domingo, 10 de febrero de 2013

Las panties de Debbie Reynolds; las mujeres de Donen; las piernas estremecedoras de Keyes, y los griposos


En uno de los mejores ensayos sobre cine escritos en México,  José de la Colina resalta el gesto (¿inconsciente, involuntario?) de Debbie Reynolds cuando, al  final de “Good Morning” (en Singin’ in the Rain), se baja la falda para evitar que se le vean las pantaletas; cada vez que veo la película siento que algo anda mal; De la Colina dice que trae falda rosa y plisada, pero es azul; en efecto, se la baja, pero no se le había subido, y sólo dejaba al descubierto las rodillas; claro que en 1952 no mostraban las rodillas sin ser asediadas por las miradas masculinas ansiosas y excitadas; es curioso ese gesto de pudor cuando, en el mismo baile, se sube a una cantina y se pasa al otro lado, y quedan al descubierto sus muslos, sorprendentes en una mujer que en sus momentos más lucidores medía 1.57 metros, chaparra comparada con la estatura de Marilyn Monroe (1.61), Katharine Hepburn (1.71), Cyd Charisse (1.71), Marlene Dietrich (1.68), Greta Garbo (1.71), Briggite Bardott (1.70), Ginger Rogers (1.64), (Ann Miller (1.70), o las mexicanas Dolores del Río (1.61) o María Félix (1.75); sólo fue más alta que Natalie Wood y su 1.52.
                Durante ese baile, y en otros números musicales, se pueden admirar, por breves momentos, las muy bellas piernas de Debbie Reynolds, y no hay siquiera la posibilidad de admirarla en una óptica erótica, por lo breve, porque están justificados sus movimientos, y porque en ningún momento se le ven las más allá de los muslos.

                Pero al año siguiente filmó I Love Melvin, durante la cual bailó, subiendo y bajando de una mesa de centro, una muy divertida melodía, “Where did you learned to dance?”, en la que da vuelo a su falda ampona y muestra muy generosamente sus piernas, más bellas y cachondas que en Singin’ in the Rain, además de unas tarzaneras blancas muy coquetas, llenas de olanes y adornitos también blancos, varias veces, además de que se sube la falda a cada rato, de manera voluntaria, y muestra sus muslos contundentes. Aunque la escena no es morbosa, es mucho más sensual que las de la cinta dirigida por Stanley Donen, quien se distinguió por esa finura, esa elegancia, esa delicadeza para exhibir la belleza femenina sin denigrarla. Donen fue mucho más sutil que Don Weis, el que la dirigió en I Love Melvin.

                Donen tuvo cuando menos dos momentos difíciles al respecto: en La escalera, que acomete sin temor pero con elegancia el tema de la homosexualidad con dos actores que no fueron homosexuales, Richard Burton y Rex Harrison; en algún momento, escandalizados, corren a una pareja que se refugia de la lluvia bajo el toldo de su negocio, y los sorprenden cuando el muchacho soba los glúteos de la muchacha (gesto ahora muy frecuente incluso en la televisión; antes, qué capaz); poco después sorprenden de lejos a una pareja que copula en el campo, y se limitan a un comentario o una queja: “mira, lo hacen de verdad”.
                En una de las últimas cintas de Donen, Échale la culpa a Río (que en España bautizaron, bien ingeniosos ellos, Lío en Río) aparecen desnudas la muy alta (1.79) Michelle Johnson y Demi Moore (1.65); la segunda, que aparece en tanga brasileña y muestra las piernas en toda la cinta, no enseña ni los pechos (cubiertos por su cabello largo –dicen que porque entonces los tenía muy pequeños, los pechos) ni los glúteos desnudos; Johnson en cambio aparece varias escenas con los pechos desnudos y sin tarzaneras cuando menos en un par de ocasiones, muy visible (en directo y en fotografía) el vello púbico (antes de que desapareciera de las actrices y las modelos actuales); pero las situaciones, más que eróticas, son muy cómicas y nada morbosas; por el contrario, el final tiene mucho de tristeza e insatisfacción.

                El cine de Donen está lleno de mujeres vitales, bellas, pero discretas; no importa que bailen mejor que sus coestrellas, no intentan quitarles estrellato ni lucimiento; Reynolds, por ejemplo, es mucho más graciosa bailando que Gene Kelly, y sobre ella recae gran parte del peso de Singin’ in the Rain, pero él se lleva todos los méritos, incluso a costa de la muy simpática Jane Hagen, que lleva el papel de villana aunque se luzca todo el tiempo (se necesitan muchas dotes de actriz para ese papel); en Malditos Yanquis (con mayúsculas, porque es el nombre del equipo de beisbol que, en la época de la obra de teatro y de la cinta, ganaron ocho de diez campeonatos y quién sabe cuántas Series Mundiales), Gwen Verdon le da un baile de actuación a Tab Hunter, y está al parejo de Ray Walton, magnífico en su papel del diablo en otra versión de Fausto (Donen hizo Un Fausto moderno, pocos años después), y como bailarina se echa un buen mano a mano con Bob Fosse, coreógrafo legendario (más le valía: eran esposos); si el final es débil, la culpa no es de los actores, ni siquiera de Donen, sino de los Senadores de Washington que derrotan a los Yanquis de una manera poco verosímil.

                Donen hizo que sus actrices mostraran las piernas con mucha frecuencia, pero el espectador admira su belleza, no su magnetismo animal; luego abundaré en ello, pero por ahora pongo como ejemplo Juego de pijamas, una de las cintas donde Doris Day exhibe sus piernas con más frecuencia y generosidad, sin provocar bajas pasiones.

*En La comezón del séptimo año se recuerda, deformándola, la escena de las rejillas ventiladoras del Metro, que sube la falda de Marilyn Monroe; en la vida real mostró más que en la cinta, lo que provocó los celos de Joe DiMaggio y de Frank Sinatra, que trataron de corregir a golpes la tendencia de MM a dejarse admirar por las miradas masculinas. Tom Ewell interpreta al vecino que vive debajo de la tentación, que aspira a seducir a la ingenua rubia que, sin querer, lo excita, y está dispuesta a dejarse seducir; lo encuentra simpático, divertido, más atractivo que si fuera apuesto; en contrapunto, Ewell imagina diálogos con la esposa ausente, quien se burla (se burlaría) de sus intentos de seducción hacia ese animal erótico; le recuerda, en escenas oníricas, que las mujeres que él cree enamoradas de él, en realidad nunca lo estuvieron, que él se hizo ilusiones.
                Una villana por omisión, a la que vemos poco y nos atrae menos, interpretada por una fría, poco atractiva Evelyn Keyes, quien sin embargo hizo que la pantalla temblara muy pocos años antes con una cinta muy menor, pero muy divertida, One Big Affaire, de Peter Godfrey; el argumento, levemente parecido a Sucedió una noche, pone a Keyes como una turista que tiene que fingirse esposa del aventurero Dennis O’Keffe; simulan ser matrimonio en un pueblito de Guerrero, donde deben pernoctar en un hotel; ella, muy decente, se rehúsa a compartir con él la habitación, pues sólo hay una cama, pero él no puede salir del cuarto porque las autoridades descubrirían el engaño; las autoridades, conmovidas por el idilio, les llevan serenata con un trío que canta bajo su balcón; es la escena más atractiva de la cinta, pues Keyes viste sólo la camisa de una pijama, y expone a nuestra vista unas piernas muy bellas, y a cada rato se inclina, haciendo creer que dejará ver los glúteos (en esa época, principio de los cincuenta, las pantaletas eran enormes –ahora le dicen grannies, o sea “de abuelitas”, pero algunas eran más eróticas que las de hilo dental actuales, que revelan más defectos que cualidades); no lo hace, pero casi; sucede otra cosa en esa escena: mientras el trío canta se dejan sentir varios seísmos más o menos perceptibles; pero mientras Keyes y O’Keffe se alarman, ni los cantantes ni el alcalde se dan por enterados; cuando ella pregunta si hubo un temblor, el alcalde le explica que sí, pero que allí son muy normales. (Keyes hizo papeles relevantes en otras cintas, particularmente en Lo que el viento se llevó; y el viento se llevó su fama, aunque sigue teniendo un número reducido pero orgulloso de admiradores que han colocado en youtube varios homenajes, con fotografías de momentos claves de sus cintas; en muchas muestra, posando con sensualidad ingenua, sus piernas bellas. Por desgracia, ninguna de One Big Affaire).

*Por metiche me enredé en una breve y unilateral discusión con mi amigo Hugo García Michel, por culpa del Diccionario de la Real Academia; presumió Hugo de andar griposo (no agripado ni mucho menos el vulgar agripedo), o sea afectado de una infección gripal; “tengo gripa”, y ante mi observación de que posiblemente era gripe, me remitió al DRAE, que dice que en España se dice gripe y en México y en Colombia se dice (no que deba decirse) gripa; en efecto, así se afirma en la edición de 2001 del DRAE, pero en ediciones anteriores (1992, por ejemplo) no existe “gripa”; es una concesión de las muchas que ha acometido la Real Academia, que desistió desde hace un buen rato a ser un órgano normativo, y sólo está publicando un diccionario de uso, sin el rigor que debía contener; Luis Fernando Lara, en el Diccionario del Español en México, también da preferencia a gripa, y gripe lo remite a gripa; para el Diccionario Panhispanico de Dudas no  hay ninguna duda: se dice gripe; Seco, ni en el nuevo Diccionario de Dudas tiene dudas y ni siquiera incluye la palabra gripa, aunque en el viejo dice que no debe decirse ni grip ni grippe, sino gripe, aunque acepta que en Colombia, Uruguay y Méjico puede (no que deba) decirse gripa. El Diccionario del Español Actual tampoco acepta gripa.
                Para el acucioso Diccionario de modismos mexicanos, de Jorge García-Robles, gripa no es mexicanismo, pero para el Diccionario de Mexicanismos de la Academia Mexicana de la Lengua “gripa” es supranacional, lo que quiere decir que es algo que está por encima del ámbito de los gobiernos o instituciones nacionales y que actúa con independencia de ellas (por lo que decimos gripe al resfriado o al catarro; la verdadera gripe no manda a la cama a los griposos, sino a los hospitales y, en los años veinte, al cementerio; en aquella epidemia murieron millones, entre ellos los padres de Mary McCarthy, según cuenta en Una vida encantada).

                Transcribo literalmente la entrada de “gripe” en el Diccionario de incorrecciones, dudas y normas gramaticales de mi autor favorito de diccionarios, Fernando Corripio: “Gripe: es lo correcto y no grippe ni gripa. Griposo ha sido aceptado; dígase también ‘que padece gripe’. Es incorrecto engripado y agripado”.
                Hugo no tiene dudas, pero yo me quedo con muchas: ¿por qué si el DRAE acepta una variante para algunos países de América Latina, no aceptamos que en toda Hispanoamérica se dice “balacear”, y casi todos los diarios, incluso donde Hugo escribe y publica, escriben “balear”, a la española? Algunos, para no caer en la disidencia, dicen tirotear.

                Cuando Gustavo Díaz Ordaz quiso regañar a Carlos Fuentes, dijo que siempre es bueno que los escritores usen bien el lenguaje, y lo remitió al Diccionario; Gabriel Zaid, en uno de sus mejores ensayos, rectifica: hay que saber leer el diccionario, no seguirlo al pie de la letra.
                Y es que la Academia, harta seguramente de los madrazos que le asestaban los que detectaban sus cientos de errores, comenzaron a darle gusto a todos, y a deformar su diccionario hasta convertirlo, repito, en un diccionario de uso: así se dice aquí, de otra manera allá, y de otra tercera en Méjico y otros lados; usen la que quieran, total (dice la Academia, no yo).

*En la entrega de uno de tantos premios que reparte al mes la industria del entretenimiento en Hollywood, a Jeniffer Lawrence se le rompió el vestido, y le enseñó sus bellas piernas a todos los asistentes a esa ceremonia, a los fotógrafos que se dedican a la sacralización de lo baladí, y a unos indiscretos que filmaron el incidente y lo insertaron en las redes de internet, sobre todo en youtube; las crónicas dicen que mostró (además) aplomo; a mí me hizo recordar parte de un poema de Anastasio de Ochoa:

                Qué tosa en el templo Juana
                cuando le venga la gana,
                ¡vaya en paz!
                Pero que esa tos no sea
                por que algún hombre la vea;
                ¡qué capaz!

