Aunque ha sido muy traducida al español, Doris Lessing no es demasiado conocida; cuando en los años sesenta y setenta la benemérita Seix-Barral publicaba todos sus libros, no se vendía nada bien, y su nombre circulaba sólo entre fanáticos suyos.
Sus novelas, sus relatos, tenían una tendencia muy política: su pentalogía Los hijos de la violencia habla del mundo desde un punto de vista femenino, pero no compasivo ni su voz es de víctima, sino de una luchadora.
Esa tendencia es muy clara desde su primera novela, Canta la hierba (que ahora se vende en un paquete junto con otras cuatro novelas, si no desechables, muy por debajo de ésa, bajo el sello de Ediciones B); pronto comenzó con experimentos no sólo difíciles sino muy radicales, como Instrucciones para un viaje al infierno, alucinante alegoría sobre la mente humana.
Menos densos eran sus relatos que hablan sobre las relaciones amorosas, como Un hombre y dos mujeres o La costumbre de amar, que han sido bien leídos y asimilados por una novelista española muy conocida, Rosa Montero.
De su primera época hay que destacar una de las novelas más emotivas, radicales, del siglo XX, El cuaderno dorado, una de las obras cumbres, a la altura de las más renombradas; en varios cuadernos de distintos colores, una mujer va llevando sus diarios en diferentes aspectos de la vida: la sexual, la intelectual, la doméstica; la política; la conjunción de todos lleva a un cuaderno diferente, el dorado, donde se mezclan todos: es uno de los libros más radicales que se hayan escrito, y contiene una visión feminista muy lejana de la maniquea versión de hombre contra mujer, o de una mujer masculinizada, o revolucionariamente correcta; se trata de uno de los mayores retos, tanto de la comprensión de un ser diferente, lejano de toda visión complaciente, que obliga a pensar en un mundo distinto, sin concesiones.
Ésa es una de sus mayores características: Doris Lessing es una escritora nada complaciente, ni siquiera con ella misma; mujer de izquierda pero distante de todo dogma, en sus novelas recientes ha llevado más lejos aún su visión política; sus personajes son aspirantes a revolucionarios que, 30 años después de sus aspiraciones de cambiar al mundo, siguen chantajeando a sus congéneres, a sus padres; su visión es desalentadora porque retrata a una generación que creyó en los cambios y no hizo nada para conseguirlos, sólo se disfrazó y se creyó iconoclasta, pero esperó que todo lo hicieran los demás.
En otra de sus facetas ha abordado la ciencia ficción, pero no como divertimento ni menos como divertimiento, sino como un espejo de lo que será el mundo (aunque lo llame con otro nombre y lo ponga en un lugar distinto y en una época muy lejana (no necesariamente el futuro), con todas las amenazas actuales convertidas en realidad: el cambio climático, el calentamiento global, pero también el deterioro político que parece que nos llevará hacia el desastre.
También ha abordado el tema de la vejez vista desde la juventud, y al revés, en una visión muy conmovedora acerca de la incomprensión entre dos edades muy distintas, y que es más radical aún que la llamada ruptura generacional entre los adolescentes y sus padres, más violenta, más irremediable.
Cabría apuntar que su sentido del humor no causa risa, sino espanto, como en los grandes humoristas, y se debe añadir su libro sobre sus gatos, que sólo entenderán los amantes de los gatos.
Es una sorpresa que la Academia Sueca le haya otorgado el Premio Nobel de Literatura 2007; en primer lugar, sobrepasa la edad que se había dicho era el límite de 80 años; su pensamiento político resulta incómodo para la izquierda y para la derecha en el poder, y para la izquierda y la derecha que aspiran al poder; sus libros no son para los lectores sentimentales que quieran leer historias conmovedoras de amores logrados o insatisfechos; su visión del mundo es muy amarga, y ha resultado crítica para muchos gobiernos e incluso para escritores que escriben para agradar. No se ha corrompido, no ha cedido a la tentación de la consagración, y sigue siendo tan joven como cuando publicó sus primeros libros, hace más de 50 años. Sigue siendo una inglesa opositora que comprende el difícil mundo del Medio Oriente como pocos occidentales, y no lo condena a priori. Nada en ella es a priori.
Autora de más de 40 libros (alguno con seudónimo, por ser sentimentales), se han traducido poco más de 30 de ellos, aunque no todos circulan y muchos se han agotado sin que se reediten, y otros ni siquiera llegan a nuestras librerías; hay que conseguirlos de las librerías españolas a precios altos porque sus distribuidoras mexicanas no consideran necesario traer más de cinco ejemplares que ni siquiera ponen a la venta, sino para promoción y publicidad. Hay críticos que la leen y confiesan que no saben de quién trata.
Entre los lectores mexicanos pocos han hablado de ella; quien le dedicó varias páginas inteligentes (y poseía toda su obra) fue Rosario Castellanos, quien siguió su pensamiento político y su idea de la literatura, sin copiarla pero asimilándola; Helena Fabián también escribió ensayos luminosos; Sergio Galindo comenzó a leerla y a admirarla; Cristina Pacheco la devoraba, al igual que José Emilio Pacheco, y no muchos más, entre los renombrados.
Hace poco en España se reeditó El cuaderno dorado, que circuló en México a finales de los años setenta en Noguer; a pesar de que su reedición fue hace unos tres o cuatro años, no se le encuentra en las librerías mexicanas; esperemos que, como sucede con otros autores laureados (en el caso del Nobel hay que decir que se trata más bien de un reconocimiento que de un galardón), comiencen a circular sus libros en México.
jueves, 11 de octubre de 2007
domingo, 7 de octubre de 2007
El efecto de los supermercados
A finales de los años cuarenta llegaron a la ciudad de México los primeros supermercados, una cadena que hasta hace poco tiempo aún tenía unas pocas sucursales, y subsisten una o dos, Cemerca; a principios de los sesenta llegó Aurrerá, que Salvador Novo (La vida en México en el periodo presidencial de Adolfo López Mateos) registra con sus ventajas (hacer las compras en un solo lugar, no andar recorriendo un mercado durante casi una hora buscando carnicerías, cremerías, verdulerías, mercerías, fruterías, y en cambio con la posibilidad de encontrar zapatería, ropa, y pagar todo en una sola caja) y sus desventajas (imposibilidad de escoger entre varias marcas, de comprar a granel, de una calidad estándar en todos sus productos).
Después han proliferado, y están por llegar más; han desaparecido, casi, las tiendas, grandes y pequeñas, los comercios especializados (mercerías, papelerías pequeñas, tlapalerías); abundan en cambio los minisúper que se especializan en fast food, en platillos preparados (sándwiches, tortas, sopas instantáneas), la llamada comida chatarra, y refrescos.
En dos obras, la novela El dependiente (The Assistant, 1957) y en el relato corto “El costo de la vida”, incluido en el libro de cuentos Idiot First, 1963), el escritor estadounidense Bernard Malamud (1914-1986; autor, entre otras, de la novela The Natural, que fue llevada al cine en los años ochenta, con Robert Redford en el papel de un beisbolista triunfador en su madurez) describe cómo la apertura de un gran almacén (los actuales supermercados) afecta negativamente la vida de los barrios.
En primer lugar, en ambos relatos causa la ruina de una tienda pequeña, en la que los vecinos adquieren lo necesario para la vida cotidiana (hilos, azúcar, pastas, dulces, lápices, mantequilla), y los dependientes ganan lo suficiente para vivir y para seguir comprando mercancía; lentamente, pero sin remedio, en poco tiempo los ingresos han mermado de tal manera que no pueden resurtir, ni pagar el alquiler, ni siquiera subsistir; sus antiguos clientes ni siquiera se atreven a pasar a saludarlos, los esquivan, avergonzados, pero no vuelven a comprarles nada, atraídos por las supuestas ofertas.
En ellos también hay efectos negativos: carecen de identidad, han perdido a un amigo en su antiguo tendero, quien los conocía, sabía de sus problemas, les fiaba, les hacía rebajas, conocía sus gustos y sus necesidades, y le despachaba conforme a ellas.
El tono de ambos relatos es angustioso, porque el lector presiente el final: la ruina de una familia, la despersonalización de todo un barrio.
(aparecido en El Financiero el 28 de septiembre de 2007, en Informe Especial)
Después han proliferado, y están por llegar más; han desaparecido, casi, las tiendas, grandes y pequeñas, los comercios especializados (mercerías, papelerías pequeñas, tlapalerías); abundan en cambio los minisúper que se especializan en fast food, en platillos preparados (sándwiches, tortas, sopas instantáneas), la llamada comida chatarra, y refrescos.
