lunes, 20 de marzo de 2017

Antecedentes ilustres de los Inventarios

Aunque hay antecedentes ilustres, fueron los modernistas quienes dieron sello personal a las crónicas periodísticas; no sólo es que las arengas políticas habían perdido su furor, y las muy agudas visiones de la vida cotidiana de parte del magnífico par de ases de nuestra República Restaurada (Altamirano y Ramírez), y la mirada sobre la vida popular de parte de Prieto, se volvieron versiones personales de Gutiérrez Nájera, Luis G. Urbina, Nervo; don Artemio las convierte en banquetes deliciosos y revive las crónicas más cronométricas de González Obregón, aunque en ambos persista el afán histórico de perpetuar calles, avenidas, historias, leyendas, aunque no tanto anécdotas.
                ¿Qué queda de ellos? Trazos, apuntes, humor, minucias, en casi todos, magnífica prosa, pero se ha perdido el sabor por culpa del desconocimiento de cómo fue la vida cuando fue de veras vida.

Los dos más grandes prosistas de crónicas de los tres primeros cuartos de siglo de nuestro XX, que parece no terminar, son Alfonso Reyes y Salvador Novo, enemigos en muchos sentidos aunque en lo personal hayan sido tan amigos.
                Un muy alto porcentaje de los escritos que componen los XXVI tomos de las Obras de Alfonso Reyes en el Fondo de Cultura Económica fueron apuntes sobre escritores, libros, personajes, obras, lecturas, publicadas en revistas y periódicos de España, recogidos en volúmenes de prosa varia en diferentes editoriales, como Espasa-Calpe, y en México por Tezontle, El Colegio de México, Nuevo Mundo, Stylo, o en ediciones propias; en esas entregas periodísticas hay un afán por divulgar sabiduría en dosis digeribles; explicaciones sencillas sobre autores no particularmente difíciles, y difieren de sus ensayos eruditos para especialistas; un texto no recogido aún en las obras es ilustrativo: su explicación de la teoría de la relatividad de Einstein, en la que los que no son (somos) expertos en física encontramos la fórmula para entender de qué se trata, aunque Reyes no haya sido especialista y se le nota el esfuerzo por ponerla en manos de los ignaros porque él mismo se nota dubitativo.
                En esos ensayos breves encontramos erudición, pero al alcance de todos: antecedentes de autor y obra, alguna anécdota graciosa, exploración anatómica del texto, del lenguaje utilizado, y una síntesis que no aspira a ser totalizadora. Otros son breviarios sobre culturas antiguas, también con ese lenguaje didáctico que hace que los lectores se sientan inteligentes, aunque la inteligencia sea del autor. Son artículos que por su inteligencia y profundidad hemos calificado de ensayos, aunque el propio Reyes los haya dedicado a los tipógrafos de los diarios en que aparecieron primero, y a quienes agradeció la corrección de muchos de ellos, corrección de incorrecciones provocadas por la premura con que debía entregarlos, y que muchos de ellos fueron escritos en las mismas mesas de plomo en que se formaban antes los periódicos (y que pese a la premura, a que se trabajaba sin tiempo para muchas enmiendas, aparecían sin las erratas y los barbarismos actuales, tal vez porque los correctores han desaparecido de las redacciones). Aunque haya tratado muchos temas, fue posible para Reyes reunirlos en tomos temáticos; no hay que olvidar el título de una serie que alcanzó cinco tomos que abarcan casi 500 páginas del tomo IV de las Obras Completas: Simpatías y diferencias. Pero muchos, muchísimos otros, no son tan diferentes y sí muy afines.

El otro gran cronista fue Salvador Novo. No debemos limitarnos a los voluminosos tomos que abarcan la vida cotidiana de México, y en especial de la ciudad de México, y que fueron apareciendo en diversas revistas con diversos nombres desde el período presidencial de Manuel Ávila Camacho hasta la primera mitad del sexenio de Luis Echeverría Álvarez; estas crónica se refieren a la vida de Novo, pública y privada, aunque no a la íntima, que no ocultó, pero la publicó en poemas de circulación privada.
                Sin embargo, muchos de los escritos que nutrieron sus mejores libros (En defensa de lo usado, Ensayos, Continente vacío, Este y otros viajes, Las locas, el sexo y los burdeles y las notas varias que conforman el segundo volumen de Viajes y ensayos) son crónicas instantáneas de la vida cotidiana, de sucesos inesperados, de los milagros que irrumpen la vida diaria; apuntes sobre actores, cómicos, amigos; de la muerte de algún conocido, y que no están incluidos en la crónica masiva de La vida en México en el período presidencial de….
                ¿Qué hace a Novo un cronista privilegiado? No la acumulación de datos, anécdotas, no la información que empapa al lector de los antecedentes que explican lo que va a leer; esa erudición queda implícita, no explícita: le muestra al lector el hecho bruto, y éste tiene que digerirlo, entenderlo y explicárselo; Novo trata al hipócrita lector como su semejante, su hermano, que está igual de enterado que él, se trate de un asunto policial (el asesinato de unos hermanos millonarios que vivían como pordioseros; el fallecimiento, a distancia, de uno que quiso ser su maestro y Novo no se lo permitió; el estreno de la semana; la disputa de la semana —resuelta a bofetadas en las mejillas del autor—, un accidente del que, por una vez, no se atreve a burlarse).
                Sabiduría en cápsulas eruditas pero escritas con un lenguaje sencillo y tono vernáculo, veraz, cotidiano, a veces con un albur implícito; hay en esas crónicas un humor inesperado aunque el lector lo espera en tratándose de la fama y el prestigio del autor.

Éstos son los antecedentes de los Inventarios de José Emilio Pacheco, que en una apretada antología acaba de publicar en tres tomos Ediciones Era, y de la que hablaré en días próximos.

Aparte, quiero denunciar a la recepcionista de Benjamín, nuestro dentisto, quien al devolverme la credencial que debo depositar para que se me facilite el ingreso al consultorio, me dijo que había salido muy guapo en la fotografía.
                También a la maquillista que me quita lo brilloso del rostro antes de entrar al aire, y quien, al finalizar la tarea, me dijo, delante de Lourdes, que me había dejado muy guapo.
                También, a nuestra amiga Rosa Montero, quien en alguna dedicatoria nos ha puesto a Lourdes y a mí el adjetivo de guapos.
                A Cristina Pacheco y a Diego, quienes cada vez que se encuentran se califican mutuamente de guapos.
                A (a destiempo) los Churumbeles de España, que no sólo espetaron el adjetivo de Guapa a una protagonista que estaba que se caía, que detenía el tránsito, sino que lo repitieron (guapa, guapa, guapa, tres veces guapa) hasta hacerlo acoso.
                A Carlos Pellicer que dijo, a manera de metáfora, que hay azules que se caen de morados (y si no lo entienden, que no denuncien).
                A Jim Morrison, quien dijo de alguien Don't ya love her as she's walkin' out the door.