sábado, 1 de febrero de 2014

Otras anécdotas de Pacheco

Gustavo Sainz me encargó una entrevista a Luis Spota para Eclipse; no salió allí, sino en Él, la revista sucesora de Caballero que dirigía James R. Forston, antes de que se independizara y emprendiera Eros. Spota me preguntó si escribía y dije que sí; me pidió que le llevara un cuento, que apareció el 23 de enero de 1972 en la última página de El Heraldo Cultural. El cuento se llamó “And then I’ll go spoil it all by say something stupid like I love you…”; al día siguiente me llamó José Emilio Pacheco para corregirme: me parece que es un gerundio, “by saing”.
                El 28 de octubre de 2013 hablé con él en persona por última vez; entre las cosas que me dijo fue que tengo razón: “es cierto, Vicente escribe muy bien”, en referencia a una reseña que publiqué en septiembre, semanas antes, acerca del Diario abierto de Vicente Rojo. Ya referí que algún día me confesó, para mi estupor, que una reseña mía lo había convencido que, fuera de los pocos poemas de Manuel Maples Arce recogidos en antologías, poco de su obra reunida y publicada por el Fondo de Cultura Económica valía la pena.
                José Emilio Pacheco leía todo, a todos, con un interés y una generosidad muy poco frecuente en nuestro medio; se enteraba de todo, y lo platicaba con tanto sabor como Monsiváis, o más, porque pasaba de un asunto a otro, pero relacionándolos; ese mismo 28 de octubre nos contó el chiste más reciente sobre el presidente venezolano y su filósofo favorito, su alergia a una fruta, el papelón que hizo al comer paella, y muchas otras cosas que nos tenían muertos de las carcajadas.
                Aun con su rigor, encontraba palabras de aliento para todos los aspirantes a escritores (eso somos todos, excepto unos pocos, frente a él), hallaba méritos y los invitaba a seguir escribiendo, aunque en lo particular se quejaba de los demasiados libros que inundan las librerías sin que tengan ninguna trascendencia; hacía excepciones, claro, como cuando habló de una funcionaria cultural que se atrevió a publicar una novela y que, afirmó José Emilio, “le salió de la chingada”.
                Nunca dejó de preocuparse por los demás, los conociera o no. Más de una vez abogó por que le diera espacio a un articulista, un reseñista, un crítico, que lo necesitara o hubiera perdido su chamba; se molestó con Huberto Batis cuando éste me reclamó que me llamaran de otros diarios a publicar críticas; otro día, Batis me preguntó por qué me elogiaba tanto Pacheco, y éste, cuando anuncié que me retiraba de El Financiero, me escribió para ofrecer sus relaciones para que me admitieran en algún periódico o editorial; aun cuando le expliqué mi propósito de ya no trabajar de tiempo completo sin mengua de mis ingresos, me dijo que no dejara de publicar; cuando comenzó a aparecer El Librero en El Universal me sugirió que usara esas reseñas también aquí, en errataspuntocom, y cuando narré aquí las experiencias terribles, angustiosas por las que hemos pasado, no dejó de llamarme o de escribirme; cuando Diego fue sorprendido en Chile por uno de los seísmos más potentes de los últimos años, volvimos a platicar de lo que vivió en 1985, cuando estaba ausente de México aquel 19 de setiembre. También volvió a recordar el día angustioso que pasaron en vela Juan Manuel Torres y él, esperando vanamente que se desmintiera el accidente fatal de José Carlos Becerra (Juan Manuel y José Carlos, sin menosprecio de otras amistades, fueron sus mejores y más entrañables amigos dentro del ámbito literario); no muchos recuerdan que la primera publicación de Las batallas en el desierto tenía una sola dedicatoria; y cuando estaba ya en producción el libro, sucedió el otro accidente, donde Juan Manuel perdió la vida en la calzada de Tlalpan; José Emilio tuvo la gentileza, innecesaria, de pedirme permiso para incluir a Juan Manuel en la dedicatoria; ni me atrevería a oponerme, ni era algo en lo que debiera pedirme nada, ni siquiera avisarme, pero siempre que se refería a la novela, me decía “nuestra novela”.

Antes que a él, conocí a Carlos Monsiváis, a José Agustín, a Gustavo Sainz, pero con José Emilio tuve una amistad muy estrecha; Juan José Rodríguez me dice que pensaba que yo era un mito urbano, pero que Elena Vilchis le había confirmado mi existencia, y que José Emilio le había hablado de mí con afecto; lo supe siempre mi amigo, y amigo de toda la familia; de muchas maneras, he dependido de él; cada que escribo pienso en qué dirá, qué errores va a corregirme, las repeticiones que va a reprobar, las redundancias que entorpecen los originales, las rimas involuntarias, o si me reprocharía que me adjudicara un hallazgo que no me correspondiera, o ampliarme una información que expusiera a medias; aunque no lo busqué para ninguna recomendación, siempre sentía la seguridad de su respaldo, de su confianza, de su ayuda; creo que nunca dejaré de escribir esperando su aprobación, temiendo su rechazo, tratando de imitar su ejemplo: no permitió la reedición de su magnífica Antología del modernismo porque allí reveló la identidad de la mujer de la que vivió y murió enamorado Ramón López Velarde, y años después una escritora se adjudicó el descubrimiento, y José Emilio no quería seguir con la afirmación si no era suya, o bien darle a ella el mérito de la investigación; y por mucho tiempo lamentó la confusión entre Marcelino Dávalos y Balbino Dávalos; más que lamentarla, lo apenaba; así, sus libros, aunque fueran extraordinarios, los consideraba mejorables; por ello, los volvía a trabajar, encontraba un dato erróneo, cambiaba un adjetivo (dos cambios significativos hay entre las primera y segunda ediciones de Las batallas en el desierto, ninguno de los cuales fueron advertidos por los especialistas que analizaron el libro en una mesa redonda). Sólo Octavio Paz y Gabriel Zaid corrigen con tanto esmero; tener todos las ediciones de sus libros en los que hay cambios es una tarea casi imposible de realizar, y poco el espacio necesario para contenerlos; aunque se le rindieron muchos, era enemigo de los homenajes y se burlaba de ellos, como se burlaba de las confusiones que sufría, como de muchos escritores que quisieron su aval para consagrarse (aunque no regaló elogios, no hizo uno solo en el que no creyera); es envidiable su modestia (cuando cumplió 40 años me confesó que sentía que nada había hecho, que sus obras no eran lo que esperaba, que estaba muy lejos de la calidad deseada), su humildad, pero también su entereza y su confianza.
                En algo se diferencia de muchos otros escritores; alguna vez dijo que repartió sus libros entre varias editoriales para no cargarles la mano con las pérdidas; así, entre la UNAM, el Fondo de Cultura Económica, Joaquín Mortiz (por convenio, por haber obtenido el  premio de poesía de Aguascalientes), Era y Siglo XXI publicaron sus primeros libros; ahora que parece competencia entre escritores para ver qué tantos títulos al año publican, con cuántos premios, y en una muy variada cantidad de editoriales, con adelantos jugosísimos aunque no recuperen la inversión y terminan en librerías de viejo chafas, porque no los admiten en La Torre de Lulio, José Emilio publicó sólo con Era desde hace más de 20 años, los títulos individuales, y la compilación de poemas, en el Fondo de Cultura Económica (cuando apareció la más reciente edición de Tarde o temprano hizo las cuentas: parece mucho, pero son quince poemas por año). Frente a autores que tienen su obra en tres o cuatro editoriales, simultáneamente, Pacheco parece anacrónico, y no es más que honrado. Se negó a publicar un libro que apareció en una edición limitada si en esa nueva edición no aparecía el prólogo original.
                Sus libros, al principio, se vendían poco; Viento distante y No me preguntes cómo pasa el tiempo se reeditaron una vez; se convirtió en best-seller con Las batallas en el desierto, que es lo contrario a un best-seller, aunque por el sentimiento que despierta en los lectores todos creen que es muy sencillo; por muchas razones, se identifican con el enamoramiento imposible de los protagonistas, por la historia que parece fantasmal, o por la ciudad perdida que algunos recuerdan y otros imaginan. Hubo quienes, ensoberbecidos, se dieron a la tarea de atacar al libro y, otros, incluso, dedicaron casi todo un número de una revista para burlarse de la novela, para intentar ridiculizarla. Pero el libro soportó y venció esas injurias. Pacheco, varias veces, me dijo, y no estoy seguro que no haya sido en broma: de haberlo previsto, te hubiera dedicado un libro desde mucho antes.

Un día Miguel Ángel Flores y yo, platicando en la esquina de Avenida Juárez y Dolores, nos encontramos con José Emilio y con Salomón Láiter; años después Salomón me contó que iban de prisa y no pudieron detenerse más que a saludar, porque querían terminar esa tarde (o en esos días) el guión de El obsceno pájaro de la noche, que debería de haber filmado Láiter. El proyecto se congeló y después se suspendió, pero Salomón decía, con orgullo, que había aprendido a trabajar viendo la disciplina, el rigor y el humor de José Emilio.

Mi pesar es muy hondo. Me quedan el cariño y la amistad de Cristina y de Laura Emilia. Y secretos que José Emilio compartió conmigo, y yo con él (sólo consigno sus carcajadas por mi confesión de que, hace muchos años, despedí de un trabajo a un altísimo funcionario actual, aunque ese funcionario no lo recuerda).

José Emilio Pacheco era un  artesano magistral en el cuidado de libros, revistas y suplementos; me fastidia no poder pasarle este dato, que lo divertiría: un editor, para no tener que cambiar a cada rato el hispanismo “tarta” por el más mexicano “pastel”, tuvo la ingeniosa idea de programar en la computadora el paso “elegir todo”, llamó el siguiente paso, “buscar”; tecleó “tarta”, luego “remplazar” y tecleó “pastel”; así, se ahorró tener que leer todo el libro para cambiar la palabra que aparece decenas de veces; sólo que no se le ocurrió teclear “la tarta” y “el pastel”, entonces en todo el libro aparece “la pastel”; peor: no se le ocurrió que uno de sus personajes sufriría un tartamudeo, que por esa magia electrónica se convirtió en “pastelmudeo”.

Una página célebre donde hacen la historia de muchas palabras, tanto por su etimología como por su desarrollo, por lo regular es amena, seria e informativa, pero recientemente en la sección de preguntas pedían que se determinara cuándo Sol, Luna y Tierra se escriben con mayúscula; la respuesta fue que cuando se referían no al sustantivo común, sino al nombre propio de esos “tres planetas”. Los académicos siguen desorientados y desorientan a quienes los consultan de buena fe. Y hay quien cree en wikipedia.

