martes, 14 de julio de 2026

¿Quién es más erótico: Leduc o López Velarde?

 En el medio periodístico es muy conocida una anécdota de Renato Leduc, cuando en un coctel por un aniversario de Ovaciones, alguien le pidió:

            --Don Renato, usted que es tan inteligente, ¿por qué no nos dice unas palabras?

            A lo que Leduc contestó:

            --Yo soy muy inteligente de un día para otro, así de momento soy muy pendejo.

            Así hay muchas anécdotas suyas, como cuando un presidente le ofreció un puesto en el gobierno, incluyendo alguna subsecretaría, y Leduc le dijo que no era político, pero que le agradecería dos direcciones y una recomendación.

--¿Dos direcciones?— preguntó el mandatario-- ¿Cómo dos direcciones?

A lo que Leduc contestó que las de dos vedettes de moda en ese sexenio, y la recomendación de que no le cobraran por sus servicios.

 

Leduc, conocido por su sentido del humor y sus críticas a gobiernos y gobernantes, y de excelentes reportajes (hay algún libro que recopila algunos de los mejores), era un extraordinario poeta. Por desgracia sólo es conocido por unos pocos poemas, como “Aquí se habla del tiempo perdido que, como dice el dicho, los santos lo lloran” (en algunas antologías le cambian el nombre por “Tiempo y destiempo” o “Soneto del tiempo”). Pero poemas no muy populares, aunque excelentes, muestran su ingenio y su calidad para usar palabras e imágenes soeces:

                                    ABSOLUCIÓN

                        La joven artista exhibe sus tetas
                        partes integrantes de su profesión
                        arriesgando –claro—que curas ascetas
                        le nieguen los goces de la comunión…

                        La joven artista de ondulante nalga
                        penetra a la iglesia en mala ocasión.
                        El cura la increpa, le grita que salga
                        que libre a los fieles de la tentación…

                        La joven artista desnuda y contrista
                        en la sacristía se llena de unción,
                        La sotana alzada, el santo curita
                        beatifícamente da su absolución…

            Casi toda su Obra literaria es pícara, a veces obscena, y no se guarda las malas palabras, y no deja de ser pelada (y romántica).

 

Su picardía hace que la crítica obvie su calidad y un humor que no degrada la poesía, y por desgracia los lectores buscan el ingenio, el final chusco, la crítica social, política, el humor brutal.

            Algunos juegos de palabra le permiten a Leduc eludir la censura y acomete sobre todo contra el poder:

            En uno de sus poemas que no ha perdido actualidad aunque los protagonistas ya sean otros, hace un doble juego:

                                    EL ALMIRANTE

Ese gran almirante de la calle de Azueta
que cantaba las glorias de la marcha hacia el mar
era aquel tenientillo de corbata o corbeta
que alguna vez nos quiso dizque alemanizar…

De pirata extranjero es lacayo oficioso
y en las aguas del Golfo al de casa posterga.
Y por eso hoy pedimos ante un juez contencioso
que cual torpe grumete se le mande a la verga…

 

            (hay que recordar que la Secretaría de Marina estaba (o está) en el centro de la ciudad de México (que no tiene costas aunque sí inundaciones y que el vocablo verga se refiere al palo mayor de una embarcación. De allí el juego de palabras). Y el secretario del ramo en ese sexenio era Manuel Zermeño Araico.

            Leduc, tan buen poeta como excelente crítico cinematográfico, era un apasionado romántico (en el sentido exacto de la palabra), y nunca olvidó que la culminación de una relación amorosa suele ser el encuentro de dos seres que se entregan uno al otro. Y un ejemplo de esa poesía extremadamente romántica es el siguiente soneto:

            Este ejemplo demuestra que no solamente de mujeres pueden los hombres hablar

Entonces llegó ella, exactamente ella
luciendo un estruendoso vestido carmesí.
Lujo asiático –dije—pero está usted muy bella…
y ella, naturalmente, me contestó que sí.

Si usted me permitiera, yo le daría mi nombre;
soy un hombre de pluma y me llamo Renato,
lo de la pluma es subsidiario en el hombre
mas tengo un porvenir color permanganato.

Ella me dijo entonces una frase inefable
que por razones obvias no quiero recordar;
permita usted, por tanto, que de esto no le hable.

