Si una cifra cualquiera es dividida entre cero da como resultado un número infinito, o indeterminado; pero las matemáticas suelen ser tan abstractas que no siempre es posible ejemplificar; Sergio Romano lo intentó; es decir, intentó definir lo indeterminado: puso dos de las tres cámaras en el estudio a que se tomaran de frente; no el aparato, sino la luz; ¿qué vería el televidente? Nada. Fue decepcionante para los fanáticos de la ciencia ficción, pero apasionante para los matemáticos: se vio la nada.
Lo malo es que nadie se dio cuenta del experimento; sólo muchos años después, en Tonantzintla, viendo el infinito, me di cuenta que ya lo había visto en las cámaras del canal 11. (Me gustaría retar a Sergio en un estudio para que definiera qué cosa es un centímetro cuadrado.)
No odio la televisión, sus alcances son inasibles; en México ha hecho mucho mal, pero también mucho bien; no hablo de los programas culturales, que suelen ser tan aburridos que en su suite televisiva “La tanda”, Les Luthier los mandan a las tres de la madrugada; pero hubo algunos programas con intelectuales bastante atractivos, e incluso divertidos: por ejemplo, José Luis Cuevas irritando a David Alfaro Siqueiros porque mientras éste hablaba, Cuevas se la pasaba peinándose; o Juan García Ponce decretando la muerte de la Novela de la Revolución, o Alexandro Jodorowsky entrevistando a una vaca, o destrozando un piano a hachazos; o Carlos Monsiváis y José Agustín retando casi a golpes a los defensores de las estudiantinas, o Monsiváis decretando que “la minifalda llegó para quedarse”, o José de la Colina defendiendo el yoga al decir que no era entretenimiento de “señoras gordas” ante la alarma de Paco Malgesto, o Juan José Gurrola afirmando que su obra ¡Ay papá, pobre papá, estoy muy triste porque en el clóset te escondió mamá! no había fracasado, que era el público el que había fracasado.
Por desgracia esos momentos de provocación ya no sólo no son frecuentes, sino inexistentes, aunque abunden las palabras que ofendían antes a las buenas conciencias que ya más bien se las apropiaron, las desacralizaron, le quitaron su carácter subversivo; son impensables los escándalos de cuando era más ingenua la televisión, aunque fueran momentáneos, como cuando Isela Vega dijo que su vestido estaba adornado con “pendejuelas, licenciado”, o cuando La Diva dijo que no se sentía, que era la Divina Garza, y poco después amenazó a su interlocutor, y eso que era su amigo, con describir y descubrir los escándalos que éste protagonizaba tras las cámaras; con las telenovelas que se filman, que no se transmiten en vivo, ya no es posible el escándalo de que a la primera actriz, al pisárselo, se le caiga el strapless dejando ver sus pechos a los incrédulos espectadores mientras gritaba “¡mi vestido!” y se le olvidaba su parlamento; o a la Diva que, al sentarse, se le olvidó que traía crinolina, y gritó “¡se me ven las piernas!”, obviando su templanza y frialdad.
Tampoco los descuidos, algunos tan famosos como “le dedico esta pelea a mi ex amigo el presidente Echeverría; bueno, todavía es mi amigo”, del Famoso Gómez en las últimas semanas del sexenio de LE. O el discurso de la muy bella capitalina aspirante a Señorita México en 1976, aturdida por los abucheos de los porristas de otras concursantes, que terminó con el nombre de tres hombres a los que admirara: “y Echeverría, para que se rían”; o “lo único mejor que la gelatina Jell-o es gelatina Royal”, que casi le cuesta la chamba al locutor víctima de las bromas de los camarógrafos; o “un chorrito de Batey”, en el programa de Malgesto patrocinado por Bacardí (“no me haga eso, criatura”). O el escándalo de la vedette vistiendo un bikini con los colores de la bandera (de mucho mejor ver que los vestidos de algunas oportunistas por el bicentenario). O el Himno Nacional en mambo, aunque no haya sido en televisión y eso quién sabe si haya sido.
Por desgracia, estos últimos casos son esporádicos, no provocaciones, y su desenlace tiene más que ver con el choteo que con el humor; y las provocaciones de La Mafia al poco desaparecieron y quienes provocaban dejaron de ser irrespetuosos para hacerse respetables. Cuando mucho, el escándalo de los gobernantes por el presidente bombero y su esposa.
Para la televisión no es primordial la intención educativa; no puede compararse con los libros porque cuando se cuenta una trama ésta pierde su sentido, su magia; la lectura es un placer solitario, y si se comparte, no es el acto sino las consecuencias lo que cuentan; tampoco la poesía tiene cabida en la televisión; por lo regular los poetas son pésimos declamadores, sobre todo de su obra; la televisión no ha oído a Carlos Fuentes leer poesía, y algunos que sí saben leerla, ante el micrófono engolan la voz, pierden el ritmo, carecen de cadencia; no todos son Pablo Neruda, quien le daba un tono especial a su obra, que adquiría otro sentido, además del que el lector percibía al leerla. Los televidentes se conformaron con recitadores que ni siquiera entendían la poesía; tampoco entendían que tres hombres con mucho sentido del humor, como José de la Colina, Tomás Pérez Turrent y Emilio García Riera se portaran tan seriecitos ellos al comentar películas, y tuvieran que aguantar que los chotearan Lechuga (“Emilio ojalá se riera”) y el Loco Valdés (“Enrique Rosado –pionero de los comentaristas de cine en televisión–, de la Colina”).
Ha habido momentos divertidos, no planeados, como cuando Elena Poniatowska interrumpía su entrevista a Carlos Fuentes para advertirle que sus hijos podían romper algo.
La televisión en vivo era muy indiscreta; un programa especial para presentar a la selección femenil de futbol después de la Copa Mundial de 1970, tuvo como anfitriona a Verónica Castro, quien compitió con una de las seleccionadas en la proliferación de “descuidos”, como le llaman los españoles a la exposición involuntaria de las prendas íntimas. Una competencia que también entablaron las protagonistas de Ana del aire (Angélica María en sus mejores momentos, Susana Dosamantes y Lupita D’Alessio), y que no tiene nada que ver con los descuidos voluntarios actuales de las animadoras de los programas matutinos y meridianos, en que se exponen ante mujeres porque el público natural de esos descuidos está, por lo regular, en la chamba, viéndolos con retraso por internet. Cabría la pregunta de si se ha ganado en libertad no sólo con esas locutoras, sino con la exhibición de cintas que antes sólo podrían verse en el Cine Río o, si eran de calidad, en el Paseo, a medianoche en el Buñuel, o en el Prado, con la condición de que se hicieran los que no los veían o no les importaba (hay un divertido relato de Woody Allen sobre un cinéfilo que hace una larga fila para ver una cinta de Bergman, pero sólo por un desnudo de tres segundos).
Quienes se quejaban de que el cine no había sido para verse en la pantalla de televisión, ahora saben que ya no es posible ir al cine, de que el cine mexicano casi no existe, y de que las pantallas cada vez son más grandes, más parecidas a las del cine, y además ya se pegan en la pared; el problema es que lo que se exhibe es malo o sigue estando cortado; con el agregado, además, de que los desnudos que exhiben nada tienen de excitantes (o son perturbadores, como los de The Dreamers o los de Bâise-moi, que han dejado como ingenua El último tango en París); nada hay más deprimente que la muy interminable escena en que Rafael Inclán entrega su ralla a una larga fila de mujeres desnudas, desinhibidas y exhibicionistas, pero bastante deslucidas, en Noches de cabaret; o los desnudos de Sasha Montenegro en la parodia de Blanca Nieves. Era más excitante el Can Can de Silvia Pinal en Viva el amor.
¿Qué tienen de superiores las series televisivas de una hora de duración, sobre los programas policiales de media hora? No la belleza de las protagonistas, porque excepto las de Bones (todas o casi las de Bones), no lo son más que Susan Saint James o Rebecca Clemons, protagonistas de las series de los ochenta (que además tenían guionistas como Joe Gores); tampoco son mejores actrices, aunque ahora se han especializado en actuar a base de gestos, olvidándose de los movimientos corporales; tal vez las idealizo, pero tengo la impresión de que las muy complicadas tramas actuales no superaban en inteligencia a las de El hombre del paraguas; ni que ahora el televidente aguantara un programa como el de Un Solo Hombre.
Con el video tape nos perdemos la posibilidad de ver a un cantante que se cae del caballo, como le sucedió a Demetrio González, quien muy profesional siguió cantando, sentado en el suelo; lo de malo fue que no todos los mariachis lo siguieron acompañando; los trompetistas no podían hacerlo, a consecuencia de las carcajadas; tampoco permite ver dormir al protagonista de un programa la media hora que duraba su espacio; no se evitan los errores, sólo se los escamotean al televidente. Claro, no evitan las barbaridades de las locutoras, pero éstas se deben a sus alcances intelectuales, no a errores o a lapsus; lapsus como el de aquella actriz que llegó al cine y a la televisión por haber sido finalista de un concurso de belleza, gracias al cual, desde entonces, se le abrieron muchos “las piernas. Perdón, las puertas”.
No escamotean, repito, la belleza de las modelos; el problema es que muchas lo único que aportan es belleza; lo bueno es que la exhiben con prolijidad; lo malo es que, así exhibida, la belleza pierde su picardía, su candor, su erotismo; y sí, puede ser que idealice el pasado, pero no puedo dejar de pensar que la bailarina que en hora tan incómoda como al mediodía abría Variedades de mediodía con un ballet tan clásico como incitante, en mallas que permitían mostrar la belleza de sus piernas; o cuando las medias Canon patrocinaban el programa de media hora, Tres generaciones (Prudencia Griffell, Andrea Palma, Maricruz Olivier), la cortinilla mostraba un biombo y, bajo él, unas espléndidas pantorrillas, rodillas incómodas, y poco, muy poco, de muslos; la anónima modelo hacía que los señores llegaran temprano los jueves para ver el comienzo del programa.
(Desde hace unas tres semanas, el portal de El Universal ha comenzado a incluir los domingos mi columna "El Librero", que aparece en la sección Kiosko, precisamente de la edición dominical, para los que se pierden la edición impresa.)
domingo, 26 de septiembre de 2010
domingo, 12 de septiembre de 2010
Cuando fui estrella de televisión (En mangas de camisa)
Todo sucedió en una semana; en Hip 70 de Aguascalientes se me acercó una joven con aspecto de radical: te cambio alguno de los discos que tengas repetidos; en Gran Bazar del Toreo me detuvo un muchacho, un poco apresurado: no te vayas, déjame comprar tu libro (Tú, por ejemplo, que acababa de aparecer) para que me lo firmes, no te vayas a ir (por supuesto, lo esperé, no son cosas que pasen todos los días); abordé un camión en el paradero del Metro Chapultepec, hacia Ejército Nacional, y junto a mí tomó asiento una estudiante de medicina, muy atractiva; junto a ella, de pie, se quedó su acompañante, uno que la pretendía y que también traía bata blanca: ¿qué lees?, asombrado le mostré la portada de Dos crímenes, recién salido de la imprenta; qué tal está, preguntó y me pareció que era un absurdo que pudiendo tratar de ligar, me hiciera plática, hasta que me bajé frente a lo que aún no era Pabellón Polanco.
Apenas se había puesto a la venta Tú, por ejemplo, pero no era para tanto; el motivo de mi súbita e incómoda popularidad se debía a mi aparición semanal en En Mangas de Camisa y algunas en Discoteca Privada, todos los viernes.
Todo sucedió así: Guillermo Anaya llegó hasta La Onda, y nos invitó a Manuel Gutiérrez Oropeza y a mí a asistir a En Mangas de Camisa, que conducían Sergio Romano y Cristina Rubiales en el Canal 11, todos los días, a las cuatro de la tarde, un verdadero reto porque era la hora en que comenzaban las telenovelas que acaparaban un gran porcentaje del auditorio televisivo; y era una época no tan mala del género.
Pero Romano y Cristina hacían un programa divertido y variado, y sobre todo inteligente; su propósito era que comentáramos, los viernes, lo que publicaríamos un día después en La Onda, suplemento de Novedades, que era bastante menos solemne pero mucho más serio que otros suplementos, que no menospreciaba los llamados géneros de entretenimiento, y pese a todo nos acusaban, sobre todo a Gabriel Careaga y a mí, de mafiosos.
En mi primera participación hablé de la poesía mexicana erótica; era el número correspondiente a la primavera de 1977; Romano me preguntó qué opinaba de los experimentos que comenzaban, de niños de probeta, programados al gusto de los padres y no se me ocurrió otra respuesta que fusilarme la que acaba de decir alguien: “todo tiempo pasado fue mejor”.
Pese a nuestros titubeos, a Romano le gustó lo que hicimos, y cada semana íbamos, no siempre Manuel, a veces con invitados (Walter Weller Taboada el más asiduo). En los primeros programas, Romano y Cristina estaban en un escritorio y los invitados en sillones incómodos, en un plano más bajo; al poco, todos en el mismo plano. Al terminar el programa se iba Cristina y Romano, ya solo, dedicaba tres cuartos de hora a poner y comentar discos; sabía de música tanto como de literatura, sociología, política, filosofía; excelente lector, estaba más o menos al tanto de las novedades, que entonces eran mi mole, y las comentábamos al aire, sin ensayar, sin guión, y armábamos números bastante entretenidos; alguna vez tuvimos una discusión, sobre Cien años de soledad; como no me gustaba tanto como me gusta ahora, la traté como una novela inferior a otras del mismo García Márquez; como consumimos el tiempo, quedamos de vernos la siguiente semana, a la salida; y la siguiente semana Cristina llevó a Froylán López Narváez y a Dolores Castro para rebatirnos a Manuel y a mí; no salimos tan mal parados, fue un empate decoroso, y lo que dijimos todos fue bastante polémico pero sin desperdicio acerca de la novela hispanoamericana.
En otra ocasión, Ricardo Garibay, quien andaba promoviendo su Acapulco, objetó mi pasión por Faulkner: no lea a los extranjeros, eso es imperialismo, lea a los escritores mexicanos; como era al final del programa, lo dejamos para la siguiente semana, y en ella, pese a la actitud agresiva de Garibay (fuera de las cámaras era todo amabilidad; al aire, tan agresivo como un boxeador), terminó dándome la razón.
Por esos días, repito, apareció mi segunda novela, de la que no me arrepiento como de la primera; la editorial, mal aconsejada por mi amigo Justo Molachino, apostó por editar quince mil ejemplares, que se agotaron en cosa de cinco meses, y editaron seis mil más, que se agotaron en otros tres meses; la editorial, como acostumbraba, no me pagó más regalías que las correspondientes a diez mil ejemplares, y además había hecho lo que había querido con la puntuación, con algunos efectos que, corregidos, perdían sentido; evité que se reeditara. El éxito de ventas obedeció no a la novela, que escribí para que la leyeran unos cuantos y la entendieran muchos menos (Raúl Renán, Ricardo Zarak, Gustavo Sainz, Manuel); no en clave, pero sí hermética. El éxito se debió a mi presencia en la televisión, en el canal que supuestamente pocos veían.
Una noche, cuando llegué, me encontré un recado de Sergio: había que ir al World Trade Center, donde estaba filmando varios programas porque iba a ver un puente de una semana; llegué cuando habían filmado el último; sólo que iban de atrás para adelante; como no podíamos comentar sucesos del día, nos pusimos a hablar de deportes; defendimos a los jugadores poco famosos; por ejemplo, Rocky Blair le abría paso a Franco Harris; Ricky Williams abría huecos para que pasara Larry Czonka; elogiamos a los buenos fildeadores en el beisbol; allí comenzamos a enfocar el deporte desde otro punto de vista; y es lo que he hecho desde hace 32 años, mostrando lo insólito, lo que no se ve; fueron cuatro programas que, si los repitiera el canal 11, encontrarían el germen de un periodismo diferente.
Hablábamos de todo; al principio entrábamos cuando faltaban cinco minutos para terminar el programa, de cualquier manera debíamos estar cinco minutos antes de que empezara, porque cuando cerraban el estudio ya no lo abrían sino hasta terminar (y hacía un calor de 15 mil watts); un día lo visitaba Enrique Alonso: ¿qué le preguntarías?, me preguntó Sergio; muchas cosas, inventé; entra desde el principio, me dijo, y sostuvimos una plática divertida e interesante: ¿qué siente de ser el responsable de la educación de millones de mexicanos?, le preguntamos.