En dos obras, la novela El dependiente (The Assistant, 1957) y en el relato corto “El costo de la vida”, incluido en el libro de cuentos Idiot First, 1963), el escritor estadounidense Bernard Malamud (1914-1986; autor, entre otras, de la novela The Natural, que fue llevada al cine en los años ochenta, con Robert Redford en el papel de un beisbolista triunfador en su madurez) describe cómo la apertura de un gran almacén (los actuales supermercados) afecta negativamente la vida de los barrios.
En primer lugar, en ambos relatos causa la ruina de una tienda pequeña, en la que los vecinos adquieren lo necesario para la vida cotidiana (hilos, azúcar, pastas, dulces, lápices, mantequilla), y los dependientes ganan lo suficiente para vivir y para seguir comprando mercancía; lentamente, pero sin remedio, en poco tiempo los ingresos han mermado de tal manera que no pueden resurtir, ni pagar el alquiler, ni siquiera subsistir; sus antiguos clientes ni siquiera se atreven a pasar a saludarlos, los esquivan, avergonzados, pero no vuelven a comprarles nada, atraídos por las supuestas ofertas.
En ellos también hay efectos negativos: carecen de identidad, han perdido a un amigo en su antiguo tendero, quien los conocía, sabía de sus problemas, les fiaba, les hacía rebajas, conocía sus gustos y sus necesidades, y le despachaba conforme a ellas.
El tono de ambos relatos es angustioso, porque el lector presiente el final: la ruina de una familia, la despersonalización de todo un barrio.
(aparecido en El Financiero el 28 de septiembre de 2007, en Informe Especial)
A propósito de la FILU 2007
A principios de los años cincuenta, aunque la literatura mexicana entraba de lleno en un periodo de auge bastante espectacular, la industria editorial no ofrecía tantas opciones como para satisfacer ni la oferta ni la demanda.
Las editoriales que se ocupaban de publicar a los escritores mexicanos eran Stylo, cuya producción era excelente, pero limitada; Porrúa Hermanos, que sobre todo se abastecía de los que ya tenían un renombre; el Fondo de Cultura Económica, cuyas colecciones que se nutrían de los mexicanos eran Tezontle, que más bien estaba enfocada a los investigadores y becarios del Colegio de México, y Letras Mexicanas, en donde todos querían publicar (allí editaron Juan Rulfo, Juan José Arreola, Carlos Fuentes, Salvador Novo, Edmundo Valadés), Compañía General de Ediciones (casi limitada, en lo mexicano, a Carlo Coccioli y a Martín Luis Guzmán).
Las otras opciones eran Costa-Amic, que más bien coeditaba y en la que los autores debían financiar cuando menos parte de la edición (por ejemplo, algunas de las novelas de Luis Spota); Los Presentes, pequeña editorial artesanal de Juan José Arreola (donde debutaron, entre otros, Elena Poniatowska, Carlos Fuentes, Ricardo Garibay, y se editaron libros de Julio Cortázar, Otaola, Alfonso Reyes), en donde también los autores ayudaban económicamente al editor, y no muchas otras, entre las que deben considerarse los sobretiros de algunas revistas (América, que publicó los primeros libros de Rosario Castellanos), o debían conformarse con ediciones de autor, subsidiadas por ellos mismos y sus familiares, y obviamente eran libros que no llegaban más que a algunas librerías.
Ya había pasado la época de gloria de Cvltvra, y la UNAM aún no se aventuraba a reeditar las obras de los clásicos noveles, mucho menos de los nuevos valores, y faltaban algunos años para el nacimiento de Joaquín Mortiz, ERA, Siglo XXI, Empresas Editoriales, Diógenes, la mexicanización de Grijalbo.
Por eso fue bienvendida la Editorial de la Universidad Veracruzana, ideada por Gonzalo Aguirre Beltrán, dirigida por Fernando Salmerón, y en su colección Ficción, por Sergio Galindo, quien comenzó a publicar a sus contemporáneos (Emilio Carballido, Rosario Castellanos, Jaime Sabines, Carlo Antonio Castro, Jorge Ibargüengoitia, Luisa Josefina Hernández, Elena Garro) y a los jóvenes de entonces (Juan García Ponce, Sergio Pitol, José de la Colina, Elena Poniatowska, Juan Tovar); ofreció un panorama diferente al traducir a los clásicos (El rey Lear, de Shakespeare, en versión de Luisa Josefina Hernández), Andrejewsky; a traer a los consagrados (Luis Cernuda, Rosa Chacel). En otras colecciones se publicaron libros que ahora son clásicos de la sociología y la política (Enrique González Pedrero, Enrique Florescano) o de la filosofía (José Gaos) o de la literatura (Salvador Novo).
Desde 1957 hasta 1965, más o menos, la colección Ficción alimentó los catálogos de otras editoriales, dio a conocer o a consagrar a muchos de los mejores escritores mexicanos; pero la Editorial dependía de la Universidad Veracruzana, y ésta de la SEP, y todos de los gustos y aficiones de los políticos; hubo gobernadores a los que la cultura le interesaba menos que otras actividades, y se redujo el número de títulos y de autores, y entró en un aletargamiento que hizo que se perdiera prácticamente.
En 1978 la editorial recuperó a Sergio Galindo, quien se había dedicado a otras actividades (fue incluso director de Bellas Artes), y entró en un nuevo periodo fértil, en donde volvió a editar a los jóvenes autores (Ricardo Elizondo Elizondo, José Rafael Calva, Luis Arturo Ramos, Felipe Garrido); reeditó muchos de los títulos que se habían agotado y, aunque su presupuesto era limitado, volvió a estar en las librerías, sobre todo de Xalapa y de la ciudad de México.
Sergio Galindo cedió la dirección de la editorial a Luis Arturo Ramos; la historia desde entonces fue otra.
La Feria Internacional del Libro Universitario, en su versión 2007, con sede en Xalapa, rinde homenaje a sus fundadores, en especial a Sergio Galindo, con una serie de conferencias, mesas redondas y presentaciones de libros, para recordar a quien comenzó a renovar el panorama editorial mexicano, y con ello ayudó al periodo de auge de la literatura mexicana en los años sesenta, y su breve renacimiento en los ochenta.
(Aparecido en El Financiero, el 28 de septiembre de 2007)
Las editoriales que se ocupaban de publicar a los escritores mexicanos eran Stylo, cuya producción era excelente, pero limitada; Porrúa Hermanos, que sobre todo se abastecía de los que ya tenían un renombre; el Fondo de Cultura Económica, cuyas colecciones que se nutrían de los mexicanos eran Tezontle, que más bien estaba enfocada a los investigadores y becarios del Colegio de México, y Letras Mexicanas, en donde todos querían publicar (allí editaron Juan Rulfo, Juan José Arreola, Carlos Fuentes, Salvador Novo, Edmundo Valadés), Compañía General de Ediciones (casi limitada, en lo mexicano, a Carlo Coccioli y a Martín Luis Guzmán).
Las otras opciones eran Costa-Amic, que más bien coeditaba y en la que los autores debían financiar cuando menos parte de la edición (por ejemplo, algunas de las novelas de Luis Spota); Los Presentes, pequeña editorial artesanal de Juan José Arreola (donde debutaron, entre otros, Elena Poniatowska, Carlos Fuentes, Ricardo Garibay, y se editaron libros de Julio Cortázar, Otaola, Alfonso Reyes), en donde también los autores ayudaban económicamente al editor, y no muchas otras, entre las que deben considerarse los sobretiros de algunas revistas (América, que publicó los primeros libros de Rosario Castellanos), o debían conformarse con ediciones de autor, subsidiadas por ellos mismos y sus familiares, y obviamente eran libros que no llegaban más que a algunas librerías.
Ya había pasado la época de gloria de Cvltvra, y la UNAM aún no se aventuraba a reeditar las obras de los clásicos noveles, mucho menos de los nuevos valores, y faltaban algunos años para el nacimiento de Joaquín Mortiz, ERA, Siglo XXI, Empresas Editoriales, Diógenes, la mexicanización de Grijalbo.
