modificado una coma o un punto del diccionario es ignorar lo que se ha hecho en últimos tiempos, con correcciones, agregados, añadidos, modificaciones, y muchos vocablos que han entrado al Diccionario; no siempre los cambios han sido acertados; falta mucho, pero no hay la apatía que reinó en otros tiempos, más por la altanería de la Academia española, egocentrista y altanera, que no permitía correcciones ni enmiendas.
Esa intolerancia provocó una inmovilidad que fue muy criticada por muchos; en México se distinguió Raúl Prieto Riodelaloza, que con su nombre o con su más conocido seudónimo de Nikito Nipongo, señaló errores, equívocos, mentiras y ridiculeces en numerosas ediciones del Diccionario; a veces exageró pues atacó a las personas más que a los académicos, se burló de quienes aceptaron el cargo en la Academia, y se contradijo: lo mismo la atacó por ser poco flexible que por ser muy flexible.
No fue el único en señalar errores, pero sí el más popular. Los muchos críticos forzaron, sin que lo reconocieran, a que la Academia no sólo corrigiera algunos errores; por ejemplo, la famosa definición de “día”: tiempo en que el sol tarda en dar vuelta a la Tierra, por “tiempo en que el Sol está sobre el horizonte”; también atemperaron muchas definiciones políticas (no hay que olvidar la sumisión de la Academia, que en su edición primera después de la Guerra Civil Española, puso en el lomo: “1939, año de la gloriosa victoria”; eso solo sirve para no confiar en la Academia ni en los académicos; pero en España ya no están los franquistas en la Academia –aunque ahi vienen, ahi vienen de nuevo– y muchos de los nuevos miembros han sido progresistas, gente de izquierda y son favorables a los cambios), aceptaron palabras que debieran estar en sus páginas, dieron cabida a modismos, regionalismos, y hasta errores repetidos por la ignorancia de las publicaciones periódicas poderosas por sus ingresos o por el número de sus lectores.
Difiero de Jorge García-Robles en que la Academia no acepta cambios; en 1956, luego de un congreso (en Madrid) en que participaron académicos de todo el mundo de habla hispana hicieron una cantidad de modificaciones que muchos se negaron a aceptar entonces, pero que a lo largo del tiempo adaptamos todos: las mayúsculas acentuadas, la supresión de letras inútiles o que tienden a no pronunciarse (como la “b” de obscuro), y los monosílabos sin pronunciación tónica, aunque hicieron diferencias; se acentúan los pronombres personales, no los posesivos; se acentúan las afirmaciones, no las condicionales.
García-Robles pide, como García Márquez, que se elimine la “h” que consideran inútil; sólo que García Márquez lo pide para disculpar su pésima ortografía, de la que hace gala en su portentosa autobiografía (donde relata que las cartas que le escribía a su madre, ésta las contestaba, pero le regresaba las suyas corregidas); no sé cuál sea el pretexto de García-Robles; no puedo admitir que sea su mala ortografía, y espero que no sea cierto lo que dijo, que el español debe escribirse como se habla, o sea una ortografía fonética, como la quieren algunos gramáticos: reducir a una letra los sonidos diferentes de la s, la c y la z; dejar la g para los sonidos suaves y la j para los fuertes (con más gracia, Juan Ramón Jiménez alegaba lo mismo: cuando un corrector señaló “ojo: reloj”, él contestó: “oído: reló”); de ser así, habría que eliminar letras que no pronunciamos, como la “d” al principio o al final de muchas palabras, la “j” de reloj (gracias al subcomandante Marcos no hay que suprimir la i de Chiapas, pero por su culpa ahora se pronuncia Chiiiiaapas y chiiiaapanecos).
El idioma no se reduce al significado de las palabras, sino a su correcta utilización; las más recientes propuestas de la Academia, que por fortuna no siguen ni los académicos españoles bien pensantes, parecen hacer más cómoda la escritura; ante la ineptitud de muchos que no saben conjugar o acentuar muchas palabras, la Academia concede que se simplifique: muchos nos detenemos a pensar si debe acentuarse “aquel”, “este” y otras palabras similares. Para evitarlo, “podemos” no acentuarlos, y que se chinguen los lectores.
Al lector le toca adivinar si Jorge García-Robles se refiere a una conjugación de haber o a una institutriz cuando escriba “aya”; pero él no alegó motivos etimológicos ni históricos, sino de comodidad. En otros idiomas hay diferentes sonidos para cada letra, y en cambio en español para muy pocas, por lo que éstas, las letras conflictivas, deberían de eliminarse o simplificarse.
Sin embargo, ¿qué pasaría si desecháramos la y? ¿Cómo sabríamos cuándo la i es vocal y cuándo consonante, que es básicamente la diferencia, aunque en apariencia suenen igual? Un ejemplo: destruia, ¿sería destruía o destruya?
Las letras en español no son únicas: la palabra celeste tiene en apariencia una sola vocal, puesta tres veces; pero basta con pronunciarla para ver que en cada caso la e es diferente.
Veamos brevemente el caso de los diccionarios; en la mesa coincidimos en que a los escritores le gustan los diccionarios, pero parece que no los conocemos, por la insistencia de los ponentes de que la Academia debería incluir las palabras altisonantes, muchas de las cuales están en el diccionario preparado por Jorge García-Robles; pero sí están. En las escuelas, cuando los maestros piden diccionarios, los alumnos las buscan, excitados; sólo encuentran “macho cabrío”, que no suena a grosería; otra acepción de esa palabra es la del marido que consiente el adulterio de su esposa, cosa que los alumnos de primaria no alcanzan a comprender (quién sabe ahora: están muy desarrolladitos en temas escabrosos); para Vargas, esa calificación la adopta mejor la palabra “güey”, pero todo mundo sabe que güey es sinónimo de tonto, no de cornudo consciente que consiente.
Un diccionario académico, que pretende fijar, pulir y dar esplendor, no puede aceptar a la primera una palabra que probablemente no tenga durabilidad, como fue el caso de “chiro”, que duró unos cuantos meses; o que tiene un significado en una región, y otro distinto en otra, aunque compartan básicamente el mismo idioma. Para eso son los diccionarios de caló y de modismos, que tan mojigatos nos han salido.
Se queja Jorge de la poca sensibilidad de los académicos para notar los cambios, y su nula autoridad para hacer un idioma más cómodo y más sencillo. Las críticas, como decía al principio, escaldaron a los académicos y le soplan hasta al jocoque; las últimas versiones del Diccionario de la Academia no son normativas, se acercan más a un diccionario de uso, no tan directo como los de Moliner (de uso, pero para escritores y editores, no para el habla cotidiana) o el reciente (más o menos) de Seco, que tiene la virtud de explorar más allá de las fronteras españolas, pero que tampoco es muy extenso. Una simple comparación entre la edición de 1970 y la de 2002 asombraría a quienes afirman que no hay cambios ni nuevas acepciones; lo malo es que verá que no siempre son adecuados ni acertados, y responden a exigencias sociales o políticas; mucho me temo que si algún académico tomara en serio la petición de García-Robles, propondría que eliminemos la “h” que muchos creen que no pronuncian; sólo entonces verían la falta que hace.
Queda pendiente el comentario sobre los académicos que sólo cobran sin aportar nada, y los premios que da El Colegio Nacional, ambas afirmaciones de Guillermo Samperio; también sobre la comodidad y lo erótico de las ropas actuales, y de otras costumbres; lo dejo para la siguiente entrega, y algún otro detalle. No puedo terminar sin rectificar mi afirmación sobre el Índice de mexicanismos, que es mucho más que un refranero; quise decir que su mejor parte es el refranero, no por ser un refranero sino porque enseña a usar los modismos y el lenguaje cifrado de una manera inteligente y graciosa.
En la edición mexicana del (self)Play, boy, que muestra qué tan vieja puede ser una joven como Lindsay Lohan (por el uso, diría el personaje de una novela mía), en entrevista a la ex miss, Lupita Jones, se afirma que Pablo Neruda escribió unos versos de Rubén Darío: “Juventud, divino tesoro”. Órale.
Hace un par de semanas Jorge García-Robles me invitó a que presentara su Diccionario de modismos mexicanos, el martes 17, en la sala Manuel M. Ponce de Bellas Artes, junto a Alberto Vargas, a quien no conocía, y a Guillermo Samperio, uno de los narradores más leídos de mi generación, aunque parece mucho mayor que los de mi generación. No eran los otros presentadores un factor para aceptar o rechazar, sino que prácticamente sustituiría a Miguel Capistrán, un investigador al que respeto muchísimo, y a quien aprecio aunque hace demasiados años no lo veo. Otra razón fue que el libro me interesaba por su carácter, por la calidad del autor, y porque no me une a él una larga amistad: somos amigos aunque no nos conocemos y nos habíamos visto una sola vez; sin embargo tenemos un amigo en común, Salvador González, quien nos puso en contacto. Así, no había otro interés que el literario.
Pero estuvo lleno de incidentes; uno fue la descortesía de los empleadillos de Bellas Artes y del Consejo Nacional de la Cultura y las Artes; aunque Capistrán renunció a presentar el libro más de dos semanas antes, nunca cambiaron el anuncio, no modificaron el boletín que mandaron a los periódicos, y cuando llegué a la sala Ponce (aunque dos guaruras intentaron que no entrara), los organizadores no sabían de mi presencia, no me habían puesto rótulo, faltaba silla para mí, y no me entregaron el reconocimiento por la participación. Peor aún: los diarios y las agencias no mandaron reporteros y se limitaron a reproducir el torpísimo boletín de prensa donde citaban mal mis palabras y se las atribuían al pobre de Capistrán, que no tenía culpa de mis afirmaciones. Así, se ve la ineptitud de jefes de prensa y de jefes de secciones.
Esos boletines recrean mal la ceremonia: fuimos descorteses y salimos a la mesa con cerca de 20 minutos de descortesía para los asistentes, por mera coquetería de ver llena la sala; confieso que no hice mucho por convencer a los participantes de la grosería para quienes habían llegado a tiempo.
El cronista Alberto Vargas leyó un texto con cierto sabor, aunque me temo que confunde “modismos” con “palabras altisonantes”; después leí el texto que incluí aquí el mismo martes por la noche; Samperio tardó 15 minutos antes de leer, a tropezones y entre carcajadas (de él mismo y de parte de algunos de los asistentes), un texto bastante interesante aunque también malinterpreta lo que significan los modismos: para él es un lenguaje cifrado, oculto, de minorías al que sólo tienen acceso los privilegiados como él, que pueden entenderlo. Después se desbocó atacando a la Academia y después a El Colegio Nacional; a la primera por ser la Academia y al segundo no supe por qué, porque no sabe a qué se dedica, lo califica de nido de mafiosos "por los premios que otorga"; lo adornó con una anécdota, pero afirmó que el protagonista fue Adolfo Castañón, quien no es miembro de la institución.
Cerró Jorge García-Robles con el texto más interesante de la jornada, al dar contexto histórico, político y social a los modismos; explica que a lo largo de los años las costumbres se relajan, la ropa se hace más cómoda, libre y erótica; luego se lamentó de que la Real Academia no acepte las malas palabras ni los modismos ni haga cambios necesarísimos, como la supresión de la “h”, de la “y”, comparó al español pobre con el italiano riquísimo porque ellos sí eliminaron la “h” a pesar de que su idioma viene del latín; se debe a que los académicos no ejercen su autoridad, aunque a veces sí, como en la supresión reciente de los monosílabos acentuados y de la supresión de la “b” en “oscuro” y las mayúsculas acentuadas. Dos veces los llamó "pasivos".
Por desgracia, los retrasos impidieron una réplica, que hago por este medio: no respeto a la Academia, aunque sí a alguno de los académicos, tanto de España como de las academias latinoamericanas; creo que se sigue cometiendo el error de incluir a escritores en vez de a filólogos, científicos, pedagogos, que agiliten la modernización del idioma; muchos escritores incluidos ven su nombramiento como un premio y no como una obligación, e incluso hay académicos que ignoran nuestro idioma: hay quien no sabe ni conjugar ciertos verbos, otros que cometen solecismos, redundancias y barbaridades al escribir. Pero la afirmación de que la Academia no ha modificado una coma o un punto del diccionario es ignorar lo que se ha hecho en últimos tiempos, con correcciones, agregados, añadidos, modificaciones, y muchos vocablos que han entrado al Diccionario; no siempre los cambios han sido acertados; falta mucho, pero no hay la apatía que reinó en otros tiempos, más por la altanería de la Academia española, egocentrista y altanera, que no permitía correcciones ni enmiendas.
Esa intolerancia provocó una inmovilidad que fue muy criticada por muchos; en México se distinguió Raúl Prieto Riodelaloza, que con su nombre o con su más conocido seudónimo de Nikito Nipongo, señaló errores, equívocos, mentiras y ridiculeces en numerosas ediciones del Diccionario; a veces exageró pues atacó a las personas más que a los académicos, se burló de quienes aceptaron el cargo en la Academia, y se contradijo: lo mismo la atacó por ser poco flexible que por ser muy flexible.