Pero hay otras cuestiones acerca de las cuales
sin desdoro ninguno podemos divagar:
La Vida… el Comunismo… las partes genitales…

 

La imagen de Leduc no desmiente la leyenda. Sólo falta agregar que su soneto sobre el tiempo (“Aquí se habla del tiempo perdido, que como dice el dicho, los santos lo lloran”) lo hizo en menos de una hora, ante el reto de un compañero en la Universidad (entonces por Santo Domingo) quien le aseguró que no podría hacer un soneto con esa palabra, porque es de las pocas que no tienen rima. Pero Leduc lo hizo, citando la palabra tiempo 14 veces y todas con significado diferente.

 

Ramón López Velarde es un caso muy diferente: José Emilio Pacheco, en su excelente Antología del Modernismo resalta algunos de los versos que el jerezano usó con picardía y que han pasado inadvertidos: nativo de Jerez, Zacatecas, de donde, aseguran, todos los pobladores devienen de una sola familia (“pobre gente de Jerez, todititos son parientes y ni uno se puede ver”, dice Eugenio del Hoyo). Se le considera cantor de la patria (uno de los adjetivos que le asestan, sobre todo por el último poema que escribió, y que malamente lo consideran un escrito patriotero, pero al que no han desmenuzado).

            La poesía de López Velarde es tan sensual como lo es parte de la obra de Amado Nervo y de Gutiérrez Nájera, pero se requiere de una lectura atenta y desapasionada, y buscar dobles y triples sentidos; sólo así se entienden mejor las referencias eróticas que pueblan su poesía.

 

Vayamos por partes: López Velarde es un poeta apasionado de las mujeres, a las que no busca por sus virtudes sino por sus cualidades; en el excelente estudio prólogo a una antología póstuma (Poemas escogidos, Nueva Cvltvra, 1940) Xavier Villaurrutia señala la complejidad del jerezano, quien sin embargo no ocultaba sus pasiones.

            En uno de sus poemas menos estudiados, “Mi prima Águeda”, López Velarde confiesa un vicio inconfesable:

                        Mi madrina invitaba a mi prima Águeda
                        a que pasara el día con nosotros,
                        y mi prima llegaba
                        con un contradictorio
                        prestigio de algodón y de temible
                        luto ceremonioso.

                                    Águeda aparecía, resonante
                        de almidón, y sus ojos
                        verdes y sus mejillas rubicundas
                        me protegían contra el pavoroso luto…

                                    Yo era rapaz
                        y conocía la o por lo redondo,
                        y Águeda que tejía
                        mansa y perseverante en el sonoro
                        corredor, me causaba
                        calosfríos ignotos…

                           (Creo que hasta la debo la costumbre
                        heroicamente insana de hablar solo.)

                           A la hora de comer, en la penumbra
                        quieta del refectorio,

                        Me iba embelesando un quebradizo
                        sonar intermitente de vajilla
                        y el timbre caricioso
                        de la voz de mi prima…

            ¿Hay algún otro poema en la literatura mexicana con una referencia tan directa de la autosatisfacción? Tal vez hasta Casi el Paraíso, de Luis Spota, los primeros textos de Carlos Fuentes, y el encuentro entre el Personaje y Lucrecia Borges en De perfil, de José Agustín, además de la escena en casa de Pascual, cuya familia supuestamente está de vacaciones, lo que aprovechan este personaje, el protagonista y oros amigos –personajes que hacen una ofrenda a Onán con una colección de revistas eróticas (SelfPlay boy, le llaman en Mad) aunque son sorprendidos por los padres del personaje.

            En varios de sus poemas, sobre todo de la última época, hay muchas referencias al erotismo y a la sexualidad. Uno de ellos es célebre y muy repetido en fechas patrióticas, “La Suave Patria”, que recitó el presidente Obregón cuando se enteró de la muerte del poeta, y la declamó sin tener el texto a la mano (dicho sea sin doble intención).

            En ceremonias cívicas, sobre todo de secundaria, se dice en voz alta el Poema, que es excelente, pero pocos han visto los dobles sentidos de muchos de sus fragmentos.

 

Para empezar por el principio, ¿a qué se refiere el poeta cuando dice:

                        Yo que sólo canté de la exquisita
                        partitura del íntimo decoro,?

