domingo, 29 de agosto de 2010

Pacheco, en tres tiempos



¿Cuál es la diferencia entre que un gato sea existencialista, y que el gato haya inventado el existencialismo? ¿Y qué es un gato?: ¿la oportunidad de acariciar al tigre –y de citar a Baudelaire?
Las posibilidades de leer a José Emilio Pacheco son infinitas, y no las conocemos todas; la presencia del gato da oportunidad de explorar una de ellas.
El verano de 1957 apareció el sexto número de la revista Estaciones, con la dirección colectiva (en orden alfabético) de Alí Chumacero, Alfredo Hurtado, José Luis Martínez, Enrique Moreno de Tagle, Elías Nandino, Salvador Reyes Nevares y Carlos Pellicer; los editores eran Elías Nandino y Alfredo Hurtado, y tenía un suplemento, “Ramas Nuevas”, en este número coordinado por Pacheco. “Ramas Nuevas” (“cuyo nombre siempre me acompañará”) presenta varias reseñas bibliográficas de Pacheco, quien se definió como “aunque hoy nadie lo crea”, un rebelde-sin-causa-de-la-literatura, y “rompí el fuego contra la primera antología de cuentos que en 1957 elaboró Emmanuel Carballo”.
En ese número hay notas de Rafael Solana sobre Jaime Torres Bodet, poemas de éste, así como uno de Villaurrutia y unos fragmentos de un cuaderno, también de XV; sonetos de Pellicer, de Mercedes Durán y poemas de Elena Poniatowska, y cuentos de José Martínez Sotomayor, de Guadalupe Dueñas, Enrique Creel, Volga Marcos, Moreno de Tagle, y ensayos de César Falcón y de Leopoldo de Luis, éste sobre Vicente Aleixandre.
Se incluye el primer número de “Ramas Nuevas” (en números subsiguientes se suma Monsiváis, la primera de varias colaboraciones conjuntas a lo largo de muchos años) se publican poemas de Carmen Alardín, Francisco Galerna, María S. Harring, y un cuento de Alfonso de Neuvillate, posteriormente crítico e historiador de arte; lo más importante, el primer cuento de Pacheco, “Tríptico del gato”.
En el otoño del año siguiente apareció el primer título de Pacheco, plaquette de 16 páginas, incluyendo portadilla y colofón (La sangre de Medusa de José Emilio Pacheco es el número 18 de los Cuadernos del Unicornio. Se acabó de imprimir el día 22 de noviembre de 1958 en los talleres del maestro tipógrafo Manuel Cañas [Lerma 303], de México 5, D.F. Se tiraron 400 ejemplares sobre papel Fiesta de 80 kgs con tipos Bodoni de 12 / 12 puntos. Juan José Arreola, editor.) (Ya no se acostumbra la acotación del tipo de papel, ni menos de la familia tipográfica. La muy hermosa Bodoni no aparece en los catálogos de las familias tipográficas de los programas de computadora; la menos fea es Times Roman, y las variaciones de Garamond están muy abiertas, muy delgadas y exagerados los rasgos.) Incluía dos relatos: “La noche del inmortal” y el que da título al libro.
Los 400 ejemplares desaparecieron en relativamente poco tiempo; en los años sesenta, fuera de la Casa del Lago, vendían ejemplares de la colección; mi ignorancia impidió que adquiriera algunos de ellos, pero ya no estaba el de Pacheco.
Esa carencia se subsanó, en parte, con la reedición de La sangre de Medusa en la Colección El Pozo y el Péndulo (título de un cuento de Edgar Allan Poe), de la editorial Latitudes, editado por Carlos Isla y Ernesto Trejo (La sangre de Medusa, de José Emilio Pacheco, se terminó de imprimir el día 30 de junio de 1978, en los talleres de Imprenta Zavala, San Ildefonso y Carmen, México 1, D.F. Tiro de mil ejemplares.) (El 30 de junio de 1978 Pacheco cumplía 39 años; lo más probable es que esa fecha haya sido consignada por el aniversario; los colofones eran un juego, guiños secretos entre el editor y sus autores, sus amigos, familiares; hay que ver los colofones de las primeras ediciones de Carlos Fuentes; luego los detallo, pero muchos aparecieron oficialmente en días festivos; también hay que acotar que esos mil ejemplares desaparecieron en poco tiempo y esta edición, nunca reimpresa, se ha vuelto casi tan codiciada como la de los Cuadernos del Unicornio; Pacheco ha editado algunos otros títulos en ediciones limitadas aunque después incluidos en otros libros: Al margen, Prosa de la Calavera, Jardín de niños, Fósforos.)
En 1990, en Ediciones Era (“como Dios manda”, dijo Emilio García Riera) apareció La sangre de Medusa, una primera edición de tres mil ejemplares; en la portada interior se completa el título: “y otros cuentos marginales”. Los tres primeros relatos son “Trilogía del gato”, “La sangre de Medusa” y “La noche del inmortal”. Inicia con una nota, “La historia interminable” (alusión a un libro de moda pocos años antes, de Michael Ende), que habla del origen de los relatos; me detengo en los tres primeros; dice Pacheco que nunca un libro tan breve ocupó voluntariamente tantos años, porque los textos fueron apareciendo en diversas publicaciones, sin intención de formar un volumen; a lo largo de 34 años; el más antiguo lo fecha en 1956, la “Trilogía del gato”; es y no es el mismo texto; ya se sabe que Pacheco reescribe, adecua, corrige; y sí, son los mismos textos, pero distintos; en éste las diferencias son notables, pero no lo hacen otro; el primero de los tres fragmentos es el más fiel a lo largo de 35 años, sólo está más afinado; ¿qué es lo que afina? Las frases del cuento publicado en Estaciones son más contundentes; en el libro, más afiladas; en el primero se insinúa que el hombre es un gato imperfecto que con el fluir de los siglos lo superó al encontrar la facultad de la comunicación; en el segundo, que el gato inventó a los humanos, pero por un error ignorado (frase también en el original) creó gatos imperfectos; en el segundo desaparece un adjetivo: “hipócrita”; en el segundo hay una frase que me parece (por puro subjetivismo, pero también por influencia literaria) errónea: el perro es verdugo del gato: en campo abierto, así como es imposible detener a un ala cerrada, un gato vencerá al perro, lo cansará, se burlará de él, no dejará que lo atrape, y le causará heridas no graves, pero humillantes.
Las correcciones no son de estilo; difícilmente podría corregirse un cuento que, a los 17 años del autor, tiene pocas fallas, es de una fluidez envidiable, está escrito con gran seguridad, y lleno de frases eficaces y memorables; cuando mucho, hay una distancia que a los 50 años de edad acortó; hay mayor simpatía por el gato que a los 17 años.
El segundo fragmento, “El gato en la noche”, es muy diferente; en La sangre de Medusa es una lección de cómo la información enciclopédica, la cultura y el manejo de los conocimientos y de la observación se convierten en literatura; en el cuento de Estaciones hay un manejo impecable del erotismo sin ninguna descripción, solamente una evocación del amor sensual, entre gatos, y de paso entre humanos.
El tercero, “Los tres pies del gato”, es otra vez el mismo y es distinto: los diálogos son los mismos, así como la anécdota; en Estaciones es menos directo, no aborda la violencia que se desata en un instante, y en el libro la escena es brutal; en el primero hay una condena, en el segundo una acusación, ambos sobre la soberbia, la ignorancia, los caprichos, y la invencibilidad del gato; personalmente prefiero la descripción de la madre del protagonista, en la primera versión: “muchacha rica pero falta de instrucción”, que la del libro: “una joven rica que no tuvo oportunidades de instruirse”

No es la única mención de los gatos en Pacheco; acoto unas pocas: en El viento distante hay un relato, “El Parque Hondo”, en el que Arturo odia a la gata de su tía Florencia, con quien vive; la gata, consentida, se comió un ratón blanco que Arturo había comprado a la salida de la escuela; Florencia un día le encomienda que lleve a la gata al veterinario, a que la duerman; su amigo Roberto lo convence de que la maten ellos y se queden con los 20 pesos que deben pagar al médico; la gata, como en “Los tres pies del gato”, se escapa de la muerte y se pierde; en la noche se le aparece a Arturo, regresando acusatoriamente; Arturo aparece en Las batallas en el desierto, como uno de los amigos no bien vistos por la familia de Carlitos.
En algunos poemas regresan los gatos: “Gato”, “Gatitud”, “Proverbio árabe”, “Para quien vive entre murallas y guardias”, “Álbum de zoología”, “Rattus norvegicus”, “El fantasma”, “Mariposa”, “El suplicante” y uno o dos más que se me escapan. Como colofón, el hermoso texto que escribió para Gatomaquia, libro que en 1961 publicó la Librería Madero con dibujos de Vicente Rojo sobre el tema; tema que no es el único, pero sí de los más importantes de Pacheco.

La sangre de Medusa abre, tanto la edición de Los Cuadernos del Unicornio como la edición de El Pozo y el Péndulo, con "La noche del inmortal"; de nuevo, entre estos dos relatos las diferencias son pocas; es muy distinta la incluida en la edición de Era; mínimas variantes de una historia con muchas claves, dos vidas que son paralelas y al mismo tiempo divergentes, dos hombres igualados ante la muerte luego de que son el reverso de la otra; la gloria minimizada y la inmortalidad ganada por motivos tan encontrados que parecen enemigos, y la historia que, pese a ellos, se continúa a lo largo de los siglos; textos borgeanos, que en la edición de Era desentraña las claves, encuentra un nuevo hilo que hace ver al lector que el destino es inevitable, así se tarde 30 siglos en cumplirse; una diferencia radical, más allá de las formales; en las dos primeras versiones, un texto esencial hallado luego de la ejecución de uno de los protagonistas, es intraducible por la ignorancia del idioma original por parte de quien lo encuentra y resguarda; en la tercera versión no es necesario que lo traduzca, porque domina el idioma original (por cierto, la frase “por su ignorancia del dialecto jónico” volvemos a hallarla en No me preguntes cómo pasa el tiempo, casi igual “Orbes de música verbal/ silenciados/ por mi ignorancia del idioma”). Las dos primeras versiones, misteriosas y sugerentes, se descubren implacables, feroces, en la tercera. ¿Hay posibilidad de escoger una sobre las otras dos? Para mí, no.

