lunes, 19 de marzo de 2018

Condenar el pasado


En días pasados programaron en televisión de paga una de las primeras cintas con Jorge Negrete, aún con aspiraciones a cantante de ópera (véase mi artículo en Contenido, hace casi tres décadas, de cómo Negrete fue todo lo que no quería ser); de hecho, tres cintas antes de ¡Ay, Jalisco, no te rajes!, que lo consagró como charro; en Juntos pero no revueltos conoció a Elisa Christy, madre de su única hija, y que aparece en camisón transparente junto a la después enigmática y provocativa Virginia Serret aunque sus dos apariciones eróticas fueron reducidas a una; fue galán de la muy bella pero inexpresiva Susana Guízar y amigo de Rafael Falcón, quien tenía todo para ser galán, menos el atractivo animal del propio Negrete y después de Pedro Infante.
                En la cinta aparecen el extraordinario Agustín Isunza, el estrella de radio Arturo Manrique Panzón Panseco, El Chicote aunque no como escudero de Negrete como lo fue después; Manuel Esperón haciendo dos o tres chistes; el pianista Juan García Esquivel, después célebre en Estados Unidos y de mala memoria en México; Hernán Vera, en una de sus 306 apariciones en el cine mexicano, de las que sólo he visto 243; Miguel Inclán de revolucionario no villano; una inquietante Emilie Egert en su única aparición cinematográfica, haciendo de gringa coscolina que le pone los cuernos al marido Clifford Carr, y quien mucho después sería el padre de Marga López en Los tres García; y varios más; es una de las pocas cintas auténticamente cómicas con Negrete (es decir, no involuntarias como Historia de un gran amor), como No basta ser charro y Un gallo en corral ajeno; curiosamente se pinta de negro para cantar ante un público que aplaude y se va; Falcón canta “gringuita, yo no sé lo que daría por saber hablar inglés” antes de besar a Egert (Luis Aguilar la canta en ATM, pero no tan bien) y con un verso inolvidable: “con tu histérico goodbye”; antes de NCIS, Chicote arma un automóvil en un cuarto pequeño del que después no podrá sacarlo; él mismo canta una divertida pieza, “si tú tienes curvas yo tengo un tobogán” mientras que Manrique, Jorge Treviño y otro cantan, acompañados por Esperón al piano, “Ah qué la coneja tan vieja tan vieja” en un supuesto alemán muy divertido (hasta donde recuerdo, sólo se vuelve a cantar en El charro y la dama, en voz de Pedro Armendáriz, que no sabía cantar, y quien pronuncia allí la célebre frase “nunca fuera caballero de damas tan bien servido”, enunciada antes por sir Lanzarote; Armendáriz concluye: ”yo también tengo mi cultura, no se crea”).
                Pero la cinta tiene algunos ángulos que ahora podrían prohibir: Guízar es deshonrada en su pueblo, aunque su tío lo dice de otra manera: “burlada”, lo que no le importa a Negrete, quien la toma por esposa y se vuelve padre adoptivo de su hijo (inevitable: si es deshonrada queda embarazada); Falcón se consuela con Lucha María Ávila, hermana de Guízar, niña curiosa e impertinente y que no pasa de los 12 años, con lo cual se supondría que Falcón es pederasta o cuando menos pedófilo, lo que no es lo mismo; hay un par de escenas que supondrían una homosexualidad no muy disimulada entre Negrete y Falcón; Manrique comanda una banda de niños a los que explota y los pone a cantar en la calle y a vender billetes de lotería, en complicidad con un supuesto ciego; hay apología del delito porque argumentista y director (Ernesto Cortázar y Fernando Rivero) simpatizan más con el hábil ladrón Chicote que con el torpe policía José Arias (quien se despidió del cine en Al este del paraíso, con James Dean); hay promiscuidad y varias mujeres comparten cama, lo mismo que algunos hombres, aunque Negrete y Falcón  sólo comparten cuarto; se burlan de la autoridad encarnada en Arturo Soto Rangel (en su séptima cinta de las 261 en que intervino, de las que he visto sólo 169) mientras proponen el nombre del niño a registrar (en honor de la portera Paz, alguien sugiere “Pazo” o “Pazillo”).
                Una cinta muy divertida de la que dice Emilio García Riera que se adivinan las carcajadas de los miembro del staff. Cierto, pero es provocativo que la exhiban en estos tiempos porque no se castiga al burlador de la heroína, que se insinúen amores ilícitos, que le pongan los cuernos a un gringo baboso, que no se castigue a un galán que sienta en sus piernas a una inquietante preadolescente, que quien sale ganador es un licenciado en leyes que transa a todos; cinta políticamente incorrecta.

No la linchan como lincharon a Mario Vargas Llosa en redes sociales por afirmar que en estos tiempos de nueva inquisición estaría prohibido hasta Lolita de Nabokov, una de las obras maestras del siglo XX porque la leen con otros ojos; Vargas Llosa ha mostrado en sus novelas amores lésbicos (mal narrados, pero en fin), no persigue a las prostitutas (las que cobran y las que no), ve a los dictadores desde su propia perspectiva (Odría, Trujillo), e incluso la pederastia (en sus menos buenas novelas); su afán de experimentar con tiempos, lenguaje, perspectiva; su intromisión en las almas de hasta sus más insignificantes personajes, su excelente prosa (la mayoría de las veces), han sido impugnados, sólo por advertir la persecución de las nuevas savonarolas. Dice Lourdes que a este paso las únicas novelas permitidas serán en las que los hombres sean desterrados, en que haya una sociedad de puras mujeres que se embarazan sin la intervención de los hombres, y que cuando paren hombres los abandonan porque no los consideran necesario. (Por cierto, eso sucede en una novela escrita por una mujer.)
                Lo lamentable es que no había argumentos, sólo descalificaciones contra Vargas Llosa; lo más cínico es que la mayoría de las que lo impugnaron confesaron no haber leído sus libros, sólo algunos de sus artículos en El País. No hay críticas a las artistas (de alguna manera se les califica) cuyas cualidades las muestran cuando menos una vez por semana, con o sin calzones.
                Pese a sus esfuerzos, no pueden borrar el pasado, ni condenarlo; lo único, que deje de haber supremacía de un sexo contra otro, de un país sobre otro, de un partido político sobre otros; pero al condenar la literatura, el arte subversivos, lograrán lo que los alimentos light: hacer aburrido todo sin que mejore la salud. Rosario Castellanos estaría muerta de la risa (o de la vergüenza).