No fue el único en señalar errores, pero sí el más popular. Los muchos críticos forzaron, sin que lo reconocieran, a que la Academia no sólo corrigiera algunos errores; por ejemplo, la famosa definición de “día”: tiempo en que el sol tarda en dar vuelta a la Tierra, por “tiempo en que el Sol está sobre el horizonte”; también atemperaron muchas definiciones políticas (no hay que olvidar la sumisión de la Academia, que en su edición primera después de la Guerra Civil Española, puso en el lomo: “1939, año de la gloriosa victoria”; eso solo sirve para no confiar en la Academia ni en los académicos; pero en España ya no están los franquistas en la Academia –aunque ahi vienen, ahi vienen de nuevo– y muchos de los nuevos miembros han sido progresistas, gente de izquierda y son favorables a los cambios), aceptaron palabras que debieran estar en sus páginas, dieron cabida a modismos, regionalismos, y hasta errores repetidos por la ignorancia de las publicaciones periódicas poderosas por sus ingresos o por el número de sus lectores.
Difiero de Jorge García-Robles en que la Academia no acepta cambios; en 1956, luego de un congreso (en Madrid) en que participaron académicos de todo el mundo de habla hispana hicieron una cantidad de modificaciones que muchos se negaron a aceptar entonces, pero que a lo largo del tiempo adaptamos todos: las mayúsculas acentuadas, la supresión de letras inútiles o que tienden a no pronunciarse (como la “b” de obscuro), y los monosílabos sin pronunciación tónica, aunque hicieron diferencias; se acentúan los pronombres personales, no los posesivos; se acentúan las afirmaciones, no las condicionales.
García-Robles pide, como García Márquez, que se elimine la “h” que consideran inútil; sólo que García Márquez lo pide para disculpar su pésima ortografía, de la que hace gala en su portentosa autobiografía (donde relata que las cartas que le escribía a su madre, ésta las contestaba, pero le regresaba las suyas corregidas); no sé cuál sea el pretexto de García-Robles; no puedo admitir que sea su mala ortografía, y espero que no sea cierto lo que dijo, que el español debe escribirse como se habla, o sea una ortografía fonética, como la quieren algunos gramáticos: reducir a una letra los sonidos diferentes de la s, la c y la z; dejar la g para los sonidos suaves y la j para los fuertes (con más gracia, Juan Ramón Jiménez alegaba lo mismo: cuando un corrector señaló “ojo: reloj”, él contestó: “oído: reló”); de ser así, habría que eliminar letras que no pronunciamos, como la “d” al principio o al final de muchas palabras, la “j” de reloj (gracias al subcomandante Marcos no hay que suprimir la i de Chiapas, pero por su culpa ahora se pronuncia Chiiiiaapas y chiiiaapanecos).
El idioma no se reduce al significado de las palabras, sino a su correcta utilización; las más recientes propuestas de la Academia, que por fortuna no siguen ni los académicos españoles bien pensantes, parecen hacer más cómoda la escritura; ante la ineptitud de muchos que no saben conjugar o acentuar muchas palabras, la Academia concede que se simplifique: muchos nos detenemos a pensar si debe acentuarse “aquel”, “este” y otras palabras similares. Para evitarlo, “podemos” no acentuarlos, y que se chinguen los lectores.
Al lector le toca adivinar si Jorge García-Robles se refiere a una conjugación de haber o a una institutriz cuando escriba “aya”; pero él no alegó motivos etimológicos ni históricos, sino de comodidad. En otros idiomas hay diferentes sonidos para cada letra, y en cambio en español para muy pocas, por lo que éstas, las letras conflictivas, deberían de eliminarse o simplificarse.
Sin embargo, ¿qué pasaría si desecháramos la y? ¿Cómo sabríamos cuándo la i es vocal y cuándo consonante, que es básicamente la diferencia, aunque en apariencia suenen igual? Un ejemplo: destruia, ¿sería destruía o destruya?
Las letras en español no son únicas: la palabra celeste tiene en apariencia una sola vocal, puesta tres veces; pero basta con pronunciarla para ver que en cada caso la e es diferente.
Veamos brevemente el caso de los diccionarios; en la mesa coincidimos en que a los escritores le gustan los diccionarios, pero parece que no los conocemos, por la insistencia de los ponentes de que la Academia debería incluir las palabras altisonantes, muchas de las cuales están en el diccionario preparado por Jorge García-Robles; pero sí están. En las escuelas, cuando los maestros piden diccionarios, los alumnos las buscan, excitados; sólo encuentran “macho cabrío”, que no suena a grosería; otra acepción de esa palabra es la del marido que consiente el adulterio de su esposa, cosa que los alumnos de primaria no alcanzan a comprender (quién sabe ahora: están muy desarrolladitos en temas escabrosos); para Vargas, esa calificación la adopta mejor la palabra “güey”, pero todo mundo sabe que güey es sinónimo de tonto, no de cornudo consciente que consiente.
Un diccionario académico, que pretende fijar, pulir y dar esplendor, no puede aceptar a la primera una palabra que probablemente no tenga durabilidad, como fue el caso de “chiro”, que duró unos cuantos meses; o que tiene un significado en una región, y otro distinto en otra, aunque compartan básicamente el mismo idioma. Para eso son los diccionarios de caló y de modismos, que tan mojigatos nos han salido.
Se queja Jorge de la poca sensibilidad de los académicos para notar los cambios, y su nula autoridad para hacer un idioma más cómodo y más sencillo. Las críticas, como decía al principio, escaldaron a los académicos y le soplan hasta al jocoque; las últimas versiones del Diccionario de la Academia no son normativas, se acercan más a un diccionario de uso, no tan directo como los de Moliner (de uso, pero para escritores y editores, no para el habla cotidiana) o el reciente (más o menos) de Seco, que tiene la virtud de explorar más allá de las fronteras españolas, pero que tampoco es muy extenso. Una simple comparación entre la edición de 1970 y la de 2002 asombraría a quienes afirman que no hay cambios ni nuevas acepciones; lo malo es que verá que no siempre son adecuados ni acertados, y responden a exigencias sociales o políticas; mucho me temo que si algún académico tomara en serio la petición de García-Robles, propondría que eliminemos la “h” que muchos creen que no pronuncian; sólo entonces verían la falta que hace.
Queda pendiente el comentario sobre los académicos que sólo cobran sin aportar nada, y los premios que da El Colegio Nacional, ambas afirmaciones de Guillermo Samperio; también sobre la comodidad y lo erótico de las ropas actuales, y de otras costumbres; lo dejo para la siguiente entrega, y algún otro detalle. No puedo terminar sin rectificar mi afirmación sobre el Índice de mexicanismos, que es mucho más que un refranero; quise decir que su mejor parte es el refranero, no por ser un refranero sino porque enseña a usar los modismos y el lenguaje cifrado de una manera inteligente y graciosa.
En la edición mexicana del (self)Play, boy, que muestra qué tan vieja puede ser una joven como Lindsay Lohan (por el uso, diría el personaje de una novela mía), en entrevista a la ex miss, Lupita Jones, se afirma que Pablo Neruda escribió unos versos de Rubén Darío: “Juventud, divino tesoro”. Órale.
martes, 17 de enero de 2012
De modismos y caló
Para empezar, declaro que este libro me cuachalanga; pero debo explicarme; admiro a los escritores que dominan el lenguaje coloquial que no siempre, o casi nunca, se somete al mundo de las reglas que pretende dominar la Academia, entre otras cosas porque el lenguaje es vivo, se modifica con una frecuencia que no siempre pueden seguir los filólogos, y que los académicos se niegan a registrar mientras una palabra no siente plaza, quede establecida debidamente y que la entiendan todos. (Véase Perspectivas mexicanas desde París, entrevista de James R. Fortson a Carlos Fuentes, en 1974.)
(Claro, la Academia se equivoca con una frecuencia sospechosa: no registra chido, pero aceptó presupuestar, que en el lenguaje cotidiano sustituía a presuponer, y eso indicaba sumisión al mundo político-administrativo; pero apenas entró a su tumbaburros los políticos dejaron de usar ese término. Y a propósito de chido, éste sustituyó al muy efímero chiro, que duró menos de lo que dice Jorge, y que a su vez sustituía a chicho; no es que hayan desaparecido, sirven para establecer la edad de quien los dice; los que vivieron su plenitud en los años treinta a cincuenta se identifican con la definición “el muchacho chicho de la película gacha”, y allí vemos el extraño caso de la supervivencia de los modismos: ya pocos dicen chicho, pero nadie necesita que le expliquen el significado de gacho; también me sirve para disentir, porque Jorge dice que chicho es valiente y arrojado, pero también significa chido, lo que no es necesario explicar, pese a que las nuevas generaciones tienden más a decir de pelos.)
Admiro, decía, a los escritores que dominan el lenguaje coloquial; hay quienes no lo dominan, ni lo pretenden; por ejemplo, la escena de la mudanza en El gato, no el cuento sino la novela de Juan García Ponce, en que uno de los cargadores, al dar por terminada su labor, exclama: “¿Ora sí listo, señora? Hasta la próxima mudanza, entonces. Sale”, que se sale de tono con la narración, y nadie dice eso. José Agustín, en cambio, puede hacer toda una novela a base de modismos, e incluso adelantarse a los vocablos de moda, sin que suene artificial, falso o impostado, ni es necesario recurrir a un diccionario para entender la trama. Lo mismo sucede con Carlos Fuentes, quien hace convivir a personajes de diferentes estratos socioeconómicos y hacerlos hablar con un lenguaje propio de su estrato, sin que haya malos entendidos. Fuentes ha declarado varias veces su pasión por el lenguaje vivo, cambiante, frente al anquilosado que se perpetúa en el tumbaburros de la Academia.
Muchos escritores intercalan palabras propias del caló, o expresiones coloquiales, como contrapunto del lenguaje aparentemente correcto, y logran efectos espléndidos; pero las novelas verosímiles son las que se narran con el lenguaje que utilizamos en la cotidianeidad, en la intimidad, en la sobremesa, en la cantina; muchas veces el uso cotidiano de una palabra contradice su definición en el tumbaburros: en una ocasión, comiendo con Jorge De’Angeli en un restaurante de lujo, se nos antojó fumar; él iba a hacerlo por primera vez; por ello no se me había ocurrido llevar cigarros porque a él, hasta entonces, le molestaba que alguien fumara delante suyo, en comidas; llamó al dueño del restaurante, Luis Marcet, quien llamó a uno de sus chalanes y le ordenó: “pepénate dos cigarros”; en el DRAE, pepenar es recoger algo del suelo, pero también, sorpréndanse, es reprobar a un alumno; más aún, el DRAE ordena que en México se le dé la acepción de robar. Luis Marcet no le ordenó que buscara entre los ceniceros, o en el suelo del restaurante, dos colillas (mucho menos a dos ayudantes del conductor que transporta el pulque, que es la definición que da Jorge a colilla, lo que mucho me sorprende), ni mucho menos que robara dos cigarrillos, sino que los consiguiera. ¿Para qué sirve un diccionario si ninguna de sus definiciones nos ayuda a entender una plática común y corriente? Si en una novela el dueño de un restaurante le pide a un ayudante que pepene un cigarro, el lector entiende que el mesero debe buscar quién le obsequie uno, sea un comensal (de confianza, desde luego), otro mesero, uno de los pinches, o el cajero, ya verá quién; nadie entenderá que se lo robe, que lo busque en el suelo o entre los desechos, ni que para ello repruebe a un alumno.
(A propósito, en el mundo antiguo los cocineros tenían dos ayudantes: el que pinchaba la carne y el que la picaba; pese a su inferioridad laboral, tuvo fortuna filológica el segundo, que pasa a la cultura con el prestigio de pícaro, o alburero; el primero, en cambio, tiene la desgracia de representar la pobreza, la mediocridad, lo pinche.)
¿El lenguaje cotidiano requiere de un diccionario? ¿Lo que hizo Jorge García-Robles es un mero deleite personal que comparte con sus lectores, entre los que me cuento –así como me cuento entre sus amigos aunque hoy es la tercera vez que lo veo, pese a que antes hayamos intercambiado lecturas gracias a la generosidad de Salvador González? ¿Es un placer de filólogo el registrar cada giro lingüístico, cada invento verbal, cada uso diferente que le dan los escritores que se acercan al idioma que se habla en las calles y que a veces es distinto al que se registra en tareas académicas? ¿Es necesario uno más, entre los no demasiados que han aparecido desde el vocabulario incluido en la segunda edición de El periquillo sarniento –porque muchos lectores de la primera no entendieron alguno de esos modismos?
En la reunión de académicos de Zacatecas –donde Gabriel García Márquez pedía solidaridad para con su desorden ortográfico— la Academia Mexicana de la Lengua publicó un registro de mexicanismos, que era más bien un refranero, y que incluía un disquete ahora ya inservible con frases, palabras, dichos y refranes, pero se reconocía incompleto; apareció después publicado por el Fondo de Cultura Económica, sin disquete, pero uno se pierde en diccionarios y refraneros, además de que éstos son contradictorios y nadie puede regir su vida por ellos, pues lo mismo aconsejan dejarse llevar por los instintos, que reflexionar antes que caer en lo más bajo de ellos: lo mismo “Mujer que tiene buena pierna y buen andar, merece ser reina y su marido general”, que “busca a la mujer por lo que valga, no sólo por…”, lo que Jorge llama tepanjuanas, la zona del aguayón, las tambochas (aunque ésta Jorge no la recoge; perdón, no la registra, pero la reconocen los lectores de Gabriel Vargas), la zona de las inyecciones, las almohaditas (según la acepción que da Benny Moré en La engañadora), o como recordaba Carlos Fuentes que se decía a principios del siglo XX, “con las que me siento” y que también incluye Ángeles Mastretta en su lamentablemente inconcluso “Diccionario de mi tía”.