*”La cronología tiene muchas lagunas. La gramática no guarda ninguna relación con el inglés. En la página tal ha incluido usted a una persona que busca las tarifas de los barcos de vapor en el Almanaque Mundial, pero no se encuentran ahí; lo he comprobado. Hay un error sobre el Año Nuevo Chino. Los personajes carecen de consistencia. Describe a Liza Hamilton de una manera y después ella se comporta de una manera diferente […] ¡Dios mío! Qué manera de zarandear el participio, mire la página tal.” (Palabras de John Steinbeck acerca de las observaciones de un corrector de estilo, entre otros problemas con los demás departamentos, en una editorial.)

*Pasadas las elecciones para el Salón de la Fama, los electores decidieron que ninguno de los candidatos merece el honor de estar en la inmortalidad del beisbol. No podía estar más de acuerdo. Lo curioso es que el descarado Sammy Sosa declaró que él y Mike McGwire pertenecen a ese grupo de héroes (en el sentido mitológico, no en el bélico ni en el civil).

*Diez años después de su gran amigo Tito Monterroso, falleció Rubén Bonifaz Nuño, uno de los poetas mayores del siglo XX mexicano; le debo a Nacho Trejo y Manuel Gutiérrez mi pasión por El manto y la corona; sus virtudes las conocen sus lectores, aunque me temo que sus críticos no. Aunque detesto hablar de mí al hablar de otros, no puedo resistir la transcripción de dos anécdotas: me lo topé en las escaleras del Fondo de Cultura Económica (no el nuevo, el tradicional), que subía a tientas; me ofrecí a ayudarlo; a la mitad del camino le dije que mi verso favorito, y que repetía a cada instante, es “Ay, cómo compadezco a los que tú no amas”; muy serio, al dejarlo en la entrada de la dirección, me preguntó mi nombre, y dijo, con una sonrisa que no podía ser falsa: “es usted a toda madre, Mejía”.
                La otra no es mía, pero creo que soy el único, ahora, que la conoce: Monterroso dejó varios testimonios de su amistad, de su admiración por Bonifaz (incluso, que cuando le propuso la edición de su primer libro formal, Bonifaz le dijo  en latín). Pero nunca le confesó las dudas que tenía al llegar la temporada de las conferencias de Bonifaz en El Colegio Nacional, a las que Monterroso no quería faltar, pero tampoco quería perderse la Serie Mundial, con las que coincidían. Varias veces lo solucionó al llevar un radio de transistores, escondido en el saco, con un audífono: así, atendía la conferencia y el beisbol, del que Tito era fanático.

domingo, 27 de enero de 2013

Reclamos de un peatón; más mujeres de Lester

Dice David Toscana (autor de algunas muy buenas novelas, como Las bicicletas y Estación Tula) que como no todos podemos colgar un cuadro de Van Gogh en nuestras paredes, debemos conformarnos con los bodrios de la hija de algún amigo; las obras de Van Gogh, entre cuadros y dibujos, llegan a 2 500; muchas pertenecen a museos, las que llegan a ponerse a la venta se valúan en más de 20 millones de dólares, y alguna sobrepasa los 80 millones; sólo unos cuantos cientos de personas podrían adquirirlos, si es que se interesan, o se interesan en apantallar a sus conocidos. Según Toscana, hay que conformarse entonces con bodrios; por fortuna, para quienes carecemos de decenas de miles de pesos no tenemos que conformarnos con las reproducciones que venden en tiendas para turistas o en museos; desde hace algunos años existen técnicas que permiten que haya varios originales de un solo cuadro, como las serigrafías y las litografías; los grabados y los dibujos tampoco son tan caros como los óleos, que en los casos de algunos pintores mexicanos, se cotizan en más de cien mil pesos; pero con las serigrafías con unos cuantos cientos, o pocos miles de pesos, puede alguien poseer unos 20 o 30 buenos cuadros de muchos otros pintores. Hay en el mercado mexicano serigrafías hasta de Miró; y si uno no puede tener un óleo de Manuel Felguérez, hay serigrafías que cualquier aficionado, mediante sacrificios, pero sin descapitalizarse, puede tener cuadros suyos, auténticos. Y hay óleos que no son tan caros, y uno puede abstenerse de comprar libros, discos y películas, y de comer, durante un par de meses y entonces comprar uno que nos guste. Lo que más me llamó la atención cuando de adolescente comencé a conocer a escritores, fue que todos tenían en sus casas, alrededor de los libreros, cuadros de regular o gran tamaño. Por ejemplo, en su autobiografía, Gustavo Sainz, al describir su departamento (Niza 66, como debió llamarse nuestra novela a cuatro dedos), aparte de los retratos de los escritores y cineastas que admiraba, dice que en su recámara “sobre el clóset que ocupa la pared hay cuatro monstruitos de Arnaldo Coen… En el comedor, junto a la puerta de salida, después de haber visto un dibujo de Vicente Rojo, una acuarela y un óleo de Arnaldo…”. Por su parte, Carlos Monsiváis habla de su estudio de trabajo, y además de un teléfono siempre ocupado, menciona un cuadro de Pedro Coronel, una colección de dibujos de Cuevas y un collage de Vicente Rojo. Entonces pensé que todos eran ricos, pero Monsiváis, por esa época, presumía de que era “pobrísimo” (palabras de René Rebetez, quien objetaba la presunción, pues por esos días había cobrado su antología de la poesía mexicana del siglo XX). Uno de los lujos de Sergio Galindo era un óleo de Siqueiros que, por error, el pintor lo había fechado un año después, por lo que Sergio temía que falleciera y todos pensaran que fuera falsificado; un vecino, que para mayor muestra de humildad trabaja en un periódico, tiene en su sala cuadros de Leticia Tarragó; alguno de estos escritores me confesó que la mayoría de sus cuadros habían sido obsequios de los propios pintores, que suelen ser muy generosos. Pero Toscana los descalifica: si no son Van Gogh, todos son bodrios. En otra parte de su ataque contra los libros de autoayuda se lanza contra los cineastas que a él no le gustan, y llega a calificar de mediocres a muchos críticos a quienes le gusta el cine de Woody Allen, la mayoría de los cuales sabe bastante más cine que Toscana; no dice sus razones para abominar de Allen, lo que hace pensar que sus descalificaciones son tan radicales y prejuiciosas como las que usa para desechar a todos los pintores a partir de Van Gogh; es decir, si alguien no es Wilder, Hawks o Ford, no existe (aunque sea Huston, Hathaway –Henry—, Lang) o es malo o hijo de un conocido, por lo que tenemos que conformarnos con sus películas. Es de pensar que Toscana, tan serio, nunca ríe. Hace reír a sus lectores, sin embargo: en una de sus novelas un personaje anda cargando un cerdito que, como ya no lo estaban criando, debe tener más de seis meses, sólo que a esa edad ya pesa 50 kilos, cuando menos; cierto, debe estar flaco porque según las enciclopedias deben deglutir kilo y medio de comida por cada kilo que pesen, y los personajes de esa novela pasan mucha hambre. Ora que ni tan flaco, porque los otros personajes le traen ganas para convertirlo en tacos de maciza. Lo más gracioso de ese pasaje, no por inverosímil menos atractivo, es una escena en la que el personaje tropieza y el cerdito rueda por el suelo “con toda su humanidad”. Alguna vez el Excélsior de los años setenta describió el pánico de una población cuando vio que un lagarto arrastraba su humanidad por las cercanías. Toscana ya le dio categoría literaria a ese barbarismo. Lo principal del ataque de Toscana es contra los libros de autoayuda, que ocupan sitios de libreros que debían ser para clásicos antiguos y modernos. Poco tengo a favor de los libros de autoayuda: son convencionales, aconsejan, algunos de ellos, que se pierda la dignidad con tal de conservar una chamba, o que haga de cirquero para tener muchos amigos o para caerle a una chava de altas pretensiones, que caminan con la frente en alto y gesto de que todo alrededor de ellas huele a gas; si alguien todavía la pretende, puede leer esos consejos que, por lo regular, fallan. Lo peor de muchos de esos libros es que están mal escritos: desconocen la sintaxis, poco les importa la ortografía, y creen que la concordancia es para los pedantes; inventan verbos o usan mal los existentes, y carecen de lógica; muchos llegan a las librerías con menos ínfulas, y están mejor escritos porque correctores profesionales los han limpiado de errores, erratas, solecismos y barbarismos (cosa que los autores, cuando lo advierten, ni siquiera agradecen, aunque la mayoría cree que los méritos son suyos y no de los correctores, quienes, por otra parte, se ganan la vida honradamente poniendo los acentos que los autores ignoran). No son peores que muchos literatos noveles (de 40 o 50 años de edad), que desconocen el uso de los acentos o, mejor dicho, su función. Creen que sobretodo es un sinónimo de “sin embargo”; creen que “a bordo” y “abordo” significan lo mismo; nunca le atinan a los acentos de aun o al de más o mas; ignoran, como los autores de autoayuda, el significado de las palabras; andan celebrando la tiranía de la RAE para eliminar acentos, no por cuestiones gramaticales sino para que no se le note lo ignorantes; ya lo dije, pero lo repito por tratarse de un caso del mismo Toscana, quien en una novela relata (eso sí, con buen sabor) el asalto que sufre una anciana, a quien le gana el instinto y trata de evitar que le arrebaten su bolso; los rateros la vencen y queda tirada en el suelo, con las medias rotas y las rodillas raspadas; se encuentra justificadamente indignada, no tanto con quienes la asaltaron (¿o es uno?; no recuerdo), sino con los peatones que no la ayudaron; supongo que quiso decir que con los testigos, acobardados, que nada hicieron por impedir si no el asalto, sí el atraco, o cuando