domingo, 15 de febrero de 2009

Álvaro Obregón, ¿Prometeo sifilítico?

Pocos asuntos tan difíciles como juzgar, sin apasionamientos ni maniqueísmos, a los principales líderes de la Revolución Mexicana; Friedrich Katz y David A. Brading han sembrado dudas sobre Madero, Villa y otros caudillos, y ver tras los telones a Carranza o a Plutarco Elías Calles nos llena de sorpresas.
Jorge Aguilar Mora, uno de los novelistas más complejos de la literatura mexicana, acaba de reeditar un pequeño libro, Un día en la vida de Álvaro Obregón (sólo que ahora en Ediciones Era –como Dios manda, decía Emilio García Riera— en coedición con el INAH y CNCA), que añade más sospechas sobre el general invicto, pilar en la construcción del México moderno, pero sobre quien caen muchas culpas: la manera en que se fue deshaciendo de sus rivales políticos (Benjamín Hill, Lucio Blanco, Fortunato Maycotte, Cesáreo Castro, Francisco Serrano; todos, en algún momento, aliados suyos); maestro de las grillas y el primero (y hasta ahora el único, por fortuna) en romper el “no reelección” —lo de “sufragio efectivo” nunca ha sido efectivo—, y muchas otras cosas que opacan sus acciones positivas.
Hay muchos días clave en la vida de Obregón: las batallas en que triunfó y que ayudaron a quebrar el régimen usurpador de Victoriano Huerta; sus victorias sobre Pancho Villa; su actuación durante la Convención de Aguascalientes; la persecución por Carranza y poco después la cacería contra el mismo Carranza; la Bombilla, y lo que se conoce poco, como su trato con Estados Unidos.
Pero Aguilar Mora escoge uno que, aunque muy conocido, pocos se han detenido en él: cuando entrega su pistola a María Arias Bernal y despacha su discurso sobre la “escasa” actuación de los capitalinos durante el huertismo.
Con mucho rigor, Aguilar Mora desmiente lo sostenido por Obregón, y sin ser exhaustivo, enumera lo mucho que se hizo en la capital, considerando que Huerta había desatado una persecución contra los seguidores de Madero; los encarcelamientos, los torturados, los diputados desaforados, los senadores maniatados; y Obregón sólo destacó las acciones subversivas pero no tan temerarias que muchas mujeres hicieron llevando ofrendas florales a la tumba de Madero.
Con una habilidad narrativa asombrosa, Aguilar Mora aprovecha la actuación de María Arias Bernal –María Pistolas, por mal nombre; si todavía hace cincuenta años cualquier mujer atrabancada, machorra, recibía ese apelativo, ahora es completamente desconocida; la escena de El ropavejero en que le dicen así a Sara García después de que gana un trofeo en una feria, en el tiro al blanco, resulta incomprensible para los espectadores que conocen la cinta sólo en DVD— para describir algo que casi no ha aparecido (casi podríamos quitar el “casi”): la importancia de los espías en esos años, agentes metidos en el ejército federal, en la policía, en las distintas facciones ya para entonces (1914) muy definidas de los revolucionarios.
Es impresionante lo que describe el novelista, y que no aparece en muchos libros importantes sobre el movimiento armado: las redes secretas, los informantes que no siempre eran exactos y que muchas veces utilizaban mejor para acusar a sus enemigos más que para ayudar a “la causa”.
Sin embargo, luego viene algo más asombroso: los amores “ilícitos” de Obregón; se ha mencionado, casi bajo cuerda, que Carranza, quien parecía discreto, armaba unas orgías sabrosas en el tren que utilizó desde que se levantó contra Huerta hasta casi el último viaje –el tren lo utilizó más bien para huir, pero llevándose gran parte del erario—; se ha hablado lo suficiente de las aficiones de los gonzalistas, y Pablo González mismo, por el teatro y las vedettes, su relación con la Banda del Automóvil Gris y los regalos que generales y bandidos hacían a las coristas y tiples (una escena culminante sucede en Las abandonadas, cuando le encuentran a una artista famosa joyas robadas por la Banda), y se sospechaba de María Conesa, la Rivas Cacho y la Montalbán. Katz es minucioso en la descripción de las mujeres y los hijos de Pancho Villa, y Krauze con las mujeres atraídas por Zapata.
De la afición de Obregón por las mujeres hay testimonios y hay novelización de esos testimonios, como la utilizada por Jorge Ibargüengoitia en Maten al león, al parecer tomada de la realidad, cuando intentaron asesinar a Obregón, con una bella joven como carnada, en un baile en el Bajío.
Pero Aguilar Mora es más incisivo: insinúa, y aclara que sin pruebas pero con muchas posibilidades de que haya sido cierto, que Obregón mantuvo relaciones intensas con María Conesa, y para eso se basa en dos cartas enviadas a su amigo y colaborador Rafael Manzo (incluido en el Diccionario biográfico revolucionario –Imprenta Editorial Cosmos, 1935— pero no en Así fue la Revolución Mexicana. Los protagonistas, tomo 8, del INEHRM, y aparece varias veces en Ayer en México, de John F. W. Dulles), en las que puede leerse que teme que su prometida, María Tapia, vaya a enterarse de sus actividades amatorias en esos días –o posteriores, que un día en la vida de un hombre no puede ser un solo día—, que si no fueron muchas sí fueron importantes, y en una de esas cartas parece que una mujer mencionada sea la cantante, Gatita Blanca por mal nombre, porque aparece con un apelativo disfrazado pero que suena como el de ella.
