Me molestan los mimos; los que andan por Coyoacán e imitan a los transeúntes son los peores porque se burlan de la gente sin que nadie los provoque; tienen rutinas aburridas y repetitivas. Por influencia de Alexandro (Jodorowski; antes bastaba con el nombre) se admiraba a Marcel Marceu, al que se catalogaba como el mejor mimo del mundo; Mel Brooks le rinde homenaje en una película en la que el único que pronuncia una palabra es él. Pero por asociación de ideas, al escuchar su nombre, uno recuerda a Sophie Marceu, una de las actrices más bellas, desinhibidas, solventes (adjetivo que le gustaba a Emilio García Riera), y que ha sido generosa tanto con buenas actuaciones como al mostrar su belleza en plenitud, en películas y en presentaciones; es la única que ha protagonizado un desnudo en alguna de las ya demasiadas cintas de James Bond, y opaca hasta a Denisse Richardson.
En Marquise, curiosamente, no hace ningún desnudo; curiosamente, digo, porque el papel que interpreta es el de una actriz que en la Francia del siglo XVIII gana celebridad ejecutando una machincuepa; en la cinta se ve cómo la hace, pero no completa; y la celebridad es justa porque hay que recordar que en ese siglo aún no se inventaba la ropa íntima femenina, no al menos como la conocemos ahora; muchas faldas, crinolinas, camisas, pero no pantaloncitos.
En México hubo una antecedente del personaje, que se insinúa verídico, interpretado por Sophie Marceau; lo consignan varios autores que recogen leyendas y tradiciones de México, sobre todo en la Colonia, no todos con la picardía de Artemio de Valle-Arizpe.
El chiste de las que hacían machincuepas estaba en que eran muy bellas, tanto la francesa, que no por nada iba a verla el mismo rey de Francia (según la película) como la que en México debió hacerla para recibir la herencia de su tío. Pero no sólo se trataba de la belleza, sino de que muchos que las contemplaron fue la única mujer a quienes vieron desnuda en toda su vida; incluso los casados y con muchos hijos nunca contemplaron la belleza de la esposa, por raro que hoy nos parezca.
La publicidad anunció hace poco que veríamos a Gloria Trevi como nunca antes la hemos visto, y uno piensa entonces que aparecerá vestida; lo mismo puede decirse de otras actrices muy bellas pero que no lo han pensado para actuar muy desnudas, como Nastasja Kinsky, a quien sus familiares llaman cariñosamente Nasty, y quien se ha desnudado con gran naturalidad. En México, en una rara combinación de talento, belleza y mucha desinhibición, Blanca Guerra ha aparecido muy hermosa tanto vestida como sin ropa, en buenas y en muy malas películas.
Uno de los libros, lamentablemente agotados y que sólo abarcó un número limitado de reseñas, La guía del cine mexicano. De la pantalla grande a la televisión, de García Riera y Fernando Macotela, semejante a las guías de Leonard Maltin, tiene la característica de anunciar que ciertas películas no se exhibirían, al menos íntegras, por televisión, por las actrices desnudas; pero los comentarios son pícaros y cómplices; en El hombre de los hongos, por ejemplo, dicen que “Isela Vega, Ofelia Medina y la pantera aparecen desnudas”. Lástima que no vio García Riera cómo ya no cortan las escenas antes prohibidas, con desnudos integrales, y ahora se ve que no muy justificados.
Pero no siempre son los desnudos el atractivo de ciertas películas; más bien llaman la atención algunas cintas donde actrices por lo regular recatadas muestran un escote, o enseñan las piernas, apenas unos segundos, y uno lamenta que no hayan sido más generosas.
En El baño de Afrodita, la muy pudorosa Rosario Granados, que en muchas cintas exagera de melodramática (la viuda recatada enamorada de Pedro Infante; la bella pero anodina enamorada de Jorge Negrete), hace un papel más divertido que el de la estrella del reparto, el argentino Luis Sandrini, quien no hacía reír mucho; él, en el jardín de un manicomio, camina con un cigarrillo en los labios; saca un cerillo, y lo frota en una estatua; aunque lo enciende, se le apaga rápido; frota otro, y lo enciende, en los glúteos de Granados, vestida como diosa griega, e inmóvil en medio del jardín; comienzan a caminar juntos, y al poco, ella abre la bata y le muestra unas piernas asombrosamente frondosas y bien formadas, de argentina de antes de las más recientes crisis. No he visto todas sus cintas, pero sí las principales, y en ninguna de ellas enseñó las piernas, realmente bellas.
No hay que pensar mucho para recordar qué otras actrices fueron parcas mostrando su cuerpo, aunque fueran bastante bellas como para sentirse orgullosas de él; en La venenosa, Gloria Marín aparece en traje de trapecista, mostrando las piernas, y al subir al trapecio, José María Linares Rivas desde abajo la contempla perturbado, más que eso, con toda razón; en otra escena, muy curiosa, también muestra los muslos: canta y baila “El apagón”, de Esperón y Cortázar, en ¡Qué hombre tan simpático! (exhiben con frecuencia la cinta en Cablevisión, pero también está la escena disponible en youtube; no así, por desgracia, la escena de La venenosa); el vestido, largo y holgado, tiene una abertura que muestra la pierna derecha de Marín, muy exuberante; dura pocos segundos pero ayuda a entender que Negrete, Hugo del Carril y Abel Salazar se enamoraran de ella; en El caso de una mujer asesinadita también nuestra un poco de pierna, tirada en el suelo, pero apenas un poco más de la rodilla; Lilia Michel, quien usaba faldas muy justas y suéteres muy apretados para recalcar su belleza, baila un swing en Sí, mi vida, y al girar con rapidez enseña unos muslos que desmentían sus papeles de ñoña; y es una lástima que no haya sacado más provecho de sus piernas para completar su gesto de picardía. Muestra las piernas en Un beso en la noche, al bailar swing junto a sus supuestas hermanas Mapy Cortés y Virginia Manzano; Cortés fue muy generosa en muchas de sus cintas, aunque siempre hacía un gesto como de turbación, durante un segundo, como para hacer énfasis en que le habíamos visto las piernas, y luego proseguía su baile; en esa cinta Michel tenía 19 años y piernas como de 25; más atrevida fue Manzano, quien en un giro muestra las pantaletas apenas una fracción de segundo; me temo que sea ésa la única cinta donde se atrevió a tanto.
Amparo Rivelles, de tan solemne y cursi aburría hasta en las telenovelas; por eso asombró el desnudo que hizo, ya mayorcita, en Presagio; menos espasmos causó Carmen Montejo en la misma película, pero también fue su único desnudo, aunque en más de una ocasión, en traje de baño, enseñó las piernas.
María Félix, en María Eugenia, su segunda cinta, aparece en traje de baño, pero sentada, y disimula lo delgado de sus piernas; en Enamorada se levanta la falda para que Pedro Armendáriz le vea el chamorro, pero apenas a la rodilla; sin embargo, ya muy mayor, en Safo 63, muestra por qué no había enseñado los pechos, con tantas oportunidades que tuvo, para el cine mundial.
Marga López ha presumido de actriz, pero le ha costado trabajo con las comedias; en dos de ellas fue generosa mostrando las piernas: en El niño perdido se asoma a una escalera, con la bata abierta, lo que provoca una de las frases inusitadas de Germán Valdés: “¡Qué puerta! Digo, ¡Qué piernas!” (dar puerta era, antes, incitar sexualmente la mujer a un hombre, sobre todo si no tenía una relación seria con él; en el Diccionario de Mexicanismos de la Academia Mexicana de la Lengua ignoran esta definición; en cambio afirman que puerta es un ”portón rústico hecho con dos postes verticales separados a cierta distancia uno del otro, que tienen una serie de agujeros por los cuales se deslizan horizontalmente unos palos con los que se abre o cierra el paso”. Voooy, como diría la Tucita). Eso fue a principios de su carrera en México; algunos años después aparece nadando supuestamente desnuda con Pedro Infante en una de las cintas más cursis que hayan filmado ambos, juntos o separados: La tercera palabra; muestra las piernas por unos segundos, tan pocos que no se puede decir si eran o no bellas; la tercera ocasión fue en Los fantasmas burlones, donde al final Manuel y Germán Valdés bailan con ella "Azul pintado de azul" en diferentes ritmos, incluido un twist; pero al simular que están en Francia bailan un remedo de can-can, durante el cual ella, de espaldas a la cámara, se levanta el vestido mostrando por única vez unas pantaletas; tampoco es muy excitante que digamos; al pensar en esas escenas uno recuerda la frase de Juan Marsé sobre Barbra Streissand: “a pesar de que ha mostrado mucho las piernas, nada sabemos de ellas”.
Participante en muchísimas películas desde muy niña, Angélica María no mostraba las piernas; al verla caminar en Los signos del Zodíaco se podría darle la razón: gruesas, rectas, sin pantorrillas, sin formas; sus admiradores preferían olvidar la escena en que aparece en traje de baño en una cinta de Juan Orol, en una playa artificial que, como recordaba García Riera, las olas, que eran más bien espuma de detergente, se negaban a alejarse como las de verdad; pero cayó en manos de José Agustín, y anduvo de hot pants y minifalda en Cinco de chocolate y uno de fresa; en una escena rueda en el pasto con Fernando Luján, luego de platicar en una banca; en ambas escenas se ven sus pantaletas blancas; vuelve a mostrarlas cuando trepa el muro del convento donde vive con otra personalidad; García Riera exclama que en esa película se ve muy linda; en Alguien nos quiere matar no es pródiga en esas escenas, pero se sube a un árbol, y desde abajo Carlos Bracho la espía con el mismo gesto que José María Linares Rivas ve a Gloria Marín; en Ya sé quién eres (te he estado observando), en su luna de miel, se asoma a un balcón vestida con la camisa de la pijama de Octavio Galindo, para placer de un huésped del hotel que ve complacido sus muslos contundentes; minutos después, en un faje poco erótico, vuelve a mostrar las piernas muy desnudas, en varias posiciones; finalmente, en La verdadera vocación de Magdalena, en una escena que suprimen en su paso por la televisión, Javier Martín del Campo aprovecha que está dormida y le baja cuidadosamente el pantalón de la pijama; se alcanzaban a ver las pantaletas y algo de muslos muy redondos, cuando irrumpe Carmen Montejo; al final de la película, vestida de cantante de rock, se levanta el vestido para provocar a su marido, y lo que logra es excitar a todos los miembros (perdón) del conjunto de rock que la acompaña supuestamente en Avándaro.
Como acotación, pocos años después, interpretó a una azafata en una telenovela, Ana del aire; dos de sus compañeras eran Susana Dosamantes y Lupita D’alessio; aunque las tres usaban minifalda, era D’alessio la que dejaba ver las pantaletas al sentarse de frente a la cámara, sin taparse. Memorables escenas, pero no por lo erótico.
Rival de Angélica María en muchos aspectos, Julissa en cambio daba vueltas violentas en algunas canciones; le gustaba usar ropa interior negra, más notoria cuando las películas no eran en color; en más de una cinta se desnudó.
María Elena Marqués tenía piernas muy bien formadas, pero se las regateó al espectador excepto en dos cintas: Doña Bárbara, en donde interpreta a la hija de María Félix, y es medio salvaje, por lo que no se cuida cuando ocasionalmente se le sube la falda, provocando miradas pecaminosas en los actores que la acompañaban en esas escenas; también muchos años después, en Las manzanas de Dorotea, en una escena aislada, simula ser una nativa salvaje y por ello libre de mostrar las piernas en un traje de baño como de los Picapiedra; si la escena es mala, burda, no lo son sus piernas.
La venezolana (sin acento en la pronunciación) Rosita Arenas no tenía la costumbre de subirse la falda, aunque lo hizo en Vístete Cristina, excitando a un fácilmente excitable Andy Russel; en El bruto, sin mostrar más que las rodillas, perturba a Pedro Armendáriz, a Luis Buñuel y al espectador; finalmente, en Al compás del Rock and Roll, sale bailando swing creyendo que es rock, con una especie de traje de baño; a su lado están Martha Roth, un poco más atrevida, y Leonor Llausás, quien ya había tenido experiencias con las piernas al aire en Ensayo de un crimen. Más curiosa es una escena de Los chiflados del Rock and Roll, donde muy vestida, canta "No volveré", llorando porque cree a Luis Aguilar enamorado de otra; pero las lágrimas no se mueven ni un milímetro, están congeladas.
Pero el recuento apenas comienza.
El Diccionario de mexicanismos de la Academia tampoco incluye “retratar” en su léxico; alguna que otra recopilación incluye “retrato” como sinónimo de un golpe en la cara; pero el más auténtico lo desconocen Guido Gómez de Silva, Manjarrez y Mejía Prieto, entre otros; “retratar” se dice, o se decía cuando las faldas eran otras, así como las costumbres, del momento en que una mujer se agachaba y mostraba el trasero a uno o varios hombres; no era necesario que se le vieran las pantys, sólo que se dibujaran los glúteos en una falda muy justa (no tenía chiste con las faldas amplias); en los sesenta, con la minifalda y las mallas, mostraban más. Tenía especial significado cuando era consciente de que la estaban observando.
Con frecuencia mensual o bimestral, íbamos Tito Monterroso y yo a La Ópera, a eso del mediodía; nos tomábamos dos o tres cervezas y picábamos botana, o comíamos unas quesadillas, picosísimas en esa cantina; nos salíamos alrededor de las cinco de la tarde; se despedía diciendo que era una sensación muy placentera estar “a media tarde a medios chiles”; medios chiles, dice el Diccionario de Mexicanismos de doña Concepción Company, se refiere a algo inconcluso, no estar a medio tono; no es lo mismo “media estocada”, que es estar casi borracho; sólo en la segunda acepción de “a medios chiles” es estar ligeramente borracho, lo que es inexacto; la doctora Company debería probar lo que es estar a medios chiles. Las otras dos acepciones son inaceptables. “Estocada” tampoco viene en el dicho diccionario.
El sábado hubo, después de muchos días, una jornada sin blanqueadas en las Ligas Mayores, pero ocho juegos terminaron por diferencia de dos o menos carreras. Algo inusitado; a principios de campaña hubo una batalla en los estacionamientos del parque de los Dodgers, donde golpearon hasta dejar inconsciente y con secuelas a un forofo de los Gigantes; hace unos días los atraparon y serán juzgados; siempre se presumió de lo pacíficos que son los parques de beisbol, donde la pasión no conduce a la violencia. Ha comenzado a aparecer; mucho me temo que sea consecuencia de la necedad de llenar estadios con ignorantes de ese deporte, a los que llevaban con la supuesta emoción del jonrón. Ahi se lo haigan; si no los contienen, si no revierten esa tendencia, en poco tiempo serán tan inseguros y violentos como en los estadios de futbol.
lunes, 25 de julio de 2011
martes, 19 de julio de 2011
Palabra de mujer (más de refraneros misóginos)
La lectura del reciente libro de Susana Corcuera, De pícaros y malqueridos, reafirma la idea de que la mujer es un instrumento del Diablo que sirve para desencaminar al hombre y llevarlo a la perdición; durante una época la iglesia la persiguió, la acusó de usar artilugios para perder al hombre, y ponían como ejemplo a Eva haciendo comer higos (o fruto prohibido) con la tentación de que adquirían sabiduría y una mayor independencia, además de la reproducción y placer en sus intentos.
La picaresca abunda en poemas en los que la mujer tiende trampas, y también que permite que le tiendan otras, todas en persecución del placer carnal; no disimula la participación de clérigos que, aprovechando la ocasión, abusan de las fieles que acuden en busca de consejo; pero como ya dije, será ocasión de otro escrito más detallado.
Los refranes, que apuntan Ángeles Sánchez Bringas y Pilar Vallés en su condensado La que de amarillo se viste, aspiran a decir una verdad, y que sirva de consejo o de aviso o de consuelo de aquel que ha cedido a la tentación, ha caído en una trampa, o sufre por ello; muchos dan a entender que no hay mujeres inocentes, que desde chicas saben qué hay que hacer para conquistar a los hombres, y mientras a más, mejor; y como se pensaba que un hombre era más hombre mientras más mujeres tuviera, y podría presumirlas, sino en nombre sí en número, la mujer en cambio si pasaba de uno en sus redes ya era considerada fácil, promiscua, o cuando menos débil.
Abundan los chistes en los que se habla de las jóvenes incapaces de resistir asedios: “Quiero confesarte los amores que he tenido antes de ti –dice la muchacha—; ya me los confesaste la semana pasada –arguye el novio—; los que he tenido desde entonces”. “No es lo mismo La Santa Sede que la santa cede”; el cine mexicano abunda en ejemplos de muchachas seducidas que sólo son redimidas por la nobleza del hombre que perdona su desliz, a veces engañada por las promesas del galán (El caso de una adolescente; Una virgen moderna; Tu hijo debe nacer; Ellas también son rebeldes; Con quién andan nuestras hijas; Tres días tiene la vida; Hasta que perdió Jalisco; Maldita ciudad; Al rojo vivo); a veces, son víctimas de engaños o de violación (Dos tipos de cuidado; Siempre hay una primera vez; Aventurera); la caída por lujuria se paga caro (Santa; Hay lugar para…dos; La Diana cazadora; Ahora soy rico). Son escasas las cintas donde el placer gozoso no tiene repercusiones funestas (Fin de fiesta, Lo mejor de Teresa, Para servir a usted); pocas veces el cine ha visto el sexo extramarital con humor, y cuando incurre en él, hay una víctima (“La sorpresa”, en Trampas de amor).
Los refranes nos advierten que hay que tener cuidado con las mujeres; a ellas, que los hombres son muy malos, prometen muchos regalos (es inevitable: cada que puedo cito a José Agustín) y luego no cumplen, que sólo se aprovechan de ellas. Continuaré citando sólo unos cuantos; pero entre ellos, intercalaré más que un refrán como tal, algún ejemplo literario, sin identificarlo porque los lectores lo identificarán por ellos mismos; no cito el ejemplo de la mujer que no defendió su honra como defendió la indemnización que le dan por haber sido violada, por no dar la razón al juez que exoneró a un remedo de cantante arguyendo que la violada no hizo lo necesario para defenderse.
Una acotación antes de la recreación: la mayoría de los refranes están rimados; las rimas son sencillas y previsibles, aunque haya algunas elegantes, asombrosas, inesperadas, pero son pocas; y una de las cosas que hacen parecer aburridos los refranes es su monotonía en el ritmo, y tienden a ser octosílabos, que hacen poco variado el decir; pero cuando rompen ese ritmo son difíciles de memorizar, y también de pronunciar. También, que parecen intemporales; por eso no es raro encontrarlos en novelas y poemas de siglos atrás; raros son los que necesitan explicación, por eso molesta que intenten hacerlos explícitos, pues aun los de tiempos muy remotos son fáciles de entender. Otra característica: son reiterativos, y muchos parecen variantes de otros, por lo que no puede saberse cuál fue primero; se presume que son de autoría anónima, y por eso uno se sorprende que se sepa quién los escribió (Esopo, Aristóteles); muchos simplemente los han registrado y han hecho que con ellos se expresen sus personajes (Lope, Cervantes); tampoco es raro que lleguen a la lírica popular y que al cabo de los años se dé por hecho que nacieron de ella; también es cierto que cuando el autor está muy identificado, no es fácil que se popularice. Y otra advertencia: no siempre sigo la puntuación de las autoras, porque en muchos de los refranes una coma o un punto o un signo de admiración hace que se pierda la fluidez; dejé fuera muchos que semejan a otros de los incluidos, pero no dejé que me ganara la pudibundez e incluí, me temo que con desparpajo, algunos bastante vulgares, pero no me negarán que graciosos, que es una de las características principales de un buen refranero.
