lunes, 11 de abril de 2011

Las tres últimas de Pedro Infante

Cuando falleció, en abril de 1957, quedaban sin estrenar tres cintas de Pedro Infante: Pablo y Carolina, Tizoc y Escuela de rateros; una lista bastante desigual pero significativa de su carrera, que si bien tuvo altibajos, es una de las más destacadas de la industria cinematográfica nacional.
Pablo y Carolina es la más floja de las tres; fallida, vamos; producida por Antonio Matouk, que respaldó a Infante a lo largo de toda su vida en el cine, fue sin embargo dirigida por Mauricio de la Serna, cuyo máximo logro fue Las señoritas Vivanco, y los méritos no fueron suyos. Pusieron de dama joven a Irasema Dillián, muy bella pero con el inconveniente de que era tan inexpresiva como mala actriz; el reparto de apoyo, el de los actores secundarios, no era malo, pero fue mal dirigido; el mejor fue, como muchas veces, Alejandro Ciangherotti, ahora no de malo sino de alcachofa; Eduardo Arcaraz volvió a ser mayordomo medio igualado; Fanny Schiller, de madre de Dillián, cometió uno de los errores más notorios, del que da cuenta Emilio García Riera: se va a Acapulco ¡con abrigo de mink! Se desperdicia su muy bella voz en un papel prototípico en nuestro cine: la mamá distraída y más preocupada por el roce social que por el bienestar de la familia, sólo que en este caso no hay consecuencias, es decir, nada de adolescencia apresurada ni de soledad arrepentida, como los que le tocó interpretar a Lilia Michel, Susana Guízar y, por los mismos años de Pablo y Carolina, a Martha Mijares, Aída Araceli y Luz María Aguilar (ésta, salvada en pleno burdel por su mamacita).
La cinta se filmó en 1955; pocos años después comenzaría la moda del cabello masculino muy largo, y la queja de los que ya no sabían si se le aventaban a una mujer o a un hombre; en esta trama es al revés: Dillián, de alumna consentida y privilegiada de una escuela rarísima, que lo mismo da clases de taquimecanografía (útiles para las aspirantes a secretarias ejecutivas y bilingües) que monta festivales a todo lujo, como las de enseñanza media y, como se decía en los barrios bravos, de paga.
Como parte de las tareas en la difícil clase de taquimecanografía, las alumnas (entre las que se advierten a la mucho mejor actriz Alicia del Lago, a Chela Nájera y a la muy bella y desperdiciada bailarina Constanza Hool) deben escribir una carta comercial; Dillián en cambio escribe una carta de amor dirigida a un novio inexistente; por error la envía a un empresario regiomontano, que muy orondo declara, al recibirla, que no es para él sino para su hijo, y éste que tampoco, sino para su hijo, Infante, comprometido con una señorita de su medio, y para arreglar el asunto se traslada, con todo y su muy simpático acento norteño, a la capital, para imponer su ritmo, su vigor y su vitalidad, sobre todo frente al amodorrado Ciangherotti, que se levanta tarde (y sin despeinarse, vuelve a apuntar García Riera), que es eficaz pero aturdido, y frente a la señorita (según se desprende) Dillián, con la casualidad de que ella está vestida de marinerito precisamente para el festival, y entonces decide hacerse pasar por su centrado (e inexistente) hermano y no por la coqueta y desinhibida Carolina. El ritmo vertiginoso del principio de la cinta se apaga en ese momento, y queda sólo el equívoco: Infante prefiere al hombre que a la mujer, todo cuco, peinadito de lado, vestido muy formal de cadete, sin disimular ni el busto ni las caderas, ni menos lo delicadito de su comportamiento, aunque fume pipa (o simule hacerlo: nunca la enciende); Infante no se da cuenta del enredo sino hasta el final, cuando secuestra a Dillián, le roba su ropa de hombre y le pone ropa de mujer; sin embargo, el gesto es que prefiere al cadete que a la muchacha.
Es de destacar que Arcaraz repite su papel de Audifaz, que se desperdicia la grata presencia de Arturo Soto Rangel, y que los peores papeles de la cinta se reservan para los pretendientes Enrique Zambrano, Lorenzo de Rodas (aún no estrella del teatro televisivo patrocinado por Carlos V, emperador de todos los chocolates, y acompañado de la siempre llorona Carmen Molina y de una mucho mejor actriz María Douglas), sobreactuados y fuera de tono.
Lo más rescatable de la cinta son los números musicales, sobre todo “Las tres hermanas”, que Infante interpreta como despedida de soltero, pues a partir de su matrimonio sentará cabeza; ese número lo imitaba de manera sensacional Alejandro Suárez muchos años después, en Ensalada de locos.
Ni los más aguerridos defensores de Infante podemos poner esta cinta como ejemplo de sus cualidades histriónicas, y no lo ayudó Dillián, en una de sus peores actuaciones, lo que es mucho decir. Se estrenó días después del accidente aéreo en que Infante y otros perdieron la vida, y el cine Alameda (muy lejano ya de los cines de la Merced donde se estrenaron sus emblemáticas cintas del Torito) se vio abarrotado por toda clase de público, aún bajo el impacto de la muerte prematura de Infante (comenzaban los rumores de que en el avión cargaban mercancía ilegal; que regresaba presuroso de Mérida por líos de comisaría; las varias esposas en el velorio, que fue tumultuario, primero en la ANDA y luego el largo recorrido a pie hasta el panteón de Dolores, trasmitido todo en vivo por la televisión mexicana): duró nueve semanas.