“La sangre de Medusa” vuelve a alternar dos historias paralelas, distintas en el tiempo y en la forma, idénticas en el resultado: la de Perseo que luego de vencer lo invencible, es derrotado por el paso del tiempo, ve con melancolía y con dolor cómo se acaba lo que en un tiempo fue lo más glorioso, y cómo la belleza se convierte en un recuerdo cruel, que se alterna con otra historia, contemporánea: el hombre humillado por una mujer tiránica que ha minimizado su vida, lo ha esclavizado en el horror, y al fin la mata (en las dos primeras versiones, de seis cuchilladas; en la tercera, de siete) para luego hundirse en la locura, pero una locura lúcida; las dos primeras tienen pequeños cambios; en la tercera hay más: la pareja contemporánea ya no vive en una vecindad de la calle Argentina, sino en la calle de Uruguay, que de muchas maneras es más acorde con los rumbos de los relatos de Pacheco; es más explícita, pero sólo se nota leyendo cada frase y comparándolas entre sí; las diferencias son consecuencias de tres décadas de observación tenaz de la vida, se entiende mejor la tristeza de los dos protagonistas, es más claro el paralelo entre la vida de un héroe (en el sentido de la mitología) y de un derrotado (de la vida moderna); las observaciones son más agudas, y la sensación que deja en el lector es más profunda, en el sentido del paso del tiempo, de la imposibilidad de vencer al destino, en la tragedia del desamor. Es cierto; lo asombroso es que un joven de 18 años haya tenido tanta maestría, tanta agudeza, tanto talento, que sobreviva tres décadas sin que se le pueda objetar mucho; sólo Pacheco mismo pudo hacerlo.

Con cada relectura se encuentra uno, con algunos escritores, que los horizontes se amplían; se topa uno con aspectos o que no habíamos visto o no habíamos entendido en su cabalidad; se encuentran lazos que conectan temas que no son tan visibles, pero que han estado presentes, y ha sido nuestra culpa si no los habíamos descubierto; sucede con Faulkner, con Balzac, con Greene, con Carlos Fuentes, con Cervantes, con Octavio Paz; el universo que se revela con Pacheco es tan amplio que mucho me temo no tengamos capacidad para vislumbrarlo todo; solemos, con toda la torpeza posible, separar los géneros que aborda; hablamos del Pacheco poeta, del narrador, del crítico, del historiador, del periodista, del ensayista; pero es uno solo, sin importar el género, porque sus obras dialogan entre sí: una pregunta en un poema tiene respuesta en un cuento, o en un ensayo, o en un prólogo.
En estos tres cuentos, escritos casi en la adolescencia, están presentes varios de sus temas: la fugacidad, la imposible permanencia (de la vida, del amor, de la belleza), la amistad, la traición, la superioridad de los animales, la permanencia de la literatura.
En su carta prólogo a la poesía de José Carlos Becerra, Octavio Paz manifiesta asombro por la madurez del tabasqueño, y se muestra “apenado” por sus primeros poemas comparados con los de Becerra; no otra cosa puede uno pensar de las primeras obras de Pacheco.

Espero algún día expresar mi azoro, pero descubrir todas las rutas secretas, todas las correspondencias entre cada poemas, relato, novela, ensayo, de Pacheco.

domingo, 22 de agosto de 2010

¡Aguas con el tricentenario!

El tercer centenario del nacimiento de una nación debe celebrarse de manera majestuosa, y sobre todo exaltando sus más auténticos valores; por ello, Neutralia, un país que logró mantenerse neutral durante la segunda Guerra Mundial pese a las presiones del Eje o de los Aliados para contar con su apoyo, acude a las máximas autoridades en el conocimiento de Belorio, un oscuro escritor del siglo XVII, autor de una obra poco sólida y menos conocida aún, para que participen en los festejos.
La máxima autoridad resulta ser Scott-King, un profesor “de clásicas” en Granchester, Inglaterra; con 21 años de experiencia docente, ha visto frustrados sus intentos por reivindicar, o mejor, dar a conocer a Belorio a las nuevas generaciones; lo han rechazado editoriales, revistas especializadas o de divulgación; él mismo ha ido olvidando a su autor, cuando le llega la invitación de una universidad de Neutralia; duda, pero termina aceptando, para su desgracia.

Ése es, a muy grandes rasgos, la trama de Neutralia. La Europa Moderna de Scott-King (Scott-King’s Modern Europe), una novela inesperada de Evelyn Waugh; inesperada porque fue escrita y publicada entre Retorno a Brideshead y Los seres queridos, dos novelas mayores del inglés, autor de obras que alteran el orden, lo revuelcan y ponen de cabeza el mundo real e ideal.
La presente, editada por menoscuarto ediciones y traducida por Carlos Villar Flor, no es la primera versión en español; en 1953 fue traducida por J.R. Wilcock, más conocido como traductor que como poeta, y que puso en español novelas policiales y otras, como El paso a la India, obra maestra de E.M. Forster; esa primera edición se tituló La nueva Neutralia, por Ediciones Criterio. Pero ha tenido escasa difusión en español si se compara con otras obras, como Decadencia y caída, Cuerpos viles, Merienda de negros, Un puñado de polvo, Más banderas y la prodigiosa Primicia, retraducida como ¡Noticia bomba!, a la manera de Anagrama que quién sabe a qué idioma traduce.
(En la muy reciente edición de Oficiales y caballeros, para Cátedra, el mismo especialista Carlos Villar Flor enumera las traducciones al español, e incluye versiones cinematográficas, pero sólo las de Sword of Honour, las dos versiones, una de ellas con guión de William Boyd; no incluye las versiones cinematográficas de Decadencia y caída, Merienda de negros, Retorno a Brideshead, Un puñado de polvo, y sobre todo Los seres queridos, de Tony Richardson; hay varias series televisivas basadas en Primicia y Brideshead.)

El propio panegirista Villar Flor considera Neutralia como una obra menor; comparada con la anterior y con la posterior, puede que sí; sin embargo, comparte con ambas el mismo espíritu crítico que lleva al extremo la situación que surge de la trama; si bien Brideshead tiene un aliento más romántico que trágico, y evidencia el descubrimiento de lo religioso, apunta todas las contradicciones de la vida sentimental; y Los seres queridos es, por el contrario, la desdramatización de una historia sentimental, con el toque más macabro que uno pueda concebir. Neutralia no llega a tanto, pero casi.
No sólo ridiculiza los intentos de una nación por sacralizar lo baladí, por enaltecer a un escritor que nunca hizo nada sobresaliente, y que al parecer le interesa a un solo estudioso en el mundo; ¿el pretexto? La conmemoración del tricentenario, y con ello todo cuanto sea posible exaltar; en la prosa brillante de Waugh se ven ridículas las actitudes de las autoridades gubernamentales de un país que presume de lo que no tiene, que monta una escenografía para engañar a los visitantes, que hace solemnes todos sus actos al grado de sacrificar a sus invitados a sesiones maratónicas de autoexaltaciones y autoelogios sin permitirles descanso ni una pausa para mitigar el hambre; que aprovechan todo resquicio para hablar bien de sus supuestos logros democráticos que en realidad esconden pobreza, autoritarismo y represión; no engañan a nadie, pero los invitados disimulan, y ni siquiera por agradecimiento de la invitación.
Ellos también son ridiculizados; lo peor es que el protagonista, el pobre Scott-King, es el único de buena fe, y cree que lo invitan por su prestigio de ser el mejor conocedor de la obra de un escritor digno del olvido (aunque célebre en su tiempo), pero en realidad no hay tal honor, sino el deseo oficial de lucirse; los otros conocedores no sólo desconocen a Belorio, sino que lo llegan a confundir con un personaje de una novela más o menos reciente de Robert Graves, contemporáneo de Waugh (en esta breve novela hay multitud de citas y homenajes, a veces irónicos, las más de las veces sinceros); no son especialistas, sólo van a hacer bulto, a hacerle el caldo gordo a las autoridades siniestras de Neutralia; los intelectuales invitados son unos auténticos gorrones, que tienen su castigo cuando acaban los festejos, porque quedan cautivos o prisioneros, o abandonados a su suerte.
Los diálogos están llenos de equívocos, pero no como en Primicia o en Decadencia y caída; aquí parecen mal intencionados, y los políticos aprovechan cualquier duda para presumir de logros inventados o cuando menos exagerados. No parecerían seres reales, de lo grotesco que son, pero aparecen en otros libros de Waugh, como Un puñado de polvo, como en Primicia o como en los libros de viajes (Gente remota, Noventa y dos días), primitivos que se sienten civilizados y que están nacionalistamente orgullosos de su país, y que fuera de la solemnidad del tricentenario, se rebelan salvajes, represores, incapaces de escuchar.

¿Puede uno reírse de eso? Waugh hace reír incluso de las situaciones más dramáticas; por Los seres queridos uno queda inmunizado en gran medida contra las historias de amor, y enaltece las historias de odio, que no son más que las de amor insatisfecho; en Primicia todo se desata (una historia que parece exagerada, pero muchos años después García Márquez vivió algo parecido) por una escena de celos y venganza, que se frustra y se desvía por la torpeza de una secretaria y la ingenuidad del protagonista; en Decadencia y caída todo es una cadena de equívocos que llevan a un hombre a una serie de tropiezos que parece interminable, aunque algo inesperado da un vuelco en su vida (algo parecido sucede en Los relámpagos de agosto, sólo que en Waugh es más extremo que Ibargüengoitia); en Waugh las tragedias no son tales; lo grave de ellas es la desesperanza; Scott-King llega a pensar que pasará el resto de su vida en un hotel de segunda, sin ingresos, o luchando por un puesto burocrático con otros igual a él, acumulando chambas y en espera de que no caiga de la gracia de los jefes, o que éstos no sean destituidos. ¿A qué se parece?
Nos reímos de cuestiones grotescas; es tanta la pobreza en Neutralia, que en el banquete de recepción la comida no le llega a los invitados: es devorada por los meseros; las peticiones en realidad son órdenes, y si los invitados no las cumplen caen en desgracia; de pronto se ven envueltos en grescas, sin saber por qué ni cómo evadirlas.
Neutralia, a lo largo de su historia, ha sufrido “guerras dinásticas, invasiones extranjeras, sucesiones disputadas, colonias sublevadas, sífilis endémicas, suelo empobrecido, intrigas masónicas, revoluciones, restauraciones, cábalas, juntas, pronunciamientos, liberaciones, constituciones, golpes de Estado, dictaduras, asesinatos, reformas agrarias, elecciones populares, intervención extranjera, cancelación de préstamos, inflaciones de moneda, sindicatos, masacres, incendios, ateísmo, sociedades secretas… [agréguense] tantas miserias personales como se desee… de aquí surgió la presente república, un típico Estado moderno gobernado por un partido único… que mantiene a una vasta burocracia mal pagada cuyo trabajo se mitiga y humaniza por la corrupción…”. No termina allí el recuento de algo que, ni modo, nos parece muy conocido.

