Hace 30 años comenzó la carrera de Fernando Valenzuela en las Ligas Mayores, con unos pocos juegos como relevista en los que obtuvo un salvamento y dos victorias en diez juegos, 18 entradas lanzadas en los que recibió ocho hits, dio cinco bases por bolas y 16 ponches; no admitió carreras. Al año siguiente, por lesión de Jerry Reuss, fue comisionado para lanzar el juego inaugural de los Dodgers de Los Ángeles, y comenzó copn blanqueada una temporada bastante emotiva, en la que ganó el premio del Novato del Año y el Cy Young (al mejor pitcher, no al mejor segunda base), aunque no fue el líder ni en victorias (13, pero en una temporada recortada por la huelga de jugadores) ni de porcentaje de carreras limpias admitidas (los líderes fueron, respectivamente, Tom Seaver y Nolan Ryan, ambos miembros del Salón de la Fama); sólo fue líder de ponches.
Siguió con una carrera a ratos espectacular, pero a ratos tirando a mal; tuvo una temporada con 20 victorias y otra de 19, lanzó un juego sin hit; tuvo ocho campañas con récord positivo y siete con negativo, más dos que terminó con cifras parejas. En ese 1981 fue el único año en que lidereó la Liga Nacional con 180 ponches; a cambio, dos veces fue líder de bases por bolas otorgadas; si sus números totales se expresan en un promedio, su carrera sería de 13 victoria por 12 derrotas por año, y su porcentaje de carreras limpias es el número 452 de todos los tiempos.
Pero su popularidad rebasó incluso la que alcanzó Beto Ávila en los años cincuenta, cuando fue campeón bateador en 1954 y todos los diarios seguían sus hazañas partido por partido (aparte del cetro, en un juego bateó tres cuadrangulares, un doble –que debió ser jonrón– y un sencillo; sólo otro mexicano ha bateado tantos jonrones en un juego, Vinicio Castilla, pero en Colorado y en una etapa de bola viva); Valenzuela fue beneficiado por la televisión, por la discreción de otros jugadores mexicanos tan buenos como él (Bobby Castillo –quien le enseñó a tirar el screwball–, Luis Gómez, Mario Mendoza, Jorge Orta), y porque se desató lo que ahora han conmemorado, la “Fernandomanía”: venta de posters, muñecos, banderines, camisetas, playeras, uniformes con el número 34 en su espalda, que lo usó en casi toda su carrera, menos con los Angelinos de California (el 36) y con Filis de Filadelfia (36).
Como siempre, lo que parece bueno no lo es tanto: entre lo malo fue que abundaron los hombres que no sabían nada de beisbol pero se entusiasmaron con Valenzuela y llevaron a sus hijos a los campos de ligas infantiles en México para obligar a los entrenadores a que los convirtieran en los nuevos Valenzuela, con todo y los salarios altísimos que llegó a conseguir; de 360 mil en 1982 a un millón al año siguiente hasta los dos millones en 1988; luego de una rebaja volvió a rebasar los dos millones en 1990, y luego se conformó con 300 mil para terminar su carrera en 1997 con 1,650,000 dólares, para un total, confirmado, de 17 millones de dólares en 17 años.
Todos los niños querían ser pitchers, y todos levantaban la vista a la gorra, con lo que no podían controlarse; los entrenadores sufrían horrores para quitar ese vicio a tanto niño que, además, no sabían del juego más que imitar a los pitchers.
Más grave fue que rompieron la ética del comportamiento en las ligas pequeñas: se trataba de que hubiera espíritu deportivo, no competitivo: iban a aprender a jugar, no a ganar a como diera lugar; “No Peeper Games”, decían los carteles en todos los campos, y antes se obedecía: en las tribunas, los padres no estaban obligados a aplaudir todas las jugadas, pero sí a premiar el esfuerzo de los jugadores; y si alguno cometía un error, lo que sucedía con mucha frecuencia, no deberían abuchearlo, y menos burlarse de ellos; en la sección donde estaban los más pequeños no había juegos; todo el tiempo los entrenadores enseñaban a barrerse, a tomar el bat, a fildear roletazos (elevados aún no; según Sixto Lezcano, quien jugó 12 temporadas en las Mayores y realizó 2,134 outs en el jardín, lo más difícil para un outfielder es atrapar los elevados); los ponían en diferentes bases, les enseñaban a pitchear, a correr las bases; sólo en el último año en esa división de vez en cuando les permitían hacer un juego.
Pero llegaron los villamelones y comenzaron a presionar, a hacer que compitieran, y aunque los directivos advertían a los padres que no entablaran rivalidad con los padres de los integrantes de otros equipos, porque al año siguiente podrían jugar en el mismo equipo, todo se volvió una competencia feroz, había insultos “inofensivos” (“ponte crinolina”, cuando se le pasaba un roletazo a un niño entre las piernas) hasta los que calan; los impelían a hacer trampas, o a cometer tropelías prohibidas en el beisbol, como empujar a un fildeador que entra por una rola o por un elevadito al cuadro, o al catcher que esperaba un tiro, o el mismo catcher bloquear el home, pero sin posesión de la bola.
En el último juego de Filis contra Gigantes por el campeonato de la Liga Nacional, Jonathan Sánchez embasó por golpe a Chase Utley, el segunda base de Filis (que estuvo jugando mal al campo y pésimo al bat; a Filis le dañó haber dado de baja a Juan Gabriel Castro, ahi se lo haigan), quien cuando iba rumbo a la primera se encontró con la bola, la tomó y se la lanzó al pitcher; algo le dijo éste, y Utley dijo “qué qué qué” y se vaciaron las bancas, como en los tiempos en que era aguerrido el beisbol. Aguerrido y fuerte, pero no irrespetuoso; la bronca de ayer, en la que no hubo un solo golpe, uno que otro empujón y ningún expulsado, tiene algo que ver con esa carencia de espíritu deportivo; cuando un pitcher golpeaba a un bateador, por lo regular se acercaba a ver cómo estaba, si caía al suelo; cuando no, hacía un ademán de disculpa; precisamente el año de Valenzuela, en el quinto juego de la Serie Mundial, Rich Gossage le dio un pelotazo en la cabeza Ron Cey que enmudeció las tribunas y a los televidentes; Cey quedó en el suelo, boca arriba, sin casco que salió volando, las piernas encogidas, prácticamente inmóvil; bastantes minutos pasaron para que se levantara; ¿Qué hizo Gossage? ¿Se acercó a ver cómo estaba Cey? No, siguió calentando con el segunda base.
Parecía que los villamelones no sólo estaban en la Liga Maya.
El viernes falleció Alí Chumacero: la comunidad intelectual abarrotó la agencia de la calle Sullivan para hacerse presentes, arrebatarse turnos para hacer guardia, y recordaron en todos lados dos o tres poemas de los tres libros que publicó; su poesía, hermética, antisentimental, inteligente, no se presta para la declamación. Pero Alí fue un hombre extremadamente popular, quien sin embargo se negaba a explicar su obra; rechazaba las entrevistas, a menos que fuera una mujer atractiva la que le pidiera la entrevista, porque sabía que no corría peligro y sólo contaba anécdotas. Durante más de 50 años fue uno de los puntales del Fondo de Cultura Económica, y ofrecía sabiduría a quien se dejara; bastaba con que uno le hiciera una consulta para que exhibiera su erudición, recordara en qué número de qué revista se había publicado tal poema, tal cuento, tal ensayo; y además contaba en qué circunstancias se había editado; fue responsable del Departamento Técnico, y luego tenía un cubículo desde donde vigilaba a todos los correctores y editores; cuando cedió el puesto a Felipe Garrido, éste contaba que Alí dio órdenes de que nos los interrumpieran, que cerró la oficina aunque ya los apremiaban para ir a la comida que la editorial ofrecía a ambos, y “en dos horas me dio la explicación más sabia y completa de cómo debían hacerse los libros”; Alí también integró un equipo de editores de lujo para SepSetentas (Huberto Batis, Sergio Galindo, Gustavo Sainz), y en esa calidad vigilaba la hechura del Calendario de Ramón López Velarde; esta revista llevaba una sección en donde se recogían testimonios sobre el zacatecano, y todos salían de la biblioteca, enorme, ordenadísima, de Alí, a donde fui mes a mes para que nos prestara libros o revistas, según la lista hecha por él mismo; se refería a los escritores por sus sobrenombres, sus hipocorísticos, y sus intimidades; en el Fondo lo traté poco; varias consultas, algunos chismes sabrosos, alguna plática, alguna broma que le hice; más tarde lo traté un poco más, cuando iba a visitar a María Luisa Armendáriz lo veía en su escritorio, aparentemente serio, y le quitaba unos minutos; en El Financiero se nos ocurrió invitarlo a que nos hiciera reseñas de las corridas de toros; no se dejó, pero accedió a comer con nosotros y fue delicioso; allí le oí, de viva voz, su consejo de “no comer nunca con el estómago vacío”, su teoría teologal “no desearás la mujer de tu prójimo, en vano”, y su refutación a la regla matemática de que el orden de los factores no altera el producto. Aunque hizo muchos chistes sobre su intimidad, supo y disfrutó la amistad que nos brindó Lourdes Chumacero a Lourdes y a mí un buen tiempo.
La mayoría de quienes el sábado se arrebataban el honor de hacer guardia a su féretro, no lo frecuentó en los últimos meses, donde habría estado casi solitario de no ser por sus queridísimos amigos Marco Antonio Pulido y Juan José Utrilla, quienes compartieron con él parrandas, comidas, fiestas, agasajos, y cuando la enfermedad lo postró, estuvieron junto a él semana a semana; a ellos les confesó que le angustiaba que le amputaran la otra pierna, porque entonces, “cómo iba a escribir”; el dolor no le quitó el buen humor, y aceptó a carcajadas, cuando la amputación, el epíteto de que era un editor pirata. Otro siempre cercano fue Marco Antonio Campos, a quien le debemos una edición de su poesía completa.
Entre las muchas anécdotas, algunas, las más sabrosas, que quedarán inéditas, están cuando salvó el honor de Jalisco, y la selección de fotografías de la Iconografía de Diego Rivera; otras, más conocidas, son la relatada por Antonio Alatorre y recogida por Luis Guillermo Piazza, de que entre Arreola y Alí dieron estructura a Pedro Páramo.
Entre muchas de las conocidas, hay que contar cuando, convaleciente de un accidente de tránsito, y después de una larga ausencia en el FCE, acudió a una comida de aniversario, a la que llegó pocos minutos después de que el director, Miguel de la Madrid, recibió aplausos y reconocimientos, pero nada comparados a la ovación que recibió Alí al entrar al salón, ovación que se prolongó muchos minutos.
El jueves falleció Antonio Alatorre; en las pocas palabras que le dedicaron hay un elogio a su salvaguarda del idioma; nada más falso: “estás picado de la misma araña”, acusaba a quienes, para halagarlo, decían defender la rectitud idiomática (y eso es una acusación grave); aunque no abundan los libros de su autoría, son cientos los ensayos breves o extensos, eruditos o de divulgación, en los que escribió con un desparpajo envidiable; entre los escritores mexicanos sentía un especial entusiasmo por José Agustín, al que calificaba de excelente narrador, y expresaba su admiración por Ciudades desiertas.
Que no le molestaran los neologismos no quiere decir que estuviera a favor del descuido; durante más de 16 años rechacé cualquier cabeza, secundaria o sumario que dijera “Fulano rechaza haber declarado”; “no rechaza, niega”, decía, cuando hablaba mal de la prensa escrita, si puede decirse así; cada vez que enmendaba una errata pensaba en él y en su gravedad al acusar al periodismo (y las revistas)de su pésima redacción; pero nunca renegó de la ductilidad del idioma ni menos de los decires populares.
Para hablar de él, recogieron algunas de sus travesías por instituciones educativas; sólo hay que leer su currículum para ver lo peleado que estaba con esas formalidades; alguna vez afirmó que Juan José Arreola se dedicaba a diario a denigrar a la Secretaría de Educación Pública; lo podría haber dicho de él, quien abandonó a los tres meses el tercer año de Derecho en la UNAM, y quien nunca presentó su tesis; a pesar de que “a veces me llaman Dr. Alatorre, no tengo ningún grado académico”; su currículum incluido en la Memoria de El Colegio Nacional de 1981 es impresionante no tanto por el total de actividades académicas, editoriales y literarias, de por sí numeroso, sino por lo antisolemne; le pone signos de admiración, se burla del número de asistentes o califica de agradable algún curso; nadie puede hacer un currículum solemne después de leer el suyo.
Aunque es uno de los nombres y hombres más cultos de la segunda mitad del siglo XX a la fecha, fue un hombre que no por erudito era menos divertido, pero tenía tal rigor en su trabajo que no sobra recordar lo narrado por Huberto Batis: en una ocasión estaban en una sabrosa tertulia en el FCE varios escritores, mientras realizaban unas fichas, cuando se acercó Daniel Cosío Villegas, y les preguntó cuántas fichas llevaban; unas 20 entre todos; mandó llamar a Alatorre, y reloj en mano pidió que hiciera esas 20 fichas: una hora. Y sí, en realidad, sólo Alatorre tenía la misma capacidad de trabajo de Cosío Villegas, por eso éste fue su corrector de planta para la mayoría de sus libros, que siguen leyéndose con facilidad, por la gracia y la inteligencia que derraman sus páginas. Alatorre enalteció el oficio de corrector, tanto el de galeras como el de estilo.
Entusiasta partícipe de Poesía en Voz Alta, aquel grupo que integró a Juan José Arreola, Octavio Paz, Elena Garro, José Luis Ibáñez y otros, en una de las obras representaba a un personaje, algo así como Profesor Poitú (cito de memoria; no encuentro, a causa del desorden de los libros y de una leve pero persistente fiebre, el libro donde se cuenta la travesía del grupo, y que mejoró en la traducción mi amiga Silvia Peláez); vestía mallas ajustadas, y cuando hicieron ver que en su vestimenta algo resaltaba más que en la de los demás, dijo que simplemente representaba a su personaje con realismo.
¿Quién es el prestigiado escritor mexicano, académico y todo, quien hace unos 25 años opinaba que Vargas Llosa, que entonces acababa de publicar La guerra del fin del mundo, era una combinación de Luis Spota con Gustavo Sainz?
Nuevamente, de domingo a domingo, El Librero, en el portal de El Universal, en Edición Impresa, para los que no alcanzaron a comprar el périódico.
domingo, 24 de octubre de 2010
domingo, 17 de octubre de 2010
Cuando el futbol era un deporte... / IV
Quienes fueron a la escuela antes de 1956 titubean a la hora de acentuar las mayúsculas; todavía en 1960 el maestro Benigno Lagunas se volvió indignado hacia quien le señaló que Arbol debería acentuarse, y dijo con su voz más temible: ni la más moderna máquina de escribir puede poner acentos en las mayúsculas; para qué rebatirle que no estaba escribiendo a máquina sino en el pizarrón; algunas de las discusiones más sabrosas que he mantenido con editores y correctores y con alguno que otro autor fueron por los acentos en las monosílabas, que a muchos no le queda claro por qué “vio” sí es y "rió" no.
Muchos incluso siguen acentuando monosílabos que está claro que lo son, como “fue”. Esa misma negativa a los cambios la hemos sufrido quienes, al ver por televisión un batazo largo, en vez del tradicional “se va se va se va se fue”, escuchamos un ilógico “y no, no no no no, díganle que no a esa pelota”; para empezar, el último que le hablaba en serio a la pelota fue Mark Fidrich, pitcher de los Tigres de Detroit en los años setenta, y qué tiene uno que decirle a la pelota que no se vaya o no regrese, porque la pelota no regresa por su voluntad; poco importa que la voz del locutor sea agradable, si al describir una jugada rompe la lógica sin agregarle emoción.
La exigencia de la Secretaría de Educación Pública de que los locutores tuvieran un documento que mostrara que estaban capacitados para dirigirse al auditorio parece ignorada, sino derogada, así como la exigencia de la Secretaría de Gobernación de evitar las palabras altisonantes por medios de difusión electrónica ha quedado rebasada no sólo por los que las insinúan (no, ca…), sobre todo por quienes las ostentan incluso en horarios y canales no restringidos; hay quienes gustan de exhibir ignorancias que se explican porque para su carrera no se necesitan atributos que no sean los físicos, los histriónicos o los de gorgoritos sino porque nunca creyeron que se les preguntara si Octavio Paz era un personaje importante en la Independencia o la Revolución, porque a fin de cuentas sólo se le pide que canten entonados, que se muevan sinuosamente, o que por lo menos muestren que son capaces de hacer imaginar escenas candentes.
No es el caso de los locutores (aunque Inés Sanz ya provocó imaginaciones desbordadas no sólo entre espectadores, sino entre los mismos jugadores); tampoco es que uno pretenda idealizar de más el pasado; en los años sesenta no podíamos imaginar que ahora se extrañaría a Fernando Luengas o que incluso se tuviera por autoridad a Fernando Marcos tanto en el ámbito deportivo como en el ético y el estético. Antes al contrario, Guillermo Ochoa solía recordar aquel partido que debió ser narrado por el locutor comercial y no por el cronista deportivo, quien no llegó al estadio por el estado en que se encontraba; el resultado fue memorable: va la pelota para allá, viene la pelota para acá, va la pelota para allá, GOL.
Antes de que David Pastrana vendiera a Guillermo Cañedo el América, cuando se veía por televisión un partido de futbol a la semana, la gente se quejaba de que los cronistas describieran lo que el espectador veía; era lógico porque eran locutores de los tiempos heroicos en que estaban obligados a describir las jugadas y que el radioescucha las imaginara; así como el aficionado al beisbol se imaginaba el batazo hacia la barda por la emoción que le ponían Septién, Andere, De Valdés, Esquivel, Eduardo Orvañanos, el aficionado al futbol imaginaba al Loco Sesma dejando a los defensas tirados en el césped, con las piernas abiertas y gesto de desconcierto, mientras él mandaba un tiro-centro para Alberto Evaristo, o se deleitaba pensando que Tomás Reynoso en verdad hacía que balón desapareciera de la vista de todos aunque en realidad ya estaba en poder del Chatito Ortiz; o que Tello, Camacho, Gómez, Ormeño, “volaban” para atrapar con las dos manos un potente tiro de Magdaleno Mercado o de Julio María Palleiro.
Quienes los oyeron, aseguran que Albert, Cristino Lorenzo, De Valdés, Arcaraz, lograban que el escucha viera el juego por radio; pero qué caso tenía que uno se lo imaginara si lo estaba viendo; ésa fue una falla de quienes manejaron el deporte por televisión, aparte de que lo comercializaron, lo encadenaron a criterios económicos, lo hicieron caer en una decadencia que no se merecía, y le dieron a sus jugadores una categoría que al mismo tiempo los eleva a alturas inadecuadas, y se les obliga a una conducta que los limita porque son juzgados con reglamentos que eliminan su intimidad y restringen sus derechos.
El futbol no fue el único deporte que no tuvo cronistas a su altura; el boxeo, al perder a Jorge Alarcón y a Toño Andere, comenzó a copiar a los cronistas de la lucha libre estadounidense, a hacerla de los malos y los buenos o los rudos y los técnicos, sin la elegancia de Enrique Yáñez o del propio Mago Septién, y además incapaces de analizar lo que veían; ya no distinguieron la diferencia de los golpes, y quedaron muy atrás de los espectadores, que rugían décimas de segundos antes de que un pugilista conectara el golpe de nocaut. Así, Luengas, Marcos y Ángel Fernández, en vez de explicar, retrataban el juego; les dio por hacerse los originales, y cada uno se adjudicó una característica única; muchos fallaron, y sólo Marcos, con su tendencia a descalificar todo, se autoimpuso como el único calificado para calificar, y además hacerlo con sólo cuatro palabras; Ángel Fernández se distinguió por apodar a todos los jugadores, aun cuando el ingenio no le daba para tanto: si con Zague (el primero) más o menos acertó al llamarlo Lobo Solitario, mostró su carencia de imaginación al decirle a Cabiño "el Cabo", redundancia no sólo sonora: Cabinho quiere decir cabo; no todos sus apodos fueron malos, y algunos resultaron memorables. Quién iba a decir que los extrañaríamos.