Álex Rodríguez se amparó contra la suspensión de 211 juegos por mentir sobre consumo de esteroides y otras drogas que ayudan ilegalmente al desarrollo del cuerpo; antes había aceptado que, cuando estaba con Texas, las ingirió, pero que en esos años no era ilegal (sólo inmoral), y que desde entonces estaba limpio; la acumulación de pruebas lo condenó, y con el amparo (no es la figura, sólo el símil) se le redujo a 162 partidos y los restantes, si Yanquis pasa a la postemporada; volvió a inconformarse y demandó a las Ligas Mayores, a la unión de jugadores de las Ligas Mayores, y al juez que no lo absolvió; ve perdido su caso (con más cinismo aún, dijo que el castigo lo beneficia porque no ha descansado desde su ascenso a las Mayores), pero insiste en demandar. Sólo falta que se demande a sí mismo como lo han hecho algunos personajes ridículos en la historia.
                El problema no es él; su castigo serviría de ejemplo a sus seguidores y a los que quisieran imitarlo; quedan algunos problemas por resolver: sus números, que nadie acepta como reales porque los consiguió con recursos externos, ¿los van a diferenciar con un asterisco, éste no infame como el que le impusieron a Roger Maris sólo porque el comisionado en 1961 había sido amigo y forofo de Babe Ruth y no consideraba parejos los cuadrangulares que conectó Ruth en 1927 y los de Maris de 1961? Rodríguez le pidió a su conseguidor que lo auxiliara a ser el mejor bateador de todos los tiempos, y no es justo que sus jonrones los equiparen a los de Ruth, Mantle, Ted Williams, Hank Aaron, Frank Robinson, Willie Mays, Mel Ott, Ernie Banks, Stan Musial, Hank Greenberg y muchos más. Pero tampoco pueden omitirlos.
                Hay otro problema; muchos cronistas se niegan a dar votos para el Salón de la Fama a jugadores que, sospechosos o no, jugaron durante la era de los esteroides (que no ha terminado: hay varios suspendidos en las Mayores y en las Menores), y muchos, con méritos, pueden quedarse fuera de la inmortalidad beisbolera, como Craig Biggio, y puede pasar con Iván Rodríguez, el súper cátcher.
                Algunos cuchichean que incluso Greg Maddux, que está calificado como uno de los mejores lanzadores de todos los tiempos, se benefició de los esteroides, y aumentó su velocidad de 83 a 85 millas por hora.

(La última vez que platicamos, fue en una clínica Médica Polanco, Federico Campbell por un problema estomacal, y yo por algo más relacionado con mi edad, como me lo confirmó la técnica que me practicó el ultrasonido; hipocondriacos como somos, estábamos angustiados, pero alcanzó a decirme, con la rudeza acostumbrada en él: ¿te das cuenta que lo mejor que has escrito en tu vida fue esa estampa de Ted Williams –que había publicado en la sección Galerías, en El Financiero–, que ésa sí es una obra maestra? No iba a avergonzarme de algo en lo que ponía muchas ganas, mucho esfuerzo. Con Federico he compartido pasión por el beisbol, trivia beisbolera –siempre le gano–, entusiasmo por literatura acerca del deporte, más algunas otras confidencias que le guardaré celosamente. Ahora está enfermo de un mal que me aquejó hace cuatro años. Salí fortalecido; él, que es más sano que y, seguro saldrá con más entusiasmo a impartir su sabiduría. Y volveremos a jugar trivia en la que lo venceré, pero él, como en otra comida en el Veracruz, me informará de los apodos que le asesta a los malos poetas mexicanos.)

En un escrito poco difundido, Daniel Cosío Villegas afirma que al contrario de los sajones, los mexicanos sólo tenemos tres maneras de hacer fortuna: por recibir una herencia, por corrupción (en cualquiera de sus formas) y por trabajo, aunque esta última forma sea la menos frecuente; 90 años después, sigue teniendo razón.

jueves, 26 de diciembre de 2013

Librerías sin tertulias; la magia de Septién; las fiestas de la Industrial

La historia de la literatura mexicana cuenta, alrededor de ella, las tertulias que se armaban a diario en las librerías; es de suponer que en todo el país, pero especialmente en la ciudad de México; es fama que Victoriano Salado Álvarez iba a diario a alguna de las librerías alrededor del Zócalo, y se encontraba con otros escritores, lectores, libreros, editores, y se pasaba las tardes en charlas animadas.
                En los años sesenta, cuentan Leñero, Sainz, Monsiváis, Pitol, Prieto Reyes, que se encontraban en alguna de las librerías Zaplana donde empezaban en una plática que terminaba en los cafés Sorrento, Kikos, o en Sanborns, según relatan Novo o Carlos Fuentes, en crónicas y en las páginas de La región más transparente.
                En 1969 Gustavo Sainz me recomendó que fuera a Libros Escogidos, y me presentara con su dueño, Polo Duarte, al que había leído alguna página de mi primera novela; desde esa tarde, hasta algunos años después, iba casi a diario y allí conocí a Gerardo de la Torre, Juan Manuel Torres, Juan Bañuelos, Jaime Labastida; o a los pintores Adrián Brun, Armando Villagrán, Rodolfo Nieto, y a Beto Bojórquez; allí conocí a Delfina Careaga, a Otaola, Raúl Renán, Juan Jiménez Patiño, y me acompañaron muchas veces Paco Alvarado y Arturo Federico Valdés Olmedo.
                Pero no era Libros Escogidos la única librería donde iba a platicar; enfrente, cruzando la Alameda, estaba la Librería del Prado, donde don Félix, Carlos, Humberto y Álvaro tenían siempre una plática, no pocas veces alguna discusión agria por política; pese a que era pequeña, me topé varias veces con Gabriel Careaga, Miguel Ángel Flores, Miguel Flores Ramírez. Menos asiduo, pero no menos cálido, era el grupo que de pronto se formaba en la Librería Universitaria alrededor del inolvidable Raúl Guzmán, o en la Librería del Sótano (no la insípida El Sótano), donde nos juntábamos Rubén Maní, Alejandro Rosales, Arturo Luciano, Patricia Proal, y charlábamos, a veces hasta que cerraban, con Gerardo López Gallo. No pocas veces discutíamos con desconocidos, que también iban en busca de libros, y de discusiones, que se trasladaban a cafés o a cantinas. La actitud de los dueños era importantísima, pues permitían la tertulia, y la mayoría de las veces participaban en ella, olvidando a los clientes ocasionales que pedían algún libro, sobre todo si era best-seller. 

Busco un ejemplar de La mafia, la divertida, iconoclasta, experimental, desacralizadora novela de Luis Guillermo Piazza; fue publicada en 1966, antes de que se dispersaran los grupos intelectuales; debo hablar mucho de este libro, al que le debo tardes, días enteros de relecturas frenéticas, algunos descubrimientos; a veces encuentro claves, quién es el verdadero protagonista de retratos que aparentemente presentan a personajes históricos, quiénes cometieron crímenes literarios y de los otros; quiénes hablan por teléfono, y cuáles cartas son reales y cuáles inventadas.
                Entro a todas las librerías alrededor de Donceles, desde Brasil hasta Allende; muchachos atentos se acercan a preguntar qué buscamos, en esas islas amontonadas, cerros de ejemplares maltratados, con la portada sucia y el canto desigual y el lomo quebrado, en un equilibrio precario; ya no busco ejemplares de mis libros porque fui expulsado de sus plúteos cuando critiqué una publicación que les servía de órgano informativo, aunque no se habían dado cuenta de lo que publicaban; a veces encuentro algún título olvidado de Steinbeck, o de Waugh, o de Durrell; por lo regular, no los pido, los busco, aunque no siempre están en orden, y revuelven mexicanos con extranjeros, y novelas con biografías. Últimamente han contratado a jóvenes que trabajan medio tiempo, y descansan dos días a la semana, nunca en sábado o domingo, dicen las ofertas de empleo que colocan en sus anaqueles. Desconozco las condiciones de trabajo, pero sí que los contratados no son estudiantes de letras, o que los profesores de las carreras de letras son indolentes y descuidados. En todas las librerías pedí, cuando muy atentos se acercaban ofreciendo sus servicios, La mafia, de Luis Guillermo Piazza, e invariablemente iban a la sección de best-sellers, pensando que se trata de una novela de gangsters (bueno, no están muy equivocados), sicilianos que disputan mercados negros. No sólo desconocen la novela, también al autor, y lo peor, la colección Del Volador, emblema de Joaquín Mortiz. Probablemente Piazza se divertiría muchísimo, como yo, aunque luego de la tercera librería comencé a mortificarme.

