sábado, 21 de septiembre de 2013

Moviientos y represiones; Cabezas trocadas; Sergio Galindo

Gustavo Sainz estaba por salir de México, becado por un año; las circunstancias las ha narrado en diferentes lugares; fui a verlo dos días antes de su viaje, y me dedicó su Autobiografía precoz, en forma espiral, como acostumbraba: “esperando que sobreviva”, puso al final. Casi no pasó; tres días después salía de la Prepa 9, Pedro de Alba, en Insurgentes Norte; iba a la mitad del anchísimo camellón cuando llegaron, con ferocidad, dos camiones, nuevos, como los que iban de la Villa a Clasa; de él bajaron unos golpeadores, se dijo que acarreados por la CTM, y comenzaron a dar de macanazos a los que encontraron a su paso; fui uno de ellos; uno me golpeó, varias veces, y cuando se fue a perseguir a alguien más, lo relevó otro; en la cara, en la cabeza, muchos en la espalda; quien los controlaba, una persona mayor que veía con placidez los golpes, ordenó: “ya dejen a ése”; alcancé a recoger un libro, Men and Mouses, de Steinbeck. Primero me fui caminando a casa de Sara y Marialex, a quienes no encontré, y luego llegué a casa de Ana Elda, donde su madre me puso hielo en la cabeza; cuando se me pasó el mareo ya me fui a la casa de Mario Magallón, y no salí de ella hasta que se me había quitado el dolor.
                Por ello, no fui a Tlatelolco; participé en muchos actos, asistí, casi siempre como testigo, a la mayoría de las manifestaciones, sobre todo a la Manifestación del Silencio; habíamos ido varios amigos a la conferencia Los Narradores Ante el Público, de José Agustín, quien se abstuvo de dictar su charla e invitó a la gente a que se sumara a la manifestación; en ella me topé con mi maestra de Literatura en la secundaria; vimos a una muchacha desmayada en brazos de algunos de los compañeros.
                He reconstruido el Movimiento gracias a varios libros, sobre todo al de Ramírez, publicado por Era, que relata día a día desde el inicio hasta que el Consejo Nacional de Huelga lo declaró concluido; vi a muchos escritores que eran miembros de la coalición de maestros e intelectuales, allí conocí a José Revueltas, y hablé muchas veces con Carlos Monsiváis. He platicado con muchos de los que participaron como organizadores, como líderes, he leído casi todo lo que se publicó; quien pueda seguir la cronología sabe que en muchos asaltos a escuelas (la Prepa de San Ildefonso, la Voca 7, Santo Tomás) hubo muertos, y muchísimos heridos; en Tlatelolco hubo muertos, lo que reconoció incluso Gustavo Díaz Ordaz, confeso de todas esas acciones; la cifra varía de un medio a otro, de los veintitantos que dijo la prensa mexicana, a los miles que dijeron algunos corresponsales, y los cientos que alcanzaron a calcular quienes se salvaron de la cárcel o del hospital; Sotero Garciarreyes me hizo una relatoría espeluznante que traté de recrear en una entrevista que no alcanzó a salir en Audacia, pero que Sainz utilizó un par de años después en Siete, y con la que terminamos Sainz y yo nuestra autobiografía a cuatro dedos.
                Hubo héroes discretos; uno de ellos: en las conferencias de Los Narradores Ante el Público casi todos manifestaban su apoyo al Movimiento; y cuando los granaderos correteaban a los manifestantes, o a cualquiera que trajera largo el cabello (era un delito no declarado pero perseguido), muchos entraron al Palacio de Bellas Artes, con la anuencia de los vigilantes, que en cambio impedían el paso a los gendarmes; en el INBA trabajaban muchos intelectuales, quienes sin miedo alguno (y hay relatos de que amenazaban en las oficinas públicas si no hacían patente su apoyo al gobierno –que era sinónimo de intransigencia–, cuando menos con despedirlo) firmaron un pliego de apoyo a los estudiantes, sin que hubiera ninguna medida de represión, ni siquiera una llamada de atención. Quienes vivieron eso saben que las amenazas eran reales, y que esas actitudes eran un reto que de seguro vieron mal en el gobierno, aunque no de parte del secretario de Educación, Agustín Yáñez. Él y José Luis Martínez, más los firmantes, dieron una muestra de valentía poco usual entre empleados gubernamentales.
                Hay bastantes libros sobre el Movimiento, muchos buenos, otros no tanto, todos emotivos; algunos exageran, todos hablan desde su perspectiva, y varían poco o mucho. Lo único que sé de cierto es que ni el recién fallecido Tomás Cabeza de Vaca, ni mi admirado Luis González de Alba, ni Marcelino Perelló, ninguno de los líderes; ni los ya fallecidos Eli de Gortari, Heberto Castillo, ni los que firmaron manifiestos; ni los que fueron perseguidos; mucho menos los heridos, las familias, las centenares o miles de familias que perdieron un hijo durante esos meses de julio a diciembre de 1968, de haber estado en sus manos, hubieran preferido que las cosas fueran como fueron. Todos hubieran deseado que no hubiera habido el movimiento; es decir, que la policía no golpeara a los estudiantes de las Vocas 2 y 5, que no entraran los granaderos a la Preparatoria, que no vejaran a alumnos y maestros, que no hubiera habido necesidad de la Manifestación del Rector, ni la del Silencio, que no hubiera habido represión. No dudo que algún loco viera la oportunidad de colocarse en algún partido político, o algunos que se sintieron héroes de historieta o de película mala, o los que iban a las Manifestaciones a echar relajo. Todos hubiéramos deseado que los cambios consecuencia del Movimiento se dieran sin necesidad de víctimas, de muertos, de presos, de heridos, de perseguidos.
                No entiendo a los que claman que hay represión cuando impiden que unos cuantos violentos (a lo mejor son miles, pero son minoría) secuestren calles, bloqueen territorios públicos, destruyan propiedades ajenas; ¿se quieren sentir héroes, víctimas, perseguidos, cuando toleran la violencia, las amenazas de sus miembros, cuando humillan a la ciudadanía, cuando quieren poner de rodillas (y con algunos lo hacen) a las autoridades, cuando no hay ni una mínima parte de los golpeados como hace 45 años; se sienten ofendidos cuando se les refuta sus argumentos, que plantean sin coherencia, sin congruencia, cuando son incapaces de desmentir a quienes los acusan de vender, heredar, legar plazas (conozco a gente que tiene cuatro plazas, lo que es absolutamente imposible de cumplir), de negarse a evaluaciones, cuando todos somos evaluados a diario en nuestro trabajo, cuando no se nos tolera, en términos burocráticos, más de tres errores de consideración, y sólo uno grave? Se llaman lesionados cuando se les advierte que en sus escritos hay solecismos, faltas de ortografía, de sintaxis; cuando desconocen el valor de la historia; cuando violan leyes y reglamentos y amenazan con amenazarnos por protestar contra sus actos. No entiendo a los que se enojan porque refutamos sus acciones, ni menos a los que quieren ser mártires, pero no están dispuestos a sufrir las agresiones a quienes las vivieron (los golpes que me dieron fueron dolorosos, pero nada comparable a lo que sufrieron otros, los torturados, los que vivieron simulacros de fusilamiento, las compañeras que fueron violadas, los que padecieron prisión) en 1929, en 1952, en 1958-59, en 1965, en 1968, en 1971, y cuando escuchan a los granaderos golpear sus escudos, se aterran y se dicen mártires.

He visto no sé cuántas veces The Man Who Shot Liberty Valance; es una de mis cintas favoritas de uno de mis directores favoritos, pero no la entendí cabalmente hasta la penúltima vez, en que Lourdes me hizo ver la similitud con una de nuestras novelas favoritas de uno de nuestros autores favoritos: Las cabezas trocadas, de Thomas Mann. En la novela el conflicto se desata cuando una mujer, profundamente enamorada de su esposo, conoce al mejor amigo de éste; en uno admira la inteligencia, la prudencia, la sensatez, el amor que le da; en otro, la belleza física, la fortaleza, la lealtad, la capacidad de admirar; el amigo se enamora de la esposa de su mejor amigo, y ella de él; no deja de amar a su esposo, pero los deseos son los deseos, aunque la fidelidad es la fidelidad; el esposo, como es obvio, se da cuenta del deseo que surge entre los dos seres que más ama, y en un viaje, al encontrar una especie de capilla en una ermita, pide a sus acompañantes que le permitan entrar a rezar a la deidad femenina que la preside (los personajes son hindúes); solo, se siente mal por estorbar el amor que, de manera tan impetuosa pero tan pura, ha surgido entre su esposa y su mejor amigo; no le queda más remedio que quitarse de en medio, y se decapita; al ver su tardanza, su amigo entra a buscarlo, y al encontrarse ante un cadáver, admite su culpa, el amor que no le estaba permitido, se siente traidor e infiel, y culpable de la muerte del amigo al que ama, y decide decapitarse; la mujer se desespera y entra a ver la causa de la tardanza de los hombres, y al verlos decapitados, decide hacer lo mismo que ellos, sólo que la diosa, harta de tanto suicidio, se le aparece, la regaña, le advierte que no tolerará un suicidio más, y le permite enmendar los hechos; puede pegar las cabezas en sus respectivos cuerpos, y la diosa se encargará de regresarle la vida; sólo le aconseja que no vaya, en su precipitación, a pegar las cabezas al revés, viendo a sus espaldas; y por cuidarse de eso, lo hace mal: la cabeza del intelectual esposo en el cuerpo atlético del amigo, y la cabeza bella del amigo, en el cuerpo delicado del esposo.
                A Vera Miles no se le da la facultad de intercambiar cuerpos y dejar al inteligente, tímido, delicado James Stewart en el cuerpo del intrépido, vital, vigoroso y hábil John Wayne, y al revés; en uno ama la decisión, la voluntad, la idea del progreso y de combatir el mal por medio de la inteligencia, la legalidad; en otro, la valentía, la puntería perfecta, la capacidad de combatir la brutalidad por medio de la brutalidad. ¿A quién escoge? Cualquier decisión es buena, y mala al mismo tiempo. James Stewart, representante del progreso, años después rinde homenaje al espíritu indomable de John Wayne, que hizo posible que llegara una civilización que respetaba pero no entendía; Stewart sabe, también, los sentimientos encontrados y confusos de Vera Miles, y la deja sufrir a solas, respetando ese dolor por lo que pudo haber sido y no fue.

Los siguientes en la lista de Los Narradores Ante el Público fueron Rosario Castellanos y Sergio Galindo; a ella la traté muy poco, un par de veces, y me obsequió un relato para publicarlo en la revista Creación, que intentaba hacer con Jaime Gallegos, Javier Guzmán y César Jurado Lima, y que no apareció hasta que me quité de en medio, aunque colaboré en creo que todos sus números; ninguno de ellos creyó que en realidad fuera de ella el relato que entregué, y con todo y que eran más organizados que yo, lo extraviaron. Castellanos me compensó, muchos años después, al permitirme encontrar el manuscrito de su Rito de iniciación y de algunos ensayos. Por ellos, soy más conocido en el extranjero que aquí.

