lunes, 12 de octubre de 2009

Una cinta compleja de Pedro Infante

En 1951 Pedro Infante estaba en la cumbre de su fama; sus cintas ya se estrenaban en cines menos populosos y con más prestigio, y tenía más seguidores que nunca antes; estaba en pleno la disputa de la popularidad con Jorge Negrete, mejor cantante pero no actor, o cuando menos ya habían pasado sus mejores épocas, y ambos dejaban muy atrás a los competidores. Negrete, por su parte, ya no bastaba para llenar la taquilla y cada vez requería más de formar parejas, lo que le ayudó a mantenerse como el ídolo, o como el charro-cantor por antonomasia (categoría que le inventaron y que quién sabe qué signifique).
Pero ya se había establecido la competencia entre ambos, y los periodistas les habían asignado un lugar a cada uno: Negrete era el favorito de las clases socioeconómicas más favorecidas, mientras que Infante lo era de las multitudes, de nosotros los pobres; ¿qué tanto estaban de acuerdo ellos? Negrete, quien había dominado las taquillas mucho tiempo, comenzaba a tener problemas; ya habían pasado los tiempos en que firmaba por un sueldo menor, pero reclamaba un porcentaje de la taquilla; mientras, Infante se conformaba, dice la leyenda, con una casita, con un auto, con un sueldo que los productores le regateaban; sin embargo, prodigaba sus actuaciones en teatro, provincia, radio, televisión; en ese 1951 filmó cinco películas, cuatro de las cuales pertenecen a sagas, y una de ésas es tal vez la más célebre del cine mexicano, más allá de las de los pobres y ricos, que no fue planeada, o de los García, donde debía pelear contra un guión que lo dejaba fuera de la competencia por la heroína Marga López.
La primera de las cintas es Necesito dinero, de Miguel Zacarías, con argumento del propio director y del escritor Edmundo Báez; alterna con un buen reparto: la siempre enfurruñada María Luján, mejor conocida como Sarita Montiel (Luján es su personaje más célebre, en una de las peores cintas de todos los tiempos, El último cuplé, que sin embargo duró en estreno más de un año en el cine Arcadia; la portada del disco con las canciones que interpreta en ella fue célebre por el escote, y fue homenajeada por Gonzalo Celorio en una novela que rinde homenaje al Amor propio), además de una desenvuelta, exagerada y a ratos insoportable Irma Dorantes, doña Maruja Griffel, siempre excelente en su papel de madre patética, y Armando Sáez, más varios de reparto sin mucho lucimiento.
Contiene algunas escenas harto inquietantes: Infante, empleado de un taller mecánico, trabaja debajo de los autos; el taller está en un desnivel, lo que permite a los mecánicos contemplar desde abajo (“upskirt”, le dicen ahora) las piernas femeninas; por esa época las faldas más audaces quedaban debajo de las rodillas, casi siempre a media pantorrilla; desde abajo, miraban más; no existían las mallas (más que para las vedettes, las bailarinas), sino las medias calzas, que por comodidad las nombraban sólo medias, y de lo más excitante era atisbar las ligas que las sostenían, o el liguero (excitante para los hombres; las mujeres detestaban todo lo que tenían que hacer, la incomodidad que acarreaba ser sensuales); es curioso que no hayan reaccionado los censores por ese hecho: los mecánicos no se preocupaban por verles las caras, se conformaban por mirar las piernas, y hasta conocen a las transeúntes consuetudinarias por apodos que las costumbres actuales considerarían denigrantes; a Sarita Montiel la nombran “Zapatitos”.
El cine, dicen los conocedores, exige la credulidad del espectador; en el plano más elemental, hay que dejar fuera de la sala los problemas cotidianos (pobreza, desempleo, desamor, desafecto, mediocridad) para identificarse con los héroes de la pantalla, que son bonitos, triunfadores, resuelven los obstáculos a base de ingenio o de chingadazos, y se quedan con las muchachas más bonitas, y hasta generosamente ceden a los rivales o a los escuderos a otras menos atractivas, y a veces hasta otras también deseables pero menos espectaculares; al terminar la función, el espectador regresa a la rutina, sin haber resuelto los problemas, pero con una visión diferente de la vida, así sea efímera; en otro plano, el cine sustituye a la realidad, y hay que entrar con ganas de creer posible, o cuando menos verosímil, lo que pasa en la pantalla.