Por eso fue bienvendida la Editorial de la Universidad Veracruzana, ideada por Gonzalo Aguirre Beltrán, dirigida por Fernando Salmerón, y en su colección Ficción, por Sergio Galindo, quien comenzó a publicar a sus contemporáneos (Emilio Carballido, Rosario Castellanos, Jaime Sabines, Carlo Antonio Castro, Jorge Ibargüengoitia, Luisa Josefina Hernández, Elena Garro) y a los jóvenes de entonces (Juan García Ponce, Sergio Pitol, José de la Colina, Elena Poniatowska, Juan Tovar); ofreció un panorama diferente al traducir a los clásicos (El rey Lear, de Shakespeare, en versión de Luisa Josefina Hernández), Andrejewsky; a traer a los consagrados (Luis Cernuda, Rosa Chacel). En otras colecciones se publicaron libros que ahora son clásicos de la sociología y la política (Enrique González Pedrero, Enrique Florescano) o de la filosofía (José Gaos) o de la literatura (Salvador Novo).
Desde 1957 hasta 1965, más o menos, la colección Ficción alimentó los catálogos de otras editoriales, dio a conocer o a consagrar a muchos de los mejores escritores mexicanos; pero la Editorial dependía de la Universidad Veracruzana, y ésta de la SEP, y todos de los gustos y aficiones de los políticos; hubo gobernadores a los que la cultura le interesaba menos que otras actividades, y se redujo el número de títulos y de autores, y entró en un aletargamiento que hizo que se perdiera prácticamente.
En 1978 la editorial recuperó a Sergio Galindo, quien se había dedicado a otras actividades (fue incluso director de Bellas Artes), y entró en un nuevo periodo fértil, en donde volvió a editar a los jóvenes autores (Ricardo Elizondo Elizondo, José Rafael Calva, Luis Arturo Ramos, Felipe Garrido); reeditó muchos de los títulos que se habían agotado y, aunque su presupuesto era limitado, volvió a estar en las librerías, sobre todo de Xalapa y de la ciudad de México.
Sergio Galindo cedió la dirección de la editorial a Luis Arturo Ramos; la historia desde entonces fue otra.
La Feria Internacional del Libro Universitario, en su versión 2007, con sede en Xalapa, rinde homenaje a sus fundadores, en especial a Sergio Galindo, con una serie de conferencias, mesas redondas y presentaciones de libros, para recordar a quien comenzó a renovar el panorama editorial mexicano, y con ello ayudó al periodo de auge de la literatura mexicana en los años sesenta, y su breve renacimiento en los ochenta.
(Aparecido en El Financiero, el 28 de septiembre de 2007)
sábado, 15 de septiembre de 2007
Los errores de las Historias
Entre los lugares comunes de la cultura se encuentra la frase de George Santayana, que afirma, más o menos, que los pueblos que no conocen su historia están obligados a repetirla (otras versiones dicen que "aquellos", no los pueblos, y hasta alguien dice que los que "no estudian historia").
También la queja más frecuente entre quienes no leen historia es que los maestros (primaria, secundaria, preparatoria) eran aburridos y no despertaban la curiosidad de los alumnos, y hasta lo confuso que es entender las cronologías y saber que coexisten hechos dramáticos con la vida cotidiana (la guerra de secesión con el inicio del beisbol profesional, por ejemplo), además de la tendencia a explicarnos la vida de los héroes siempre posando y con frases célebres o arengas todo el tiempo.
Pero existe una gran curiosidad por la materia; un ejemplo es la proliferación de revistas españolas que abordan el tema, como La aventura de la historia, Historia, de National Geographic, e Historia y vida, que hace unos meses se exhibían en los estantes de los "locales cerrados", y ahora los colocan junto a las cajas, al lado de las revistas de chismorreo del espectáculo y las de moda, desplazando en el último mes a Letras Libres, que ya regresó a los estantes; incluso ya los exhiben en kioscos y expendios de periódicos.
Poco importa que nos lleguen con varios meses de retraso y que no podamos aprovechar las ofertas (exclusivas para España, que está ansiosa de recuperar su historia), bastante atractivas, con ediciones facsimilares de libros clásicos, de ediciones raras, y hasta de colecciones de moneda antiguas y muy antiguas, como la que pone al alcance del lector una colección de 12 monedas romanas de diferentes denominaciones, aparentemente auténticas, por sólo 14 mil pesos, más gastos de envío.
Es probable que parte de su popularidad se deba a su bajo precio, por debajo de los 40 pesos, aunque todas tienen más de 120 páginas, impresas en papel couché, con selección de color y en tamaño carta; los autores son investigadores y catedráticos universitarios, y los temas que tocan abarcan desde la más remota antigüedad hasta la más reciente, y aunque proliferan los temas europeos, no dejan de abordar, con lenguaje sencillo, el mundo árabe, el asiático y el americano.
Aunque los artículos (algunos podríamos llamarlos ensayos) son extensos, por la variedad de los temas abarcan a veces sólo algunos aspectos de un episodio o de la vida de un personaje, lo que los hace muy interesantes, pero no se rebajan al tono de chisme sobre la vida privada de los artistas con que denigran al periodismo actual, pero tampoco dejan de abordar la vida íntima de los protagonistas de sucesos históricos, siempre y cuando influya en su comportamiento (es imposible no hablar de la vida íntima de Cleopatra, o de María Antonieta, pero es inútil abordar la de Alejandro, porque no tuvo que ver en sus hazañas, aunque no dejan de ser curiosas).
Historia y vida tiene un directorio más o menos discreto, en el que abundan las mujeres: directora, redactora jefe (incoherencia gramatical), la mitad de la redacción, secretaria de redacción, la maquetación (formación, en español), y la corrección; sólo un hombre, aunque en el consejo de redacción ganan cinco a dos. En La aventura de la historia hay sólo dos mujeres en su directorio, pero nada menos que la redactora jefe y la secretaria de redacción; no informa del nombre de los encargados de la corrección.
¿Por qué abundamos en este aspecto? Los diarios contienen más erratas que las revistas, y éstas que los libros, por el tiempo que se le dedica a la corrección y por la especialidad de los encargados de este aspecto (tiene que ver también el salario); así, uno debería suponer que quienes hacen estas revistas tienen una mejor preparación académica o, mejor aún, son apasionados del tema y conocen lo suficiente como para no confiarse, y además tener más cuidado.
Pero tienen algunas erratas que demuestran que los especialistas tienen tan mal ojo como los no expertos, y que la prisa es muy mala consejera; abundan los acentos mal colocados ("uno sólo de ellos"), los cambios de letras ("Gibernador"), los solecismos ("fue a por"), las expresiones de moda ("acceder al poder", por "alcanzar o ascender").
Nada fuera de lo normal, sólo su cantidad, que rebasa lo tolerable, que serían diez o 12 por número, tratándose de publicaciones de esta naturaleza.
Pero en un número de reciente venta en México, el que conmemora los cien primeros números de La aventura de la historia, hay uno desconcertante.
En primer lugar, la selección es discutible; que Cristóbal Colón sea el más influyente de todos los tiempos parece exagerado, porque si bien fue el primero en llegar a América, no lo hizo por acierto sino por error; es decir, por casualidad, serendipia, diría Ruy Pérez Tamayo; el escaso espacio que tiene don Miguel León-Portilla para hablar de los méritos y logros de Colón apenas permite dilucidar algunos de ellos, y de insistir en la polémica del origen del navegante.
Pero León-Portilla sale mejor librado que los otros 99 especialistas, que poco hacen por explicar por qué algunos (y algunos tan detestables como Hitler y Franco) son influyentes (y no se explica si lo fueron o lo siguen siendo), y a algunos sólo les alcanza el tiempo para dar datos biográficos y enumerar hazañas bélicas.
El más curioso es el error cometido en la pequeña, bienintencionada pero inocente semblanza de Karl Marx, también más explícita en detalles domésticos e íntimos que en lo profundo de su pensamiento y en el enfoque que le dio a la filosofía, y cómo sigue influyendo aunque muchos crean que se trata de una moda. Al hablar de alguno de sus libros más importantes, mencionan El 18 brumario ¡de Napoleón Bonaparte!; no sabemos si fue un desliz del autor, de una pifia de los transcriptores, pero definitivamente es una errata de la correctora, de la secretaria de redacción y de la redactora jefe. Porque parece innecesario aclarar que se trata de El 18 brumario de Luis Bonaparte, lo que permitió a Marx hablar de lucha de clases, no del derrumbe de la monarquía.
En fin, pescar errores y erratas de la Historia (las revistas) es un entretenimiento más de los lectores curiosos.
