jueves, 17 de enero de 2008

El retiro de Ana Gabriela

¿Qué va a pasar con el deporte mexicano ahora que se retira Ana Gabriela Guevara? ¿Se perdieron medallas olímpicas?
En alguna ocasión un equipo de beisbol cedió a las pretensiones de otro y aceptó venderle a Nolan Ryan, ganador de más de 320 juegos, con el récord aparentemente irrompible de más de cinco mil ponches, y poseedor de la marca de siete juegos sin hit ni carrera, cuatro más que cualquier otro lanzador en la historia de las Ligas Mayores.
—¿Cómo van a sustituirlo?— le preguntaron al manager del equipo que lo vendió.
—Con dos pitchers de diez ganados y diez perdidos.
Ryan perdía casi tantos juegos como los que ganaba, así que en realidad era más espectacular que efectivo.
Con Ana Gabriela Guevara pasa lo mismo: tuvo dos o tres años excelentes, pero perdía en las competencias más importantes siempre que no involucraran ganancias económicas. Y ahora está muy lejos de su excelencia, hay 26 competidoras con mejores marcas que la suya (El Financiero, 17 de enero de 2008, nota de Nancy González), y si cuando estaba supuestamente en plenitud no pudo obtener la medalla de oro que tanto anhelan los políticos (tanto, que la de plata que consiguió, aun siendo un triunfo, supo a derrota), ahora las probabilidades de que siquiera sorteara las primeras eliminatorias eran muy bajas.
Se retira en buen momento, y deja la sensación de que el deporte mexicano sufre una pérdida enorme, irreparable. Y tiene el pretexto de que se va porque las autoridades deportivas son corruptas, sólo porque no le hacen caso.
Se enfrenta además, dice, a la indiferencia del gobierno, y entonces sale inmaculada con muchos culpables, y sus jilgueros acentúan la acusación afirmando que es la mayor atleta de la historia del deporte mexicano.
Dejan en el olvido al sargento Pedraza, quien azoró a los espectadores cuando estuvo a punto de conseguir la medalla de oro en la prueba de la caminata de 25 kilómetros en 1968; si hubieran sido 25 kilómetros y diez metros, la hubiera conquistado, y la conmoción fue mayor cuando lo vimos hacer berrinche durante la premiación: ésas eran ganas de triunfar, opinaron los espectadores, esta vez en coincidencia con los locutores, quien hicieron creer que la siguiente prueba, la caminata de 50 kilómetros, sería la buena; la actuación no fue mala, pero no llegó entre los primeros lugares. Nadie se lo reprochó, porque todos saben que las competencias tienen a un solo ganador, y los demás compiten con ganas (“Lo importante no es ganar sino competir” ha sido desvirtuado, porque piensan que competir es participar, aunque significa buscar ganar).
Al calificar a Ana Gabriela Guevara como la mejor deportista mexicana de la historia se olvidan de muchos que han conseguido grandes triunfos, porque no se toma en cuenta que cada época es diferente, con características muy distintas; los más de 300jonrones de Vinicio Castilla no son más que los 127 de Aurelio Rodríguez ni que los 130 de Jorge Orta, porque en los años que éstos jugaron la bola era más pesada, los parques más grandes (sobre todo el de Chicago), y los pitchers más competitivos; el aire de Colorado ayudó mucho no sólo a Vinicio, sino a todos los bateadores de Rockies; eso tampoco descalifica a Castilla, simplemente fueron diferentes.
Guevara ha gozado de mejores condiciones que muchos otros deportistas, que tenían que entrenar en la madrugada para luego irse a la escuela, y regresar a entrenar, sin tiempo para comer ni para nada más; las becas no llegaban a los mil pesos mensuales, cuando las tenían; Pedraza podía competir porque en su trabajo, en el Ejército Mexicano, le permitían distraerse unas pocas horas para entrenarse.
Mejores circunstancias vivieron los marchista de la época dorada (quienes además pudieron competir gracias a que Pedraza llamó la atención sobre una competencia en la que pocos se fijaban), pero Carlos Mercenario, Ernesto Canto y Raúl González tenían una beca, no los sueldos que reciben los atletas olímpicos de estos días.
En los Juegos Olímpicos de 1968 Pilar Roldán y Mari Tere Ramírez consiguieron medallas en competencias muy cerradas, frente a atletas que recibían un patrocinio muy alto de sus gobiernos, porque cuando eran realmente olímpicos los atletas servían de propaganda a los diferentes sistemas políticos; los gobiernos “socialistas” respetaban el estrato amateur de los deportistas pero en realidad recibían salarios como maestros de educación física; los países del otro lado de la cortina ideológica de hierro patrocinaban de manera más descarada a sus competidores, aunque se cuidaban de que no fuera muy directa, no les fuera a pasar lo que a Jim Thorpe, quien por aceptar una lana en un juego de beisbol llanero (disciplina que ni siquiera tenía la categoría de olímpica) perdió un titipuchal de medallas olímpicas —y luego ni siquiera fue buen beisbolista profesional, aunque sí la hizo en el futbol americano.
En 1961 la General Electric contrató al futbolista uruguayo Julio María Palleiro, quien había sido campeón goleador en la entonces llamada Liga Mexicana de Futbol, y estrella del Toluca y del Necaxa; los vendedores de la General Electric trabajaban cada tercer día en su local, y los otros días en la calle, recorriendo colonias con su catálogo bajo el brazo y ofreciendo la mercancía a las amas de casa; pero cada semana cambiaban; si una estaban en la tienda lunes, miércoles y viernes, la siguiente les tocaba martes, jueves y sábado; Palleiro pidió que lo dejaran siempre lunes, miércoles y viernes, para entrenar martes y jueves con el América. La compañía no aceptó.
Llama la atención que Palleiro, estrella del deporte, tuviera que pedir chamba de casi cambaceo; suena más asombroso cuando lo comparamos con lo que cobran (que no es lo mismo que lo que ganan) los futbolistas contemporáneos, aunque ni siquiera sean los más famosos o más eficaces.
Esto lleva a otra pregunta: al cobrar esos salarios, ¿el Estado debe patrocinarlos? ¿No son empleados de una empresa, no de un club? ¿Cuál es la obligación del Estado respecto al deporte: patrocinar a los profesionales o impulsar la práctica del deporte de los ciudadanos comunes?
Se malinterpreta esta situación; las autoridades creen que el deporte es la práctica profesional, y patrocinar a los que destacan para que acudan a competencias internacionales y le den lustre al país; deporte sin embargo es una educación, que abarca a toda la población, y comprende no sólo la práctica competitiva, sino saber cómo caminar, cómo sentarse, cómo dormir, cómo respirar, cómo y qué comer, cuándo y cuánto puede ingerir bebidas alcohólicas o cuánto y qué (también) fumar; la práctica de ejercicios no competitivos que ayuden a la gente a tener más salud.
Es lo mismo que se hace con la escritura; la Secretaría de Educación Pública enseña no para que todo mundo sea escritor, sino para que todos sepan leer y escribir, aunque sea medianamente. Así la práctica deportiva no es para que todos sean deportistas profesionales; de otra manera sólo se privilegia a un sector muy menor de la población.
Los deportistas, aun los amateurs, han sido privilegiados, pero no es lo mismo que lo que pasó con los boxeadores que dieron tanto brillo al deporte mexicano antes y después de 1968; Felipe Muñoz, los clavadistas, los boxeadores, tenían el privilegio de entrenar en instalaciones adecuadas inaccesibles para todos nosotros; contaban con un entrenador al que no le pagaban ellos y eran becados para que estudiaran y los dejaran salir a entrenar; esos privilegios no los teníamos los demás, aunque podíamos ir a las instalaciones del Instituto Nacional de la Juventud Mexicana y jugar frontón o hacer pesas, cuando había espacio y nos dejaban los demás.
La Selección Mexicana de Futbol, patrocinada por empresas refresqueras y cerveceras y con apoyo interesado de otras, ¿representa al deporte mexicano?, ¿a los miles de llaneros que cada semana se relajan de la rutina laboral, pero que deben pagar a los árbitros, por el uso de la cancha, y comprar sus implementos?
La misma pregunta puede hacerse en el caso de Ana Gabriela Guevara: ¿representa al deporte mexicano, ella que entrena en el extranjero, que cobra por las competencias en las que obtiene alguna buena posición? ¿Reembolsa al Estado lo que cobraba mensualmente cuando obtenía premios en efectivo, como el millón en lingotes de oro? ¿Renunció a sus emolumentos cuando comenzó a recibir patrocinio de empresas que le pedían que posara con sus productos?
Por eso, cuando dice que no habrá alguien como ella en mucho tiempo, ¿no le puede reprochar el Estado que no se dedique a entrenar —si tiene facultades para ello— a los jóvenes que inspirados en ella (o en otros), aspiren a ser profesionales? ¿Y lo que invirtió el Estado en ella?
No puede evitar la sospecha de muchos espectadores que piensan que se retira para no tener que justificar una posible derrota, como hizo aquel corredor de apellido Cárdenas, que era una de las esperanzas en el atletismo olímpico, que cuando le preguntaron por qué no había quedado en un mejor sitio que un decepcionante sexto, respondió indignado: ¡es que corrieron más rápido!

