miércoles, 15 de mayo de 2013

47 años leyendo a Fuentes

He contado esta historia varias veces, desde diferentes ángulos, con distintos enfoques, y con intenciones diversas, pero siempre ha sido verdad. Había ganado algo de dinero, y tuve para adquirir algunos libros; los 25 pesos me sirvieron para comprar Farabeuf y Las buenas conciencias; poco después, fueron Gazapo y las autobiografías de Monsivás, Sainz y Leñero; por la amistad de mi padre con Antonio Navarrete (eran vecinos de trabajo, en San Juan de Letrán) conseguí baratos La cabaña y Estudio Q, y poco después, El viento distante.
   Compré quién sabe cuántas veces No me preguntes cómo pasa el tiempo, y lo regalaba, hasta que José Emilio Pacheco me puso la primera dedicatoria (mi ejemplar, primera edición, tiene tres, de diferentes años y por diferentes pretextos); conseguí, aunque ganaba poco, y de manera esporádica, varios libros que se mantienen en buenas condiciones, a pesar de que por entonces aún prestaba libros.
   Pero los primeros, Las buenas conciencias y Farabeuf, los leí en estado hipnótico; los compartí con Paco Alvarado; él leyó primero el de Fuentes, y yo el de Elizondo; los leímos en dos días. Hablar de mis lecturas anteriores es vago, difuso, los recuerdos se entremezclan, y me remiten sobre todo a poesía, que ya también conté que leí de manera frenética gracias a que Miss Gladys (la leyenda de la secundaria 12, como me escribe Arturo Valdés Olmedo, quien también la sufrió) me perseguía y yo me refugiaba en la biblioteca de la escuela, y memoricé varios libros enteros.
   Buscaba, y encontraba, afinidades para la incipiente rebeldía, contra la normalidad y a favor de la disidencia; casi todos los libros que comencé a leer a los 17 o 18 años me abrían puertas para ver la vida de manera distinta a lo que decían los cánones; la escena en la que Jaime Ceballos se topa con su padre en un burdel me causó un impacto inesperado, que aún logro reproducir al releer casi cualquier libro de Carlos Fuentes.

Esta escena tuvo lugar semanas antes de que Luis Donaldo Colosio fuera nombrado candidato del PRI a la presidencia de la República; como secretario de Desarrollo Social organizó un simposio que tuvo como sede el Instituto Mexicano de Comercio Exterior, por el Metro Juanacatlán; hacía poco había comenzado a trabajar en El Financiero, y Carlos Ramírez me pedía crónicas; cubrí el simposio, en donde hubo algunos momentos divertidos, como cuando Luis González y González reprochó a Héctor Aguilar Camín lo que aprobaba de Estados Unidos (su jazz, entre otras cosas), el discurso de inauguración de Colosio, en Los Pinos, que describí con el acto de un reportero que, al terminar el discurso, le mostró a otro su libreta de apuntes, en blanco; al día siguiente Enrique Krauze me detuvo para felicitarme por lo que había reseñado. Hacía tiempo no lo veía y a partir de entonces nuestro trato, cordial, se incrementó.
  Pero el momento culminante tuvo lugar cuando Carlos Fuentes dictó su ponencia magistral, de verdad magistral, que por desgracia no ha sido reproducida, pero que fue excelente; Colosio había dispuesto una valla que protegiera a Fuentes de sus admiradores, y lo llevarían derecho a un automóvil, sin que pudieran acecharlo, pedirle autógrafos, estrechar su mano; pero Fuentes rompió la valla para acercarse, me extendió la mano y me dijo “Eduardo, tenemos que vernos para terminar esa charla. Háblame”, y se despidió estrechándome la mano con ambas manos. Luego volvió al centro de su protección y se fue, con paso firme, hacia el automóvil, custodiado por Colosio. La mayoría de los asistentes me miró con sorpresa y no pocos con odio.

Otra escena, que explica la anterior: en un salón de la avenida Universidad, Arturo Trejo y Pancho Conde (creo, con firmeza, que fueron ellos) me presentaron con Carlos Fuentes, en un intermedio de la presentación de El naranjo: “Maestro, ¿conoce a Eduardo Mejía”; su respuesta fue inmediata: “No, pero lo he leído y me parece un crítico excelente”, me estrechó la mano, y me puso una dedicatoria en mi ejemplar en que por escrito reafirmaba lo que había dicho en voz tan alta que no pocos pensaron que exageraba.
   No, Carlos Fuentes había leído todo, a todos; cuando el incidente con José Buil, Marco Antonio Campos me comentó por teléfono: Fuentes dice siempre eso, “excelente poeta”, “excelente cuentista”; a lo mejor exageraba, pero podía citar versos, líneas del cuento, de la crítica, de la reseña, de la novela, porque en efecto los había leído; hacía sentir bien a los interlocutores; Xavier Velasco dijo que, después de un elogio de Fuentes, uno llega a la casa, conmocionado, se deja caer en la cama, y se pone a llorar sobre la almohada durante varias horas.
   Había una razón por la generosidad de Fuentes en su elogio que, desde luego, casi me dejó mudo: Marisol Schulz había entrado a trabajar a Alfaguara; antes, entre ambos hicimos la mayor parte de una bella colección coeditada por el Fondo de Cultura Económica y el CIESAS; el primer trabajo que le encomendaron en Alfaguara fue editar El naranjo, y me llamó para que hiciera una lectura crítica; propuse varios cambios, señalé algunos anacronismos, y alguna otra errata, que fueron aceptados por Fuentes; la edición salió casi perfecta, excepto un dato que no advertimos ni Marisol ni Fuentes ni yo, sólo José Emilio Pacheco, y creo que sólo él sabía la exactitud del error inadvertido. Pacheco sabe todo de todas las materias, no sólo las literarias.
   En la presentación del libro, Sealtiel Alatriste le dijo a Fuentes que yo había trabajado en el texto, y eso me permitió cruzar algunas palabras: acababa de escribir una biografía de Guillermo Haro, y sabía que Haro le proporcionó a Fuentes la hospitalidad ideal para escribir: el aislamiento en Tonantzintla, en el Observatorio, donde los astrónomos trabajan de noche, y el local, en el día, ofrecía tal silencio que lo único que escuchaba Fuentes mientras escribió Aura, La muerte de Artemio Cruz, los cuentos de Cantar de ciegos, Zona sagrada y gran parte de Cambio de piel, era el canto de los grillos; ninguno de los astrónomos, en cambio, se quejó del golpeteo de las teclas de la máquina de Fuentes en esas cerca de dos millares de cuartillas; tampoco fue el único que escribió en la soledad y aislamiento de Tonantzintla: por lo menos Fernando Benítez escribió la mayor parte de sus Indios de México bajo la amistad y hospitalidad de Haro. Haro es uno de los grandes personajes de México, y gracias a Víctor Díaz Arciniega, el doctor Jorge Ojeda, en esos momentos director del Instituto Nacional de Astrofísica, Óptica y Electrónica, me encargó que escribiera una biografía de Haro; para ello, me recibió varias veces en Tonantzintla, donde muchos de los mejores astrónomos del mundo me hablaron de la generosidad, el rigor, la inteligencia de Haro, y alguno me contó varias anécdotas que involucraban a Fuentes; esa noche de 1993 le dije del proyecto, y que no podría dar por terminado el trabajo mientras no corroborara o desmintiera esas anécdotas; me dijo que con gusto, me dio su teléfono, y después, en el IMCE, reafirmó que teníamos pendiente la plática.

Después de El naranjo Fuentes publicó algunos libros en los que no trabajé: Los años con Laura Díaz, Diana o la cazadora solitaria, Instinto de Inez; en ésta, pude haber evitado el error más evidente: la trama consiste en que una pareja de artistas inteligentes se ven cada año, y refrendan su amor; uno de los ritos es que cada año cambia de manos un objeto, mágico; pero en una de esas ocasiones en vez de que ella lo entregue, vuelve a recibirlo, lo que rompe la ensoñación del objeto; en la segunda, yo tenía el libro del que se dijo que Fuentes había tomado parte de la anécdota; pero más allá de ello, hubiera advertido, por mi afición a la música, una inexactitud: hay una parte en la que Fuentes afirma que el mundo del rock estaba conmovido por las tranquizas que le daba Ike a su esposa y cantante Tina Turner; sin embargo, esa situación se supo hasta que ella se separó de él y reveló que la golpeaba; había otras inexactitudes que no cambian la esencia del libro, pero que le restan verosimilitud.
   Volví a trabajar en otro libro de Fuentes, que lo disfruté como pocas novelas: La frontera de cristal, que pese a que narra un periodo muy tenso de la política y de la vida social mexicanas, tiene muchas escenas regocijantes; una de ellas, cuando habla de la gastronomía estadounidense, literalmente me tiró de la silla por las carcajadas que me provocó. Una corrección que me atreví a hacer es también memorable, para mí; en una parte de la novela los padres del narrador, a causa de la crisis, no pueden adquirir una casa en la colonia Cuauhtémoc, y deben conformarse con una en la Nueva Anzures: al margen del texto afirmé que la Nueva Anzures es más cara, mejor cuidada y con mayor plusvalía que la Cuauhtémoc; cuando Marisol le mostró la marca a Fuentes, divertido, preguntó cómo sabía eso: “él vive en la Nueva Anzures”, le dijo Marisol; aceptó hacer el cambio, muerto de la risa.
   En total, trabajé en once de los libros de Fuentes, y sólo uno en reedición: la conmemorativa de los 50 años de La región más transparente, donde corregí algún anacronismo, más de una errata, y puse una mayúscula importantísima que faltaba desde la primera edición, y que subsiste en todas las ediciones del Fondo de Cultura Económica, en la de Planeta, en la de Aguilar y en la de Cátedra; por desgracia, pese a la edición de Alfaguara, el FCE y la Academia perpetraron los errores que nosotros, el equipo integrado por Ramón Córdoba, César Silva y yo, ya habíamos enmendado. Ni en El naranjo ni en La frontera de cristal me dieron crédito por mis correcciones, pero sí en La región más transparente, La Silla del Águila, Inquieta compañía, Todas las familias felices y La voluntad y la fortuna; después Alfaguara comenzó a omitir los créditos, pero a su editor, Ramón Córdoba, le debo haber colaborado en Adán en Edén, Carolina Grau, Federico en su balcón y en el único libro no narrativo, Personas. En todos hice señalamientos, y con orgullo declaro que la mayoría los aceptó Fuentes.
   Pero eso es lo de menos; trabajar en esos once libros me dio el privilegio de comprender las entrañas de su obra; leer párrafo por párrafo me hizo entender sus siempre complejas estructuras, y disfrutar la riqueza de su lenguaje, el ritmo de la narración, el por qué de sus adjetivos, siempre inesperados; las citas que, dada su enorme cultura, aparecen escondidas en medio de episodios dramáticos; a qué se refería en realidad cuando describía una escena, quién era el verdadero protagonista de una anécdota que le achacaba a un personaje ficticio que repetía algo de la vida real.
   En La Silla del Águila vi con claridad que detrás de la historia (que después la realidad hizo tragedia real en la política mexicana) estaba una lectura cuidadosa, muy inteligente y bien asimilada de Maquiavelo; con mis observaciones y correcciones, le envié a Marisol un comentario: este libro es Maquiavelo en novela; cuando Marisol se lo mostró a Fuentes aceptó el elogio, y después, cuando presentó la novela en Italia y en Inglaterra, repitió el comentario: Maquiavelo en novela.
    La voluntad y la fortuna es otra lectura filosófica hecha novela: Schopenhauer, tanto en la observación de la vida, como en otros aspectos menos políticos pero no menos contundentes: la perversidad de la mujer; hay una escena que Fuentes toma de uno de los libros menos comprendidos de Schopenhauer, quien dice que uno de los momentos más angustiosos para un hombre es cuando se encuentra en medio de dos mujeres que se lo disputan; en la novela sucede algo basado en ello, y pese a que está narrado con humor, se ve también la angustia del protagonista.
    (Hubo otro libro de Fuentes en que participé de manera parcial: de visita en el Fondo de Cultura Económica, Felipe Garrido me preguntó si tenía tiempo para corregir un libro: me entregó el original de Agua quemada; no toqué el texto, sólo la puntuación, para adecuarla al estilo editorial mexicano.)
    Fruto también de sus lecturas inteligentísimas fue uno de sus libros más personales, Todas las familias felices; aunque sucede en México, no oculta su origen: las novelas de Tolstoi, con todo y la comicidad de algunos pasajes que narran la complejidad y contradicciones de las relaciones amorosas. Tolstoi, como se sabe, es uno de los más profundos pensadores del cristianismo.

