lunes, 7 de diciembre de 2009

México y el beisbol, nuestro nuevo libro


Alguna vez escribí en El Financiero una nota sobre música popular, y le adjudiqué a Los Diamantes una versión de Schumann; Salvador González Vilchis me corrigió el error en un correo electrónico; en mi siguiente nota reparé la falta, y eso mereció un nuevo correo de Salvador: se la pasa señalando errores de quienes escribimos, pero nadie le hace caso, por lo que agradecía el hecho; en nuevos correos me dejó anonadado: conocía todo lo que había publicado, fuera en libro, revista, reseñas, reportajes, entrevistas; sólo se le escapaba Promesa matrimonial, y eso porque el primer tiraje fue de 50 ejemplares, de la colección La Pájina del Día, editada por Héctor Carreto y Jaime Velásquez en la UAM (50 ejemplares que me tardé como cinco años en acabármelos); no quedó más remedio que conocerlo, e incluirlo en la tertulia que, con el pretexto del dominó, celebrábamos en una cantina de la colonia Roma.
Por su iniciativa volví a editar Promesa matrimonial, con tipografía y diseño suyo, en una edición de cien ejemplares que esta vez tardé cinco años en agotar.

Gracias a él, de nuevo, aparece por estos días un nuevo libro: México y el beisbol; la historia es compleja: trabaja para la ADABI, que dirige la doctora Stella María González Cicero, y preside María Isabel Grañén Porrúa, y esta institución maneja un archivo de fotografías de beisbol que Alfredo Harp Helú ha invertido varios años en conseguir de diversos orígenes y medios; catalogado y ordenado a lo largo de cinco años, está a la disposición de profesionales y aficionados tanto al beisbol como a la historia del deporte, y a la historia en general. Generosamente, me ofrecieron que hurgara en él; luego de una larga y sabrosa plática, surgió el proyecto de escribir un libro que versara sobre el beisbol; para darle la forma debida tenía que contar con la colaboración de mi hijo Diego; nos aprobaron el proyecto, y supervisado, carrereado por Salvador, y por José Luis Cadena, quien lo diseñó, y luego del duro proceso de dar a luz un libro, acaba de salir de las prensas para debutar en la FIL de Guadalajara, donde tuvo un buen recibimiento.

Por desgracia, en México el deporte no es lo que debiera ser. Tengo la impresión que desde que salió José Vasconcelos de la Secretaría de Educación Pública, el 2 de julio de 1924, el gobierno no le ha dado a la Educación Física la importancia necesaria; las clases de esta materia se han limitado, la mayoría de las veces, a ejercicios inocuos y rutinarios, a detectar quiénes de los alumnos muestran alguna facultad, y seleccionarlos para unas competencias anuales a las que ni la SEP presta atención. Los diferentes gobiernos después de Plutarco Elías Calles han creído que la Subsecretaría del Deporte sirve para abanderar a los atletas seleccionados para competencias internacionales, y dar un apoyo económico al deporte profesional, que no lo necesita porque ya tienen sus propios patrocinadores. Así, la Educación Física ha dejado de otorgar una educación que todos necesitamos, no para convertirnos en deportistas profesionales, como lo han pretendido sin lograrlo, sino para ayudarnos a saber cómo, cuánto y a qué hora caminar; cómo sentarnos, cómo dormir, qué tipo de ejercicio conviene a cada quien; cuándo fumar, cómo beber; y otra cosa: saber, entender y disfrutar todos los deportes, como espectadores; me ha tocado ver a jefes de secciones deportivas que, ante la exigencia de la dirección del periódico de dar un enfoque diferente a la sección, piensan durante media hora, y exclaman: “¡un reportaje sobre las edecanes de la lucha libre!”; no saben en qué consiste el golf, y desconocen las reglas nada complejas del básquetbol, por ejemplo. La mayoría de la gente, cuando oye la palabra “deporte” sólo piensa en el futbol soccer; cree que el boxeo consiste en que un peleador muela a golpes a su contrincante, y cree que es mejor el nocaut fulminante que el nocaut técnico; no entiende la diferencia de las suertes del toreo, cree que el ajedrez es aburrido, que el golf es para ricos holgazanes, y que quedar en tercer o cuarto lugar en una competencia es malo, que sólo sirven las medallas de oro; o que el futbol americano sólo es un torneo en el que ganan los que pegan más fuerte, y que los héroes de este deporte son los que lanzan el balón y los que los reciben y los que corren; y que lo único atractivo del volibol es un juego a cinco sets entre los equipos femeniles de Cuba y Brasil.
El espectador de deporte es ingenuo e inmaduro; se encomienda a santos y vírgenes para que ayuden a que gane su equipo favorito; no disfrutan el juego, lo padecen y lo sufren; si ese equipo gana un juego, creen que ellos contribuyeron, y lo peor es que no les importa que el triunfo lo conquisten aun con trampas; veintitantos años después, Diego Armando Maradona confesó que el gol con el que su equipo obtuvo una copa denominada Mundial, fue ilegítimo, cosa que ya sabían todos los aficionados; la semana anterior un integrante de la Liga Mexicana de Futbol aceptó que cuando reciben un golpe, exageran y actúan para impresionar al árbitro y a los aficionados, que viven la semana siguiente padeciendo o disfrutando esos momentos (es muy recomendable la lectura de Los dueños del tiempo, de Emmanuel Carballo, que analiza el comportamiento del aficionado al futbol, aunque es generalizable a la mayoría de los deportes); el jugador que comete la falta de inmediato levanta las manitas clamando inocencia, aunque lo hayan observado unos cientos en el estadio y cientos de miles por televisión. Es vergonzoso que el equipo que va a representar al futbol mexicano profesional lo comande un hombre que para evitar una jugada contra su oncena, zancadilleó a un delantero rival; que las trampas estén por arriba de la ética hablan pésimo del futbol mexicano, y del país, y de la afición, que no lo repudiaron; así le sucedió a Raúl Cárdenas, jugador ejemplar, por no haber cometido una falta a un jugador español en un torneo mundial en Chile: “¡¿por qué!?”, chillaban los cronistas, ¿por qué no lo fauleó? Así estigmatizaron a un jugador decente, por no haber hecho trampa.