menos la humillación; me parece que es una de las lecturas que más me han indignado, porque se lanzó contra todos los peatones (en el caso narrado por Toscana, también había automovilistas que tampoco evitaron el atraco, pero a ellos no los acusó de negligentes y cobardes), y la mayoría de las veces soy peatón. No puedo decir que no aprendí a conducir un automóvil que, en contra de la etimología, no se mueve por sí solo, aunque ya no necesita la ayuda de caballos o de energía eléctrica; Pancho Ramírez se ofreció a enseñarme (Sotero Garciarreyes también se ofreció, y juró que lo haría tan bien que esa misma noche podría llevarme su auto desde su casa en las Lomas hasta la mía en la Industrial; su mujer fue más sensata y lo disuadió de tal hazaña); tomamos el único automóvil que tuvo mi padre, y conduje unas diez calles, desde mi casa hasta la de Pancho, que era la misma pero kilómetro y medio más lejos y con otro nombre; lo peor fue que me estacioné bien, pero sin observar hacia atrás, que es como se debe hacer cuando se maneja en reversa. Pancho estaba muy asustado y desistió de su empeño. Para bien, porque a lo largo de los años fui descubriendo que, sin ser daltónico, confundo el verde con el rojo, y sobre todo, que no estoy dispuesto a dejar de admirar la belleza de algunas peatonas (y una que otra automovilista) sólo por ser responsable y no distraerme, y concentrarme en el tránsito, los peatones, los automovilistas y los semáforos. Por ello, soy más responsable y no he provocado ningún accidente, aunque en alguna ocasión llamé la atención de Isaac Arriaga Soto hacia el atractivo de una peatona; cuando Isaac advirtió que había dejado de ver el tránsito, frenó en seco, rechinando los frenos. Quienes se burlaron de él por frenar en medio de la calle, sin autos cerca y lejos de un semáforo, no saben el susto que nos llevamos. (La incapacidad de mi padre para manejar automóviles es uno de sus legados más firmes, y que la legué a mis hijos.) Cuando no soy peatón soy copiloto que le indica a los conductores víctimas de mis histerias los posibles peligros a los que pueden enfrentarse; la mayoría son pacientes, pero el cómplice perfecto era Manuel Gutiérrez Oropeza, quien me daba aventón para que yo le dijera a quién podía admirar, y hacia dónde; sólo dos veces chocamos, y sin consecuencia; bueno, una: la disminución de mi astigmatismo por un leve golpe que ni me dolió (en ese momento). *Al buscar vida y obra de Fernando Corripio me enteré de que escribió muchos más diccionarios de los que tengo: uno Abreviado de Sinónimos; de Incorrecciones, Dudas y Normas Gramaticales; de Inglés Coloquial y Slang Americano (estadounidense, seguramente); Etimológico General de la Lengua Castellana, además de Enriquezca su Vocabulario; tengo otros suyos, realmente muy buenos; su Gran Diccionario de Sinónimos es el mejor que conozco; baste un ejemplo: tiene 27 sinónimos de puta, el doble de cualquier otro (aunque no he adquirido el de Moliner, que me dice un experto que debe ser un fraude, no de ella sino quienes lo fabricaron tomando las definiciones de su muy prestigiado Diccionario de Uso); el de Incorrecciones es excelente, no sólo porque advierte de errores muy comunes (detentar, por ejemplo), sino del buen uso de vocablos por lo regular mal traducidos. Al poco de ver su ficha encontré, más barato que en las librerías del FCE y las Porrúa, el Diccionario de Ideas Afines. Es no sólo útil, es bello, y da idea de la riqueza de un idioma que no tiene por qué atarse a una definición sin salirse de ella; todos los usos que puede tener una palabra sin necesidad de distorsionarla; la variedad de posibilidades para no repetirse, sin caer en inexactitudes, además de que las afinidades no son exclusivamente lexicográficas, sino de asociación de ideas; testigo, por ejemplo, puede ser un deponente, un declarante, un manifestante, un exponente; en ningún caso se dice que es sinónimo de peatón. Hay un solo defecto (o es el único que le he encontrado luego de ojearlo durante una semana): no menciona el Diccionario Ideológico de la Lengua Española, de Julio Casares, mucho más amplio porque no sólo asocia ideas, sino que las define en el sentido de darle un uso adecuado; así, el testigo es alguien que observa un hecho (como un atraco), pero relacionado con la variedad de ideas y expresiones de las maneras en que puede usarse. El único problema es que el diccionario de Casares está agotado (no que esté fatigado, sólo que no se encuentra en las librerías, excepto en 23 de España, otra en Estados Unidos y otra en Canadá, con precios tan variables que van de los 30 a los 75 euros, más gastos de envío) y el de Corripio está fresquecito en las librerías mexicanas, pero sólo éste, no sus otros diccionarios. Corripio tradujo varios libros, para Bruguera, entre ellos Moll Flanders, de Defoe (tengo la traducción de Carlos Pujol, la que en la portada trae a Elke Sommers) y Ofendidos y humillados, de Dostoievsky, tampoco a la venta. *Prosigo, brevemente, con algunas mujeres en las cintas de Richard Lester: en Help! aparece Eleanor Bron, la mujer que hace sufrir a Dudley Moore en Un Fausto moderno, de Stanley Donen (donde por cierto, muestra las pantaletas mientras hace creer que Moore va a violarla, cuando éste sólo quiere demostrar su amor). Bron es cortejada por McCartney e intercambia guiños coquetos con Harrison, mientras que Lennon parece indiferente y ella intenta salvar a Starkey de los intentos homicidas de una secta que sacrifica ritualmente a quien porte un anillo. Eleanor (¿algo tendrá que ver con la Eleanor de “Eleanor Rigby”?), quien pertenece a esa secta, los lleva por todo el mundo huyendo de los atacantes; es la inteligente de la película; algunos biógrafos indiscretos relatan que ella sí tuvo sus queveres, pero con Lennon; no se sabe si una o muchas veces, pero fue una de las mujeres con las que él engañó tanto a Cynthia como a Yoko; en la cinta, Lester la trata con mucho respeto, y resalta su belleza, su elegancia, singular y extraña tanto como lo hizo Donen. Algo raro sucede en Help!, seguramente por un descuido: Harrison roza, al parecer de manera accidental, el pecho de una extra; al contrario de lo que podría esperarse por los deseos que despertaban los Beatles en las niñas, adolescentes, adultas y adustas, la extra hace un mohín de disgusto. Sin embargo, la mujer que fue tratada con más delicadeza en una cinta de Lester fue Audrey Hepburn (¿la actriz más elegante de la historia del cine?), en Robin y Marian; es objeto del amor de un Robin Hood encarnado, sin su papel tradicional de seductor, por Sean Connery; conmovedores ambos, no son objeto de pasión irrefrenable, sino de entrega, comprensión, unión de sentimientos que sobrevivieron al erotismo, y lo conservan como algo íntimo, que no se presume ni se comparte, aunque se limiten no al recuerdo sino a las miradas, más intensas que cuando copulaban. *¿Vale la pena ver un Abierto de Tenis si en la primera ronda es eliminada Tsvetana Pirinkova? Sólo por ver a Ana Ivanovic perder en la tercera ronda, y las mañas de las tenistas que fingen o exageran lesiones para recuperarse de los malos momentos. *El mismo día fallecieron Earl Weaver, el manager por excelencia de los Orioles de Baltimore, y Stan Musial, uno de los más extraordinarios bateadores de la historia del beisbol, siempre con el uniforme de Cardenales de San Luis. Weaver nunca jugó en las Mayores, pero dominó a jugadores que tenían derecho a ser tratados como superestrellas: Jim Palmer, Brooks Robinson, Frank Robinson, Pat Dobson, Mike Cuellar, Paul Blair, Boog Powell, rindieron como nunca bajo sus órdenes; mucho más chaparro que ellos, los disciplinó y los hizo campeones varias veces; su coraje y su empeño lo hicieron temible a los umpires, que lo expulsaron más de 90 veces en su carrera. Musial una tarde produjo con sencillos, doble y jonrón todas las carreras con que su equipo venció a los Dodgers; al día siguiente el locutor local lo anunció: “at bat, that man”; así lo conocieron los aficionados y los contrincantes, que lo respetaban; tuvo la mejor temporada que pudo haber tenido cualquier jugador: en 1948 fue líder en carreras anotadas, empujadas, hits, dobles, triples, bases recibidas, porcentaje de bateo y de slugging; se quedó a un jonrón de empatar el liderato; tuvo una hazaña a lo largo de su carrera: bateó el mismo número de imparables jugando en su estadio que como visitante; no bateó 500 jonrones, pero se quedó muy cerca, cuando no había estimulantes externos; al retirarse tenía un récord que nadie más puede tener: más récords de bateo que cualquiera otro (55, en total). Buen jardinero, alguna vez calculó mal un elevado y la bola lo golpeó en la cabeza; nadie se rió, hasta que él mismo soltó una carcajada, luego de que revisaron que no hubiera (¿quién dice que ese verbo no existe?) sufrido una lesión. Después jugó la primera base. Pese a su potente bateo (475 cuadrangulares, más de 500 dobles, más de 130 triples) nunca se ponchó más de 50 veces por temporada y sólo 696 veces en su carrera de 24 años y más de diez mil turnos al bat. Nunca protagonizó ningún escándalo; fue el rival de Ted Williams, considerado el mejor bateador de todos los tiempos, y fueron grandes amigos; entre ambos conquistaron todos los títulos imaginables: Musial fue campeón de bateo siete veces, Williams seis. Y no tomaron esteroides. El mismo día, más cercano, un muy joven amigo nos estremeció con su partida, pero se le recordará siempre. *”Y allá en la Francia, güiriqüirigüirí, y allá en la Francia güirigüirigüirá, se murió Benito Juárez, se acabó la libertad”, dijo y cantó Carlos Fuentes en La región más transparente.