Gustavo Sainz descalificó La Silla del Águila; dijo que Fuentes era incapaz de adivinar el futuro, que ponía situaciones y personajes del siglo XX en el primer cuarto del XXI; dijo que revelaba su falta de imaginación. Eso lo desmiente la habilidad para pronosticar situaciones que se dieron luego de que él las escribió: por ejemplo, antes de que comenzaran a aparecer decapitados en varios estados de la República, aparecieron en las novelas de Fuentes; el desvarío de ciertos políticos, Fuentes los adivinó y los ridiculizó meses antes de que se hicieran tan evidentes sus ambiciones; en Federico en su balcón, novela emergida de sus lecturas del siempre apasionante Nietzsche, Fuentes pronosticó la aparición de un movimiento estudiantil, pero diferente del de 1968, manipulado y manipulable, y con tendencias conservadoras e incluso reaccionarias; pero ni los críticos ni los políticos, ni menos aún los estudiantes, advirtieron ese pronóstico; es más, excepto José Emilio Pacheco, no aparecen los lectores de Fuentes por ningún lado.

Ramón Córdoba me pidió un texto para el tríptico publicitario de Personas; por desgracia, coincidió con su fallecimiento; las publicaciones mexicanas pidieron a la editorial algo para publicar; Ramón dio mi texto, que reprodujeron íntegro, como si fuera de ellos, varias revistas que, sin saberlo, rompieron su juramento de no publicar nada mío, je je.

Dice un amigo, del que no puedo revelar su nombre porque cualquier declaración suya se volvería oficial de la institución a la que pertenece, que Fuentes, con sus primeros libros, se puso al frente de la literatura mexicana; que con sus libros de los primeros años sesenta se puso al frente de la literatura hispanoamericana, y a partir de Terra Nostra se puso al parejo de la literatura universal; curiosamente, dejaron de leerlo en México, lo descalifican a priori, y lo culpan por no entenderlo; sus últimas novelas son ilegibles para muchos lectores que carecen de las claves para entenderlo; para hablar de él, han recurrido al anecdotario, a revelar intimidades, a decir que fueron sus amigos; la mayoría de quienes declararon a su muerte, sucedida hace un año (estaba en Los Ángeles, luego de mi fallida intervención en la Feria del Libro presidida por Marisol), los declarantes mostraron que se detuvieron en La muerte de Artemio Cruz, y algunos hasta lamentaron que haya seguido escribiendo sin repetirse; los más audaces mencionaron Cambio de piel, pero también demostraron que su lectura fue muy superficial.
   El tiempo será testigo de que Fuentes se adelantó a su época, a sus contemporáneos, a sus lectores. Al releer La región más transparente, y al releer (en un viaje a Xalapa, de un tirón) La muerte de Artemio Cruz, veo que, inconscientemente, copié escenas suyas en uno de mis relatos, escrito todo con frases ajenas, saqueadas de cuentos, novelas, tiras cómicas, canciones, aunque la anécdota sea mía, totalmente original; estaba muy consciente de dónde había tomado cada frase, excepto esas dos, que pensaba originales: no, habían sobrevivido en mi subconsciente durante muchos años.
    También al releer La región más transparente veo cuánto le deben autores que lo reconocen y otros que no lo aceptan, pero sin esa novela nuestra narrativa de los años sesenta, setenta y ochenta, hubiera sido otra muy distinta, y creo que peor. Así, también creo que la narrativa de los próximos 40 años estará basada en los libros más recientes de Fuentes, cuando se acaben los prejuicios (favorables o desfavorables) y lo leamos con la inocencia que requiere le buena lectura.

Termino como empecé, de presumido: tengo varias ediciones de La región más transparente: la primera, una de la Colección Popular, donde la leí por primera vez; la de Cátedra, malísima; la conmemorativa de los 40 años, la muy mala de la Academia de la Lengua, y la conmemorativa de los 50 años; tengo la primera edición de Las buenas conciencias, y la de Popular, donde la leí por primera; tengo la primera de La muerte de Artemio Cruz (y la sexta, en que la leí por primera y por segunda vez); tengo la primera de Aura, y la segunda, tan buscada como la primera, de Los días enmascarados; la primera de Cantar de ciegos, la cuarta de Cambio de piel, obsequio de Gustavo Sainz, y a partir de allí, todas son primeras ediciones, incluidas algunas no venales, y otras muy raras, como su libro sobre José Luis Cuevas; pude detectar que en la compilación de cuentos se colaron cuatro fragmentos de novela, y descubrí que me sabía (casi) de memoria esos capítulos, así como me sé de memoria Historia de cronopios y de famas, Historia universal de la infamia, Las batallas en el desierto, y las primeras versiones de los primeros libros de poesía de José Emilio Pacheco, y muchos poemarios completos, como Los versos del capitán; en cambio, con la edición conmemorativa de Aura descubrí que lo había leído mal, con premura, sin disfrutarlo.
   Descubrí también que Carlos Fuentes es un autor que se disfruta en la juventud, pero mucho más en la madurez. Y añado que Fuentes me hizo entender mucho cine, que disfruto sus esporádicas apariciones en la pantalla, que su versión de una mala película como Tiempo de morir es disfrutable por sus diálogos, por sus guiños, por sus referencias a otras cintas, sobre todo westerns; y que su versión de El gallo de oro, con todo y sus fallas, es menos pretenciosa y más divertida que la de Ripstein. Y una petición: ¿alguien tiene que me venda, sin abusar, el libro de Fuentes sobre el 68?

Desde luego, agradezco a Marisol Schulz y a Ramón Córdoba (el Gran Dramón) haberme privilegiado al participar en tantos libros de Carlos Fuentes.

martes, 23 de abril de 2013

Ahora lo comprendo todo (menos a Sarita Montiel)


Cuenta la leyenda (me la narró uno de los hermanos López Gallo hace más de 40 años) que llegó Carlos Monsiváis a la redacción de México en la Cultura, y soltó (¿a quiénes: Fernando Benítez, Vicente Rojo, Gastón García Cantú, Armando Ayala Anguiano?): acabo de ver la tragedia de María Luján; y ante el silencio de los que lo oyeron, exclamó: si con eso no lloraron, nada los va a conmover.
                El último cuplé tuvo el récord de más semanas en un cine de estreno en México, nada menos que 60 en el cine Arcadia, que estaba en la calle de Balderas, muy cerca de la avenida Juárez. Se estrenó la cinta el 1 de agosto de 1957 y no fue sustituida sino hasta el 31 de octubre de 1958, con Fedra, española como de Juan de Orduña, con Emma Penella, y que duró tres semanas en exhibición.
                Por los mismos días del estreno de El último cuplé también llegaron a las pantallas, entre otras, Cómicos de la legua, con Martha Valdés y Resortes (dos semanas), El gato sin botas, con Germán Valdés y Martha Valdés (dos semanas), Tammy… flor de los pantanos, con Debbie Reynolds y Leslie Nielsen (seis semanas), Vuelo a Hong Kong, con Barbara Rush (una semana, pero en tres cines), La estrella rota, con Howard Duff (una semana), Gigante, con James Dean y Elizabeth Taylor (cuatro semanas, en dos salas grandes [Polanco y Alameda]), Camino del mal, con Ana Luisa Peluffo y Armando Silvestre (cinco semanas; la reseña de Emilio García Riera es divertidísima).
                Algunos años más tarde, en 1969, vi Ulises, que duró una sola semana en el Arcadia, pese a lo curioso del film; ahora que la memoria me pone trampas: ¿la vi, junto a Paco Cabrera y Arturo Luciano, dos forofos de Joyce, en el Arcadia, o confundo ese cine con el Versalles, por el rumbo, pero más hacia la colonia Juárez? No sé si valga la pena el esfuerzo de la concentración para recordar la sala exactamente. Se estrenó en el Arcadia, pero los filmes recorrían un circuito que culminaba, si se estrenaban en el Roble, en el cine Tepeyac, luego de pasar por el Cosmos, el Tacubaya, el Soto y otros, o si era en otros cines, en el de La Villa o el Lindavista. Vi Nevada Smith en el México, en el Cosmos, Soto y en el Tepeyac en semanas consecutivas; la vi en TV varias veces, y ninguna desde que la adquirí en Beta, VHS y DVD (Woodstock, Singin’ in the Rain y Calabacitas tiernas son las otras que las tengo en esos formatos; me falta adquirirlos en Blue Ray) (Por cierto, en el ahora clandestino Teresa vi, en una misma función, Freud y Singin’ in the Rain: curiosidades de los programadores).

Estaba en El último cuplé; no tenía edad para verla, y seguramente no le hubiera entendido; mejor dicho, es seguro que no la hubiera entendido porque, luego de muchos años del prestigio de haber sido la cinta con mayor permanencia en un cine de estreno (rascuachón, pero de estreno) la vi en un reestreno, y dos veces en televisión, y no supe de qué se trata, sólo sé que los gimoteos de Sarita Montiel son fingidos, artificiales, y no conmueven. Visto en retrospectiva, conmovió más el disco, murmurado por la actriz a media voz, un poco melodramática; las canciones tienen un mucho de picardía que insinúan actos sexuales (“Balance,  balance”, “Ven ven”, “Fumando espero”), entrega no narrada (“El relicario”), burla ante la impotencia y frigidez (que luego se quejan de que sus maridos las llames sosas, o las esposas a ellos), y una de ardida que merecería una versión con mariachi (“Tú no eres eso”: y no es que me importe haberte querido, que limosna también se da a un pobre, y tú pobre has sido). En la portada, en primer plano, lo que Juan Marsé llama “los primeros senos del cine nacional [español] que merecieron cierto interés por parte del Sindicato Nacional del Espectáculo”) acentuados por un escote muy provocativo, que fue motivo de una novela de Gonzalo Celorio (Amor propio, acerca del autoerotismo, más audaz pero también más inocente que Puerta del cielo, de Ignacio Solares acerca de la excitación provocada por la imagen de una virgen). No hay trama, unos cuantos pasajes entre una canción y otra. Sólo recuerdo que cuando uno de mis tíos nos visitaba, pedía que le prestáramos el disco, que observaba con placer. También veía con deleite la portada del soundtrack de Cabaret trágico, y auguraba (1958) que un día se inventaría una consola en donde se pusiera el disco y reprodujeran imágenes en la televisión contigua (en efecto, había consolas que tenían en el mismo mueble radio, tocadiscos y televisión, pero cada uno con su función independiente).
                Dos años antes, una cinta francesa, mucho mejor hecha, calificada por Truffaut como el mejor ejemplo de cine negro, Rififi, de Jules Dassin, duró 31 semanas en el cine Del Prado; no hay comparación entre las dos cintas, y aunque el Del Prado y el Arcadia cobraban lo mismo por boleto, cuatro pesos, estaban dedicados a públicos diferentes, pero eso no explica que haya estado catorce o quince meses en cartelera. El récord duro menos de diez años, porque en 1965 se estrenó una cinta que duró cinco semanas más, es decir, 65, en el entonces lejano cine Manacar. Fue The Sound of Music (en la sátira del Mad, The Sound of Money), bautizada como La novicia rebelde, de Robert Wise con Julie Andrews (en España, Sonrisas y lágrimas), recibe la segunda máxima calificación en los libros de Leonard Maltin, tres estrellas y media, mientras que en la enciclopedia de internet Imdb recibe un altísimo 7.9, la misma que Soberbia, la sensacional cinta de Orson Welles (el remake de Arau tiene 5.9, demasiado alta; sólo puede verse por la presencia de una Madelein Stow antes de Revenge).
                En 1968, poco antes del estallido del Movimiento Estudiantil, en la Sala Manuel M. Ponce de Bellas Artes, en una mesa redonda sobre la cursilería, José de la Colina se calificó de cursi cuando descubrió que le gustaba esta cinta; de cualquier manera, 65 semanas son muchas para una cinta así, y más si tomamos en cuenta que cuando se estrenó en México Singin’ in the Rain duró sólo cuatro semanas en el cine Roble (en sus reestrenos en los años sesenta –¿cine México?–y setenta –¿cine Ópera?– duraron bastante, pero no más de dos meses. Años después hubo estrenos más duraderos: Nacidos para perder, Les Valseus… (Estos datos los obtengo de las Carteleras cinematográficas, de María Luisa Amador y Jorge Ayala Blanco, desde luego.)

