domingo, 21 de octubre de 2012
Allen y Lester, sus mujeres
Cuando Alvin termina con Annie Hall sale con una reportera de Rolling Stone; juntos van a un concierto y ella, antes y después de copular, sólo habla con citas de canciones célebres; es obvio que se identifica con la protagonista de “Just Like a Woman”; Bob Dylan se inspiró en Edie Sedgwick para escribir esa y otras canciones; algunos afirman que incluso “Like a Rollin’ Stone” hace referencias a Edie (otros cantantes y compositores escribieron canciones acerca de ella, o que la mencionan, o que están dedicados a esa mujer, en cuya vida se basa una cinta, Factory Girl, y hay un libro espléndido, Edie, del que hice una reseña hace casi 20 años que hasta el mismo Batis me celebró).
No sé qué tanto pensó Allen en Edie para escoger a Shelley Duval, extremadamente delgada pero muy sensual, para hacer ese pequeño papel, que comienza a la salida del concierto y termina cuando Annie Hall telefonea a Alvin para que vaya a rescatarla de una araña enorme, pretexto para reanudar sus relaciones.
Pese a lo snob, petulante, de la reportera que dice que es como una mujer, tan falsa como una mujer y que llora como una mujer; pese al escaso tiempo que dura en la pantalla, ese personaje perdura en la mente del espectador, incluso más que las dos mujeres, bellas pero dominantes, con las que Alvin se matrimonia antes de vivir su intenso amor con Annie Hall.
Algo de esa pedantería perdura en el personaje de Diane Keaton en Manhattan, snob que se burla de los arribistas culturales; más cruel es la relación que retrata en Take the Money and Run, cuando la esposa (Janet Margolin) le reclama el olvido en que la tiene, cuando está encadenado a otros presos con los que acaba de fugarse de la prisión (la parodia de Fuga en cadenas), o cuando ella tiene una actitud displicente cuando él no puede desabotonarle la bata para fajar.
En medio de sus problemas judiciales, o líos de comisaría cuando Mia Farrow acusó de abuso de sus hijos a Allen, Diane Keaton no quiso dejarlo solo y lo acompañó en una de sus cintas más directas, Manhattan Murder Mistery; desde el título recuerda uno de los grandes filmes en que trabajaron juntos, Manhattan; hay una escena que remeda la de La dama de Shangai, con el laberinto desesperante del que no se sabe cómo saldrán; Orson Welles sale con aquella frase inmortal, tal vez la más célebre de una historia de amor: “Maybe I’ll live so long that I’ll forget her. Maybe I’ll die trying”; en una escena que pasa casi inadvertida, el personaje de Allen declara que es el más famoso claustrófobo, por la acusación de que acosaba a sus hijos en un ático (por aquellos días Xavier Velasco aseguraba que la siguiente película de Allen sería “Querida, me cogí a los chicos”); Keaton canta, como en Annie Hall, y hay referencias a Domicilio conyugal, de Truffaut y el vecino sospechoso, y muchas escenas suceden en espacios tan pequeños como un elevador, como algunas escenas de Billy Wilder.
*En el frustrado viaje a Los Ángeles encontré una librería, Larry Edmunds Bookshop, muy cerca de los barrios más excéntricos de ese conjunto de conglomerados quesque simulan una ciudad; es pequeña como cuento de Arreola (¿pongo comillas o no?), larga y estrecha como Libros Escogidos y tan desordenada como aquel añorado recinto de tantas amistades y tantas peleas en los años setenta, y que el propio Polo Duarte definía como antro de cultura; pero ésta de Larry Edmunds está dedicada al cine y un poco al teatro; hay pocas novedades y muchos libros agotados, a buenos precios; por mi mal carácter no pude estar más que una hora revolviendo, esculcando, hojeando, cachondeando libros y manuales (¿pongo comillas?; ¿alguien identificará las citas? ¿y los homenajes?); me endrogué (¿pongo comillas?) comprando libros para recortar, con poses y dibujos y vestuario de artistas célebres (antes, aquí podían conseguirse algunos en Arvil; lo mismo homenaje a Busby Beckerly que a Onán), y un par de libros que alguna vez vi en Arvil, pero que no pude comprar y que no resurtieron, ambos dedicados a Richard Lester.
Lester no sólo es venerado por haber hecho dos cintas excelentes (no me gana la pasión) con The Beatles: A Hard Day’s Night –que los españoles traducen como “¡Qué noche la que aquel día!"– y Help! –que los españoles traducen como “Socorro”–; aparte de llevarse a John Lennon a España para filmar How I Won the War, y su fugaz encuentro clandestino con Brian Epstein; hizo dos maravillosas cintas que fueron icónicas de los años sesenta, Petulia y The Knack (and How to Get it) –que los españoles traducen como “El Knack y cómo conseguirlo"–, una obra de teatro que, sin el aura trágica de Hair, representa el espíritu de la época, de lo que se llamó amor libre, y que fue un intento de vivir con una libertad que afrontaba todos los riesgos.
The Knack, segunda pieza teatral de Ann Jellicoe, escrita y representada en Inglaterra en 1962, fue filmada por Richard Lester después de A Hard Day’s Night y antes de Help!; en la obra aparecen cuatro personajes: Tom, Colin, Tolen y Náncy; a ésta la describen como “de unos 17 años. Con el tiempo será guapa, pero su personalidad, su aspecto son aún borrosos e inmaduros. Lleva un traje tan arrugado como un acordeón”. En la cinta de Lester aparecen nueve veces más, contando a las muy espectaculares extras Jane Birkin, Jacqueline Bisset, Pattie Boyd, Samantha Juste y Charlotte Rampling; excepto Boyd de Harrison –aunque Lester le andaba pedaleando la bicicleta–, todas eran debutantes; a una (no la identifico por más que trato) le hacen lo que se llama “butt grabb” (práctica en la que son expertas Jennifer Anniston y Sandra Bullock) en una escalera, mientras espera antes de entrar a una sesión uno supone que erótica con Michael Crawford (el coestrella de Lennon en How I Won the War –que los españoles traducen...).
La vestimenta arrugada que Jellicoe exige para Náncy, Lester la transforma en algo excéntrico (no fuera del círculo exclusivo y mafioso, sino como algo fuera de lo normal) para Rita Tushingham, la muy expresiva actriz de ojos verdes descomunales (una cinta anterior se llama así, La chica de los ojos verdes); su belleza no era ortodoxa, y se prestaba para el elogio de la disidencia, lo hermoso del “outsider”; si Náncy tiene 17 años en The Knack, Tushingham tenía 21 cuando lo representó en teatro, y 24 cuando la filmó para Lester; su vestimenta desaliñada la copia Peter Bogdanovich para vestir así a la extravagante y deliciosa Barbra Streisand en What’s Up, Doc –que se tradujo como La chica terremoto en México, y en España “¿Qué me pasa, doctor?”; no es de extrañar: The Seven Years Itch la tradujeron como “La tentación vive arriba”, y Some Likes it Hot la titularon “Con faldas y a lo loco”. De presentarla ahora en Cablevisión podrían ponerle "Verbo mata carita"; Colin, conquistador, terror de las vírgenes que acuden a él para que les cure su defecto, acostumbrado a que todas lo acosen y se le entreguen, se topa con la inteligente, deliciosa, insegura y rebelde Náncy, quien finalmente vence la prepotencia masculina e impone su presencia; una obra más cercana al absurdo que al teatro psicológico de moda en esos años, la cinta se convirtió en una suerte de desenfreno que desecha la sexualidad tradicional.
Tushingham, traviesa, divertida, es el eje de la película aunque aparecen las bellezas ya enumeradas; por esta cinta Tushingham se convirtió en un icono de los años sesenta, cuando tenía 25 de edad, lo que representó un grave problema, porque muy pocas cintas posteriores tuvieron la calidad de sus primeros filmes: Dr. Zhivago (Shiv a go go, curiosa reseña de aquellos años, pero no logro recordar quién la escribió, a finales de 1966), La trampa, y no muchas más; en los años ochenta fue Alice Tocklas en La vida legendaria de Ernest Hemingway (Annie Girardot fue Gertude Stein y Joe Pesci, John Dos Passos). Difícil haber sido leyenda y luego actriz secundaria de cintas de medio pelo, o insulsas series de televisión. Difícil representar un papel social en el cine, y en la televisión tener papeles de villana, o de tía solterona.
Pero en The Knack es sutil, sorprendente, audaz y temeraria; y de una belleza no sólo extraña, basada en la inteligencia más que en el físico.
(Hace unos pocos años en Uncut interrogaron a Margot Kidder –nacida el 17 de octubre de 1948– acerca de sus romances con Richard Donner, Richard Pryor, Christopher Reeves, y sobre todo con Richard Lester, contestó con una frase contundente: “La inteligencia es mi afrodisiaco”.)
*En A Hard Day’s Night no hay más estrellas que John Lennon, Paul McCartney, George Harrison y Richard Starkey, pero también destacan Wilfred Brabbell (el abuelo de Paul), Norman Rossingtong (en el papel de Brian Epstein, Peter Brown, Mal Evans y Neil Aspinal) y Victor Spinetti, favorito de Lester y quien también aparece en Magical Mistery Tours, como el director del estudio de televisión (up, up, up), o sea el alter de Lester, quien también aparece en el film, como extra.
Pero también figuran un montón de mujeres bellas: Pattie Boyd (en los sets conoció a Paul y se le aventó; fue el primero en besarla, pero luego se la ligó Harrison: la historia es muy larga), Andrea Brett, Prudence Bury, Anne Clune, Rosamarie Frankland, Linda Lewis, Maggie London, Edina Roney, Sally Sheridan, Geraldine Sherman, Susan Whitman y Tina Williams; todas hacen papeles de fans (fanes, dice la Academia) (Boyd trata de tocarlos a través de las rejas del carro de ferrocarril, pero en otras escenas aparece con el grupo cuando cantan “I should have know better”); otras dos tienen un papel más destacado: en un casino del hotel donde los hospedan, el abuelo de Paul mira los pechos de Margaret Nolan y le dice que seguramente ella no tiene ningún problema para nadar; Marianne Stone, como reportera, le pregunta a Lennon cuál es su hobbie; aunque Lennon responde por escrito y no se oye la respuesta, se sabe que, por la expresión de Stone, y el movimiento de la mano de Lennon, fue “tits”. Son muchas extras, pero Lester dedicó a todas unos segundos más de lo acostumbrado.
*Hace unas semanas reseñé una antología de textos literarios o periodísticos, Historias del ring, recopilada por Alejandro Toledo y Mary Carmen Ambriz; aparte de sus cualidades, el libro me hizo recordar tiempos en que uno era feliz, indocumentado y atormentado por las estadísticas; durante mi niñez se dio uno de los mayores periodos de la prosperidad del boxeo; en todas las categorías pequeñas dominaban los mexicanos, y aunque sólo había campeón mundial en el peso gallo, había mayoría en las listas que publicaba cada mes la revista The Ring; en peso pluma el campeón era Pascual Pérez, invencible en esa categoría, pero andaban Memo Díez, Efrén Torres; en gallo escuché la derrota de Raúl Macías frente a Halimi, pero luego la revancha nacional cuando Joe Becerra derrotó a Halimi y se convirtió en nuestro primer campeón mundial (poco antes, Lauro Salas lo fue, pero solo de una de las asociaciones, como lo había sido Macías), pero andaban José López, Joe Medel (se pusieron José luego de ser famosos), Fili Nava, Eloy Sánchez, Lalo Guerrero, Antonio Chiquis Rosales, Ignacio el Zurdo Piña, Mario de León, y al final del periodo, Rubén Olivares, Chucho Castillo, Rafael Herrera; en pluma Ernesto Parra, Ernesto Figueroa, José Moreno, Nacho Escalante; en ligero estaban Babe y Mauro Vázquez, Alfredo Urbina; en welter, Raymundo Torres (luego asesinado en una cantina, como años más tarde lo fue Eloy Gutiérrez, catcher de los Tigres;)incluso en peso medio todos los meses, durante años, apareció entre los primeros lugares Gregorio el Indio Ortega, quien nunca tuvo oportunidad de pelear por el campeonato mundial: andaban Eder Jofre, Harada, Joe Brown, Archie Moore, Carmen Basilio, Sugar Ray Robinson.