martes, 1 de enero de 2013

De bandas y bandas; antologías, tiendas de discos y corazones rompidos

I. Pancho Villa suscitó muchísimos comentarios cuando las autoridades decidieron poner su nombre en la Cámara de Diputados, en letras de oro, allá por los años sesenta; “era un bandolero”, reclamaban muchas personas que vivieron y sufrieron la violencia de la Revolución Mexicana; “asolaba las ciudades, se robaba a las muchachas que le gustaban, se casó con muchas”; otros fueron más benévolos en sus comentarios: “era un bandido generoso, a la Robin Hood, que robaba a los ricos para dárselo a los pobres”. Algunos decían que practicaba el tiro al blanco en las personas que salían a buscar alimentos; otros, que llegaba en ferrocarril con los carros cargados de azúcar, arroz, alimentos, y que repartía entre la población de pobres en los pueblos a donde llegaba con su ejército.
 Ninguna de las partes le asestaba el adjetivo de ladrón, ése se lo dejaban a las autoridades de su tiempo, o las posteriores; a él le decían bandolero o bandido, y bandido es un fugitivo de la ley por “bando”, es decir, buscado por las autoridades, como lo era Doroteo Arango antes de sumarse a las filas de Pascual Orozco para apoyar la rebelión a la que llamó Francisco I. Madero luego de que oficialmente fue derrotado en las urnas por Porfirio Díaz, en unas elecciones amañadas, sobre todo porque Madero era también un perseguido por la ley, que se había fugado de la cárcel a donde lo habían confinado porque representaba un peligro para la reelección de Porfirio Díaz en 1910.
 Arango perteneció a una banda de cuatreros comandada por el bandido Francisco Villa, de quien tomó el apelativo; ¿en qué momento una banda, es decir, una pandilla, un grupo de bandidos, pasó a ser sinónimo de grupo de rocanroleros? Brincos dieran, porque muchos se sienten marginados aunque, como los personajes de Takin’ Off, de Milos Forman, su marginación sólo sea en cuanto la ropa que usan, el gesto fiero y la mirada retadora, respaldada por los cientos de miles de dólares que reciben anualmente.
 La décima acepción de “banda” en el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española en la edición de 1970 se aplicaba a un grupo musical de un ejército militar; también, a un grupo musical que empleara instrumentos de viento sonoros (sin embargo, los grupos sonoros se llamaban sonoras, como la Matancera, la Santanera, la Sinaloa), como la Banda de Huipanguillo, célebre a mediados del siglo XX; en la más reciente edición que ya también está caduca, pasó esa acepción al séptimo lugar, con la acotación de que por asociación, se le aplica a cualquier conjunto musical. Mucho me temo que más que modernización del DRAE, sea una adecuación de la definición de “band” en inglés estadounidense; en el Gran Diccionario Larousse, banda es un grupo, pero con connotaciones delictuosas (pandilla), y en la segunda, grupo musical, más asociado al jazz; en los años setenta aparecieron algunos conjuntos de rock que incorporaron instrumentos de viento; no Traffic, que usaba flautas y saxofones, ni los Rolling Stones, que invitaba a Bobby Keys y a Jim Horn a que tocaran, con cierta discreción, cornos y trompetas. Fueron más bien dos conjuntos multitudinarios, como Blood, Sweat & Tears, que en su formación incluían a Fred Lipsius, que tocaba saxofón; Chuck Winfield, con trompeta; Lew Soloff, trompeta; Jerry Hyman, trombón; Dick Halligan, flauta y trombón, que se combinaban con un bajo, una guitarra eléctrica y uno o dos pianos, para obtener un sonido más cercano al jazz, pero con letras muy elaboradas, muy profundas, algunas muy inteligentes; o Chicago, que tenía trombón, trompeta y otros instrumentos de viento, pero que sonaban bastante más fuerte que el órgano, el bajo y la batería, más discretos.
 En su Historia de la música pop, Jordi Sierra y Fabra dedica un capítulo muy elemental a las megabandas, pero más por la cantidad de músicos que por los instrumentos; las bandas fueron pocas, y no podía incluir entre ellas a Santana, que se caracterizaba por unas percusiones muy latinas (Carlos Santanera, le decían por allí), una guitarra con un sonido muy peculiar, combinada con un órgano también muy latino. Sucedió que por esa época se juntaban estrellas de conjuntos con los estrellas de otros conjuntos, y así aparecieron Blind Faith (salidos de Traffic, Cream y Family), CSNY (de Buffalo Springfield, Byrds y Hollies), ELP (de Nice, King Crimson y Atomic Rooster), o los amigos de Delaney & Bonnie, integrado por estrellas salidos o expulsados de grupos famosos (en algún momento llegaron a tener a tres requintos: George Harrison, Eric Clapton y Dave Mason), y desprendidos de éstos se integraron los Domino's de Derek, que tuvieron al mismo tiempo a Clapton, Mason, Harrison y Duane Allman. Bandas se les llamaba en los cuarenta y cincuenta a las orquestas pequeñas pero excelentes que tocaban swing: Benny Goodman, Gleen Miller, Tommy y Jimmy Dorsey, Harry James, Ray Anthony, Billy May. ¿Por qué llaman bandas a los conjuntos?
 Incluso quienes saben hablar español afirman que hace unos días vino a México, luego de casi 40 años de carrera y cerca de 20 discos, Bruce Springsteen con su banda; sólo por la facha, pero el suyo es un conjunto, un grupo musical; que se llame E-Street Band no quiere decir que en español se llame banda, aunque en la gira se acompañe de una trompeta y el típico saxofón, ahora tocado por el sobrino de Clarence Clemons.
*II. El menor de los poetas incluidos en la Antología general de la poesía mexicana, de Juan Domingo Argüelles (Océano), nació en 1953; deja fuera a un número impresionante de buenos poetas, algunos de los cuales mencioné en la reseña que hice del libro hace unos cuantos domingos en El Librero, de El Universal, aunque no incluí a Guadalupe Flores, Elena Millán, Ricardo Castillo ni a otros con iguales méritos; no es ése el asunto, sino que precisamente en 1953 apareció una antología bastante importante, La poesía mexicana moderna, Antología, estudio preliminar y notas de Antonio Castro Leal; el libro es el duodécimo título de Letras Mexicanas, del Fondo de Cultura Económica (“se acabó de imprimir el 7 de noviembre de 1953 en los talleres de Gráfica Panamericana”, sita en Nicolás San Juan y Parroquia, México, D.F.; se tiraron 5,000 ejemplares y en su composición se utilizaron tipos Caslon, que ya no existen, de 10:10 y 8:8 puntos [medidas que con las computadoras pocos pueden descifrar]. La edición estuvo al cuidado del propio Castro Leal).
 (Debo hacer un paréntesis: no sé, aunque hemos hablado muchas veces no se lo he preguntado, de dónde le viene a Juan el gusto por la poesía. El mío se debe a la desobediencia civil y a la incorrección política: al ingresar a la secundaria la maestra de inglés, Miss Gladys, nos advirtió que si el uniforme era de militar [soldado raso] debíamos usar botas, aunque nos dispensaba de ello, y cortarnos el pelo al cepillo; todos la obedecimos, aunque yo sólo un semestre –desde entonces he traído el cabello corto una sola vez, cuando Arturo Valdés Olmedo me convenció de que lo acompañara a su peluquería, y aproveché para que me trasquilaran, pero el desastre apenas lo advertí cuando terminó; antes, había omitido siquiera de contestarle al peluquero sus argumentos a favor de Hitler; el pinche Arturo se carcajeó como media hora, y en pago a ello tuvo que disparar los vodkas que casi nos producían ceguera. El segundo semestre, cada vez que tocaba inglés me escabullía de la formación, me escondía en la sala dedicada a la cooperativa, y cuando se iban a los salones en la formación, me escapaba a la biblioteca; no sé si era una primera edición, pero una antología llamada Las cien mejores poesías líricas mexicanas, de Castro Leal, era la que siempre pedía; memoricé los cien poemas incluidos, y aun ahora puedo declamarlos con la misma ingenuidad de hace 50 años; me asombra que pueda reproducir, con todo y diálogos, el fragmento de Todo es ventura, de Juan Ruiz de Alarcón: “No reina en mi corazón / otra cosa que mujer, / ni bien a mi parecer / más digno de estimación…”; puedo presumir que a esa edad entendí el sentido no tan oculto de “la debo la costumbre heroicamente insana de hablar solo”, y memoricé también, aunque sin el triple sentido, “La Suave Patria”. Alguien abogó por mí ante el director, quien no me dio la razón, pero permitió que entrara al examen final aunque no me hubiera cortado el cabello ni disimulara el “copete de carpintero”, como lo calificaba Miss Gladys; quién sabe por qué al siguiente año no sólo me permitió el cabello largo sino que me endilgó otro calificativo: “corazón santo”. Aunque en la biblioteca estaba la antología de 1953, pedí la otra, de 1914. Una por otra: puedo leer inglés, pero lo pronuncio como vendedor de baratijas en las playas de Mazatlán; en cambio, puedo leer mucha poesía, más que los mismos poetas.)
 Castro Leal fue polifacético, pero se ha dicho de sus antologías que hacen creer que todos los poetas mexicanos escriben igual; pero leía a todos; en el índice encuentro nombres que, pese a ser consagrados en esas páginas, han pasado al olvido excepto de los especialistas: Jesús E. Valenzuela (que se nos quiere hacer creer que es el don Chucho, de México de mis recuerdos), Roberto Argüelles Bringas (de quien memoricé uno de sus poemas, sólo incluido en la antología de Castro Leal, pero atribuido a Díaz Mirón), Manuel de la Parra, Rafael Cuevas, Rafael Cabrera, Francisco Orozco Muñoz, Jorge Adalberto Vázquez, Rodrigo Torres Hernández, Miguel D. Martínez Rendón, Jesús Zavala, Manuel Martínez Valadez, Pedro Requena Legarreta –de quien Gabriel Zaid ha escrito—, Miguel Potosí, Leopoldo Ramos, Daniel Castañeda, Honorato Ignacio Magaloni, Enrique Asúnsolo, Solón Sabre, Clemente López Trujillo, Manuel González Flores, Práxedes Reina Hermosillo, Jesús Reyes Ruiz, María del Mar (asmo, decía Novo, aludiendo a su hermosura legendaria), Jesús Sansón Flores, Roberto Guzmán Araujo, Arturo Adame Rodríguez, Mauricio Gómez Mayorga, Jorge Ramón Juárez, Rafael Vega Albela, Ramón Galguera Noverola, Manuel Lerín, Rafael del Río, Héctor González Morales, María Luisa Hidalgo, Adalberto Navarro Sánchez, Tomás Díaz Bartlett, Bernardo Casanueva Mazo, Miguel Castro Ruiz, Jesús Medina Romero, Ramón Mendoza Montes y Gloria Mestra.
