domingo, 19 de agosto de 2012
Paréntesis: dos viajes de un sedentario
Antes de seguir con el recuento de la pasión de Woody Allen, y algunos otros directores, por las mujeres bellas e inteligentes (y si saben cocinar, mejor, como diría Eulalio González Piporro), hago el relato de dos viajes en dos semanas, y con éstos, tres en el año, yo que me precio de ser sedentario, de aburrirme en las carreteras, de pensar en el avión de la maravilla que es que se sostenga en el aire un objeto más pesado que el aire (la reflexión es de Arturo Serrano), que creo que todas las playas son iguales, de no conocer en los viajes más que el lobby de los hoteles, y de considerar que viajar ya no conlleva más conocimientos que la diferencia de precios entre la provincia y la capital.
Adolfo Castañón me embarcó en el primero; me invitaba a dar una conferencia en el Museo Andrés Lira; asombrado por el reconocimiento a un historiador en plena vida y juventud, acepté; en realidad se trataba de una charla en el Museo Miguel N. Lira, en Tlaxcala, Tlaxcala, y acerca de Rosario Castellanos; pasaron por nosotros, nos alojaron en un hotel que invitaba a conocer la ciudad (por lo estrecho del cuarto), aunque con la ventaja de una regadera cómoda, y de la cercanía con la sede del Museo, aunque con la desventaja de que está de subidita, y como hace años (cerca de 25) dejé de jugar beisbol, cualquier esfuerzo extra me cansa mucho (fuera del beisbol, nunca he hecho demasiado ejercicio: prefiero las escaleras eléctricas del Metro a las fijas, sobre todo por la recomendación de los médicos, pues presumir de fortaleza conlleva un debilitamiento de las rodillas, las mías débiles de por sí a causa del pie plano y baro); la ventaja al salir es que estaba de bajadita, y desemboca en uno de los muchos jardines que hay en Tlaxcala.
Viajar ilustra, dicen los viajeros, pero eso era cuando los viajes eran en barco, y entonces lo mejor era estarse semanas en la ciudad que se visitara, pero ahora que estar más de una semana desestabiliza el presupuesto, viajar no hace que uno conozca nada; a pesar de eso, tuve que contestar, al día siguiente de haber llegado, qué me parecía Tlaxcala, Tlax. Me parecía extraño que la vida, excepto la que se lleva en las cafeterías, terminara tan temprano. Salimos de la Anzures cerca de las 16:30 horas, y 120 minutos después apenas íbamos entrando en la carretera a Puebla: obras en el Circuito, embotellamientos a causa del embotellamiento en Ejército Nacional, marchas con cualquier motivo, provocaron una velocidad de siete kilómetros por hora en varios tramos; parece venganza de los funcionarios capitalinos contra los capitalinos; algo que entorpece más es el carril exclusivo del metrobús, que no ayuda a la circulación y en cambio reduce a la mitad, o a nada en ciertas calles, el tránsito vehicular.
Cuando llegamos a Tlaxcala apenas tuvimos tiempo de registrarnos; me comuniqué con la maestra Guadalupe Ruiz, una anfitriona amable y divertida, que nos aconsejó que cenáramos, y que al día siguiente ya nos veríamos; de cualquier manera salimos, sólo para encontrar vacías las calles, los comercios cerrados, y mucha gente tomando café y ejerciendo su derecho a la crítica.
La comida fue mejor; es el mixiote más sabroso que he comido en muchísimos años, aunque me llevé una reprimenda de la profesora Ruiz por comer los sopes con cubiertos; deben comerse, dijo, a mano, pero siempre los utilizo.
El Museo tiene una imprenta como debe ser, con su linotipo, su prensa plana, su caja de formación; lástima que esté prohibido tocarlos. También, expuestos, casi todos los libros de don Miguel N. Lira, y muchos ejemplares de su revista Fábula, que la tuve completa excepto el primer número; una exposición de Angelina Beloff, breve pero rica, y una biblioteca que merece ser aumentada.
Antes de la charla, una entrevista con tres reporteros; uno me fotografiaba, otro me apuntaba con una grabadora, y otra hacía las preguntas; ella, es notorio, ha leído a Rosario Castellanos; ya cuando pasé a la mesa, en medio de la profesora Ruiz y la poetisa Minerva Aguilar, me aterré: las poco más de 20 personas tenían expresión de incredulidad, reprobación y rechazo; el tema: los libros inéditos de Rosario Castellanos. Narré cómo los busqué, cómo no los encontré, cómo me los describieron (en realidad, sólo Rito de iniciación; del otro desconocía su existencia), los acontecimientos en que me vi envuelto y cómo me desenvolví en la publicación de las Obras I y II; narré la coincidencia de que el día que entregué Obras II me haya topado con Rafael Vargas y le haya contado mis aventuras con ese tomo, y cómo él, que se sabe de memoria tres mil poemas, y en otros 15 mil sólo le falla alguna coma o un punto y aparte, se olvida de todo lo demás; no se olvidó mi intervención en las obras de Castellanos porque ese mismo día se vio con Jaime García Terrés y con Daniel Leyva, quienes planeaban hacer la exposición Materia Memorable, que Rafael propuso mi nombre como curador de la exposición, lo que me llevó a encontrarme con los manuscritos que tanto había buscado; cómo se dio la coincidencia de que José Saramago le pidiera a Marisol Schütz un ejemplar de Ciudad Real porque Marcos le había contado que ese libro lo impulsó a la rebelión zapatista en Chiapas, y cómo eso llevó a que Alfaguara pudiera editar Rito de iniciación y Declaración de fe, que ahora están reeditándose.
Como hablé sin script, improvisando, la charla fue de mucha fluidez y logré hacerla amena, y el momento que temía, el de las preguntas y respuestas, me dio oportunidad de establecer mis gustos literarios, de contar varias anécdotas, de hacer citas que no identifica ningún auditorio, aunque tuve que aclarar una, de Mafalda; sobre todo, de regañar a un joven que me preguntó qué era Castellanos, además de poeta; si te oyera te agarraría a bofetadas porque ella se consideraba muy mujer, y las mujeres que escriben poesía se llaman poetisas; una de ellas declara que abomina la palabra poetisa, y estoy de acuerdo: abomino a muchas poetisas; decir que poetisa es peyorativo equivale a pensar que actriz es peyorativo, y pretender que una mujer es tan buena mujer que parece hombre. Un buen poeta las califica que poetrices.
Por cortesía no me lincharon cuando recordé que Castellanos se quejaba de que la mujer escribiera como desahogo, como confesión, y de la carencia de pintoras, de músicas, de pensadoras. También declaré que no he leído una novela que en teoría parece atractiva, porque en su primera obra la autora hace que su personaje, de principios del siglo XIX, le rece a San Martín de Porres, canonizado a finales de los cincuenta del siglo XX, así como tampoco se me antoja leer que Santa Anna caminaba por el malecón que construyó, muchos después de la muerte de ese personaje, Porfirio Díaz. Allí recibí la aprobación unánime de los asistentes, cuando menos de los que sabían que San Martín de Porres fue santo hasta el siglo XX, y que Díaz fue quien construyó el malecón.
La charla, que debía terminar a las 19:30, se prolongó hasta las 21:30 horas; aunque el hotel está a la vuelta de la esquina, estremecía ver las calles que están rete solas.
Del viaje a Mazatlán debo decir que es la primera vez que no terminé de leer, allí, el único libro que leí, que las olas me revolcaron, y que fui testigo de la falta de ética de un médico, quien ante la petición de una madre de que atendiera a su hija, grave, se negó a salir de la alberca y sólo concedió que la llevaran al hospital donde trabaja, antes de las 9 de la mañana siguiente; también, que no tengo respuestas para muchas de las preguntas que nos hace Nahúm.
Mis tropiezos cardiacos me afectaron al bajar del avión, no allá, sino aquí; llegué el miércoles y hoy, domingo, aún no me aclimato; a María José le fue peor, y Lourdes y Nahúm no querían regresarse. Volvimos nada más para comprobar que los sabios mexicanos son muy coscolinos.
*Ana Clavel es una narradora que sabe recrear atmósferas lúdicas; es también una editora de muchos méritos, y responsable que publicar un tomo de más de 600 páginas con apenas seis erratas; sin embargo, es capaz de igualar en deméritos a varios académicos; en el número del 19 de agosto de La Revista, de El Universal, se quejó de la carencia de ilación, de gramática y de ortografía en las breves pero muy frecuentes intervenciones incluso de las celebridades literarias de México y de otros países en las redes sociales; intervenciones en las que, dice, se dan de golpes, se insultan y se denostan; denostar, dice la muy denostada Academia, se conjuga como “contar”. No es infrecuente que una editora y literata de méritos desbarre con alguna conjugación; en el capítulo de uno de sus libros, sobre Rosario Castellanos, Elena Poniatowska dice que a Castellanos “la asola” ya no me acuerdo qué, pero la asola en vez de que la asuele; y como el académico que, repito, pone a sus personajes a comer sentados en las mesas, los muy groseros.
*Marco Pulido me aclara los nombres de algunas de las cintas a las que me he referido, cuando menos de los títulos con que se estrenaron en México; tiene razón, pero me defiendo con el pretexto de que muchas las he visto recientemente, por Cablevisión, y allí las retitulan; cuando menos a Una Eva y dos Adanes aún no le ponen Algunos prefieren quemarse o Con faldas y a lo loco; la del héroe de John Ford que no va más que un día a la guerra la vi una sola vez, y la recuerdo casi íntegra, excepto el título, que la tomo de la filmografía puesta por Bogdanovich en su larguísima entrevista con Ford, también uno de los favoritos de José de la Colina, quien me aclara que Dallas se llama Dallas por su apellido; lo acepto, aunque sigo creyendo que Howard Hawks la apellidó D’Allesandro para ponerle Dallas, como la heroína de La diligencia. Pero me halaga coincidir en gustos con De la Colina, quien vive el cine hasta para escribir.