También la queja más frecuente entre quienes no leen historia es que los maestros (primaria, secundaria, preparatoria) eran aburridos y no despertaban la curiosidad de los alumnos, y hasta lo confuso que es entender las cronologías y saber que coexisten hechos dramáticos con la vida cotidiana (la guerra de secesión con el inicio del beisbol profesional, por ejemplo), además de la tendencia a explicarnos la vida de los héroes siempre posando y con frases célebres o arengas todo el tiempo.
Pero existe una gran curiosidad por la materia; un ejemplo es la proliferación de revistas españolas que abordan el tema, como La aventura de la historia, Historia, de National Geographic, e Historia y vida, que hace unos meses se exhibían en los estantes de los "locales cerrados", y ahora los colocan junto a las cajas, al lado de las revistas de chismorreo del espectáculo y las de moda, desplazando en el último mes a Letras Libres, que ya regresó a los estantes; incluso ya los exhiben en kioscos y expendios de periódicos.
Poco importa que nos lleguen con varios meses de retraso y que no podamos aprovechar las ofertas (exclusivas para España, que está ansiosa de recuperar su historia), bastante atractivas, con ediciones facsimilares de libros clásicos, de ediciones raras, y hasta de colecciones de moneda antiguas y muy antiguas, como la que pone al alcance del lector una colección de 12 monedas romanas de diferentes denominaciones, aparentemente auténticas, por sólo 14 mil pesos, más gastos de envío.
Es probable que parte de su popularidad se deba a su bajo precio, por debajo de los 40 pesos, aunque todas tienen más de 120 páginas, impresas en papel couché, con selección de color y en tamaño carta; los autores son investigadores y catedráticos universitarios, y los temas que tocan abarcan desde la más remota antigüedad hasta la más reciente, y aunque proliferan los temas europeos, no dejan de abordar, con lenguaje sencillo, el mundo árabe, el asiático y el americano.
Aunque los artículos (algunos podríamos llamarlos ensayos) son extensos, por la variedad de los temas abarcan a veces sólo algunos aspectos de un episodio o de la vida de un personaje, lo que los hace muy interesantes, pero no se rebajan al tono de chisme sobre la vida privada de los artistas con que denigran al periodismo actual, pero tampoco dejan de abordar la vida íntima de los protagonistas de sucesos históricos, siempre y cuando influya en su comportamiento (es imposible no hablar de la vida íntima de Cleopatra, o de María Antonieta, pero es inútil abordar la de Alejandro, porque no tuvo que ver en sus hazañas, aunque no dejan de ser curiosas).
Historia y vida tiene un directorio más o menos discreto, en el que abundan las mujeres: directora, redactora jefe (incoherencia gramatical), la mitad de la redacción, secretaria de redacción, la maquetación (formación, en español), y la corrección; sólo un hombre, aunque en el consejo de redacción ganan cinco a dos. En La aventura de la historia hay sólo dos mujeres en su directorio, pero nada menos que la redactora jefe y la secretaria de redacción; no informa del nombre de los encargados de la corrección.
¿Por qué abundamos en este aspecto? Los diarios contienen más erratas que las revistas, y éstas que los libros, por el tiempo que se le dedica a la corrección y por la especialidad de los encargados de este aspecto (tiene que ver también el salario); así, uno debería suponer que quienes hacen estas revistas tienen una mejor preparación académica o, mejor aún, son apasionados del tema y conocen lo suficiente como para no confiarse, y además tener más cuidado.
Pero tienen algunas erratas que demuestran que los especialistas tienen tan mal ojo como los no expertos, y que la prisa es muy mala consejera; abundan los acentos mal colocados ("uno sólo de ellos"), los cambios de letras ("Gibernador"), los solecismos ("fue a por"), las expresiones de moda ("acceder al poder", por "alcanzar o ascender").
Nada fuera de lo normal, sólo su cantidad, que rebasa lo tolerable, que serían diez o 12 por número, tratándose de publicaciones de esta naturaleza.
Pero en un número de reciente venta en México, el que conmemora los cien primeros números de La aventura de la historia, hay uno desconcertante.
En primer lugar, la selección es discutible; que Cristóbal Colón sea el más influyente de todos los tiempos parece exagerado, porque si bien fue el primero en llegar a América, no lo hizo por acierto sino por error; es decir, por casualidad, serendipia, diría Ruy Pérez Tamayo; el escaso espacio que tiene don Miguel León-Portilla para hablar de los méritos y logros de Colón apenas permite dilucidar algunos de ellos, y de insistir en la polémica del origen del navegante.
Pero León-Portilla sale mejor librado que los otros 99 especialistas, que poco hacen por explicar por qué algunos (y algunos tan detestables como Hitler y Franco) son influyentes (y no se explica si lo fueron o lo siguen siendo), y a algunos sólo les alcanza el tiempo para dar datos biográficos y enumerar hazañas bélicas.
El más curioso es el error cometido en la pequeña, bienintencionada pero inocente semblanza de Karl Marx, también más explícita en detalles domésticos e íntimos que en lo profundo de su pensamiento y en el enfoque que le dio a la filosofía, y cómo sigue influyendo aunque muchos crean que se trata de una moda. Al hablar de alguno de sus libros más importantes, mencionan El 18 brumario ¡de Napoleón Bonaparte!; no sabemos si fue un desliz del autor, de una pifia de los transcriptores, pero definitivamente es una errata de la correctora, de la secretaria de redacción y de la redactora jefe. Porque parece innecesario aclarar que se trata de El 18 brumario de Luis Bonaparte, lo que permitió a Marx hablar de lucha de clases, no del derrumbe de la monarquía.
En fin, pescar errores y erratas de la Historia (las revistas) es un entretenimiento más de los lectores curiosos.
domingo, 26 de agosto de 2007
Correctores valientes o sumisos
Los correctores tienen el dilema de encontrarse con un error, y corregirlo, o respetar las afirmaciones de los autores. Hay, como se sabe, algunas eminencias a las que no se le puede tocar ni una coma, pese a que digan tonterías o estén equivocados en algunos datos, aunque hay quien agradece la ayuda que se le preste para limpiar sus textos.
Hay autores beneficiados por las editoriales, a los que hay que respetar todo, por órdenes de los editores; esas preferencias han ocasionado algunas de las perlas más horrendas aparecidas en los libros mexicanos.
El corrector que intente meter mano en textos de Ricardo Garibay, Juan García Ponce, Carlos Fuentes u Octavio Paz, o en terrenos no literarios, a Abelardo Villegas, Héctor Fix-Zamudio o Ricardo Guerra, debe tener argumentos muy sólidos, o estar a su altura, porque aunque muchos de ellos aceptan que pueden equivocarse, algunos editores temen molestarlos y no aceptan ni siquiera sugerencias, y ni siquiera consultan con el autor si estarían de acuerdo con una enmienda o una observación.
A continuación, una lista de perlas aparecidas por culpa de correctores timoratos, editores temerosos o autores necios y soberbios (o todo, al mismo tiempo); para mayor deleite, se omite el nombre quienes cometieron los errores, de los correctores que los dejaron pasar, y de los editores que lo permitieron, y así el lector pueda buscarlos y compartir la delicia de encontrar una perla.
“Antes, nunca hubiera tomado este todavía inexistente eje vial, que sustituyó avenidas con nombres inolvidables: Niño Perdido, San Juan de Letrán, sino que hubiese llegado hasta el Palacio de Bellas Artes por el lado contrario, tomando la Avenida Coyoacán, con sus antiguos tranvías amarillos al centro, siguiendo la ruta de los tranvías por la Avenida Insurgentes…”
“(un manco) colocó al niño en brazos de la vieja de ojos azorados, se lavó las manos y, sin volver a mirar, salió de la pieza con la satisfacción del deber cumplido.”
“…decidieron emprender el largo viaje de Jerez de la Frontera, Zacatecas, a Paso de Sotos, Jalisco…”
“Todo el bien vino junto.” (La frase original era “También apareció el buen vino”.)
“El emú púrpura le puso otro huevo a Marat.” (También merece explicación a esta asombrosa traducción: “El pueblo, conmovido, le respondió a Marat”.)
“Se acercó a ella –una muerta— y besó los labios, que aún despedían un fuerte aliento alcohólico…”
“…los barcos que zarpan de la ciudad al mar.”