A Sergio Galindo lo conocí por Gustavo Sainz, en las oficinas de Nazas, y cuando le llevaba portadas de SepSetenta para su aprobación, me incitaba a charlar, a hablar de literatura, me obsequió sus libros, analizó varias de sus novelas favoritas y me explicó por qué lo eran, me hizo analizar otras; me invita a visitarlo y charlábamos y charlábamos; cuando Gustavo dio por finalizada la aventura de Equipo Creativo, Sergio, subdirector de Bellas Artes, me invitó a trabajar en el Instituto y me hizo responsable del área de las publicaciones del Departamento de Difusión; allí conocí a Jesús Luis Benítez, Aurelio González, Alejandro Ariceaga, Efrén Gutiérrez, Salvador Camelo, Roberto Fernández Iglesias.
                Allí nos conocimos Lourdes y yo.
                Después de Bellas Artes le seguía telefoneando, fui de los amigos que no dejó de serlo cuando él dejó de ser director del INBA, y con mucha frecuencia lo veíamos en su casa (cuando le llevamos la invitación a la boda nos dio un ejemplar de La comparsa, que acababa de reeditarse; Lourdes lo guardó en el abrigo, que fue la última vez que usó, y estuvo guardado en esa bolsa un par de años); lo visitábamos cuando sus enfermedades, y cuando lo nombraron de nuevo director de la Editorial de la Universidad Veracruzana me llamó para que me encargara de la edición y supervisión de sus ediciones, nuevas y reimpresiones. Al margen del trabajo, cada mes comíamos con Felipe Garrido y nos leíamos lo que habíamos en el lapso transcurrido; allí Sergio ensayaba relatos y novelas que quedaron truncas, y Felipe nos leyó todo su La urna y otras historias de amor, a la fecha su libro que prefiero.
                En la oficina en Las Lomas, donde trabajé al lado de su hija Ana Mónica, Arturo Serrano y Javier Parlange hicimos cerca de 40 libros (entre ellos reeditamos Polvos de arroz, El Norte, los cuentos de José de la Colina), pero sobre todo, en los ratos libres, compartimos lecturas; gracias a él leímos a E.M. Forster, Evelyn Waugh, Émile Zola, Umberto Eco, y por nosotros leyó a Doris Lessing, Peter Handke, Henrich Böll, y unas novelas de Forster que él desconocía; compartimos decenas de novelas policiales (presumía de su mala memoria, por lo que podía releer varias de ellas sin recordar quién era el asesino), y le conseguí un ejemplar de la que se convirtió en su policial favorita, Cara descubierta, de Joe Gores. Leí antes que nadie sus últimas novelas, y me publicó una noveleta, Una ola que se estrella contra las rocas.
                Antes de trabajar con él, apadrinó a mi hija María José, y me hizo conocer a varios escritores que admiré antes de tratarlos: Emilio Carballido, entre otros. Nos hizo sus invitados especiales en sus fiestas de Navidad y Año Nuevo, y comíamos en su casa con bastante frecuencia. Me reveló indiscreciones y entretelones del mundo intelectual. Entre las muchas aventuras literarias, destaco una: cuando los organizadores impugnaron nuestra preferencia por El vampiro de la colonia Roma, de Luis Zapata, nos empecinamos en que se le declarara triunfadora del Premio Grijalbo-El Heraldo; si yo renunciaba como jurado, hubiera habido un escándalo que en poco tiempo se olvidaría; su renuncia, que anunció, hubiera sido catastrófica: “si me escogieron por decente, están equivocados”, y se moría de la risa porque lo consideraban decente, sólo porque se vestía con elegancia y sobriedad.
                Una anécdota: me contó que su padre lo sorprendió leyendo una novela pornográfica, y lo reprendió: “no por leerla, sino por pendejo: me dio a leer a los clásicos, mucho más pornográficos pero bien escritos”. Me alegra, me enorgullece, haber estado junto a él en momentos muy difíciles, en varios aspectos, haberle sido útil, tanto en su vida privada como en la literaria. Fui confidente único de dos o tres secretos suyos. Mi estancia en la editorial se cuenta entre mis momentos más felices de mi vida laboral.

La enfermedad de Sergio lo alejó de la ciudad, y no volví a verlo; tardísimo me enteré de su partida, que aún me duele. Le debo muchas cosas que no podré pagarle, más que reconociéndolo.

Me llega un libro para completar El Librero, y luego de ojearlo lo dejé en la mesa donde están los pendientes; cuando fui a buscarlo para leerlo y hacer la nota, no lo encontré; revolvimos las recámaras, la habitación, todos los libreros, todos los sitios a donde pudo haber caminado; recordé el ensayo de Juan García Ponce sobre los libros prestados; luego de tres días desesperantes me convencí de que lo había puesto en un paquete de libros que regresaría al periódico, y fui a comprarlo a la Rosario Castellanos, pero el viernes 5 cerraron a mediodía; el sábado 6 no lo encontraron aunque su página de internet asegura que sí lo tenían; le escribí al editor, quien con amabilidad me ofreció un ejemplar; tres días después de que entregué la nota encontramos el libro escondido en una chamarra que no me había puesto en más de un mes. Fuimos de librerías y nos topamos, jubilosos, con el primer libro de Kazantzakis, y un tomo de cuentos de Robert Graves. Sin pensarlo, los compramos, sobre todo porque estaban muy baratos. Si lo hubiéramos pensado nos hubiéramos abstenido; ambos los teníamos; como consuelo, el de Graves tiene otro título, pero recordamos que ya habíamos leído los cuentos. Help!


Pese a la muerte de Johnny Laboriel, continúa la caravana que presenta a los que en los años sesenta hicieron furor con sus versiones en español de los éxitos de grupos, conjuntos y cantantes estadounidenses. En esta semana comienza algo parecido en Inglaterra, una gira que concluirá en enero, sólo que los integrantes de esa caravana son Gerry and the Pacemaker, The Searchers, Brian Poole and the Hawkes (Brian Poole era el cantante y líder de The Tremelous, el conjunto que se quedó con el contrato de Decca, venciendo a otros candidatos, como The Beatles), The Zombies, The Animals, The Yardbirds, Maggie Bell y Spencer Davis (sin Steve Winwood); no todos traen a los integrantes originales, pero un alto porcentaje es de quienes formaron esos grupos. Y por otro lado, también por esas fechas, Eric Clapton, que inició su carrera muy poco después que Angélica María, sigue presentándose con éxito, sólo que no por lana, sino por mantenerse en forma.

lunes, 9 de septiembre de 2013

Crujir los esqueletos en pareja; amistades literarias

En su ensayo “El poema como caminata”, Hugo J. Verani cita a Octavio Paz, hablando de Ramón López Velarde: “se ve a sí mismo caminando por una calleja y hablando a solas”. Me temo que Paz y López Velarde no se refieren a lo mismo; Xavier Villaurrutia habla de la poesía en términos más cercanos a lo que se refiere Paz: “eres la compañía con quien a solas, de pronto, hablo”, y Paz tiene muchos versos sobre la pertinencia de la primera persona como objeto de un poema, pero pocas veces en términos autobiográficos (aunque cuando los son, nadie más intenso que él).
                López Velarde, en cambio, habla de sí mismo, aunque no relata su vida, pero sí sus pensamientos y sus sensaciones. En uno de sus más conocidos poemas, “Mi prima Águeda”, habla de su prima con unas palabras inequívocas: “a ella la debo la costumbre heroicamente insana de hablar solo”. Águeda le causaba escalofríos ignotos. Claro, era un párvulo que conocía la O por lo redondo, y carecía de Baudelaire, de rima y de olfato; Paz recordaba que Villaurrutia se mostraba molesto, y Paz se solidariza con él, cuando Ortiz de Montellano insinuó que “olfato” correspondía a malicia. Pero no estaba tan errado; López Velarde no sólo es un poeta tocado profundamente por el erotismo; Paz, en su ensayo “El camino de la pasión” (en Cuadrivio) acepta el erotismo y la muerte como los extremos de la poesía de RLV, aunque discrepa del absolutismo de esos conceptos; otros, el mismo Villaurrutia, ven otras características: el pecado, más que el erotismo, y la contención, el sentimiento de culpa, aunque termina siendo derrotado por lo pecaminoso.
                Para afirmar esto tengo en la mente muchas imágenes de López Velarde; en “El retorno maléfico” encuentro algunas muy bellas: cuando abre el portón de la casa, “los dos púdicos medallones de yeso” remiten a los pechos femeninos, a los que se refiere con más claridad en un verso que eluden quienes abordan La Suave Patria: “quieren morir tu ánima y tu estilo, / cual muriéndose van las cantadoras / que en las ferias, con el bravío pecho / empitonando la camisa,  han hecho, /  la lujuria y el ritmo de las horas.” Ni modo de disfrazar que se refiere a los pezones mostrados con la arrogancia de esa lujuria, no con el erotismo sutil que se esconde detrás de la blusa corrida hasta la oreja (no me imagino, en cambio, qué quiere decir “corrida”: ¿cerrada, subida, apretada?); en “Ser una casta pequeñez” es también muy elocuente: “Yo, sintiéndome bien en la aromática / vecindad de tus hombros y en la limpia / fragancia de tus brazos / te diría quererte más allá / de las torres gemelas” y luego se queja de haber crecido y no recibir más besos cándidos que ahora son inaccesibles “a mi experiencia licenciosa y fúnebre”.
                Cuando se refieren al amor que sentía por Fuensanta, parienta política mayor que él, y de la que se enamoró de una manera dizque platónica, se olvidan de cuando menos un poema: en “Cuaresmal” le afirma: “Fuensanta: al amor aventurero / de cálidas mujeres, azafatas / súbditas de la carne, te prefiero / por la frescura de tus manos gratas.” No hay metáforas al hablar de las súbditas de la carne, como sí las hay en “Nuestras vidas son péndulos”: “E ignoraba la niña / que al quejarse de tedio / conmigo, se quejaba / con un péndulo.” Metáfora, pero elocuente, como elocuente es la excitación de quien confiesa que no sabe si está presa su devoción en la alta locura del primer teólogo que soñó con la primera infanta “o si, atávicamente, soy un árabe sin cuitas / que siempre está de vuelta de la cruel continencia / del desierto, y que en medio de un júbilo de huríes, / las halla a todas bellas y a todas favoritas.”
                (A propósito, Manuel Maples Arce contaba que se reunía los domingos con López Velarde para ir a la iglesia de La Sagrada Familia, para trabar contacto con las humildes azafatas que salían de misa para llevarlas al parque cercano… hasta allí llega la confesión de Maples Arce.)
                También es directo cuando se queja de un amor fallido: “Y pensar que pudimos, / en una onda secreta / de embriaguez, deslizarnos, / valsando un vals in fin, por el planeta…” (bella metáfora de un acto sexual), y directo cuando se queja: “Prolóngase tu doncellez / como una vacua intriga de ajedrez. // Torneada como una reina / de cedro, ningún jaque te despeina. // Mis peones tantálicos / al rondarte a deshora, / fracasad en sus ímpetus vandálicos. // La lámpara sonroja tu balcón; / despilfarras el tiempo y la emoción. // […] Las monedas excomulgadas / de nuestro adulto corazón / caen al vacío, con / lúgubre opacidad, cual si cayera / una irreparable sordera…”
                Otra escena de autoerotismo está en La Suave Patria de manera directa: “¿Quién, en la noche que asusta a la rana / no miró, antes de saber del vicio / del brazo de su novia / la galana pólvora de los fuegos de artificio?”. (No hablo de la “exquisita partitura del íntimo decoro” porque ya Huberto Batis lo explicitó con su picardía característica. Tampoco insisto en que “el amor amoroso de las parejas pares” no es un juego de palabras.) La queja más directa es la que comparte con Cuauhtémoc, pues al recuento de sus tragedias (“la piragua prisionera, el azoro de tus crías, la Malinche, los ídolos a nado, el sollozar de tus mitologías”) que resumen la caída de Tenochtitlan (en su Antología del Modernismo, las notas de Pacheco a este fragmento son de una belleza y una contundencia insuperables), pone la que a López Velarde le parece la mayor: “y por encima, haberte desatado del pecho de la emperatriz”, de cuyo nombre la historia se ha olvidado, pero que don Ramón cree que era la gran pasión del Águila que Embiste en Picada.