Hay muchas leyendas acerca de las transmisiones de beisbol: que si exageraban, que si mentían (se va, se va, se va, y la atrapa el short stop), que si inventaban; incluso que aprovechaban para anunciar productos que no patrocinaban directamente los programas, que se aprovechaban de la carencia de estadísticas para ensalzar a jugadores ya retirados; cierto o no, contribuyeron a la idealización del juego; el deporte endiosa y crea ídolos, y los voceros resultaron indispensables para ello; ¿cuál fue la diferencia entre Beto Ávila y Vinicio García, aparte de que el primero estuvo 11 años en las Mayores y el segundo menos de una temporada? El primero tuvo la admiración de los cronistas; el segundo sólo su reconocimiento.
Mayores méritos tuvieron los cronistas de toros; Pepe Alameda, a quien se le atribuyen cualidades poéticas imposibles de verificar; aparte de ser hermano de quien dictaminaba qué mujeres se vestían y cuáles sólo se cubrían, sólo tenía el mérito de que los aficionados vieran, como si estuvieran presentes, las dificilísimas suertes de la tauromaquia; José Ramón Enríquez (el sargento Dramón De Enríquez de El cine y la crítica, el célebre programa radiofónico de Carlos Monsiváis) tuvo la paciencia de explicarme en qué consiste cada una, y cuál es su grado de dificultad, además de aceptar mi explicación del erotismo en las tribunas de las plazas de toros; tuvo un oyente asombrado, pero pésimo discípulo: nunca pude distinguir ninguna, y sólo me quedó la envidia de ver cómo Gustavo Arturo de Alba se hizo experto en unas cuantas semanas. Pero Alameda, y en menor medida Paco Malgesto, lograron durante décadas que el taurófilo distinguiera una verónica de Luis Castro de una de Carlos Arruza, y que se imaginara a Luis Procura salir corriendo sin calificarlo de miedoso; los cronistas hicieron ídolo a Silverio Pérez, admirado por una cantidad enorme de aficionados que no lo vieron, sólo escucharon a los narradores, quienes además lograron una hazaña inigualable: que el aficionado se imaginara una suerte que jamás habían visto: La Imposible; y además, con unas cuantas palabras.
El deporte necesita de narradores, tanto como cualquiera otra actividad épica; si los novelistas de la Generación Perdida fueron, además, reporteros de la Guerra Civil y de la Segunda Guerra Mundial; si en nuestra historia antigua y reciente los novelistas interpretaron la Intervención, la Reforma, el imperio, la Revolución; si las gestas sociales han tenido sus cronistas, ¿por qué el deporte, que no es actividad para ociosos ni debe ser arma propagandística de Estados y de estados, no puede tener cronistas inteligentes?
Al parecer, nos hemos de conformar con que para describir el ataque de un equipo, el cronista narre la jugada con unas cuantas palabras: Chícharo, Chícharo, Chícharo, Chicharito, GOOOOL. ¿Cómo se hizo del balón, cómo avanzó, a cuántos defensivos evadió, cuántas gambetas (dribling) realizó, con qué pierna le pegó y cómo evitó que el guardameta la atajara? Eso es labor de la imaginación del espectador.
Hace una semana, en El Librero, enlisté una serie de libros que hablan del mar, en alguna de sus formas, y que no consideró Ignacio Padilla en su libro sobre el mar y la literatura; pero aunque lo tenía presente, lo omití de la manera más torpe: Return Ticket, de Salvador Novo, quien hizo el comienzo más elocuente con que se podía uno topar: "tengo 23 años y no conozco el mar", y describe una travesía marítima sin paralelo en las letras mexicanas; iguales de emotivas, sensuales, inteligentes y divertidas, las páginas que dedicó a la travesía que el mismo Novo y Héctor González Camarena realizaron, de ida y vuelta, a Europa para estudiar la televisión inglesa, sobre todo, y que están recogidas principalmente en las primeras páginas de La vida en México en el periodo presidencial de Manuel Ávila Camacho. Tampoco mencioné “Circe” ni “Nacimiento Venus”, de Gabriel Zaid. Mi única excusa es el espacio limitado a 1,500 caracteres, pero eso ni yo me lo creo.
En los años sesenta un novelista construía, a contracorriente, una novela magistral; por las noches veía a sus amigos, que lo urgían a que contara lo que llevaba escrito; él, supersticioso, contaba una trama paralela, pero que no era la que estaba escribiendo, para que no se le salara; lo que no tomó en cuenta es que entre esos amigos había dos memoriosos, que llegaban a su casa y transcribían, casi con las mismas palabras, esa otra obra maestra, en muchas páginas superior a la que pocos meses después deslumbraría a los lectores mexicanos, argentinos, españoles y después a todo el mundo. ¿Alguien sabe dónde quedaron esos dos manuscritos paralelos?
El Librero, columna de libros, en el portal de El Universal, en Edición Impresa, durante toda la semana, de domingo a domingo.
Muchos incluso siguen acentuando monosílabos que está claro que lo son, como “fue”. Esa misma negativa a los cambios la hemos sufrido quienes, al ver por televisión un batazo largo, en vez del tradicional “se va se va se va se fue”, escuchamos un ilógico “y no, no no no no, díganle que no a esa pelota”; para empezar, el último que le hablaba en serio a la pelota fue Mark Fidrich, pitcher de los Tigres de Detroit en los años setenta, y qué tiene uno que decirle a la pelota que no se vaya o no regrese, porque la pelota no regresa por su voluntad; poco importa que la voz del locutor sea agradable, si al describir una jugada rompe la lógica sin agregarle emoción.
La exigencia de la Secretaría de Educación Pública de que los locutores tuvieran un documento que mostrara que estaban capacitados para dirigirse al auditorio parece ignorada, sino derogada, así como la exigencia de la Secretaría de Gobernación de evitar las palabras altisonantes por medios de difusión electrónica ha quedado rebasada no sólo por los que las insinúan (no, ca…), sobre todo por quienes las ostentan incluso en horarios y canales no restringidos; hay quienes gustan de exhibir ignorancias que se explican porque para su carrera no se necesitan atributos que no sean los físicos, los histriónicos o los de gorgoritos sino porque nunca creyeron que se les preguntara si Octavio Paz era un personaje importante en la Independencia o la Revolución, porque a fin de cuentas sólo se le pide que canten entonados, que se muevan sinuosamente, o que por lo menos muestren que son capaces de hacer imaginar escenas candentes.
No es el caso de los locutores (aunque Inés Sanz ya provocó imaginaciones desbordadas no sólo entre espectadores, sino entre los mismos jugadores); tampoco es que uno pretenda idealizar de más el pasado; en los años sesenta no podíamos imaginar que ahora se extrañaría a Fernando Luengas o que incluso se tuviera por autoridad a Fernando Marcos tanto en el ámbito deportivo como en el ético y el estético. Antes al contrario, Guillermo Ochoa solía recordar aquel partido que debió ser narrado por el locutor comercial y no por el cronista deportivo, quien no llegó al estadio por el estado en que se encontraba; el resultado fue memorable: va la pelota para allá, viene la pelota para acá, va la pelota para allá, GOL.
Antes de que David Pastrana vendiera a Guillermo Cañedo el América, cuando se veía por televisión un partido de futbol a la semana, la gente se quejaba de que los cronistas describieran lo que el espectador veía; era lógico porque eran locutores de los tiempos heroicos en que estaban obligados a describir las jugadas y que el radioescucha las imaginara; así como el aficionado al beisbol se imaginaba el batazo hacia la barda por la emoción que le ponían Septién, Andere, De Valdés, Esquivel, Eduardo Orvañanos, el aficionado al futbol imaginaba al Loco Sesma dejando a los defensas tirados en el césped, con las piernas abiertas y gesto de desconcierto, mientras él mandaba un tiro-centro para Alberto Evaristo, o se deleitaba pensando que Tomás Reynoso en verdad hacía que balón desapareciera de la vista de todos aunque en realidad ya estaba en poder del Chatito Ortiz; o que Tello, Camacho, Gómez, Ormeño, “volaban” para atrapar con las dos manos un potente tiro de Magdaleno Mercado o de Julio María Palleiro.
Quienes los oyeron, aseguran que Albert, Cristino Lorenzo, De Valdés, Arcaraz, lograban que el escucha viera el juego por radio; pero qué caso tenía que uno se lo imaginara si lo estaba viendo; ésa fue una falla de quienes manejaron el deporte por televisión, aparte de que lo comercializaron, lo encadenaron a criterios económicos, lo hicieron caer en una decadencia que no se merecía, y le dieron a sus jugadores una categoría que al mismo tiempo los eleva a alturas inadecuadas, y se les obliga a una conducta que los limita porque son juzgados con reglamentos que eliminan su intimidad y restringen sus derechos.
El futbol no fue el único deporte que no tuvo cronistas a su altura; el boxeo, al perder a Jorge Alarcón y a Toño Andere, comenzó a copiar a los cronistas de la lucha libre estadounidense, a hacerla de los malos y los buenos o los rudos y los técnicos, sin la elegancia de Enrique Yáñez o del propio Mago Septién, y además incapaces de analizar lo que veían; ya no distinguieron la diferencia de los golpes, y quedaron muy atrás de los espectadores, que rugían décimas de segundos antes de que un pugilista conectara el golpe de nocaut. Así, Luengas, Marcos y Ángel Fernández, en vez de explicar, retrataban el juego; les dio por hacerse los originales, y cada uno se adjudicó una característica única; muchos fallaron, y sólo Marcos, con su tendencia a descalificar todo, se autoimpuso como el único calificado para calificar, y además hacerlo con sólo cuatro palabras; Ángel Fernández se distinguió por apodar a todos los jugadores, aun cuando el ingenio no le daba para tanto: si con Zague (el primero) más o menos acertó al llamarlo Lobo Solitario, mostró su carencia de imaginación al decirle a Cabiño "el Cabo", redundancia no sólo sonora: Cabinho quiere decir cabo; no todos sus apodos fueron malos, y algunos resultaron memorables. Quién iba a decir que los extrañaríamos.
Hay muchas leyendas acerca de las transmisiones de beisbol: que si exageraban, que si mentían (se va, se va, se va, y la atrapa el short stop), que si inventaban; incluso que aprovechaban para anunciar productos que no patrocinaban directamente los programas, que se aprovechaban de la carencia de estadísticas para ensalzar a jugadores ya retirados; cierto o no, contribuyeron a la idealización del juego; el deporte endiosa y crea ídolos, y los voceros resultaron indispensables para ello; ¿cuál fue la diferencia entre Beto Ávila y Vinicio García, aparte de que el primero estuvo 11 años en las Mayores y el segundo menos de una temporada? El primero tuvo la admiración de los cronistas; el segundo sólo su reconocimiento.
Mayores méritos tuvieron los cronistas de toros; Pepe Alameda, a quien se le atribuyen cualidades poéticas imposibles de verificar; aparte de ser hermano de quien dictaminaba qué mujeres se vestían y cuáles sólo se cubrían, sólo tenía el mérito de que los aficionados vieran, como si estuvieran presentes, las dificilísimas suertes de la tauromaquia; José Ramón Enríquez (el sargento Dramón De Enríquez de El cine y la crítica, el célebre programa radiofónico de Carlos Monsiváis) tuvo la paciencia de explicarme en qué consiste cada una, y cuál es su grado de dificultad, además de aceptar mi explicación del erotismo en las tribunas de las plazas de toros; tuvo un oyente asombrado, pero pésimo discípulo: nunca pude distinguir ninguna, y sólo me quedó la envidia de ver cómo Gustavo Arturo de Alba se hizo experto en unas cuantas semanas. Pero Alameda, y en menor medida Paco Malgesto, lograron durante décadas que el taurófilo distinguiera una verónica de Luis Castro de una de Carlos Arruza, y que se imaginara a Luis Procura salir corriendo sin calificarlo de miedoso; los cronistas hicieron ídolo a Silverio Pérez, admirado por una cantidad enorme de aficionados que no lo vieron, sólo escucharon a los narradores, quienes además lograron una hazaña inigualable: que el aficionado se imaginara una suerte que jamás habían visto: La Imposible; y además, con unas cuantas palabras.
El deporte necesita de narradores, tanto como cualquiera otra actividad épica; si los novelistas de la Generación Perdida fueron, además, reporteros de la Guerra Civil y de la Segunda Guerra Mundial; si en nuestra historia antigua y reciente los novelistas interpretaron la Intervención, la Reforma, el imperio, la Revolución; si las gestas sociales han tenido sus cronistas, ¿por qué el deporte, que no es actividad para ociosos ni debe ser arma propagandística de Estados y de estados, no puede tener cronistas inteligentes?
Al parecer, nos hemos de conformar con que para describir el ataque de un equipo, el cronista narre la jugada con unas cuantas palabras: Chícharo, Chícharo, Chícharo, Chicharito, GOOOOL. ¿Cómo se hizo del balón, cómo avanzó, a cuántos defensivos evadió, cuántas gambetas (dribling) realizó, con qué pierna le pegó y cómo evitó que el guardameta la atajara? Eso es labor de la imaginación del espectador.
Hace una semana, en El Librero, enlisté una serie de libros que hablan del mar, en alguna de sus formas, y que no consideró Ignacio Padilla en su libro sobre el mar y la literatura; pero aunque lo tenía presente, lo omití de la manera más torpe: Return Ticket, de Salvador Novo, quien hizo el comienzo más elocuente con que se podía uno topar: "tengo 23 años y no conozco el mar", y describe una travesía marítima sin paralelo en las letras mexicanas; iguales de emotivas, sensuales, inteligentes y divertidas, las páginas que dedicó a la travesía que el mismo Novo y Héctor González Camarena realizaron, de ida y vuelta, a Europa para estudiar la televisión inglesa, sobre todo, y que están recogidas principalmente en las primeras páginas de La vida en México en el periodo presidencial de Manuel Ávila Camacho. Tampoco mencioné “Circe” ni “Nacimiento Venus”, de Gabriel Zaid. Mi única excusa es el espacio limitado a 1,500 caracteres, pero eso ni yo me lo creo.
En los años sesenta un novelista construía, a contracorriente, una novela magistral; por las noches veía a sus amigos, que lo urgían a que contara lo que llevaba escrito; él, supersticioso, contaba una trama paralela, pero que no era la que estaba escribiendo, para que no se le salara; lo que no tomó en cuenta es que entre esos amigos había dos memoriosos, que llegaban a su casa y transcribían, casi con las mismas palabras, esa otra obra maestra, en muchas páginas superior a la que pocos meses después deslumbraría a los lectores mexicanos, argentinos, españoles y después a todo el mundo. ¿Alguien sabe dónde quedaron esos dos manuscritos paralelos?
El Librero, columna de libros, en el portal de El Universal, en Edición Impresa, durante toda la semana, de domingo a domingo.
domingo, 10 de octubre de 2010
Vargas Llosa, John Lennon
Un día después de que Víctor Manuel Torres y yo jugábamos a pronosticar el ganador del Nobel de Literatura se lo otorgaron a Mario Vargas Llosa. La verdad, le iba más a José Emilio Pacheco o a Juan Marsé, mis amigos.
Las agencias, que no tienen idea de la naturaleza del premio, aseguraron que se lo otorgan por la nueva novela, que aparecerá a fin de mes, en plena competencia con el nuevo libro de Gabriel García Márquez; el premio se otorga no por un libro, sino por la obra del autor; y aunque se supone que es un reconocimiento, es un aliciente; por eso se otorga a autores en plena creatividad, y por eso se suponía que antes de los 80 años de edad, aunque se rompió la regla con Doris Lessing, que de cualquier manera se mantiene en activo, para envidia de sus competidoras.
Hay muchas contradicciones en esto del Nobel de Literatura; las razones que esgrimió la Academia Sueca para otorgar el premio a Thomas Mann, en 1929, se basaban en la grandeza de Los Buddenbrook; poco antes, en 1925, había publicado La montaña mágica, ahora reputada como su mayor obra; y uno puede repetirse la pregunta y expresar el azoro de que la Academia no haya tomado en cuenta la grandeza de La montaña, una de las obras clave del siglo XX, hasta que, venciendo los prejuicios, entra al deslumbrante mundo de los Buddenbrook, la historia de cómo un hombre construye un imperio comercial, el hijo la afianza y el nieto la destruye (podría hacer alusión a casos muy conocidos, pero para qué).
El Nobel a Vargas Llosa no asombra, pero incomoda; él mismo declaró, casi 24 horas después que se dio a conocer el fallo, que esperaba que se lo hayan otorgado por sus méritos literarios y no por sus ideas políticas; horas antes, sin embargo, hacía extensivo el reconocimiento a todos los que comparten esas ideas; ya lo habían atacado los representantes (cada vez menos dados a las afirmaciones totalitarias) del gobierno cubano, pero ya también lo habían elogiado José María Aznar y Vicente Fox. ¿No podríamos quedarnos con lo literario? Aunque es difícil, porque Vargas Llosa tiene el peso de un jefe de Estado, y a veces más; por eso pudo calificar al gobierno mexicano de dictadura perfecta, y pronosticar y desear que no regrese el PRI al gobierno; por menos de eso el PRD calificó de entrometido a Aznar.
Desde hace muchos años celebro los días de guardar releyendo Conversación en la Catedral, aunque a últimas fechas lo hago cada dos años, porque creo que ya me la sé de memoria; en cada relectura encuentro algo nuevo algo, que no había advertido, se hace presente un personaje que estaba escondido en la maraña de las conversaciones, un gesto que no se me había revelado. Con menos frecuencia releo Los cachorros y vuelvo a encontrar vasos comunicantes, un personaje que aparece en otro relato, una cadena invisible que me aclara algo de La ciudad y los perros o de La Casa Verde; también reconozco que soy mal lector de otras obras posteriores, característica que comparto con casi todos, lo que me hace pensar que sus obras de juventud y madurez son las mejores y más destacadas, aunque el deslumbramiento que provocó con La fiesta del Chivo mostró que no se había apagado su potencial narrativo. Hay obras suyas a las que no pienso regresar, como El elogio de la madrastra o Los cuadernos de don Rigoberto, y no por lo que tengan de pederastas sus personajes, sino por las mismas razones por las que no repetiré la lectura de Las travesuras de la niña mala: el erotismo literario explícito no es la mayor cualidad de Vargas Llosa; cuando lo aborda como grotesca iniciación, como arma de corrupción política, como expresión de la virilidad, le sale muy bien, en cambio. Es un maestro cuando, en medio de convulsiones sociales, de tensión política, de resquebrajamiento de una comunidad, surge el amor, dichoso o desdichado, en alguno de sus personajes; entre sus momentos más verosímiles están la rivalidad inicua entre El Esclavo, El Poeta o, sin saberlo, El Jaguar, por la misma joven, inocente e ignorante de las pasiones que desata; o cuando Santiago Zavala, comprometido con una huelga universitaria, en pleno rompimiento familiar, enferma de celos porque Aída anda con otro, y en plena crisis política, descubre que mantienen relaciones sexuales; pocos como Vargas Llosa para describir los primeros enamoramientos.