“la palabra conocimiento debe ser entendida como una forma del saber…”
“un escritor injustamente algo olvidado”
“Los autores de ambas novelas crean experiencias que analizan ficciones…”
"Como cuando John Wayne llva de los cabellos, casdi arrastrada, a Maureen =´Sullivan"Los autores de estas frases son célebres. Los correctores que las revisaron son casi anónimos, pero merecen tanto reconocimiento como los primeros, porque las preservaron para nuestro deleite.
(Cuando apareció la primera versión de este texto, vivían todos los autores; algunos ya fallecieron, pero no por eso merecen nuestro olvido. La primera versión estuvo limitada por el espacio; cotidianamente se irá incrementando con frases tan inolvidables como éstas, y de las que no estamos exentos; alguna se cometió por el recopilador.)
Hay autores beneficiados por las editoriales, a los que hay que respetar todo, por órdenes de los editores; esas preferencias han ocasionado algunas de las perlas más horrendas aparecidas en los libros mexicanos.
El corrector que intente meter mano en textos de Ricardo Garibay, Juan García Ponce, Carlos Fuentes u Octavio Paz, o en terrenos no literarios, a Abelardo Villegas, Héctor Fix-Zamudio o Ricardo Guerra, debe tener argumentos muy sólidos, o estar a su altura, porque aunque muchos de ellos aceptan que pueden equivocarse, algunos editores temen molestarlos y no aceptan ni siquiera sugerencias, y ni siquiera consultan con el autor si estarían de acuerdo con una enmienda o una observación.
A continuación, una lista de perlas aparecidas por culpa de correctores timoratos, editores temerosos o autores necios y soberbios (o todo, al mismo tiempo); para mayor deleite, se omite el nombre quienes cometieron los errores, de los correctores que los dejaron pasar, y de los editores que lo permitieron, y así el lector pueda buscarlos y compartir la delicia de encontrar una perla.
“Antes, nunca hubiera tomado este todavía inexistente eje vial, que sustituyó avenidas con nombres inolvidables: Niño Perdido, San Juan de Letrán, sino que hubiese llegado hasta el Palacio de Bellas Artes por el lado contrario, tomando la Avenida Coyoacán, con sus antiguos tranvías amarillos al centro, siguiendo la ruta de los tranvías por la Avenida Insurgentes…”
“(un manco) colocó al niño en brazos de la vieja de ojos azorados, se lavó las manos y, sin volver a mirar, salió de la pieza con la satisfacción del deber cumplido.”
“…decidieron emprender el largo viaje de Jerez de la Frontera, Zacatecas, a Paso de Sotos, Jalisco…”
“Todo el bien vino junto.” (La frase original era “También apareció el buen vino”.)
“El emú púrpura le puso otro huevo a Marat.” (También merece explicación a esta asombrosa traducción: “El pueblo, conmovido, le respondió a Marat”.)
“Se acercó a ella –una muerta— y besó los labios, que aún despedían un fuerte aliento alcohólico…”
“…los barcos que zarpan de la ciudad al mar.”
“la palabra conocimiento debe ser entendida como una forma del saber…”
“un escritor injustamente algo olvidado”
“Los autores de ambas novelas crean experiencias que analizan ficciones…”
"Como cuando John Wayne llva de los cabellos, casdi arrastrada, a Maureen =´Sullivan"Los autores de estas frases son célebres. Los correctores que las revisaron son casi anónimos, pero merecen tanto reconocimiento como los primeros, porque las preservaron para nuestro deleite.
(Cuando apareció la primera versión de este texto, vivían todos los autores; algunos ya fallecieron, pero no por eso merecen nuestro olvido. La primera versión estuvo limitada por el espacio; cotidianamente se irá incrementando con frases tan inolvidables como éstas, y de las que no estamos exentos; alguna se cometió por el recopilador.)
sábado, 18 de agosto de 2007
Revisión de Edipo
Madres amantes / Tomad precauciones
Con las efusiones/ De hijos varones
(Epopeya de Edipo de Tebas, Mundstock y Núñez)
Un relato de Julio Cortázar retoma, sin decirlo, uno de los temas principales de Edipo rey, la más conocida de las tragedias de Sófocles, el más clásico de los clásicos, según dice Pablo Ingberg en el prólogo de esta nueva edición (Losada, 2003)
Muchos afirman que, a lo largo del maltrecho siglo XX, se hubiera perdido la actualidad de esta obra, de hace más de 2,500 años, si Freud no hubiera utilizado el nombre del protagonista para explicar el excesivo amor de los hijos por las madres y el deseo de superar, o destituir, al padre, al que se le tiene envidia y celos por la intimidad conyugal (lo sepa no el infante).
Ahora que está de moda atacar a Freud (y a otros que hicieron posible pensar en un mundo feliz), cuando menos tenemos la oportunidad de releer a los clásicos despojándolos de un contexto equívoco: Sófocles no sabía nada de psicoanálisis, y sí en cambio creía en el destino: es imposible escapar del designio de los dioses, quienes hacen y deshacen nuestro porvenir aun cuando ellos mismos son los que crean las circunstancias y nos colocan en ellas y deciden cómo actuamos, y además nos premian y nos castigan.
Sófocles no sabía nada de psicoanálisis y no trata de explicar, mediante Edipo, el amor exagerado por la madre, que inhibe el que se siente por otras mujeres, ni da la solución a tantas uniones insatisfechas porque éstas no hacen lo mismo, ni tan bien (por lo menos en la cocina) como las madres. Sófocles cuenta la historia de un hombre al que se le asignó como destino asesinar al padre y cohabitar con la madre, y así lo hizo, todo sin saberlo, y cuando puede ocultar la verdad (que él mismo desconoce), insiste en averiguarla aunque vaya contra su propia gloria y su propio destino (y el de los suyos).
Ya lo sabemos: desconocemos a los clásicos; los leemos a fuerzas, obligados por las tareas escolares o porque hay que leerlos para no quedar en ridículo, y no regresamos a ellos; además, las traducciones no suelen ser buenas, las fuerzan para unas rimas imposibles, las acomodan a cuestiones lingüísticas de moda, o se van por el camino fácil. Esta nueva versión de una obra de la que debe de haber disponibles unas 15 ediciones, y varias decenas a lo largo de la historia, despoja a la anécdota del contexto freudiano, le da un ritmo y un lenguaje contemporáneo (pese a la conjugación en segunda persona del singular), la arropa con un sentido y un idioma dramatúrgico, y al mismo ubica al lector en una escenografía imposible de imaginarse ahora, que es como la veían los griegos hace 2,500 años.
Sorprende el ritmo, el lector siente al mismo tiempo la naturalidad con que la oyeron y vieron los contemporáneos de Sófocles y sus sucesores inmediatos (bueno, los siguientes cuatro o cinco siglos), y en esta época recobra la agilidad y el misterio, pese a que todo mundo conoce la anécdota, aunque nunca haya leído la obra; por otro lado, se trata de una edición anotada, en que casi cada palabra es analizada para explicar por qué se utiliza en vez de otra expresión, tal vez más exacta etimológicamente pero menos adecuada para explicar lo que sucede en escena.
Sin embargo, el sentido de la obra es otro; aunque sea más importante el sentido literal o literario; las notas, además del excelente prólogo, insisten en darle un contexto histórico sin que por ello pierda la frescura y el dramatismo, y además sin hacerla cursi o patética.
Despojada del contexto freudiano, podemos verla ahora como la insistencia de un hombre que, en busca de la verdad, se enfrenta al peor de los enigmas, y sabiendo que eso puede costarle la fortuna (no hay que olvidar que es rey de un pueblo y hereda otro reinado), persiste en la búsqueda, lo que lo lleva a la deshonra y al desprestigio.
También vemos a otros personajes que, pese a las amenazas, a que pueden sufrir persecuciones, someterse a la burla y al ostracismo por desafiar a los poderosos, insisten en decir la verdad, una vez que fueron convocados a ello, y cómo Edipo, aunque no es culpable de los delitos que comete (mandado no es culpado, podríamos decir ahora), acepta su castigo; pero hay otra advertencia más seria, en que no insisten ni Sófocles ni el traductor y prologuista (y autor de las excelentes notas) Inberg: Tebas será víctima de pestes y otros azotes por las culpas y crímenes de sus dirigentes.
Mencionábamos a Cortázar; en algún relato narra cómo un hombre ve revertir su suerte, brillante en un momento, decadente, tristérrima al siguiente; ésa es la última advertencia de Edipo rey: de nadie se diga que es feliz hasta que termina su vida; y otra: nos tardamos mucho en reconocer la bueno, pero al malo se le identifica al instante.