Las bromas y la mujer, cuando sean menester
Las lágrimas de las putas al cielo llegan juntas
Las malas amigas y los malos novios abundan como las pulgas
Las ocasiones hacen a las putas y a los ladrones
Le gusta el trote de macho, aunque le zangolotee
Le salen canas y cuernos tanto a viejos como a tiernos
Llámame puta aunque no sea, mejor que vieja fea
Lo mejor de la mujer está en el medio; ni tan mala, ni buena que cause tedio
Lo que el diablo no puede hacer, hácelo la mujer
Lo que en el hombre es pasión en la mujer es capricho
Lo que la mujer no consigue hablando, lo conseguirá llorando
Los casados son como los marranos: de día pelean y de noche duermen juntos
Lunar en la boca, señal de loca
Mal ganado será guardar mozas locas para casar
Mal regaña el amo a la moza, si a veces con ella retoza
Mal se guarda a las doncellas cuando no se guardan ellas
Mala para el metate, pero buena para el petate
Marido con pereza, es una mala pieza
Marido que no es casero canta en otro gallinero
Mariposa que busca la llama, en ella se abrasa
Más matan faldas que balas
Más tiran nalgas en lecho que bueyes en barbecho
Más vale puta sin parecerlo, que parecerlo y no serlo
Más vale querer a un perro, y no a una ingrata mujer
Matrimonio a edad madura, cornamenta o sepultura
Mejor de vieja rogado que de moza desdeñado
Mi comadre la bandida, santa en la muerte y puta en la vida
Mientras más remangas las enaguas, más enseñas las nalgas
Moza que asoma a la ventana, de ser vista tiene gana
Muchas hay de brazos mancas, pero ágiles de las ancas
Mujer a quien le das lo que te pide, mujer que te dará lo que le pidas
Mujer alborotada pronto es preñada
Mujer asomada a la ventana, o es puta o está enamorada
Mujer bella con exceso, mucho sexo y poco seso
Mujer celosa, leona furiosa
Mujer con belleza, humo en la cabeza
Mujer con muchos amigos cuenta con dineros y con abrigos
Mujer hermosa y con talento, parece cosa de cuento
Mujer joven y hombre maduro, segura la insolación
Mujer que a la venta se pone a cada rato, venderse quiere barato
Mujer que con curas trata, poco amor y mucha reata
Mujer que de noche se pasea, es muy puta, vieja o fea
Mujer que quiera a uno solo, y banqueta para dos,/ no se hallan en Guanajuato ni por el amor de Dios
Mujer que sabe latín ni tiene marido ni tiene buen fin
Mujer recatada, mujer deseada
Mujer y carta cerrada, abiertas no valen nada
Ni a puerta que te han cerrado, ni a mujer que te ha olvidado
Ni mujer de nalga dispuesta, la mente te engañe charlando con seducción
Ni buscarlas si se han ido, ni echarlas si no se van
Ni cabalgues en potro, ni alabes a tu mujer a otro
Ni de estiércol buen olor, ni de puta buen amor
Ni fea que espante, ni bonita que atarante
Ni las feas están seguras cuando el hombre las procura
No busques para casarte mujer que pueda humillarte
No compres caballo de muchos fierros ni te cases con muchacha de muchos novios
No hay mujer que no lo dé, sino hombre que no lo sabe pedir
No hay mujer tan buena como la ajena
No hay puta sin medalla ni pendejo sin portafolio
No medies en la cuestión, si marido y mujer son
No te cases con mujer de manos grandes, pues todo le parecerá poco
No te cases con mujer que te gane en el saber
Ojo alerta con la moza y con la puerta
Pa’ comer y pa’ coger no hay tontos ni cansados
Palabra de mujer ni vale ni un alfiler
Palos de amor no duelen (éste a lo mejor necesita explicación)
Para el mal de amores no hay doctores
Para librarse de faldas hay que quitarlas o alzarlas
Para no ser infeliz, evita cualquier desliz
Para qué las cortas verdes si maduras caen solitas (éste no parece refrán, sino consejo)
Para tener cien yernos no es necesario tener cien hijas
Peras y viudas caen de maduras
Por el besar, comienza la doncella a resbalar
Por favor te abrazan y quieres que te aprieten (éste tampoco es refrán, pero es divertido)
Preferible caer en los brazos de una mujer que en sus manos
Quien en mujer confía, confía aquél en ladrones
Quien con mujer bella casa, de su honra se descasa
¿Quieres conocer a Inés? Vive con ella un mes (éste tampoco es refrán, pero también es divertido)
Quieres hacerte amar, date a desear
Secreto dicho a mujer, secreto deja de ser
Ser tan poco el amor y que se vaya en celos (no es refrán, y tiene muchas variantes)
Sexo sin amor, flor sin perfume
Si es doncella, dígalo ella
Si la vaca fuera honesta, no tendría cuernos el toro
Si no hay calor en el nido, lo busca fuera el marido
Sin contar a la mujer, lo más traidor es el vino
Solitas bajan al agua sin que nadie las arree (tampoco es refrán, pero es muy hermoso)
Sólo una cuenta tienen que llevar las mujeres, y ésa siempre la pierde
Tanto tiempo de atolera y no saberlo menear
Tetas de mujer tienen mucho poder
Va la moza al río, y cuenta lo suyo y lo mío
Vecina: bocina
Yo que se lo proponía, y ella que lo apetecía (éste tampoco es refrán, pero sí ilustrativo)
Aunque hay parecidos, están ausentes varios; cito dos: uno, en las redacciones de los periódicos: ¡Con estos bueyes hay que arar! Y uno de los muchos mencionados por Salvador Novo, y que dijo en ocasión del enamoramiento fugaz de un amigo por una italiana: ¡Bendito sea Dios que hay ganchos que en cualquier clavo se atoran!
Hace una semana Juan Gabriel Castro decidió retirarse luego de 17 temporadas, no todas completas, en las Ligas Mayores. Manos de Oro, le decían sus compañeros; alguna vez sus coequiperos lo nombraron el Mejor Relevista del equipo, aunque era short stop o tercera base o camarero; no se quedó un día sin chamba; ya es asistente especial del manager general de la organización, y estará encargado del desarrollo de los jugadores jóvenes; se une a otros mexicanos que desempeñan ese puesto, o uno similar, en las organizaciones de las Mayores, como Mario Mendoza, Juan Navarrete, Rubén Amaro y Jorge Orta. A George Brett le achacaron calificar a los bateadores con porcentajes bajos como la “Línea Mendoza”; no fue él, sino otros; Brett, por el contrario, decía que Mario Mendoza, que bateaba .210, con su fildeo equivalía a que bateara.400, y señalaba que él, Brett, hubiera sido el último bateador de .400 de no haberse topado con el guante mágico de Mario Mendoza, quien se lo impidió con grandes atrapadas. No hay que olvidar que el jugador mexicano es fino; los matalotes han durado poco, se apagan rápido y sólo dan de qué hablar mal.
Y por cierto, ciertos primeras bases (Pujols, Filder, Kornerko, Howard) desentonan con la descripción de cómo debían ser los inicialistas: altos, delgados, fuertes, elegantes (Lou Gerigh, Stan Musial, Keith Hernández, Joe Pepitone, Willie Clark, Steve Garvey), inteligentes y desdichados en su vida personal; pero el beisbol tiende a regresar a sus raíces: ya short, segundas y jardineros centrales han dejado de ser matalotes.
Llevamos un mes, y ya parece que vamos saliendo, nomás falta lidiar con los dinosaurios que no quieren dejar de serlo; pero asombra y enaltece la reciedumbre de Mónica, y reconfortan y enorgullecen los amigos dispuestos a todo. Y vale repetir el final de la autobiografía de Sainz citando a Stevenson: ¿De qué puede enorgullecerse un hombre si no está orgulloso de sus amigos?
La picaresca abunda en poemas en los que la mujer tiende trampas, y también que permite que le tiendan otras, todas en persecución del placer carnal; no disimula la participación de clérigos que, aprovechando la ocasión, abusan de las fieles que acuden en busca de consejo; pero como ya dije, será ocasión de otro escrito más detallado.
Los refranes, que apuntan Ángeles Sánchez Bringas y Pilar Vallés en su condensado La que de amarillo se viste, aspiran a decir una verdad, y que sirva de consejo o de aviso o de consuelo de aquel que ha cedido a la tentación, ha caído en una trampa, o sufre por ello; muchos dan a entender que no hay mujeres inocentes, que desde chicas saben qué hay que hacer para conquistar a los hombres, y mientras a más, mejor; y como se pensaba que un hombre era más hombre mientras más mujeres tuviera, y podría presumirlas, sino en nombre sí en número, la mujer en cambio si pasaba de uno en sus redes ya era considerada fácil, promiscua, o cuando menos débil.
Abundan los chistes en los que se habla de las jóvenes incapaces de resistir asedios: “Quiero confesarte los amores que he tenido antes de ti –dice la muchacha—; ya me los confesaste la semana pasada –arguye el novio—; los que he tenido desde entonces”. “No es lo mismo La Santa Sede que la santa cede”; el cine mexicano abunda en ejemplos de muchachas seducidas que sólo son redimidas por la nobleza del hombre que perdona su desliz, a veces engañada por las promesas del galán (El caso de una adolescente; Una virgen moderna; Tu hijo debe nacer; Ellas también son rebeldes; Con quién andan nuestras hijas; Tres días tiene la vida; Hasta que perdió Jalisco; Maldita ciudad; Al rojo vivo); a veces, son víctimas de engaños o de violación (Dos tipos de cuidado; Siempre hay una primera vez; Aventurera); la caída por lujuria se paga caro (Santa; Hay lugar para…dos; La Diana cazadora; Ahora soy rico). Son escasas las cintas donde el placer gozoso no tiene repercusiones funestas (Fin de fiesta, Lo mejor de Teresa, Para servir a usted); pocas veces el cine ha visto el sexo extramarital con humor, y cuando incurre en él, hay una víctima (“La sorpresa”, en Trampas de amor).
Los refranes nos advierten que hay que tener cuidado con las mujeres; a ellas, que los hombres son muy malos, prometen muchos regalos (es inevitable: cada que puedo cito a José Agustín) y luego no cumplen, que sólo se aprovechan de ellas. Continuaré citando sólo unos cuantos; pero entre ellos, intercalaré más que un refrán como tal, algún ejemplo literario, sin identificarlo porque los lectores lo identificarán por ellos mismos; no cito el ejemplo de la mujer que no defendió su honra como defendió la indemnización que le dan por haber sido violada, por no dar la razón al juez que exoneró a un remedo de cantante arguyendo que la violada no hizo lo necesario para defenderse.
Una acotación antes de la recreación: la mayoría de los refranes están rimados; las rimas son sencillas y previsibles, aunque haya algunas elegantes, asombrosas, inesperadas, pero son pocas; y una de las cosas que hacen parecer aburridos los refranes es su monotonía en el ritmo, y tienden a ser octosílabos, que hacen poco variado el decir; pero cuando rompen ese ritmo son difíciles de memorizar, y también de pronunciar. También, que parecen intemporales; por eso no es raro encontrarlos en novelas y poemas de siglos atrás; raros son los que necesitan explicación, por eso molesta que intenten hacerlos explícitos, pues aun los de tiempos muy remotos son fáciles de entender. Otra característica: son reiterativos, y muchos parecen variantes de otros, por lo que no puede saberse cuál fue primero; se presume que son de autoría anónima, y por eso uno se sorprende que se sepa quién los escribió (Esopo, Aristóteles); muchos simplemente los han registrado y han hecho que con ellos se expresen sus personajes (Lope, Cervantes); tampoco es raro que lleguen a la lírica popular y que al cabo de los años se dé por hecho que nacieron de ella; también es cierto que cuando el autor está muy identificado, no es fácil que se popularice. Y otra advertencia: no siempre sigo la puntuación de las autoras, porque en muchos de los refranes una coma o un punto o un signo de admiración hace que se pierda la fluidez; dejé fuera muchos que semejan a otros de los incluidos, pero no dejé que me ganara la pudibundez e incluí, me temo que con desparpajo, algunos bastante vulgares, pero no me negarán que graciosos, que es una de las características principales de un buen refranero.
Las bromas y la mujer, cuando sean menester
Las lágrimas de las putas al cielo llegan juntas
Las malas amigas y los malos novios abundan como las pulgas
Las ocasiones hacen a las putas y a los ladrones
Le gusta el trote de macho, aunque le zangolotee
Le salen canas y cuernos tanto a viejos como a tiernos
Llámame puta aunque no sea, mejor que vieja fea
Lo mejor de la mujer está en el medio; ni tan mala, ni buena que cause tedio
Lo que el diablo no puede hacer, hácelo la mujer
Lo que en el hombre es pasión en la mujer es capricho
Lo que la mujer no consigue hablando, lo conseguirá llorando
Los casados son como los marranos: de día pelean y de noche duermen juntos
Lunar en la boca, señal de loca
Mal ganado será guardar mozas locas para casar
Mal regaña el amo a la moza, si a veces con ella retoza
Mal se guarda a las doncellas cuando no se guardan ellas
Mala para el metate, pero buena para el petate
Marido con pereza, es una mala pieza
Marido que no es casero canta en otro gallinero
Mariposa que busca la llama, en ella se abrasa
Más matan faldas que balas
Más tiran nalgas en lecho que bueyes en barbecho
Más vale puta sin parecerlo, que parecerlo y no serlo
Más vale querer a un perro, y no a una ingrata mujer
Matrimonio a edad madura, cornamenta o sepultura
Mejor de vieja rogado que de moza desdeñado
Mi comadre la bandida, santa en la muerte y puta en la vida
Mientras más remangas las enaguas, más enseñas las nalgas
Moza que asoma a la ventana, de ser vista tiene gana
Muchas hay de brazos mancas, pero ágiles de las ancas
Mujer a quien le das lo que te pide, mujer que te dará lo que le pidas
Mujer alborotada pronto es preñada
Mujer asomada a la ventana, o es puta o está enamorada
Mujer bella con exceso, mucho sexo y poco seso
Mujer celosa, leona furiosa
Mujer con belleza, humo en la cabeza
Mujer con muchos amigos cuenta con dineros y con abrigos
Mujer hermosa y con talento, parece cosa de cuento
Mujer joven y hombre maduro, segura la insolación
Mujer que a la venta se pone a cada rato, venderse quiere barato
Mujer que con curas trata, poco amor y mucha reata
Mujer que de noche se pasea, es muy puta, vieja o fea
Mujer que quiera a uno solo, y banqueta para dos,/ no se hallan en Guanajuato ni por el amor de Dios
Mujer que sabe latín ni tiene marido ni tiene buen fin
Mujer recatada, mujer deseada
Mujer y carta cerrada, abiertas no valen nada
Ni a puerta que te han cerrado, ni a mujer que te ha olvidado
Ni mujer de nalga dispuesta, la mente te engañe charlando con seducción
Ni buscarlas si se han ido, ni echarlas si no se van
Ni cabalgues en potro, ni alabes a tu mujer a otro
Ni de estiércol buen olor, ni de puta buen amor
Ni fea que espante, ni bonita que atarante
Ni las feas están seguras cuando el hombre las procura
No busques para casarte mujer que pueda humillarte
No compres caballo de muchos fierros ni te cases con muchacha de muchos novios
No hay mujer que no lo dé, sino hombre que no lo sabe pedir
No hay mujer tan buena como la ajena
No hay puta sin medalla ni pendejo sin portafolio
No medies en la cuestión, si marido y mujer son
No te cases con mujer de manos grandes, pues todo le parecerá poco
No te cases con mujer que te gane en el saber
Ojo alerta con la moza y con la puerta
Pa’ comer y pa’ coger no hay tontos ni cansados
Palabra de mujer ni vale ni un alfiler
Palos de amor no duelen (éste a lo mejor necesita explicación)
Para el mal de amores no hay doctores
Para librarse de faldas hay que quitarlas o alzarlas
Para no ser infeliz, evita cualquier desliz
Para qué las cortas verdes si maduras caen solitas (éste no parece refrán, sino consejo)
Para tener cien yernos no es necesario tener cien hijas
Peras y viudas caen de maduras
Por el besar, comienza la doncella a resbalar
Por favor te abrazan y quieres que te aprieten (éste tampoco es refrán, pero es divertido)
Preferible caer en los brazos de una mujer que en sus manos
Quien en mujer confía, confía aquél en ladrones
Quien con mujer bella casa, de su honra se descasa
¿Quieres conocer a Inés? Vive con ella un mes (éste tampoco es refrán, pero también es divertido)
Quieres hacerte amar, date a desear
Secreto dicho a mujer, secreto deja de ser
Ser tan poco el amor y que se vaya en celos (no es refrán, y tiene muchas variantes)
Sexo sin amor, flor sin perfume
Si es doncella, dígalo ella
Si la vaca fuera honesta, no tendría cuernos el toro
Si no hay calor en el nido, lo busca fuera el marido
Sin contar a la mujer, lo más traidor es el vino
Solitas bajan al agua sin que nadie las arree (tampoco es refrán, pero es muy hermoso)
Sólo una cuenta tienen que llevar las mujeres, y ésa siempre la pierde
Tanto tiempo de atolera y no saberlo menear
Tetas de mujer tienen mucho poder
Va la moza al río, y cuenta lo suyo y lo mío
Vecina: bocina
Yo que se lo proponía, y ella que lo apetecía (éste tampoco es refrán, pero sí ilustrativo)
Aunque hay parecidos, están ausentes varios; cito dos: uno, en las redacciones de los periódicos: ¡Con estos bueyes hay que arar! Y uno de los muchos mencionados por Salvador Novo, y que dijo en ocasión del enamoramiento fugaz de un amigo por una italiana: ¡Bendito sea Dios que hay ganchos que en cualquier clavo se atoran!
Hace una semana Juan Gabriel Castro decidió retirarse luego de 17 temporadas, no todas completas, en las Ligas Mayores. Manos de Oro, le decían sus compañeros; alguna vez sus coequiperos lo nombraron el Mejor Relevista del equipo, aunque era short stop o tercera base o camarero; no se quedó un día sin chamba; ya es asistente especial del manager general de la organización, y estará encargado del desarrollo de los jugadores jóvenes; se une a otros mexicanos que desempeñan ese puesto, o uno similar, en las organizaciones de las Mayores, como Mario Mendoza, Juan Navarrete, Rubén Amaro y Jorge Orta. A George Brett le achacaron calificar a los bateadores con porcentajes bajos como la “Línea Mendoza”; no fue él, sino otros; Brett, por el contrario, decía que Mario Mendoza, que bateaba .210, con su fildeo equivalía a que bateara.400, y señalaba que él, Brett, hubiera sido el último bateador de .400 de no haberse topado con el guante mágico de Mario Mendoza, quien se lo impidió con grandes atrapadas. No hay que olvidar que el jugador mexicano es fino; los matalotes han durado poco, se apagan rápido y sólo dan de qué hablar mal.
Y por cierto, ciertos primeras bases (Pujols, Filder, Kornerko, Howard) desentonan con la descripción de cómo debían ser los inicialistas: altos, delgados, fuertes, elegantes (Lou Gerigh, Stan Musial, Keith Hernández, Joe Pepitone, Willie Clark, Steve Garvey), inteligentes y desdichados en su vida personal; pero el beisbol tiende a regresar a sus raíces: ya short, segundas y jardineros centrales han dejado de ser matalotes.