Ha habido algunos intentos por recopilar el lenguaje coloquial; recientemente la Academia Mexicana de la Lengua ha publicado dos diccionarios de mexicanismos que no son mexicanismos (como hot dog) sino modismos y no particularmente mexicanos; a la lista incluida por Jorge habría que añadir algunos trabajos no académicos ni muy rigurosos, como Así habla el mexicano, de Jorge Mejía Prieto, y otros más rigurosos, como el reciente de Héctor Manjarrez que se define como “útil vocabulario”, y algunos españoles, como El lenguaje del hampa, El léxico de la delincuencia, El diccionario de palabras malsonantes, el Diccionario de caló y el Diccionario de germanías, que pese a que son muy localistas, tienen nexos con el lenguaje cotidiano de México (por ejemplo, en uno de ellos entendí un verso muy hermético de Jaime López: “ella empacó su bistec con todo y refrigerador”). Son mejores los de los literatos que los de los filólogos, aunque no tan divertidos; pero recalco que éstos son divertidos por sus fallas, sus carencias y sus errores.
El de Jorge es uno de los mejores que he leído, yo, que soy fanático de los diccionarios, aunque no tengo tantos como Antonio Bolívar y Gabriel Zaid (citados en orden alfabético): combina el rigor del académico y la imaginación del literato; revela que es un buen lector; en la plática más extensa que hemos tenido me confesó que hubiera necesitado dos años más para hacerlo más completo; no abundaré en ello porque ninguno de los existentes es completo, aunque el de Jorge no tiene desperdicio; es decir, no le sobran muchas acepciones ni muchos vocablos, aunque falta “ay chuz”, que ya no está de moda y es políticamente incorrecto: la leí por última vez hace más de diez años, en voz de Ángel Fernández refiriéndose a Fernando Marcos en un texto de Juan Villoro; tampoco “sale y vale”, simplificada como salivali; y ya metidos en gastos, anoto algunas discrepancias: incluye dos tres pero no el arcaísmo dos que tres ni el más actual dos dos, mucho más exacto según la contundencia explicitada por Diego, Pao y Nahúm, mis informantes de lo cotidiano, pues Lourdes y yo tendemos a ver más los libros que la realidad. Tampoco me la ha refutado Marco Pulido, mi informante de lo cotidiano.
Añado otros desacuerdos: las Margaritas, más que las “cortesanas, zorras, tías, fulanas, perendangas, furcias, horizontales, pellejas, pelanduscas, pupilas, maturrangas, heteras, meretrices, cantoneras, calloncas, calientacamas, busconas, bagasas” del siglo XIX, eran el comité de recepción a los green grows del ejército estadounidense que invadió México en 1847, y que tan buena acogida tuvieron en ciertos sectores de la sociedad nacional; y que los polkos, más que oponerse a las medidas anticlericales de Valentín Gómez Farías, se negaban a mocharse con una lana porque el gobierno carecía de recursos para combatir la invasión (acierta al decir que se les llamaba así porque eran buenos pa’l bailongo). (“¡oh, qué desgracia tan fuerte / de los polkos atontados / que pensaban caer parados / y se les trocó la suerte!”; “Un zancudo muy zancudo / promete a las Margaritas / que les ha de dar lo suyo / ahora que queden viuditas”, son dos de las glosas que recopila Vicente T. Mendoza, pero hay más testimonios.) No estoy de acuerdo con su definición de piocha, pero no tengo más argumentos que los testimoniales, no filológicos; le reclamo que en suave y suavena no lo acomplete con “su avena con su arroz”.
En cambio, me informo de muchos vocablos que desconocía (y sigo desconociendo) y, lo mejor, me entero por él del periodo de vigencia de cada palabra, de cada vocablo, de cada modismo; admiro su capacidad de leer cosas tan diferentes, sin prejuicios; envidio alguno de los libros que posee, y que haya salido indemne de esta aventura. Por último, confieso que su libro lo envidio porque hace mucho ambicioné recopilar uno parecido, pero fracasé; me limito a usar modismos y caló más como provocación que como método literario. Envidio su libro, y espero que lo prolongue. Sale y vale.
(Texto leído el martes 17 de enero en la Sala Manuel M. Ponce de Bellas Artes, casi llena; en la mesa estaban el cronista Alberto Vargas, Guillermo Samperio y el autor del libro; las autoridades de Bellas Artes fueron descorteses, y la presentación se prolongó; por ello no pude replicar algunos dichos de Samperio y otros de Jorge García-Robles acerca de la ortografía, la Academia, los diccionarios de uso; ello será motivo de la siguiente entrega.)
(Claro, la Academia se equivoca con una frecuencia sospechosa: no registra chido, pero aceptó presupuestar, que en el lenguaje cotidiano sustituía a presuponer, y eso indicaba sumisión al mundo político-administrativo; pero apenas entró a su tumbaburros los políticos dejaron de usar ese término. Y a propósito de chido, éste sustituyó al muy efímero chiro, que duró menos de lo que dice Jorge, y que a su vez sustituía a chicho; no es que hayan desaparecido, sirven para establecer la edad de quien los dice; los que vivieron su plenitud en los años treinta a cincuenta se identifican con la definición “el muchacho chicho de la película gacha”, y allí vemos el extraño caso de la supervivencia de los modismos: ya pocos dicen chicho, pero nadie necesita que le expliquen el significado de gacho; también me sirve para disentir, porque Jorge dice que chicho es valiente y arrojado, pero también significa chido, lo que no es necesario explicar, pese a que las nuevas generaciones tienden más a decir de pelos.)
Admiro, decía, a los escritores que dominan el lenguaje coloquial; hay quienes no lo dominan, ni lo pretenden; por ejemplo, la escena de la mudanza en El gato, no el cuento sino la novela de Juan García Ponce, en que uno de los cargadores, al dar por terminada su labor, exclama: “¿Ora sí listo, señora? Hasta la próxima mudanza, entonces. Sale”, que se sale de tono con la narración, y nadie dice eso. José Agustín, en cambio, puede hacer toda una novela a base de modismos, e incluso adelantarse a los vocablos de moda, sin que suene artificial, falso o impostado, ni es necesario recurrir a un diccionario para entender la trama. Lo mismo sucede con Carlos Fuentes, quien hace convivir a personajes de diferentes estratos socioeconómicos y hacerlos hablar con un lenguaje propio de su estrato, sin que haya malos entendidos. Fuentes ha declarado varias veces su pasión por el lenguaje vivo, cambiante, frente al anquilosado que se perpetúa en el tumbaburros de la Academia.
Muchos escritores intercalan palabras propias del caló, o expresiones coloquiales, como contrapunto del lenguaje aparentemente correcto, y logran efectos espléndidos; pero las novelas verosímiles son las que se narran con el lenguaje que utilizamos en la cotidianeidad, en la intimidad, en la sobremesa, en la cantina; muchas veces el uso cotidiano de una palabra contradice su definición en el tumbaburros: en una ocasión, comiendo con Jorge De’Angeli en un restaurante de lujo, se nos antojó fumar; él iba a hacerlo por primera vez; por ello no se me había ocurrido llevar cigarros porque a él, hasta entonces, le molestaba que alguien fumara delante suyo, en comidas; llamó al dueño del restaurante, Luis Marcet, quien llamó a uno de sus chalanes y le ordenó: “pepénate dos cigarros”; en el DRAE, pepenar es recoger algo del suelo, pero también, sorpréndanse, es reprobar a un alumno; más aún, el DRAE ordena que en México se le dé la acepción de robar. Luis Marcet no le ordenó que buscara entre los ceniceros, o en el suelo del restaurante, dos colillas (mucho menos a dos ayudantes del conductor que transporta el pulque, que es la definición que da Jorge a colilla, lo que mucho me sorprende), ni mucho menos que robara dos cigarrillos, sino que los consiguiera. ¿Para qué sirve un diccionario si ninguna de sus definiciones nos ayuda a entender una plática común y corriente? Si en una novela el dueño de un restaurante le pide a un ayudante que pepene un cigarro, el lector entiende que el mesero debe buscar quién le obsequie uno, sea un comensal (de confianza, desde luego), otro mesero, uno de los pinches, o el cajero, ya verá quién; nadie entenderá que se lo robe, que lo busque en el suelo o entre los desechos, ni que para ello repruebe a un alumno.
(A propósito, en el mundo antiguo los cocineros tenían dos ayudantes: el que pinchaba la carne y el que la picaba; pese a su inferioridad laboral, tuvo fortuna filológica el segundo, que pasa a la cultura con el prestigio de pícaro, o alburero; el primero, en cambio, tiene la desgracia de representar la pobreza, la mediocridad, lo pinche.)
¿El lenguaje cotidiano requiere de un diccionario? ¿Lo que hizo Jorge García-Robles es un mero deleite personal que comparte con sus lectores, entre los que me cuento –así como me cuento entre sus amigos aunque hoy es la tercera vez que lo veo, pese a que antes hayamos intercambiado lecturas gracias a la generosidad de Salvador González? ¿Es un placer de filólogo el registrar cada giro lingüístico, cada invento verbal, cada uso diferente que le dan los escritores que se acercan al idioma que se habla en las calles y que a veces es distinto al que se registra en tareas académicas? ¿Es necesario uno más, entre los no demasiados que han aparecido desde el vocabulario incluido en la segunda edición de El periquillo sarniento –porque muchos lectores de la primera no entendieron alguno de esos modismos?
En la reunión de académicos de Zacatecas –donde Gabriel García Márquez pedía solidaridad para con su desorden ortográfico— la Academia Mexicana de la Lengua publicó un registro de mexicanismos, que era más bien un refranero, y que incluía un disquete ahora ya inservible con frases, palabras, dichos y refranes, pero se reconocía incompleto; apareció después publicado por el Fondo de Cultura Económica, sin disquete, pero uno se pierde en diccionarios y refraneros, además de que éstos son contradictorios y nadie puede regir su vida por ellos, pues lo mismo aconsejan dejarse llevar por los instintos, que reflexionar antes que caer en lo más bajo de ellos: lo mismo “Mujer que tiene buena pierna y buen andar, merece ser reina y su marido general”, que “busca a la mujer por lo que valga, no sólo por…”, lo que Jorge llama tepanjuanas, la zona del aguayón, las tambochas (aunque ésta Jorge no la recoge; perdón, no la registra, pero la reconocen los lectores de Gabriel Vargas), la zona de las inyecciones, las almohaditas (según la acepción que da Benny Moré en La engañadora), o como recordaba Carlos Fuentes que se decía a principios del siglo XX, “con las que me siento” y que también incluye Ángeles Mastretta en su lamentablemente inconcluso “Diccionario de mi tía”.
Ha habido algunos intentos por recopilar el lenguaje coloquial; recientemente la Academia Mexicana de la Lengua ha publicado dos diccionarios de mexicanismos que no son mexicanismos (como hot dog) sino modismos y no particularmente mexicanos; a la lista incluida por Jorge habría que añadir algunos trabajos no académicos ni muy rigurosos, como Así habla el mexicano, de Jorge Mejía Prieto, y otros más rigurosos, como el reciente de Héctor Manjarrez que se define como “útil vocabulario”, y algunos españoles, como El lenguaje del hampa, El léxico de la delincuencia, El diccionario de palabras malsonantes, el Diccionario de caló y el Diccionario de germanías, que pese a que son muy localistas, tienen nexos con el lenguaje cotidiano de México (por ejemplo, en uno de ellos entendí un verso muy hermético de Jaime López: “ella empacó su bistec con todo y refrigerador”). Son mejores los de los literatos que los de los filólogos, aunque no tan divertidos; pero recalco que éstos son divertidos por sus fallas, sus carencias y sus errores.
El de Jorge es uno de los mejores que he leído, yo, que soy fanático de los diccionarios, aunque no tengo tantos como Antonio Bolívar y Gabriel Zaid (citados en orden alfabético): combina el rigor del académico y la imaginación del literato; revela que es un buen lector; en la plática más extensa que hemos tenido me confesó que hubiera necesitado dos años más para hacerlo más completo; no abundaré en ello porque ninguno de los existentes es completo, aunque el de Jorge no tiene desperdicio; es decir, no le sobran muchas acepciones ni muchos vocablos, aunque falta “ay chuz”, que ya no está de moda y es políticamente incorrecto: la leí por última vez hace más de diez años, en voz de Ángel Fernández refiriéndose a Fernando Marcos en un texto de Juan Villoro; tampoco “sale y vale”, simplificada como salivali; y ya metidos en gastos, anoto algunas discrepancias: incluye dos tres pero no el arcaísmo dos que tres ni el más actual dos dos, mucho más exacto según la contundencia explicitada por Diego, Pao y Nahúm, mis informantes de lo cotidiano, pues Lourdes y yo tendemos a ver más los libros que la realidad. Tampoco me la ha refutado Marco Pulido, mi informante de lo cotidiano.