Fui a la Arena Coliseo y vi al Chiquis Rosales ganar por nocaut en el tercer round; fui a la Arena México para ver a Joe Medel ganar por decisión al Toluco López, y luego, en la revancha, cómo lo noqueó (ese día pesqué una pulmonía que me tuvo fuera de circulación dos semanas); algunos miércoles, y todos los sábados, veía las funciones por televisión, y admiré peleas extraordinarias; me permitían verlas, porque la mayoría de las funciones estelares las arbitraba mi tío y me retetío Ramón Berumen (pocas veces, Tomás Escalera); un domingo, él, en las puertas de la Arena Coliseo, nos presentó a Blue Demon, y por la impresión me dio fiebre toda una noche; por el boxeo me aficioné a la lectura de La Afición; era una afición heredada; mis tíos paternos iban a la casa algunos sábados para ver la pelea, sobre todo si era de campeonato (nacional); mi padre intentó boxear, y aunque se retiró invicto, fue después de una única pelea. Mi abuelo paterno no se perdía una función en una arena Libertad, por la Lagunilla, con peleas amateur.
Aunque seguí viendo peleas, me inculcaron la afición por el futbol cuando conocí a Humberto Huerta, Alfonso Rodríguez, y con ellos, y Jorge Sánchez López, por el futbol americano que entonces se restringía a los juegos de Poli-Uni; admiré a muchos; en éste, a Mario Yáñez Correa, sobre todo, y creo que fue el último en México que jugaba a la ofensiva como quarter back, como pateador de despeje y de campo, y como safety a la defensiva. El deporte permite admirar a los favoritos pero también a los contrincantes, y excluye el maniqueísmo.
Como Baseball Digest decidió de manera unilateral cambiarme la suscripción por una de cruceros, perdí toda mi información de beisbol; ahora me conformo con ver, sin apasionarme, algunos juegos semanales, y con jornadas completas de futbol americano, y recuerdo con placer cuando, en la infancia, veía boxeo, lucha (no la recuerdo, mi tío Pepe me cuenta que me llevaba a una casa donde tenían televisión, y por 20 centavos nos dejaban ver las peleas), futbol, futbol americano; el beisbol, sólo hasta mi consolidación de la amistad con Cuauhtémoc Valdés y todos sus hermanos. Es una de mis maneras para envejecer más lentamente.
martes, 2 de octubre de 2012
Stone, Anthony, Marcie, Patty, Mamie, Eva
Según el registro de cndba, Sharon Stone ha protagonizado desnudos en 18 filmes, desde Diferencias irreconciliables (donde dicen que Shelley Long muestra más que en ninguna otra cinta, excepto Hello Again) hasta la segunda parte de Bajos instintos (o Instintos básicos); aunque muchos han sido muy audaces, ninguno más atrevido que el de Bajos instintos, hace ya 20 años, a los 34 de edad y en su esplendor; se sabe que hay por lo menos tres versiones de esa película, una de ellas exclusiva para Europa, donde la escena en que cruza y descruza las piernas y donde muestra que sólo usa Chanel#5, es más detallada y más lenta; de hecho, la fotografía de cndb está tomada de allí, y son muy visibles los labios vaginales de una muy atractiva Stone (aunque muchos prefieren la versión europea por la escena donde se muestran los labios vaginales de Jeanne Tripplehorn, violentada por Michael Douglas, a posteriori, como dirían Les Luthiers).
¿Por qué mencionar una cinta cuyos atractivos son los desnudos y no la previsible y sobrevalorada trama? ¿Por qué a Stone se le recuerda no por sus dotes de actriz mostradas cuando no se desnuda, y tampoco se le recuerda por su inteligencia, al parecer superior a su belleza, ni porque es una lectora voraz de poesía, entre ellas la de Octavio Paz? Porque entre sus 80 cintas filmadas ella ha dicho que la que recuerda con más agrado fue la primera que realizó, bajo las órdenes de Woody Allen. Ella la recuerda por el trato que él le dio, la amabilidad, aunque muchos actores se quejan de la frialdad de Allen al dirigir, de que a muchos sólo les da a leer su parte y desconocen de qué se trata la totalidad de la cinta (hay versiones encontradas de eso; lo curioso es que hay demasiados casos de actrices –y actores– que renuncian a los sueldos altísimos a los que tienen derecho por su fama y buena cotización, con tal de ser dirigidos por él, y hay que recordar también que muchas actrices han llegado a la cúspide de su carrera bajo su conducción). Lo curioso es que esa escena de Stone en una cinta de Allen dura unos cuantos segundos, se le ve apenas, de lejos, y no vuelve a aparecer, pero es inolvidable, por ella y por desesperante: en una cruel metáfora de la vida, el personaje de Stardust Memories ve con angustia que va en el tren equivocado, lúgubre, con pasajeros aburridos y tristes, mientras que en la otra vía está un tren luminoso, en plena fiesta, con una mujer esplendorosa, Stone, que va en una ruta opuesta.
Impresiona lo que dura en la memoria una escena de apenas unos segundos. Allen utilizó también a otra mujer caracterizada por lo apasionado de sus personajes, lo tentadora que resulta su expresión de desvalida pero sensual, como Lyssette Anthony; aunque también ha hecho varios desnudos, algunos de ellos frontales, la imagen que viene a la mente cuando la recordamos son de escotes pronunciados pero no pasan de ser escotes; algunas de esas escenas son ingeniosas, como cuando Hugh Grant la admira desde arriba de un caballo, mientras ella se inclina ante su majestad, mostrando generosamente sus pechos, pero no completos.
En Husbands and Wives Anthony hace el mejor papel de su vida, el de una rubia elemental, aficionada a los horóscopos o, mejor dicho, a la astrología; es una cultora de belleza que gracias a su belleza, su atractivo y su sexualidad omnipresentes y poderosos, seduce a un intelectual, y lo hace pasar vergüenzas cuando en una fiesta donde todos hablan de hombres ilustres, ella le pregunta a todos que de qué signo son.
Hubo una época en que incluso los intelectuales buscaban afinidades entre signos zodiacales, y muchos leían sus horóscopos; un poeta no viajaba sin antes leer su horóscopo del día, hasta que alguien le advirtió que en vez de leer el suyo leyera el del piloto del avión; al ver las escenas de Anthony acechando a las otras invitadas, con los horóscopos y comentarios sobre peinados y vestidos es una delicia, y el de ella es un papel diferente al de otras heroínas de Allen, intelectuales atormentadas, o críticas hasta la exageración, como la Diane Keaton de Manhattan que se burla de la pronunciación de algunos nombres (Mahler, Beethoven), y que para coquetearle a Allen (quien ni siquiera es escritor sino guionista) le telefonea para preguntarle si ya leyó la sección de libros dominical del New York Times (y se lleva la respuesta adecuada: apenas voy en los anuncios de ropa íntima); las intensas protagonistas de Allen son complejas, atormentadas, sensibles, inteligentes, pero se complican la vida con mucha facilidad; resaltan la inocencia de Mariel Hemingway en Manhattan y esta Lyssette Anthony que encarna a una muy verosímil mujer lejana a las elites intelectuales pero que conquista a un hombre muchos más inteligente gracias a sus gracias físicas.
Y hablando de horóscopos, no hay que olvidar a la inolvidable Mae West de I’m not an Angel, que rige su vida por ellos, y a quien adivinan su futuro (“conocerás a dos hombres…”); contra su lectura de horóscopos, opone un ingenio invencible y pícaro; no importa, porque se trata de otra cosa, su actuación no intenta convencer de que se trata de algo real; lo importante es que es una mujer contra los prejuicios, pero no como víctima sino como victimaria; la escena donde vence a cada uno de quienes intentan denigrarla en un juicio es divertidísima aunque sea previsible. Lo malo con Mae West es que, como en los cameos de Hitchckock, uno se distrae de la trama por estar pendiente de sus famosas frases; la más citada de las que dice en ésta es la “When I’m good, I’m very good, but when I’m bad, I’m better”, pero casi cada línea que pronuncia, excepto las de enlace, son memorables.
Una diferencia más: Sharon Stone despliega su belleza con una estatura de 1.74 metros; la frágil y al parecer indefensa Lyssette Anthony no parece medir el 1.70 que dice su biografía que es donde caben sus atributos (no queda más que pensar en los versos de Vinicius de Moraes); Mae West, el primero y uno de los más duraderos símbolos sexuales del cine, apenas medía 1.55 (lo que hace pensar en otro verso de Vinicius de Moraes).
*Hay amores eternos que dura lo que dura un triste invierno, dice más o menos Joaquín Sabina; uno se pone a pensar que si Charlie Brown no duró enamorado para siempre de la chiquilla pelirroja, ¿los mortales podrán durar toda su vida enamorados dce un ideal femenino? Durante 1983 y 1984, en los 731 cartones publicados esos dos años no se nombró una sola vez a ese personaje que nunca vimos pero siempre presentimos, fuimos testigos de la turbación de Charlie Brown al mirarla desde lejos, su enmudecimiento cuando pasaba cerca, la vez que se paralizó de nervios cuando ella se apareció en uno de los juegos de su espantoso equipo de beisbol, y por ello debieron sacarlo del juego –y la de malas: Linus lo suplió y consiguió uno de los escasísimos triunfos del equipo desde 1951 hasta 2000; y lanzó tan bien que la chiquilla pelirroja lo premió con un abrazo, que le tocaba a Charlie Brown, pero el destino los separó; en alguna de las historias aledañas, no las que aparecían en los diarios, seis a la semana y uno doble los domingos, fue su compañera en un baile escolar, y lo premió con un beso, pero esas historias (excepto quizá It was a dark and stormy night –los fanáticos saben de qué se trata) no cuentan; son como las cintas, que no logran recrear la atmósfera de la tira diaria.
Durante los primeros años Charlie Brown fracasa en los deportes (la mayoría de las veces, por ineptitud de su equipo, aunque lo culpan a él), no recibe tarjetas el Día de San Valentín, no tiene las calificaciones que merece su inteligencia, mira la vida con mortal enojo, lo descalifican en los concursos de spelling (a causa de su desmedido amor por el beisbol) y sin embargo es el líder de la pandilla que congrega a niños de todas las características; algunos van diluyéndose al grado de que aparecen una o dos veces al año; otro cobran tanta importancia como el mismo Charlie Brown, como los hermanos Van Pelt, Linus y Lucy (el tercero sale pocas veces, aunque de manera decisiva), el pianista Schroeder, quien es el que más se le acerca y lo comprende, aunque es muy aislado. Su ídolo en el beisbol (aunque admira a los ahora inmortales) es tan malo que lo despiden incluso de los equipos de Ligas Menores.
Se enamora de la chiquilla pelirroja; alguna vez está a punto de hablarle, para regresarle un lápiz mordisqueado que se le cayó, lo que lo hace comprender que es humana: el miedo lo detiene todas las veces; Linus sale al rescate, pero se convierte en héroe cuando hace huir a unos que la molestan: Charlie Brown es enemigo de la violencia, y de cualquier manera no puede enfrentarse a los villanos. Un día, a mediados de los años sesenta conoce a Patricia, una niña que vive al otro lado de la ciudad, y que es extraordinaria en los deportes; rompe el equilibrio que había en la no muy hermética pandilla, se hace amiga de todos, en especial de Snoopy, la mascota ingrata de Charlie Brown. Pasó algún tiempo, y también lo inevitable; ella, la Peppermint Patty (no tanto por las pecas sino por el salero con que vive la vida, fracasa en la escuela, y representa lo opuesto a todos los demás personajes), se da cuenta que se enamoró de Chuck Brown, como ella le dice (le cambia el nombre a todos), y lo lamenta: “¿Cómo pude enamorarme de alguien a quien poncho con tres rectas seguidas?”. Charlie ni se da cuenta, porque él sigue enamorado de la chiquilla pelirroja. De hecho, no deja de estarlo, o de creer que lo está; en 1986 se decide a hablarle en dos ocasiones; en la primera ella se limita a darle la hora, en la segunda una lluvia impide el acercamiento; por ello, ni caso hace del enamoramiento de Patty, o Patricia, como le dicen en la escuela; ella no sufre por ello, sólo se deprime un poco, y no llega a los grados de humillación de Lucy por Schroeder o de Sally por Linus(qué bueno que no aparecieron los puritanos que protestaban por estos temas en una tira con personajes infantiles, aunque representaban problemas de mayorcitos); pero aparece Marcie: se considera fea, no tiene habilidades deportivas, se desespera de la incapacidad de Patty en tareas escolares, y a veces se deja contagiar por ella; son opuestas en casi todo, excepto en que ninguna es bella, pero son muy amigas; y como suele suceder, Marcie se enamora de Charles (así le dice) Brown; cuando él sufre una lesión y es hospitalizado por varios días, ella lo vela en un parque, frente al sanatorio, y le grita que lo aman (Sally Brown no tanto: como en cada vez que él sale de viaje o se extravía, la hermana se muda a su recámara, suponemos más grande que la de ella); pocas series son tan conmovedoras como ésa, y donde el lector intuye que, de esa manera inesperada, ella se siente atraída por alguien que tiene, supuestamente, todos los defectos (aunque el lector común se identifica con él más que con cualquiera otro personaje).