Llevamos un mes, y ya parece que vamos saliendo, nomás falta lidiar con los dinosaurios que no quieren dejar de serlo; pero asombra y enaltece la reciedumbre de Mónica, y reconfortan y enorgullecen los amigos dispuestos a todo. Y vale repetir el final de la autobiografía de Sainz citando a Stevenson: ¿De qué puede enorgullecerse un hombre si no está orgulloso de sus amigos?
martes, 12 de julio de 2011
Como dijo don Teofilito (refranero misógino)
Una de las canciones más populares interpretadas por Pedro Infante, y prolongada en El mil amores, es “Tres consejos”, de Rubén Fuentes; los refranes son “Más vale pájaro en mano que ver un ciento volar”, “Si rasuran al vecino pon tu barba a remojar”, “Del plato a la boca se cae la sopa”; en realidad hay más: “no te hagas más ilusiones, primero me has de agarrar”; “en las cosas del cariño nunca debes de confiar”; “más vales ser desconfiado, así nunca sufrirás”; “aquel que no oye consejo nunca a viejo llegará”; “dalo poquito a poquito, y nunca se acabará”. Don Rubén confunde consejos con refranes, aunque es cierto que no hay límites definidos entre esos géneros de la literatura popular. Los consejos no se escuchan, o mejor, no deben escucharse; muchos escritores, pintores, directores, aconsejan a los jóvenes que no oigan consejos, pero no dejan de impartirlos; en realidad, nadie está a salvo de dar consejos (sí de ignorarlos, por supuesto): desde qué remedio seguir para curarse de los resfriados hasta los que invaden la vida privada (“yo sé lo que te digo”).
Los refranes, en cambio, tienen prestigio literario; Alfonso Reyes escribió un ensayo donde apunta todos los dichos del Quijote que han pasado al refranero mexicano, y hay compilaciones breves, gigantescas, especializadas en género, en época, en regiones; una de las obras venturosas de la Academia Mexicana de la Lengua es el Índice de mexicanismos, que contiene frases, dichos y refranes al por mayor. Y hace dos ediciones del Diccionario de la Real Academia obsequiaban un Refranero general ideológico español, cuyo único defecto es su volumen exagerado. En general, ése es el defecto de los refraneros, así como de los diccionarios de germanías: son demasiado extensos, repetitivos y llegan a aburrir, excepto a los especialistas, a los estudiosos del género, porque además intentan explicar lo que es explícito (excepto en algunos ambiguos: no está el horno para bollos, que da a entender que no es el momento oportuno para dirimir una disputa, pero es contradictorio, porque por lo regular se aplica cuando uno de los interlocutores está encabritado y caliente, y el refrán sugiere que está frío; ¿o será porque de tan caliente va a quemar los panes?), y las explicaciones son pudibundas, recatadas.
Excepto esos estudiosos, los refraneros los consultamos para encontrar la frase con que pudimos haber callado a un interlocutor con una frase oportuna, brillante, sarcástica; la encontramos, pero a destiempo; además de lo inoportuno del caso, hay tantas contradicciones en los refraneros, que aun cuando tuviéramos a la mano una, el interlocutor puede encontrar, en esas mismas páginas, una igual de brillante, oportuna y sarcástica, pero en sentido inverso.
Con todo y su fama, los refranes no siempre dicen la verdad; o dicen tantas verdades que es cuestión de encontrar uno que se acomode a lo que pensamos y sostenemos; por otra parte, hay tantas variedades que una discusión digamos política puede degenerar en otra filológica, por una leve variante en el refranero, según la época, la región o el género.
En el cine mexicano hay varios ejemplos de personajes que se nutren del refranero: desde el no muy afortunado Pito Pérez (mejor en el original, pero muy popular por la interpretación de Manuel Medel), hasta las muy afortunadas actuaciones de Andrés Soler en diversas cintas, desde Carabina 30-30 hasta Los tres alegres compadres, pasando por el motociclista Pedro Chávez aconsejando a Luis Macías de que deje a su novia, o usando refranes para enamorar a adolescentes, definir a una piruja, o como pretexto para no trabajar; pero ejemplos hay muchos, buenos y malos. En la canción popular, José Alfredo Jiménez, Chava Flores y Cuco Sánchez han utilizado refranes para hacer espléndidas canciones, como “No soy monedita de oro”, por citar una. (“El amor quita el hambre, yo por eso nunca me enamoro”, uno de los dichos de Pedro Chávez, no lo he encontrado en ningún refranero; hay que alabar su originalidad.)
El refranero, como tantas cosas, sufre el peligro de ser incluido entre las malas costumbres actuales: quienes vivieron niñez, adolescencia y primera juventud admirando a héroes y villanos fumadores tienen que tragarse eso de que Johnny Weismuller es mejor que Gary Cooper, John Wayne y Bogart, porque nunca se le ve fumando en la pantalla; Paul McCartney hace unos años anunció su decisión de modificar la portada de Abbey Road para eliminar el cigarrillo que luce en la mano derecha; los admiradores novatos de Pedro Infante aclaran que no era machista, sino que los guiones hacían que lo pareciera, y ha perdido brillo la frase con que Jorge Negrete lo califica: “porque cuando una mujer nos traiciona, la perdonamos y en paz, al fin y al cabo es mujer; pero cuando la traición viene del que creemos nuestro mejor amigo, ¡ah Chihuahua, cómo duele!”); los únicos que aguantan la presión de la corrección política son Les Luthiers, quienes en cada presentación suelen elogiar el físico femenino, o hacer calificaciones extremas (“anda fornicando a tontas y a locas, que finalmente son las más fáciles”) sin ser abucheados, hostigados ni boicoteados por grupos extremistas, que quieren modificar hasta la gramática por antifeminista.
Porque el refranero es antifeminista; fustiga a los dos géneros, pero se ensaña con la mujer; desde luego, también la hace la picaresca y la poesía erótica de los siglos de oro, aunque en ella a veces el erotismo es placentero, no sólo ventajoso. Pero eso es tema para una entrega (perdón) posterior (perdón, hablo en el sentido recto –perdón– de la palabra). Por ahora me limito al refranero.
No es que sea el mejor, pero es más sintético, tiene una introducción correcta pero aburrida (perdón), y abusa de las explicaciones, pero está muy bien ordenado por temas, subtemas, cualidades, defectos, características físicas y de conducta, y al final, en orden alfabético: me refiero a La que de amarillo se viste, con subtítulo de La mujer en el refranero mexicano, compilado por Ángeles Sánchez Bringas y Pilar Vallés, y publicado con cierto acierto por el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (¿por qué ponen Conaculta en mayúsculas, como siglas, cuando es un acrónimo?), pues tiene erratas que sólo se explican por descuido (Peréz, por ejemplo), y con una tipografía más adecuada para relato que para un refranero (para los fanáticos de la biblioteconomía: ¿dónde colocar los refraneros? ¿Con los diccionarios? En realidad, son lo contrario a un diccionario), pero que se deja leer. (El Índice de mexicanismos traía un disquete donde podían leerse, agrupados por las referencias, los temas y otras categorías, refranes y frases, en una lectura muy cómoda; ya no funcionan con las nuevas computadoras, hay que conformarse con leerlo a la antigüita, en las páginas de un libro no muy cómodo y algo desordenado.)
Tiene menos de 250 páginas, si no contamos las preliminares, lo que en realidad son pocas para un refranero; cada categoría está muy explicada, aunque las autoras repitan refranes, explicaciones y motivos; ordenados alfabéticamente, son apenas 44 páginas, lo que ayuda a que el lector no se aburra; en los capítulos las notas no son muy abundantes, y en general tienden a consignar variantes en otras regiones o en otras épocas, aunque como buenas filólogas, menosprecian variantes más divertidas, como las pronunciadas en el cine mexicano (en especial, por Joaquín Pardavé o Sara García, mexicanizando refranes supuestamente árabes, pero en realidad variantes de los mexicanos, o Fernando Soler, que los dice con tanta gracia como su hermano Andrés) o las emitidas por las canciones populares; no es su intención, pero no consignan cuando son usados por la literatura mexicana, pródiga en el refranero, actualizándolo, adaptándolo o modernizándolo, como “Lo Cortés no quita lo Cuauhtémoc”, de La región más transparente, de Carlos Fuentes, y luego con muchas otras variantes, o el catálogo de refranes en Las tierras flacas, con mucha gracia por Agustín Yáñez, o los que deja escapar también con gracia y malicia Salvador Novo, en su lírica o en su sátira.
Aunque no abundan, a veces incluyen dichos, consejos, ejemplos de la picardía, y hasta albures, lo que muestra lo borroso de las fronteras en el léxico vernáculo estudiado por especialistas.
A continuación, una primera selección políticamente incorrecta, de este refranero que parece disfrutar de la calificación de las mujeres en el refranero mexicano:
A cualquier hora el perro mea y la mujer llora
A la luz de la tea, ni la más fea es fea
A la más cuerda, no has de dar cuerda, que es más fácil que se pierda
A la mujer, como a la carabina, tenerla cargada y en una esquina
A la mujer, el diablo le dio el saber
A la mujer y a la cabra, soga larga; mas no tan larga que se pierdan mujer y cabra
A la mula y a la mujer a palos se han de vencer
A marido ausente, amigo presente
Al hombre sesudo, la mujer lo hace cornudo
Al que Dios da buena ayuda, la mujer se le hace muda
Algo ha de tener la fea cuando el hombre la desea
Amor, dinero y pesetas y un mujer de grandes tetas
Animales ingratos, las mujeres y los gatos
Beata de las que el diablo arrebata
Boca besada, mujer entregada
Bonita y hacendosa soltera, casada lo contrario
Busca mujer por lo que valga y no sólo por la nalga
Cada rato muda el viento, y la mujer al momento
Cásate y verás lo que es coger a huevo, aguado y caro
Con esa carne ni frijoles pido
Cortan más las viejas que las tijeras
Cuando hablan las putas viejas, Dios se tapa las orejas
Cuando maduran, todas caen
Cuando se pide con fe, no hay mujer que no lo dé
De doncella que anda en lenguas, ni hagas culpa ni defiendas
De la mujer mucho bueno has de esperar, y mucho has de temer
Debajo de una manta, ni la hermosa asombra ni la fea espanta
Desgraciado el gallinero donde la gallina canta y el gallo cacarea
Dios nos ha dado mujeres para amarlas, y paciencia para aguantarlas
Doncella manoseada, cual si desdoncellada
Donde mujer no hay, va el diablo y la trae
El casado con bonita muchos ojos necesita
El chiste no está en ser cusca, sino en saberlo menear
El consejo de una vieja pierde a la buena doncella
El hombre en la plaza y la mujer en su casa
El hombre es libre de la puerta para afuera
El hombre persigue a la mujer hasta que ésta lo alcanza
El hombre quiere a mujer sana, y la mujer al hombre que gana
El que tiene mujer fea no sé cómo se recrea
El vino y la mujer, el juicio hacen perder
En casa de tu enemigo, a su mujer ten por amigo
En la mujer no hay color como el que da el rubor
Entre el sí y el no de una mujer, no cabe la cabeza de un alfiler
Eres como la gata mora, si te la meten gritas, si te la sacan lloras
Fealdad no es castidad
Hombre casado, hombre acabado
Hombre celoso, o es cornudo o quiere serlo
Huerto, mujer y molino, requieren uso continuo
Ira de mujer, ira de Lucifer
La buena teta, que en la mano quepa
La cusca regenerada, de cusca no tiene nada
La memoria, cual mujer, suele a veces ser infiel
La mujer buena no tiene ojos ni orejas
La mujer, como el vino, engaña al más fino
La mujer honesta, en su casa y no en la fiesta
La mujer llora antes del matrimonio, el hombre después
La mujer o ama u odia, no conoce medio alguno
La mujer que toma su cuerpo dona
La mujer, si es hermosa, te la pegará; si es fea, te cansará; si pobre, te arruinará, y si rica, te gobernará
La mujer y la mentira nacieron el mismo día
La mujer y las tortillas calientitas han de ser
La que da beso, da d’eso
La que es buena esposa, es limpia y hacendosa
La que mucho los ojos mece, es puta o lo parece
La vergüenza y la doncellez, se pierden sólo una vez
Las mujeres en sus ratos, arañan más que los gatos
¿Las quieres enamoradas?, que se sientan despreciadas
Aluego seguimos
(Cusca, dice el DRAE, es hacer algo que molesta; el Pequeño Larousse dice que en México es "prostituta"; pero los diccionarios de mexicanismos, tan hispanos ellos, no lo recogen [perdón], ni los panhispánicos ni los de dudas. Por cierto, qué papelón.)
(Casi a diario, tres blanqueadas, ocho o nueve juegos por ventaja de una o dos carreras; bueno, Ichiro Suzuki batea .270; es año de pitcheo.)
(Dèja Lu hasta a sí mismo se copia.)
(Como en el cuento de Fredric Brown, las computadoras hacen lo que desean: la que me domina envió al periódico, aunque ya estaba borrada o suprimida, una columna que ya se había publicado. Si logro saber cómo lo hice, podré dominar el mundo. Por lo pronto, ofrezco una disculpa a quienes lo advirtieron; a los que no, para qué.)
Los refranes, en cambio, tienen prestigio literario; Alfonso Reyes escribió un ensayo donde apunta todos los dichos del Quijote que han pasado al refranero mexicano, y hay compilaciones breves, gigantescas, especializadas en género, en época, en regiones; una de las obras venturosas de la Academia Mexicana de la Lengua es el Índice de mexicanismos, que contiene frases, dichos y refranes al por mayor. Y hace dos ediciones del Diccionario de la Real Academia obsequiaban un Refranero general ideológico español, cuyo único defecto es su volumen exagerado. En general, ése es el defecto de los refraneros, así como de los diccionarios de germanías: son demasiado extensos, repetitivos y llegan a aburrir, excepto a los especialistas, a los estudiosos del género, porque además intentan explicar lo que es explícito (excepto en algunos ambiguos: no está el horno para bollos, que da a entender que no es el momento oportuno para dirimir una disputa, pero es contradictorio, porque por lo regular se aplica cuando uno de los interlocutores está encabritado y caliente, y el refrán sugiere que está frío; ¿o será porque de tan caliente va a quemar los panes?), y las explicaciones son pudibundas, recatadas.
Excepto esos estudiosos, los refraneros los consultamos para encontrar la frase con que pudimos haber callado a un interlocutor con una frase oportuna, brillante, sarcástica; la encontramos, pero a destiempo; además de lo inoportuno del caso, hay tantas contradicciones en los refraneros, que aun cuando tuviéramos a la mano una, el interlocutor puede encontrar, en esas mismas páginas, una igual de brillante, oportuna y sarcástica, pero en sentido inverso.
Con todo y su fama, los refranes no siempre dicen la verdad; o dicen tantas verdades que es cuestión de encontrar uno que se acomode a lo que pensamos y sostenemos; por otra parte, hay tantas variedades que una discusión digamos política puede degenerar en otra filológica, por una leve variante en el refranero, según la época, la región o el género.
En el cine mexicano hay varios ejemplos de personajes que se nutren del refranero: desde el no muy afortunado Pito Pérez (mejor en el original, pero muy popular por la interpretación de Manuel Medel), hasta las muy afortunadas actuaciones de Andrés Soler en diversas cintas, desde Carabina 30-30 hasta Los tres alegres compadres, pasando por el motociclista Pedro Chávez aconsejando a Luis Macías de que deje a su novia, o usando refranes para enamorar a adolescentes, definir a una piruja, o como pretexto para no trabajar; pero ejemplos hay muchos, buenos y malos. En la canción popular, José Alfredo Jiménez, Chava Flores y Cuco Sánchez han utilizado refranes para hacer espléndidas canciones, como “No soy monedita de oro”, por citar una. (“El amor quita el hambre, yo por eso nunca me enamoro”, uno de los dichos de Pedro Chávez, no lo he encontrado en ningún refranero; hay que alabar su originalidad.)
El refranero, como tantas cosas, sufre el peligro de ser incluido entre las malas costumbres actuales: quienes vivieron niñez, adolescencia y primera juventud admirando a héroes y villanos fumadores tienen que tragarse eso de que Johnny Weismuller es mejor que Gary Cooper, John Wayne y Bogart, porque nunca se le ve fumando en la pantalla; Paul McCartney hace unos años anunció su decisión de modificar la portada de Abbey Road para eliminar el cigarrillo que luce en la mano derecha; los admiradores novatos de Pedro Infante aclaran que no era machista, sino que los guiones hacían que lo pareciera, y ha perdido brillo la frase con que Jorge Negrete lo califica: “porque cuando una mujer nos traiciona, la perdonamos y en paz, al fin y al cabo es mujer; pero cuando la traición viene del que creemos nuestro mejor amigo, ¡ah Chihuahua, cómo duele!”); los únicos que aguantan la presión de la corrección política son Les Luthiers, quienes en cada presentación suelen elogiar el físico femenino, o hacer calificaciones extremas (“anda fornicando a tontas y a locas, que finalmente son las más fáciles”) sin ser abucheados, hostigados ni boicoteados por grupos extremistas, que quieren modificar hasta la gramática por antifeminista.
Porque el refranero es antifeminista; fustiga a los dos géneros, pero se ensaña con la mujer; desde luego, también la hace la picaresca y la poesía erótica de los siglos de oro, aunque en ella a veces el erotismo es placentero, no sólo ventajoso. Pero eso es tema para una entrega (perdón) posterior (perdón, hablo en el sentido recto –perdón– de la palabra). Por ahora me limito al refranero.
No es que sea el mejor, pero es más sintético, tiene una introducción correcta pero aburrida (perdón), y abusa de las explicaciones, pero está muy bien ordenado por temas, subtemas, cualidades, defectos, características físicas y de conducta, y al final, en orden alfabético: me refiero a La que de amarillo se viste, con subtítulo de La mujer en el refranero mexicano, compilado por Ángeles Sánchez Bringas y Pilar Vallés, y publicado con cierto acierto por el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (¿por qué ponen Conaculta en mayúsculas, como siglas, cuando es un acrónimo?), pues tiene erratas que sólo se explican por descuido (Peréz, por ejemplo), y con una tipografía más adecuada para relato que para un refranero (para los fanáticos de la biblioteconomía: ¿dónde colocar los refraneros? ¿Con los diccionarios? En realidad, son lo contrario a un diccionario), pero que se deja leer. (El Índice de mexicanismos traía un disquete donde podían leerse, agrupados por las referencias, los temas y otras categorías, refranes y frases, en una lectura muy cómoda; ya no funcionan con las nuevas computadoras, hay que conformarse con leerlo a la antigüita, en las páginas de un libro no muy cómodo y algo desordenado.)
Tiene menos de 250 páginas, si no contamos las preliminares, lo que en realidad son pocas para un refranero; cada categoría está muy explicada, aunque las autoras repitan refranes, explicaciones y motivos; ordenados alfabéticamente, son apenas 44 páginas, lo que ayuda a que el lector no se aburra; en los capítulos las notas no son muy abundantes, y en general tienden a consignar variantes en otras regiones o en otras épocas, aunque como buenas filólogas, menosprecian variantes más divertidas, como las pronunciadas en el cine mexicano (en especial, por Joaquín Pardavé o Sara García, mexicanizando refranes supuestamente árabes, pero en realidad variantes de los mexicanos, o Fernando Soler, que los dice con tanta gracia como su hermano Andrés) o las emitidas por las canciones populares; no es su intención, pero no consignan cuando son usados por la literatura mexicana, pródiga en el refranero, actualizándolo, adaptándolo o modernizándolo, como “Lo Cortés no quita lo Cuauhtémoc”, de La región más transparente, de Carlos Fuentes, y luego con muchas otras variantes, o el catálogo de refranes en Las tierras flacas, con mucha gracia por Agustín Yáñez, o los que deja escapar también con gracia y malicia Salvador Novo, en su lírica o en su sátira.
Aunque no abundan, a veces incluyen dichos, consejos, ejemplos de la picardía, y hasta albures, lo que muestra lo borroso de las fronteras en el léxico vernáculo estudiado por especialistas.