*Adrián González ha tenido una recuperación fabulosa, y está bateando arriba de .450 en los últimos 25 juegos, con una buena cantidad de carreras empujadas, pero se está ganando la salida de Boston porque fue de chilletas con el dueño de Medias Rojas para quejarse de cómo maneja Bobby Valentine al equipo; con el de hoy ha pegado ya 15 jonrones y lleva dos juegos seguidos conectando; Yovani Gallardo lleva cuatro victorias seguidas (en las secciones de deporte dirían que lleva una racha ganadora de cuatro ganados al hilo), y en su último juego produjo dos carreras, que hubieran sido suficientes para darle el triunfo a Milwaukee; Miguel González lleva cuatro ganados con Baltimore, Aceves llegó a 25 salvados, y el Cochito (así le dice, sabe por qué) Cruz es líder de bateo con los Dodgers en los últimos 20 juegos, y también ha pegado cuadrangular dos días seguidos.
*Acaban de salir al mercado una compilación de Elton John, una de Tom Petty, además de tres conciertos suyos en video; una reimpresión de Jesucristo Superestrella; la reimpresión de un clásico de Ted Nuget, un álbum con todo Roxy Music en estudio, el tercer disco de Darkness, el más reciente de ZZ Top, uno de Lon and Derrek Van Eaton, otro de Kinks en la BBC, el más reciente de Ry Cooder, más la reimpresión de Men Opening Umbrellas Ahead, que aunque es de Vivian Stanshall es como si fuera de Traffic; conciertos de Don Preston, y recomiendan una novedad de John Murray; en cuanto a música de concierto, anuncian la Novena de Bruckner, con Simon Ratlle, y también con él, las cuatro sinfonías de Brahms, varios conciertos de violín, entre ellos el de Tchaikovsky, con Baiba Skride; las nueve sinfonías de Beethoven con Baremboid (aunque no las califican de excelentes, sólo de buenas); tres obras de Pierre Boulez, con Fabrice Jünger; una sinfonía de Ravi Shankar, con la Filarmónica de Londres; arias de Vivaldi interpretadas dicen que magistralmente por Roberta Invernizzi; un Ave María y otras piezas con el ensamble Brabant dirigido por Stephen Rice, al que dan calificación perfecta; Una Pasión de San Juan, también perfecta, afirman; unos quintetos de Dvorák y de Mendelssohn con el Ensamble Aronowitz; unos divertimentos y un quinteto de oboe de Bocherini, más unas sonatas de chelo, que eran su especialidad, con Nasillo y Christensen, imperdibles; y unas transcripciones de las segunda y sexta sinfonías de Beethoven, para piano, consideradas perfectas, con Yury Martynov, más todas las sonatas para piano de Beethoven, con HJ Lim, con calificación de nueve, como intérprete, pero que es tan bonita como si fuera violinista japonesa. ¿Y dónde se consiguen? Y quienes lamentan la desaparición de la Margolín deben aceptar que ya desde hace tiempo mostraba un deterioro irreversible; y lo único que puedo decir es que cómo que desapareció si me debían.
*Tres años y medio después, la historia me da la razón.
*Y no, no me olvidado de las mujeres de Allen, a las que regresaré en la próxima.
lunes, 6 de agosto de 2012
Paz y gratificación: las mujeres de Ford (y de Allen)
Aunque los héroes de John Ford son hombres recios, que enfrentan las adversidades con toda calma, las mujeres de sus cintas no son bravías, no desatan bajas pasiones, no parecen ser objetos del deseo, pero representan la recompensa luego de una batalla, una guerra, o toda una vida de sacrificios y retos. Claro que hay excepciones: Dallas (Claire Trevor), la heroína de La diligencia, pese a su pasado (o por ello) (magnificado por Maupassant) causa grandes alborotos, despierta los deseos de varios, y finalmente es el premio que se lleva el también proscrito Ringo (John Wayne); ambos están si no fuera de la ley, sí de las buenas costumbres, son unos parias en comparación con los demás pasajeros, y hacen una de las parejas más memorables de cualquier western (¿Howard Hawks le puso Dallas a Elsa Martinelli en Hatari en honor a Ford y a Trevor?).
Dorothy Lamour, más vestida que de costumbre, es una metáfora de las pasiones contenidas, o al revés, el huracán de Huracán es una metáfora de lo que siente John Hall, y Mary Astor, la paz que encontrará cuando se calmen los vientos huracanados. Maureen O’Hara es la promesa que se alcanzará cuando se descubra que la esperanza es el presente, no el futuro, de ¡Qué verde era mi valle!; en El camino del tabaco una subtrama parece encaminarse hacia la sexualidad, y tiene una de las pocas escenas donde una heroína de Ford muestra las piernas sin que sea en una carrerita: Ellie May Lester alborota al por lo regular ecuánime Walter Bond; en Mi adorada Clementina, o La pasión de los fuertes, el héroe Henry Fonda (Wyatt Earp) tiene en casa su recompensa natural en los brazos de Clementina (Cathy Downs), pero el antihéroe Victor Mature (Doc Hollyday) hace honor a su condición de paria y se refugia entre las piernas torneadas (aunque escamoteadas al espectador) de Linda Darnell (actriz que tuvo un final trágico), Chihuahua para sus compañeros de la lucha contra los Clanton.
En El fugitivo, la menos buena de las obras de Ford según una legión de admiradores, está basada en una de las novelas mayores de Graham Greene, El poder y la gloria; aunque la cinta carezca del áurea de fatalidad de la novela, los personajes son otra vez unos parias, unos perseguidos: el sacerdote alcohólico Henry Fonda, quien vive un romance a todas luces prohibido con Dolores del Río; ambos, perseguidos en un Tabasco dominado por el anticlerical gobierno (de Tomás Garrido Canabal), y finalmente redimidos por su fe; en Fuerte Apache el drama es otro: Wayne se niega a victimizar a los apaches, pero su jefe Henry Fonda, más cuadrado, ordena una matanza que se convierte en masacre contra los soldados; hay sin embargo presencias femeninas: una adolescente Shirley Temple, quien en una escena muy divertida explica por qué se llama Filadelfia; en otra, los presos Victor McLaglen y Pedro Armendáriz son excarcelados para que lleven serenata a las señoras esposas de los comandantes del fuerte donde viven; fueron encarcelados por cumplir al pie de la letra la orden de Wayne cuando decomisan un contrabando de bebidas alcoholicas: “acaben con el whisky” (no está por demás estar de acuerdo con lo que dice Carlos Fuentes de Armendáriz en su reciente Personas: que es el mejor actor mexicano, aunque no por las cintas que prefiere Fuentes, sino por ésta y por From Rusia with Love; en ambas tiene escenas donde opaca a los protagonistas; en la segunda, en unos cuantos minutos borra a Sean Connery por completo; en la de Ford escenifica, y dice la leyenda que sin extras, cómo domar caballos salvajes).
Armendáriz también aparece en Los tres padrinos, donde no hay mujeres importantes, excepto la moribunda y bella madre abandonada y recién parida a quien le hacen la promesa de que salvarán a su hijo, cosa que hacen a costa del sacrificio de la vida de Armendáriz y Harry Carey Jr. En Río Grande, otra cinta del ejército estadounidense, y en La legión invencible, las mujeres maduras o, mejor dicho, respetables, Maureen O’Hara y Joanne Dru, son obstáculo para que cumplan con sus deberes los héroes John Wayne y John Wayne, una porque se opone a que su hijo Claude Jarman Jr. sufra los rigores del ejército y clama por que lo haga Wayne orgullo de su nepotismo; la otra porque quiere apresurar la jubilación del mayor Wayne, y cobre una pensión a la que tiene derecho sin que le quiten impuestos.
El hombre quieto presenta un Wayne asesino involuntario (lo que se describe en una escena muy breve), enamora a la arisca Maureen O´Hara, sólo que el cuñado Victor McLaglen se opone a que se casen mientras él permanezca soltero, por aquello de hermano saltado… y los malvados del pueblo le hacen creer que tiene chance con la viuda Sara (Mildred Natdwick), de lo que se desengaña el mismo día del matrimonio de Wayne con O’Hara, y aunque no puede deshacer la boda, se niega a entregarle al cuñado la dote respectiva, y O’Hara no quiere cumplir con sus deberes conyugales mientras no sea una mujer completa, es decir, con su dote; la cinta tiene una de las escenas más picaras del cine; Wayne, enfurecido con O’Hara, la arroja sobre la cama, que se rompe; al día siguiente los vecinos le llevan el mobiliario que McLaglen accede a entregar (no así el dinero), y cuando entran a la recámara y ven la cama rota imaginan lo que imaginan; toda una hazaña al no insinuar siquiera una vulgaridad.
No hay hazaña al mostrar las bajas pasiones de Clark Gable por Grace Kelly, porque él nunca logró una escena en donde no tuviera mirada turbia y expresión de profesor que quiere negociar las calificaciones de una alumna apetecible; el clima cálido de la locaciones ayuda a esas bajas pasiones que Ford evita hacer explícitas y vulgares.
Los buscadores, Centauros del desierto o Más corazón que odio no muestra el amor de Wayne por su cuñada Vera Miles, sólo cuando se deja llevar por la ira del deseo incumplido.
No recalco más en otras cintas de Ford no por falta de deseo, sino porque haría repetitivo el recuento; tampoco deseo que se cuele ningún adjetivo que haga más evidente que John Ford es mi director favorito, que entiendo y comparto lo que dice Cabrera Infante acerca del wester filmado por Ford (o por Hawks): que si Homero hubiera escrito cine, hubiera hecho westerns; que admiro las cintas que no son westerns, que con las cintas de Ford uno se emociona, sufre, ríe y se reconforta; pocas cintas son tan admirables como la bélica The Wings of the Eagles, tan ágil y tan inteligente pese a que el protagonista pasa media película en cama, inválido; que pocas veces he sido tan crédulo (lo que es una exigencia básica en un aficionado al cine) como en Bill, qué grande eres (When Willis Comes Marchin Home), en la que un joven logra ser héroe aunque nadie se lo crea.