Añado otros desacuerdos: las Margaritas, más que las “cortesanas, zorras, tías, fulanas, perendangas, furcias, horizontales, pellejas, pelanduscas, pupilas, maturrangas, heteras, meretrices, cantoneras, calloncas, calientacamas, busconas, bagasas” del siglo XIX, eran el comité de recepción a los green grows del ejército estadounidense que invadió México en 1847, y que tan buena acogida tuvieron en ciertos sectores de la sociedad nacional; y que los polkos, más que oponerse a las medidas anticlericales de Valentín Gómez Farías, se negaban a mocharse con una lana porque el gobierno carecía de recursos para combatir la invasión (acierta al decir que se les llamaba así porque eran buenos pa’l bailongo). (“¡oh, qué desgracia tan fuerte / de los polkos atontados / que pensaban caer parados / y se les trocó la suerte!”; “Un zancudo muy zancudo / promete a las Margaritas / que les ha de dar lo suyo / ahora que queden viuditas”, son dos de las glosas que recopila Vicente T. Mendoza, pero hay más testimonios.) No estoy de acuerdo con su definición de piocha, pero no tengo más argumentos que los testimoniales, no filológicos; le reclamo que en suave y suavena no lo acomplete con “su avena con su arroz”.
En cambio, me informo de muchos vocablos que desconocía (y sigo desconociendo) y, lo mejor, me entero por él del periodo de vigencia de cada palabra, de cada vocablo, de cada modismo; admiro su capacidad de leer cosas tan diferentes, sin prejuicios; envidio alguno de los libros que posee, y que haya salido indemne de esta aventura. Por último, confieso que su libro lo envidio porque hace mucho ambicioné recopilar uno parecido, pero fracasé; me limito a usar modismos y caló más como provocación que como método literario. Envidio su libro, y espero que lo prolongue. Sale y vale.
(Texto leído el martes 17 de enero en la Sala Manuel M. Ponce de Bellas Artes, casi llena; en la mesa estaban el cronista Alberto Vargas, Guillermo Samperio y el autor del libro; las autoridades de Bellas Artes fueron descorteses, y la presentación se prolongó; por ello no pude replicar algunos dichos de Samperio y otros de Jorge García-Robles acerca de la ortografía, la Academia, los diccionarios de uso; ello será motivo de la siguiente entrega.)
lunes, 9 de enero de 2012
La mala suerte de Eric Clapton
Eric Clapton tiene mala suerte; comenzó a tocar en marzo de 1963 con The Rooters, de lo que no quedó ninguna prueba, pero se sabe que el cantante del conjunto era Terry Brenan; el grupo, aparte de Clapton, tenía a Ben Palmer como pianista, y a Tim McGuinness como bajista; éste fue el bajista de Manfred Mann algún tiempo.
Luego de unos cuantos meses Clapton estuvo unas semanas con Casey Jones & The Engineers, donde el cantante era Brian Casser. De allí pasó a uno de los grupos más célebres de los inicios del rock inglés, Yardbirds, donde sustituyó a Top Topham como requinto, desde octubre de 1963 a marzo de 1965; aunque grabó dos discos con el conjunto, no se sintió muy a gusto porque, decía, él quería tocar blues puro y los demás se dejaban seducir por los éxitos instantáneos. Claro, eso lo dijo entonces, pero en la más reciente de sus autobiografías admite que exageró. A Yardbirds no le costó sustituirlo porque adquirieron a Jeff Beck y luego a Jimmy Page, quien también tocaba el bajo; el cantante del conjunto fue Keith Relf, de voz muy ácida y potente; Clapton ni chance tenía de cantar, entretenido como estaba con los solos que comenzaron a hacerlo famoso.
Al saber que andaba sin chamba, lo llamó John Mayall, otro de los célebres a los que se les dice leyenda. Con él no podía tener pretexto, porque Mayall no buscaba el éxito fácil, le gustaba dar oportunidad a los buenos aunque no fueran famosos, y experimentaba mucho. Con Bluesbreaker estuvo poco más de un año, aunque con la interrupción de un par de meses, en que se juntó con The Glands, donde estaba Ben Palmer y donde cantaba un casi desconocido John Bailey.
Con Bluesbaker grabó un disco célebre, con el nombre del conjunto, y donde compartía créditos con Hughie Flint, a la batería, y John McVie, bajista; a veces se les juntaba Jack Bruce, uno de los mejores bajistas de esa época, y de todo el rock. En otro álbum, Primal Solos, grabó en la mitad del disco; en la otra mitad Mick Taylor toca la guitarra.
Y aunque eran más puristas, Clapton al poco tiempo se sintió a disgusto y volvió a separarse: al parecer Mayall era bastante despótico, o berrinchudito, y no le prestaba el micrófono a nadie, excepto a su esposa, y de vez en cuando a algún invitado, siempre que fuera de incógnito o con seudónimo, como Steve Anglo, nada menos que Steve Winwood, en una sola pieza.
Con otro necio, como Jack Bruce, y un baterista no exhibicionista (al principio), Ginger Baker, formó Cream, otro conjunto célebre; hizo un paréntesis para integrar un conjunto que duró tres canciones: Powerhouse, con Bruce, Paul Jones, Pete York y Winwood, que entonces chambeaba como guitarrista, tecladista y voz principal con Spencer Davis; las tres canciones se editaron en un disco misceláneo, llamado What’s a Shakin?.
Cream es uno de los conjuntos indispensables para cualquiera al que le guste la música, y se le llamó supergrupo, porque los tres (cuatro, porque Felix Papalardi tocaba con ellos en todos los conciertos y en varias canciones grabados en estudio, y en alguna pieza Gaorge Harrison tocó guitarra rítmica); en los tres discos en estudio y dos en vivo, logra cantar algunas veces, aunque detrás de Jack Bruce, quien además tocaba el bajo con más velocidad que Clapton el requinto. El más conocido era él, y es a quien presentan en multitud de canciones; es Jack Bruce en realidad la figura principal de Cream, pues son suyas varias de las canciones más famosas, y es el que da tono e intención a todos los álbumes.
Dio la casualidad de que su amigo Winwood no estaba tan a gusto en Traffic, del que era cantante, compositor, guitarrista, pianista, organista y, si era necesario, también bajista; el concepto, sin embargo, tenía más ideas de Jim Capaldi y de Chris Wood, y Dave Mason, que tocaba guitarra, cítara, componía, cantaba, tenía un estilo diferente; y como en las telenovelas, apenas se hablaba con Winwood.
La versión oficial es que Baker se enteró de que Clapton y Winwood iban a formar un nuevo conjunto y se les pegó; en la reciente autobiografía del baterista se insinúa que estaba en el proyecto desde el principio, que no fue ningún arribista, y que nadie lo invitó: él ayudó a integrar Blind Faith, el primero de los conocidos como Súper Banda; grabaron un disco que es célebre, y otras piezas más que daban lugar para otros tres discos, con versiones alternas, jams y ensayos; no en todos participa el cuarto integrante del grupo, Rich Grich.
Clapton era un iluso si pensaba que Winwood se iba a dejar arrebatar la batuta; la historia del conjunto es similar a la cinta que narra las desavenencias de Tommy y Jimmy Dorsey, los excelentes músicos estadounidenses que, aunque se querían mucho, no podían tocar juntos porque eran mandonsitos; en el disco Winwood toca órgano, pero también guitarra, y sostiene duelos bellísimos con Clapton, pero a su altura, no como segundo guitarrista; tres de las seis canciones son suyas, otra de Baker, una de Buddy Hollie, y una más de Clapton, pero ni siquiera ésa logró cantarla: todas las interpreta Winwood; desde luego, hubiera sido iluso que intentara equiparársele, pero que lo opacara como guitarrista debe haberle dolido, tanto, que en la gira (hay un video que lo demuestra) para promover el disco se sentía incómodo, desplazado, y prefería palomear con el conjunto de superestrellas desconocidas que abría los conciertos, Delany and Bonnie (and Friends; lo que pasa es que los friends eran Leon Russell, Jim Gordon, Dave Mason, Rita Coolidge, Carl Radle y Bobby Whitlock; debía conformarse con ser el guitarrista principal, aunque Mason a veces se le adelantara, y otro friend ocasional, George Harrison, no permitía que lo ningunearan).
Terminada la gira terminó la vida de Blind Faith, e integró, con Radle, Whitlock y Gordon, Derek and the Dominos, donde era el amo, con sus asegunes, porque los invitados Harrison y Mason y sobre todo Duane Allman hacían lo que se les pegaba la gana.
Terminó por formar un conjunto que se llamaba Eric Clapton & his Band, donde nadie le ganaba (excepto la excelente Marcy Levi, después solista y después Shakespeare Sister; ah, y tenía que ceder el micrófono a Ivonne Elliman, esposa del productor Robert Stigwood, dueño de la RSO, donde grabó muchos de sus discos).
Uno de sus mejores discos, Slowhand (su apodo entre los cuates), fue calificado por Óscar Sarquiz como el álbum de un guitarrista que canta.
Recientemente ha hecho giras con Jeff Beck (hay algunas piezas en las que tocan juntos, y otras donde además se les une Page), y varias con Steve Winwood; éste ya no es tan competitivo, y sólo en algunas canciones toca la guitarra, prefiere los teclados, donde se combina con Chris Staiton, y permite que cante, aunque, desde luego, sigue cantando sin perder nada de su voz de tenor mientras que Clapton, como Pedro Infante, no tiene registro definido. Creo que Clapton no abandonaba los excelentes conjuuntos donde era el estrella, cuando menos ante el público, porque no correspondían a sus exigencias de calidad, sino porque no lo dejaban cantar.
Una comisión de algo determinó que es obligatorio decir “persona con discapacidad” cuando uno se refiera a un inválido; es más, invalida el término inválido, que según el Diccionario de la Real Academia es una persona que adolece de un defecto físico o mental, congénito o adquirido, que le impide o dificulta alguna de sus actividades; en alguna definición, inválido es quien no se vale por sí mismo, o sea cualquiera que, como yo, y como la mayoría de mis amigos, necesita lentes, anteojos, plantillas, muletas, silla de ruedas; hay diferentes grados de invalidez, como las hay en los delitos o en los pecados: algunos más graves que otros, pero todos requieren ayuda externa. Discapacitado es quien no es capaz, pero le suena mejor a éstos que, además, se sienten autorizados para ordenar, algo que ni siquiera la Real Academia se atreve a hacer, y mejor, porque son muy pocos, incapacitados para manejar el lenguaje y la gramática y la ortografía, que hacen caso a sus muy intrépidas, absurdas e inútiles reglas ortográficas.
Y a propósito de reglas (ortográficas), en un organismo llamado del español emergente, hicieron en una de sus cápsulas radiofónicas la diferenciación entre equidad e igualdad, pero se abstuvieron de indicar que el antónimo de equidad es iniquidad, y de equitativo es inicuo; la mayoría de los diarios y revistas, inclusive culturales, escriben (o mecanografían, o teclean) “inequidad” e “inequitativo”, sin ninguna vergüenza.
Y a propósito de tiranías, los españoles deben estar desconcertados con las acciones de su nuevo presidente: alza de impuestos (que nunca dijo en su campaña que pretendiera hacer), regreso de la prohibición legal de la interrupción del embarazo (cursilería para nombrar el aborto), y la terminación abrupta de la ayuda a la industria editorial. Cierto, Rajoy no lo advirtió, pero era de suponerse que actuaría así. Faulkner tiene razón: “Hay que confiar en los malos: nunca cambian”.
Y a propósito de intolerancia, me escriben unos anónimos, enojados porque dije que Escuela de vagabundos es una cinta muy divertida, con muy buen ritmo, y sensacionales actuaciones pese a lo sobreactuado de Blanca de Castejón, lo arrogante del papel de Infante, y a muchas incongruencias que aparecen en la pantalla, como la tercera mano de Ramón Valdés, a lo injustificado de la más famosa frase del guión ("Qué bueno que vinieron porque si no qué hubiera hecho con tanta comida", lo que se desmiente cuando se ve a Castejón planeando la cena, y a que no le alcanza para Carl Hillos); a que se ven escenas de pederastia –Infante cuarentón enamorando a la supuesta quinceañera Anabelle Gutiérrez— y de perversión –Gutiérrez consumiendo bebidas alcohólicas). Me encantaría discutir con esos anónimos, pero en su portada no se ven argumentos, sólo opiniones, diatribas y descalificaciones porque no digo que Infante es el mejor actor del mundo; no haberlo dicho me costó la expulsión de un libro que, por decirlo, quedó hecho una birria. Lo que me asombra es que digan que como encontré errores, me aburro y me enfurezco con cualquier película; al contrario, me divierto muchísimo viendo churros; lo dicho, con ellos es imposible hablar.
Hace más de 45 años que no hago propósitos de año nuevo; ahora sí: me propongo dejar que me crezcan los bigotes.
Luego de unos cuantos meses Clapton estuvo unas semanas con Casey Jones & The Engineers, donde el cantante era Brian Casser. De allí pasó a uno de los grupos más célebres de los inicios del rock inglés, Yardbirds, donde sustituyó a Top Topham como requinto, desde octubre de 1963 a marzo de 1965; aunque grabó dos discos con el conjunto, no se sintió muy a gusto porque, decía, él quería tocar blues puro y los demás se dejaban seducir por los éxitos instantáneos. Claro, eso lo dijo entonces, pero en la más reciente de sus autobiografías admite que exageró. A Yardbirds no le costó sustituirlo porque adquirieron a Jeff Beck y luego a Jimmy Page, quien también tocaba el bajo; el cantante del conjunto fue Keith Relf, de voz muy ácida y potente; Clapton ni chance tenía de cantar, entretenido como estaba con los solos que comenzaron a hacerlo famoso.