miércoles, 21 de febrero de 2018

Las nalgas son importantísimas


Durante mucho tiempo hubo palabras impronunciables en las conversaciones cotidianas; sobre todo, las partes del cuerpo ocultas por la ropa, aunque no necesariamente las partes pudendas. Podían consultarse en los diccionarios, que no eran muy explícitos, y que apenas describían, de la manera más fría, esas partes que las faldas y vestidos ocultaban, pero resaltaban.
                A falta de la presencia de la palabra “nalgas” en revistas y periódicos, e incluso en la literatura, se usaba el gélido “glúteos”, o el más pícaro “asentaderas”, pero en la literatura popular, Gabriel Vargas popularizó “tambochas”, que no se encuentra en los diccionarios de mexicanismos ni de expresiones populares, pero que los lectores de La Familia Burrón leíamos sin necesidad de explicación. Usaban también “tepacuanas”, que sí se encuentra en el Diccionario de Mexicanismos de la Academia Mexicana de la Lengua, pero no en el más real y sabroso Útil y muy ameno vocabulario para entender a los mexicanos, de Héctor Manjarrez.
                Curiosamente llega a la literatura con más contundencia en los libros de Jorge Ibargüengoitia que en los de Gustavo Sainz o de José Agustín, quienes usan metáforas para evadir la palabra.
                En La ley de Herodes, el personaje de todos los relatos cubre las nalgas de Pampa Hash varias veces con “pantaletas”, que es lo primero y lo último que ve a esta extranjera a la que pierde porque la posee el ritmo, pero en “La vela perpetua”, dice que a Julia, que lo atormenta por años, “le faltaban pechos, le faltaban piernas, le faltaban nalgas y le sobraban dos o tres idiomas que ella creía que hablaba a las mil maravillas”; sufre menos con la protagonista de “¿Quién se lleva a Blanca”; Blanca, que tiene amoríos con varios personajes apenas mencionados, permite al protagonista que la lleve a su casa, pero al entrar a ésta, “le toqué las nalgas”, lo que causa hilaridad a unos niños testigos del acto; el reproche de ella es “¿Por qué eres así?”, pero nada más, lo que revela que estaría dispuesta a más.
           En Estas ruinas que ves, luego de una parranda, Malagón (Guillermo Orea en la excelente versión cinematográfica) se queja: "¿Por qué no me dijeron que le estaban viendo las nalgas a Sarita?" (Grace Renat en la cinta; también la muy bella Blanca Guerra las muestra dos veces, pero la descripción en la novela es menos erótica; lo de Sarita es una escena gratuita e innecesaria, en ambas obras).    
            En su mejor novela, Dos crímenes, Ramón Tarragona le dice a su sobrino Marcos que su sobrina Lucero le está poniendo las nalgas en las narices, escasamente disfrazada metáfora para referirse al coqueteo, o mejor dicho, nada disimulada insinuación. Marcos, sin embargo, copula con la madre de Lucero, en escenas en que lo cómico desplaza a lo erótico. En la cinta basada en esta novela, Dolores Heredia encarna con picardía a Lucero, y en la escena referida muestra el trasero, pero vestida; Margarita Isabel es Amalia, cómica y erótica al mismo tiempo; es también de las pocas veces en que la palabra se escucha con nitidez en el cine mexicano.
                El músico y poeta Vinicius de Moraes fue muy claro en su “Receta de mujer”; en la mucho más conocida “La chica de Ipanema” menciona dos veces el balanceo de la protagonista, balanceo de los glúteos, desde luego, pero no los menciona, como si se mencionan en “La Bossa Nostra”, de Les Luthiers, que combina ambos textos, y culmina con “nalgas marinas, y un pubis…”, que detiene un sacerdote con un “detente pecador”, aunque un coro celebra “pubis pro nobis”.
                En la “Receta…”, Moraes describe la perfección del cuerpo femenino, con adjetivos supremos para brazos, ojos, labios, talle, cuello; la mujer debe ser “ligera como un resto de nube: pero que sea una nube con ojos y nalgas. Las nalgas son importantísimas”, acota, sin necesidad de ningún otro adjetivo.
                Es curioso, sin embargo, que hayan llegado a la música más erótica entre las expresiones contemporáneas, como la menos sutil de las metáforas: Beny Moré en “La engañadora” describe a una mujer a la que todos los hombres la tenían que mirar porque estaba gordita, muy bien formadita, “en resumen, colosal”; gordita y bien formadita es sólo una manera, poco elegante pero nada obscena, de referirse a los glúteos, aunque al final de la canción se sabe que no son tales, sino rellenos, como en un cuento de Cristina Pacheco.
                Los antiguos no se complicaban: ni glúteos ni nalgas: “con las que me siento”, definían las señoritas decentes. Y las señoritas decentes las definían como "pompas", lo que se prestaba a juegos de palabras, y hasta una mención musical harto pícara: "Pompas" ("ricas"), de Eduardo Vigil y Robles, que popularizó en 1919 la muy pícara María Conesa. Un dicho mexicano describe a la perfección que las mujeres valen por sus cualidades intelectuales y que sean hacendosas, más que por lo sinuoso de su cuerpo: “busca a la mujer por lo que valga, y no sólo por la nalga” (La que de amarillo se viste. La mujer en el refranero mexicano, compilación de Ángeles Sánchez Bringas y Pilar Vallés, UNAN-CNCA, 2008).