Peor es Tizoc; dirigida por Ismael Rodríguez, se le catalogó como una de las mejores actuaciones de Infante, sobre todo porque la cinta fue enviada a un festival cinematográfico en Berlín, festival sin prestigio ni crédito, si le hacemos caso (y no hay por qué no) a García Riera, y allí se le otorgó, posmorten, el premio al mejor actor; eso inflamó los ardores patrios, pero era como derrotar en futbol al equipo de Guatemala (por esos años), cuando apenas podían los mexicanos empatar con el seleccionado de Costa Rica.
Carentes de rigor, muchos han proclamado que ese premio lo situaba como el mejor actor del mundo y de la historia; mucho mayor mérito tuvo el Ariel por La vida no vale nada, pero no le hacen mucho caso.
Ismael Rodríguez, uno de los directores de cabecera de Infante y quien lo condujo en varias de sus cintas más prestigiadas (las del Torito, las de los motociclistas raros, las de los primos arrogantes), quiso arroparlo con el prestigio internacional de María Félix, quien ya filmaba en Italia, en Francia y hasta alguna vez bajo la dirección de Buñuel y de Jean Renoir. Tal vez las mejores palabras para definirla sean las de su amigo (de Félix) Salvador Novo, quien afirmó que los productores agradecían la belleza indudable de María Félix, porque propiciaba que el público se distrajera con ella y no se dieran cuenta de su incapacidad histriónica.
Como se sabe, la cinta trata del amor imposible entre una catrina a la que por su belleza la comparan con la virgen (venganza de Félix: pocos años antes la increpaban en las iglesias y los sacerdotes impedían que desacralizara los templos con su presencia; Renato Leduc tiene un poema divertidísimo con esa anécdota), y un indiecito noble, ingenuo e inocente; puede que la historia de un amor disparejo no sea inverosímil; lo es la actuación de Infante; o sobreactuación, porque es, junto con el muy breve de Reportaje, los peores papeles de su vida; lo inverosímil no es el físico de Mr México, ni la estatura (Infante medía menos de 1.70, no muy bajo para la época pero sí comparado con la estatura de Pedro Armendáriz –1.85–, que le ayudó a trabajar para el cine estadounidense, en cuando menos dos inolvidables actuaciones para John Ford), sino la caminata ridícula, a saltitos, la inteligencia corta y más bien intuitiva, la simplicidad de sus conclusiones, la cara de desamparo, o de furia ante la presencia de blancos; la cinta no se salva ni por la presencia de Andrés Soler ni la buena presencia de Julio Aldama; antes al contrario, los mohínes de Félix, su expresión de arrogancia ante los admiradores de su belleza; su presencia estática, de movimientos lentos como para que se le admire más, hacen insoportable esta cinta, llena de chantajes tanto en la actuación del personaje Tizoc como la suposición de que no se le podía criticar, por la trágica muerte de Infante. Lo más rescatable de la cinta es la canción de Pedro de Urdimalas, “te quero más que a mis ojos, más que a mis ojos te quero, pero quero más a mis ojos porque mis ojos te vieron”.
Se estrenó de manera simultánea en varios cines de primera: Alameda, Polanco, Las Américas y el Mariscala, éste el menos bien situado de todos, y estuvo siete semanas en cartelera.