Es de suponer que los escritores tienen mayor información que el resto de la gente por el hecho de que leen, si no más, cuando menos con atención superior; hay ejemplos de que hablamos sin saber: un autor, reputado como uno de los mejores conocedores del erotismo, dice, en boca del protagonista de su más reciente novela: estoy bien del corazón, por lo que puedo tomar dos viagras al día (gloso, no cito), en un intento de advertirle que tendrán muchos actos sexuales en cada sesión.
                El autor desconoce que este medicamento y otros similares fueron desarrollados por lo que en ciencia se llama Serendipia, o sea que buscando un objetivo se encuentra otro; así, quienes pretendían encontrar un medicamento vasodilatador que ayudara a quienes sufren de hipertensión, descubrieron que estos pacientes de pronto tenían un inesperado estímulo sexual que, pese a su enfermedad, y muchos a su mayor edad, tenían un vigor como en su juventud. El desarrollo de esta llamada milagrosa pastilla azul renovó la actividad sexual de muchos, quienes sin la orientación médica han acudido a ella para satisfacción propia y de sus parejas, estables o de un instante; no se alarmaron cuando aparecieron noticias de que, como el personaje de una serie televisiva, algunos habían fallecido en plena actividad sexual, lo que calificaron como la más placentera de las muertes.
                El personaje de esta novela cree que si no está enfermo del corazón puede consumirla, y desconoce que no sólo se padece de hipertensión (cierto, es lo más común, por aquello del sedentarismo, el tabaquismo, la falta de ejercicio, el consumo de sal más allá de los siete gramos necesarios para no decaer); igual de grave es la hipotensión, o sea la presión baja constante (o repentina, pero ésta se combate en cuanto pasa el susto), lo que antes se remediaba con Coramina (según el cine mexicano; ya no está de moda en México, pero es muy utilizada para combatir la fatiga, o el decaimiento por el mal de altura o los viajes en avión en personas muy sensibles, muy popular en Suramérica), o más actualmente por el AS Cor. Quien está normal del corazón, es decir, sin arterías o venas tapadas, con la presión entre 110/70 o 120/80, sufrirá una baja de presión con las medicinas contra la falta de erección; si se toma dos al día sufrirá una baja muy sensible de la presión, lo que combinada con el ajetreo, las contorsiones, los peligrosos malabares, puede resultar si no fatal, cuando menos peligroso. Si no, es potencial víctima de priapismo, incómodo, además de riesgoso. Sindudamente, el personaje no consultó a una cardióloga rigurosa.

La primera serie de Los Narradores Ante el Público tuvo 20 participantes; conocí o conozco a la mayoría, aunque no con todos he tenido la misma amistad; haré el recuento de mis agradecimientos según el orden en que dictaron su conferencia, el mismo en que están en el volumen publicado en el libro de Joaquín Mortiz; nunca vi, aunque leí todas las semanas, a Rafael Solana; a Juan Rulfo lo saludamos Paco Alvarado y yo, en una exposición en Bellas Artes, el mismo día en que le entregaron el Premio Nacional de Ciencias y Artes (ese mismo día conocimos a Juan García Ponce). Nos atrevimos a acercarnos y, muy amablemente, nos dio su número telefónico, y charló un poco; nunca nos atrevimos a llamarle. A Juan José Arreola lo conocí en la preparatoria 9, en 1968, en una serie de conferencias; emocionó a quienes lo escuchamos; me firmó la edición conjunta de Confabulario y Varia Invención, y el fragmento correspondiente a su conferencia en Los Narradores; a Ricardo Garibay lo conocí en el Canal 11, un día que irrumpió en el programa de Sergio Romano, diciendo que lo amenazaba de muerte el gobernador de Guerrero por Acapulco, que estaba por aparecer; luego se sumó a la plática; por esas fechas llevaba a En mangas de camisa alguna edición rara; ese día llevaba un cuento infantil de Faulkner, editado por Lumen: “no lea a autores extranjeros”, me dijo, tajante, casi a gritos; el programa estaba por terminar, y Sergio nos conminó a que la siguiente semana debatiéramos sobre literatura colonizada, y lecturas extranjeras; el debate fue amistoso, pese al tono agresivo de Garibay, a sus frases fulminantes; me atreví a decirle que, en su conferencia de Los Narradores, había hablado de la influencia de Proust, Joyce, Faulkner en su obra, y me dio la razón cuando terminé diciendo que era más colonizante leer a Corín Tellado que a Faulkner; me agradeció mi nota sobre su reciente Verde Mayra, aunque no había sido elogiosa, y al terminar el programa me ofreció amistoso su mano, y me dijo que el tono agresivo era sólo una pose ante las cámaras. Pero no tuve oportunidad de tratarlo posteriormente. Rogelio Carvajal me pidió que prologara el volumen de sus crónicas en la edición de las obras completas; allí expresé mi admiración no incondicional por su obra literaria.
                El siguiente conferencista fue Luis Spota; amigo de mi tío Ramón Berumen, lo conocí gracias a mi muy recordado amigo Sotero Garciarreyes, en sus oficinas en El Heraldo de México; desde luego, lo había leído, en especial Casi el paraíso, que sigo estimando una de las novelas más legibles y mejor narradas de la literatura mexicana; sus otras obras las había leído con prejuicios y sin atención, pero me puse a leerlo, pude ver dos cintas que había dirigido, y me concedió una entrevista que ocupó varias páginas en la revista Él, que dirigía James R. Fortson, otro amigo entrañable que no me corría cuando iba a sus oficinas en la colonia Cuauhtémoc, a quitarle el tiempo a Alfonso Rodríguez, a Jaime Reyes, a Javier Rábago Palafox y Abel Ramos.
                Spota me preguntó si escribía; le llevé dos cuentos, “Croniquita” y “And Then I’ll Go Spoil it All by Say Something Stupid Like I Love You” (José Emilio Pacheco me corrigió: es saying, gerundio; si alguna vez lo reedito lo corregiré); los publicó el 9 y el 23 de enero de 1972 en El Heraldo Cultural, suplemento que dirigía, y donde publicaban Pacheco, José de la Colina, Huberto Batis, Juan Miguel de Mora, José Antonio Alcaraz, y después coincidí en sus páginas con Marco Antonio Campos, quien desde entonces deslumbraba con su cultura, y desde entonces me reprochaba mi afición por la televisión y por el mal cine, gustos que ahora compartimos, y llevamos más de cuarenta años de lecturas críticas, y a quien le debo haber participado en tantas mesas redondas, y haber coordinado una serie de conferencias y mesas redondas sobre literatura policial, y un homenaje a Sergio Galindo.
                Pero ése no fue el único privilegio, sino que por varios años Spota me ofreció sus páginas para escribir de libros, cine, acontecimientos culturales; me pidió que mandara dos notas semanales, me inventó varios seudónimos, como Agustín González (en homenaje a un cronista deportivo, me dijo Spota, refiriéndose a González Escopeta), Diego Eguiluz, y otros menos rastreables; aunque no pagaban mucho, esos honorarios me ayudaron cada semana a acabalar los ingresos; también en esas páginas conocí a Óscar Wong, a Rafael Ramírez Heredia, quien me concedió su amistad duradera hasta su partida; conocí a Fernando del Moral, a Lucy Macías; gracias a ese suplemento conocí a Ricardo Anguia, un excelente pintor; Jorge Mejía Prieto, quien me hizo la primera entrevista, y Elda Peralta, con su seudónimo de Ellú Martí, hizo la primera reseña de mi primera novela, Háganme lugar. Por algunas notas publicadas en el suplemento recibí llamadas de Jaime Labastida, Carlos Monsiváis, Juan Bañuelos, Manuel Gutiérrez Oropeza, Lourdes Guerrero, Guillermo Ochoa, y me incluyeron varias editoriales en sus envíos de libros para reseñar.
                Por El Heraldo Cultural conocí a Edmundo Gabilondo, primo de Cri-Cri y coleccionista de cine, quien me honró con su amistad varios años, y quien me mostró una cantidad impresionante de cine mexicano mudo, y documental; vi escenas de La Decena Trágica, y la primera película a colores, de 1908, y me obsequió una buena cantidad de libros y revistas de cine, como la colección casi completa de las ediciones de cine de la UNAM, entre ellas el segundo libro de Salvador Elizondo, sobre Luchino Visconti.
                Sobre todo, las muchas horas que me dedicó Spota para hablar de libros, de sus novelas, y su amistad, que conservo aunque falleció muy joven hace muchos años. Muchas anécdotas divertidas, y otras no tanto, que muestran la hipocresía e ingratitud que le tuvieron muchos de sus colaboradores. Le tengo un agradecimiento que, como siempre pasa, no le externé de manera personal, sino hasta la última vez que nos vimos, y cuando me dijo que cada semana me seguía leyendo, aunque ya no existía su suplemento. Tengo todos sus libros (menos su obra de teatro y su biografía de Miguel Alemán) dedicados, y me aguantó críticas que le hice, siempre de buena voluntad, aunque no siempre elogiosas. Al releerlo, reconozco que tres de sus novelas deberán ser incluidas entre las mejores que se hayan escrito en México: Casi el paraíso, Lo de antes y Palabras mayores.


¿Por qué uno es forofo de Tsvetlana Pironkova, si pierde en la primera ronda del Abierto estadounidense?

domingo, 25 de agosto de 2013

Seísmos y autobiografías

No había pasado ni un mes que colocaron vigas en el departamento de Tenayo, cuando el temblor de 1957; es posible que, de no haber hecho eso, podría haber habido algunos daños serios; lo sintieron mis padres, pero no nosotros, profundamente dormidos; dijeron que la cuna de Marcela, entonces la menor, se desplazaba de un lado para otro. Por entonces se determinaba la duración de los seísmos, y ahora omiten darla, porque desde que comienza el movimiento hasta que lo empezamos a sentir pasa un buen rato; y cuando termina lo seguimos viendo, porque los objetos colgantes continúan con la inercia, y uno lo siente aunque ya no sea perceptible más que para los muy sensibles sismógrafos (pero el péndulo sigue oscilando).
                Supongo que cuando se originó aquel temblor aún se encontraban algunos trabajadores en los periódicos, porque en las noticias matutinas alcanzó a aparecer en los diarios, que encabezaron (Novedades, al que estábamos suscritos) con una palabra: “Terremoto”; poco a poco se fue enterando la gente de aquellos efectos: ¡”se cayó el Ángel” (durante mucho tiempo el impacto fue tremendo, tanto el de la caída –¡aplastó un auto que pasaba en esos momentos!– comentaba la gente; varios meses más tarde lo relacionaban con uno de los comerciales más memorables de nuestros publicistas: “¿Por qué se cayó el Ángel? Porque le gritaron ‘baja, es algo importante’” “Y cuando cantaron ‘y retiemble en sus centros la tierra’ el Ángel dijo ‘n’hombre, no la amuelen, ¿otra vez?’”); “se cayó el edificio de Cantinflas”.
                No lo sentí; ni siquiera lo oí, aunque mis padres aseguraban que las puertas se habían cerrado de tan violentos que fueron los movimientos.
                En 1964 hubo otro seísmo bastante fuerte; en pláticas telefónicas, Pacheco recuerda que se suscitó el día de las elecciones presidenciales de Gustavo Díaz Ordaz, o sea el primer domingo de julio; recuerdo, en cambio, que en pleno “refrigerio” (como se le llamaba al descanso más largo entre clases), en la secundaria 12, varias de las compañeras comenzaron a gritar, y una de ellas se hincó a rezar; estábamos en el patio, a cielo abierto, así que no hubo necesidad de desalojar las aulas; algunas maestras se mostraron nerviosas, pero no en pánico; el maestro Ceniceros hizo algunas bromas; no lo sentí, pero vi el efecto en las más sensibles de las compañeras; tampoco lo sintieron Cuauhtémoc Valdés, Víctor Tovar, Porfirio Martínez, Maximino Ortega Aguirre, José de Jesús González Pérez ni otros amigos. Tampoco lo comentamos demasiado, y no recuerdo que haya habido efectos desastrosos.
                Sentí, con fuerza, los de 1979, y casi todos los posteriores, siempre y cuando fueran mayores de 3.9 grados Richter. Escribo esto a 72 horas del seísmo de 6.0 grados Richter que se registró el miércoles 21; es decir, cuando pasó el plazo del peligro inminente de una réplica mayor. Y después de tantos años creo que tiembla incluso cuando pasan los tractocamiones enfrente de la casa (ilegalmente, porque tienen prohibido pasar por los pasos elevados, pero ni hacen caso ni se lo impiden los encargados de vigilar que se cumplan las leyes y los reglamentos), no sentí más que un leve jalón en la silla; vi que se movía el péndulo, pero pude caminar sin trastabillar, ni se cayeron los diccionarios que apenas caben en el librero, ni los volúmenes de cómics que están en los plúteos más altos de los libreros más altos. Ni Lourdes ni María José lo sintieron, ni tampoco Diego, y cuando les avisé que temblaba me mandaron callar. En efecto, sonó la alarma que diligentemente pone el gobierno a disposición de quienes tengan un teléfono celular con ciertas características; el mío debe estar atrasado porque desde que lo activó María José, ha registrado tres seísmos: uno de ellos no lo sintieron más que las autoridades que reaccionaron con su acostumbrado pánico, y los otros dos, cuando ya habían terminado. La réplica de 5.0 no la sentí, menos, aunque sí vi el péndulo. Escribo: “sin público, para qué ponerme histérico”. Me responde Luis Zapata: “con público o sin público, yo sí me pongo histérico”.
                No hablo de los que sí he sentido, excepto de uno, en las viejas oficinas del Fondo de Cultura Económica, porque se me ocurrió, en esos precisos momentos, preguntarle a Rafael Vargas si recordaba al menos tres obras literarias que mencionaran temblores: nervioso, me acusó de querer ridiculizarlo ante las secretarias de Jaime García Terrés, más ecuánimes que nosotros. Y en su momento, escribí la angustia vivida primero unas horas, y luego días, del terremoto en Chile, porque allá estaba Diego, y que me comentaron con solidaridad y aplomo algunos amigos, como José Emilio Pacheco y Marisol Schulz.
                Lo que me asombra es el desconocimiento de muchos de mis amigos, o por lo menos de mis contactos en redes sociales; en el de junio, reclamaron con vehemencia la intervención de comisiones que sancionaran al Servicio Sismológico porque calificaron muy bajo a ese sorpresivo seísmo que no pudieron alertar las alarmas porque el epicentro fue muy cerca de la capital, y tuvo características diferentes: “lo sentí como de 6.5”, dijeron algunos, y vi que no saben las diferencias entre intensidad y magnitud, ni las diferencias entre los provocados en profundidades grandes o los superficiales, y las áreas afectadas. Lo más grave es la ignorancia de los dizque intelectuales.

