miércoles, 7 de abril de 2010

Carlos Fuentes y José Agustín, y la ciudad de México

En After Hours, de Martin Scorserse, un hombre “normal”, incoloro, vive una noche terrorífica desde la hora en que termina su jornada laboral hasta que vuelve a comenzar, al día siguiente. El espectador, pese a todo, queda con ganas de vivir esas aventuras inverosímiles, pero que se antojan al alcance de la mano, que en un descuido en cualquier momento nos pueden suceder. Eso le sucedía, cotidianamente a los habitantes de la ciudad de México en el periodo comprendido de finales de los años cuarenta a principios de los sesenta; la jornada podía comenzar en una aparente noche tranquila en el teatro Margo (después Blanquita, después Margo, después Blanquita, después cerrado y de nuevo Blanquita) o en el Río (en Niño Perdido y Arcos de Belén) o en el Iris o en el Lírico o incluso en el Tívoli, y terminar en la tercera delegación.
Los bailes sinuosos de Joan Page (acompañada de Resortes), Naná y el Diablo, las Dolly Sisters, Tongolele, Su Mu Key; los susurros de María Victoria, los pasos desincronizados de cientos de tiples, iban encendiendo la imaginación de los parroquianos. No que hubiera desnudos ni que los strip tease fueran completos (cuando mucho, si las exigencias de “¡pelos!” eran violentas, las vedetes, en rápidos y expertos movimientos, apenas deslizaban unos milímetros el calzón de su vestimenta y dejaban entrever un poco de vello púbico con el que la clientela se sentía satisfecha, y sus deseos de ver se aplacaban al menos en el comportamiento colectivo).
Si algo revela la lectura de La región más transparente, de Carlos Fuentes, de la que hace poco se conmemoraron 50 años de su primera edición con varias publicaciones, en que retrata el ambiente capitalino de 1948 a 1952, es la libertad incontenible que aparecía en ciertos lugares y a ciertas horas en la ciudad de México; una libertad peligrosa en los sentidos social y político.
Se vislumbraba no sólo en los teatros donde las bailarinas (torpes, incapaces de ninguna espontaneidad, que tropezaban a cada instante, que ni siquiera fingían una sonrisa –tan ocupadas que estaban contando sus propios pasos, pero a diferente ritmo que sus compañeros) incumplían las promesas de estética y erotismo, sino también en decenas, centenares de cabarets y centros nocturnos donde las ficheras bailaban, se dejaban abrazar, a veces manosear furtivamente, por una cuota fija que iba de los 20 centavos a los cinco pesos la pieza.
No todos iban con su novia o esposa a esos antros –ésos sí llamados así con justicia–, porque la fama decía que las que trabajaban allí ejercían la prostitución, y para hacer más sórdido el asunto, por necesidad y no por gusto (situación relatada en el cine de esa época, donde todas las pirujas eran de comportamiento noble y de buen corazón). Acudía la gente en busca de una diversión que no encontraba en su casa y le negaba a su esposa (o ésta a él).
En Las Catacumbas (en Dolores), el Waikikí (en un Reforma cerca del sórdido Guerrero), el Molino Rojo (en la Colonia Obrera); el Apolo, El Bombay y el Pigalle (por Santa María la Redonda), Las Cavernas (pegado al Lírico –dos tandas en una misma noche), las terribles Brujas (en Izazaga), el Bremen (en la avenida Hidalgo, en el lugar que ocupaba el colonial hospital de locos), Las Mil y una Noches, en Isabel la Católica y cerca de Las Sirenas; el Bugambilia (en Insurgentes, y para niños popis o popof), el Tío Sam (Niño Perdido, muy al sur, cerca de una glorieta aún conocida como “Glorieta Tío Sam”) se bebía, se bailaba, se admiraba la variedad que, aunque no era como la mostrada en el cine, presentaba a varias figuras que después fueron “míticas” (en el sentido de que les inventamos una fama, una actuación, una vida), como Bola de Nieve, Miguelito Valdés, Acerina y su Danzonera, y el ése sí legendario Dámaso Pérez Prado, entre otros muchos, que ayudaban a que la gente se desprejuiciara, se soltara, bailara el mambo y ejerciera el baile como en las sociedades primitivas, donde no era un arte sino una imitación del acoso y el logro sexual; el mambo y la rumba, igual que el danzón y diferente del swing (que servía para presumir habilidades de las que se carecía en la entrega erótica o para que las mujeres mostraran las piernas, pero sin lujuria) hacía que se expresara todo el cuerpo, que cada músculo se independizara y permitiera la sensación en brazos, piernas, hombros, pero sobre todo en caderas y pelvis.