sábado, 10 de febrero de 2018

La otra obra maestra


Sucedió durante varios meses, todos los lunes, en un restaurante especializado en paellas, en pleno centro de la ciudad de México; aunque hubo varios protagonistas, dos son los actores principales; los demás, curiosos testigos.
Los actores eran suramericanos; uno, publicista, periodista y a ratos escritor; tenía algunos libros publicados, pero ninguno vendía más que unas cuantas decenas de ejemplares; el otro era un diletante que vivía de aplicar sus conocimientos, su amplísima cultura, su ortografía estricta aunque flexible, y su prodigiosa memoria, en la corrección de libros; ambos, con mucho sentido del humor; ambos, mitómanos; el primero era prestidigitador; el otro, sólo mago; la diferencia radicaba en la audacia del primero y en el rigor del segundo.
                Ambos se reunían en alguna de las tres (en realidad seis) librerías cercanas; las tres, propiedades de españoles cultos, amables, atentos a los gustos de la clientela; dos de ellos, estrictos (a uno lo vi que corrió a un posible cliente porque copiaba datos de un libro, supuestamente hojeándolo para ver si lo compraba); el otro, contagiado del humor de sus clientes, armaba tertulias a diario, fuera con cineastas, con críticos de cine (que no es lo mismo), pintores, poetas, jóvenes novelistas que lo convirtieron en personaje de sus novelas o de sus autobiografías.
                El prestidigitador y el mago se juntaban los lunes en alguna de las librerías; jugaban a las adivinanzas, porque no se ponían de acuerdo en donde sería la reunión, pero muy pocas veces fallaron; después de revisar las novedades, las novedades viejas, de escuchar los corrillos de la última semana, esperaban a que cerraran la librería y caminaban unos pasos hacia el restaurante especializado en paellas, y allí proseguían la plática en lo que bebían dos o tres cervezas, cuando mucho, y luego se despedían, en la terminal de los camiones que iban, unos hacia el norte de la ciudad (salían de Avenida Hidalgo), otros hacia el sur (salían de Avenida Juárez); el prestidigitador iba a San Ángel, y lo acompañaba un joven editor y escritor aún sin la fama que se merecía; el mago iba hacia el norte, y lo acompañaba un empresario simpático y divertido; en el camino comentaban la tertulia.
                Un día el prestidigitador faltó a la cita durante cinco semanas; ni su compañero de viaje sabía el motivo de la ausencia. A la sexta se presentó radiante, más alegre, menos chismoso, con un aura adornándole la melena negra y alborotada; el mago adivinó: “¡estás escribiendo una novela!”.
                El prestidigitador asentó, y comenzó a platicar la trama: “se me ocurrió durante un viaje”; los contertulios (puros escritores ese día) se fascinaron con la anécdota, fantasiosa e increíble, pero que el prestidigitador hizo verosímil.
                Al abordar el camión, cerca de la medianoche, su compañero de trayecto le dijo, casi en tono de reproche: “cómo te envidio, yo no podría contar la trama de una novela porque se me ceba”, y le aclaró el significado del mexicanismo.
                El prestidigitador se alarmó, porque era, como todos los de su provincia, supersticioso (por ejemplo, nunca copulaba con los calcetines puestos); llegó a su casa y rompió las cuartillas que había pergueñado en esas semanas, y volvió a escribirlas, con redacción diferente y cambió algunas de las anécdotas, aunque la trama principal la conservó, con modificaciones, lo que lo llevó a ensayar una nueva estructura.
                A la semana siguiente, apurado por los contertulios, no sólo contó las nuevas peripecias (aunque no era el adjetivo adecuado, dictaminaron el editor y el mago) de la novela, y no sólo eso, sino que leyó las nuevas cuartillas. Sólo que para que no se le cebaran, eran diferentes a las que escribía en su casa; sus contertulios, cada vez más numerosos, impulsados al ser testigos de la nueva obra maestra, disfrutaban las aventuras de aquella familia singular.
                Se cumplió el plazo, terminó la novela, y luego de unos meses llegó con un tambache de ejemplares para los contertulios más asiduos; alguien empezó a leerla, y reclamó: “esto no es lo que nos leíste”; “no, claro, porque se me cebaba”. Todos festejaron la ocurrencia, menos el mago, que a la semana siguiente llegó con unas cuartillas encuadernadas: “aquí está lo que nos leíste”, dijo: todos los lunes llegaba a su casa, y gracias a su memoria prodigiosa, reproducía lo que el prestidigitador había leído, comas más, comas menos.
                Así que existen dos versiones: la que conoce todo el mundo de habla hispana, y otra, la que oímos los que íbamos a las tertulias, aunque ya sólo la recordamos el mago y yo, con todo y puntos y comas e interjecciones.