Compartimos escenario con mucha gente que iba como invitada: Yoshio, Sonia Rivas, Diego Herrera, luego fundador de Caifanes; Gonzalo Vega, Flor Procuna, pero la mayoría de las veces bastaba con un tema para que acaparáramos los tres cuartos de hora que duraba En Mangas de Camisa; no duró mucho la fórmula; poco después Cristina tuvo su propio programa, el de Serio se redujo a uno, pero de una hora; aunque Cristina me invitó al suyo, era condición de que dejara el de Romano; no acepté; aunque aclaro que iba como invitado, sin recibir emolumentos, no me interesaba una planta en el canal: bastante tenía haciendo La Onda de lunes a viernes; pero de allí en adelante entraba todo el tiempo, aunque muchas veces no participaba en alguna plática; pronto se hizo costumbre que llevara un disco, que casi siempre lo conocía Sergio, y ponía una o dos piezas; es uno de los que más conoce de música, entonces me conformaba con sus comentarios, pero aproveché un par de veces con su rechazo a The Who, que era y ahora más, de mis favoritos, para echar alguna plática sabrosa. Puso en peligro mi estabilidad social un día que comentó que ya no oía discos de Beatles, que ya los conocía demasiado, “la última vez fue en casa de Eduardo, que me puso dos discos piratas”, comentario que desató una persecución de los fanáticos coleccionistas que pensaban que tenía todos los piratas (cerca de 500) del conjunto.
Algunas veces fue a cenar a la casa; una de ellas, compartiendo tertulia con Bernardo Giner de los Ríos; fue muy divertido, porque aunque Sergio siempre acaparaba la atención de todos, Bernardo solía hablar, con conocimiento, de todo, y con tanto sabor como Sergio; la cena acabó a las ocho de la mañana; de allí en adelante todas nuestras cenas terminaban a esa hora, y eso porque yo debía llevar a Diego a la Liga Maya, a jugar beisbol. Varias veces, al terminar el programa, Sergio me daba aventón, y seguíamos la plática casi a la medianoche, en casa; en mi favor, presumo que hacía unas ensaladas tan buenas que la cena la servíamos en dos partes, porque primero se acababan la ensalada y dos o tres horas después servíamos el platillo fuerte.
Un día llevé algún libro raro; ¿de dónde lo sacaste?, preguntó Sergio; conté que Aurelio González afirmaba que había mandado imprimir un catálogo de Joaquín Mortiz para justificar mi edición blanca de Mirándola dormir. ¿Cuál edición blanca? Al viernes siguiente la llevé al programa, y a partir de allí cada semana llevaba una edición rara, algún libro agotado, una edición de pocos ejemplares, alguna edición alterna. Gracias a eso, varios amigos marchantes comenzaron a ofrecerme rarezas, que provocan envidia entre coleccionistas, pero que me obligan a seleccionar mejor los libros que conservo.
Al contrario de lo que le pasa a toda la gente normal, que presumo de serlo, no me puse nervioso ante las cámaras, un poco el primer día; de allí en adelante conservé la tranquilidad, no me apresuré, podía escoger las palabras sin tropiezos, y si alguna vez me reí fue de manera justificada; por ello pude mantener siempre un buen nivel de conversación, y con fluidez; en ocasión del Libro del Año, en 1997, Sealtiel Alatriste me invitó a su programa en canal 4, entonces el canal cultural de Televisa; conozco a Sealtiel desde 1987, pero ignoraba, o desconocía, mi paso por canal 11; entonces me advirtió: trata de no ponerte nervioso, al cabo que si te equivocas podemos cortar y repetir; por cuidarme se descuidó, y tuvieron que cortar un par de veces, pero no por mi culpa; Sealtiel se reía: fui yo, no tú. (Casi un año usaron mi imagen, en ese programa, como identificación del canal.) No le confesé mi experiencia, aunque creo que debió haberme visto más de una vez; mejor me fue con una conductora famosa; hacía sus pininos (no sus “pinitos”, como dicen ahora, quién sabe por qué) en un programa sabatino producido por mi amigo Luis Arturo Cárcamo; aunque se transmitía diferido, se grababa con público; la novata estaba en su segundo o tercer programa, y me invitó Luis Arturo para que ella se fuera soltando; él sí me había visto, y sabía que un entrevistado que no se pone nervioso ayuda a los entrevistadores novatos; antes de entrar a grabar, la conductora me dijo: te voy a preguntar esto, ¿qué me vas a responder? Contesté e hicimos una preentrevista, ensayada; a la hora de grabar me hizo la pregunta, que contesté tal cual, pero con otras palabras; desconcertada, siguió con las preguntas, que contesté, pero siempre con palabras diferentes; se puso tan nerviosa que terminamos con ella a punto de soltar el llanto, y yo con la afirmación de que soy muy buena gente. Cerca de quince años después volvió a entrevistarme, con motivo de la aparición del Baúl de recuerdos; ya con muchas tablas, dueña de su compostura, regañando a su equipo, ya no me dio instrucciones; comenzó la entrevista, pero le fui cambiando el tono, la temática, de tal manera que, con una frase nada descomunal (que escribí el libro antes de que se me acabara la memoria) soltó una de las carcajadas que tienen, o tenían, prohibidas los conductores. (Al terminar el programa, matutino, se me acercó el floor manager: ¿usted iba a En Mangas de Camisa?; yo era el floor manager del programa.) Por la soltura que aprendí en En Mangas de Camisa, he podido mantener conversaciones radiofónicas (una inolvidable con mi amigo y rival en trivia Guillermo Ochoa, durante casi tres horas; día por cierto en que compartí micrófonos con Gloria Trevi), y me han entrevistado para canales y programas culturales, y con resultados que sorprenden a los entrevistadores: les sobra tiempo y cinta, porque no repiten ni deben cortar; la última intervención radiofónica debió suspenderse la grabación dos veces, pero no por culpa mía, sino porque Guillermo Samperio se cayó dos veces de la silla, enojado por lo que le había dicho. El programa conmemorativo del Mural Efímero de Cuevas termina con palabras mías.
Hace unos días, buscando alguna información en Internet, descubrí un blog de Sergio Romano, y en él, su dirección en facebook (portada, en español); con el temor de que fuera un homónimo, le escribí; hemos restablecido la comunicación, interrumpida hace casi 30 años; aclaro que no fue por quedarme el disco George Harrison, de Harrison, donde aparece Steve Winwood, que aún no le regreso, y si no me presiona me tardaré en regresar todavía un poco; radica en Hermosillo, donde tiene programas de radio y televisión. Escribo esto no por presumir, aunque tengo muchos motivos justificados, de haber sido estrella de televisión, y sobre todo de Canal 11, sino por el gusto de recuperar una amistad que me enorgullece por varios motivos; para muchos, Sergio es un símbolo de cuando la televisión estaba en un excelente momento; no sólo es un triviólogo muy respetable, alguien que sabe mucho de música, de toda la música, y un lector sensible de literatura, de política, de sociología y de filosofía, y un periodista envidiable; es además hijo de José Romano Muñoz, uno de los maestros puntales de la Preparatoria (no de las prepas; comparable nada menos que a don Erasmo Castellanos Quinto), y uno de los que, influidos por José Gaos, ensayó la filosofía de lo mexicano, con textos comparables a los de Emilio Uranga y Jorge Portilla; y Sergio tiene el mismo sentido del humor, y la misma pasión por la palabra y por la cátedra, sólo que en vez de un aula, usa los micrófonos, no para educar, sino para despertar y contagiar esa pasión.
Y además, siempre es un placer recuperar amistades.
PD. Ayer, 15 de septiembre, me enteré del fallecimiento de Ana Sol, esposa de Sergio, y anfitriona, con él, de En Mangas de Camisa, luego de la salida de Cristina Rubiales; excelentre anfitriona, en su casa y en el estudio, compartía chistes secretos, animaba y además detenía los telefonemas agresivos, y pasaba recados divertidos. Me sorprendió la noticia, y me hizo recordar muchos detalles del programa; esos recuerdos se agolpan y desconciertan, y entrestecen.
PD 2 El autor del dibujo del perfil es Nahúm, el tercero que me hace.
Apenas se había puesto a la venta Tú, por ejemplo, pero no era para tanto; el motivo de mi súbita e incómoda popularidad se debía a mi aparición semanal en En Mangas de Camisa y algunas en Discoteca Privada, todos los viernes.
Todo sucedió así: Guillermo Anaya llegó hasta La Onda, y nos invitó a Manuel Gutiérrez Oropeza y a mí a asistir a En Mangas de Camisa, que conducían Sergio Romano y Cristina Rubiales en el Canal 11, todos los días, a las cuatro de la tarde, un verdadero reto porque era la hora en que comenzaban las telenovelas que acaparaban un gran porcentaje del auditorio televisivo; y era una época no tan mala del género.
Pero Romano y Cristina hacían un programa divertido y variado, y sobre todo inteligente; su propósito era que comentáramos, los viernes, lo que publicaríamos un día después en La Onda, suplemento de Novedades, que era bastante menos solemne pero mucho más serio que otros suplementos, que no menospreciaba los llamados géneros de entretenimiento, y pese a todo nos acusaban, sobre todo a Gabriel Careaga y a mí, de mafiosos.
En mi primera participación hablé de la poesía mexicana erótica; era el número correspondiente a la primavera de 1977; Romano me preguntó qué opinaba de los experimentos que comenzaban, de niños de probeta, programados al gusto de los padres y no se me ocurrió otra respuesta que fusilarme la que acaba de decir alguien: “todo tiempo pasado fue mejor”.
Pese a nuestros titubeos, a Romano le gustó lo que hicimos, y cada semana íbamos, no siempre Manuel, a veces con invitados (Walter Weller Taboada el más asiduo). En los primeros programas, Romano y Cristina estaban en un escritorio y los invitados en sillones incómodos, en un plano más bajo; al poco, todos en el mismo plano. Al terminar el programa se iba Cristina y Romano, ya solo, dedicaba tres cuartos de hora a poner y comentar discos; sabía de música tanto como de literatura, sociología, política, filosofía; excelente lector, estaba más o menos al tanto de las novedades, que entonces eran mi mole, y las comentábamos al aire, sin ensayar, sin guión, y armábamos números bastante entretenidos; alguna vez tuvimos una discusión, sobre Cien años de soledad; como no me gustaba tanto como me gusta ahora, la traté como una novela inferior a otras del mismo García Márquez; como consumimos el tiempo, quedamos de vernos la siguiente semana, a la salida; y la siguiente semana Cristina llevó a Froylán López Narváez y a Dolores Castro para rebatirnos a Manuel y a mí; no salimos tan mal parados, fue un empate decoroso, y lo que dijimos todos fue bastante polémico pero sin desperdicio acerca de la novela hispanoamericana.
En otra ocasión, Ricardo Garibay, quien andaba promoviendo su Acapulco, objetó mi pasión por Faulkner: no lea a los extranjeros, eso es imperialismo, lea a los escritores mexicanos; como era al final del programa, lo dejamos para la siguiente semana, y en ella, pese a la actitud agresiva de Garibay (fuera de las cámaras era todo amabilidad; al aire, tan agresivo como un boxeador), terminó dándome la razón.
Por esos días, repito, apareció mi segunda novela, de la que no me arrepiento como de la primera; la editorial, mal aconsejada por mi amigo Justo Molachino, apostó por editar quince mil ejemplares, que se agotaron en cosa de cinco meses, y editaron seis mil más, que se agotaron en otros tres meses; la editorial, como acostumbraba, no me pagó más regalías que las correspondientes a diez mil ejemplares, y además había hecho lo que había querido con la puntuación, con algunos efectos que, corregidos, perdían sentido; evité que se reeditara. El éxito de ventas obedeció no a la novela, que escribí para que la leyeran unos cuantos y la entendieran muchos menos (Raúl Renán, Ricardo Zarak, Gustavo Sainz, Manuel); no en clave, pero sí hermética. El éxito se debió a mi presencia en la televisión, en el canal que supuestamente pocos veían.
Una noche, cuando llegué, me encontré un recado de Sergio: había que ir al World Trade Center, donde estaba filmando varios programas porque iba a ver un puente de una semana; llegué cuando habían filmado el último; sólo que iban de atrás para adelante; como no podíamos comentar sucesos del día, nos pusimos a hablar de deportes; defendimos a los jugadores poco famosos; por ejemplo, Rocky Blair le abría paso a Franco Harris; Ricky Williams abría huecos para que pasara Larry Czonka; elogiamos a los buenos fildeadores en el beisbol; allí comenzamos a enfocar el deporte desde otro punto de vista; y es lo que he hecho desde hace 32 años, mostrando lo insólito, lo que no se ve; fueron cuatro programas que, si los repitiera el canal 11, encontrarían el germen de un periodismo diferente.
Hablábamos de todo; al principio entrábamos cuando faltaban cinco minutos para terminar el programa, de cualquier manera debíamos estar cinco minutos antes de que empezara, porque cuando cerraban el estudio ya no lo abrían sino hasta terminar (y hacía un calor de 15 mil watts); un día lo visitaba Enrique Alonso: ¿qué le preguntarías?, me preguntó Sergio; muchas cosas, inventé; entra desde el principio, me dijo, y sostuvimos una plática divertida e interesante: ¿qué siente de ser el responsable de la educación de millones de mexicanos?, le preguntamos.
Compartimos escenario con mucha gente que iba como invitada: Yoshio, Sonia Rivas, Diego Herrera, luego fundador de Caifanes; Gonzalo Vega, Flor Procuna, pero la mayoría de las veces bastaba con un tema para que acaparáramos los tres cuartos de hora que duraba En Mangas de Camisa; no duró mucho la fórmula; poco después Cristina tuvo su propio programa, el de Serio se redujo a uno, pero de una hora; aunque Cristina me invitó al suyo, era condición de que dejara el de Romano; no acepté; aunque aclaro que iba como invitado, sin recibir emolumentos, no me interesaba una planta en el canal: bastante tenía haciendo La Onda de lunes a viernes; pero de allí en adelante entraba todo el tiempo, aunque muchas veces no participaba en alguna plática; pronto se hizo costumbre que llevara un disco, que casi siempre lo conocía Sergio, y ponía una o dos piezas; es uno de los que más conoce de música, entonces me conformaba con sus comentarios, pero aproveché un par de veces con su rechazo a The Who, que era y ahora más, de mis favoritos, para echar alguna plática sabrosa. Puso en peligro mi estabilidad social un día que comentó que ya no oía discos de Beatles, que ya los conocía demasiado, “la última vez fue en casa de Eduardo, que me puso dos discos piratas”, comentario que desató una persecución de los fanáticos coleccionistas que pensaban que tenía todos los piratas (cerca de 500) del conjunto.
Algunas veces fue a cenar a la casa; una de ellas, compartiendo tertulia con Bernardo Giner de los Ríos; fue muy divertido, porque aunque Sergio siempre acaparaba la atención de todos, Bernardo solía hablar, con conocimiento, de todo, y con tanto sabor como Sergio; la cena acabó a las ocho de la mañana; de allí en adelante todas nuestras cenas terminaban a esa hora, y eso porque yo debía llevar a Diego a la Liga Maya, a jugar beisbol. Varias veces, al terminar el programa, Sergio me daba aventón, y seguíamos la plática casi a la medianoche, en casa; en mi favor, presumo que hacía unas ensaladas tan buenas que la cena la servíamos en dos partes, porque primero se acababan la ensalada y dos o tres horas después servíamos el platillo fuerte.
Un día llevé algún libro raro; ¿de dónde lo sacaste?, preguntó Sergio; conté que Aurelio González afirmaba que había mandado imprimir un catálogo de Joaquín Mortiz para justificar mi edición blanca de Mirándola dormir. ¿Cuál edición blanca? Al viernes siguiente la llevé al programa, y a partir de allí cada semana llevaba una edición rara, algún libro agotado, una edición de pocos ejemplares, alguna edición alterna. Gracias a eso, varios amigos marchantes comenzaron a ofrecerme rarezas, que provocan envidia entre coleccionistas, pero que me obligan a seleccionar mejor los libros que conservo.