El jueves 19 falleció Pedro Septién, motejado como El Mago, en honor de los trucos que hacía en sus narraciones. Aunque no perteneció a la primera generación de deportistas periodísticos, ni siquiera en el beisbol, se le considera en los medios como el más aguerrido, el más sabio, con memoria fotográfica.
                Es cierto que tenía buena memoria, como la debe tener todo el que se dedique a la crónica deportiva para saber si está viendo algo histórico, si delante suyo se establece una marca y se rompe un récord, o cuando menos se empata. Tenía una voz agradable, y era considerado el mejor en la materia. Pocos recuerdan por qué le decían El Mago. En las épocas no muy lejanas en que las transmisiones radiofónicas (mucho antes de las televisivas) eran locales, él reproducía juegos completos desde las cabinas de la radiodifusora, hasta donde llegaban los telegramas, enviados desde Tampico, con códigos indescifrables para los no conocedores: 6-3, 8↑, 5→, K, y otros, que quieren decir rola al short stop, elevado al jardín central, línea a tercera base, ponche, y otros menos difíciles, como las bases por bolas, los hits y los extrabses, las carreras empujadas.
                Con esas simples, y complejas, marcas, él recreaba el juego, y hacía que los radioescuchas se emocionaran; después, con las transmisiones a control remoto, impensables antes de mediados de los cincuenta, desde el palco de prensa del Parque Delta o del Parque del Seguro Social, se comía el micrófono relatando las jugadas emocionantísimas; sucedió que llegaron, a finales de los cincuenta o principios de los sesenta, los “su raditos” (como les llama José Agustín en De perfil), los radios de transistores, y los aficionados los llevaron al Parque; se extrañaban de que un elevado fácil a cualquier jardín, el Mago lo describía con gritos emocionados: “se va, se va, se va, atrapadón del Diablo (o de cualquier jardinero)”; las jugadas de trámite él las convertía en hazañas de fildeo, o de velocidad; pero los asistentes al parque veían desconcertados que no era lo que el Mago decía; mucho de su prestigio se perdió en aquellos años. Comenzaron a chotearlo: se va se va se va, la atrapa el short stop.
                Se dice que, en un día en que se perdió la comunicación, Septién reseñó todo un round en una pelea de boxeo, sin mayores consecuencias, y por eso se ganó el mote de Mago, pero los viejos aficionados al beisbol aseguran que fue durante un juego de Serie Mundial entre los Yanquis de Nueva York (su equipo favorito, aunque los cronistas no pueden tener equipos favoritos, y menos hacerlo evidente) y los Dodgers entonces de Brooklyn; supongo que fue en 1955, cuando el huracán Janet (entonces los huracanes tenían sólo nombres femeninos) provocó una inundación en todo el puerto, y se cortaron las comunicaciones que llegaban desde Nueva York, con los telegramas que relataban el juego; según Septién, sus Yanquis habían vencido a los Dodgers; todos los periódicos explicaron que por la falta de comunicaciones no podían dar la información, excepto un diario dirigido por Antonio Andere, que sí  le creyó a Septién; despedido de su chamba, Andere fue a buscar a Septién para reclamarle a golpes su acción. Al menos, es la historia que se escuchaba en las redacciones en los años sesenta.
                Septién, un mago de la narración, fue desplazado por cronistas cuando menos tan hábiles como él, quien nunca tuvo la chispa de Jorge Alarcón, mejor conocido como Sony, pícaro como él solo; en los años ochenta, en pleno auge de la Fernandomanía, el Mago veía desesperado cómo Alarcón y Antonio de Valdés se lo comían en los juegos de Valenzuela, que tuvieron la virtud de hacer que comenzaran a transmitirse más partidos que un resumen semanal, abreviado. De Valdés, hijo de otro excelente cronista, sabía tanto como el Mago y era menos rígido, más natural en la crónica; Septién trató entonces de desprestigiarlos: ustedes no saben nada, el beisbol de antes era mucho mejor, nada podrían hacer estos chamaquitos frente a las grandes figuras del pasado, qué no saben que antes los pitchers ponchaban a más de 500 bateadores por temporada (y De Valdés, por decencia, no lo desmentía: sí, ponchaban a muchos, pero cuando la loma estaba mucho más cerca del home, y las bases por bolas eran con siete lanzamientos malos, y los faules no se contaban como strikes y desde entonces se acabaron los bateadores de .400; Septién se refería a las Ligas Mayores del siglo XIX); se ponía a exagerar, y tuvieron que retirarlo, dejarlo exclusivamente para los juegos de postemporada o de Serie Mundial; sacaba sus enciclopedias en plena trasmisión y, mientras buscaba un dato, se le pasaban jugadas, por lo que perdía el hilo del juego.
                Cuando Pete Rose rompió el récord de más hits, superando el de Ty Cobb, de 4,191, Septién se presentó en el noticiero de Guillermo Ochoa para desmentir la noticia: ningún récord superado, y puedo demostrarlo; su argumento era patético: Rose no había pegado más hits, porque lo había hecho en muchas más veces al bat que Cobb, por lo tanto, no tenía más hits; Septién quería decir que pese a que Rose lo había superado, tenía menor porcentaje de bateo, no menos hits, como afirmaba. Y cuando en las Mayores revisaron los box-scores históricos, advirtieron que a Cobb le habían atribuido un hit más; por lo tanto, su total fue de 4,190, no 4,191; el berrinche que hizo el Mago fue histórico; se le vio enojado, desmintiendo a los compiladores de las Mayores.
                Sus forofos le atribuyen mayor corrección gramatical al narrar los partidos; sólo quiero recordar su explicación de obstrucción: cuando un jugador de cuadro “obstrucciona” a un corredor, en lugar de decir “obstruye”; no era mejor, sólo más rebuscado; era superior a otros periodistas como Tomás Morales, Agustín González Escopeta, pero no mejor que Enrique Yáñez, De Valdés (quien sigue siendo muy bueno, aunque sólo narra la mitad de los partidos, ante los reclamos de los asistentes al parque: no te vayas, no se ha terminado el juego). No fue imparcial, tampoco muy objetivo: no reconocía la calidad de muchos jugadores, y exaltaba a todo el que vistiera la camiseta de los Yanquis. Lo peor: para él, todo pasado fue mejor, y no admitía réplicas. Lo retiraron contra su voluntad, y se dijo que siguieron pagándole salario completo para evitar que se fuera a la competencia, porque era muy respetado. Es un raro caso: le sobrevive una leyenda que pocos conocen; él se derrumbó cuando llegaron los radios de transistores al parque del Seguro Social, y definitivamente con la televisión, a la que no le encontró el ritmo; se defendió repitiendo frases, muletillas; la frase que más le recuerdan sus forofos, “esto no se acaba hasta que se acaba”, no es suya, sino de Yogi Berra, cuando dirigía a los Mets de Nueva York en 1973, y los descartaban para el campeonato de la Liga Nacional, que finalmente conquistaron luego de sobreponerse a una desventaja que consideraban insuperable. Septién no se preocupó de aclarar, luego de pronunciarla, “como dijo Yogi”.
Entraron a la secundaria casi un mes después de iniciado el curso, pero no sólo por eso llamaron la atención: frescas, provocaban con sus movimientos que todos se volvieran a verlas, inclusive los maestros; Sandra y Lola pusieron de cabeza no sólo a los de primero, sino a todos, hasta a los de tercero; estaban en primero A, pero ni a los de su grupo les dirigían la palabra; no se mezclaban con las demás, y sólo admitían la compañía de Azucena y de Estela, pero por lo regular andaban solas. En el refrigerio (el descanso más prolongado), caminaban solas por el patio, y todos les abrían camino; los muy audaces trataban de acercárseles, y sólo recibían una mirada burlona; de esas pulgas no brincan en nuestro petate, dictaminó alguien. Pronto, los que acababan de egresar se enteraron de su existencia, y se aparecían al final de las clases, sin éxito; ambas vivían en la Aragón, y se iban juntas, y no se dignaban contestar a las invitaciones para acompañarlas a sus casas; se supo, quién sabe cómo, que los hermanos de Sandra eran fieros, de la pandilla de la colonia, a quienes temían los de la Estrella, así que la población masculina se conformaba con observarlas de lejos; pizpiretas, miraban a los maestros con intención, pero en cuanto alguno se acercaba a ellas, volvían a mirar con frialdad; o peor, con superioridad. Imposible recordar si eran bonitas, pero lo parecían.
                Las autoridades de la escuela tenían la mala costumbre de pegar los resultados de las pruebas semestrales en el corcho casi a la entrada del plantel; y cuando regresamos de las breves vacaciones de mediados de año, observamos quiénes habían sacado las mejores calificaciones; entre los pocos que habían obtenido algún 10 estaban Cuauhtémoc Valdés, Víctor Tovar, Eduardo Santana, Edmundo Jardón, Maximino Ortega Aguirre; el mío fue en Geografía, con el aliciente de que era la maestra más joven, más atractiva y más estricta.
                Supuse que gracias a ese 10, al segundo día del retorno a clases me interceptaron Sandra y Azucena; me preguntaron nombre, grupo en que estaba, mi edad, me dieron la mano en señal de amistad, y se despidieron, con la promesa de que me buscarían al día siguiente; aturdido, con la mirada asombrada de algunos compañeros detrás mío, fui a buscar a José Alós, mi más cercano amigo en esos días; antes de que le contara, me dijo, con la mirada perdida: se me acaban de acercar Lola y Estela; a mí Sandra y Azucena. Fuimos los más envidiados de toda la escuela a partir de entonces; hasta el maestro Ceniceros, el más alburero y quien se llevaba más pesado con las alumnas, nos vio como preguntándose por qué a nosotros.
                Nuestras pláticas eran tan insulsas que a veces nos conformábamos con pasar junto a ellas y decirles “adióoos”, ante su gesto de picardía, y de burla. Hasta que, cerca de octubre, cuando se iban acercando las pruebas finales, Sandra me interceptó; iba con varias compañeras, más o menos de su estatura; me informaron que iba a haber un the danzante para reunir fondos, el boleto costaba un peso, e iba a celebrarse el siguiente sábado, en la calle de Cruz Azul, en plena Industrial, a partir de las cinco de la tarde. Llevaba el peso porque ese día no habían llegado temprano los voceadores; camino a la escuela compraba El Nacional, que era el periódico que distribuían más temprano; a veces podía conseguir La Afición, o El Heraldo, que eran los que mejor información publicaban de deportes. A veces me conformaba con El Día; cuando me dio Sandra el boleto, me alejé, pero cometí la indiscreción de volverme a verla, y la observé pegando brincos como de celebración. No supe qué hacer. Alós no fue al the danzante, pese a que su familia era muy consentidora; era de los más adinerados de la escuela, pues su padre era dueño de un restaurante en el centro; vivía en una casa con jardín y todo en la Lindavista, y con frecuencia comía en mi casa, y alguna vez yo en la suya; muchas tardes, luego de hacer alguna tarea particularmente difícil, caminábamos hacia General Popo, aunque las hermanas Quiroz ya no le hablaban a nadie.
                En cambio, fue Modesto Nahúm Novia Serna (a quien muchos años después encontré como presidente municipal de Cocotitlán, Estado de México, pueblo que conocí cuando, en quinto año, nos llevaron de excursión, el día que descubrí  la discriminación, cuando las maestras Esther y Rosita, jóvenes y bonitas, se quejaron, sin advertir que las oía, del acoso de mi maestro Benigno Laguna, recién viudo –lloró desconsolado cuando regresó, al día siguiente del sepelio de su esposa—; dijeron de él: “indio xochimilca”); llegamos a las cinco en punto de la tarde, pero nadie había llegado, ni estaba preparado el patio, no habían puesto sillas, ni habían sacado el tocadiscos; nos salimos apresuradamente y comenzamos a caminar por las calles cercanas; se nos ocurrió comprar cigarrillos; ni él, que era de los mayores y más desenvueltos del grupo, ni yo, menos aún, sabíamos fumar; compramos Del Prado, y  a la primera fumada nos mareamos; nos recargamos en un árbol, a que se pasara el efecto.
                Cuando regresamos a la fiesta ya estaban las más achispadas alumnas de tercero: Patricia, Ernestina, Marta, Silvia, Marilú, Isabel; de segundo: Blanca Estela, Blanca (vivía a dos calles de Tenayo), Malena (conocida como La Chiva Loca); no habían llegado Sandra ni Lola, que eran las más esperadas; recargados en la pared, vimos cómo las anfitrionas se encargaban de repartir refrescos, de invitar a los asistentes a que bailaran (por esos días lo más difundido era el twist, aunque aún sonaban los primeros rocanroles de Teen Tops, Las Camisas Negras, Los Crazy Boys, Los Apson); el momento más tenso fue cuando aparecieron Sandra y Lola, quienes sin el uniforme parecían haber perdido el encanto; se veían aniñadas; las de tercero, en cambio, se veían más desenvueltas, alegres y mayores; además, iban los hermanos de Sandra, con el gesto de que nadie se les acercara, excepto Ricardo Blackmore, de segundo, al que daban permiso de pretender a Sandra.

                Ni modo de acercárseles; en cambio, Patricia, Ernestina y Marta se me acercaron: tú eres el que anda siempre con la brujita, ¿verdad?, la de primero; es una loca, no le hagas caso, te va a llevar a la perdición; muertas de la risa, me cercaron. No bailes con ella, no te conviene, sólo te busca por tus calificaciones, mejor vente a bailar con nosotras. Nadie fue más popular que yo ese mes, el último escolar.