Así, el espectador puede imaginarse la posibilidad erótica de que Infante contemple las piernas de Montiel, quien en la vida real no tenía piernas bellas; lo suyo era el busto, como después lo demostró en El último cuplé; En Señoras y señores (Planeta, colección Fábula, 1977), Juan Marsé la describe con certeza: “Esta señora guapa es todo un catálogo de contradicciones físicas. Bajita, pero de una rara esbeltez; tobillos de gacela y muslos prepotentes; pechugona, pero sin nalgas; excitante el lado izquierdo de la cara, banal el derecho […] Su cintura fue siempre poco convincente, al contrario de sus senos, posiblemente los primeros senos del cine nacional que merecieron cierto interés de parte del Sindicato Nacional del Espectáculo […] La suya es una belleza lenta, meditativa, de porcelana china […] Como en toda auténtica hija del pueblo, sus rodillas lucen descaro e inocencia. Como ya se ha dicho, jamás tuvo nalgas.”
Cómo pudo hacer pareja con Infante, es un enigma: hay una gran cantidad de escenas donde Infante contempla el trasero de su alternante (o de cualquiera otra) y suele hacer un gesto de aprobación: a Lilia Prado en El gavilán pollero, a Irma Dorantes en Los hijos de María Morales, a una extra que le baja a Negrete en Dos tipos de cuidado, a Rosaelena Durgel y a Yolanda Varela en Escuela de rateros, a Miroslava y a Liliana Durán en Escuela de vagabundos, a Rosita Quintana en El mil amores. Y otras más. Sólo Tin Tan, entre los “buenos” –porque los villanos, como Chávez Trowe, Álvarez Bianchi, Ruvinskys– hace algo parecido; y entre las admiradas parece haber orgullo de que las observe así, aunque la mayoría parece no advertirlo. Es algo generalizado en el cine mexicano; hay pocas referencias a los pechos, la más memorable es la de Cantinflas, cuando niega que Mapy Cortés sea “la mujer sin par”; y bueno, ya después Fanny Cano, a la que comparaban con el Cruz Azul de los años setenta “porque sin Bustos –Fernando–no hace nada”). Pero por menos de lo que hace Infante con tantas, ahora lo extorsionarían en el Metro (“¿qué le está viendo a la dama?”).
El papel que interpreta Infante es de los que le dio fama de representar al pueblo: anda enchamarrado mientras que los pretendientes de Montiel no sólo andan trajeados, sino hasta con smokin (traje para fumadores, que se usa más bien para ceremonias y para ir a cabarets de segunda); tiene que estar limpiándose las manos porque por la chamba anda chamagoso; siempre tiene una frase ingeniosa para contestar a Griffel, que como siempre vive de los recuerdos de antes de que viniera a menos y tuviera que rentar cuartos; es incapaz incluso de superarse con el trabajo sino con un golpe de suerte como la que anhela el espectador para aliviar los males que intenta olvidar entrando al cine; además, el personaje de Infante representa el orgullo y el triunfo efímero de echarse a la presumida y alzada (“¿no qué no, chatita?”), aunque para ello tenga que cargar con ella todo lo que dure el matrimonio.
Así, la relación sexual no será plena ni de disfrute, sino una victoria, y el goce, unilateral. Lo previsible es que el gesto altivo de Montiel se convierta en uno de humillación, y después de desprecio.
Ella, hija de un matrimonio infeliz (a pesar del carácter pachanguero de Griffel, quien gracias a Infante y cuates permite que llegue la modernidad a su casa), con padre alcohólico, hermana mayor maltratada por el marido (Ángel Infante, tan mal como siempre) y hermana menor inocente y pervertible, quiere salir de ese ambiente, aunque con pocas posibilidades que no sean las de su belleza; por ello, incurre en el pecado, que no comete pero no por falta de ganas, sino porque ve cómo Armando Sáez le pega a una grandota y rogona Elda Peralta, y no vaya siendo; le asquea Infante no sólo por chamagoso y vulgar, sino porque tiene menos futuro que ella, y como Tin Tan en El revoltoso, él incurre hasta en el boxeo con tal de ganar una lana y así merecerle menos desprecio. Y pese a todo eso, le sigue rogando, le canta bonito, le ruega, le suplica, se humilla. Al final la conquista, pero a qué precio.
La mejor escena no está a cargo de ellos, como suele suceder, sino de Dorantes y amigos de Infante, que hacen una fiesta y bailan mambo, el mambo que Infante calificó de degradante en El gavilán pollero, con un sabor parecido a los bailes de Tin Tan por la misma época; en cambio, una escena en un cabaret da pena ajena, cuando la incivilizada Dorantes hace el ridículo delante de las amistades pomadosas de Montiel; el director está más de acuerdo con Dorantes, pero no el público, ni siquiera el que califica de fufurufos a los ricos.
Aunque la historia parece sencilla, en la que un muchacho pobre conquista a una muchacha con pretensiones, revela más cosas de las que el director se da cuenta; pero hay que recordar que Zacarías consideradaba mejor actriz a María Félix que a Gloria Marín, hagamos el favor.
Menos complejas son ATM y ¿Qué te ha dado esa mujer?, de las que hablaremos dentro de poco.

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