*Comenzaba a leer; la revista Mañana (creo que era Mañana) publicó un reportaje sobre la Mafia; en la portada estaban Alexandro Jodorowsky, Carlos Monsiváis, Luis Guillermo Piazza; no recuerdo a los otros dos o tres; no recuerdo el tono del reportaje, sólo que era a propósito de las entonces muy recientes autobiografías precoces, y que al final, Piazza, que era quien tenía auto, le daría aventón a sus amigos para acercarlos a la Zona Rosa.
                Las autobiografías (Nuevos escritores mexicanos del siglo XX presentados por sí mismos) se publicaron entre 1966 y 1967; según algunos testimonios, fueron ideadas por don Rafael Giménez Siles a raíz del ciclo Los Narradores Ante el Público, que comenzó en 1965, continuó en 1966, se saltó 1967 y concluyó en 1968; por los acontecimientos de ese año (los estudiantes no rompíamos vidrios ni impedíamos el paso ni destruíamos propiedades federales ni particulares, recuerda Luis González de Alba en su facebook), las conferencias dictadas en el tercer ciclo ya no se publicaron, como las otras dos, en colaboración de la sede, el Instituto Nacional de Bellas Artes, con la Editorial (Joaquín  Mortiz, cuál otra); asistí entonces a ese tercer ciclo, aunque no a todas; recuerdo la de María Luisa Mendoza, divertidísima, aunque Héctor Azar (después, uno de mis mejores amigos) regañó casi en público a la China; la de Elena Poniatowska, también muy divertida; la de Fernando del Paso, quien nos hizo creer que su relato era autobiográfico y no un fragmento de Palinuro de México, y la de José Agustín, el 13 de septiembre, que no dictó y en cambio nos invitó a que nos sumáramos a la muy memorable Manifestación del Silencio.
                A los dos primeros ciclos no pude asistir, no estaba en edad, y conocía apenas la obra de los narradores; después memoricé casi todas las conferencias, sobre todo las de 1965 (a veces creo que siguen siendo los mismos, que no cambiaron; pocos siguen siendo los mismos). Con el paso de los años veo que no retengo más que frases, o fragmentos largos, pero he olvidado algunas de las intervenciones; que me cuesta trabajo reconocer a los personajes aludidos por los conferenciantes si no los mencionan por su nombre. Por motivos de trabajo releí una de esas conferencias, y me piqué y releí todo el primer tomo. Mientras pasaba las páginas recordaba y reordenaba esas frases (algunas las atribuía a otro), reviví la atmósfera de la primera vez que leí esas conferencias; los libros, encuadernados en pasta dura, tuve que volver a encuadernarlos porque desbaraté las ediciones de tanto manosearlas; tengo varias de esas conferencias con dedicatorias (Arreola, Galindo, Leñero, García Ponce, Melo, De la Colina, Monsiváis, Pacheco) (también algunas de la segunda serie: Valadés, Ayala Anguiano, Sainz, sin contar con que el primer ejemplar de esa edición se lo quedó Arturo Luciano, igual que las cartas de Van Gogh a su hermano Theo). Fui y soy amigo de muchos de ellos, de los participantes de los tres ciclos; he sido a veces infiel a esa amistad, nunca ingrato ni traidor, aunque alguno de ellos lo haya sido conmigo. Mi mayor perturbación en esa relectura: no he reconocido la generosidad de muchos de ellos; no siempre públicamente, no siempre en privado. Me llega la hora de ir reconociéndolos, y lo haré aunque a alguno no le guste que balconee su ayuda, su impulso, sus alientos a mis empeños, su crítica más generosa cuanto más rigurosa. Aunque haya habido algunos desacuerdos o encuentros de malas razones, no dejaré de reconocer lo que hicieron por mí. Y lo extenderé a muchos que no fueron parte de esos narradores ante el público.
                A raíz de ese ciclo, don Rafael Giménez Siles invitó a algunos de los participantes, sobre todo a los de menor edad, a que ampliaran esa conferencia a 60 cuartillas, y apareció la serie; ya había leído a algunos de ellos; a muchos, en la Biblioteca Nacional, entonces en Isabel la Católica y República de Uruguay, porque era pobre, tan pobre como ahora (sólo que ahora mis prioridades son los libros y, al contrario de lo que dicen los clásicos, después las de vivir y comer).
                La autobiografía de Salvador Elizondo salió de la librería El Caballito, antecedente de la Librería del Sótano; pagué los otros libros, no ése. Cuando Gerardo López Gallo me contó que El Caballito había quebrado, me sentí culpable: esos 12 pesos que costaban esos libros deben haber contribuido, aunque en escala menor, a esa quiebra, y aunque esa quiebra haya derivado en la Del Sótano, que sigo añorando y que, en mi memoria, está entre mis favoritas de entonces y de siempre (ésa, no la actual).
                En la tercera de forros anunciaban a los participantes: Gustavo Sainz, Juan García Ponce, Elizondo,  Carlos Monsiváis, Juan Vicente Melo, Vicente Leñero, José de la Colina, Homero Aridjis, José Agustín, José Emilio Pacheco, Sergio Pitol y Marco Antonio Montes de Oca: ni De la Colina ni Pacheco ni Aridjis habían aceptado la invitación; Pacheco me dijo que, en Los Narradores Ante el Público no había mencionado a las dos personas a quienes más debía en su oficio de escritor, y no se lo perdonaba, y que no volvería a hablar de su vida para no omitir nombres importantes para él; además, siguió, algunos de los que se confesaban ocultaban sus vicios, escondían sus pecados, no se atrevían a sincerarse.
                La colección incluyó a Raúl Navarrete, quien nada tenía que ver con estos escritores, aunque algún parecido lo acercaba a Tomás Mojarro; Eduardo Lizalde, en otra editorial, hizo también un recuento autobiográfico muy cercano a las memorias de Montes de Oca; las de Marco Antonio las leí de manera tardía, y más porque me entusiasma su poesía que porque su vida y su generación me sirvieran de ejemplo literario, como el caso de otros, como Monsiváis y Sainz.
                Las de Monsiváis y de Agustín merecieron reedición, aunque el tiraje de 2,000 ejemplares fuera mayor al esperado por don Rafael.  García Ponce y Elizondo las reeditaron en otras editoriales, y García Ponce en efecto amplió su conferencia de Bellas Artes, aunque con variaciones significativas; Montes de Oca la incluyó en la primera edición de su poesía completa. José Agustín y Pitol hicieron continuaciones, aunque Pitol casi desmintió la de Empresas Editoriales. Leñero la rehízo aportando datos que no estaban en la primera, y abandonó el estilo experimental de aquélla, que carece de puntos y aparte y juega con estructura, lenguaje y cronología.
                Ahora no podría decir cuál me gustó más en mis 18 años, y apenas unos cuantos como lector, sólo digo que me impresionaron, les creí, y los envidié. Las he releído varias veces, muchas más que las conferencias de Los Narradores Ante el Público, y en ellas encuentro claves para los libros de sus autores, claves que revelaron, creo, sin advertirlo. Tengo autografiadas las de Sainz (quien hizo también otra versión, muy divertida, en la segunda serie de Los Narradores), García Ponce, Elizondo, Monsiváis, Melo, Leñero, Agustín (dos veces) y Pitol, quien dijo que se asombraba que tuviera esa edición.
Silvia Molina, en la UNAM, retomó el proyecto, y ha publicado algunas autobiografías de otros escritores; las ediciones son difíciles de encontrar, y no tienen la misma frescura ni la inocencia de las que fueron escritas cuando sus autores tenían entre 20 y 35 años. Yo me quedé con la mía, inédita.


*En varias sesiones, con el apoyo de un grupo más o menos heterogéneo (Pablo Arriero, Paco Huerta, Perla Oropeza) dirigí las sesiones en las que elaboramos el manual de estilo de El Financiero; me abstuve de poner a su consideración el empleo de “le” y “les”; casi llego a los golpes con Víctor Roura, quien en su inflexibilidad moral no admite ni las reglas más estrictas, porque quise corregir el párrafo de un colaborador suyo, que decía más o menos: “[una profesora] le enseñaba”, y agregaba: “no español, se dice ‘les enseñaba’”. Roura no quiso oír las explicaciones gramaticales, y se empeñó en que apareciera “les”; sospecho que tampoco hubiera entendido; el plural es en el sujeto, no en el complemento: [nosotros] les enseñamos; [yo] le dije [a ustedes]. No he encontrado libros mexicanos, y menos escritores mexicanos, que utilicen bien esta parte delicada y por lo regular mal usada. Sólo algunos cuantos lo usan bien. Claro que la explicación es difícil, por eso se la robo a Francisco Elorriaga, otro no tan frecuente de las tertulias del Tío Pepe: “ese ‘lo’ y ese ‘los’ con el ‘se’ antepuesto son muy latosos y extraños. El pronombre ‘se’ en estos casos no es reflexivo (se bañó, se cambió), sino un dativo (complemento indirecto) del pronombre personal cuya forma latina ‘illis’ quedó en ‘les’. Para evitar la cacofonía: ‘les lo dije’ quedó, por rara evolución, en el ‘se’ actual. Entonces, ‘yo se los dije’ o ‘yo se los advierto’ (formas discordantes) se emplean en lugar de ‘yo se lo dije’ o ‘yo se lo advierto’, que serían las correctas o como dicen los gramáticos, formas concordantes.  Otra detalle es confundir el ‘le’ (indirecto) con el ‘lo’(directo). ‘Le llaman por teléfono’ por ‘Lo llaman por teléfono’. ‘Le revisó el doctor’ por ‘Lo revisó el doctor’, aunque está bien ‘le revisó el hígado el doctor’". ¿Pero cómo, repito, se le explica a los correctores, cuadrados y cuyas únicas lecturas son los libros que corrigen, pero no entienden? Otra batalla perdida.