La novela es breve, pero igualmente compleja; se le asesta a los personajes tantos golpes que no es fácil asimilarlos; nos reímos todo el tiempo, pero a veces la risa es nerviosa; lo que le sucede a Scott-King es de temer, como una tarde en una oficina de gobierno donde los funcionarios acusan a los ciudadanos de un delito que no es delito y que además nadie sabe cómo lo cometió, si es que lo cometió, si es que es delito y si no es una extorsión, o simple abuso de poder.
No hay que olvidar que pocos años antes, Waugh había visitado México, patrocinado por compañías petroleras, para que describiera el país y desprestigiarlo; su retrato es feroz, pero no podemos decir que falso. ¿Lo habrá tenido en la mente cuando escribió esta novela?
No suelo decir el final de los libros; en este caso, ni siquiera podría caer en la tentación; las fichas bibliográficas dicen que la novela tiene 112 páginas; mi ejemplar, y los otros ejemplares a la venta en el DF tienen 107, y aunque termina en punto y aparte, da la impresión de que falta un remate, así que no sé si lo terminé de leer o me faltan cinco páginas, de una lectura que disfruté, tanto como me angustió. ¿Así serán las fiestas del bicentenario?

Posdata: el sábado hubo cinco blanqueadas en las Ligas Mayores; ayer domingo otras seis, una de ellas 1-0, el trigésimo o trigésimo primer juego de la temporada con ese marcador; de esas diez blanqueadas, cuadtro fueron juegos de menos de cuatro hits. No se sabe si el solo control de esteroides redujo jonrones y altísimos porcentajes de bateo, o si hicieron pelotas más adecuadas a las reglas. ¿Se imaginan si vuelven a subir la altura del montículo? ¿Y si controlan el acceso a las ninfetaminas?
Segunda posdata: Francisco Rodríguez fue aprehendido, multado y suspendido, y luego expulsado, por dirimir a golpes una discusión con su papá de su novia. Lo peor es que se produjo en el intercambio de argumentos una lesión en el tendón del pulgar derecho, por lo que ni siquiera puede agarrar bien la pelota; esa misma lesión la sufro desde hace tres meses, y apenas puedo escribir y firmar los recibos; a esa lesión acháquenle por favor errores y erratas. Y repito la frase de Pedro Infante en Los tres García: "perdona las faltas de ortografía, pero es que tengo la mano lastimada".

domingo, 15 de agosto de 2010

La (des)memoria del Sótano


Ya conté cómo, al entrar a una librería, aun a la Universitaria que tenía muchos empleados, nos ofrecían algo que sabían que nos iba a interesar; este sábado fui a una de las muchas sucursales de El Sótano, y con maldad me acerqué a desbaratar una entretenida plática entre empleados, para pedir el libro que cuenta la historia de la librería; uno de ellos, luego de titubear, fue por el ejemplar; no me preguntó si se me ofrecía algún otro título, sólo me dio un cartoncito con su clave para que supieran quién me había atendido; también por maldad pedí algún libro de Evelyn Waugh; ya sé que mi pronunciación es pésima, por culpa de Miss Gladis, pero en vez de preguntarme por el autor se fue a la computadora y empezó a teclear BOG.
En el libro De Juárez a Quevedo. Páginas de la historia de las librerías El Sótano, edición de Nelio Edgar (sic, sin acento) Paz, se afirma que el cliente es primordial, que nunca han tenido una descortesía; eso era antes, como se dice en las redacciones; cuando uno pedía un título no consultaban nada, iban directo a una mesa o a uno de los libreros y encontraban, generalmente, lo que se les había pedido; pero además sugerían otros del mismo autor o del mismo tema.
No era frecuente que lo hicieran con clientes que conocían la librería, dejaban que uno encontrara y que buscara otras cosas; con mis amigos Rubén Maní, Alejandro Rosales, Patricia Proal, Rodolfo Rodríguez y Jesús Corona nos tardábamos más o menos una hora buscando, escudriñando, expurgando plúteos, anaqueles, mesas arriba y abajo; nunca pude comprar El laberinto, de Robbe-Grillet, pero encontré muchísimos más que ahora provocan envidia de muchos lectores y bibliómanos (las bibliotecas, aparte de la lectura, ¿provocan otro placer que ver la envidia de los rivales?); y la plática con Gerardo López Gallo hacía que pasáramos otra media hora, y como íbamos después de salir de El Habana, ya salíamos después de las 10, 11 de la noche.
Cuando iba Rubén Maní, él nos daba aventón; si no, nos apresurábamos para estar fuera a las 11:45, porque a las 12 salía el último Fundidora o Estrella; si no, había que ir a Reforma a esperar un pesero. Alguna vez la plática se extendió tanto que Gerardo me ofreció aventón, luego de llevar a Irma, la cajera, a su casa en Tlatelolco, y aun nos detuvimos en una cantina en Misterios donde proseguimos la plática hasta las tres de la madrugada. Eso lo cuento en mi parte de El juego de las sensaciones elementales.
Muchos años después tuve la columna "De Librerías" en La Onda, que escribía con seudónimo para que no me sobornaran, pero Félix Moreno que había intuido la autoría le avisaba, ya publicada, a sus colegas, para que la leyeran; cuando hablé de la Librería del Sótano Gerardo me llamó y me invitó a desayunar al café que estaba en la misma dirección de la Librería, al lado, como bien me corrige Marco Pulido, del cine Variedades; llevábamos ya varios años de una amistad si no cercana sí cálida; recordó cuando Jesús Corona le dio un gran descuento en un restaurante de lujo donde realizó una de las mejores operaciones de su vida, y me dijo que le había leído mi columna a sus empleados, porque había algún reproche pues alguno de ellos no encontró un libro que le pedí; siempre trato de que estén al tanto, que se sepan bien la librería, afirmó.

Después del sismo de 1985 casi todas las librerías del rumbo sufrieron un daño, mayor o menor; la Del Prado se fue cayendo hasta desaparecer, en otro rumbo; la Del Sótano se refugió en la San Rafael, sitio inhóspito para librerías, incluida la American Book Store, antes excelente.
Supe que abrieron en Miguel Ángel de Quevedo, pero le fui fiel a la de Avenida Juárez, donde volvió Gerardo con una librería un poco caótica, con algunas ausencias, pero con una calidez que nunca he encontrado en Taxqueña; aun cuando muchos empleados se mostraban tan desinteresados como en una Gandhi, la mayoría de las veces el trato fue cordial, y muchas veces Gerardo salía para saludarme (antes me lo encontré en el Fondo de Cultura Económica, cuando andaba con lo de las librerías México); cuando apareció El juego de las sensaciones elementales fui a buscarlo, porque le dedico gran parte de un capítulo; ya no lo encontré; por De Juárez a Quevedo confirmo que hubo roces que lo llevaron a vender su parte, algo que ya me habían comentado otros libreros.

La Librería Del Sótano no sólo era una librería, sino un sitio familiar, donde se encontraban amigos, donde nos citábamos, y donde platicábamos; ahí me agarró el temblor de enero de 1973, poco después de una comida vegetariana con Chucho Vargas Heredia, y días después del temblor de Nicaragua; la cajera, que no era Irma sino una también muy bonita pero muy arisca, comenzó a gritarle a Roberto suplicándole que detuviera el sismo; le recomendé, y mandó comprar, leche de magnesia para absorber la bilis; pasado el susto, seguí buscando libros pese al consejo de desalojar el local para estar seguros de que no hubiera daños; fue mi librería favorita durante mucho tiempo, y lo siguió siendo incluso en las épocas de mi amistad con Polo Duarte, Raúl Guzmán, Carlos Hernández, Félix Moreno, Antonio Navarrete. Además, como realmente estaba en un sótano, era muy lucidora en la época de las minifaldas de principios a mediados de los setenta.
No menos de mil de mis libros los compré allí, incluida una primera edición de Cantar de ciegos, de Carlos Fuentes, dedicado a un amigo, pese al control que llevaban en la editorial y en la librería.
Pero como sucede en todos lados, la memoria es ingrata; en De Juárez a Quevedo no sólo olvidan muchos rasgos que hicieron de la librería una de las mejores del siglo XX capitalino, sino que desconocen su trayectoria y la deforman. No hay una sola mención a dos sucursales que tuvieron a principios de los setenta, una en Florencia, pequeña y cómoda, cálida y hospitalaria, que pese a todo duró poco; influyó la distancia entre la zona de librerías de Insurgentes, y los centros nocturnos que comenzaban a proliferar; no se había descompuesto la Zona Rosa, pero ya no era zona exclusiva; por el mismo rumbo tuvo mala suerte una efímera sucursal de la Hamburgo, en Tíber, o sea la misma calle pero cruzando Reforma. Otra Del Sótano de fugaz vida estuvo en Leibnitz, que finalmente se convirtió en Contraste y después alojó a una editorial de buenas intenciones. No hay una sola palabra acerca de ellas; si fracasaron, fueron sólo en lo económico, y hubo muchas sin suerte; alrededor de la Zona Rosa sólo duraron la Hamburgo de Insurgentes y Hamburgo, y la De Cristal de Niza, o las especializadas de Arvil y similares; otras duraron menos; y en Polanco sólo las De Cristal de Homero y de Ejército Nacional, por los libros escolares, porque otras han tenido pésima suerte; el Péndulo es más cafetería que librería, y el trato dejen que sea impersonal, es descortés y negligente; me divierto mucho preguntando por libros agotados pero me asombra que no sepan que estén agotados ni quiénes sean los autores (en El Péndulo de Nuevo León, por el contrario, encontramos un empleado eficaz, informado y atento, el primero en tantos años).
Aunque hay agradecimientos a sus empleados en general, y entrevistas autoelogiosas a varios de ellos, no hay el reconocimiento que mereció Roberto (así lo conocíamos todos) que durante los primeros años se encargó de que llegaran los títulos interesantes, que se le diera prioridad a la literatura y las artes, en general, más que a los best-seller, que no dejaban de vender pero sin desplazar a los otros, lo que no sucedía ni en la Bellas Artes ni en Porrúa, donde todos estaban parejos sin destacar géneros, cuando mucho le daban preferencia a los autores o títulos famosos. Si algo distinguió a la Del Sótano fue eso, porque en la añorada De Cristal, en cada pérgola había una especialidad (la sección infantil, que conocí en los cincuenta, estaba presidida por efigies de Bugs y de la Pequeña Lulú; y la literaria era una más de las secciones).
La Del Prado era más exclusiva, y Libros Escogidos tenía otro sentido: libros raros, desconocidos, agotados. La Del Sótano parecía para conocedores, y los empleados, corteses, seguían los dictados de Roberto, que conocía el mercado como pocos, las editoriales, los distribuidores, y a los clientes.
Ya hablando de descortesías, no hay una palabra a El Caballito; sí a la editorial no a la librería, en la Glorieta del Caballito, pequeña como caja de zapatos, pero dinámica y feliz, y que fue el origen de la Del Sótano.