En 1983, cuando está de campamento como en cada periodo vacacional, Marcie le escribe, y le reclama que no le conteste; Patty se pone celosa y le escribe; ambas exigen respuesta, pero Charlie Brown no puede vencer la timidez, por más que Sally lo increpe: “kiss her, you blockhead!”. Aunque cada vez aparezca menos, aunque no sea continua su presencia, la chiquilla pelirroja sigue en los sueños de Charlie Brown. La tira comenzó a publicarse el 2 de octubre de 1950, hace 62 años, y nunca envejeció. Y es curioso cómo Charlie, enamorado de una, no advierte que dos se enamoran de él.
*¿Son peligrosas las mujeres? Mark Gastineau había cumplido 30 años, y fue el primer jugador de la NFL en conseguir cien capturas y media de mariscal de campo; era imparable, ninguna línea ofensiva podía detenerlo, y los mariscales contrincantes se veían constantemente en el suelo, mientras su verdugo emprendía un baile bastante ridículo pero que pronto se hizo popular; era el mejor jugador a la defensiva no sólo de su equipo, sino de las dos conferencias. Como ahora es muy común, aunque antes no tanto (bueno, sólo Mamie van Doren irrumpió en la vida de Bo Belinsky, lanzador de los Ángeles de Los Ángeles –luego Serafines, luego de Anaheim—, y de ser el mejor pitcher de su equipo, fue decayendo hasta terminar con marca de 28-51 de por vida; de nada le valió ser el primer lanzador de aquel equipo en tirar un juego sin hit ni carrera; se dice que aparte de aquella voluptuosa y mala actriz fue seguida en la vida de Belinsky por Ann Magrett, Connie Stevens y Tina Louise. Pese a su efímera carrera, seguramente no se quejó; murió relativamente pronto; antes que él, Babe Ruth cortejó a varias actrices de teatro de Broadway, pero ninguna lesionó su carrera; Joe DiMaggio fue lo suficientemente inteligente como para entender que no podía combinar el beisbol con su romance con Marilyn Monroe, y prefirió retirarse aunque Yanquis le ofreció el salario más alto para aquella época: 105 mil dólares por la temporada de 1952; hace poco, Jessica Alba desestabilizó la carrera de Derek Jetter, pero cuando el contagio fue también orgánico –un herpes indiscreto–, Jetter se deshizo de ella y está por completar una carrera íntegra y lujosa, lo que no sucede con Álex Rodríguez, quien con sus romances, sobre todo con Cameron Diaz, ha perdido la categoría de superestrella), Gastinieau conoció a Brigitte Nielsen, y se enamoró de ella; Nielsen había tenido romances con Tony Scott, con Schwarzenegger y un matrimonio con Sylvester Stallone. Después, anduvo con muchos más, ya no era Nadia para nadie. Nielsen consiguió que Gastineau se retirara cuando le hizo creer que estaba enferma de cáncer. Cuando él se dio cuenta de la mentira, ya era tarde, no pudo regresar al juego, y en cambio ha caído en la cárcel por violencia doméstica, y tuvo que allegarse a un ritual religioso para corregirse.
En el futbol americano, Jessica Simpson por poco echa a perder la carrera de Tony Romo, aunque éste sigue jugando como si estuviera celoso todo el tiempo de la muy coscolina y descuidada Simpson (abundan en youtube los videos donde ella muestra su intimidad azul celeste, como en un poema de Roberto Fernández Iglesias); y ahora Mark Sánchez puede peligrar, porque cayó en las garras de Eva Longoria, quien ya sufrió una infidelidad y no está dispuesta a que no le haga caso el mariscal de Nueva York. ¿Cuántos escritores mexicanos podrían aconsejarlo porque vivieron eso en carne propia, aunque conocían la historia de Pigmalión?
miércoles, 26 de septiembre de 2012
Miguel Capistrán y Javier Ibarrola
Los recuerdos se acumulan en estos días, que no han sido fáciles; y ante la soledad que se siente, es preferible acudir a los recuerdos gratos ante las personas que se van.
A Javier Ibarrola se le tenía miedo, antes de conocerlo; su físico imponente, una corpulencia de acuerdo con su estatura y a su gesto de rigor, más su conocimiento de la disciplina militar que estaba dispuesto a imponer en las tareas periodísticas, hacían que uno pensara que era de difícil trato, pero se desvanecía apenas se cruzaban palabras con él; de lo primero que recuerdo de nuestro trato fue la explicación de “cajas destempladas”, con lo que pude apreciar la escena de la expulsión del serrano Cava en La ciudad y los perros, por la atmósfera lúgubre de su sonido, con el que se despide con deshonra a alguien en el ejército, y que encaja muy bien como metáfora cuando alguien se va de un sitio donde no es bien recibido.
No es que no fuera riguroso: en alguna ocasión, para que los secretarios de redacción de El Financiero usaran todos los elementos que brindaban (con deficiencias, es cierto) los programas para la formación de las páginas, hubo quien firmó “bajo protesta”; eso bastó para que lo despidiera del diario; Javier era el jefe de redacción, y bajo su mando la mesa era alegre, dicharachera, alburera; él no perdía ocasión para alburear a quien se dejara, pero era más blando de lo que parecía, y con frecuencia era víctima de la mesa en general (las mesas de redacción, los talleres de los periódicos –y en general de las imprentas– son escuelas inmejorables para el difícil arte del albur), que lo hacía caer en trampas no siempre visibles; respondía con bravura, no siempre triunfante. En alguna ocasión, vencido por dos o tres de los que más congeniaban con él, se levantó y desenfundó el bíper, entonces tan de moda, y su víctima palideció, porque Javier había presumido esa tarde de algunas armas antiguas que había adquirido.
Era pródigo en anécdotas, y como en el buen periodismo, contaba sin pena algunas erratas que se le habían escapado; y como buen periodista, no se avergonzaba de narrarlas sin tratar de disminuir su impacto; no eran muy graves, pero refería con frecuencia cuando se le escapó, en una primera página, “la azúcar”, y a 30 años de distancia seguía lamentando esa errata que, como todas las erratas, tiene alguna explicación (que no justificación): la premura con la que se redactan las notas, la escasa oportunidad de revisar las páginas cuando está cerrando el periódico; no pocas veces, la distracción (una errata esconde otra, es una de las máximas del oficio), una llamada telefónica inoportuna que obliga a una revisión no siempre detenida, las dudas que no pueden resolverse porque ya están los del taller exigiendo las últimas páginas; no pocas veces, la presencia de alguna mujer que llama la atención, y a Javier le llamaban la atención muchas compañeras de la redacción; no era infrecuente que cuando Alejandro Ramos, el director, preguntara por él, alguien respondiera que la última vez que lo habían visto era platicando con alguna reportera guapa.
Tenía muchas anécdota, casi todas muy graciosas; pero sobre todo era un buen recopilador de dichos y refranes que aplicaba con oportunidad a los compañeros, a los reporteros, a sus jefes y a sus subordinados; algunos de ellos: “solitas van al agua sin que nadie las arree”, cuando veía que alguna reportera coqueteaba con los jefes; “con estos bueyes hay que arar”, cuando uno de sus subordinados cometía el mismo error dos o tres veces en una misma tarde (lo que también es muy frecuente); “cuando una vaca dice no pasa, no pasa, y cuando una hija dice me caso, se casa”, cuando se encontraba con algún necio. “Quédense con su miadero”, decía al recordar una manifestación en que todos proclamaban “me adhiero”, y lo decía cuando no estaba de acuerdo con alguna nota, o con la jerarquización de las noticias en una página; y cuando había frecuentes contraórdenes, decía, con su voz de militar, “baja el piano, sube el piano”, que no necesita explicación.
Como los periodistas que lo son en verdad, era muy bueno contando chistes, y al revés de los que saben platicarlos, también sabía oírlos, y los celebraba; por eso, bajo su tutela, la mesa de redacción de El Financiero era una fiesta.
Personalmente le debí mi cambio de la sección de Deportes a la jefatura de la mesa; el trabajo nunca es fácil, y se repiten las rispideces, los momentos difíciles, a veces los enojos y los malestares; Javier, como ninguno de los buenos periodistas, trataba de evitarlos; pero como pocos, no guardaba rencores por esos momentos, y al día siguiente de haberlos padecido su trato era tan gentil y caballeroso como si nada hubiera sucedido, y no pocas veces se disculpaba por algún exabrupto, lo que sí es difícil en el medio, tan lleno de rencores. No fueron muchos esos momentos difíciles, y en cambio hubo muchísimos agradables, porque el periodismo en un oficio noble que, además, ofrece la satisfacción de cumplir a diario un deber, y compartir el mérito con los demás; pero su bondad no era incondicional, y pedía el mismo rigor que él trataba de aplicar; no toleraba la indisciplina (que no confundía con la desobediencia) y admiraba el buen desempeño.
Trabajar juntos, en un ambiente tan tenso como es una mesa de redacción no propicia las amistades, sino hasta que alguna de las personas involucradas se cambia de trabajo; la amistad es no un reflejo sino una reflexión, y por eso hay tan pocos amigos; pero Javier Ibarrola ofrecía su amistad sin condiciones, incluso a quienes veían con reparos su afecto y admiración al ejército; hijo y hermano de militares (uno de ellos se ganó la gloria con una de las mejores canciones de nuestra música sentimental, “Página blanca”, y era sobrino de José Alfredo Jiménez, de quien contaba deliciosas anécdotas y explicaba algunas de sus canciones compuestas en clave; no deshonro a quienes vivieron esa aventura: el famoso caballo blanco que salió un domingo de Guadalajara, y que llegó con todo el hocico sangrando, era un automóvil de lujo, blanco, en el que José Alfredo, Chavela Vargas –a quien Uncut le dedica un obituario en su número más reciente) y alguna otra persona continuaron una parranda, con una trayectoria que se narra en la canción, y que dejaron inservible en Baja California, luego de varios días de juerga ilimitada, sin lugar para la cruda [sin albur]), en realidad admiraba a los militares y le dolía saber que alguno de ellos rompía el código de honor y de honradez que debe regir en el medio; le costaba trabajo admitir que alguno se corrompía, y muchas veces justificaba los medios que usaban para mantener el orden. Los momentos más difíciles para Javier fueron los días cercanos a la rebelión zapatista en Chiapas, y fue muy duro para él tratar con una mesa donde todos estaban de acuerdo con los indígenas que declararon la guerra al gobierno mexicano.
Decía que a él le debí mi promoción en el diario, pero nunca dejé de considerarlo mi jefe, incluso cuando emigró hacia otros diarios; tuve el honor de promover su libro sobre el ejército, pero también fui testigo de la frialdad con que lo recibieron en el medio, lo que le dolió, tanto como haberse ido a un diario que fracasó der manera lamentable; no fue el final que él quería para coronar una larga carrera llena de virtudes en el periodismo mexicano. Una tarde, llena de chamba, descubrimos que habíamos vivido en la misma calle, al mismo tiempo, Escuela Industrial; no nos tratábamos, ocho años de diferencia en la infancia son muchos, pero fue amigo de mis tíos, o de dos de ellos, y conocimos a las mismas personas: la señora Perrusquía, Candelaria, el doctor, los de la vecindad, Toy...
Las redes sociales sirven para algo más noble que el intercambio de insultos sin argumentos, o de la presunción de la inutilidad y de la, como decía Carlos Fuentes, sacralización de lo baladí; gracias a ellas, uno mantiene contacto, aunque sea momentáneo, con amigos que el trabajo, la distancia, la edad, van alejando. En ellas nos carteamos algunas veces, compartimos algunas bromas, y le dimos continuidad a la camaradería que tuvimos en El Financiero. Varias veces discutimos, y no compartimos muchas opiniones, puntos de vista o afinidades políticas o sociales (sin que éstas fueran motivo de peleas); le hice bromas, pero en privado, aunque no niego que me haya reído cuando le hacían bromas a él o lo albureaban; como todos, me referí a él como “El General”, que era su sobrenombre más conocido; ya retirado de El Financiero, nos visitó una tarde, y como todos lo bromeaban, me pidió que los pusiera en orden; no pude evitar contestarle que era porque él le daba por su lado a los secretarios de redacción; sus carcajadas fueron las más sonoras.
No era dado a las confesiones íntimas, sin embargo, siempre me confesó su única debilidad: el amor a sus hijos. Y sus momentos más difíciles, cuando una de sus hijas estuvo muy enferma; no compartió sus preocupaciones, y el que lo haya hecho conmigo me confirmó que pese a nuestros desencuentros y polémicas, me consideraba su amigo.
Nunca dejé de extrañarlo.
Más inesperada fue la muerte de Miguel Capistrán. Y duele porque no pude reconciliarme con él.