martes, 13 de agosto de 2013

Más del Tío Pepe y otras desapariciones; Beatles, disco a disco

Al hablar del Tío Pepe omití algunos detalles importantes: los tres meseros eran amables, no interrumpían las pláticas, sabían desde la tercera visita de los asistentes cuáles eran sus bebidas favoritas (Marco Antonio Pulido primero un tequila y después Coronas; Juan José Utrilla tequila, Coronas y a veces algún ron; Salvador, Coronas; Miguel Capistrán, sus infaltables Camparis, nunca más de cinco; la única vez que lo cambió por vino lo pagamos caro todos; Víctor Kuri, Coronas; Víctor Díaz Arciniega cambiaba de cerveza dependiendo del clima; yo primero Negra Modelo, hasta que llevaron Pacífico, que tomé siempre en micheladas –¿así que yo soy el responsable?, preguntó Utrilla la primera vez que pidió una michelada–;  Diego, Corona –una por sesión). Pero había otros elementos: el dueño estaba, casi siempre, en el rincón de la cantina, con dominó ruidoso pero divertido; se acercaba a saludar, pero nunca importunaba ni llamaba la atención a los meseros, quienes siempre estaban al pendiente e incluso conocían nuestro ritmo, ni presionaban; uno de los meseros, que ya se sabía nuestro ritmo, nos tenía reservadas dos mesas al centro, para ver quiénes entraban, porque muchos que fueron por primera vez la confundían con El Quijote; cuando entró la nazi ley que impide fumar en público, nos reservaron mesas al fondo; todos los viernes, alrededor de las cinco en punto de la tarde, nos esperaba en la entrada, e iba por la bebida preferida de quienes llegábamos, en el orden que llegábamos. Nunca nos transó con la cuenta, aunque una vez alguno de los de la caja quiso hackearse una tarjeta de crédito, pero el banco lo bloqueó; como no nos constaba que hubiera sido allí, no lo denunciamos, pero comenzamos a pagar en efectivo.
                Casi siempre la botana consistía en uno, dos o tres platos de cacahuates; cuando entraba la noche llevaban chicharrones, que tenían bastante grasa; los sábados después de la tertulia eran incómodos porque la cerveza y el aceite no se llevan. No sé qué eran mejores, las tortas o las quesadillas, pero en más de una ocasión guardamos silencio varios minutos por comer para restaurar energías.
                Antes de las tertulias me reunía con Marco Antonio Pulido y con Juan José Utrilla en El Grano de Oro, en la Narvarte, a una cuadrota de la Comercial de Pilares; al principio, por comodidad, pedíamos un kilo de carnitas para los tres; después, por más comodidad, una orden (poco más de un cuarto de kilo) para cada uno; allí tomábamos dos cervezas, y nos trasladábamos al Sanborns de División del Norte, por el pasaje del Metro, sin tener que cruzar División; allí seguíamos con cervezas, hasta que el cantante interrumpía, a las siete en punto, destrozando las canciones de Álvaro Carrillo; a veces aguantábamos, y a veces las aguantábamos cambiando la tercera cerveza por una cuba libre (que ya no se llaman así) hasta que descubrí que cuando me daba el aire era como si tomara cuatro o cinco veces más. En un par de ocasiones se nos unió Gerardo de la Torre, para hablar de beisbol y, con Utrilla, de sus experiencias en el Hipódromo, que para ser justos, eran las anécdotas preferidas por todos los asistentes de las diversas tertulias, y lamentamos que Juan José las guarde celosamente.
                Por motivos de trabajo y con el pretexto de ajustar cuentas, mis comidas de trabajo con Ramón Córdoba eran en El Grano de Oro; allí le conté la anécdota de la secretaria que le hizo una pregunta no capciosa, inocente, a Arturo Serrano acerca de Robinson Crusoe, y que Ramón utilizó en su novela; en El Grano de Oro se la revertí; hace unos meses quedamos de vernos allí, para hablar de los libros de Carlos Fuentes, y encontramos que estaba cerrado, sin letrero que hablara de remodelación, cambio de sede, ni nada. En el otro Grano de Oro pregunté por el destino de la original y sólo me enteré de que el dueño, casi sin advertir, decidió cerrar, sin dar oportunidad a los empleados a que la compraran y la continuaran. Ese local es famoso entre los fanáticos del cine mexicano, que lo usó como una de las taquerías de Tacos al carbón, una de las más divertidas cintas de la tercera época de Alejandro Galindo, en donde Vicente Fernández tiene una amante en cada taquería; en ella Victorino es uno de los meseros. Al cerrar de esa manera se perdió uno de los lugares donde podían comerse carnitas sin necesidad de aplicarse la vacuna triple. Y al parecer, El Tío Pepe cerró también de manera imprevista.

Un amigo enfermó de resfriado, y sus diligentes trabajadoras le aplicaron cuanta medicina tuvieron en mente; cuando lo supe insinué que dejaran de ver Dr. House, que va de uno a otro remedio, hasta los caseros, para salvar a los pacientes; pero no se toma en cuenta que en la trama pasan varios días y pueden ensayarse muchos tratamientos, incluidas las oraciones religiosas; pero en un solo día intoxican al más resistente de los enfermos. La desaparición de una niña en su propio hogar indignó a los cotidianos de las redes sociales, que exclamaban que los buenos detectives solucionaban casos más complicados en una hora. La televisión deforma hábitos, ritmo de vida, costumbres, a tal grado que las familias latinoamericanas consideran un lujo tener seis libros no escolares en sus casas; no sabemos leer, y nos asombramos de algunos giros; lo más extraño es que los mismos estadounidenses, que cuando menos cuidan el lenguaje y las formas, acaban de estrenar dos series televisivas: The Killing y The Following. ¿Cómo lo traducen? Son gerundios, y los gerundios, al menos en español, deben ir acompañados de verbo: “está lloviendo”; el verbo puede estar implícito; algunos escritores, quien sabe por qué en especial los colonialistas, gustaban de empezar frases con gerundios: “En comenzando el día”; o los lúdicos: "Desnudando a la doncella”. Pero al agregar el artículo, ¿qué hacemos?: ¿Los asesinandos?, ¿Los siguiendos?

A mediados de 1962 Adolfo Bioy Casares decía que el futbol había desvirtuado uno de los principales objetivos del deporte, que es el de enseñar a la gente a saber perder; en el beisbol el equipo que más juegos ha ganado en una temporada, los Indios de Cleveland (111 en 154 partidos) tuvieron un porcentaje de .721 en triunfos y derrotas, es decir, 28 por ciento de derrotas. Cuando no se sabe perder no se sabe ganar; pero ya no es privativo del futbol soccer, que por algo se llama soccer; para ganar, los ciclistas toman esteroides; para ganar, los integrantes del futbol (americano) toman esteroides; para ganar (dinero), los beisbolistas toman esteroides. Algunos cínicos los justifican: lo hacen para estar en mejor forma; no consideran que lo hacen sacando ventaja a sus competidores; es como ligarse a una mujer haciendo chismes del pretendiente que desconoce que se ven a escondidas. Tiene razón Jack Clark: qué asco McGwire, qué asco Sosa, qué asco Palmeiro, qué asco Clemens, qué asco Álex Rodríguez; afirma que Alberto Pujols tiene números similares a los de Stan Musial con ayuda de esteroides; sólo que por decirlo ya lo corrieron de la chamba.

*No es necesario acudir a todos los antecedentes, porque ellos lo contaron con prodigalidad: Chuck Berry, Gene Vincent, Elvis Presley, Bill Halley, Fats Domino, Little Richard, Carl Perkins y hasta Peggy Lee. Tal vez, Buddy Holly el principal, porque de él tomaron nombre, actitud y deseos de experimentar.
                Aunque cuando aparecieron los tres discos dobles de Anthology escuchamos las versiones que no llegaron a los acetatos, y hay muestras de lo que hicieron cuando adolescentes-niños, el primer trabajo discográfico de Beatles fue su colaboración con Tony Sheridan en Hamburgo, dirigidos y producidos por un músico muy profesional, Bert Kaempfer, aquel que sonó mucho en los años sesenta con “Ritmo africano”, “Rosas rojas para una dama triste”, “Ojos españoles”. Sheridan, británico, tenía mucho éxito en los clubes hamburgueses, que fue cuna de gran parte de la música de esos años. Kaempfer quiso aprovechar ese éxito, y pensó que los Beatles eran el conjunto de Sheridan, porque así se acostumbraba: un cantante con un conjunto de respaldo (Gerry & the Peacemaker, Freddy & the Dreamers, Gene Vincent & the Blue Caps, Buddy Holly & the Crikets). Ésa fue una de las audacias de Beatles: eran un conjunto que se alternaban cantando, y en que todos tocaban para todos.
                Esa colaboración resultó brillante y decisiva: Kaempfer firmó al conjunto por tres años, y grabaron Tony Sheridan with the Beatles, aunque cuando ellos fueron muy populares cambiaron el nombre por The Early Tapes of The Beatles, The Beatles with Tony Sheridan, Tony Sheridan and the Beat Brothers (no se sabe quiénes eran los integrantes de este conjunto). Circuló como LP desde que se hicieron populares en Estados Unidos, aunque hasta 1984 apareció el compacto, que no mejora la calidad del sonido del acetato; también circuló en México un EP con “My Bonnie”, “Why”, “Cry for a Shadow” y “The Saint”, aunque hubo otra versión que en vez de “Why” incluía “Sweet Georgia Brown”, y otra en que incluía “Ain’t she’s sweet?”, que fue la primera canción comercial en que canta John Lennon.
                El disco muestra algunas de sus cualidades, pero no todas: por lo regular el acompañamiento que le hacen a Sheridan es más que correcto, a ratos excelente: una magnífica guitarra rítmica de Lennon, aunque a veces pierde el paso, y a veces entabla un diálogo muy entusiasta con Harrison; por su parte, éste comienza por establecer su estilo: su guitarra solista se destaca por las notas agudas, con las cuerdas más altas, muy limpia y bien fraseada, excepto en “My Bonnie”, donde toca con las cuerdas bajas. Sobre todo, se muestra muy disciplinado: sólo en  algunas partes de algunas piezas se desata y como que improvisa; “Cry for a Shadow” , que es instrumental, le permite lucirse; por lo general toca en los puentes algunas partes no muy sobresalientes en cuanto a improvisación, pues siguen el estilo de Elvis Presley, de quien Sheridan sigue el ejemplo: cambios de tono de bajo a barítono (“Nobody’s Child”); en algunas piezas Harrison puntea el final de cada verso (“Let´s Dance”, “Why”); en algún puente (“Sweet Georgia Brown”) toca alternando frases con Lennon, quien suele rematar las piezas con un rasgueo, como si fuera su firma.
                Quien se ve más aventajado es Paul McCartney, que se sale de la función tradicional del bajo en el rock por esa época, y retoma el que juega en el jazz: improvisa, más que marcar el ritmo (la base rítmica: en el rock, se le llama “guitar bass”) traza una melodía alterna con dos o tres notas por verso, y da el paso a la guitarra solista. Por su parte, Pete Best cumple de manera más que adecuada con la batería, y se limita a establecer el ritmo de la pieza; a ratos, como en “Cry for a Shadow” toca algún redoble, pero de inmediato se disciplina.
                Lo más sobresaliente del conjunto en este disco es su labor en los coros; en muchas de las piezas de todos sus discos posteriores cantan segunda o tercera voz, a veces las voces secundarias contestan un verso del solista, a veces lo contradicen (ya lo iremos oyendo), pero la mayoría de las veces los coros lo forman sin palabras, como en casi todo este disco, en que sólo cantan con palabras en “My Bonnie”, completando los versos de Sheridan.
                Como dato curioso, “Sweet Georgia Brown” fue grabada meses después que las otras piezas; casi todo el disco se grabó entre el 21 y el 23 de junio de 1961, excepto ésta, en diciembre, cuando los Beatles estaban por recuperar el contrato que los obligaba a tocar a la sombra de Tony Sheridan (éste nunca quedó resentido; hay testimonios de que se parrandeó varas veces con ellos y tuvo amistad cercana con los cuatro, pero la historia lo opacó). Curiosamente, con las mismas pistas, Sheridan regrabó la pieza, por su cuenta, y modificó uno de los cuartetos para sustituirlo por uno que hace alusión al cabello largo del cuarteto, y al club que ya habían formado sus admiradoras en Liverpool. Esta regrabación es la que se encuentra en los discos que circulan, incluida la versión de lujo aparecida hace poco más de un año. La versión original sin la mención a las greñas sólo se incluyó en los EP alemanes; cuando llegó a México ya estaba la pieza sustituta.
                Regreso a los coros: pocos conjuntos han cantado mejor las segunda y tercera voces que los Beatles, sobre todo en el rock; si hubiera un equivalente mexicano, podría mencionarse a Pedro Vargas, quien le hizo segunda hasta a Agustín Lara, que no tenía voz; y en el rock, lo más próximo es Paul Simon, quien no tenía mejor voz que Art Garfunkel, pero sí lo suficiente como para acometer la primera en alguna de las mejores canciones del dueto.
                Los coros que le hacen los Beatles a Sheridan son excelentes, vigorosos, suenan irónicos, y los acompañan con aplausos, que después usaron sobre todo en sus primeros discos, y que le dieron gran dinamismo a sus canciones más vitales. En “Cry for a Shadow” gritan de entusiasmo, pero se oyen muy lejanos. Esos gritos los usaron también en otras piezas posteriores, como “Yellow Submarine”.