Dice la leyenda que cuando los macarthistas querían linchar a varios directores sospechosos de izquierdistas (al revés de ahora, que quieren linchar a los que no proclaman que son izquierdistas aunque son más represores que los macarthistas), Ford los hizo callar con unas cuantas declaraciones, y con el apoyo que le dio a los perseguidos. También dice la leyenda que Ingmar Bergman se sintió halagado cuando lo compararon con Ford.
Uno de sus admiradores es Woody Allen, y en más de una ocasión ha plagiado alguna de sus escenas; y aunque es un director que tiene exceso de bajas pasiones, ha tenido la delicadeza de no mostrarlas desnudas, más que ocasionalmente, y en escenas que poco tienen de sexuales. Pero que Allen las admira es algo que pocos podrían dudar.
En Bananas tiene una de las pocas escenas procaces, pero elimina cualquier vulgaridad con el humor, cuando en pleno campo guerrillero, Princess Fatosh corre desnuda, sin blusa, pero tapándose los pechos, y grita que la ha mordido una víbora; poco antes les instruyeron que en un caso similar hay que chupar el sitio mordido para evitar que el veneno corra por el cuerpo; la reacción de todos los guerrilleros es correr para succionar el pecho mordido por la víbora, Allen incluido, con mirada torva; al final de la cinta se narra el primer encuentro nupcial con Luisa Lasser, por tres cronistas deportivos (uno de ellos el célebre Howard Cosell); todo sucede bajo las sábanas, escamoteado para el espectador. En Take the Money and run quiere seducir a su esposa Janet Margolin, pero, torpe, es incapaz de desabotonarle la blusa, ante el aburrimiento (¿o desazón? de ella); en otro momento, parodia de Fuga en cadenas, ella le reclama lo frío de su relación, ante el choteo de sus compañeros que se han escapado con él. En Sleeper una máquina sustituye la cópula entre humanos, pero Allen convence a la muy hermosa Diane Keaton (más hermosa en las cintas de Allen que en cualquiera otras) de que es mejor a la antigua; pero también, al declarar que lleva 200 años sin copular (el tiempo que ha estado dormido) agrega otros cuatro, “contando mi matrimonio”.
Tal vez la escena más estremecedora sea la que abre Hanna and her Sisters, con el rostro de Barbara Herhey en un acercamiento total, entonces de 38 años y diez centímetros más alta que Allen, acompañada de una voz en off: “¡Dios mío, qué hermosa es!”. En Manhatan (¿su obra maestra?) abandona a la adolescente Mariel Hemingway para irse con Diane Keaton (“trouble is my second name!”), y al final, cuando Hemingway avisa que se va de viaje y que deberá esperarla, le asesta una frase terrible: “no seas tan madura”); antes, Hemingway le ofrece que hagan el amor "cómo siempre ha deseado"; Allen se levanta de la cama y ante la pregunta de ella de qué va a hacer, contesta con un desarmante “voy por mi traje de buzo”, lo que hace que el espectador imagine demasiadas cosas.
La única escena con desnudos es la ofrecida en Radio Day’s, cuando el niño que encarna su papel (en este caso la Academia permite que se utilice “rol”, pero me niego a obedecer a la Academia en sus tonterías) observa a una mujer bañándose, mostrando toda su belleza en desnudez; lo inquietante no es el desnudo, sino la escena siguiente cuando el niño descubre que esa mujer espléndida (bien aplicado el adjetivo) será su maestra en el año escolar que comienza ese día. En esa cinta hay un faje en un auto que no culmina en cópula por culpa de la transmisión del célebre programa radiofónico de Welles sobre la invasión de los marcianos, en una de las mejores bromas de Allen en todo su cine.
En La última noche de Boris Grushenko (o Amor y muerte) hace que la gentil y delicada expresión de Diane Keaton se muestre pícara cuando comparte la complicidad de sus infidelidades con todos quienes la rodean, lo mismo cuando hace la lista de sus amantes, y cuando el alarmado Allen pregunta azorado que si en realidad son tantos, ella con ingenuidad dice que apenas va en la letra A; pero cuando la condesa Olga elogia la manera de Allen de copular, éste presume que todo se debe a que practica mucho cuando está solo.
Pero Allen tiene muchas escenas más al respecto de su pasión por las mujeres. Me deleitaré en la siguiente enumerándolas.
*En el escándalo provocado por el párrafo que Poniatowska añadió a una entrevista que le hizo a Borges en 1973 se ven varias cosas: en primera, que leer a Borges es tan engañoso que se le pueden achacar poemas chabacanos con tan sólo imitar el ritmo de sus versos largos; que los lectores fueron tan apáticos que no advirtieron que en tres ocasiones cometió esa falta, y sólo hasta la tercera vez fue advertido el engaño, y sólo por María Kodama, quien se indignó porque alguien creyera a Borges capaz de escribir una cursilería, y además por mentir; en las redes sociales algunos se atrevieron a defender a Poniatowska; o no a defenderla, pues lo que hizo es indefendible, sino a disminuir sus acciones, y para ello la compararon con Peña Nieto, quien no fue capaz de recordar que no es lector; trataron de culpar a Miguel Capistrán, quien también cayó en la trampa de Poniatowska. Y en efecto, Miguel, siempre acucioso, pudo haber tomado la entrevista publicada, y utilizarla sin los añadidos tramposos; Capistrán tiene una memoria que registra matices, hasta los detalles más insignificantes, y resulta asombroso que no haya advertido el añadido de los poemas que no pudo recitarle Poniatowska a Borges a) porque no era suyo uno, y b) porque el otro no lo había escrito aún. ¿Capistrán pecó de inocente? En esas mismas redes sociales culparon a los editores, pero quienes lo hicieron ignoran que en los contratos los autores afirman ser los autores de los textos y se comprometen a responsabilizarse de cualquier acción que resulte si esto no es verdad; asombra cómo Capistrán rehúye su responsabilidad, y cómo Poniatowska disminuye sus culpas; asombra que en La Jornada hayan retorcido el asunto aunque sabían que los demás diarios lo iban a destacar. No debería de asombrarme: cuando el asunto de Peña Nieto y su mala memoria, el diario se puso a modo para que se luciera Andrés Manuel López Obrador con tres libros “que lo marcaron”: no objetaron que incluyera la Constitución Mexicana, documento que ni es libro y que además todo mexicano debería conocer, aunque no explicó AMLO si la conoce hasta en las últimas y muy extensas modificaciones; incluyó también la Historia Moderna de México, pero no confesó que leyó los diez tomos originales, si es que los leyó (es sabido que, excepto el coordinador y los demás autores de la obra magna, el único que la ha leído completa es José Emilio Pacheco), fue porque su tesis es sobre la República Restaurada, lo que hacía obligatorio que tuviera el libro y lo consultara (se ignora si también leyó la parte correspondiente al Porfiriato, el 70 por ciento de la obra), y Poemas, de Carlos Pellicer; en La Jornada, casi más que en cualquier otro periódico, son cultos e informados, y no ignoran que ningún libro de Pellicer se llama Poemas; ¿se estaría refiriendo AMLO al libro que se distribuyó en Tabasco cuando Pellicer hizo su campaña para senador por ese estado? López Obrador fue de los que dirigieron esa campaña, lo que haría obligatoria, para él, esa lectura. Como sea, Poniatowska cargará ese episodio para siempre, y a Capistrán le manchará su reputación como investigador minucioso y La Jornada no podrá acusar a los demás diarios de parciales y tendenciosos.
*¿De dónde habrá sacado Televisa a Georgina González? Sabe narrar, conoce los deportes que narra, es simpática, dicharachera, ocurrente y, hasta donde la he oído, imparcial; esas características no son características de la gente de televisión; los cronistas televisivos suelen ser más del tipo de Aurora Bretón, quien en lugar de explicar al televidente los secretos de la arquería demostraba parcialidad hacia los competidores mexicanos, animaba a los arqueros aunque ellos desde luego no la oían, y su crónica se limitaba a unos cuantos “vamos Marianita, vamos”.
*Aclaración pertinente: mi legendaria torpeza me impide poner puntos y aparte, por lo que se le pide a los lectores imaginen dónde deben ir. Gracias
lunes, 23 de julio de 2012
Las mujeres de Truffaut (y algunas de Ford)
A Truffaut le gustaban las mujeres, pero no las exhibía; la mayoría de los desnudos que aparecen en sus cintas son delicados y bellos, y aunque pudiera habérselos ahorrado, no son gratuitos, y sí en cambio bastante naturales; tampoco significa que no contengan erotismo, pero carecen de la vulgaridad que contienen los desnudos de algunos otros directores; por ejemplo, lo que hay en las cintas de Blake Edwards pueden ser cachondos, pero no de buen gusto: hay algunos no malos, como el de la anónima mesera con los glúteos descubiertos, admirada en silencio cómplice por Jack Lemmon y Jack Klugman en un coctel; o los upskirts ingeniosos en The Party (La fiesta inolvidable, o El guateque, según los españoles) y en La maldición de la Pantera Rosa; pero es muy reprobable el famoso desnudo de Julie Andrews en SOB, y los muchos inútiles aunque de actrices muy hermosas en 10.
Regresando a Truffaut, los no muy abundantes desnudos en sus cintas son respetuosos, además de proporcionar inquietud, una de las maneras elegantes del erotismo: en Disparen sobre el pianista, Michèle Mercier aparece con los pechos desnudos, en una escena “after sex”, mientras que Charles Aznavour, por el contrario, se tapa el pecho con las sábanas; en esa época, 1960, las escenas de cama eran al revés: aunque se insinuara que estaban desnudas, las mujeres se tapaban con la sábana mientras que los actores mostraban el pecho; Mercier está muy bella, muy desinhibida, sin un pudor falso después de haberse entregado. Marie Dubois, con tanta carga erótica como Mercier, se hace amante de Aznavour, y muere sacrificándose por él, quien seguirá con su destino de pianista en bares de mala suerte, rindiéndole homenaje.
