viernes, 7 de mayo de 2010

Las apariencias engañan

…Y ni creo en la poesía autobiográfica
ni me conviene hacerte propaganda.
Gabriel Zaid
“Alabando su manera de hacerlo”


Arturo Federico Valdez Olmedo, conocido entre los cuates como Sarro, me pregunta cómo evitar que el lector, el escucha, el espectador, confunda al personaje con el autor de las obras que protagoniza; hace algunos años, en mi última plática cordial con Manuel Puig, me decía que le hubiera gustado ser un escritor francés de mediados del siglo XIX, cuando ningún lector le hubiera reclamado que creara un personaje; además, no se le ocurriera identificarlo con él; lo que escribo está en mi contra, los lectores creen que lo que escribo es lo que me pasa, que yo soy todos mis personajes, me decía.
Arturo Federico lo cuestiona al respecto de lo que afirmo de Lennon: ¿es “Jealous Guy” o “Woman”?; ¿es “Run for your Life” o “Woman is the Nigger of the World”?; ¿es “Day Tripper” o “Every Little Thing”? ¿”Help!” o “I Feel Fine”?
Quienes admiran a algunos actores de mediados del siglo XX sufren cuando intentan justificar los papeles que interpretaron en el cine (o el teatro o la televisión); ¿cómo explicar la frase de Jorge Negrete “porque cuando una mujer nos traiciona, la perdonamos y en paz, al fin y al cabo es mujer”? Tienen mayores problemas al querer perpetuar las cualidades histriónicas de Pedro Infante hacia la vida real, y decir que era feminista, pero que los papeles que le daban…
Negrete e Infante hicieron lo posible por no contradecir su fama en la pantalla, y no sólo tuvieron relaciones más o menos serias con cuando menos tres mujeres cada uno, aunque con una complicación legal: Negrete casó nada más con una de ellas, a la que menos quiso; Infante casó con las tres, pero al mismo tiempo; las “day tripper” de ambos fueron numerosísimas; en tono de admiración se afirma que no hubo compañera de reparto ni del equipo de filmación que no confirmara sus dotes amatorias.
Gente como Miguel Inclán, Carlos López Moctezuma, Arturo Martínez, Julio Villarreal, Alfonso Bedoya, que en la pantalla daban miedo, en la vida privada eran simpáticos, generosos; quienes tratan con luchadores se desconciertan porque ellos son las personas más divertidas y pacíficas; el Cavernario Galindo y el Murciélago Velásquez hacían que uno se sintiera incómodo ante tanta amabilidad.
Un caso extremo era Rafael Herrera, quien protagonizó algunas de las peleas más violentas de la historia del boxeo mexicano, pero al terminar el combate, sin adrenalina ninguna, con una calma que exasperaba a cronistas y aficionados, describía las técnicas, elogiaba al contrincante y se expresaba como un buen lector, sin muletillas, solecismos ni barbarismos; tengo un recuerdo vago de que un peleador de los años cincuenta, Mauro Vázquez, era considerado poco valiente porque guardaba la misma calma al terminar una pelea, y en una de ellas, luego de noquear a Ernesto Parra (¿o fue Ernesto Figueroa?), a quien dejó inconsciente varios minutos, no se bajó del ring ni se retiró del contrincante ni permitió que le levantaran la mano, sino hasta que el derrotado recobró el conocimiento y el doctor Bolaños Cacho lo declaró fuera de peligro.
Más cerca de la fama creada por su actividad pública, los futbolistas sólo saben hablar de futbol; hay sus excepciones, como Javier Aguirre, quien tiene prestigio de buen lector de literatura, pero de qué sirve tanta lectura si cometió una de las faltas más asombrosas y detestables de la historia del deporte mexicano; o Jorge Valdano, a quien reclaman que sea inteligente y frío (desapasionado, pero para los aficionados eso es un defecto).