Al contrario de lo que le pasa a toda la gente normal, que presumo de serlo, no me puse nervioso ante las cámaras, un poco el primer día; de allí en adelante conservé la tranquilidad, no me apresuré, podía escoger las palabras sin tropiezos, y si alguna vez me reí fue de manera justificada; por ello pude mantener siempre un buen nivel de conversación, y con fluidez; en ocasión del Libro del Año, en 1997, Sealtiel Alatriste me invitó a su programa en canal 4, entonces el canal cultural de Televisa; conozco a Sealtiel desde 1987, pero ignoraba, o desconocía, mi paso por canal 11; entonces me advirtió: trata de no ponerte nervioso, al cabo que si te equivocas podemos cortar y repetir; por cuidarme se descuidó, y tuvieron que cortar un par de veces, pero no por mi culpa; Sealtiel se reía: fui yo, no tú. (Casi un año usaron mi imagen, en ese programa, como identificación del canal.) No le confesé mi experiencia, aunque creo que debió haberme visto más de una vez; mejor me fue con una conductora famosa; hacía sus pininos (no sus “pinitos”, como dicen ahora, quién sabe por qué) en un programa sabatino producido por mi amigo Luis Arturo Cárcamo; aunque se transmitía diferido, se grababa con público; la novata estaba en su segundo o tercer programa, y me invitó Luis Arturo para que ella se fuera soltando; él sí me había visto, y sabía que un entrevistado que no se pone nervioso ayuda a los entrevistadores novatos; antes de entrar a grabar, la conductora me dijo: te voy a preguntar esto, ¿qué me vas a responder? Contesté e hicimos una preentrevista, ensayada; a la hora de grabar me hizo la pregunta, que contesté tal cual, pero con otras palabras; desconcertada, siguió con las preguntas, que contesté, pero siempre con palabras diferentes; se puso tan nerviosa que terminamos con ella a punto de soltar el llanto, y yo con la afirmación de que soy muy buena gente. Cerca de quince años después volvió a entrevistarme, con motivo de la aparición del Baúl de recuerdos; ya con muchas tablas, dueña de su compostura, regañando a su equipo, ya no me dio instrucciones; comenzó la entrevista, pero le fui cambiando el tono, la temática, de tal manera que, con una frase nada descomunal (que escribí el libro antes de que se me acabara la memoria) soltó una de las carcajadas que tienen, o tenían, prohibidas los conductores. (Al terminar el programa, matutino, se me acercó el floor manager: ¿usted iba a En Mangas de Camisa?; yo era el floor manager del programa.) Por la soltura que aprendí en En Mangas de Camisa, he podido mantener conversaciones radiofónicas (una inolvidable con mi amigo y rival en trivia Guillermo Ochoa, durante casi tres horas; día por cierto en que compartí micrófonos con Gloria Trevi), y me han entrevistado para canales y programas culturales, y con resultados que sorprenden a los entrevistadores: les sobra tiempo y cinta, porque no repiten ni deben cortar; la última intervención radiofónica debió suspenderse la grabación dos veces, pero no por culpa mía, sino porque Guillermo Samperio se cayó dos veces de la silla, enojado por lo que le había dicho. El programa conmemorativo del Mural Efímero de Cuevas termina con palabras mías.
Hace unos días, buscando alguna información en Internet, descubrí un blog de Sergio Romano, y en él, su dirección en facebook (portada, en español); con el temor de que fuera un homónimo, le escribí; hemos restablecido la comunicación, interrumpida hace casi 30 años; aclaro que no fue por quedarme el disco George Harrison, de Harrison, donde aparece Steve Winwood, que aún no le regreso, y si no me presiona me tardaré en regresar todavía un poco; radica en Hermosillo, donde tiene programas de radio y televisión. Escribo esto no por presumir, aunque tengo muchos motivos justificados, de haber sido estrella de televisión, y sobre todo de Canal 11, sino por el gusto de recuperar una amistad que me enorgullece por varios motivos; para muchos, Sergio es un símbolo de cuando la televisión estaba en un excelente momento; no sólo es un triviólogo muy respetable, alguien que sabe mucho de música, de toda la música, y un lector sensible de literatura, de política, de sociología y de filosofía, y un periodista envidiable; es además hijo de José Romano Muñoz, uno de los maestros puntales de la Preparatoria (no de las prepas; comparable nada menos que a don Erasmo Castellanos Quinto), y uno de los que, influidos por José Gaos, ensayó la filosofía de lo mexicano, con textos comparables a los de Emilio Uranga y Jorge Portilla; y Sergio tiene el mismo sentido del humor, y la misma pasión por la palabra y por la cátedra, sólo que en vez de un aula, usa los micrófonos, no para educar, sino para despertar y contagiar esa pasión.
Y además, siempre es un placer recuperar amistades.
PD. Ayer, 15 de septiembre, me enteré del fallecimiento de Ana Sol, esposa de Sergio, y anfitriona, con él, de En Mangas de Camisa, luego de la salida de Cristina Rubiales; excelentre anfitriona, en su casa y en el estudio, compartía chistes secretos, animaba y además detenía los telefonemas agresivos, y pasaba recados divertidos. Me sorprendió la noticia, y me hizo recordar muchos detalles del programa; esos recuerdos se agolpan y desconciertan, y entrestecen.
PD 2 El autor del dibujo del perfil es Nahúm, el tercero que me hace.
lunes, 6 de septiembre de 2010
La vida sí vale (Infante, José Alfredo, Bonifaz Nuño)
Tiene razón García Riera en su Historia documental del cine mexicano cuando afirma que La vida no vale nada merecía mayor popularidad que la que obtuvo la película anterior filmada con Pedro Infante, Escuela de vagabundos.
Dirigida también por Rogelio González, es mucho más vital que su antecesora, aunque carece de su ritmo vertiginoso y alegre; en cambio, las mujeres que la pueblan son mucho más verosímiles que Miroslava y Blanca de Castejón; si bien no hay una anécdota optimista, tiene muchos aspectos positivos y un ritmo envidiable.
Infante obtuvo un Ariel por la mejor actuación masculina, mucho más valioso que el sobrevalorado Oso de Plata de Berlín, como también apunta García Riera; fue el máximo honor que recibió, y el reconocimiento de que era un buen actor; lo curioso es que lo ganó por hacer el papel de un alcohólico, aunque se presume de que, como Jorge Negrete, era abstemio (también Carlos Monsiváis ganó una Diosa de Plata por actuar como Santa Claus borracho, siendo –casi– abstemio, en Los Caifanes); es notorio que era abstemio, porque cuando actúa como ebrio exagera sobre todo el modito de andar.
La cinta inicia cuando, caminando en zigzag, casi es atropellado por un camión conducido por Ramón Valdés, el mismo que, como taxista, discute con Infante en Escuela de vagabundos; acepta llevarlo a la ciudad, donde, desarrapado, sucio e inseguro, pide trabajo en una tienda de antigüedades, mal atendida por Rosario Granados, buena actriz para el papel de una viuda sin sostén, madre de dos hijos casi desamparados, y que apenas se basta para sobrevivir; pese a que desconfía de la apariencia de Infante, le da trabajo y todo comienza a ir bien: Infante anda pulcro, el negocio va para arriba, los niños lo quieren y hasta la sirvienta se siente contenta; a pesar de la época, hay no sólo insinuaciones sino escenas que hacen más que explícito que Granados e Infante comienzan a tener intimidad; ella se ilusiona porque por primera vez en mucho tiempo no sólo está bien vestida y bien comida; es tal su euforia que cede a la tentación de hacer que Infante brinde por la felicidad; él se resiste, pero también cede; siete años antes se había filmado The Lost Weekend, Días sin huella en español, que Andrés Soler menciona en El Ceniciento, con Tin Tan; en 1962 se filmaría Días de vino y rosas; ambas, sobre el alcoholismo; la segunda, alegato a favor de las curas crueles; la primera, mucho más violenta, la lucha sin esperanza contra la enfermedad; La vida no vale nada, con una inteligente economía de recursos, muestra los efectos de esa debilidad; basta un par de copitas para que se derrumbe el futuro que Granados creía ganado; Infante, consciente dentro de una borrachera, sabe que lo ha perdido todo: a Granados, el cariño de los niños, y la estabilidad conquistada, que nada hay que pueda hacer por detener el deterioro, y abandona la casa de Granados; así es como se entiende el principio de la cinta: borracho, huye de pueblo en pueblo.
Va a dar a otra ciudad; un ligero episodio muestra a José Pardavé como un panadero inepto, pero que amenaza a Nacho Contla, el dueño, con abandonar la chamba si lo sigue regañando, y peor, si no le aumenta el sueldo; Contra explica al ayudante, Manuel Dondé, que aunque Pardavé es malo, no hay otro en el pueblo; en eso llega Infante a pedir chamba; Contla despide al desconcertado Pardavé, y platica: en una crisis alcohólica Infante se fue como cada vez que sufre una, se va puebleando hasta que se cura, pero recae siempre; confía en que ahora sí sea por mucho tiempo.
Infante defendió en una casa mala a una prostituta maltratada por clientes; en pago, ella lo acoge en su cuarto, donde se la pasa durante algunos días, hasta que la matrona exige a Magda Guzmán que lo despida; antes de la última, ella, desenfadada, le cuenta que no tiene para cuándo irse: debe mucho a la patrona en vestido, casa y sustento; para liquidar la cuenta le cuelga; Infante promete sacarla de esa mala vida; es por eso que regresa a la panadería, a juntar para mandarle el dinero a Guzmán; analfabeto, pide ayuda a Dondé para juntar el dinero necesario, y para que le escriba a Guzmán cuando lo reúne. La carta que envía Dondé es tan convincente (“¿pues que le escribiste?”) que Guzmán llega al pueblo donde trabaja Infante para cumplirle lo que le prometió. Infante se muestra sorprendido: él sólo quería ayudarla, no vivir con ella; le aconseja que regrese a su pueblo, sin necesidad de trabajar en lo de antes; Guzmán se indigna, se siente despechada, se embriaga y promete entregarse a cualquiera; el remordimiento abate a Infante, quien vuelve a caer en la embriaguez; vuelve a alejarse cantando “La vida no vale nada”, y Contla de nuevo a preparar la masa.
Infante va a dar a su pueblo natal, donde encuentra a Hortensia Santoveña, su madre, en la absoluta miseria, rodeada de hijos pequeños casi muertos de hambre; el padre, Domingo Soler, se fue en busca de trabajo, se encontró con una mala mujer de la que se encaprichó, y dejó de enviar dinero; Infante va por él, y se encuentra con que Lilia Prado lo prefiere a él; Soler enloquece, y de paso Wolf Ruvinsky, en un espléndido papel, también está encaprichado por Prado.
Aunque Infante es el eje de las tres tramas, el peso dramático recae sobre las tres mujeres: Granados, quien desesperanzada, encuentra en él ánimos para dejar la viudez, recuperar la satisfacción, y rehacer el camino; se le cree cuando expresa su miedo, su angustia, su incipiente y fugaz felicidad, y la desesperación cuando advierte que ha perdido a Infante, y que ha sido su culpa; Rogelio González, tan dado al melodrama, por esta vez no cae en la tentación de mostrarnos la conclusión de este drama. Granados es más convincente que nunca, y muestra una belleza discreta, serena, sobre todo comparada con su aspecto al aparecer por primera vez; también es convincente en su entrega: ansiosa, pareciera inexperta, y que el personaje de Infante la hace sentir algo que no sintió en su matrimonio; se le sugiere feliz, enamorada; no hace los reparos de Miroslava ni es caprichuda como Liliana Durán, las enamoradas de Infante en Escuela de vagabundos; por eso es más verosímil su desesperación al saberse abandonada, y peor, culpable.
Magda Guzmán está excelente; jovencísima, de 23 años (más joven que Anabelle Gutiérrez en Escuela de vagabundos), apenas en su sexta película, ya había sido nominada para el Ariel por La duda, de Alejandro Galindo, en 1955; en 1956 fue nominada también por La vida no vale nada; por desgracia, el cine la aprovechó poco y la mayor parte de su trayectoria ocurrió en la televisión mexicana, que despedazó e inutilizó muchas carreras prometedoras; en esta cinta se le ve guapa, pero no espectacular como la mayoría de las prostitutas del cine mexicano: no es exuberante, un poco tosca, pero tentadora; también es convincente cuando se muestra incrédula ante las promesas de Infante de sacarla de esa vida de perdición; es convincente cuando llega a buscarlo, incrédula pero esperanzada de una nueva vida, y enfurecida cuando Infante se niega a cumplirle, azorada por el rechazo: ¿para qué me sacaste de allí?, reclama, va a buscar a quien entregarse pero eso no la satisface, se embriaga, apedrea la panadería, se hace encarcelar y rechaza que Infante vaya a excarcelarla; como de Granados, ignoramos el destino de Guzmán, pero lo suponemos aún peor, si es que el desconsuelo no es lo peor.
Lilia Prado está más cachonda que nunca, si es posible; más que en El gavilán pollero, más que en Las mujeres de mi general, más que en Confidencias de un ruletero, que en Cuarto de hotel; más que en Isla de lobos; como una indómita lugareña de un lugar tropical, se burla de los hombres, le encanta verlos tristes, se ufana de su derrota y su sufrir; promete y no cumple, se les ríe en su cara, y con un pequeño gesto los tiene a sus pies; al inmenso Domingo Soler lo doblega, y lo hace enfrentarse a su hijo, igual que Fernando en La oveja negra, sólo que, más que Leonor Llausás, se muestra fresca, con las piernas al aire con desenfado, nada modosita; no exhibe sus pechos en demasía, pero hace pensar que no usa brasier, y eso la hace más provocativa. Le fascina encender a Infante, y cuando ve que no logra que éste se enfrente a Soler, azuza a Ruvinsky para los ataque; al quedarse sin padre e hijo, que van abrazados de regreso al hogar, cae en la desesperación, como Granados y Guzmán, aunque le toca el consuelo, a ella sí, de quedarse con el primitivo Ruvinsky. Prado, una excelente actriz a la que no se le consideró así a causa de su picardía, la belleza de su cuerpo y a los papeles que le tocó hacer, cambia el ritmo de la cinta, la hace movida y alegre, y el drama que enfrenta, el mayor de los tres planteados, se ve menos denso que los otros; no es sino hasta el final que se ve que puede convertirse en tragedia.
La cinta es muy buena, entre las mejores de Infante, y su actuación es extraordinaria, con el pequeño inconveniente de que no se le creen las escenas de borrachera; si alguien camina con tanto zigzagueo, más bien se cae; su dicción tampoco es real; pero en los otros momentos, cuando teme emborracharse, cuando se le ve tan dubitativo, tan apocado, es mucho más verosímil que cuando la hace de criado malcriado; lo suyo no es la arrogancia, sino el titubeo. Es muy natural cuando ve que el mundo se le cae encima, cuando no puede responderle a Magda Guzmán, cuando encuentra a un Soler displicente, cuando ve a sus hermanos desamparados, cuando ofrece un cinco al menor, a quien no había conocido, cuando Santoveña estalla en lágrimas cuando lo ve.
Sus alternantes están tan bien como él; Soler y Ruvinsky no tienen falla y explotan al máximo las oportunidades de su papel; Soler, en su enfrentamiento con Infante, llega a superar a su hermano Fernando en La oveja negra, y Ruvinsky está en su mejor momento, ni exagerado como en Pepe el Toro, ni sobreactuado como Santo en la invasión de los marcianos. Manuel Dondé y Nacho Contla están muy bien. Pero lo mejor de la cinta son las tres alternantes de Infante: Granados, Guzmán y Prado.
“La vida no vale nada” ("Camino de Guanajuato", por mal nombre) remata cada uno de los episodios donde el conflicto lo lleva al alcoholismo; aunque la canción no habla específicamente de borrachera, relata un largo camino de desolación, y los obstáculos a los que se enfrenta el narrador; José Alfredo Jiménez es uno de los mejores compositores mexicanos, aunque la música sea casi la misma en varias piezas no menores: “Amarga Navidad”, “El tren sin pasajeros”, “La que se fue” y la maravillosa “La noche de mi mal”, sin letra, son casi la misma; tiene algunas frases emblemáticas: “de mis manos sin fuerza cayó mi copa sin darme cuenta”, “otra vez a brindar con extraños”, “caminé llorando a mares donde no me vieras tú”, entre otras, resumen el sentimiento del vacío amoroso, la sensación de pérdida; sin embargo, las letras, sin la música, no dicen nada; es la conjugación de ambas lo que lo hace bueno; “La vida no vale nada” comienza como una canción más, pero tiene giros inesperados; un verso como “vete rodeando veredas” es una metáfora no del caminante, sino de una actitud ante la vida de quien no puede enfrentarse a retos a veces insoportables, como la pérdida del amor, tan frecuente en Jiménez; lo he dicho ya varias veces: me parece que muchos de esos versos fueron sugeridos, corregidos, enmendados o aprobados por gente de talento literario y que, con las distancias debidas, relató lo mismo con mejor mano literaria, y con la misma intensidad que él; no puedo afirmarlo, pero no puedo dejar de pensar en Rubén Bonifaz Nuño, alguien que habló del amor y del desamor con la misma pasión que Jiménez, y que gustaron de los mismos lugares de la vieja ciudad de México de los años cincuenta; pudo haberse dado ese encuentro; Albur de amor, un extraordinario libro de poemas de Bonifaz Nuño, tiene versos que parecen citar canciones de José Alfredo. Éste, por su parte –también ya lo dije en otro lado– llevó la canción rural a la ciudad, cambió el camino árido por las calles desiertas a medianoche, y en vez de tambora necesitó de rockola. Sus personajes pueden ser campesinos, pero sus canciones son más adecuadas para oficinistas que lamentan en una cantina los desplantes de las ingratas que, ellas sí, indiscutiblemente, son las protagonistas de esas canciones.