Es inexplicable que una cinta tan mala, sin argumento, sin ilación, con malos actores (¿es necesario repetir la anécdota de Manolo Calvo, actor de este filme?), haya llamado tanto la atención, haya llevado a tanta gente al cine, sobre todo que el criterio para que permaneciera en cartelera hablaba de más de media sala por función. ¿Fue la presencia de Sarita Montiel?
                Debutó muy joven en España, y muy joven, de veinte años, vino a México, donde hizo varias malas películas; lo curioso es que su prestigio se basó en la belleza (no el tamaño, sino la forma y la firmeza) de sus pechos, y en su mejor actuación en México, el mecánico Pedro Infante le espía las piernas (que no eran bellas; tampoco tenía nalgas, recuerda reiteradamente Juan Marsé) desde el foso de un taller mecánico: “Zapatitos”, la llama, sin poder verle la cara; y cuando se la topa en un camión, la reconoce por los tobillos (Necesito dinero).
                Hay que recordar Se solicitan modelos, no la película, bastante mala, sino la fotografía en donde está en traje de baño, junto a otras actrices; la que más llama la atención es Amparo Arozamena, a la que encasillaron de actriz cómica y nos privaron de ver con más detalle su belleza, que resalta en Juntos pero no revueltos, que ahora pasado el tiempo creo que es la mejor de Jorge Negrete, junto a Dos tipos de cuidado.
                Doy muchas vueltas, pero es que no me explico cuál es el motivo por el que hubo tanto revuelo con el fallecimiento de Sarita, los tumultos para verla en su camino al cementerio, las expresiones de pesar; reviso su filmografía y no encuentro nada más sobresaliente que Veracruz, de Anthony Mann, con quien casó poco después, y Jefe Búfalo Bill, de Sam Fuller; son dos buenos westerns, pero no justifican la fama de Montiel; tampoco entiendo por qué prefirió llamarse Sara y no Sarita, como se le conoció en México. Conmovió a la gente cuando se declaró en dificultades económicas, y más cuando su contador se quejaba de que gastaba varias veces más de lo que obtenía como ingresos.
                No me explico nada: ni la permanencia de El último cuplé, la fama de haber sido la película con mayor permanencia en cartelera, rebasada, como vimos, varias veces, aunque no recordemos las otras sino ésta; la fama aunque no estaba sustentada en su belleza, ni en su calidad histriónica ni en su simpatía (sus papeles menos malos la presentan arrogante, con gesto altivo menospreciando al simpático Pedro Infante, al menos simpático Joaquín Cordero), sumisa hasta que la conquistan y pasa a ser fierecilla domada. 
Conquistó a Anthony Mann (como Begoña Palacios a Sam Peckimpah), y luego se divorció de él para hacer cintas aún más malas.

Ahora lo comprendo todo, debería de decir, si lo comprendiera; salto cuando escucho la frase no en labios de Arturo de Córdova, quien la inmortalizó; la escucho en la voz chillona de Ninón Sevilla, exclamada con sorna cuando Fernando Soler le muestra un tambache de billetes: te corrompiste, tú, el juez justo, o algo así; el atarantamiento viene cuando asocio la frase pronunciada por Viruta, por Agustín Isunza, Pedro Infante, Jorge Negrete, Germán Valdés, José María Linares Rivas, por decenas de actores y por unas cuantas actrices. ¿Ninón Sevilla? Su famosa frase “¿Qué puedo hacer con estas piernas, señor juez?” mientras se levanta la falda para mostrar los muslos, pierde su eficacia cuando pronuncia “ahora lo comprendo todo”, que seguramente es la frase más frecuente del cine mexicano por lo menos hasta los años setenta. El argumento de Sensualidad es de Álvaro Custodio con el director Alberto Gout; pero la pronuncia Arturo de Córdova en todas las cintas cuyo argumento y adaptación es de Edmundo Báez, responsable del argumento, guión, adaptación o diálogos de 90 filmes, entre ellas no Sensualidad, aunque sí otras con Libertad Lamarque, Marga López, Jorge Mistral, Domingo Soler; la más memorable de las escenas con esta frase es de Isla para dos, la peor de todas las que protagonizó De Córdova, o por lo menos la más absurda.
                A partir de ahora recomienzo a ver cine mexicano para recopilar el mayor número posible en las cuales se pronuncie “Ahora lo comprendo todo”; sin embargo, ninguna película mexicana, argentina, cubana, española, lleva ese título.

Muchos cinéfilos niegan serlo o haberlo sido; o si lo asumen lo hacen como pecado, como una losa (pesada, agregan), un martirologio, algo que nos redimirá de nuestras culpas; ¿cómo medir una cinefilia o cinemanía? ¿Por el número de películas vistas? ¿Por la capacidad para intuir cuáles son las buenas? ¿Por la capacidad para aguantar malos filmes? ¿Por la necesidad de ver cine a todas horas, aunque sea en televisión, o en cines de piojito, de postergar un coito –o apresurarlo– para ver una cinta? ¿Por la capacidad pare memorizar escenas, y luego ver sólo fragmentos de una película sólo para volver a ver esa escena memorable, o de aguantar cintas malas por una sola escena? ¿Por el número de veces que puede verse una cinta sin cansarse?
                Hago el recuento de cuantas  películas he visto en las que aparecen Wolf Ruvinsky (unas 97 de las 157 que protagonizó), Carl Hillos (el 85 por ciento de las más de cien en las que dice una frase, o sólo se hace presente), Dolores Camarillo (73 de 127, sólo como actriz, sin contar las veces en que fue la maquillista), 129 de 238 de Emma Roldán (incluidas todas las buenas; su mejor frase, “con tal de chotearle la mercancía al dotorcito”, cuando justifica que Infante vea a Elsa Aguirre en calzones), y 178 de las 272 en las que aparece Hernán Vera, entre ellas, todas en las que aparece de cantinero. Por ello, creo que me gusta el cine. No compito, sin embargo, con Marco Antonio Pulido, quien me recitó la filmografía completa del Indio Calles, en venganza por haberle ganado una trivia sobre el único guión de Antonio Espino. Fue él quien me hizo ver la importancia de la frase “Ahora lo comprendo todo”.

Un cargo más contra las mujeres, no recogido por James Thurber: ¿no es cierto que conducen los autos con la lengua, sobre todo las maniobras difíciles?

No es por presumir, pero cuando me dedicaba a la narrativa, interrumpí un par de novelas cuando descubrí que la trama la usaba algún otro autor; ambas veces, esas novelas eran recientes; en contra mía, puedo decir que son las novelas menos celebradas de esos autores; con satisfacción vi que un autor muy reconocido en todo el mundo de habla hispana utiliza (cierto, en la menos conocida de sus novelas) la misma estructura y la misma solución que yo en mi primera novela, casi diez años después de la mía.
                Ahora encuentro que en un par de sus relatos incluidos en De repente un toquido en la puerta, Etgar Keret usa un argumento acerca de mundos paralelos, y otro sobre la temporalidad de infidelidad sexual, que abordé en mis capítulos de El juego de las sensaciones elementales, mi novela a cuatro dedos, con Gustavo Sainz; más asombrado quedé con el remate de otro cuento, “Abrir el cierre”, con esta frase: “Si hasta le había escrito una canción a ella que había titulado ‘Diosa’ y toda la canción se trataba de cómo tenían sexo en el malecón y de cómo ella se venía como ‘una ola estrellándose contra la roca’, literalmente” (Editorial Sexto Piso, pág. 77, 2012). Mi tercera novela se titula Una ola que se estrella contra las rocas.
Arroz (frase que hizo célebre Mauricio Garcés en Estudio Ponds, en que lo acompañaban Chucho Salinas y Lulú Parga, pero que en el cine mexicano se usaba bastante antes).

Juan Marsé es el escrito más reacio a usar la red para promoverse; hay, sin embargo, una página con su nombre, oficial, con datos biográficos (incompletos, no menciona más que una vez a Joaquina, su esposa y nuestra amiga), con bibliografía incompleta (sin editoriales ni año de edición); la única anécdota y único dato no frío ni impersonal, fue que una vez aceptó asistir a un coctel (es también reacio a las relaciones sociales, bastante arisco) porque iban a presentarle a Yves Montand; y fue porque al estrechar la mano del actor iba a estar más cerca que nunca de tocar las partes pudendas de Marilyn Monroe. Uno de mis amigos más cercanos, de los mejores escritores, tío de mis hijos, alguna vez nos contó a Isabel Fraire y a mí que había estrechado la mano de un escritor estadounidense porque sería como tocar, a trasmano, el trasero de una famosa primera dama de Estados Unidos. Omitió el nombre del escritor, no el de la ex primera dama.

Circula un video en youtube, una escena suprimida por Richard Lester en Superman II; una mujer rueda por la azotea de El Planeta y cae al vacío; Kent, a gran velocidad se despoja del traje de reportero; por el remolino que provoca se le sube la falda a una reportera y muestra las tarzaneras (de aquella época: bikini, no tanga ni “G”); ya en la calle, desvía la caída de la mujer, a la que también se le atisban las panties; Stanley Donen hizo que se repitiera toda la coreografía de “Broadway Melody” en Singin’ in the Rain porque, al terminar de rodarla, los técnicos advirtieron que en el traje que usa Cyd Charisse se notaba su vello púbico; antes de que se hiciera público, aunque sólo para unos cuantos fijados, prefirió volver a filmarla, sin omitir el erotismo del baile, sobre todo cuando levanta la pierna para regresar el sombrero al azorado Gene Kelly.