Una edición casi pulcra, de no ser por una línea de más en la página 154.
Con las efusiones/ De hijos varones
(Epopeya de Edipo de Tebas, Mundstock y Núñez)
Un relato de Julio Cortázar retoma, sin decirlo, uno de los temas principales de Edipo rey, la más conocida de las tragedias de Sófocles, el más clásico de los clásicos, según dice Pablo Ingberg en el prólogo de esta nueva edición (Losada, 2003)
Muchos afirman que, a lo largo del maltrecho siglo XX, se hubiera perdido la actualidad de esta obra, de hace más de 2,500 años, si Freud no hubiera utilizado el nombre del protagonista para explicar el excesivo amor de los hijos por las madres y el deseo de superar, o destituir, al padre, al que se le tiene envidia y celos por la intimidad conyugal (lo sepa no el infante).
Ahora que está de moda atacar a Freud (y a otros que hicieron posible pensar en un mundo feliz), cuando menos tenemos la oportunidad de releer a los clásicos despojándolos de un contexto equívoco: Sófocles no sabía nada de psicoanálisis, y sí en cambio creía en el destino: es imposible escapar del designio de los dioses, quienes hacen y deshacen nuestro porvenir aun cuando ellos mismos son los que crean las circunstancias y nos colocan en ellas y deciden cómo actuamos, y además nos premian y nos castigan.
Sófocles no sabía nada de psicoanálisis y no trata de explicar, mediante Edipo, el amor exagerado por la madre, que inhibe el que se siente por otras mujeres, ni da la solución a tantas uniones insatisfechas porque éstas no hacen lo mismo, ni tan bien (por lo menos en la cocina) como las madres. Sófocles cuenta la historia de un hombre al que se le asignó como destino asesinar al padre y cohabitar con la madre, y así lo hizo, todo sin saberlo, y cuando puede ocultar la verdad (que él mismo desconoce), insiste en averiguarla aunque vaya contra su propia gloria y su propio destino (y el de los suyos).
Ya lo sabemos: desconocemos a los clásicos; los leemos a fuerzas, obligados por las tareas escolares o porque hay que leerlos para no quedar en ridículo, y no regresamos a ellos; además, las traducciones no suelen ser buenas, las fuerzan para unas rimas imposibles, las acomodan a cuestiones lingüísticas de moda, o se van por el camino fácil. Esta nueva versión de una obra de la que debe de haber disponibles unas 15 ediciones, y varias decenas a lo largo de la historia, despoja a la anécdota del contexto freudiano, le da un ritmo y un lenguaje contemporáneo (pese a la conjugación en segunda persona del singular), la arropa con un sentido y un idioma dramatúrgico, y al mismo ubica al lector en una escenografía imposible de imaginarse ahora, que es como la veían los griegos hace 2,500 años.
Sorprende el ritmo, el lector siente al mismo tiempo la naturalidad con que la oyeron y vieron los contemporáneos de Sófocles y sus sucesores inmediatos (bueno, los siguientes cuatro o cinco siglos), y en esta época recobra la agilidad y el misterio, pese a que todo mundo conoce la anécdota, aunque nunca haya leído la obra; por otro lado, se trata de una edición anotada, en que casi cada palabra es analizada para explicar por qué se utiliza en vez de otra expresión, tal vez más exacta etimológicamente pero menos adecuada para explicar lo que sucede en escena.
Sin embargo, el sentido de la obra es otro; aunque sea más importante el sentido literal o literario; las notas, además del excelente prólogo, insisten en darle un contexto histórico sin que por ello pierda la frescura y el dramatismo, y además sin hacerla cursi o patética.
Despojada del contexto freudiano, podemos verla ahora como la insistencia de un hombre que, en busca de la verdad, se enfrenta al peor de los enigmas, y sabiendo que eso puede costarle la fortuna (no hay que olvidar que es rey de un pueblo y hereda otro reinado), persiste en la búsqueda, lo que lo lleva a la deshonra y al desprestigio.
También vemos a otros personajes que, pese a las amenazas, a que pueden sufrir persecuciones, someterse a la burla y al ostracismo por desafiar a los poderosos, insisten en decir la verdad, una vez que fueron convocados a ello, y cómo Edipo, aunque no es culpable de los delitos que comete (mandado no es culpado, podríamos decir ahora), acepta su castigo; pero hay otra advertencia más seria, en que no insisten ni Sófocles ni el traductor y prologuista (y autor de las excelentes notas) Inberg: Tebas será víctima de pestes y otros azotes por las culpas y crímenes de sus dirigentes.
Mencionábamos a Cortázar; en algún relato narra cómo un hombre ve revertir su suerte, brillante en un momento, decadente, tristérrima al siguiente; ésa es la última advertencia de Edipo rey: de nadie se diga que es feliz hasta que termina su vida; y otra: nos tardamos mucho en reconocer la bueno, pero al malo se le identifica al instante.
Una edición casi pulcra, de no ser por una línea de más en la página 154.
domingo, 5 de agosto de 2007
Ediciones Universitarias
Julio Cortázar dice que cuando triunfe la Revolución, eliminaremos todos los uniformes, menos el de bomberos, que habría que hacerlo más cómodo.
Un día habrá en que todos los panistas serán como Manuel Gómez Morin; que todos los comunistas (de cualquier partido) serán como Narciso Bassols, y todos los socialistas (hasta del PRI), como Jesús Silva Herzog (el padre). Todos los funcionarios gubernamentales, como Luis de la Rosa, Ignacio Ramírez y Melchor Ocampo, y los militares (exclusivamente para defendernos) como Jesús González Ortega; ese día los empresarios serán como Robert Owen (perdón por no encontrar un ejemplo nacional).
Entonces se sabrá que fue un mexicano el primero en hablar de la lucha de clases, seis años antes que lo hicieran Marx y Engels; que fue un mexicano quien diseñó el modelo ideal para las aulas desde preescolares hasta las universitarias, aunque no sea en México donde se usan; que fue un mexicano quien dio las bases para que naciones ahora poderosas diseñaran una estrategia que les permitiera la independencia con dignidad, y que ese hombre es conmemorado en muchos países, pero no en el nuestro; que es un mexicano quien está cambiando el concepto de la física y que permitirá una comprensión más exacta de nuestro universo; que fue un mexicano –por cierto un aficionado, aunque más profesional que los profesionistas— quien mostró que buscando en el cielo –y observó más de seis mil objetos celestes, muchos de ellos, la primera vez que los veían— encontraríamos una solución para los pobres de todo el mundo; que fue una generación de mexicanos la que demostró que la dignidad vale más que el dinero y el poder militar, y lo hizo con ideas, aunque quienes las exponían sabían usar la espada con tanta destreza como los militares.
¿Pero dónde los encontramos?, ¿dónde están esos mexicanos? En un 90 por ciento, en las páginas de las editoriales universitarias; por fortuna, no se restringen a México; por ejemplo, en la Universidad de Sinaloa podemos leer a Arthur Miller, a Jonathan Swift, los mejores cuentos de William Faulkner, pero también la historia del Partido Comunista Mexicano, que ha dado tantos tumbos pero también tantas muestras de dignidad.
En las páginas de la Universidad de Puebla encontramos a Victor Hugo, en una edición que provoca la envidia de muchas editoriales privadas, por la elegancia, el buen gusto, el decoro y la pulcritud; a Stevenson, sin olvidar a sus autores autóctonos ni a los clásicos del socialismo, de la economía, de la sociología.
Hay varios ejemplos, entre muchos, que hay que resaltar: en primer lugar, la UAM, que dentro de un desorden y un caos, ha publicado a los jóvenes valores y a los clásicos, con los mismos entusiasmo y profesionalismo; por ejemplo, Manuel José Othón, en una edición erudita aunque incómoda; rinde homenaje a los mejores escritores mexicanos y latinoamericanos, y publica, como debe de ser, a sus miembros cumplidos. No hay que olvidar su revista La Casa del Tiempo, que ha sido una de las mejores sobre todo en el ámbito de la cultura, aunque no en el de otros terrenos donde la Autónoma Metropolitana tiene más éxito, que son las investigaciones tanto sociales como científicas.
El Instituto Politécnico Nacional ha corrido con menor suerte, aunque ha intentado con algunas manos profesionales, como las de Andrés González Pagés, Emilio Carballido y hace poco Manuel Gutiérrez Oropeza, con resultados no muy halagüeños.