Para muchos, ésta es la mejor cinta de Pedro Infante; no es fácil encontrar una mejor que ésta, y como actor, alcanzó con brillantez el cumplimiento del papel más difícil de su carrera. Y sí, merecía mayor popularidad que Escuela de vagabundos.
Dirigida también por Rogelio González, es mucho más vital que su antecesora, aunque carece de su ritmo vertiginoso y alegre; en cambio, las mujeres que la pueblan son mucho más verosímiles que Miroslava y Blanca de Castejón; si bien no hay una anécdota optimista, tiene muchos aspectos positivos y un ritmo envidiable.
Infante obtuvo un Ariel por la mejor actuación masculina, mucho más valioso que el sobrevalorado Oso de Plata de Berlín, como también apunta García Riera; fue el máximo honor que recibió, y el reconocimiento de que era un buen actor; lo curioso es que lo ganó por hacer el papel de un alcohólico, aunque se presume de que, como Jorge Negrete, era abstemio (también Carlos Monsiváis ganó una Diosa de Plata por actuar como Santa Claus borracho, siendo –casi– abstemio, en Los Caifanes); es notorio que era abstemio, porque cuando actúa como ebrio exagera sobre todo el modito de andar.
La cinta inicia cuando, caminando en zigzag, casi es atropellado por un camión conducido por Ramón Valdés, el mismo que, como taxista, discute con Infante en Escuela de vagabundos; acepta llevarlo a la ciudad, donde, desarrapado, sucio e inseguro, pide trabajo en una tienda de antigüedades, mal atendida por Rosario Granados, buena actriz para el papel de una viuda sin sostén, madre de dos hijos casi desamparados, y que apenas se basta para sobrevivir; pese a que desconfía de la apariencia de Infante, le da trabajo y todo comienza a ir bien: Infante anda pulcro, el negocio va para arriba, los niños lo quieren y hasta la sirvienta se siente contenta; a pesar de la época, hay no sólo insinuaciones sino escenas que hacen más que explícito que Granados e Infante comienzan a tener intimidad; ella se ilusiona porque por primera vez en mucho tiempo no sólo está bien vestida y bien comida; es tal su euforia que cede a la tentación de hacer que Infante brinde por la felicidad; él se resiste, pero también cede; siete años antes se había filmado The Lost Weekend, Días sin huella en español, que Andrés Soler menciona en El Ceniciento, con Tin Tan; en 1962 se filmaría Días de vino y rosas; ambas, sobre el alcoholismo; la segunda, alegato a favor de las curas crueles; la primera, mucho más violenta, la lucha sin esperanza contra la enfermedad; La vida no vale nada, con una inteligente economía de recursos, muestra los efectos de esa debilidad; basta un par de copitas para que se derrumbe el futuro que Granados creía ganado; Infante, consciente dentro de una borrachera, sabe que lo ha perdido todo: a Granados, el cariño de los niños, y la estabilidad conquistada, que nada hay que pueda hacer por detener el deterioro, y abandona la casa de Granados; así es como se entiende el principio de la cinta: borracho, huye de pueblo en pueblo.
Va a dar a otra ciudad; un ligero episodio muestra a José Pardavé como un panadero inepto, pero que amenaza a Nacho Contla, el dueño, con abandonar la chamba si lo sigue regañando, y peor, si no le aumenta el sueldo; Contra explica al ayudante, Manuel Dondé, que aunque Pardavé es malo, no hay otro en el pueblo; en eso llega Infante a pedir chamba; Contla despide al desconcertado Pardavé, y platica: en una crisis alcohólica Infante se fue como cada vez que sufre una, se va puebleando hasta que se cura, pero recae siempre; confía en que ahora sí sea por mucho tiempo.
Infante defendió en una casa mala a una prostituta maltratada por clientes; en pago, ella lo acoge en su cuarto, donde se la pasa durante algunos días, hasta que la matrona exige a Magda Guzmán que lo despida; antes de la última, ella, desenfadada, le cuenta que no tiene para cuándo irse: debe mucho a la patrona en vestido, casa y sustento; para liquidar la cuenta le cuelga; Infante promete sacarla de esa mala vida; es por eso que regresa a la panadería, a juntar para mandarle el dinero a Guzmán; analfabeto, pide ayuda a Dondé para juntar el dinero necesario, y para que le escriba a Guzmán cuando lo reúne. La carta que envía Dondé es tan convincente (“¿pues que le escribiste?”) que Guzmán llega al pueblo donde trabaja Infante para cumplirle lo que le prometió. Infante se muestra sorprendido: él sólo quería ayudarla, no vivir con ella; le aconseja que regrese a su pueblo, sin necesidad de trabajar en lo de antes; Guzmán se indigna, se siente despechada, se embriaga y promete entregarse a cualquiera; el remordimiento abate a Infante, quien vuelve a caer en la embriaguez; vuelve a alejarse cantando “La vida no vale nada”, y Contla de nuevo a preparar la masa.
Infante va a dar a su pueblo natal, donde encuentra a Hortensia Santoveña, su madre, en la absoluta miseria, rodeada de hijos pequeños casi muertos de hambre; el padre, Domingo Soler, se fue en busca de trabajo, se encontró con una mala mujer de la que se encaprichó, y dejó de enviar dinero; Infante va por él, y se encuentra con que Lilia Prado lo prefiere a él; Soler enloquece, y de paso Wolf Ruvinsky, en un espléndido papel, también está encaprichado por Prado.
Aunque Infante es el eje de las tres tramas, el peso dramático recae sobre las tres mujeres: Granados, quien desesperanzada, encuentra en él ánimos para dejar la viudez, recuperar la satisfacción, y rehacer el camino; se le cree cuando expresa su miedo, su angustia, su incipiente y fugaz felicidad, y la desesperación cuando advierte que ha perdido a Infante, y que ha sido su culpa; Rogelio González, tan dado al melodrama, por esta vez no cae en la tentación de mostrarnos la conclusión de este drama. Granados es más convincente que nunca, y muestra una belleza discreta, serena, sobre todo comparada con su aspecto al aparecer por primera vez; también es convincente en su entrega: ansiosa, pareciera inexperta, y que el personaje de Infante la hace sentir algo que no sintió en su matrimonio; se le sugiere feliz, enamorada; no hace los reparos de Miroslava ni es caprichuda como Liliana Durán, las enamoradas de Infante en Escuela de vagabundos; por eso es más verosímil su desesperación al saberse abandonada, y peor, culpable.
Magda Guzmán está excelente; jovencísima, de 23 años (más joven que Anabelle Gutiérrez en Escuela de vagabundos), apenas en su sexta película, ya había sido nominada para el Ariel por La duda, de Alejandro Galindo, en 1955; en 1956 fue nominada también por La vida no vale nada; por desgracia, el cine la aprovechó poco y la mayor parte de su trayectoria ocurrió en la televisión mexicana, que despedazó e inutilizó muchas carreras prometedoras; en esta cinta se le ve guapa, pero no espectacular como la mayoría de las prostitutas del cine mexicano: no es exuberante, un poco tosca, pero tentadora; también es convincente cuando se muestra incrédula ante las promesas de Infante de sacarla de esa vida de perdición; es convincente cuando llega a buscarlo, incrédula pero esperanzada de una nueva vida, y enfurecida cuando Infante se niega a cumplirle, azorada por el rechazo: ¿para qué me sacaste de allí?, reclama, va a buscar a quien entregarse pero eso no la satisface, se embriaga, apedrea la panadería, se hace encarcelar y rechaza que Infante vaya a excarcelarla; como de Granados, ignoramos el destino de Guzmán, pero lo suponemos aún peor, si es que el desconsuelo no es lo peor.
Lilia Prado está más cachonda que nunca, si es posible; más que en El gavilán pollero, más que en Las mujeres de mi general, más que en Confidencias de un ruletero, que en Cuarto de hotel; más que en Isla de lobos; como una indómita lugareña de un lugar tropical, se burla de los hombres, le encanta verlos tristes, se ufana de su derrota y su sufrir; promete y no cumple, se les ríe en su cara, y con un pequeño gesto los tiene a sus pies; al inmenso Domingo Soler lo doblega, y lo hace enfrentarse a su hijo, igual que Fernando en La oveja negra, sólo que, más que Leonor Llausás, se muestra fresca, con las piernas al aire con desenfado, nada modosita; no exhibe sus pechos en demasía, pero hace pensar que no usa brasier, y eso la hace más provocativa. Le fascina encender a Infante, y cuando ve que no logra que éste se enfrente a Soler, azuza a Ruvinsky para los ataque; al quedarse sin padre e hijo, que van abrazados de regreso al hogar, cae en la desesperación, como Granados y Guzmán, aunque le toca el consuelo, a ella sí, de quedarse con el primitivo Ruvinsky. Prado, una excelente actriz a la que no se le consideró así a causa de su picardía, la belleza de su cuerpo y a los papeles que le tocó hacer, cambia el ritmo de la cinta, la hace movida y alegre, y el drama que enfrenta, el mayor de los tres planteados, se ve menos denso que los otros; no es sino hasta el final que se ve que puede convertirse en tragedia.
La cinta es muy buena, entre las mejores de Infante, y su actuación es extraordinaria, con el pequeño inconveniente de que no se le creen las escenas de borrachera; si alguien camina con tanto zigzagueo, más bien se cae; su dicción tampoco es real; pero en los otros momentos, cuando teme emborracharse, cuando se le ve tan dubitativo, tan apocado, es mucho más verosímil que cuando la hace de criado malcriado; lo suyo no es la arrogancia, sino el titubeo. Es muy natural cuando ve que el mundo se le cae encima, cuando no puede responderle a Magda Guzmán, cuando encuentra a un Soler displicente, cuando ve a sus hermanos desamparados, cuando ofrece un cinco al menor, a quien no había conocido, cuando Santoveña estalla en lágrimas cuando lo ve.
Sus alternantes están tan bien como él; Soler y Ruvinsky no tienen falla y explotan al máximo las oportunidades de su papel; Soler, en su enfrentamiento con Infante, llega a superar a su hermano Fernando en La oveja negra, y Ruvinsky está en su mejor momento, ni exagerado como en Pepe el Toro, ni sobreactuado como Santo en la invasión de los marcianos. Manuel Dondé y Nacho Contla están muy bien. Pero lo mejor de la cinta son las tres alternantes de Infante: Granados, Guzmán y Prado.
“La vida no vale nada” ("Camino de Guanajuato", por mal nombre) remata cada uno de los episodios donde el conflicto lo lleva al alcoholismo; aunque la canción no habla específicamente de borrachera, relata un largo camino de desolación, y los obstáculos a los que se enfrenta el narrador; José Alfredo Jiménez es uno de los mejores compositores mexicanos, aunque la música sea casi la misma en varias piezas no menores: “Amarga Navidad”, “El tren sin pasajeros”, “La que se fue” y la maravillosa “La noche de mi mal”, sin letra, son casi la misma; tiene algunas frases emblemáticas: “de mis manos sin fuerza cayó mi copa sin darme cuenta”, “otra vez a brindar con extraños”, “caminé llorando a mares donde no me vieras tú”, entre otras, resumen el sentimiento del vacío amoroso, la sensación de pérdida; sin embargo, las letras, sin la música, no dicen nada; es la conjugación de ambas lo que lo hace bueno; “La vida no vale nada” comienza como una canción más, pero tiene giros inesperados; un verso como “vete rodeando veredas” es una metáfora no del caminante, sino de una actitud ante la vida de quien no puede enfrentarse a retos a veces insoportables, como la pérdida del amor, tan frecuente en Jiménez; lo he dicho ya varias veces: me parece que muchos de esos versos fueron sugeridos, corregidos, enmendados o aprobados por gente de talento literario y que, con las distancias debidas, relató lo mismo con mejor mano literaria, y con la misma intensidad que él; no puedo afirmarlo, pero no puedo dejar de pensar en Rubén Bonifaz Nuño, alguien que habló del amor y del desamor con la misma pasión que Jiménez, y que gustaron de los mismos lugares de la vieja ciudad de México de los años cincuenta; pudo haberse dado ese encuentro; Albur de amor, un extraordinario libro de poemas de Bonifaz Nuño, tiene versos que parecen citar canciones de José Alfredo. Éste, por su parte –también ya lo dije en otro lado– llevó la canción rural a la ciudad, cambió el camino árido por las calles desiertas a medianoche, y en vez de tambora necesitó de rockola. Sus personajes pueden ser campesinos, pero sus canciones son más adecuadas para oficinistas que lamentan en una cantina los desplantes de las ingratas que, ellas sí, indiscutiblemente, son las protagonistas de esas canciones.
Para muchos, ésta es la mejor cinta de Pedro Infante; no es fácil encontrar una mejor que ésta, y como actor, alcanzó con brillantez el cumplimiento del papel más difícil de su carrera. Y sí, merecía mayor popularidad que Escuela de vagabundos.
domingo, 29 de agosto de 2010
Pacheco, en tres tiempos


¿Cuál es la diferencia entre que un gato sea existencialista, y que el gato haya inventado el existencialismo? ¿Y qué es un gato?: ¿la oportunidad de acariciar al tigre –y de citar a Baudelaire?
Las posibilidades de leer a José Emilio Pacheco son infinitas, y no las conocemos todas; la presencia del gato da oportunidad de explorar una de ellas.
El verano de 1957 apareció el sexto número de la revista Estaciones, con la dirección colectiva (en orden alfabético) de Alí Chumacero, Alfredo Hurtado, José Luis Martínez, Enrique Moreno de Tagle, Elías Nandino, Salvador Reyes Nevares y Carlos Pellicer; los editores eran Elías Nandino y Alfredo Hurtado, y tenía un suplemento, “Ramas Nuevas”, en este número coordinado por Pacheco. “Ramas Nuevas” (“cuyo nombre siempre me acompañará”) presenta varias reseñas bibliográficas de Pacheco, quien se definió como “aunque hoy nadie lo crea”, un rebelde-sin-causa-de-la-literatura, y “rompí el fuego contra la primera antología de cuentos que en 1957 elaboró Emmanuel Carballo”.
En ese número hay notas de Rafael Solana sobre Jaime Torres Bodet, poemas de éste, así como uno de Villaurrutia y unos fragmentos de un cuaderno, también de XV; sonetos de Pellicer, de Mercedes Durán y poemas de Elena Poniatowska, y cuentos de José Martínez Sotomayor, de Guadalupe Dueñas, Enrique Creel, Volga Marcos, Moreno de Tagle, y ensayos de César Falcón y de Leopoldo de Luis, éste sobre Vicente Aleixandre.
Se incluye el primer número de “Ramas Nuevas” (en números subsiguientes se suma Monsiváis, la primera de varias colaboraciones conjuntas a lo largo de muchos años) se publican poemas de Carmen Alardín, Francisco Galerna, María S. Harring, y un cuento de Alfonso de Neuvillate, posteriormente crítico e historiador de arte; lo más importante, el primer cuento de Pacheco, “Tríptico del gato”.
En el otoño del año siguiente apareció el primer título de Pacheco, plaquette de 16 páginas, incluyendo portadilla y colofón (La sangre de Medusa de José Emilio Pacheco es el número 18 de los Cuadernos del Unicornio. Se acabó de imprimir el día 22 de noviembre de 1958 en los talleres del maestro tipógrafo Manuel Cañas [Lerma 303], de México 5, D.F. Se tiraron 400 ejemplares sobre papel Fiesta de 80 kgs con tipos Bodoni de 12 / 12 puntos. Juan José Arreola, editor.) (Ya no se acostumbra la acotación del tipo de papel, ni menos de la familia tipográfica. La muy hermosa Bodoni no aparece en los catálogos de las familias tipográficas de los programas de computadora; la menos fea es Times Roman, y las variaciones de Garamond están muy abiertas, muy delgadas y exagerados los rasgos.) Incluía dos relatos: “La noche del inmortal” y el que da título al libro.
Los 400 ejemplares desaparecieron en relativamente poco tiempo; en los años sesenta, fuera de la Casa del Lago, vendían ejemplares de la colección; mi ignorancia impidió que adquiriera algunos de ellos, pero ya no estaba el de Pacheco.