lunes, 9 de diciembre de 2013

Feminización del lenguaje; más de la Industrial; Cristina Pacheco

La Real Academia (de la Lengua) Española se braga y dice que dejará de ser sexista, que en la próxima edición de su diccionario dará más espacio a la feminización de las profesiones antes sólo adjudicadas a los hombres; es decir, que a las mujeres que se dediquen a impartir justicia en vez de “la juez” podrá decírsele “la jueza”; claro que tendrá, para este caso, modificar la acepción actual, porque jueza es “esposa del juez”, además de que ya existía desde la edición de 2001, desde entonces anacrónica.
                Pero se meterá en problemas en otros casos: por ejemplo, las que se dediquen a la albañilería podrán ser mencionadas como las “albañilas”, que era como le decía Jorge Ibargüengoita a las obreras de la construcción en la Unión Soviética; resulta que ya existe “albañila”, pero bajo la acepción de “abeja”, lo que puede prestarse a chistes suicidas. En general, habría que pedirle a los académicos que revisen bien su trabajo, porque en muchos casos, la mayoría, desde la edición actual (es un decir) con ponerle la “a” al oficio ya lo considera adjetivo o sustantivo femenino, pero desperdician espacio, porque, por ejemplo, existe la entrada “carpintera”, que remite: “véase carpintero”, pero resulta que en la entrada a la que remite dice “carpintero / ra”.
                Podría pensarse que, como dice Lucy Van Pelt cuando renuncia a un beso de Schroeder por conectar un cuadrangular, que se trata de otro triunfo del movimiento feminista; más bien habría que verlo como una debilidad de la RAE que hace creer a las mujeres que les da la razón, sin remitirlas al diccionario para que vean que no estaban tan discriminadas, y una concesión que, en todo caso, volverá caducas y anticuadas algunas obras literarias, y muchos filmes, y obsoletos demasiados discursos políticos.
                Falta ver si las mujeres admiten como triunfo esta medida, porque a la fecha se niegan a aceptar las palabras que designan la feminización de muchos oficios: no he visto que en los diarios designen a las mujeres que conducen un auto como “choferesas”, que es el término que le da el DRAE a las mujeres que, “por oficio”, conducen un automóvil, sin darse cuenta que en la acepción de “chofer” (o “chófer”) no se dice del hombre que conduce un automóvil, sino la “persona” que lo hace. Hasta donde sé, las mujeres no aceptan una palabra tan fea como choferesa, ¿pero ahora aceptarán que se les diga “chofera”? Tampoco aceptan que el término con el que se designa a la mujer que escribe poesía sea el de poetisa, y prefieren la masculinización de su oficio, que la RAE, en su afán de quedar bien, lo hace convivir con el de poeta, que ahora ya no se le adjudica al hombre, sino a la persona que la escribe (bien o mal; claro, habría que ser justos y adjudicarlo, en todo caso, al que escribe buena poesía), y se olvidan de la etimología de persona, que es “máscara de actor”, “personaje te-atral” (la RAE debería de cuidar sus ediciones y evitar esos errores, típicos de la tipografía de computadora), y sobre todo, que la segunda acepción del término es “hombre o mujer cuyo nombre se ignora o se oculta”. Con esa lógica, habría que hablar no de la alcalde o la alcaldesa, sino de la alcalda.
                Las feministas no aceptan tan fácilmente que con una simple feminización se acabe la injusticia laboral, social, judicial, política, económica; no pueden, no deben conformarse con un aparente triunfo que no oculta la verdadera discriminación, que está en el significado de algunos términos, como los casos sabidos de zorro y zorra, hombre público y mujer pública, puto y puta, y que no borrarán los académicos con una simple “o /a”; en todo caso, ¿quién será el académico que se ponga a actualizar las obras que desde hace más siete siglos han usado esos términos en miles de poemas, relatos, novelas?
                Y en todo caso, habría que exigirle a la RAE que masculinice algunos términos; ya lo hizo con “modisto”, gracias sobre todo a la cinta de René Cardona con Mauricio Garcés, Modisto de señoras; pero faltan los dentistos, los futbolistos, los beisbolistos, los novelistos, los ensayistos y, en todo caso, los poetos, porque todos estarán de acuerdo que no es lo mismo la poesía masculina que la femenina, y no hablo en términos de calidad (¿cuántos buenos poetos no quisieran tener la calidad de Kyra Galván o Malva Flores?), sino de delicadeza, pensamiento, actitud. En vez de eso, la Academia, cuando menos la mexicana, podría llamar la atención de los publicistas: se cuidan de lo políticamente correcto y menosprecian la verdad científica y el buen uso del idioma; dice la publicidad que ingerir azúcar provoca diabetes (los diabéticos no pueden consumirla, pero eso es otra cosa), que antes que refrescos debemos tomar vasos con agua; tienen la misma cultura que los meseros, que cuando uno pide un vaso de agua dicen según ellos sarcásticos: será de cristal; mejor ni regañarlos, capaz que la llevan con un escupitajo. Más digno es cancelar la orden.

Y hablando del asunto, Margarita García Flores nos contó a Manuel Gutiérrez Oropeza y a mí que, en una reunión de feministas, allá por los años setenta cuando las mexicanas quisieron secundar a las estadounidenses y formaron grupos radicales con nombres tan exóticos como “tetas al aire”, varias manifestaron su decisión de no seguir permitiendo discriminación, injusticias, iniquidades, malos tratos hacia las mujeres; estaban de acuerdo en todo, hasta en el tono; de pronto, la anfitriona, hoy una de las más famosas y reconocidas feministas, aprovechando un silencio repentino, hizo sonar una campanita para llamar a la sirvienta y le preguntó a sus invitadas: ¿más galletitas, muchachas?

En la colonia Industrial las calles tienen nombres de industrias, fábricas, marcas comerciales, así como la Irrigación, de presas nacionales; son colonias congruentes, no como Polanco y Anzures, que combinan escritores (Cervantes, Shakespeare, Ibsen) con científicos (Kepler, Herschel, Leibniz), filósofos (Platón, Plinio –no dicen si el Viejo o el Joven--, Hegel, Kant) y políticos (Thiers) sin ninguna lógica, lógica que tampoco se aplica en la Cuauhtémoc, que tiene calles con  nombres de ríos, y la imita la Anáhuac con ríos, lagos y lagunas (algunos inventados, como Gascasónica); la Roma y la Condesa tampoco son congruentes: sus calles recuerdan los nombres de ciudades de la provincia mexicana.
                Las calles de la Industrial (aunque por allí se cuelan Robles Domínguez, Roberto Gayol y Basilisio Romo Anguiano) muestran la edad de esas industrias: La Polar (¿se referirá a la grasa para zapatos? No por las birrias, desde luego), La Carolina (telas), Necaxa (¿por la compañía de luz?; no por el equipo de futbol, que sí tomó su nombre de esa compañía) Cruz Azul (por la cementera; el equipo nació muchos años después), La Corona (¿por los chocolates o el jabón?), El Tepeyac (el jabón), General Popo (las llantas) Euzkadi, Éuzkaro, Tolteca (Cemento) Buen Tono, Larín (también chocolates), La Sirena, Victoria, La Imperial, Fundidora de Monterrey, El Fénix, La Primavera, La Huasteca, Río Blanco, Ánfora, Fortaleza.
                En las vacaciones de 1960-1961, en toda la colonia Industrial más las primeras calles de la Tepeyac Insurgentes sucedieron dos cosas sorpresivas: que podían los preadolescentes peinarse para atrás, y esos mismos descubrieron a las hermanas Quiroz, rubias costarricenses que enloquecieron a los de su edad; vivían en General Popo, en la misma que Sara y Marialex; en esa calle comenzaron a celebrarse thes danzantes. General Popo se convirtió en el destino de quienes vivían en Fortaleza, Corona, Cruz Azul; tanto las Quiroz como Sara y Marialex se divirtieron provocando grietas y rupturas en el antes unido grupo de muchachos que compartían la sabiduría futbolera y la habilidad para practicar ese deporte; las costarricenses llamaron “maripepos” a los muchachos que se paraban en la esquina de Fortuna y General Popo, enfrente del edificio donde vivían; de pronto aparecía la madre, que los corría a gritos; ellos esperaban a que saliera alguna de las cuatro (Rosa, Olga, Guadalupe –rubia y se llamaba Guadalupe, “absurdo y antipatriótico”, según los Tres García– y la menor, de la que no recuerdo su nombre), por el pan, pero casi nunca salían solas.
                Las descubrieron Humberto Huerta, José Luis Desachy y Carlos Silva en una de sus excursiones en bicicleta, actividad que antes tampoco practicaban; pero un día decidieron descubrir el mundo más cercano y se toparon con las Quiroz; en la esquina de La Victoria con Huasteca encontraron una peluquería que, por una cuota extra, les hizo un corte de pelo que simulaba que se peinaban para atrás; al regresar de las vacaciones e ingresar a sexto año los vimos (también a Jorge López Sánchez, Soto, y otros) con los cabellos parados. Los imitamos, y por un buen lapso dejamos de pedir casquete corto.
                Fui de los últimos en todos esos aspectos; ya llevaban dos meses tratando a las Quiroz y a las Ferrer cuando las conocí; dos meses tratando de domesticar el cabello, y dos meses manejando bicicleta a más de diez calles de sus casas, teniendo que cruzar Misterios, Huasteca, Buen Tono y Fundidora, calles de mucho tránsito. Tuve la ventaja de que mi hermana Ana tuvo como compañera de grupo a Guadalupe Quiroz, y ella me informó del calificativo de “maripepos”, palabra que no encuentro en ningún diccionario, ni el DRAE, ni los de mexicanismos, ni el Panhispánico, ni en el de adjetivos ni en los de dudas; sospecho sin embargo que era ofensivo e insinuante de mariconería.
                En mucho menos tiempo domestiqué el cabello y desde entonces pude peinarme para atrás (bastaron litros de vaselina, y dormir con una media durante un par de semanas); me hice muy amigo de las Ferrar y sufrí la arrogancia de las Quiroz con más fortuna que mis amigos; vivo desde entonces con el infortunio de no haber aprendido a manejar bicicleta.