Dieron un paso atrás con la sesión para Decca; en los años ochenta la disquera dejó que aparecieran discos pirata con esa sesión, que no es mala, pero, como se sabe, Decca prefirió contratar a otro conjunto, Brian Poole & The Tremeloes, en vez de a los Beatles; entonces no había tantos lugares para los rocanroleros. Esos discos pirata los controlaba la disquera, si no, cómo se explica uno que no incluyeran en esos acetatos (y después en los muchos discos compactos) tres canciones de la autoría de McCartney-Lennon, como firmaban al principio: “Loved of the Love”, “Like Dreamers” Do” y “Hello Litlle Girl”. Del disco y de esas tres piezas hablaremos en la siguiente. Sólo hay que agregar que dos de las piezas fueron retomadas por alguno de ellos después: “Nobody’s Child” lo grabó Harrison con los Travellin’ Willbury en un disco con ese nombre, y “Ya Ya” lo grabó Lennon, con el seudónimo de Dad, en Walls and Bridges.

(Respuesta de Salvador Mendiola):
** En uno de estos constantes eventos públicos que se realizan en esta ciudad, donde igual se idolatra como religión que se estudia con rigor académico la obra y vida de los Beatles, Enrique Rojas, el creador e impulsor del programa de radio La Hora de los Beatles en Radio Éxitos AM, primero, y luego en Radio Universal FM, me informó, para mi sorpresa, que, fuera de Inglaterra y los EUA, México es el país donde más información se produce a diario sobre los cuatro Fabs de Liverpool y el único donde diario se transmiten programas de radio sobre ellos y sus discos. Eso me agrada lo mismo que me llama la atención, porque cuando empecé a seguirlos y admirarlos, hace medio siglo, hubo un momento donde imaginé y deseé que fueran inmortales y que su fama no dejara de crecer año con año, hasta que los volviéramos muy nuestros y muy mexicanos. Y así ya fue. Hoy entiendo que los Beatles envuelven mi vida por completo y forman una parte fundamental de la historia de la segunda mitad del siglo XX, con todo y que creo haberme alejado del fanatismo y la devoción con que se les recuerda, por eso me da un gran gusto beatlemaniaco ingresar de esta forma en tu información sobre sus discos, Eduardo Mejía.
De ese LP, titulado My Bonnie, que en realidad son muchos sencillos que grabaron con Tony Sheridan y con la producción de Bert Kaempfer, lo primero que escucho como algo notable es la ausencia de George Martin, el artista que les encontró el tono y sentido mágico, el técnico que fue capaz de darles el sonido y la forma con que ahora más les recordamos. Se nota, entonces, la intención de producir varios sencillos con su lado A, no hay ninguna intención clara de construir un LP. Escucho esas doce canciones base como grabadas al alto vacío, sin el cuerpo real de los Beatles, algo que resultó más vacío en el fallido intento de grabar para Decca. También siento que Kaempfer y ellos quisieron trabajar como si fueran The Shadows de Cliff Richards, de allí la presencia de la rola instrumental y guitarrera: “Cry for a shadow”, donde el mismo título revela esa intención. Otra cosa que me llama la atención es la forma como no tocan igual que el grupo que acompañó al primer Elvis Presley, aunque Tony Sheridan lo quiera imitar mucho, ellos intentan marcar su diferencia, la diferencia de Hamburgo, algo que Kaempfer sí les sabe aprovechar y por eso resultan perdurables la mayoría de esas grabaciones, lograron hacer que no fueran copias ni covers simples, trataron de hacer presente su propio estilo. Aunque entonces es evidente que les falta el grado de rebeldes sin causa que lograban en sus presentaciones en vivo. Imposible agregar más que no sea copia de lo que tú ya sabiamente escribiste.

                En las primeras influencias creo que hay que considerar las de Gene Vincent y Eddie Cochran; ambos estuvieron un rato en Inglaterra durante los cincuentas y afectaron mucho a lo que vendría a ser en los sesentas el rock inglés, sobre todo porque llevaron la idea de las improvisaciones y de la seria recuperación del blues, algo que afectó en diagonal a los Beatles, por lo de su estancia en Hamburgo. Pero cuando regresaron a Liverpool ésa era la tendencia de sus camaradas y competidores.

miércoles, 24 de julio de 2013

El Tío Pepe y más de artistas perdidas

Todo empezó un viernes de 2000 o 2001; quedamos de vernos Miguel Capistrán y yo con Víctor Díaz Arciniega en La Bodeguita de en medio, pero estaba lleno, y muy ruidoso; ya había llegado Víctor y me propuso que nos fuéramos a la cantina de la esquina, El Tío Pepe; entramos y encontramos un local amplio, muy iluminado, y con el único ruido de las fichas de dominó golpeadas con fuerza, como es lo debido, en una sola mesa, aunque había cuatro o cinco mesas ocupadas. Sólo esperamos a Capistrán, quien pocas veces era puntual, para despreocuparnos.
                Cuando a Víctor le aconsejaron que jugara dominó como terapia a sus muchas ocupaciones e investigaciones de Azuela y de los Contemporáneos, y Rafael Vargas también ansiaba jugar, tomamos como sede El Tío Pepe, en la esquina de Cozumel y Sinaloa, a la vuelta de donde estuvo la segunda sede de la casa de La Bandida. Al poco tiempo Rafael dejó de asistir, pero seguíamos jugando a veces dominadas, a veces rondas completas, pero se sumaron a la tertulia Juan José Utrilla y Marco Antonio Pulido, y los asistentes éramos más de los cuatro necesarios para una ronda, y la tertulia renunció al dominó y nos quedábamos de ver sólo para platicar, además de que ni Marco es aficionado al dominó y a Capistrán no le interesaba, lo que hacía los juegos desesperadamente divertidos, menos para sus compañeros de mano.
                Un día cometí una de mis erratas habituales al afirmar que “Luces en el puerto” lo cantaba un trío distinto de Los Diamantes, y Salvador González me mandó una rectificación a El Financiero, que reproduje en mi siguiente colaboración; volvió a escribirme: durante años mandaba cartas a las redacciones comentando errores u omisiones, y nadie, ni siquiera Víctor Roura, enmendaban sus errores; yo era el primero; además, mencionaba mis libros y otras colaboraciones desde principios de los años setenta y hasta de las hojitas parroquiales que me invitaban a colaborar. Después de un breve intercambio de escritos decidí invitarlo al Tío Pepe, para conocernos; al poco se incorporó a las tertulias, en las que alguna vez llegamos a ser cerca de 20; un día cambiamos de sede, a un cantina irlandesa donde vendían una cerveza sabrosísima, pero en donde a partir de las seis de la tarde empezaba la música que hacía imposible platicar; también a veces nos veíamos en La Caminera, aunque tenían orquesta escandalosa o, si no había clientela, ponían el tocadiscos de tal manera que ni podíamos charlar ni menos jugar dominó; las meseras, en hot pants, llegaban a interrumpir las pláticas; así, Jorge Córdova dejó de platicarme varios planes distraído por esas meseras.
                Alguna vez fuimos al Seps de Tamaulipas, pero ese día el tránsito femenino fue mínimo: un par de promotoras de refrescos.
                Así que lo habitual era El Tío Pepe, donde cada viernes nos veíamos y platicábamos hasta que avisaban que iban a cerrar; caminábamos al Metro Sevilla, o a Chapultepec, donde salían los peseros para la Anzures; no faltaba quien llevara auto y me daba un aventón, y no faltó quien fue atrapado por el alcoholímetro, o chocó a dos calles de la cantina; alguna vez tuvimos la mala suerte de que la tertulia cayera en 14 de febrero, y estaba atiborrada de parejas que abandonaron el lugar a las seis, y ellos regresaron a las 7, pero ya con la esposa; en otra única ocasión unas mujeres alquilaron a un trío y se pasaron tres horas cantando, según ellas, y más bien ofendiendo a Bach.
                Cuando me jubilé pensé que nos veríamos más veces, pero la tertulia fue decayendo, y con Marco Antonio Pulido comenzamos a vernos en mi casa, a razón de que mis teleles cardiacos me impiden beber más de dos cervezas, y la dictadura de la próstata me hace acudir al baño cada media hora; Salvador González, el otro contertulio más frecuente, ha vivido dolorosos tropiezos que lo hicieron ausentarse, por lo que dejamos de asistir al Tío Pepe; fue Diego el que siguió asistiendo, pero no con la frecuencia de antes. Me avisaba: “ayer cené en El Tío Pepe”; “el sábado comí en el Tío Pepe”, porque además de cantina, se comían unas quesadillas y unas tortas realmente apetecibles; Toño Sandoval llegaba a comer, casi abstemio como es.
                En El Tío Pepe adquirí una amistad para toda la vida, la de Salvador González (allí nació, indirectamente, gracias a él, México y el beisbol, de Diego y mío, que los cretinos leen al revés, La historia del beisbol en México, que es precisamente de lo que no se trata). En El Tío Pepe nos enterábamos de fallecimientos dolorosos, como el de mi  muy querida amiga Alba Rojo, y el de Emilio García Riera. En sus mesas vi por última vez a Miguel Capistrán, suspendida nuestra amistad por culpa de la editorial Océano; allí vi por última vez a mi amigo desde 1965, Paco Alvarado, antes de que cayera en la ruina y fuera rescatado por Marco Jiménez. Allí continué mi amistad con Marco Antonio Pulido que lleva 28 años de soportarme.

Hace unos días me atreví a escribirle a Salvador Mendiola; luego de 40 años de amistad y de casi 20 de no vernos, vencí mi temor:  su rigor, su despiadada crítica, su iconoclasia me aterraban; luego de ver sus juicios demoledores contra Monsiváis, contra Jaime Sabines, contra los muchos a los que se les lee sin crítica, me daban, me dan pavor, pero retó a sus muchos lectores a que dijeran cuándo dijo Juárez su famosa frase; aunque sé que no es cierto, le escribí que fue una arenga antes de la invasión de los franceses, casi en vísperas de la Batalla de Puebla; es falso, pero tiene el aval del cine, de la única cinta dirigida por Álvaro Gálvez y Fuentes quien llevó como asistente a Ismael Rodríguez, éste en su primer encuentro con Pedro Infante (a instancias de Ota); Salvador dio por buena mi respuesta y surgió la pregunta: cuándo nos vemos: lo cité en El Tío Pepe (mi casa, antes de ser visitada, debe ser escombrada para hacer huequitos entre los libros y los discos que atiborran y estorban por todos lados; sólo Víctor Díaz Arciniega vence esos obstáculos porque encuentra tesoros que a mí se me esconden, y Marco Antonio Pulido).
                Pero llegué y vi cerrada Don Quijote, cantina siempre ruidosa, siempre atiborrada (enfrente de donde vivía Alexandro –Jodorowsky– con Dennisse, a quienes Paco Alvarado y yo visitábamos más por verla a ella que por hablar con él) estaba cerrada, pintarrajeada, que quiere decir en manos de los anónimos que se apoderan de  los espacios abandonados; allí me dejó el taxi, caminé una calle, bajo la amenaza de la lluvia que pasaba a ser oscura luego de ser rubia, y llegué a verificar mis temores: también está cerrado El Tío Pepe, con basura acumulada en ambas puertas, la de Cozumel y la de Sinaloa; Salvador llegó, acompañado de Adela, y vimos que tampoco La Bodeguita estaba accesible, y que La Casa de la Paz, sede de varios de los éxitos de Alexandro, está cerrada. ¿Podría alguien explicarme la muerte del Quijote y de El Tío Pepe por la nazi ley contra el tabaco? ¿Ha crecido la delincuencia por la zona?
                Nos fuimos a otro lugar, y sostuvimos una charla en la que recuperamos años de pláticas perdidas, hablamos de los amigos a los que ya no veremos, como Luis Guillermo Piazza, Ota, la muy querida Alba, don Aurelio Garzón del Camino (el mejor traductor que ha vivido en México); de otros amigos a los que no hemos visto, como Agustín, Sainz, reafirmamos nuestras admiraciones contundentes (Castellanos, Pacheco, Álvaro Carrillo, Zaid), nuestro rechazo a muchos escritores admirados porque quienes los admiran no los leen, y se quedaron pendientes otros temas; intentaré en la siguiente recrear esa plática; seguramente Salvador lo hará con mayor eficacia y buena degustación. Ahora quería sólo hablar de El Tío Pepe con añoranza y melancolía. En esas tertulias llegaron a ir Mario Magallón, Ramón Córdoba, Víctor Kuri (quien nos aburrió un día hablando de cómics gore), Julieta y Toño, Celina Yamashiro, Pepe Nava. El día que nos fuimos al Seps habíamos 15, que la memoria borra. Muchos, fueron sólo una vez, la mayoría dos veces. Los constantes: Marco, Juan José, Salvador, Víctor y yo.