Jules et Jim tiene una carga subversiva respaldada por el erotismo y las ansias de libertad representados ambos por Jeanne Moreau, que contagia a Oskar Werner y a Henri Serre, quienes parecen más comparsas de ella que entes independientes; viven una historia de amor y sexo muy atrevida para la época narrada, y también para la que fue filmada; Moreau, muy salvaje en otras cintas, se ve muy hermosa y delicada, además de insinuante, en ésta.
Se ve salvaje, pero no primitiva, en La novia vestía de negro, basada en una muy emocionante y muy triste novela de William Irish (novelas suyas, que ocupan doce tomos en Ediciones Acervo, más otro tomo en Aguilar, y cuatro tomos de relatos en Alianza Editorial; le gustaba lo negro: Miedo negro, Telón negro, Rendez-vous en negro), la muestra violenta, pero con razón; y en una escena sacada de contexto, pero que define muy bien a la protagonista, se mira en un espejo con los pechos descubiertos; no excita, incita.
Las dos muy bellas actrices de Las dos inglesas y el continente, en la cinta hermanas y ambas enamoradas de Jean-Pierre Léaud (Kika Markham y Stacey Tendeter) se desnudan ambas con mucha delicadeza y pudor, y aunque juran que no lo harán, ambas tienen relaciones sexuales con Léaud, un artista inmaduro, y más inmaduro como hombre, pero que tampoco las presiona para que cedan; las circunstancias los van empujando hacia la cama (como decía Ibargüengoitia), los tres se enamoran entre sí, pero como sucede con muchas de las cintas de Truffaut, el amor no se les da, o se precipita cuando todo parece que va a resultar favorable; como en todas sus cintas, no hay vulgaridad, aunque sea una historia trillada (en cualquier otro director) la de un hombre que se enamora de dos mujeres, las consigue, pero sólo de manera momentánea y fugaz; incluso celebra cuando alguna de ellas conquista a otro hombre, aunque no deja de sentir celos.
La trágica belleza de Isabelle Adjani sirve de escenografía a la Historia de Adele H, la dramática vida de la hija de Victor Hugo, y aunque no haya erotismo como trasfondo, se narra de nuevo la relación enloquecedora de un amor no correspondido, que es uno de los temas frecuentes de Truffaut, y aunque no haya desnudos, Adjani hace si no que desaparezca la respiración, cuando menos que cambie su ritmo durante unos segundos, sólo para corroborar que la perfección no existe (excepto en la cinematografía).
El hombre que amó a las mujeres tuvo su remake en el cine de Blake Edwards; mientras que la versión de Truffaut es la de un hombre que arriesga su vida con tal de contemplar la belleza femenina en su esplendor, la versión de Edwards es la del que pierde la vida por tratar de lograr lo que se denomina “butt grab”, o tortear en mal español pero muy descriptivo.
En esa cinta se hace evidente que a Truffaut le gustaban las mujeres de pechos bellos, no muy grandes, mejor si pequeños, pero firmes, bien sostenidos, y mejor si están libres (como en novelas y cuentos de Juan García Ponce); se hace evidente porque sólo en ésta se muestran las piernas femeninas en plenitud; antes, sólo para excitar al macho, como lo hace Françoise Dorlec al mostrar los muslos, sólo a la altura de las ligas, y las muchas actrices de El hombre que amo…; la versión de Edwards, más vulgar, tiene la rara característica de mostrar fea a la antes atractiva y graciosa Shelley Long.
La mujer de al lado es otra muestra de amor loco, aquel que desafía costumbres, conveniencias y que, para conseguir al objeto del deseo, no le importa ir incluso contra la voluntad de ese objeto deseado, y en ésta, es la mujer la que insiste en recobrar un amor apasionado que anda todo alborotado pero que ya pasó, aunque para ello arriesgue su matrimonio y el del hombre al que desea; y como la historia está narrada desde un punto de vista imparcial pero no objetivo, ese amor no conduce más que a la muerte, como en todo amor romántico.
Hay otros amores en Truffaut, más inocentes, en apariencia, pero más duraderos: los que vive Antoine Doilel, en Antoine y Colette, La hora del amor, Domicilio conyugal y en cierta forma, en Los 400 golpes, que aunque ve ajeno el erotismo, lo entiende y lo anhela; en las otras historias de este personaje hay tentaciones, besos robados (“El primer beso siempre es robado”, dice Ramón Gómez de la Serna, pero las mujeres, que no son afectas a Don Ramón, dicen que siempre saben cuándo van a ser besadas), tentaleos torpes, erotismo apresurado, y las protagonistas exóticas que aparecen para romper la paz conyugal; en Domicilio conyugal tiene lugar una de las escenas más intimidantes, grotescas, pero al mismo tiempo terribles, de la filmografía de Truffaut: cuando Antoine se encapricha de Kyoko (¿es vulgar decir que se encula?, tal vez, pero es la palabra más exacta para describir cuando un hombre se encapricha por el deseo por alguien, y una vez satisfecho, comienza a verle todos los defectos, sus intransigencias, su deseo de ser amada y no deseada), Christine, viendo en peligro su matrimonio, se disfraza de geisha y lo espera sumisa cuando él regresa a su casa; la escena parece cómica, pero la cámara se acerca a Christine y la muestra con las lágrimas corriendo por sus mejillas (no como en el cine mexicano, que las lágrimas se quedan a media mejilla y no siguen corriendo; ¿serán artificiales incluso las de Libertad Lamarque, a la que también le quedan las lágrimas a media mejilla?).
Es difícil abarcar todos los aspectos del cine de Truffaut; sólo intenté ver, de manera superflua, su amor por las mujeres: quedan para otra ocasión, o para un mejor lugar, sus muchas referencias (aunque no resisto la tentación de citar algunas muy evidentes; el homenaje a Jacques Tati en Domicilio conyugal; los homenajes a Hitchcock en La noche americana y La novia vestía de negro; a Sacha Guitry en La piel dura, a su amigo antípoda Jean-Luc Goddard; a Nicholas Ray, a Orson Welles, a Buñuel), sus guiños, sus obsesiones más allá del amor, sus citas literarias, su pasión por el cine, que va más allá del cine.
Otro de los muchos ídolos de Truffaut, y de toda la nueva ola francesa (que cimbró al cine mundial de finales de los cincuenta a mediados de los setenta) fue John Ford; los hombres recios y rectos, la amistad resuelta a punta de chingadazos, las situaciones límite que los héroes enfrentan sin vacilar, e incluso con humor, parece dejar en un segundo plano a las mujeres, pero es sólo en apariencia; si no, ¿cuál es la verdadera rivalidad entre James Stewart, John Wayne y Lee Marvin, sino el amor de Vera Mills, delicada y muy femenina, pero también muy decidida y muy valerosa? ¿Y por qué esa historia, de una de las mejores cintas de todo el cine mundial –The man who shot Liberty Valance— está contada por el ganador, el que se queda con la dama, pero que rinde homenaje al que dejó que se la quitaran? ¿O qué historia de amor puede ser más trágica que la que no se narra, apenas se insinúa, en The Seacher, mal llamada Más corazón que odio en México y peor en España, Los centauros del desierto? En ella, John Wayne, enamorado en secreto de su cuñada Vera Mills, se mete por años a buscar a su sobrina raptada, y no la mata aunque ya sea más india que cuáquera, sólo porque se parece a Mills. Es una historia conmovedora de un amor imposible, pero más real que la consumación que consiguió otro; y ella sabrá que quien más la ama, apenas se atreve a desearla, y nunca será suya, ni la hará suya.
Hay muchas otras mujeres en el cine de John Ford, aparentemente poblado sólo por hombres y ocasionalmente por alguna mujer. En la siguiente veremos algunas.
*En Pack of Your Trouble, en México El abuelo de la criatura, Mr. Laurel y Mr. Hardy recogen a la hija de su amigo Eddie, muerto en la guerra y abandonada por la madre, y se dedican a buscar al abuelo de la criatura, un tal Mr. Smith; como siempre, se meten en líos de comisaría, roban un banco y causan equívocos; en uno de ellos irrumpen en la antigua casa de los Smith verdaderos, cuando Eddie, el hijo del nuevo propietario de la casa, está a punto de casarse; es un bobalicón torpe, pero novio de la hermosa Muriel Evans; la irrupción hace que la boda se cancele cuando creen a Eddie el padre de la criatura; al suspenderse la ceremonia, la agradecida y, repito, muy hermosa Evans, le da un prolongadísimo beso a Mr. Laurel, de más de diez segundos, demasiado para la época; Laurel parece no reaccionar, pero sin cambiar su expresión deja a Mr. Hardy el directorio telefónico que anda cargando, y va tras Evans; Mr. Hardy lo detiene.
En Our Relations, Mr. Laurel vuelve a besar a su esposa, la bella Betty Healy, a la espontánea Alice Cook, y a Daphne Pollard, Mrs. Hardy en la película, donde además varias bailarinas muestran sus piernas mientras bailan, y se desarrolla una historia muy enredada y divertida entre los mellizos Laurel y los mellizos Hardy, que involucran a dos aventureras guapas, pero que muy comedidamente no avanzan en sus intenciones eróticas.
Stan Laurel era un besucón al que nadie creía capaz de esas audacias.
*En cada Feria de Minería nos acercamos a la escuálida mesa donde están los representantes de la Orquesta Sinfónica de Minería, a quienes lanzamos nuestras opiniones, que escuchan con respeto; por lo regular compramos los discos que han aparecido en el intervalo entre feria y feria, y le preguntamos cuándo tocarían Le Boeuf sur le toit, de Darius Milhaud, una de nuestras piezas favoritas, y más desde que leímos en Novo y en Chávez cómo se molestaba la gente cada vez que Chávez la ponía con la Sinfónica Nacional; también, como si ellos tuvieran la culpa o alguna responsabilidad, cuándo programarían la Conga del Fuego Nuevo, de Márquez, porque pensamos que es una obra ideal para una orquesta como la de Minería, cuyos integrantes disfrutan lo que interpretan; Dudamel ya echó a perder la pieza de Márquez con la Simón Bolívar, pero está disponible la excelente versión con la Orquesta Sinfónica Juvenil del estado de Veracruz, dirigida por Antonio Tornero.