La colonia era tranquila para pasear; Insurgentes, uno de los límites fronterizos, como era carretera, tenía grandes terrenos a los lados, espacio donde se podía jugar futbol o futbol americano; el parque María Luisa era menos propicio para los remedos de deportes, servía para correr, lo mismo que el pequeño jardín entre Huasteca y Misterios y Eúzkaro; más se jugaba en el Parque Deportivo 18 de Marzo, con un diamante de beisbol bastante grande porque carecía de bardas, unas tribunas pequeñas, y unos dugouts inservibles por el olor a orines y absoluta falta de higiene; pegadito, un campo de tiro al blanco de arquería, que ya para entonces no tenía blancos, y estaba rodeado de árboles, por lo que servía para los primeros escarceos eróticos de los que se iban de pinta; una cancha de futbol con medidas reglamentarias, y que un tiempo sirvió de sede para los entrenamientos del Atlante, cuando era pobre pobre; una piscina olímpica donde, dicen, iba a entrenar Joaquín Capilla; dos pequeñas canchas de basquetbol, un gimnasio siempre cerrado, y un espacio con columpios y resbaladillas; alrededor de todo, pistas olímpicas que no servían porque en esa época no existía la moda de trotar para bajar de peso. Ya he contado varias veces que sirvió de escenario, por la cercanía de los estudios Tepeyac, para el juego de beisbol en la que don Gregorio pega un jonrón larguísimo en Hay lugar para… dos; en la cinta, la bola llega hasta el frontón, hasta el otro extremo del parque.
                Desde luego, cada año una de las atracciones era la carrera Panamericana, por todo Insurgentes; fuera de las fronteras de la Industrial había una abandonada estación de ferrocarriles; había estado en actividad durante la Revolución, y se dice que fue escenario de algunas escaramuzas de las que no encuentro registros en los libros sobre la Revolución, aunque fue probablemente donde López Velarde no se subió al tren en que dejaban la ciudad los carrancistas, rumbo a Tlaxcalaltongo; uno de los motivos: se despedía de María, que según el poema del mismo López Velarde y las reconstrucciones sobre todo de Gabriel Zaid, vivía cerca de la estación.
                Como en las escaramuzas hubo víctimas, seguramente, el rumbo se llenó de historias de aparecidos, de muertos sin sepultura que se aparecían en ese desolado lugar, que evitábamos de día y del que huíamos de noche, no obstante la cercanía de la papelería El Globo y de la Farmacia Briseño (debía decirle botica, porque todavía preparaban, en una hora, el jarabe de eucalipto que no curaba la tos, pero disminuía el dolor de garganta). Las dos historias más conocidas eran la del jinete sin cabeza y la del caballo sin jinete; al Bofré (beau-frère: cuñado, porque a todos le decía así) se le apareció un perro del tamaño de un caballo; era dado a las exageraciones, pero cuando llegó a la casa de Arturo Magallón a contarlo, todavía sudaba frío y traía el cabello, literalmente, de punta; también tenía los pelos parados el gato de la casa de Mario y Arturo Magallón, que salió corriendo de la recámara, huyendo sin regresar nunca, a causa de un monje que salió de un ropero, según el testimonio de Barradas, quien también estaba pálido y con el cabello de puntas. Se dice que en la Basílica, a medianoche en punto, se escuchaba un lamento angustioso; algunos explicaban que era la acumulación de rezos durante todo el día, y que escapaban de la cúpula cuando ya estaba todo en silencio.
                Por la cercanía de la Basílica se escuchaban con claridad las campanas que daban la hora; muchos de mis compañeros sabían reconocer si era el cuarto o la hora exacta, y qué hora; para mí era tan inidentificable como las marcas de autos que Jaime García Sánchez, Humberto Huerta, Jorge Sánchez López, Carlos Silva y otros podían reconocer desde lejos; los más populares de mis compañeros lo fueron sólo un año, porque Mario Cerón Buendía (Mario sacó un cero un día, mi primer juego de palabras) reprobó primero, y Renato Vaca, mi compañero en cuarto, seguía en quinto cuando yo ya estaba en secundaria.
                Viví en Tenayo desde 1955 hasta 1973; estaba a media cuadra de Fortuna, calle fronteriza entre la Tepeyac Insurgentes y la Industrial; en Fortuna, entre Tenayo y Atepoxco, ocupaban un cuarto de manzana los baños Guadalquivir, cuyos vigilantes eran los hermanos Reyes, no el conjunto musical sino Eduardo y Arturo y su hermana Araceli; su padre era el cuidador, y quien entregaba las toallas y las llaves de los casilleros en vapor general. Araceli ponía a flotar a toda la población masculina de mi edad, más o menos; asombró a todo el barrio cuando se casó con Temo, el más feroz de los pandilleros del rumbo: ¿cómo, ella tan bonita?, decían las señoras; pegada a los baños estaba la peluquería también Guadalquivir donde me trasquilaron toda mi infancia, hasta que descubrí otra en Ricarte donde me dejaban el corte regular al que los de la Guadalquivir se negaban, amigos de mi padre, ni a dejarme el cabello largo; en la esquina había una papelería; cruzando la calle, la secundaria 24, de puras mujeres; enfrente, esquina de Fortuna y Misterios, una papelería que atendían unas muchachas coquetas y risueñas; enfrente de los baños, la carnicería de don Manuel, forofo del Toluca y hermano del Cuate Arellano, suplente del Fumanchú Reynoso, el mejor medio del Necaxa (en Fortuna y Hernández, en la glorietita, vivían Araceli y Gloria Arellano, sobrinas de Jaime Arellano, el otro medio del Necaxa y al que le decían también el Cuate porque era amigo del  otro cuate); en Hernández y Atepoxco vivían los hermanos Gama, tackles de Pumas de la UNAM y grillos políticos; se dice que a media cuadra vivía Felipe de la Garma,  pero no pude comprobarlo.
                En las esquinas sur de Fortuna y Tenayo había dos tiendas: la de Don Antonio (La Guadalupana), pequeña y bien surtida, y otra, que llegó después, donde le regalaban una cerveza al que podía tomarla de un solo trago, como lo hacía El Ciego Melenas, que fue durante unas semanas miembro de las fuerzas infantiles del América; a media cuadra había una verdulería, una bolería, una paletería donde una vez al año comprábamos nieve; en Fortuna y Unión, una gran ferretería, atendida por Pepe Infante, quien vivía arriba; su esposa, la señora Yolanda, era amiga de las señoras de la colonia; su cuñado famoso andaba en su moto asediando a las señoras jóvenes y diciéndole cuñado a sus hijos pequeños. En la frontera norte había un garaje gigantesco, y pegado, y hasta Zacatenco, el cine Tepeyac, propiedad de mi tío Ramón, según los decires. Todos los días, de lunes a viernes, iba a ver los cartelones de las funciones de los siguientes días, como el niño de los sueños de Truffaut en La noche americana. En Ticomán, que no llegaba a Fortuna porque la cortaba la parte trasera del cine, vivía la hermana de Pepe Ruiz Vélez, uno de los conductores de Estrellas Infantiles Tofico; los chiclosos Tofico fueron responsables de las caries que sufrieron cuando menos tres generaciones de escritores mexicanos; su sobrina Verónica fue mi amiga durante muchos años, y mi cómplice de travesuras en la secundaria; me llevaba muy bien con sus hermanos, y nuestras madres se  juntaban con frecuencia para platicar; Fito, uno de los hermanos mayores, fue quien me protegió cuando quisieron raparme, como novatada, cuando ingresé a la secundaria 12; como insistían, Agustín Granados, quien ya estaba en la prepa 1, y sus amigos Mario Mazú, Luis Vega y Jorge Orta, amenazaron con agredir a quien se atreviera a tocarme un pelo.

Al hablar de algunas de mis amistades he sido injusto; debí de haber hablado antes de mis larguísimas charlas con Cristina Pacheco, su cpumulo de anécdotas, de impresiones; con la reciente muerte de Doris Lessing vinieron aquel intercambio de libros, sus orientaciones y su amabilidad al pedirme juicios; nos veíamos en las redacciones de periódicos, a veces de prisa, a veces con la suficiente calma como platicar durante muchos minutos, y siempre quedamos con las ganas de continuar una tertulia a veces inconclusa, siempre pendiente… Pero como con José Emilio, siempre temo quitarle el tiempo, a ella que hace tantas cosas y con una perfección envidiable en el periodismo mexicano, sin las veleidades de otros reporteros, y con la señalización de injusticias e iniquidades; cuando hablo con ella me quedo con la sensación de que soy más optimista de lo debido, y que me pierdo de aspectos en los que se demuestra que no estamos tan bien como a veces creo. Y por elogiar su periodismo nos quedamos sin disfrutar de su prosa no por exacta menos rica.
                Es gran amiga de mi hijo Diego, quien editó algunos de sus libros; su amistad no ha dependido mi amistad con José Emilio; hemos compartido tareas, y he sido beneficiario de sus muchos oficios, de los que no todos están enterados; por ejemplo, la primera colección de libros publicada por Contenido, a su cargo; de lo que hizo en Labor, donde, entre otras cosas, publicó la mejor edición en español de Frankenstein, mejor incluso que la muy buena de Alianza Editorial; con ella tuvo una de sus mejores épocas la Revista de la Universidad de México,  en la que tuvo la gentileza de invitarme, sin rechazar mis notas, excepto una, y en la que me salvó de alguna impertinencia. También olvidamos que con ella, el legendario sábado tuvo su mejor época, aunque no la más polémica.
                Alguna vez reseñé uno de sus libros, Sopita de fideo, y tuvo la amabilidad de agradecerla con unas palabras que no he olvidado, casi textuales: “es que te tenemos miedo, Lalito, te tenemos miedo”; si no señalé errores fue porque no los hallé; de ella, entre otras pocas personas, aprendí que la amistad se demuestra no con elogios sino con observaciones justas. Para Contenido preparamos la condensación de uno de sus libros de entrevistas; al seleccionar las fotografías tuvimos varias sesiones llenas de anécdotas y carcajadas, lo que no quiere decir que no sea extremadamente seria en su trabajo. Me tardé mucho en regresarle las fotografías, no por desidia, sino por recordar la explicación que me dio de cada una.
                Es y ha sido una gran amistad la suya, y sólo lamento el poco tiempo que hemos tenido; nuestra charla, a lo largo de casi 40 años, no tiene fin, aunque haya tenido muchas interrupciones. Bueno, también lamento no haber tenido la oportunidad de publicar alguno de sus libros.


En uno de los programas televisivos, CSI Miami, el principal protagonista, quien siempre anda con la cabeza ladeada, resuelve, a lo largo de dos episodios, una lucha contra la burocracia diplomática; para atrapar al malo y que reciba su merecido, no se detiene en hacerle ver al padre del malo que su mujer le fue infiel; así, cuando meten al malo a la patrulla, el héroe de la serie le hace gestos con la mano, como diciendo lero lero; en el futbol americano, el árbitro principal le tiraría el pañuelo amarillo (to flag a mistake: señalar un error) para marcar conducta antideportiva y lo castigaría con 15 yardas. Pero en la vida real tampoco lo hacen: el head coach de Pittsburgh se metió a la cancha para interrumpir un regreso de patada; la interrumpió y evitó una anotación; la multa fue de cien mil dólares, aunque debieron de haberlo expulsado (tampoco expulsaron de por vida a Javier Aguirre, cuando tacleó, como entrenador, a un jugador del equipo rival, con lo que manchó de manera irremediable su antes limpia trayectoria).