El Colegio de México, también con altibajos, edita las investigaciones de sus eruditos, y expone teorías literarias y lingüísticas asombrosas; sus estudios de demografía, de sociología, de política, ponen al alcance de los interesados, lo más moderno y destacado en sus ámbitos.
La Universidad Nacional Autónoma de México podría considerarse la mejor editorial de México, porque cumple con casi todos los requisitos para ello: limpieza y pulcritud (legado de Jesús Arellano, uno de los mejores correctores de nuestra historia, y posiblemente el mejor del siglo XX, a descargo de los nombres sagrados: Díez-Canedo, Giner de los Ríos, Vázquez, Monterroso, Ímaz, Ávila, Huerta, Bolívar, Chumacero, Pulido), y quien sentó las bases para la corrección correcta; también existe la variedad: desde las artes elitistas, como el teatro y la filología, hasta las populares, como el cine; la publicación de nuestros más antiguos clásicos, nacidos no en México sino en Atenas y en Roma, traducidos o actualizados por Bonifaz Nuño y Tarcisio Herrera Zapián, pasando por los que sí nacieron aquí e hicieron patria: Altamirano, Ramírez, Payno, Fernández de Lizardi, Justo Sierra.
Herederos de los clásicos de Vasconcelos en la primera mitad de los veinte, desde 1930 la Revista de la Universidad de México ha llevado al público lo mejor de nuestra cultura, y aunque se destaca la gestión de Jaime García Terrés, en realidad ha tenido muchas etapas célebres, y varias colecciones, como la Biblioteca del Estudiante Universitario, Nuestros Clásicos, El Ala del Tigre, la reciente Pequeños Grandes Ensayos, forman parte fundamental de nuestra cultura humanística, sin olvidar la benemérita Voz Viva, ya sea de México o de América Latina, que nos permitió escuchar nuestras mejores voces leer (aunque casi siempre mal) lo que ellos mismos consideraban lo más representativo de su obra.
Un ejemplo más: el Colegio Nacional, que dio cabida a los grandes ensayos de Alfonso Reyes sobre Grecia, y que forman parte de varios de sus tomos de obras completas; que en su Memoria cada año nos pone al alcance de lo más alto de nuestra cultura, desde las apantallantes historiografías de Cosío Villegas sobre lo indispensable para conocer nuestro México, hasta las autopsias imaginarias de Martínez Palomo acerca de Mozart y Rossini, o la condena de Mario Lavista por el desastre de los Tres Tenores, y sus elogios a los Rolling Stones, o la disección de nuestro ámbito literario por Gabriel Zaid, y por tantas aristas que desconocemos y que están allí, a nuestro alcance, como ha puesto al alcance de todos, en ediciones magníficas, la obra completa de casi todos sus miembros, a precios tan accesibles que parecen errores.
Entre todo esto, no hay que olvidar nunca, la labor de la Universidad Veracruzana, que en tiempos en que la industria editorial mexicana se componía de los consagrados, y comenzó a publicar a los jóvenes que apenas tenían una plaquette, un manojo de cuentos mal editados, o bien, pero por su propio bolsillo o con sello prestado; sus colecciones Ficción, Cuadernos de la Facultad de Filosofía y Letras, Biblioteca, y en las páginas de su revista La Palabra y el Hombre, se formaron cuando menos dos generaciones de la literatura mexicana, y se dieron a conocer otras tantas: no hay que olvidar que bajo la dirección de Sergio Galindo en México se publicó por primera vez a Álvaro Mutis, a Gabriel García Márquez, a Rosa Chacel; que dio el manual perfecto para el novelista en la pluma insuperable de EM Forster; que posteriormente, cuando parecía que las editoriales mexicanas estaban a la vanguardia del mundo de habla hispana (España saliendo apenas del marasmo de 40 años de oscuridad; Chile y Argentina viviendo los peores momentos de su historia; Colombia, Costa Rica, Panamá sin poder despegar), otra vez la Universidad Veracruzana reapareció con páginas dignas para escritores desarrollados o en vías de, en una sana competencia con las mejores de esos momentos: el Fondo de Cultura Económica, Joaquín Mortiz, Ediciones Era, Siglo XXI Editores, Premiá, un Grijalbo que se desprendía de su imagen mercantilista, un Océano que luego sería Cal y Arena; con intercambio de autores, con préstamos, con una actividad que no parecía prever el desastre en que se convertiría el país, y que terminaría por afectar a una industria en auge aunque ya se evidenciaba que su calidad no era correspondida por el público: ediciones de tres mil ejemplares que no se agotaban, pese a que la población universitaria ya rebasaba las decenas de miles de estudiantes y maestros; ediciones marginales que aún se encuentran intonsas en las librerías de viejo.
Una Universidad Veracruzana que ha sobrevivido a las expropiaciones culturales, a la cultura corporativa, a los autores prediseñados, a la literatura por encargo.
Queda una pregunta: ¿por qué si las ediciones universitarias son tan espléndidas, las desconocemos tanto? Después de la flor viene la maceta, como dice mi clásico favorito: no es nuestra culpa, sino de ellas. Comprar un libro de nuestras universidad, las citadas y otras muchas que desconozco, es una hazaña; hay que esperar a las ferias para encontrar lo que exponen, que es apenas una parte de lo que editan; se hablaba del crimen perfecto, que es publicar en la UNAM, porque nadie se enteraba; en un breve y contundente ensayo, Guillermo Scheridan denuncia la apatía y negligencia de los encargados de las librerías universitarias que dan por hecho que todos sus libros están agotados, aunque aún queden miles en sus plúteos o, peor, en sus bodegas, de las que a veces ni siquiera salen, o son editados para que se hundan en sus bibliotecas, y hay que reconocer que cada nueva administración pretende acabar con el problema, pero parece irresoluble. Ayer me acabé media quincena en el pequeño local de la UNAM en el pasaje Zócalo-Pino Suárez (a donde cada año íbamos Sergio Galindo y yo a acabarnos una quincena completa en la feria que instalaba Carlos Hérnández), porque lo encontré abierto y coincidió con que servía su terminal para tarjetas de crédito, y la encargada ya había terminado su labor de aseo, y completé una colección y me encontré con títulos que acababan de llegar, aunque sólo dos ejemplares.
¿Dónde encontramos libros de las universidades de Puebla, Sinaloa, del Estado de México, de la UAM, de la UNAM, del Colmex, de la Veracruzana? No en la Gandhi, no en lo que queda del Parnaso, no en Porrúa (sólo en una de ellas, los libros del Colegio Nacional), no en el Sótano ni en esta Rosario Castellanos que me gusta tanto, pero no por buena, si no precisamente por mala.
(Participación en una mesa redonda en la Librería Rosario Castellanos, que compartí con Olga Hermony, Celia del Palacio y Alinne Pettersone, mayo de 2007)
Un día habrá en que todos los panistas serán como Manuel Gómez Morin; que todos los comunistas (de cualquier partido) serán como Narciso Bassols, y todos los socialistas (hasta del PRI), como Jesús Silva Herzog (el padre). Todos los funcionarios gubernamentales, como Luis de la Rosa, Ignacio Ramírez y Melchor Ocampo, y los militares (exclusivamente para defendernos) como Jesús González Ortega; ese día los empresarios serán como Robert Owen (perdón por no encontrar un ejemplo nacional).
Entonces se sabrá que fue un mexicano el primero en hablar de la lucha de clases, seis años antes que lo hicieran Marx y Engels; que fue un mexicano quien diseñó el modelo ideal para las aulas desde preescolares hasta las universitarias, aunque no sea en México donde se usan; que fue un mexicano quien dio las bases para que naciones ahora poderosas diseñaran una estrategia que les permitiera la independencia con dignidad, y que ese hombre es conmemorado en muchos países, pero no en el nuestro; que es un mexicano quien está cambiando el concepto de la física y que permitirá una comprensión más exacta de nuestro universo; que fue un mexicano –por cierto un aficionado, aunque más profesional que los profesionistas— quien mostró que buscando en el cielo –y observó más de seis mil objetos celestes, muchos de ellos, la primera vez que los veían— encontraríamos una solución para los pobres de todo el mundo; que fue una generación de mexicanos la que demostró que la dignidad vale más que el dinero y el poder militar, y lo hizo con ideas, aunque quienes las exponían sabían usar la espada con tanta destreza como los militares.