martes, 2 de enero de 2018

Pacheco, traductor de Eliot

En 1989 se publicó en la más o menos efímera colección Cuadernos de la Gaceta, del Fondo de Cultura Económica, la primera versión de José Emilio Pacheco de los Cuatro cuartetos, de T. S. Eliot. Desde entonces le quedó el deseo de hacer una nueva versión (“aproximación”, decía) más cercana al original, y eso que ya era mucho mejor que las realizadas por Vicente Gaos (Realp, 1951, Barral Editores, 1971 y Premià, 1977) y José María Valverde (Alianza Editorial, 1977).
                Esta nueva aproximación, por la benemérita Era y El Colegio Nacional (y con presentación de Luis García Montero, una edición simultánea en Alianza Editorial que poco llegará a México) hace más que correcciones, precisiones; el lector encontrará pequeñas diferencias con respecto a la edición anterior, ya legendaria y agotados muy pronto sus dos mil ejemplares (y a la que se llamó “traducción”); cambios apenas perceptibles, pero importantes.
                En realidad, lo que llama la atención son las abundantes notas y sobre todo la biografía, concisa pero llena de datos que acentúan la importancia de uno de los más grandes poemas del siglo XX.
                En las notas el lector encuentra la causa por la que Pacheco trabajó tanto en la “aproximación” de este poema, o conjunto de poemas: como con Antonio Machado, César Vallejo y Luis Cernuda, en Eliot hay una intención muy precisa de definir el tiempo, en que el presente se eterniza ante la desaparición del pasado y la imposibilidad del futuro, tema que abunda no sólo en la poesía de Pacheco, sino en sus obras en otros géneros; también, la Segunda Guerra Mundial, sus antecedentes y sus consecuencias a plazos mediatos e inmediatos (varios cuentos de El principio del placer, “Tarde de agosto” en El viento distante, Las batallas en el desierto y sobre todo Morirás lejos); la no tan inesperada e inadvertida presencia de varios capítulos mitológicos, también presentes en la obra de Pacheco, y en especial la erudición, que ilustra pasajes que pudieran parecer oscuros en el poema; erudición borgeana, y con la misma intención: mostrar que la cultura, antes que entorpecer la lectura, la hace menos densa, más clara.
                Si se compara con las “versiones” y “traducciones” de Gaos y de Valverde, es clara la superioridad de la “aproximación” de Pacheco: un solo ejemplo: los versos iniciales “El tiempo presente y el tiempo pasado / Están tal vez ambos presentes en el tiempo futuro / Y el tiempo futuro contenido en el tiempo pasado” (Gaos); “El tiempo presente y el tiempo pasado /están quizá presentes los dos en el tiempo futuro / y el tiempo futuro contenido en el tiempo pasado” (Valverde), en Pacheco quedan “El tiempo presente y el tiempo pasado / Acaso estén presentes en el tiempo futuro. Tal vez a ese futuro lo contenga el pasado.” Dice lo mismo pero mejor, sin calcar el “both” de Eliot, que en español queda implícito y obvio. En alguno de sus célebres “Calendarios” Pacheco recordaba que para ser buen traductor no es indispensable el manejo del idioma del que se traduce, sino el dominio del idioma al que se traduce.
                Sin mencionarlos, Pacheco hace evidente que sigue la ruta de “el mejor artesano”, según calificación de Eliot al fuego purificador de Ezra Pound, quien aconseja que la poesía debe estar tan bien escrita como la prosa, sin redundancias, sinalefas innecesarias, sin rimas involuntarias, que pueda leerse con claridad aunque el poema sea difícil, hermético, lleno de citas eruditas. Pound en El arte de la poesía (Joaquín Mortiz, 1970) y en Introducción a Ezra Pound (Barral Editores, 1973), traducciones de una parte de Ensayos literarios, seleccionados por Eliot, da lecciones claras sobre cómo leer y escribir poesía, consejos seguidos fielmente por Eliot y por Pacheco.

                Eliot o una de sus esposas dio preferencia a Vicente Gaos para que vertiera los Cuatro cuartetos al español; él y Valverde tradujeron palabra por palabra a Eliot; Pacheco reescribió el poema, como lo hubiera hecho Eliot (lector, por cierto, de los Modernistas, aunque no apreció a su coetáneo López Velarde, tan parecidos en ciertos aspectos). Excelente libro, excepto por la abundancia de erratas, sobre todo en la Cronología.

miércoles, 18 de octubre de 2017

De movimientos varios

Cada vez que he escrito “seísmo”, correctores de casi todos los diarios en donde he colaborado o trabajado lo cambian al más periodístico “sismo”; ¿para qué discutir, para qué enviarlos a los diccionarios, para qué alegar cuál es más correcto, si siempre que lo he escrito ha sido bajo circunstancias poco amables?
                No es fácil describir lo que se siente cuando hay cientos, miles que lo sufren más que uno; no es fácil hacerse la víctima; sólo cuando Diego estaba en Chile durante el seísmo de 8.8 que sacudió aquel país, pude escribir y describir la angustia primero, la incertidumbre después, el alivio salvador, y luego la espera ansiosa de su regreso, al mismo tiempo que la solidaridad de tantos amigos, incluso a muchos que aún no conocía o que no he conocido, que hicieron tanto por él y por nosotros.
                Desde los seísmos de 1978-79 comencé a leer libros serios, y sabía lo que estaba pasando; no pude evitar angustia, no por haber estado cerca de sufrir, Lourdes y yo, un golpe inesperado; ni por ver que los libreros de la entrada, con más de dos mil libros, se habían caído; ni estupor al ver que nada más, excepto un reconocimiento de El Financiero, había caído; ningún otro librero, ni siquiera el que tiene mal acomodados más de 200 diccionarios o enciclopedias; era angustia al creer que, enterrado entre tantos libros, pudiera estar, inmóvil o golpeado, el pobre Gibbs; nos tardamos en encontrarlo más de 20 horas escondido, en la parte de atrás de un librero muy firme, comprado en La Lagunilla hace más de 35 años; atrás de una colección de ediciones raras, viejas y nuevas de Daniel Cosío Villegas.
                Parece haber sido, lo digo con frivolidad, un temblor antibibliotecas; a varias amistades se le cayeron libreros, uno o varios; es nuestra oportunidad, al reacomodarlos, de deshacernos de varios ejemplares, no por golpeados, eso no le quita valor, sino porque veremos su inoperancia, su inutilidad, y quedarnos sólo con los libros valiosos, literariamente. Lo demás, muestras de aprecio y cariño de muchas amistades, de las que nunca había dudado; difícil nombrar a todos, pero no podemos dejar de mostrar gratitud a Julieta Huerta y a Ivette Jiménez, que nos ayudaron a recuperar la confianza y, en lo que se puede, la tranquilidad.

Lo grave es lo que se ha descubierto: la cobardía de los políticos, que se escondieron un par de días, cuando menos, y reaparecieron pálidos, con gesto de pavor, temblando de miedo, y trataron de aprovechar, en lo que pudieran, y ganar el voto de la gente que, más que nunca, los desprecia por cobardes, timoratos y oportunistas, y que se fueron a hacer campaña donde creen que no los iban a alcanzar las réplicas sísmicas ni políticas; ya sabemos quiénes son, los hemos estado observando más que nunca.
                Se ha puesto en evidencia la corrupción; si ya conocíamos la de los políticos, más aún la de la iniciativa privada, los que se aprovecharon de lo pendeja que es la gente desmemoriada y compró donde en 1985 se habían caído los mismos predios, sólo que ahora más elegantes. Y también la de los sindicatos de maestros, los buenos y los malos, que cada año piden a los padres que se cooperen con la pintada, con una enyesada, con material del que sea para apuntalar una barda, para remendar una pared, para disfrazar humedades, y se han quedado con los recursos que dan las autoridades de la SEP; y ésta, por omisa, por carecer de supervisión, por no mandar al carajo a los líderes sindicales, enriquecidos de la manera más vil, a costa de la seguridad de los más indefensos, los estudiantes desde preescolar hasta los más altos estudios.
                Vivo en la Miguel Hidalgo, se supone frontera entre terreno firme y terreno lacustre, que no había sido golpeada por seísmos anteriores; ahora los daños fueron inesperados por muchos motivos, sobre todo la cercanía del epicentro y lo superficial del epifoco (lo advertía el libro Cordilleras, terremotos y volcanes); edificios supuestamente sismorresistentes fueron golpeados en los estacionamientos, en fachadas, pero otros parecen dañados en la estructura, pero las autoridades no se han hecho presentes, y hay temor en los edificios aledaños de que sólo vayan a darle manita de gato a esos edificios, y los vendan como nuevos o como restaurados; la delegada, que se fue a Chiapas o a Oaxaca, sólo se ha hecho presente para presumir del nacimiento de unas perritas en un albergue para mascotas, y para decir que le interesa ser “jefa” de “gobierno”, al fin que ya se sabe lo fácil que es ocupar ese “cargo”. Y las escuelas de la delegación, las últimas en ser revisadas, porque creen que vivimos en zona de lujo.
                Y a propósito, ¿qué tal si le hubieran permitido al actual “jefe” de “gobierno” instalar su gigantesca rueda de la fortuna; a la hora del seísmo, el pánico hubiera sido peor que los daños, si es que esa ruedota hubiera aguantado el terremoto.