Vargas Llosa ha venido a México muchas veces; en 1973 fue parte del jurado que le dio a Juan Marsé el premio de novela México por Si te dicen que caí; acababa de aparecer Pantaleón y las visitadoras, divertida novela que, aparte del erotismo, devela corrupción en el ejército peruano, aunque la anécdota no sea sacada de la realidad; Fernando Valdés lo paseó por varios lados; en un mismo día lo llevaron a la Capilla Alfonsina con motivo del premio Alfonso Reyes (allí lo acosamos Lourdes y yo, le sacamos algunas declaraciones bien intencionadas a preguntas con jiribilla; aparte de la marca de pasta de dientes que usaba, declaró que tenía una sola corbata –ahora tiene muchas, es evidente); por la tarde lo llevaron a la entonces novedosa Casa del Libro, pionera de los supermercados literarios, librería sin personalidad a la que le copiaron el estilo tantas, que ahora es difícil encontrar una librería donde sepan de libros.
Todo el día anduvimos cargando algunos de sus libros; aunque ya tenía Pantaleón y las visitadoras, y había publicado una breve reseña en La Onda de Novedades, no lo podía sacar en La Casa del Libro porque Vargas Llosa iba a firmar ejemplares que se vendieran allí; llevaba libros que no estaban a la venta: una edición de Los Cachorros ya agotada para entonces, y una edición de La Casa Verde de José Godard, hecha en Lima, pero que Vargas Llosa se negó a firmármela porque dijo que era pirata, aunque yo la había comprado años antes en la Librería del Sótano.
En La Casa del Libro me acerqué a saludar a José Emilio Pacheco; ¿ya te identificaste con Vargas Llosa?, me preguntó; lo he perseguido todo el día, le dije; dile que tú eres Lalito Mejía (como había firmado la reseña), le gustó lo que dijiste del libro; volví a abrirme paso entre la multitud que lo rodeaba para obtener su dedicatoria, y me identifiqué; dame el libro, me dijo, y me lo dedicó a pesar de que era pirata. “Para Lalito, mi valedor, y su futura esposa”; en otro nos llamó “Los Incansables”.
No fueron los únicos libros que nos dedicó, pero sí con las dedicatorias más personales y singulares.
De sus cualidades literarias han hablado muchos; por lo regular, con muchos lugares comunes y que revelan lecturas superficiales o distorsionadas; lo que puedo decir, distinto de lo que se haya dicho, es que es de los pocos escritores que saben escribir no sólo literatura, sino de literatura; su amigo-enemigo García Márquez ha hecho unos reportajes envidiables, superiores a los pocos reportajes de Vargas Llosa, quien se ha dejado contaminar de política (lo que es inevitable, y deseable, además) de tal manera que ha considerado a Frida Kahlo superior al "estalinista" Diego Rivera, lo que lo desacredita como crítico de arte y hace que se le pierda confianza. En cambio cuando habla de escritores hay que tomarlo muy en cuenta; hay algunos volúmenes de su ya muy extensa bibliografía donde incluye apuntes de lectura inteligentes, reveladores; es casi tan buen crítico literario como Carlos Fuentes y José Emilio Pacheco.
Es una lástima que donde mejor haya mostrado su inteligencia crítica esté fuera de circulación: Gabriel García Márquez, historia de un deicidio (hace un par de años circuló el rumor de que se reeditaría, pero resultó falso; es así que el libro más cotizado sea ese título; se dejan pedir de 300 a 600 euros por un ejemplar de ese título; en cambio, piden 50 euros por una primera edición de La ciudad y los perros y 150 por una primera de Conversación…); en él, aparte de una deliciosa crónica de su amistad, hace una disección impresionante de Cien años de soledad, de los lazos entre todos los libros (hasta ese momento, principios de los setenta) del colombiano. Gracias a ese libro pudimos leer Cien años de soledad, Los funerales de la Mamá Grande, e incluso ver Tiempo de morir, con otros ojos; su lectura, inteligente, minuciosa, no deja resquicios; permite el libre criterio del lector, pero antes desbroza el camino, instala las señales de por dónde hay que dirigirse, qué debemos recordar, en qué debemos fijarnos, para leer mejor.
Una recomendación: aunque sólo abarque los primeros libros de Vargas Llosa, las mejores guías para leerlo son la presentación que hizo José Emilio Pacheco para el disco del peruano en Voz Viva de México, y la magistral reseña que hizo el mismo Pacheco de Conversación en la Catedral, en La Cultura en México, suplemento de Siempre!
Aunque fue el sábado 9 cuando se conmemoró el septuagésimo aniversario del nacimiento de John Lennon, el martes 4 salieron a la venta nuevas versiones de sus discos; una antología en disco compacto; la misma, pero en DVD, una antología de 72 piezas en cuatro discos, una colección de obras completas en 11 discos, con memorabilia, y una versión restaurada de cada uno de sus discos sin incluir los tres de vanguardia, con temas fuera de programa.
Ya no saben qué inventar; desde hace tiempo salieron a la venta versiones remasterizadas; a las nuevas versiones le quitaron o le aumentaron instrumentación para dar más relevancia a su voz, pusieron otras fotos y más notas acompañando el texto.
Sin embargo, las revistas especializadas, que no hacen caso de la idolatría ni de los clubes de admiradores, se han portado crueles; a los discos vanguardistas los califican de aburridos, y si bien le dan calificación de extraordinario a John Lennon, Plastic Ono Band y de magnífico a Imagine, a los posteriores le dan calificación bajísima; de Sometimes in New York dicen que es el peor disco grabado por cualquier superestrella del rock, y cuando mucho aprueban de panzazo A double fantasy y Mind games. ¿Se trata de una actitud iconoclasta, o lo habíamos sobrevalorado? ¿Carecemos de objetividad para escucharlo sin arrobos? ¿Es cierto que, desintegrado el conjunto, la obra de cada uno fue perdiendo calidad, y que pocos trabajos individuales tienen la misma fuerza de cuando trabajaron, compusieron e interpretaron juntos? ¿Será por eso que en cada concierto de McCartney y de Ringo más de la mitad de su repertorio está integrado por obras de Beatles? ¿El hecho desmiente que el todo es la suma de las partes, o significa que, separados, ellos valen la cuarta parte de lo que valía el conjunto?
Para completar lo que hasta en las secciones deportivas llaman "el año del pitcher", Ray Halladay lanzó el segundo sin hit en postemporada, y su segundo del año. ¿Permitirán los directivos que continúe el predominio de los lanzadores en 2011? Ojalá, así son más divertidos los juegos en lugar de tanto batazo.
PD. Ahi la lleva la columna "El Librero", de Kiosko, que ya la están incluyendo en el portal de El Universal, en Edición Impresa, los domingos, y puede consultarse después, en Hemeroteca.
Las agencias, que no tienen idea de la naturaleza del premio, aseguraron que se lo otorgan por la nueva novela, que aparecerá a fin de mes, en plena competencia con el nuevo libro de Gabriel García Márquez; el premio se otorga no por un libro, sino por la obra del autor; y aunque se supone que es un reconocimiento, es un aliciente; por eso se otorga a autores en plena creatividad, y por eso se suponía que antes de los 80 años de edad, aunque se rompió la regla con Doris Lessing, que de cualquier manera se mantiene en activo, para envidia de sus competidoras.
Hay muchas contradicciones en esto del Nobel de Literatura; las razones que esgrimió la Academia Sueca para otorgar el premio a Thomas Mann, en 1929, se basaban en la grandeza de Los Buddenbrook; poco antes, en 1925, había publicado La montaña mágica, ahora reputada como su mayor obra; y uno puede repetirse la pregunta y expresar el azoro de que la Academia no haya tomado en cuenta la grandeza de La montaña, una de las obras clave del siglo XX, hasta que, venciendo los prejuicios, entra al deslumbrante mundo de los Buddenbrook, la historia de cómo un hombre construye un imperio comercial, el hijo la afianza y el nieto la destruye (podría hacer alusión a casos muy conocidos, pero para qué).
El Nobel a Vargas Llosa no asombra, pero incomoda; él mismo declaró, casi 24 horas después que se dio a conocer el fallo, que esperaba que se lo hayan otorgado por sus méritos literarios y no por sus ideas políticas; horas antes, sin embargo, hacía extensivo el reconocimiento a todos los que comparten esas ideas; ya lo habían atacado los representantes (cada vez menos dados a las afirmaciones totalitarias) del gobierno cubano, pero ya también lo habían elogiado José María Aznar y Vicente Fox. ¿No podríamos quedarnos con lo literario? Aunque es difícil, porque Vargas Llosa tiene el peso de un jefe de Estado, y a veces más; por eso pudo calificar al gobierno mexicano de dictadura perfecta, y pronosticar y desear que no regrese el PRI al gobierno; por menos de eso el PRD calificó de entrometido a Aznar.
Desde hace muchos años celebro los días de guardar releyendo Conversación en la Catedral, aunque a últimas fechas lo hago cada dos años, porque creo que ya me la sé de memoria; en cada relectura encuentro algo nuevo algo, que no había advertido, se hace presente un personaje que estaba escondido en la maraña de las conversaciones, un gesto que no se me había revelado. Con menos frecuencia releo Los cachorros y vuelvo a encontrar vasos comunicantes, un personaje que aparece en otro relato, una cadena invisible que me aclara algo de La ciudad y los perros o de La Casa Verde; también reconozco que soy mal lector de otras obras posteriores, característica que comparto con casi todos, lo que me hace pensar que sus obras de juventud y madurez son las mejores y más destacadas, aunque el deslumbramiento que provocó con La fiesta del Chivo mostró que no se había apagado su potencial narrativo. Hay obras suyas a las que no pienso regresar, como El elogio de la madrastra o Los cuadernos de don Rigoberto, y no por lo que tengan de pederastas sus personajes, sino por las mismas razones por las que no repetiré la lectura de Las travesuras de la niña mala: el erotismo literario explícito no es la mayor cualidad de Vargas Llosa; cuando lo aborda como grotesca iniciación, como arma de corrupción política, como expresión de la virilidad, le sale muy bien, en cambio. Es un maestro cuando, en medio de convulsiones sociales, de tensión política, de resquebrajamiento de una comunidad, surge el amor, dichoso o desdichado, en alguno de sus personajes; entre sus momentos más verosímiles están la rivalidad inicua entre El Esclavo, El Poeta o, sin saberlo, El Jaguar, por la misma joven, inocente e ignorante de las pasiones que desata; o cuando Santiago Zavala, comprometido con una huelga universitaria, en pleno rompimiento familiar, enferma de celos porque Aída anda con otro, y en plena crisis política, descubre que mantienen relaciones sexuales; pocos como Vargas Llosa para describir los primeros enamoramientos.
Vargas Llosa ha venido a México muchas veces; en 1973 fue parte del jurado que le dio a Juan Marsé el premio de novela México por Si te dicen que caí; acababa de aparecer Pantaleón y las visitadoras, divertida novela que, aparte del erotismo, devela corrupción en el ejército peruano, aunque la anécdota no sea sacada de la realidad; Fernando Valdés lo paseó por varios lados; en un mismo día lo llevaron a la Capilla Alfonsina con motivo del premio Alfonso Reyes (allí lo acosamos Lourdes y yo, le sacamos algunas declaraciones bien intencionadas a preguntas con jiribilla; aparte de la marca de pasta de dientes que usaba, declaró que tenía una sola corbata –ahora tiene muchas, es evidente); por la tarde lo llevaron a la entonces novedosa Casa del Libro, pionera de los supermercados literarios, librería sin personalidad a la que le copiaron el estilo tantas, que ahora es difícil encontrar una librería donde sepan de libros.
Todo el día anduvimos cargando algunos de sus libros; aunque ya tenía Pantaleón y las visitadoras, y había publicado una breve reseña en La Onda de Novedades, no lo podía sacar en La Casa del Libro porque Vargas Llosa iba a firmar ejemplares que se vendieran allí; llevaba libros que no estaban a la venta: una edición de Los Cachorros ya agotada para entonces, y una edición de La Casa Verde de José Godard, hecha en Lima, pero que Vargas Llosa se negó a firmármela porque dijo que era pirata, aunque yo la había comprado años antes en la Librería del Sótano.
En La Casa del Libro me acerqué a saludar a José Emilio Pacheco; ¿ya te identificaste con Vargas Llosa?, me preguntó; lo he perseguido todo el día, le dije; dile que tú eres Lalito Mejía (como había firmado la reseña), le gustó lo que dijiste del libro; volví a abrirme paso entre la multitud que lo rodeaba para obtener su dedicatoria, y me identifiqué; dame el libro, me dijo, y me lo dedicó a pesar de que era pirata. “Para Lalito, mi valedor, y su futura esposa”; en otro nos llamó “Los Incansables”.
No fueron los únicos libros que nos dedicó, pero sí con las dedicatorias más personales y singulares.
De sus cualidades literarias han hablado muchos; por lo regular, con muchos lugares comunes y que revelan lecturas superficiales o distorsionadas; lo que puedo decir, distinto de lo que se haya dicho, es que es de los pocos escritores que saben escribir no sólo literatura, sino de literatura; su amigo-enemigo García Márquez ha hecho unos reportajes envidiables, superiores a los pocos reportajes de Vargas Llosa, quien se ha dejado contaminar de política (lo que es inevitable, y deseable, además) de tal manera que ha considerado a Frida Kahlo superior al "estalinista" Diego Rivera, lo que lo desacredita como crítico de arte y hace que se le pierda confianza. En cambio cuando habla de escritores hay que tomarlo muy en cuenta; hay algunos volúmenes de su ya muy extensa bibliografía donde incluye apuntes de lectura inteligentes, reveladores; es casi tan buen crítico literario como Carlos Fuentes y José Emilio Pacheco.
Es una lástima que donde mejor haya mostrado su inteligencia crítica esté fuera de circulación: Gabriel García Márquez, historia de un deicidio (hace un par de años circuló el rumor de que se reeditaría, pero resultó falso; es así que el libro más cotizado sea ese título; se dejan pedir de 300 a 600 euros por un ejemplar de ese título; en cambio, piden 50 euros por una primera edición de La ciudad y los perros y 150 por una primera de Conversación…); en él, aparte de una deliciosa crónica de su amistad, hace una disección impresionante de Cien años de soledad, de los lazos entre todos los libros (hasta ese momento, principios de los setenta) del colombiano. Gracias a ese libro pudimos leer Cien años de soledad, Los funerales de la Mamá Grande, e incluso ver Tiempo de morir, con otros ojos; su lectura, inteligente, minuciosa, no deja resquicios; permite el libre criterio del lector, pero antes desbroza el camino, instala las señales de por dónde hay que dirigirse, qué debemos recordar, en qué debemos fijarnos, para leer mejor.
Una recomendación: aunque sólo abarque los primeros libros de Vargas Llosa, las mejores guías para leerlo son la presentación que hizo José Emilio Pacheco para el disco del peruano en Voz Viva de México, y la magistral reseña que hizo el mismo Pacheco de Conversación en la Catedral, en La Cultura en México, suplemento de Siempre!
Aunque fue el sábado 9 cuando se conmemoró el septuagésimo aniversario del nacimiento de John Lennon, el martes 4 salieron a la venta nuevas versiones de sus discos; una antología en disco compacto; la misma, pero en DVD, una antología de 72 piezas en cuatro discos, una colección de obras completas en 11 discos, con memorabilia, y una versión restaurada de cada uno de sus discos sin incluir los tres de vanguardia, con temas fuera de programa.
Ya no saben qué inventar; desde hace tiempo salieron a la venta versiones remasterizadas; a las nuevas versiones le quitaron o le aumentaron instrumentación para dar más relevancia a su voz, pusieron otras fotos y más notas acompañando el texto.
Sin embargo, las revistas especializadas, que no hacen caso de la idolatría ni de los clubes de admiradores, se han portado crueles; a los discos vanguardistas los califican de aburridos, y si bien le dan calificación de extraordinario a John Lennon, Plastic Ono Band y de magnífico a Imagine, a los posteriores le dan calificación bajísima; de Sometimes in New York dicen que es el peor disco grabado por cualquier superestrella del rock, y cuando mucho aprueban de panzazo A double fantasy y Mind games. ¿Se trata de una actitud iconoclasta, o lo habíamos sobrevalorado? ¿Carecemos de objetividad para escucharlo sin arrobos? ¿Es cierto que, desintegrado el conjunto, la obra de cada uno fue perdiendo calidad, y que pocos trabajos individuales tienen la misma fuerza de cuando trabajaron, compusieron e interpretaron juntos? ¿Será por eso que en cada concierto de McCartney y de Ringo más de la mitad de su repertorio está integrado por obras de Beatles? ¿El hecho desmiente que el todo es la suma de las partes, o significa que, separados, ellos valen la cuarta parte de lo que valía el conjunto?
Para completar lo que hasta en las secciones deportivas llaman "el año del pitcher", Ray Halladay lanzó el segundo sin hit en postemporada, y su segundo del año. ¿Permitirán los directivos que continúe el predominio de los lanzadores en 2011? Ojalá, así son más divertidos los juegos en lugar de tanto batazo.
PD. Ahi la lleva la columna "El Librero", de Kiosko, que ya la están incluyendo en el portal de El Universal, en Edición Impresa, los domingos, y puede consultarse después, en Hemeroteca.
sábado, 2 de octubre de 2010
Dos músico-poetas
Se necesita ser muy esquemático para elegir sólo a dos compositores mexicanos sobresalientes; hay demasiados que, con una o con muchas canciones, se han ganado la inmortalidad en la música; ¿cómo escoger nada más a dos si sólo en la canción fina –una categoría que invento pero que engloba a quienes rebasan el bolero o la mal llamada canción romántica– puede y debe nombrarse a Alberto Domínguez, Luis Arcaraz, Gonzalo Curiel, Rafael Hernández –no por puertorriqueño menos mexicano: aquí desarrolló su carrera, en la XEW se difundió para todo el continente su música, aquí se hicieron populares sus excelentes canciones, si además escribió un [no tan bueno] himno poblano–, Federico Baena, Roberto Cantoral, Güicho Cisneros, Abel Domínguez, Pepe Domínguez, Claudio Estrada, Vicente Garrido, el Güero Gil, los extranjeros muy mexicanos Osvaldo Farrés y Pedro Flores, o la singular Consuelo Velásquez? ¿O a Cuco Sánchez, Ernesto Cortázar, Manuel Esperón, Ferrusquilla, Lorenzo Barcelata, Alfonso Esparza Oteo, Tomás Méndez en las rancheras? ¿O a las indefinibles Francisco Gabilondo Soler y Rubén Fuentes? ¿O la extraordinaria María Greever?
Tomo sin embargo el reto de escoger a dos, para luego intentar el análisis de otras canciones de otros compositores; tomemos ahora a José Alfredo Jiménez y Agustín Lara. He hablado de ambos, y al hacerlo he citado explícita o implícitamente a quienes han escrito acerca de ellos, y asumo los lugares comunes que los asedian, aunque he propuesto otras visiones; las abrevio:
José Alfredo Jiménez urbanizó la canción ranchera, le dio una visión trágica a un genero por lo regular alegre y optimista, y asumió un sentimiento trágico; aunque algunas de sus canciones celebran el amor (“cuánto me debía la vida que contigo me pagó”); aunque en ocasiones insiste en afirmar su amor aunque sabe que no es aceptado (“tú a mí no me quieres nada pero yo por ti me muero”); aunque fuerce el género para cantar corridos, y fuerce a los personajes (“éste es el corrido del caballo blanco” –que en realidad era un Cadillac, blanco, que convirtió en chatarra en una borrachera épica con varias personas, entre ellas Chavela Vargas; ¿qué sería el “hocico sangrando”, un choque, una desbielada?); aunque se acerque peligrosamente a la confesión indiscreta (“si te acuerdas de mí no me menciones”; “Si nos dejan, de todo lo demás nos olvidamos”); aunque a veces es francamente optimista (“pero voy a sacar juventud de mi pasado… Y te voy a enseñar a querer”), y por un error de la vida, una única vez se queda con la mujer codiciada, aunque se la gane a un amigo (“yo sé bien que anda volada por un tipo que es muy hombre, pero como es muy tu amigo mejor no te doy su nombre”); la mayoría de sus piezas abordan el amor desdichado; la reina que se va aunque sabe que nadie va a quererla más; la ingrata que lo deja y él sabe que ni con todo el dinero del mundo va a recuperarla; lo repito: pocos versos reflejan mejor el drama del rechazo o de la terminación de una relación que “otra vez a brindar con extraños”; es melodramático, califica las relaciones como las últimas posibles, y pinta al narrador como un derrotado incapaz de asumir el rompimiento más que con una buena borrachera. Pocas veces es arrogante (“a la hora que yo quiera te detengo”), más bien amenaza con acciones drásticas (“es inútil dejar de quererte, ya no puedo vivir sin tu amor”); lo más frecuente es la figura del hombre despedazado, en un rincón (el rincón) de una cantina rememorando a la que se fue.