Al saber que andaba sin chamba, lo llamó John Mayall, otro de los célebres a los que se les dice leyenda. Con él no podía tener pretexto, porque Mayall no buscaba el éxito fácil, le gustaba dar oportunidad a los buenos aunque no fueran famosos, y experimentaba mucho. Con Bluesbreaker estuvo poco más de un año, aunque con la interrupción de un par de meses, en que se juntó con The Glands, donde estaba Ben Palmer y donde cantaba un casi desconocido John Bailey.
Con Bluesbaker grabó un disco célebre, con el nombre del conjunto, y donde compartía créditos con Hughie Flint, a la batería, y John McVie, bajista; a veces se les juntaba Jack Bruce, uno de los mejores bajistas de esa época, y de todo el rock. En otro álbum, Primal Solos, grabó en la mitad del disco; en la otra mitad Mick Taylor toca la guitarra.
Y aunque eran más puristas, Clapton al poco tiempo se sintió a disgusto y volvió a separarse: al parecer Mayall era bastante despótico, o berrinchudito, y no le prestaba el micrófono a nadie, excepto a su esposa, y de vez en cuando a algún invitado, siempre que fuera de incógnito o con seudónimo, como Steve Anglo, nada menos que Steve Winwood, en una sola pieza.
Con otro necio, como Jack Bruce, y un baterista no exhibicionista (al principio), Ginger Baker, formó Cream, otro conjunto célebre; hizo un paréntesis para integrar un conjunto que duró tres canciones: Powerhouse, con Bruce, Paul Jones, Pete York y Winwood, que entonces chambeaba como guitarrista, tecladista y voz principal con Spencer Davis; las tres canciones se editaron en un disco misceláneo, llamado What’s a Shakin?.
Cream es uno de los conjuntos indispensables para cualquiera al que le guste la música, y se le llamó supergrupo, porque los tres (cuatro, porque Felix Papalardi tocaba con ellos en todos los conciertos y en varias canciones grabados en estudio, y en alguna pieza Gaorge Harrison tocó guitarra rítmica); en los tres discos en estudio y dos en vivo, logra cantar algunas veces, aunque detrás de Jack Bruce, quien además tocaba el bajo con más velocidad que Clapton el requinto. El más conocido era él, y es a quien presentan en multitud de canciones; es Jack Bruce en realidad la figura principal de Cream, pues son suyas varias de las canciones más famosas, y es el que da tono e intención a todos los álbumes.
Dio la casualidad de que su amigo Winwood no estaba tan a gusto en Traffic, del que era cantante, compositor, guitarrista, pianista, organista y, si era necesario, también bajista; el concepto, sin embargo, tenía más ideas de Jim Capaldi y de Chris Wood, y Dave Mason, que tocaba guitarra, cítara, componía, cantaba, tenía un estilo diferente; y como en las telenovelas, apenas se hablaba con Winwood.
La versión oficial es que Baker se enteró de que Clapton y Winwood iban a formar un nuevo conjunto y se les pegó; en la reciente autobiografía del baterista se insinúa que estaba en el proyecto desde el principio, que no fue ningún arribista, y que nadie lo invitó: él ayudó a integrar Blind Faith, el primero de los conocidos como Súper Banda; grabaron un disco que es célebre, y otras piezas más que daban lugar para otros tres discos, con versiones alternas, jams y ensayos; no en todos participa el cuarto integrante del grupo, Rich Grich.
Clapton era un iluso si pensaba que Winwood se iba a dejar arrebatar la batuta; la historia del conjunto es similar a la cinta que narra las desavenencias de Tommy y Jimmy Dorsey, los excelentes músicos estadounidenses que, aunque se querían mucho, no podían tocar juntos porque eran mandonsitos; en el disco Winwood toca órgano, pero también guitarra, y sostiene duelos bellísimos con Clapton, pero a su altura, no como segundo guitarrista; tres de las seis canciones son suyas, otra de Baker, una de Buddy Hollie, y una más de Clapton, pero ni siquiera ésa logró cantarla: todas las interpreta Winwood; desde luego, hubiera sido iluso que intentara equiparársele, pero que lo opacara como guitarrista debe haberle dolido, tanto, que en la gira (hay un video que lo demuestra) para promover el disco se sentía incómodo, desplazado, y prefería palomear con el conjunto de superestrellas desconocidas que abría los conciertos, Delany and Bonnie (and Friends; lo que pasa es que los friends eran Leon Russell, Jim Gordon, Dave Mason, Rita Coolidge, Carl Radle y Bobby Whitlock; debía conformarse con ser el guitarrista principal, aunque Mason a veces se le adelantara, y otro friend ocasional, George Harrison, no permitía que lo ningunearan).
Terminada la gira terminó la vida de Blind Faith, e integró, con Radle, Whitlock y Gordon, Derek and the Dominos, donde era el amo, con sus asegunes, porque los invitados Harrison y Mason y sobre todo Duane Allman hacían lo que se les pegaba la gana.
Terminó por formar un conjunto que se llamaba Eric Clapton & his Band, donde nadie le ganaba (excepto la excelente Marcy Levi, después solista y después Shakespeare Sister; ah, y tenía que ceder el micrófono a Ivonne Elliman, esposa del productor Robert Stigwood, dueño de la RSO, donde grabó muchos de sus discos).
Uno de sus mejores discos, Slowhand (su apodo entre los cuates), fue calificado por Óscar Sarquiz como el álbum de un guitarrista que canta.
Recientemente ha hecho giras con Jeff Beck (hay algunas piezas en las que tocan juntos, y otras donde además se les une Page), y varias con Steve Winwood; éste ya no es tan competitivo, y sólo en algunas canciones toca la guitarra, prefiere los teclados, donde se combina con Chris Staiton, y permite que cante, aunque, desde luego, sigue cantando sin perder nada de su voz de tenor mientras que Clapton, como Pedro Infante, no tiene registro definido. Creo que Clapton no abandonaba los excelentes conjuuntos donde era el estrella, cuando menos ante el público, porque no correspondían a sus exigencias de calidad, sino porque no lo dejaban cantar.
Una comisión de algo determinó que es obligatorio decir “persona con discapacidad” cuando uno se refiera a un inválido; es más, invalida el término inválido, que según el Diccionario de la Real Academia es una persona que adolece de un defecto físico o mental, congénito o adquirido, que le impide o dificulta alguna de sus actividades; en alguna definición, inválido es quien no se vale por sí mismo, o sea cualquiera que, como yo, y como la mayoría de mis amigos, necesita lentes, anteojos, plantillas, muletas, silla de ruedas; hay diferentes grados de invalidez, como las hay en los delitos o en los pecados: algunos más graves que otros, pero todos requieren ayuda externa. Discapacitado es quien no es capaz, pero le suena mejor a éstos que, además, se sienten autorizados para ordenar, algo que ni siquiera la Real Academia se atreve a hacer, y mejor, porque son muy pocos, incapacitados para manejar el lenguaje y la gramática y la ortografía, que hacen caso a sus muy intrépidas, absurdas e inútiles reglas ortográficas.
Y a propósito de reglas (ortográficas), en un organismo llamado del español emergente, hicieron en una de sus cápsulas radiofónicas la diferenciación entre equidad e igualdad, pero se abstuvieron de indicar que el antónimo de equidad es iniquidad, y de equitativo es inicuo; la mayoría de los diarios y revistas, inclusive culturales, escriben (o mecanografían, o teclean) “inequidad” e “inequitativo”, sin ninguna vergüenza.
Y a propósito de tiranías, los españoles deben estar desconcertados con las acciones de su nuevo presidente: alza de impuestos (que nunca dijo en su campaña que pretendiera hacer), regreso de la prohibición legal de la interrupción del embarazo (cursilería para nombrar el aborto), y la terminación abrupta de la ayuda a la industria editorial. Cierto, Rajoy no lo advirtió, pero era de suponerse que actuaría así. Faulkner tiene razón: “Hay que confiar en los malos: nunca cambian”.
Y a propósito de intolerancia, me escriben unos anónimos, enojados porque dije que Escuela de vagabundos es una cinta muy divertida, con muy buen ritmo, y sensacionales actuaciones pese a lo sobreactuado de Blanca de Castejón, lo arrogante del papel de Infante, y a muchas incongruencias que aparecen en la pantalla, como la tercera mano de Ramón Valdés, a lo injustificado de la más famosa frase del guión ("Qué bueno que vinieron porque si no qué hubiera hecho con tanta comida", lo que se desmiente cuando se ve a Castejón planeando la cena, y a que no le alcanza para Carl Hillos); a que se ven escenas de pederastia –Infante cuarentón enamorando a la supuesta quinceañera Anabelle Gutiérrez— y de perversión –Gutiérrez consumiendo bebidas alcohólicas). Me encantaría discutir con esos anónimos, pero en su portada no se ven argumentos, sólo opiniones, diatribas y descalificaciones porque no digo que Infante es el mejor actor del mundo; no haberlo dicho me costó la expulsión de un libro que, por decirlo, quedó hecho una birria. Lo que me asombra es que digan que como encontré errores, me aburro y me enfurezco con cualquier película; al contrario, me divierto muchísimo viendo churros; lo dicho, con ellos es imposible hablar.
Hace más de 45 años que no hago propósitos de año nuevo; ahora sí: me propongo dejar que me crezcan los bigotes.
martes, 20 de diciembre de 2011
De hamburguesas y otros recuerdos
El primero (y único, a la fecha) capítulo de mi autobiografía lo escribí a instancias de Jorge De’Angeli, y llevaba un comentario de Manuel Gutiérrez Oropeza que me hizo ver cosas que ignoraba, o no había prestado atención, de mí mismo. Lo público De’Angeli en una revista dedicada a gastronomía; mi escrito hablaba de algunas cuantas experiencias gastronómicas. Pero han pasado más de 20 años y está caduco.
Hablaba en él de El Tecuilito, un restaurante que estaba en la carretera México-Pachuca, o mejor dicho, en Insurgentes Norte, la calle que, como dice Carlos Fuentes, va de Nuevo Laredo a Buenos Aires, y en la que se corría la carrera Panamericana en los años cincuenta. Partida en dos por el Metro y el Metrobús, ofrece ahora un aspecto harto diferente de cómo era en la época en que me llevaban a El Tecuilito, algo que hasta Dèjá Lu puede percibir.
Como vivíamos más o menos cerca, nos íbamos a pie: estaba a la altura de los Indios Verdes (por cierto, teníamos unos vecinos que fueron apodados así, “Indios Verdes”, por su elevada estatura; muchos años después, su hija fue directiva del club de admiradoras de Julio Iglesias); en él comíamos un consomé que recuerdo como el más sabroso que haya probado, y supongo que barbacoa; la última vez que fuimos fue alrededor de 1956.
Después la familia regresó a las costumbres ancestrales: las comidas dominicales se servían en la casa, eso de ir a restaurantes era de gente fodonga; de cualquier manera, se compraba un pollo rostizado en La Abeja, o en otra panadería, en Montevideo (la calle); si otros familiares se sumaban, se compraban dos pollos; en ambas panaderías agregaban papas fritas en el mismo horno que los pollos, con un caldo que las hacía más sabrosas que las por entonces no muy abundantes papas fritas en bolsas; agregaban también chiles serranos; una variación de las comidas familiares estaba enriquecida por una tinga que merecía el honor de hacerse sólo una o dos ocasiones al año; rara vez, otra rama familiar preparaba mole poblano, platillo que era el que comíamos en un restaurante en Xochimilco, exactamente sobre el lago, donde minutos antes habíamos viajado un tramo, en una trajinera; me parece que alguna fotografía perpetúa el momento; en esa fotografía debo tener expresión de azoro, que era la que ponía, y sigo poniendo, en todas las fotografías, excepto si no veo la cámara o al fotógrafo (Marco Antonio Campos, malévolo, en una comida homenaje a José Emilio Pacheco hizo que Rogelio Cuéllar tomara una en la que estoy al centro, rodeado de Marco, de Juan Villoro, Carlos Montemayor y José María Fernández Unsaín; por más que insistí, no quisieron ponerse lentes negros, para que parecieran mis guardaespaldas).
Aunque los restaurantes eran para quienes no tenían tiempo de ir a comer a su casa, se volvieron comunes cuando los comercios comenzaron a trabajar de tiempo corrido; los bancos abrían de 9 a 13 y de 15 a 17 horas; cuando implantaron su horario de 9 a 15, y a causa de las obras para ahorrar tiempo, y que sólo sirven para incrementar el doble el tiempo que uno se pasa en los transportes, los empleados que laboraban en el centro debieron acudir a fondas, restaurantes pequeños, cafés, y muchas familias aumentaron sus ingresos ofreciendo comidas más baratas que en los locales establecidos.