 Aparte, hay algunos semidesconocidos, que han desaparecido de las antologías, muchos de ellos de manera injusta, o que pervive su leyenda pero hemos olvidado su obra, como José D. (el Vate) Frías, Enrique Fernández Granados, Luis Rosado Vega, Enrique Fernández Ledesma, Genaro Estrada, José de Jesús (el Vate) Núñez y Domínguez, Francisco González Guerrero, Alfonso Junco, Carlos Gutiérrez Cruz, Gregorio López y Fuentes, Vicente Echeverría del Prado (que todavía en los setenta publicaba un soneto diario), Octaviano Valdés, Efrén Hernández, Noé de la Flor Casanova, Alfonso Gutiérrez Hermosillo, Miguel N. Lira, Clemente López Trujillo, Gabriel Méndez Plancarte, José López Bermúdez, Octavio Novaro, Carmen Toscano, Vicente Magdaleno, Miguel Bustos Cerecedo, Alberto Quintero Álvarez, Rafael Solana, Emma Godoy, Javier Peñalosa, Jesús Arellano (“tanto amor a la poesía tan mal correspondido”), Wilberto Cantón; alguno tuvo relevancia en otros géneros (Efrén Hernández, Cantón, Magdaleno, Solana); muchos de los incluidos apenas despuntaban (Dolores Castro, Rosario Castellanos, Octavio Paz, Rubén Bonifaz Nuño, Miguel Guardia), y lo que recopiló de ellos Castro Leal es una muestra de lo que llegarían a ser y hacer; otros de los ahora indispensables eran unos niños que comenzaban a escribir, en privado, o alguno ni siquiera iba aún a la escuela. Algunos de los antologados por Juan acababan de nacer.
 Me hago una pregunta impertinente: ¿vale más el riesgo de Castro Leal de incluir a muchos que merecían la justicia de ser mencionados pero no de ser antologados (¿y debo entrecomillar esta frase?), o la prudencia de Domingo Argüelles, de omitir a muchos que posiblemente el paso del tiempo los lleve al olvido)
 *III. Dije que Music Center me parecía la mejor tienda de discos en los últimos 50 años. En los cincuenta, al lado de El Mago de Capuchinas, estaba una pequeña tienda, casi tan pequeña como Libros Escogidos, con el nombre de Adela (la de “me lo dijo Adela: doctor, mañana no me saque usté la muela aunque me muera de dolor”); con una bondad de la que ignoro el origen me obsequiaba los catálogos atrasados de los discos en venta, que cada compañía daba a los vendedores o distribuidores, y en los que enlistaban cantante, tema y número del disco; llegué a tener una buena colección que, como todas mis colecciones, no sobrevive; me permitía escuchar algunos discos, y allí mi familia compró varios que recuerdo con claridad: “Las piernas de Carolina”, “El alacrán”, “El mar”; no fue allí donde compré mi primer disco, el de los Rebeldes del Rock en Ciudad Universitaria (como visitantes, digo), en un tienda en la Calzada de Guadalupe, junto a una dulcería que sólo vendía chiclosos Tofico y los chocolates de esa misma fábrica (“esa sabrosa mordida”, comercial de Silvana Pampanini, que ahora creo imaginar que tenía un leve acento de picardía), y donde muchos meses veía sus aparadores, codicioso. En una de nuestras pintas, Víctor Tovar Villa y yo escuchamos más de 20 discos en las cabinas que estaban en el segundo (¿o tercero?) piso del Mercado de Discos que estaba en San Juan de Letrán, hasta que los encargados nos advirtieron que el siguiente que tomáramos ya teníamos que pagarlo. Como estaba casi enfrente de la General Electric donde trabajaba mi padre, fatigué sus aparadores durante muchos años, y allí compré una cantidad enorme de álbumes; el último fue una colección de obras de Aaron Copland interpretadas por la Sinfónica de Dallas dirigida por Eduardo Mata; me es imposible recordar cuáles de mis discos los compré allí o en alguna de sus sucursales (la que estaba frente al Teatro Blanquita, por ejemplo); más clavados tengo los que no compré: un LP de Manuel Valdés que incluía “Médico brujo”, “Gorda”, “El dengue del Loco Valdés” –esta última, compuesta por Severo Mirón— y algunos otros, por ignorancia o por falta de dinero.
 Cuando desaparecieron los Mercados de Discos sentí que se iban mis recuerdos a un hoyo negro, pero comencé a visitar otras tiendas; Rocanrol Circus, por Insurgentes, donde adquirí varios discos pirata, pero se me escaparon otros porque de un día para otro desapareció; compré muchísimos en Hip 70, aunque me molestaba que el dueño viera con desdén a los que no adquirían Zappa y Captain Beefhart, o ELP; cuando pedí que me mostrara lo más reciente de Paul Simon le gritaba a sus ayudantes “hijo, pásame lo que haya del Simón”; el emblema de Traffic que traje durante tantos años lo compré allí, pese a la mirada de desprecio del dueño. Xavier Velasco, quien me recomendó Circus, me recomendó otra tienda en Polanco, que me duró poco porque no tenía mucho surtido a menos que uno fuera fanático del Metal más monótono. Xavier también nos mostró un enorme bodegón de discos, en Peralvillo, donde los vendían a precio de mayoristas; ahora hay allí una tienda de artesanías.
 En Briyus nos molestaba que se negaran a vender algunas cosas que nos interesaban porque a los dueños no les gustaba esa música; en Moliére hubo una tienda donde se conseguían cosas raras, como las obras completas de Simon o de Simon y Garfunkel, en un solo tomo; pero duró poco; Roberto Diego Ortega me recomendó una tienda en la calle de Sinaloa, que se especializaba en discos pirata, pero cerró poco después de que conseguí algunas rarezas. También hubo una pequeña tienda en Londres, en las orillas de la Zona Rosa, donde en un mes me consiguieron casi todo lo de Traffic, y me llamaban a casa para avisarme de las novedades: la sustituyó una cafetería con servicio de quiromancia incluido. También en los sesenta y setenta Sears y el Palacio de Hierro tenían buen surtido de discos.
 Music Center lo conocí porque Jesús Iturralde tenía un programa en radio, Panorama 101, donde ponía música excelente por las mañanas; la tienda estaba en Plaza Polanco, donde no tuvo éxito Arvil, que fue donde conseguí algunos de mis discos más entrañables, sobre todo soundtracks; Iturralde conocía todos los discos que vendía; ingeniero graduado en Dominó V, estaba al tanto de todo lo que se vendía, y traía el suficiente número de ejemplares para sus clientes; me hizo conocer a muchos cantantes, a infinidad de conjuntos; por él compré discos que ni se me hubiera ocurrido que alguna vez lo escucharía; más de una vez me dijo: “éste va a gustarte; llévatelo, y si no te gusta, te lo cambio”; nunca se equivocó; un día me atreví a corregirle alguna afirmación, y nos retamos a jugar trivia; en su casa o en la mía nos madrugábamos con las preguntas más absurdas, más incontestables y más divertidas. Antes de que se pusieran de moda, antes de que los trajeran, él tenía un buen número de juegos de trivia.
 No niego que en una tienda que estaba en el edificio Aristos, en Insurgentes y Aguascalientes, compré la mayoría de discos de música sinfónica antes de la llegada de los compactos; que en Margolín me consiguieron El buey en el tejado que no he vuelto a ver más que en Tower de San Ángel (aunque antes me quisieron hacer creer que había pedido El violinista en el tejado, como si Luis Pérez no me conociera); que en Tower de la Zona Rosa debo haber comprado más de cien títulos; pero en donde más a gusto me he sentido fue en Music Center; excepto un día en que su amigo Memo quiso hacerlo enojar y puso en el tocadiscos algo de Julio Iglesias (y salió de su privado, enfurecido), todo lo que ponían era excelente, y con un volumen adecuado, al contrario de Mix Up donde provocan taquicardias con lo que ponen, y al volumen en que lo ponen. Iturralde sabe además la historia de cada conjunto, de cada solista, evalúa su calidad, admite los tropiezos, las fallas, descubre cualidades en muchos desconocidos, y además explica con una sencillez pasmosa, que hace creer a su interlocutor que sabe tanto como Jesús.
 La caída de la industria discográfica, la costumbre que han adquirido de descargar de internet piezas sueltas que, por desgracia, al ser reproducidas pierden más de la mitad de las notas, que no se escuchan o que se mezclan, ha ido desapareciendo las tiendas; ni siquiera porque las compañías admiten que se equivocaron y que los acetatos se oyen mejor que los compactos y que los MP3, ya no hay tiendas, no hay tocadiscos o tornamesas, ni siquiera tocacasetes, y lo peor, tampoco hay clientes. Pero se puede escuchar a Jesús Iturralde en facebook con su programa; pero nada sustituye su inigualable Music Center.
 *IV. Mark Sánchez decepcionó a los seguidores de su equipo, y a sus fanáticos, al tener una temporada desastrosa; sus compañeros lo apoyaron: en el penúltimo juego de la temporada regular, permitieron que capturaran once veces a su suplente, con lo que se empató un récord de casi cien años de vigencia. Pero Sánchez no tiene la culpa, lo que tiene es el corazón rompido: entre la gazmoñería de los directivos de los Jets, y los compromisos políticos de Eva Longoria, Mark anda que no lo calienta ni el sol, como el gorrioncillo detrás de la calandria ingrata; Longoria acaba de hacer público su romance con Antonio Villaraigosa, ex alcalde de Los Ángeles; Sánchez debe sentir que le crecen los cuernos al saber que los favores que antes le ofrecía ya no son suyos, que ya no es Nadia para él, que se fue y lo dejó sin duda por otro con más poder que él; cuando va a lanzar un pase debe pensar que su cariño lo pagó con traiciones, pero que a la ingrata otro así lo pagará, y que si hoy le sobran muchos que la quieran, verá mañana… En Corazón roto se afirma que esa sensación dura un año; otros dicen que uno tarda en recuperarse un mes por cada año que haya durado la relación; así, es probable que la siguiente temporada Mark Sánchez vuelva a ser el que entusiasmó a los aficionados a los Jets.
 *V. Dice una fórmula que el pitcher ideal debe tener el cerebro de Greg Maddux, el brazo y los hombros de Cy Young, las piernas de Ton Seaver, la velocidad de Walter Johnson, la pasión de Curt Schilling, la durabilidad de Warren Spahn, la simpatía de Al Leiter y la esposa de Roger Clemens.

