En el medio periodístico es muy conocida una anécdota de Renato Leduc, cuando en un coctel por un aniversario de Ovaciones, alguien le pidió:
--Don Renato, usted que es tan
inteligente, ¿por qué no nos dice unas palabras?
A lo que Leduc contestó:
--Yo soy muy inteligente de un día
para otro, así de momento soy muy pendejo.
Así hay muchas anécdotas suyas, como
cuando un presidente le ofreció un puesto en el gobierno, incluyendo alguna
subsecretaría, y Leduc le dijo que no era político, pero que le agradecería dos
direcciones y una recomendación.
--¿Dos direcciones?— preguntó el mandatario-- ¿Cómo dos
direcciones?
A lo que Leduc contestó que las de dos vedettes de moda en
ese sexenio, y la recomendación de que no le cobraran por sus servicios.
Leduc, conocido
por su sentido del humor y sus críticas a gobiernos y gobernantes, y de
excelentes reportajes (hay algún libro que recopila algunos de los mejores),
era un extraordinario poeta. Por desgracia sólo es conocido por unos pocos
poemas, como “Aquí se habla del tiempo perdido que, como dice el dicho, los
santos lo lloran” (en algunas antologías le cambian el nombre por “Tiempo y
destiempo” o “Soneto del tiempo”). Pero poemas no muy populares, aunque excelentes,
muestran su ingenio y su calidad para usar palabras e imágenes soeces:
ABSOLUCIÓN
La joven artista exhibe
sus tetas
partes integrantes
de su profesión
arriesgando
–claro—que curas ascetas
le nieguen los
goces de la comunión…
La joven artista de
ondulante nalga
penetra a la
iglesia en mala ocasión.
El cura la
increpa, le grita que salga
que libre a los
fieles de la tentación…
La joven artista desnuda
y contrista
en la sacristía se
llena de unción,
La sotana alzada,
el santo curita
beatifícamente da
su absolución…
Casi toda su Obra literaria es
pícara, a veces obscena, y no se guarda las malas
palabras, y no deja de ser pelada
(y romántica).
Su picardía
hace que la crítica obvie su calidad y un humor que no degrada la poesía, y por
desgracia los lectores buscan el ingenio, el final chusco, la crítica social,
política, el humor brutal.
Algunos juegos de palabra le
permiten a Leduc eludir la censura y acomete sobre todo contra el poder:
En uno de sus poemas que no ha
perdido actualidad aunque los protagonistas ya sean otros, hace un doble juego:
EL ALMIRANTE
Ese gran
almirante de la calle de Azueta
que cantaba las glorias de la marcha hacia el mar
era aquel tenientillo de corbata o corbeta
que alguna vez nos quiso dizque alemanizar…
De pirata
extranjero es lacayo oficioso
y en las aguas del Golfo al de casa posterga.
Y por eso hoy pedimos ante un juez contencioso
que cual torpe grumete se le mande a la verga…
(hay que recordar que la Secretaría
de Marina estaba (o está) en el centro de la ciudad de México (que no tiene
costas aunque sí inundaciones y que el vocablo verga se refiere al palo mayor de una embarcación. De allí el juego
de palabras). Y el secretario del ramo en ese sexenio era Manuel Zermeño
Araico.
Leduc, tan buen poeta como excelente
crítico cinematográfico, era un apasionado romántico (en el sentido exacto de
la palabra), y nunca olvidó que la culminación de una relación amorosa suele
ser el encuentro de dos seres que se entregan uno al otro. Y un ejemplo de esa
poesía extremadamente romántica es el siguiente soneto:
Este
ejemplo demuestra que no solamente de mujeres pueden los hombres hablar
Entonces llegó ella, exactamente ella
luciendo un estruendoso vestido carmesí.
Lujo asiático –dije—pero está usted muy bella…
y ella, naturalmente, me contestó que sí.
Si usted me permitiera, yo le daría mi nombre;
soy un hombre de pluma y me llamo Renato,
lo de la pluma es subsidiario en el hombre
mas tengo un porvenir color permanganato.
Ella me dijo entonces una frase inefable
que por razones obvias no quiero recordar;
permita usted, por tanto, que de esto no le hable.