Su canción ranchera tiene lugar en la colonia Guerrero, y el protagonista no tiene que vestir de vaquero o de mariachi, puede ser un oficinista rechazado por una casquivana mancornadora a la que le había prometido todo, una que lo había hecho sentirse superior a cualquiera, y al final lo deja tan fragmentado que es incapaz de sostener la bebida en la mano sin fuerza. Vivió menos de 50 años, aunque celebró su vida, pese a sus derrotas, con la proclama de que había sido, y seguía siendo, el rey.
Con sus canciones, decenas de cantantes alcanzaron el triunfo; nadie canta mejor “Ella” y “La que se fue” que Jorge Negrete (paradoja: Negrete se casó con María Félix, quien presumía de que “Ella” la había escrito Jiménez para Ella) pero Andrés Huesca es insuperable con “Yo”; Amalia Mendoza es la única que puede cantar “La noche de mi mal”, Lola Beltrán “Qué bonito amor” y Pedro Infante tiene un enorme número de piezas que inmortalizó (uno de sus gritos más entonados es “Ay compadre José Alfredo, cómo sufro, cómo sufro”).
El cine mexicano es impensable sin él; como actor fue tan malo como cantante, pero también insustituible; le dieron papeles que no le quedaban, pero le sale bien el del hombre que se sacrifica para que otros sean felices; su música es el fondo de algunas comedias y muchos melodramas; en los años cincuenta y sesenta su presencia fue sólida en la televisión mexicana, y en el radio es tan importante como Agustín Lara.
Lara tiene también muchas facetas: la del amor dichoso (“tus labios perfuman mi ser”), la conquista inesperada (“Solamente una vez amé en la vida”), la entrega apasionada (“quiero sentirte mía… que asesinen tus ojos sensuales como dos puñales mi melancolía”), el amor celoso (“¿es que quieren volver tus amores de ayer a inquietarte”); el amor desdichado (“yo sé que es imposible que me quieras”); el rencor (“te vendes, quién pudiera comprarte”). También hizo retratos idealizados de ciudades (“Veracruz”, “Xochimilco” –donde habla de los canales de Ixtapalapa–, “Madrid”, “Murcia”, “Granada” –esta última, pretexto para que los tenores demuestren que su voz alcanza todos los registros), y hasta propaganda bélica (“que me cuide la virgen morena, que me cuide y me deje pelear”); incursionó con éxito en géneros ajenos a él, como la canción ranchera (“Se me hizo fácil”, “Aquel amor”), el tango (“Arráncame la vida”), el danzón (“Humo en los ojos cuando me viste, antes que a nadie, no sé por qué”).
Sus canciones no definen el amor, sino la relación intensa pero fugaz; a la mujer altiva a la que vence sin convencer; tiene frases contundentes, pero tan largas y complicadas que no pueden ser declamadas para restregarle a la amada su ingratitud; uno de los lugares comunes es que es el último modernista; Carlos Monsiváis citaba “Hastío” como ejemplo de ello: “el hastío es pavorreal que se aburre de luz en la tarde”; me parece más adecuado otro ejemplo: en “Arroyito”, cuya mejor versión es de Los Bribones, concluye: “Yo tengo celos, celos mortales, porque tú bañas su lindo cuerpo lleno de luz, y tengo celos de tus espumas y tus cristales, arroyito de plata, mi rival eres tú”; tiene parecido, aunque no semejanza, con uno de los sonetos más célebres de Leopoldo Lugones:
El mar, lleno de urgencias masculinas,
Bramaba alrededor de tu cintura,
Y como un brazo colosal, la oscura
Ribera te amparaba. En tus retinas,
Y en tus cabellos, y en tu astral blancura,
Rieló con decadencias opalinas
Esa luz de las tardes mortecinas
Que en el agua pacífica perdura.
Palpitando a los ritmos de tu seno,
Hinchóse en una ola el mar sereno;
Para hundirte en tus vértigos felinos
Su voz te dijo una caricia vaga,
Y al penetrar entre tus muslos finos,
La onda se aguzó como una daga.
Tiene algunos versos espléndidos: “una tarde en la plaza se lanzó al ruedo, para calmar sus ansias de novillero”; “voy a hacerte un agasajo postinero con la crema de la intelectualidad”.
Lara es cursi, pero su cursilería le sirve para disimular la crudeza de sus declaraciones, las más atrevidas de la canción mexicana antes de la avalancha de la balada confesional; no es más atrevido que Álvaro Carrillo, pero es mucho más directo: “Tu párvula boca que siendo tan niña me enseñó a besar” (ahora estaría perseguido por sus insinuaciones de pederastia), “Cada noche un amor, distinto amanecer, diferente visión”; “…que tu amor para mí fue pasajero, y que cambias tus besos por dinero”: “tienes el hechizo de la liviandad”; “Si cada noche tuya es una aurora, si cada nueva lágrima es el sol, ¿por qué te hizo el destino pecadora si no sabes vender el corazón?”; “blando diván de tul aguardará tu exquisito abandono de mujer… yo haré palpitar todo tu ser”; “la blanca tibieza que derramaste en mí”.
Lara le canta al amor fugaz, a “los cariñitos de un instante” para “no volverlos a ver” (versos de Rubén Fuentes y Alberto Cervantes), y los celebra, los prefiere a los amores estables, los que no siembran incertidumbre o celos, bajas pasiones, los que no retan a la sociedad ni ponen en peligro la estabilidad social, laboral y económica; es como cuando Tin Tan, advertido de que va hacia la cacería por el lado equivocado (“acá está la caza grande”, lo regaña Wolf Ruvinsky), contesta: “yo prefiero casa chica”.
Tomo dos canciones representativas; “María Bonita”, de Lara, y “La vida es un sueño”, de Jiménez; la primera es para María Félix, dicen todos; Lara dijo, en televisión, que era para su señora madre; es una canción ambigua; no puede ser para su madre, por todas las referencias eróticas, pero tampoco para Félix, con quien casó para engañarla con otras muchas:
“Acuérdate de Acapulco, de aquella noche, María Bonita, María del alma; acuérdate que en la playa, con tus manitas las estrellitas las enjuagabas. Tu cuerpo, del mar juguete, nave al garete, venían las olas, lo columpiaban, y mientras yo te miraba, lo digo con sentimiento, mi pensamiento me traicionaba.
(no habla de la esposa, porque si no, ¿para qué pedirle que se acordara de aquella noche, si la tiene al alcance de la mano? A menos que narre una tristeza post coito; la imagen es muy clara: la observa nadando, y hay que recordar que en la poesía el mar es erotismo: el vaivén, la marea, las olas suaves o impetuosas; ella se deja llevar por el ritmo marítimo, y él la desea; y si es la esposa, ¿por qué se turba por desearla? Está hablando de una escapada a un entonces exclusivo Acapulco)
”Te dije muchas palabras, de esas bonitas con que se arrullan los corazones, pidiendo que me quisieras, que convirtieras en realidades mis ilusiones. La luna que nos miraba ya hacía ratito se hizo un poquito desentendida, y cuando la vi escondida me arrodillé pa’ besarte y así entregarte toda mi vida.
(está en proceso de conquista, intenta convencerla; pero si ya está en Acapulco con la esposa, no es adecuado el cortejo; ¿y cuáles son las ilusiones que quiere convertir en realidades, si cuando la ve lo traicionan los pensamientos? Es obvio que quiere convencerla de la entrega erótica, y para ello necesita de la intimidad de la oscuridad, de la soledad; ¿y pa’ qué se arrodilla para besarla? Si se arrodilla, queda muy lejos de la boca; está hablando del acto propiciatorio)
”Amores habrás tenido, muchos amores, María Bonita, María del alma; pero ninguno tan bueno ni tan honrado como el que hiciste que en mí brotara. Lo traigo lleno de flores como una ofrenda para dejarla bajo tus plantas; recíbelo emocionada y júrame que no mientes, porque te sientes idolatrada.”
(estos versos son más atrevidos que los de la estrofa anterior: ¿qué mujer tiene muchos muchos amores? La frase “como el que hiciste que en mí brotara” no disimula el clímax sexual, y afirma que no es producto del engaño ni de una negociación: es tan inocente como un ramo de flores; pero es cauto y le pide que no finja, que no tiene que fingir; ¿y qué mujer tiene que fingir la plenitud del amor?)
La canción que seleccioné de José Alfredo me hace pensar en los clásicos; los rememora, de manera intuitiva, en muchas; desde la invención del amor (“me enseñó lo que tantas veces en otros labios no comprendí”) hasta el deseo de la muerte al perder el amor (“si su amor lo perdí para siempre, qué me importa la vida perder”).
Es una canción más sencilla, sin la complejidad de “Camino de Guanajuato” (“Camino a Guanajuato”, según apunta en The Complete Works de Pedro Infante), con remembranzas bíblicas, pero también de gran intensidad, y con alguna ambigüedad que compara la separación amorosa con la muerte:
“Cariño de mis cariños, corazón apasionado (adjetivos y comparaciones semejantes a los de La Ilíada y a los de “El cantar de los cantares”); no quiero verte llorando (Eclesiastés, Garcilaso) porque me voy de tu lado; yo no nací para darte el mundo que tú has soñado (Bonifaz Nuño; muchos años después, Paul McCartney escribió, con esta imagen, “Six O’Clock”).
"Si tienes una ilusión y la llevas muy adentro, desgarra tu corazón pa’ que salga el sentimiento, que una vez fuera el dolor se lo ha de llevar el viento (Neruda, García Lorca, Quevedo).
Yo no sé decir adiós ni cantar la despedida (Quevedo), por no sufrir el dolor que sufren los que se olvidan (Nervo); cuando se dicen adiós para siempre en esta vida (Quevedo, Gabriela Mistral).
Pa’ mí las nubes son cielo, pa´ mí las olas son mar (Salmos); pa’ mí la vida es un sueño y la muerte el despertar (en dos versos resume la trama de La vida es sueño, de Calderón de la Barca).
Lara gustaba del calificativo de “músico-poeta”; alguna vez le dijo a Alí Chumacero que ellos eran los poetas; no lo fue, aunque en algunos de sus versos haya acertado; a su muerte recibió el homenaje de José Emilio Pacheco en un poema que no está recogido en sus libros, pero de cualquier manera memorable; Jiménez es intuitivo, repentino e impulsivo; también, acierta en alguno de sus versos; los dos pecan de sinceros y autobiográficos, lo que no siempre es una cualidad literaria. Por la intensidad de su vida, dudo que se haya puesto a leer ni siquiera lo que le aconsejaban sus amigos literatos con los que compartía tertulias. Pero logró, en varias canciones, repetir lo que dijeron los clásicos.
Lo curioso es que haya más referencias cultas y poéticas en el más primitivo Jiménez que en el músico-poeta.
PD. Jorge García Robles termina su relación laboral con Dónde ir, por un encuentro de malas razones; no acepta modificaciones a una colaboración que la revista considera excesiva.
PD 2. Las Ligas Mayores terminan con blanqueadas y con dos divisiones que se definen hasta el final. Falta que regresen los pitchers con juegos completos.
PD 3. El Librero, columna en la que hablo de libros y que aparece los domingos en El Universal, es incluido en el portal del periódico los domingos, y pueden consultarse ediciones atrasadas en Hemeroteca. Gracias.
Tomo sin embargo el reto de escoger a dos, para luego intentar el análisis de otras canciones de otros compositores; tomemos ahora a José Alfredo Jiménez y Agustín Lara. He hablado de ambos, y al hacerlo he citado explícita o implícitamente a quienes han escrito acerca de ellos, y asumo los lugares comunes que los asedian, aunque he propuesto otras visiones; las abrevio:
José Alfredo Jiménez urbanizó la canción ranchera, le dio una visión trágica a un genero por lo regular alegre y optimista, y asumió un sentimiento trágico; aunque algunas de sus canciones celebran el amor (“cuánto me debía la vida que contigo me pagó”); aunque en ocasiones insiste en afirmar su amor aunque sabe que no es aceptado (“tú a mí no me quieres nada pero yo por ti me muero”); aunque fuerce el género para cantar corridos, y fuerce a los personajes (“éste es el corrido del caballo blanco” –que en realidad era un Cadillac, blanco, que convirtió en chatarra en una borrachera épica con varias personas, entre ellas Chavela Vargas; ¿qué sería el “hocico sangrando”, un choque, una desbielada?); aunque se acerque peligrosamente a la confesión indiscreta (“si te acuerdas de mí no me menciones”; “Si nos dejan, de todo lo demás nos olvidamos”); aunque a veces es francamente optimista (“pero voy a sacar juventud de mi pasado… Y te voy a enseñar a querer”), y por un error de la vida, una única vez se queda con la mujer codiciada, aunque se la gane a un amigo (“yo sé bien que anda volada por un tipo que es muy hombre, pero como es muy tu amigo mejor no te doy su nombre”); la mayoría de sus piezas abordan el amor desdichado; la reina que se va aunque sabe que nadie va a quererla más; la ingrata que lo deja y él sabe que ni con todo el dinero del mundo va a recuperarla; lo repito: pocos versos reflejan mejor el drama del rechazo o de la terminación de una relación que “otra vez a brindar con extraños”; es melodramático, califica las relaciones como las últimas posibles, y pinta al narrador como un derrotado incapaz de asumir el rompimiento más que con una buena borrachera. Pocas veces es arrogante (“a la hora que yo quiera te detengo”), más bien amenaza con acciones drásticas (“es inútil dejar de quererte, ya no puedo vivir sin tu amor”); lo más frecuente es la figura del hombre despedazado, en un rincón (el rincón) de una cantina rememorando a la que se fue.
Su canción ranchera tiene lugar en la colonia Guerrero, y el protagonista no tiene que vestir de vaquero o de mariachi, puede ser un oficinista rechazado por una casquivana mancornadora a la que le había prometido todo, una que lo había hecho sentirse superior a cualquiera, y al final lo deja tan fragmentado que es incapaz de sostener la bebida en la mano sin fuerza. Vivió menos de 50 años, aunque celebró su vida, pese a sus derrotas, con la proclama de que había sido, y seguía siendo, el rey.
Con sus canciones, decenas de cantantes alcanzaron el triunfo; nadie canta mejor “Ella” y “La que se fue” que Jorge Negrete (paradoja: Negrete se casó con María Félix, quien presumía de que “Ella” la había escrito Jiménez para Ella) pero Andrés Huesca es insuperable con “Yo”; Amalia Mendoza es la única que puede cantar “La noche de mi mal”, Lola Beltrán “Qué bonito amor” y Pedro Infante tiene un enorme número de piezas que inmortalizó (uno de sus gritos más entonados es “Ay compadre José Alfredo, cómo sufro, cómo sufro”).
El cine mexicano es impensable sin él; como actor fue tan malo como cantante, pero también insustituible; le dieron papeles que no le quedaban, pero le sale bien el del hombre que se sacrifica para que otros sean felices; su música es el fondo de algunas comedias y muchos melodramas; en los años cincuenta y sesenta su presencia fue sólida en la televisión mexicana, y en el radio es tan importante como Agustín Lara.
Lara tiene también muchas facetas: la del amor dichoso (“tus labios perfuman mi ser”), la conquista inesperada (“Solamente una vez amé en la vida”), la entrega apasionada (“quiero sentirte mía… que asesinen tus ojos sensuales como dos puñales mi melancolía”), el amor celoso (“¿es que quieren volver tus amores de ayer a inquietarte”); el amor desdichado (“yo sé que es imposible que me quieras”); el rencor (“te vendes, quién pudiera comprarte”). También hizo retratos idealizados de ciudades (“Veracruz”, “Xochimilco” –donde habla de los canales de Ixtapalapa–, “Madrid”, “Murcia”, “Granada” –esta última, pretexto para que los tenores demuestren que su voz alcanza todos los registros), y hasta propaganda bélica (“que me cuide la virgen morena, que me cuide y me deje pelear”); incursionó con éxito en géneros ajenos a él, como la canción ranchera (“Se me hizo fácil”, “Aquel amor”), el tango (“Arráncame la vida”), el danzón (“Humo en los ojos cuando me viste, antes que a nadie, no sé por qué”).
Sus canciones no definen el amor, sino la relación intensa pero fugaz; a la mujer altiva a la que vence sin convencer; tiene frases contundentes, pero tan largas y complicadas que no pueden ser declamadas para restregarle a la amada su ingratitud; uno de los lugares comunes es que es el último modernista; Carlos Monsiváis citaba “Hastío” como ejemplo de ello: “el hastío es pavorreal que se aburre de luz en la tarde”; me parece más adecuado otro ejemplo: en “Arroyito”, cuya mejor versión es de Los Bribones, concluye: “Yo tengo celos, celos mortales, porque tú bañas su lindo cuerpo lleno de luz, y tengo celos de tus espumas y tus cristales, arroyito de plata, mi rival eres tú”; tiene parecido, aunque no semejanza, con uno de los sonetos más célebres de Leopoldo Lugones:
El mar, lleno de urgencias masculinas,
Bramaba alrededor de tu cintura,
Y como un brazo colosal, la oscura
Ribera te amparaba. En tus retinas,
Y en tus cabellos, y en tu astral blancura,
Rieló con decadencias opalinas
Esa luz de las tardes mortecinas
Que en el agua pacífica perdura.
Palpitando a los ritmos de tu seno,
Hinchóse en una ola el mar sereno;
Para hundirte en tus vértigos felinos
Su voz te dijo una caricia vaga,
Y al penetrar entre tus muslos finos,
La onda se aguzó como una daga.
Tiene algunos versos espléndidos: “una tarde en la plaza se lanzó al ruedo, para calmar sus ansias de novillero”; “voy a hacerte un agasajo postinero con la crema de la intelectualidad”.
Lara es cursi, pero su cursilería le sirve para disimular la crudeza de sus declaraciones, las más atrevidas de la canción mexicana antes de la avalancha de la balada confesional; no es más atrevido que Álvaro Carrillo, pero es mucho más directo: “Tu párvula boca que siendo tan niña me enseñó a besar” (ahora estaría perseguido por sus insinuaciones de pederastia), “Cada noche un amor, distinto amanecer, diferente visión”; “…que tu amor para mí fue pasajero, y que cambias tus besos por dinero”: “tienes el hechizo de la liviandad”; “Si cada noche tuya es una aurora, si cada nueva lágrima es el sol, ¿por qué te hizo el destino pecadora si no sabes vender el corazón?”; “blando diván de tul aguardará tu exquisito abandono de mujer… yo haré palpitar todo tu ser”; “la blanca tibieza que derramaste en mí”.