Asombra que quien dice haber pasado toda su vida en la librería afirme que Avándaro era una editorial, cuando en realidad era una distribuidora que se encargaba de la comercialización de Mortiz, Seix-Barral y Ariel antes de la llegada de Ángel Jasanada, y de que estas editoriales tuvieran su sistema propio de distribución; asombra que no se mencione el coctel más famoso de esta librería, que fue el ofrecido a Carlos Seix, que terminó en La Ópera, precisamente donde fue tomada la famosa foto de “La Mafia” que tanto comentan en el libro.
Lo más asombroso es que no haya una sola fotografía de la librería original, y en cambio hay muchas de las gélidas sucursales nuevas, ni de Gerardo López Gallo, la cabeza visible de la empresa cuando menos para el público; asombra que se enorgullezcan más de su competencia con la Gandhi en vez de la épocaen que había una competencia leal entre ella y la Del Prado, Porrúa, Libros Escogidos, y la cercana Zaplana (la que estaba en Juárez ya había desaparecido) y otra en San Juan de Letrán. Asombra que afirmen que daban descuento de 10 por ciento por fidelidad de los clientes, cuando algunos privilegiados obtuvimos uno un poco mayor, desde luego con conocimiento de los López Gallo.
Sobre todo asombra que siempre se refiera a la original, la auténtica, como Librería El Sótano, tratando así de borrar el pasado, cuando era Librería Del Sótano, como muestran los timbres que ponían en la página de cortesía y desprendían en las cajas y que las menciona Teresa Dey, a quien pudieron encargarle el libro, en vez de quien escribe con tantos tropiezos, fallas, con una redacción antiliteraria.
A causa de este libro uno añora más la Librería del Sótano, sobre todo la de la época de las minifaldas.

domingo, 8 de agosto de 2010

Más remembranzas de Libros Escogidos

Hace poco, en sitios inusitados, vi a la venta El año pasado en Marienbad, la cinta de Alain Resnais basada en un guión de Alain Robbe-Grillet, filmada a principios de los años sesenta; no era un caso aislado, y compartía una estética con las cintas más célebres de Antonioni (Eclipse, Desierto rojo, El grito, La aventura, La noche) o de Visconti (Rocco y sus hermanos, El gatopardo, Vagas estrellas de la Osa Mayor); obras densas, complejas, que reflejaban la crisis personal, la incomunicación, la soledad. Había cierto enlace con las cintas de Bergman, precisamente las de aquella época, de mediados de los cincuenta a mediados de los sesenta, y tenía parentesco también con los filmes de Pasolini.
Comparada con las cintas de acción de Mel Gibson, Tom Cruice y demás actores actuales, la película de Resnais resulta lenta, desesperadamente lenta; sólo narra el acoso de un hombre que pretende que una mujer recuerde el romance que sostuvieron un año antes, en la misma ciudad donde se encuentran; comienza con la descripción de ese sitio, frase que se repite hasta la saciedad; parece la misma, pero hay ligeras variantes que no siempre corresponden a las imágenes; los personajes carecen de nombre, y sólo parece importar la pareja central, aunque algunos otros cobran cierto relieve, pero sólo para completar la anécdota principal; a veces los diálogos coinciden con el momento narrado, pero en general parece que describe la acción del pasado, no el actual.
En su recomendación semanal, mi amigo José Xavier Navar insinúa que el film fue y es incomprensible para el público de 1962 y para el actual, aunque no disminuya la belleza plástica; en México Resnais tuvo seguidores, no sólo entre la crítica (en Nouvelle Vague se recogen dos reseñas inteligentes sobre la cinta, una de Salvador Elizondo –no hay que olvidar que su segundo libro, antes que Farabeuf, estuvo dedicado a Visconti– y la otra de Emilio García Riera, pero de seguro hubo más), sino entre los directores jóvenes, y en especial Juan Ibáñez en Un alma pura y en Los Caifanes deja ver su entusiasmo por la cinta; la primera está narrada por cartas de los dos personajes centrales, que a veces hablan a la cámara, pero rememorando la pasión incestuosa; con esa frialdad y distanciamiento relata o atestigua una fiesta con célebridades (Carlos Fuentes narrando un ligue con versos de “La casada infiel”), o una pelea en una cantina (también con palabras de Carlos Fuentes, retroalimentadas de La región más transparente, La muerte de Artemio Cruz, Zona sagrada, Cambio de piel, resumidas en su célebre presentación en Los narradores ante el Público), y la certeza de que el narrador cuenta desde la atemporalidad, y con la conciencia omnipresente y omnisapiente de la tragedia que desde el principio se le da a conocer al espectador.
La influencia no se restringía a lo formal, sino a la necesidad de contar una historia de una manera no tradicional, desde diferentes puntos de vista, desde el testimonio de uno de los protagonistas de un drama, y además rompiendo la estructura tradicional del cine narrativo; alguien expresó que las historias debían tener un principio, un desarrollo y un final, aunque no necesariamente en ese orden. Me acostumbré a ese cine, y el vertiginoso actual puede divertirme, pero a la larga me aburre.

Todo esto, para contar otro episodio de las librerías, de cómo vivíamos en ellas, y de cómo contribuyeron a la formación de nuestras pequeñas bibliotecas.
Aunque no parecieran especializadas, uno buscaba cosas concretas en cada una; en Libros Escogidos encontré varias de las obras a las que más apego tengo, en cuestiones literarias; me veo forzado a repetir, con otras palabras, lo que conté en El juego de las sensaciones elementales, la novela que escribí a cuatro dedos con Gustavo Sainz; una tarde a la semana, por lo regular los martes, Gustavo dedicaba una hora a señalarme los defectos de construcción, de interpretación y algo de gramática elemental en el borrador de mi primera novela, después llamada Háganme lugar; no siempre cumplía, a veces me dejaba plantado porque no se me ocurría llamarle para confirmar, o porque no salía a tiempo de algunos de sus compromisos simultáneos; una tarde, de la que no puedo precisar la fecha pero sí cada una de las palabras que dijimos, me contó que por la mañana le había leído a Polo Duarte una escena de mi novela; dijo que lo dejó impresionado, y me conminó a que fuera esa misma tarde a la librería de Polo, en Avenida Hidalgo, frente a la Alameda. En las autobiografías del mismo Sainz, de Leñero y de José Agustín se hablaba con entusiasmo acerca de Polo; por más que lo retrataban como un desmadroso, su figura imponía respeto.
No era tan alto, y se veía menos alto porque miraba por encima de sus lentes; siempre sonreía, y leía un periódico vespertino, sentado en un banco incómodo tras el pequeño mostrador, en cuya vitrina guardaba los libros más valiosos; el corredor era largo y angosto, y los libreros eran de piso a techo; estaban acomodados por autores, en orden alfabético, y tenía algunas rarezas que se escapaban a la vista de muchos visitantes, cuya galería está conformada por nombres desde entonces célebres; por la época en que lo conocí los más asiduos eran Otaola, Juan Manuel Torres, Gabriel Ramírez, Armando Villagrán, Adrián Brun, Juan Manuel López, Heriberto Juárez, Juan Bañuelos, Raúl Renán, Alberto Bohórquez…
Otaola fue una persona extraordinaria en todo: generosidad, inteligencia, cultura, pero sobre todo el placer de los libros; un doctor Monroy veía con simpatía a quienes gustaban de los libros, y hablaba con sencillez pero con una erudición asombrosa; algún tiempo Guillermo Ochoa lo aprovechó para su programa, y le dieron a la televisión mexicana una dimensión superior; el día que lo conocí, presentados por Polo, me hizo una pregunta que me llega a la mente ahora, a cada rato: ¿le gustaría tener una primera edición del Ulysses?
Con Otaola era obligatorio aprender a leer; en su casa, en la calle de Sullivan, casi frente al entonces hospital para los ferrocarrileros; en su departamento aparentemente minúsculo brotaban libros por todos lados; “todos, menos éste”, y mostraba una Biblia en miniatura; era su respuesta cuando la gente le preguntaba si había leído todos sus libros; una biblioteca viva, pujante, pero ordenada, como nunca he podido tenerla; calaba el gusto de la gente, y sacaba un ejemplar de un escritor casi desconocido, o conocido sólo por él, y leía, con su voz pausada pero no cansada ni metálica, fragmentos intensos, a los que daba aún más intensidad: oye esto de Monica Lange, me decía, y leía tres o cuatro páginas hipnotizantes, embrujantes; o poemas de José Hierro (a quien conocí una mañana gracias a Lourdes Penella; me dedicó su Poesía ya para entonces no Completa, con plumones de distintos colores y dibujos; me recordó las dedicatorias de Ota, floridas y coloridas, aunque usaba una sola pluma), Félix Grande; y aunque me hice de los libros de los que me leyó algo, nunca encontré la intensidad que le daba su voz que no parecía salir de aquel ser menudo pero poderoso.
Algún día me pidió que leyera, por él, una novela deslumbrante, La señorita, de Ramón Nieto; mis ojos cansados ya no pueden entrarle a esto, me dijo: una novela llena de laberintos, trampas, recovecos, salidas falsas, pero no sostenida con palabrería, sino con lenguaje; por esos días, semanas antes o después, Gustavo Sainz puso en mis manos La celosía, de Robbe-Grillet, y Por el canal de Panamá, de Malcolm Lowry en la traducción de Salvador Elizondo; ya para entonces trabajaba con él, y los ratos de ocio o los ocupábamos con charlas sobre “nenas, libros y literatura”, o me dejaba leer; Robbe-Grillet despedazó mi noción de literatura, y la hizo volar en mil fragmentos, cada uno de los cuales debí de seguir para reintegrarlos en un solo núcleo; frenético e hipnotizado, hice esperar a Arturo Jiménez, desesperado para ir a visitar a mi amiga Patricia Proal, hasta que terminé la breve pero dilatada novelita en la que un hombre observa, párrafo tras párrafo, tras la celosía, cómo su mujer baja del auto del que él considera su mejor amigo.
Me fue difícil entrarte a La señorita; cuatro historias se alternan para describir todas las posibilidades de la vida, en diferentes dimensiones; cada semana Ota me recomendaba libros parecidos, pero me pedía que no abandonara otras lecturas aparentemente más lineales. Me temo que no le hice caso: me molestan las novelitas autobiográficas, o que cuentan las aventuras de los abuelos y que son las mismas que vivieron todos los abuelos; o que narran viajes alrededor del ombligo del autor, como si fueran interesantes; a veces dejan ver talento narrativo; la mayoría carece de talento literario.