Y acerca de los errores frecuentes en los diarios, me pregunta José de la Colina qué pienso de “sector automotriz”, “el concierto inicia” y el uso de “evento” como sinónimo de fiesta, conferencia, acto. Le reviro: ¿y de “que no se vuelva a repetir”, que se usa a diario? Y de "la primera vez que lo conoció"?

lunes, 8 de abril de 2013

Lo que es el lenguaje, lo que son las mujeres libres de Donen, lo que es la corrección política


Carlos Monsiváis logró ponerle fecha a la invención de la ola, originada en un estadio de futbol americano colegial, en Texas, aunque muchos creen que fue en México, durante el Campeonato Mundial de 1986; cierto, aquí se popularizó, aunque se haya tomado de otros ámbitos. Es más difícil, en cambio, saber dónde se dijo por primera vez “lo que es”; oí la frase, aturdido, a los reporteros de los programas televisivos, que andan observando el tránsito citadino: “vemos un embotellamiento en lo que es el Paseo de la Reforma”. Es harto conocido que los reporteros redactan, o teclean (que no escriben) con lugares comunes, y que lo hacen de manera mecánica, o automática, sin enterarse siquiera de lo que ponen por escrito, ni mucho menos cuando recitan para pasar al aire: aun en los mejores diarios caen en inconsistencias gramaticales: “pasó su primer noche en la cárcel”, sin importar que “primer” sea masculino y “noche” femenino (y “su primer victoria”, y otras muchas) o lo hacen con cacofonías (“se prepara para”) o con redundancias (“¿cuáles son sus planes para el futuro”, “llegó sin previa cita”, “la primera vez que lo conocí”). (Un político, para justificar los ataques que lanzaba contra un rival, sentenció: “él empezó primero”.)
                El problema es que “lo que es” trascendió rápido: fui a comprar unas revistas de música, y el vendedor, muy atento, me obsequió una tarjeta para piratear legalmente diez melodías, las que escogiera (no importa que sea en detrimento de la calidad, muchos ya no compran discos, y en su lugar los descargan de internet); muy amable me la entregó: le doy lo que es esta tarjeta para que baje (así lo dijo) lo que son diez canciones. Todos los vendedores, los que prestan servicios, los meseros, cuando explican su oferta, espetan “lo que es”. Sé que no debería de enojarme, que sería mejor que me divirtiera, pero me molesta tanto la muletilla como otras no menos absurdas, como “mensajear” o “textear” (los académicos, pobres, intentan tranquilizar su conciencia al pedir que se escriba “tuitear” en vez de tweetear”), aunque sé que éstas pasarán de moda, como aquellos “Nova renova el placer de fumar” o “alturízate” de los años sesenta, o el “sanforizado” de los cincuenta, palabras que desaparecieron al suprimirse los productos (los cigarros Nova, los zapatos Canadá con chicos taconzotes, o la ropa que no encogía al lavarse por primera vez); pasarán como pasaron “presupuestar” aunque la Real Academia lo haya admitido cuando nadie lo usaba, o “planificar” cuando dejaron de dar lata los tecnócratas en las secretarías de gobierno, términos que ya no usan ni siquiera los burócratas.

Esos errores no son propiedad de los reporteros de radio y televisión, aunque ellos los hayan popularizado; muchos aspirantes a escritores redactan con tanto descuido, que en una novela reciente, una autora que se cree audaz hace que su protagonista dé el paso decisivo para terminar una relación, empaque su bistec con todo y refrigerador; en su mochila empaca jeans, dos shorts, cinco playeras, un vestido y unas sandalias de plástico. Traje de baño no tiene; se lo comprará a algún vendedor ambulante de la playa. Cepillo de dientes, pasta, un pequeño espejo y un rímel de aceite que de tan espeso logra mantener en su lugar a las pestañas.
                No especifica si el cepillo de dientes, el pequeño espejo y el rímel (que mantiene en su lugar a las pestañas, así dice) se lo va a comprar al mismo vendedor ambulante, a otro en la misma playa, o en una tienda, o si también los lleva en su mochila. Pero es de hacer notar que no empaca calzones; una de dos: o usará a diario los mismos que lleva puestos, o no usa. Descuidada ella, y descuidado su editor que no se asombró de la falta de higiene de la protagonista.
                Otro autor, novel pese a sus muchos libros, hace hablar a sus personajes de la corte de Odín como si fueran burócratas mexicanos: “¿Asunto?”, pregunta Heimdal, ese San Pedro escandinavo, a un viajero que lleva presentes a Odín; y ante la respuesta, vuelve a preguntar: “¿Y?”, y uno lo imagina abriendo un cajón para que allí le deje su cuota.
                Lo de combinar femenino con masculino está muy extendido: la doctor, la arquitecto, la licenciado, la actor, la emperador; y además insisten. Por otro lado, la aceptación de “modisto” traerá como consecuencia hablar de dentistos, futbolistos, novelistos, ensayistos.

En Indiscreción, Stanley Donen hace alarde de una audacia poco frecuente, pero presentada con una elegancia desarmante: para ligarse a Ingrid Bergman, Cary Grant se hace pasar por casado en busca de una aventura, aunque es tan soltero como en todas sus actuaciones, aunque esté casado (como en Arsénico y encaje, casado pero sin estrenarse, y sin poder conseguirlo por culpa de sus tías adorables, pero tan asesinas como su primo reencarnación del monstruo de Frankenstein, y del médico que lo dejó así, el casi mítico Peter Lorre). Diplomático, elegante, se codea con una sociedad que lo respeta, aunque a ella la admira; pero la petición de matrimonio es impensable, por lo que debe fingir infidelidad; al estilo de las cintas de Fred Astaire, la solución es enredada, llena de sobreentendidos y de aclaraciones innecesarias. No hace falta un baile para coronar la trama, sólo que ella debe olvidarse de la aventura, del adulterio tan emocionante, y conformarse con un matrimonio común y corriente. Los papeles de adúlteras lo interpretan actrices de gesto altanero (o resignado, en el cine mexicano, víctimas del engaño del hombre que se aprovecha de su inocencia), desafiante, que se enfrenta a los rumores y las maledicencias, al deseo de otros que piensan que si con un casado, puede hacerlo con cualquier casado. La refinada e inteligente Bergman acepta su derrota, no sin antes mostrarse indignada por el engaño.

¿Cuál es el defecto mayor de Opus 94? El mismo de El Fonógrafo y de Radio Universal: su programación es para amantes del pasado, de las obras muy conocidas, y muy poco de la música contemporánea; piensan que lo más nuevo es Stravinsky y Shostakovich, y muy de vez en cuando aparece Milhaud, y sólo para irritar a los más conservadores.
                No es que tenga malos programas; las intervenciones de Jorge Córdova, por ejemplo, son amenas e informativas, pero no todos son así; las rúbricas de los programas son solemnes y auguran tedio; un programa como La otra versión es interesante, pero no explícito, porque aunque dejan escuchar fragmentos diferentes de una misma pieza, no hay explicaciones de en qué consisten esas diferencias. En los demás programas la música es elegida al azar, o por cuestiones anecdóticas: aniversarios, fallecimientos, pero nada que las hile. Al transmitir una pieza informan de cuál se trata, del compositor, la orquesta y el director y solista, o si el concertista toca solo. No dicen de cuándo es la versión, qué marca la grabó, y cuáles sus cualidades y defectos. Estas explicaciones existen en las transmisiones de las óperas en vivo, pero como los intermedios son muy largos, las explicaciones distraen, y tienen el defecto de que platican el argumento, no las cualidades de los cantantes.
                Hay ofensas; en donde se comentan los programas de la semana, al hablar por ejemplo del concierto de una pianista poco conocida, para ilustrar la obra ponen la versión de Van Cliburn o de Rubinstein o de Arrau.
                Los locutores a veces interrumpen un concierto, como el público que aplaude en el intermedio entre dos movimientos. Se supone que los conocedores aplauden 20 o 30 segundos después de que termina el concierto, pero por lo regular en México, con obras muy conocidas (digamos Huapango) empiezan la ovación antes de que termine la ejecución, como si estuvieran en el festival OTI, donde hacen creer que ya acabó para seguir tocando y que los aplausos se prolonguen, a ver si así apantallan a los jurados, tan ignorantes como el público (por lo regular). En esto también se parecen al Fonógrafo y a Radio Universal: terminan antes que la pieza. Muchos de los comentarios son impertinentes, aunque no dejen de divertir algunos de ellos, como la locutora que ofrece pases dobles para que los afortunados que los obtengan “vayan acompañados por la persona que más quieran, o con alguien de su familia”.
                Frente a la programación de Radio Universidad, Opus se queda muy por abajo, muy conservadora. Pero en ninguna de las dos programan las novedades de, por ejemplo, Jensen, Kopatchinskaya o Hennin (por hablar de las más apantallantes). Si uno trata de orientarse con ellos, no hay manera de estar al día ni en estrenos, grabaciones nuevas de piezas célebres, más que por medio de publicaciones extranjeras, poco accesibles (por culpa de las aduanas o de la distribuidora); y como llegan muy pocos ejemplares a Mixup, uno debe conformarse con la siempre insegura Amazon.com.

Para retomar el tema de lo que es el lenguaje, acaban de amenazar con no sé qué castigos si se usan ciertas palabras que ofendan la condición erótica de una persona que elija la heterodoxia; discriminan a las mujeres que eligen la promiscuidad como forma de diversión o de desafío social; lo que no dice la Suprema Corte de Justicia qué se hace en el caso de las obras literarias donde se difama o se calumnia a ciertos personajes: la retroactividad se aplica si beneficia a los perjudicados: ¿qué va a pasar con ciertos personajes de Alberto Rojas, de Luis de Alba, o incluso de Arturo Martínez, que en una cinta hace de amanerado, de manera muy divertida?; Guillermo Rivas, al hacer de afeminado, se salía del cliché y hacía un papel muy divertido al lado de Manuel Valdés y de Héctor Lechuga. ¿Qué va a pasar con ¿Qué te ha dado esa mujer? y sus personajes equívocos? Por suerte, Jaime Labastida salió en defensa del lenguaje y atacó esas medidas de la SCJ. Ojalá actúe así en otros casos de corrección política y se habla de “capacidades diferentes” (que todos tenemos) o de minusválidos o discapacitados al hablar de inválidos, o de personas menudas al referirse a nosotros los chaparros, o de tercera edad al referirse a los ancianos.
                Es de dudarse, porque ya el gobierno del DF ordenó retirar los saleros en restaurantes, fondas, taquerías;  ¿y donde cocinan sin sal y el platillo es insípido [¿nos ordenarán decir insaboro, para que entiendan los que no entienden?]? Ya tenemos quien nos cuide, nos regañe si fumamos, si tomamos un poco más de los seis gramos de sal diarios necesarios en el organismo, quien nos vigile si expresamos dudas sobre la conducta de un vecino, y quien defienda a los que infringen leyes y reglamentos. En uno de los aciertos, pocos, de facebook, leí esta frase: dictadura es que lo que no está prohibido, es obligatorio. Quién dijera que lo viviríamos en el gobierno de un partido que siempre proclamó respeto a las libertades. Un consejo: que nos obliguen a usar sombreros o boinas para así disminuir las posibilidades del cáncer.

¡Qué bonita es la venganza cuando Dios nos la concede! Ocho años después la razón me dio la razón.

Y además, frente a la ignorancia y la indiferencia, el reconocimiento internacional: verme citado por un escritor extranjero al que no lo mueve ni la amistad ni la simpatía, es preferible a los ataques movidos por la antipatía y el rencor.

En uno de sus escasos errores en su Diccionario de Incorrecciones, Fernando Corripio aconseja que no se use “forofo”, que es un vulgarismo, que es mejor “fanático”; pero el fanático es alguien que se apasiona, que no razona y que adora sin asomo de crítica; Seco dice que los marxistas, que se guían más por el sentimiento que por el raciocinio, son unos fanáticos. Pero en mi Salón de la Fama hay muchos a los que admiro sin dejar de observar sus defectos; por ejemplo, la falta de velocidad de Ted Williams, el fildeo irregular de Lou Gehrigh, el bateo deficiente de Sandy Koufax o el descontrol de Walter Johnson, o el fildeo de Jorge Orta en la segunda base o la indisciplina de Vinicio Castilla, por no hablar de escritores, pintores, cineastas, críticos y músicos a los que admiro pero con el raciocinio y no con la pasión (el cerebro y no el corazón, como dice con tanta inexactitud Manuel Seco). Mi admiración no es de fanático, mucho menos de fan, gringuismo que la Academia no combate (tampoco el más explícito de fans: “yo soy tu fans”, dice un personaje televisivo). Me niego a aceptar el de “hincha”, sólo aceptable al hablar de los aficionados al futbol argentino, así que adopto el de forofo, y me niego a aceptar que todo aficionado a los deportes sea un irracional, un fanático.