No es extraño que al finalizar el baile la gente estuviera más ansiosa, más excitada, incluso si no era en los centros nocturnos sino en los salones de baile, como el mitificado Salón México, el Smyrna (antes El Pirata, de Antonieta Rivas Mercado, quién lo dijera, donde ahora es el Claustro de Sor Juana), el Riviera, el California Dancing Club y el Salón Ángeles, donde el efecto del baile era afrodisiaco.
A veces el parroquiano lograba convencer a la pareja momentánea que se saliera con él, aunque el costo económico era caro y el social peor, porque solían enamorarse de ellas y se empeñaban (es un arquetipo, pero pasó muchas veces) en sacarlas de esa “vida de perdición”. No era raro que todo Niño Perdido, todo Guerrero, todo Puente de Alvarado, estuvieran llenos de hoteles de paso.
Los que no convencían a las ficheras (por cada copa que pedían los parroquianos ellas se llevaban una comisión, y llevaban la cuenta por la ficha que le daban los meseros; también se la daban por cada pieza bailada; eso fue choteado y exhibido por Tin Tan en El Ceniciento, cuando pide que le den también a él una fichita como la que el mesero le entrega a las Hermanas Dábalos, de la mejor sociedad de la colonia Juan Polainas) acudían presurosos a Aztecas (“¡aguas, allí viene La Llorona!”), al sórdido Vizcaínas, a la lúgubre Santa Veracruz (donde rondaba El Fantasma del Correo, quien aterrorizaba a los clientes, y que fue parodiada-homenajeada por Fuentes-Ibáñez en Los Caifanes: es el personaje interpretado por Tamara Garina. Empolvada de blanco, los labios rojísimos, envuelta en un abrigo enorme y antiquísimo; acusada siempre de vender droga, presumía de su pasado célebre cuando ya se prostituía desde tiempos de don Porfirio). Las meretrices invitaban con frases desganadas, y así como ahora los hoteles ofrecen como atractivo extra canales pornográficos en la habitación, las muchachas prometían que tendrían un radio prendido. (Había otros congales ahora célebres, como los de la Juárez, cerca del ahora Palacio de Hierro, pero allí sólo iban potentados que podían pagar caro el amor, o llegaban a sostener encuentros con estrellitas de cine; se presume que el trío que amenizaba la espera, y que de allí saltó a la fama, se inspiró en esas tarifas para la frase “qué caro estoy pagando por quererte, ay cariño”. Había otro antro, del que no dice Tin Tan su nombre pero sí la dirección, también en El Ceniciento: “¿cuánto a Perú 25?”, pregunta a un patrullero; allí había un antro con clientela más exclusiva.)