Lara le canta al amor fugaz, a “los cariñitos de un instante” para “no volverlos a ver” (versos de Rubén Fuentes y Alberto Cervantes), y los celebra, los prefiere a los amores estables, los que no siembran incertidumbre o celos, bajas pasiones, los que no retan a la sociedad ni ponen en peligro la estabilidad social, laboral y económica; es como cuando Tin Tan, advertido de que va hacia la cacería por el lado equivocado (“acá está la caza grande”, lo regaña Wolf Ruvinsky), contesta: “yo prefiero casa chica”.
Tomo dos canciones representativas; “María Bonita”, de Lara, y “La vida es un sueño”, de Jiménez; la primera es para María Félix, dicen todos; Lara dijo, en televisión, que era para su señora madre; es una canción ambigua; no puede ser para su madre, por todas las referencias eróticas, pero tampoco para Félix, con quien casó para engañarla con otras muchas:
“Acuérdate de Acapulco, de aquella noche, María Bonita, María del alma; acuérdate que en la playa, con tus manitas las estrellitas las enjuagabas. Tu cuerpo, del mar juguete, nave al garete, venían las olas, lo columpiaban, y mientras yo te miraba, lo digo con sentimiento, mi pensamiento me traicionaba.
(no habla de la esposa, porque si no, ¿para qué pedirle que se acordara de aquella noche, si la tiene al alcance de la mano? A menos que narre una tristeza post coito; la imagen es muy clara: la observa nadando, y hay que recordar que en la poesía el mar es erotismo: el vaivén, la marea, las olas suaves o impetuosas; ella se deja llevar por el ritmo marítimo, y él la desea; y si es la esposa, ¿por qué se turba por desearla? Está hablando de una escapada a un entonces exclusivo Acapulco)
”Te dije muchas palabras, de esas bonitas con que se arrullan los corazones, pidiendo que me quisieras, que convirtieras en realidades mis ilusiones. La luna que nos miraba ya hacía ratito se hizo un poquito desentendida, y cuando la vi escondida me arrodillé pa’ besarte y así entregarte toda mi vida.
(está en proceso de conquista, intenta convencerla; pero si ya está en Acapulco con la esposa, no es adecuado el cortejo; ¿y cuáles son las ilusiones que quiere convertir en realidades, si cuando la ve lo traicionan los pensamientos? Es obvio que quiere convencerla de la entrega erótica, y para ello necesita de la intimidad de la oscuridad, de la soledad; ¿y pa’ qué se arrodilla para besarla? Si se arrodilla, queda muy lejos de la boca; está hablando del acto propiciatorio)
”Amores habrás tenido, muchos amores, María Bonita, María del alma; pero ninguno tan bueno ni tan honrado como el que hiciste que en mí brotara. Lo traigo lleno de flores como una ofrenda para dejarla bajo tus plantas; recíbelo emocionada y júrame que no mientes, porque te sientes idolatrada.”
(estos versos son más atrevidos que los de la estrofa anterior: ¿qué mujer tiene muchos muchos amores? La frase “como el que hiciste que en mí brotara” no disimula el clímax sexual, y afirma que no es producto del engaño ni de una negociación: es tan inocente como un ramo de flores; pero es cauto y le pide que no finja, que no tiene que fingir; ¿y qué mujer tiene que fingir la plenitud del amor?)
La canción que seleccioné de José Alfredo me hace pensar en los clásicos; los rememora, de manera intuitiva, en muchas; desde la invención del amor (“me enseñó lo que tantas veces en otros labios no comprendí”) hasta el deseo de la muerte al perder el amor (“si su amor lo perdí para siempre, qué me importa la vida perder”).
Es una canción más sencilla, sin la complejidad de “Camino de Guanajuato” (“Camino a Guanajuato”, según apunta en The Complete Works de Pedro Infante), con remembranzas bíblicas, pero también de gran intensidad, y con alguna ambigüedad que compara la separación amorosa con la muerte:
“Cariño de mis cariños, corazón apasionado (adjetivos y comparaciones semejantes a los de La Ilíada y a los de “El cantar de los cantares”); no quiero verte llorando (Eclesiastés, Garcilaso) porque me voy de tu lado; yo no nací para darte el mundo que tú has soñado (Bonifaz Nuño; muchos años después, Paul McCartney escribió, con esta imagen, “Six O’Clock”).
"Si tienes una ilusión y la llevas muy adentro, desgarra tu corazón pa’ que salga el sentimiento, que una vez fuera el dolor se lo ha de llevar el viento (Neruda, García Lorca, Quevedo).
Yo no sé decir adiós ni cantar la despedida (Quevedo), por no sufrir el dolor que sufren los que se olvidan (Nervo); cuando se dicen adiós para siempre en esta vida (Quevedo, Gabriela Mistral).
Pa’ mí las nubes son cielo, pa´ mí las olas son mar (Salmos); pa’ mí la vida es un sueño y la muerte el despertar (en dos versos resume la trama de La vida es sueño, de Calderón de la Barca).
Lara gustaba del calificativo de “músico-poeta”; alguna vez le dijo a Alí Chumacero que ellos eran los poetas; no lo fue, aunque en algunos de sus versos haya acertado; a su muerte recibió el homenaje de José Emilio Pacheco en un poema que no está recogido en sus libros, pero de cualquier manera memorable; Jiménez es intuitivo, repentino e impulsivo; también, acierta en alguno de sus versos; los dos pecan de sinceros y autobiográficos, lo que no siempre es una cualidad literaria. Por la intensidad de su vida, dudo que se haya puesto a leer ni siquiera lo que le aconsejaban sus amigos literatos con los que compartía tertulias. Pero logró, en varias canciones, repetir lo que dijeron los clásicos.
Lo curioso es que haya más referencias cultas y poéticas en el más primitivo Jiménez que en el músico-poeta.
PD. Jorge García Robles termina su relación laboral con Dónde ir, por un encuentro de malas razones; no acepta modificaciones a una colaboración que la revista considera excesiva.
PD 2. Las Ligas Mayores terminan con blanqueadas y con dos divisiones que se definen hasta el final. Falta que regresen los pitchers con juegos completos.
PD 3. El Librero, columna en la que hablo de libros y que aparece los domingos en El Universal, es incluido en el portal del periódico los domingos, y pueden consultarse ediciones atrasadas en Hemeroteca. Gracias.
domingo, 26 de septiembre de 2010
Anecdotario televisivo
Si una cifra cualquiera es dividida entre cero da como resultado un número infinito, o indeterminado; pero las matemáticas suelen ser tan abstractas que no siempre es posible ejemplificar; Sergio Romano lo intentó; es decir, intentó definir lo indeterminado: puso dos de las tres cámaras en el estudio a que se tomaran de frente; no el aparato, sino la luz; ¿qué vería el televidente? Nada. Fue decepcionante para los fanáticos de la ciencia ficción, pero apasionante para los matemáticos: se vio la nada.
Lo malo es que nadie se dio cuenta del experimento; sólo muchos años después, en Tonantzintla, viendo el infinito, me di cuenta que ya lo había visto en las cámaras del canal 11. (Me gustaría retar a Sergio en un estudio para que definiera qué cosa es un centímetro cuadrado.)
No odio la televisión, sus alcances son inasibles; en México ha hecho mucho mal, pero también mucho bien; no hablo de los programas culturales, que suelen ser tan aburridos que en su suite televisiva “La tanda”, Les Luthier los mandan a las tres de la madrugada; pero hubo algunos programas con intelectuales bastante atractivos, e incluso divertidos: por ejemplo, José Luis Cuevas irritando a David Alfaro Siqueiros porque mientras éste hablaba, Cuevas se la pasaba peinándose; o Juan García Ponce decretando la muerte de la Novela de la Revolución, o Alexandro Jodorowsky entrevistando a una vaca, o destrozando un piano a hachazos; o Carlos Monsiváis y José Agustín retando casi a golpes a los defensores de las estudiantinas, o Monsiváis decretando que “la minifalda llegó para quedarse”, o José de la Colina defendiendo el yoga al decir que no era entretenimiento de “señoras gordas” ante la alarma de Paco Malgesto, o Juan José Gurrola afirmando que su obra ¡Ay papá, pobre papá, estoy muy triste porque en el clóset te escondió mamá! no había fracasado, que era el público el que había fracasado.
Por desgracia esos momentos de provocación ya no sólo no son frecuentes, sino inexistentes, aunque abunden las palabras que ofendían antes a las buenas conciencias que ya más bien se las apropiaron, las desacralizaron, le quitaron su carácter subversivo; son impensables los escándalos de cuando era más ingenua la televisión, aunque fueran momentáneos, como cuando Isela Vega dijo que su vestido estaba adornado con “pendejuelas, licenciado”, o cuando La Diva dijo que no se sentía, que era la Divina Garza, y poco después amenazó a su interlocutor, y eso que era su amigo, con describir y descubrir los escándalos que éste protagonizaba tras las cámaras; con las telenovelas que se filman, que no se transmiten en vivo, ya no es posible el escándalo de que a la primera actriz, al pisárselo, se le caiga el strapless dejando ver sus pechos a los incrédulos espectadores mientras gritaba “¡mi vestido!” y se le olvidaba su parlamento; o a la Diva que, al sentarse, se le olvidó que traía crinolina, y gritó “¡se me ven las piernas!”, obviando su templanza y frialdad.
Tampoco los descuidos, algunos tan famosos como “le dedico esta pelea a mi ex amigo el presidente Echeverría; bueno, todavía es mi amigo”, del Famoso Gómez en las últimas semanas del sexenio de LE. O el discurso de la muy bella capitalina aspirante a Señorita México en 1976, aturdida por los abucheos de los porristas de otras concursantes, que terminó con el nombre de tres hombres a los que admirara: “y Echeverría, para que se rían”; o “lo único mejor que la gelatina Jell-o es gelatina Royal”, que casi le cuesta la chamba al locutor víctima de las bromas de los camarógrafos; o “un chorrito de Batey”, en el programa de Malgesto patrocinado por Bacardí (“no me haga eso, criatura”). O el escándalo de la vedette vistiendo un bikini con los colores de la bandera (de mucho mejor ver que los vestidos de algunas oportunistas por el bicentenario). O el Himno Nacional en mambo, aunque no haya sido en televisión y eso quién sabe si haya sido.
Por desgracia, estos últimos casos son esporádicos, no provocaciones, y su desenlace tiene más que ver con el choteo que con el humor; y las provocaciones de La Mafia al poco desaparecieron y quienes provocaban dejaron de ser irrespetuosos para hacerse respetables. Cuando mucho, el escándalo de los gobernantes por el presidente bombero y su esposa.
Para la televisión no es primordial la intención educativa; no puede compararse con los libros porque cuando se cuenta una trama ésta pierde su sentido, su magia; la lectura es un placer solitario, y si se comparte, no es el acto sino las consecuencias lo que cuentan; tampoco la poesía tiene cabida en la televisión; por lo regular los poetas son pésimos declamadores, sobre todo de su obra; la televisión no ha oído a Carlos Fuentes leer poesía, y algunos que sí saben leerla, ante el micrófono engolan la voz, pierden el ritmo, carecen de cadencia; no todos son Pablo Neruda, quien le daba un tono especial a su obra, que adquiría otro sentido, además del que el lector percibía al leerla. Los televidentes se conformaron con recitadores que ni siquiera entendían la poesía; tampoco entendían que tres hombres con mucho sentido del humor, como José de la Colina, Tomás Pérez Turrent y Emilio García Riera se portaran tan seriecitos ellos al comentar películas, y tuvieran que aguantar que los chotearan Lechuga (“Emilio ojalá se riera”) y el Loco Valdés (“Enrique Rosado –pionero de los comentaristas de cine en televisión–, de la Colina”).
Ha habido momentos divertidos, no planeados, como cuando Elena Poniatowska interrumpía su entrevista a Carlos Fuentes para advertirle que sus hijos podían romper algo.
La televisión en vivo era muy indiscreta; un programa especial para presentar a la selección femenil de futbol después de la Copa Mundial de 1970, tuvo como anfitriona a Verónica Castro, quien compitió con una de las seleccionadas en la proliferación de “descuidos”, como le llaman los españoles a la exposición involuntaria de las prendas íntimas. Una competencia que también entablaron las protagonistas de Ana del aire (Angélica María en sus mejores momentos, Susana Dosamantes y Lupita D’Alessio), y que no tiene nada que ver con los descuidos voluntarios actuales de las animadoras de los programas matutinos y meridianos, en que se exponen ante mujeres porque el público natural de esos descuidos está, por lo regular, en la chamba, viéndolos con retraso por internet. Cabría la pregunta de si se ha ganado en libertad no sólo con esas locutoras, sino con la exhibición de cintas que antes sólo podrían verse en el Cine Río o, si eran de calidad, en el Paseo, a medianoche en el Buñuel, o en el Prado, con la condición de que se hicieran los que no los veían o no les importaba (hay un divertido relato de Woody Allen sobre un cinéfilo que hace una larga fila para ver una cinta de Bergman, pero sólo por un desnudo de tres segundos).
Quienes se quejaban de que el cine no había sido para verse en la pantalla de televisión, ahora saben que ya no es posible ir al cine, de que el cine mexicano casi no existe, y de que las pantallas cada vez son más grandes, más parecidas a las del cine, y además ya se pegan en la pared; el problema es que lo que se exhibe es malo o sigue estando cortado; con el agregado, además, de que los desnudos que exhiben nada tienen de excitantes (o son perturbadores, como los de The Dreamers o los de Bâise-moi, que han dejado como ingenua El último tango en París); nada hay más deprimente que la muy interminable escena en que Rafael Inclán entrega su ralla a una larga fila de mujeres desnudas, desinhibidas y exhibicionistas, pero bastante deslucidas, en Noches de cabaret; o los desnudos de Sasha Montenegro en la parodia de Blanca Nieves. Era más excitante el Can Can de Silvia Pinal en Viva el amor.
¿Qué tienen de superiores las series televisivas de una hora de duración, sobre los programas policiales de media hora? No la belleza de las protagonistas, porque excepto las de Bones (todas o casi las de Bones), no lo son más que Susan Saint James o Rebecca Clemons, protagonistas de las series de los ochenta (que además tenían guionistas como Joe Gores); tampoco son mejores actrices, aunque ahora se han especializado en actuar a base de gestos, olvidándose de los movimientos corporales; tal vez las idealizo, pero tengo la impresión de que las muy complicadas tramas actuales no superaban en inteligencia a las de El hombre del paraguas; ni que ahora el televidente aguantara un programa como el de Un Solo Hombre.
Con el video tape nos perdemos la posibilidad de ver a un cantante que se cae del caballo, como le sucedió a Demetrio González, quien muy profesional siguió cantando, sentado en el suelo; lo de malo fue que no todos los mariachis lo siguieron acompañando; los trompetistas no podían hacerlo, a consecuencia de las carcajadas; tampoco permite ver dormir al protagonista de un programa la media hora que duraba su espacio; no se evitan los errores, sólo se los escamotean al televidente. Claro, no evitan las barbaridades de las locutoras, pero éstas se deben a sus alcances intelectuales, no a errores o a lapsus; lapsus como el de aquella actriz que llegó al cine y a la televisión por haber sido finalista de un concurso de belleza, gracias al cual, desde entonces, se le abrieron muchos “las piernas. Perdón, las puertas”.
No escamotean, repito, la belleza de las modelos; el problema es que muchas lo único que aportan es belleza; lo bueno es que la exhiben con prolijidad; lo malo es que, así exhibida, la belleza pierde su picardía, su candor, su erotismo; y sí, puede ser que idealice el pasado, pero no puedo dejar de pensar que la bailarina que en hora tan incómoda como al mediodía abría Variedades de mediodía con un ballet tan clásico como incitante, en mallas que permitían mostrar la belleza de sus piernas; o cuando las medias Canon patrocinaban el programa de media hora, Tres generaciones (Prudencia Griffell, Andrea Palma, Maricruz Olivier), la cortinilla mostraba un biombo y, bajo él, unas espléndidas pantorrillas, rodillas incómodas, y poco, muy poco, de muslos; la anónima modelo hacía que los señores llegaran temprano los jueves para ver el comienzo del programa.
(Desde hace unas tres semanas, el portal de El Universal ha comenzado a incluir los domingos mi columna "El Librero", que aparece en la sección Kiosko, precisamente de la edición dominical, para los que se pierden la edición impresa.)
Lo malo es que nadie se dio cuenta del experimento; sólo muchos años después, en Tonantzintla, viendo el infinito, me di cuenta que ya lo había visto en las cámaras del canal 11. (Me gustaría retar a Sergio en un estudio para que definiera qué cosa es un centímetro cuadrado.)
No odio la televisión, sus alcances son inasibles; en México ha hecho mucho mal, pero también mucho bien; no hablo de los programas culturales, que suelen ser tan aburridos que en su suite televisiva “La tanda”, Les Luthier los mandan a las tres de la madrugada; pero hubo algunos programas con intelectuales bastante atractivos, e incluso divertidos: por ejemplo, José Luis Cuevas irritando a David Alfaro Siqueiros porque mientras éste hablaba, Cuevas se la pasaba peinándose; o Juan García Ponce decretando la muerte de la Novela de la Revolución, o Alexandro Jodorowsky entrevistando a una vaca, o destrozando un piano a hachazos; o Carlos Monsiváis y José Agustín retando casi a golpes a los defensores de las estudiantinas, o Monsiváis decretando que “la minifalda llegó para quedarse”, o José de la Colina defendiendo el yoga al decir que no era entretenimiento de “señoras gordas” ante la alarma de Paco Malgesto, o Juan José Gurrola afirmando que su obra ¡Ay papá, pobre papá, estoy muy triste porque en el clóset te escondió mamá! no había fracasado, que era el público el que había fracasado.
Por desgracia esos momentos de provocación ya no sólo no son frecuentes, sino inexistentes, aunque abunden las palabras que ofendían antes a las buenas conciencias que ya más bien se las apropiaron, las desacralizaron, le quitaron su carácter subversivo; son impensables los escándalos de cuando era más ingenua la televisión, aunque fueran momentáneos, como cuando Isela Vega dijo que su vestido estaba adornado con “pendejuelas, licenciado”, o cuando La Diva dijo que no se sentía, que era la Divina Garza, y poco después amenazó a su interlocutor, y eso que era su amigo, con describir y descubrir los escándalos que éste protagonizaba tras las cámaras; con las telenovelas que se filman, que no se transmiten en vivo, ya no es posible el escándalo de que a la primera actriz, al pisárselo, se le caiga el strapless dejando ver sus pechos a los incrédulos espectadores mientras gritaba “¡mi vestido!” y se le olvidaba su parlamento; o a la Diva que, al sentarse, se le olvidó que traía crinolina, y gritó “¡se me ven las piernas!”, obviando su templanza y frialdad.
Tampoco los descuidos, algunos tan famosos como “le dedico esta pelea a mi ex amigo el presidente Echeverría; bueno, todavía es mi amigo”, del Famoso Gómez en las últimas semanas del sexenio de LE. O el discurso de la muy bella capitalina aspirante a Señorita México en 1976, aturdida por los abucheos de los porristas de otras concursantes, que terminó con el nombre de tres hombres a los que admirara: “y Echeverría, para que se rían”; o “lo único mejor que la gelatina Jell-o es gelatina Royal”, que casi le cuesta la chamba al locutor víctima de las bromas de los camarógrafos; o “un chorrito de Batey”, en el programa de Malgesto patrocinado por Bacardí (“no me haga eso, criatura”). O el escándalo de la vedette vistiendo un bikini con los colores de la bandera (de mucho mejor ver que los vestidos de algunas oportunistas por el bicentenario). O el Himno Nacional en mambo, aunque no haya sido en televisión y eso quién sabe si haya sido.