Mucho mejor resultó Escuela de rateros; dirigida por Rogelio González, mucho más hábil y no tan centrado en Infante como en los demás actores, la cinta tiene mucha agilidad, gracia, erotismo rosa pero contundente, una trama bien planeada, y varios actores de reparto que no sólo están muy bien, respaldan el trabajo de Infante y el de la muy bella entonces Rosita Arenas, y las canciones están muy bien, muy adecuadas.
Hay dos villanos: Luis Manuel Pelayo exagerando su personaje de Félix Amargo, no en la apariencia pero sí en el hablar rápido y casi ininteligible, haciendo de gracioso profesional, bromista insoportable y parrandero sempiterno; el otro es el argentino Eduardo Fajardo, ladrón especializado en abrir cajas fuertes (con una técnica inolvidable, produciéndose dolor en las muelas para saber cuáles eran las combinaciones), elegante que sabe perder, y que por el contrario, nunca pierde la elegancia; también, galante con cualquier mujer apetecible, y son varias las que surgen en esta cinta; Arenas, la más etérea, la menos erótica, aunque hace ciertos giros que dan fe del muy bello cuerpo, que no explota aquí (como en otras cintas), y más bien hace énfasis en su rostro bello y su actitud de dignidad, aunque una de sus frases finales es estremecedora: “me niego a seguir declarándome”, lo que hace imaginar al espectador lo que otorgará, y en qué grado, al personaje encarnado por Infante.
Hay un tercer villano, que es en donde encaja el personaje de Arenas: Víctor Valdés, encarnado también por Infante: fatuo, tracalero, aprovechado; como al principio de la cinta es asesinado, y contratan a su sosías Raúl para atrapar al ladrón, Arenas cree que se verá obligada a pagar con cuerpomático la deuda que tiene su padre con Valdés; cuando ve que Raúl rompe los pagarés que la comprometen, se conmueve: el resultado será el mismo, pero distinto el procedimiento (y el beneficiario).
Montan una farsa para atrapar al asesino de Valdés; las autoridades creen que el culpable está ligado con el robo de unas joyas en una fiesta de caridad; para ayudar y proteger a Raúl habilitan a los agentes Eduardo Arcaraz y Rosa Elena Durgel; ésta esconde un revólver en el liguero de la pierna derecha, y lo saca con frecuencia; aunque una música siniestra destaca el hecho, en realidad tanto Infante como Arcaraz clavan tremendos ojotes en las muy bellas piernas de Durgel; aparece una desconcertante Yolanda Varela, más cachonda que en sus películas con Tin-Tan, y sin el gesto de indiferencia o de asco que usa en otras muchas cintas (gesto que no pierde ni siquiera cuando se avienta un chachachá muy sabroso con Freddy Fernández en Con quién andan nuestras hijas, en una trajinera de Xochimilco); nadie previene su aparición, no se sabe de dónde llega, sólo que aparece desnuda, tapada a medias por una colcha, descubriendo sus prodigiosas piernas (“está muy rodilloncita”, le dice Tin-Tan en El sultán descalzo), y amenaza con sufrir ataques epilépticos (“una cuchara”, pide repetidamente, y con convicción), sobre todo cuando se entera que Raúl no es Víctor; también aparece una muy bella, pero no tan inquietante, Bárbara Gil, desperdiciada por el cine y esquematizada en la televisión, pero muy elegante; su personaje sí fue seducido por Víctor Valdés, e intenta matar a Raúl, creyéndolo aquél.
La cinta tiene escenas malas, sobre todo cuando Infante sufre un desmayo en la fiesta, para no demostrar que no sabe tocar el violín (que Infante sí sabía tocar, de oído); en cambio son muy buenas las escenas con Infante en bicicleta cantando la excelente estrofa “el sol sigue sin salir; será por las bombas achi [de moda por esas fechas], y yo tengo que seguir de juerga con el mariachi”, o cuando creen atrapado al ladrón, Infante y Durgel cantan y bailan subiendo y bajando de un sofá “ya atraparon al ladrón” (no con tanta elegancia como en Singin' in the Rain, pero con el mismno entusiasmo); aunque sucede en muy pocos escenarios, no se nota porque hay mucho movimiento, y está muy bien actuada por todos, en especial Fajardo, Varela e Infante.
Es muy curioso que la cinta termine con Infante desmayado, por un golpe de Pelayo, y no con una escena empalagosa besando a Rosita Arenas, ni festejando la recompensa con la que podrá enamorar en igualdad de condiciones socioeconómicas a su coprotagonista. La cinta se estrenó en octubre de 1957 en los cines Orfeón (ya en decadencia), Roble, de moda, y Ariel, a la vueltecita del Polanco; duró doce semanas, cuatro meses enteros. Allí comenzó la leyenda de Infante, con esas tres películas, disparejas entre sí, Infante se elevó de ídolo de las clases desfavorecidas y fue escalando en toda la escala social, hasta conseguir la fama del mejor actor mexicano.