Se sabe de actrices que se han negado a interpretar algún papel porque va en contra de sus normas de conducta; otras aprovecharon su fama para conseguir papeles que fortalecieran su prestigio social; el paso del tiempo las hizo respetables, aunque habían dejado recuerdos imborrables, como unos desnudos casi públicos encima de la mesa a la que convidaba comilonas a sus colegas; a una de ellas, quien en México era respetadísima, la balconeó Orson Welles al afirmar que nadie usaba ropa interior más exclusiva y elegante como ella, con la salvedad de que nunca se habían casado, condición indispensable para que uno se enterara de la clase de tarzaneras que usaban, y si lo hacían con elegancia. Al menos, por los años treinta.

A Dante, dice Pacheco en un poema tan contundente como breve, la gente lo apedreaba porque creían que, en efecto, había viajado al infierno; Gustav Flaubert tuvo que declarar que él era su personaje más célebre, ante el escándalo de los moralistas por una novela que habla de la libertad erótica de una mujer; claro que es interesante rastrear en cada personaje de cada autor qué rasgos heredó de su creador; en El pez en el agua Vargas Llosa asombró al lector al confesar que es Alberto y es El Esclavo, los personajes contradictorios, contrapuestos, de La ciudad y los perros; ¿pero son él, o él está en ellos, o mejor, los dos tienen rasgos suyos, pero no son él? Antes había confesado que perteneció a una pandilla que visitaba una casa mala pintada de verde; y el ambiente que retrata de las redacciones periodísticas en Conversación en la Catedral lo vivió como redactor él mismo. Pero eso no hace que sus novelas fueran hechas con vivencias suyas.
En su autobiografía, Sergio Pitol declara que no puede escribir nada que no conozca ni detallar un rostro que no haya visto, pero eso no significa que haya vivido los acontecimientos, ni que los rostros detallados sean suyos; pero Pitol es uno de los autores que no provocan en el lector la sensación morbosa de que está confesando cosas inconfesables; Conan Doyle creó al más célebre detective de la novela policial sin que él se dedicara a las deducciones, ni era violinista aficionado ni adicto a la morfina; casi ninguna de las novelas de Verne tienen sustento más que en la imaginación, pero posiblemente sean más autobiográficas que si las hubiera escrito con acontecimientos reales.
¿Qué tan suyas son las vivencias de Emily Dickinson o de Josefa Murillo, quienes nunca salieron de su ciudad, más o menos aislada? En sus obras de ficción, Alfonso Reyes no permite que se le identifique con sus personajes, pero hay algunos textos en que, sin duda, es el protagonista, aunque la anécdota sea, en parte, inverosímil; están reunidos en una pequeña sección, Los licenciosos.

Disociar al autor del personaje es difícil; estamos acostumbrados a la descarga autobiográfica; lo grave es que muchas veces no tienen nada que ver; John Wayne en sus mejores películas interpreta a un oficial de caballería que se opone a las matanzas de pieles rojas, los respeta y respeta sus leyes, o está a favor de las minorías desvalidas, aunque en lo personal simpatizaba más con los boinas verdes y con los invasores; pero en donde es más abierto, menos intolerante, está dirigido por John Ford y por Howard Hawks; el primero, sin embargo, decía que, en el cine, había matado a más indios que toda la caballería, pero, en la medida de sus posibilidades, impidió que los macarthistas persiguieran a muchos directores del cine estadounidense.
Más congruente con su imagen, Bogart hace (casi siempre) papeles de disidente del sistema y, excepto en El tesoro de la Sierra Madre, está fuera de la ley pero dentro de lo moral y de la ética. Podría decirse lo mismo de Robert de Niro, si últimamente no hubiera filmado algunas comedias muy poco adecuadas para calificar su ética y su talento.
Hay autores que parecen afirmar que lo que dicen es suyo, no de alguien más: las canciones de Bob Dylan semejan declaraciones personales, y lo mismo debe decirse de Paul Simon; pero en ellos no hay contradicciones tajantes como las hay en las canciones de Lennon, o en la de Beatles en general; éstas parecen dar voz a los demás; Sting narra sus vivencias, de cuando era asediado por sus alumnas y tenía que pedirles que no se le acercaran tanto.
Hay que dudar de la sinceridad de Woody Allen; en Manhattan Morder Mistery, el personaje interpretado por él se confiesa “famoso claustrofóbico”, en referencia a las acusaciones de pederastia incestuosa, en un pequeño y muy encerrado desván; y sus famosas frases sobre su ateísmo, su miedo a la muerte, las pone en labios de sus personajes en el cine o en sus obras teatrales, como para dar a entender que son vehículo para expresar sus ideas (esa situación la recalca en What’s new, Pussycats?; y así tan profundas como humorísticas que son, ¿tendrán el mismo peso autobiográfico sus referencias al autoerotismo (“practico mucho –hacer el amor– cuando estoy solo”; “con mi hobby no te metas”; el curso avanzado de masturbación, y muchas más ) o a su prolongada abstinencia (200 años sin hacer el amor, o más bien 204, si se cuenta su matrimonio, en Sleeper)? Son también confesiones en primera persona, de papeles interpretados por él.
Pocos personajes televisivos son tan simpáticos, alegres, tolerantes, liberales como Mágnum P.I., aunque su intérprete, Tom Selleck, sea reaccionario, partidario en su época de la política de Ronald Reagan (y muy amigo de Nancy).