Otro movimiento contundente e inesperado: actrices o aspirantes a serlo o que nunca lo fueron, luego de muchos años decidieron acusar a uno de los productores más renombrados de Hollywood: Harvey Weinstein; confieso que lo desconozco porque me interesan más los directores y ciertos actores, sobre todo los de reparto más que las estrellas; lo denuncian y acusan por algo que el cine mexicano ha denunciado, así sea de manera involuntaria: lo hizo en Allá en el Rancho Grande (Fernando de Fuentes), en que el patrón pide se respete el hasta ese momento vigente aunque ilegal derecho de pernada; en También de dolor se canta (René Cardona), en que un actor ofrece a una pueblerina introducirla en el cine, se insinúa que a cambio del agradecimiento incondicional, sólo que ella, al contrario que muchas actrices de esa y otras épocas, tiene quien la proteja, Braulio Peláez (neé´Pedro Infante), que a su vez es acosado por la estrella de las dos películas, la ficticia y la real, sólo que él, orgulloso no acepta sino a cambio de la renuncia sincera de ella; ya lo había denunciado el cine mexicano en México de mis recuerdos (Juan Bustillos Oro), en la que una aspirante a vedette requiere de un protector que, ingenuo, pide que se le cumpla lo que se le ofrece, o cree que le ofrecen.
                Lo denuncia más recientemente Un mundo raro (Armando Casas), en que el productor de un programa televisivo se cobra diario con la actriz los emolumentos carnales (por cierto, Televisa organizó un foro crítico en el que defenestró a un talentoso periodista por denunciar lo que años después denuncia Televisa en esa cinta mediocre pero reveladora). (Por cierto, en la época de También de dolor se canta, la actriz de reparto Irma Dorantes vivía un idilio extramarital con Pedro Infante, después de que éste había cometido delito de pederastia con una bailarina adolescente.)
                Más ejemplos sobran: los relata Sophia Loren en su espléndida autobiografía; en The people almanac, David Wallechinsky e Irving Wallace narran que Marilyn Monroe, al recibir un contrato definitivo, exclamó que los siguientes blow jobes los haría por gusto y no por otro contratito, como hasta entonces; en Hollywood Babilonia se narran historias escalofriantes de los trabajos forzados que tuvieron que realizar estrellas femeninas y masculinas para que les dieran papeles, y luego cómo esos estrellas, sobre todo las masculinas, se vengaban de quienes los habían forzado; por ejemplo, Clark Gable obligaba a los estudios a despedir a algún director que lo había sodomizado u obligarlo a que lo sodomizara.
                Lo que hizo Weinstein no tiene nombre; o lo tiene: abuso de poder; si sus necesidades sexuales las podía satisfacer sólo ofreciendo a cambio contratos en cintas bien pagadas, es un problema grave; más grave es que tenía poder para conseguirlo; ese poder lo ejerció con algunas estrellas guapas que en el último momento pudieron negarse, o salieron del cuarto de hotel a donde habían aceptado acudir; algunas aceptaron darle masaje, o que se lo diera él, y luego se negaron sin que él las haya forzado a quedarse; es decir, aceptó un no como si fuera no.
                Weinstein citaba a sus pretendidas en un cuarto de hotel, como sucede en Crepúsculo de un dios (Emilio Fernández), en que el propio Fernández lleva a una actriz a su suite para leerle un guión, y el gerente del hotel (interpretado por Fernando Fernández— el gerente— del hotel—interpretado por el Camino Real— advierte que tengan cuidado, “ya saben cómo se pone cuando toma”); casi siempre, según relatan las ofendidas, en negociaciones para una cinta; muchas lo rechazaron, no se sabe cuántas no; algunas lo denuncian; quién sabe cuántas no.
                Repito, la historia ha sido contada decenas de veces: desde Sunset Blvd. (Billy Wilder) hasta Singin’ in the rain (Stanley Donnen y Gene Kelly); y no necesariamente han sido los directores y productores los protagonistas de estas historias: desde el floor manager del estudio de televisión, los camarógrafos, los guionistas, que se ofrecen a presentar a las actrices incipientes: “yo tengo influencias, yo te ayudo a conseguir un papel, a convertirlas en actrices, a grabar un disco”. Insisto, los dos tomos de Hollywood Babilonia están llenos de historias sórdidas, de frustraciones, de prostitución disimulada, de chantajes, de violencia, de orgías que terminan en violaciones, en asesinatos.
                ¿Por qué ahora se lanzan contra un productor poderoso, con toque mágico para hacer buenas cintas y productivas en popularidad, premios y dinero? ¿Hay algo detrás? ¿Atacó a alguien poderoso y aprovechan para lapidarlo, igual que a Bill Cosby, también esclavo de bajas pasiones, y sedujo por las buenas o las malas a decenas de aspirantes, y que lo acusan décadas después? ¿Se trata sólo de que todos deciden que ya estuvo bien, que se llegue al triunfo por méritos histriónicos y no por los físicos, como dicen que llegaron Rodolfo Valentino, Pedro Infante y Germán Valdés, según fotografías indiscretas en que se ve por qué tenían éxito con las mujeres? ¿O por su eficacia al momento de la gloria de la intimidad, como cierta cantante ha confesado que tuvo que fingir para poder cantar y triunfar y luego escoger y jurar que no miente porque se siente idolatrada? ¿Tiene algo que ver, y sólo así se justificaría, la orden para que Donald Trump presente pruebas de que no acosó, no manoseó, no se le insinuó, no persiguió, no abrazó a la fuerza, no besó a la fuerza a mujeres de muchos oficios, de que no le llamaba para decirle que ella tan bonita y él tan rico y poderoso, de que no comprobó que los atributo fueran firmes, como lo hizo un alto arzobispo mexicano, al que lo sorprendieron en ese acto y hasta publicaron su fotografía? ¿Trump se salvará sólo si Weinstein se salva?
                ¿Terminará para siempre el acoso sexual en las redacciones de periódicos y revistas; en oficinas gubernamentales en donde cualquiera acosa a cualquier subordinada (o subordinado, como en Disclosure —Barry Levinson), aunque  sea con pretexto laboral? ¿Se acabaron las actrices con papeles importantes cuya prueba aprobaron sin talento histriónico? ¿Se acabaron los talleres literarios donde se premia a las de físico más aceptable que el literario? ¿Ya sólo habrá buenas actrices y actores con talento natural, no importa si guapos o normales? ¿O saldrán más revelaciones de que alguien llegó al estrellato porque no salió corriendo del hotel, o del departamento del productor-director-floormanager-canchanchánconinfluencias? ¿Cuántos prestigios caerán, si es que caen, si es que no se detienen las acusaciones o, como sucedió con Cosby, no sostuvieron las acusaciones o se quedaron calladas por un arreglo fuera de la corte? ¿Trump se salvará de las acusaciones al parecer bien fundamentadas, y de que si no cedían, él decía que al cabo que ni quería, porque estaban gordas, chaparras, prietas o fufurufas? Oliver Stone y Woody Allen han sido cautos: primero juzguen y después fulminen, no vaya siendo…
                Ora que si se trata de negocios, de los estudios tradicionales contra Netflix o Instagram o esa nueva modalidad de cine…