Desde hace muchos años celebro Semana Santa releyendo dos de mis muchos libros favoritos; este año tocó De perfil; en 1966 apareció en México en la Cultura, suplemento de Siempre!, un fragmento de esta novela, en donde el Personaje sostiene dos diálogos telefónicos muy picantes (en uno de ellos, Queta Johnson le reclama haberse llevado su virginidad “en tu tembeleque miembrecito” y él jura que él era el virgen, no ella –aunque páginas más tarde confiesa haber realizado intercambio carnal con una sirvienta); poco después de que apareció la novela, Lupita, una amiga de la prepa, me la prestó; ya antes había leído a Agustín en la primera edición de Novaro de La tumba, en una tarde de domingo, con los generosos honorarios que me pagó Arturo García Herrera por una historia del IMSS; y su autobiografía precoz en media hora en la Biblioteca Nacional, silenciadas mis carcajadas dos veces por algún empleado receloso; en tres tardes, De perfil; el ejemplar que me prestó Lupita lo llevé, en una Semana Santa, a Guadalajara, donde lo leí dos veces alternándolo con Confabulario-Varia Invención, edición conjunta, de Arreola. Me tardé en regresarlo todo lo que duró la huelga por el Movimiento del 68, y hasta poco después pude conseguirme un ejemplar, cuarta edición, donde lo releí muchas, incontables veces, hasta que conseguí, no hace mucho, una primera edición; como todos los grandes libros, me ofrece muchos aspectos que voy descubriendo en cada relectura, siempre gozosa, aunque muy pocas veces me detengo a pensar, repensar, y buscar escondrijos; pero como recientemente participé en la edición conmemorativa de Alfaguara, de La región más transparente, la que leí buscando exageradamente incongruencias, inconsistencias y errores, y escudriñé desarmándola y armándola de nuevo, se me reveló detrás de muchos pasajes de De perfil, aparentemente una novela muy alejada de la de Carlos Fuentes.
Se me hizo presente la vida nocturna, las relaciones fugaces y placenteras, a la vez que sórdidas de La región, en el pasaje donde el Personaje, sus amigos Ricardo Garza (¿en homenaje a Ricardo Corazón de Tigre, el mejor bateador de los Tigres en la época en que sucede y apareció De perfil?), Octavio, y varios otros a los que conoce en la fiesta donde también conoce a Queta Jonson, acuden a dos casas de citas, en la Colonia del Valle; en una hay tanto aburrimiento, tan poca acción, que deciden irse a la otra, donde hay más mujeres, atractivas aunque feas, agresivas, insolentes, pero a las que el hijo de Violeta no puede dejar de ver; mientras él regala un Raleigh a una prostiputa (palabra que aparece también en La región) se arma una bronca, hay botellazos, y salen huyendo de ese ambiente de pesadilla, tan tenso como el de muchos pasajes de la novela de Fuentes. Otra escena, la de la razzia en un café cantante, no podría haber sucedido en La región; la libertad que hay aquí se acabó en el siguiente sexenio, y las prohibiciones se prolongaron hasta finales de los sesenta.
Ambos novelistas recrean, con más cercanía y verosimilitud que otros ambientes, el de los desposeídos; Fuentes sigue a distancia, pero con sentido de justicia, a los residentes de un barrio pobre, como la Guerrero o Peralvillo, que en grupo desafiante que no tolera los autoritarismos, van a los toros (espectáculo mucho más popular en la época de la novela que el futbol) donde se burlan de los potentados, rompen el orden y el equilibrio, humillan a sus víctimas a base de chotear su figura, sus posesiones, su vestimenta ridícula, sus ademanes refinados; irrumpen de manera salvaje y no se detienen ni ante las autoridades ni ante las amenazas, pero parecen impulsados por el rencor, las carencias, el desprecio que les tienen sus víctimas incluso cuando los vejan; en De perfil, Esteban, el primo del narrador, finge carecer de su riqueza, su esnobismo, su prepotencia, para acercarse a unos habitantes de la colonia Buenos Aires, muy cerca de donde vive el Personaje (en el centro de la Narvarte), y los encuentra más auténticos que sus compañeros del Colegio de México, más vitales; estudia su rencor, su violencia, sus deseos de venganza, su envidia del dinero y del poder; si Fuentes los hace los protagonistas de la violencia que acecha a la vuelta de la esquina, y los muestra capaces de matar por un acceso de ira que no pueden controlar, José Agustín nos hace ver sus nervios al cometer un asalto; responden a la violencia y a loradelora ven por ellos mismos sin importarles los demás; se ven obligados a romper la ley, y se sienten víctimas de las circunstancias; al contrario que en La región, ellos sufren la muerte por pobreza, son despojados hasta de lo mínimo; es una incursión a un mundo extraño, pero cercano y amenazante.