Pero falta analizar sus mejores actuaciones, que trascendieron el cine y lo fijaron en la memoria de todo el público.

Me informa Carlos Ramírez que la condición de “Gavilán o paloma” no fue exclusiva de José José al describir su transformación de sometedor a sometido en una relación sado-masoquista; la frase viene en el Cuadro Histórico de la Revolución Mexicana (hay edición del Fondo de Cultura Económica), en la que Carlos María de Bustamante comenta una carta de Agustín de Iturbide a Fernando VII en la que le informa del Plan de Iguala; dice Bustamante que “las palomas [aman] a los gavilanes”, y que la prueba son los once años de guerra.

En la línea 2 del Metro, más o menos por las estaciones Chabacano y Xola, ofrecen discos que permiten hakear y romper los candados de los programas, para navegar por internet sin pagar nada. Por el Zócalo, un fayuquero reta: "que no le dé pena comprar robado".

Trivia: hay dos canciones de la época de oro del bolero mexicano que mencionan a unos personajes terroríficos de la mitología; las dos canciones, harto famosas. ¿Cuáles son?

5 comentarios:

mario dijo...

Pedro no medía menos de 1.70, hay una foto de una visa donde dice que media 5 pies 9 pulgadas, quizas con zapatos, pero sobrepasaba con un poco el 1.70, en la pelicula del inocente hay una escena en que Silvia Pinal trae tacones mas o menos altos y Pedro esta descalzo y se ven iguales, por bajita que estuviera Silvia Pinal digamos 1.60, los tacones se veian altos para llegar al 1.70 y eso suponiendo que Silvia midiera 1.60.

Nora Navarro dijo...

Cuando yo aplique para mi visa y pasaporte yo di mi estaura no me midieron,facil El dio su etatura. Y si se ve bajo junto a Jorge Negrete que media 1.80.

Roberto Quiñones V. dijo...

En los setentas, aprox., vi un concurso en T.V. donde un señor ganó con el tema "La vida de Pedro Infante". Al final, el conductor le preguntó como sabía tanto de Pedro a pesar de su limitación física. Contestó que había buscado el asesoramiento de Ma. Luisa León (que asistió por cierto a la premiación), esposa de Pedro y entre otras cosas ésta le comentó que Pedro medía aprox. 1.65m., que es más o menos lo que yo le calculaba después de ver y seguir viendo decenas de veces sus películas. Por eso, y a pesar de los grandes tacones que siempre portaba, se ve bajito al lado de Badú, Negrete, Piporro, que rayaban el 1.80, sobre todo Badú, a quien conocí personalmente.
Ese 1.65m en aquella época era una estatura regular, por ahí andaban muchos actores: Luis Aguilar, Pedro Vargas, Aceves Mejía, Arturo de Córdova, etc.. Pero ¿a quién diablos le importa la estatura de este genio del Cine Mexicano?. A mi no, en lo absoluto. Saludos.

Anónimo dijo...

Absoluta verdad pedro infante era bajito de estatura.
Para el tal capitan Cruz. Mentiroso y despreciable tipo

Anónimo dijo...

Totalmente de acuerdo.