domingo, 24 de noviembre de 2013

Memorias de la Industrial; narradores, jefes y amigos

Me informa mi querido amigo Marco Antonio Pulido que por estos días se cumplen 87 años de haber sido fundada la colonia Industrial. Parecen muchos y parecen pocos; pocos, porque la ciudad de México, que está a punto de cambiar de nombre al estilo gringo, tiene más de 500 años si se toma en cuenta la conformación estilo europea, y poco más de 700, si consideramos  la habitada por los mexicas, conocidos artificialmente como aztecas por la escasa capacidad de los conquistadores y colonizadores hispanos para los idiomas nativos de América (la suma de arbitrariedades es enorme y divertida: “malitzin” lo cambiaron por “Malinche”, y de calificativo para Cortés lo cambiaron a sustantivo para la hembra [guía de turistas, le dijo Novo]; mucho tiempo le dijeron Guatimozin a Cuauhtémoc, y su significado de “Águila que Ataca” lo entendieron como “águila que cae”, y muchos más que los deshonran y a la vez los califican). Durante muchos años la ciudad de México llegaba más o menos de la actual calle Regina (y eso por la cercanía del Convento de las madres Jerónimas) a Peralvillo (y eso por la cercanía de Tlatelolco, rival comercial y socio guerrero a la fuerza de Tenochtitlan), y de actual la Merced a más o menos la Alameda). Se tardó mucho en crecer, y la colonia Industrial albergó desde el principio a gente de un nivel socioeconómico un poco mayor al de colonias vecinas, como la Vallejo y la Peralvillo, al norte, pero de menor poder adquisitivo de los que fundaron las también vecinas Estrella y, sobre todo, Lindavista.
            Así como se le denomina Polanco a una serie de colonias vecinas, como Chapltepec Morales, Chapultepec Polanco, Los Morales, Palmitas, Polanco Reforma, Bosques de Chapultepec, Los Morales sección Palmas, Los Morales sección Alameda, así en la zona del Norte le decíamos Industrial a colonias con otra denominación: Tepeyac Insurgentes, Guadalupe Insurgentes, aunque las vecinas Estrella, Guadalupe Tepeyac y Aragón están separadas tan sólo por la Calzada de Guadalupe; pero como la Roma y la Doctores en Las batallas en el desierto, esa frontera significa mucho en términos sociológicos: en la Aragón vivían dos compañeros de la secundaria, Castro y Tena (omito sus nombres, aunque los recuerdo) que vivían en vecindades como en la que vive, según la describe Pacheco, sucia, con un solo excusado comunitario y al que entraba cada quien con su papel higiénico; en esas familias, los padres eran amables y generosos, y uno no entendía cómo iban a la escuela tan aseados, si carecían de baño; la madre de uno de ellos me contó, mientras su hijo se preparaba para un trabajo que debíamos hacer, que no obstante su pobreza eran decentes, y que ya le había advertido que el día que llevara una muchacha a esa casa, era porque la iba a hacer su esposa, aunque apenas éramos quinceañeros.
            No tan vecinas, pero cercanas, estaban otras colonias famosas por su violencia: Martín Carrera, que daba su nombre a otras igualmente temibles pero de nombre menos famoso, como la Villada, Estanzuela, 15 de Agosto, La Dinamita, Triunfo de la República.
            No tan lejos quedan la un poco menos esplendorosa Tres Estrellas, continuación de la Estrella, y un poco más pobre, Inguarán, y las más famosas Gabriel Hernández, la Gertrudis Sánchez y la Bondojito.
            Tuve amigas que vivían en los extremos: Patricia Valero en la Lindavista (aunque ahora me entero que no, que esa sección se llama Churubusco Tepeyac), y Alicia Solís, casi al final de la Tres Estrellas (un par de años después conocí a Mónica, que vivía en Inguarán, separada de las Tres Estrellas por una sola calle, Inguarán, que es continuación de Congreso de la Unión).
            Mi familia materna fue fundadora de la Industrial; llegaron en 1930 a la calle de Escuela Industrial, llamada así en honor de las escuelas creadas por Vasconcelos para que las mujeres aprendieran actividades y materias más allá de coser, cocer, tejer, tocar el piano (las ricas) y ruborizarse ante los embates masculinos (lo que Nahúm llama "el papel histórico de las mujeres"), es decir, mecanografía, contabilidad elemental, modista.
Nací en Vallejo, pero en una debacle financiera debimos trasladarnos  unos meses, tal vez dos o tres años, no recuerdo cuántos, en la casa de mis abuelos maternos, Escuela Industrial 27, una parte encerrada entre la calle de Éuzkaro, que acaban de convertir en eje vial, y la Fundación Mier y Pesado, que era internado y que abarca una manzanota desde Río Blanco hasta Necaxa; en esa calle vivía una sirvienta, Candelaria, empleada del doctor Aparicio, y que fue culpable de que no me guste la avena ni los huevos estrellados; enfrente vivía la señora Perrusquía, que tenía un puesto en el mercado en el que vendía calzado, y en abonos, ropa interior masculina; a uno de sus hijos un día le dio un patatús por comer demasiado; salió de su casa, dio dos pasos y se desmayó: mi entretenimiento a esa edad consistía en sentarme a las puertas de la casa en espera de que pasara no el ataúd de mis enemigos, sino una julia en que los llevaran presos; cuando vi la caída, entré corriendo a la casa (era un largo pasillo, y a la izquierda, las habitaciones; hasta el fondo, el comedor y la cocina) y grité a mi madre y a Mamá Consuelo: "El Gordo alzó las dos patas y se cayó"; tenía tres años y lo recuerdo como si fuera anteayer. Una muchacha, La Piri (por Pirinola), tenía enloquecidos a los que tenían ocho años más que yo, o sea a los amigos de mis tíos Pepe y Enrique (éste, fallecido hace unos meses); era muy bonita, parecía frágil pero era una gacela: andaba de pantalones, corría con más velocidad a pie y en patines, y jugaba a arrebatar el pañuelo de una bolsa trasera; nadie le ganaba. No se casó con nadie de la cuadra, y las esposas de mis vecinos, y una de mis tías, le siguen teniendo celos; en las piñatas, a las que temía, aprendí el significado de la palabra poste, y me imaginaba que cuando alguien incumplía una promesa lo colgaban de uno. En la esquina con Río Blanco había un expendio de pan, donde me guardaban diario una campechana, pero mi tía Bela tenía una panadería en La Lagunilla, y todas las noches nos llevaba una a mi hermana Ana y a mí; la Calzada de los Misterios era sólo la mitad de una calzada; la otra mitad la ocupaba la vía del Tren que iba de Buenavista a Veracruz; el tren de la tarde, cuando pasaba cerca, iba frenando, y del cabúz alguien tiraba unas cajas; suponían mis tíos (lo supe hace poco) que era contrabando. Un día el tren aventó a un ciclista impudente y cayó hasta la entrada de otra panadería, La Única (en la Estrella había otra grande, La Flor); quedó rengo, y cada vez que lo veíamos lo señalábamos como “ahi va el del tren”; en la esquina con Éuzkaro y Misterios había una casa que, fuera, construyeron un depósito para que los perros callejeros fueran a beber agua; a unos pasos, una casa tenía un pequeño jardín; lo que causaba nuestra envidia es que tenía un columpio y una resbaladilla; allí vivían mi amigo Rolando y su primo Manuel, a los que no he visto desde finales de 1955; había otra calle muy pequeña, entre Éuzkaro y Fortuna: Fortaleza, donde vivía Humberto Huerta, quien me inició en los secretos del futbol, e intentó que aprendiera a jugar; cuando estábamos en sexto se mudó a esa calle Jesús Desachy, hermano de José Luis, que muy pocos años después fue estrella del Atlante (un fino mediocampista), luego del San Luis Potosí y después del Veracruz. La calle iba de Misterios a Guadalupe. En Escuela Industrial vivía la familia de Tato y de Roy; éste, audaz como él solo, pero lo vencí cuando estuvimos en la secundaria 12; también vivía la familia Ibarrola; el menor de los hombres fue mi jefe de redacción en El Financiero, pero mis tíos no los recuerdan, ni mi madre; suponen que porque eran de los pobres de la calle; frente a la casa vivía Chela, que toda la vida estuvo enamorada de mi tío Ignacio, quien jugó baraja en su casa todos los días, desde entonces hasta poco antes de morir, hace unos pocos años. El padre de Chela era militar, compañero de Cárdenas, y sólo por esa amistad se salvó de ir a la cárcel, acusado de apropiarse lana durante la construcción de la colonia Lindavista (eso decían las consejas, que oí muchos años más tarde). El deporte favorito era el tochito, nadie jugaba soccer, y todos tenían novias en la colonia, que llegaba hasta Insurgentes, o cuando mucho en la Estrella, colonia vecina. Mi tío Pepe se ganó sus primeros centavos arrastrando el carro donde una señora que llevaba pancita al mercado Ramón Corona, que en los años sesenta fue remodelado; por esa época iba todos los domingos a comprar tamales encuerados  y gorditas de frijoles; pero cuando remodelaron el mercado, la señora que los hacía dejó de ir; en cambio, su lugar lo ocupó, clandestinamente, la señora Lupita, que hacía unos sopes deliciosos, pero no la querían porque no tenía un puesto fijo; fui su primer cliente; su hija menor era de brazos, pero todavía se acuerda que yo era cliente fijo; cuando reinauguraron el mercado le dieron un buen puesto, junto al de don Carlos, que vendía unas carnitas michocanas deliciosas; cuando murió, la hija mayor de doña Lupita compró el puesto y ahora hace quesadillas; cada dos meses, más o menos, vamos los domingos y desayunamos sopes, Lourdes a veces un pambazo, y traemos para comer, aunque recalentados se deshidratan un poco. La hija menor me dijo hace poco que doña Lupita falleció hace un par de años, pero que ella y su hermana, cuando se acuerdan de ella, me mandan bendiciones porque fui ese primer cliente que les dio suerte y no he dejado de serlo.
Mi tío Ignacio era maestro, y porque daba clases en la escuela primaria M-521 (era tan pobre que ni nombre tenía; hasta que estaba en tercero, y falleció el director, se le puso su nombre: Teodoro Montiel López), pasé allí luego de estar en el kínder con las maestras Olga (“mira a Lalo con las botas al revés”, se burlaba, sin saber que sufro de pie plano y baro) y Angelina, en el 18 de Marzo, que está en un fragmento pequeño del Parque Deportivo18 de Marzo, donde jugué futbol, beisbol, frontón, y enfrente de una fotografía que en sus escaparates lucía una fotografía de Sonia, de la que estuvo enamorado muchos años mi amigo Carlos (omito sus apellidos), cuya ambición consistía en que le prestaran un auto, que alguien lo condujera, y una noche él robarse esa fotografía.
            Entré a la M-521; quiso la mala suerte que ya supiera leer, y que mi tío, que daba clases a los de quinto año, me mandara llamar, y en la puerta del salón, me pedía que leyera lo que estaba en el pizarrón; los alumnos, humillados, se vengaron al año siguiente porque mi tío se cambió de escuela y de turno pues en las mañanas ingresaría a la Facultad de Derecho; mientras nos asignaban nuevo maestro, los de sexto nos cuidaban y me hicieron la vida miserable, tanto que durante una semana me negué a asistir a clases, hasta que nombraron a la maestra Clemencia, no tan buena gente como la maestra Juanita, de primero, sin ninguna clemencia, pero excelente maestra; nos dio clases también en tercero; usábamos casquete corto, porque nos castigaba tirándonos de las patillas, un tirón por error cometido. Conservo fotografías de ambas maestras. Por hoy, hasta aquí de los recuerdos desatados por Marco Antonio Pulido, quien conoció esa entonces muy hermosa colonia Industrial cuando se iba de pinta cuando estaba en secundaria, a bordo de una de las líneas de camiones que conectaban la zona, con el centro: La Villa-Clasa; Fundidora de Monterrey-San Bartolo (que entonces eran llanos), Estrella-La Villa, Tres Estrellas-Casas Alemán, Pradera; La Villa-SCOP (que llegaba hasta Ciudad Universitaria) y Tacuba-La Villa, o Tacuba-Tacubaya, que como se formaba al final de los camiones que salían atrás de la Basílica, le decían El Postergado (también era posible llegar en tranvía La Villa-Huipulco, La Villa-Tlalpan; La Villa-Zócalo, Tacubaya-La Villa; o el Trolebús que iba por Insurgentes, pero Insurgentes era entonces carretera peligrosa. Me falta el período 1965-1973.

En el segundo volumen de Los narradores ante el público están, entre los primeros, Rubén Marín, al que no conocí, José Revueltas, al que traté poco y a quien vi por última vez el día del pinochetazo, Edmundo Valadés y Armando Ayala Anguiano; los dos últimos fueron mis jefes.

A Valadés me lo presentó Héctor Dávalos, porque comenzaría una de las páginas pioneras del periodismo cultural, antes limitado a los periódicos oficiales, y a los suplementos culturales. Don Edmundo, quien dirigía la página editorial de Novedades, publicaba los martes media página, primero, y luego una completa, con cables que guardaba durante la semana, uno que otro chisme, una columna breve pero muy picante, y con reseñas mías, de media cuartilla, y algún rumor del que me enteraba; me pagaba de su cartera una cantidad pequeña pero importante para mí, en una época floja porque el suplemento que dirigió Alejandro Henestrosa fue rechazado por los dueños de Ovaciones, supongo que por lo desmadrosos que éramos él, Roberto Fernández Iglesias, Sotero Garciarreyes, Ricardo Zarak y yo; de vez en cuando Armando Ramírez, el hijo del Negro Ramírez, una de las glorias del boxeo tepiteño. La seria era Lourdes.
            Con Valadés el trabajo fue muy serio, me daba libros que no me permitía regresarle a menos que llevaran dedicatoria, y platicábamos hasta que tenía que ponerse a redactar el editorial del día; en su conferencia dice una frase que pesa demasiado en ni ánimo: “Le fui infiel a la literatura. Lo he pagado caro”. Escribió poco, publicó menos; el primero de sus libros es uno de los clásicos de la narrativa mexicana, pero uno de sus cuentos posteriores, “Rock”, es magistral, aunque Víctor Roura lo atacó sin piedad, y sin razón. No tengo ninguna de sus ediciones privadas, sólo sus libros comerciales; esa parquedad sirvió para que le hiciera un chiste soso, ni siquiera soez; sus pláticas fueron inolvidables, inteligentes, y nunca me hizo sentir que le quitaba el tiempo. Fue generoso no sólo en el trabajo, pues me aplicó adjetivos de los que me enorgullezco, y divulgó la opinión de Emilio Uranga, para quien él, yo era uno de los mejores (“el mejor”, me dijo en persona, cuando don  Edmundo nos presentó) críticos de libros, y lo puso en letras de imprenta.
            Cuando Valadés se jubiló, supongo, de Novedades, se cambió a Excélsior, ya no de Scherer, y extendió la página semanal a la página diaria, ya exento de otras tareas; aunque me invitó a colaborar, lo hice sólo en dos ocasiones, pero publicó una reseña de mi segunda novela, Tú, por ejemplo, dos veces, porque en la primera, aunque el reseñista me decía heredero de Proust y Dostoievsky, puso majaderías que nada tenían que ver con el libro; supongo que la incluyeron algunos malquerientes en un día de descanso, porque en menos de una semana la repitió, ya sin las palabras soeces (lo que es el destino: ese güey luego fue a pedirme chamba en La Onda).
            Dejé de ver a don Edmundo, aunque cuando nos topábamos fue igual de cariñoso y amistoso como antes; a él le debí mi regreso a La Onda, que había dejado para irme a Viva.
            A Valadés le gustaban las mujeres, lo que no se refleja ni en el periodismo ni en sus cuentos, pero sí en la vida real: fue generoso corrector de malas escritoras, sólo porque eran guapas; de trato fino, sin brusquedades, Valadés se hacía notar en donde estuviera. Y pocos lo saben, pero mucho del buen cine mexicano de los años cincuenta se debe a su pluma y a la de su tocayo y amigo Edmundo Báez. Pero sobre todo, el periodismo inteligente, que calificaba sin adjetivar, y daba orientación a la opinión sobre los hechos significativos del México de los años cincuenta a ochenta, sería digno de rescatar por muchos de los que ayudó en sus inicios en el periodismo. No hay que olvidar que a él se deben dos adjetivos que le adjudicamos a otros: el echeverriato y la docena trágica (1970-1982).
            No correspondí como debiera a la generosidad de Edmundo Valadés; lo consideré jefe y consejero, cuando él se empeñó en ser amigo; sólo que nunca me sentí (ni estuve, como muchos no estuvieron) a su altura. Pero aprecio no me faltó.