martes, 11 de diciembre de 2012

Con comillas o sin comillas, pero que sea plagio; cita con el destino

En El charro y la dama, de Fernando Cortés, se oye a Pedro Armendáriz presumirle a Rosita Quintana, cuando por fin ella le sirve un café sin quemarse ni derramarlo: “Nunca fuera caballero de damas tan bien servido…”, y sin darle tiempo a una réplica, agrega aún más presumido: “…yo también tengo mi cultura. No se crea…”. No se crea era, o es, una muletilla típica del norte, una contradicción en la que se pide que, por el contrario, se crea en lo que se está afirmando (algo así como “para variar”, que significa que es para no variar; en tiempos recientes se ha dado por decir “para no variar”, lo que le quita chiste al chiste); Armendáriz estaba afirmando que, aunque Quintana lo creyera un rancherote bajado del cerro a tamborazos, había leído a Cervantes, quien utiliza esa expresión en el Quijote (I, 2); lo cita sin comillas y tergiversando los versos tercero y cuarto: “como fuera don Quijote cuando de su aldea vino”, en vez de “como fuera Lanzarote cuando de Bretaña vino”. Algunos capítulos después Cervantes, sin delatarse, habla de sus fuentes primarias. Como Armendáriz sólo cita dos versos y luego se las echa de culto, no sabemos a quién cita, a Cervantes o a Lanzarote; lo que sabemos es que el argumento de la cinta es de Max Aub, adaptado por el mismo Cortés (quien, dicen las malas lenguas, no era cortés con Mapy Cortés, bien buenota ella) y Pedro de Urdimalas, quien en esa misma época se ganaba la inmortalidad con los guiones de Nosotros los pobres y Ustedes los ricos, que pese al tono supuestamente tepiteño de casi todos los personajes, están cargadas de citas cultas, pero choteadas, no por el humor simple de Ismael Rodríguez, sino por el irrespetuoso y arrabalero de Urdimalas, quien nos legó “Amorcito corazón”, que tiene buenas metáforas rayando en lo erótico –“yo quiero ser un solo ser”, “yo tengo tentación de un beso, que se prenda en el calor de nuestra gran pasión”). No es un recurso barato de Max Aub, quien gustaba de hacer muchas bromas y de burlarse del snobismo, y ponía citas por todos lados; hay que recordar que imitó el lenguaje de pintores y críticos en su Josep Torres Campalans, que sus dibujos eran malintencionados, y que muchos cayeron en su “cadáver exquisito” (expresión de Miguel Capistrán cuando explicaba alguna de las bromas que usaban los escritores con sentido del humor, digamos por ejemplo Borges, y en una de las cuales Capistrán fue víctima, creo yo que fatal). Habría que revisar la muy amplia filmografía de Aub para rastrear esas citas. Cuando la Revista de Bellas Artes publicó el guión de Gabriel García Márquez y Carlos Fuentes, Tiempo de morir, dieron cuenta de muchas trampas que los muy cineastas Fuentes y García Márquez pusieron al joven Arturo Ripstein, alguna de ellas eludidas casi siempre por la casualidad; había referencias de varios westerns a los que son tan aficionados los buenos cineastas; Emilio García Riera advierte, en su Historia documental del cine mexicano, algunas de las muchas referencias, casi siempre escondidas, del guión de Cinco de chocolate y uno de fresa hacia Los Caifanes, que a su vez está llena de citas literarias, que Fuentes pone en boca de cuatro marginados a los que la suerte y el pinche destino los han convertido en greasers, pero tan cultos como los popof y catrines a los que hacen víctimas de un secuestro exprés durante toda una noche en plena época navideña, con todo y síndrome de Estocolmo; los incitan a realizar fechorías, robos menores –a un cantante ciego nocturno le bajan su instrumento de trabajo— y a ponerse en contra de su clase socioeconómica y cultural; en tanto los retienen, citan a Santa Teresa, a Jorge Manrique, a Octavio Paz, en un sabroso duelo de trivia salpicado de albures (“cachuchazo popular”, sugieren, sin que Julissa advierta la amenaza de violación colectiva, aunque no se atreven porque ven que la Paloma –doble sentido— le da puerta al Estilos). La más visible referencia del guión de José Agustín es que vestir a la Diana ya estaba muy choteado, pero la compañía de una chava reventada acompañada de cinco comparsas, uno de ellos privilegiado por ella; las citas literarias que aparecen de manera sorpresiva, el choteo a varios actos si no delictivos cuando menos transgresores de la buena conducta, y la burla a una fiesta de intelectuales perfumados y estirados, son otras referencias, pero confieso que me faltan otras. ¿Las citas literarias y cinematográficas son plagios? Si las entrecomillamos traicionamos la intención, y se le quita al lector el placer de encontrar el guiño, que a veces no es guiño sino parpadeo; no siempre se advierten. Alguna vez, a la hora de la salida de las oficinas del Fondo de Cultura Económica, se despidió Banca Luz Pulido; se me ocurrió contestarle: “puntuales, las horas nos dispersan”; unos segundos después se regresó: “no se vale, es un poema mío”; en otra ocasión una colaboración de Ricardo Zarak había sido postergada para un próximo número de un suplemento, lo mismo que una de Lourdes; ambos se quejaron; “sólo un asesino comprende a otro”, contesté. ¿A qué te refieres, por qué dices eso?, dijo Zarak; no importa, contesté, estoy citando un poema; algunos segundos después exclamó: “Cierto, y es mío”. Bromas que suelo hacer y sorprender a la gente; a veces contesto, cuando preguntan por mi salud, “con tos y mala vista”, y no muchas veces saben qué estoy citando; pero cuando una poetisa en sus años mozos declamó un fragmento de ese mismo poema (el ofrecimiento de Eloísa a su maestro, el filósofo Abelardo) varios poetastros quisieron agarrarle la palabra, en vez de seguir las leyes y tomarla por esposa, tal vez por el miedo de que como premio los castraran después. Pero no entendían la cita. A Tin Tan se le celebran las muchas citas: Soy un fugitivo, le dice a Rosita Fornés en El mariachi desconocido, haciendo alusión a la célebre I Am a Fugitive from a Chain Gang, de Mervyn LeRoy, con Paul Muni, aunque estrenada en México sólo como Soy un fugitivo; en esa misma escena hace referencia a El rebozo de Soledad, de Roberto Gavaldón; La isla de las mujeres, El rey del barrio, El revoltoso, El bisconde de Montecristo están llenas de citas, que todos los espectadores reconocían. Ya lo dije, pero repito que suelo decir “con su compermiso”, “la facilidad de palabra”, “perdona la mala ortografía, pero es que traigo la mano lastimada”, “luego, no transingen”, “cuando una mujer nos traiciona, la perdonamos y en paz”, y la vida sólo me ha dado oportunidad de que, cuando me preguntaron si ya había leído un ensayo literario, contestara con verdad que apenas estaba en los anuncios de lencería. Todas son citas de alguna cinta que me gusta mucho. Pero en estos tiempos tengo que cuidarme de que algún ingenuo crea que estoy plagiando. *Hay plagios por los que nadie protesta; cuando alguien atosigado por la burocracia, por lo absurdo de algunas situaciones, afirma que si Kafka hubiera vivido en México sería un escrito naturalista (o realista), cree que cita a Carlos Monsiváis, aunque está documentado que la frase original es de Alejandro Palma; cuando se burlan de la campirana frase de Felipe Calderón, “haiga sido como haiga sido” no advierten que, además de a miles de campesinos, glosa a Carlos Monsiváis cuando escribió “Caiga quien caiga y haiga lo que haiga” (como N de la R en uno de sus “Por mi madre, bohemios”). George Harrison fue agarrado en flagrancia, aunque algunos meses después del éxito de “My Sweet Lord”, que toma varios compases más de los permitidos de “He’s so Fine”, de The Chiftains, muy menores que los Beatles pero de cualquier manera respetables, y autores de una canción muy conocida por los rocanroleros que suelen escuchar con atención y generosidad lo que hacen los colegas, y en cierta forma competidores; se vio obligado a pagar una lana para resarcir el daño; y aunque el caso es muy conocido, la pieza de Harrison sigue siendo más popular que la que se planchó. Casi por la misma época los expertos advirtieron que “Come Together” (otra referencia al orgasmo simultáneo: antes la habían hecho con “All Together Now”, y antes The Turtles habían popularizado “Happy Together”, a la que los locutores mexicanos convirtieron en “Juntos y felices”) tenía partes sustanciales de “You Can’t Catch Me”, una de las piezas más célebres de Chuck Berry, quien no alegó nada, pero sí sus editores, quienes ganaron el juicio y Lennon tuvo que grabar dos piezas de Berry en su disco solista Rock and Roll para darle a Berry las regalías respectivas. Cauto, Octavio Paz entrecomilló unos versos en su “Elegía interrumpida”, que son de Rubén Darío, aunque ahora son más conocidos gracias a Paz que a Darío. *Prosigue la campaña que invita a leer veinte minutos diarios; a ese paso puede duplicarse la cantidad de libros leídos al año por habitante en el país; pero digamos que así se leen de diez a 15 páginas diarias, a un buen ritmo; si se descansa los fines de semana, los puentes y los lunes de futbol americano, en tres meses puede un lector echarse La región más transparente y La muerte de Artemio Cruz, pero entre cuatro y cinco meses el Quijote; y eso que no se toma en cuenta que hay libros bastante más difíciles; por ejemplo, uno podría tardarse los siete años que teme Thomas Mann se dilate alguien en leer su Montaña mágica, aunque no llega a las mil páginas, pero son bastante densas, y ni hablar del Doctor Faustus, la mitad de voluminosa que Los Buddenbrooks, pero lo triple de difícil. ¿Y cuánto tiempo tardaría alguien con ese ritmo en terminar todo el Ulises, o El hombre sin atributos; o los dos tomos de la edición de Bruguera de Crónica de la intervención, de Juan García Ponce?; ¿no suena exagerado decir que novelas tan encantadoras y embrujantes como Aura o La tumba alguien se tarde tres días en leerlas? *Recaigo; el médico se asombra de que lo visite no para revisar la presión, que con tantito que le mueva sube si hago muinas, o baja si algo me asusta y me toma desprevenido; una infección en la garganta que me tiene tumbado, leyendo cuando mucho 20 páginas diarias. *En 1988 Jesús Iturralde le auguró a Lourdes que si quería ver en vivo a Bruce Springsteen podríamos contratarlo para que viniera a tocar a la sala de la casa; en esa época las compañías disqueras imprimían en versión nacional sólo aquellos discos que vendían más de cien mil ejemplares en su país de origen; así, por esos días sólo se conseguía en las tiendas normales Born in the USA; había sido en 1982 cuando Rémy Bastien fills nos prestó los tres primeros discos de Springsteen, y para comprar esos y los subsiguientes se podía acudir a Briyus, a lo que quedaba de Hip 70, pero sobre todo a Music Center, creo que la mejor tienda de discos en el DF en los últimos 50 años; ahora hay que esperar a que traigan la versión importada, o traerla de Amazon, o comprarla en la misma página de Springsteen, quien nos informa de sus lanzamientos, sus giras, sus noticias (o conformarse con la versión nacional, aunque con nuestros cantantes favoritos siempre buscamos el disco original); ayer fueron a verlo al Palacio de los Deportes Lourdes y Diego; como cuando fuimos al Metropólitan a ver a Winwood, no hay palabras que definan su emoción, su entusiasmo, su asombro por la vitalidad, la energía y el profesionalismo de un cantante, de un músico que, sin cambiar, se renueva todos los días. Quedo endeudado con ella; tendremos que ir a verlo a Dinamarca o a Italia. Y que conste que trajo a todo su conjunto, menos a su esposa, cantante también, y que, como dijo Héctor Suárez, “está donde debe, en su casa, con sus hijos”.