En mis primeros meses en El Financiero publiqué, en la sección cultural, una nota sobre la canción “Antonieta”, que se interpreta en Danzón, la cinta de María Novaro, mientras María Rojo camina por el malecón de Veracruz; la letra es la adaptación de un poema de Xavier Villaurrutia, pero sólo Vicente Quirarte y yo lo notamos, o mejor dicho, lo publicamos, cada quien por su lado; me pregunté en la nota si era el danzón que Villaurrutia compuso para un cumpleaños de Antonieta Rivas Mercado (una famosa fiesta en que varios literatos, en complicidad con amigos músicos, compusieron danzones para la amiga y contemporánea de los Contemporáneos); al día siguiente de publicada, me llamó a la redacción de Deportes, para comentarme la nota; reanudamos una amistad que había nacido cuando Miguel coordinaba el programa Encuentro, y gracias a él conocí a varios escritores visitantes; entre ellos, a Norman Mailer, con quien platicamos Lourdes y yo varios minutos en el Museo de las Intervenciones, en Coyoacán; lo había perdido de vista, aunque seguía leyendo sus entrevistas, ensayos, y sus antologías de Villaurrutia, Jorge Cuesta, y su libro sobre los Contemporáneos.
Pronto volvimos a vernos, y formamos una agradable tertulia en una cantina, El Tío Pepe, en Sinaloa y Cozumel, a la vuelta de donde estuvo la casa de La Bandida (bueno, la segunda casa de La Bandida), que integramos con Marco Antonio Pulido, Juan José Utrilla, Salvador González, a veces Rafael Vargas, en muchas ocasiones Víctor Díaz Arciniega, a veces Mario Magallón y esporádicamente Arturo Basáñez; en alguna ocasión llegó Ramón Córdoba, y cuando tenía tiempo, Diego.
En más de una ocasión (y a veces en otra cantina, como La Caminera) Miguel nos dejaba mudos con su libro sobre Jorge Cuesta; un día no pronunciamos palabras, asombrados, por el poder narrativo de Miguel al reconstruir la vida azarosa de Cuesta, y cómo iba escribiendo un libro que, si terminó, será deslumbrante; de pronto nos sorprendía con sus conocimientos de los otros Contemporáneos, los no famosos, como Celestino Gorostiza, sobre quien escribió el documento más completo, en que abarca su vida y sus obras. Si alguien tenía anécdotas era él: la de la coordinadora de un programa televisivo que en una ocasión invitó a un panadero, homónimo de un escritor alemán, a un encuentro entre dramaturgos; las borracheras de algunos escritores que terminaron en las delegaciones.
¿Cómo le hacía Miguel para enterarse de los problemas económicos, domésticos, conyugales, de los escritores y pintores mexicanos? Cada semana, cada viernes, nos asombraba al relatarnos la última infidelidad de alguna escritora, los pleitos sucedidos en esos ocho días; o, si no, los que vivieron los escritores de otras épocas; nos explicó quiénes le pusieron trampas a una política para desprestigiarla y evitar que llegara al poder porque pensaba expropiar, de nuevo, la banca mexicana; cómo investigaron su vida, sus gustos, los hombres por los que tenía debilidad, e hicieron que tuviera intimidad con un hombre prefabricado, encontrado después de buscar uno con las características adecuadas para enloquecerla; se sabía los chistes que se contaban en Los Pinos, en cada secretaría y en los corrillos de Conaculta; sabía el motivo de las remociones, de las promociones, y estaba al tanto de las novedades literarias, las que leía con objetividad asombrosa; riguroso, se burlaba de muchos investigadores que descubrían cosas que él había descubierto mucho antes, y establecían categorías que él inventó; modesto, nunca trató de imponer sus méritos, aunque se los fusilaban y, peor, no lo consideraban aunque se apropiaran de sus puntos de vista y sus muchos hallazgos; a él se debe la diversidad de las Obras de Villaurrutia, cuando menos en la misma medida que Alí Chumacero y Luis Mario Schneider; lo único que le molestó fue le piratearan sus Obras de Jorge Cuesta, con todo y un par de errores que él ya había enmendado. Fanático del cine, la música, su verdadera pasión era la pintura, aunque es uno de los aspectos más desconocidos de su labor de investigación.
Tuvimos un desencuentro, porque cometimos un error: tratar de hacer un libro juntos, y ya se sabe que los trabajos en conjunto entre amigos terminan mal; la ilustración de un libro, a cargo suyo, fue rechazada en términos groseros por una editorial, y no fui capaz de explicárselo a Miguel sin lastimarlo, pues lo acusaban de aprovecharse de otros trabajos; una vez más, la amistad se interrumpió, aunque no el afecto; me divertí muchísimo cuando supe que ingresaría a la Academia de la Lengua, de la que tanto se burló, del poco aprecio que sentía por muchos de sus miembros, y de lo poco que respetaba a otros; de igual manera, descalificaba a muchos, que después serían sus colaboradores o compañeros.
No pocos elementos que me hacen parecer riguroso se los debo a señalamientos suyos que, generoso, hacía notar. No pocos de los aciertos de mi Baúl de recuerdos se debe a su información o a sus correcciones. Él, con Carlos Pascual, hicieron una fiesta muy divertida cuando se presentó el libro.
No fui consciente de su enfermedad; en las reuniones sólo bebía campari, la única que le permitían sus médicos, pero no objetó un vino de la casa, en un restaurante especializado en paellas, que a los dos nos afectó, más a él que a mí y que a Marco Pulido lo dejó intacto.
Me acompañó en una ocasión a mi Taller de Lectura, después a una comida, y después a otra tertulia en casa de la hermana de Carlos Fuentes. En el Taller dejó a todos con la piel china cuando contó el día que Xavier Villaurrutia se le apareció, y le reveló en dónde encontraría unos inéditos suyos; supongo que no fue el único día que se le apareció Villaurrutia (o Cuesta, o su exjefe Salvador Novo) y eran quienes lo mantenían informado de los chismes más sabrosos de la política y de la intelectualidad mexicana, y que le comunicará lo que siento por no haberme despedido de él.
miércoles, 5 de septiembre de 2012
Vargas Llosa, Valdés, Martínez Solares, surrealismo
Aunque me gusta hablar de cine, se supone que el propósito de errataspuntocom (inicial) es señalar los errores, no los comunes ni las erratitas ni las transposiciones ni la equivocación en las teclas, tan comunes en todos los libros, aun los más limpios; no tiene mucho chiste con la mayoría de los libros actuales, en manos de los propios autores que se envician con sus textos y no ven el error que encuentra a primera vista un ojo ajeno e imparcial, pero que muchas editoriales ya no consultan pues confían en el autor; y hay autores tan vanidosos que prohíben que unos ojos ajenos vean sus textos, y entonces se cuelan errores divertidos aunque inocuos, como los “parajitos” en vez de “pajaritos”; hay otros que aunque se les corrija incurren en el mismo error, sólo porque quien se lo señala no pertenece a su círculo de íntimos.
En fin; releo por séptima u octava vez en mi vida La ciudad y los perros, que leí en 1971, a casi diez años de su primera edición; mi ejemplar, de ese año, que conseguí con descuento por gestiones de Gustavo Sainz, tiene las huellas de las relecturas, y aun así lo conservo en buen estado; por la misma fecha compré en la Librería del Sótano (la buena, no la Librería El Sótano) una edición pirata de La Casa Verde (José Godard editor), aun así autografiada por el propio Vargas Llosa por gestiones de José Emilio Pacheco, cuando se presentaba Pantaleón y las visitadoras en La Casa del Libro, enfrente del ahora Centro Coyoacán, unos días después de haber publicado una insolente reseña del libro, pero que me fue premiada por Vargas Llosa nombrándome su “valedor” (mi ejemplar de Los cachorros, segunda edición, está dedicada a Los Incansables –Lourdes y yo, que lo habíamos perseguido todo el día, primero en el Club de Periodistas, luego en la Capilla Alfonsina y al final en esa librería, a donde pude colar esos ejemplares con la complicidad de Fernando Valdés); celebré la buena edición de Alfaguara, pese a que insisten en decirle La casa verde; en cambio, deploré la edición dizque limpia y definitiva de Conversación en la Catedral (de la que sí tengo la primera edición), llena de erratas que parecen mal intencionadas o que corrigieron con el inconsciente (“la mamita” en vez de “la manita”; “ay, papá, sobre papá” en vez de “pobre papá”, pero hay muchas otras).
Ahora aparece una edición conmemorativa de La ciudad y los perros de parte de la Real Academia de la Lengua; en El Librero del domingo 26 de agosto en El Universal tuve a mal señalar algunos de los aspectos de la edición; me queda agregar que los comentaristas insisten en decir La casa verde, cuando debe ser La Casa Verde (así lo escribe, correctamente, José Emilio Pacheco en el cuaderno que acompaña el disco de Voz Viva de México; así se escribe en Antología mínima de M. Vargas Llosa, aunque Vargas Llosa, en Historia secreta de una novela, escriba “La casa verde”, ¡en cursivas y entrecomillado! (este cuaderno, de Tusquets con tipografía verde, está dedicado, detalle olvidado, a Carlos Fuentes); hay otro detalle, que escribí en esa reseña, pero no con claridad: en la Antología mínima de M. Vargas Llosa (Editorial Tiempo Contemporáneo, Argentina, 1969)se reproduce una mesa redonda con Luis Agüero, Juan Larco, Ambrosio Fornet y el propio Vargas Llosa, en donde se analiza La ciudad y los perros. Los integrantes hablan de la estructura, de la influencia de lo policial, de los aspectos sociales, de los personajes más importantes (y hasta se llega a insinuar que el más importante es la Malpapeada), y se discute quién mató al Esclavo; se insiste en que Ricardo Arana, El Esclavo, no puede salir del colegio primero porque lo sorprenden dándole al Poeta los resultados del examen de química, que se habían robado los integrantes del Círculo, mejor dicho uno de ellos, Cava; éste, al brincar por la ventana del salón dónde están los exámenes recién mecanografiados, rompe un vidrio; como resultado todos los alumnos que estaban de guardia (imaginaria, término militar) son castigados sin salir los sábados hasta que se encuentre al culpable; lo peor del encierro es que Arana no puede ver a Teresa, de la que se encapricha, y en cambio ella comienza a salir con el Poeta, quien va a verla para disculpar al Esclavo por faltar a una primera cita; desesperado, Arana delata a Cava, quien es expulsado del colegio; en la siguiente maniobra militar Arana es muerto, no se sabe si por una bala perdida o por un disparo del Jaguar, jefe del Círculo al que pertenece Cava.
Pero en las primeras páginas del libro, cuando Cava pregunta quiénes están de guardia, para cuidarse al ir a cometer el robo, el Jaguar responde “El poeta y yo”; “¿Tú?”, pregunta Cava; “Me reemplaza el Esclavo” (página 11 de la edición de la Real Academia Española y la Asociación de Academias de la Lengua Española); al descubrir el hurto, las autoridades castigan a los guardias, pero no tenían por qué saber que el Esclavo reemplaza al Jaguar; de ser así, ambos serían castigados de manera más severa; las autoridades ni lo saben, es decir, el Esclavo no tendría por qué estar encerrado, y podría visitar a Tere sin tener que delatar a Cava; ninguno de los comentaristas en esta edición, ni siquiera quienes resumen el argumento de la novela, reparan en que Arana no tendría por qué estar castigado.
La novela no deja de ser extraordinaria, ni puede solucionarse omitiendo el dato de que el Esclavo reemplaza al Jaguar, porque muestra desde el principio el dominio que mantiene el Jaguar sobre él, pero revela una falla en la lógica del libro.
*Por burocracias en el condominio tenemos que ir al mercado Ramón Corona sin automóvil; como los domingos Mariano Escobedo-Avenida Cuitláhuac-Robles Domínguez casi no tiene tránsito, apenas nos tardamos un poco más que si viajáramos en el auto; a pie, decidimos pasear un poco por el parque María Luisa, entre Buen Tono y Fundidora de Monterrey; aunque está en reparaciones, podemos ubicar el sitio donde chocan Arreolita y Wolf Ruvinskys, la casa donde entran a robar el Peralvillo y secuaces y a la que llevan al cerrajero Marcelo Chávez a que abra la caja fuerte (“¿se le olvidó la combinación, jefe?”, pregunta inocente; “sí, no me acuerdo dónde la dejé”, le contestan), pero es imposible ubicar dónde estaba el puesto donde René Ruiz vende tortas y refrescos, ni la banca donde Germán Valdés da grasa a quien se deje (“grasa, joven”, le dice a un anciano, quien contesta “gracias, joven”); ubicamos la esquina donde Rebeca Iturbide pasa por Valdés para llevarlo como cómplice a un juego de poker. En una de las bancas besa a la rejega Perla Aguiar, menos pícara pero más auténtica que en Doña Mariquita de mi corazón o en El casto Susano; Valdés lleva un tinte para mejorar los zapatos, muy jodidos, de Aguiar, y se los quema; de manera casi inadvertida, ella levanta una pierna para poner el pie sobre el cajón de bolero y muestra algo del muslo interno, apenas un par de segundos y unos cuantos centímetros; comparado con lo mucho que muestran ahora las actrices, es muy poco, pero mucho para esa época.