A continuación, una primera selección políticamente incorrecta, de este refranero que parece disfrutar de la calificación de las mujeres en el refranero mexicano:
A cualquier hora el perro mea y la mujer llora
A la luz de la tea, ni la más fea es fea
A la más cuerda, no has de dar cuerda, que es más fácil que se pierda
A la mujer, como a la carabina, tenerla cargada y en una esquina
A la mujer, el diablo le dio el saber
A la mujer y a la cabra, soga larga; mas no tan larga que se pierdan mujer y cabra
A la mula y a la mujer a palos se han de vencer
A marido ausente, amigo presente
Al hombre sesudo, la mujer lo hace cornudo
Al que Dios da buena ayuda, la mujer se le hace muda
Algo ha de tener la fea cuando el hombre la desea
Amor, dinero y pesetas y un mujer de grandes tetas
Animales ingratos, las mujeres y los gatos
Beata de las que el diablo arrebata
Boca besada, mujer entregada
Bonita y hacendosa soltera, casada lo contrario
Busca mujer por lo que valga y no sólo por la nalga
Cada rato muda el viento, y la mujer al momento
Cásate y verás lo que es coger a huevo, aguado y caro
Con esa carne ni frijoles pido
Cortan más las viejas que las tijeras
Cuando hablan las putas viejas, Dios se tapa las orejas
Cuando maduran, todas caen
Cuando se pide con fe, no hay mujer que no lo dé
De doncella que anda en lenguas, ni hagas culpa ni defiendas
De la mujer mucho bueno has de esperar, y mucho has de temer
Debajo de una manta, ni la hermosa asombra ni la fea espanta
Desgraciado el gallinero donde la gallina canta y el gallo cacarea
Dios nos ha dado mujeres para amarlas, y paciencia para aguantarlas
Doncella manoseada, cual si desdoncellada
Donde mujer no hay, va el diablo y la trae
El casado con bonita muchos ojos necesita
El chiste no está en ser cusca, sino en saberlo menear
El consejo de una vieja pierde a la buena doncella
El hombre en la plaza y la mujer en su casa
El hombre es libre de la puerta para afuera
El hombre persigue a la mujer hasta que ésta lo alcanza
El hombre quiere a mujer sana, y la mujer al hombre que gana
El que tiene mujer fea no sé cómo se recrea
El vino y la mujer, el juicio hacen perder
En casa de tu enemigo, a su mujer ten por amigo
En la mujer no hay color como el que da el rubor
Entre el sí y el no de una mujer, no cabe la cabeza de un alfiler
Eres como la gata mora, si te la meten gritas, si te la sacan lloras
Fealdad no es castidad
Hombre casado, hombre acabado
Hombre celoso, o es cornudo o quiere serlo
Huerto, mujer y molino, requieren uso continuo
Ira de mujer, ira de Lucifer
La buena teta, que en la mano quepa
La cusca regenerada, de cusca no tiene nada
La memoria, cual mujer, suele a veces ser infiel
La mujer buena no tiene ojos ni orejas
La mujer, como el vino, engaña al más fino
La mujer honesta, en su casa y no en la fiesta
La mujer llora antes del matrimonio, el hombre después
La mujer o ama u odia, no conoce medio alguno
La mujer que toma su cuerpo dona
La mujer, si es hermosa, te la pegará; si es fea, te cansará; si pobre, te arruinará, y si rica, te gobernará
La mujer y la mentira nacieron el mismo día
La mujer y las tortillas calientitas han de ser
La que da beso, da d’eso
La que es buena esposa, es limpia y hacendosa
La que mucho los ojos mece, es puta o lo parece
La vergüenza y la doncellez, se pierden sólo una vez
Las mujeres en sus ratos, arañan más que los gatos
¿Las quieres enamoradas?, que se sientan despreciadas
Aluego seguimos
(Cusca, dice el DRAE, es hacer algo que molesta; el Pequeño Larousse dice que en México es "prostituta"; pero los diccionarios de mexicanismos, tan hispanos ellos, no lo recogen [perdón], ni los panhispánicos ni los de dudas. Por cierto, qué papelón.)
(Casi a diario, tres blanqueadas, ocho o nueve juegos por ventaja de una o dos carreras; bueno, Ichiro Suzuki batea .270; es año de pitcheo.)
(Dèja Lu hasta a sí mismo se copia.)
(Como en el cuento de Fredric Brown, las computadoras hacen lo que desean: la que me domina envió al periódico, aunque ya estaba borrada o suprimida, una columna que ya se había publicado. Si logro saber cómo lo hice, podré dominar el mundo. Por lo pronto, ofrezco una disculpa a quienes lo advirtieron; a los que no, para qué.)
martes, 5 de julio de 2011
¿Cómo, cómo, cómo?
Lo dijo primero Elvis Presley y lo repitió muy poco después Roy Orbison; aquél, en “Now or Never” (con música de “Torna a Sorrento”); el segundo en “Pretty Woman”, sin ningún rodeo: “Be mine tonight”; antes que Presley, Buddy Holly anuncia con más elegancia pero más contundencia: “That´ll Be the Day”, y casi al mismo tiempo que Orbison, Paul Anka cantó “Tonight, my love, tonight” (como diciendo “hoy toca”, como el del chiste de la convención de sexólogos; en traducción, Alberto Vázquez fue más repetitivo: “esta noche, mi amor, esta noche mi amor”; lástima que el resto de la canción sea tan inocuo, sin la malicia de Anka “kiss me kiss me kiss me warm, let me feel like I be born”); por esos mismos años el mundo se estremeció con la alegría de Tony por María expresada en “Tonight” y “Maria” de West Side Story (“Today the minutes seem like hours, the hours go so slowly, and still the sky is light, Oh moon, grow bright, And make this endless day endless night” / “I’ve just kiss a girl name Maria, and never be the same again…”).
No son metáforas, son la enunciación del amor físico en un mundo y una cultura que culminaba la era de una vida precipitada, en la que la certidumbre de la muerte propiciaba una prisa por entregarse; en las biografías de los músicos ingleses nacidos en los años cuarenta abundan quienes fueron de padres desconocidos, de soldados estadounidenses que salieron precipitadamente al término de la guerra sin conocer a los hijos que engendraron, sino muchos años después, cuando los vástagos ya eran famosos; en los siguientes años vieron nacer la era del amor, el “amor libre” que, en labios de los personajes del cine mexicano, era sexualidad sin compromiso, “el sexo sin boda” que cantó muchos años después un sobreviviente extemporáneo de los cincuenta y sesenta, Joaquín Sabina.
La canción mexicana, entendida como la que se hizo o se popularizó en México, en la XEB y en la XEW (aunque algunas se hayan escrito en Venezuela, Colombia, Puerto Rico o Cuba) pocas veces fue tan directa, pero abundaron las metáforas; parte del siglo XIX y casi todo el XX hubo versos alusivos, frases insinuantes, muchas veces con picardía, para hablar del amor físico, de la entrega momentánea (“entrega inmediata”, califica Pedro Infante a su romance con una empleada de correos en Dos tipos de cuidado), de los cariñitos de un instante, a veces del autoerotismo, a veces de la infidelidad, o de la promiscuidad (“Cien mujeres han pasado por mi vida”; cien es el número de esposas, queridas, segundos frentes que le calculan tanto a Pancho Villa como a Emiliano Zapata); los expertos hablan del amor infeliz y del amor desdichado como categorías superiores de la canción popular, pero en ellas caben muchas subcategorías que, como en la entrega anterior, enumeraré de una manera arbitraria, porque los autores son muchos y todos respetables; al incluirlos no los califico de perversos; sólo hay que recordar los casos de censura que impedía decir las cosas por su nombre, como el muy conocido de Lara (“aunque no quiera Dios”) o el no demasiado conocido de “renuncio a Dios, porque al tenerte yo en vida”); hubo otra censura, o autocensura, que disimulaba tratando de evadir la censura no oficial que de cualquier manera se ejercía en las radiodifusoras o en las televisoras; ésas, que permitieron en cambio tanto doble sentido de Tin-Tan, Óscar Pulido, Clavillazo, Infante, Negrete y sus guionistas, que dijeron lo que quisieron y que ni Gobernación ni las ligas de la decencia entendieron. Hay quien dice que tampoco lo entendieron los compositores; me niego a creer que no sabían lo que estaban diciendo. Y eso que no recurro a los despropósitos causados por la pobreza gramatical con que por lo regular están escritas muchas canciones: “como aberrante viviré”.
No hay ninguna hipocresía en la canción que rememora Pancho Conde Ortega, sabio en demasiadas materias: “Como un perro”, de Severo Mirón, en la voz de Chelo Silva, pero también en la de María Victoria: “Por tener la miel amarga de tus besos, hoy se tiene que arrastrar mi dignidad; por piedad, por compasión, no me desprecies; me moriría sin tu amor, no me abandones. No, por Dios, no te me vayas, te lo ruego; que la vida como un perro pasaré; sin hablarte, sin llorar, sin un reproche; siempre tirado a tus pies, de día y de noche” (Severo Mirón, periodista, compositor, locutor, es autor de varias canciones que merecerían más popularidad, como “Vieja, pobre, flaca, fea” –“ojalá te vea, me reiré de ti”– aunque su vida privada haya sido violenta y sórdida); no hay duda de que Severo Mirón hablaba de un amor ilícito; como ilícito es el relatado por otro periodista, Ramón Inclán, “Aún se acuerda de mí” (“Aún se acuerda de mí, aún me tiene cariño, y una carta recibí en que reclama mi olvido. Aún se acuerda de mí, pero qué noble querer: yo no merezco su amor, merezco más su rencor, y aún se acuerda de mí. Reniego ahora de toditos mis agravios, de la dicha que yo siempre le he causado”; en esta obra, la rima es traicionera y hace pensar en las consecuencias de la adolescencia apresurada). A continuación, algunas de esas frases entresacadas, pero no descontextualizadas, de varias canciones mexicanas. Hay entre los autores algunos cuya fama se ha desvanecido, otros que quedaron anónimos, pero muchos de los más renombrados compositores, justamente por estar entre los mejores, como mis muy admirados Rubén Fuentes y Alfonso Esparza Oteo. Y desde luego, José Alfredo Jiménez y Cuco Sánchez, aunque cabe la sospecha de que entre sus muy hermosas frases, no en todas estuvieron muy conscientes de lo que decían y de lo que daban a entender.
“Me conformo aunque sea con un tantito; sería tan bonito, cariñito, estoy bien seguro que después me pedirías de mi amor otro poquito”; “Cuando sientas el calor de otras caricias, mi recuerdo ha de brillar donde tú estés”; “Quiero que conozcas [a] mucha gente, yo quiero que te besen otros labios para que me compares”; “Esta noche con la luna te vas a pasear conmigo, aunque le parezca mal al bueno de tu marido”; “Ya te he dicho que no siembres las uvas en el camino, porque pasa el pasajero y corta el mejor racimo”; “Quisiera ser gato verde para entrar por tu vidriera, para estarte acariciando antes de que amaneciera”; “Pregúntale a las estrellas si por las noches me ven llorar; pregúntales si no busco, para adorarte, la soledad”; “Bonitos modos los que tiene pa’ querer, que por ahi dicen que a mí me robó el placer”; “Las dichas ajenas fueron los testigos de todas las penas que pasé por ti”; “La culpa tienen los hombres que burlan a las mujeres; esta canción que te canto se llama ‘al cabo no puedes’”; “Al ver tu pecho de amor henchido ser tuyo siempre fiel te juré… ¡Ay, cuantas veces la luz del día nos sorprendió…!”; “Quiero ser otra vez el que inquiete la paz de tus sueños”; “A l’ora quiasté sabe la’spero en la barranca montado en la potranca pa’ darnos al amor… Nomás allá se lo haiga si trai al chilpayate, y a l’ora quiste sabe comienza a maloriar”; “La novia que espera temblando de amores”; “Allí donde yo amé con febril locura, allí donde me amaron por vez primera, donde tuvo su cuna un idilio breve…”; “¿Yo pa’ qué quiero amores que sean fingidos? ¿Yo pa’ qué quiero amores que tengan dueño?”; “Dime si ya no me quieres para no volverte a ver… yo no soy el primer hombre ni tú la primer mujer”; “Yo no voy a tu ventana porque no puedo treparme, mejor ábreme la puerta pa’ que veas que sí se montar… mi caballo tordillo corriendo por las veredas, con un moño en el morrillo échame un torito fuera”; “Y aunque otro quera cortarla yo la divisé primero, y juro que he de robarla aunque tenga jardinero; yo la he de ver trasplantada en el huerto de mi casa, y si sale el jardinero, pos a ver, a ver qué pasa”; “El amor para que dure debe ser disimulado… Indita, por un trabajo me cobraste cuatro reales; indita no seas tan cara, yo puse los materiales”; “Y en la orillita de un río, a la sombra de un pirul; su querer fue sólo mío una mañanita azul. Y después en la piragua nos fuimos a navegar, ¡qué lindo se movía el agua cuando yo la volví a besar!”; “Quiero ser chofer de tu automóvil y agarrar las curvas de bajada”; “Cuando me aprietan bailando yo me siento sofocar; pero si bailo con Pepe, con Pepe no siento na’; y no es que Pepe no apriete sino que sabe apretar”; “Me ofreciste acompañarme desde la iglesia a mi choza; pero como no llegaste tuve que venirme solo”; “Ya me embriagué con otro hombre, ya no soy Naela para ti”.
La canción ranchera también está llena de referencias al amor físico, acompañado del amor sentimental; donde hay más traiciones, más mancornadoras, y más presunción de donjuanismo. Veamos unos pocos ejemplos:
“Dame la mano, morena, para subir a tu nido; no duermas sola, duerme conmigo”; “Se te olvidaba que el maguey sabía lo que juraste en nuestra noche, y que a su modo él también podría recriminarte con un reproche. No sé si creas las extrañas cosas que ven mis ojos, tal vez te asombren; las pencas nuevas que al maguey le brotan, vienen marcadas con nuestros nombres”; "Rumbos y amores distintos ando en el mundo probando; ya ves mancornadora, y a qué te supo ese trago”; “Las caricias que me hacías son las que se me revelan que estoy contigo, que me estás acariciando”; El cariño comprado ni sabe querernos ni sabe ser fiel”; “Al encontrarme un amor le digo véngase usted, y al rato digo pos no, que no se puede”; “Ya me diste cariño, ya me diste ternura, ya me hiciste feliz; ya después de tus besos y de tantas caricias qué me importa morir”; “No te guardo rencor, yo sé que el dinero cubre los anhelos de tu corazón”; “Eres linda, eres bonita, lástima que seas tan loca, eres como las campanas, todos llegan y te tocan” (en los sesenta Brigitte Bardott cantó, en español “eres chiquita y bonita lástima que seas tan loca, pareces guitarra fina que cualesquiera te toca” con un sabor insuperable); “Para mí la pulpa es pecho y espinazo la cadera; si se larga con cualquiera, que les haga buen provecho”; “Y sé que noche con noche va creciendo más y más”; “Dame más amor, pero más y más; quiero que me beses como tú me besas y después te vas”; “Una gallina variada empolló un guajolotito; eso sucede a menudo con cualquier animalito”; “Ya ves que no es lo mismo amar que ser amado”; “Deja que caiga la noche pa’ que empiece nuestro amor...”; “Las muchachas de hoy en día son como la tuna blanca, cuando ven un peso duro, vámonos pa’ la barranca”; “tengo el pelo completamente blanco, pero voy a sacar juventud de mi pasado… ya verás lo que vas a aprender cuando vivas conmigo”; “Qué bonito entregarse todito completo”; “tú no sabes que por maje me hicieron guaje”; “Me la quiero llevar pa’ mi casa, pa? cantarle y pa? darle la lata”; “Me he de comer un durazno desde la raiz hasta el hueso, no le hace que sea güerita, será mi gusto y por eso… La voy a ver, le voy a hablar, para un asunto particular”; “Cuando dijiste tú adoro este momento, cuando te tuve en mí, en mí pero muy dentro”; “Pues los amores que me entretienen como las olas del mar van y vienen”; “Ni tú ni nadie arrancarán de mi alma los besos que te di; los besos, las caricias y tantas otras cosas que presenció la noche que te entregaste a mí”; “Tengo miedo de buscarte, y de encontrarte, donde me aseguran mis amigos que te vas”; “Ojalá que mi amor no te duela”; “Acaba de una vez, de un solo golpe”; “Quiero que sepas que al verte ajena mi falso orgullo se doblegó”; “¿Quién es ese amigo que ayer te tenía abrazada? Pero, ay qué caray, qué retraidora mujer”; “Cuando estés en los brazos de otro hombre y te creas la más consentida, espero en Dios que te maten dormida, por infame y traidora a mi amor”; “Como soy hombre formal no me gusta tener una, me gusta tener de a dos por si se me enoja alguna”; “Yo me casaría contigo, primero por lo civil”.
Y qué decir de los chachachás.
Nosotros tenemos la culpa. ¿Cómo creímos en quien por tradición pertenece a una tribu de megalómanos, mitómanos, oportunistas, infieles? Debimos haber hecho caso a lo que dice Faulkner: “Hay que confiar en los malos, nunca cambian” (ni las mosquitas muertas).
El domingo no hubo blanqueadas en las Ligas Mayores, pero nueve juegos terminaron con diferencia de una o dos carreras. Ayer lunes otros nueve con diferencia de dos o menos carreras; y de tres blanqueadas, dos por 1-0. Éste es más “Año de Pitcheo” que el “Año de Pitcheo”.
Ahi la llevamos, ahi la llevamos.
No son metáforas, son la enunciación del amor físico en un mundo y una cultura que culminaba la era de una vida precipitada, en la que la certidumbre de la muerte propiciaba una prisa por entregarse; en las biografías de los músicos ingleses nacidos en los años cuarenta abundan quienes fueron de padres desconocidos, de soldados estadounidenses que salieron precipitadamente al término de la guerra sin conocer a los hijos que engendraron, sino muchos años después, cuando los vástagos ya eran famosos; en los siguientes años vieron nacer la era del amor, el “amor libre” que, en labios de los personajes del cine mexicano, era sexualidad sin compromiso, “el sexo sin boda” que cantó muchos años después un sobreviviente extemporáneo de los cincuenta y sesenta, Joaquín Sabina.
La canción mexicana, entendida como la que se hizo o se popularizó en México, en la XEB y en la XEW (aunque algunas se hayan escrito en Venezuela, Colombia, Puerto Rico o Cuba) pocas veces fue tan directa, pero abundaron las metáforas; parte del siglo XIX y casi todo el XX hubo versos alusivos, frases insinuantes, muchas veces con picardía, para hablar del amor físico, de la entrega momentánea (“entrega inmediata”, califica Pedro Infante a su romance con una empleada de correos en Dos tipos de cuidado), de los cariñitos de un instante, a veces del autoerotismo, a veces de la infidelidad, o de la promiscuidad (“Cien mujeres han pasado por mi vida”; cien es el número de esposas, queridas, segundos frentes que le calculan tanto a Pancho Villa como a Emiliano Zapata); los expertos hablan del amor infeliz y del amor desdichado como categorías superiores de la canción popular, pero en ellas caben muchas subcategorías que, como en la entrega anterior, enumeraré de una manera arbitraria, porque los autores son muchos y todos respetables; al incluirlos no los califico de perversos; sólo hay que recordar los casos de censura que impedía decir las cosas por su nombre, como el muy conocido de Lara (“aunque no quiera Dios”) o el no demasiado conocido de “renuncio a Dios, porque al tenerte yo en vida”); hubo otra censura, o autocensura, que disimulaba tratando de evadir la censura no oficial que de cualquier manera se ejercía en las radiodifusoras o en las televisoras; ésas, que permitieron en cambio tanto doble sentido de Tin-Tan, Óscar Pulido, Clavillazo, Infante, Negrete y sus guionistas, que dijeron lo que quisieron y que ni Gobernación ni las ligas de la decencia entendieron. Hay quien dice que tampoco lo entendieron los compositores; me niego a creer que no sabían lo que estaban diciendo. Y eso que no recurro a los despropósitos causados por la pobreza gramatical con que por lo regular están escritas muchas canciones: “como aberrante viviré”.