Nada más de imaginar a la flautista María Esther García Salinas encantada (bajo el encanto, para aclarar la frase que ha perdido sentido) bailando casi sin darse cuenta, o a la timbalista Gaby (no necesita apellido) tocar sus instrumentos con delicadeza aunque parece más bien con garbo y energía, eran suficientes motivos para querer verla en vivo y al día siguiente en la repetición por el 411.
No han tocado la obra de Márquez, aunque sí una versión muy buena del Danzón 2, que no es nuestro favorito, preferimos el 5 y el 8; pero el sábado y ayer domingo tocaron Le Boeuf…; nuestros amigos músicos opinan que Carlos Miguel Prieto no sabe dirigir, pero que los músicos lo respetan y hacen como que lo obedecen, cuando en realidad obedecen su entusiasmo, su vigor, su alegría; José Areán es mas músico, pero transmite menos entusiasmo; desde los primeros compases extrañamos la rapidez con que la toca Leonard Bernstein con la Orchestra National de France (tenemos tres versiones, una de ellas en vivo, tan contagiosa que Bernstein se la pasa bailando, y al terminar, antes que agradecer los aplausos corre a abrazar a la concertino; entusiasmo musical más que erótico, aunque ella es –o era, la filmación es de hace cuando menos 20 años, y también que las mujeres guapas no envejecen— bastante atractiva.
Areán bailó todo el tiempo, pero desconectado de lo que dirigía, porque aunque cada nota se oía con claridad y se distinguían todos los instrumentos (la orquesta toca con mucha elegancia y son excelentes músicos, casi podría decir que cada uno es solista y principal), faltaba la energía de la pieza, que enfureció a sus primeros escuchas por lo atrevido, lo experimental, la ejecución simultánea de melodías diferentes, disonantes incluso; faltó el humor, elemento primordial de Milhaud; no bailó Gaby, aunque eso lo suponemos porque nunca la enfocaron, aunque sí a las otras percusiones; no bailó María Esther, entre otras cosas porque no estuvo; la suplió una joven a la que el pánico no opacó su calidad de instrumentista, pues se nota su calidad, pero sí escondió sus gestos, y mostró sus rasgos, pero no su expresión.
No creo que le hayan prohibido bailar; integrantes de otras orquestas protestan porque sus compañeros en temporada normal no bailan con sus orquestas pero sí con Minería; y de cualquier manera algún violista y un clarinetista bailaron, sin advertirlo, cuando tocaron La Vals (para el orquesta) de Ravel. Simplemente creemos que no bailaron porque lo que tocaron, aunque eran las notas de Milhaud, en las partituras no estaban las otras notas, las secretas, las que hacen que los músicos se entusiasmen y contagien al público. A lo mejor si la hubiera dirigido Prieto, hubiera estado tan bien como estuvo el resto del programa.
*Ya despertó Adrián González; en los últimos diez juegos batea para .447, con tres cuadrangulares, ocho producidas y .770 de sluggin; pero para los fanáticos del beisbol la mejor noticia es el buen desempeño de Luis Cruz como short stop de los Dodgers; aunque su promedio es de .250 (ideal para alguien en esa posición) fildea con mucha seguridad, buenas manos y mejor brazo; lo vimos en la televisión (ahora que aún podemos verla) conectar su primer cuadrangular de su carrera en las Mayores; estaba tan emocionado que no dejó de presumirlo con cada uno de sus compañeros en el dugout, quienes ya no le hacían caso; parecía Red Buttons en Hatari!, más en la escena donde está orgulloso de que funcionara su trampa con la que atrapó a cientos de monos, que en la que choca por estar viéndole las piernas desnudas a Elsa Martinelli.
domingo, 8 de julio de 2012
Billy Wilder, François Truffaut, directores que amaron a las mujeres
Humphrey Bogart era rudo, pero sincero; su sensibilidad lo hacía débil y frágil ante las mujeres que, por su facha, lo creían inmune; por su actitud sabían que podían seducirlo; en efecto lo seducían, pero de cualquier manera las apresaba y para consolarlas, afirmaba que las esperaría los 20 años que duraran en la prisión; o los seducían mujeres igual de rudas que él, con aire de cinismo que desenmascaraba su mal disimulada inocencia; besaba por igual a heroínas (pocas) que a villanas, o a las esposas de los socios a quienes coronaban la frente; después del beso quedaban lacias, lacias; en ocasiones el romance no era suyo, y hacía lo posible porque la heroína triunfara, pero aun así lo hacía desde lejos, sin que supiera nadie (y menos ella) de su ayuda, no fuera que se descubriera su “ternura”.
Bajo las órdenes de Billy Wilder, en cambio, sucumbió ante la expresión inocente, angelical, casi infantil, de Audrey Hepburn; no podía haber mayor distancia entre ellos; excepto Pier Angeli, nadie tenía una expresión casi infantil, sin rasgos de travesura, que Hepburn; en su carrera interpretó papeles audaces, pero no en lo sensual, sino aventuras de espionaje o de asedio; sus coestrellas se enamoran de ella, pero no la seducen; una de las actrices más elegantes, mostró poco sus piernas: apenas algo de muslos en Cómo robar un millón de dólares; un poco más en Desayuno en Tiffany’s; atisbos en Funny Face; entre los cientos de fotografías que le tomaron durante su carrera hay algunas pocas en traje de baño; en ninguna de esas fotografías llaman más la atención que la finura del rostro, la elegancia de su figura, su caminar refinado, sus facciones elitistas; es literalmente la personificación de una princesa de cuentos de hadas; pocos se fijan en lo rotundo de sus muslos, probablemente porque lo delgado de su talle, de sus brazos, de su cintura, no prefiguran las piernas tan hermosas que muestra, por una vez con picardía, aunque muy brevemente, en Sabrina.
Aunque los galanes con los que uno la asocia son finos o refinados (Cary Grant, Gregory Peck, Fred Astaire, Rex Harrison), se necesitaba que fuera seducida y disputada por actores menos identificados con la elegancia que con la perversión, como William Holden y Bogart, precisamente en Sabrina, una comedia aparentemente de alta sociedad que se involucra con las clases bajas, sin que corra peligro la cenicienta del caso. Sin embargo, sus piernas son objeto de un comentario entre Holden y Bogart, que las califican de magníficas.
Wilder consideraba que Hepburn era una “dama sin partes pudendas”, que “en vez de pecho tenía corazón”, y en vez de “hacer el amor, soñaba con él”. No así sus galanes, pero no se atreven a manchar su pensamiento considerándola presa sexual; en Arianna, en cambio, Wilder la hace fingir que es perversa, y para atraer a un hombre, presume de haber conquistado a muchos. Gary Cooper, el galán, se lo cree, no así el espectador.
El caso es que Billy Wilder fue el único que la utilizó como objeto sexual, aunque en historias inocentes y con final feliz; en los argumentos, Hepburn no desata bajas pasiones, pero sí en el espectador, el auténtico erotómano, el que no se fija ni en su delgadez, su elegancia, su sofisticación, su elitismo, su lejanía; él rinde culto a sus piernas, tan poco vistas que son más deseadas.
Pamela Tiffin, una altísima pero refinada adolescente, protagonizó su tercera película, bajo las órdenes de Billy Wilder; aunque después actuó con otro erotómano, como Dino Risi; aunque hizo un desnudo discreto en alguna cinta europea, y sale muy encuerada ya mas grandecita en El vikingo que vino del sur, y hace un trío muy divertido con la recatada, o casi, Carol Linley (de las primeras famosas en aparecer en (self)Play boy –como le llama Mad a la revista para caballeros, como le dicen en las secciones de espectáculos, o le decían, antes que proliferaran las que desvisten a las actricitas mexicanas), la más exhibicionista Ann Magrett, que sale en calzones un buen rato, Tiffin nunca se vio tan atractiva, aun sin mostrar más que parte de sus muslos en One-Two-Three; no logra opacar a James Cagney en uno de sus no muy numerosos papeles cómicos: Tiffin, en minifalda de los principios de los sesenta, distrae la atención lo suficiente como para darle chiste a una película que se burla de todos los clichés políticos de la época, con todo y travestismo que ridiculiza a la guerra fría. Tiffin, poco después, baila sin mucha gracia algo a go go y, como dice Ibargüengoitia de uno de sus personajes en Dos crímenes, le pasea las nalgas por las narices a Paul Newman en una cinta basada en Ross McDonald. Pero aunque enseñe poco, dirigida por Wilder es mucho más excitante que en cualquier otra cinta.
¿Y Fred McMurray puede ser imaginado como alguien diferente a Mis tres hijos, anodino programa televisivo de los años cincuenta? ¿O como alguien distinto al moralista de El milagro de las campanas? Sólo como papá sorprendente, o como un profesor distraído que inventa una boligoma que hace volar a su chiti chiti bang bang (como le decían los cursis a sus carcachas). De pronto es malditillo, pero su papel más intenso lo hace para Billy Wilder en Double Indemnity, donde con todo y su seriedad es seducido, llevado por el mal camino, corrompido, por Barbara Stanwyick, quien lo convence de que altere un seguro para cobrar doble prima por el asesinato de su marido; con lo último que le queda, McMurray la asesina mientras la besa con pasión; sólo así se libera de una mujer imposible de resistir, o easy to love.