Con Aguiar, Valdés se porta ansioso pero con cierta caballerosidad; se le cuecen las habas por fajarla, y por ello la apresura para que vayan al cine (a ver una de Pedro Infante y otra del propio Tin Tan); ella aceptaría, pero está preocupada porque su padre Marcelo no fue a dormir (“sería que no tiene sueño”, cavila Valdés), y no tiene dinero ni para comer; Valdés la procura, le consigue chamba, y parece dispuesto a respetarla, pero cae en las garras de Iturbide, quien no pierde su expresión fría pero cachonda; se deja abrazar y besar por el no tan ansioso Valdés, y aun le reclama que haya coscolineado con una invitada bastante potable y coqueta (¿Lupe Llaca, Magdalena Estrada, Lily Aclemar?); la llegada de la policía interrumpe el faje; aun preso, protege a Iturbide, y sólo cuando ella se entrega y declara que es inocente, él la abandona a su suerte, para ir por Aguiar, pero cae en una trampa del Peralvillo, de la que se salva por perseguir un puerquito en los alrededores del Monumento a la Raza (pasa un camión Fundidora, a lo lejos; ya no existe la línea de camiones, ahora pasa la línea 3 del Metro y un metrobús, pero el entorno apenas ha cambiado) y ella es apresada; por liberarla pelea con un boxeador profesional, está dispuesto a vender un ojo, y escala un edificio supliendo a un hombre mosca.
Tenía fama Valdés de aprovecharse de sus coestrellas, que no simulaba el beso, que les metía la lengua en la boca, que su placer por verles las piernas y las caderas era real, no actuado. Si eso fue cierto, seguro que cortaban la escena y la repetían; sin embargo, hay un regodeo innegable de Valdés con ellas; ahora sería catalogado de acosador, y en varias cintas se gana una cachetada que también disfruta; pero su asedio no es fugaz, no quiere dejarlas inútiles para él y para los demás; se casa con Rosita Quintana en Calabacitas tiernas (aunque besa a todas las otras damas jóvenes), igual que con Alicia Caro en El Ceniciento y que con Silvia Pinal en El rey del barrio; con Ana Bertha Lepe en Lo que le pasó a Sansón y con Lilia Prado en El que con niños se acuesta; queda comprometido con Meche Barba, con Marga López, Perla Aguiar, Rosa de Castilla (golpe tras golpe la deja por otras: Gloria Mange, Rosita Fournés, las bailarinas de “Piel canela”, y una extra con la que protagoniza uno de los bailes más cachondos de la época, en El mariachi desconocido), con Rebeca Iturbide (en ¡Ay, amor, cómo me has puesto!, en la que tiene la decencia de no aprovecharse de la muy ganosa Lupita –Lucrecia Muñoz), Evangelina Elizondo, Sonia Furió, Luz María Aguilar, Tere Velásquez, Lorena Velásquez, Renee Dumas, Rosita Arenas, Irma Dorantes, Lilia del Valle, Ana Bertha Lepe, Yolanda Varela… aunque se faje a muchas otras.
Gilberto Martínez Solares es uno de los pocos directores mexicanos que tratan con delicadeza a la mujer, aunque sean objeto del deseo; son tan protagonistas de las tramas tanto como el propio Germán Valdés; las coestrellas a las que se faja no las humilla, ni las considera pasajeras, aunque en compensación las pone a disfrutar tanto como el propio Tin Tan… no son pasajeras ni víctimas del pecado; no son las abandonadas por Pedro Infante en Los tres García, ni son las entregas inmediatas ni las chamaconas de Dos tipos de cuidado; Valdés no es un marido mandilón, como Rafael Baledón lo es de Lilia Michel, pero sus parejas no pasan a un segundo plano como casi todas las esposas del cine mexicano.
Al revisar a las mujeres de Woody Allen me di cuenta para mi placer, que debo ver de nuevo varias cintas suyas que tengo imprecisas; así me sucede con las otras heroínas de Gilberto Martínez Solares…
*Ya estaba resignado a que me perdería la exposición del surrealismo en el Munal; un intento quedó frustrado porque las autoridades del Museo consideraron que a Nahúm le interesarían más las insulsas pláticas de los guías que minimizan la obra de José María Velasco y de Casimiro Castro; hubiera sido mejor perderme el surrealismo, con cuadros que no son surrealistas, con una sola obra de Alice Rahon (con Lilia Carrillo, mis pintoras favoritas), con Riveras que no son surrealistas, con un puñado de Lamm no muy representativo; no es una colección, sino un amontonamiento sin criterio de curador, con préstamos de varias colecciones particulares pero no especializadas; en el acervo de Bellas Artes y en el Museo Tamayo hay más muestras de surrealismo menos pretenciosas, más pertinentes, más definidas; ¿y de veras Miró es surrealista? ¿Al menos, lo expuesto de Miró es surrealista? ¿Y no pudieron conseguir algún Klee?
Las autoridades culturales ven algo no figurativo y creen que es surrealista…
*Circula en youtube un video muy divertido de Daniel Barenboim dirigiendo, en vivo, el Boléro; apenas hace movimientos de la batuta, casi todo el tiempo con los brazos colgando, y una que otra indicación; termina, claro, en La Mayor (euforia); el domingo 26 se transmitió por el canal universitario el concierto de la Sinfónica de Minería en que interpretaron, de manera virtuosa, varias obras de Ravel, y terminaron con el Boléro; como Barenboim, y como lo hizo Mata en 1968 al frente de la OFUNAM, Carlos Miguel Prieto dirigió sin partitura, pero al revés de Barenboim, y como Mata en 1968, con gran euforia, aspavientos, y terminó tan agotado que debió recargarse, aunque después repartió flores a toda la orquesta que tocó sin falla; la televisión mostraba la partitura de quien tocaba la tarola (creo que su partitura, más o menos visible, decía “tan tan tan tan, tan tan tan tan, tantantantantatantán”); ya se sabe que la verdadera tarea está en los ensayos, pero esta orquesta se luce en vivo, bailan y disfrutan todos, y sus integrantes parecen maestros de estatura mundial. Repito lo que dicen algunos músicos: Prieto no sabe dirigir, pero sus músicos lo respetan. Lo malo fue la transmisión, con fallas en el sonido. Pese a eso, se apreció el concierto (aunque el Boléro sea poco valorado por muchos melómanos).
*Luis Cruz está imparable; el viernes hizo una atrapada que impresionó a todos, incluido Adrián González, que se quedó con la boca abierta; lleva seis juegos pegando de hit, con .342 en los últimos diez juegos, y más de .400 desde que está de titular como tercera base de los Dodgers, aunque ayer cometió su tercer error del año.
*Y qué mala onda de que el único partido de Pirinkova que trasmitieron fue en donde Ana Ivanovic (sin la picardía ni la sensualidad de hace apenas cuatro años) no le permitió lucir su juego ni su elegancia. Pirinkova no parece tenista, parece antropóloga interesante.
domingo, 19 de agosto de 2012
Paréntesis: dos viajes de un sedentario
Antes de seguir con el recuento de la pasión de Woody Allen, y algunos otros directores, por las mujeres bellas e inteligentes (y si saben cocinar, mejor, como diría Eulalio González Piporro), hago el relato de dos viajes en dos semanas, y con éstos, tres en el año, yo que me precio de ser sedentario, de aburrirme en las carreteras, de pensar en el avión de la maravilla que es que se sostenga en el aire un objeto más pesado que el aire (la reflexión es de Arturo Serrano), que creo que todas las playas son iguales, de no conocer en los viajes más que el lobby de los hoteles, y de considerar que viajar ya no conlleva más conocimientos que la diferencia de precios entre la provincia y la capital.
Adolfo Castañón me embarcó en el primero; me invitaba a dar una conferencia en el Museo Andrés Lira; asombrado por el reconocimiento a un historiador en plena vida y juventud, acepté; en realidad se trataba de una charla en el Museo Miguel N. Lira, en Tlaxcala, Tlaxcala, y acerca de Rosario Castellanos; pasaron por nosotros, nos alojaron en un hotel que invitaba a conocer la ciudad (por lo estrecho del cuarto), aunque con la ventaja de una regadera cómoda, y de la cercanía con la sede del Museo, aunque con la desventaja de que está de subidita, y como hace años (cerca de 25) dejé de jugar beisbol, cualquier esfuerzo extra me cansa mucho (fuera del beisbol, nunca he hecho demasiado ejercicio: prefiero las escaleras eléctricas del Metro a las fijas, sobre todo por la recomendación de los médicos, pues presumir de fortaleza conlleva un debilitamiento de las rodillas, las mías débiles de por sí a causa del pie plano y baro); la ventaja al salir es que estaba de bajadita, y desemboca en uno de los muchos jardines que hay en Tlaxcala.
Viajar ilustra, dicen los viajeros, pero eso era cuando los viajes eran en barco, y entonces lo mejor era estarse semanas en la ciudad que se visitara, pero ahora que estar más de una semana desestabiliza el presupuesto, viajar no hace que uno conozca nada; a pesar de eso, tuve que contestar, al día siguiente de haber llegado, qué me parecía Tlaxcala, Tlax. Me parecía extraño que la vida, excepto la que se lleva en las cafeterías, terminara tan temprano. Salimos de la Anzures cerca de las 16:30 horas, y 120 minutos después apenas íbamos entrando en la carretera a Puebla: obras en el Circuito, embotellamientos a causa del embotellamiento en Ejército Nacional, marchas con cualquier motivo, provocaron una velocidad de siete kilómetros por hora en varios tramos; parece venganza de los funcionarios capitalinos contra los capitalinos; algo que entorpece más es el carril exclusivo del metrobús, que no ayuda a la circulación y en cambio reduce a la mitad, o a nada en ciertas calles, el tránsito vehicular.
Cuando llegamos a Tlaxcala apenas tuvimos tiempo de registrarnos; me comuniqué con la maestra Guadalupe Ruiz, una anfitriona amable y divertida, que nos aconsejó que cenáramos, y que al día siguiente ya nos veríamos; de cualquier manera salimos, sólo para encontrar vacías las calles, los comercios cerrados, y mucha gente tomando café y ejerciendo su derecho a la crítica.
La comida fue mejor; es el mixiote más sabroso que he comido en muchísimos años, aunque me llevé una reprimenda de la profesora Ruiz por comer los sopes con cubiertos; deben comerse, dijo, a mano, pero siempre los utilizo.
El Museo tiene una imprenta como debe ser, con su linotipo, su prensa plana, su caja de formación; lástima que esté prohibido tocarlos. También, expuestos, casi todos los libros de don Miguel N. Lira, y muchos ejemplares de su revista Fábula, que la tuve completa excepto el primer número; una exposición de Angelina Beloff, breve pero rica, y una biblioteca que merece ser aumentada.
Antes de la charla, una entrevista con tres reporteros; uno me fotografiaba, otro me apuntaba con una grabadora, y otra hacía las preguntas; ella, es notorio, ha leído a Rosario Castellanos; ya cuando pasé a la mesa, en medio de la profesora Ruiz y la poetisa Minerva Aguilar, me aterré: las poco más de 20 personas tenían expresión de incredulidad, reprobación y rechazo; el tema: los libros inéditos de Rosario Castellanos. Narré cómo los busqué, cómo no los encontré, cómo me los describieron (en realidad, sólo Rito de iniciación; del otro desconocía su existencia), los acontecimientos en que me vi envuelto y cómo me desenvolví en la publicación de las Obras I y II; narré la coincidencia de que el día que entregué Obras II me haya topado con Rafael Vargas y le haya contado mis aventuras con ese tomo, y cómo él, que se sabe de memoria tres mil poemas, y en otros 15 mil sólo le falla alguna coma o un punto y aparte, se olvida de todo lo demás; no se olvidó mi intervención en las obras de Castellanos porque ese mismo día se vio con Jaime García Terrés y con Daniel Leyva, quienes planeaban hacer la exposición Materia Memorable, que Rafael propuso mi nombre como curador de la exposición, lo que me llevó a encontrarme con los manuscritos que tanto había buscado; cómo se dio la coincidencia de que José Saramago le pidiera a Marisol Schütz un ejemplar de Ciudad Real porque Marcos le había contado que ese libro lo impulsó a la rebelión zapatista en Chiapas, y cómo eso llevó a que Alfaguara pudiera editar Rito de iniciación y Declaración de fe, que ahora están reeditándose.