¿Qué le vas a pedir a los Reyes?, preguntaban a los hombres mayores en los años cincuenta y sesenta, no a los niños: “Teresita”, era la respuesta. Los Hermanos Reyes formaban una miniorquesta en la que tocaban guitarras y violines, tal vez un bajo. Uno de ellos, quien se alineaba a la derecha, solía decirle a su hermana Teresa algo así como “hay que lucirse ante tantos cuñados”, en los teatros en donde se presentaban. Eran famosas sus intervenciones en la televisión, sobre todo en Max Factor Hollywood, o Max Factor las estrellas y usted.
                Se le recuerda por usar un vestido entallado, similar al de María Victoria, que resaltaba sus caderas, sus piernas largas, y su andar despacio y cadencioso; no siempre aparecía, y los hermanos cantaban y actuaban, se hacían los graciosos; no tocaban mal, y por el contrario, lo hacían con cierta gracia, sobre todo algunas canciones cómicas como “Pobre Tom” (pobre Tom, pobre Tom, pobre tonto pobre tonto pobre Tom) con estilo ranchero, y “Pancho López” (nació en Chihuahua en 906, en un petate, bajo un ciprés), que cantaba las glorias de un acelerado al que su papá lo dejaba fumar y se emborrachaba con puro mezcal; no sólo esas fantasías musicales cómicas, también cantaban otras de tipo sentimental, o le entraban a los ritmos de moda; hay un video que circula en youtube donde se les ve cantando y actuando un chachachá famoso, “Maletero”, vestidos de rancheros; Teresita es la voz principal, los hermanos hacen coros; dos detalles resaltan: uno de los violinistas, en el puente más largo, deja de tocar la melodía para tocar varios compases del Bolero de Maurice Ravel, de manera sorprendente; no tiene la maestría de Frank Zappa en su versión de la pieza más célebre o más conocida de Ravel, pero no desentona, y encaja a la perfección, lo cual hace que reafirme mi creencia de que la música popular más influida por la música sinfónica es la tropical, que hace recordar muchas de características y variantes sobre todo de los músicos impresionistas (y de otros: hay que escuchar los danzones que hizo Acerina basados en óperas –dos de Rigoleto, nada menos, y de La flauta mágica– más otro que desciende del Cascanueces). El otro es Teresita, con pantalón vaquero poco usual en las mujeres de esa época, camisa vaquera, y moviéndose con ritmo, pese a que su especialidad eran los boleros, y que su gesto era serio, adusto, gracias a sus facciones no muy finas y su gesto duro; era muy atractiva, más guapa que bella. Cantaba con estilo, su dicción era perfecta y su tesitura le daba facilidad para entonar con elegancia cualquier canción; perdía algo de encanto cuando sonreía, y su gesto era enigmático.
                Sus éxitos fueron en el teatro (Lírico, Iris) y en la televisión; con sus hermanos apareció en unas cuantas cintas a partir de 1950 hasta 1960: La hija de la otra, Mujeres de teatro, Amor de locura, Música de siempre (donde tocan “Maletero”), Piernas de oro, Pistolas de oro, Flor de canela y Revólver en guardia; como se ve, puras intervenciones musicales en medio de dramas, como espectáculos de cabaret con canciones de moda. Aunque la gente suele recordarlos, no han permanecido mucho porque hacían versiones de éxitos de otros, con arreglos muy parecidos a los originales; no recuerdo que tuvieran piezas propias, aunque lo que los distinguía era su sentido del humor, y la sensualidad de Teresita, quien aparece muy atractiva en las portadas de los discos. En una de sus intervenciones fílmicas cantan “Dos horas de balazos” y por una vez usa falda corta, que no deja ver más que un poco más arriba de las rodillas, que para la época era mucho; a juzgar por esas escenas, no había motivo para que siempre usara vestidos tan largos.
No tuvo más papeles que algún diálogo incidental. En los programas dejaba que los hermanos cantaran una o dos canciones, y aparecía al final. En su programa más duradero, Max Factor las estrellas y usted aparecían con frecuencia. El conductor era uno de aquellos pioneros de la televisión que abarcaba varios programas, Carlos Amador: Hitazo Royal (para recordar la popularidad del beisbol, tan perdida ahora) y uno terrible, Reina por un día, donde se exhibía la pobreza de la gente que iba a pedir trabajo, máquinas de coser, y otras necesidades por el estilo.
                Amador es responsable de algunas de las películas más cursis de la historia del cine mexicano: Cri Cri el grillito cantor, La edad de la inocencia; se dice que era dueño del cine Arcadia, en el que duró más de un año El último cuplé; más difícil de rastrear es su carrera como productor de teatro, pero en aquellos años cincuenta y sesenta estuvo muy activo, y no sólo en el plano público: casó dos veces con Marga López, y una con Teresita Reyes. Es lástima que no la haya puesto a actuar, pues pese a su gesto adusto, podría haber tenido intervenciones simpáticas.

En Max Factor las estrellas y usted intervenían otros cantantes de calidad, pero de popularidad menor a la merecida, como Verónica Loyo, de quien hablaré después; ahora trato de acordarme de Rebeca, Rebeca López, la modelo que era la cara de los productos para maquillaje; la imagen que retengo es de una rubia de mediana edad, siempre sonriente, pero no me explico por qué era tan popular entre los amos de casa, que llegaban temprano los viernes para ver el programa, por ella y por Teresita. Tuvo dos intervenciones menores en el cine de los sesenta, Semáforo en rojo, y Cucurrucucú Paloma; ninguna, memorable. Ahora es imposible recordar el ,porqué de su popularidad.


Yasiel Puig, dicen los scouts de los propios Dodgers, debutó y se vio como un fenómeno del beisbol; hizo recordar a peloteros como José Canseco y como Reggie Jackson, de los que se decía que eran los más valiosos porque cuando no ayudaban a su equipo, ayudaban al contrincante; ahora, dicen los scouts, se ve como lo que es, un novato con ciertas cualidades pero con varios defectos; nos hicieron favor de transmitir un juego donde se estrelló contra la barda al perseguir, de la peor manera, una línea hacia el jardín derecho; no la atrapó, se vio torpe y lento, y matateneó la pelota cuando la alcanzó; los anotadores lo salvaron de cargarle un error porque los Rockies no anotaron en esa entrada; de cualquier manera lleva tres errores en 46 juegos, más otros tres, cuando menos, que no le han contado; los villamelones, algunos de ellos cobran por escribir de lo que no saben, querían que lo mandaran al Juego de Estrellas; los expertos, más sensatos, se abstuvieron; dicen que ante los números impresionantes de Puig (que bateaba arriba de .400 en más de 30 juegos –ya cayó a .360– y los de Hainley Ramírez, también cerca de .400),se ha perdido de vista la labor de Adrián González, el verdadero sostén del equipo, que se mantiene sano y constante, y encabeza a los Dodgers en hits, dobles, cuadrangulares y carreras producidas. Ramírez ha cometido cinco errores en 36 juegos. Puig hace recordar cuando los equipos mandaban al jardín derecho a los peores fildeadores, perto también allí hace daño.

martes, 25 de junio de 2013

Isabel del Puerto y Marilyn Monroe, una rivalidad

Un amigo de la preparatoria hasta hace poco guardaba las invitaciones a bodas hasta que pasaban nueve meses de la ceremonia, algo que a últimas fechas ha perdido chiste, porque es cada vez menor la edad en que los adolescentes comienzan a tener relaciones sexuales, y a hacer ostentación de ello. Es más, ni siquiera ocultan sus relaciones premaritales y hacen gala de un buen número de parejas antes de, como se decía, llegar al altar (en Los tres huastecos, cuando el teniente Víctor Andrade promete “llevarte al altar” a Toñita, y luego le aclara que a trapear, ¿está insinuando una prueba o ensayo, como también se le decía a la fornicación, o sea sexo extramarital?). El número de madres solteras va en aumento, y son protegidas por las leyes para que no las despidan de sus trabajos.
Una de las consecuencias de esto es que las cintas de Fernando de Fuentes ya sólo deben verse por sus méritos cinematográficos y no por las tramas, que parecen inocentes a los ojos de los espectadores actuales. Que Cruz salga tarde de la casa del patrón tal vez indigne a José Francisco, pero no sería objeto de chismorreo de todo Rancho Grande; la vecindad entera no tendría que atosigar a don Nicanor para que Clara y Julieta sean aceptadas de regreso, casadas por todas las leyes; doña Teresita no tiene que aconsejar a Esther para no dar disgustos a su mamá, ni Doña Bárbara estaría tan amargada; María Morales no estaría interesada en que sus hijos Pepe y Luis no se vean deshonrados por no aprovecharse de Gloria y María. (Si a alguien le molesta el “hubiera”, el “estaría”, pueden sustituirlos por “hubiese” o “tuviese”.)
                Tampoco verán con los mismos ojos las tragedias de Alejandro Galindo, que no tendría por qué regañar a las adolescentes en peligro de perder la virtud, o a los jóvenes que se aprovechan del candor de sus enamoradas. En una de las cintas más emblemáticas de Galindo, Una familia de tantas, Maru sale del hogar paterno sola, porque se casará contra la voluntad de don Rodrigo, pero antes Estela, la mayor, abandona el hogar, y quién sabe cómo le vaya, porque don Rodrigo la sorprendió besándose con el novio (esa escena la recrea con igual dramatismo José Emilio Pacheco en Las batallas en el desierto, sólo que es Héctor, el hermano mayor de Carlitos, quien sorprende a Isabel fajando con el novio).
                Estela es interpretada, con convicción, por Isabel del Puerto; si hacemos caso de las filmografías oficiales, fue la primera de las trece cintas en que apareció. No tuvo papeles estelares, y más bien le tocó hacer de amante gozosa, de novia despechada o de infractora de la ley gracias a su belleza, que en su caso no aparentaba inocencia o inexperiencia; un tercer o cuarto o quinto crédito fue lo más que consiguió en 12 cintas de 1949 a 1950; algunas son notables: Una familia de tantas, Hay lugar para…dos, Confidencias de un ruletero, Matrimonio y mortaja, Rosauro Castro. La última que filmó en México fue El gendarme de la esquina, obra muy menor de Joaquín Pardavé, antes de participar en una cinta de Hollywood filmada aquí, Captain Scarlett (El capitán Escarlata), de Thomas Carr, y en la que alternó, en un quinto crédito,  con Leonora Amar, Manolo Fábregas, Eduardo Noriega, Carlos Múzquiz y Jorge Treviño. Amar es la heroína del protagonista Richard Greene; a la cinta Leonald Maltin le da una estrella y media, aunque la califica de entretenida.
                Una página de internet le atribuye a Del Puerto otras cuatro cintas, Mi madre querida, de René Cardona, y Nunca besaré tu boca; en la primera no le dieron crédito ni Emilio García Riera ni la base de datos del cine en internet; la segunda ni siquiera existe, al menos con ese nombre. Muchos años después de su retiro participó en dos cintas, en papeles pequeñísimos: Querida, encogí a los chicos (que no es de Woody Allen) y Gringo viejo.
                Austriaca, de un belleza nada gélida aunque su voz se nota siempre artificial, no daba el tipo de mexicana excepto en esos papeles: hija rebelde en Una familia de tantas; mujer que va a romper con el amante cuando David Silva choca por ir fajando con Katy Jurado en Hay lugar para…dos; gansteresa (el vocablo es de Quino) en Confidencias de un ruletero; amante de Rosauro Castro quien prefiere a otra; gansteresa que enreda al hijo de Joaquín Pardavé en El gendarme de la esquina.
                En especial llaman la atención dos breves escenas que conmocionaron a los cronistas de cine de aquellos finales de los años cuarenta: es la novia de Rafael Baledón en Matrimonio y mortaja, de Fernando Méndez; vive en Mazatlán, a donde pretenden ir Baledón y Fernando Soto para llevarle serenata, pero en la borrachera se equivocan, van a un pueblito distinto con nombre parecido, y por uno de los enredos típicos del cine mexicano, Baledón debe casarse con la modesta pero bonita Carmelita González; Domingo Soler le telefonea a Del Puerto, y ella, como está en Mazatlán y es frívola y ambiciosa (al menos lo es su madre, a quien le urge agenciarse los millones que heredará Baledón), aparece en traje de baño mostrando unos muslos tersos, duros y muy bien formados; en Entre abogados te veas, donde personifica a la amante del abogánster (así le dicen en los créditos a Armando Calvo), es cantante de cabaret, y se despoja de la bata en su camerino para entrar a la regadera, insinuando un desnudo nada procaz pero sí provocativo, y otro menos fugaz a través de la cortina del baño. En la primera pierde ante González, quien vence los resquemores de Baledón y conquista a un muy simpático Soler; en la segunda ella deja a Calvo con gran desenfado, sin preocuparse del qué dirán.
                Es convincente y conmovedora cuando, hospitalizada por el accidente del Zócalo-Xochicalco y Anexas, las autoridades encuentran en su bolso la carta al amante, y con ello se descubre su infidelidad; oculta su identidad hasta que sabe que llevarán a don Gregorio para que se caree con los lesionados en el percance, y decide “disponer de su vida”, como le explica el médico al marido desolado y a los pequeños hijos cuando esperan, atónitos, visitar a su madre en la Cruz Roja, entonces en la colonia Roma (ni eso perturba tanto a David Silva como el niño que desea ser chofer pero está en peligro de perder los brazos); se le cree la desesperación de que se enteren de su condición de amante de un hombre malo.
                Hizo pocos papeles, y luego desapareció, aunque sólo de las pantallas; como Jane Seymour, como Merle Oberon, tuvo otras actividades en las que destacó; según sus escuetos datos biográficos se dedicó a los bienes raíces, a la gastronomía (tuvo un restaurante de cierta fama en los años de esplendor de la Zona Rosa), publicó un libro de cuentos infantiles, otro de trama policial y una especie de autobiografía, ninguno de los cuales apareció en español y no se encuentran entre los ofrecimientos de Amazon, ni en la página que aglutina a las mejores librerías de lance del mundo. Otra de sus actividades fue el reportaje gráfico, con muchas colaboraciones para Time Life, además de trabajos publicitarios en Estados Unidos. Su nombre real es Elisabeth van Hortenau, nació en Viena en 1921, y era descendiente de la realeza austriaca; estudió actuación en Roma, emigró a Estados Unidos, donde tuvo algunas actuaciones en Broadway antes de llegar a México.