Mi padre se querenció en el centro; primero trabajó en El Mago de Capuchinas, que como indica su nombre estaba en Venustiano Carranza, entre San Juan de Letrán y Gante; en el aparador de la entrada estaba la figura de un mago, con turbante y bola de cristal (el changarro era de una descendiente, nieta o bisnieta, de Manuel Payno); se hizo amigo de Adela, la que inventó el chachachá, según el Trío Avileño (“¿y quién te lo dijo Nené?; me lo dijo Adela”), y que tenía una pequeña pero bien surtida disquería, en la misma acera; tenía un Garrard donde ponía el disco que pedían los clientes; tenía buena memoria porque por lo regular no sabían el título ni el intérprete, mucho menos el compositor; tarareaban la canción: “el alacrán cran cran” o “éste es el danzón que le gustó al Ratón, vamos a bailarlo con el corazón”, las canciones favoritas de mis tíos Raúl y Polo, respectivamente; ella sabía incluso las que acaban de estrenar; me obsequiaba los catálogos que mes a mes le entregaban las casas disqueras, con los discos en venta; supongo que no queda ninguno, pero llegué a memorizarlos; en la esquina sigue estando La Luz, cantina famosa entonces por las hamburguesas y los sándwiches de carne tártara, que presumía de ser la única cantina que no ofrecía botana, y pese a ello, estaba llena. Muchas veces mi padre llevaba sándwiches a la casa; pocas veces los comí, no dentro, porque no me dejaban entrar, aunque allí trabajaba mi tío Raúl (muchos años después entramos a La Luz mis cuates Tlamatinis y yo, como agregado cultural; mi venganza a sus bromas fue que mi tío pidió a todos, menos a Paco Cabrera, su cartilla, para servirles; a mí no), y fuera de ella, mi abuelo Marcelino ofrecía billetes de lotería, y me compraba un sándwich.
Pocos años después de El Mago, mi padre tuvo una tabaquería en la calle de Ayuntamiento; iba con él casi todos los sábados, y muchas veces en vacaciones; estaba a unos pasos de la XEW, y una de sus actividades era cambiar los cheques a quienes trabajaban en la estación (también lo hacía el señor Limón, una leyenda en la W); así, hizo amistad con los del Trío Avileño, con Celio González, con Piporro, con la Marquesa Solares (pícara, corría a avisarle a mi padre cuando llegaba alguna actriz, con falda muy corta, o abierta hasta medio muslo); en la acera de enfrente estaba el estudio de Herrera, el fotógrafo, y con frecuencia iba Norma Herrera a la tabaquería.
Pero a la hora de la comida había que cerrar e ir a algún lugar no muy caro; en la esquina una mujer preparaba comida casera; dos o tres veces fuimos allí; no recuerdo algo memorable; en San Juan de Letrán había, en un lote baldío, un puesto enorme donde despachaban comida yucateca; si bien los tacos de cochinita no eran sobresalientes, aprendí a tomar horchata, una de mis aficiones actuales, porque no en todos lados saben prepararla bien; más memorables eran los tacos de pollo rostizado y las hamburguesas York, que estaban sobre Victoria, y que duraron hasta muy entrados los años setenta; todavía en 1975 comí allí las últimas hamburguesas de mole bien preparadas.
Cuando era comida familiar íbamos a cualquiera de los dos restaurantes famosos del centro, y que no eran de lujo: La Rica Leche y La Taza de Leche (¿había alguno que se llamara La Blanca? No puedo precisarlo); en uno de ambos me tocó la contingencia de que la mesera era madre de Toño y Luis, compañeros en la escuela ya llamada Teodoro Montiel López, en quinto año. Eran comidas corridas; uno estaba en pleno San Juan de Letrán y fue de los que desaparecieron en septiembre de 1985; en ambos, o en los tres, servían el café con leche (más bien era leche con café) en unos vasos alargados, de cristal, que se iban ensanchando en la parte superior, en forma hexagonal, aunque el borde era redondo; lo asociaba más a las neverías que a los restaurantes.
Comencé a comer solo en restaurantes cuando trabajé para Gustavo Sainz en Equipo Creativo, pero eso lo cuento en El juego de las sensaciones elementales; cuando Sainz cerró la oficina, me mudé a Bellas Artes; debo contar muchas cosas de allí, pero ahora me limito a los restaurantes cercanos; junto a Libros Escogidos había una fonda chiquita que parecía restaurante, a donde acudía cuando necesitaba sanar de infecciones dentales o intestinales, así de sana e insípida era la comida; en Avenida Juárez, donde ahora está la Librería El Sótano, (no la gloriosa Librería Del Sótano) había un restaurante enorme, con tres o cuatro opciones para comida corrida. Más de una vez tuvimos que regresar algún platillo porque llevaba una mosca como extra; pero en Doctor Mora estaba El Horreo, donde se comía bien y caro, pero como subsiste, lo omito, así como muchas de las anécdotas que vivimos allí, algunas relatadas en El juego…
Hace unos días un taxista me platicó de algunos restaurantes que recordaba haber visitado en una niñez no tan lejana, pero que ya habían desaparecido; me hizo recordar algunos que no existen ahora; en los últimos años han cerrado más negocios, y sobre todo más restaurantes, que los que han abierto. Si me limito a las hamburguesas, un platillo al que me han condenado los médicos a no probarlo nunca más (excepto en casa), debo lamentar la desaparición de las que vendían en la esquina de Cuauhtémoc y Chihuahua; las preparaban frente a uno, y las expendían a los clientes, fuera del establecimiento; seguían la receta tradicional: carne molida, con cilantro, ajo molido y muy poca cebolla, y fritas (no anatemizadas en micro güey), en panes pequeños, pero que eran rebasados por la carne.
Con la misma receta podía uno probarlas en Kiko's, de Avenida Juárez, también en la entrada, fuera del restaurante; eran tan baratas que daban ganas de comerse tres, pero uno quedaba sin apetito por dos días; también con la receta tradicional, las Heaven-Cielo, en la calle de Oaxaca, que desaparecieron alrededor de 1988, y que eran de las primeras (tal vez las segundas) que se establecieron en la ciudad de México, en 1948, después de las Wimpis, que estaban, me dice un sabio, donde ahora hay un negocio de hamburguesas gringas, también en Oaxaca, pero más cerca de Durango; las Heaven-Cielo estaban a media cuadra del Metro Insurgentes, cercanía que a la larga los obligó a cerrar. Las últimas hamburguesas memorables estaban en pleno Insurgentes, muy cerca del Sanborns de Aguascalientes, donde además vendían cerveza de raíz, inolvidable.
Lo más cercano a las hamburguesas tradicionales son los bisteces de carne molida que venden en Merlos, en Tacubaya, con el inconveniente de que sólo en fines de semana. Podría asegurar, y sería avalado por muchos, que hamburguesas excelentes eran las del parque de beisbol del Seguro Social, aunque su fama era opacada por los tacos de cochinita, que son ahora, en el Foro Sol, lo único que sobrevive del beisbol viejo, junto con los apostadores.
Pero hay muchos otros restaurantes que hay que recordar, como El Mortiro.
Pocas cosas me dan tanta satisfacción como vencer a los necios; pregunto en Mix Up por el nuevo disco de Kate Bush; me muestran Director’s Cut; no es el último, afirmo; es de 2011, me asestan; no están ustedes actualizados, les espeto, hay uno nuevo; me retan y me llevan a una computadora, donde verifican que hay uno nuevo, 50 Words for Snow; aceptan a regañadientes mi triunfo, que de nada sirve si no lo traen; minutos más tarde pido Unos pantalones para Philipe; me enseñan dos videos de Laurel & Hardy, doblados al español, por Polo Ortín; no los quiero con doblaje; es igual, me dice la vendedora, es cine mudo. ¿Y dónde se queja uno?
Trivia: en Caligrafía de los sueños, la más reciente novela de Juan Marsé, un personaje se tira a media calle para suicidarse bajo las ruedas de un tranvía, sólo que en esa calle no pasan los tranvías desde hacía años; en otro pasaje, se relata la historia sórdida de dos amores prohibidos. Ambos sucesos, en 1948; dos novelas mexicanas, publicadas en los años ochenta, tienen escenas y tramas similares; ¿cuáles novelas son?
Hablaba en él de El Tecuilito, un restaurante que estaba en la carretera México-Pachuca, o mejor dicho, en Insurgentes Norte, la calle que, como dice Carlos Fuentes, va de Nuevo Laredo a Buenos Aires, y en la que se corría la carrera Panamericana en los años cincuenta. Partida en dos por el Metro y el Metrobús, ofrece ahora un aspecto harto diferente de cómo era en la época en que me llevaban a El Tecuilito, algo que hasta Dèjá Lu puede percibir.
Como vivíamos más o menos cerca, nos íbamos a pie: estaba a la altura de los Indios Verdes (por cierto, teníamos unos vecinos que fueron apodados así, “Indios Verdes”, por su elevada estatura; muchos años después, su hija fue directiva del club de admiradoras de Julio Iglesias); en él comíamos un consomé que recuerdo como el más sabroso que haya probado, y supongo que barbacoa; la última vez que fuimos fue alrededor de 1956.
Después la familia regresó a las costumbres ancestrales: las comidas dominicales se servían en la casa, eso de ir a restaurantes era de gente fodonga; de cualquier manera, se compraba un pollo rostizado en La Abeja, o en otra panadería, en Montevideo (la calle); si otros familiares se sumaban, se compraban dos pollos; en ambas panaderías agregaban papas fritas en el mismo horno que los pollos, con un caldo que las hacía más sabrosas que las por entonces no muy abundantes papas fritas en bolsas; agregaban también chiles serranos; una variación de las comidas familiares estaba enriquecida por una tinga que merecía el honor de hacerse sólo una o dos ocasiones al año; rara vez, otra rama familiar preparaba mole poblano, platillo que era el que comíamos en un restaurante en Xochimilco, exactamente sobre el lago, donde minutos antes habíamos viajado un tramo, en una trajinera; me parece que alguna fotografía perpetúa el momento; en esa fotografía debo tener expresión de azoro, que era la que ponía, y sigo poniendo, en todas las fotografías, excepto si no veo la cámara o al fotógrafo (Marco Antonio Campos, malévolo, en una comida homenaje a José Emilio Pacheco hizo que Rogelio Cuéllar tomara una en la que estoy al centro, rodeado de Marco, de Juan Villoro, Carlos Montemayor y José María Fernández Unsaín; por más que insistí, no quisieron ponerse lentes negros, para que parecieran mis guardaespaldas).
Aunque los restaurantes eran para quienes no tenían tiempo de ir a comer a su casa, se volvieron comunes cuando los comercios comenzaron a trabajar de tiempo corrido; los bancos abrían de 9 a 13 y de 15 a 17 horas; cuando implantaron su horario de 9 a 15, y a causa de las obras para ahorrar tiempo, y que sólo sirven para incrementar el doble el tiempo que uno se pasa en los transportes, los empleados que laboraban en el centro debieron acudir a fondas, restaurantes pequeños, cafés, y muchas familias aumentaron sus ingresos ofreciendo comidas más baratas que en los locales establecidos.
Mi padre se querenció en el centro; primero trabajó en El Mago de Capuchinas, que como indica su nombre estaba en Venustiano Carranza, entre San Juan de Letrán y Gante; en el aparador de la entrada estaba la figura de un mago, con turbante y bola de cristal (el changarro era de una descendiente, nieta o bisnieta, de Manuel Payno); se hizo amigo de Adela, la que inventó el chachachá, según el Trío Avileño (“¿y quién te lo dijo Nené?; me lo dijo Adela”), y que tenía una pequeña pero bien surtida disquería, en la misma acera; tenía un Garrard donde ponía el disco que pedían los clientes; tenía buena memoria porque por lo regular no sabían el título ni el intérprete, mucho menos el compositor; tarareaban la canción: “el alacrán cran cran” o “éste es el danzón que le gustó al Ratón, vamos a bailarlo con el corazón”, las canciones favoritas de mis tíos Raúl y Polo, respectivamente; ella sabía incluso las que acaban de estrenar; me obsequiaba los catálogos que mes a mes le entregaban las casas disqueras, con los discos en venta; supongo que no queda ninguno, pero llegué a memorizarlos; en la esquina sigue estando La Luz, cantina famosa entonces por las hamburguesas y los sándwiches de carne tártara, que presumía de ser la única cantina que no ofrecía botana, y pese a ello, estaba llena. Muchas veces mi padre llevaba sándwiches a la casa; pocas veces los comí, no dentro, porque no me dejaban entrar, aunque allí trabajaba mi tío Raúl (muchos años después entramos a La Luz mis cuates Tlamatinis y yo, como agregado cultural; mi venganza a sus bromas fue que mi tío pidió a todos, menos a Paco Cabrera, su cartilla, para servirles; a mí no), y fuera de ella, mi abuelo Marcelino ofrecía billetes de lotería, y me compraba un sándwich.
Pocos años después de El Mago, mi padre tuvo una tabaquería en la calle de Ayuntamiento; iba con él casi todos los sábados, y muchas veces en vacaciones; estaba a unos pasos de la XEW, y una de sus actividades era cambiar los cheques a quienes trabajaban en la estación (también lo hacía el señor Limón, una leyenda en la W); así, hizo amistad con los del Trío Avileño, con Celio González, con Piporro, con la Marquesa Solares (pícara, corría a avisarle a mi padre cuando llegaba alguna actriz, con falda muy corta, o abierta hasta medio muslo); en la acera de enfrente estaba el estudio de Herrera, el fotógrafo, y con frecuencia iba Norma Herrera a la tabaquería.
Pero a la hora de la comida había que cerrar e ir a algún lugar no muy caro; en la esquina una mujer preparaba comida casera; dos o tres veces fuimos allí; no recuerdo algo memorable; en San Juan de Letrán había, en un lote baldío, un puesto enorme donde despachaban comida yucateca; si bien los tacos de cochinita no eran sobresalientes, aprendí a tomar horchata, una de mis aficiones actuales, porque no en todos lados saben prepararla bien; más memorables eran los tacos de pollo rostizado y las hamburguesas York, que estaban sobre Victoria, y que duraron hasta muy entrados los años setenta; todavía en 1975 comí allí las últimas hamburguesas de mole bien preparadas.