Hace unos días falleció Armando Ayala Anguiano; lo conocí en sus oficinas de Contenido, en el cuarto piso de Novedades, cuando La Onda estaba en el tercero, y luego en el sexto, en las oficinas de Morelos, no en las de Balderas (a propósito, en algunas de mis pesadillas, me pierdo en el laberinto que había entre esos dos edificios; las noches de guardia, cuando cerraban la entrada de Morelos, cruzábamos por las oficinas de contabilidad, atravesábamos talleres, y llegábamos a donde estaba fotomecánica, donde con frecuencia empastelaban los pies de las fotografías, o ponían éstas en lugares equivocados; en esas pesadillas, me pierdo y me quedo encerrado en los elevadores, tan terribles que Gabriel Careaga prefería subir por las escaleras los seis pisos que sufrir el pavor de que lo agarrara dentro un temblor, como los que se sufrieron durante unos tres o cuatro meses seguidos a principios de 1979).
            Me invitaba un cigarro en sus oficinas, donde se sentaba despatarrado, sin importarle la etiqueta. Su historia es muy misteriosa; Víctor Díaz Arciniegas me enseñó unas cartas en las que Fernando Benítez habla del proyecto, sugerido por su amigo y protector Fernando Canales, para hacer una revista mensual semejante a Selecciones. Pero por esos días Benítez publicó en Novedades una lista de sacadólares, entre los que estaban dirigentes del diario (la versión es de Ayala Anguiano); Benítez tuvo que emigrar con el suplemento a la revista Siempre!; con él se fueron sus colaboradores; dos fotografías muestran al grupo; al extremo derecho se encuentra Ayala Anguiano; pero la segunda, la más difundida, muestra sólo la espalda de don Armando; “ésa es la prueba de que me ningunearon”, me dijo en una ocasión, en la que me relató que Benítez tenía dos preferidos: Fuentes y él. Ambos publicaron su primera novela con meses de diferencia; la de Ayala Anguiano, Las ganas de creer era de gran audacia para su tiempo, tanto estructural como de lenguaje; en su segunda novela, El paso de la nada, hay una frase que supera casi cualquiera aun de las novelas más atrevidas: “lo nuestro fue lujuria a primera vista”. Unos cuantos días no tiene las innovaciones de las primeras, a cambio de un ritmo narrativo impresionante. Pese a sus cualidades, fueron apenas comentados sus libros; él lo adjudicaba sino a un complot, cuando menos a un menosprecio, por la deferencia de Benítez; en el nuevo suplemento lo publicaron poco; a cambio, Benítez le dejó la revista que le ofrecía Canales: fundó Contenido y la dirigió hasta que su salud se quebrantó; de la eficacia, una muestra: a principios de los años noventa integraban el plantel de editores y reporteros cinco periodistas que, cuatro o cinco años después, eran altos mandos de diferentes revistas, periódicos y suplementos culturales.
            Cuando renuncié al FCE, sin que cumplieran sus promesas de chamba algunos a los que después les fue muy mal (prueba de que “algunas veces viene el diablo y se pone de mi parte”), me encontré con Ayala Anguiano muy cerca de mi casa; me dio su dirección, y dos días después me llamó y me ofreció trabajo en la revista; aunque tenía oferta de irme al frustrado proyecto de Benítez, El Independiente (mejor conocido como El Inexistente), por invitación de Juan Villoro, acepté.
            La oferta era para que me hiciera cargo de los libros que iba a publicar, pero también de la corrección de la revista, primero al lado de Rebeca Bolock (a quien Batis le decía “Block”), luego, Marxa de la Rosa, y después invité a Guillermo Anaya, quien sigue en la revista. Desde luego, me hice cargo de los libros; algunos, de Gabriel Zaid, de las novelas de Ayala Anguiano, y de sus libros de historia; hace unos días Genoveva Caballero aseguró que Juárez no tiene erratas; espero que haya aunque sea una, porque no puede haber libros perfectos en ese aspecto. Editamos libros condensados, como la historia de los césares, las memorias de Concha Lombardo de Miramón, Los bandidos de Río Frío, y otros.
            Nunca demostró la deferencia que, fuera de las oficinas, hacía muy evidente: me invitaba a visitar librerías (una vez, tuvimos que esperar a que terminara su puro, del que no se desprendía, para ver la librería de Liverpool), a caminar por los alrededores de la revista; un par de veces, a comer sin que permitiera que uno, en correspondencia, pagara alguna vez; de su calidad de reportero me llamó la atención José Emilio Pacheco: fue el primero en hablar de la contaminación en México, y la causada por el detergente que suplió al jabón de pastilla (dato que viene también en Las batallas en el desierto). Alguna vez le mostré el libro que, sobre Agustín Lara, publicó Domés; de inmediato hizo trámites para reeditarlo; hasta Carlos Monsiváis entregó a tiempo, y en persona; José Antonio Arcaraz actualizó su texto, y tuvo la gentileza de dedicármelo como correspondencia a una reseña que él dijo que era de las mejores que había leído en toda su experiencia de lector.
            Ante esas muestras, Ayala Anguiano se mostraba satisfecho, complacido, nunca rencoroso aunque muchos lo consideraron así. Conmigo fue más amigo que jefe, porque nunca le gustó el desmadre que echábamos en la sede de la revista con Héctor de Mauleón, José Antonio Oseguera, Óscar Alarcón, Genoveva, Fabiola, Adriana, Enrique Nieto, con mi amiga Elsa Rodríguez; en una ocasión cometimos sólo tres erratas en toda la revista; no nos felicitó él, sino a través de Luis González O’Donnell; pero al siguiente, donde dejamos escapar doce, nos regañó en persona, y despidió a uno de los responsables; a mí me eximió de la falla porque tenía una lesión en los ojos, y uno de ellos lo traje parchado.
            No ignoraba las bromas que hacíamos sobre él, pero se desquitaba. A veces era incómodo porque, decían, afirmaba que si la realidad no era como él decía, la realidad estaba equivocada; no sabíamos qué decir cuando afirmaba, enfático, que con un reportaje para el siguiente número provocaría la caída de Fidel Castro. Sin embargo, cuando acepté una invitación de Humberto Musacchio para mudarme a El Financiero, me costó renunciar; fue muy generoso, pues el finiquito fue tan sustancial como una liquidación; me ofreció cartas de recomendación, y la seguridad de que las puertas de Contenido estarían siempre abiertas para mí; y en efecto, conservé su amistad, y la de muchos a quienes conocí en la revista. A su muerte me queda la sensación de que nos faltó una plática.

Acabo de conseguir un diccionario de siglas y abreviaturas; aunque es español, consigna Conasupo (Compañía Nacional de Subsistencias Populares); consigna INBA (Instituto Nacional de Bellas Artes) pero no INAH (Instituto Nacional de Antropología e Historia), ni IMSS (Importa Madres Su Salud) ni ISSSTE (Inútil Solicitar Servicios, Sólo Tramitamos Entierros).


¿Poniatowska le dedicará su premio a Miguel Capistrán y a Jorge Luis Borges?

miércoles, 6 de noviembre de 2013

Ética, en la música y el deporte; más narradores

Entre las características que buscábamos en los músicos a los que se les admiraba, además de sus canciones, era su actitud: su postura contra la guerra: los Beatles, los Byrds, Bob Dylan, Joan Baez, Country Joe; contra lo convencional (Elvis, The Who, Joni Mitchell, Rolling Stones, The Mamas & the Papas, Joe Cocker), contra los amores convencionales (Roy Orbison, The Kinks, Marianne Faithfull); en fin.
                Los números más recientes de las revistas musicales anuncian ediciones conmemorativas de discos tenidos como magistrales: un cuádruple de Van Morrison y su Moondance, que sólo trae muchísimas versiones alternas, demos y tomas extra o sin mezclas de las mismas canciones; un álbum de seis discos de Beach Boys que comprenden más de 170 canciones, cuando las últimas 120 son variaciones de lo mismo; oootra edición conmemorativa de Quadrophenia, con agregados inútiles a las que ya habían aparecido; un álbum, al parecer más que aceptable (no me he atrevido a comprarlo) de uno de los menos buenos discos de Bob Dylan; una edición conmemorativa de los 13 discos más dos extra en DVD de Paul Simon como solista, más un libro con fotografías y memorabilia; una edición nueva de los Tracks de Bruce Springsteen, igual  a la que apareció hace algunos años sólo que con un nuevo libro casi igualito al de entonces; está por salir un segundo álbum de las apariciones de los Beatles en una estación radiofónica, seguramente doble, sindudamente con versiones en vivo de las canciones conocidas; hay cuatro ediciones de Some Girls, de Rolling Stones, cada una diferente por dos o tres canciones de más o de menos. También apareció una versión más de los discos pirata de Dylan, legitimizados.
                En una versión de una de sus canciones más bellas, “The Boxer”, que cantaba en vivo, y que cantó también en vivo con Garfunkel, Paul Simon dice que “a lo largo de los años y luego de muchos y muchos cambios, seguimos siendo más o menos los mismos”. La actitud tan comercial, en busca de un mercado que han perdido frente a cantantes sindudamente menos buenos que ellos, ha violado una ética que nosotros creíamos que tenían, porque ellos lo proclamaron.
                En El Financiero, hicimos una serie de reportajes que titulamos “Las manitas arriba”; entrevistamos a muchos deportistas, en especial futbolistas, que suelen cometer faltas y aunque todo el espectador lo ve, en vivo o por transmisiones televisivas, pretenden hacer creer que no las cometieron: “yo no fui”, y las manitas arriba como para engañar al árbitro y a sus compañeros y a sus contrincantes; la mayoría confesó que era una práctica muy difundida, y que ellos también lo hacían; reconocieron que fingían haber sufrido una falta para no hacer evidente que los habían superado en una jugada, que simulaban no haber fauleado a un contrincante; en suma, que eran unos farsantes. Por algunas cuantas semanas sucedió algo alentador: si cometían una falta, lo reconocían y dejaban de levantar las manitas como diciendo “yo no fui”.
                Por aquel entonces, Náncy González y Refugio Melchor entrevistaron a un buen número de jugadores y se recordó el reproche que hicieron en 1962 los locutores que trasmitieron el partido entre las selecciones mexicana y española en aquel torneo en Chile que se pretendía mundial: ¿por qué Raúl Cárdenas no había cometido una falta contra Gento, por qué no lo había hecho trastabillar, para evitar el gol con que en el último momento los jugadores españoles vencieron a los jugadores mexicanos? Y el resto de su carrera, unos cuantos juegos pues se retiró pronto, o como entrenador, se le reprochó haber sido limpio, honrado, no haber cometido una trampa para que su equipo ganara.
                El juego entre Cincinnati y Miami en el futbol americano del jueves 30 de octubre, a punto de que terminara el cuarto tiempo, el mariscal de Miami lanzó un pase larguísimo, que parecía que atraparía su receptor, que ya había vencido al defensivo por tres o cuatro yardas; de completarlo, difícilmente no conseguiría la anotación del triunfo; el defensivo, como último recurso, lo tropezó; los árbitros marcaron la falta, pero el defensivo logró su objetivo; evitó la anotación; los partidarios de su equipo, y sus compañeros, lo felicitaron (minutos después Miami consiguió que Cincinnati cometiera una autoanotación: a veces hay justicia poética), sin darse cuenta que felicitaban a un malhechor, un tramposo, un transgresor de las reglas que pretenden una equidad entre los equipos, y un juego limpio. (Y no sólo en el deporte, el ar te, la política, hay delincuencia.)
                La vida es cruel, dice Nahúm, en la música y en el deporte; desde luego, en todos los demás aspectos: no siempre somos quién decimos que somos.