Como hablé sin script, improvisando, la charla fue de mucha fluidez y logré hacerla amena, y el momento que temía, el de las preguntas y respuestas, me dio oportunidad de establecer mis gustos literarios, de contar varias anécdotas, de hacer citas que no identifica ningún auditorio, aunque tuve que aclarar una, de Mafalda; sobre todo, de regañar a un joven que me preguntó qué era Castellanos, además de poeta; si te oyera te agarraría a bofetadas porque ella se consideraba muy mujer, y las mujeres que escriben poesía se llaman poetisas; una de ellas declara que abomina la palabra poetisa, y estoy de acuerdo: abomino a muchas poetisas; decir que poetisa es peyorativo equivale a pensar que actriz es peyorativo, y pretender que una mujer es tan buena mujer que parece hombre. Un buen poeta las califica que poetrices.
Por cortesía no me lincharon cuando recordé que Castellanos se quejaba de que la mujer escribiera como desahogo, como confesión, y de la carencia de pintoras, de músicas, de pensadoras. También declaré que no he leído una novela que en teoría parece atractiva, porque en su primera obra la autora hace que su personaje, de principios del siglo XIX, le rece a San Martín de Porres, canonizado a finales de los cincuenta del siglo XX, así como tampoco se me antoja leer que Santa Anna caminaba por el malecón que construyó, muchos después de la muerte de ese personaje, Porfirio Díaz. Allí recibí la aprobación unánime de los asistentes, cuando menos de los que sabían que San Martín de Porres fue santo hasta el siglo XX, y que Díaz fue quien construyó el malecón.
La charla, que debía terminar a las 19:30, se prolongó hasta las 21:30 horas; aunque el hotel está a la vuelta de la esquina, estremecía ver las calles que están rete solas.
Del viaje a Mazatlán debo decir que es la primera vez que no terminé de leer, allí, el único libro que leí, que las olas me revolcaron, y que fui testigo de la falta de ética de un médico, quien ante la petición de una madre de que atendiera a su hija, grave, se negó a salir de la alberca y sólo concedió que la llevaran al hospital donde trabaja, antes de las 9 de la mañana siguiente; también, que no tengo respuestas para muchas de las preguntas que nos hace Nahúm.
Mis tropiezos cardiacos me afectaron al bajar del avión, no allá, sino aquí; llegué el miércoles y hoy, domingo, aún no me aclimato; a María José le fue peor, y Lourdes y Nahúm no querían regresarse. Volvimos nada más para comprobar que los sabios mexicanos son muy coscolinos.
*Ana Clavel es una narradora que sabe recrear atmósferas lúdicas; es también una editora de muchos méritos, y responsable que publicar un tomo de más de 600 páginas con apenas seis erratas; sin embargo, es capaz de igualar en deméritos a varios académicos; en el número del 19 de agosto de La Revista, de El Universal, se quejó de la carencia de ilación, de gramática y de ortografía en las breves pero muy frecuentes intervenciones incluso de las celebridades literarias de México y de otros países en las redes sociales; intervenciones en las que, dice, se dan de golpes, se insultan y se denostan; denostar, dice la muy denostada Academia, se conjuga como “contar”. No es infrecuente que una editora y literata de méritos desbarre con alguna conjugación; en el capítulo de uno de sus libros, sobre Rosario Castellanos, Elena Poniatowska dice que a Castellanos “la asola” ya no me acuerdo qué, pero la asola en vez de que la asuele; y como el académico que, repito, pone a sus personajes a comer sentados en las mesas, los muy groseros.
*Marco Pulido me aclara los nombres de algunas de las cintas a las que me he referido, cuando menos de los títulos con que se estrenaron en México; tiene razón, pero me defiendo con el pretexto de que muchas las he visto recientemente, por Cablevisión, y allí las retitulan; cuando menos a Una Eva y dos Adanes aún no le ponen Algunos prefieren quemarse o Con faldas y a lo loco; la del héroe de John Ford que no va más que un día a la guerra la vi una sola vez, y la recuerdo casi íntegra, excepto el título, que la tomo de la filmografía puesta por Bogdanovich en su larguísima entrevista con Ford, también uno de los favoritos de José de la Colina, quien me aclara que Dallas se llama Dallas por su apellido; lo acepto, aunque sigo creyendo que Howard Hawks la apellidó D’Allesandro para ponerle Dallas, como la heroína de La diligencia. Pero me halaga coincidir en gustos con De la Colina, quien vive el cine hasta para escribir.
*Adrián González ha tenido una recuperación fabulosa, y está bateando arriba de .450 en los últimos 25 juegos, con una buena cantidad de carreras empujadas, pero se está ganando la salida de Boston porque fue de chilletas con el dueño de Medias Rojas para quejarse de cómo maneja Bobby Valentine al equipo; con el de hoy ha pegado ya 15 jonrones y lleva dos juegos seguidos conectando; Yovani Gallardo lleva cuatro victorias seguidas (en las secciones de deporte dirían que lleva una racha ganadora de cuatro ganados al hilo), y en su último juego produjo dos carreras, que hubieran sido suficientes para darle el triunfo a Milwaukee; Miguel González lleva cuatro ganados con Baltimore, Aceves llegó a 25 salvados, y el Cochito (así le dice, sabe por qué) Cruz es líder de bateo con los Dodgers en los últimos 20 juegos, y también ha pegado cuadrangular dos días seguidos.
*Acaban de salir al mercado una compilación de Elton John, una de Tom Petty, además de tres conciertos suyos en video; una reimpresión de Jesucristo Superestrella; la reimpresión de un clásico de Ted Nuget, un álbum con todo Roxy Music en estudio, el tercer disco de Darkness, el más reciente de ZZ Top, uno de Lon and Derrek Van Eaton, otro de Kinks en la BBC, el más reciente de Ry Cooder, más la reimpresión de Men Opening Umbrellas Ahead, que aunque es de Vivian Stanshall es como si fuera de Traffic; conciertos de Don Preston, y recomiendan una novedad de John Murray; en cuanto a música de concierto, anuncian la Novena de Bruckner, con Simon Ratlle, y también con él, las cuatro sinfonías de Brahms, varios conciertos de violín, entre ellos el de Tchaikovsky, con Baiba Skride; las nueve sinfonías de Beethoven con Baremboid (aunque no las califican de excelentes, sólo de buenas); tres obras de Pierre Boulez, con Fabrice Jünger; una sinfonía de Ravi Shankar, con la Filarmónica de Londres; arias de Vivaldi interpretadas dicen que magistralmente por Roberta Invernizzi; un Ave María y otras piezas con el ensamble Brabant dirigido por Stephen Rice, al que dan calificación perfecta; Una Pasión de San Juan, también perfecta, afirman; unos quintetos de Dvorák y de Mendelssohn con el Ensamble Aronowitz; unos divertimentos y un quinteto de oboe de Bocherini, más unas sonatas de chelo, que eran su especialidad, con Nasillo y Christensen, imperdibles; y unas transcripciones de las segunda y sexta sinfonías de Beethoven, para piano, consideradas perfectas, con Yury Martynov, más todas las sonatas para piano de Beethoven, con HJ Lim, con calificación de nueve, como intérprete, pero que es tan bonita como si fuera violinista japonesa. ¿Y dónde se consiguen? Y quienes lamentan la desaparición de la Margolín deben aceptar que ya desde hace tiempo mostraba un deterioro irreversible; y lo único que puedo decir es que cómo que desapareció si me debían.
*Tres años y medio después, la historia me da la razón.
*Y no, no me olvidado de las mujeres de Allen, a las que regresaré en la próxima.
lunes, 6 de agosto de 2012
Paz y gratificación: las mujeres de Ford (y de Allen)
Aunque los héroes de John Ford son hombres recios, que enfrentan las adversidades con toda calma, las mujeres de sus cintas no son bravías, no desatan bajas pasiones, no parecen ser objetos del deseo, pero representan la recompensa luego de una batalla, una guerra, o toda una vida de sacrificios y retos. Claro que hay excepciones: Dallas (Claire Trevor), la heroína de La diligencia, pese a su pasado (o por ello) (magnificado por Maupassant) causa grandes alborotos, despierta los deseos de varios, y finalmente es el premio que se lleva el también proscrito Ringo (John Wayne); ambos están si no fuera de la ley, sí de las buenas costumbres, son unos parias en comparación con los demás pasajeros, y hacen una de las parejas más memorables de cualquier western (¿Howard Hawks le puso Dallas a Elsa Martinelli en Hatari en honor a Ford y a Trevor?).
Dorothy Lamour, más vestida que de costumbre, es una metáfora de las pasiones contenidas, o al revés, el huracán de Huracán es una metáfora de lo que siente John Hall, y Mary Astor, la paz que encontrará cuando se calmen los vientos huracanados. Maureen O’Hara es la promesa que se alcanzará cuando se descubra que la esperanza es el presente, no el futuro, de ¡Qué verde era mi valle!; en El camino del tabaco una subtrama parece encaminarse hacia la sexualidad, y tiene una de las pocas escenas donde una heroína de Ford muestra las piernas sin que sea en una carrerita: Ellie May Lester alborota al por lo regular ecuánime Walter Bond; en Mi adorada Clementina, o La pasión de los fuertes, el héroe Henry Fonda (Wyatt Earp) tiene en casa su recompensa natural en los brazos de Clementina (Cathy Downs), pero el antihéroe Victor Mature (Doc Hollyday) hace honor a su condición de paria y se refugia entre las piernas torneadas (aunque escamoteadas al espectador) de Linda Darnell (actriz que tuvo un final trágico), Chihuahua para sus compañeros de la lucha contra los Clanton.
En El fugitivo, la menos buena de las obras de Ford según una legión de admiradores, está basada en una de las novelas mayores de Graham Greene, El poder y la gloria; aunque la cinta carezca del áurea de fatalidad de la novela, los personajes son otra vez unos parias, unos perseguidos: el sacerdote alcohólico Henry Fonda, quien vive un romance a todas luces prohibido con Dolores del Río; ambos, perseguidos en un Tabasco dominado por el anticlerical gobierno (de Tomás Garrido Canabal), y finalmente redimidos por su fe; en Fuerte Apache el drama es otro: Wayne se niega a victimizar a los apaches, pero su jefe Henry Fonda, más cuadrado, ordena una matanza que se convierte en masacre contra los soldados; hay sin embargo presencias femeninas: una adolescente Shirley Temple, quien en una escena muy divertida explica por qué se llama Filadelfia; en otra, los presos Victor McLaglen y Pedro Armendáriz son excarcelados para que lleven serenata a las señoras esposas de los comandantes del fuerte donde viven; fueron encarcelados por cumplir al pie de la letra la orden de Wayne cuando decomisan un contrabando de bebidas alcoholicas: “acaben con el whisky” (no está por demás estar de acuerdo con lo que dice Carlos Fuentes de Armendáriz en su reciente Personas: que es el mejor actor mexicano, aunque no por las cintas que prefiere Fuentes, sino por ésta y por From Rusia with Love; en ambas tiene escenas donde opaca a los protagonistas; en la segunda, en unos cuantos minutos borra a Sean Connery por completo; en la de Ford escenifica, y dice la leyenda que sin extras, cómo domar caballos salvajes).
Armendáriz también aparece en Los tres padrinos, donde no hay mujeres importantes, excepto la moribunda y bella madre abandonada y recién parida a quien le hacen la promesa de que salvarán a su hijo, cosa que hacen a costa del sacrificio de la vida de Armendáriz y Harry Carey Jr. En Río Grande, otra cinta del ejército estadounidense, y en La legión invencible, las mujeres maduras o, mejor dicho, respetables, Maureen O’Hara y Joanne Dru, son obstáculo para que cumplan con sus deberes los héroes John Wayne y John Wayne, una porque se opone a que su hijo Claude Jarman Jr. sufra los rigores del ejército y clama por que lo haga Wayne orgullo de su nepotismo; la otra porque quiere apresurar la jubilación del mayor Wayne, y cobre una pensión a la que tiene derecho sin que le quiten impuestos.
El hombre quieto presenta un Wayne asesino involuntario (lo que se describe en una escena muy breve), enamora a la arisca Maureen O´Hara, sólo que el cuñado Victor McLaglen se opone a que se casen mientras él permanezca soltero, por aquello de hermano saltado… y los malvados del pueblo le hacen creer que tiene chance con la viuda Sara (Mildred Natdwick), de lo que se desengaña el mismo día del matrimonio de Wayne con O’Hara, y aunque no puede deshacer la boda, se niega a entregarle al cuñado la dote respectiva, y O’Hara no quiere cumplir con sus deberes conyugales mientras no sea una mujer completa, es decir, con su dote; la cinta tiene una de las escenas más picaras del cine; Wayne, enfurecido con O’Hara, la arroja sobre la cama, que se rompe; al día siguiente los vecinos le llevan el mobiliario que McLaglen accede a entregar (no así el dinero), y cuando entran a la recámara y ven la cama rota imaginan lo que imaginan; toda una hazaña al no insinuar siquiera una vulgaridad.