Esa carencia se subsanó, en parte, con la reedición de La sangre de Medusa en la Colección El Pozo y el Péndulo (título de un cuento de Edgar Allan Poe), de la editorial Latitudes, editado por Carlos Isla y Ernesto Trejo (La sangre de Medusa, de José Emilio Pacheco, se terminó de imprimir el día 30 de junio de 1978, en los talleres de Imprenta Zavala, San Ildefonso y Carmen, México 1, D.F. Tiro de mil ejemplares.) (El 30 de junio de 1978 Pacheco cumplía 39 años; lo más probable es que esa fecha haya sido consignada por el aniversario; los colofones eran un juego, guiños secretos entre el editor y sus autores, sus amigos, familiares; hay que ver los colofones de las primeras ediciones de Carlos Fuentes; luego los detallo, pero muchos aparecieron oficialmente en días festivos; también hay que acotar que esos mil ejemplares desaparecieron en poco tiempo y esta edición, nunca reimpresa, se ha vuelto casi tan codiciada como la de los Cuadernos del Unicornio; Pacheco ha editado algunos otros títulos en ediciones limitadas aunque después incluidos en otros libros: Al margen, Prosa de la Calavera, Jardín de niños, Fósforos.)
En 1990, en Ediciones Era (“como Dios manda”, dijo Emilio García Riera) apareció La sangre de Medusa, una primera edición de tres mil ejemplares; en la portada interior se completa el título: “y otros cuentos marginales”. Los tres primeros relatos son “Trilogía del gato”, “La sangre de Medusa” y “La noche del inmortal”. Inicia con una nota, “La historia interminable” (alusión a un libro de moda pocos años antes, de Michael Ende), que habla del origen de los relatos; me detengo en los tres primeros; dice Pacheco que nunca un libro tan breve ocupó voluntariamente tantos años, porque los textos fueron apareciendo en diversas publicaciones, sin intención de formar un volumen; a lo largo de 34 años; el más antiguo lo fecha en 1956, la “Trilogía del gato”; es y no es el mismo texto; ya se sabe que Pacheco reescribe, adecua, corrige; y sí, son los mismos textos, pero distintos; en éste las diferencias son notables, pero no lo hacen otro; el primero de los tres fragmentos es el más fiel a lo largo de 35 años, sólo está más afinado; ¿qué es lo que afina? Las frases del cuento publicado en Estaciones son más contundentes; en el libro, más afiladas; en el primero se insinúa que el hombre es un gato imperfecto que con el fluir de los siglos lo superó al encontrar la facultad de la comunicación; en el segundo, que el gato inventó a los humanos, pero por un error ignorado (frase también en el original) creó gatos imperfectos; en el segundo desaparece un adjetivo: “hipócrita”; en el segundo hay una frase que me parece (por puro subjetivismo, pero también por influencia literaria) errónea: el perro es verdugo del gato: en campo abierto, así como es imposible detener a un ala cerrada, un gato vencerá al perro, lo cansará, se burlará de él, no dejará que lo atrape, y le causará heridas no graves, pero humillantes.
Las correcciones no son de estilo; difícilmente podría corregirse un cuento que, a los 17 años del autor, tiene pocas fallas, es de una fluidez envidiable, está escrito con gran seguridad, y lleno de frases eficaces y memorables; cuando mucho, hay una distancia que a los 50 años de edad acortó; hay mayor simpatía por el gato que a los 17 años.
El segundo fragmento, “El gato en la noche”, es muy diferente; en La sangre de Medusa es una lección de cómo la información enciclopédica, la cultura y el manejo de los conocimientos y de la observación se convierten en literatura; en el cuento de Estaciones hay un manejo impecable del erotismo sin ninguna descripción, solamente una evocación del amor sensual, entre gatos, y de paso entre humanos.
El tercero, “Los tres pies del gato”, es otra vez el mismo y es distinto: los diálogos son los mismos, así como la anécdota; en Estaciones es menos directo, no aborda la violencia que se desata en un instante, y en el libro la escena es brutal; en el primero hay una condena, en el segundo una acusación, ambos sobre la soberbia, la ignorancia, los caprichos, y la invencibilidad del gato; personalmente prefiero la descripción de la madre del protagonista, en la primera versión: “muchacha rica pero falta de instrucción”, que la del libro: “una joven rica que no tuvo oportunidades de instruirse”
No es la única mención de los gatos en Pacheco; acoto unas pocas: en El viento distante hay un relato, “El Parque Hondo”, en el que Arturo odia a la gata de su tía Florencia, con quien vive; la gata, consentida, se comió un ratón blanco que Arturo había comprado a la salida de la escuela; Florencia un día le encomienda que lleve a la gata al veterinario, a que la duerman; su amigo Roberto lo convence de que la maten ellos y se queden con los 20 pesos que deben pagar al médico; la gata, como en “Los tres pies del gato”, se escapa de la muerte y se pierde; en la noche se le aparece a Arturo, regresando acusatoriamente; Arturo aparece en Las batallas en el desierto, como uno de los amigos no bien vistos por la familia de Carlitos.
En algunos poemas regresan los gatos: “Gato”, “Gatitud”, “Proverbio árabe”, “Para quien vive entre murallas y guardias”, “Álbum de zoología”, “Rattus norvegicus”, “El fantasma”, “Mariposa”, “El suplicante” y uno o dos más que se me escapan. Como colofón, el hermoso texto que escribió para Gatomaquia, libro que en 1961 publicó la Librería Madero con dibujos de Vicente Rojo sobre el tema; tema que no es el único, pero sí de los más importantes de Pacheco.
La sangre de Medusa abre, tanto la edición de Los Cuadernos del Unicornio como la edición de El Pozo y el Péndulo, con "La noche del inmortal"; de nuevo, entre estos dos relatos las diferencias son pocas; es muy distinta la incluida en la edición de Era; mínimas variantes de una historia con muchas claves, dos vidas que son paralelas y al mismo tiempo divergentes, dos hombres igualados ante la muerte luego de que son el reverso de la otra; la gloria minimizada y la inmortalidad ganada por motivos tan encontrados que parecen enemigos, y la historia que, pese a ellos, se continúa a lo largo de los siglos; textos borgeanos, que en la edición de Era desentraña las claves, encuentra un nuevo hilo que hace ver al lector que el destino es inevitable, así se tarde 30 siglos en cumplirse; una diferencia radical, más allá de las formales; en las dos primeras versiones, un texto esencial hallado luego de la ejecución de uno de los protagonistas, es intraducible por la ignorancia del idioma original por parte de quien lo encuentra y resguarda; en la tercera versión no es necesario que lo traduzca, porque domina el idioma original (por cierto, la frase “por su ignorancia del dialecto jónico” volvemos a hallarla en No me preguntes cómo pasa el tiempo, casi igual “Orbes de música verbal/ silenciados/ por mi ignorancia del idioma”). Las dos primeras versiones, misteriosas y sugerentes, se descubren implacables, feroces, en la tercera. ¿Hay posibilidad de escoger una sobre las otras dos? Para mí, no.
“La sangre de Medusa” vuelve a alternar dos historias paralelas, distintas en el tiempo y en la forma, idénticas en el resultado: la de Perseo que luego de vencer lo invencible, es derrotado por el paso del tiempo, ve con melancolía y con dolor cómo se acaba lo que en un tiempo fue lo más glorioso, y cómo la belleza se convierte en un recuerdo cruel, que se alterna con otra historia, contemporánea: el hombre humillado por una mujer tiránica que ha minimizado su vida, lo ha esclavizado en el horror, y al fin la mata (en las dos primeras versiones, de seis cuchilladas; en la tercera, de siete) para luego hundirse en la locura, pero una locura lúcida; las dos primeras tienen pequeños cambios; en la tercera hay más: la pareja contemporánea ya no vive en una vecindad de la calle Argentina, sino en la calle de Uruguay, que de muchas maneras es más acorde con los rumbos de los relatos de Pacheco; es más explícita, pero sólo se nota leyendo cada frase y comparándolas entre sí; las diferencias son consecuencias de tres décadas de observación tenaz de la vida, se entiende mejor la tristeza de los dos protagonistas, es más claro el paralelo entre la vida de un héroe (en el sentido de la mitología) y de un derrotado (de la vida moderna); las observaciones son más agudas, y la sensación que deja en el lector es más profunda, en el sentido del paso del tiempo, de la imposibilidad de vencer al destino, en la tragedia del desamor. Es cierto; lo asombroso es que un joven de 18 años haya tenido tanta maestría, tanta agudeza, tanto talento, que sobreviva tres décadas sin que se le pueda objetar mucho; sólo Pacheco mismo pudo hacerlo.
Con cada relectura se encuentra uno, con algunos escritores, que los horizontes se amplían; se topa uno con aspectos o que no habíamos visto o no habíamos entendido en su cabalidad; se encuentran lazos que conectan temas que no son tan visibles, pero que han estado presentes, y ha sido nuestra culpa si no los habíamos descubierto; sucede con Faulkner, con Balzac, con Greene, con Carlos Fuentes, con Cervantes, con Octavio Paz; el universo que se revela con Pacheco es tan amplio que mucho me temo no tengamos capacidad para vislumbrarlo todo; solemos, con toda la torpeza posible, separar los géneros que aborda; hablamos del Pacheco poeta, del narrador, del crítico, del historiador, del periodista, del ensayista; pero es uno solo, sin importar el género, porque sus obras dialogan entre sí: una pregunta en un poema tiene respuesta en un cuento, o en un ensayo, o en un prólogo.
En estos tres cuentos, escritos casi en la adolescencia, están presentes varios de sus temas: la fugacidad, la imposible permanencia (de la vida, del amor, de la belleza), la amistad, la traición, la superioridad de los animales, la permanencia de la literatura.
En su carta prólogo a la poesía de José Carlos Becerra, Octavio Paz manifiesta asombro por la madurez del tabasqueño, y se muestra “apenado” por sus primeros poemas comparados con los de Becerra; no otra cosa puede uno pensar de las primeras obras de Pacheco.
Espero algún día expresar mi azoro, pero descubrir todas las rutas secretas, todas las correspondencias entre cada poemas, relato, novela, ensayo, de Pacheco.
domingo, 22 de agosto de 2010
¡Aguas con el tricentenario!
El tercer centenario del nacimiento de una nación debe celebrarse de manera majestuosa, y sobre todo exaltando sus más auténticos valores; por ello, Neutralia, un país que logró mantenerse neutral durante la segunda Guerra Mundial pese a las presiones del Eje o de los Aliados para contar con su apoyo, acude a las máximas autoridades en el conocimiento de Belorio, un oscuro escritor del siglo XVII, autor de una obra poco sólida y menos conocida aún, para que participen en los festejos.
La máxima autoridad resulta ser Scott-King, un profesor “de clásicas” en Granchester, Inglaterra; con 21 años de experiencia docente, ha visto frustrados sus intentos por reivindicar, o mejor, dar a conocer a Belorio a las nuevas generaciones; lo han rechazado editoriales, revistas especializadas o de divulgación; él mismo ha ido olvidando a su autor, cuando le llega la invitación de una universidad de Neutralia; duda, pero termina aceptando, para su desgracia.
Ése es, a muy grandes rasgos, la trama de Neutralia. La Europa Moderna de Scott-King (Scott-King’s Modern Europe), una novela inesperada de Evelyn Waugh; inesperada porque fue escrita y publicada entre Retorno a Brideshead y Los seres queridos, dos novelas mayores del inglés, autor de obras que alteran el orden, lo revuelcan y ponen de cabeza el mundo real e ideal.
La presente, editada por menoscuarto ediciones y traducida por Carlos Villar Flor, no es la primera versión en español; en 1953 fue traducida por J.R. Wilcock, más conocido como traductor que como poeta, y que puso en español novelas policiales y otras, como El paso a la India, obra maestra de E.M. Forster; esa primera edición se tituló La nueva Neutralia, por Ediciones Criterio. Pero ha tenido escasa difusión en español si se compara con otras obras, como Decadencia y caída, Cuerpos viles, Merienda de negros, Un puñado de polvo, Más banderas y la prodigiosa Primicia, retraducida como ¡Noticia bomba!, a la manera de Anagrama que quién sabe a qué idioma traduce.
(En la muy reciente edición de Oficiales y caballeros, para Cátedra, el mismo especialista Carlos Villar Flor enumera las traducciones al español, e incluye versiones cinematográficas, pero sólo las de Sword of Honour, las dos versiones, una de ellas con guión de William Boyd; no incluye las versiones cinematográficas de Decadencia y caída, Merienda de negros, Retorno a Brideshead, Un puñado de polvo, y sobre todo Los seres queridos, de Tony Richardson; hay varias series televisivas basadas en Primicia y Brideshead.)
El propio panegirista Villar Flor considera Neutralia como una obra menor; comparada con la anterior y con la posterior, puede que sí; sin embargo, comparte con ambas el mismo espíritu crítico que lleva al extremo la situación que surge de la trama; si bien Brideshead tiene un aliento más romántico que trágico, y evidencia el descubrimiento de lo religioso, apunta todas las contradicciones de la vida sentimental; y Los seres queridos es, por el contrario, la desdramatización de una historia sentimental, con el toque más macabro que uno pueda concebir. Neutralia no llega a tanto, pero casi.
No sólo ridiculiza los intentos de una nación por sacralizar lo baladí, por enaltecer a un escritor que nunca hizo nada sobresaliente, y que al parecer le interesa a un solo estudioso en el mundo; ¿el pretexto? La conmemoración del tricentenario, y con ello todo cuanto sea posible exaltar; en la prosa brillante de Waugh se ven ridículas las actitudes de las autoridades gubernamentales de un país que presume de lo que no tiene, que monta una escenografía para engañar a los visitantes, que hace solemnes todos sus actos al grado de sacrificar a sus invitados a sesiones maratónicas de autoexaltaciones y autoelogios sin permitirles descanso ni una pausa para mitigar el hambre; que aprovechan todo resquicio para hablar bien de sus supuestos logros democráticos que en realidad esconden pobreza, autoritarismo y represión; no engañan a nadie, pero los invitados disimulan, y ni siquiera por agradecimiento de la invitación.
Ellos también son ridiculizados; lo peor es que el protagonista, el pobre Scott-King, es el único de buena fe, y cree que lo invitan por su prestigio de ser el mejor conocedor de la obra de un escritor digno del olvido (aunque célebre en su tiempo), pero en realidad no hay tal honor, sino el deseo oficial de lucirse; los otros conocedores no sólo desconocen a Belorio, sino que lo llegan a confundir con un personaje de una novela más o menos reciente de Robert Graves, contemporáneo de Waugh (en esta breve novela hay multitud de citas y homenajes, a veces irónicos, las más de las veces sinceros); no son especialistas, sólo van a hacer bulto, a hacerle el caldo gordo a las autoridades siniestras de Neutralia; los intelectuales invitados son unos auténticos gorrones, que tienen su castigo cuando acaban los festejos, porque quedan cautivos o prisioneros, o abandonados a su suerte.
Los diálogos están llenos de equívocos, pero no como en Primicia o en Decadencia y caída; aquí parecen mal intencionados, y los políticos aprovechan cualquier duda para presumir de logros inventados o cuando menos exagerados. No parecerían seres reales, de lo grotesco que son, pero aparecen en otros libros de Waugh, como Un puñado de polvo, como en Primicia o como en los libros de viajes (Gente remota, Noventa y dos días), primitivos que se sienten civilizados y que están nacionalistamente orgullosos de su país, y que fuera de la solemnidad del tricentenario, se rebelan salvajes, represores, incapaces de escuchar.
¿Puede uno reírse de eso? Waugh hace reír incluso de las situaciones más dramáticas; por Los seres queridos uno queda inmunizado en gran medida contra las historias de amor, y enaltece las historias de odio, que no son más que las de amor insatisfecho; en Primicia todo se desata (una historia que parece exagerada, pero muchos años después García Márquez vivió algo parecido) por una escena de celos y venganza, que se frustra y se desvía por la torpeza de una secretaria y la ingenuidad del protagonista; en Decadencia y caída todo es una cadena de equívocos que llevan a un hombre a una serie de tropiezos que parece interminable, aunque algo inesperado da un vuelco en su vida (algo parecido sucede en Los relámpagos de agosto, sólo que en Waugh es más extremo que Ibargüengoitia); en Waugh las tragedias no son tales; lo grave de ellas es la desesperanza; Scott-King llega a pensar que pasará el resto de su vida en un hotel de segunda, sin ingresos, o luchando por un puesto burocrático con otros igual a él, acumulando chambas y en espera de que no caiga de la gracia de los jefes, o que éstos no sean destituidos. ¿A qué se parece?