lunes, 26 de noviembre de 2012

El prestigio literario, cambios de El Financiero, y asuntos afines

Es difícil imaginar la autenticidad de la escena, a menos que se tenga la costumbre de ir en persona a la carnicería; el carnicero rebana los trozos de carne según lo que se pida; lo más común es el bistec; tiene un ayudante que toma los bisteces (“¿tiene bisteceses? Sólo de reseses”, diálogo entre Ferrusquilla y Agustin Isunza en La tienda de la esquina, una de las pocas cintas en las que Miguel Inclán no es villano), los pica para que suelten más jugo al asarlos, y los aplana. En el siglo XVI (tal vez antes, pero está documentado a partir de 1525, más o menos) los cocineros, que no se daban a basto en las hosterías, tenían ayudantes; uno pinchaba la carne y el otro la picaba; no había los molinos donde ahora meten los pedazos de res o de puerco y salen molidos, listos para que con ellos se prepare picadillo, albóndigas, los bisteces molidos (aunque éstos se preparan en metate, que ya no hay a la venta; hay que encargarlos y cuestan más de mil pesos, además de que se tardan semanas en entregarlos), albondigón, pastel de carne y hamburguesas. También, pero cada vez hay menos mujercitas que sepan prepararla, carne tártara. Muchos de estos platillos eran conocidos desde hace más de cinco siglos; se dice que había que picar la carne para que resultara comestible, pues no era de buena calidad (¿dura, llena de nervios?). Es de suponer que la mayoría de los platillos preparados con la carne hoy molida y antes picada son muy antiguos; aunque la hamburguesa como la vemos hoy es del siglo XIX (no la fast food), los conocedores hablan de algo parecido ya desde el siglo XII; tal vez los bisteces molidos o totopostles sean los de más reciente creación, y los que menos se preparan ahora, casi exclusivos de los restaurantes poblanos, y no todos. Podemos imaginar que en los hostales, castillos, palacios con comercios aledaños, había alguno que ayudaba al cocinero a pinchar la carne, y a su vez tenía un ayudante, el que la picaba; y podemos imaginar que entre ambos había un duelo de albures que ganaba el más abusado, el que hacía caer a su contrincante en una de las trampas verbales llenas de ingenio: “yo te hacía un buen chico”, “me agarras cansado” o las que en ese tiempo fluían entre personas, dicen los enterados prejuiciosos, de condición humilde, pero a más de ello, ruines y malvadas. Es de suponer que los pícaros, de condición aún más baja que la de los pinches (los ayudantes de los ayudantes), ganaban los torneos de albures en venganza de que devengaban menos en vista de su categoría más baja; pasan a la literatura como los protagonistas de una serie de novelas, o mejor dicho, de todo un género de novelas, en donde hacen gala de ingenio, cometen tropelías, pero se llevan la simpatía de autores y lectores, y salen triunfantes de las trampas del destino; sobreviven derrotando a los poderosos, se aprovechan de su simpatía natural e innata, y aunque nunca logran fortuna, todos los días resultan victoriosos en la batalla contra el destino; posiblemente no ganen la guerra, sí todas las batallas. Los pícaros se salen del ámbito de las carnicerías, de la cocina y el fogón, y se refugian en otros oficios, en donde tampoco se hacen ricos porque para salir de la pobreza, además de ser hábiles, maestros, en su profesión, deben dedicarle tiempo y esfuerzo a esos nuevos oficios, algo que no tienen, o no quieren derrochar, pues desean disfrutar de la vida, día a día, hasta que caen derrotados por la rutina, el cansancio, o mueren en el intento de seguir su vida de picardías. Sus jefes inmediatos, en cambio, no consiguieron el prestigio de sus subordinados; su oficio perdió categoría, y pinche quedó como sinónimo de algo de baja calidad; ruin, le dice el Diccionario de la Real Academia; el Diccionario del Español en México añade que pinche es quien se porta mal: no tiene la misma intención decir “qué puede esperarse de un pinche empleado”, que “Fulanito es una persona muy pinche”. Para el DRAE, pinche sigue siendo el ayudante de cocina, pero ya no pincha la carne, y de cualquier manera, prefieren que se les diga ayudante del chef, porque en México ser pinche es ser malo o un pobre diablo (en otros países, un tacaño, o roñica, para los lectores de Mafalda). Los pícaros picardean (uno de los verbos más horribles); picardía es algo ingenioso, y también son malas palabras: “Negrito Sandía, ya no digas picardías”, canta Francisco Gabilondo Soler; Armando Jiménez recopiló peladeces, albures, versos llenos de malas intenciones (“si tu padre fue pintor…”) y los llamó picardías; Chava Flores escribió varias canciones donde hace gala de ingenio para alburear incluso al escucha con juegos de doble sentido, además de estar bien rimados, para ilustrar el carácter de la población que, a cambio de escasos ingresos, carencia de oportunidades, golpes bajos del destino, vencen a los ricos en duelo de ingenios (“ya sabrás mamón lo que es bolillo”), y a veces hasta sin intención. Es un honor ser tildado de pícaro, y es deshonroso ser calificado de pinche (aunque en una de sus modalidades tiene un dejo cariñoso: “Pinche Juancho Pepe, qué es de tu vidorria”, saluda con afecto José Agustín a un excompañero, de apellidos de alcurnia; a veces también hay admiración: “pinche Luis, se la sacó” –o sea que conquistó un triunfo—, pero la mayoría de las veces es un calificativo despreciativo: en los años sesenta los Tigres de México tenían un jardinero central, Pancho García, antes de Manuel Estrellita Ponce, buen fildeador, velocísimo, con mucho poder, pero que se ponchaba mucho, como todos los jonroneros; la porra de los Diablos Rojos le gritaba, cuando se paraba a batear, “Pinche Pancho ponche”), aun cuando hace unos seis siglos eran compañeros del mismo oficio (con diferencia de funciones) y de desgracia. *Los encabezados de las ya no muy frecuentes y cada vez más malas secciones policiales de los periódicos, utilizan un verbo que no es mexicano: balear; “balean a joven frente a su novia”; el DRAE es muy concreto: en México y otras partes de América Latina se dice balacear; el Diccionario del Español en México ni siquiera recoge “balear”; ¿influencia de El País? ¡Sabe! (mexicanismo o regionalismo de Zacatecas por “quién sabe”), pero de un tiempo a esta parte casi ningún diario mexicano escribe en mexicano y en cambio se doblegan ante el español de España: desvelar, dicen por develar, sin recordar que en México desvelar es pasarse la noche en vela, ya sea por estudiar para un examen, o por andar en la parranda. Dicen que George Bernard Shaw opinaba que Inglaterra y Estados Unidos eran dos países divididos por un mismo idioma; lo mismo pasa con el español de España y el de América Latina, e incluso los países de esta región tienen sus propios modismos; Cabrera Infante en Tres Tristes Tigres incluye una sección de palabras aceptadas en un país pero impronunciables en otro; es común leer en los libros españoles que aparece “una tía”, que en México es la hermana de uno de los padres, pero allá es una mujer de la calle, o casi; eso más o menos podemos tolerarlo, pero es difícil imaginarse a un japonés cabreado. Es normal que cada país tenga su propio lenguaje; es horrible que los diarios mexicanos copien el de España y menosprecien el nuestro. * Hace unas cuantas entregas hablé del Boléro; se me pasó comentar que una de las mejores versiones, con un ritmo y un sentido del humor que encantarían a Ravel, la dirigió Frank Zappa; aunque breve, se le puede disfrutar muchísimo, y se puede observar (sin descargar, para no violar derechos) en youtube. El conjunto de Zappa, a quienes sus admiradores decían que tenía influencia de Varèse, hizo muchas innovaciones en la música, aunque los siguen encasillando en el rock; su nombre ya era de por sí un desafío: Las Madres de la Invención; algunos de los sobrevivientes, canosos los que no están calvos, arrugados, pero enfundados en smoking, anuncian para finales de este mes un par de conciertos en Londres; se llaman Las Abuelas de la Invención. * Relecturas obligadas. Tenía ganas de releer a José Donoso, pero el muy divertido y revelador Historia personal del Boom; en sus páginas critica a quienes, con un pinche premiecito, alardeaban de pertenecer ya al Boom; en sentido estricto se le puede reprochar lo mismo a Donoso, porque el movimiento en realidad se limita a cuatro: Carlos Fuentes, Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa y Julio Cortázar. Pero el libro es divertido; relata con mucho sabor una reunión de intelectuales en Chichén-Itzá, en la que los asistentes pusieron más atención al desenfreno, al relajo, que a las ponencias; el adusto Rulfo presidiendo juergas nocturnas, García Márquez desbocado vacilando sin ton ni son; Kitty de Hoyos presumiendo la dureza y firmeza de sus glúteos, lo cual sólo podía comprobarse palpándolos; la tarántula que absorbía a su paso a todos los que estaban en su camino (y de la que las mujeres salían con mucho menos ropa que al empezar el baile) (una tarántula se ve, en una versión más o menos apaciguada, menos turbulenta, en Tajimara); Cuevas echando desmadre con su muy conocida hipocondria mezclada con el miedo de muchos a los aviones (García Márquez descubrió después que era miedo al aparato, no a los accidentes), la prueba de la habilidad en la trivia. El relato es muy vivo y muy fresco. Pero lo que más llama la atención es la enumeración de escritores ahora olvidados, que ya no se encuentran en las librerías, y que pocos mencionan o leen: Jorge Amado, Miguel Ángel Asturias, James Baldwin, Herman Broch, Céline, Heimito von Doderer, Max Frisch, E.M. Forster, William Goldin, Lillian Hellman, D.H. Lawrence, Eduardo Mallea, Leopoldo Marechal, Carlos Martínez Moreno, François Mauriac, Elsa Morante, Alberto Moravia, Miguel Mújica Laínez, Nicanor Parra, Cesare Pavese, Jules Pfeiffer, James Purdy, Alain Robbe-Grillet, Sebastián Salazar Bondy, Néstor Sánchez, Rafael Sánchez Ferlosio, Severo Sarduy, William Styron, Arturo Uslar Pietri, David Viñas, escritores de primera que ya se leen poco, o nada. *Promueven en comerciales radiofónicos: “hay que leer 20 minutos diarios”; no dicen “al menos 20 minutos diarios”, sólo “20 minutos”; la mayoría lee 20 minutos al año, y no puede pedírsele más, pero me asombra que en la campaña participe Humberto Musacchio con esa recomendación, porque creo que él lee al menos seis horas diarias, es decir, 300 veces más de lo que aconseja. *El 15 de noviembre terminó para siempre una etapa de El Financiero; los nuevos dueños intentarán renovarlo. Pero para mí ya es, ahora sí, cosa pasada; trabajé allí, a invitación de Musacchio y de Manuel Gutiérrez, desde el 1 de febrero de 1993 al 31 de diciembre de 2009; entre Rogelio Cárdenas, Alejandro Ramos y Luis Acevedo me permitieron hacer cosas que en otro lado, o con otras personas, hubiera sido imposible aplicarlas; en la sección de Deportes, que fue a donde llegué, hice reseñas de libros literarios con cualquier pretexto, o un mínimo de referencias deportivas, como las novelas de Richard Ford, la excelente novela de Sillitoe (La soledad del corredor de fondo); cuentos de Cortázar, de Updike, ensayos de Mailer; hice retratos hablados de deportistas hablando más de la sensualidad que de las habilidades deportivas (sobre todo, de las jugadoras de volibol); hicimos reportajes sobre el dinero en el deporte, sobre el lenguaje de los cronistas y reporteros, de la influencia de la política en el deporte y del deporte en la política, y echamos relajo con varios pretextos: comparamos el desempeño de la selección de futbol con el gabinete de Carlos Salinas de Gortari (lo que nos valió un reclamo y una sugerencia de José Sulaimán), insinuamos que los clubes de futbol ensayaban más las celebraciones que la técnica y las tácticas; analizamos la ética de los deportistas (“las manitas arriba”, titulamos una serie de reportajes sobre la simulación de lesiones y tratar de fingir que no habían cometido faltas), metimos a Arañaceli Muñoz en el vestidor del Cruz Azul para comprobar que los jugadores, recién salidos de las regaderas, no soportaban la crítica constructiva; en el plano meramente deportivo hacíamos análisis muy serios de todos los deportes, y al contrario de otras secciones, no “le íbamos” a nadie; nos ganamos el rencor de muchos jugadores que se creían los elogios de cronistas de televisión; sobre todo, hicimos la sección la mejor escrita del periódico; en poco tiempo otros periódicos trataron de imitarnos, sin conseguirlo, pero quisieron piratearse a mis reporteros; nosotros vimos el pasado, el presente y el futuro del deporte, y no nos limitamos al mexicano; comprobamos que el futbol mexicano está inflado, y combatimos el menosprecio de otros medios por los otros deportes; en alguna ocasión publicamos seis páginas y de esas sólo media página la dedicamos al futbol. A instancias de mi recordado amigo Javier Ibarrola me transfirieron a la mesa de redacción, y al poco tiempo lo sustituí en la jefatura de redacción, aunque al día siguiente, a causa de celos y envidia me cambiaron el cargo: responsable de edición, que fue mucho más que una jefatura de redacción; logré, con apoyo de Pablo Arriero y de Perla Oropeza, un manual de estilo que, si se cumple, consigue erradicar vicios que parecen eternos en el periodismo mexicano; un solo ejemplo: hice que “rechazar” se usara sólo cuando había un rechazo, no como negación; los verbos fueron verbos y no adjetivos, modernizamos lenguaje y ortografía, y escribimos en español correcto pero no estirado, y además con el español de México, no el de Argentina ni el de España. Conseguí algo que en muchos otros diarios envidiaron, y me lo dijeron con admiración: cerrábamos (mandar las últimas páginas, ya corregidas, al taller) a las 10 de la noche, cuando es tradicional que los diarios cierren después de medianoche. Se me fueron errores, pero como recuerda Vicente Rojo que decía Picasso, no hay que hablar mal de uno mismo, para eso están los demás. Con la ayuda de varios reporteros, secretarios de redacción y uno que otro editor, hicimos de El Financiero el periódico mejor escrito de México, con reconocimientos internacionales; en el tiempo en que estuve en Deportes la sección fue elogiada como una de las más divertidas e informadas del mundo occidental por la prensa especializada en juzgar el periodismo. En el año y medio que estuve, al mismo tiempo, al frente de la sección Sociedad, muchos reportajes originales me los copiaron, si no es que los calcaron, noticiarios de televisión y otros periódicos. En la sección Cultural, en donde colaboré casi cada semana, mi nota sobre el premio Nobel a Doris Lessing la copiaron en periódicos suramericanos, aunque no todos dieron crédito al periódico o a mí. Y cuando Sgt. Peper Lonely Hearts Club Band cumplió 40 años de haber sido editado, varios lectores de noticias lo leyeron en sus noticiarios, de nuevo omitiendo no sólo mi nombre, sino uno o dos párrafos de clara intención política. Conquisté muchísimas amistades, pero es muy larga la lista para enumerarlas a todas. Sólo msé que muchas serán amigos para siempre. No todo fue miel sobre hojuelas (una de las frases favoritas del periódico): uno de mis mayores logros, la creación de un Taller de Lectura que llegó a tener 40 participantes, y quienes en un año leyeron 39 libros (y al que invité a algunas personalidades del mundo del libro, como Gustavo Sainz, José Agustín, Marisol Schulz, Juan Carlos Argüelles, Miguel Capistrán, Diego Mejía Eguiluz, Rodrigo de la Ossa, Raúl Ortiz y Ortiz –quien conmovió a los participantes hasta las lágrimas—, Jorge Ayala Blanco) fue desbaratado por envidia, celos y grillas de algunos directivos; me pidieron que impartiera dos cursos de redacción periodística, y no me los pagaron (no lo pedía, ellos lo ofrecieron), además de minar mi autoridad pues faltaron a su palabra de rescindir el contrato de quienes reprobaran (y reprobaron con honores), y más bien los premiaron con ascensos y privilegios; la mayor parte del tiempo carecí de recursos que prodigaron a otros que dieron mucho menos que yo al diario, y alguna vez mandaron a los vigilantes a que revisaran si me llevaba lápices, o papel, o yo qué sé; pusieron guaruras para vigilar si en la mesa de redacción se trabajaba, quiénes iban al baño o se levantaban a consultar algo o simplemente a platicar (no duraron: los vimos feo y se fueron); precipitaron mi renuncia cuando se negaron a cumplir con el manual de estilo y comenzaron a mancillarlo; invalidaron mi trabajo y lo redujeron al de un corrector, que no menosprecio, pero mis funciones eran otras; lo más curioso es que ahora utilizan el término que usé para explicarle a Víctor Piz, Alejandro Ramos y a Pilar Estandía, la viuda de Rogelio Cárdenas, mis motivos para renunciar: me había quedado como corrector de lujo; ahora califican así a los que hacen mal su trabajo. En una ocasión, minutos antes de entrar a mi Taller de Lectura, Pilar me pidió que platicáramos; al salir le comentó a dos directivos la confianza que me tenía, y me elogió; un par de horas después me llamaron (al restaurante en donde estaba comiendo) para prohibirme que volviera a entrar a la oficina de la directora sin el consentimiento de ellos. Los sentimientos son encontrados: me siento orgulloso de lo que hice, y no siento que lo que no pude hacer haya sido mi culpa; no pude cumplirle una promesa que le hice a Rogelio Cárdenas: la derrota no fue mía.