Pero hay otras cuestiones acerca de las cuales
sin desdoro ninguno podemos divagar:
La Vida… el Comunismo… las partes genitales…
La imagen de
Leduc no desmiente la leyenda. Sólo falta agregar que su soneto sobre el tiempo
(“Aquí se habla del tiempo perdido, que como dice el dicho, los santos lo
lloran”) lo hizo en menos de una hora, ante el reto de un compañero en la
Universidad (entonces por Santo Domingo) quien le aseguró que no podría hacer
un soneto con esa palabra, porque es de las pocas que no tienen rima. Pero
Leduc lo hizo, citando la palabra tiempo 14 veces y todas con significado
diferente.
Ramón López
Velarde es un caso muy diferente: José Emilio Pacheco, en su excelente Antología del Modernismo resalta algunos
de los versos que el jerezano usó con picardía y que han pasado inadvertidos: nativo
de Jerez, Zacatecas, de donde, aseguran, todos los pobladores devienen de una
sola familia (“pobre gente de Jerez, todititos son parientes y ni uno se puede
ver”, dice Eugenio del Hoyo). Se le considera cantor de la patria (uno de los
adjetivos que le asestan, sobre todo por el último poema que escribió, y que
malamente lo consideran un escrito patriotero, pero al que no han desmenuzado).
La poesía de López Velarde es tan
sensual como lo es parte de la obra de Amado Nervo y de Gutiérrez Nájera, pero
se requiere de una lectura atenta y desapasionada, y buscar dobles y triples
sentidos; sólo así se entienden mejor las referencias eróticas que pueblan su
poesía.
Vayamos por
partes: López Velarde es un poeta apasionado de las mujeres, a las que no busca
por sus virtudes sino por sus cualidades; en el excelente estudio prólogo a una
antología póstuma (Poemas escogidos, Nueva
Cvltvra, 1940) Xavier Villaurrutia señala la complejidad del jerezano, quien
sin embargo no ocultaba sus pasiones.
En uno de sus poemas menos estudiados,
“Mi prima Águeda”, López Velarde confiesa un vicio inconfesable:
Mi madrina invitaba a mi
prima Águeda
a que pasara el
día con nosotros,
y mi prima llegaba
con un
contradictorio
prestigio de
algodón y de temible
luto ceremonioso.
Águeda aparecía, resonante
de almidón, y sus
ojos
verdes y sus
mejillas rubicundas
me protegían contra
el pavoroso luto…
Yo era rapaz
y conocía la o por
lo redondo,
y Águeda que tejía
mansa y
perseverante en el sonoro
corredor, me
causaba
calosfríos
ignotos…
(Creo que hasta la debo la costumbre
heroicamente
insana de hablar solo.)
A la hora de comer, en la penumbra
quieta del
refectorio,
Me iba embelesando un
quebradizo
sonar intermitente
de vajilla
y el timbre
caricioso
de la voz de mi
prima…
¿Hay algún otro poema en la
literatura mexicana con una referencia tan directa de la autosatisfacción? Tal
vez hasta Casi el Paraíso, de Luis
Spota, los primeros textos de Carlos Fuentes, y el encuentro entre el Personaje
y Lucrecia Borges en De perfil, de
José Agustín, además de la escena en casa de Pascual, cuya familia
supuestamente está de vacaciones, lo que aprovechan este personaje, el
protagonista y oros amigos –personajes que hacen una ofrenda a Onán con una
colección de revistas eróticas (SelfPlay boy,
le llaman en Mad) aunque son
sorprendidos por los padres del personaje.
En varios de sus poemas, sobre todo
de la última época, hay muchas referencias al erotismo y a la sexualidad. Uno
de ellos es célebre y muy repetido en fechas patrióticas, “La Suave Patria”,
que recitó el presidente Obregón cuando se enteró de la muerte del poeta, y la declamó
sin tener el texto a la mano (dicho sea sin doble intención).
En ceremonias cívicas, sobre todo de
secundaria, se dice en voz alta el Poema, que es excelente, pero pocos han
visto los dobles sentidos de muchos de sus fragmentos.
Para empezar
por el principio, ¿a qué se refiere el poeta cuando dice:
Yo que sólo canté de la
exquisita
partitura del
íntimo decoro,?