                Colofón: en los años ochenta pocos programas televisivos en Estados Unidos como The Price is right, cuyo conductor aparecía con tres edecanes hechas con un solo molde: altas, rubias, esbeltas pero con curvas resaltadas por la ropa ajustada, pero discretas; una de ellas de pronto acusó al conductor de propasarse, acosarla, manosearla; al azoro fue inmediato: todos los televidentes observaban que era ella la que se le repegaba, lo abrazaba, se arrejuntaba; las otras dos edecanes fueron las más asombradas: pero si él era un caballero, nunca se propasó, era ella quien lo acosaba… 

miércoles, 13 de septiembre de 2017

Actualidad de Luis Spota; Semejanzas maravillosas

En enero de 1960 apareció en la Revista de la Universidad de México un ensayo, a página completa, del entonces joven promesa Carlos Monsiváis en que, de forma contundente, descalificaba a Luis Spota, “el novelista del futuro”, y se burlaba de la variedad de temas que abordaba en sus novelas y, en paréntesis crueles, lo proyectaba hacia el futuro y lo ponía como compañero y amigo de James Joyce, y candidato al Premio Nobel de Literatura; en uno de sus tomos sobre el cine mexicano, Emilio García Riera también se burla de Spota; los años sesenta no fueron los más propicios para una lectura seria, reposada, sobre la narrativa de un autor que ciertamente abordó diversas temáticas: la tauromaquia, la Revolución, el sindicalismo, la corrupción policial, los braceros, la vida política, los artistas; en esa descalificación se olvida que Spota fue pionero de la novela sobre dictadores (sólo Asturias escribió del tema antes) anticipándose a García Márquez, Roa Bastos, Vargas Llosa; se adelantó a Sergio Magaña y a José Emilio Pacheco con el estruendoso tema del hombre que tenía encerrada a su familia para salvarla del mundo de perdición.
                Luis Spota fue leído de manera descuidada por la crítica, se le excluía de los recuentos anuales, y se le menospreciaba por la enorme cantidad de lectores que tenía cada una de sus novelas; una, Casi el paraíso, se reeditó cinco veces en cinco años consecutivos en su editorial original, el Fondo de Cultura Económica, y diez veces en Diana; sus últimos libros tenían tirajes de decenas de miles de ejemplares; cierto, gran parte de su popularidad se debió a su aparición en mesas redondas televisadas; algunas de sus novelas y guiones cinematográficos fueron filmados, algunos de ellos dirigidos por él mismo. Otras actividades le dieron renombre: profesionalizó el boxeo, protegió a deportistas, y fue el  de la iniciativa de que un médico los certificara antes de que subieran al ring. Dirigió un suplemento cultural en donde colaboraron críticos y narradores de renombre y otros se abrieron caminos en sus páginas, y dirigió una de las revistas más audaces de su época, por los colaboradores y los temas que abordaron en sus páginas.
               Fue reconocido como un excelente narrador antes que un estilista, pero era difícil soltar sus libros. Una de sus mejores novelas, si no la mejor, Lo de antes, fue llevada al cine en una cinta excepcional, Cadena perpetua.
En sus últimos años publicó una saga, La costumbre del poder, que en seis novelas aisladas pero unidas, habla del poder, la sucesión presidencial, los golpes debajo de la mesa, las descalificaciones entre los contendientes: de Retrato hablado hasta El rostro del sueño (pasando por Palabras mayores, una de las mejores obras de la literatura mexicana) hace un relato que si bien retrataba aquellos turbulentos años de los sexenios de Díaz Ordaz y Luis Echeverría, y en estos días parecen retomar el clima de esa época.
La última novela de Spota, Paraíso 25, cuenta las nuevas aventuras de Ugo Conti, el protagonista de Casi el paraíso, en una visita a México, y habla de una violencia incontenida, asaltos a deshoras y en cualquier lugar, prepotencia de los políticos y sus guardaespaldas, y parece anticipar lo que se vive ahora, y ya no sólo en la ciudad de México, que es donde la coloca Spota, sino en casi todas las ciudades pequeñas, regulares y grandes del país; lo mismo parece haber anticipado en Casi el paraíso, con la sumisión de los acaudalados hacia los famosos, así sean farsantes; igualmente, Spota prefiguró a los políticos que en unos cuantos años acumulan fortunas impensables en unos pocos años.
Siglo XXI Editores acaba de reeditar las seis novelas de La costumbre del poder, y se verá no sólo su actualidad, también la prosa de Spota, uno de los mejores narradores de nuestro siglo XX; ojalá alguna editorial se aventurara a una edición anotada de Casi el paraíso, que estableciera por qué es una de nuestras mejores novelas.