No hay ninguna hipocresía en la canción que rememora Pancho Conde Ortega, sabio en demasiadas materias: “Como un perro”, de Severo Mirón, en la voz de Chelo Silva, pero también en la de María Victoria: “Por tener la miel amarga de tus besos, hoy se tiene que arrastrar mi dignidad; por piedad, por compasión, no me desprecies; me moriría sin tu amor, no me abandones. No, por Dios, no te me vayas, te lo ruego; que la vida como un perro pasaré; sin hablarte, sin llorar, sin un reproche; siempre tirado a tus pies, de día y de noche” (Severo Mirón, periodista, compositor, locutor, es autor de varias canciones que merecerían más popularidad, como “Vieja, pobre, flaca, fea” –“ojalá te vea, me reiré de ti”– aunque su vida privada haya sido violenta y sórdida); no hay duda de que Severo Mirón hablaba de un amor ilícito; como ilícito es el relatado por otro periodista, Ramón Inclán, “Aún se acuerda de mí” (“Aún se acuerda de mí, aún me tiene cariño, y una carta recibí en que reclama mi olvido. Aún se acuerda de mí, pero qué noble querer: yo no merezco su amor, merezco más su rencor, y aún se acuerda de mí. Reniego ahora de toditos mis agravios, de la dicha que yo siempre le he causado”; en esta obra, la rima es traicionera y hace pensar en las consecuencias de la adolescencia apresurada). A continuación, algunas de esas frases entresacadas, pero no descontextualizadas, de varias canciones mexicanas. Hay entre los autores algunos cuya fama se ha desvanecido, otros que quedaron anónimos, pero muchos de los más renombrados compositores, justamente por estar entre los mejores, como mis muy admirados Rubén Fuentes y Alfonso Esparza Oteo. Y desde luego, José Alfredo Jiménez y Cuco Sánchez, aunque cabe la sospecha de que entre sus muy hermosas frases, no en todas estuvieron muy conscientes de lo que decían y de lo que daban a entender.
“Me conformo aunque sea con un tantito; sería tan bonito, cariñito, estoy bien seguro que después me pedirías de mi amor otro poquito”; “Cuando sientas el calor de otras caricias, mi recuerdo ha de brillar donde tú estés”; “Quiero que conozcas [a] mucha gente, yo quiero que te besen otros labios para que me compares”; “Esta noche con la luna te vas a pasear conmigo, aunque le parezca mal al bueno de tu marido”; “Ya te he dicho que no siembres las uvas en el camino, porque pasa el pasajero y corta el mejor racimo”; “Quisiera ser gato verde para entrar por tu vidriera, para estarte acariciando antes de que amaneciera”; “Pregúntale a las estrellas si por las noches me ven llorar; pregúntales si no busco, para adorarte, la soledad”; “Bonitos modos los que tiene pa’ querer, que por ahi dicen que a mí me robó el placer”; “Las dichas ajenas fueron los testigos de todas las penas que pasé por ti”; “La culpa tienen los hombres que burlan a las mujeres; esta canción que te canto se llama ‘al cabo no puedes’”; “Al ver tu pecho de amor henchido ser tuyo siempre fiel te juré… ¡Ay, cuantas veces la luz del día nos sorprendió…!”; “Quiero ser otra vez el que inquiete la paz de tus sueños”; “A l’ora quiasté sabe la’spero en la barranca montado en la potranca pa’ darnos al amor… Nomás allá se lo haiga si trai al chilpayate, y a l’ora quiste sabe comienza a maloriar”; “La novia que espera temblando de amores”; “Allí donde yo amé con febril locura, allí donde me amaron por vez primera, donde tuvo su cuna un idilio breve…”; “¿Yo pa’ qué quiero amores que sean fingidos? ¿Yo pa’ qué quiero amores que tengan dueño?”; “Dime si ya no me quieres para no volverte a ver… yo no soy el primer hombre ni tú la primer mujer”; “Yo no voy a tu ventana porque no puedo treparme, mejor ábreme la puerta pa’ que veas que sí se montar… mi caballo tordillo corriendo por las veredas, con un moño en el morrillo échame un torito fuera”; “Y aunque otro quera cortarla yo la divisé primero, y juro que he de robarla aunque tenga jardinero; yo la he de ver trasplantada en el huerto de mi casa, y si sale el jardinero, pos a ver, a ver qué pasa”; “El amor para que dure debe ser disimulado… Indita, por un trabajo me cobraste cuatro reales; indita no seas tan cara, yo puse los materiales”; “Y en la orillita de un río, a la sombra de un pirul; su querer fue sólo mío una mañanita azul. Y después en la piragua nos fuimos a navegar, ¡qué lindo se movía el agua cuando yo la volví a besar!”; “Quiero ser chofer de tu automóvil y agarrar las curvas de bajada”; “Cuando me aprietan bailando yo me siento sofocar; pero si bailo con Pepe, con Pepe no siento na’; y no es que Pepe no apriete sino que sabe apretar”; “Me ofreciste acompañarme desde la iglesia a mi choza; pero como no llegaste tuve que venirme solo”; “Ya me embriagué con otro hombre, ya no soy Naela para ti”.
La canción ranchera también está llena de referencias al amor físico, acompañado del amor sentimental; donde hay más traiciones, más mancornadoras, y más presunción de donjuanismo. Veamos unos pocos ejemplos:
“Dame la mano, morena, para subir a tu nido; no duermas sola, duerme conmigo”; “Se te olvidaba que el maguey sabía lo que juraste en nuestra noche, y que a su modo él también podría recriminarte con un reproche. No sé si creas las extrañas cosas que ven mis ojos, tal vez te asombren; las pencas nuevas que al maguey le brotan, vienen marcadas con nuestros nombres”; "Rumbos y amores distintos ando en el mundo probando; ya ves mancornadora, y a qué te supo ese trago”; “Las caricias que me hacías son las que se me revelan que estoy contigo, que me estás acariciando”; El cariño comprado ni sabe querernos ni sabe ser fiel”; “Al encontrarme un amor le digo véngase usted, y al rato digo pos no, que no se puede”; “Ya me diste cariño, ya me diste ternura, ya me hiciste feliz; ya después de tus besos y de tantas caricias qué me importa morir”; “No te guardo rencor, yo sé que el dinero cubre los anhelos de tu corazón”; “Eres linda, eres bonita, lástima que seas tan loca, eres como las campanas, todos llegan y te tocan” (en los sesenta Brigitte Bardott cantó, en español “eres chiquita y bonita lástima que seas tan loca, pareces guitarra fina que cualesquiera te toca” con un sabor insuperable); “Para mí la pulpa es pecho y espinazo la cadera; si se larga con cualquiera, que les haga buen provecho”; “Y sé que noche con noche va creciendo más y más”; “Dame más amor, pero más y más; quiero que me beses como tú me besas y después te vas”; “Una gallina variada empolló un guajolotito; eso sucede a menudo con cualquier animalito”; “Ya ves que no es lo mismo amar que ser amado”; “Deja que caiga la noche pa’ que empiece nuestro amor...”; “Las muchachas de hoy en día son como la tuna blanca, cuando ven un peso duro, vámonos pa’ la barranca”; “tengo el pelo completamente blanco, pero voy a sacar juventud de mi pasado… ya verás lo que vas a aprender cuando vivas conmigo”; “Qué bonito entregarse todito completo”; “tú no sabes que por maje me hicieron guaje”; “Me la quiero llevar pa’ mi casa, pa? cantarle y pa? darle la lata”; “Me he de comer un durazno desde la raiz hasta el hueso, no le hace que sea güerita, será mi gusto y por eso… La voy a ver, le voy a hablar, para un asunto particular”; “Cuando dijiste tú adoro este momento, cuando te tuve en mí, en mí pero muy dentro”; “Pues los amores que me entretienen como las olas del mar van y vienen”; “Ni tú ni nadie arrancarán de mi alma los besos que te di; los besos, las caricias y tantas otras cosas que presenció la noche que te entregaste a mí”; “Tengo miedo de buscarte, y de encontrarte, donde me aseguran mis amigos que te vas”; “Ojalá que mi amor no te duela”; “Acaba de una vez, de un solo golpe”; “Quiero que sepas que al verte ajena mi falso orgullo se doblegó”; “¿Quién es ese amigo que ayer te tenía abrazada? Pero, ay qué caray, qué retraidora mujer”; “Cuando estés en los brazos de otro hombre y te creas la más consentida, espero en Dios que te maten dormida, por infame y traidora a mi amor”; “Como soy hombre formal no me gusta tener una, me gusta tener de a dos por si se me enoja alguna”; “Yo me casaría contigo, primero por lo civil”.
Y qué decir de los chachachás.
Nosotros tenemos la culpa. ¿Cómo creímos en quien por tradición pertenece a una tribu de megalómanos, mitómanos, oportunistas, infieles? Debimos haber hecho caso a lo que dice Faulkner: “Hay que confiar en los malos, nunca cambian” (ni las mosquitas muertas).
El domingo no hubo blanqueadas en las Ligas Mayores, pero nueve juegos terminaron con diferencia de una o dos carreras. Ayer lunes otros nueve con diferencia de dos o menos carreras; y de tres blanqueadas, dos por 1-0. Éste es más “Año de Pitcheo” que el “Año de Pitcheo”.
Ahi la llevamos, ahi la llevamos.
sábado, 25 de junio de 2011
¿Qué dijeron?
Ya hablé alguna vez en público (en privado muchas) de este asunto, y se me catalogó, y más en privado, como obsesivo, que me fijo en detalles que no existen (sic), que en realidad los autores no querían decir lo que dijeron, o que es mi imaginación; otros, más de acuerdo conmigo, saben que el subconsciente y el inconsciente saben de razones que conscientemente ignoramos. El hecho es que en la canción mexicana, escondidas tras declaraciones sentimentales y al parecer cándidas, asaltan las verdaderas intenciones, por lo regular lujuriosas (en su primera acepción) o lascivas, que aunque parecidas no son lo mismo.
No hablo de los descuidos inocentes, como el de Esperón y Cortázar en “Cocula”, (“se me vino de repente”, que es la respuesta a la adivinanza de “la canción de la eyaculación prematura”), ni de las frases que con el paso del tiempo cambian de significado, como en la canción de los Locos del Ritmo, “qué dirían de mí, qué dirían de ti, qué diría la gente si me viera todo el día haciéndote el amor”, o los albures descarados y burdos (“Ahi lo trais”, de un Marco Antonio Campos que no es el poeta, y que cantó con toda vulgaridad Pedro Infante) o albures finos (algunos de los de Chava Flores en casi todas sus canciones, notoriamente “Tomando té”), estos últimos casos desde luego intencionales.
Son otras canciones que, entre alguna frase, se cuela otra más reveladora; las hay intencionales pero no para alburear, sino para declarar un amor hasta hace poco considerado ilícito o innombrable, como “tú me acostumbraste a todas esas cosas, y tú me enseñaste que son maravillosas… yo no concebía cómo se quería en tu mundo raro, y por ti aprendí”; o las declaraciones de que importa más el presente que el pasado (“déjame imaginar que no existe el pasado, y que nacimos el mismo instante en que nos conocimos” –que también interpretó Pedro Infante, aunque fue éxito de Lucho Gatica), o el riesgo de lo desconocido (“y si quieren saber de mi pasado, es preciso decir una mentira… que no sé del dolor, que triunfé en el amor y que nunca he llorado”, inusitada dentro del repertorio del machismo inteligente de José Alfredo Jiménez).
Hay diferentes categorías, como el relato sucinto del faje que lleva a la incontinencia amorosa (“comenzó por un dedito y la mano agarró… y de un beso el estallido cambió de pronto el juego en el más dulce amor”), al deseo apresurado (“mirando tu retrato me consuelo”, epígrafe ideal para una revista erótica de buen gusto), la satisfacción absoluta (“tanto tiempo disfrutamos de este amor”) que confiesa actos demasiado íntimos (“en los labios llevas ya sabor a mí”) y que no disimula la petición (“chupa que chupa que es más sabroso”, más sincera que “en la dulce sensación de un beso mordelón”, y que insinúa “yo quiero ser un solo ser y estar contigo”, descripción muy exacta y literaria del acto amoroso) y que apenas es más sutil que la confesión total y que Emilio García Riera consideraba digno del gusto del servicio doméstico nacional (“llévame si quieres hasta el fondo del dolor, hazlo como quieras…” y que hace una confesión inesperada: “ya no soporto la terrible soledad, no con un beso nada más…”); aunque el beso más descriptivo es de Lara: “me arrodillé pa’ besarte y así entregarte toda mi vida”.
Hay autores muy conscientes de lo que dicen, y se atreven a decirlo sin tapujos, como María Greever (“porque un beso como el que me diste nunca me habían dado, y el sentirme estrechada en tus brazos nunca lo soñé… como esperan las rosas sedientas al rocío, con esas mismas ansias te espero yo a ti”; “en el rumor de una ola depositamos los dos nuestro secreto de amores que en el mar se sepultó… ola que con tu blanca espuma sin precaución ninguna bañaste sus pies, ola que su cuerpo tocaste y sus labios besaste, vuelve otra vez”). Más directo, Agustín Lara a veces rememora, no a Amado Nervo, como solía decir Monsiváis, sino a Leopoldo Lugones (El mar, lleno de urgencias masculinas, / Bramaba alrededor de tu cintura, / Y como un brazo colosal, la oscura / Ribera te llamaba. En tus retinas, // Y en tus cabellos, y en tu astral blancura, / Rieló con decadencias opalinas / Esa luz de las tardes mortecinas / Que en el agua pacífica perdura. // Palpitando a los ritmos de tu seno, / Hinchóse en una ola el mar sereno; / Para hundirte en sus vértigos felinos // Su voz te dijo una caricia vaga, / Y al penetrar entre tus muslos finos, / La onda se aguzó como una daga. –Océanida --; “Arroyo claro que en tu murmullo le das arrullo al cañaveral, / hilito de agua que hace cosquillas a mi vereda y a mi jacal. / Son tus guijarros un collarcito con el que adorno mi corazón. / ¡Cuna de plata de la mañana, que en la montaña se hace canción! / Yo tengo celos, celos mortales, / porque tú bañas su lindo cuerpo lleno de luz / y tengo celos de tus espumas y tus cristales, arroyito de plata, mi rival eres tú.” –“Arroyito”, Lara).
Pero Lara es mucho más directo en otras canciones, a veces con intención rencorosa (“vende caro tu amor… aquél que de tus labios la miel quiera, que pague con brillantes tu pecado”, aunque es mucho más de ardido “espero a que te pongas más barata pues algún día bajarás de precio” de los hermanos Martínez Gil); o más rendido pero con la misma intención, en “cada noche un amor, distinto amanecer, diferente visión”, o más festiva, la narración de la aventura en Acapulco, sin importar su pasado de ella (“amores habrás tenido, muchos amores… pero ninguno tan bueno ni tan honrado como el que hiciste que en mí brotara” –órale–, o “la blanca tibieza que derramaste en mí”, todos estos versos de una sinceridad sin lugar a dudas de la sensualidad, notoriamente extramarital).
Meloso, Lara se insinúa, ofrece, a veces reclama, pero su reclamo no es el mismo que quien se queja “Ay, amor, ¡qué malo eres¡”, o del que menos enojado y más bien perdonando, “yo te agradezco con toda el alma tu noble empeño”, espléndida en la voz de Eva Garza; Lara no es dubitativo, como Osvaldo Farrés, quien suplica “por lo que tú más quieras, hasta cuándo, hasta cuándo”, o como Gatica, quien confiesa “No sé decirte qué pasó”; es inequívoca la confesión de Pedro Flores, “por más que se oponga el destino, serás para mí”, porque no hay que preguntar para qué; más orgulloso de la confesión es el anónimo compositor de “un beso a la medianoche y el otro al amanecer”. Igual de orgulloso y presumido es el que se ufana: “¿Quién si no fui yo pudo enseñarte el camino del amor?”, aunque a continuación, penoso, confiesa “muerta mi altivez cuando mi orgullo rodó a tus pies”; “Recuerda un poquito quién te hizo mujer”, alardea José Alfredo por aquello de que siempre hay una primera vez.
Pero la canción mexicana está llena de frases inequívocas, y si las mostramos aisladas, son reveladoras; las siguientes, de canciones de múltiples compositores desde los más finos (Alfonso Esparza Oteo) hasta otros menos sutiles, hablan de actos propiciatorios hasta culminaciones: “Acércate más, y más y más, pero mucho más”; “¿Qué no estás tú viendo que lo estoy queriendo sin saberlo tú?” “Porque tal vez será nuestra última noche de amor”; “Pero cómo le explico a mi corazón cuando extrañe en las noches tu piel, tu voz: te fallé como amante”; “Pero a fuerza no será”; “Lo mismo pierde un hombre que una mujer”; “Voy a mojarme los labios con agua bendita”; “Pero voy a sacar juventud de mi pasado” (ideal para promover medicamentos milagrosos); “No quiero que te vayas, la noche está muy fría, abrígame en tus brazos hasta que llegue el día. La almohada está impaciente”; “Te tuve una vez muy dentro de mi corazón”; “Ya no me importa lo que digan los demás”; “Quisiera ser el primer motivo de tu vivir; estar en ti en la misma forma que estás en mí… esa ilusión de amor que se siente una sola vez” “…y hacer de cuenta que hoy nos conocimos”; “Por fin ahora soy feliz, por fin he realizado el amor soñado en mi corazón”; “Lo que he sufrido al sentir tu decepción”; “Que me diste tu amor por equivocación”; “Yo sé que soy una aventura más para ti, que después de esta noche te olvidarás de mí”; “Cuando me asalta el recuerdo de ti, siento en el alma mortal soledad” (es mejor la de Tin-Tan: “Cantando en el baño me acuerdo mucho de ti… y es que cuando me froto, pues yo me acuerdo...”; “Naufragué en el verde mar luminoso de tus ojos, pero al fin pude alcanzar la playa ardiente de tus labios rojos”; “El vicio, el vicio, el vicio de quererte me domina” “Yo haré palpitar todo tu ser”; “Es el error que ahora con dolor pagamos los dos”; “Hace tanto tiempo que estoy divagando, con la fiebre intensa de este cruel martirio, sigue sin piedad sin compasión callando, y tú no me dices ni que sí ni quizá ni que no”; “Y pensar que tuve tan cerca otros labios y los desprecié; pero no me quejo, fue maravilloso lo que te robé”; “Cantando por el barrio del amor”; “Qué caro estoy pagando por quererte, ay cariño” “De mi pasado preguntas todo, que cómo fue”; “Entrégame tú la caricia suprema de amor, con luz en la mirada que ahuyente esa lágrima tuya y olvide el dolor”; “Me gustas mucho, mucho, pero mucho”; “Tú sabes que somos dos amantes que vivimos dos vidas diferentes”; “Como un duende yo sigo tus pasos, para ver si tan sólo eres mía o repartes tu amor en pedazos”; “Si ella te dio su querer tú se lo debes pagar”; “Tuve que pagar albricias por ser tan afortunado”; “Cuando sientas el hastío de otras tierras volverás”; “En la penumbra vaga de la pequeña alcoba, donde en aquella tarde te acariciaba toda”; “El corazón que una noche muy confiado te entregué, y sin ver que me engañabas en tus manos lo dejé”; “Si mi más grande amor tan pequeño lo ves” (otra confesión penosa); “Los dos estamos ahora frente a frente; los dos sabemos lo que el alma siente”; “Te llevaste mi vida con tu prisa y me dejaste inmensamente triste”; “Mas hoy sé que has jugado conmigo, satisfecha quizá ya estarás. Ríete nomás, ríe te digo”; “Quién pudiera pagarte un minuto de amor”; “Chacha, mi chacha linda” (favorita de diversos escritores mexicanos calificados de chirriscos); “Yo que fui del amor ave de paso”; “Amor mío, tu rostro divino no sabe guardar secretos de amor; ya me dijo que estoy en la gloria de tu intimidad; cuánta envidia se va a despertar” (la más explícita de todas las citas); “Cuéntale, cuéntale” (reto de Nydia Caro); “Yo sé que nunca llegaré a la loca y apasionada fuente de tu vida”; “Íntimo secreto, confesión de amor”.