Por desgracia, estos últimos casos son esporádicos, no provocaciones, y su desenlace tiene más que ver con el choteo que con el humor; y las provocaciones de La Mafia al poco desaparecieron y quienes provocaban dejaron de ser irrespetuosos para hacerse respetables. Cuando mucho, el escándalo de los gobernantes por el presidente bombero y su esposa.
Para la televisión no es primordial la intención educativa; no puede compararse con los libros porque cuando se cuenta una trama ésta pierde su sentido, su magia; la lectura es un placer solitario, y si se comparte, no es el acto sino las consecuencias lo que cuentan; tampoco la poesía tiene cabida en la televisión; por lo regular los poetas son pésimos declamadores, sobre todo de su obra; la televisión no ha oído a Carlos Fuentes leer poesía, y algunos que sí saben leerla, ante el micrófono engolan la voz, pierden el ritmo, carecen de cadencia; no todos son Pablo Neruda, quien le daba un tono especial a su obra, que adquiría otro sentido, además del que el lector percibía al leerla. Los televidentes se conformaron con recitadores que ni siquiera entendían la poesía; tampoco entendían que tres hombres con mucho sentido del humor, como José de la Colina, Tomás Pérez Turrent y Emilio García Riera se portaran tan seriecitos ellos al comentar películas, y tuvieran que aguantar que los chotearan Lechuga (“Emilio ojalá se riera”) y el Loco Valdés (“Enrique Rosado –pionero de los comentaristas de cine en televisión–, de la Colina”).
Ha habido momentos divertidos, no planeados, como cuando Elena Poniatowska interrumpía su entrevista a Carlos Fuentes para advertirle que sus hijos podían romper algo.
La televisión en vivo era muy indiscreta; un programa especial para presentar a la selección femenil de futbol después de la Copa Mundial de 1970, tuvo como anfitriona a Verónica Castro, quien compitió con una de las seleccionadas en la proliferación de “descuidos”, como le llaman los españoles a la exposición involuntaria de las prendas íntimas. Una competencia que también entablaron las protagonistas de Ana del aire (Angélica María en sus mejores momentos, Susana Dosamantes y Lupita D’Alessio), y que no tiene nada que ver con los descuidos voluntarios actuales de las animadoras de los programas matutinos y meridianos, en que se exponen ante mujeres porque el público natural de esos descuidos está, por lo regular, en la chamba, viéndolos con retraso por internet. Cabría la pregunta de si se ha ganado en libertad no sólo con esas locutoras, sino con la exhibición de cintas que antes sólo podrían verse en el Cine Río o, si eran de calidad, en el Paseo, a medianoche en el Buñuel, o en el Prado, con la condición de que se hicieran los que no los veían o no les importaba (hay un divertido relato de Woody Allen sobre un cinéfilo que hace una larga fila para ver una cinta de Bergman, pero sólo por un desnudo de tres segundos).
Quienes se quejaban de que el cine no había sido para verse en la pantalla de televisión, ahora saben que ya no es posible ir al cine, de que el cine mexicano casi no existe, y de que las pantallas cada vez son más grandes, más parecidas a las del cine, y además ya se pegan en la pared; el problema es que lo que se exhibe es malo o sigue estando cortado; con el agregado, además, de que los desnudos que exhiben nada tienen de excitantes (o son perturbadores, como los de The Dreamers o los de Bâise-moi, que han dejado como ingenua El último tango en París); nada hay más deprimente que la muy interminable escena en que Rafael Inclán entrega su ralla a una larga fila de mujeres desnudas, desinhibidas y exhibicionistas, pero bastante deslucidas, en Noches de cabaret; o los desnudos de Sasha Montenegro en la parodia de Blanca Nieves. Era más excitante el Can Can de Silvia Pinal en Viva el amor.
¿Qué tienen de superiores las series televisivas de una hora de duración, sobre los programas policiales de media hora? No la belleza de las protagonistas, porque excepto las de Bones (todas o casi las de Bones), no lo son más que Susan Saint James o Rebecca Clemons, protagonistas de las series de los ochenta (que además tenían guionistas como Joe Gores); tampoco son mejores actrices, aunque ahora se han especializado en actuar a base de gestos, olvidándose de los movimientos corporales; tal vez las idealizo, pero tengo la impresión de que las muy complicadas tramas actuales no superaban en inteligencia a las de El hombre del paraguas; ni que ahora el televidente aguantara un programa como el de Un Solo Hombre.
Con el video tape nos perdemos la posibilidad de ver a un cantante que se cae del caballo, como le sucedió a Demetrio González, quien muy profesional siguió cantando, sentado en el suelo; lo de malo fue que no todos los mariachis lo siguieron acompañando; los trompetistas no podían hacerlo, a consecuencia de las carcajadas; tampoco permite ver dormir al protagonista de un programa la media hora que duraba su espacio; no se evitan los errores, sólo se los escamotean al televidente. Claro, no evitan las barbaridades de las locutoras, pero éstas se deben a sus alcances intelectuales, no a errores o a lapsus; lapsus como el de aquella actriz que llegó al cine y a la televisión por haber sido finalista de un concurso de belleza, gracias al cual, desde entonces, se le abrieron muchos “las piernas. Perdón, las puertas”.
No escamotean, repito, la belleza de las modelos; el problema es que muchas lo único que aportan es belleza; lo bueno es que la exhiben con prolijidad; lo malo es que, así exhibida, la belleza pierde su picardía, su candor, su erotismo; y sí, puede ser que idealice el pasado, pero no puedo dejar de pensar que la bailarina que en hora tan incómoda como al mediodía abría Variedades de mediodía con un ballet tan clásico como incitante, en mallas que permitían mostrar la belleza de sus piernas; o cuando las medias Canon patrocinaban el programa de media hora, Tres generaciones (Prudencia Griffell, Andrea Palma, Maricruz Olivier), la cortinilla mostraba un biombo y, bajo él, unas espléndidas pantorrillas, rodillas incómodas, y poco, muy poco, de muslos; la anónima modelo hacía que los señores llegaran temprano los jueves para ver el comienzo del programa.
(Desde hace unas tres semanas, el portal de El Universal ha comenzado a incluir los domingos mi columna "El Librero", que aparece en la sección Kiosko, precisamente de la edición dominical, para los que se pierden la edición impresa.)
domingo, 12 de septiembre de 2010
Cuando fui estrella de televisión (En mangas de camisa)
Todo sucedió en una semana; en Hip 70 de Aguascalientes se me acercó una joven con aspecto de radical: te cambio alguno de los discos que tengas repetidos; en Gran Bazar del Toreo me detuvo un muchacho, un poco apresurado: no te vayas, déjame comprar tu libro (Tú, por ejemplo, que acababa de aparecer) para que me lo firmes, no te vayas a ir (por supuesto, lo esperé, no son cosas que pasen todos los días); abordé un camión en el paradero del Metro Chapultepec, hacia Ejército Nacional, y junto a mí tomó asiento una estudiante de medicina, muy atractiva; junto a ella, de pie, se quedó su acompañante, uno que la pretendía y que también traía bata blanca: ¿qué lees?, asombrado le mostré la portada de Dos crímenes, recién salido de la imprenta; qué tal está, preguntó y me pareció que era un absurdo que pudiendo tratar de ligar, me hiciera plática, hasta que me bajé frente a lo que aún no era Pabellón Polanco.
Apenas se había puesto a la venta Tú, por ejemplo, pero no era para tanto; el motivo de mi súbita e incómoda popularidad se debía a mi aparición semanal en En Mangas de Camisa y algunas en Discoteca Privada, todos los viernes.
Todo sucedió así: Guillermo Anaya llegó hasta La Onda, y nos invitó a Manuel Gutiérrez Oropeza y a mí a asistir a En Mangas de Camisa, que conducían Sergio Romano y Cristina Rubiales en el Canal 11, todos los días, a las cuatro de la tarde, un verdadero reto porque era la hora en que comenzaban las telenovelas que acaparaban un gran porcentaje del auditorio televisivo; y era una época no tan mala del género.
Pero Romano y Cristina hacían un programa divertido y variado, y sobre todo inteligente; su propósito era que comentáramos, los viernes, lo que publicaríamos un día después en La Onda, suplemento de Novedades, que era bastante menos solemne pero mucho más serio que otros suplementos, que no menospreciaba los llamados géneros de entretenimiento, y pese a todo nos acusaban, sobre todo a Gabriel Careaga y a mí, de mafiosos.
En mi primera participación hablé de la poesía mexicana erótica; era el número correspondiente a la primavera de 1977; Romano me preguntó qué opinaba de los experimentos que comenzaban, de niños de probeta, programados al gusto de los padres y no se me ocurrió otra respuesta que fusilarme la que acaba de decir alguien: “todo tiempo pasado fue mejor”.
Pese a nuestros titubeos, a Romano le gustó lo que hicimos, y cada semana íbamos, no siempre Manuel, a veces con invitados (Walter Weller Taboada el más asiduo). En los primeros programas, Romano y Cristina estaban en un escritorio y los invitados en sillones incómodos, en un plano más bajo; al poco, todos en el mismo plano. Al terminar el programa se iba Cristina y Romano, ya solo, dedicaba tres cuartos de hora a poner y comentar discos; sabía de música tanto como de literatura, sociología, política, filosofía; excelente lector, estaba más o menos al tanto de las novedades, que entonces eran mi mole, y las comentábamos al aire, sin ensayar, sin guión, y armábamos números bastante entretenidos; alguna vez tuvimos una discusión, sobre Cien años de soledad; como no me gustaba tanto como me gusta ahora, la traté como una novela inferior a otras del mismo García Márquez; como consumimos el tiempo, quedamos de vernos la siguiente semana, a la salida; y la siguiente semana Cristina llevó a Froylán López Narváez y a Dolores Castro para rebatirnos a Manuel y a mí; no salimos tan mal parados, fue un empate decoroso, y lo que dijimos todos fue bastante polémico pero sin desperdicio acerca de la novela hispanoamericana.
En otra ocasión, Ricardo Garibay, quien andaba promoviendo su Acapulco, objetó mi pasión por Faulkner: no lea a los extranjeros, eso es imperialismo, lea a los escritores mexicanos; como era al final del programa, lo dejamos para la siguiente semana, y en ella, pese a la actitud agresiva de Garibay (fuera de las cámaras era todo amabilidad; al aire, tan agresivo como un boxeador), terminó dándome la razón.
Por esos días, repito, apareció mi segunda novela, de la que no me arrepiento como de la primera; la editorial, mal aconsejada por mi amigo Justo Molachino, apostó por editar quince mil ejemplares, que se agotaron en cosa de cinco meses, y editaron seis mil más, que se agotaron en otros tres meses; la editorial, como acostumbraba, no me pagó más regalías que las correspondientes a diez mil ejemplares, y además había hecho lo que había querido con la puntuación, con algunos efectos que, corregidos, perdían sentido; evité que se reeditara. El éxito de ventas obedeció no a la novela, que escribí para que la leyeran unos cuantos y la entendieran muchos menos (Raúl Renán, Ricardo Zarak, Gustavo Sainz, Manuel); no en clave, pero sí hermética. El éxito se debió a mi presencia en la televisión, en el canal que supuestamente pocos veían.
Una noche, cuando llegué, me encontré un recado de Sergio: había que ir al World Trade Center, donde estaba filmando varios programas porque iba a ver un puente de una semana; llegué cuando habían filmado el último; sólo que iban de atrás para adelante; como no podíamos comentar sucesos del día, nos pusimos a hablar de deportes; defendimos a los jugadores poco famosos; por ejemplo, Rocky Blair le abría paso a Franco Harris; Ricky Williams abría huecos para que pasara Larry Czonka; elogiamos a los buenos fildeadores en el beisbol; allí comenzamos a enfocar el deporte desde otro punto de vista; y es lo que he hecho desde hace 32 años, mostrando lo insólito, lo que no se ve; fueron cuatro programas que, si los repitiera el canal 11, encontrarían el germen de un periodismo diferente.
Hablábamos de todo; al principio entrábamos cuando faltaban cinco minutos para terminar el programa, de cualquier manera debíamos estar cinco minutos antes de que empezara, porque cuando cerraban el estudio ya no lo abrían sino hasta terminar (y hacía un calor de 15 mil watts); un día lo visitaba Enrique Alonso: ¿qué le preguntarías?, me preguntó Sergio; muchas cosas, inventé; entra desde el principio, me dijo, y sostuvimos una plática divertida e interesante: ¿qué siente de ser el responsable de la educación de millones de mexicanos?, le preguntamos.
Compartimos escenario con mucha gente que iba como invitada: Yoshio, Sonia Rivas, Diego Herrera, luego fundador de Caifanes; Gonzalo Vega, Flor Procuna, pero la mayoría de las veces bastaba con un tema para que acaparáramos los tres cuartos de hora que duraba En Mangas de Camisa; no duró mucho la fórmula; poco después Cristina tuvo su propio programa, el de Serio se redujo a uno, pero de una hora; aunque Cristina me invitó al suyo, era condición de que dejara el de Romano; no acepté; aunque aclaro que iba como invitado, sin recibir emolumentos, no me interesaba una planta en el canal: bastante tenía haciendo La Onda de lunes a viernes; pero de allí en adelante entraba todo el tiempo, aunque muchas veces no participaba en alguna plática; pronto se hizo costumbre que llevara un disco, que casi siempre lo conocía Sergio, y ponía una o dos piezas; es uno de los que más conoce de música, entonces me conformaba con sus comentarios, pero aproveché un par de veces con su rechazo a The Who, que era y ahora más, de mis favoritos, para echar alguna plática sabrosa. Puso en peligro mi estabilidad social un día que comentó que ya no oía discos de Beatles, que ya los conocía demasiado, “la última vez fue en casa de Eduardo, que me puso dos discos piratas”, comentario que desató una persecución de los fanáticos coleccionistas que pensaban que tenía todos los piratas (cerca de 500) del conjunto.
Algunas veces fue a cenar a la casa; una de ellas, compartiendo tertulia con Bernardo Giner de los Ríos; fue muy divertido, porque aunque Sergio siempre acaparaba la atención de todos, Bernardo solía hablar, con conocimiento, de todo, y con tanto sabor como Sergio; la cena acabó a las ocho de la mañana; de allí en adelante todas nuestras cenas terminaban a esa hora, y eso porque yo debía llevar a Diego a la Liga Maya, a jugar beisbol. Varias veces, al terminar el programa, Sergio me daba aventón, y seguíamos la plática casi a la medianoche, en casa; en mi favor, presumo que hacía unas ensaladas tan buenas que la cena la servíamos en dos partes, porque primero se acababan la ensalada y dos o tres horas después servíamos el platillo fuerte.
Un día llevé algún libro raro; ¿de dónde lo sacaste?, preguntó Sergio; conté que Aurelio González afirmaba que había mandado imprimir un catálogo de Joaquín Mortiz para justificar mi edición blanca de Mirándola dormir. ¿Cuál edición blanca? Al viernes siguiente la llevé al programa, y a partir de allí cada semana llevaba una edición rara, algún libro agotado, una edición de pocos ejemplares, alguna edición alterna. Gracias a eso, varios amigos marchantes comenzaron a ofrecerme rarezas, que provocan envidia entre coleccionistas, pero que me obligan a seleccionar mejor los libros que conservo.
Al contrario de lo que le pasa a toda la gente normal, que presumo de serlo, no me puse nervioso ante las cámaras, un poco el primer día; de allí en adelante conservé la tranquilidad, no me apresuré, podía escoger las palabras sin tropiezos, y si alguna vez me reí fue de manera justificada; por ello pude mantener siempre un buen nivel de conversación, y con fluidez; en ocasión del Libro del Año, en 1997, Sealtiel Alatriste me invitó a su programa en canal 4, entonces el canal cultural de Televisa; conozco a Sealtiel desde 1987, pero ignoraba, o desconocía, mi paso por canal 11; entonces me advirtió: trata de no ponerte nervioso, al cabo que si te equivocas podemos cortar y repetir; por cuidarme se descuidó, y tuvieron que cortar un par de veces, pero no por mi culpa; Sealtiel se reía: fui yo, no tú. (Casi un año usaron mi imagen, en ese programa, como identificación del canal.) No le confesé mi experiencia, aunque creo que debió haberme visto más de una vez; mejor me fue con una conductora famosa; hacía sus pininos (no sus “pinitos”, como dicen ahora, quién sabe por qué) en un programa sabatino producido por mi amigo Luis Arturo Cárcamo; aunque se transmitía diferido, se grababa con público; la novata estaba en su segundo o tercer programa, y me invitó Luis Arturo para que ella se fuera soltando; él sí me había visto, y sabía que un entrevistado que no se pone nervioso ayuda a los entrevistadores novatos; antes de entrar a grabar, la conductora me dijo: te voy a preguntar esto, ¿qué me vas a responder? Contesté e hicimos una preentrevista, ensayada; a la hora de grabar me hizo la pregunta, que contesté tal cual, pero con otras palabras; desconcertada, siguió con las preguntas, que contesté, pero siempre con palabras diferentes; se puso tan nerviosa que terminamos con ella a punto de soltar el llanto, y yo con la afirmación de que soy muy buena gente. Cerca de quince años después volvió a entrevistarme, con motivo de la aparición del Baúl de recuerdos; ya con muchas tablas, dueña de su compostura, regañando a su equipo, ya no me dio instrucciones; comenzó la entrevista, pero le fui cambiando el tono, la temática, de tal manera que, con una frase nada descomunal (que escribí el libro antes de que se me acabara la memoria) soltó una de las carcajadas que tienen, o tenían, prohibidas los conductores. (Al terminar el programa, matutino, se me acercó el floor manager: ¿usted iba a En Mangas de Camisa?; yo era el floor manager del programa.) Por la soltura que aprendí en En Mangas de Camisa, he podido mantener conversaciones radiofónicas (una inolvidable con mi amigo y rival en trivia Guillermo Ochoa, durante casi tres horas; día por cierto en que compartí micrófonos con Gloria Trevi), y me han entrevistado para canales y programas culturales, y con resultados que sorprenden a los entrevistadores: les sobra tiempo y cinta, porque no repiten ni deben cortar; la última intervención radiofónica debió suspenderse la grabación dos veces, pero no por culpa mía, sino porque Guillermo Samperio se cayó dos veces de la silla, enojado por lo que le había dicho. El programa conmemorativo del Mural Efímero de Cuevas termina con palabras mías.
Hace unos días, buscando alguna información en Internet, descubrí un blog de Sergio Romano, y en él, su dirección en facebook (portada, en español); con el temor de que fuera un homónimo, le escribí; hemos restablecido la comunicación, interrumpida hace casi 30 años; aclaro que no fue por quedarme el disco George Harrison, de Harrison, donde aparece Steve Winwood, que aún no le regreso, y si no me presiona me tardaré en regresar todavía un poco; radica en Hermosillo, donde tiene programas de radio y televisión. Escribo esto no por presumir, aunque tengo muchos motivos justificados, de haber sido estrella de televisión, y sobre todo de Canal 11, sino por el gusto de recuperar una amistad que me enorgullece por varios motivos; para muchos, Sergio es un símbolo de cuando la televisión estaba en un excelente momento; no sólo es un triviólogo muy respetable, alguien que sabe mucho de música, de toda la música, y un lector sensible de literatura, de política, de sociología y de filosofía, y un periodista envidiable; es además hijo de José Romano Muñoz, uno de los maestros puntales de la Preparatoria (no de las prepas; comparable nada menos que a don Erasmo Castellanos Quinto), y uno de los que, influidos por José Gaos, ensayó la filosofía de lo mexicano, con textos comparables a los de Emilio Uranga y Jorge Portilla; y Sergio tiene el mismo sentido del humor, y la misma pasión por la palabra y por la cátedra, sólo que en vez de un aula, usa los micrófonos, no para educar, sino para despertar y contagiar esa pasión.