Wilder es autor de varias obras maestras, como The Lost Weekend (la autobiografía de Andrés Soler, dice en El Ceniciento), Sunset Boulevard, sobre la decadencia de una seductora que se niega a envejecer; Testigo de cargo, de las pocas cintas de juicio que evade los lugares comunes, y que deja la duda de si se cumple o no con la justicia; Irma la Dulce, que otra vez quebranta la moral estadounidense; la divertidísima Vida privada de Sherlock Holmes. Pero la que prefiero por sobre éstas es A Foreign Affair; filmada sólo tres años después de concluida la Segunda Guerra Mundial, lleva como coestelar a Millard Mitchell, el amigo de James Stewart en Winchester 73; el productor cinematográfico en Singin’ in the Rain, el comisario de The Gunfighter; y a la ya en decadencia Jean Arthur. Con cerca de 50 filmes mudos, y una de las primeras Calamity Jean del cine (trivia: otras fueron la legendaria Francis Farmer, Ivonne de Carlo –la señora de Herman Monster—, Doris Day, Stefanie Power, Kim Darby, Carol Burnett, Jane Birkin, Catherine O’Hara –la mamá de mi pobre angelito—, Anjelica Huston, Ellen Barkin, y fuera del cine, una editora mexicana), y dirigida por Howard Hawks y por Fritz Lang, hace un papel muy divertido, de diputada que audita a un oficial del ejército estadounidense, enamorada de él (un poco expresivo John Lund), a su vez seducido por una alemana, Marlene Dietrich, quien utiliza muchas armas seductoras para evitar ser encarcelada por nazi, y perseguida por colaborar con los norteamericanos. Dietrich está muy divertida, canta y baila no sólo con gracia sino también con sensualidad más natural que en casi cualquiera de sus cintas más célebres; le enseña a Arthur cómo seducir a los hombres, y la hace estallar en berrinches muy espontáneos; al final, Mitchell logra aprehender a Dietrich, se hace de la vista gorda ante la debilidad de Arthur, y perdona a Lund, con tal de que se aleje de la peligrosa alemana; aunque Dietrich está muy vestida comparada con cintas donde muestra sus piernas legendarias, Mitchell debe encargar a dos soldados a que la custodien a la cárcel, luego de resistir su intento de seducirlo; precavido, envía a otros dos soldados para evitar que aquéllos liberen a Dietrich, y luego a otros dos que cuiden a los primeros cuatro.
Arthur, desabrida, atenta a las lecciones involuntarias de Dietrich, de pronto se destapa y logra seducir a Lund, e incluso a alborotar a varios soldados en un bar. Y esa desfachatez y ligereza la pueden lograr bajo la mirada de Wilder, un hombre que amó a las mujeres.
Al releer las pláticas que sostuvieron Alfred Hitchcock y François Truffaut cuando revisaron cada cinta que hizo el primero, es notorio que el francés tomó muchas ideas del inglés; La noche americana, por ejemplo, se la dictó Hitchcock completita, no sólo le da la idea sino muchas soluciones, y le permite la libertad de descuidar las cámaras y los micrófonos. Sobre todo, la posibilidad de contar varias historias al mismo tiempo, que no tuvieran que ver con la cinta sino con la filmación; una de ellas es la relación entre Jacqueline Bisset y Jean-Pierre Leáud cuando éste, dolido como estaba de las mujeres porque su amante lo dejó, quiere abandonar la filmación; ella accede a fornicar con él, y éste, fuera de sí (cualquiera y no) telefonea al esposo de Bisset para contarle todo; en otras escenas se ve cómo las mujeres, mucho más libres que los hombres, aceptan tener relaciones sexuales ante el azoro y casi la negativa de ellos. Las mujeres dominan el ámbito, las escenas, llevan el ritmo, la alegría, y entristecen al espectador cuando se deprimen; transmiten sus sentimientos, y dejan ver su belleza en esplendor al despojarse de la blusa con naturalidad aunque, hay que admitirlo, sin coquetería. Bisset, de las más bellas y elegantes actrices de los años setenta, no hizo muchos desnudos; en algunas cintas parece que se le ven los glúteos, pero los conocedores afirman que son de una doble; lo más excitante fue en The Deep, donde usaba una camiseta y nada debajo para andar buceando y se le transparentaban los pezones de botón para abrochar el paraíso (Tomás Segovia); en ésta, Truffaut le rinde honores al mostrarla sin vulgaridad, al igual que los pechos de Nathalie Baye en una escena muy divertida, y además filmada con cierta lejanía, pero no con frialdad.
En casi todas (no se dice que todas por El niño salvaje y por La piel dura –aunque hay aquí una escena sorprendente y sorpresiva, donde los niños le ven las pantaletas a una joven madre que se inclina para acomodar la carreola donde lleva a un bebé, y que Woody Allen rememora en Radio Days) sus cintas, Truffaut pone a los hombres a los pies de las mujeres, incluso en La piel suave, en la que el protagonista se debate entre dos amores sin quedarse con ninguno, y es asesinado por una de ellas.
El más claro ejemplo es La sirena de Mississipi, en la que Jean Paul Belmondo pierde todo por Catherine Deneuve: riqueza, prestigio, su fábrica, su casa, pone en riesgo su libertad y se convierte en un fugitivo; al final acepta que ella lo asesine, y sólo pide que lo haga de un jalón, no lentamente como lo estaba haciendo: “Amada de tal modo, no puedo soportarlo”, exclama ella, toda malvada, le perdona la vida y huyen, lo que no garantiza que se haya arrepentido totalmente.
Se sospecha que ella mató a la novia desconocida de Belmondo, se apodera de su dinero poco a poco, se deja ver en la compañía de otro hombre, y despierta los celos y el odio de Belmont, aunque al poco le perdona todo, asesina al detective al que contrata para localizarla cuando ella se va con toda su fortuna (por darle firma en la cuenta de la empresa), se convierte en un paria, todo por la belleza de una mujer llena de maldad a causa de la pobreza, sometida y explotada por otro hombre, pero llena de una sensualidad que provoca un accidente cuando, en plena carretera, se despoja de la blusa y deja al aire sus pechos privilegiados, aunque, como en La noche americana, es una escena filmada de lejos y con humor; más erotismo hay en una escena en que Belmondo llega al departamento en París, y ella con gran rapidez se viste para que él la desvista; el final no lo vemos, pero se intuye en la atmósfera densa y llena se sexualidad. Historia de bajas pasiones irrefrenables, es también la historia del amor loco extremo, en donde un hombre arriesga todo por una mujer.
Pero al hablar de Truffaut y las mujeres hay que revisar, así sea superficialmente, toda su filmografía.
*Ya hubo un día sin blanqueadas en las Mayores; Adrián González se está reponiendo, pero sigue en seis cuadrangulares; difícilmente llegará a 20 en la temporada; debutó un joven jalisciense con Baltimore, Miguel González, y ya obtuvo su primera victoria; mientras, Alfredo Aceves va casi igual que hace dos años, pero al revés: 0-7, aunque con 17 salvados.
*Una serie televisiva pretende relatar la vida cotidiana de las azafatas a principios de los años sesenta; aunque recrean con cierta verosimilitud la vestimenta femenina, se equivocan con la masculina; en esa época ni siquiera los burócratas combinarían traje café con camisa azul; se decía que las azafatas, que andaban por todos lados sin nadie que las cuidara, eran propensas al intercambio sexual sin compromiso, promiscuo y con audacias que no practicaban las señitos decentes; la serie es aburrida como para seguir sus peripecias y ver si insisten en ese lugar común, pero hay un detalle que desbarata todo sentido de credibilidad: la estrella de la serie es Christine Ricci, la Melina de La familia Adams en su versión cinematográfica; Ricci se ha desnudado, poco o mucho, en una docena de cintas, ha mostrado mucho pecho, algo de tambochas y hasta vello público; inhibida no es, pero hay un detalle que, repito, no es creíble: Ricci mide 1.55, y en esa época exigían que las azafatas midieran cuando menos 1.62. No entiendo para qué: ¿para alcanzar con facilidad las puertas de los compartimentos de los aviones? No sé, pero no admitían a las chaparras.
*Y mientras, arrecian los ataques racistas, se insulta a quien piensa diferente; ya llegaron a los ataques físicos, y los personales cada vez son más horrísonos. ¿Seguirá la Marcha sobre Roma? ¿Resucitará “El llorón de Icamole”?
*Mi amigo y editor Hugo García Michel dice que este proceso le ha ayudado a depurar su lista de amigos; pocos respetan las decisiones de los otros, pocos aceptan y dan explicaciones. “Soy enemigo acérrimo de todo fanatismo” (Mario Magallón), pero ante tanta intolerancia y tanta proclividad a la corrupción mientras tachan de corruptos a los insumisos, no me duele perder amistades que pensé durarían el resto de mi vida. ¿Valdrá la pena el sacrificio al que están empujando a los que ni siquiera pudieron votar por no tener la edad reglamentaria? Y los que los están empujando, ¿asumirán su responsabilidad? Aunque la ley exige secrecía en cuanto a votaciones, aclaro que no voté por ninguno de los que dijeron que hay inequidad, que la votación fue inequitativa; eso me confirma que ninguno de ellos sabe leer; si supieran, dirían que hubo iniquidad, que fue inicua. Pero es mucho pedir.
*Las redes sociales encubren la necesidad de la gente para expresar sus ideas, o repetir sin saberlo las ideas de otros; no tendrían necesidad si tuvieran amigos no imaginarios. Lo peor de todo es que más que la falta de ideas descaran su ausencia de ortografía y de sintaxis.
*Otra semanita espantosa, pero ya pasó.
*En la fotografía, Billy Wilder en una posición privilegiada para observar muslos y glúteos de Marilyn Monroe en La comezón del séptimo año.
domingo, 24 de junio de 2012
Directores y erotismo: más de Howard Hawks y Wilder
Aunque dirigió varios melodramas, y algunas cintas francamente dramáticas, Howard Hawks hace que sus héroes, rudos y valientes, o sabios y aparentemente interesados sólo en sus actividades específicas, caigan rendidos ante mujeres cuya mayor cualidad aparente es la vitalidad, aunque en realidad son inteligentes que si bien no se avergüenzan de serlo, no gustan de presumirlo.