Casi todos los días, en la incipiente temporada de beisbol, hay tres blanqueadas. Los expertos dudaban que Luis Cruz tuviera el mismo éxito que en 2012; al momento, va de 17-0; que no se apure: Willie Mays comenzó su carrera con un 15-0, luego pegó un jonrón nada menos que a Warren Spanh, y luego tuvo otros diez turnos en blanco; allí comenzó la racha que lo llevó al Salón de la Fama.

jueves, 21 de marzo de 2013

Sigamos hablando de música, de mujeres de Donen y de las de Thuerber

Una de las características más graves de mi generación es que no se ha dado cuenta de nuestro envejecimiento, pero El Fonógrafo nos lo hace ver de una manera cruel, despiadada, al programar como la música ligada a nuestro recuerdo las canciones que en la niñez o la adolescencia nos servían como bandera contra los vetarros que la calificaban como música infernal, pues para nosotros era un dulce canto que nos hacía soñar. Todavía hace pocos años lo que programaban eran las canciones de los tríos o los solistas que, con mucha malicia, caricaturizaba Luis de Alba como Juan Penas; es cierto, si eran canciones de nuestra niñez y primera adolescencia, ya tienen más de 50 años, pero es antinatural que las transmitan junto a las de Los Cuates Castilla, María Elena Sandoval, David Lamas, Pedro Vargas, Manolita Saval, Eva Garza (los tríos fueron antes que los rocanroleros, pero no mucho: Los Tecolines y Los Tres Reyes se fundaron a mediados de los cincuenta y su época de mayor popularidad fue en los sesenta, casi al mismo tiempo que Los Rebeldes del Rock, Los Teen Tops, Los Locos del Ritmo, Los Crazy Boys, y duraron más que ellos. Oír “no es necesario que cuando tú pases me digas adiós” junto a “Yo no soy un rebelde sin causa ni tampoco un desenfrenado” es juntar dos mundos que nada tienen en común. A ratos, El Fonógrafo transmite las mismas canciones durante toda la semana, y casi en el mismo orden; varía un poco en programas de complacencia, pero en ésos molesta escuchar a los locutores coquetear con las radioescuchas, y es incómodo cuando la gente confiesa que piden una canción específica para recordar a su difunto esposo o a su muy querida esposa que ya no está en este mundo. Entonces cambio a Radio Universal; no hay muchas opciones para escuchar rock en la radio mexicana; desaparecida Rock 101, uno debe resignarse a unas cuantas estaciones blandengues, sin estructura. Radio Universal sí tiene una línea, una programación específica, aunque limitada a lo que ellos llaman clásicos, a un programa de rock de los ochenta, y dos horas diarias que ellos afirman dedicadas a los Beatles. En El Fonógrafo y en Radio Universal transmiten a diario dos mujeres; por el tipo de comentarios, por los chistes, por la voz, uno creería que es la misma, pero como sus programas son simultáneos, lo más probable es que sean dos diferentes; en ambas estaciones ellas aportan frescura y candidez, pero no experiencia ni muchos conocimientos. Radio Universal también tienen el descaro de programar a diario las mismas canciones y en el mismo orden; peor, parece que tienen una sola pieza de Rod Stewart, de Electric Light Orchestra, Roy Orbison, Heart (con la desventaja de que no pueden poner fotografías de las hermanas Wilson), Cat Stevens, y de casi todos los cantantes que tienen en su discoteca; varía un poco cuando hacen su concurso face to face, pero sólo un poco. La transmisión de las piezas es de buena calidad, se distinguen los instrumentos, y se escuchan con claridad los solos; lo malo es que ponen muy pocas piezas que lo valen: el solo de Eddie van Halen en “Beat it”, de Michael Jackson, pero muy pocas veces a Clapton, como solista o con alguno de los conjuntos en los que militó (Yardbirs, Blues Breaker, Cream, Blind Faith, Powerhouse, Derek and the Dominos, mucho menos Rooster o Palpitations), rara vez a Jimi Hendrix, no se escucha a Led Zepelin, y rara vez a Traffic. La programación no tiene una lógica, no hay secuencia de tiempos, de géneros, similitud de cantantes o de conjuntos o de compositores, no hay orden, excepto en la hora de los Beatles, pero tampoco mucha; los Beatles editaron trece discos, más algunas recopilaciones oficiales; difiere la discografía inglesa (y australiana, de mejor sonido) de la estadounidense, y hay algunos discos en vivo (de calidad menor, por el sonido) y algunas antologías, más lanzamientos de versiones desconocidas en seis discos que oficializaron los discos pirata, y otro de intervenciones radiofónicas; con mucho menos discos que los Kinks, el programa lleva más de 20 años transmitiéndose; ¿cómo le hacen? A partir de Help!, los discos de los Beatles tienen una estructura y una trama, aunque no sean como Tommy, Quadrophenia, Evita, Schoolboys in Disgrace, Arthur or the Decline and Fall of the Brtitish Empire o Part I Lola Versus and the Moneygoround, pero la secuencia de las canciones tiene una lógica que, al programarlas en un orden diferente, se distorsiona su intención y su estructura; a veces hacen una programación temática, pero no es lo mismo "She Loves You" que "All You Need is Love" (la primera no es inocente, pero mucho menos comprometida que la segunda); además, no transmiten sólo canciones de Beatles, sino de ellos como solistas, sin tomar en cuenta que aunque sean las mismas personas, no son los mismos artistas; en los discos de Lennon, excepto una que otra broma, su música es completamente distinta, tiene otra intención, otra estructura, otros motivos, otro origen; su segundo disco con la Plastic Onno Band es contra sus discos en Beatles, reniega de ellos; el tercero, Imagine, tiene una pieza violentísima contra Paul McCartney, su compañero y coautor de un puñado de piezas, aunque firmaron juntos todas las que hicieron uno u otro. Es cierto que McCartney nunca superó el síndrome de separación y engaña a sus forofos tocando canciones de Beatles más de la mitad de sus conciertos; es cierto que Ringo revive alguna de sus pocos éxitos con Beatles, pero también que ha hecho una carrera sólida (sólo eso) como solista, y que lo más que se acercó Harrison como solista fue como homenaje a cuando fue beatle, por lo que no es justificado que lo sigan encasillando. Lennon sobrevivió diez años al rompimiento del conjunto, pero Harrison poco más de 30 años, y McCartney y Starkey, 44 años, en los que no han interrumpido más que brevemente sus carreras, y Radio Universal sigue tratándolos como si el grupo aún existiera. La estación acusa una ignorancia brutal del inglés, idioma predominante en el rock (con escasísimas excepciones); entonces traducen de una manera muy divertida los títulos de las canciones: ya señalé que “Every day with you, girl” la traducen como “Todo el día con tu chica”, pero hay más ejemplos: “Love hurts”, el amor hiere, la traducen como “Herida de amor”; “Every Little Thing”, como “cada pequeña cosa” en vez de “Cada monada tuya”; pacatos, a “Happy Together”, “Come Together” y “All Together Now” le quitan la referencia al orgasmo simultáneo y las dejan como “Juntos y felices”, “Vengan juntos” y “Todos juntos ya”. Si eso, que es fácil, lo traducen mal, ¿cómo podrían explicar el rock, así sea el ingenuo y sencillo de los cincuenta a los ochenta? No hacen referencia a las muy notorias influencias de Beethoven (en por lo menos dos canciones), Tchaikovsky, Schumman, Mahler, en Beatles; José Agustín recalcó la influencia de Varèse en Frank Zappa, y se repite casi sin pensarla, pero no advierten la influencia decisiva de Ravel y Debussy, cuando menos, en el mismo Zappa y, por lo tanto, en Beach Boys; cuando llegan a tocar algo de Steve Winwood ni se les ocurre hablar de la estructura de sus canciones, tomada con mucha sensibilidad de varias piezas de Mozart. ¿Se trata de ignorancia? Sin dudamente, como dice Niní Marshall: no pueden explicar la diferencia entre John Entwishtle, Paul McCartney, John Paul Jones como bajistas, o Keith Moon, John Densmore, Richard Starkey, Ray Cooper o Jim Capaldi como percusionistas, menos la influencia directa de la música sinfónica en los roqueros. Lo mejor de Radio Universal no es su programación musical, sino las cuestiones extra: los concursos en donde los participantes no pueden pronunciar “sí” o “no” en un lapso de 30 segundos, lo que habla de la escasez de vocabulario y de capacidad para improvisar; como en El Fonógrafo, hay horas en las que cuentan chistes, por lo regular viejos, poco graciosos y algunos escatológicos; una sección cómica es la charla del locutor titular con un cronista deportivo que se queja de todo: el locutor completa las frases: “órale”, es su comentario recurrente. Hay más humor, aunque involuntario, en la traducción, por lo regular repetitiva, de algunas piezas. Salvo alguna estación oficial, y la presencia de Jesús Iturralde por radio digital, no hay más chances en el cuadrante para oír rock. En Malditos Yanquis (Lo que Lola quiere, como le ponen en español y como se iba a titular antes) Stanley Donen hizo un prodigio: Gwen Verdon, la protagonista femenina, llama la atención pese a que carece de atributos físicos: se ve más alta por lo delgada: sus piernas sólo se ven bellas cuando baila, con Tab Hunter y otros, “Two lost souls” (muy vestida); en el baile “Lo que Lola quiere”, aunque muestra las piernas generosamente, no se ve tan atractiva, hace demasiados gestos que la afean, y para acabarla poco después Ray Walston la ridiculiza al imitarla grotescamente; Walston, muy buen actor a veces desperdiciado (The Sting), tiene una actuación excelente en Kiss me, Stupid, de Wilder, como esposo engañado aunque logra poseer a Kim Novak. Logra buenas actuaciones dirigido por directores como Wilder (El apartamento), Frank Tashlin, y estará en la memoria como nuestro marciano favorito, y para quienes nos gusta el rock, es inolvidable como el papá de Popeye, cuando canta “It’s not Easy Being Me”, y acompaña a Paul L. Smith en otra excelente canción, ambas de Harry Nielsen, “I’m Mean”. En televisión tuvo inolvidables interpretaciones, pero excepto cuando lo dirigió Wilder, nunca estuvo mejor que en Malditos Yanquis. Dice la leyenda que el papel de Lola iba a interpretarlo Cyd Charisse; Verdon, quien lo actuó en el teatro se quedó con el personaje, aunque años después Charisse también lo hizo en teatro. De cualquier manera, hay un momento, cuando están en un teatro en homenaje a Joe Hardy (Hunter), una mujer de piernas largas y contundentes atraviesa el escenario; no vemos su rostro, pero parece un homenaje de Donen a Charisse. Poco después Verdon, ya forofa de Hunter, baila con Bob Fosse (poco después, su marido hasta que la muerte los separó) una excelente pieza, “Mambo”, donde los caderazos de Verdon justifican su fama, más que por sus buenos bailes; esos caderazos, menos estéticos, los despliega en “Lo que Lola quiere”; si eso enloquecía a los gringos, me confirma que sus bailes son más acrobáticos, más estéticos, pero menos sensuales que los del cine mexicano; hasta Elsa Aguirre movía mejor la cadera, no se diga Rosa Carmina o Lilia Prado. La trama es una variante, divertida y con un mejor final, del mito de Fausto; Donen filmó, en los años sesenta, otra versión del mito, en Un Fausto moderno, con Rachel Welch como arma del diablo. En Malditos Yanquis el diablo (que debe invertir mucho dinero para hacer una llamada de larga distancia –aunque después lo recupera– se queja de lo que gasta en disfraces, en taxis, y que el único truco que le queda es el del cigarrillo, que aparece encendido luego de que chasquea los dedos) quiere hacer creer a los Estados Unidos que los Senadores de Washington, tradicionalmente último lugar en la Liga Americana, puede ganar el campeonato; al frustrarse, miles se suicidarán (el suicidio es el único pecado que la Iglesia no perdona –excepto el del milagro de Juan Diego, je; ¿lo aprobará Paquito el Che?), como en la crisis de 1929 que, insinúa, también provocó él; creaciones suyas fueron Napoleón, Jack el Destripador, y otras tragedias. Devuelve su juventud y sus facultades a Joe Boyd, y lo convierte en la estrella del beisbol; vencen incluso a los Yanquis (vemos a Moose Skowron, a Yogi Berra y a Mickey Mantle –quien conecta el último batazo de la temporada, que atrapa con dificultades un envejecido Boyd, para dar el campeonato a su equipo), y Hardy recupera su vejez feliz, y regresa al lado de su esposa Meg, una simpática Shannon Bolin, quien sufre el abandono y el regreso de su marido, y quien lo salva de la acusación de vender juegos en la Liga Mexicana (alusión al Descalzo Joe Jackson, el mejor bateador de la historia, expulsado del beisbol acusado de vender, con otros siete, la Serie Mundial de 1919, los Medias Negras de Chicago); el apodo del Descalzo Joe se lo pone la periodista Gloria Thorpe, el papel con el que debutó Rae Allen, y quien realiza un baile muy acrobático con los demás Senadores, erótico en algún momento. Cabe señalar que en cualquier baile de cualquiera de las cintas dirigidas por Stanley Donen, los hombres bailan de manera muy masculina, sin afectaciones ni amaneramientos. Que Donen ame a las mujeres no significa que descuide a los hombres. A los cargos de James Thurber contra las mujeres, que comencé a enumerar en la pasada entrega, pueden añadirse su capacidad para, de una mirada, estudiar a cualquier persona, sobre todo a las otras mujeres, ver si su ropa combina, si la joyería que cargan es de fantasía (anillos de diamentis y vidriantes), si su maquillaje es adecuado; su escrutinio frío y cruel es terrible; lo primero que notan es si los hombres usan argolla matrimonial, e incluso si no la usan porque ya no les queda; podría añadirse un comentario de Schopenhauer: cuando un hombre se encuentra, sin ayuda, en medio de dos mujeres que se interesan en él, no importa si antes o después no exista ese interés; una batalla entre esas dos mujeres es más peligrosa que cualquiera otra situación en que se exponga la vida; eso lo escenificó magistralmente Carlos Fuentes en una de sus últimas novelas. Por mi parte, añado que adelantan varias respuestas, todas falsas, antes de que uno termine de exponer una pregunta; sólo guardan silencio cuando saben qué pregunta se les va a hacer. Una noche me llamó a la redacción de El Financiero una buena amiga: ¿sabes quién está en –el nombre del lugar es lo de menos–, bailando, ella muy bien y él muy mal? Víctor Díaz Arciniega y yo, en una cantina que por al atardecer se convierte en salón de baile de altos y medianos ejecutivos con sus secretarias, verificamos que ellas bailan bien y los hombres mal; los fanáticos del rock disfrutamos una coreografía en Tammi Show; varias jóvenes, encabezadas por la después excelente actriz cómica, y muy bella, Teri Garr, avanzan con una sensualidad amenazante, cercan a Marvin Gay; sensualidad, gracia, desenvoltura; un erotismo inocente, el más peligroso; los hombres que las acompañan se rinden ante ellas, pero bailan muy bien; comprobé, con tristeza, en El asesino se embarca, cuando Barbara Angely y Jéssica Munguía bailan de manera aceptable, que ninguno de sus compañeros baila bien; es de pena ajena ver a Armando Silvestre bailar a go go. Geena Davis, Katie Holmes y Nicole Kidman miden 1.80, o casi. ¿Para qué?