El deporte además de espectáculo es un negocio; no sólo el hecho de que equipos de futbol americano y de beisbol reciben ingresos millonarios cada año por concepto de boletos vendidos, más la comercialización de playeras, uniformes, gorras, tarjetas y otros souvenirs relacionados con equipos, jugadores, más contratos por la transmisión televisiva de los juegos (o como en México, que pagan para que no los contrate la otra cadena, aunque no transmitan los juegos), además de otros ingresos por publicidad.
Es además un negocio no sé si ilegal, pero de muchas maneras poco elegante: los equipos de futbol soccer son profesionales, reciben patrocinio de marcas comerciales, que a su vez recuperan ese patrocinio comercializando la popularidad de los jugadores, del mismo equipo, y tienen una retroalimentación inimaginable; pero además, cuando logran clasificarse para torneos internacionales, buscan, y consiguen, el patrocinio del gobierno, que tiene otros asuntos más importantes que atender que el triunfo o la derrota de un equipo que, además, no representa al deporte nacional. ¿Cuál es la ayuda que reciben los que hacen deporte los fines de semana? Albercas sucias e inseguras, canchas de tenis tan mal cuidadas que no son pocos los que se lesionan por la tierra floja y desnivelada; malas pistas de boliche; y no son gratuitos, además.
Y lo peor: ni siquiera los profesionales saben disfrutar de los deportes; hasta los reporteros creen que un juego que termina 7-2, no importa a favor de quién, fue bueno, y que uno que termina 0-0 es malo y aburrido, lo que indica que no disfrutan de la mitad de un deporte, que es la defensiva; esto incluye a comentaristas de radio y televisión, que carecen de poder narrativo, en primer lugar, y que no pueden explicar, porque ellos mismos no lo saben, si un juego es bueno o malo. Carecen además de imparcialidad, y tienen un favorito, o le hacen creer al televidente o radioescucha, que lo tienen; es famoso que Ángel Fernández, ahora tan añorado, quién lo dijera, confesaba a quien quería oírlo que su equipo favorito era el Necaxa (aquel Necaxa), no el América, y que su deporte favorito era el beisbol, no el futbol soccer.