Una de las mejores parejas del cine mexicano, aunque alejadas de la imagen glamorosa de galán y belleza, la formaron Joaquín Pardavé y Sara García, con divertidas y conmovedoras actuaciones; matrimonio en El barchante Neguib, en El baisano Jalib, en El hombre inquieto; novios en El ropavejero; cómplices en Dos pesos dejada, en La familia Pérez, representan a un matrimonio en que ella, pretenciosa, desea colocar a sus hijas casaderas con pretendientes ricos; él es un dejado de quien se aprovechan la esposa, el jefe, los compañeros de trabajo, y es defendido tímidamente por las hijas y por una compañera de trabajo; García cree que esa compañera es amante del marido, y lo corre de la casa, pero en realidad esa compañera lo ayuda a recuperar la confianza y a callar a la esposa mandona. Gilberto Martínez Solares, uno de los mejores directores de comedias, también lleva crédito del argumento y del guión; en ninguna parte se dice que la trama está casi calcada de una de las mejores novelas, y la más conocida, de Jean Austen, Orgullo y prejuicio; ni Carlos Fuentes, tan buen cinéfilo, lo advirtió en su prólogo a la novela, editada por la UNAM en la colección Nuestros Clásicos.
                El cine mexicano ha sido especialista en hacer adaptaciones de las grandes novelas o cintas, a veces dando el crédito debido, pero otras no; de My man Godfrey Rogelio González tomó y adaptó la trama para hacer la muy divertida Escuela de vagabundos (y sus remakes ¡Qué hombre tan sin embargo! y El criado malcriado), pero fue en Nosotras las sirvientas, de Zacarías Gómez Urquiza, donde el director y sus colaboradores Guz Águila y Ramón Obón tomaron una escena de My man Godfrey, cuando las villanas tratan de culpar a la muy bella Alma Rosa Aguirre de un robo, pero los malos son desenmascarados.
                Uno de los escritores favoritos de los argumentistas mexicanos, y del público en general, en la primera mitad del siglo XX fue Alejandro Dumas, de quien adaptó el cine nacional varias historias, sobre todo Los tres mosqueteros (Cuatro contra el imperio) y El conde de Montecristo, y una muy curiosa: Camino de Sacramento, de Chano Urueta, donde Jorge Negrete hace el doble papel de los hermanos mellizos que resiente, uno, las sensaciones y tentaciones del otro, como en la obra de Dumas Los hermanos corsos; pero no dan el debido crédito ni en Calibre 44 (Julián Soler, con argumento de José María Fernández Unsaín, con Lalo González Piporro, doble héroe de la cinta) ni Fray don Juan (René Cardona, con argumento suyo y de Fernando Galiana), en que Mauricio Garcés interpreta a un coleccionista de cariñitos de un instante, y a su hermano sacerdote que piropea a feligresas y se embriaga cuando su hermano bebe. Pero tampoco dan crédito a Dumas por una cinta más célebre, Ansiedad, de Miguel Zacarías, con Pedro Infante interpretando a dos hermanos totalmente opuestos, así como al padre de ambos, o el de los hermanos Andrade en Los tres huastecos, de Ismael Rodríguez, con argumento suyo y de Rogelio González.
                El recuento de copias, adaptaciones, plagios involuntarios o no, sería enorme, sobre todo porque muchos argumentistas de la autollamada Época de Oro del Cine Mexicano eran hombres cultos, buenos escritores, como Edmundo Báez, Xavier Villaurrutia, José Revueltas, Mauricio Magdaleno, que solucionaban trabas de la trama tomando alguna escena de la literatura universal o del cine estadounidense.

                Uno de los escritores más saqueados, con crédito o sin él, ha sido Guy de Maupassant, excelente narrador ahora poco citado y poco leído, pero del que John Ford tomó un cuento, Bola de cebo, para el arranque de La diligencia, cinta que se dice vio 40 veces Orson Welles mientras filmaba El ciudadano Kane; lo interesante, y me parece que no advertido, es la semejanza de la heroína de Los muros de agua, de José Revueltas, con la protagonista de Cama 26, de Maupassant, que mata más soldados prusianos que el ejército francés, contagiándolos de sífilis.

Con agradecimiento a José Antonio Gurrea, por la difusión que le ha dado a estos textos en El Universal de Querétaro, y a Lourdes, que me abre los ojos.