Nos reímos de cuestiones grotescas; es tanta la pobreza en Neutralia, que en el banquete de recepción la comida no le llega a los invitados: es devorada por los meseros; las peticiones en realidad son órdenes, y si los invitados no las cumplen caen en desgracia; de pronto se ven envueltos en grescas, sin saber por qué ni cómo evadirlas.
Neutralia, a lo largo de su historia, ha sufrido “guerras dinásticas, invasiones extranjeras, sucesiones disputadas, colonias sublevadas, sífilis endémicas, suelo empobrecido, intrigas masónicas, revoluciones, restauraciones, cábalas, juntas, pronunciamientos, liberaciones, constituciones, golpes de Estado, dictaduras, asesinatos, reformas agrarias, elecciones populares, intervención extranjera, cancelación de préstamos, inflaciones de moneda, sindicatos, masacres, incendios, ateísmo, sociedades secretas… [agréguense] tantas miserias personales como se desee… de aquí surgió la presente república, un típico Estado moderno gobernado por un partido único… que mantiene a una vasta burocracia mal pagada cuyo trabajo se mitiga y humaniza por la corrupción…”. No termina allí el recuento de algo que, ni modo, nos parece muy conocido.
La novela es breve, pero igualmente compleja; se le asesta a los personajes tantos golpes que no es fácil asimilarlos; nos reímos todo el tiempo, pero a veces la risa es nerviosa; lo que le sucede a Scott-King es de temer, como una tarde en una oficina de gobierno donde los funcionarios acusan a los ciudadanos de un delito que no es delito y que además nadie sabe cómo lo cometió, si es que lo cometió, si es que es delito y si no es una extorsión, o simple abuso de poder.
No hay que olvidar que pocos años antes, Waugh había visitado México, patrocinado por compañías petroleras, para que describiera el país y desprestigiarlo; su retrato es feroz, pero no podemos decir que falso. ¿Lo habrá tenido en la mente cuando escribió esta novela?
No suelo decir el final de los libros; en este caso, ni siquiera podría caer en la tentación; las fichas bibliográficas dicen que la novela tiene 112 páginas; mi ejemplar, y los otros ejemplares a la venta en el DF tienen 107, y aunque termina en punto y aparte, da la impresión de que falta un remate, así que no sé si lo terminé de leer o me faltan cinco páginas, de una lectura que disfruté, tanto como me angustió. ¿Así serán las fiestas del bicentenario?
Posdata: el sábado hubo cinco blanqueadas en las Ligas Mayores; ayer domingo otras seis, una de ellas 1-0, el trigésimo o trigésimo primer juego de la temporada con ese marcador; de esas diez blanqueadas, cuadtro fueron juegos de menos de cuatro hits. No se sabe si el solo control de esteroides redujo jonrones y altísimos porcentajes de bateo, o si hicieron pelotas más adecuadas a las reglas. ¿Se imaginan si vuelven a subir la altura del montículo? ¿Y si controlan el acceso a las ninfetaminas?
Segunda posdata: Francisco Rodríguez fue aprehendido, multado y suspendido, y luego expulsado, por dirimir a golpes una discusión con su papá de su novia. Lo peor es que se produjo en el intercambio de argumentos una lesión en el tendón del pulgar derecho, por lo que ni siquiera puede agarrar bien la pelota; esa misma lesión la sufro desde hace tres meses, y apenas puedo escribir y firmar los recibos; a esa lesión acháquenle por favor errores y erratas. Y repito la frase de Pedro Infante en Los tres García: "perdona las faltas de ortografía, pero es que tengo la mano lastimada".
La máxima autoridad resulta ser Scott-King, un profesor “de clásicas” en Granchester, Inglaterra; con 21 años de experiencia docente, ha visto frustrados sus intentos por reivindicar, o mejor, dar a conocer a Belorio a las nuevas generaciones; lo han rechazado editoriales, revistas especializadas o de divulgación; él mismo ha ido olvidando a su autor, cuando le llega la invitación de una universidad de Neutralia; duda, pero termina aceptando, para su desgracia.
Ése es, a muy grandes rasgos, la trama de Neutralia. La Europa Moderna de Scott-King (Scott-King’s Modern Europe), una novela inesperada de Evelyn Waugh; inesperada porque fue escrita y publicada entre Retorno a Brideshead y Los seres queridos, dos novelas mayores del inglés, autor de obras que alteran el orden, lo revuelcan y ponen de cabeza el mundo real e ideal.
La presente, editada por menoscuarto ediciones y traducida por Carlos Villar Flor, no es la primera versión en español; en 1953 fue traducida por J.R. Wilcock, más conocido como traductor que como poeta, y que puso en español novelas policiales y otras, como El paso a la India, obra maestra de E.M. Forster; esa primera edición se tituló La nueva Neutralia, por Ediciones Criterio. Pero ha tenido escasa difusión en español si se compara con otras obras, como Decadencia y caída, Cuerpos viles, Merienda de negros, Un puñado de polvo, Más banderas y la prodigiosa Primicia, retraducida como ¡Noticia bomba!, a la manera de Anagrama que quién sabe a qué idioma traduce.
(En la muy reciente edición de Oficiales y caballeros, para Cátedra, el mismo especialista Carlos Villar Flor enumera las traducciones al español, e incluye versiones cinematográficas, pero sólo las de Sword of Honour, las dos versiones, una de ellas con guión de William Boyd; no incluye las versiones cinematográficas de Decadencia y caída, Merienda de negros, Retorno a Brideshead, Un puñado de polvo, y sobre todo Los seres queridos, de Tony Richardson; hay varias series televisivas basadas en Primicia y Brideshead.)
El propio panegirista Villar Flor considera Neutralia como una obra menor; comparada con la anterior y con la posterior, puede que sí; sin embargo, comparte con ambas el mismo espíritu crítico que lleva al extremo la situación que surge de la trama; si bien Brideshead tiene un aliento más romántico que trágico, y evidencia el descubrimiento de lo religioso, apunta todas las contradicciones de la vida sentimental; y Los seres queridos es, por el contrario, la desdramatización de una historia sentimental, con el toque más macabro que uno pueda concebir. Neutralia no llega a tanto, pero casi.
No sólo ridiculiza los intentos de una nación por sacralizar lo baladí, por enaltecer a un escritor que nunca hizo nada sobresaliente, y que al parecer le interesa a un solo estudioso en el mundo; ¿el pretexto? La conmemoración del tricentenario, y con ello todo cuanto sea posible exaltar; en la prosa brillante de Waugh se ven ridículas las actitudes de las autoridades gubernamentales de un país que presume de lo que no tiene, que monta una escenografía para engañar a los visitantes, que hace solemnes todos sus actos al grado de sacrificar a sus invitados a sesiones maratónicas de autoexaltaciones y autoelogios sin permitirles descanso ni una pausa para mitigar el hambre; que aprovechan todo resquicio para hablar bien de sus supuestos logros democráticos que en realidad esconden pobreza, autoritarismo y represión; no engañan a nadie, pero los invitados disimulan, y ni siquiera por agradecimiento de la invitación.
Ellos también son ridiculizados; lo peor es que el protagonista, el pobre Scott-King, es el único de buena fe, y cree que lo invitan por su prestigio de ser el mejor conocedor de la obra de un escritor digno del olvido (aunque célebre en su tiempo), pero en realidad no hay tal honor, sino el deseo oficial de lucirse; los otros conocedores no sólo desconocen a Belorio, sino que lo llegan a confundir con un personaje de una novela más o menos reciente de Robert Graves, contemporáneo de Waugh (en esta breve novela hay multitud de citas y homenajes, a veces irónicos, las más de las veces sinceros); no son especialistas, sólo van a hacer bulto, a hacerle el caldo gordo a las autoridades siniestras de Neutralia; los intelectuales invitados son unos auténticos gorrones, que tienen su castigo cuando acaban los festejos, porque quedan cautivos o prisioneros, o abandonados a su suerte.
Los diálogos están llenos de equívocos, pero no como en Primicia o en Decadencia y caída; aquí parecen mal intencionados, y los políticos aprovechan cualquier duda para presumir de logros inventados o cuando menos exagerados. No parecerían seres reales, de lo grotesco que son, pero aparecen en otros libros de Waugh, como Un puñado de polvo, como en Primicia o como en los libros de viajes (Gente remota, Noventa y dos días), primitivos que se sienten civilizados y que están nacionalistamente orgullosos de su país, y que fuera de la solemnidad del tricentenario, se rebelan salvajes, represores, incapaces de escuchar.
¿Puede uno reírse de eso? Waugh hace reír incluso de las situaciones más dramáticas; por Los seres queridos uno queda inmunizado en gran medida contra las historias de amor, y enaltece las historias de odio, que no son más que las de amor insatisfecho; en Primicia todo se desata (una historia que parece exagerada, pero muchos años después García Márquez vivió algo parecido) por una escena de celos y venganza, que se frustra y se desvía por la torpeza de una secretaria y la ingenuidad del protagonista; en Decadencia y caída todo es una cadena de equívocos que llevan a un hombre a una serie de tropiezos que parece interminable, aunque algo inesperado da un vuelco en su vida (algo parecido sucede en Los relámpagos de agosto, sólo que en Waugh es más extremo que Ibargüengoitia); en Waugh las tragedias no son tales; lo grave de ellas es la desesperanza; Scott-King llega a pensar que pasará el resto de su vida en un hotel de segunda, sin ingresos, o luchando por un puesto burocrático con otros igual a él, acumulando chambas y en espera de que no caiga de la gracia de los jefes, o que éstos no sean destituidos. ¿A qué se parece?
Nos reímos de cuestiones grotescas; es tanta la pobreza en Neutralia, que en el banquete de recepción la comida no le llega a los invitados: es devorada por los meseros; las peticiones en realidad son órdenes, y si los invitados no las cumplen caen en desgracia; de pronto se ven envueltos en grescas, sin saber por qué ni cómo evadirlas.
Neutralia, a lo largo de su historia, ha sufrido “guerras dinásticas, invasiones extranjeras, sucesiones disputadas, colonias sublevadas, sífilis endémicas, suelo empobrecido, intrigas masónicas, revoluciones, restauraciones, cábalas, juntas, pronunciamientos, liberaciones, constituciones, golpes de Estado, dictaduras, asesinatos, reformas agrarias, elecciones populares, intervención extranjera, cancelación de préstamos, inflaciones de moneda, sindicatos, masacres, incendios, ateísmo, sociedades secretas… [agréguense] tantas miserias personales como se desee… de aquí surgió la presente república, un típico Estado moderno gobernado por un partido único… que mantiene a una vasta burocracia mal pagada cuyo trabajo se mitiga y humaniza por la corrupción…”. No termina allí el recuento de algo que, ni modo, nos parece muy conocido.
La novela es breve, pero igualmente compleja; se le asesta a los personajes tantos golpes que no es fácil asimilarlos; nos reímos todo el tiempo, pero a veces la risa es nerviosa; lo que le sucede a Scott-King es de temer, como una tarde en una oficina de gobierno donde los funcionarios acusan a los ciudadanos de un delito que no es delito y que además nadie sabe cómo lo cometió, si es que lo cometió, si es que es delito y si no es una extorsión, o simple abuso de poder.
No hay que olvidar que pocos años antes, Waugh había visitado México, patrocinado por compañías petroleras, para que describiera el país y desprestigiarlo; su retrato es feroz, pero no podemos decir que falso. ¿Lo habrá tenido en la mente cuando escribió esta novela?
No suelo decir el final de los libros; en este caso, ni siquiera podría caer en la tentación; las fichas bibliográficas dicen que la novela tiene 112 páginas; mi ejemplar, y los otros ejemplares a la venta en el DF tienen 107, y aunque termina en punto y aparte, da la impresión de que falta un remate, así que no sé si lo terminé de leer o me faltan cinco páginas, de una lectura que disfruté, tanto como me angustió. ¿Así serán las fiestas del bicentenario?
Posdata: el sábado hubo cinco blanqueadas en las Ligas Mayores; ayer domingo otras seis, una de ellas 1-0, el trigésimo o trigésimo primer juego de la temporada con ese marcador; de esas diez blanqueadas, cuadtro fueron juegos de menos de cuatro hits. No se sabe si el solo control de esteroides redujo jonrones y altísimos porcentajes de bateo, o si hicieron pelotas más adecuadas a las reglas. ¿Se imaginan si vuelven a subir la altura del montículo? ¿Y si controlan el acceso a las ninfetaminas?
Segunda posdata: Francisco Rodríguez fue aprehendido, multado y suspendido, y luego expulsado, por dirimir a golpes una discusión con su papá de su novia. Lo peor es que se produjo en el intercambio de argumentos una lesión en el tendón del pulgar derecho, por lo que ni siquiera puede agarrar bien la pelota; esa misma lesión la sufro desde hace tres meses, y apenas puedo escribir y firmar los recibos; a esa lesión acháquenle por favor errores y erratas. Y repito la frase de Pedro Infante en Los tres García: "perdona las faltas de ortografía, pero es que tengo la mano lastimada".
domingo, 15 de agosto de 2010
La (des)memoria del Sótano

Ya conté cómo, al entrar a una librería, aun a la Universitaria que tenía muchos empleados, nos ofrecían algo que sabían que nos iba a interesar; este sábado fui a una de las muchas sucursales de El Sótano, y con maldad me acerqué a desbaratar una entretenida plática entre empleados, para pedir el libro que cuenta la historia de la librería; uno de ellos, luego de titubear, fue por el ejemplar; no me preguntó si se me ofrecía algún otro título, sólo me dio un cartoncito con su clave para que supieran quién me había atendido; también por maldad pedí algún libro de Evelyn Waugh; ya sé que mi pronunciación es pésima, por culpa de Miss Gladis, pero en vez de preguntarme por el autor se fue a la computadora y empezó a teclear BOG.
En el libro De Juárez a Quevedo. Páginas de la historia de las librerías El Sótano, edición de Nelio Edgar (sic, sin acento) Paz, se afirma que el cliente es primordial, que nunca han tenido una descortesía; eso era antes, como se dice en las redacciones; cuando uno pedía un título no consultaban nada, iban directo a una mesa o a uno de los libreros y encontraban, generalmente, lo que se les había pedido; pero además sugerían otros del mismo autor o del mismo tema.
No era frecuente que lo hicieran con clientes que conocían la librería, dejaban que uno encontrara y que buscara otras cosas; con mis amigos Rubén Maní, Alejandro Rosales, Patricia Proal, Rodolfo Rodríguez y Jesús Corona nos tardábamos más o menos una hora buscando, escudriñando, expurgando plúteos, anaqueles, mesas arriba y abajo; nunca pude comprar El laberinto, de Robbe-Grillet, pero encontré muchísimos más que ahora provocan envidia de muchos lectores y bibliómanos (las bibliotecas, aparte de la lectura, ¿provocan otro placer que ver la envidia de los rivales?); y la plática con Gerardo López Gallo hacía que pasáramos otra media hora, y como íbamos después de salir de El Habana, ya salíamos después de las 10, 11 de la noche.
Cuando iba Rubén Maní, él nos daba aventón; si no, nos apresurábamos para estar fuera a las 11:45, porque a las 12 salía el último Fundidora o Estrella; si no, había que ir a Reforma a esperar un pesero. Alguna vez la plática se extendió tanto que Gerardo me ofreció aventón, luego de llevar a Irma, la cajera, a su casa en Tlatelolco, y aun nos detuvimos en una cantina en Misterios donde proseguimos la plática hasta las tres de la madrugada. Eso lo cuento en mi parte de El juego de las sensaciones elementales.
Muchos años después tuve la columna "De Librerías" en La Onda, que escribía con seudónimo para que no me sobornaran, pero Félix Moreno que había intuido la autoría le avisaba, ya publicada, a sus colegas, para que la leyeran; cuando hablé de la Librería del Sótano Gerardo me llamó y me invitó a desayunar al café que estaba en la misma dirección de la Librería, al lado, como bien me corrige Marco Pulido, del cine Variedades; llevábamos ya varios años de una amistad si no cercana sí cálida; recordó cuando Jesús Corona le dio un gran descuento en un restaurante de lujo donde realizó una de las mejores operaciones de su vida, y me dijo que le había leído mi columna a sus empleados, porque había algún reproche pues alguno de ellos no encontró un libro que le pedí; siempre trato de que estén al tanto, que se sepan bien la librería, afirmó.
Después del sismo de 1985 casi todas las librerías del rumbo sufrieron un daño, mayor o menor; la Del Prado se fue cayendo hasta desaparecer, en otro rumbo; la Del Sótano se refugió en la San Rafael, sitio inhóspito para librerías, incluida la American Book Store, antes excelente.