miércoles, 6 de marzo de 2013

Está bien, hablemos de música (y de mujeres de Donen y de Thurber)

Me pregunta un amigo si puedo trabajar mientras oigo música; creo que si hubiera podido hacerlo siempre, habría cometido mucho menos erratas que las que he perpetrado; sin embargo, una carga inesperada de chamba me impide ahora poner discos, interrumpir las lecturas (a veces simultáneas) para cambiarlos y, lo peor, que se terminan los seis que caben en el reproductor de compactos sin que los haya escuchado apenas; advierto que pasaron las canciones por las que los pongo sin haberlas ni advertido, y decido no gastarlos, y sólo prendo el radio (¿la? ¿el? Es una errata del primer cuento que publiqué, y que no pude corregir, y que se le pasó a Luis Spota y a Lucy Macías, quienes lo insertaron en el ejemplar del 9 de enero de 1972 del suplemento El Heraldo Cultural; por cierto, en mi tercera novela dos protagonistas comen, para intercambiar confesiones de experiencias eróticas, cosa a la que se atreven hasta que llegan al postre, gelatina en una página, flan en otra, error no exclusivamente mío, sino también de Arturo Serrano y de Sergio Galindo, quienes leyeron la novela sin percatarse de mi falta de concentración –o de estar concentrado sólo en las partes eróticas); pongo nada más tres estaciones, y las mantengo todo el día hasta que me aburre la programación o dejan de divertirme, cuando las oigo, las torpezas de los locutores.

                En El Fonógrafo redescubro unas 12 o 15 canciones de Juan Gabriel, y recuerdo que Carlos Monsiváis afirmaba que “tiene talento”, aunque no otras cualidades intelectuales. Asimila recursos del rock, trastoca la métrica tradicional del romance y da un giro a la canción ranchera; si los méritos son de Eduardo Magallanes o del propio Juan Gabriel, no me importa, sino el resultado: canciones vertiginosas como las de Van Morrison, cambios de ritmo inusuales en la música mexicana, con una fortuna similar a la de Rubén Fuentes, quien también renuncia a la métrica tradicional de los octosílabos, para hacer versos silabeados, monosilábicos, lo que dio origen al bolero-ranchero y permitió explotar las cualidades de Pedro Infante como cantante, que no son buena voz, entonación correcta (desentona con mucha frecuencia), sino que pudo actuar las canciones, y así como cantante resultó tan bueno como actor, en esa vertiente, disimulando sus defectos.

                Mi amiga Alba Rojo me hizo ver que Juan Gabriel aportó una modalidad que no compartía, ni yo, pero pudimos entender a varios amigos, que a medianoche ponían “Yo no nací para amar”, y dormían llorando en silencio; lo que aporta la canción mexicana a nuestra educación sentimental, para seguir citando a Monsiváis, es una variedad inacabable de definiciones de la vida, cada una adecuada para cada experiencia vivida o por vivir; José Alfredo Jiménez, tal vez de manera involuntaria, aportó decenas, o docenas, de frases para explicarnos de manera tajante el amor feliz, el amor desdichado, el rencor, que hiere menos que el olvido; Jiménez es el representante de la sensibilidad lloriqueante que además lo presume; sólo en algún momento se distrae y se le escapa una confesión, que no creo suya: “Y si quieren saber de mi pasado es preciso decir otra mentira: les diré que llegué de un mundo raro, que no sé del dolor, que triunfé en el amor y que nunca he llorado”; u otra: “si nos dejan…”

                La sensibilidad de Juan Gabriel no es ésa, ni siquiera otra que uno podría esperar, la de “yo no comprendía cómo se quería en tu mundo raro, y por ti aprendí”; no trata de convencer ni de justificar y mucho menos de propiciar que lo sigan, pero sus canciones pueden cantarlas hombres y mujeres. Un caso raro, como el de Tomás Méndez, quien hizo una excelente canción, “Paloma Negra”, en que se reprocha la actitud de una mujer que reparte su amor en pedazos, y tiene al hombre en ascuas, porque le chismean que anda parrandeando con otros hasta altas horas de la madrugada; sin embargo, las mejores versiones son interpretadas por mujeres (Amalia Mendoza, la mejor, pero también Lola Beltrán, Aída Cuevas; no hay una versión aceptable por un hombre; igualmente, Salvador Novo escribió una maravillosa canción en que un hombre reprocha a una mujer su indiferencia en el pasado, pero la versión de Lola Beltrán es insuperable). Una virtud más de Juan Gabriel: su sentido del humor.

                La calidad de sus letras no es excelente, pero no es peor que la de Jiménez, ni que la de Cuco Sánchez (ése sí encarnación del rencor perpetuo, hasta en sus canciones de amor feliz; por desgracia, poco o nunca programado en El Fonógrafo); es muy difícil que haya calidad literaria en las canciones, forzadas a quebrar versos, a cambiar la acentuación, a aceptar las incongruencias en el género masculino o femenino, a obviar las sinalefas (“como ave errante viviré”, que se pronuncia “como aberrante viviré”), se toleran y hasta parecen naturales las cacofonías, han propiciado que proliferen las redundancias (“los ojos que tú tienes”, “aunque no quieras tú”); no todos tienen las virtudes literarias de Mario Molina Montes ni de Alberto Cervantes, ni la de Tata Nacho o de Alfonso Esparza Oteo o las excelentes de María Greever; pero hay momentos muy afortunados en Jiménez (“otra vez a brindar con extraños”, “de mi mano sin fuerza cayó mi copa sin darme cuenta”, “alguien me contó tu vida, supe de tus ilusiones” y muchas otras). Y desde luego en Lara (“María Bonita” no tiene desperdicio, y algunas otras, como “poniendo la mano sobre el corazón” –¿suyo, de ella?). Hay muchísimas frases felices en Juan Gabriel, y como en el caso de Lara, aunque carece de voz y aunque tiene serios defectos de pronunciación, y aunque tiene muy buenos intérpretes, ninguno canta sus piezas mejor que él. En el folclor actual, hay frases de Juan Gabriel que se han perpetuado: “en el mismo lugar y con la misma gente”, “no tengo dinero ni nada que dar”, “pero qué necesidad”, “nada nada nada nada”, tan inmortales como “no tuvo tiempo de montar en su caballo”…

 
Pongo más atención que nunca en los boleros, sobre todo en los tríos (mi amigo, aunque gusta de la canción popular, cuando hablo de los tríos piensa en los tríos de Brahms y de Beethoven, es decir, piano, violín y tololoche, o flauta, o chelo). Recuerdo entonces que el Güero Gil mandó hacer una guitarra más pequeña para poder afinar muy alto las cuerdas, y darle una voz distinta; por lo regular las canciones que interpretan los tríos (un requinto y dos guitarras, o requinto, guitarra y maracas, tres voces bien diferenciadas) son de una estructura previsible: una introducción (perdonando la expresión) del requinto, breve pero llamativa, unos versos entonados por las tres voces, un solo del primera voz, un solo prolongado del requinto, de nuevo el primera voz y terminan los tres juntos (perdonando la expresión) y remata el requinto; las letras por lo regular son muy malas, un personaje suplicante que pide una limosna de amor, está dispuesto a pasar la vida, si es aceptado, sospechando de la esposa (como Joyce, al ver la destreza erótica de Nora en su primera cita), conformándose con migajas de amor, celebrando unos cuantos momentos aislados como prueba de sinceridad, perdonando el pasado en que la vida en su avalancha la arrastró, con la incertidumbre de si tan sólo es suya o si, de nuevo, reparte su amor en pedazos, apurándola a que se decida, sea por bien o por mal. Pocas veces, como con Los Dandys, las canciones suelen ser alegres aunque las letras sean tenebrosas (“hay una cosa muy negra en tu vivir que roba lo que ya fue mío”), y por lo regular celebran los fracasos (casi siempre el amor feliz parece artificial en los tríos: las canciones de Álvaro Carrillo parecen más para solistas, y aun así, el tono es trágico aunque las letras celebren potencia sexual –“tanto tiempo disfrutamos de este amor”–,de un orgasmo inesperado – “amor mío, tu rostro divino no sabe guardar secretos de amor: ya me ha dicho que estoy en la gloria de tu intimidad”– de la tristeza postcoitum –“no le digas que me viste muy triste y muy cansado”, la posesión furiosa –“yo siento tus amarras como garfios, como garras”–, de la incomunicación –“pero yo presiento que no estás conmigo aunque estés  aquí”–  y de la impotencia que se consuela con el triunfo del pasado –“me dará vergüenza si este amor fracasa nada más por mi equivocación”, y hasta depresión precoitum –“amémonos ahora con la paz que en otro tiempo nos faltó”) a pesar de las voces sin potencia, más bien de un derrotado, tanto del propio Carrillo como de Pepe Jara, su mejor intérprete, son mejores que cuando las cantan los tríos (las letras de Carrillo son tan felices que aluden a variantes sexuales, como la que pudo llevar de serenata Bill a Mónica: “en los labios llevas ya sabor a mí”, y la amenaza de ella “como se lleva un lunar, todos podemos una mancha llevar” –esto último es un apunte de Carlos Ramírez, y se refiere a un vestido).