Todo depende: la narración, las canciones, la poesía, el cine, el teatro, la pintura, ¿deben ser sinceras, o cuando menos deben contar los sucesos que han marcado a sus autores? Da terror pensar que mi compadre Arturo Federico lea, en todo lo que me lee, confesiones vergonzosas. En una conferencia, Sergio Galindo declaró que sus novelas no eran autobiográficas; si lo fueran, serían pornográficas, o casi.

Tres posdatas:
1) Cada vez con más frecuencia se encuentra uno que los DVD o los CD nuevos están sucios. ¿Serán nuevos o son desechos de las tiendas y distribuidoras estadounidenses? Había jurado no seguir comprando los CD Deutsche Grammophon en oferta, distribuidos por Santillana, desde que al sacarlos del estuche se rompió el segundo de La creación, de Haydn; caí en la tentación de comprar el reciente, con Abbado dirigiendo obras de Ravel; ahi me lo haiga; está rayado, y ni a quién reclamarle.
2) Los traductores españoles siguen haciendo de las suyas; la novela más reciente de Yasmina Khadra menciona en algún momento “una jauría de perros”; eso no pudo haberlo dicho el argelino.
3) Humberto Musacchio me obsequió tres frases memorables de Rebeca de Alba, de las que recuerdo dos: el raciocinio del agua en Barcelona, y la afirmación de que Sonia Amelio es la mejor clitorista del mundo. Le paso tres de Bonny (no sé su ortografía) Perete, de Opus: anunció una pieza de Liszt (la usada burdamente por Roberto Gómez Bolaños como firma musical de uno de sus programas), A la turca, como “a la trucha”; en otra ocasión: “Bienvenida Fulanita; no, tú ya estabas aquí, bienvenida yo, que acabo de llegar”; y la mejor de todas; al anunciar que la estación obsequiaba boletos a un concierto para que los radioescuchas asistieran “con la persona que más quieran, o con alguien de su familia”. Qué delicia, señor, de criatura, hubiera exclamado Chava Flores.

2 comentarios:

A D Negro y Rojo dijo...

Todo depende. Cuando te leo como tu amigo y se lo que compartimos en un buen pedazo de historia. Cuando te leo como psicólogo aún aficionado a las bases de interpretación freudianas. Pero siempre será una auntentica delicia leérte cuando escribes y cuando hablas. Ahí no depende, se te lee delisiosamente ¡siempre!Gracias.

Anónimo dijo...

Soy Arturo Escalona Hernandez, tuve el gusto de recibir consultoria de Federico es realmente una de las mejores experiencia laboral me interesa contactarle si saben de el proporcionale mi mail arturo_esclaonahernandez@yahoo.com.mx, saludos