Supe que abrieron en Miguel Ángel de Quevedo, pero le fui fiel a la de Avenida Juárez, donde volvió Gerardo con una librería un poco caótica, con algunas ausencias, pero con una calidez que nunca he encontrado en Taxqueña; aun cuando muchos empleados se mostraban tan desinteresados como en una Gandhi, la mayoría de las veces el trato fue cordial, y muchas veces Gerardo salía para saludarme (antes me lo encontré en el Fondo de Cultura Económica, cuando andaba con lo de las librerías México); cuando apareció El juego de las sensaciones elementales fui a buscarlo, porque le dedico gran parte de un capítulo; ya no lo encontré; por De Juárez a Quevedo confirmo que hubo roces que lo llevaron a vender su parte, algo que ya me habían comentado otros libreros.
La Librería Del Sótano no sólo era una librería, sino un sitio familiar, donde se encontraban amigos, donde nos citábamos, y donde platicábamos; ahí me agarró el temblor de enero de 1973, poco después de una comida vegetariana con Chucho Vargas Heredia, y días después del temblor de Nicaragua; la cajera, que no era Irma sino una también muy bonita pero muy arisca, comenzó a gritarle a Roberto suplicándole que detuviera el sismo; le recomendé, y mandó comprar, leche de magnesia para absorber la bilis; pasado el susto, seguí buscando libros pese al consejo de desalojar el local para estar seguros de que no hubiera daños; fue mi librería favorita durante mucho tiempo, y lo siguió siendo incluso en las épocas de mi amistad con Polo Duarte, Raúl Guzmán, Carlos Hernández, Félix Moreno, Antonio Navarrete. Además, como realmente estaba en un sótano, era muy lucidora en la época de las minifaldas de principios a mediados de los setenta.
No menos de mil de mis libros los compré allí, incluida una primera edición de Cantar de ciegos, de Carlos Fuentes, dedicado a un amigo, pese al control que llevaban en la editorial y en la librería.
Pero como sucede en todos lados, la memoria es ingrata; en De Juárez a Quevedo no sólo olvidan muchos rasgos que hicieron de la librería una de las mejores del siglo XX capitalino, sino que desconocen su trayectoria y la deforman. No hay una sola mención a dos sucursales que tuvieron a principios de los setenta, una en Florencia, pequeña y cómoda, cálida y hospitalaria, que pese a todo duró poco; influyó la distancia entre la zona de librerías de Insurgentes, y los centros nocturnos que comenzaban a proliferar; no se había descompuesto la Zona Rosa, pero ya no era zona exclusiva; por el mismo rumbo tuvo mala suerte una efímera sucursal de la Hamburgo, en Tíber, o sea la misma calle pero cruzando Reforma. Otra Del Sótano de fugaz vida estuvo en Leibnitz, que finalmente se convirtió en Contraste y después alojó a una editorial de buenas intenciones. No hay una sola palabra acerca de ellas; si fracasaron, fueron sólo en lo económico, y hubo muchas sin suerte; alrededor de la Zona Rosa sólo duraron la Hamburgo de Insurgentes y Hamburgo, y la De Cristal de Niza, o las especializadas de Arvil y similares; otras duraron menos; y en Polanco sólo las De Cristal de Homero y de Ejército Nacional, por los libros escolares, porque otras han tenido pésima suerte; el Péndulo es más cafetería que librería, y el trato dejen que sea impersonal, es descortés y negligente; me divierto mucho preguntando por libros agotados pero me asombra que no sepan que estén agotados ni quiénes sean los autores (en El Péndulo de Nuevo León, por el contrario, encontramos un empleado eficaz, informado y atento, el primero en tantos años).
Aunque hay agradecimientos a sus empleados en general, y entrevistas autoelogiosas a varios de ellos, no hay el reconocimiento que mereció Roberto (así lo conocíamos todos) que durante los primeros años se encargó de que llegaran los títulos interesantes, que se le diera prioridad a la literatura y las artes, en general, más que a los best-seller, que no dejaban de vender pero sin desplazar a los otros, lo que no sucedía ni en la Bellas Artes ni en Porrúa, donde todos estaban parejos sin destacar géneros, cuando mucho le daban preferencia a los autores o títulos famosos. Si algo distinguió a la Del Sótano fue eso, porque en la añorada De Cristal, en cada pérgola había una especialidad (la sección infantil, que conocí en los cincuenta, estaba presidida por efigies de Bugs y de la Pequeña Lulú; y la literaria era una más de las secciones).
La Del Prado era más exclusiva, y Libros Escogidos tenía otro sentido: libros raros, desconocidos, agotados. La Del Sótano parecía para conocedores, y los empleados, corteses, seguían los dictados de Roberto, que conocía el mercado como pocos, las editoriales, los distribuidores, y a los clientes.
Ya hablando de descortesías, no hay una palabra a El Caballito; sí a la editorial no a la librería, en la Glorieta del Caballito, pequeña como caja de zapatos, pero dinámica y feliz, y que fue el origen de la Del Sótano.
Asombra que quien dice haber pasado toda su vida en la librería afirme que Avándaro era una editorial, cuando en realidad era una distribuidora que se encargaba de la comercialización de Mortiz, Seix-Barral y Ariel antes de la llegada de Ángel Jasanada, y de que estas editoriales tuvieran su sistema propio de distribución; asombra que no se mencione el coctel más famoso de esta librería, que fue el ofrecido a Carlos Seix, que terminó en La Ópera, precisamente donde fue tomada la famosa foto de “La Mafia” que tanto comentan en el libro.
Lo más asombroso es que no haya una sola fotografía de la librería original, y en cambio hay muchas de las gélidas sucursales nuevas, ni de Gerardo López Gallo, la cabeza visible de la empresa cuando menos para el público; asombra que se enorgullezcan más de su competencia con la Gandhi en vez de la épocaen que había una competencia leal entre ella y la Del Prado, Porrúa, Libros Escogidos, y la cercana Zaplana (la que estaba en Juárez ya había desaparecido) y otra en San Juan de Letrán. Asombra que afirmen que daban descuento de 10 por ciento por fidelidad de los clientes, cuando algunos privilegiados obtuvimos uno un poco mayor, desde luego con conocimiento de los López Gallo.
Sobre todo asombra que siempre se refiera a la original, la auténtica, como Librería El Sótano, tratando así de borrar el pasado, cuando era Librería Del Sótano, como muestran los timbres que ponían en la página de cortesía y desprendían en las cajas y que las menciona Teresa Dey, a quien pudieron encargarle el libro, en vez de quien escribe con tantos tropiezos, fallas, con una redacción antiliteraria.
A causa de este libro uno añora más la Librería del Sótano, sobre todo la de la época de las minifaldas.
domingo, 8 de agosto de 2010
Más remembranzas de Libros Escogidos
Hace poco, en sitios inusitados, vi a la venta El año pasado en Marienbad, la cinta de Alain Resnais basada en un guión de Alain Robbe-Grillet, filmada a principios de los años sesenta; no era un caso aislado, y compartía una estética con las cintas más célebres de Antonioni (Eclipse, Desierto rojo, El grito, La aventura, La noche) o de Visconti (Rocco y sus hermanos, El gatopardo, Vagas estrellas de la Osa Mayor); obras densas, complejas, que reflejaban la crisis personal, la incomunicación, la soledad. Había cierto enlace con las cintas de Bergman, precisamente las de aquella época, de mediados de los cincuenta a mediados de los sesenta, y tenía parentesco también con los filmes de Pasolini.
Comparada con las cintas de acción de Mel Gibson, Tom Cruice y demás actores actuales, la película de Resnais resulta lenta, desesperadamente lenta; sólo narra el acoso de un hombre que pretende que una mujer recuerde el romance que sostuvieron un año antes, en la misma ciudad donde se encuentran; comienza con la descripción de ese sitio, frase que se repite hasta la saciedad; parece la misma, pero hay ligeras variantes que no siempre corresponden a las imágenes; los personajes carecen de nombre, y sólo parece importar la pareja central, aunque algunos otros cobran cierto relieve, pero sólo para completar la anécdota principal; a veces los diálogos coinciden con el momento narrado, pero en general parece que describe la acción del pasado, no el actual.
En su recomendación semanal, mi amigo José Xavier Navar insinúa que el film fue y es incomprensible para el público de 1962 y para el actual, aunque no disminuya la belleza plástica; en México Resnais tuvo seguidores, no sólo entre la crítica (en Nouvelle Vague se recogen dos reseñas inteligentes sobre la cinta, una de Salvador Elizondo –no hay que olvidar que su segundo libro, antes que Farabeuf, estuvo dedicado a Visconti– y la otra de Emilio García Riera, pero de seguro hubo más), sino entre los directores jóvenes, y en especial Juan Ibáñez en Un alma pura y en Los Caifanes deja ver su entusiasmo por la cinta; la primera está narrada por cartas de los dos personajes centrales, que a veces hablan a la cámara, pero rememorando la pasión incestuosa; con esa frialdad y distanciamiento relata o atestigua una fiesta con célebridades (Carlos Fuentes narrando un ligue con versos de “La casada infiel”), o una pelea en una cantina (también con palabras de Carlos Fuentes, retroalimentadas de La región más transparente, La muerte de Artemio Cruz, Zona sagrada, Cambio de piel, resumidas en su célebre presentación en Los narradores ante el Público), y la certeza de que el narrador cuenta desde la atemporalidad, y con la conciencia omnipresente y omnisapiente de la tragedia que desde el principio se le da a conocer al espectador.
La influencia no se restringía a lo formal, sino a la necesidad de contar una historia de una manera no tradicional, desde diferentes puntos de vista, desde el testimonio de uno de los protagonistas de un drama, y además rompiendo la estructura tradicional del cine narrativo; alguien expresó que las historias debían tener un principio, un desarrollo y un final, aunque no necesariamente en ese orden. Me acostumbré a ese cine, y el vertiginoso actual puede divertirme, pero a la larga me aburre.
Todo esto, para contar otro episodio de las librerías, de cómo vivíamos en ellas, y de cómo contribuyeron a la formación de nuestras pequeñas bibliotecas.
Aunque no parecieran especializadas, uno buscaba cosas concretas en cada una; en Libros Escogidos encontré varias de las obras a las que más apego tengo, en cuestiones literarias; me veo forzado a repetir, con otras palabras, lo que conté en El juego de las sensaciones elementales, la novela que escribí a cuatro dedos con Gustavo Sainz; una tarde a la semana, por lo regular los martes, Gustavo dedicaba una hora a señalarme los defectos de construcción, de interpretación y algo de gramática elemental en el borrador de mi primera novela, después llamada Háganme lugar; no siempre cumplía, a veces me dejaba plantado porque no se me ocurría llamarle para confirmar, o porque no salía a tiempo de algunos de sus compromisos simultáneos; una tarde, de la que no puedo precisar la fecha pero sí cada una de las palabras que dijimos, me contó que por la mañana le había leído a Polo Duarte una escena de mi novela; dijo que lo dejó impresionado, y me conminó a que fuera esa misma tarde a la librería de Polo, en Avenida Hidalgo, frente a la Alameda. En las autobiografías del mismo Sainz, de Leñero y de José Agustín se hablaba con entusiasmo acerca de Polo; por más que lo retrataban como un desmadroso, su figura imponía respeto.
No era tan alto, y se veía menos alto porque miraba por encima de sus lentes; siempre sonreía, y leía un periódico vespertino, sentado en un banco incómodo tras el pequeño mostrador, en cuya vitrina guardaba los libros más valiosos; el corredor era largo y angosto, y los libreros eran de piso a techo; estaban acomodados por autores, en orden alfabético, y tenía algunas rarezas que se escapaban a la vista de muchos visitantes, cuya galería está conformada por nombres desde entonces célebres; por la época en que lo conocí los más asiduos eran Otaola, Juan Manuel Torres, Gabriel Ramírez, Armando Villagrán, Adrián Brun, Juan Manuel López, Heriberto Juárez, Juan Bañuelos, Raúl Renán, Alberto Bohórquez…
Otaola fue una persona extraordinaria en todo: generosidad, inteligencia, cultura, pero sobre todo el placer de los libros; un doctor Monroy veía con simpatía a quienes gustaban de los libros, y hablaba con sencillez pero con una erudición asombrosa; algún tiempo Guillermo Ochoa lo aprovechó para su programa, y le dieron a la televisión mexicana una dimensión superior; el día que lo conocí, presentados por Polo, me hizo una pregunta que me llega a la mente ahora, a cada rato: ¿le gustaría tener una primera edición del Ulysses?
Con Otaola era obligatorio aprender a leer; en su casa, en la calle de Sullivan, casi frente al entonces hospital para los ferrocarrileros; en su departamento aparentemente minúsculo brotaban libros por todos lados; “todos, menos éste”, y mostraba una Biblia en miniatura; era su respuesta cuando la gente le preguntaba si había leído todos sus libros; una biblioteca viva, pujante, pero ordenada, como nunca he podido tenerla; calaba el gusto de la gente, y sacaba un ejemplar de un escritor casi desconocido, o conocido sólo por él, y leía, con su voz pausada pero no cansada ni metálica, fragmentos intensos, a los que daba aún más intensidad: oye esto de Monica Lange, me decía, y leía tres o cuatro páginas hipnotizantes, embrujantes; o poemas de José Hierro (a quien conocí una mañana gracias a Lourdes Penella; me dedicó su Poesía ya para entonces no Completa, con plumones de distintos colores y dibujos; me recordó las dedicatorias de Ota, floridas y coloridas, aunque usaba una sola pluma), Félix Grande; y aunque me hice de los libros de los que me leyó algo, nunca encontré la intensidad que le daba su voz que no parecía salir de aquel ser menudo pero poderoso.
Algún día me pidió que leyera, por él, una novela deslumbrante, La señorita, de Ramón Nieto; mis ojos cansados ya no pueden entrarle a esto, me dijo: una novela llena de laberintos, trampas, recovecos, salidas falsas, pero no sostenida con palabrería, sino con lenguaje; por esos días, semanas antes o después, Gustavo Sainz puso en mis manos La celosía, de Robbe-Grillet, y Por el canal de Panamá, de Malcolm Lowry en la traducción de Salvador Elizondo; ya para entonces trabajaba con él, y los ratos de ocio o los ocupábamos con charlas sobre “nenas, libros y literatura”, o me dejaba leer; Robbe-Grillet despedazó mi noción de literatura, y la hizo volar en mil fragmentos, cada uno de los cuales debí de seguir para reintegrarlos en un solo núcleo; frenético e hipnotizado, hice esperar a Arturo Jiménez, desesperado para ir a visitar a mi amiga Patricia Proal, hasta que terminé la breve pero dilatada novelita en la que un hombre observa, párrafo tras párrafo, tras la celosía, cómo su mujer baja del auto del que él considera su mejor amigo.
Me fue difícil entrarte a La señorita; cuatro historias se alternan para describir todas las posibilidades de la vida, en diferentes dimensiones; cada semana Ota me recomendaba libros parecidos, pero me pedía que no abandonara otras lecturas aparentemente más lineales. Me temo que no le hice caso: me molestan las novelitas autobiográficas, o que cuentan las aventuras de los abuelos y que son las mismas que vivieron todos los abuelos; o que narran viajes alrededor del ombligo del autor, como si fueran interesantes; a veces dejan ver talento narrativo; la mayoría carece de talento literario.
La tarde-noche que acepté la invitación de Sainz para visitar a Polo Duarte salí lleno de libros de los que nunca había oído; Polo describió la escena de mi novela como si la estuviera leyendo; me interrogó sobre mis lecturas, y me dio dos libros, a crédito (la generosidad de Sainz no era en los salarios; la de Polo era ilimitada), de Thomas Mann: Penas tempranas y Las tablas de la ley; Sainz después me dijo que había apantallado a Polo hablándole de La montaña mágica; aun ahora tengo una colección de títulos de Mann que no encuentro en librerías, aunque debo confesar que me tardé muchos años antes de entrarle a Los Bodenbrook, a la que le tenía prejuicios, y ahora ya no sé cuál de ellos me gusta más.
Entre Polo, Sainz, Juan Manuel Torres y Otaola me daban tantas recomendaciones que caí en el error de leer dos libros simultáneamente, lo que José Emilio Pacheco me aconsejó no volver a cometer porque confundía las tramas y las estructuras. Me temo que ahora a veces no puedo sino desoírlo, y siempre pago las consecuencias.