Y además, siempre es un placer recuperar amistades.
PD. Ayer, 15 de septiembre, me enteré del fallecimiento de Ana Sol, esposa de Sergio, y anfitriona, con él, de En Mangas de Camisa, luego de la salida de Cristina Rubiales; excelentre anfitriona, en su casa y en el estudio, compartía chistes secretos, animaba y además detenía los telefonemas agresivos, y pasaba recados divertidos. Me sorprendió la noticia, y me hizo recordar muchos detalles del programa; esos recuerdos se agolpan y desconciertan, y entrestecen.
PD 2 El autor del dibujo del perfil es Nahúm, el tercero que me hace.
Apenas se había puesto a la venta Tú, por ejemplo, pero no era para tanto; el motivo de mi súbita e incómoda popularidad se debía a mi aparición semanal en En Mangas de Camisa y algunas en Discoteca Privada, todos los viernes.
Todo sucedió así: Guillermo Anaya llegó hasta La Onda, y nos invitó a Manuel Gutiérrez Oropeza y a mí a asistir a En Mangas de Camisa, que conducían Sergio Romano y Cristina Rubiales en el Canal 11, todos los días, a las cuatro de la tarde, un verdadero reto porque era la hora en que comenzaban las telenovelas que acaparaban un gran porcentaje del auditorio televisivo; y era una época no tan mala del género.
Pero Romano y Cristina hacían un programa divertido y variado, y sobre todo inteligente; su propósito era que comentáramos, los viernes, lo que publicaríamos un día después en La Onda, suplemento de Novedades, que era bastante menos solemne pero mucho más serio que otros suplementos, que no menospreciaba los llamados géneros de entretenimiento, y pese a todo nos acusaban, sobre todo a Gabriel Careaga y a mí, de mafiosos.
En mi primera participación hablé de la poesía mexicana erótica; era el número correspondiente a la primavera de 1977; Romano me preguntó qué opinaba de los experimentos que comenzaban, de niños de probeta, programados al gusto de los padres y no se me ocurrió otra respuesta que fusilarme la que acaba de decir alguien: “todo tiempo pasado fue mejor”.
Pese a nuestros titubeos, a Romano le gustó lo que hicimos, y cada semana íbamos, no siempre Manuel, a veces con invitados (Walter Weller Taboada el más asiduo). En los primeros programas, Romano y Cristina estaban en un escritorio y los invitados en sillones incómodos, en un plano más bajo; al poco, todos en el mismo plano. Al terminar el programa se iba Cristina y Romano, ya solo, dedicaba tres cuartos de hora a poner y comentar discos; sabía de música tanto como de literatura, sociología, política, filosofía; excelente lector, estaba más o menos al tanto de las novedades, que entonces eran mi mole, y las comentábamos al aire, sin ensayar, sin guión, y armábamos números bastante entretenidos; alguna vez tuvimos una discusión, sobre Cien años de soledad; como no me gustaba tanto como me gusta ahora, la traté como una novela inferior a otras del mismo García Márquez; como consumimos el tiempo, quedamos de vernos la siguiente semana, a la salida; y la siguiente semana Cristina llevó a Froylán López Narváez y a Dolores Castro para rebatirnos a Manuel y a mí; no salimos tan mal parados, fue un empate decoroso, y lo que dijimos todos fue bastante polémico pero sin desperdicio acerca de la novela hispanoamericana.
En otra ocasión, Ricardo Garibay, quien andaba promoviendo su Acapulco, objetó mi pasión por Faulkner: no lea a los extranjeros, eso es imperialismo, lea a los escritores mexicanos; como era al final del programa, lo dejamos para la siguiente semana, y en ella, pese a la actitud agresiva de Garibay (fuera de las cámaras era todo amabilidad; al aire, tan agresivo como un boxeador), terminó dándome la razón.
Por esos días, repito, apareció mi segunda novela, de la que no me arrepiento como de la primera; la editorial, mal aconsejada por mi amigo Justo Molachino, apostó por editar quince mil ejemplares, que se agotaron en cosa de cinco meses, y editaron seis mil más, que se agotaron en otros tres meses; la editorial, como acostumbraba, no me pagó más regalías que las correspondientes a diez mil ejemplares, y además había hecho lo que había querido con la puntuación, con algunos efectos que, corregidos, perdían sentido; evité que se reeditara. El éxito de ventas obedeció no a la novela, que escribí para que la leyeran unos cuantos y la entendieran muchos menos (Raúl Renán, Ricardo Zarak, Gustavo Sainz, Manuel); no en clave, pero sí hermética. El éxito se debió a mi presencia en la televisión, en el canal que supuestamente pocos veían.
Una noche, cuando llegué, me encontré un recado de Sergio: había que ir al World Trade Center, donde estaba filmando varios programas porque iba a ver un puente de una semana; llegué cuando habían filmado el último; sólo que iban de atrás para adelante; como no podíamos comentar sucesos del día, nos pusimos a hablar de deportes; defendimos a los jugadores poco famosos; por ejemplo, Rocky Blair le abría paso a Franco Harris; Ricky Williams abría huecos para que pasara Larry Czonka; elogiamos a los buenos fildeadores en el beisbol; allí comenzamos a enfocar el deporte desde otro punto de vista; y es lo que he hecho desde hace 32 años, mostrando lo insólito, lo que no se ve; fueron cuatro programas que, si los repitiera el canal 11, encontrarían el germen de un periodismo diferente.
Hablábamos de todo; al principio entrábamos cuando faltaban cinco minutos para terminar el programa, de cualquier manera debíamos estar cinco minutos antes de que empezara, porque cuando cerraban el estudio ya no lo abrían sino hasta terminar (y hacía un calor de 15 mil watts); un día lo visitaba Enrique Alonso: ¿qué le preguntarías?, me preguntó Sergio; muchas cosas, inventé; entra desde el principio, me dijo, y sostuvimos una plática divertida e interesante: ¿qué siente de ser el responsable de la educación de millones de mexicanos?, le preguntamos.
Compartimos escenario con mucha gente que iba como invitada: Yoshio, Sonia Rivas, Diego Herrera, luego fundador de Caifanes; Gonzalo Vega, Flor Procuna, pero la mayoría de las veces bastaba con un tema para que acaparáramos los tres cuartos de hora que duraba En Mangas de Camisa; no duró mucho la fórmula; poco después Cristina tuvo su propio programa, el de Serio se redujo a uno, pero de una hora; aunque Cristina me invitó al suyo, era condición de que dejara el de Romano; no acepté; aunque aclaro que iba como invitado, sin recibir emolumentos, no me interesaba una planta en el canal: bastante tenía haciendo La Onda de lunes a viernes; pero de allí en adelante entraba todo el tiempo, aunque muchas veces no participaba en alguna plática; pronto se hizo costumbre que llevara un disco, que casi siempre lo conocía Sergio, y ponía una o dos piezas; es uno de los que más conoce de música, entonces me conformaba con sus comentarios, pero aproveché un par de veces con su rechazo a The Who, que era y ahora más, de mis favoritos, para echar alguna plática sabrosa. Puso en peligro mi estabilidad social un día que comentó que ya no oía discos de Beatles, que ya los conocía demasiado, “la última vez fue en casa de Eduardo, que me puso dos discos piratas”, comentario que desató una persecución de los fanáticos coleccionistas que pensaban que tenía todos los piratas (cerca de 500) del conjunto.
Algunas veces fue a cenar a la casa; una de ellas, compartiendo tertulia con Bernardo Giner de los Ríos; fue muy divertido, porque aunque Sergio siempre acaparaba la atención de todos, Bernardo solía hablar, con conocimiento, de todo, y con tanto sabor como Sergio; la cena acabó a las ocho de la mañana; de allí en adelante todas nuestras cenas terminaban a esa hora, y eso porque yo debía llevar a Diego a la Liga Maya, a jugar beisbol. Varias veces, al terminar el programa, Sergio me daba aventón, y seguíamos la plática casi a la medianoche, en casa; en mi favor, presumo que hacía unas ensaladas tan buenas que la cena la servíamos en dos partes, porque primero se acababan la ensalada y dos o tres horas después servíamos el platillo fuerte.
Un día llevé algún libro raro; ¿de dónde lo sacaste?, preguntó Sergio; conté que Aurelio González afirmaba que había mandado imprimir un catálogo de Joaquín Mortiz para justificar mi edición blanca de Mirándola dormir. ¿Cuál edición blanca? Al viernes siguiente la llevé al programa, y a partir de allí cada semana llevaba una edición rara, algún libro agotado, una edición de pocos ejemplares, alguna edición alterna. Gracias a eso, varios amigos marchantes comenzaron a ofrecerme rarezas, que provocan envidia entre coleccionistas, pero que me obligan a seleccionar mejor los libros que conservo.
Al contrario de lo que le pasa a toda la gente normal, que presumo de serlo, no me puse nervioso ante las cámaras, un poco el primer día; de allí en adelante conservé la tranquilidad, no me apresuré, podía escoger las palabras sin tropiezos, y si alguna vez me reí fue de manera justificada; por ello pude mantener siempre un buen nivel de conversación, y con fluidez; en ocasión del Libro del Año, en 1997, Sealtiel Alatriste me invitó a su programa en canal 4, entonces el canal cultural de Televisa; conozco a Sealtiel desde 1987, pero ignoraba, o desconocía, mi paso por canal 11; entonces me advirtió: trata de no ponerte nervioso, al cabo que si te equivocas podemos cortar y repetir; por cuidarme se descuidó, y tuvieron que cortar un par de veces, pero no por mi culpa; Sealtiel se reía: fui yo, no tú. (Casi un año usaron mi imagen, en ese programa, como identificación del canal.) No le confesé mi experiencia, aunque creo que debió haberme visto más de una vez; mejor me fue con una conductora famosa; hacía sus pininos (no sus “pinitos”, como dicen ahora, quién sabe por qué) en un programa sabatino producido por mi amigo Luis Arturo Cárcamo; aunque se transmitía diferido, se grababa con público; la novata estaba en su segundo o tercer programa, y me invitó Luis Arturo para que ella se fuera soltando; él sí me había visto, y sabía que un entrevistado que no se pone nervioso ayuda a los entrevistadores novatos; antes de entrar a grabar, la conductora me dijo: te voy a preguntar esto, ¿qué me vas a responder? Contesté e hicimos una preentrevista, ensayada; a la hora de grabar me hizo la pregunta, que contesté tal cual, pero con otras palabras; desconcertada, siguió con las preguntas, que contesté, pero siempre con palabras diferentes; se puso tan nerviosa que terminamos con ella a punto de soltar el llanto, y yo con la afirmación de que soy muy buena gente. Cerca de quince años después volvió a entrevistarme, con motivo de la aparición del Baúl de recuerdos; ya con muchas tablas, dueña de su compostura, regañando a su equipo, ya no me dio instrucciones; comenzó la entrevista, pero le fui cambiando el tono, la temática, de tal manera que, con una frase nada descomunal (que escribí el libro antes de que se me acabara la memoria) soltó una de las carcajadas que tienen, o tenían, prohibidas los conductores. (Al terminar el programa, matutino, se me acercó el floor manager: ¿usted iba a En Mangas de Camisa?; yo era el floor manager del programa.) Por la soltura que aprendí en En Mangas de Camisa, he podido mantener conversaciones radiofónicas (una inolvidable con mi amigo y rival en trivia Guillermo Ochoa, durante casi tres horas; día por cierto en que compartí micrófonos con Gloria Trevi), y me han entrevistado para canales y programas culturales, y con resultados que sorprenden a los entrevistadores: les sobra tiempo y cinta, porque no repiten ni deben cortar; la última intervención radiofónica debió suspenderse la grabación dos veces, pero no por culpa mía, sino porque Guillermo Samperio se cayó dos veces de la silla, enojado por lo que le había dicho. El programa conmemorativo del Mural Efímero de Cuevas termina con palabras mías.
Hace unos días, buscando alguna información en Internet, descubrí un blog de Sergio Romano, y en él, su dirección en facebook (portada, en español); con el temor de que fuera un homónimo, le escribí; hemos restablecido la comunicación, interrumpida hace casi 30 años; aclaro que no fue por quedarme el disco George Harrison, de Harrison, donde aparece Steve Winwood, que aún no le regreso, y si no me presiona me tardaré en regresar todavía un poco; radica en Hermosillo, donde tiene programas de radio y televisión. Escribo esto no por presumir, aunque tengo muchos motivos justificados, de haber sido estrella de televisión, y sobre todo de Canal 11, sino por el gusto de recuperar una amistad que me enorgullece por varios motivos; para muchos, Sergio es un símbolo de cuando la televisión estaba en un excelente momento; no sólo es un triviólogo muy respetable, alguien que sabe mucho de música, de toda la música, y un lector sensible de literatura, de política, de sociología y de filosofía, y un periodista envidiable; es además hijo de José Romano Muñoz, uno de los maestros puntales de la Preparatoria (no de las prepas; comparable nada menos que a don Erasmo Castellanos Quinto), y uno de los que, influidos por José Gaos, ensayó la filosofía de lo mexicano, con textos comparables a los de Emilio Uranga y Jorge Portilla; y Sergio tiene el mismo sentido del humor, y la misma pasión por la palabra y por la cátedra, sólo que en vez de un aula, usa los micrófonos, no para educar, sino para despertar y contagiar esa pasión.
Y además, siempre es un placer recuperar amistades.
PD. Ayer, 15 de septiembre, me enteré del fallecimiento de Ana Sol, esposa de Sergio, y anfitriona, con él, de En Mangas de Camisa, luego de la salida de Cristina Rubiales; excelentre anfitriona, en su casa y en el estudio, compartía chistes secretos, animaba y además detenía los telefonemas agresivos, y pasaba recados divertidos. Me sorprendió la noticia, y me hizo recordar muchos detalles del programa; esos recuerdos se agolpan y desconciertan, y entrestecen.
PD 2 El autor del dibujo del perfil es Nahúm, el tercero que me hace.
lunes, 6 de septiembre de 2010
La vida sí vale (Infante, José Alfredo, Bonifaz Nuño)
Tiene razón García Riera en su Historia documental del cine mexicano cuando afirma que La vida no vale nada merecía mayor popularidad que la que obtuvo la película anterior filmada con Pedro Infante, Escuela de vagabundos.
Dirigida también por Rogelio González, es mucho más vital que su antecesora, aunque carece de su ritmo vertiginoso y alegre; en cambio, las mujeres que la pueblan son mucho más verosímiles que Miroslava y Blanca de Castejón; si bien no hay una anécdota optimista, tiene muchos aspectos positivos y un ritmo envidiable.
Infante obtuvo un Ariel por la mejor actuación masculina, mucho más valioso que el sobrevalorado Oso de Plata de Berlín, como también apunta García Riera; fue el máximo honor que recibió, y el reconocimiento de que era un buen actor; lo curioso es que lo ganó por hacer el papel de un alcohólico, aunque se presume de que, como Jorge Negrete, era abstemio (también Carlos Monsiváis ganó una Diosa de Plata por actuar como Santa Claus borracho, siendo –casi– abstemio, en Los Caifanes); es notorio que era abstemio, porque cuando actúa como ebrio exagera sobre todo el modito de andar.
La cinta inicia cuando, caminando en zigzag, casi es atropellado por un camión conducido por Ramón Valdés, el mismo que, como taxista, discute con Infante en Escuela de vagabundos; acepta llevarlo a la ciudad, donde, desarrapado, sucio e inseguro, pide trabajo en una tienda de antigüedades, mal atendida por Rosario Granados, buena actriz para el papel de una viuda sin sostén, madre de dos hijos casi desamparados, y que apenas se basta para sobrevivir; pese a que desconfía de la apariencia de Infante, le da trabajo y todo comienza a ir bien: Infante anda pulcro, el negocio va para arriba, los niños lo quieren y hasta la sirvienta se siente contenta; a pesar de la época, hay no sólo insinuaciones sino escenas que hacen más que explícito que Granados e Infante comienzan a tener intimidad; ella se ilusiona porque por primera vez en mucho tiempo no sólo está bien vestida y bien comida; es tal su euforia que cede a la tentación de hacer que Infante brinde por la felicidad; él se resiste, pero también cede; siete años antes se había filmado The Lost Weekend, Días sin huella en español, que Andrés Soler menciona en El Ceniciento, con Tin Tan; en 1962 se filmaría Días de vino y rosas; ambas, sobre el alcoholismo; la segunda, alegato a favor de las curas crueles; la primera, mucho más violenta, la lucha sin esperanza contra la enfermedad; La vida no vale nada, con una inteligente economía de recursos, muestra los efectos de esa debilidad; basta un par de copitas para que se derrumbe el futuro que Granados creía ganado; Infante, consciente dentro de una borrachera, sabe que lo ha perdido todo: a Granados, el cariño de los niños, y la estabilidad conquistada, que nada hay que pueda hacer por detener el deterioro, y abandona la casa de Granados; así es como se entiende el principio de la cinta: borracho, huye de pueblo en pueblo.
Va a dar a otra ciudad; un ligero episodio muestra a José Pardavé como un panadero inepto, pero que amenaza a Nacho Contla, el dueño, con abandonar la chamba si lo sigue regañando, y peor, si no le aumenta el sueldo; Contra explica al ayudante, Manuel Dondé, que aunque Pardavé es malo, no hay otro en el pueblo; en eso llega Infante a pedir chamba; Contla despide al desconcertado Pardavé, y platica: en una crisis alcohólica Infante se fue como cada vez que sufre una, se va puebleando hasta que se cura, pero recae siempre; confía en que ahora sí sea por mucho tiempo.
Infante defendió en una casa mala a una prostituta maltratada por clientes; en pago, ella lo acoge en su cuarto, donde se la pasa durante algunos días, hasta que la matrona exige a Magda Guzmán que lo despida; antes de la última, ella, desenfadada, le cuenta que no tiene para cuándo irse: debe mucho a la patrona en vestido, casa y sustento; para liquidar la cuenta le cuelga; Infante promete sacarla de esa mala vida; es por eso que regresa a la panadería, a juntar para mandarle el dinero a Guzmán; analfabeto, pide ayuda a Dondé para juntar el dinero necesario, y para que le escriba a Guzmán cuando lo reúne. La carta que envía Dondé es tan convincente (“¿pues que le escribiste?”) que Guzmán llega al pueblo donde trabaja Infante para cumplirle lo que le prometió. Infante se muestra sorprendido: él sólo quería ayudarla, no vivir con ella; le aconseja que regrese a su pueblo, sin necesidad de trabajar en lo de antes; Guzmán se indigna, se siente despechada, se embriaga y promete entregarse a cualquiera; el remordimiento abate a Infante, quien vuelve a caer en la embriaguez; vuelve a alejarse cantando “La vida no vale nada”, y Contla de nuevo a preparar la masa.
Infante va a dar a su pueblo natal, donde encuentra a Hortensia Santoveña, su madre, en la absoluta miseria, rodeada de hijos pequeños casi muertos de hambre; el padre, Domingo Soler, se fue en busca de trabajo, se encontró con una mala mujer de la que se encaprichó, y dejó de enviar dinero; Infante va por él, y se encuentra con que Lilia Prado lo prefiere a él; Soler enloquece, y de paso Wolf Ruvinsky, en un espléndido papel, también está encaprichado por Prado.