(Exquisito juego de palabras para referirse, casi sin eufemismos, al sexo femenino; y sí, López Velarde aclara que él, a quien le apasiona hablar de la sexualidad femenina, debe por ahora abstenerse y referirse en esos momentos del centenario de la Independencia, debe hablar de la Patria)

            En el Primer Acto hay una referencia al onanismo:

                        ¿Quién, en la noche que asusta a la rana,
                        no miró, antes de saber del vicio,
                        del brazo de su novia, la galana
                        pólvora de los fuegos de artificio?

Unos fragmentos más tarde hay otra estrofa simbólica:

                        Trueno del temporal, oigo en tus quejas
                        crujir los esqueletos en parejas:

En el Intermedio, dedicado a Cuauhtémoc, se queja de la caída de Tenochtitlan, del derrumbe de las estatuas que simbolizaban a las deidades mexicas, el fin de sus religiones, la traición de los pueblos aliados al reino de Tenochtitlan, simbolizada por Malitzin, Tlaxcala, la pequeña barca en donde fue capturado, pero sobre todo, sacarlo del lecho nupcial arrebatado de los brazos de Ichcaxóchitl, la hija de Moctezuma, viuda del mártir Cuitláhuac y esposada a Cuauhtémoc, quien no pudo satisfacerla por ser obligado a comandar la resistencia contra Hernán Cortés y sus hordas. Prácticamente lo bajaron del guayabo en plena luna de miel. Esto lo aclara de manera magistral José Emilio Pacheco en su Antología del modernismo mexicano 1884-1921 (primera edición, UNAM; segunda edición, Ediciones Era-El Colegio Nacional). Los versos son un resumen espléndido.

                                    No como a César el rubor patricio
                                    te cubre el rostro en medio del suplicio:
                                    tu cabeza desnuda se nos queda
                                    hemisféricamente de moneda.

                                    Moneda espiritual en que se fragua
                                    todo lo que sufriste: la piragua
                                    prisionera, el azoro de tus crías,
                                    el sollozar de tus mitologías,
                                    la Malinche, los ídolos a nado,
                                    y por encima, haberte desatado
                                    del pecho curvo de la emperatriz
                                    como del pecho de una codorniz.

            Otro pasaje que ha perdido actualidad:

                                    Suave Patria, vendedora de chía:
                                    quiero raptarte en la cuaresma opaca
                                    sobre un garañón, y con matraca,
                                    y entre los tiros de la policía.

            En la provincia zacatecana (y seguramente en otros lados) pocos seguían el ritual de la petición de mano (por las desigualdades sociales y económicas) y lo arreglaban con un rapto (casi siempre consentido) y luego simulaban regresar a la muchacha con el propósito de limpiar la mancha. Casi todas las familias tienen o tuvieron un episodio similar, e incluso el de una matriarca célebre que lazó a un ranchero para obligarlo a casarse con su hija.     Eso se narra en los versos anteriores.

            El poema termina con una quinteta que es más un remate crítico:

                                    Sé igual y fiel, pupilas de abandono;
                                    sedienta voz, la trigarante faja
                                    en tus pechugas al vapor; y un trono
                                    a la intemperie, cual una sonaja:
                                    la carreta alegórica de paja.

López Velarde veía ya la sucesión de presidentes suplentes, la caída de partidos, las traiciones, los interinatos, y peor, las sucesiones disfrazadas de voto popular.

Repito: sus contemporáneos relatan la pasión de López Velarde que iba a misa dominical, a primera hora, pero para espiar a las sirvientas de las casas grandes (por lo regular, de fortunas perdidas y en desgracia, pero en las zonas que por entonces eran las ricas). Vivía en una zona económicamente privilegiada, aunque llena de vecindades, pero también de cultura. Allí estuvo la editorial Joaquín Mortiz y en la actualidad Era, nada ajenas a los libros que sociedades mojigatas tacharon de obscenos y procaces.

 

Las contradicciones de la cultura: Leduc es un poeta muy fino con recursos refinados, considerado vulgar sólo por el empleo de palabras inusuales en la poesía, y López Velarde es un poeta con muchas imágenes que la gente decente consideraría vulgares, y por el uso de vocablos refinados oculta sus urgencias sexuales.

 

Creo que ninguno de los autores de esos libros se hubiera molestado que se instalara allí una casa dedicada al placer sensual. Y menos López Velarde.

 

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