Cuando era comida familiar íbamos a cualquiera de los dos restaurantes famosos del centro, y que no eran de lujo: La Rica Leche y La Taza de Leche (¿había alguno que se llamara La Blanca? No puedo precisarlo); en uno de ambos me tocó la contingencia de que la mesera era madre de Toño y Luis, compañeros en la escuela ya llamada Teodoro Montiel López, en quinto año. Eran comidas corridas; uno estaba en pleno San Juan de Letrán y fue de los que desaparecieron en septiembre de 1985; en ambos, o en los tres, servían el café con leche (más bien era leche con café) en unos vasos alargados, de cristal, que se iban ensanchando en la parte superior, en forma hexagonal, aunque el borde era redondo; lo asociaba más a las neverías que a los restaurantes.
Comencé a comer solo en restaurantes cuando trabajé para Gustavo Sainz en Equipo Creativo, pero eso lo cuento en El juego de las sensaciones elementales; cuando Sainz cerró la oficina, me mudé a Bellas Artes; debo contar muchas cosas de allí, pero ahora me limito a los restaurantes cercanos; junto a Libros Escogidos había una fonda chiquita que parecía restaurante, a donde acudía cuando necesitaba sanar de infecciones dentales o intestinales, así de sana e insípida era la comida; en Avenida Juárez, donde ahora está la Librería El Sótano, (no la gloriosa Librería Del Sótano) había un restaurante enorme, con tres o cuatro opciones para comida corrida. Más de una vez tuvimos que regresar algún platillo porque llevaba una mosca como extra; pero en Doctor Mora estaba El Horreo, donde se comía bien y caro, pero como subsiste, lo omito, así como muchas de las anécdotas que vivimos allí, algunas relatadas en El juego…
Hace unos días un taxista me platicó de algunos restaurantes que recordaba haber visitado en una niñez no tan lejana, pero que ya habían desaparecido; me hizo recordar algunos que no existen ahora; en los últimos años han cerrado más negocios, y sobre todo más restaurantes, que los que han abierto. Si me limito a las hamburguesas, un platillo al que me han condenado los médicos a no probarlo nunca más (excepto en casa), debo lamentar la desaparición de las que vendían en la esquina de Cuauhtémoc y Chihuahua; las preparaban frente a uno, y las expendían a los clientes, fuera del establecimiento; seguían la receta tradicional: carne molida, con cilantro, ajo molido y muy poca cebolla, y fritas (no anatemizadas en micro güey), en panes pequeños, pero que eran rebasados por la carne.
Con la misma receta podía uno probarlas en Kiko's, de Avenida Juárez, también en la entrada, fuera del restaurante; eran tan baratas que daban ganas de comerse tres, pero uno quedaba sin apetito por dos días; también con la receta tradicional, las Heaven-Cielo, en la calle de Oaxaca, que desaparecieron alrededor de 1988, y que eran de las primeras (tal vez las segundas) que se establecieron en la ciudad de México, en 1948, después de las Wimpis, que estaban, me dice un sabio, donde ahora hay un negocio de hamburguesas gringas, también en Oaxaca, pero más cerca de Durango; las Heaven-Cielo estaban a media cuadra del Metro Insurgentes, cercanía que a la larga los obligó a cerrar. Las últimas hamburguesas memorables estaban en pleno Insurgentes, muy cerca del Sanborns de Aguascalientes, donde además vendían cerveza de raíz, inolvidable.
Lo más cercano a las hamburguesas tradicionales son los bisteces de carne molida que venden en Merlos, en Tacubaya, con el inconveniente de que sólo en fines de semana. Podría asegurar, y sería avalado por muchos, que hamburguesas excelentes eran las del parque de beisbol del Seguro Social, aunque su fama era opacada por los tacos de cochinita, que son ahora, en el Foro Sol, lo único que sobrevive del beisbol viejo, junto con los apostadores.
Pero hay muchos otros restaurantes que hay que recordar, como El Mortiro.
Pocas cosas me dan tanta satisfacción como vencer a los necios; pregunto en Mix Up por el nuevo disco de Kate Bush; me muestran Director’s Cut; no es el último, afirmo; es de 2011, me asestan; no están ustedes actualizados, les espeto, hay uno nuevo; me retan y me llevan a una computadora, donde verifican que hay uno nuevo, 50 Words for Snow; aceptan a regañadientes mi triunfo, que de nada sirve si no lo traen; minutos más tarde pido Unos pantalones para Philipe; me enseñan dos videos de Laurel & Hardy, doblados al español, por Polo Ortín; no los quiero con doblaje; es igual, me dice la vendedora, es cine mudo. ¿Y dónde se queja uno?
Trivia: en Caligrafía de los sueños, la más reciente novela de Juan Marsé, un personaje se tira a media calle para suicidarse bajo las ruedas de un tranvía, sólo que en esa calle no pasan los tranvías desde hacía años; en otro pasaje, se relata la historia sórdida de dos amores prohibidos. Ambos sucesos, en 1948; dos novelas mexicanas, publicadas en los años ochenta, tienen escenas y tramas similares; ¿cuáles novelas son?
martes, 6 de diciembre de 2011
Y que me dejen vacilar sin ton ni son
Nunca digo “va a llover”, sino “it’s a hard rain gonna fall”; ni “está lloviendo”, sino “Have you ever seen the rain?”, ni “qué fuerte llueve”, sino “Who’ll stop the rain?”; mucho menos “¡está temblando!”, sino “the whole world is shakin’ out, can’t you feel it?”. Eso quiere decir que me gusta el rock y no sólo como una manifestación artística y social (que tiene esa característica de la que carecen otros ritmos o, mejor dicho, otras maneras de hacer y sentir la música), sino como algo inevitable, parte de mí, tanto como la pasión por leer y por ver cine; pero si la lectura a grandes ratos se confunde y se funde con el trabajo (o mejor, en lo que he trabajado en los últimos 43 años); si ver cine depende del tiempo disponible, o de que transmitan algo por la televisión, o de que me acuerde de que tengo el video, o que me entere de la programación, la música la puedo escuchar mientras leo, mientras camino los 30 minutos que me ordenan los médicos, mientras platico, mientras escribo, mientras duermo o mientras descanso.
Tiendo a poner cuatro o cinco discos de un mismo conjunto, o de cantantes o conjuntos similares, que se transmiten influencias; o suele pasar que un disco me incita a escuchar otro; es comprensible que si pongo discos de Neil Young (es difícil oír tres suyos seguidos: es demasiado intenso), luego ponga dos o tres de Joni Mitchell, y luego a Christine McVie (con sus inteligentísimas canciones feministas); a veces una lectura (como digamos por ejemplo Joyce) obliga a oír todo, o casi todo, Kate Bush, pero también a Lou Reed y, quién sabe por qué, a Van Morrison.
No sé qué sea primero, si oír un concierto de Mozart obliga a escuchar a Steve Winwood, como solista; y sus sinfonías, a Traffic (así como luego de oír a Ravel tengo que buscar los discos de chachachá para encontrar “Sabrosona”, que contiene uno de los solos de percusiones más ricos, en ambos sentidos, de la música popular); sé que, sin que sea un acto reflejo, no podemos oír a Kachaturian sin desembocar en los primeros discos de The Who (aunque hay que confesar que no siempre es a la inversa, porque The Who agota, y Kachaturian no, aunque produce taquicardias); tampoco sé qué pongo primero: Schumann y Beethoven, o Beatles, pero comienzo con uno y me sigo con los otros hasta agotar obras completas, aunque no disponga de todas las versiones excelentes que se hayan grabado de los primeros, entre otras cosas porque no todas están disponibles, muchas no están reimpresas, o si lo están, no las traen las ya muy escasas tiendas de discos, algunas casi en estado de abandono, y a las grandes cadenas no le importan los aficionados: es casi imposible encontrar todo el repertorio de Janine Jansen, y ni contar lo que me costó conseguir la versión de Stephanie Chase del concierto para violín y orquesta de Beethoven (¿alguien podría explicar por qué la UNAM no pone a la venta el video de cuando vino a tocarlo al DF con la OFUNAM?), aunque pocas versiones de Beethoven no son buenas.
(Claro que hay manías, muy explicables; las diez u once versiones que tengo de ese concierto no son ni la cuarta parte de las que tiene Mario Magallón, o de las que tiene Luis Pérez; y ninguna de mis cinco grabaciones en disco compacto del Concierto para piano y orquesta de Schumann iguala la única que tengo en acetato; llegué al grado de comprarla con Von Karajan, pero ni siquiera ésa; y lo comento porque como bien saben mis amigos melómanos y mis amigos músicos, Von Karajan es admirado o rechazado, ambas actitudes de manera tajante; casi no existe admirador de Furwängler que lo sea también de Von Karajan, y viceversa; admiro mucho más al primero, influido primero por mis amigos, y luego convencido; pese a las recientes y muy buenas versiones de las extraordinarias violinistas jóvenes –Jansen, Hahn, Kopatchinskaja, Batiashvili, Chase, además tan bonitas o más que las tenistas rusas—, no son mejores que la de Mehunin, aunque ellas sean mucho más guapas. Y mucho de la excelencia de esa versión se le debe a Furtwängler.)
Todos saben que John Lennon contaba que escuchó la Sonata 27-2 de Beethoven un día que la tocaba Yoko Ono en su piano blanco, que él le pidió que la tocara al revés y que de allí salió “Because”, que aparece en Abbey Road; muchos menos saben que en “And I love her”, mientras Harrison toca un requinto eléctrico que distrae mucho, Lennon toca con la guitarra acústica la melodía del primer movimiento de esa sonata; también es sabido que George Martin, tratando de adecentar a los Beatles, les ponía conciertos que no sólo no los adecentaban, sino que les daban ideas y los enriquecían sin perder su esencia rocanrolera; sus primeros críticos serios intentaban justificarlos diciendo que descendían de una tradición romántica, de Schubert y Schumman, y no advirtieron nunca que ellos admiraban a Chuck Berry, que de muchas maneras descendía de ciertas obras de Beethoven; no fue sino hasta que Electric Light Orchestra lo explicó con manzanas, que muchos se enteraron que “Roll Over Beethoven” tomaba prestadas, o más bien arrebataba, las líneas principales de la Quinta Sinfonía de Beethoven. Lo que tampoco cuentan ni siquiera sus admiradores más acérrimos es que Beatles no sólo se basaban en ellos tres para algunas de sus canciones, sino también en Mahler (Paul McCartney) o en Tchaikowsky (Lennon), y hay que recordar la influencia de Ravi Shankar –cómplice, entre otros, de Philip Glass— en Harrison. Glass ha colaborado además con otros roqueros como Lou Reed, David Bowie, Paul Simon y Linda Rondstadt.)
No intento justificarme: me gusta el rock, como me gustan el mambo, el danzón, el fox-trot, el chachachá, con la desgracia de que estoy imposibilitado para disfrutarlos bailando, sólo puedo escucharlos. Pero como dije, el rock tiene características no sólo musicales; no niego, antes al contrario, la categoría que le da Acerina al danzón, al tomar partes de algunas obras y convertirlas en clásicos modernos: Mozart (La flauta mágica), Tchaikowsky (El cascanueces), Verdi (Rigoleto, Rigoletito –prefiero la segunda, aunque la primera sea más fina), Schubert. Pero sus raíces son más populares; tampoco niego, antes al contrario, que Gershwin y sobre todo Cole Porter (Call Porter!, le decía Cabrera Infante) elevan la música popular estadounidense a categorías altísimas sin perder su esencia popular, ni que ambos tengan muchísimas referencias, tanto en la música como en los versos, de clásicos de la ópera, de los conciertos y de la mejor literatura; ni de la muy evidente presencia de los clásicos en Gonzalo Curiel, María Grever y Consuelo Velásquez, tan profunda que a ratos llega a la copia descarada (o del parecido de muchas piezas de Luis Arcaraz con la obra de Ernesto Lecuona).
Pero el rock, más que cultura, es comportamiento; no me toca explicarlo, pero sí narrarlo; así como me despido diciendo “con su compermiso”, por citar a Tin Tan; así cuando un amigo de Enrique Fuentes me preguntó que cuál era mi gracia no pude sino contestar “la facilidad de palabra”, cita del primer (y mejor) Cantinflas; cuando explico alguna no muy infrecuente falta de ortografía, la adjudico a que tengo una mano lastimada, como Pedro Infante; cuando juego dominó, alardeo con un “pa’ molarla de acabar”, como Jorge Negrete, y a la primera provocación me disculpo de una discusión con un “de güey me meto”, como le sacateó David Silva cuando alguien le pidió que separara a dos mujeres que se peleaban por él; a algún amigo lo he tomado por sorpresa cuando, aquejado por una molestia de carraspera, contesto a un “cómo estás?” diciendo que “con tos y mala vista”. En su autobiografía procaz, Carlos Monsiváis responde una pregunta imaginada con un “ya que no tuve niñez, permítame tener currículum”.