Aunque Infante es el eje de las tres tramas, el peso dramático recae sobre las tres mujeres: Granados, quien desesperanzada, encuentra en él ánimos para dejar la viudez, recuperar la satisfacción, y rehacer el camino; se le cree cuando expresa su miedo, su angustia, su incipiente y fugaz felicidad, y la desesperación cuando advierte que ha perdido a Infante, y que ha sido su culpa; Rogelio González, tan dado al melodrama, por esta vez no cae en la tentación de mostrarnos la conclusión de este drama. Granados es más convincente que nunca, y muestra una belleza discreta, serena, sobre todo comparada con su aspecto al aparecer por primera vez; también es convincente en su entrega: ansiosa, pareciera inexperta, y que el personaje de Infante la hace sentir algo que no sintió en su matrimonio; se le sugiere feliz, enamorada; no hace los reparos de Miroslava ni es caprichuda como Liliana Durán, las enamoradas de Infante en Escuela de vagabundos; por eso es más verosímil su desesperación al saberse abandonada, y peor, culpable.
Magda Guzmán está excelente; jovencísima, de 23 años (más joven que Anabelle Gutiérrez en Escuela de vagabundos), apenas en su sexta película, ya había sido nominada para el Ariel por La duda, de Alejandro Galindo, en 1955; en 1956 fue nominada también por La vida no vale nada; por desgracia, el cine la aprovechó poco y la mayor parte de su trayectoria ocurrió en la televisión mexicana, que despedazó e inutilizó muchas carreras prometedoras; en esta cinta se le ve guapa, pero no espectacular como la mayoría de las prostitutas del cine mexicano: no es exuberante, un poco tosca, pero tentadora; también es convincente cuando se muestra incrédula ante las promesas de Infante de sacarla de esa vida de perdición; es convincente cuando llega a buscarlo, incrédula pero esperanzada de una nueva vida, y enfurecida cuando Infante se niega a cumplirle, azorada por el rechazo: ¿para qué me sacaste de allí?, reclama, va a buscar a quien entregarse pero eso no la satisface, se embriaga, apedrea la panadería, se hace encarcelar y rechaza que Infante vaya a excarcelarla; como de Granados, ignoramos el destino de Guzmán, pero lo suponemos aún peor, si es que el desconsuelo no es lo peor.
Lilia Prado está más cachonda que nunca, si es posible; más que en El gavilán pollero, más que en Las mujeres de mi general, más que en Confidencias de un ruletero, que en Cuarto de hotel; más que en Isla de lobos; como una indómita lugareña de un lugar tropical, se burla de los hombres, le encanta verlos tristes, se ufana de su derrota y su sufrir; promete y no cumple, se les ríe en su cara, y con un pequeño gesto los tiene a sus pies; al inmenso Domingo Soler lo doblega, y lo hace enfrentarse a su hijo, igual que Fernando en La oveja negra, sólo que, más que Leonor Llausás, se muestra fresca, con las piernas al aire con desenfado, nada modosita; no exhibe sus pechos en demasía, pero hace pensar que no usa brasier, y eso la hace más provocativa. Le fascina encender a Infante, y cuando ve que no logra que éste se enfrente a Soler, azuza a Ruvinsky para los ataque; al quedarse sin padre e hijo, que van abrazados de regreso al hogar, cae en la desesperación, como Granados y Guzmán, aunque le toca el consuelo, a ella sí, de quedarse con el primitivo Ruvinsky. Prado, una excelente actriz a la que no se le consideró así a causa de su picardía, la belleza de su cuerpo y a los papeles que le tocó hacer, cambia el ritmo de la cinta, la hace movida y alegre, y el drama que enfrenta, el mayor de los tres planteados, se ve menos denso que los otros; no es sino hasta el final que se ve que puede convertirse en tragedia.
La cinta es muy buena, entre las mejores de Infante, y su actuación es extraordinaria, con el pequeño inconveniente de que no se le creen las escenas de borrachera; si alguien camina con tanto zigzagueo, más bien se cae; su dicción tampoco es real; pero en los otros momentos, cuando teme emborracharse, cuando se le ve tan dubitativo, tan apocado, es mucho más verosímil que cuando la hace de criado malcriado; lo suyo no es la arrogancia, sino el titubeo. Es muy natural cuando ve que el mundo se le cae encima, cuando no puede responderle a Magda Guzmán, cuando encuentra a un Soler displicente, cuando ve a sus hermanos desamparados, cuando ofrece un cinco al menor, a quien no había conocido, cuando Santoveña estalla en lágrimas cuando lo ve.
Sus alternantes están tan bien como él; Soler y Ruvinsky no tienen falla y explotan al máximo las oportunidades de su papel; Soler, en su enfrentamiento con Infante, llega a superar a su hermano Fernando en La oveja negra, y Ruvinsky está en su mejor momento, ni exagerado como en Pepe el Toro, ni sobreactuado como Santo en la invasión de los marcianos. Manuel Dondé y Nacho Contla están muy bien. Pero lo mejor de la cinta son las tres alternantes de Infante: Granados, Guzmán y Prado.
“La vida no vale nada” ("Camino de Guanajuato", por mal nombre) remata cada uno de los episodios donde el conflicto lo lleva al alcoholismo; aunque la canción no habla específicamente de borrachera, relata un largo camino de desolación, y los obstáculos a los que se enfrenta el narrador; José Alfredo Jiménez es uno de los mejores compositores mexicanos, aunque la música sea casi la misma en varias piezas no menores: “Amarga Navidad”, “El tren sin pasajeros”, “La que se fue” y la maravillosa “La noche de mi mal”, sin letra, son casi la misma; tiene algunas frases emblemáticas: “de mis manos sin fuerza cayó mi copa sin darme cuenta”, “otra vez a brindar con extraños”, “caminé llorando a mares donde no me vieras tú”, entre otras, resumen el sentimiento del vacío amoroso, la sensación de pérdida; sin embargo, las letras, sin la música, no dicen nada; es la conjugación de ambas lo que lo hace bueno; “La vida no vale nada” comienza como una canción más, pero tiene giros inesperados; un verso como “vete rodeando veredas” es una metáfora no del caminante, sino de una actitud ante la vida de quien no puede enfrentarse a retos a veces insoportables, como la pérdida del amor, tan frecuente en Jiménez; lo he dicho ya varias veces: me parece que muchos de esos versos fueron sugeridos, corregidos, enmendados o aprobados por gente de talento literario y que, con las distancias debidas, relató lo mismo con mejor mano literaria, y con la misma intensidad que él; no puedo afirmarlo, pero no puedo dejar de pensar en Rubén Bonifaz Nuño, alguien que habló del amor y del desamor con la misma pasión que Jiménez, y que gustaron de los mismos lugares de la vieja ciudad de México de los años cincuenta; pudo haberse dado ese encuentro; Albur de amor, un extraordinario libro de poemas de Bonifaz Nuño, tiene versos que parecen citar canciones de José Alfredo. Éste, por su parte –también ya lo dije en otro lado– llevó la canción rural a la ciudad, cambió el camino árido por las calles desiertas a medianoche, y en vez de tambora necesitó de rockola. Sus personajes pueden ser campesinos, pero sus canciones son más adecuadas para oficinistas que lamentan en una cantina los desplantes de las ingratas que, ellas sí, indiscutiblemente, son las protagonistas de esas canciones.
Para muchos, ésta es la mejor cinta de Pedro Infante; no es fácil encontrar una mejor que ésta, y como actor, alcanzó con brillantez el cumplimiento del papel más difícil de su carrera. Y sí, merecía mayor popularidad que Escuela de vagabundos.
Dirigida también por Rogelio González, es mucho más vital que su antecesora, aunque carece de su ritmo vertiginoso y alegre; en cambio, las mujeres que la pueblan son mucho más verosímiles que Miroslava y Blanca de Castejón; si bien no hay una anécdota optimista, tiene muchos aspectos positivos y un ritmo envidiable.
Infante obtuvo un Ariel por la mejor actuación masculina, mucho más valioso que el sobrevalorado Oso de Plata de Berlín, como también apunta García Riera; fue el máximo honor que recibió, y el reconocimiento de que era un buen actor; lo curioso es que lo ganó por hacer el papel de un alcohólico, aunque se presume de que, como Jorge Negrete, era abstemio (también Carlos Monsiváis ganó una Diosa de Plata por actuar como Santa Claus borracho, siendo –casi– abstemio, en Los Caifanes); es notorio que era abstemio, porque cuando actúa como ebrio exagera sobre todo el modito de andar.
La cinta inicia cuando, caminando en zigzag, casi es atropellado por un camión conducido por Ramón Valdés, el mismo que, como taxista, discute con Infante en Escuela de vagabundos; acepta llevarlo a la ciudad, donde, desarrapado, sucio e inseguro, pide trabajo en una tienda de antigüedades, mal atendida por Rosario Granados, buena actriz para el papel de una viuda sin sostén, madre de dos hijos casi desamparados, y que apenas se basta para sobrevivir; pese a que desconfía de la apariencia de Infante, le da trabajo y todo comienza a ir bien: Infante anda pulcro, el negocio va para arriba, los niños lo quieren y hasta la sirvienta se siente contenta; a pesar de la época, hay no sólo insinuaciones sino escenas que hacen más que explícito que Granados e Infante comienzan a tener intimidad; ella se ilusiona porque por primera vez en mucho tiempo no sólo está bien vestida y bien comida; es tal su euforia que cede a la tentación de hacer que Infante brinde por la felicidad; él se resiste, pero también cede; siete años antes se había filmado The Lost Weekend, Días sin huella en español, que Andrés Soler menciona en El Ceniciento, con Tin Tan; en 1962 se filmaría Días de vino y rosas; ambas, sobre el alcoholismo; la segunda, alegato a favor de las curas crueles; la primera, mucho más violenta, la lucha sin esperanza contra la enfermedad; La vida no vale nada, con una inteligente economía de recursos, muestra los efectos de esa debilidad; basta un par de copitas para que se derrumbe el futuro que Granados creía ganado; Infante, consciente dentro de una borrachera, sabe que lo ha perdido todo: a Granados, el cariño de los niños, y la estabilidad conquistada, que nada hay que pueda hacer por detener el deterioro, y abandona la casa de Granados; así es como se entiende el principio de la cinta: borracho, huye de pueblo en pueblo.
Va a dar a otra ciudad; un ligero episodio muestra a José Pardavé como un panadero inepto, pero que amenaza a Nacho Contla, el dueño, con abandonar la chamba si lo sigue regañando, y peor, si no le aumenta el sueldo; Contra explica al ayudante, Manuel Dondé, que aunque Pardavé es malo, no hay otro en el pueblo; en eso llega Infante a pedir chamba; Contla despide al desconcertado Pardavé, y platica: en una crisis alcohólica Infante se fue como cada vez que sufre una, se va puebleando hasta que se cura, pero recae siempre; confía en que ahora sí sea por mucho tiempo.
Infante defendió en una casa mala a una prostituta maltratada por clientes; en pago, ella lo acoge en su cuarto, donde se la pasa durante algunos días, hasta que la matrona exige a Magda Guzmán que lo despida; antes de la última, ella, desenfadada, le cuenta que no tiene para cuándo irse: debe mucho a la patrona en vestido, casa y sustento; para liquidar la cuenta le cuelga; Infante promete sacarla de esa mala vida; es por eso que regresa a la panadería, a juntar para mandarle el dinero a Guzmán; analfabeto, pide ayuda a Dondé para juntar el dinero necesario, y para que le escriba a Guzmán cuando lo reúne. La carta que envía Dondé es tan convincente (“¿pues que le escribiste?”) que Guzmán llega al pueblo donde trabaja Infante para cumplirle lo que le prometió. Infante se muestra sorprendido: él sólo quería ayudarla, no vivir con ella; le aconseja que regrese a su pueblo, sin necesidad de trabajar en lo de antes; Guzmán se indigna, se siente despechada, se embriaga y promete entregarse a cualquiera; el remordimiento abate a Infante, quien vuelve a caer en la embriaguez; vuelve a alejarse cantando “La vida no vale nada”, y Contla de nuevo a preparar la masa.
Infante va a dar a su pueblo natal, donde encuentra a Hortensia Santoveña, su madre, en la absoluta miseria, rodeada de hijos pequeños casi muertos de hambre; el padre, Domingo Soler, se fue en busca de trabajo, se encontró con una mala mujer de la que se encaprichó, y dejó de enviar dinero; Infante va por él, y se encuentra con que Lilia Prado lo prefiere a él; Soler enloquece, y de paso Wolf Ruvinsky, en un espléndido papel, también está encaprichado por Prado.
Aunque Infante es el eje de las tres tramas, el peso dramático recae sobre las tres mujeres: Granados, quien desesperanzada, encuentra en él ánimos para dejar la viudez, recuperar la satisfacción, y rehacer el camino; se le cree cuando expresa su miedo, su angustia, su incipiente y fugaz felicidad, y la desesperación cuando advierte que ha perdido a Infante, y que ha sido su culpa; Rogelio González, tan dado al melodrama, por esta vez no cae en la tentación de mostrarnos la conclusión de este drama. Granados es más convincente que nunca, y muestra una belleza discreta, serena, sobre todo comparada con su aspecto al aparecer por primera vez; también es convincente en su entrega: ansiosa, pareciera inexperta, y que el personaje de Infante la hace sentir algo que no sintió en su matrimonio; se le sugiere feliz, enamorada; no hace los reparos de Miroslava ni es caprichuda como Liliana Durán, las enamoradas de Infante en Escuela de vagabundos; por eso es más verosímil su desesperación al saberse abandonada, y peor, culpable.
Magda Guzmán está excelente; jovencísima, de 23 años (más joven que Anabelle Gutiérrez en Escuela de vagabundos), apenas en su sexta película, ya había sido nominada para el Ariel por La duda, de Alejandro Galindo, en 1955; en 1956 fue nominada también por La vida no vale nada; por desgracia, el cine la aprovechó poco y la mayor parte de su trayectoria ocurrió en la televisión mexicana, que despedazó e inutilizó muchas carreras prometedoras; en esta cinta se le ve guapa, pero no espectacular como la mayoría de las prostitutas del cine mexicano: no es exuberante, un poco tosca, pero tentadora; también es convincente cuando se muestra incrédula ante las promesas de Infante de sacarla de esa vida de perdición; es convincente cuando llega a buscarlo, incrédula pero esperanzada de una nueva vida, y enfurecida cuando Infante se niega a cumplirle, azorada por el rechazo: ¿para qué me sacaste de allí?, reclama, va a buscar a quien entregarse pero eso no la satisface, se embriaga, apedrea la panadería, se hace encarcelar y rechaza que Infante vaya a excarcelarla; como de Granados, ignoramos el destino de Guzmán, pero lo suponemos aún peor, si es que el desconsuelo no es lo peor.
Lilia Prado está más cachonda que nunca, si es posible; más que en El gavilán pollero, más que en Las mujeres de mi general, más que en Confidencias de un ruletero, que en Cuarto de hotel; más que en Isla de lobos; como una indómita lugareña de un lugar tropical, se burla de los hombres, le encanta verlos tristes, se ufana de su derrota y su sufrir; promete y no cumple, se les ríe en su cara, y con un pequeño gesto los tiene a sus pies; al inmenso Domingo Soler lo doblega, y lo hace enfrentarse a su hijo, igual que Fernando en La oveja negra, sólo que, más que Leonor Llausás, se muestra fresca, con las piernas al aire con desenfado, nada modosita; no exhibe sus pechos en demasía, pero hace pensar que no usa brasier, y eso la hace más provocativa. Le fascina encender a Infante, y cuando ve que no logra que éste se enfrente a Soler, azuza a Ruvinsky para los ataque; al quedarse sin padre e hijo, que van abrazados de regreso al hogar, cae en la desesperación, como Granados y Guzmán, aunque le toca el consuelo, a ella sí, de quedarse con el primitivo Ruvinsky. Prado, una excelente actriz a la que no se le consideró así a causa de su picardía, la belleza de su cuerpo y a los papeles que le tocó hacer, cambia el ritmo de la cinta, la hace movida y alegre, y el drama que enfrenta, el mayor de los tres planteados, se ve menos denso que los otros; no es sino hasta el final que se ve que puede convertirse en tragedia.
La cinta es muy buena, entre las mejores de Infante, y su actuación es extraordinaria, con el pequeño inconveniente de que no se le creen las escenas de borrachera; si alguien camina con tanto zigzagueo, más bien se cae; su dicción tampoco es real; pero en los otros momentos, cuando teme emborracharse, cuando se le ve tan dubitativo, tan apocado, es mucho más verosímil que cuando la hace de criado malcriado; lo suyo no es la arrogancia, sino el titubeo. Es muy natural cuando ve que el mundo se le cae encima, cuando no puede responderle a Magda Guzmán, cuando encuentra a un Soler displicente, cuando ve a sus hermanos desamparados, cuando ofrece un cinco al menor, a quien no había conocido, cuando Santoveña estalla en lágrimas cuando lo ve.
Sus alternantes están tan bien como él; Soler y Ruvinsky no tienen falla y explotan al máximo las oportunidades de su papel; Soler, en su enfrentamiento con Infante, llega a superar a su hermano Fernando en La oveja negra, y Ruvinsky está en su mejor momento, ni exagerado como en Pepe el Toro, ni sobreactuado como Santo en la invasión de los marcianos. Manuel Dondé y Nacho Contla están muy bien. Pero lo mejor de la cinta son las tres alternantes de Infante: Granados, Guzmán y Prado.
“La vida no vale nada” ("Camino de Guanajuato", por mal nombre) remata cada uno de los episodios donde el conflicto lo lleva al alcoholismo; aunque la canción no habla específicamente de borrachera, relata un largo camino de desolación, y los obstáculos a los que se enfrenta el narrador; José Alfredo Jiménez es uno de los mejores compositores mexicanos, aunque la música sea casi la misma en varias piezas no menores: “Amarga Navidad”, “El tren sin pasajeros”, “La que se fue” y la maravillosa “La noche de mi mal”, sin letra, son casi la misma; tiene algunas frases emblemáticas: “de mis manos sin fuerza cayó mi copa sin darme cuenta”, “otra vez a brindar con extraños”, “caminé llorando a mares donde no me vieras tú”, entre otras, resumen el sentimiento del vacío amoroso, la sensación de pérdida; sin embargo, las letras, sin la música, no dicen nada; es la conjugación de ambas lo que lo hace bueno; “La vida no vale nada” comienza como una canción más, pero tiene giros inesperados; un verso como “vete rodeando veredas” es una metáfora no del caminante, sino de una actitud ante la vida de quien no puede enfrentarse a retos a veces insoportables, como la pérdida del amor, tan frecuente en Jiménez; lo he dicho ya varias veces: me parece que muchos de esos versos fueron sugeridos, corregidos, enmendados o aprobados por gente de talento literario y que, con las distancias debidas, relató lo mismo con mejor mano literaria, y con la misma intensidad que él; no puedo afirmarlo, pero no puedo dejar de pensar en Rubén Bonifaz Nuño, alguien que habló del amor y del desamor con la misma pasión que Jiménez, y que gustaron de los mismos lugares de la vieja ciudad de México de los años cincuenta; pudo haberse dado ese encuentro; Albur de amor, un extraordinario libro de poemas de Bonifaz Nuño, tiene versos que parecen citar canciones de José Alfredo. Éste, por su parte –también ya lo dije en otro lado– llevó la canción rural a la ciudad, cambió el camino árido por las calles desiertas a medianoche, y en vez de tambora necesitó de rockola. Sus personajes pueden ser campesinos, pero sus canciones son más adecuadas para oficinistas que lamentan en una cantina los desplantes de las ingratas que, ellas sí, indiscutiblemente, son las protagonistas de esas canciones.
Para muchos, ésta es la mejor cinta de Pedro Infante; no es fácil encontrar una mejor que ésta, y como actor, alcanzó con brillantez el cumplimiento del papel más difícil de su carrera. Y sí, merecía mayor popularidad que Escuela de vagabundos.
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