Más todavía; la sospecha de que lo cachen no es porque alguien se lo vaya a decir a Tapia (¿cómo intrigar contra un hombre tan poderoso?), sino porque parece haber sido contagiado de sífilis, y da fechas y circunstancias en que Obregón fue tratado de esa enfermedad, sobre todo en sanatorios de Estados Unidos. Eso significaría que Conesa hubiera sido la portadora del mal; no hay testimonio de ello, pero las enfermedades secretas eran secretas; Aguilar Mora no juega con la posibilidad de que haya sido el general quien haya contagiado a la cantante; en todo caso, no sentía temor porque lo cachara la novia entreteniéndose (el reposo del guerrero) con otra, sino de que se enterara de su “mal”.
Lo cierto es que el episodio no fue decisivo en su actuación política: derrotó a Villa, fortaleció a Carranza, se rebeló contra él, ascendió a la presidencia, combatió a Adolfo de la Huerta y seguidores (entre ellos, algunos de los hombres a los que debería de haber estado agradecido; dos de ellos, Cesáreo Castro y Fortunato Maycotte, le habían salvado la vida en dos episodios distintos, ambos relatados con una narrativa sensacional por Dulles), puso a Elías Calles como presidente, se deshizo de sus rivales para volver a ser el primer mandatario, y ganó las elecciones, hasta que lo asesinó José de León Toral, un crimen que aún no ha sido aclarado y que sigue desatando discusiones apasionadas, aunque ya sólo entre los historiadores, porque los políticos actuales ni siquiera se molestan no sólo en esclarecerlo, sino en tratar de entenderlo. Queda la sospecha de que el episodio haya tenido a otra protagonista en vez de Conesa, quien vivió hasta cerca de los noventa años.
Pero no tiene una importancia menor: la vida privada es tanto o más importante que la vida pública; la carencia de testimonios sobre la belleza de María Conesa (la vimos ya hecha una ruina en la televisión, con voz temblorosa aunque muchos decían que era parte de su encanto desde joven), su casi nula aparición en cine (una en el cine mudo –El pobre Balbuena, de 1916—, dos o tres, en papeles muy secundarios, en el cine hablado), las fotografías posadas que no la favorecen, el cambio de las modas que la hacen parecer obesa, cuando en realidad las delgadas eran las que menos llamaban la atención; sin testimonios discográficos; sólo queda la leyenda. Comparada con Lupe Rivas Cacho, Celia Montalbán, Lupe Vélez, parece una figura menor; sin embargo, en muchos escritos meritorios, Conesa es la primera, la más popular, la más seguida, la más taquillera; su lealtad al teatro de revista no ayuda a explicar qué le veían, qué le oían.
Al parecer, las multitudes aullaban al verla, como luego sucedió con María Victoria cuando se presentaba en el Teatro Margo, después Blanquita, después Margo, después Blanquita. Y aunque ha habido libros de autores más prestigiados –en el oficio—que el escrito por Enrique Alonso, muy citado por Aguilar Mora, la leyenda subsiste: María Conesa fue la figura más importante del vodevil mexicano de las tres primeras décadas del siglo XX.
Aguilar Mora esboza una historia que pudo ser real; aclara que no sabe si lo fue, pero en todo caso lo parece: que un hombre poderoso se encapricha con una mujer casada, pero liviana, y ambiciosa, que también se encaprichara por uno de los políticos más poderosos de su momento, y ya vimos que de la historia del país. México ha sido tierra de gente que es ostentosa demostrando su galantería (el escritor que se lanza al mar, en Veracruz, para ver a su amante, aunque sea de lejos, que viene en barco; el escritor que entra al estacionamiento de una tienda para amarrar latas con mensajes eróticos, en la defensa del auto de su pretendida), y Aguilar Mora demuestra la galantería de Obregón desafiando a los capitalinos con tal de florear a unas maestras de buen ver (error político que le trajo consecuencias, aunque no demasiado graves); bien pudo encampanarse con Conesa, que vista a distancia, era la menos graciosa de las artistas de esa época.
Es de agradecer la espléndida edición, pulcra y elegante, además de las fotos, muchas de ellas poco conocidas, como las que muestran a Obregón con Francisco Serrano y con Fausto Topete; con Benjamín Hill, y con Elías Calles, ésta cuando iban al cambio de estafeta presidencial y que fue cuando vieron a Francisco Mújica, asombrados porque pocos meses antes habían mandado que le aplicaran la Ley Fuga, orden que desobedeció Lázaro Cárdenas.

2 comentarios:

Mar dijo...

Hola, me dedico a las artes escenicas y me interesan algunas fuentes y datos que mencionas, ojala me puedas contactar mi mail opmarop@gmial.com

Mar dijo...

me parece muy interesante, me dedico alas artes escenicas ojala nospodamos oner en contacto,mi mail opmarop@gmail.com