Así, logro sostener conversaciones completas citando frases de canciones, muchas veces sin que el interlocutor lo advierta; a veces son tan obvias que me delato, por eso evado decirle a algún impertinente “no es necesario que cuando tú pases me digas adiós”, porque hasta él reconocería la cita, pero hay muchas otras que deslizo en pláticas, en reseñas, en relatos, que no todos reconocen; no puedo hacerlo ante sabios como Marco Pulido, Juan José Utrilla, Marco Antonio Campos, Salvador González, porque me contestan de manera contundente con alguna otra cita que me tardo a veces hasta minutos en aislar y reconocer (alguna vez tuve la audacia de recitarle a Marco Pulido la filmografía casi completa de Antonio Espino Clavillazo, y me la reviró enumerando la del Indio Calles, no sólo como director, también como actor). A veces cito literalmente, y luego encuentro una variante ágil de Monsiváis (me muero de ganas de citar en voz alta la última que le leí, póstuma).
Pero si el bolero y las canciones rancheras me dan oportunidad de hacer citas que no todos conocen, casi todo el rock da esa chanza; Lindsay Buckingham, Chistine McVie, Van Morrison, Jim Morrison, Bob Dylan, Who, Kinks, Beatles, hasta el rústico Elvis Presley, tienen frases que explican la vida, los sentimientos (de todo tipo), de contar experiencias, y por lo regular lo hacen con versos muy bien escritos, que condensan con eficacia e inteligencia lo que sólo el hombre puede sentir; muchas veces lamento que lectores voraces de otros géneros se hayan perdido una de las formas de poesía más ricas de los últimos 60 años, por pensar que el rock es sólo ruido. Casi todo el rock tiene esa potencia de decir, con unas cuantas palabras, todo un drama (y esta frase la dice uno de los roqueros menos explícitos, en una canción aparentemente alegre).
(Esto que hoy escribo salió, en gran parte, de la conversación en una cantina con Marisol Schulz; otra parte, por la plática con un amigo poeta, pero como es muy mi amigo mejor no les doy su nombre –a menos que me autorice—, quien, al confesar su pasión por Lilia Prado, me dijo que hasta la debía la costumbre heroicamente insana de hablar solo, cita que yo también suelo hacer; como me tomó por sorpresa, no le dije que, cuando lamentaba que en fotografías no le despertara las mismas pasiones, la frase correcta hubiera sido “mirando tu retrato me consuelo”.)
Busco un libro de Ramón Xirau en una Porrúa; como es costumbre, la dependiente busca primero en la computadora, donde ve que está en tal estante y hay cinco ejemplares; veinte minutos después, de revolver varias veces los plúteos correspondientes, llama al único hombre que despacha; él se acerca y toma un ejemplar que está frente a los ojos de ella; además, hay sólo cuatro ejemplares; sin que se dieran cuenta, se volaron uno. ¿Necesitan una computadora para buscar libros, si las computadoras son enemigas de los libros?
Como dice Hugo García Michel, ¿alguien esperaba que un no lector, lea? Si muchos escritores no leen, si hay un famoso crítico que no termina de leer los libros que comenta; es más, si hay autores que no leen lo que le preparan sus “negros” para publicar libros con su nombre. Ya no son los tiempos en que los presidentes leían. Cuatro ejemplos de presidentes lectores: Álvaro Obregón, Gustavo Díaz Ordaz, Luis Echeverría, Carlos Salinas de Gortari.
Tiendo a poner cuatro o cinco discos de un mismo conjunto, o de cantantes o conjuntos similares, que se transmiten influencias; o suele pasar que un disco me incita a escuchar otro; es comprensible que si pongo discos de Neil Young (es difícil oír tres suyos seguidos: es demasiado intenso), luego ponga dos o tres de Joni Mitchell, y luego a Christine McVie (con sus inteligentísimas canciones feministas); a veces una lectura (como digamos por ejemplo Joyce) obliga a oír todo, o casi todo, Kate Bush, pero también a Lou Reed y, quién sabe por qué, a Van Morrison.
No sé qué sea primero, si oír un concierto de Mozart obliga a escuchar a Steve Winwood, como solista; y sus sinfonías, a Traffic (así como luego de oír a Ravel tengo que buscar los discos de chachachá para encontrar “Sabrosona”, que contiene uno de los solos de percusiones más ricos, en ambos sentidos, de la música popular); sé que, sin que sea un acto reflejo, no podemos oír a Kachaturian sin desembocar en los primeros discos de The Who (aunque hay que confesar que no siempre es a la inversa, porque The Who agota, y Kachaturian no, aunque produce taquicardias); tampoco sé qué pongo primero: Schumann y Beethoven, o Beatles, pero comienzo con uno y me sigo con los otros hasta agotar obras completas, aunque no disponga de todas las versiones excelentes que se hayan grabado de los primeros, entre otras cosas porque no todas están disponibles, muchas no están reimpresas, o si lo están, no las traen las ya muy escasas tiendas de discos, algunas casi en estado de abandono, y a las grandes cadenas no le importan los aficionados: es casi imposible encontrar todo el repertorio de Janine Jansen, y ni contar lo que me costó conseguir la versión de Stephanie Chase del concierto para violín y orquesta de Beethoven (¿alguien podría explicar por qué la UNAM no pone a la venta el video de cuando vino a tocarlo al DF con la OFUNAM?), aunque pocas versiones de Beethoven no son buenas.
(Claro que hay manías, muy explicables; las diez u once versiones que tengo de ese concierto no son ni la cuarta parte de las que tiene Mario Magallón, o de las que tiene Luis Pérez; y ninguna de mis cinco grabaciones en disco compacto del Concierto para piano y orquesta de Schumann iguala la única que tengo en acetato; llegué al grado de comprarla con Von Karajan, pero ni siquiera ésa; y lo comento porque como bien saben mis amigos melómanos y mis amigos músicos, Von Karajan es admirado o rechazado, ambas actitudes de manera tajante; casi no existe admirador de Furwängler que lo sea también de Von Karajan, y viceversa; admiro mucho más al primero, influido primero por mis amigos, y luego convencido; pese a las recientes y muy buenas versiones de las extraordinarias violinistas jóvenes –Jansen, Hahn, Kopatchinskaja, Batiashvili, Chase, además tan bonitas o más que las tenistas rusas—, no son mejores que la de Mehunin, aunque ellas sean mucho más guapas. Y mucho de la excelencia de esa versión se le debe a Furtwängler.)
Todos saben que John Lennon contaba que escuchó la Sonata 27-2 de Beethoven un día que la tocaba Yoko Ono en su piano blanco, que él le pidió que la tocara al revés y que de allí salió “Because”, que aparece en Abbey Road; muchos menos saben que en “And I love her”, mientras Harrison toca un requinto eléctrico que distrae mucho, Lennon toca con la guitarra acústica la melodía del primer movimiento de esa sonata; también es sabido que George Martin, tratando de adecentar a los Beatles, les ponía conciertos que no sólo no los adecentaban, sino que les daban ideas y los enriquecían sin perder su esencia rocanrolera; sus primeros críticos serios intentaban justificarlos diciendo que descendían de una tradición romántica, de Schubert y Schumman, y no advirtieron nunca que ellos admiraban a Chuck Berry, que de muchas maneras descendía de ciertas obras de Beethoven; no fue sino hasta que Electric Light Orchestra lo explicó con manzanas, que muchos se enteraron que “Roll Over Beethoven” tomaba prestadas, o más bien arrebataba, las líneas principales de la Quinta Sinfonía de Beethoven. Lo que tampoco cuentan ni siquiera sus admiradores más acérrimos es que Beatles no sólo se basaban en ellos tres para algunas de sus canciones, sino también en Mahler (Paul McCartney) o en Tchaikowsky (Lennon), y hay que recordar la influencia de Ravi Shankar –cómplice, entre otros, de Philip Glass— en Harrison. Glass ha colaborado además con otros roqueros como Lou Reed, David Bowie, Paul Simon y Linda Rondstadt.)
No intento justificarme: me gusta el rock, como me gustan el mambo, el danzón, el fox-trot, el chachachá, con la desgracia de que estoy imposibilitado para disfrutarlos bailando, sólo puedo escucharlos. Pero como dije, el rock tiene características no sólo musicales; no niego, antes al contrario, la categoría que le da Acerina al danzón, al tomar partes de algunas obras y convertirlas en clásicos modernos: Mozart (La flauta mágica), Tchaikowsky (El cascanueces), Verdi (Rigoleto, Rigoletito –prefiero la segunda, aunque la primera sea más fina), Schubert. Pero sus raíces son más populares; tampoco niego, antes al contrario, que Gershwin y sobre todo Cole Porter (Call Porter!, le decía Cabrera Infante) elevan la música popular estadounidense a categorías altísimas sin perder su esencia popular, ni que ambos tengan muchísimas referencias, tanto en la música como en los versos, de clásicos de la ópera, de los conciertos y de la mejor literatura; ni de la muy evidente presencia de los clásicos en Gonzalo Curiel, María Grever y Consuelo Velásquez, tan profunda que a ratos llega a la copia descarada (o del parecido de muchas piezas de Luis Arcaraz con la obra de Ernesto Lecuona).
Pero el rock, más que cultura, es comportamiento; no me toca explicarlo, pero sí narrarlo; así como me despido diciendo “con su compermiso”, por citar a Tin Tan; así cuando un amigo de Enrique Fuentes me preguntó que cuál era mi gracia no pude sino contestar “la facilidad de palabra”, cita del primer (y mejor) Cantinflas; cuando explico alguna no muy infrecuente falta de ortografía, la adjudico a que tengo una mano lastimada, como Pedro Infante; cuando juego dominó, alardeo con un “pa’ molarla de acabar”, como Jorge Negrete, y a la primera provocación me disculpo de una discusión con un “de güey me meto”, como le sacateó David Silva cuando alguien le pidió que separara a dos mujeres que se peleaban por él; a algún amigo lo he tomado por sorpresa cuando, aquejado por una molestia de carraspera, contesto a un “cómo estás?” diciendo que “con tos y mala vista”. En su autobiografía procaz, Carlos Monsiváis responde una pregunta imaginada con un “ya que no tuve niñez, permítame tener currículum”.
Así, logro sostener conversaciones completas citando frases de canciones, muchas veces sin que el interlocutor lo advierta; a veces son tan obvias que me delato, por eso evado decirle a algún impertinente “no es necesario que cuando tú pases me digas adiós”, porque hasta él reconocería la cita, pero hay muchas otras que deslizo en pláticas, en reseñas, en relatos, que no todos reconocen; no puedo hacerlo ante sabios como Marco Pulido, Juan José Utrilla, Marco Antonio Campos, Salvador González, porque me contestan de manera contundente con alguna otra cita que me tardo a veces hasta minutos en aislar y reconocer (alguna vez tuve la audacia de recitarle a Marco Pulido la filmografía casi completa de Antonio Espino Clavillazo, y me la reviró enumerando la del Indio Calles, no sólo como director, también como actor). A veces cito literalmente, y luego encuentro una variante ágil de Monsiváis (me muero de ganas de citar en voz alta la última que le leí, póstuma).
Pero si el bolero y las canciones rancheras me dan oportunidad de hacer citas que no todos conocen, casi todo el rock da esa chanza; Lindsay Buckingham, Chistine McVie, Van Morrison, Jim Morrison, Bob Dylan, Who, Kinks, Beatles, hasta el rústico Elvis Presley, tienen frases que explican la vida, los sentimientos (de todo tipo), de contar experiencias, y por lo regular lo hacen con versos muy bien escritos, que condensan con eficacia e inteligencia lo que sólo el hombre puede sentir; muchas veces lamento que lectores voraces de otros géneros se hayan perdido una de las formas de poesía más ricas de los últimos 60 años, por pensar que el rock es sólo ruido. Casi todo el rock tiene esa potencia de decir, con unas cuantas palabras, todo un drama (y esta frase la dice uno de los roqueros menos explícitos, en una canción aparentemente alegre).
(Esto que hoy escribo salió, en gran parte, de la conversación en una cantina con Marisol Schulz; otra parte, por la plática con un amigo poeta, pero como es muy mi amigo mejor no les doy su nombre –a menos que me autorice—, quien, al confesar su pasión por Lilia Prado, me dijo que hasta la debía la costumbre heroicamente insana de hablar solo, cita que yo también suelo hacer; como me tomó por sorpresa, no le dije que, cuando lamentaba que en fotografías no le despertara las mismas pasiones, la frase correcta hubiera sido “mirando tu retrato me consuelo”.)
Busco un libro de Ramón Xirau en una Porrúa; como es costumbre, la dependiente busca primero en la computadora, donde ve que está en tal estante y hay cinco ejemplares; veinte minutos después, de revolver varias veces los plúteos correspondientes, llama al único hombre que despacha; él se acerca y toma un ejemplar que está frente a los ojos de ella; además, hay sólo cuatro ejemplares; sin que se dieran cuenta, se volaron uno. ¿Necesitan una computadora para buscar libros, si las computadoras son enemigas de los libros?
Como dice Hugo García Michel, ¿alguien esperaba que un no lector, lea? Si muchos escritores no leen, si hay un famoso crítico que no termina de leer los libros que comenta; es más, si hay autores que no leen lo que le preparan sus “negros” para publicar libros con su nombre. Ya no son los tiempos en que los presidentes leían. Cuatro ejemplos de presidentes lectores: Álvaro Obregón, Gustavo Díaz Ordaz, Luis Echeverría, Carlos Salinas de Gortari.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)