lunes, 5 de noviembre de 2012

De plagios y plagios / El destino de las bibliotecas /Más musas de Lester

I De nuevo las opiniones se polarizan, aunque prevalecen las que condenan a Alfredo Bryce Echenique (sin dejar de elogiar algunos de sus libros) y al jurado que le otorgó un premio ya de por sí escandaloso desde que Tomás Segovia, a quien se lo otorgaron, hizo una semblanza campechana y amistosa de Juan Rulfo, cuyo nombre prestigiaba a dicho premio, y la familia Rulfo se indignó; como los responsables no se echaron para atrás y se negaron a nombrar a otro ganador, ellos retiraron el nombre del Rulfo mayor. A Bryce Echenique, sin dejar de elogiar sus novelas y algunos de sus cuentos, lo condenan por haber plagiado 16 artículos de 15 autores (32, dice Musacchio); no he visto más que el nombre de uno de ellos, el doctor Cristóbal Pera; no sé en qué consistió el plagio, si en el tema, en la redacción, en las conclusiones, si no le dio el crédito debido, si no entrecomilló; lo grave de este asunto es que no sólo copió un artículo en el que Bryce Echenique no es experto (el doctor Pera es un magnífico escritor que asume, hasta lo que le he leído, asuntos médicos –su profesión— con inteligencia, humor y sabiduría, sin alarmar a los lectores, ni siquiera a los hipocondriacos como yo): faltó además a las reglas de la cortesía porque lo plagió después de haber comido en su casa. No he tenido la curiosidad malsana de buscar los 16 (¿32?) artículos para compararlos con los originales; lo grave es que las acusaciones causan prejuicios y durante mucho tiempo leeremos a Bryce Echenique prevenidos y advertidos; lo leeremos mal. El tema del plagio es largo y antiguo, tanto que muchos se han plagiado el famoso juicio “bienaventurados mis imitadores porque de ellos serán mis defectos”; hace unos años nadie menos que Carlos Fuentes fue acusado de plagiar una novela mediana (la tengo, pero no la presto, ni pienso releerla); se demostró que era una acusación falsa, y que el tema no puede ser propiedad de una sola persona; se citó, por ejemplo, dos grandes novelas sobre la infidelidad femenina, Madame Bovary y Anna Karenina: ¿Tolstoi copiando a Flaubert? Nada más ridículo. Fuentes tuvo a bien titular uno de sus más recientes libros, el muy dramático Todas las familias felices, con la primera frase, y tema de Anna Karenina, que además usó como epígrafe del volumen y es citada en Cumpleaños. Las hemos olvidado, pero ha habido muchas acusaciones (no voy a entrecomillar, porque yo mismo las cité): en su autobiografía, Juan Vicente Melo dice que en un periódico de Veracruz publicaba crónicas, cuentos, relatos, críticas, de varios de los entonces jóvenes y ya magistrales escritores, como José Emilio Pacheco o José de la Colina, y “algún plagio” de Gustavo Sainz; esas afirmaciones llegaron de manera contundente a las páginas sepia de Siempre!, por lectores que decían que Sainz tomaba textos de escritores que no llegaban a México y las firmaba como suyos. También se acusó a Carlos Monsiváis de plagiar una columna titulada “La caja idiota”, en la que analizaba la televisión, pero él respondió que sólo tomaba el título, no el tono ni los temas ni el lenguaje de la columna original de la revista Encounter; no fueron muchos, pero sí algunos, los que notaron el parecido de su “Notas sobre el camp”, recogido en Días de guardar, con las Notas sobre el Camp de Susan Sontag, recogidas en Contra la interpretación; en efecto, poco tenían que ver; Monsiváis desde aquellas épocas tenía una información impresionante, similar a la que puede conseguirse ahora, superficialmente, gracias a las redes sociales. Hubo sin embargo, un plagio que no trascendió: en las páginas de La Cultura en México, el 11 de octubre de 1967, Monsiváis publicó “He leído un artículo inolvidable, pero no ha sido éste”, con los cintillos “Los Hermanos Marx. Crítica de la razón pop”. Supongo que ese buen artículo no fue recogido para su Días de guardar, que incluye muchas de sus notas escritas por aquellos días, porque iba a guardarlo para su libro prometido y nunca entregado a la imprenta sobre los Marx (“¿Estás escribiendo un nuevo libro?”, preguntó James R. Fortson; “Sí, he terminado una primera versión de un ensayo larguísimo sobre los hermanos Marx, que me interesan sobremanera. Ignoro la calidad de mi texto, pero le puse mucho empeño […] los hermanos Marx me apasionan, como fenómeno de anarquía artística, de anarquía y destrucción del orden cómico inclusive…” (entrevista aparecida en dos números, de junio y julio de 1972, en la revista Él, y recogida en Cara a cara. Confrontaciones humanas, tomo I, Fortson, Grijalbo, 1974); nadie se indignó cuando en las páginas de la revista Él en 1973 (por desgracia no recuerdo el mes) apareció un artículo titulado “He leído un artículo inolvidable, pero no ha sido éste”, con párrafos idénticos a los de Monsiváis; estaba firmado… por Carlos Monsiváis (por desgracia, en su hemerografía del Diccionario de Escritores Mexicanos de la UNAM, y reproducida en El arte de la ironía. Carlos Monsiváis ante la crítica –compilación de Mabel Moraña e Ignacio Sánchez Prado, Ediciones Era-UNAM) no se da cuenta de lo que Monsiváis publicó en muchas revistas, como Él, Eros y otras, o como él mismo decía, hasta en las hojitas parroquiales. Emilio García Riera da cuenta de innumerables plagios cometidos por el cine mexicano a lo largo de su historia: adaptan novelas, obras de teatro, otras cintas, y la mayoría de las veces los responsables no dan cuenta de dónde les llegó la inspiración; mi plagio favorito es la versión mexicana de Los tres mosqueteros, Cuatro contra el imperio, trasladada a la época de la Intervención francesa, con Antonio Aguilar como D’Artagnan, pero los ejemplos sobran. Lo más curioso es que a veces cuando dan crédito o se dicen filmes inspirados en alguna novela o drama, se apartan tanto que uno debe imaginar en dónde está la adaptación. Y no sólo en el cine mexicano: Tres hombres y un bebé, que conmovió hasta a las admiradoras de Magnum, fue antes una cinta francesa, lo mismo que El hombre que amó a las mujeres, primero de Truffaut y luego de Blacke Edwards (bueno, las norteamericanas dieron créditos a los guiones originales, pero escondidos). II ¿A dónde van a parar las bibliotecas de los aficionados a coleccionar libros, cuando sus propietarios abandonan el mundo? Uno pensaría que el Estado, por intermedio de la UNAM o del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, debería resguardarlas; esta última institución tuvo a bien adquirir algunas bibliotecas célebres, como las de José Luis Martínez, Alí Chumacero y la de Carlos Monsiváis. Al revisar la trayectoria de los dos primeros encontramos muchas coincidencias: son coetáneos, contemporáneos y empezaron y trabajaron en las mismas revistas, Tierra Nueva y Letras de México, colaboraron en las mismas publicaciones, ambos trabajaron en Ferrocarriles Mexicanos (el Diccionario de Escritores Mexicanos no da cuenta de esto), y sobre todo en el Fondo de Cultura Económica; fueron grandes amigos y compañeros, y tenían los mismos gustos, las mismas amistades (Alí, más campechano y compartido), las mismas aficiones; ¿cuál será la diferencia entre las bibliotecas de uno y otro? Hay también el rumor de que antes de que el Estado, o algún particular poderoso (durante mucho tiempo los investigadores aspiraban a vender las suyas a Condumex, o a Televisa) adquiera alguna biblioteca, antes ya fue ordeñada por amistades y familiares; no hace mucho tiempo adquirí de manera formal, no clandestina, libros que pertenecieron a Jaime Torres Bodet, fallecido a principios de los años setenta, y 40 años después llegan a librerías especializadas; no digo los títulos ni los autores para no causarle un telele a quienes entregaron ansiosos de reconocimiento sus libros, con dedicatorias llenas de afecto y admiración, y llegaron a mis manos intonsos. Pero en una página de internet dedicada a promover librerías de todo el mundo encuentro que un ejemplar de 6 7 poemas (ediciones Aztlán), de Carlos Pellicer, lo ofrecen en poco más de 200 euros, con el atractivo extra, aparte de ser una primera edición, de estar dedicado a Julio Torri, “poeta, amigo y otras tres cosas”; la librería que la ofrece está en la ciudad de México, pero se supone que la biblioteca de Torri está bajo buen resguardo (menos algunas de sus ediciones pecaminosas, que caminaron desde hace mucho, dicen), pero una librería de San Francisco ofrece en 199 euros un ejemplar de Camino, dedicado a Rafael Muñoz López, cuyos descendientes se desprenden de esa joya, de tan pocos ejemplares. En esa misma página vemos que libros pertenecientes a José Bianco están en oferta; es de suponer que no hay quien cuide que su biblioteca se conserve intacta. ¿Las bibliotecas de escritores o de grandes lectores mexicanos están protegidas? Una librería especializada en estos rubros afirma que no es la edad, ni lo famoso de los autores, lo que hace valioso un libro. ¿Qué es? Lo terrible es habernos desecho de algún ejemplar que de pronto adquiere celebridad. Abundan quienes pretenden vender muy caro un libro de un tiraje de diez mil ejemplares (más otros de reposición –esta frase la plagio de uno de mis autores favoritos, por desgracia poco leído), y quieren mucho por él, más que por uno de 200 ejemplares y nunca reeditado. ¿Es el nombre del autor, lo raro de la edición? Dicen que un famoso escritor, dueño de una biblioteca enorme, porque le llegaban cortesías de todas las editoriales, ante la falta de espacio en su casa ofreció donar sus libros a la Universidad, quienes con poca cortesía declinaron la oferta porque no tienen dónde guardarla; en alguna de las escuelas periféricas, sugirió, sabedor que él tiene más libros que todas las bibliotecas de las prepas y otras escuelas lejanas a CU; tampoco hay espacio, le contestaron; dicen que, corteses, no le dijeron que calculan que, excepto por algunas ediciones de autor, tiene los mismos títulos que la UNAM porque ésta los recibe de la oficina de Derechos de Autor, así que no remediaría ninguna carencia o laguna; o sea que no hay que tener muchos, sólo libros buenos, porque ya no es fácil engañar a (todas) las autoridades; queda el recurso de malvenderla a universidades del extranjero, que se interesan no tanto por títulos raros, inconseguibles, ediciones príncipes, incunables (saqueadas de bibliotecas públicas); se interesan más bien por las dedicatorias, mientras más raras, mejor. III En las redes sociales me enteré, y me dejó azorado, de la muerte sorpresiva de Jesús Muñoz, a quien se le conocía como Muni. Un día me llamaron a casa, no sé cómo se enteraron del teléfono, Víctor Roura y Muni; vivían en un pequeño ático en una vecindad cercana al Monumento a la Revolución; publicaban una revista, Sesión, donde comentaron con sentido crítico alguna nota mía sobre Electric Light Orchestra en El Heraldo Cultural, pero se interesaban en platicar conmigo; con cierto recelo acudí una tarde en la que, por complacerme, pusieron varios discos, entre ellos uno de Harrison que a la fecha no tengo; bebimos vodka y nos hicimos cuates; colaboré en su revista, y en alguna otra que emprendieron; los invité a colaborar en La Onda, pero Muni era rejego y entregó pocas notas; Roura comenzó a trabajar en unomásuno, luego en La Jornada y después en El Financiero; al margen editó Melodía. Diez años después, donde también me invitó a colaborar. Muni contrajo matrimonio, y tenía mejores ingresos cocinando unos pasteles naturistas exquisitos, de los que fui cliente hasta que dejó de hacerlos. Quién sabe dónde conseguía discos extrañísimos que no llegaban a las disquerías; tenía grabaciones extraoficiales de Beatles, sesiones alternas a las oficiales, con diferencias notables: “Dig it”, que en Let it Be dura 51 segundos, en el disco que me vendió él dura siete minutos 51 segundos; hay versiones que no vienen en Antología, que es la oficialización de muchas versiones pirata (que es como si una esposa da permiso a un marido coscolino para que tenga versiones alternas: le quita emoción al asunto); por ejemplo, When Two Legends Collide, en la que Lennon canta “She’s Like a Rainbow” interpretada por Rolling Stones; años después me consiguió la rarísima grabación de Traffic con Jimi Hendriks, un excelente disco homenaje a The Doors con una excepcional versión de “Roadhouse Blues” a cargo de Status Quo, y una de “Light my Fire”, con Led Zeppelin, y otras. Cuando Jorge Pantoja organizó una sesión de intercambio de rarezas a las afueras del Museo del Chopo (entonces dirigido por Ángeles Mastretta), Muni fue de los más entusiastas; ese intercambio tuvo tanto éxito que debieron hacerlo varios sábados, hasta que las autoridades del museo se deslindaron de su organización, que llevaba a centenares, tal vez miles de fanáticos cada sábado a cambiar, pero después a vender, sus mercancías; los vecinos se quejaron, y los tianguistas se cambiaron a la Guerrero, por la esquina que domina (aunque los más excéntricos coleccionistas se ponían más bien en La Lagunilla, donde nunca pude comprar “Back”, con Los Spiders, porque pedían miles de pesos por aquel LP rarísimo. Muni se apersonó, se arraigó, y se hizo uno de los líderes de los tianguistas, y uno de los más respetados. Además de allí, se instaló en las afueras de la Ciudadela, donde vendía posters, revistas raras, camisetas, y discos muy raros; quién sabe cómo conseguía grabaciones de los conciertos que dieron muchos conjuntos en México, y una semana después ya vendía casetes con esos conciertos, la mayoría de las veces muy bien grabados; de lunes a viernes, si sobrevivía a sus desveladas, habría su puesto a media mañana; cuando iba a visitarlo me tenía noticias del gremio musical, o del literario: “¿sabes que el Chamaco ya lee? Como ahora es amigo de famosos, tiene que contestarles cuando le preguntan qué piensa de sus libros”; o quién se divorciaba (a veces, sin estar casado); durante mucho tiempo su saludo era “ya ves cómo es Manuel”, en alusión a Manuel Gutiérrez Oropeza, con quien tenía discusiones muy divertidas, cuando nos visitaba en La Onda. Tenía fama de arisco, pero también de generoso, y conservó sus amistades de hace 30 o 35 años, algo que no todos podemos hacer. Tal vez su episodio más curioso fue durante una gresca en una cantina, donde varios rocanroleros departían con Joaquín Sabina, y se fueron a golpes contra Víctor Roura, quien dejó de defenderse cuando vio, azorado, que Muni estaba entre sus verdugos. Nunca me aclaró el motivo. El deceso de Muni me dejó completamente azorado. IV Para muchos cinéfilos, la belleza de Rachel Welch es artificial, de plástico; aunque parecía perfecta, con un cuerpo equilibrado, en realidad era fría, no pertenecía al cine sino a las revistas eróticas (“Self play, boy”), y sus intervenciones en todas las cintas en donde aparece son inocuas, excepto en dos: Bedazzled, donde Stanley Donen aprovecha la atmósfera de la cinta y la expresión de Dudley Moore para hacerla parecer excitante, y en Los tres mosqueteros, donde se ve simpática, desenvuelta en su papel de ingenua, y en donde su belleza es provocativa, aunque aparece completamente vestida, pero con un escote que deja ver no el tamaño sino la forma de sus pechos; en una escena sólo se ve eso: ella va fuera de una carroza, a gran velocidad; se abre la ventanilla y lo único que se puede observar son sus pechos, con un balanceo muy exacto, muy justo, y que excita tanto a quienes la observan como al espectador. Todas las mujeres que aparecen en las tres películas de los mosqueteros, de Richard Lester, son, más que bellas, misteriosas, enigmáticas, capaces de producir estremecimientos en los protagonistas masculinos; si Welch es ingenua, de cualquier manera D’Artagnan sucumbe más que a sus atributos físicos, a su comportamiento frágil, a la sensación que da de desamparo; la reina infiel Geraldine Chaplin, la villana Faye Dunaway, y las comparsas Nicole Calfan, Sybil Danning, Gitty Djamal y Kim Cattral hacen que se mueva la cinta entre la gandallez de villanos y héroes, y la conmoción que provocan ellas; Lester le dio a sus protagonistas femeninas un papel preponderante, más que en el argumento, en su presencia y lo que ésta causaba; sus heroínas en estas tres cintas de mosqueteros, surgen, no aparecen, como en un poema de De Moraes. Richard Donner eligió a Margot Kidder por sobre más de cien aspirantes a protagonizar a Luisa Lane en Supermán, porque en la prueba (audición) mostró auténtica vergüenza cuando Supermán ve, con su visión de rayos X, que ella usa tarzaneras rosas; y en la cinta se ve en realidad perturbada en esa escena; Donner pone a la espontánea e hiperactiva Luisa agarrada del helicóptero a punto de caer desde la azotea, o helipuerto, de El Planeta, y aunque la toma desde abajo, no muestra las piernas (aunque sí en la parodia de Mad, donde alguien asegura que trae lencería transparente); en las dos secuelas, Lester la hace menos turbada, más empecinada, y sobre todo deseosa de volcar su erotismo en Supermán; Lester la respeta mucho, aunque hay dos escenas en Supermán II en que se nota el erotismo inteligente del director: cuando los supervillanos soplan haciendo caer cornisas, volcar autos y casi volar a la gente, la tensión se distrae cuando por el superviento hace volar la falda de una transeúnte a la que se le ven las tarzaneras blancas; pero quien resulta irresistible es Sarah Douglas como supervillana, con rostro enigmático y expresión misteriosa; además, muestra sus piernas en la escena más atrevida de toda su carrera, superior incluso al no muy estético desnudo que hizo en The Brute. Lester, como veremos después, sabía tratar a las mujeres y hacerlas excitantes, atractivas, memorables. V Busco chamba: quiero hacer los resúmenes de las películas transmitidas por Cablevisión: diría que la trama es que “un muchacho conoce a una muchacha”, y le ahorraría el esfuerzo al televidente; desde el principio diría quién es el asesino; llamaría la atención de las escenas atrevidas y cuántos desnudos contiene cada cinta. VI Dicen que los Tigres de Detroit estaban fuera de ritmo en la Serie Mundial; es falso; quienes estaban fuera de ritmo eran los lanzadores, nada más; y hasta eso, no mucho: tres de los cuatro juegos fueron muy cerrados. Y a propósito, en los juegos de futbol americano llama la atención que Fernando Von Rossum (padre) diga todo en cinco o seis palabras, mientras que sus compañeros usen 40 o 50 para decir nada, o lo mismo que don Fernando, sólo que sin gracia ni inteligencia.