                La verdadera grandeza de los tríos no está en las buenas voces (Los Panchos, Los Tres Ases, Los Tres Reyes), que no sobran, sino en la destreza del requintista: el punteo exacto de Armando Navarro, de Los Dandys, la finura de Sergio Flores, de Los Tecolines, la exactitud del Güero Gil, de Los Panchos, la velocidad y gracia de Gilberto Puente, de Los Tres Reyes, y la elegancia de Chamín Correa, de Los Tres Caballeros, deberían estar incluidos en las listas de los mejores guitarristas a las que son tan afectos en la revista Rolling Stone. Es una leyenda muy extendida que muchos de los mejores requintistas del rock londinense o estadounidense han venido a tomar clases con Correa; es verificable la admiración que le tienen muchos de ellos. Gilberto Puente es considerado, en muchos ámbitos, el mejor requintista del mundo, por sobre nombres celebrados, como Jeff Beck y Eric Clapton, y mucho más que Carlos Santana. Es también muy conocido que Sergio Flores, para orgullo de los boleristas, dio conciertos de guitarra clásica en el Palacio de Bellas Artes (Schubert, Bach), y también en su momento fue considerado el mejor guitarrista del mundo, celebrado y apapachado por Andrés Segovia. Gilberto Puente hace unos solos espectaculares, tanto con el trío que formó con su hermano, como en los que ha grabado como artista invitado, destacadamente con Linda Ronsdtand, con mariachis y con boleros y canciones tropicales. Circula un video en youtube (y hay un DVD) en que Los Tres Reyes cantan una canción trivial, muy movida, en la que el tema no es el amor sino la infidelidad, pero con mucha gracia, “Jacarandosa”; la canción será trivial, pero los solos de requinto de Puente son un prodigio de agilidad y de belleza.

                Así, es un placer escuchar a los tríos, pues casi todos tuvieron a buenos guitarristas (excepto Los Galantes).

No sólo hay tríos en El Fonógrafo, pero hay casos en los que uno se harta de oír los gritos monótonos de Luis Miguel, o a Pedro Fernández echando a perder buenas canciones de Los Dandys; han descontinuado piezas de Los Bribones, de Eva Garza, de Olimpo Cárdenas, de Jorge Fernández; un locutor con voz de edad suficiente para recordarla, desconocía a María Elena Sandoval; interpelado por quien pidió que la programaran, recurrió a la Wikipedia y citó que era conocida como “La Estatua que Canta”, aunque en realidad Pedro De Lille la bautizó como “La Estatua de Canela” (era muy guapa, sobre todo con un cuerpo muy llamativo). A ratos más que canciones transmiten chistes, casi siempre muy malos. Y sí, hay que cambiar de estación.

                Pero luego hablo de las otras estaciones.

Singin’ in the Rain está en todas las listas de las mejores películas de todos los tiempos (pasados). En ella aparecen cinco mujeres en papeles destacados: Debbie Reynolds (Kathy Selden), Jean Hagen (Lina Lamont), Cyd Charisse (La Bailarina), Rita Moreno (Zelda Zanders) y Kathleen Freeman (Phoebe Densmore).

                Reynolds es la estrella: la que enamora al actor Don Lockwood (Gene Kelly), es cómplice de Cosmo Brown (Donald O’Connors) y consentida de Mr. Simpson (Millard Mitchell); salva del desastre la película muda que filman a contracorriente, al prestar su voz para suplir la de Lina Lamont; entabla un duelo con Don acerca de la superioridad del teatro sobre el cine (mudo: están por inventar el sonoro); es fina, delicada, elegante, pero no por ello menos ágil, bella y sensual (que lo uno no impide lo otro); canta con energía y con mucho estilo. Lina Lamont, repito, hace el papel más difícil: debe ocultar su belleza y parecer torpe; hizo pocas cintas, pero actuó en otras dos, célebres: Jungla de asfalto, de John Huston, y La costilla de Adán, del especialista en mujeres George Cukor; finge una voz aguda, chillona, simula cantar horrible, y hace un papel de tonta que cree lo que dicen de ella en las revistas de chismes; cree estar enamorada de Don y cree que él lo está, convencida al ver las cintas donde actúan como la pareja favorita del público, y finge reaccionar con celos ante el enamoramiento de Don y Kathy, y ser espantosamente audaz para exigir que cumplan el contrato mediante el cual se obligaría a Kathy a ser su doble (de voz) toda la vida; no puede uno dejar de sentir piedad por su personaje, y simpatía por la actriz cuando va a interpretar la canción tema de la cinta, moviendo con sensualidad los brazos. Murió muy joven, de 54 años, con varias actuaciones en televisión, en Dr. Casey y Dr. Kilder, sobre todo; nunca superó su actuación en Singin’ in the Rain.

                Cyd Charisse no habla; es más, sólo aparece en una escena onírica, como amante de un simulacro de George Raft (éste, por otra parte, sensacional bailarín) lanzando una moneda al aire, y seducida por los bailes de Kelly, quien tenía agilidad pero no mucha gracia. Muestra la belleza contundente de sus piernas, y danza con una sensualidad que no alcanzan ni Reynolds ni Hagen. Sin hablar, supera todas sus demás actuaciones. Rita Moreno aparece dos veces, y en otras está oculta entre otras bailarinas y coristas. Al principio de la cinta, cuando llegan a una premier, baja de un auto, seductora, ocultando sus piernas muy bellas (que muestra con audacia en West Side Story), mientras sus admiradores corean su nombre, entusiasmados; en otra, va de chismosa con Lina Lamont porque Don privilegia a Kathy en muchos números; cuando se aleja desmiente, también, que una mujer no debe dar la espalda a la cámara.

                Kahtleen Freeman debe soportar la ineptitud de Lina Lamont para pronunciar, para el cine hablado, lo que simula con gestos para el cine mudo; su expresión pone de manifiesto su fracaso, sin decir ninguna palabra.

                Hay muchas coristas y bailarinas: imposible diferenciarlas, pero gracias a las páginas especializadas de internet, puedo nombrarlas, en orden alfabético: Betty y Sue Allen, Marie Ardell, Bette Arlen, Marcella Becker, Madge Blacke, Gwen Carter, Jeanne Coyne, Patricia Denise, Gloria DeWord, Marietta Elliott, Betty Erbes, Sherley Glickman, Betty Hannon, Joyce Horne, Patricia Jackson, Joi Lanning, Janet Lavis, Virginia Lee, Silvia Lewis, Joan Maloney, Dorothy McCarty, Ann McCrea, Sheila Meyers, Gloria Moore, Marilyn Moore, Peggy Murray, Ann Neyland, Dorothy Patrick, Sherley Jean Rickett, Joanne Rio, Joel Robinson, Joette Robinson, Audery Saunders, Betty Scott, Elaine Stewart, Dee Turnell, Audrey Washburn y Norma Zimmer (todas ellas actuaron cuando menos en una cinta más). Superan con mucho la presencia masculina: imposible no admirarlas, no entender su ductilidad; las mujeres aportan la gracia en la cinta; aportan belleza, sensibilidad, elegancia. A Stanley Donen le gustaban las mujeres.

Una mujer enfurecida increpó en una ocasión a James Thurber por odiar a las mujeres; él lo negó con toda sinceridad, pero lo pensó mejor y publicó una serie de razones: cito, hoy, sólo unas cuantas: siempre encuentran lo que los hombres perdemos, y lo recalcan con un tono que no oculta una superioridad indiscutible; aportaron al idioma frases como “ay, qué lindo”, “qué monada”; la que me pareció más evidente y con lo que estoy más de acuerdo: lanzan una pelota (de beisbol, de tenis) o cualquier objeto adelantando el pie equivocado, y siempre pierden un guante; ahora que no los usan, lo que pierden es un calcetín: no un par, uno solo.

Anna Ivanovic, Maria Sharapova, Alina Miskyna y sobre todo Tsvetana Pironkova, cuatro tenistas muy destacadas, miden cuando menos 1.80. ¿Para qué?

domingo, 10 de febrero de 2013

Las panties de Debbie Reynolds; las mujeres de Donen; las piernas estremecedoras de Keyes, y los griposos


En uno de los mejores ensayos sobre cine escritos en México,  José de la Colina resalta el gesto (¿inconsciente, involuntario?) de Debbie Reynolds cuando, al  final de “Good Morning” (en Singin’ in the Rain), se baja la falda para evitar que se le vean las pantaletas; cada vez que veo la película siento que algo anda mal; De la Colina dice que trae falda rosa y plisada, pero es azul; en efecto, se la baja, pero no se le había subido, y sólo dejaba al descubierto las rodillas; claro que en 1952 no mostraban las rodillas sin ser asediadas por las miradas masculinas ansiosas y excitadas; es curioso ese gesto de pudor cuando, en el mismo baile, se sube a una cantina y se pasa al otro lado, y quedan al descubierto sus muslos, sorprendentes en una mujer que en sus momentos más lucidores medía 1.57 metros, chaparra comparada con la estatura de Marilyn Monroe (1.61), Katharine Hepburn (1.71), Cyd Charisse (1.71), Marlene Dietrich (1.68), Greta Garbo (1.71), Briggite Bardott (1.70), Ginger Rogers (1.64), (Ann Miller (1.70), o las mexicanas Dolores del Río (1.61) o María Félix (1.75); sólo fue más alta que Natalie Wood y su 1.52.
                Durante ese baile, y en otros números musicales, se pueden admirar, por breves momentos, las muy bellas piernas de Debbie Reynolds, y no hay siquiera la posibilidad de admirarla en una óptica erótica, por lo breve, porque están justificados sus movimientos, y porque en ningún momento se le ven las más allá de los muslos.

                Pero al año siguiente filmó I Love Melvin, durante la cual bailó, subiendo y bajando de una mesa de centro, una muy divertida melodía, “Where did you learned to dance?”, en la que da vuelo a su falda ampona y muestra muy generosamente sus piernas, más bellas y cachondas que en Singin’ in the Rain, además de unas tarzaneras blancas muy coquetas, llenas de olanes y adornitos también blancos, varias veces, además de que se sube la falda a cada rato, de manera voluntaria, y muestra sus muslos contundentes. Aunque la escena no es morbosa, es mucho más sensual que las de la cinta dirigida por Stanley Donen, quien se distinguió por esa finura, esa elegancia, esa delicadeza para exhibir la belleza femenina sin denigrarla. Donen fue mucho más sutil que Don Weis, el que la dirigió en I Love Melvin.