lunes, 7 de agosto de 2017

Historia de otra infamia

En una página muy bien lograda de Los relámpagos de agosto, Jorge Ibargüengoitia retrata lo que pensaron los políticos mexicanos unos segundos después de que José de León Toral asesinó al presidente reelecto Álvaro Obregón: ¿y ahora quién va a quedarse en la presidencia? Plutarco Elías Calles lo solucionó con el nombramiento de Emilio Portes Gil como presidente interino, formó un partido en el que todos los aspirantes, rejegos o no, se alinearon, y logró que se nombrara candidato a un hombre del régimen pero que no formaba parte ni de la elite militar (aunque era general) ni de la intelectualidad (aunque era abogado y había sido embajador, en un tiempo en que las tareas diplomáticas las ejercían intelectuales de prestigio) ni estaba entre los líderes sindicales: Pascual Ortiz Rubio.
                Aunque no carecía de méritos, lo apabullaron sin necesidad de redes sociales, con sobrenombres humillantes, chistes y anécdotas que la gente tomaba muy en serio, con infamias que daban como verídicas: una de las historias más ingeniosas fue la que dijo Luis Cabrera, sobreviviente del carrancismo: temía que si el presidente fuera José Vasconcelos (exsecretario de Educación, exrector de la UNAM, orador, escritor, intelectual brillantísimo), temía que lo haría desterrar; que si fuera Adalberto Tejeda (exgobernador de Veracruz, exdiputado, exsecretario de Gobernación, líder laboral), temía que lo mandara fusilar; y que si el presidente fuera Pascual Ortiz Rubio, temía que lo llamara a su gabinete.
                Ortiz Rubio pensó que todo era en serio, pero se encontró con que Elías Calles se tomaba más en serio su papel de Jefe Máximo de la Revolución, y peor, que casi todos los miembros del Partido Nacional Revolucionario pensaban lo mismo que Calles; entre el presidente y el Caudillo había serias diferencias que creo inútil repetir si está al alcance de los lectores el excelente libro de Tzvi Medin: El minimato presidencial: historia política del maximato, 1928-1935 (Ediciones Era, 1982); si le da flojera a los analíticos actuales pueden rastrear los Inventarios que José Emilio Pacheco dedicó al tema más o menos por las fechas en que apareció este libro (Medin hizo después otro estudio indispensable sobre el sexenio alemanista, que los analíticos actuales también ignoran, dadas las tonterías que escriben sin arrepentimiento ni rubor).
                Los rumores, los chistes, las infamias tuvieron tanto efecto que se creó el clima de desgobierno, el presidente apenas tenía el apoyo de unos cuantos (para su mayor grandeza, la del general Cárdenas, entre otros pocos), y el clima de linchamiento. Recrea Pacheco el ambiente del 1 de septiembre de 1932: con los cañones de la Ciudadela apuntando hacia el Zócalo, hacia Palacio Nacional; Ortiz Rubio, al que le achacan la cobardía de ausentarse tras el atentado del día de su toma de posesión, cuando lo balacearon —el verbo adecuado— y que le valió uno de los más memorables epigramas de Salvador Novo (¿Pueda la bala asnicida, no por perdida ganada ni por ganada perdida, el detener la mordida?) y reapareció cuando ya no podía quitarse el epíteto de sacatón, pero tuvo la valentía de presentar su renuncia; el caos duró apenas unas horas, cuando la elite política decidió que el interinato recaería en el general Abelardo R. Rodríguez y ya Calles se encargaría de escoger a alguien menos manumiso que Ortiz Rubio (a propósito de que la valentía consiste en huir: ¿Edgeworth, Shakespeare, fray Luis de León?).
                Se dijo que el mayor logro de su gobierno era el túnel que comunica 16 de septiembre con 5 de mayo,  para que los transeúntes no cruzaran los seis o siete metros entre una banqueta y otra, en la esquina con San Juan de Letrán (Salvador Elizondo recuerda, en uno de sus relatos, el calificativo: el túnel del baboso, y también recuerda que la gente advertía que si se tocaban los barandales de la escalera podían contraer sífilis); y los apodos (Nopalito, el Baboso) eran menos injuriosos que el letrero en el cerro de Chapultepec que una escritora ignora que fue letrero y afirma que eran afirmaciones.
                Las injurias, las infamias, han hecho que la gente ignore que no fue manso lacayo de Calles, que evitó una guerra civil, que hubiera sido terrible, y no le reconocen un logro que pocos han igualado y que algunos gobiernos han ignorado; la Doctrina Estrada, muy mentada en estos días, pero sin entender de qué se trata, aunque es muy simple: el principio de la no intervención, y que dirigió la conducta de la nación ante los procesos electorales de otros países: México no interviene si el proceso es legal; pero lo legal no comprende los golpes de Estado ni los golpes militares, aunque sí las rebeliones contra dictaduras.
Por la Doctrina Estrada México mantuvo relaciones con la República Española en el exilio y no con la administración de Franco; por ello, México reconoció la Revolución cubana, pero no el golpe de Pinochet y patrocinadores contra el gobierno de Salvador Allende; por ello, por reconocer los gobiernos legítimos, dio acogida a los transterrados españoles y a los perseguidos por las dictaduras suramericanas; gracias a la Doctrina Estrada la política exterior mexicana fue tan digna durante tantos gobiernos hasta que la ignoraron los gobiernos emanados del Partido Acción Nacional.
¿Por qué cuesta trabajo entender lo que sucede ahora? La muy manida frase de George o Jorge Santayana, de que las naciones que desconocen la historia están condenados a repetirla, explica que ignoran que lo que ahora pasa en Venezuela y que México lo vivió en 1913, cuando Victoriano Huerta, en un remedo de legalidad, dio por buenas las renuncias del presidente Francisco I. Madero y del vicepresidente José María Pino Suárez y asumió, luego de otro remedo de legalidad, la presidencia del país (por cierto, también se ignora que por ello no hay vicepresidencia: al derrocar al presidente los alzados deben también eliminar, por las buenas o por las malas, al vicepresidente); desconoció a los senadores y obligó a los diputados, algunos de los cuales eran sus seguidores, a reconocerlo; así sucede ahora: desconocen a los legisladores para poner a otros a modo; la Revolución maderista, que había durado unos meses, al estallar esa crisis, se prolongó con otros nombres, otros hombres, otros propósitos, otras promesas, hasta 1917, o 1919, o 1921, o 1923, o 1928, o 1929, o 1939, como se quiera. Eso va a suceder en Venezuela, de la que se desconoce todo, excepto las angustias que pasan los ciudadanos, que intentan llegar a otros países y en cuanto puedan, sacar a sus familiares; o aceptar trabajos hasta mal pagados, con tal de salir de donde consideran peligroso y fuera de la dignidad; ahora opinar allá es peligroso, y mucho más lo es para quienes juzgan, critican, señalan. Las advertencias de que burlarse del jefe mínimo de esa autollamada revolución que de socialista no tiene ni el nombre, puede costar años de cárcel; cuando sobrevivir significa sumisión; esas señales las han ignorado quienes ignoran que un presidente ha sido juzgado como el segundo peor de la historia, basados en consejas, chistes buenos o malos, y malos historiadores.

Cierto: ignorar el pasado es obligarse a vivirlo de nuevo, o exhibirse como ignorantes.