1 comentario:

Lalo dijo...

Por desgracia, se equivocan los anónimos: las mexicanas no dan muestras hoy de capacidades, lo han hecho desde la Colonia, y en actividades más nobles que el deporte profesional, como la literatura (Laura Méndez, Josefa Murillo, Rosario Castellanos, Kyra Galván), la ciencia (Déborah Dultzin, Mayra de la Torre, María Elena Medina Mora, Julieta Fierro, y cerca de mil más), en el arte; en el mismo deporte ha habido campeonas mundiales y las hemos olvidado. Reconozco los logros (has been) de Guevara: ganó un campeonato mundial (como muchos mexicanos), una medalla olímpica de plata (no de oro, como muchos mexicanos); sus triunfos no opacan los de las de equitación, las de arquería, las de las clavadistas, las de natación simple y sincronizada, las bolichistas; hemos olvidado los triunfos de Crystal (en la rama misma de Guevara, sólo que en categoría de inválidos --los que no se valen por sí mismos, pero no por eso menos capaces) y los de las otras atletas paralímpicas.
Ojalá el retiro de Guevara no se hubiera dado con la sospecha de que, por no entrenar (como ya le sucedió) sus resultados fueran por abajo de lo esperado; ojalá que sus denuncias hubieran sido cuando estaba en la cumbre, o mejor, al regresar de los Juegos Olímpicos; ojalá hubiera se hubieran dado sin que pidiera para ella la jefatura del deporte nacional; ojalá que si le entregan el destino del deporte mexicano destierre el comercialismo, deje de privilegiar a los profesinales, y evite que los atletas se contraten con compañías publicitarias que comprometan sus carreras. Y no oso compararme con Guevara: mi especialidad no es la carrera de medio fondo, además de mi invalidez; Guevara tampoco competiría conmigo en mis especialidades.