La tarde-noche que acepté la invitación de Sainz para visitar a Polo Duarte salí lleno de libros de los que nunca había oído; Polo describió la escena de mi novela como si la estuviera leyendo; me interrogó sobre mis lecturas, y me dio dos libros, a crédito (la generosidad de Sainz no era en los salarios; la de Polo era ilimitada), de Thomas Mann: Penas tempranas y Las tablas de la ley; Sainz después me dijo que había apantallado a Polo hablándole de La montaña mágica; aun ahora tengo una colección de títulos de Mann que no encuentro en librerías, aunque debo confesar que me tardé muchos años antes de entrarle a Los Bodenbrook, a la que le tenía prejuicios, y ahora ya no sé cuál de ellos me gusta más.
Entre Polo, Sainz, Juan Manuel Torres y Otaola me daban tantas recomendaciones que caí en el error de leer dos libros simultáneamente, lo que José Emilio Pacheco me aconsejó no volver a cometer porque confundía las tramas y las estructuras. Me temo que ahora a veces no puedo sino desoírlo, y siempre pago las consecuencias.
A Polo y a Otaola debo la pasión por las primeras ediciones, de las que hablaré después, pero la única materia en la que fui superior a Ota fue en la suerte para encontrarlos: el mediodía de un sábado, como era costumbre, nos fuimos en grupo a El Horreo todos los que estábamos en Libros Escogidos; ocupábamos dos mesas que habían juntado los meseros; alguien, creo que Raúl Renán, llegó con la noticia de que acababa de llegar un embarque de Sudamericana a la Librería del Sótano; fuimos todos, pero en dos grupos; no recuerdo quién más iba, pero Otaola y yo entramos juntos, y juntos recorrimos los pasillos de aquella librería que efectivamente estaba en el sótano del edificio que albergaba un café, y el cine Variedades. De la librería y de cómo creció hablaré con detenimiento después; acababan entonces de extenderse, y en un rincón de la última sección habían colocado decenas de ejemplares de Boquitas pintadas, la segunda, excelente, novela de Manuel Puig; todos (debíamos haber sido unos ocho o nueve) tomamos un ejemplar; yo, pegado a Otaola, siguiendo sus recomendaciones; me habló del lenguaje, el estilo, los juegos pirotécnicos del argentino, que había demostrado en La traición de Rita Hayworth; sus palabras, y lo que sucedió después hizo que olvidara qué otros títulos aproveché, no muchos porque los libros llegaban no muy baratos.
Pero al regresar al Horreo todos hojeaban sus libros; Ota vio que su Boquitas pintadas era la segunda edición; en realidad, todos tenían una segunda edición; la mía era una primera edición; años después Puig se asombró de que la tuviera, porque suponía que se había agotado en Argentina y sólo había llegado a México a partir de la segunda.
–Estábamos juntos, la tomamos al mismo tiempo, del mismo librero, y a este hombre le tocó una primera edición y a mí una segunda– decía, aparantando quejarse.
Ofrecí que cambiáramos ejemplares, que él, con tantas primeras ediciones en su biblioteca, merecía tener también ésa.
–De ninguna manera. Si te tocó la primera fue por algo –se negó a aceptar.

Otra tarde alguien nos dijo que había ejemplares del Diccionario de lugares comunes, de Flaubert, en la Librería de Cristal; fuimos Ota, Renán y yo, apenas terminamos la cerveza que disfrutábamos; era la traducción de Alberto Ciria, para la editorial de Jorge Álvarez; compré tres ejemplares, uno para Lourdes, otro para Arturo Valdés Olmedo, y otro para mí; tengo varias versiones diferentes, y hasta con títulos diferentes (Diccionario de tópicos; Diccionario de ideas recibidas; Diccionario de ideas simples); ésta es la mejor; fue el último libro que compré en la Pérgola de la Alameda.
No todo fue tan bueno en Libros Escogidos; durante dos años fui de los amigos más cercanos a Polo, al grado de que comí en su casa varias veces, me regaló la amistad de Chucho Vargas Heredia, y me mostró su bodega secreta, de la que me vendió varios títulos inencontrables, en ediciones rarísimas; una de ellas, Estos trece, hizo palidecer de envidia a Horacio Crespo, el más fanático de los fanáticos de Faulkner, otro de los escritores que leí obligado por Sainz. Luego de esos dos años tuve varios desencuentros con Polo; en una próxima, si Arturo Valdés me da su venia, hablaré de la buena etapa en Libros Escogidos, y de cómo se fue distorsionando.

Hasta la noche del domingo se habían completado 218 blanquedas en esta temporada de las Ligas Mayores, y el juego 28 con marcador de 1-0, además de otro juego de un hit; van cuatro que se rompen en la novena entrada. Aunque Marco Antonio Pulido me exige que ya no hable bien de los pitchers porque luego son apaleados, no puedo evitar que mi entusiasmo por el beisbol regrese, luego de que tantos años con jonroneros artificiales llevaron tanta mediocridad a los diamantes, en beneficio de las grandes entradas; ni tanto, hay dos o tres equipos en bancarrota; a ver si Ebrard compra uno de ellos, como pretendió con el ahora Washington, aunque no haya parque donde jueguen.

lunes, 2 de agosto de 2010

De libros "estufa"

Lo que más temían los editores era la aparición de un libro estufa; los libreros, también; desordenaban la rutina y alborotaban el mercado; hablaré de un caso, una vez más; cuando apareció, en 1964, Los hijos de Sánchez en el Fondo de Cultura Económica llamó la atención de los antropólogos, pero nada más; muchos lo conocían desde que Random House lo publicó en inglés en 1961; meses después salió la segunda edición; pasó algún tiempo hasta que algunos reaccionaron con chovinismo barato: ¿cómo es posible que un gringo venga a hablar mal de los mexicanos, a difamarnos? El 11 de febrero de 1965 la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística acusó ante la PGR al autor, Oscar Lewis, nada menos que por disolución social, ultrajes a la moral pública y a las buenas costumbres, y por difamación. El 6 de abril de ese mismo año la PGR determinó que no había delitos que perseguir, pero el daño estaba hecho; las autoridades se dieron cuenta que participaban en una editorial, que desde 1948 dirigía Ornaldo Orfila Reynal, argentino, y lo obligaron a renunciar.
El libro salió de las prensas del FCE (si alguien encuentra algún ejemplar puede considerar que tiene en sus manos uno de los libros más caros del mercado), y pasó a las de Joaquín Mortiz, que entre octubre de 1965 y febrero de 1966 vendió tres ediciones, las dos últimas de más de diez mil ejemplares; ¿cómo es que un libro especializado en la antropología de la pobreza llamó la atención de tantos lectores que no habían reparado en él en las ediciones del FCE? Sólo por el escándalo.
¿Joaquín Mortiz salió beneficiado por ese hecho? Antes al contrario, casi lo perjudicó, porque la gente comenzó a pedirlo y los libreros a exigir que les surtieran ejemplares, la editorial debió dejar de imprimir títulos que ya estaban a punto de entrar a prensas, a pedir mucho más papel del que tenían presupuesto, y los libreros pagaban no al ritmo que les surtían, sino a las acostumbradas 30, 60 y 90 vueltas; la editorial debía pagar entretanto papel, almacén, imprenta, encuadernación, distribución, sin recibir sino muy dilatadamente los pagos de los libreros, que a cambio seguían exigiendo más ejemplares.
Lo mismo sucedió, pocos años más tarde, con El estilo personal de gobernar; ¿cómo fue que los lectores no repararon en los editoriales de Daniel Cosío Villegas en Excélsior, y en cambio se lanzaron sobre el libro? Un fenómeno de la comunicación; aunque en Mortiz sospechaban que el libro se vendería bien, el cálculo los rebasó, y de nuevo sufrieron para satisfacer la demanda de los libreros, y aguantaron que les pagaran a los plazos acostumbrados mientras Mortiz, que era una editorial noble, casi sin fines de lucro, debía pagar sus gastos y recibió los pagos con meses de retraso.
¿Y los libreros por qué exigían que les surtieran con premura? Sabían (no sé si ahora lo sepan) que si un lector busca un libro y no lo encuentra en dos o tres librerías, o en una semana, deja de buscarlo. Procuraban tener bien surtidos sus anaqueles (mi amigo Humberto Musacchio repara en mi uso de "plúteo", que no sólo es un término correcto sino que intento usarlo como Salvador Novo, quien nunca dejó de aprovechar la homofonía para alburear a lectores y amigos) y sus bodegas para satisfacer a ese lector; de lo contrario, lo perdería; parece cruel, parece reproche, pero los libreros buscaban complacer, dicho sea sin albur, a los lectores ocasionales más que a los clientes fijos, porque éstos de cualquier manera estaban amarchantados, mientras que los otros no; y la paradoja es que los amarchantados lo estábamos con varias librerías a la vez, no con una sola.
Al cabo de unos pocos meses todo regresó a la normalidad: Oscar Lewis siguió teniendo los lectores acostumbrados, los interesados en su materia más que en los chismes, y Cosío Villegas también los lectores fieles, no los atraídos por el escándalo y por los adjetivos que le asestaba a Luis Echeverría, menos agudos que la crítica al poder que ejercía siempre.
Un caso diferente sucedió con Gabriel García Márquez; él y sus editores de Sudamericana y sus distribuidores en México se vieron sorprendidos por el éxito inmediato de Cien años de soledad; Ediciones Era se benefició pues comenzó a vender, aunque no con el mismo ritmo, sus libros anteriores. La vida de García Márquez sufrió un cambio brusco y súbito, dejó de transportarse en los camiones San Ángel Inn, dejó de ir al Horreo, y dejó de caminar por Mazarik y Mariano Escobedo, como hacía antes; dejó de trabajar en revistas y en publicidad, pero se vio presionado para publicar un libro tan asombroso como esa novela; advirtió a todos, sin embargo, que no haría un libro similar, que su siguiente novela sería por completo distinta; ni los lectores no lectores ni los editores le creyeron; pensaron que si de cualquier manera hasta las secretarias (no es discriminación; en esa época se decía que García Márquez había hecho leer hasta a las secretarias y que Waldo de los Ríos había hecho que hasta los boleros anduvieran silbando Mozart) habían entendido un libro fácil de disfrutar pero duro de desentrañar, cualquier libro suyo tendría la misma suerte; y no sólo se tardó un buen número de años en entregarlo, casi siete años, sino que casi lleva a la quiebra a Plaza & Janés con El otoño del Patriarca, porque los lectores no lectores no pudieron con una novela de más de 300 páginas y sólo siete puntos y aparte. Cerros de ejemplares se apilaban en la entrada de las Zaplana, y rebajaron el precio, y hasta la edición de lujo (empastada, pues) quedó al alcance de todos los bolsillos, y ni así; desconozco los términos del contrato, pero es de creer que le dieron un anticipo muy fuerte o, como apenas comenzaban a hacer las editoriales españolas, a pagar la edición completa; la editorial sufrió un descalabro que le llevó años reponerse, además de que en México le agarró la crisis con una fuerte deuda en dólares.