A Polo y a Otaola debo la pasión por las primeras ediciones, de las que hablaré después, pero la única materia en la que fui superior a Ota fue en la suerte para encontrarlos: el mediodía de un sábado, como era costumbre, nos fuimos en grupo a El Horreo todos los que estábamos en Libros Escogidos; ocupábamos dos mesas que habían juntado los meseros; alguien, creo que Raúl Renán, llegó con la noticia de que acababa de llegar un embarque de Sudamericana a la Librería del Sótano; fuimos todos, pero en dos grupos; no recuerdo quién más iba, pero Otaola y yo entramos juntos, y juntos recorrimos los pasillos de aquella librería que efectivamente estaba en el sótano del edificio que albergaba un café, y el cine Variedades. De la librería y de cómo creció hablaré con detenimiento después; acababan entonces de extenderse, y en un rincón de la última sección habían colocado decenas de ejemplares de Boquitas pintadas, la segunda, excelente, novela de Manuel Puig; todos (debíamos haber sido unos ocho o nueve) tomamos un ejemplar; yo, pegado a Otaola, siguiendo sus recomendaciones; me habló del lenguaje, el estilo, los juegos pirotécnicos del argentino, que había demostrado en La traición de Rita Hayworth; sus palabras, y lo que sucedió después hizo que olvidara qué otros títulos aproveché, no muchos porque los libros llegaban no muy baratos.
Pero al regresar al Horreo todos hojeaban sus libros; Ota vio que su Boquitas pintadas era la segunda edición; en realidad, todos tenían una segunda edición; la mía era una primera edición; años después Puig se asombró de que la tuviera, porque suponía que se había agotado en Argentina y sólo había llegado a México a partir de la segunda.
–Estábamos juntos, la tomamos al mismo tiempo, del mismo librero, y a este hombre le tocó una primera edición y a mí una segunda– decía, aparantando quejarse.
Ofrecí que cambiáramos ejemplares, que él, con tantas primeras ediciones en su biblioteca, merecía tener también ésa.
–De ninguna manera. Si te tocó la primera fue por algo –se negó a aceptar.
Otra tarde alguien nos dijo que había ejemplares del Diccionario de lugares comunes, de Flaubert, en la Librería de Cristal; fuimos Ota, Renán y yo, apenas terminamos la cerveza que disfrutábamos; era la traducción de Alberto Ciria, para la editorial de Jorge Álvarez; compré tres ejemplares, uno para Lourdes, otro para Arturo Valdés Olmedo, y otro para mí; tengo varias versiones diferentes, y hasta con títulos diferentes (Diccionario de tópicos; Diccionario de ideas recibidas; Diccionario de ideas simples); ésta es la mejor; fue el último libro que compré en la Pérgola de la Alameda.
No todo fue tan bueno en Libros Escogidos; durante dos años fui de los amigos más cercanos a Polo, al grado de que comí en su casa varias veces, me regaló la amistad de Chucho Vargas Heredia, y me mostró su bodega secreta, de la que me vendió varios títulos inencontrables, en ediciones rarísimas; una de ellas, Estos trece, hizo palidecer de envidia a Horacio Crespo, el más fanático de los fanáticos de Faulkner, otro de los escritores que leí obligado por Sainz. Luego de esos dos años tuve varios desencuentros con Polo; en una próxima, si Arturo Valdés me da su venia, hablaré de la buena etapa en Libros Escogidos, y de cómo se fue distorsionando.
Hasta la noche del domingo se habían completado 218 blanquedas en esta temporada de las Ligas Mayores, y el juego 28 con marcador de 1-0, además de otro juego de un hit; van cuatro que se rompen en la novena entrada. Aunque Marco Antonio Pulido me exige que ya no hable bien de los pitchers porque luego son apaleados, no puedo evitar que mi entusiasmo por el beisbol regrese, luego de que tantos años con jonroneros artificiales llevaron tanta mediocridad a los diamantes, en beneficio de las grandes entradas; ni tanto, hay dos o tres equipos en bancarrota; a ver si Ebrard compra uno de ellos, como pretendió con el ahora Washington, aunque no haya parque donde jueguen.
Comparada con las cintas de acción de Mel Gibson, Tom Cruice y demás actores actuales, la película de Resnais resulta lenta, desesperadamente lenta; sólo narra el acoso de un hombre que pretende que una mujer recuerde el romance que sostuvieron un año antes, en la misma ciudad donde se encuentran; comienza con la descripción de ese sitio, frase que se repite hasta la saciedad; parece la misma, pero hay ligeras variantes que no siempre corresponden a las imágenes; los personajes carecen de nombre, y sólo parece importar la pareja central, aunque algunos otros cobran cierto relieve, pero sólo para completar la anécdota principal; a veces los diálogos coinciden con el momento narrado, pero en general parece que describe la acción del pasado, no el actual.
En su recomendación semanal, mi amigo José Xavier Navar insinúa que el film fue y es incomprensible para el público de 1962 y para el actual, aunque no disminuya la belleza plástica; en México Resnais tuvo seguidores, no sólo entre la crítica (en Nouvelle Vague se recogen dos reseñas inteligentes sobre la cinta, una de Salvador Elizondo –no hay que olvidar que su segundo libro, antes que Farabeuf, estuvo dedicado a Visconti– y la otra de Emilio García Riera, pero de seguro hubo más), sino entre los directores jóvenes, y en especial Juan Ibáñez en Un alma pura y en Los Caifanes deja ver su entusiasmo por la cinta; la primera está narrada por cartas de los dos personajes centrales, que a veces hablan a la cámara, pero rememorando la pasión incestuosa; con esa frialdad y distanciamiento relata o atestigua una fiesta con célebridades (Carlos Fuentes narrando un ligue con versos de “La casada infiel”), o una pelea en una cantina (también con palabras de Carlos Fuentes, retroalimentadas de La región más transparente, La muerte de Artemio Cruz, Zona sagrada, Cambio de piel, resumidas en su célebre presentación en Los narradores ante el Público), y la certeza de que el narrador cuenta desde la atemporalidad, y con la conciencia omnipresente y omnisapiente de la tragedia que desde el principio se le da a conocer al espectador.
La influencia no se restringía a lo formal, sino a la necesidad de contar una historia de una manera no tradicional, desde diferentes puntos de vista, desde el testimonio de uno de los protagonistas de un drama, y además rompiendo la estructura tradicional del cine narrativo; alguien expresó que las historias debían tener un principio, un desarrollo y un final, aunque no necesariamente en ese orden. Me acostumbré a ese cine, y el vertiginoso actual puede divertirme, pero a la larga me aburre.
Todo esto, para contar otro episodio de las librerías, de cómo vivíamos en ellas, y de cómo contribuyeron a la formación de nuestras pequeñas bibliotecas.
Aunque no parecieran especializadas, uno buscaba cosas concretas en cada una; en Libros Escogidos encontré varias de las obras a las que más apego tengo, en cuestiones literarias; me veo forzado a repetir, con otras palabras, lo que conté en El juego de las sensaciones elementales, la novela que escribí a cuatro dedos con Gustavo Sainz; una tarde a la semana, por lo regular los martes, Gustavo dedicaba una hora a señalarme los defectos de construcción, de interpretación y algo de gramática elemental en el borrador de mi primera novela, después llamada Háganme lugar; no siempre cumplía, a veces me dejaba plantado porque no se me ocurría llamarle para confirmar, o porque no salía a tiempo de algunos de sus compromisos simultáneos; una tarde, de la que no puedo precisar la fecha pero sí cada una de las palabras que dijimos, me contó que por la mañana le había leído a Polo Duarte una escena de mi novela; dijo que lo dejó impresionado, y me conminó a que fuera esa misma tarde a la librería de Polo, en Avenida Hidalgo, frente a la Alameda. En las autobiografías del mismo Sainz, de Leñero y de José Agustín se hablaba con entusiasmo acerca de Polo; por más que lo retrataban como un desmadroso, su figura imponía respeto.
No era tan alto, y se veía menos alto porque miraba por encima de sus lentes; siempre sonreía, y leía un periódico vespertino, sentado en un banco incómodo tras el pequeño mostrador, en cuya vitrina guardaba los libros más valiosos; el corredor era largo y angosto, y los libreros eran de piso a techo; estaban acomodados por autores, en orden alfabético, y tenía algunas rarezas que se escapaban a la vista de muchos visitantes, cuya galería está conformada por nombres desde entonces célebres; por la época en que lo conocí los más asiduos eran Otaola, Juan Manuel Torres, Gabriel Ramírez, Armando Villagrán, Adrián Brun, Juan Manuel López, Heriberto Juárez, Juan Bañuelos, Raúl Renán, Alberto Bohórquez…
Otaola fue una persona extraordinaria en todo: generosidad, inteligencia, cultura, pero sobre todo el placer de los libros; un doctor Monroy veía con simpatía a quienes gustaban de los libros, y hablaba con sencillez pero con una erudición asombrosa; algún tiempo Guillermo Ochoa lo aprovechó para su programa, y le dieron a la televisión mexicana una dimensión superior; el día que lo conocí, presentados por Polo, me hizo una pregunta que me llega a la mente ahora, a cada rato: ¿le gustaría tener una primera edición del Ulysses?
Con Otaola era obligatorio aprender a leer; en su casa, en la calle de Sullivan, casi frente al entonces hospital para los ferrocarrileros; en su departamento aparentemente minúsculo brotaban libros por todos lados; “todos, menos éste”, y mostraba una Biblia en miniatura; era su respuesta cuando la gente le preguntaba si había leído todos sus libros; una biblioteca viva, pujante, pero ordenada, como nunca he podido tenerla; calaba el gusto de la gente, y sacaba un ejemplar de un escritor casi desconocido, o conocido sólo por él, y leía, con su voz pausada pero no cansada ni metálica, fragmentos intensos, a los que daba aún más intensidad: oye esto de Monica Lange, me decía, y leía tres o cuatro páginas hipnotizantes, embrujantes; o poemas de José Hierro (a quien conocí una mañana gracias a Lourdes Penella; me dedicó su Poesía ya para entonces no Completa, con plumones de distintos colores y dibujos; me recordó las dedicatorias de Ota, floridas y coloridas, aunque usaba una sola pluma), Félix Grande; y aunque me hice de los libros de los que me leyó algo, nunca encontré la intensidad que le daba su voz que no parecía salir de aquel ser menudo pero poderoso.
Algún día me pidió que leyera, por él, una novela deslumbrante, La señorita, de Ramón Nieto; mis ojos cansados ya no pueden entrarle a esto, me dijo: una novela llena de laberintos, trampas, recovecos, salidas falsas, pero no sostenida con palabrería, sino con lenguaje; por esos días, semanas antes o después, Gustavo Sainz puso en mis manos La celosía, de Robbe-Grillet, y Por el canal de Panamá, de Malcolm Lowry en la traducción de Salvador Elizondo; ya para entonces trabajaba con él, y los ratos de ocio o los ocupábamos con charlas sobre “nenas, libros y literatura”, o me dejaba leer; Robbe-Grillet despedazó mi noción de literatura, y la hizo volar en mil fragmentos, cada uno de los cuales debí de seguir para reintegrarlos en un solo núcleo; frenético e hipnotizado, hice esperar a Arturo Jiménez, desesperado para ir a visitar a mi amiga Patricia Proal, hasta que terminé la breve pero dilatada novelita en la que un hombre observa, párrafo tras párrafo, tras la celosía, cómo su mujer baja del auto del que él considera su mejor amigo.
Me fue difícil entrarte a La señorita; cuatro historias se alternan para describir todas las posibilidades de la vida, en diferentes dimensiones; cada semana Ota me recomendaba libros parecidos, pero me pedía que no abandonara otras lecturas aparentemente más lineales. Me temo que no le hice caso: me molestan las novelitas autobiográficas, o que cuentan las aventuras de los abuelos y que son las mismas que vivieron todos los abuelos; o que narran viajes alrededor del ombligo del autor, como si fueran interesantes; a veces dejan ver talento narrativo; la mayoría carece de talento literario.
La tarde-noche que acepté la invitación de Sainz para visitar a Polo Duarte salí lleno de libros de los que nunca había oído; Polo describió la escena de mi novela como si la estuviera leyendo; me interrogó sobre mis lecturas, y me dio dos libros, a crédito (la generosidad de Sainz no era en los salarios; la de Polo era ilimitada), de Thomas Mann: Penas tempranas y Las tablas de la ley; Sainz después me dijo que había apantallado a Polo hablándole de La montaña mágica; aun ahora tengo una colección de títulos de Mann que no encuentro en librerías, aunque debo confesar que me tardé muchos años antes de entrarle a Los Bodenbrook, a la que le tenía prejuicios, y ahora ya no sé cuál de ellos me gusta más.
Entre Polo, Sainz, Juan Manuel Torres y Otaola me daban tantas recomendaciones que caí en el error de leer dos libros simultáneamente, lo que José Emilio Pacheco me aconsejó no volver a cometer porque confundía las tramas y las estructuras. Me temo que ahora a veces no puedo sino desoírlo, y siempre pago las consecuencias.
A Polo y a Otaola debo la pasión por las primeras ediciones, de las que hablaré después, pero la única materia en la que fui superior a Ota fue en la suerte para encontrarlos: el mediodía de un sábado, como era costumbre, nos fuimos en grupo a El Horreo todos los que estábamos en Libros Escogidos; ocupábamos dos mesas que habían juntado los meseros; alguien, creo que Raúl Renán, llegó con la noticia de que acababa de llegar un embarque de Sudamericana a la Librería del Sótano; fuimos todos, pero en dos grupos; no recuerdo quién más iba, pero Otaola y yo entramos juntos, y juntos recorrimos los pasillos de aquella librería que efectivamente estaba en el sótano del edificio que albergaba un café, y el cine Variedades. De la librería y de cómo creció hablaré con detenimiento después; acababan entonces de extenderse, y en un rincón de la última sección habían colocado decenas de ejemplares de Boquitas pintadas, la segunda, excelente, novela de Manuel Puig; todos (debíamos haber sido unos ocho o nueve) tomamos un ejemplar; yo, pegado a Otaola, siguiendo sus recomendaciones; me habló del lenguaje, el estilo, los juegos pirotécnicos del argentino, que había demostrado en La traición de Rita Hayworth; sus palabras, y lo que sucedió después hizo que olvidara qué otros títulos aproveché, no muchos porque los libros llegaban no muy baratos.
Pero al regresar al Horreo todos hojeaban sus libros; Ota vio que su Boquitas pintadas era la segunda edición; en realidad, todos tenían una segunda edición; la mía era una primera edición; años después Puig se asombró de que la tuviera, porque suponía que se había agotado en Argentina y sólo había llegado a México a partir de la segunda.
–Estábamos juntos, la tomamos al mismo tiempo, del mismo librero, y a este hombre le tocó una primera edición y a mí una segunda– decía, aparantando quejarse.
Ofrecí que cambiáramos ejemplares, que él, con tantas primeras ediciones en su biblioteca, merecía tener también ésa.
–De ninguna manera. Si te tocó la primera fue por algo –se negó a aceptar.
Otra tarde alguien nos dijo que había ejemplares del Diccionario de lugares comunes, de Flaubert, en la Librería de Cristal; fuimos Ota, Renán y yo, apenas terminamos la cerveza que disfrutábamos; era la traducción de Alberto Ciria, para la editorial de Jorge Álvarez; compré tres ejemplares, uno para Lourdes, otro para Arturo Valdés Olmedo, y otro para mí; tengo varias versiones diferentes, y hasta con títulos diferentes (Diccionario de tópicos; Diccionario de ideas recibidas; Diccionario de ideas simples); ésta es la mejor; fue el último libro que compré en la Pérgola de la Alameda.
No todo fue tan bueno en Libros Escogidos; durante dos años fui de los amigos más cercanos a Polo, al grado de que comí en su casa varias veces, me regaló la amistad de Chucho Vargas Heredia, y me mostró su bodega secreta, de la que me vendió varios títulos inencontrables, en ediciones rarísimas; una de ellas, Estos trece, hizo palidecer de envidia a Horacio Crespo, el más fanático de los fanáticos de Faulkner, otro de los escritores que leí obligado por Sainz. Luego de esos dos años tuve varios desencuentros con Polo; en una próxima, si Arturo Valdés me da su venia, hablaré de la buena etapa en Libros Escogidos, y de cómo se fue distorsionando.
Hasta la noche del domingo se habían completado 218 blanquedas en esta temporada de las Ligas Mayores, y el juego 28 con marcador de 1-0, además de otro juego de un hit; van cuatro que se rompen en la novena entrada. Aunque Marco Antonio Pulido me exige que ya no hable bien de los pitchers porque luego son apaleados, no puedo evitar que mi entusiasmo por el beisbol regrese, luego de que tantos años con jonroneros artificiales llevaron tanta mediocridad a los diamantes, en beneficio de las grandes entradas; ni tanto, hay dos o tres equipos en bancarrota; a ver si Ebrard compra uno de ellos, como pretendió con el ahora Washington, aunque no haya parque donde jueguen.
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