Más o menos por los mismos años comenzaba a figurar, en pequeños papeles no siempre lucidores, Norma Jean Baker, nombre ahora tan famoso como el que escogió para su carrera cinematográfica; Marilyn Monroe nació en 1926, pero muy joven realizó algunas cintas, la mayoría sin créditos, hasta que se dio a notar en La jungla de asfalto y All About Eve, y en 1952 apantalló en Monkey Business (Vitaminas para el amor, en México, Me siento rejuvenecer, en España), de Howard Hawks (quien la dirigiría en otras cintas notables: Historias de O’Henry, Los caballeros las prefieren rubias), con Cary Grant y Ginger Rogers. Ahora es considerada un icono de la actuación aunque no ganó Oscares pero sí Globos de Oro; es el mejor símbolo de la mujer inteligente que debe fingirse tonta o aturdida o distraída para que la tomen en cuenta.

¿Cuál es el paralelo entre estas dos bellas mujeres? Una, con una carrera trunca; la otra, con una vida trunca. El nexo no es cinematográfico.

Cuando ganó la presidencia de los Estados Unidos, John F. Kennedy tenía el prestigio de héroe de la Segunda Guerra Mundial; fue senador por su estado natal, Massachusetts, pero fue presidente por un azar del destino: su hermano mayor, Joseph, falleció en una acción de guerra, favorito de su padre, también en la política pero más en los negocios y en su gusto por las mujeres. Jack, hipocorístico familiar y entre cuates, fue dado de baja con honores de la marina estadounidense, y comenzó con cierta rapidez su carrera política, en remplazo de su hermano.
                La familia Kennedy era rica y numerosa, y contaba con dos jefes: el patriarca Joseph, y su esposa Rose; el primer Kennedy, Patrick,  había hecho su fortuna al amparo de los negocios en bienes raíces, terreno en que incursionó Joseph, pero éste la agrandó con importación de whiskey, algunos insinúan que clandestina; intentó triunfos en la política, pero sus simpatías hacia el nazismo lo excluyeron de la diplomacia, aunque batalló para llegar al poder mediante su hijo Joseph; al fallecimiento de éste, se enfocó en el carismático Jack.
                Éste tuvo la simpatía de la juventud estadounidense, de los católicos, de los disidentes que le creyeron que buscaba un cambio (algunos rocanroleros pensaron que con su muerte se acababan las esperanzas), de las mujeres, quienes lo prefirieron por sobre el menos simpático Richard Nixon, vicepresidente en el último periodo de Dwigth Eisenhower. Lo ayudó la discreción, elegancia y belleza de Jacqueline, su no menos carismática esposa. Pero una de las hermanas de John, Patricia (la más bella de las hijas Kennedy) estaba casada con un actor secundario, Peter Lawford, cuyos mejores filmes son Easter Parade, Bodas reales, La rubia fenómeno, Éxodo. Pero como dicen todas sus biografías, fue más célebre por su amistad con El Clan que por sus actuaciones; el Clan, o Mafia, estaba integrado por, sobre todo, Frank Sinatra, Dean Martin, Sammy Davis y Joey Bishop; en Robin y sus siete Hoods (Gordon Douglas) aparecen casi todos, menos Lawford; hay muchas leyendas alrededor del grupo, que se dedicaban más a la pachanga que al arte, que probaban sustancias prohibidas o no recomendadas, que usaban su influencia para conseguirle trabajo a las actrices noveles, a cambio de algo así como el derecho de pernada; en algunas páginas de internet se dice que el presidente Kennedy salió beneficiado de la amistad de su cuñado con El Clan tanto en experiencias psicodélicas como en otras más carnales. Ahora ha salido a la luz que sufría una enfermedad que lo hacía tener excitaciones eróticas a cada rato, y en situaciones incómodas (para los demás), y que incluso don Joseph llegó a decir que lo mejor hubiera sido castrarlo de chiquillo, para evitar tantos problemas. Se dice en muchos lados que tuvo acercamientos del tercer tipo con Kim Novak, Angie Dickinson, Jayne Mansfield y desde luego con Marilyn Monroe (“creo que le mejoré la espalda”, dijo ella después de uno de sus encuentros; la lesión en la espalda la sufrió en la guerra); todas ellas, más otras becarias, se las presentó Sinatra. Sus biógrafos mencionan unos cuantos nombres: Judith Campbell, y Mary Meyer, quien lo inició, se dice, en el gusto por la canabis, cuando se encontraban en la Casa Blanca, y jugaban con la posibilidad de estar en onda cuando debiera decidir si apretar el botón que desatara la Tercera Guerra Mundial.

La más duradera de esas relaciones fue con Marilyn; sus admiradores no sabemos qué hacer cuando recrean aquella versión cachonda de “Happy Birthday, Mr. President”, vestida de manera poco adecuada para la Casa Blanca, y derritiéndose mientras la desentonaba (le puso más calidez que a “I wanna be love by you”, lo que ya es decir). Pero se dice que fue más obstinada que Monica Lewinsky con Clinton; que John, que sabía que le provocaría problemas, le pidió a su hermano Robert le hiciera el quite, y que éste le entró con ganas, perdonando la expresión. Y que después tampoco sabía cómo quitársela de encima, o de abajo, perdonando la expresión. Ya Norman Mailer, en Marilyn, habla del famoso helicóptero que aterrizó y horas después despegó del jardín de MM, horas antes de que la descubrieran muerta, según algunos por propia mano, y otros que con ayuda externa. La Casa Blanca, que protege el prestigio de sus ocupantes y ex ocupantes, no ha podido desmentir categóricamente esos rumores ni menos las afirmaciones (como tampoco los que se refieren a la salud de Nixon o de Reagan). Fontanarrosa, en uno de sus cartones sobre Boogie el Aceitoso, alguna vez insinuó que el asunto no terminó con la muerte de MM, sino con la de Lee Harvey Oswald y la de Jack Ruby, delante de las cámaras de televisión. La cuestión es que dicen que MM ya había perdido las proporciones y la mesura.
                John F. Kennedy tuvo ejemplos a seguir, aunque fueran malos: su padre se encaprichó con una de las actrices más bellas, populares y adineradas de su época, Gloria Swanson, a la que engatusó ofreciéndole su asociación para producir películas, y aunque su romance fue intenso y productivo para ambos, al terminar ella había perdido cerca de un millón de dólares de la época, aunque tuvo regalos que con el tiempo llegaron a compensarla de su descalabro económico, y del moral, porque al marido, para que no estorbara, lo mandaron a dirigir empresas no muy productivas pero que lo mantenían entretenido, y luego se lo regresaron. Tales excesos los toleró Rose Kennedy porque dicen que el clan es firme, no llora ni hace dramas, aunque se sabe que una vez Jackie le dijo a Jack, un día que se encontró unas tarzaneras en la recámara presidencial: “Tú sabrás de quién son. No son de mi talla”.

En una de las mejores biografía del clan Kennedy (Los Kennedy, Peter Collier y David Horowitz, Tusquets, 1985) no se mencionan las andanzas de Jack antes de que fuera famoso, pero Elisabeth van Hortenau hace unos pocos años dijo que sí, que le constaban. En la página que la Wikipedia dedica a Isabel del Puerto, y donde está su filmografía dudosa, habla de tres matrimonios y tres hijos; el primero de sus matrimonios fue con un puertorriqueño que le dio su nombre artístico, y con quien vivió de 1940 a 1947; el segundo con Héctor Mendoza Orozco, su esposo de 1950 a 1956, y de quien se divorció, igual que del primero, y el tercero, Joe Oldhman Lanett, quien falleció luego de tres años de matrimonio. Esa página menciona dos hijos, Joe Charles y Katherina. Se habla de otro hijo, nacido en 1945, Antonio Miguel Bohler; el Bolher es de parte de la abuela materna, que fue quien lo crió.
                Al parecer, John F. Kennedy e Isabel del Puerto (conocida ahora como Lisa Lanett en las páginas de internet donde se menciona el idilio) se encontraron varias veces, y pasaron algunos fines de semana, a ratos en Monterrey, a ratos en Cuba; fruto de esos pasajes nació Antonio; después de muchos años ella afirma que cuando le informó a Kennedy del embarazo él le ofreció matrimonio; no se efectuó, y el niño no llevó nunca su apellido, pero Kennedy cumplió pagando sus estudios y sus gustos.
                “El hijo oculto de Kennedy”, le llaman en algunas páginas francesas de internet; en algunas páginas estadounidenses insisten en el origen de Antonio Miguel, ahora de 64 años, retirado de los negocios, padre de dos hijas. En los árboles genealógicos es notorio el parecido de Antonio Miguel con sus dos medio hermanos, aunque sus rasgos sea más finos. Su tío Ted guarda un silencio culpable.
                En meses recientes se ha hablado de un posible embarazo de Marilyn, y que sindudamente fue causa de discusiones y desavenencias, y de lo mal que se llevaron al final. Si eso es cierto, habría que decir que el romance con Marilyn duró más tiempo, pero que Isabel del Puerto sí tuvo al hijo de Kennedy. ¿Lo supo la familia de él, intentaron que no lo tuviera, la convencieron de que guardara silencio? ¿Lo supieron sus compañeros en el cine mexicano?

¿Cómo pude confundir a Karen Black con Karen Allen? Ni de espaldas se parecen.