Pero hablé de tres libros que de cualquier manera iban a tener lectores, y que por el escándalo que sufrieron (la demanda de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística; los comentarios de Zabludovsky, la fama extraliteraria de Cien años de soledad), tuvieron más lectores de los esperados.
Había otros libros de venta súbita pero ilimitada en el tiempo; por ejemplo, El diario del Che Guevara en Bolivia; aparecido meses después de su asesinato, en días agitados, en plena efervescencia política muy poco antes (creo que antes) del Movimiento Estudiantil, lleva cerca de 30 ediciones; pero es fama que la primera edición, completita, la compró Zaplana, la librería más importante de la ciudad de México en esas fechas; no niego la importancia de Libros Escogidos, de la Del Sótano que comenzaba, de las Porrúa y de las de Cristal, pero Zaplana había comenzado su expansión, estaba en la calle más importante en términos económicos, y era sitio de reunión, aunque no de tertulia, de muchos intelectuales; patrocinadora de la revista El Cuento, de Edmundo Valadés; Toño Navarrete exigió un número tan alto de ejemplares, que Siglo XXI tuvo que hacer otra edición para satisfacer la demanda de las otras librerías. Y a lo largo del tiempo ha tenido muchas más ediciones que las de Lewis y de Cosío Villegas.
Decían libreros y editores que hay que vender los libros mientras estén calientes; enfriados, abarrotan las bodegas; ahora van a las ferias de remate; antes, a las librerías de viejo; se entendía que cuando sucediera un fenómeno así, había que aprovecharlo; ninguna editorial, excepto que atentara contra su código, se negaba a tener un best seller en su catálogo, porque aunque no fuera un título literario, ayudaba a publicar varios títulos que sólo venderían dos o tres mil ejemplares; a veces, unos cuantos cientos. Que Joaquín Mortiz tuviera algunos libros excelentes que además se vendían mucho, como De perfil, Gazapo, era motivo de orgullo, así como Era, elitista, izquierdista, se enorgullecía de tener Aura, con tanta venta como los libros del Che y de Castro; Grijalbo presumía de que los libros de Irving Wallace permitían la impresión de libros más importantes políticamente, aunque no se vendieran tan bien, como El verano de la anarquía.

Aunque no lo parezca, era el mismo sentir de los libreros; se les podía adivinar el gesto de indiferencia cuando vendían diez o doce ejemplares de un best seller, y el de placer cuando vendían uno a la semana de uno que a ellos les gustaba; conocían a sus clientes y sabían qué comprarían sin reparar en el precio; “Mira lo que te conseguí”, decía Polo Duarte con un gesto similar al que ponía cuando veía a una mujer hermosa; “¿Ya tienes éste?”, exclamaba Navarrete al tiempo que mostraba un nuevo título, que sabía iba a emocionar al cliente; en la Del Prado pedían el número exacto de ejemplares para sus clientes, y muy pocos más para compradores ocasionales; no se exponían a que yo comprara un libro y por ello Gabriel Careaga se quedara sin su ejemplar; lo que hacían era hacer sufrir a uno, porque lo escondían, y hasta que ya íbamos de salida lo mostraban: "Mira, hermano".
Quedan pocos, si no es que muy pocos, que sienten esa satisfacción de vender bien en vez de vender mucho; en otra clase de mercancía, Jesús Iturralde prefería vender un solo disco de Michelle Shoked o de Cowboy Junkies que cien de Lambada; en cuanto veía entrar a un cliente le espetaba: “tengo algo que te va a gustar”, y nunca se equivocó, al menos en mi caso; Enrique Fuentes se precia de no tener libros malos (a veces se equivoca, pero de buena fe) en sus plúteos, y cuando le piden algo que no admitiría en la Madero, los manda con voz seca a cualquiera de las librerías cercanas que no discriminan material.
Las editoriales no hacen distinción; ignoran que hay libros que no son para todas las librerías, comienzan a ignorar a las que no cumplen una cuota, y mandan montones a las librerías que acomodan en las mesas de novedades los libros de venta segura; entierran lo que creen que sólo le interesa a los “apretados”, y luego regresan en montón como devolución libros que nunca vimos, que no pudimos ojear, que no supimos que habían sido publicados; ellos mismos boicotean su producto.
Cada vez es más difícil comprar; si un título se agota en Sanborns, que vende más que muchas librerías, no lo resurten; y como además piden pocos ejemplares, hay muchos títulos y autores que salen de circulación y quedan olvidados, en beneficio de libros de autoayuda, que los editores tampoco leen, que editan a ciegas, y que si leyeran, se enterarían que están haciendo mal su trabajo.

Posdata: excepto el viernes, en que sólo hubo una, diario hay dos o tres blanqueadas en las Ligas Mayores; algunos creen que eso es aburrido; lo es para los que no saben de beisbol; lo malo es que a veces son los que llenan los estadios; es como con los que compran muchos librpos, pero malos.
Posdata 2: luego de varios accidentes realmente accidentales, sé cuál es la diferencia entre los primates y los humanos.

lunes, 26 de julio de 2010

Combate a las bibliotecas

Todos los lunes, al salir de Bellas Artes, pasábamos a la Porrúa de Avenida Juárez para ver las novedades de la semana; en el aparador exhibían los libros que acababan de surtir las editoriales el fin de semana; aunque nos interesaban sobre todo los de literatura, había otras materias que ofrecían títulos más que interesantes, sobre todo de historia y de política; cada semana aparecía un nuevo número de las Selecciones del Séptimo Círculo, y corríamos a la Del Prado a comprarlo, pero ya sabíamos qué queríamos.
También era el día que íbamos a Joaquín Mortiz, y aunque don Joaquín era siempre amable y amigable, a quien le quitábamos más el tiempo era a Bernardo Giner de los Ríos; y a la salida nos entregaban el paquete de las novedades, que comentaba en los espacios que tenía en dos diarios.
Pero nuestras visitas a las librerías no se limitaban a los lunes; con frecuencia le quitábamos el tiempo a Roberto, el encargado, el segundo de a bordo de la Librería del Sótano (no El Sótano, como ahora), a menos que estuviera muy ocupado, pero también hablábamos con Irma, la cajera, o con Gerardo López Gallo; o en la Del Prado, con mi generosísimo amigo Carlos, o con Humberto o un poco menos con el tímido Álvaro (ahora desatado), y muchas veces con don Félix; o en la Hamburgo con Toño Navarrete, otro amigo de gran generosidad, y quien me hizo el primer encargo de un libro para una de sus muy exclusivas ediciones.
En todas las librerías nos topábamos con los agentes de las editoriales: de Alianza, Barral, Avándaro, Era, Siglo XXI, Seix-Barral, el Fondo de Cultura Económica, y nos enterábamos no sólo de las novedades, sino de los títulos que volvían a promover; “ya nada más tienes un ejemplar de éste, ¿te mando diez?”, y comenzaba el regateo: cinco; ocho, lo van a buscar, no se ha movido. También nos hicimos buenos cuates de esos vendedores, y aún nos los topamos en ferias de libros.
Eran épocas en que a cada rato descubríamos autores o títulos que ignorábamos, y acudíamos a las librerías de costumbre a conseguirlos; o a algunas que no frecuentábamos mucho, como las que estaban en Insurgentes, cerca de la entonces casi nueva glorieta del Metro; o a la Universitaria de Insurgentes 300, o a la menos de moda Zaplana de San Juan de Letrán, o a la agonizante De Cristal de las Pérgolas de la Alameda, asesinada por la construcción de la línea 2 del Metro; o a las otras Zaplana de Insurgentes o de Tacubaya, o a la Madero, o a la que estaba detrás de la Hamburgo y donde conseguí un chorro de primeras ediciones de Juan Goytisolo.
No siempre encontrábamos lo que buscábamos, aunque me hice de la fama de conocer las librerías mejor que sus dueños, lo que me hizo acreedor a una invitación al encuentro de libreros y editores en La Paz, en 1980.* Pero si no lo encontrábamos, lo pedíamos y en dos días cuando mucho nos lo tenían, en cualquiera de las librerías donde pasábamos el tiempo en que no trabajábamos o no leíamos.
Algunas veces se nos pasaba de noche alguna novedad, pero no pasaba mucho tiempo sin que alguien, como Roberto Fernández Iglesias, o Francisco Elorriaga, o Jesús Márquez Narváez, nos hablaban de ella, y nos lanzábamos a conseguirla; o alguien lo recomendaba o lo castigaba en alguno de los suplementos o revistas que puntualmente reseñaban libros; a veces, en las propias redacciones nos entregaban un ejemplar para que lo comentáramos.
Los viernes, cuando no iba a hablar de libros en el programa de Sergio Romano en canal 11, me iba a las librerías de viejo de avenida Hidalgo; un día se me desapareció una, en la que encontré muchas maravillas a precios bajísimos, y además muy bien cuidados; uno de mis sueños recurrentes es que, repentinamente, la encuentro entre Viana y Lerdo Chiquito; me despierto angustiado porque sé que ya no existe. Regresaba a la casa cargado de maravillas que alguna vez despertaron la codicia de Bernardo Giner, cuando confesó que le daba envidia alguno de los títulos que estaban en el librero del comedor; puestos a comparar, entre algunos amigos hemos visto con amargura títulos que siempre anhelamos, en los libreros de amigos que en ese momento se convierten en enemigos; hay algunos generosos que de pronto se encuentran dos o más ejemplares salidos de bodegas recónditas, y adquieren varios para los amigos.
La primera vez que fui a casa de Emmanuel Carballo no fue para entregarle ningún manuscrito, sino para espiar sus libros; la primera vez que entré a casa de Gustavo Sainz expurgué varios de sus libreros para ver cuáles había leído; cuando fuimos vecinos de Francisco Elorriaga, revisábamos con lupa sus libreros mientras él revisaba los nuestros, y mucho del respeto que le tenemos a algunos conocidos es por saber que tiene una biblioteca bien surtida, y sobre todo leída;** así, nos llenamos de vanidad cuando algunos de nuestros cuates no muy cercanos expresan su azoro al saber la cantidad de libros que atesoramos, pese a que no guardamos todo lo que adquirimos o leemos, por imposibilidad de espacio; “¿tantos?, ¿dónde los guardas?”, preguntan sin saber los trucos a los que recurrimos, todos los sitios que aprovechamos para guardar, y lo más ordenadamente que se puede, aunque de sobra se sabe que una biblioteca viva nunca está quieta, y que los libros se esconden cuando queremos presumirlos, o se entremezclan con otros de un género distinto: ¿qué tiene que estar haciendo una filmografía de John Ford con los ensayos sobre la Revolución Mexicana?; ¿qué las novelas de Álvaro Uribe con los de la Revolución Francesa?, ¿o los de Felipe Garrido entre los de sociología?, ¿o algunos de poesía entre los de beisbol? A veces saltan las sorpresas: entre libros que se han ido quedando rezagados encuentro la primera novela de una autora que ahora es célebre y que no habla con orgullo de ese primer libro, y no sé si chantajearla o compadecerme de ella; de pronto, una primera edición que no recordábamos que la tuviéramos. Imposible domesticar una biblioteca, que a veces hace jugadas terribles; un matrimonio de escritores, amigos nuestros, llegó a un acuerdo amistoso para hacer una separación civilizada; al repartirse la biblioteca comenzaron a discutir por algunos títulos (él quería quedarse con unos que ella consideraba suyos, o ella quería deshacerse de otros, que él rechazaba); el acuerdo se rompió y la separación fue más amarga por esas discusiones que por los motivos por los que habían decidido separarse; otra pareja, por la misma época; decidieron seguir juntos pese a las diferencias irreconciliables con tal de no desbaratar su biblioteca.