Fuera de contexto, los Tlamatinis encontraron en la confesión de Roberto Carlos, de que una de sus canciones favoritas, y que hasta entonces era de las que más cantaba, “Amapola, lindísima Amapola”, cuando a principios de los setenta lo entambaron por posesión de drogas, la razón de todo. Seguiré en la próxima.
Los últimos nueve días han sido angustiosos, de azoro, susto, incertidumbre, y finalmente alivio. Ahí la llevamos, todo ha salido mejor de lo que esperábamos. Hace poco un historiador se explicaba la crisis por lo corrupto que somos los mexicanos. No sabe lo que dice, nos confunde con los gobernantes: gente que se acercó a ayudar, que nos avisó lo sucedido tratando de infundir esperanzas, gente que pudiendo aprovecharse se comportó con una honradez, una limpieza ejemplares; gente que aun con el espanto en el rostro hizo más allá de lo humano para auxiliar; médicos, enfermeras, personal administrativo de un hospital de gobierno que desmiente lo que opinamos de ellos sin entender su trabajo. Y como siempre, llenos de amigos que muestran su humanidad, su entereza, su grandeza, y de quienes nos sentimos orgullosos. Ahí la llevamos gracias a ellos. Y queda la certidumbre de que nada hubiera sucedido si las autoridades no fueran tan corruptas, si no beneficiaran a las grandes industrias; ahora sabemos a qué estamos expuestos si permitimos que esos grupos, disfrazados de todas las tendencias políticas a las que denigran, sigan empeñados en conservar o adquirir o recuperar el poder.
(Sus coreografías son espléndidas, las voces de sus actores, admirables, las tramas divertidas y a veces interesantes, además de la belleza de algunas de sus protagonistas y de sus invitadas; pero preferir las versiones de Glee es como preferir leer a Dèja Lu en vez de a José Emilio Pacheco.)
En el portal de El Universal, Edición Impresa, Hemeroteca, en la edición del 26 de junio, en Columnas, El Librero, con reseñas de los cuentos y los poemas completos de Borges, y cuatro libros más.
No hablo de los descuidos inocentes, como el de Esperón y Cortázar en “Cocula”, (“se me vino de repente”, que es la respuesta a la adivinanza de “la canción de la eyaculación prematura”), ni de las frases que con el paso del tiempo cambian de significado, como en la canción de los Locos del Ritmo, “qué dirían de mí, qué dirían de ti, qué diría la gente si me viera todo el día haciéndote el amor”, o los albures descarados y burdos (“Ahi lo trais”, de un Marco Antonio Campos que no es el poeta, y que cantó con toda vulgaridad Pedro Infante) o albures finos (algunos de los de Chava Flores en casi todas sus canciones, notoriamente “Tomando té”), estos últimos casos desde luego intencionales.
Son otras canciones que, entre alguna frase, se cuela otra más reveladora; las hay intencionales pero no para alburear, sino para declarar un amor hasta hace poco considerado ilícito o innombrable, como “tú me acostumbraste a todas esas cosas, y tú me enseñaste que son maravillosas… yo no concebía cómo se quería en tu mundo raro, y por ti aprendí”; o las declaraciones de que importa más el presente que el pasado (“déjame imaginar que no existe el pasado, y que nacimos el mismo instante en que nos conocimos” –que también interpretó Pedro Infante, aunque fue éxito de Lucho Gatica), o el riesgo de lo desconocido (“y si quieren saber de mi pasado, es preciso decir una mentira… que no sé del dolor, que triunfé en el amor y que nunca he llorado”, inusitada dentro del repertorio del machismo inteligente de José Alfredo Jiménez).
Hay diferentes categorías, como el relato sucinto del faje que lleva a la incontinencia amorosa (“comenzó por un dedito y la mano agarró… y de un beso el estallido cambió de pronto el juego en el más dulce amor”), al deseo apresurado (“mirando tu retrato me consuelo”, epígrafe ideal para una revista erótica de buen gusto), la satisfacción absoluta (“tanto tiempo disfrutamos de este amor”) que confiesa actos demasiado íntimos (“en los labios llevas ya sabor a mí”) y que no disimula la petición (“chupa que chupa que es más sabroso”, más sincera que “en la dulce sensación de un beso mordelón”, y que insinúa “yo quiero ser un solo ser y estar contigo”, descripción muy exacta y literaria del acto amoroso) y que apenas es más sutil que la confesión total y que Emilio García Riera consideraba digno del gusto del servicio doméstico nacional (“llévame si quieres hasta el fondo del dolor, hazlo como quieras…” y que hace una confesión inesperada: “ya no soporto la terrible soledad, no con un beso nada más…”); aunque el beso más descriptivo es de Lara: “me arrodillé pa’ besarte y así entregarte toda mi vida”.
Hay autores muy conscientes de lo que dicen, y se atreven a decirlo sin tapujos, como María Greever (“porque un beso como el que me diste nunca me habían dado, y el sentirme estrechada en tus brazos nunca lo soñé… como esperan las rosas sedientas al rocío, con esas mismas ansias te espero yo a ti”; “en el rumor de una ola depositamos los dos nuestro secreto de amores que en el mar se sepultó… ola que con tu blanca espuma sin precaución ninguna bañaste sus pies, ola que su cuerpo tocaste y sus labios besaste, vuelve otra vez”). Más directo, Agustín Lara a veces rememora, no a Amado Nervo, como solía decir Monsiváis, sino a Leopoldo Lugones (El mar, lleno de urgencias masculinas, / Bramaba alrededor de tu cintura, / Y como un brazo colosal, la oscura / Ribera te llamaba. En tus retinas, // Y en tus cabellos, y en tu astral blancura, / Rieló con decadencias opalinas / Esa luz de las tardes mortecinas / Que en el agua pacífica perdura. // Palpitando a los ritmos de tu seno, / Hinchóse en una ola el mar sereno; / Para hundirte en sus vértigos felinos // Su voz te dijo una caricia vaga, / Y al penetrar entre tus muslos finos, / La onda se aguzó como una daga. –Océanida --; “Arroyo claro que en tu murmullo le das arrullo al cañaveral, / hilito de agua que hace cosquillas a mi vereda y a mi jacal. / Son tus guijarros un collarcito con el que adorno mi corazón. / ¡Cuna de plata de la mañana, que en la montaña se hace canción! / Yo tengo celos, celos mortales, / porque tú bañas su lindo cuerpo lleno de luz / y tengo celos de tus espumas y tus cristales, arroyito de plata, mi rival eres tú.” –“Arroyito”, Lara).
Pero Lara es mucho más directo en otras canciones, a veces con intención rencorosa (“vende caro tu amor… aquél que de tus labios la miel quiera, que pague con brillantes tu pecado”, aunque es mucho más de ardido “espero a que te pongas más barata pues algún día bajarás de precio” de los hermanos Martínez Gil); o más rendido pero con la misma intención, en “cada noche un amor, distinto amanecer, diferente visión”, o más festiva, la narración de la aventura en Acapulco, sin importar su pasado de ella (“amores habrás tenido, muchos amores… pero ninguno tan bueno ni tan honrado como el que hiciste que en mí brotara” –órale–, o “la blanca tibieza que derramaste en mí”, todos estos versos de una sinceridad sin lugar a dudas de la sensualidad, notoriamente extramarital).
Meloso, Lara se insinúa, ofrece, a veces reclama, pero su reclamo no es el mismo que quien se queja “Ay, amor, ¡qué malo eres¡”, o del que menos enojado y más bien perdonando, “yo te agradezco con toda el alma tu noble empeño”, espléndida en la voz de Eva Garza; Lara no es dubitativo, como Osvaldo Farrés, quien suplica “por lo que tú más quieras, hasta cuándo, hasta cuándo”, o como Gatica, quien confiesa “No sé decirte qué pasó”; es inequívoca la confesión de Pedro Flores, “por más que se oponga el destino, serás para mí”, porque no hay que preguntar para qué; más orgulloso de la confesión es el anónimo compositor de “un beso a la medianoche y el otro al amanecer”. Igual de orgulloso y presumido es el que se ufana: “¿Quién si no fui yo pudo enseñarte el camino del amor?”, aunque a continuación, penoso, confiesa “muerta mi altivez cuando mi orgullo rodó a tus pies”; “Recuerda un poquito quién te hizo mujer”, alardea José Alfredo por aquello de que siempre hay una primera vez.
Pero la canción mexicana está llena de frases inequívocas, y si las mostramos aisladas, son reveladoras; las siguientes, de canciones de múltiples compositores desde los más finos (Alfonso Esparza Oteo) hasta otros menos sutiles, hablan de actos propiciatorios hasta culminaciones: “Acércate más, y más y más, pero mucho más”; “¿Qué no estás tú viendo que lo estoy queriendo sin saberlo tú?” “Porque tal vez será nuestra última noche de amor”; “Pero cómo le explico a mi corazón cuando extrañe en las noches tu piel, tu voz: te fallé como amante”; “Pero a fuerza no será”; “Lo mismo pierde un hombre que una mujer”; “Voy a mojarme los labios con agua bendita”; “Pero voy a sacar juventud de mi pasado” (ideal para promover medicamentos milagrosos); “No quiero que te vayas, la noche está muy fría, abrígame en tus brazos hasta que llegue el día. La almohada está impaciente”; “Te tuve una vez muy dentro de mi corazón”; “Ya no me importa lo que digan los demás”; “Quisiera ser el primer motivo de tu vivir; estar en ti en la misma forma que estás en mí… esa ilusión de amor que se siente una sola vez” “…y hacer de cuenta que hoy nos conocimos”; “Por fin ahora soy feliz, por fin he realizado el amor soñado en mi corazón”; “Lo que he sufrido al sentir tu decepción”; “Que me diste tu amor por equivocación”; “Yo sé que soy una aventura más para ti, que después de esta noche te olvidarás de mí”; “Cuando me asalta el recuerdo de ti, siento en el alma mortal soledad” (es mejor la de Tin-Tan: “Cantando en el baño me acuerdo mucho de ti… y es que cuando me froto, pues yo me acuerdo...”; “Naufragué en el verde mar luminoso de tus ojos, pero al fin pude alcanzar la playa ardiente de tus labios rojos”; “El vicio, el vicio, el vicio de quererte me domina” “Yo haré palpitar todo tu ser”; “Es el error que ahora con dolor pagamos los dos”; “Hace tanto tiempo que estoy divagando, con la fiebre intensa de este cruel martirio, sigue sin piedad sin compasión callando, y tú no me dices ni que sí ni quizá ni que no”; “Y pensar que tuve tan cerca otros labios y los desprecié; pero no me quejo, fue maravilloso lo que te robé”; “Cantando por el barrio del amor”; “Qué caro estoy pagando por quererte, ay cariño” “De mi pasado preguntas todo, que cómo fue”; “Entrégame tú la caricia suprema de amor, con luz en la mirada que ahuyente esa lágrima tuya y olvide el dolor”; “Me gustas mucho, mucho, pero mucho”; “Tú sabes que somos dos amantes que vivimos dos vidas diferentes”; “Como un duende yo sigo tus pasos, para ver si tan sólo eres mía o repartes tu amor en pedazos”; “Si ella te dio su querer tú se lo debes pagar”; “Tuve que pagar albricias por ser tan afortunado”; “Cuando sientas el hastío de otras tierras volverás”; “En la penumbra vaga de la pequeña alcoba, donde en aquella tarde te acariciaba toda”; “El corazón que una noche muy confiado te entregué, y sin ver que me engañabas en tus manos lo dejé”; “Si mi más grande amor tan pequeño lo ves” (otra confesión penosa); “Los dos estamos ahora frente a frente; los dos sabemos lo que el alma siente”; “Te llevaste mi vida con tu prisa y me dejaste inmensamente triste”; “Mas hoy sé que has jugado conmigo, satisfecha quizá ya estarás. Ríete nomás, ríe te digo”; “Quién pudiera pagarte un minuto de amor”; “Chacha, mi chacha linda” (favorita de diversos escritores mexicanos calificados de chirriscos); “Yo que fui del amor ave de paso”; “Amor mío, tu rostro divino no sabe guardar secretos de amor; ya me dijo que estoy en la gloria de tu intimidad; cuánta envidia se va a despertar” (la más explícita de todas las citas); “Cuéntale, cuéntale” (reto de Nydia Caro); “Yo sé que nunca llegaré a la loca y apasionada fuente de tu vida”; “Íntimo secreto, confesión de amor”.
Fuera de contexto, los Tlamatinis encontraron en la confesión de Roberto Carlos, de que una de sus canciones favoritas, y que hasta entonces era de las que más cantaba, “Amapola, lindísima Amapola”, cuando a principios de los setenta lo entambaron por posesión de drogas, la razón de todo. Seguiré en la próxima.
Los últimos nueve días han sido angustiosos, de azoro, susto, incertidumbre, y finalmente alivio. Ahí la llevamos, todo ha salido mejor de lo que esperábamos. Hace poco un historiador se explicaba la crisis por lo corrupto que somos los mexicanos. No sabe lo que dice, nos confunde con los gobernantes: gente que se acercó a ayudar, que nos avisó lo sucedido tratando de infundir esperanzas, gente que pudiendo aprovecharse se comportó con una honradez, una limpieza ejemplares; gente que aun con el espanto en el rostro hizo más allá de lo humano para auxiliar; médicos, enfermeras, personal administrativo de un hospital de gobierno que desmiente lo que opinamos de ellos sin entender su trabajo. Y como siempre, llenos de amigos que muestran su humanidad, su entereza, su grandeza, y de quienes nos sentimos orgullosos. Ahí la llevamos gracias a ellos. Y queda la certidumbre de que nada hubiera sucedido si las autoridades no fueran tan corruptas, si no beneficiaran a las grandes industrias; ahora sabemos a qué estamos expuestos si permitimos que esos grupos, disfrazados de todas las tendencias políticas a las que denigran, sigan empeñados en conservar o adquirir o recuperar el poder.
(Sus coreografías son espléndidas, las voces de sus actores, admirables, las tramas divertidas y a veces interesantes, además de la belleza de algunas de sus protagonistas y de sus invitadas; pero preferir las versiones de Glee es como preferir leer a Dèja Lu en vez de a José Emilio Pacheco.)
En el portal de El Universal, Edición Impresa, Hemeroteca, en la edición del 26 de junio, en Columnas, El Librero, con reseñas de los cuentos y los poemas completos de Borges, y cuatro libros más.
domingo, 12 de junio de 2011
Manos arriba (o toccata y fuga)
Son varias las personas que han señalado un fenómeno que no sé cuánto tiempo dure: si la muerte era pública y el sexo privado, desde hace unos pocos años es a la inversa: uno se entera tardíamente del fallecimiento incluso de gente famosa, como la excelente cantante Phoebe Snow, aquella que hace dueto con Paul Simon en “Gone at Last” y le hace coros en “50 Ways to Leave Your Lover”, ambas de Still Crazy After all these Years, considerado el mejor álbum de 1975; falleció el 26 de abril, sin que hubiera apenas unas notitas breves, perdidas, en unos pocos periódicos; o el de Captain Beefheart; ambos fallecimientos hicieron ruido en el mundo de la música, pero sólo nos enteramos de su fallecimiento por las revistas especializadas; de la vida sexual de estrellitas, estrellados y futbolistas (y beisbolistas: Álex Rodríguez debe sus constantes slumps a sus parrandas con Madonna y últimamente con Cameron Diaz, aunque Derek Jetter no se vio afectado en su juego por su romance con Jessica Alba, aunque por un buen rato tuvo que andar cantando “la última noche que pasé contigo quisiera olvidarla pero no he podido, la última noche que pasé contigo, hoy quiero olvidarla por mi bien” –“si no fuera por la penicilina”, como me confesó uno de los más nobles e inteligentes economistas y funcionarios mexicanos) la exponen cada semana las revistas dedicadas a los chismes del espectáculo: con quién, cómo, cuántas veces, en qué horarios, con la mujer de quién (como decía la muletilla de los años cincuenta); sin rubor confiesan, haciendo como que se arrepienten, recién casadas y recién divorciadas, y hacen alarde de sus habilidades que quieren hacer coincidir con sus medidas, y que casi siempre están en proporción inversa a sus cualidades histriónicas. Ven con orgullo cuando son incluidos en las listas de los adictos al sexo, aunque no caen en el exceso de tener que acudir a terapia, como lo hizo Michael Douglas, quien no se apenaba de sus malas actuaciones, sino de sus inoportunas erecciones en pleno set, delante de los técnicos, y que no siempre inhibían a sus coestrellas.
Eso, que debería pertenecer al ámbito de la intimidad, es abordado también en programas radiofónicos y televisivos, con alardes y a veces con envidia. Pero aparece en otro tipo de programas, no en el del chismorreo sino en series, telenovelas (soap operas) y películas, en todo tipo de horarios. No sólo en el programa que parecía más la autobiografía de su principal protagonista, Charles Sheen, sino en programas supuestamente familiares, o en los que se elogia a los nerds, donde se plantean los cariñitos de un instante a las que no hay que volverlos a ver, porque se ha descartado que por una o varias experiencias piloto sean calificadas las mujeres como se catalogaba a las que iban al cine con más de uno, aunque haya sido en diferentes etapas. Desvirgar ya no significa condenar a una soledad arrepentida por la adolescencia apresurada; en todo caso hay que ver que hace un siglo ya había quienes no se escandalizaban por ello; sólo basta echar una mirada a la postura de Alfonso Reyes frente al enamoramiento de Amado Nervo por su hijastra Margarita.
Hay algo más: más superfluo y a la vez más visible; lo que califican como “ass grab”, “ass pinch” y “ass slap”, que si se hicieran en los vagones del Metro merecerían dos años de cárcel o una multa alta, más el calificativo de “conducta antisocial”, pero que son muy aplaudidas, con el perdón, en cine y televisión estadounidense. En un episodio filmado en 2009 pero que acaba de transmitirse, de NCIS, Robert Wagner, que debe asistir a una fiesta para descubrir a unos conspiradores, acompaña a Cote de Pablo, llamada Ziva en la serie, y está a punto de palpar el trasero de la actriz, que se ve más carnoso por la ropa que lleva; se abstiene ante la advertencia de otro personaje. Pero es de los pocos que se abstiene, y se ve que a disgusto (en otro capítulo se ve la mano de un hombre en el trasero de Ziva, y nada inmóvil, por cierto).