No hay hazaña al mostrar las bajas pasiones de Clark Gable por Grace Kelly, porque él nunca logró una escena en donde no tuviera mirada turbia y expresión de profesor que quiere negociar las calificaciones de una alumna apetecible; el clima cálido de la locaciones ayuda a esas bajas pasiones que Ford evita hacer explícitas y vulgares.
Los buscadores, Centauros del desierto o Más corazón que odio no muestra el amor de Wayne por su cuñada Vera Miles, sólo cuando se deja llevar por la ira del deseo incumplido.
No recalco más en otras cintas de Ford no por falta de deseo, sino porque haría repetitivo el recuento; tampoco deseo que se cuele ningún adjetivo que haga más evidente que John Ford es mi director favorito, que entiendo y comparto lo que dice Cabrera Infante acerca del wester filmado por Ford (o por Hawks): que si Homero hubiera escrito cine, hubiera hecho westerns; que admiro las cintas que no son westerns, que con las cintas de Ford uno se emociona, sufre, ríe y se reconforta; pocas cintas son tan admirables como la bélica The Wings of the Eagles, tan ágil y tan inteligente pese a que el protagonista pasa media película en cama, inválido; que pocas veces he sido tan crédulo (lo que es una exigencia básica en un aficionado al cine) como en Bill, qué grande eres (When Willis Comes Marchin Home), en la que un joven logra ser héroe aunque nadie se lo crea.
Dice la leyenda que cuando los macarthistas querían linchar a varios directores sospechosos de izquierdistas (al revés de ahora, que quieren linchar a los que no proclaman que son izquierdistas aunque son más represores que los macarthistas), Ford los hizo callar con unas cuantas declaraciones, y con el apoyo que le dio a los perseguidos. También dice la leyenda que Ingmar Bergman se sintió halagado cuando lo compararon con Ford.
Uno de sus admiradores es Woody Allen, y en más de una ocasión ha plagiado alguna de sus escenas; y aunque es un director que tiene exceso de bajas pasiones, ha tenido la delicadeza de no mostrarlas desnudas, más que ocasionalmente, y en escenas que poco tienen de sexuales. Pero que Allen las admira es algo que pocos podrían dudar.
En Bananas tiene una de las pocas escenas procaces, pero elimina cualquier vulgaridad con el humor, cuando en pleno campo guerrillero, Princess Fatosh corre desnuda, sin blusa, pero tapándose los pechos, y grita que la ha mordido una víbora; poco antes les instruyeron que en un caso similar hay que chupar el sitio mordido para evitar que el veneno corra por el cuerpo; la reacción de todos los guerrilleros es correr para succionar el pecho mordido por la víbora, Allen incluido, con mirada torva; al final de la cinta se narra el primer encuentro nupcial con Luisa Lasser, por tres cronistas deportivos (uno de ellos el célebre Howard Cosell); todo sucede bajo las sábanas, escamoteado para el espectador. En Take the Money and run quiere seducir a su esposa Janet Margolin, pero, torpe, es incapaz de desabotonarle la blusa, ante el aburrimiento (¿o desazón? de ella); en otro momento, parodia de Fuga en cadenas, ella le reclama lo frío de su relación, ante el choteo de sus compañeros que se han escapado con él. En Sleeper una máquina sustituye la cópula entre humanos, pero Allen convence a la muy hermosa Diane Keaton (más hermosa en las cintas de Allen que en cualquiera otras) de que es mejor a la antigua; pero también, al declarar que lleva 200 años sin copular (el tiempo que ha estado dormido) agrega otros cuatro, “contando mi matrimonio”.
Tal vez la escena más estremecedora sea la que abre Hanna and her Sisters, con el rostro de Barbara Herhey en un acercamiento total, entonces de 38 años y diez centímetros más alta que Allen, acompañada de una voz en off: “¡Dios mío, qué hermosa es!”. En Manhatan (¿su obra maestra?) abandona a la adolescente Mariel Hemingway para irse con Diane Keaton (“trouble is my second name!”), y al final, cuando Hemingway avisa que se va de viaje y que deberá esperarla, le asesta una frase terrible: “no seas tan madura”); antes, Hemingway le ofrece que hagan el amor "cómo siempre ha deseado"; Allen se levanta de la cama y ante la pregunta de ella de qué va a hacer, contesta con un desarmante “voy por mi traje de buzo”, lo que hace que el espectador imagine demasiadas cosas.
La única escena con desnudos es la ofrecida en Radio Day’s, cuando el niño que encarna su papel (en este caso la Academia permite que se utilice “rol”, pero me niego a obedecer a la Academia en sus tonterías) observa a una mujer bañándose, mostrando toda su belleza en desnudez; lo inquietante no es el desnudo, sino la escena siguiente cuando el niño descubre que esa mujer espléndida (bien aplicado el adjetivo) será su maestra en el año escolar que comienza ese día. En esa cinta hay un faje en un auto que no culmina en cópula por culpa de la transmisión del célebre programa radiofónico de Welles sobre la invasión de los marcianos, en una de las mejores bromas de Allen en todo su cine.
En La última noche de Boris Grushenko (o Amor y muerte) hace que la gentil y delicada expresión de Diane Keaton se muestre pícara cuando comparte la complicidad de sus infidelidades con todos quienes la rodean, lo mismo cuando hace la lista de sus amantes, y cuando el alarmado Allen pregunta azorado que si en realidad son tantos, ella con ingenuidad dice que apenas va en la letra A; pero cuando la condesa Olga elogia la manera de Allen de copular, éste presume que todo se debe a que practica mucho cuando está solo.
Pero Allen tiene muchas escenas más al respecto de su pasión por las mujeres. Me deleitaré en la siguiente enumerándolas.
*En el escándalo provocado por el párrafo que Poniatowska añadió a una entrevista que le hizo a Borges en 1973 se ven varias cosas: en primera, que leer a Borges es tan engañoso que se le pueden achacar poemas chabacanos con tan sólo imitar el ritmo de sus versos largos; que los lectores fueron tan apáticos que no advirtieron que en tres ocasiones cometió esa falta, y sólo hasta la tercera vez fue advertido el engaño, y sólo por María Kodama, quien se indignó porque alguien creyera a Borges capaz de escribir una cursilería, y además por mentir; en las redes sociales algunos se atrevieron a defender a Poniatowska; o no a defenderla, pues lo que hizo es indefendible, sino a disminuir sus acciones, y para ello la compararon con Peña Nieto, quien no fue capaz de recordar que no es lector; trataron de culpar a Miguel Capistrán, quien también cayó en la trampa de Poniatowska. Y en efecto, Miguel, siempre acucioso, pudo haber tomado la entrevista publicada, y utilizarla sin los añadidos tramposos; Capistrán tiene una memoria que registra matices, hasta los detalles más insignificantes, y resulta asombroso que no haya advertido el añadido de los poemas que no pudo recitarle Poniatowska a Borges a) porque no era suyo uno, y b) porque el otro no lo había escrito aún. ¿Capistrán pecó de inocente? En esas mismas redes sociales culparon a los editores, pero quienes lo hicieron ignoran que en los contratos los autores afirman ser los autores de los textos y se comprometen a responsabilizarse de cualquier acción que resulte si esto no es verdad; asombra cómo Capistrán rehúye su responsabilidad, y cómo Poniatowska disminuye sus culpas; asombra que en La Jornada hayan retorcido el asunto aunque sabían que los demás diarios lo iban a destacar. No debería de asombrarme: cuando el asunto de Peña Nieto y su mala memoria, el diario se puso a modo para que se luciera Andrés Manuel López Obrador con tres libros “que lo marcaron”: no objetaron que incluyera la Constitución Mexicana, documento que ni es libro y que además todo mexicano debería conocer, aunque no explicó AMLO si la conoce hasta en las últimas y muy extensas modificaciones; incluyó también la Historia Moderna de México, pero no confesó que leyó los diez tomos originales, si es que los leyó (es sabido que, excepto el coordinador y los demás autores de la obra magna, el único que la ha leído completa es José Emilio Pacheco), fue porque su tesis es sobre la República Restaurada, lo que hacía obligatorio que tuviera el libro y lo consultara (se ignora si también leyó la parte correspondiente al Porfiriato, el 70 por ciento de la obra), y Poemas, de Carlos Pellicer; en La Jornada, casi más que en cualquier otro periódico, son cultos e informados, y no ignoran que ningún libro de Pellicer se llama Poemas; ¿se estaría refiriendo AMLO al libro que se distribuyó en Tabasco cuando Pellicer hizo su campaña para senador por ese estado? López Obrador fue de los que dirigieron esa campaña, lo que haría obligatoria, para él, esa lectura. Como sea, Poniatowska cargará ese episodio para siempre, y a Capistrán le manchará su reputación como investigador minucioso y La Jornada no podrá acusar a los demás diarios de parciales y tendenciosos.
*¿De dónde habrá sacado Televisa a Georgina González? Sabe narrar, conoce los deportes que narra, es simpática, dicharachera, ocurrente y, hasta donde la he oído, imparcial; esas características no son características de la gente de televisión; los cronistas televisivos suelen ser más del tipo de Aurora Bretón, quien en lugar de explicar al televidente los secretos de la arquería demostraba parcialidad hacia los competidores mexicanos, animaba a los arqueros aunque ellos desde luego no la oían, y su crónica se limitaba a unos cuantos “vamos Marianita, vamos”.
*Aclaración pertinente: mi legendaria torpeza me impide poner puntos y aparte, por lo que se le pide a los lectores imaginen dónde deben ir. Gracias
lunes, 23 de julio de 2012
Las mujeres de Truffaut (y algunas de Ford)
A Truffaut le gustaban las mujeres, pero no las exhibía; la mayoría de los desnudos que aparecen en sus cintas son delicados y bellos, y aunque pudiera habérselos ahorrado, no son gratuitos, y sí en cambio bastante naturales; tampoco significa que no contengan erotismo, pero carecen de la vulgaridad que contienen los desnudos de algunos otros directores; por ejemplo, lo que hay en las cintas de Blake Edwards pueden ser cachondos, pero no de buen gusto: hay algunos no malos, como el de la anónima mesera con los glúteos descubiertos, admirada en silencio cómplice por Jack Lemmon y Jack Klugman en un coctel; o los upskirts ingeniosos en The Party (La fiesta inolvidable, o El guateque, según los españoles) y en La maldición de la Pantera Rosa; pero es muy reprobable el famoso desnudo de Julie Andrews en SOB, y los muchos inútiles aunque de actrices muy hermosas en 10.
Regresando a Truffaut, los no muy abundantes desnudos en sus cintas son respetuosos, además de proporcionar inquietud, una de las maneras elegantes del erotismo: en Disparen sobre el pianista, Michèle Mercier aparece con los pechos desnudos, en una escena “after sex”, mientras que Charles Aznavour, por el contrario, se tapa el pecho con las sábanas; en esa época, 1960, las escenas de cama eran al revés: aunque se insinuara que estaban desnudas, las mujeres se tapaban con la sábana mientras que los actores mostraban el pecho; Mercier está muy bella, muy desinhibida, sin un pudor falso después de haberse entregado. Marie Dubois, con tanta carga erótica como Mercier, se hace amante de Aznavour, y muere sacrificándose por él, quien seguirá con su destino de pianista en bares de mala suerte, rindiéndole homenaje.
Jules et Jim tiene una carga subversiva respaldada por el erotismo y las ansias de libertad representados ambos por Jeanne Moreau, que contagia a Oskar Werner y a Henri Serre, quienes parecen más comparsas de ella que entes independientes; viven una historia de amor y sexo muy atrevida para la época narrada, y también para la que fue filmada; Moreau, muy salvaje en otras cintas, se ve muy hermosa y delicada, además de insinuante, en ésta.
Se ve salvaje, pero no primitiva, en La novia vestía de negro, basada en una muy emocionante y muy triste novela de William Irish (novelas suyas, que ocupan doce tomos en Ediciones Acervo, más otro tomo en Aguilar, y cuatro tomos de relatos en Alianza Editorial; le gustaba lo negro: Miedo negro, Telón negro, Rendez-vous en negro), la muestra violenta, pero con razón; y en una escena sacada de contexto, pero que define muy bien a la protagonista, se mira en un espejo con los pechos descubiertos; no excita, incita.