Y tanto Fuentes como José Agustín son implacables con los de la alta; el tono más cruel en toda su novela lo desborda Fuentes sobre esos ridículos ricos, nuevos o añejos, que esperan la oportunidad mínima para burlarse de sus congéneres, por criticar su vestimenta, su manera de aferrarse a una pequeña burguesía aunque tengan que empeñar sus ya escasas posesiones; Agustín los caricaturiza, es cruel al retratarlos sumisos, conformes, llenos de conflictos y ambiciones mediocres; incapaces de soltarse el pelo, se conforman con cantar a gritos canciones rancheras o tangos; y ambos son crueles con los intelectuales que pueblan ambas novelas: Fuentes, con los libros de moda bajo el brazo, sin leerlos, corriendo tras la última moda; Agustín, citando autores de celebridad momentánea, parodia traducciones, modas –hay incluso varios aguijonazos a Fuentes, uno de ellos al hablar del cine mexicano que copia al europeo–, juegos de trivia exagerados; en ambos, esos personajes se adivinan estériles, incapaces de creación.
Una diferencia: mientras las mujeres que en La región viven la sexualidad plena terminan pagándolo con el desprecio de los demás, perdiendo las posesiones a las que se acostumbraron, mientras que en De perfil son ellas las de la iniciativa, no se arrepienten y hasta la exhiben y la presumen.
Hay un elemento común tan importante como todo lo demás: en los dos libros la música es lo que provoca la libertad corporal; en La región son el mambo y la rumba, y hasta hay versos de algunas canciones como epígrafes o como frases sueltas o pronunciadas en conversaciones; “píntame de colores pa’ que me llamen Supermán”, dice, y es una frase que ejemplifica el ritmo de la novela; aunque hay menciones a chachachás, tienen menos peso y además son anacronismos, como afirmé hace poco más de un año en este mismo blog; en De perfil, aunque el personaje no gusta de los Beaceps (¿Beatles nada más o toda la ola inglesa?), hay rock todo el tiempo: en su radito del hermano del protagonista, quien además se la pasa rocanroleando; en la fiesta en casa de Queta Jonson, cantante solista y vocalista de los Suásticos; en casa de Octavio, en CU, en los camiones, en todo el ámbito de la novela.
Y aunque haya muchas coincidencias, y ambos libros sean un cuadro que retrata la ciudad de México (aunque Fuentes, en su conferencia magistral el lunes 5 en El Colegio Nacional declaró finiquitada la novela de la ciudad de México muy poco después de La región), con algunos años de diferencia, pero la verdadera diferencia es el periodo en que, se dice, la ciudad de México dejó de ser divertida y pasó a estar reprimida, bajo la regencia de Ernesto P. Uruchurtu, quien gobernó al DF de 1952 a 1966.

Una acotación: al releer ambas novelas advertí, hasta entonces, cuánto les deben todos los narradores posteriores a ellos; y advertí que, de manera inconsciente, repetí algunas escenas, desde luego sin la maestría y agilidad de ellos: confieso una: cuando Humberto, el padre del Personaje de De perfil le habla a éste de cuestiones sexuales, disimula su turbación masacrando un flan; eso puse a hacer a Carmen, masacrar un flan, cuando, turbada, pide a Anita que le sirva de alcanfor para quedarse una noche con Mario, en Una ola que se estrella contra las rocas; y una dedicatoria: para mi amiga y madrina Marisol Schulz, ahora más que nunca. Y otro agradecimiento a Marco Antonio Pulido, a quien saqueé toda la información de cabarets y centros nocturnos donde transcurre gran parte de La región más transparente; donde transcurre De perfil lo conocí por mi cuenta (bueno, Las Catacumbas, por fuera, cuando iba a sacar copias fotostáticas cuando no había fotocopiadoras Xerox en las casas fotográficas, ni tienen su calidad. Estaban pegados, pero Las Catacumbas, a esa hora, estaba cerrado).

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