Decenas de actrices, casi todas actuales, son nalgueadas en alguna serie; como algo insólito en los años ochenta, Katey Sagal, al final de uno de los muchos capítulos de Married with Children, sufre el manoseo de su suegro, en una escena que queda congelada, cuando sube una escalera; en un capítulo de un programa con audiencia para todo público, Shelley Long sufre el pellizco de un niño vestido de beisbolista; mientras que ignoramos la reacción de Sagal, Shelley Long brinca asombrada y sorprendida, por el dolor y por el que la pellizca. Pero la cantidad de nombres de actrices a las que tocan, soban, palpan, golpean o pellizcan, es asombrosa; van desde las que no tienen otro mérito que una amplia zona donde las palpen, soben, acaricien o pellizquen, hasta las que nadie se ofende si se les califica de actrices; desde la especialista en papeles de sosa, como Lisa Kudrow, a su amiga calificada de cachonda pero sólo en la intimidad, Jennifer Anniston (ésta, muchas veces, como que representa a la vecina sensual); la muy capaz y sobria Carmen Maura a la menos sobria Salma Hayek (Maura colabora con su compañero, porque aunque está ocupada leyendo un documento, se acomoda, se sube la falda hasta dejar descubierto todo el muslo, y se vuelve un poco para que le toque el glúteo con más comodidad; Hayek en cambio respinga, pero no le queda más que aguantarse). Hay algunas que se hacen las disimuladas, mientras que otras responden con empujones, bofetadas, o cuando menos con protestas; a algunas las manosean aprovechando un baile (con disimulo su pareja resbala la mano hasta la parte superior de una asentadera, a lo que ella reacciona quitando la mano de la pareja; otros en cambio bajan las dos manos y las posan en ambas posaderas –cartón de cerveza, en el argot mexicano–; en igual número, ellas respingan, se separan y protestan, o se acomodan para que las sigan acariciando, y no pocas responden poniendo sus manos en las posaderas de ellos); en otras, ellos aprovechan las circunstancias y las manosean abiertamente, aunque la mayor de las veces son toqueteos circunstanciales, fugaces, “tocata y fuga”, pero en otras, como esperando a ver si se saca partido de la situación. Hay manoseos en cintas célebres, como en Río Lobo, donde John Wayne da una nalgada inocente, como de camaradería, a una muy joven y bella Jennifer O’Neill, sin que ella se ofenda ni sienta provocación (hace unos años los ingleses se quejaban de que sus esposas, al terminar el acto sexual, indicaban con una nalgada que ya podían levantarse; cuando ellos comenzaron a hacer lo mismo, ellas se sintieron objeto sexual). En Dick Tracy Al Pacino estimula los pasos de baile de Madonna con nalgadas correctivas; en Matrimonio a la italiana, Marcello Mastroniani saluda con una nalgada amistosa a Sophia Loren; ésta, sin embargo, en otras cintas es reconocida por sus alternantes con un saludo sonoro, pero poco erótico. Ya mencioné en otros escritos las nalgadas de Clark Gable a Joan Crawford, los de Pedro Infante a tres (había dicho dos) extras en Los hijos de María Morales, Jorge Negrete a Lucha Reyes, Andrés Soler lo hace en otra cinta, con mayor picardía, a una extra muy atractiva, y otra vez Marcello Mastroiani a Faye Dunaway, y a Julissa un extra, y al que ella increpa "para eso son, pero se piden").
No son pocas las que sonríen; son más las que se indignan, y aún más las que se quedan calladas; son las que hacen papeles de meseras, obreras, asistentes a un centro nocturno; en otras (Susan Sarandon) no se ve la mano acariciando, pero ella respinga de una manera muy natural y espontánea, y no se sabe si por buena actriz o porque necesitó del estímulo manual; el papel que hacen no les permite echar bronca, aunque alguna, que simula ser mesera de fonda para camioneros, derrama un líquido sobre el agresor.
Aunque Jennifer Anniston es de las más manoseadas, le ganan de calle Jennifer Lopez, y sobre todo Sandra Bullock, de la que he contado siete escenas en las que la tocan en diferentes partes del trasero; en alguna, como la ayudan a bajar una escalera, no puede más que hacerse disimulada; en otras permite el manoseo porque la observa la familia de él, y ella quiere “marcar territorio”, y agrega una sonrisa maliciosa, no tanto por la caricia como por la cara con que la observan; en todas esas escenas, Bullock parece consentir el manoseo; otras lo aprueban, y otras se comportan con indiferencia, como si nada hubieran sentido; sin embargo, no hay que olvidar que se trata de una zona erógena, y que debía excitar a quien toca como quien es tocado (otra característica reciente: las mujeres opinan de traseros masculinos, y no son pocas las que se adelantan en el toqueteo, desde aquel comercial de Splendor Champú, en el que una mujer bella posaba intencionalmente la mano en un glúteo de quien se supone la acompañaba). ¿Tocan por sentir, por incitar, por palpar, por comprobar que no es “la engañadora”?
No es no, dictan las leyes; ¿y cuando no dicen no? La proliferación de esas escenas no es gratuita; sucede incluso en cintas de dibujos animados; en ellas la sufren, o la disfrutan, actrices o actricitas como Adriana Aguirre, Jessica Simpson, Reese Witherspoon (en una situación incómoda, en un elevador, delante de mucha gente), Hillary Duff, Eva Mendez, Jamie Presly, Alyssa Milano, Kristen Bell, Anna Belknapp, la niñera Fran Drescher, Sofía Vergara (muy a menudo), Vida Guerra, Rossy de Palma, Verónica Furqué, Paloma Montero (en una escena que dura más de un minuto, y con claras intenciones obscenas), Teri Hatcher (como una muy improbable mesera), la delgada y fina pero no menos atrevida Calista Flockhart, Laura Antonelli (también muy a menudo), la cazavampiros Sarah Michelle Geller, y, entre otras muchas más, Penélope Cruz (más audaz que casi todas resultó la mano traviesa de Penélope Cruz en el trasero de Salma Hayek, fuera de los sets, en plena calle, ante la mirada de curiosos y de un fotógrafo que la difundió en todo el mundo; Cruz debió ofrecer disculpas; Hayek no comentó nada). Madre e hija, Goldie Hawn y Kate Hudson, han sido palpadas con fuerza, en diferentes cintas, desde luego. Bueno, hasta Joyce DeWitt, que hacía papel de estorbosa y poco atractiva, fue manoseada más de una vez en Three’s Company.
Algunas de esas escenas son graciosas; otras muestran el acoso laboral, estudiantil, social que deben aguantar las mujeres; otras parecen preámbulo a una relación menos fugaz aunque el contacto sea fugaz; algunos de los actores parece que no pueden contener la excitación que sienten al observarlas, vistan o no de manera provocativa. La mayoría de las escenas muestra sólo el poderío masculino; que a veces salgan respondonas es otra cosa, pero por lo general no muestran deseos de conquistar, sólo de nalguear.
¿Las prohibirán las autoridades, que tratan de evitar que eso suceda en la vida real?
¿Quién es el escritor conocido como “Dèja Lu”?
Aunque no haya aparecido en el portal de El Universal, puede leerse la columna El Librero si entran a Edición Impresa, de allí a Hemeroteca, en domingo 12, y en las columnas. Cinco notas de cinco libros interesantes.
Eso, que debería pertenecer al ámbito de la intimidad, es abordado también en programas radiofónicos y televisivos, con alardes y a veces con envidia. Pero aparece en otro tipo de programas, no en el del chismorreo sino en series, telenovelas (soap operas) y películas, en todo tipo de horarios. No sólo en el programa que parecía más la autobiografía de su principal protagonista, Charles Sheen, sino en programas supuestamente familiares, o en los que se elogia a los nerds, donde se plantean los cariñitos de un instante a las que no hay que volverlos a ver, porque se ha descartado que por una o varias experiencias piloto sean calificadas las mujeres como se catalogaba a las que iban al cine con más de uno, aunque haya sido en diferentes etapas. Desvirgar ya no significa condenar a una soledad arrepentida por la adolescencia apresurada; en todo caso hay que ver que hace un siglo ya había quienes no se escandalizaban por ello; sólo basta echar una mirada a la postura de Alfonso Reyes frente al enamoramiento de Amado Nervo por su hijastra Margarita.
Hay algo más: más superfluo y a la vez más visible; lo que califican como “ass grab”, “ass pinch” y “ass slap”, que si se hicieran en los vagones del Metro merecerían dos años de cárcel o una multa alta, más el calificativo de “conducta antisocial”, pero que son muy aplaudidas, con el perdón, en cine y televisión estadounidense. En un episodio filmado en 2009 pero que acaba de transmitirse, de NCIS, Robert Wagner, que debe asistir a una fiesta para descubrir a unos conspiradores, acompaña a Cote de Pablo, llamada Ziva en la serie, y está a punto de palpar el trasero de la actriz, que se ve más carnoso por la ropa que lleva; se abstiene ante la advertencia de otro personaje. Pero es de los pocos que se abstiene, y se ve que a disgusto (en otro capítulo se ve la mano de un hombre en el trasero de Ziva, y nada inmóvil, por cierto).
Decenas de actrices, casi todas actuales, son nalgueadas en alguna serie; como algo insólito en los años ochenta, Katey Sagal, al final de uno de los muchos capítulos de Married with Children, sufre el manoseo de su suegro, en una escena que queda congelada, cuando sube una escalera; en un capítulo de un programa con audiencia para todo público, Shelley Long sufre el pellizco de un niño vestido de beisbolista; mientras que ignoramos la reacción de Sagal, Shelley Long brinca asombrada y sorprendida, por el dolor y por el que la pellizca. Pero la cantidad de nombres de actrices a las que tocan, soban, palpan, golpean o pellizcan, es asombrosa; van desde las que no tienen otro mérito que una amplia zona donde las palpen, soben, acaricien o pellizquen, hasta las que nadie se ofende si se les califica de actrices; desde la especialista en papeles de sosa, como Lisa Kudrow, a su amiga calificada de cachonda pero sólo en la intimidad, Jennifer Anniston (ésta, muchas veces, como que representa a la vecina sensual); la muy capaz y sobria Carmen Maura a la menos sobria Salma Hayek (Maura colabora con su compañero, porque aunque está ocupada leyendo un documento, se acomoda, se sube la falda hasta dejar descubierto todo el muslo, y se vuelve un poco para que le toque el glúteo con más comodidad; Hayek en cambio respinga, pero no le queda más que aguantarse). Hay algunas que se hacen las disimuladas, mientras que otras responden con empujones, bofetadas, o cuando menos con protestas; a algunas las manosean aprovechando un baile (con disimulo su pareja resbala la mano hasta la parte superior de una asentadera, a lo que ella reacciona quitando la mano de la pareja; otros en cambio bajan las dos manos y las posan en ambas posaderas –cartón de cerveza, en el argot mexicano–; en igual número, ellas respingan, se separan y protestan, o se acomodan para que las sigan acariciando, y no pocas responden poniendo sus manos en las posaderas de ellos); en otras, ellos aprovechan las circunstancias y las manosean abiertamente, aunque la mayor de las veces son toqueteos circunstanciales, fugaces, “tocata y fuga”, pero en otras, como esperando a ver si se saca partido de la situación. Hay manoseos en cintas célebres, como en Río Lobo, donde John Wayne da una nalgada inocente, como de camaradería, a una muy joven y bella Jennifer O’Neill, sin que ella se ofenda ni sienta provocación (hace unos años los ingleses se quejaban de que sus esposas, al terminar el acto sexual, indicaban con una nalgada que ya podían levantarse; cuando ellos comenzaron a hacer lo mismo, ellas se sintieron objeto sexual). En Dick Tracy Al Pacino estimula los pasos de baile de Madonna con nalgadas correctivas; en Matrimonio a la italiana, Marcello Mastroniani saluda con una nalgada amistosa a Sophia Loren; ésta, sin embargo, en otras cintas es reconocida por sus alternantes con un saludo sonoro, pero poco erótico. Ya mencioné en otros escritos las nalgadas de Clark Gable a Joan Crawford, los de Pedro Infante a tres (había dicho dos) extras en Los hijos de María Morales, Jorge Negrete a Lucha Reyes, Andrés Soler lo hace en otra cinta, con mayor picardía, a una extra muy atractiva, y otra vez Marcello Mastroiani a Faye Dunaway, y a Julissa un extra, y al que ella increpa "para eso son, pero se piden").
No son pocas las que sonríen; son más las que se indignan, y aún más las que se quedan calladas; son las que hacen papeles de meseras, obreras, asistentes a un centro nocturno; en otras (Susan Sarandon) no se ve la mano acariciando, pero ella respinga de una manera muy natural y espontánea, y no se sabe si por buena actriz o porque necesitó del estímulo manual; el papel que hacen no les permite echar bronca, aunque alguna, que simula ser mesera de fonda para camioneros, derrama un líquido sobre el agresor.
Aunque Jennifer Anniston es de las más manoseadas, le ganan de calle Jennifer Lopez, y sobre todo Sandra Bullock, de la que he contado siete escenas en las que la tocan en diferentes partes del trasero; en alguna, como la ayudan a bajar una escalera, no puede más que hacerse disimulada; en otras permite el manoseo porque la observa la familia de él, y ella quiere “marcar territorio”, y agrega una sonrisa maliciosa, no tanto por la caricia como por la cara con que la observan; en todas esas escenas, Bullock parece consentir el manoseo; otras lo aprueban, y otras se comportan con indiferencia, como si nada hubieran sentido; sin embargo, no hay que olvidar que se trata de una zona erógena, y que debía excitar a quien toca como quien es tocado (otra característica reciente: las mujeres opinan de traseros masculinos, y no son pocas las que se adelantan en el toqueteo, desde aquel comercial de Splendor Champú, en el que una mujer bella posaba intencionalmente la mano en un glúteo de quien se supone la acompañaba). ¿Tocan por sentir, por incitar, por palpar, por comprobar que no es “la engañadora”?
No es no, dictan las leyes; ¿y cuando no dicen no? La proliferación de esas escenas no es gratuita; sucede incluso en cintas de dibujos animados; en ellas la sufren, o la disfrutan, actrices o actricitas como Adriana Aguirre, Jessica Simpson, Reese Witherspoon (en una situación incómoda, en un elevador, delante de mucha gente), Hillary Duff, Eva Mendez, Jamie Presly, Alyssa Milano, Kristen Bell, Anna Belknapp, la niñera Fran Drescher, Sofía Vergara (muy a menudo), Vida Guerra, Rossy de Palma, Verónica Furqué, Paloma Montero (en una escena que dura más de un minuto, y con claras intenciones obscenas), Teri Hatcher (como una muy improbable mesera), la delgada y fina pero no menos atrevida Calista Flockhart, Laura Antonelli (también muy a menudo), la cazavampiros Sarah Michelle Geller, y, entre otras muchas más, Penélope Cruz (más audaz que casi todas resultó la mano traviesa de Penélope Cruz en el trasero de Salma Hayek, fuera de los sets, en plena calle, ante la mirada de curiosos y de un fotógrafo que la difundió en todo el mundo; Cruz debió ofrecer disculpas; Hayek no comentó nada). Madre e hija, Goldie Hawn y Kate Hudson, han sido palpadas con fuerza, en diferentes cintas, desde luego. Bueno, hasta Joyce DeWitt, que hacía papel de estorbosa y poco atractiva, fue manoseada más de una vez en Three’s Company.
Algunas de esas escenas son graciosas; otras muestran el acoso laboral, estudiantil, social que deben aguantar las mujeres; otras parecen preámbulo a una relación menos fugaz aunque el contacto sea fugaz; algunos de los actores parece que no pueden contener la excitación que sienten al observarlas, vistan o no de manera provocativa. La mayoría de las escenas muestra sólo el poderío masculino; que a veces salgan respondonas es otra cosa, pero por lo general no muestran deseos de conquistar, sólo de nalguear.
¿Las prohibirán las autoridades, que tratan de evitar que eso suceda en la vida real?
¿Quién es el escritor conocido como “Dèja Lu”?
Aunque no haya aparecido en el portal de El Universal, puede leerse la columna El Librero si entran a Edición Impresa, de allí a Hemeroteca, en domingo 12, y en las columnas. Cinco notas de cinco libros interesantes.
martes, 7 de junio de 2011
Enfermedades reales, enfermos imaginarios
Tengo antecedentes; debería ser como mi padre, a quien, para aliviarse las pocas veces que se enfermó, le bastaba con comprar las medicinas y traerlas en la bolsa del saco, sin necesidad de ingerirlas; a veces ni las compraba, la receta del doctor Díaz Valencia o de Feria Medina era suficiente para sanarlo. Mi madre en cambio se sabe la fórmula de todas las medicinas que hay en el mercado, y hasta algunas que ya desaparecieron, como el Enterovioformo, y para qué sirven; uno de mis tíos, considerando que algún día debían extirparle el apéndice, se presentó en el sanatorio que estaba en el condominio Insurgentes y logró que lo operaran al día siguiente, en una travesía casi tan divertida como cuando a Novo le extirparon el apéndice, y temía que en ese hospital no supieran cuál era el apéndice.
Hay muchos chistes sobre los hipocondriacos, pero somos muchos, y además expertos en enfermedades, tratamientos y consecuencias de los tratamientos. Gracias al Diccionario de Especialidades Farmacéuticas, que tiene el buen humor de poner la fecha de su caducidad en la portada, estamos aterrorizados cada vez que el médico nos receta un medicamento cuyos componentes, advierten, pueden curar, o causar la muerte, asegún, pasando por diferentes etapas, como inflamación de las manos, pérdida de la sensibilidad (no dicen si emocional; estaría bien), atarantamiento, pérdida de la conciencia; lo que no advierten es que la somnolencia es natural al ingerirlas, y cuando a la hora de tomarlas uno comienza a sentir sueño, intenta vencerlo porque dormido uno no va a sentir a qué hora regresa la sensibilidad.
Van dos veces que me atacan esas reacciones; una, en los años sesenta, por tomar dos antigripales en vez de uno: no pasó de una hinchazón en los labios y la aparición de unos granos que tardaron un mes en desaparecer; otra, hace cosa de un año, cuando una comida me provocó una infección que no cortaba ni el Treda, ahora de venta restringida; dos analgésicos en menos de dos horas hicieron efecto: no suprimieron el dolor, pero apareció la insensibilidad creciente en el lado derecho de la cara con un poco de inflamación; desde entonces cargo un antiestamínico a todos lados, por si las dudas.
Antes pensaba que la mejor lectura para los hipocondriacos era la Enciclopedia Espasa-Calpe, y me parece increíble que grandes lectores de diccionarios y enciclopedias no hayan advertido sus cualidades: trae los síntomas de cada enfermedad, la intensidad de los dolores, y la inminencia del peligro, con una exactitud que ni los médicos pueden reproducir; muestra de tal modo las diferencias entre una apendicitis y una colitis, por ejemplo, que un enfermo imaginario no puede dudar cuál es el mal que lo está aquejando; ilustra al lector sobre enfermedades poco frecuentes, lo que permite lucirnos: “tuve traqueítis”, que desde luego intentan corregir: “¿no será traqueatitis?”, y más nos lucimos al explicar la enfermedad, la causa, la duración del mal, la convalecencia y el nombre, y otros ilustres que la hayan padecido. No están excluidas más que las enfermedades nuevas que asustan a la gente para luego decir que no fue para tanto, pero qué bueno que nos asustamos y así aprendimos que hay que estornudar sobre la “parte interna del codo” (¡) y lavarse las manos seis veces al día. Pero hasta las enfermedades descontinuadas están descritas con tanta pasión que uno sabe que no las escribió un médico, sino un médico hipocondriaco. Aunque la coreomanía y el sudor inglés nadie las describe mejor que Ruy Pérez Tamayo.
Envidio a los mejores hipocondriacos; las enfermedades reales e imaginarias que sufrió Salvador Novo (y que sigue sufriendo: los malos lectores) son documentadas de manera magistral: sus gripes anuales eran motivos de crónicas estupendas, divertidísimas, que además le permitían desahogarse contra el patrón Elías, que regularmente era quien se la transmitía en sus comidas semanales; cinco o seis de ellas están entre sus mejores ensayos; y se cebaba en otros, como cuando don Daniel Moreno resbaló en la Capilla, se fracturó una pierna, y Novo pensaba que podía ser el motivo por el cual Moreno dejara de escribir durante varias semanas. O la ya referida extirpación del apéndice, innecesaria, pero sugerida por su jefe Carlos Chávez quien no soportaba la idea de morir solo a consecuencia de la operación de un apéndice inútil (ni tan inútil: acaban de descubrir que tiene una función que antes desconocíamos, enfermos reales e imaginarios, y nuestros médicos).