                Donen tuvo cuando menos dos momentos difíciles al respecto: en La escalera, que acomete sin temor pero con elegancia el tema de la homosexualidad con dos actores que no fueron homosexuales, Richard Burton y Rex Harrison; en algún momento, escandalizados, corren a una pareja que se refugia de la lluvia bajo el toldo de su negocio, y los sorprenden cuando el muchacho soba los glúteos de la muchacha (gesto ahora muy frecuente incluso en la televisión; antes, qué capaz); poco después sorprenden de lejos a una pareja que copula en el campo, y se limitan a un comentario o una queja: “mira, lo hacen de verdad”.
                En una de las últimas cintas de Donen, Échale la culpa a Río (que en España bautizaron, bien ingeniosos ellos, Lío en Río) aparecen desnudas la muy alta (1.79) Michelle Johnson y Demi Moore (1.65); la segunda, que aparece en tanga brasileña y muestra las piernas en toda la cinta, no enseña ni los pechos (cubiertos por su cabello largo –dicen que porque entonces los tenía muy pequeños, los pechos) ni los glúteos desnudos; Johnson en cambio aparece varias escenas con los pechos desnudos y sin tarzaneras cuando menos en un par de ocasiones, muy visible (en directo y en fotografía) el vello púbico (antes de que desapareciera de las actrices y las modelos actuales); pero las situaciones, más que eróticas, son muy cómicas y nada morbosas; por el contrario, el final tiene mucho de tristeza e insatisfacción.

                El cine de Donen está lleno de mujeres vitales, bellas, pero discretas; no importa que bailen mejor que sus coestrellas, no intentan quitarles estrellato ni lucimiento; Reynolds, por ejemplo, es mucho más graciosa bailando que Gene Kelly, y sobre ella recae gran parte del peso de Singin’ in the Rain, pero él se lleva todos los méritos, incluso a costa de la muy simpática Jane Hagen, que lleva el papel de villana aunque se luzca todo el tiempo (se necesitan muchas dotes de actriz para ese papel); en Malditos Yanquis (con mayúsculas, porque es el nombre del equipo de beisbol que, en la época de la obra de teatro y de la cinta, ganaron ocho de diez campeonatos y quién sabe cuántas Series Mundiales), Gwen Verdon le da un baile de actuación a Tab Hunter, y está al parejo de Ray Walton, magnífico en su papel del diablo en otra versión de Fausto (Donen hizo Un Fausto moderno, pocos años después), y como bailarina se echa un buen mano a mano con Bob Fosse, coreógrafo legendario (más le valía: eran esposos); si el final es débil, la culpa no es de los actores, ni siquiera de Donen, sino de los Senadores de Washington que derrotan a los Yanquis de una manera poco verosímil.

                Donen hizo que sus actrices mostraran las piernas con mucha frecuencia, pero el espectador admira su belleza, no su magnetismo animal; luego abundaré en ello, pero por ahora pongo como ejemplo Juego de pijamas, una de las cintas donde Doris Day exhibe sus piernas con más frecuencia y generosidad, sin provocar bajas pasiones.

*En La comezón del séptimo año se recuerda, deformándola, la escena de las rejillas ventiladoras del Metro, que sube la falda de Marilyn Monroe; en la vida real mostró más que en la cinta, lo que provocó los celos de Joe DiMaggio y de Frank Sinatra, que trataron de corregir a golpes la tendencia de MM a dejarse admirar por las miradas masculinas. Tom Ewell interpreta al vecino que vive debajo de la tentación, que aspira a seducir a la ingenua rubia que, sin querer, lo excita, y está dispuesta a dejarse seducir; lo encuentra simpático, divertido, más atractivo que si fuera apuesto; en contrapunto, Ewell imagina diálogos con la esposa ausente, quien se burla (se burlaría) de sus intentos de seducción hacia ese animal erótico; le recuerda, en escenas oníricas, que las mujeres que él cree enamoradas de él, en realidad nunca lo estuvieron, que él se hizo ilusiones.
                Una villana por omisión, a la que vemos poco y nos atrae menos, interpretada por una fría, poco atractiva Evelyn Keyes, quien sin embargo hizo que la pantalla temblara muy pocos años antes con una cinta muy menor, pero muy divertida, One Big Affaire, de Peter Godfrey; el argumento, levemente parecido a Sucedió una noche, pone a Keyes como una turista que tiene que fingirse esposa del aventurero Dennis O’Keffe; simulan ser matrimonio en un pueblito de Guerrero, donde deben pernoctar en un hotel; ella, muy decente, se rehúsa a compartir con él la habitación, pues sólo hay una cama, pero él no puede salir del cuarto porque las autoridades descubrirían el engaño; las autoridades, conmovidas por el idilio, les llevan serenata con un trío que canta bajo su balcón; es la escena más atractiva de la cinta, pues Keyes viste sólo la camisa de una pijama, y expone a nuestra vista unas piernas muy bellas, y a cada rato se inclina, haciendo creer que dejará ver los glúteos (en esa época, principio de los cincuenta, las pantaletas eran enormes –ahora le dicen grannies, o sea “de abuelitas”, pero algunas eran más eróticas que las de hilo dental actuales, que revelan más defectos que cualidades); no lo hace, pero casi; sucede otra cosa en esa escena: mientras el trío canta se dejan sentir varios seísmos más o menos perceptibles; pero mientras Keyes y O’Keffe se alarman, ni los cantantes ni el alcalde se dan por enterados; cuando ella pregunta si hubo un temblor, el alcalde le explica que sí, pero que allí son muy normales. (Keyes hizo papeles relevantes en otras cintas, particularmente en Lo que el viento se llevó; y el viento se llevó su fama, aunque sigue teniendo un número reducido pero orgulloso de admiradores que han colocado en youtube varios homenajes, con fotografías de momentos claves de sus cintas; en muchas muestra, posando con sensualidad ingenua, sus piernas bellas. Por desgracia, ninguna de One Big Affaire).

*Por metiche me enredé en una breve y unilateral discusión con mi amigo Hugo García Michel, por culpa del Diccionario de la Real Academia; presumió Hugo de andar griposo (no agripado ni mucho menos el vulgar agripedo), o sea afectado de una infección gripal; “tengo gripa”, y ante mi observación de que posiblemente era gripe, me remitió al DRAE, que dice que en España se dice gripe y en México y en Colombia se dice (no que deba decirse) gripa; en efecto, así se afirma en la edición de 2001 del DRAE, pero en ediciones anteriores (1992, por ejemplo) no existe “gripa”; es una concesión de las muchas que ha acometido la Real Academia, que desistió desde hace un buen rato a ser un órgano normativo, y sólo está publicando un diccionario de uso, sin el rigor que debía contener; Luis Fernando Lara, en el Diccionario del Español en México, también da preferencia a gripa, y gripe lo remite a gripa; para el Diccionario Panhispanico de Dudas no  hay ninguna duda: se dice gripe; Seco, ni en el nuevo Diccionario de Dudas tiene dudas y ni siquiera incluye la palabra gripa, aunque en el viejo dice que no debe decirse ni grip ni grippe, sino gripe, aunque acepta que en Colombia, Uruguay y Méjico puede (no que deba) decirse gripa. El Diccionario del Español Actual tampoco acepta gripa.
                Para el acucioso Diccionario de modismos mexicanos, de Jorge García-Robles, gripa no es mexicanismo, pero para el Diccionario de Mexicanismos de la Academia Mexicana de la Lengua “gripa” es supranacional, lo que quiere decir que es algo que está por encima del ámbito de los gobiernos o instituciones nacionales y que actúa con independencia de ellas (por lo que decimos gripe al resfriado o al catarro; la verdadera gripe no manda a la cama a los griposos, sino a los hospitales y, en los años veinte, al cementerio; en aquella epidemia murieron millones, entre ellos los padres de Mary McCarthy, según cuenta en Una vida encantada).

                Transcribo literalmente la entrada de “gripe” en el Diccionario de incorrecciones, dudas y normas gramaticales de mi autor favorito de diccionarios, Fernando Corripio: “Gripe: es lo correcto y no grippe ni gripa. Griposo ha sido aceptado; dígase también ‘que padece gripe’. Es incorrecto engripado y agripado”.
                Hugo no tiene dudas, pero yo me quedo con muchas: ¿por qué si el DRAE acepta una variante para algunos países de América Latina, no aceptamos que en toda Hispanoamérica se dice “balacear”, y casi todos los diarios, incluso donde Hugo escribe y publica, escriben “balear”, a la española? Algunos, para no caer en la disidencia, dicen tirotear.

                Cuando Gustavo Díaz Ordaz quiso regañar a Carlos Fuentes, dijo que siempre es bueno que los escritores usen bien el lenguaje, y lo remitió al Diccionario; Gabriel Zaid, en uno de sus mejores ensayos, rectifica: hay que saber leer el diccionario, no seguirlo al pie de la letra.
                Y es que la Academia, harta seguramente de los madrazos que le asestaban los que detectaban sus cientos de errores, comenzaron a darle gusto a todos, y a deformar su diccionario hasta convertirlo, repito, en un diccionario de uso: así se dice aquí, de otra manera allá, y de otra tercera en Méjico y otros lados; usen la que quieran, total (dice la Academia, no yo).

*En la entrega de uno de tantos premios que reparte al mes la industria del entretenimiento en Hollywood, a Jeniffer Lawrence se le rompió el vestido, y le enseñó sus bellas piernas a todos los asistentes a esa ceremonia, a los fotógrafos que se dedican a la sacralización de lo baladí, y a unos indiscretos que filmaron el incidente y lo insertaron en las redes de internet, sobre todo en youtube; las crónicas dicen que mostró (además) aplomo; a mí me hizo recordar parte de un poema de Anastasio de Ochoa:

                Qué tosa en el templo Juana
                cuando le venga la gana,
                ¡vaya en paz!
                Pero que esa tos no sea
                por que algún hombre la vea;
                ¡qué capaz!

*”La cronología tiene muchas lagunas. La gramática no guarda ninguna relación con el inglés. En la página tal ha incluido usted a una persona que busca las tarifas de los barcos de vapor en el Almanaque Mundial, pero no se encuentran ahí; lo he comprobado. Hay un error sobre el Año Nuevo Chino. Los personajes carecen de consistencia. Describe a Liza Hamilton de una manera y después ella se comporta de una manera diferente […] ¡Dios mío! Qué manera de zarandear el participio, mire la página tal.” (Palabras de John Steinbeck acerca de las observaciones de un corrector de estilo, entre otros problemas con los demás departamentos, en una editorial.)

*Pasadas las elecciones para el Salón de la Fama, los electores decidieron que ninguno de los candidatos merece el honor de estar en la inmortalidad del beisbol. No podía estar más de acuerdo. Lo curioso es que el descarado Sammy Sosa declaró que él y Mike McGwire pertenecen a ese grupo de héroes (en el sentido mitológico, no en el bélico ni en el civil).

*Diez años después de su gran amigo Tito Monterroso, falleció Rubén Bonifaz Nuño, uno de los poetas mayores del siglo XX mexicano; le debo a Nacho Trejo y Manuel Gutiérrez mi pasión por El manto y la corona; sus virtudes las conocen sus lectores, aunque me temo que sus críticos no. Aunque detesto hablar de mí al hablar de otros, no puedo resistir la transcripción de dos anécdotas: me lo topé en las escaleras del Fondo de Cultura Económica (no el nuevo, el tradicional), que subía a tientas; me ofrecí a ayudarlo; a la mitad del camino le dije que mi verso favorito, y que repetía a cada instante, es “Ay, cómo compadezco a los que tú no amas”; muy serio, al dejarlo en la entrada de la dirección, me preguntó mi nombre, y dijo, con una sonrisa que no podía ser falsa: “es usted a toda madre, Mejía”.
                La otra no es mía, pero creo que soy el único, ahora, que la conoce: Monterroso dejó varios testimonios de su amistad, de su admiración por Bonifaz (incluso, que cuando le propuso la edición de su primer libro formal, Bonifaz le dijo  en latín). Pero nunca le confesó las dudas que tenía al llegar la temporada de las conferencias de Bonifaz en El Colegio Nacional, a las que Monterroso no quería faltar, pero tampoco quería perderse la Serie Mundial, con las que coincidían. Varias veces lo solucionó al llevar un radio de transistores, escondido en el saco, con un audífono: así, atendía la conferencia y el beisbol, del que Tito era fanático.