Esta deformación del deporte, característica del futbol soccer, se extiende a otros deportes; hasta ahora el beisbol mexicano se ha salvado, aunque en las Mayores ya haya tramposos como Barry Bonds, Sammy Sosa, Mark McGwire, Álex Rodríguez, y otros 150 que han sido sorprendidos ingiriendo drogas o esteroides para mejorar su juego; desde los años veinte no ha sorprendido a nadie haciendo trampa, vendiendo resultados, sobornando árbitros, como ya sucede en el soccer, y además en potencias como Argentina, Italia y otros países ansiosos de glorias deportivas, como si carecieran de otras; o como en el tenis.
Pero es tan importante la afición por un deporte, que los gobiernos de muchos países no sólo aceptan patrocinarlos y les encargan que honren al país y a la bandera, aunque no representan ni uno ni a otra, sino a una marca comercial. Y ha sido tan importante que el gobierno argentino hizo lo posible por conquistar un torneo internacional para que sus ciudadanos olvidaran una derrota militar humillante, y el gobierno mexicano vio en 1986 la oportunidad, al evadir Colombia el compromiso de ser el país anfitrión del torneo correspondiente a ese año (por sus problemas económicos y financieros, y por la violencia desatada por el narcotráfico), para ayudar a reparar la imagen despedazada por los sismos del año anterior.
En Estados Unidos también están conscientes de la importancia social del deporte profesional; cada año el presidente en turno acude a un estadio, si es en Washington mejor, a hacer el primer lanzamiento del juego inaugural, y cada año, al terminar la temporada y la postemporada, reciben al equipo ganador en la Casa Blanca; por eso su humillación en cada torneo mundial cuando son derrotados por el equipo cubano, que si no es profesional tiene casi tantos privilegios como los profesionales; la más reciente novela de Henning Mankell, El hombre inquieto, aborda de manera lateral el tema de los deportistas artificiales, creados por la Alemania Oriental, para exhibirlos como si fueran el prototipo del ciudadano de ese Estado; los Juegos Olímpicos ya no son los únicos escaparates para demostrar la eficacia de una doctrina política, y en cambio desde los Juegos en Los Ángeles, lo son de la corrupción de todo el deporte que ya no es de amateurs y de profesionales, sino todos lo mismo.

En ese contexto, en la importancia que representa el beisbol mexicano a lo largo de más de 80 años, fue que escribimos México y el beisbol. Se ha jugado en épocas de esplendor y cuando ha habido economía de guerra; contribuyó de manera muy importante al fin de la segregación racial en el deporte estadounidense; ha sido el único deporte colectivo que ha buscado el equilibrio entre equipos poderosos y otros débiles; es el único, al menos en México que sus aficionados elogian las buenas jugadas, aunque sean del contgrincante, aunque ya haya cronistas que insitan a no apluadirlas; ha representado, en su momento, la eficacia (o no) de la política mexicana. Durante muchos años fue uno de los tres deportes más populares en todo el país (el boxeo y el toreo, los otros); fue desplazado de las transmisiones electrónicas y de las páginas deportivas por el soccer, aunque en eso contribuyeron las empresas televisivas, que transmitían dos juegos de futbol a la semana, y ahora transmiten cuatro, ocho o 12 ¡diarios!; le quitaron espacios no sólo a los dos equipos profesionales en el DF, sino a los semiprofesionales en invierno; las mismas empresas quitaron diamantes de beisbol para hacer canchas de futbol rápido; en las instalaciones deportivas del DF aumentaron canchas de futbol y eliminaron las del beis; pese a eso, en estos momentos hay en beisbol de AAA y de las Mayores más jugadores mexicanos que en toda la historia del soccer (no en el extranjero, sino en futbol de buena categoría); pese a todo, el beisbol sigue íntegro, no ha caído en las trampas del dinero fácil (y fugaz) y mantiene una dignidad que no tienen otros deportes; han sobrevivido a la tontería, a la fama oportunista, a la carencia de aficionados, aunque no tengan ganancias, aunque tengan que batallar contra la ineficacia gubernamental, que cree que la educación física significa encontrar una docena de mexicanos con facultades sobresalientes, como si enseñar a leer y escribir tuviera la aspiración de que todo mexicano alfabetizado tuviera la obligación de ser escritor, y que consumiera al menos 25 libros al año.
Por eso escribimos este libro, que no aspira a ser la historia del beisbol mexicano, sino vincular al beisbol con una parte de la historia del país.

5 comentarios:

Perla dijo...

¡¡Felicidades!!!
Saludos y un fuerte abrazo....

Anónimo dijo...

En horabuena.... en donde puedo conseguir un ejemplar?

Ing.Francisco Martinez Narvaez

Lalo dijo...

El libro se acaba de poner a la venta en la Librería Madero, en Madero casi esquina con Gante, en el Centro Histórico; también en una librería Deportiva, en Miramontes y Cerro de las Torres; a partir de la próxima semana, me parece, en la Librería que está en Pabellón Polanco, pero aún no es seguro

Juan Carlos Sierra dijo...

Estimado Eduardo:
Acabo de leer este post porque estoy buscando un libro sobre historia del Béisbol mexicano. Me ha parecido excelente su disertación. Espero encontrar su libro.Saludos cordiales. JCS

Lalo dijo...

Estimado Juan Carlos, gracias por sus palabras; el libro lo publicó la Adabi, una asociación de archivos aprovechando un material que Alfredo Harp Helú coleccionó, miles de fotografías; no es exactamente una historia del beisbol mexicano, aunque algunos afirman que eso dice el título, sino una historia de México, política, económica y social, desde la perspectiva del beisbol. Por desgracia, o por fortuna, aunque se agotó con gran rapidez, no se reeditó y parece que no tienen intención de reeditarlo.