Las dos muy bellas actrices de Las dos inglesas y el continente, en la cinta hermanas y ambas enamoradas de Jean-Pierre Léaud (Kika Markham y Stacey Tendeter) se desnudan ambas con mucha delicadeza y pudor, y aunque juran que no lo harán, ambas tienen relaciones sexuales con Léaud, un artista inmaduro, y más inmaduro como hombre, pero que tampoco las presiona para que cedan; las circunstancias los van empujando hacia la cama (como decía Ibargüengoitia), los tres se enamoran entre sí, pero como sucede con muchas de las cintas de Truffaut, el amor no se les da, o se precipita cuando todo parece que va a resultar favorable; como en todas sus cintas, no hay vulgaridad, aunque sea una historia trillada (en cualquier otro director) la de un hombre que se enamora de dos mujeres, las consigue, pero sólo de manera momentánea y fugaz; incluso celebra cuando alguna de ellas conquista a otro hombre, aunque no deja de sentir celos.
La trágica belleza de Isabelle Adjani sirve de escenografía a la Historia de Adele H, la dramática vida de la hija de Victor Hugo, y aunque no haya erotismo como trasfondo, se narra de nuevo la relación enloquecedora de un amor no correspondido, que es uno de los temas frecuentes de Truffaut, y aunque no haya desnudos, Adjani hace si no que desaparezca la respiración, cuando menos que cambie su ritmo durante unos segundos, sólo para corroborar que la perfección no existe (excepto en la cinematografía).
El hombre que amó a las mujeres tuvo su remake en el cine de Blake Edwards; mientras que la versión de Truffaut es la de un hombre que arriesga su vida con tal de contemplar la belleza femenina en su esplendor, la versión de Edwards es la del que pierde la vida por tratar de lograr lo que se denomina “butt grab”, o tortear en mal español pero muy descriptivo.
En esa cinta se hace evidente que a Truffaut le gustaban las mujeres de pechos bellos, no muy grandes, mejor si pequeños, pero firmes, bien sostenidos, y mejor si están libres (como en novelas y cuentos de Juan García Ponce); se hace evidente porque sólo en ésta se muestran las piernas femeninas en plenitud; antes, sólo para excitar al macho, como lo hace Françoise Dorlec al mostrar los muslos, sólo a la altura de las ligas, y las muchas actrices de El hombre que amo…; la versión de Edwards, más vulgar, tiene la rara característica de mostrar fea a la antes atractiva y graciosa Shelley Long.
La mujer de al lado es otra muestra de amor loco, aquel que desafía costumbres, conveniencias y que, para conseguir al objeto del deseo, no le importa ir incluso contra la voluntad de ese objeto deseado, y en ésta, es la mujer la que insiste en recobrar un amor apasionado que anda todo alborotado pero que ya pasó, aunque para ello arriesgue su matrimonio y el del hombre al que desea; y como la historia está narrada desde un punto de vista imparcial pero no objetivo, ese amor no conduce más que a la muerte, como en todo amor romántico.
Hay otros amores en Truffaut, más inocentes, en apariencia, pero más duraderos: los que vive Antoine Doilel, en Antoine y Colette, La hora del amor, Domicilio conyugal y en cierta forma, en Los 400 golpes, que aunque ve ajeno el erotismo, lo entiende y lo anhela; en las otras historias de este personaje hay tentaciones, besos robados (“El primer beso siempre es robado”, dice Ramón Gómez de la Serna, pero las mujeres, que no son afectas a Don Ramón, dicen que siempre saben cuándo van a ser besadas), tentaleos torpes, erotismo apresurado, y las protagonistas exóticas que aparecen para romper la paz conyugal; en Domicilio conyugal tiene lugar una de las escenas más intimidantes, grotescas, pero al mismo tiempo terribles, de la filmografía de Truffaut: cuando Antoine se encapricha de Kyoko (¿es vulgar decir que se encula?, tal vez, pero es la palabra más exacta para describir cuando un hombre se encapricha por el deseo por alguien, y una vez satisfecho, comienza a verle todos los defectos, sus intransigencias, su deseo de ser amada y no deseada), Christine, viendo en peligro su matrimonio, se disfraza de geisha y lo espera sumisa cuando él regresa a su casa; la escena parece cómica, pero la cámara se acerca a Christine y la muestra con las lágrimas corriendo por sus mejillas (no como en el cine mexicano, que las lágrimas se quedan a media mejilla y no siguen corriendo; ¿serán artificiales incluso las de Libertad Lamarque, a la que también le quedan las lágrimas a media mejilla?).
Es difícil abarcar todos los aspectos del cine de Truffaut; sólo intenté ver, de manera superflua, su amor por las mujeres: quedan para otra ocasión, o para un mejor lugar, sus muchas referencias (aunque no resisto la tentación de citar algunas muy evidentes; el homenaje a Jacques Tati en Domicilio conyugal; los homenajes a Hitchcock en La noche americana y La novia vestía de negro; a Sacha Guitry en La piel dura, a su amigo antípoda Jean-Luc Goddard; a Nicholas Ray, a Orson Welles, a Buñuel), sus guiños, sus obsesiones más allá del amor, sus citas literarias, su pasión por el cine, que va más allá del cine.
Otro de los muchos ídolos de Truffaut, y de toda la nueva ola francesa (que cimbró al cine mundial de finales de los cincuenta a mediados de los setenta) fue John Ford; los hombres recios y rectos, la amistad resuelta a punta de chingadazos, las situaciones límite que los héroes enfrentan sin vacilar, e incluso con humor, parece dejar en un segundo plano a las mujeres, pero es sólo en apariencia; si no, ¿cuál es la verdadera rivalidad entre James Stewart, John Wayne y Lee Marvin, sino el amor de Vera Mills, delicada y muy femenina, pero también muy decidida y muy valerosa? ¿Y por qué esa historia, de una de las mejores cintas de todo el cine mundial –The man who shot Liberty Valance— está contada por el ganador, el que se queda con la dama, pero que rinde homenaje al que dejó que se la quitaran? ¿O qué historia de amor puede ser más trágica que la que no se narra, apenas se insinúa, en The Seacher, mal llamada Más corazón que odio en México y peor en España, Los centauros del desierto? En ella, John Wayne, enamorado en secreto de su cuñada Vera Mills, se mete por años a buscar a su sobrina raptada, y no la mata aunque ya sea más india que cuáquera, sólo porque se parece a Mills. Es una historia conmovedora de un amor imposible, pero más real que la consumación que consiguió otro; y ella sabrá que quien más la ama, apenas se atreve a desearla, y nunca será suya, ni la hará suya.
Hay muchas otras mujeres en el cine de John Ford, aparentemente poblado sólo por hombres y ocasionalmente por alguna mujer. En la siguiente veremos algunas.
*En Pack of Your Trouble, en México El abuelo de la criatura, Mr. Laurel y Mr. Hardy recogen a la hija de su amigo Eddie, muerto en la guerra y abandonada por la madre, y se dedican a buscar al abuelo de la criatura, un tal Mr. Smith; como siempre, se meten en líos de comisaría, roban un banco y causan equívocos; en uno de ellos irrumpen en la antigua casa de los Smith verdaderos, cuando Eddie, el hijo del nuevo propietario de la casa, está a punto de casarse; es un bobalicón torpe, pero novio de la hermosa Muriel Evans; la irrupción hace que la boda se cancele cuando creen a Eddie el padre de la criatura; al suspenderse la ceremonia, la agradecida y, repito, muy hermosa Evans, le da un prolongadísimo beso a Mr. Laurel, de más de diez segundos, demasiado para la época; Laurel parece no reaccionar, pero sin cambiar su expresión deja a Mr. Hardy el directorio telefónico que anda cargando, y va tras Evans; Mr. Hardy lo detiene.
En Our Relations, Mr. Laurel vuelve a besar a su esposa, la bella Betty Healy, a la espontánea Alice Cook, y a Daphne Pollard, Mrs. Hardy en la película, donde además varias bailarinas muestran sus piernas mientras bailan, y se desarrolla una historia muy enredada y divertida entre los mellizos Laurel y los mellizos Hardy, que involucran a dos aventureras guapas, pero que muy comedidamente no avanzan en sus intenciones eróticas.
Stan Laurel era un besucón al que nadie creía capaz de esas audacias.
*En cada Feria de Minería nos acercamos a la escuálida mesa donde están los representantes de la Orquesta Sinfónica de Minería, a quienes lanzamos nuestras opiniones, que escuchan con respeto; por lo regular compramos los discos que han aparecido en el intervalo entre feria y feria, y le preguntamos cuándo tocarían Le Boeuf sur le toit, de Darius Milhaud, una de nuestras piezas favoritas, y más desde que leímos en Novo y en Chávez cómo se molestaba la gente cada vez que Chávez la ponía con la Sinfónica Nacional; también, como si ellos tuvieran la culpa o alguna responsabilidad, cuándo programarían la Conga del Fuego Nuevo, de Márquez, porque pensamos que es una obra ideal para una orquesta como la de Minería, cuyos integrantes disfrutan lo que interpretan; Dudamel ya echó a perder la pieza de Márquez con la Simón Bolívar, pero está disponible la excelente versión con la Orquesta Sinfónica Juvenil del estado de Veracruz, dirigida por Antonio Tornero.
Nada más de imaginar a la flautista María Esther García Salinas encantada (bajo el encanto, para aclarar la frase que ha perdido sentido) bailando casi sin darse cuenta, o a la timbalista Gaby (no necesita apellido) tocar sus instrumentos con delicadeza aunque parece más bien con garbo y energía, eran suficientes motivos para querer verla en vivo y al día siguiente en la repetición por el 411.
No han tocado la obra de Márquez, aunque sí una versión muy buena del Danzón 2, que no es nuestro favorito, preferimos el 5 y el 8; pero el sábado y ayer domingo tocaron Le Boeuf…; nuestros amigos músicos opinan que Carlos Miguel Prieto no sabe dirigir, pero que los músicos lo respetan y hacen como que lo obedecen, cuando en realidad obedecen su entusiasmo, su vigor, su alegría; José Areán es mas músico, pero transmite menos entusiasmo; desde los primeros compases extrañamos la rapidez con que la toca Leonard Bernstein con la Orchestra National de France (tenemos tres versiones, una de ellas en vivo, tan contagiosa que Bernstein se la pasa bailando, y al terminar, antes que agradecer los aplausos corre a abrazar a la concertino; entusiasmo musical más que erótico, aunque ella es –o era, la filmación es de hace cuando menos 20 años, y también que las mujeres guapas no envejecen— bastante atractiva.
Areán bailó todo el tiempo, pero desconectado de lo que dirigía, porque aunque cada nota se oía con claridad y se distinguían todos los instrumentos (la orquesta toca con mucha elegancia y son excelentes músicos, casi podría decir que cada uno es solista y principal), faltaba la energía de la pieza, que enfureció a sus primeros escuchas por lo atrevido, lo experimental, la ejecución simultánea de melodías diferentes, disonantes incluso; faltó el humor, elemento primordial de Milhaud; no bailó Gaby, aunque eso lo suponemos porque nunca la enfocaron, aunque sí a las otras percusiones; no bailó María Esther, entre otras cosas porque no estuvo; la suplió una joven a la que el pánico no opacó su calidad de instrumentista, pues se nota su calidad, pero sí escondió sus gestos, y mostró sus rasgos, pero no su expresión.
No creo que le hayan prohibido bailar; integrantes de otras orquestas protestan porque sus compañeros en temporada normal no bailan con sus orquestas pero sí con Minería; y de cualquier manera algún violista y un clarinetista bailaron, sin advertirlo, cuando tocaron La Vals (para el orquesta) de Ravel. Simplemente creemos que no bailaron porque lo que tocaron, aunque eran las notas de Milhaud, en las partituras no estaban las otras notas, las secretas, las que hacen que los músicos se entusiasmen y contagien al público. A lo mejor si la hubiera dirigido Prieto, hubiera estado tan bien como estuvo el resto del programa.
*Ya despertó Adrián González; en los últimos diez juegos batea para .447, con tres cuadrangulares, ocho producidas y .770 de sluggin; pero para los fanáticos del beisbol la mejor noticia es el buen desempeño de Luis Cruz como short stop de los Dodgers; aunque su promedio es de .250 (ideal para alguien en esa posición) fildea con mucha seguridad, buenas manos y mejor brazo; lo vimos en la televisión (ahora que aún podemos verla) conectar su primer cuadrangular de su carrera en las Mayores; estaba tan emocionado que no dejó de presumirlo con cada uno de sus compañeros en el dugout, quienes ya no le hacían caso; parecía Red Buttons en Hatari!, más en la escena donde está orgulloso de que funcionara su trampa con la que atrapó a cientos de monos, que en la que choca por estar viéndole las piernas desnudas a Elsa Martinelli.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)