¿Pero dónde los encontramos?, ¿dónde están esos mexicanos? En un 90 por ciento, en las páginas de las editoriales universitarias; por fortuna, no se restringen a México; por ejemplo, en la Universidad de Sinaloa podemos leer a Arthur Miller, a Jonathan Swift, los mejores cuentos de William Faulkner, pero también la historia del Partido Comunista Mexicano, que ha dado tantos tumbos pero también tantas muestras de dignidad.
En las páginas de la Universidad de Puebla encontramos a Victor Hugo, en una edición que provoca la envidia de muchas editoriales privadas, por la elegancia, el buen gusto, el decoro y la pulcritud; a Stevenson, sin olvidar a sus autores autóctonos ni a los clásicos del socialismo, de la economía, de la sociología.
Hay varios ejemplos, entre muchos, que hay que resaltar: en primer lugar, la UAM, que dentro de un desorden y un caos, ha publicado a los jóvenes valores y a los clásicos, con los mismos entusiasmo y profesionalismo; por ejemplo, Manuel José Othón, en una edición erudita aunque incómoda; rinde homenaje a los mejores escritores mexicanos y latinoamericanos, y publica, como debe de ser, a sus miembros cumplidos. No hay que olvidar su revista La Casa del Tiempo, que ha sido una de las mejores sobre todo en el ámbito de la cultura, aunque no en el de otros terrenos donde la Autónoma Metropolitana tiene más éxito, que son las investigaciones tanto sociales como científicas.
El Instituto Politécnico Nacional ha corrido con menor suerte, aunque ha intentado con algunas manos profesionales, como las de Andrés González Pagés, Emilio Carballido y hace poco Manuel Gutiérrez Oropeza, con resultados no muy halagüeños.
El Colegio de México, también con altibajos, edita las investigaciones de sus eruditos, y expone teorías literarias y lingüísticas asombrosas; sus estudios de demografía, de sociología, de política, ponen al alcance de los interesados, lo más moderno y destacado en sus ámbitos.
La Universidad Nacional Autónoma de México podría considerarse la mejor editorial de México, porque cumple con casi todos los requisitos para ello: limpieza y pulcritud (legado de Jesús Arellano, uno de los mejores correctores de nuestra historia, y posiblemente el mejor del siglo XX, a descargo de los nombres sagrados: Díez-Canedo, Giner de los Ríos, Vázquez, Monterroso, Ímaz, Ávila, Huerta, Bolívar, Chumacero, Pulido), y quien sentó las bases para la corrección correcta; también existe la variedad: desde las artes elitistas, como el teatro y la filología, hasta las populares, como el cine; la publicación de nuestros más antiguos clásicos, nacidos no en México sino en Atenas y en Roma, traducidos o actualizados por Bonifaz Nuño y Tarcisio Herrera Zapián, pasando por los que sí nacieron aquí e hicieron patria: Altamirano, Ramírez, Payno, Fernández de Lizardi, Justo Sierra.
Herederos de los clásicos de Vasconcelos en la primera mitad de los veinte, desde 1930 la Revista de la Universidad de México ha llevado al público lo mejor de nuestra cultura, y aunque se destaca la gestión de Jaime García Terrés, en realidad ha tenido muchas etapas célebres, y varias colecciones, como la Biblioteca del Estudiante Universitario, Nuestros Clásicos, El Ala del Tigre, la reciente Pequeños Grandes Ensayos, forman parte fundamental de nuestra cultura humanística, sin olvidar la benemérita Voz Viva, ya sea de México o de América Latina, que nos permitió escuchar nuestras mejores voces leer (aunque casi siempre mal) lo que ellos mismos consideraban lo más representativo de su obra.
Un ejemplo más: el Colegio Nacional, que dio cabida a los grandes ensayos de Alfonso Reyes sobre Grecia, y que forman parte de varios de sus tomos de obras completas; que en su Memoria cada año nos pone al alcance de lo más alto de nuestra cultura, desde las apantallantes historiografías de Cosío Villegas sobre lo indispensable para conocer nuestro México, hasta las autopsias imaginarias de Martínez Palomo acerca de Mozart y Rossini, o la condena de Mario Lavista por el desastre de los Tres Tenores, y sus elogios a los Rolling Stones, o la disección de nuestro ámbito literario por Gabriel Zaid, y por tantas aristas que desconocemos y que están allí, a nuestro alcance, como ha puesto al alcance de todos, en ediciones magníficas, la obra completa de casi todos sus miembros, a precios tan accesibles que parecen errores.
Entre todo esto, no hay que olvidar nunca, la labor de la Universidad Veracruzana, que en tiempos en que la industria editorial mexicana se componía de los consagrados, y comenzó a publicar a los jóvenes que apenas tenían una plaquette, un manojo de cuentos mal editados, o bien, pero por su propio bolsillo o con sello prestado; sus colecciones Ficción, Cuadernos de la Facultad de Filosofía y Letras, Biblioteca, y en las páginas de su revista La Palabra y el Hombre, se formaron cuando menos dos generaciones de la literatura mexicana, y se dieron a conocer otras tantas: no hay que olvidar que bajo la dirección de Sergio Galindo en México se publicó por primera vez a Álvaro Mutis, a Gabriel García Márquez, a Rosa Chacel; que dio el manual perfecto para el novelista en la pluma insuperable de EM Forster; que posteriormente, cuando parecía que las editoriales mexicanas estaban a la vanguardia del mundo de habla hispana (España saliendo apenas del marasmo de 40 años de oscuridad; Chile y Argentina viviendo los peores momentos de su historia; Colombia, Costa Rica, Panamá sin poder despegar), otra vez la Universidad Veracruzana reapareció con páginas dignas para escritores desarrollados o en vías de, en una sana competencia con las mejores de esos momentos: el Fondo de Cultura Económica, Joaquín Mortiz, Ediciones Era, Siglo XXI Editores, Premiá, un Grijalbo que se desprendía de su imagen mercantilista, un Océano que luego sería Cal y Arena; con intercambio de autores, con préstamos, con una actividad que no parecía prever el desastre en que se convertiría el país, y que terminaría por afectar a una industria en auge aunque ya se evidenciaba que su calidad no era correspondida por el público: ediciones de tres mil ejemplares que no se agotaban, pese a que la población universitaria ya rebasaba las decenas de miles de estudiantes y maestros; ediciones marginales que aún se encuentran intonsas en las librerías de viejo.
Una Universidad Veracruzana que ha sobrevivido a las expropiaciones culturales, a la cultura corporativa, a los autores prediseñados, a la literatura por encargo.
Queda una pregunta: ¿por qué si las ediciones universitarias son tan espléndidas, las desconocemos tanto? Después de la flor viene la maceta, como dice mi clásico favorito: no es nuestra culpa, sino de ellas. Comprar un libro de nuestras universidad, las citadas y otras muchas que desconozco, es una hazaña; hay que esperar a las ferias para encontrar lo que exponen, que es apenas una parte de lo que editan; se hablaba del crimen perfecto, que es publicar en la UNAM, porque nadie se enteraba; en un breve y contundente ensayo, Guillermo Scheridan denuncia la apatía y negligencia de los encargados de las librerías universitarias que dan por hecho que todos sus libros están agotados, aunque aún queden miles en sus plúteos o, peor, en sus bodegas, de las que a veces ni siquiera salen, o son editados para que se hundan en sus bibliotecas, y hay que reconocer que cada nueva administración pretende acabar con el problema, pero parece irresoluble. Ayer me acabé media quincena en el pequeño local de la UNAM en el pasaje Zócalo-Pino Suárez (a donde cada año íbamos Sergio Galindo y yo a acabarnos una quincena completa en la feria que instalaba Carlos Hérnández), porque lo encontré abierto y coincidió con que servía su terminal para tarjetas de crédito, y la encargada ya había terminado su labor de aseo, y completé una colección y me encontré con títulos que acababan de llegar, aunque sólo dos ejemplares.
¿Dónde encontramos libros de las universidades de Puebla, Sinaloa, del Estado de México, de la UAM, de la UNAM, del Colmex, de la Veracruzana? No en la Gandhi, no en lo que queda del Parnaso, no en Porrúa (sólo en una de ellas, los libros del Colegio Nacional), no en el Sótano ni en esta Rosario Castellanos que me gusta tanto, pero no por buena, si no precisamente por mala.
(Participación en una mesa redonda en la Librería Rosario Castellanos, que compartí con Olga Hermony, Celia del Palacio y Alinne Pettersone, mayo de 2007)
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