En Bola de fuego, la aparentemente frívola Barbara Stanwyck, novia de un gánster harto simpático, conquista a ocho sabios (de diferentes materias) y los inmiscuye en sus problemas; por ella su intelectualidad se vuelve heroísmo y audacia, e incluso están dispuestos a cualquier sacrificio por ella; el por lo regular frío e insensible Gary Cooper se vuelve intrépido y se enfrenta a oponentes más diestros en el boxeo; gracias a ello, Stanwyck ya no duda en quedarse con él en vez de con Dana Andrews (García Riera en su libro sobre Howard Hawks insinúa que vence a Cooper como actor, y tiene razón); a su vez, los otros siete sabios (en geografía, en filología, en otras ciencias) vencen a los gánsters con inteligencia en vez de usar una fuerza de la que carecen.
En The Big Sleep Lauren Bacall hace una villana extraordinaria que en muchas escenas hace tambalear al rudo Humphrey Bogart, en la versión cinematográfica de una de las mejores novelas de Raymond Chandler; Bogart, aunque es el mejor Philip Marlowe del cine, Bacall es el mejor personaje femenino de Chandler en el cine; la sensualidad que derrocha, impropia para la edad que tenía en la vida real, es de lo mejor de la cinta (nada qué ver, pero se cuenta que Hawks y William Faulkner, quienes trabajaron en el guión, se atoraron en una de las escenas: no entendían cómo la había resuelto Chandler, y decidieron escribirle preguntándole cómo debían escribirla; Chandler respondió que no había releído su libro y pidió unos días; cuando al fin contestó, confesó que no le había entendido, y los dejaba en libertad de escribirla como les pareciera; en otro lado, Faulkner contó una muy divertida historia de cómo lo habían contratado y despedido sin haber escrito una sola línea de una cinta que iba a ser dirigida por Hawks).
En una de las comedias más divertidas de Hawks, His Girl Friday, Rosalind Russell reta a su arisco jefe Cary Grant, quien no acepta su renuncia al diario que él dirige, ni que se divorcien; entre ambos se burlan de Ralph Bellamy (aspirante a nuevo marido de Russell), y finalmente viven una aventura vertiginosa en la que tiene que ver un erotismo escondido, pero que se hace presente en varias ocasiones; Hawks se toma muy en serio el acto sexual, y sabe que es mejor mientras más divertido resulte; así, hace que el espectador se imagine escenas que no ve, pero que son tan reales que al final Russell decide no divorciarse de Grant y regresar con él, aunque tampoco renuncia a su independencia ni a su libertad.
Y aunque The Outlaw no es estrictamente de Hawks (la firma, no se sabe si fraudulentamente, el productor y millonario Howard Hughes), en ella aparece una de las figuras más espectaculares de la historia del cine, el escote (sin nada debajo) de Jane Russell; García Riera supone que Hawks era más fino, pero cuando se descuidaba, dejaba ver, aunque fuera por instantes, la sensualidad de sus estrellas, como lo hace en The Ransom of the Red Chief, en una escena que ya he narrado y que no llamó la atención de los críticos: Fred Allen y Oscar Levant buscan una dirección en un pueblo semicivilizado; se detienen ante una casa y salen a orientarlos todos los habitantes, mayores y menores, y súbitamente surge una mujer joven, con la misma animalidad que Russell; nada dice, sólo se detiene en el quicio de la puerta, y llama la atención de todos; los familiares, con voz seca, le ordenan que vuelva a entrar a la casa; por desgracia no he encontrado el nombre de la actriz que se robaría el corto (20 minutos), si no fuera por la anécdota casi inverosímil, y por la presencia de Lee Arker y de Kathleen Freeman (la maestra de dicción de Lina Lamont en Singin’ in the Rain).
Una de sus obras más significativas es El deporte favorito del hombre; aunque no está a la altura de sus grandes comedias, utiliza muchos de los elementos de algunas de sus mejores películas: Paula Prentiss habla sin parar como Katherine Hepburn cuando está aturdida, con lo cual aturde a Rock Hudson (quien hace una copia pálida y sobreactuada de Cary Grant); a Maria Perschy se le baja el cierre del vestido y deja ver las pantaletas (aunque por arriba) blanquísimas, y la espalda desnuda y bien formada (estaba de moda en esos principios de los años sesenta, tal vez por la espalda de Kim Novak, de Doris Day y en México de Silvia Pinal); Hudson la tapa de la misma manera, y caminan igual, que Grant y Hepburn en Domando al bebé, sólo que tienen un final diferente, porque se atora la corbata de Hudson en el cierre del vestido de Perschy, y lo descubre su prometida Charlene Holt; pero la escena es tan vertiginosa que no da lugar al erotismo, aunque sí a la contemplación, así sea momentánea, de la espalda y las tarzaneras de Perschy.
Aunque en esa época Prentiss se ganó por esa cinta la fama de poseer las piernas más hermosas de Hollywood, y las exhibe de manera generosa (en shorts y en una falda cortísima con la que está a punto de mostrar las pantaletas) en varias ocasiones, la escena más audaz está a cargo de Holt, quien aparece de pie, con negligé que deja traslucir un brasier insinuante, y unas pantaletas nada breves, pero sí sus piernas largas y esbeltas, como le gustaban a Hawks, en una pose que imitaba la de Angie Dickinson en Río Bravo y que repitió Holt en El Dorado.
Pero el tema que más repite es el del beso; Lauren Bacall le dice a Bogart, en Tener y no tener, que “es mejor cuando lo hacen los dos (besarse)”, en respuesta a un beso insípido de él; Dickinson le reprocha a John Wayne “es mucho mejor cuando no lo hace una sola” (antes él no había respondido); en El Dorado, Holt dice una variante de la frase de Dickinson (observaciones, en las dos primeras, de G. Caín); Prentiss primero besa a Hudson, pero él, inconsciente, no lo siente; luego él le da un beso rápido, y aunque a ella la conmociona, él lo hace sin ganas, por salir del paso; el tercer beso (como en El Mil Amores) es definitivo; ella queda trastornada y niega haber sentido placer, aunque al final ruega que vuelva a besarla.
Resulta que sí hay un par de desnudos en una película de Hitchcock: en Frenesí se ven los pezones de Barbara Leight-Hunt, y pechos y nalgas de Anna Massey, pero dicen los expertos que, además de fugaces, los desnudos son de dos dobles (también muy apreciables, pero anónimas).
Hitchcock le cuenta a François Truffaut en las largas y exhaustivas entrevistas que sostuvieron, que un amigo suyo puso en su buró o mesa de noche una libreta y un lápiz para apuntar un posible argumento que hubiera soñado, luego de tantos que no lograba recordar al despertar, y que sentía que eran mejores que los que se le ocurrían despierto y lúcido; una noche soñó una buena historia, se despertó, y apuntó su sueño; volvió a dormir, tranquilo y satisfecho, sólo que al despertar, ávido de leer lo que había escrito, se encontró con estas palabras: “boy meet a girl”.
Ese amigo, del que delicadamente Hitchcock oculta el nombre, fue Billy Wilder, otro director subyugado por la belleza femenina: en primer lugar, es autor de una de las escenas más memorables de Marilyn Monroe, en La comezón del séptimo año (La tentación vive arriba, dicen los Camacho y Menchaca españoles) cuando sale del cine con Tom Ewell, y parada sobre las rejillas del Metro, el viento sube su vestido; en Los Ángeles, dos Marilyn postizas usan un vestido blanco y pantaletas “grannies” del mismo modelo de las de Marilyn, aunque en la cinta nunca las muestra, pero hay decenas de fotografías donde sí se le ven (en la contraportada de la autobiografía de Wilder –Grijalbo, 1993—, Wilder admira las piernas de Monroe, pero ella detiene el vuelo del vestido, con lo que no se le ven las pantaletas, pero sí el principio de los glúteos); aprovechó la sensualidad de Monroe para varias escenas de gran picardía en Una Eva y dos Adanes (Algunos prefieren quemarse, mala traducción de G. Caín a Someone Like it Hot; aunque, peor, en España le dicen Con faldas y a lo loco), cuando suponiendo mujeres a Tony Curtis y a Jack Lemon, comparte cama con ellos, y se mueve de una manera no provocativa, porque no intenta provocarlos, pero deja ansiosos a los espectadores.
En ambas Monroe se muestra simpática y desenvuelta y con una sensualidad natural y desarmante; Ewell, de quien la esposa se burla porque considera que no atrae a ninguna mujer, la conquista, sin seducirla, sin tener que fingir hazañas o cualidades que no tiene, sólo con amabilidad y plática amena; aunque sueña con tenerla, se conforma con pasearla, mantenerla contenta, y sólo debe resistir lo tentadora que es; en la segunda Curtis intenta conquistarla imitando a Cary Grant, pero ella prefiere también lo natural y no lo extravagante como podría pensarse dada la sensualidad que derrama en cada movimiento, en su tono de voz, en su versión de “I Wanna Be Loved by You” (con lo que disimula su carencia de entonación); esa sensualidad está contrastada con la comicidad de Joe Brown y de Lemon, quienes al final se llevan la película con las frases “I’m a man” y “Nobody’s perfect”.
Con todo, no son las cintas donde hay más sensualidad; sin ocuparnos de todas sus cintas, y sin seguir un hilo cronológico, hay que destacar El apartamento y Kiss me, Stupid; en la primera Jack Lemon es explotado sobre todo por su jefe Fred McMurray, a quien debe prestar su departamento, en vista de su soltería y falta de conquistas y de compromisos, para que el patrón lleve a sus jóvenes amantes a refocilarse con ellas; una, interpretada por una muy joven y fresca Sherley MacLein, al sentirse utilizada por McMurray, intenta suicidarse; él ni siquiera se da cuenta, pero Lemon la salva y la rescata; pese a que por la época no se permitían situaciones que se daban en la vida real, Wilder no castiga a MacLein, aunque no es virgen y aunque ha sido amante de un conocido de Lemon, él la acoge, no le reprocha su pasado muy presente, ni la atosiga con reproches ni tiene intenciones de atormentarla con preguntas impertinentes (“¿y cómo era él, y en qué lugar se enamoró de ti?”, ni mucho menos “¿era mejor que yo?”); aparentemente el tema es la insubordinación de un apocado que se doblega ante sus superiores, pero queda más de manifiesto la libertad sexual, el amor desinteresado, y la ética y la moralidad; una frase de MacLein es memorable: “no hay que maquillarse si se sale –coge— con un casado”. El final sugiere un giro: ante las dudas de Lemon, MacLein toma la iniciativa y recupera su sexualidad rendida y apagada por la dominación bajo Murray: “Cállate y sube” (al departamento, y ya se sabe a qué).