Aunque en las Gandhi presumen de que pusieron la primera librería sin mostradores en la ciudad de México, desde los años cincuenta entraba a la Zaplana de San Juan de Letrán, que no tenía mostradores, y hurgábamos entre los estantes para encontrar algunas rarezas;*** la del Sótano nunca estuvo cerrada, ni siquiera cuando aún no tenía ese nombre y estaba en la glorieta de Juárez y Reforma y se llamaba El Caballito (junto a un Kikos que ofrecía unas hamburguesas deliciosas); y así eran la Universitaria y la Hamburgo, y ya sabíamos el orden en que guardaban los ejemplares, y dónde teníamos que buscar, por autores, por géneros o por editoriales. Ahora los encontramos por casualidad.
En el más reciente (¿en serio, no acaba de salir uno nuevo?) de los libros de Pedro Ángel Palou, afirma que encontró un libro rarísimo en la Madero, que se distingue por tener un montón de libros rarísimos, además de quienes la atienden; pero hablaba de Enrique Casillas, el propietario; de don Tomás Espresate a Enrique Fuentes pudo haber alguno que yo desconociera, pero no, es una confusión de Palou; pero ni Fuentes ni Álvaro pudieron comprobarlo porque la editorial no se los mandó, aunque la librería está especializada en historia, porque las nuevas editoriales exigen una cuota de libros vendidos, y si no la cumplen, dejan de surtirles; no es la ley del precio único, sino ese criterio de las editoriales, lo que va a acabar con las librerías en México; ya hay pocas librerías que uno puede recorrer buscando nuevos títulos o, mejor, algunos que se nos haya pasado de la mesa de novedades, pero resulta que ya no resurten; si un libro de entrada no tiene buena recepción, en poco tiempo lo consideran desechable, y uno tiene que esperar a la feria de clavos que cada año se pone en el Auditorio; ellos dicen que de libros que se deben salvar de la guillotina; en realidad expían sus culpas por su pésima distribución, por su negligencia al vender, por la falta de interés en el lector.
A la muerte de Carlos Monsiváis alguno de los expositores de la última feria en el Auditorio recordó que algún año Carlos acudió con ¡mil pesos!, pero no se fijan que Vicente Leñero se gasta como cinco mil pesos, por encontrar títulos que no llegaron a las librerías, o que no lo resurtieron ni una sola vez; en la última, en un solo día, en un solo puesto, me gasté lo que Monsiváis en toda la feria (según ese mal memorioso; seguro que no se dio cuenta de cuántas veces se gastó eso y más en un solo estante). Al parecer, los editores están seguros que los lectores no compran libros; hace unas semanas vi, sin poder comprarla, una biografía de Sylvia Beach; la busqué en varias librerías, y lo más alentador que encontré fue en un Péndulo: sí lo tuvimos, pero ya no lo tenemos; y no dejé de pasar más de dos semanas en tratar de conseguirlo. Lo más grave es que no saben quién fue Sylvia Beach ni qué es la Librería Shakespeare; además, nos ven como si cometiéramos un crimen por buscar lo que no tienen.
Hace unos días vi un anuncio en facebook: un tomo con la poesía reunida de Kyra Galván; para quien sabe de poesía, eso es una noticia formidable: lo busqué, y encontré en una Porrúa nueva; pero me llamó la atención que el empleado primero la buscó en su computadora, comprobó que lo tenía, dio dos pasos a su izquierda, y lo encontró; es evidente que no conoce su librería como la conocía Roberto, el de la Del Sótano, o los mosqueteros de la Del Prado, o Navarrete o su sobrino Islas, y antes Navarrete en Zaplana, o Raúl Guzmán en la Universitaria, y desde luego Polo Duarte en Libros Escogidos y los del mostrador de las Porrúa, que no necesitaban de computadoras para saber en qué plúteo estaba el ejemplar pedido.
Pedir un libro que no tenga una librería no sirve, pues pocas veces lo consiguen, o por desinterés o porque las editoriales están empeñadas en sacar lo que está en camino y en promover las novedades del mes, más que en renovar lo que está en bodegas. En Libros Escogidos era un chiste cotidiano afirmar que el saludo de Polo Duarte no era un sonriente “buenos días” sino “no lo tengo”; ahora es una realidad: si no compramos un libro durante los tres primeros meses en que comenzó a circular, lo más seguro es que no lo encontremos.
La consecuencia es que las editoriales sólo se interesan en los libros que se venden de inmediato; antes les llamaban libros estufa. De ellos hablaremos en la siguiente.

*El día que murió Salvador Novo me topé en la esquina de Juárez y López a Miguel Ángel Flores; ¿no sabes dónde encuentro Toda la Prosa? En la Del Prado, le dije; vengo de allá; lo forcé a que me siguiera a esa librería (no sé si confundo el día, pero recuerdo que nos encontramos a José Emilio Pacheco y a Salomón Láiter, y platicamos unos minutos); al entrar, le reclamé a don Félix Moreno: ¿por qué no quiere venderle libros a Miguel Ángel? Porque pide lo que no tengo; busque en el rincón de arriba, en el ángulo derecho; allí estaba; algo parecido me sucedió en la Del Sótano; me gané un desayuno con Gerardo López Gallop, quien estuvo a punto, años después me confesó, de ofrecerme chamba con él; otro hubiera sido el destino...
**¿Cuántos libros tiene Gustavo Sainz?, me preguntó Carlos Monsiváis un día que sí lo encontré, en su casa; como 18 mil; ¿ordenados? sí; yo también tengo como 18 mil, pero cuando quiero releer Pedro Páramo tengo que ir a comprarlo; ya lo tengo como 15 veces.
***Como casi todos los que me interesaban de Los Presentes.

Posdata. Hoy lunes 26 de julio Matt Garza lanzó el quinto juego sin hit de la temporada, y faltan cinco días de julio, todo agosto y septiembre y otros días de octubre. ¿De veras no están tomando esteroides los pitchers?