Nada tiene que ver, pero hay mejores locutores en el deporte actual que antes; no es que intente romper la leyenda de Pedro Septién, González Escopeta, Daniel Cadena Zeta, Ángel Fernández, Víctor Serrato, pero Eduardo Varela, Ernesto Juárez, Carolina Guillén, que sabe mucho de tenis y de futbol americano, John Sutclife, saben harto de deportes y son imparciales, divertidos, informados, y a veces más entretenidos que los mismos deportistas. Ya sólo tienen que aprender a hablar (“primer derrota”, suelen decir, y a veces se contagian del pornográfico “perdió el invicto” en vez de “perdió lo invicto”). Hay que agregar a Georgina González, divertidísima. ¿Algún día habrá alguien equiparable en la narración del futbol?

Entre los escritores que participaron en la primera serie de Los Narradores ante el Público, he tratado algunas veces a José de la Colina; lo abordé luego de una mesa redonda, le pedí una entrevista, y cuando llegué a su casa olvidé todas las preguntas que me hubiera gustado hacerle. En alguna de mis visitas a García Ponce, Juan me invitó a que leyera en voz alta algo de lo que había escrito, y que le dejara lo que llevaba de mi primera novela; de ésta, dijo que había demasiados neologismos y descuidaba la aparición de algunos personajes, pero no la descalificó; del cuento que leí, me dijo: “es muy pepecolinesco”; nunca pude escribir de otra manera; los pocos cuentos que publiqué, otros que deseché, y Una ola que se estrella contra las rocas, parecerían suyas si estuvieran mejor escritas; desde que leí “La lucha con la pantera” caí bajo su influencia, me pareció, y me sigue pareciendo, el mejor cuento que había leído; luego de muchas relecturas revaloré otros relatos, como “Dancing in the Park”, “Ven, caballo gris”, “La tumba india”; a veces sueño con “La lucha con la pantera”. Admiraba sus notas sobre cine, y las sigo añorando; con frecuencia releo algunas, como la que dedicó a El Dorado, como ejemplo de la pasión cinematográfica. Con frecuencia, aunque no con la debería, visito su blog, y suelo estar de acuerdo con sus puntos de vista, aprendo –aún puedo aprender— de su inmensa, variada y divertida cultura, comparto su gusto por algunas actrices.
                Lo traté un poco cuando, como editor de las ediciones de la Universidad Veracruzana, me tocó publicar La tumba india, una fusión de dos de sus tres primeros libros de relatos; con casi todos los autores fui bronco, a veces tosco, al señalar detalles que, de tener su aprobación para corregirlos, mejorarían sus libros, según yo; ante él estuve cohibido, apenas le señalé alguna mosca, y admití los cambios que quiso hacerle; la solapa del tomo (me encargué esos cuatro años de esa labor, además de corregir las pruebas), fue la que más me gustó, y a él le satisfizo tanto que creyó que la había escrito Sergio Galindo. Me invitó a colaborar en el suplemento El Semanario, de Novedades que dirigía; lo hice varias semanas, hasta que una nota impertinente contra un libro de José Luis González provocó la molestia de éste (al releer el libro sigo estando de acuerdo con lo que dije, pero debería haberlo hecho en otro tono). Con frecuencia me regaña por algún dato equivocado en este blog, por alguna errata, por alguna falta de ortografía de la que todavía me ruborizo; sólo he tenido desencuentros con él, que pese a todo es amable; compartimos algunas tardes en Xalapa; Ana Mónica Galindo pidió que le sugiriera unas mesas redondas, y una fue “Los clásicos, desde jóvenes”; la aceptó y me pidió que participara como moderador; por desgracia no todos llegaron, y sólo estuve con De la Colina y con Emilio Carballido; aproveché  para hacer patente mi admiración por ellos. Compartimos también el auto que nos trasladó del hotel a la sede de la Feria del Libro, y le hice una trampa: cuando quedó sentado en medio de su esposa, y de Lourdes, dijo una cita obligada: “nunca fuera caballero de damas tan bien servido”, a lo que le dije que eso decía Pedro Armendáriz en El charro y la dama. “Es del Quijote”, me reclamó. Ya después le escribí para aclararle que sí, pero que Cervantes lo tomó de Sir Lancerote, y que eso no quitaba que también lo dijera Armendáriz. Sus reclamos son deliciosos y divertidos.
                A Carlos Monsiváis lo conocí en Tlatelolco, en octubre de 1967; cuando vio que lo reconocí, se detuvo y platicó unos momentos conmigo, aunque Fernando Benítez lo presionaba: iban retrasados, obviamente, a casa de La China Mendoza; me dio su teléfono y después quedamos de platicar en algún café de la Zona Rosa, cita a la que no llegó. Fui afortunado: llegó, aunque sólo la mitad de las veces en que quedamos de platicar. Me distinguió con un trato amable; cuando su polémica con Octavio Paz me llamaba todos los lunes para preguntarme qué me habían parecido sus respuestas a Paz, o qué pensaba de lo que se contestaban. Tengo la mayor parte de sus libros con unas dedicatorias que su exotismo, o sus elogios, me obligan a presumirlos. Aunque era adolescente, ya lo leía,  y le debo muchas lecturas, una visión social de la literatura, y el gusto compartido por el cine (con otros muchos), pero también por la televisión.  Me pedía que lo esperara a que terminaran sus labores en La Cultura en México para después platicar. Me llamaba para comentar mis notas, a veces para regañarme, otras para decir que le habían gustado. Al final de las muchas conferencias que daba, nos llamaba a Paco Alvarado y a mí “jóvenes inquietos”; otro día, que coincidimos con Carlos Fuentes en Siempre!, y lo entrevistó Margarita García Flores (después, muy amiga mía); en la entrada de la nota se describe el ambiente del suplemento, y se menciona a los miembros más jóvenes de la Mafia, Paco Alvarado y yo. Según Margarita, fue agregado de Carlos; ella no la había advertido.
                Pero también le debo muchos prejuicios que me ha costado deshacer: por su responsabilidad me tardé en leer, y apreciar, a Nervo; aunque compartí el prejuicio con mi generación, y con casi todas las generaciones entre la muerte de Nervo y ahora; leo hoy a un Nervo diferente, no cierro piadosos los ojos, y encuentro a un poeta audaz, atrevido, lleno de búsquedas, fino, inteligente, no el cursi que Monsiváis no inventó, pero al que descalificó desde aquel famoso “Inagadadavida, nada me debes, Inagadadavida, estamos en Paz”, hasta Yo te bendigo, vida, la biografía en que no aparece el poeta sino el personaje, y mal abordado, visto con lejanía y prejuicios, y hasta con resquemor.
                También me tardé en apreciar a Jaime Torres Bodet, al que creí aburrido, y no al poeta perfecto que no busca emocionar ni conmover, sólo describir su vida, sus sentimientos, una visión del mundo bastante atribulada; me había perdido a un magnífico narrador que hizo propuestas a la literatura que ni su generación ni las posteriores, excepto unos cuantos, supieron apreciar; nuevos lectores han encontrado esa magnificencia, han visto esas virtudes, ese ingenio al describir personajes inéditos en nuestras letras, una manera irónica, burlona, crítica, de mostrar la sociedad, crítica que sigue siendo actual; por creerle a Carlos, me había perdido a un hombre que, en sus memorias, presagiaba el mundo casi tal cual ahora padecemos, y a un ensayista que descubrió cualidades en escritores y pensadores que nadie había visto.
                Una disidencia por uno de los libros de Carlos me costó caro: dije, y sigo creyendo, que La estatua de sal no es el mejor libro de Novo; no es superior, ni siquiera equiparable a su excelente poesía, a las crónicas, los ensayos de Salvador Novo, como afirmó Monsiváis que eran. A partir de allí curiosamente mi nombre desapareció de ciertas publicaciones, fue vetado en otros lados, y dejé de recibir los libros de Carlos, o me llegaban sin dedicatorias. Un sábado me lo topé en una librería de Donceles; me saludó, me pidió que recorriéramos las librerías que no había visto ese día (los empleados corrían a tomar cualquier libro suyo para que se los firmara; antes, en un Vips, en un Wings, me pedía que nos sentáramos junto a las ventanas: “No, Carlos, tú quieres que te reconozcan”; de cualquier modo, lo asediaban en cafés, bares, calles, salas de conciertos. Pocas veces un escritor ha sido tan perseguido por forofos, la mayoría sin haberlo leído); platicamos sin rispidez, pero ya sin la calidez amistosa que me ofreció desde 1968 hasta casi 2000. María José nació, como él, un 4 de mayo; “tocaya”, siempre le dijo (“Niña, pobrecita”, dijo la mamá de Carlos cuando se enteró de su nacimiento) y fue de las muy pocas mujeres a las que saludó de beso, misógino como fue sin desmentirlo. Sus libros, muy frecuentes, volvieron a llegarme, pocos con dedicatoria. Me incluyó entre los mencionables en su antología de cuentos, e iba a incluirme en su antología de la crítica en México, proyecto que, como muchísimos otros, dejó trunco.


El último del volumen es José Emilio Pacheco. Han sido tantas sus atenciones, su amistad extendida por toda su familia hacia la mía; el mucho tiempo que me ha dedicado aunque siempre lo interrumpo cuando tiene tanto trabajo; me ha dado tanto en sus libros, me ha enseñado tanto del país, de la sociedad a la que pertenecemos; me ha descubierto tantas cosas de la historia, del presente, de la literatura, de la música, de mí mismo, que debería escribir decenas de páginas; desde que lo conocí, a principios de 1969 cuando su vecino y maestro mío Víctor Manuel Ruiz Carmona me lo presentó en su casa, no ha sido más que generosidad lo que he encontrado en su trato, en su amistad. Me hizo sentir importante un día que me llamó para decirme que seguramente por una nota mía sobre la poesía de Manuel Maples Arce, la había encontrado floja, mala. Sólo puedo decir, sin violar su vida privada, que durante los once meses en que María José estuvo en tratamiento médico, no dejó de llamar para enterarse cómo iba ese tratamiento; cuando por fin la dieron de alta, antes que a las familias, le avisamos primero a Sergio Galindo y a José Emilio de los resultados, y algún día Diego va a editar algo suyo. Cualquier otra cosa que diga sale sobrando, sólo que me enorgullezco de su amistad, su humor, sus atenciones. Además, de sus libros.