Carlos Monsiváis, quien tanto le debió a Novo, no recibió como herencia la hipocondria, como sí la recibieron José Antonio Arcaraz, que era un hipocondriaco extraordinario, y José Ramón Enríquez, quien ha padecido unas magníficas enfermedades imaginarias, pero su médico lo ha desencantado al comprobar que esas enfermedades no podía sufrirlas él.
Otro hipocondriaco excepcional lo ha sido José Luis Cuevas, cuyos relatos son ejemplares, pero que no puedo reproducir porque el libro que los recopilaba fue extraído de mi casa por una seudoperiodista, PT (pronúnciese como quiera el lector) que acompañaba a Héctor de Mauleón y a Alejandro Toledo, con el pretexto de que iba a ser una reseña que ni entregó ni devolvió el libro, lamentablemente agotado.
No tan buen hipocondriaco era José Donoso, porque las enfermedades imaginarias las convertía en reales; un hipocondriaco con limitaciones es Carlos Fuentes, a quien sólo le aparece una úlcera, y la combate escribiendo; los otros males no lo han atormentado tanto como las úlceras, y han sido reales; por fortuna, las ha combatido precisamente por el miedo del hipocondríaco, y no ha dejado que avance, como muchos que no hacen caso de los síntomas.
Claro que los médicos le sirven poco a los hipocondriacos; los inteligentes, como Carlos Macías, porque se abstienen de decirle al paciente cuál es la causa de su malestar, y lo dejan con la duda; otros, menos inteligentes, reaccionan con indignación: “no tiene usted nada, sólo tiene que cuidarse”. Por ellos, los insensibles y poco inteligentes, es la no tan infrecuente lápida “Se los dije” (que necesita un corrector: lo correcto es “se lo dije”, porque el verbo es singular). O “¿No que no?”, a la que le ponen acento indebido en “que”. Hay médicos con los que uno no puede comer, porque se la pasan advirtiendo de peligros, pero sin proponer opciones gastronómicas.
Pero eso es para los malos hipocondriacos, los que sufren una enfermedad imaginaria pero que desean tenerla, para así hacer sentir culpables a los cónyuges y a los hijos: “¿ya ves que no estaba fingiendo?”; los hipocondriacos buenos padecemos solos, a lo mucho atosigamos a una o dos personas; el hipocondriaco tiene cruda y se siente morir, como mi amigo RV; tiene colitis y ya se siente operado del apéndice; el buen hipocondriaco es como García Márquez, quien fingió tan bien un padecimiento sólo para quedarse a oír chismes inconvenientes para su edad, y a causa de ello le extirparon las amígdalas; el hipocondriaco real tiene gastritis pero no deja de sazonar con salsa mexicana hasta los chiles rellenos y los ñoquis.
Somos bombardeados: en medio de una película divertida como Mi querido Capitán, promueven remedios contra la inflamación de la próstata, contra el ardor de las hemorroides o del pie de atleta, o para combatir la diabetes, y le dejan a uno la preocupación: “o sea que…”, se queda uno pensando. Los doctores crueles dicen “ha de haber una infeccioncilla leve por ahi. Pero no deje de avisarme, aunque sea a medianoche”, y ahí va uno corriendo al Diccionario de Especialidades Farmacéuticas para ver qué males combate el medicamento recetado, qué pasa si se lo toma uno con cerveza, o peor, con leche (porque anula el efecto benigno de los antibióticos, aunque por otro lado amortigua los efectos efímeros pero temibles de algunas medicinas, que provocan gastritis), qué inconvenientes puede provocar aunque uno no haya dado muestras de alergia a sus componentes; con qué otros medicamentos no debe combinarse, y en cuánto tiempo se espera que haya reacción.
A Salvador Novo un médico cruel le recetó, no sólo medicamentos incómodos para la gastritis, también lo condenó a una dieta de campo de concentración; ante sus quejas, el médico le dijo que era esa dieta lo mejor para combatir los malestares; “yo mismo la llevo”; Novo se vengó invitándolo a una cena; lo sentó a su izquierda; los meseros comenzaron a servir un mole de olla que todos vieron complacidos; al llegar al médico, y a Novo, los meseros se fueron a la cocina con el mole de olla y le llevaron a ambos un caldo insípido y unas piezas de pollo hervido; el médico protestó: “yo quiero mole de olla”; “usted y yo somos los enfermitos, es la dieta que tomamos”; “¡está usted curado, ya no necesita la dieta, que nos sirvan mole de olla a los dos!”; pero no todos los médicos son igual de rápidos para curar. Hay unos más crueles, como aquel acto de los Polivoces, en que un dentista tenía el letrero que anunciaba los precios: “extracción sin dolor, 50 pesos; extracción con dolor, 500 pesos”, y cuando el paciente se quejaba, advertía: le va a salir más caro. Los dentistas son antihipocondriacos, porque en cuanto uno abre la boca, exclaman: “Uy, ¿por qué no vino hace dos años?”. Carlos Fuentes dice de uno de sus personajes que era “más mentiroso que un dentista”. Pero no hay que dejar de temerle, sobre todo después de leer Los Buddenbrook.
Porque los auténticamente crueles son los que palpan el vientre y comienzan a sugerir síntomas que uno no había sentido, y que surgen en ese momento, provocando entusiasmo en el enfermo; y después de todo, afirman: tómese un tecito de manzanilla en la nochecita.
Cuatro o cinco veces he tenido apendicitis, mi enfermedad favorita de la adolescencia, pero Feria Medina la descartó en todas las ocasiones; de las diez veces que he contraído traqueítis, sólo dos veces ha sido reales; tuve pulmonía en agosto de 1959, cuando salí al frío la noche en que José Medel derrotó por decisión al Toluco López, el primero de ese mes, en la Arena México, aunque varias veces he creído que un ligero resfriado es pulmonía; en cambio, con la influencia, ni me di cuenta; he combatido la gastritis porque en la peor época me pasaba la noche esperando un infarto, por el dolor invasivo, hasta que en un capítulo de Quincy vi la similitud de los síntomas y me pareció despreciable; la combatí, sin eliminarla, porque no es para tanto, con sólo dejar de cenar leche condensada, o tomando un digestivo después de comer mole. No dejo de creer que los lunares que siempre he tenido son nuevos, o han crecido.
Pero mi condición de hipocondriaco honorario me permitía asustar a los compañeros de trabajo, todos hipocondríacos inexpertos; cuando relataban los síntomas me adelantaba al diagnóstico del médico y adivinaba qué medicina le recetarían, la dieta, el tiempo en que tardarían en sanar, pero agregaba los peligros, reales o imaginarios, que además no podían combatir porque el horario del periódico obligaba a desayunar a mediodía, a malcomer en la noche, y a llegar a cenar en pleno sereno. Ayudé a sanar a varios, pero provoqué angustia en la mayoría, le advertí del peligro que representaba la comida que más apetecían, y amenacé con crisis irremediables si probaban una vez más su bebida favorita. Los hipocondriacos no tenemos por qué sufrir en soledad. No es justo.
En el torneo de tenis de Roland Garros hubo varios aspectos que hay que destacar: el reconocimiento de alguno de los cronistas de la obligación del periodista a no tener favoritos en un juego; su incapacidad para ver las cualidades de la campeona Na Li, o el berrinche cuando Federer hacía una buena jugada; también, que uno de los defectos de Sharapova es que es muy mala perdedora, lo cual es una advertencia para su marido; lo más admirable es que el público todo usaba sombrero; los médicos mexicanos están advirtiendo de la necesidad de que regrese la moda que interrumpió López Mateos, y ya cuando van a comprarlo, los pacientes lo usan como paliativo, no como protección. De pronto, en el Metro, en el pesero y en algunos restaurantes vuelve el sombrero, pero no lo usan los pelones ni los calvos, y los modelos disponibles no se sabe si son masculinos o unisex; ojalá que los sombrereros recapaciten y vuelvan a traer tantos modelos como había en los ochenta, cuando estuvo a punto de ponerse de moda otra vez, y como está de moda en París.
Hay muchos chistes sobre los hipocondriacos, pero somos muchos, y además expertos en enfermedades, tratamientos y consecuencias de los tratamientos. Gracias al Diccionario de Especialidades Farmacéuticas, que tiene el buen humor de poner la fecha de su caducidad en la portada, estamos aterrorizados cada vez que el médico nos receta un medicamento cuyos componentes, advierten, pueden curar, o causar la muerte, asegún, pasando por diferentes etapas, como inflamación de las manos, pérdida de la sensibilidad (no dicen si emocional; estaría bien), atarantamiento, pérdida de la conciencia; lo que no advierten es que la somnolencia es natural al ingerirlas, y cuando a la hora de tomarlas uno comienza a sentir sueño, intenta vencerlo porque dormido uno no va a sentir a qué hora regresa la sensibilidad.
Van dos veces que me atacan esas reacciones; una, en los años sesenta, por tomar dos antigripales en vez de uno: no pasó de una hinchazón en los labios y la aparición de unos granos que tardaron un mes en desaparecer; otra, hace cosa de un año, cuando una comida me provocó una infección que no cortaba ni el Treda, ahora de venta restringida; dos analgésicos en menos de dos horas hicieron efecto: no suprimieron el dolor, pero apareció la insensibilidad creciente en el lado derecho de la cara con un poco de inflamación; desde entonces cargo un antiestamínico a todos lados, por si las dudas.
Antes pensaba que la mejor lectura para los hipocondriacos era la Enciclopedia Espasa-Calpe, y me parece increíble que grandes lectores de diccionarios y enciclopedias no hayan advertido sus cualidades: trae los síntomas de cada enfermedad, la intensidad de los dolores, y la inminencia del peligro, con una exactitud que ni los médicos pueden reproducir; muestra de tal modo las diferencias entre una apendicitis y una colitis, por ejemplo, que un enfermo imaginario no puede dudar cuál es el mal que lo está aquejando; ilustra al lector sobre enfermedades poco frecuentes, lo que permite lucirnos: “tuve traqueítis”, que desde luego intentan corregir: “¿no será traqueatitis?”, y más nos lucimos al explicar la enfermedad, la causa, la duración del mal, la convalecencia y el nombre, y otros ilustres que la hayan padecido. No están excluidas más que las enfermedades nuevas que asustan a la gente para luego decir que no fue para tanto, pero qué bueno que nos asustamos y así aprendimos que hay que estornudar sobre la “parte interna del codo” (¡) y lavarse las manos seis veces al día. Pero hasta las enfermedades descontinuadas están descritas con tanta pasión que uno sabe que no las escribió un médico, sino un médico hipocondriaco. Aunque la coreomanía y el sudor inglés nadie las describe mejor que Ruy Pérez Tamayo.
Envidio a los mejores hipocondriacos; las enfermedades reales e imaginarias que sufrió Salvador Novo (y que sigue sufriendo: los malos lectores) son documentadas de manera magistral: sus gripes anuales eran motivos de crónicas estupendas, divertidísimas, que además le permitían desahogarse contra el patrón Elías, que regularmente era quien se la transmitía en sus comidas semanales; cinco o seis de ellas están entre sus mejores ensayos; y se cebaba en otros, como cuando don Daniel Moreno resbaló en la Capilla, se fracturó una pierna, y Novo pensaba que podía ser el motivo por el cual Moreno dejara de escribir durante varias semanas. O la ya referida extirpación del apéndice, innecesaria, pero sugerida por su jefe Carlos Chávez quien no soportaba la idea de morir solo a consecuencia de la operación de un apéndice inútil (ni tan inútil: acaban de descubrir que tiene una función que antes desconocíamos, enfermos reales e imaginarios, y nuestros médicos).
Carlos Monsiváis, quien tanto le debió a Novo, no recibió como herencia la hipocondria, como sí la recibieron José Antonio Arcaraz, que era un hipocondriaco extraordinario, y José Ramón Enríquez, quien ha padecido unas magníficas enfermedades imaginarias, pero su médico lo ha desencantado al comprobar que esas enfermedades no podía sufrirlas él.
Otro hipocondriaco excepcional lo ha sido José Luis Cuevas, cuyos relatos son ejemplares, pero que no puedo reproducir porque el libro que los recopilaba fue extraído de mi casa por una seudoperiodista, PT (pronúnciese como quiera el lector) que acompañaba a Héctor de Mauleón y a Alejandro Toledo, con el pretexto de que iba a ser una reseña que ni entregó ni devolvió el libro, lamentablemente agotado.
No tan buen hipocondriaco era José Donoso, porque las enfermedades imaginarias las convertía en reales; un hipocondriaco con limitaciones es Carlos Fuentes, a quien sólo le aparece una úlcera, y la combate escribiendo; los otros males no lo han atormentado tanto como las úlceras, y han sido reales; por fortuna, las ha combatido precisamente por el miedo del hipocondríaco, y no ha dejado que avance, como muchos que no hacen caso de los síntomas.
Claro que los médicos le sirven poco a los hipocondriacos; los inteligentes, como Carlos Macías, porque se abstienen de decirle al paciente cuál es la causa de su malestar, y lo dejan con la duda; otros, menos inteligentes, reaccionan con indignación: “no tiene usted nada, sólo tiene que cuidarse”. Por ellos, los insensibles y poco inteligentes, es la no tan infrecuente lápida “Se los dije” (que necesita un corrector: lo correcto es “se lo dije”, porque el verbo es singular). O “¿No que no?”, a la que le ponen acento indebido en “que”. Hay médicos con los que uno no puede comer, porque se la pasan advirtiendo de peligros, pero sin proponer opciones gastronómicas.
Pero eso es para los malos hipocondriacos, los que sufren una enfermedad imaginaria pero que desean tenerla, para así hacer sentir culpables a los cónyuges y a los hijos: “¿ya ves que no estaba fingiendo?”; los hipocondriacos buenos padecemos solos, a lo mucho atosigamos a una o dos personas; el hipocondriaco tiene cruda y se siente morir, como mi amigo RV; tiene colitis y ya se siente operado del apéndice; el buen hipocondriaco es como García Márquez, quien fingió tan bien un padecimiento sólo para quedarse a oír chismes inconvenientes para su edad, y a causa de ello le extirparon las amígdalas; el hipocondriaco real tiene gastritis pero no deja de sazonar con salsa mexicana hasta los chiles rellenos y los ñoquis.
Somos bombardeados: en medio de una película divertida como Mi querido Capitán, promueven remedios contra la inflamación de la próstata, contra el ardor de las hemorroides o del pie de atleta, o para combatir la diabetes, y le dejan a uno la preocupación: “o sea que…”, se queda uno pensando. Los doctores crueles dicen “ha de haber una infeccioncilla leve por ahi. Pero no deje de avisarme, aunque sea a medianoche”, y ahí va uno corriendo al Diccionario de Especialidades Farmacéuticas para ver qué males combate el medicamento recetado, qué pasa si se lo toma uno con cerveza, o peor, con leche (porque anula el efecto benigno de los antibióticos, aunque por otro lado amortigua los efectos efímeros pero temibles de algunas medicinas, que provocan gastritis), qué inconvenientes puede provocar aunque uno no haya dado muestras de alergia a sus componentes; con qué otros medicamentos no debe combinarse, y en cuánto tiempo se espera que haya reacción.
A Salvador Novo un médico cruel le recetó, no sólo medicamentos incómodos para la gastritis, también lo condenó a una dieta de campo de concentración; ante sus quejas, el médico le dijo que era esa dieta lo mejor para combatir los malestares; “yo mismo la llevo”; Novo se vengó invitándolo a una cena; lo sentó a su izquierda; los meseros comenzaron a servir un mole de olla que todos vieron complacidos; al llegar al médico, y a Novo, los meseros se fueron a la cocina con el mole de olla y le llevaron a ambos un caldo insípido y unas piezas de pollo hervido; el médico protestó: “yo quiero mole de olla”; “usted y yo somos los enfermitos, es la dieta que tomamos”; “¡está usted curado, ya no necesita la dieta, que nos sirvan mole de olla a los dos!”; pero no todos los médicos son igual de rápidos para curar. Hay unos más crueles, como aquel acto de los Polivoces, en que un dentista tenía el letrero que anunciaba los precios: “extracción sin dolor, 50 pesos; extracción con dolor, 500 pesos”, y cuando el paciente se quejaba, advertía: le va a salir más caro. Los dentistas son antihipocondriacos, porque en cuanto uno abre la boca, exclaman: “Uy, ¿por qué no vino hace dos años?”. Carlos Fuentes dice de uno de sus personajes que era “más mentiroso que un dentista”. Pero no hay que dejar de temerle, sobre todo después de leer Los Buddenbrook.
Porque los auténticamente crueles son los que palpan el vientre y comienzan a sugerir síntomas que uno no había sentido, y que surgen en ese momento, provocando entusiasmo en el enfermo; y después de todo, afirman: tómese un tecito de manzanilla en la nochecita.
Cuatro o cinco veces he tenido apendicitis, mi enfermedad favorita de la adolescencia, pero Feria Medina la descartó en todas las ocasiones; de las diez veces que he contraído traqueítis, sólo dos veces ha sido reales; tuve pulmonía en agosto de 1959, cuando salí al frío la noche en que José Medel derrotó por decisión al Toluco López, el primero de ese mes, en la Arena México, aunque varias veces he creído que un ligero resfriado es pulmonía; en cambio, con la influencia, ni me di cuenta; he combatido la gastritis porque en la peor época me pasaba la noche esperando un infarto, por el dolor invasivo, hasta que en un capítulo de Quincy vi la similitud de los síntomas y me pareció despreciable; la combatí, sin eliminarla, porque no es para tanto, con sólo dejar de cenar leche condensada, o tomando un digestivo después de comer mole. No dejo de creer que los lunares que siempre he tenido son nuevos, o han crecido.
Pero mi condición de hipocondriaco honorario me permitía asustar a los compañeros de trabajo, todos hipocondríacos inexpertos; cuando relataban los síntomas me adelantaba al diagnóstico del médico y adivinaba qué medicina le recetarían, la dieta, el tiempo en que tardarían en sanar, pero agregaba los peligros, reales o imaginarios, que además no podían combatir porque el horario del periódico obligaba a desayunar a mediodía, a malcomer en la noche, y a llegar a cenar en pleno sereno. Ayudé a sanar a varios, pero provoqué angustia en la mayoría, le advertí del peligro que representaba la comida que más apetecían, y amenacé con crisis irremediables si probaban una vez más su bebida favorita. Los hipocondriacos no tenemos por qué sufrir en soledad. No es justo.
En el torneo de tenis de Roland Garros hubo varios aspectos que hay que destacar: el reconocimiento de alguno de los cronistas de la obligación del periodista a no tener favoritos en un juego; su incapacidad para ver las cualidades de la campeona Na Li, o el berrinche cuando Federer hacía una buena jugada; también, que uno de los defectos de Sharapova es que es muy mala perdedora, lo cual es una advertencia para su marido; lo más admirable es que el público todo usaba sombrero; los médicos mexicanos están advirtiendo de la necesidad de que regrese la moda que interrumpió López Mateos, y ya cuando van a comprarlo, los pacientes lo usan como paliativo, no como protección. De pronto, en el Metro, en el pesero y en algunos restaurantes vuelve el sombrero, pero no lo usan los pelones ni los calvos, y los modelos disponibles no se sabe si son masculinos o unisex; ojalá que los sombrereros recapaciten y vuelvan a traer tantos modelos como había en los ochenta, cuando estuvo a punto de ponerse de moda otra vez, y como está de moda en París.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