(Exquisito
juego de palabras para referirse, casi sin eufemismos, al sexo femenino; y sí,
López Velarde aclara que él, a quien le apasiona hablar de la sexualidad
femenina, debe por ahora abstenerse y referirse en esos momentos del centenario
de la Independencia, debe hablar de la Patria)
En el Primer Acto hay una referencia
al onanismo:
¿Quién, en la noche que
asusta a la rana,
no miró, antes de
saber del vicio,
del brazo de su
novia, la galana
pólvora de los
fuegos de artificio?
Unos
fragmentos más tarde hay otra estrofa simbólica:
Trueno del temporal,
oigo en tus quejas
crujir los
esqueletos en parejas:
En el Intermedio, dedicado a Cuauhtémoc, se
queja de la caída de Tenochtitlan, del derrumbe de las estatuas que
simbolizaban a las deidades mexicas, el fin de sus religiones, la traición de los pueblos aliados al reino
de Tenochtitlan, simbolizada por Malitzin, Tlaxcala, la pequeña barca en donde
fue capturado, pero sobre todo, sacarlo del lecho nupcial arrebatado de los
brazos de Ichcaxóchitl, la hija de Moctezuma, viuda del mártir Cuitláhuac y
esposada a Cuauhtémoc, quien no pudo satisfacerla por ser obligado a comandar
la resistencia contra Hernán Cortés y sus hordas. Prácticamente lo bajaron del guayabo en plena luna de
miel. Esto lo aclara de manera magistral José Emilio Pacheco en su Antología del modernismo mexicano 1884-1921
(primera edición, UNAM; segunda edición, Ediciones Era-El Colegio Nacional).
Los versos son un resumen espléndido.
No como a
César el rubor patricio
te
cubre el rostro en medio del suplicio:
tu
cabeza desnuda se nos queda
hemisféricamente
de moneda.
Moneda
espiritual en que se fragua
todo
lo que sufriste: la piragua
prisionera,
el azoro de tus crías,
el
sollozar de tus mitologías,
la
Malinche, los ídolos a nado,
y por
encima, haberte desatado
del
pecho curvo de la emperatriz
como
del pecho de una codorniz.
Otro pasaje que ha perdido
actualidad:
Suave
Patria, vendedora de chía:
quiero
raptarte en la cuaresma opaca
sobre
un garañón, y con matraca,
y
entre los tiros de la policía.
En la provincia zacatecana (y
seguramente en otros lados) pocos seguían el ritual de la petición de mano (por
las desigualdades sociales y
económicas) y lo arreglaban con un rapto (casi siempre consentido) y luego
simulaban regresar a la muchacha con el propósito de limpiar la mancha. Casi todas las familias tienen o tuvieron un
episodio similar, e incluso el de una matriarca célebre que lazó a un ranchero
para obligarlo a casarse con su hija. Eso
se narra en los versos anteriores.
El poema termina con una quinteta
que es más un remate crítico:
Sé igual y
fiel, pupilas de abandono;
sedienta
voz, la trigarante faja
en tus
pechugas al vapor; y un trono
a la
intemperie, cual una sonaja:
la
carreta alegórica de paja.
López
Velarde veía ya la sucesión de presidentes suplentes, la caída de partidos, las
traiciones, los interinatos, y peor, las sucesiones disfrazadas de voto
popular.
Repito: sus
contemporáneos relatan la pasión de López Velarde que iba a misa dominical, a
primera hora, pero para espiar a las sirvientas de las casas grandes (por lo
regular, de fortunas perdidas y en desgracia, pero en las zonas que por
entonces eran las ricas). Vivía en una zona económicamente privilegiada, aunque
llena de vecindades, pero también de cultura. Allí estuvo la editorial Joaquín
Mortiz y en la actualidad Era, nada ajenas a los libros que sociedades
mojigatas tacharon de obscenos y procaces.
Las
contradicciones de la cultura: Leduc es un poeta muy fino con recursos refinados,
considerado vulgar sólo por el empleo de palabras inusuales en la poesía, y
López Velarde es un poeta con muchas imágenes que la gente decente consideraría
vulgares, y por el uso de vocablos refinados oculta sus urgencias sexuales.
Creo que
ninguno de los autores de esos libros se hubiera molestado que se instalara
allí una casa dedicada al placer sensual. Y menos López Velarde.