domingo, 18 de julio de 2010

Escuela de vagabundos, una película engañadora / II

Emilio García Riera, en sus dos versiones de la Historia documental del cine mexicano, insiste en que argumento y dirección ayudan a los personajes que interpreta Pedro Infante en sus cintas, porque cuenta sobre todo con la simpatía del director, y del público; en el caso de Escuela de vagabundos esa preferencia es muy marcada, porque al primer día se gana la confianza de la familia Valverde, coquetea con todas las mujeres que habitan la casa, se faja a la que está en edad de merecer (Blanca de Castejón ya está pasadita, Dolores Camarillo es comparada con la Nana Pancha, Anabelle Gutiérrez muy menor; sólo quedan Ana María Villaseñor y Miroslava), entabla competencia desleal y ventajosa con el mayordomo Eduardo Arcaraz, se burla del novio sin derechos de Miroslava, Fernando Casanova (sólo guarda prudente distancia con Óscar Pulido) y se toma atribuciones que no le corresponden.
Pese a la advertencia que hace Pulido para que se le despida, y de que las tres mujeres oficiales de la familia sean discretas en la cena que darán a varios invitados, sobre todo al señor Vértiz y familia, lo desobedecen y hacen que Infante parezca más presentable, Arcaraz le presta uno de sus smoking (traje especialmente hecho para fumar, como su nombre lo indica), y asegura que Alberto Medina se ve bien gracias a esa prenda; ése es uno de los mayores descuidos del guión, y es extraño que no se le hayan puesto objeciones, porque Arcaraz es visiblemente más robusto, o gordo, que Infante; ¿cómo es entonces que le queda bien?, ¿le hicieron una compostura que le ocultaron al espectador? Gracias a eso, puede parecer otro de los invitados, sobre todo por la feliz intervención de Liliana Durán, hija del señor Vértiz: “soltero, y yo lo vi primero”, y lo toma del brazo, lo lleva al bar, le coquetea abiertamente, y responde como gata enfurecida cuando otras mujeres (sin crédito ni en la cinta ni en otras fuentes, pero merecerían llevarlo, por pícaras) intentan arrebatárselo; aunque Pulido le hace señas de que vaya a cumplir con sus deberes (que no se especifican), la insistencia de Durán hace que acepte que se quede; Gutiérrez chismea que canta muy bien, y Durán insiste en que lo haga; interpreta una canción de moda: “¿Quién será?”, del millonario (¿lo habrá sido? Seguramente, porque director de orquesta, no) Pablo Beltrán Ruiz, pero supongo que se le adjudica al compositor y de los buenos Medina; durante la canción, todas las mujeres se muestran arrobadas, excepto Miroslava, que hace los mohínes acostumbrados en el cine mexicano (y justificados: uno no sabe qué hacer cuando le cantan algo; las mujeres cuando menos tienen el recurso de morder el rebozo); Durán, quien se muestra complacida, y De Castejón, quien se muestra ansiosa y hace señas, en la pregunta recurrente de la canción, de que ella es (la que lo quiere a él). Asombra que ni los guionistas ni el director ni Pulido se den por enterados.
Cuando Carl-Hillos (Carlos Bravo y Fernández, reportero de espectáculos que se colaba como extra o bits o cameos en un montón de películas, 146 para ser exacto; noto con terror que he visto 135 de ellas) anuncia que la cena está servida se crea un momento de confusión cuando De Castejón designa los lugares a la mesa, y repara en Infante: “Alberto, ¿qué hace usted allí?”, para susto de la familia, pero remata: “su lugar está junto a mí”; Casanova (¿por qué está invitado?, ¿pertenece a la elite que rodea al empresario Pulido?) aprovecha para poner en aprietos a Infante: “no lo reconocí sin el uniforme”, e Infante revira: “estuvimos en el Colegio”, es de entender que militar; sin embargo, ninguno de los dos hace gala del grado cuando menos de subteniente retirado del ejército mexicano; Casanova pierde la oportunidad de preguntarle por algún maestro.
Óscar Ortiz de Pinedo, en una de sus peores actuaciones, pregunta si han oído el chisme de que una vieja loca que vive por esa zona recoge vagabundos, y remata con una risa desagradable con la que finaliza sus intervenciones; una risa muy teatral; Infante reta: un vagabundo puede pasar inadvertido en una reunión pomadosa; Ortiz de Pinedo lo pone en duda: “pongamos mi caso”, vuelve a retar Infante, y Ortiz de Pinedo insiste en que es imposible; al final se ve que tiene razón, porque el compositor y de los buenos Medina pertenece a esa elite, aunque no lo reconozcan. La reacción de De Castejón es de desconcierto y un poco de indignación, lo que contradice su atarantamiento y su necesidad de proteger vagabundos.
Durán, muy graciosa (temo no ser objetivo, pero ni modo), asedia a Infante con preguntas, y lo compromete a que se vean al día siguiente en el Country Club.
Luego de la cena, Ortiz de Pinedo pregunta a Infante si está de acuerdo con una emisión de bonos que lanzará Pulido; es otra de las escenas inverosímiles, a menos que el potentado (eso se da a entender) Ortiz de Pinedo sea de una ingenuidad maravillosa que confía en cualquier desconocido.
Al final de la fiesta De Castejón dice la más famosa de las frases de la cinta, y de la carrera de ella: “Qué bueno que vinieron, si no qué hubiera hecho con tanta comida”; la frase es sensacional, memorable, y repetida por todas las generaciones cinéfilas o no, desde el 27 de enero de 1955 en que se estrenó en el cine México, fufurufo comparado con los cines de la Merced donde se estrenaron algunas de las cintas más famosas, ahora, de Infante, como la saga de Pepe el Toro; había subido de categoría, aunque Salvador Novo, admirador de Negrete, seguía calificando de peladito a Infante.
La frase, retomo, es memorable, pero injustificada: antes de la cena vemos a De Castejón haciendo una minuciosa lista de invitados, y la comenta; incluso anticipa que una de ellas coqueteará con él, aunque todavía no sabe que va a confundirse con otro de los invitados; un descuido más grave es que no contaba con la presencia de Infante a la mesa, en la que lo incluyen por Durán, que no lo deja en paz y le hace pregunta tras pregunta. Sin embargo, la comida alcanzó (aunque no para Carl-Hillos).
Rogelio González por una vez no se engolosina, y en vez de alargar la escena en la mesa, la corta más o menos rápido; es chocante la posterior, donde Infante se despide de la melosa Durán, y Miroslava de Casanova, porque Infante es cuando más insiste en su insolencia, y después en la arrogancia. Después quién sabe de dónde consigue unos mariachis y le canta a Miroslava, quién sabe con qué pretexto, “Cucurrucucú Paloma”, por suerte de José Alfredo y no de Medina. Pero hay una escena mucho más inquietante que ha pasado inadvertida: De Castejón pregunta cómo estuvo la fiesta y le pide a Pulido que se la narre; pero lo llama “Emilio”, cuando el personaje se llama Miguel; sería curioso averiguar a quién se refiere.
A la mañana siguiente Arcaraz lleva una charola con un desayuno suculento; la familia Valverde lo ve pasar de largo y se burlan; él reclama: “ruego a los señores me avisen cuando tengan invitados”; todos suben al cuarto de invitados, y se asombran de que quien lo ocupa sea Infante; pasa también inadvertido que cuando Arcaraz informa de quién se trata, Pulido entra a reprenderlo y supuestamente echarlo; no ha pasado ni un minuto, pero Infante ya devoró el desayuno: ¿remembranza de Pedro Chávez, el motociclista de ATM? Infante reclama que ya perdió su empleo, y le chismea a Pulido que habló con Ortiz de Pinedo acerca de los bonos; Pulido cambia su actitud; una buena escena se echa a perder con el telefonema de Durán, porque Infante se sobreactúa y exagera; un descuido más: Pulido ordena que le consigan ropa adecuada a Infante, porque tiene que ir de inmediato al Country Club, pero no dice a dónde, ni quién va por ella, ni cómo la consiguen.
Anabelle Gutiérrez, al enterarse de la cita, se burla: “ya sé quién también va a ir al Country Club”, canturrea, pero al ver la mirada molesta de Miroslava, remata: “y ésa voy a ser yo”. Le sale muy natural.
Otro descuido enorme: si Infante queda de ver a Durán en el club, ¿cómo se va?, porque el auto lo llevan Miroslava y Gutiérrez. Y si tiene que verla dentro, ¿cómo hace para entrar, si se supone que es privado y exclusivo?
Liliana Durán se ve muy guapa en traje de baño, aunque no es incitadora ni inquietante la escena, porque ella es la que pone la picardía, pero guarda cierta distancia; a lo más que llega es a abrazar a Infante; él la sostiene boca abajo, pero apenas puede apreciarse la belleza de las piernas, y nada del trasero.
En cambio, Gutiérrez y Miroslava están muy guapas en traje de baño, sentadas a una mesa de jardín, Miroslava con un coctel (¡en la mañana!) y Gutiérrez con un Orange, doble, que recalca con una indicación de las manos; pero en otro descuido, Gutiérrez pregunta a Miroslava si Durán en efecto no sabe nadar; “ésa fue campeona el año pasado”: ¿cómo es que Gutiérrez lo ignora, si anda de arriba para abajo con Miroslava? Ésta alega que le duele la cabeza y ordena que se vayan: Gutiérrez echa el coctel en su Orange doble (ahora el Orange ya no sólo es de Orange, también de piña, de tutti-fruti y de otros sabores; pasa lo mismo con el Chocomilk de fresa: una total aberración). Asombra que no hayan protestado por el consumo de alcohol por una menor de edad.
Ya en la casa, Infante va quién sabe para qué, porque de inmediato se vuelve a ir con Durán, no sabemos a dónde ni qué van a hacer; sólo sirve para ver a Miroslava preparar su famoso pastel de pepinos, leche, azúcar, harina, huevos y cebolla; la excelente escena se frustra porque culmina cuando él se burla de ella (“ni lo mande Dios”, responde cuando ella pregunta si no se quiere llevar de ese pastel a Durán) y Miroslava avienta el recipiente contra la puerta.
Infante, ya de noche, encuentra cerrada la puerta (¿qué esperaba?) y va a dormir al cuarto de criados, donde se supone que está Arcaraz; éste, sin embargo, avisa a la familia que Infante no está en el cuarto de huéspedes; poco antes se ha visto a unos motociclistas ir a la casa de un amigo de Medina, dueño de la carcacha accidentada; con una incongruencia mayor, la noticia llega con gran velocidad a Excélsior, que la publica en primera página, con una fotografía de Infante en smoking, tomada seguramente de Ansiedad; cuando lo descubren comienza una serie de movimientos bruscos, precipitados, fuera de ritmo, que desbalancean todo el filme; muy pocas comedias mexicanas tienen buen final, la mayoría recurre al absurdo, a la carrera, al desorden; pocas podemos recordar que tengan un final decoroso; hay un director afamado que comete el mismo error; pocas cintas de Blake Edwards terminan sin corretizas que hacen desagradable lo que había sido divertido; echa a perder The Party y A Fine Mess, y casi echa a perder 10 y las dos primeras de la serie de La pantera rosa. Y Rogelio González, con tendencia al desorden, aquí abusa: De Castejón amenaza con desmayarse; Villaseñor y Camarillo, que ven a Infante que pide le abran la puerta, se desmayan también, sin convicción y muy sobreactuadas; su pretexto es que creen haber visto un fantasma; mientras, Miroslava se desmaya de la impresión: Pulido y Gutiérrez entran y salen de la cocina, derraman agua y sales aromáticas, se tropiezan y caen, él de manera grotesca; ella, en cambio, cae en verdad, y se le levanta el vestido: durante unos segundos expone sus pantaletas de florecitas, con toda claridad; se da cuenta y se tapa con el mismo gesto intuitivo de Debbie Reynolds al terminar “Good Morning, Good Morning”, en Singin’ in the Rain; José de la Colina ha puesto mucho énfasis en ese gesto en su excelente reseña de esa cinta, un gesto más de inocencia que de pudor; allí se hace notorio que su cuerpo no es el de una quinceañera. No fue la única vez que mostró las pantaletas, también lo hizo, con su hermana Rosario, al bailar de manera sensual pero sencilla, el “Mambo del ruletero”, en la horrenda Al son del mambo, de la que sólo se salva esa escena; los muestra con más generosidad en El diablo no es tan diablo, al bailar un swing, y muestra las piernas casi todo el tiempo en Angelitos del trapecio, desperdiciada en una de las peores cintas de Viruta y Capulina.
Infante entra y ve a Miroslava desmayada; ella despierta, pero en vez de la confusión pertinente (“¿dónde estoy?”) cierra los ojos precipitadamente cuando nota que él se va a volver a verla; él lo advierte y la lleva a la fuente, donde la deja caer; si hubiera estado desmayada se hubiera ahogado, pero reacciona besando a Infante; la familia ve con alivio que en efecto Infante está vivo, pero nadie le pregunta qué pasó, por qué la confusión. Termina con Arcaraz abandonando por fin la casa, en fachas, sucio, con la ropa deshilachada, y explica que se va porque comprende que le iría mejor como vagabundo; no sabemos cómo le hizo para ensuciarse, cambiarse, empacar tan rápido, y de dónde sacó la ropa de vagabundo.

¿Cómo han pasado 55 años y no ha habido objeciones a tanto descuido, tanta torpeza del guión, tanta precipitación en la dirección de Rogelio González, tantas contradicciones entre los personajes, tantos clavos sueltos que nunca se reparan ni se explican? ¿Cómo ha tenido tanto éxito una comedia bien llevada, pero con tantas incongruencias? No es de extrañar que el público no repare en ellas, pero cómo obtuvo tantos elogios de la crítica, no lo sabemos. ¿Es porque Infante ya es el consentido y no hay caso objetarle nada? En ciertos momentos, Pulido, Casanova, Durán, están mejor que Infante y Miroslava, que no están mal, pero son rebasados por ellos y, sobre todo por Anabelle Gutiérrez, y son devorados por Blanca de Castejón, pese a lo sobreactuado y exagerado de su personaje. Posiblemente si se explicaran bien las situaciones, si se eliminaran las incongruencias y se repararan las contradicciones; si se quitaran los excesos de Pulido y de Ortiz de Pinedo; si se sujetara a Blanca de Castejón; si el personaje de Infante no fuera tan insolente ni el de Miroslava tan absurdo, probablemente la cinta no sería tan divertida como es. Y probablemente también sería opacada por la siguiente cinta de Infante, tal vez la mejor de su carrera: La vida no vale nada. Una muestra de que las fallas técnicas, de continuidad y de guión, e incluso de dirección, no impiden que una cinta sea buenísima.

Posdata: Dos pesos dejada, que le atribuí a Adalberto Martínez Resortes, es de Joaquín Pardavé, tanto la dirección, el guión y la actuación.
Posdata II: ¿Los pitchers son ahora los que toman esteroides?, pregunta Diego. El domingo, tres blanqueadas, dos por 1-0, con lo que llegan a 28 juegos con este marcador en la temporada.
Posdata III: en Modelos (de desnudos), Valentín Trujillo se queja con su novia Mónica Prado de que su familia está “chapeada a la antigua”.