Kiss me, Stupid es un alegato contra la dominación masculina y contra los prejuicios sexuales; si en The Apartament la heroína no es virgen y aun así es aceptada, en Kiss me, Stupid no sólo se acepta, sino que se justifica el adulterio; el provinciano Ray Walton, fanático de Beethoven, quiere aprovechar la visita del famoso cantante Dean Martin para dar a conocer sus canciones; la peinadora-piruja Kim Novak anhela juntar una cantidad ridícula pero fuera de su alcance por sus bajos salarios, para irse del pueblo y montar un negocio honesto; Martin desea acostarse con la esposa de Walton, Felicia Farr de belleza discreta pero indudable; pudiera parecer que el tema es la moral flexible de Walton, quien no se detiene en ofrecer la esposa a Martin con tal de que éste escuche su música, y Novak, que aunque piruja tiene un sentido de la moral más noble y recto que el ofrecido Walton y el conquistador oportunista Martin; al final Martin, casi por casualidad, da a conocer la música de Walton, éste se hace famoso y ayuda a que Novak deje su vida de perdición y se vaya del pueblo a retomar su vida, y Farr, que en una escena muestra de manera casual las pantaletas, se acuesta con Martin, ni como venganza por la infidelidad de Walton, ni rendida ante el acoso de Martin, sino por puro placer; la cinta es de 1964, y asombra que no haya en ella moraleja, que la infidelidad de Farr no incida en su matrimonio ni sea juzgada por Martin (cuyos acostones no son ni siquiera por placer) o por Walton ni por el el guión ni por el director ni que éste deje espacio para que espectador juzgue a Farr ni a Wilder ni a Novak, cuando mucho a Martin y a Walton (quien tiene una actuación excelente, como casi todas las suyas, aunque por desgracia sea más recordado por Mi marciano favorito que por sus muchas cintas de calidad).
Pero falta hablar mucho de varias cintas de Wilder, quien no tiene la merecida fama de erotómano que tienen otros directores de menor calidad y que más que eso, son obsesivos y obscenos.
Como por ejemplo A Foreign Affair, que tiene uno de los mejores y más sugerentes finales de todo el cine que trate de guerras.
*Luego de otro juego perfecto y de otro sin hit, ha habido tres juegos de un hit; en la semana hubo un día con cinco blanqueadas y cinco juegos que terminaron 2-1; según Diego, las Ligas Mayores no necesitaron elevar el montículo ni usan pelotas más pesadas y menos vivas (de hecho, hace poco un bateador conectó un jonrón aunque al batear soltó el bat); sólo ha habido mayor control en la vigilancia de atletas que ingieren esteroides o estimulantes.
Y aquello de que el que la hace la paga parecer ser cierto sólo en ciertos programas televisivos, porque Roger Clemens fue exonerado (no ”inocente“, más bien “no culpable”) de las acusaciones de haber mentido al Senado cuando juró que no sabía que le inyectaban (a él y a su mujer) sustancias prohibidas que le ayudaron a sanar de lesiones y al mismo tiempo le dieron ventajas sobre otros competidores. El gobierno careció de argumentos para demostrar que sabía lo que le ponían y que aun así lo negó. Quedó libre de esos cargos. Lo que sin embargo quedó demostrado es que le inyectaron los estimulantes. Por el momento queda anulada la posibilidad de que ingrese al Salón de la Fama, aunque dijo, en momentos más apremiantes, que dicho Salón le importaba un carajo (traducción libre).
*Por fin terminó Esposas audaces que nada tenían de desesperadas; termina con ello el mal ejemplo que daban sus personajes acerca de la hipocresía, el oportunismo, la sexualidad como arma y, peor, como chantaje; sobre todo, la tiranía de la fodonguez o de la chorcha y la curiosidad malsana; también, el mal ejemplo de que no importa qué tan malas sean las actuaciones: basta con enseñar y con insinuar que para triunfar (en la serie y en la vida) basta combinar la ropa interior.
*Persiste el mal ejemplo: no hay que portarse bien, sólo convencer a los inocentes de que se es inocente.
*Nada tiene que ver, pero qué bonita es la venganza cuando Dios nos la concede; yo sabía que en la revancha los tenía que hacer perder.
sábado, 16 de junio de 2012
Los directores y el erotismo: Hitchcock y Hawks
Dicen los cinéfilos que es mucho más excitante una mujer vestida que una desnuda, o que el erotismo está bajo las faldas, no sin ellas; los cineastas, muchos de los mejores, se pasaron la vida demostrando que esas aseveraciones son ciertas.
Varios cinéfilos rindieron culto a actrices (de los actores sensuales que hablen otros) a las que los espectadores no le encontraban atractivo; ante la afirmación de que Audrey Hepburn era demasiado delgada, Juan José Utrilla hacía ver que tenía unos muslos nada delgados y sí rotundos y bellos; a su casi tocaya Katherine Hepburn la tachaban de fea, pero Howard Hawks destacó su belleza al combinarla con su simpatía y su vigor incansables, y George Stevens, George Cuckor, Sidney Lumet, Stanley Kramer y otros resaltaron su elegancia y su inteligencia, elementos más eróticos que la voluptuosidad.
Muchos directores evidenciaron la sensualidad de algunas actrices hasta hacer que el espectador la advirtiera, sin necesidad de que expusieran su cuerpo, y si lo hacían, era con pudor pero también con picardía.
Se sabe que Alfred Hitchcock era fanático de las mujeres, y por la frecuencia con que aparecían en sus cintas, que le gustaban las rubias delgadas, elegantes y distantes. Afirman que se enamoraba de sus protagonistas (aunque no sostenía romances con ellas) y que las protegía en tomas audaces; en su larga filmografía no se atrevió a mostrarlas en ropa íntima más que en dos de sus películas, entre las más célebres, por cierto. En La ventana indiscreta observa a Georgine Darcy hacer gimnasia en sostén y pantaletas, en una escena muy breve pero no desprovista de humor, y en The Lady Vanishes, cuando la muy joven y pícara Margaret Lockwood se baja de una litera en el tren donde sucede toda la acción, se alcanza a ver su pantaleta blanca (está vestida con un camisón corto); es tan breve la escena que sólo se confirma con las nuevas tecnologías, cuando se puede congelar la acción.
Trabajó con infinidad de actrices muy bellas, y a todas las hizo ver muy sensuales; existe la anécdota de que cuando filmaban Náufragos, técnicos y visitantes se asomaban a ver el trabajo de Tallulah Bankhead, entonces de esplendorosos 42 años, que mucho antes de Marilyn Monroe gustaba de no usar ropa interior; aunque las escenas se prestaban a mostrar las piernas tanto de ella como de Mary Anderson, Hitchcock las cuidó muchísimo, pero el espectador advierte la atmósfera de erotismo insinuada por el naufragio y la convivencia de los personajes.
Una de las actrices más bellas de la época, y de muchas épocas, Kim Novak, interpreta su papel más atrevido, pero no en términos de atracción sexual, sino de perversión y de maldad, en Vértigo (De entre los muertos, dice García Riera); en realidad, los personajes masculinos se meten en problemas, son acusados de crímenes que no cometieron, y son atrapados (o se escapan apenas) a causa de las mujeres; pero no son víctimas, van gustosos hacia ellas; en el caso de Vértigo, James Stewart, quien sufre de acrofobia, se ve en una situación mortal a causa de la mirada de Novak. Ella, quien hizo varias cintas notables (El hombre del brazo de oro, Me enamoré de una bruja, Servidumbre humana, Kiss me, Stupid), nunca se vio tan sensual como en Vértigo (y casi, en Kiss me, Stupid, bajo el mando de otro erotómano, Billy Wilder, y en Molly Flanders); es enigmática, misteriosa, y presagia peligros insalvables.
Otra rubia, Grace Kelly, es la protagonista de To Catch a Thief, y Cary Grant, pudiendo salvarse, casi cae en las garras de la justicia nomás por ir a verla; y aunque se besan, la escena parece más la promesa que el hecho mismo. Ya en Vértigo Novak y Stewart se dieron un beso apasionado, y eso que no permitía la censura en esos gloriosos e ingeniosos años cincuenta, que los besos duraran mucho, ni que se dieran con los labios abiertos.
Aunque para besos, el que se dan en Notorious Cary Grant e Ingrid Bergman, que para muchos fue el más largo de la historia del cine, hasta esos momentos. Pese a que un teléfono timbra, ellos caminan hacia el teléfono sin dejar de besarse. La descripción de cómo se filmó la escena está en el libro de Guillermo del Toro, Alfred Hitchcock, de donde he tomado los nombres de los actores, pero no el espíritu de la obra: me gusta más el cine de Hitchcock que a Del Toro.
En Los pájaros, Hitchcock fue muy cuidadoso en varias escenas; en una, Suzanne Pleshette, atacada por las aves, está tirada en la calle, muerta; Rod Taylor, con todo y su pachorrudez y su pazguatez, va hacia ella y le tapa las piernas descubiertas cuando se le levantó la falda en la caída; su rival de amores, Tippi Hedred, pide que le cierren los ojos; tamaña delicadeza no está divorciada del erotismo que ronda en toda la película; y al final, cuando Hedren está ida, perturbada, cuidan que no muestre las piernas, muy bellas, y que atisba Sean Connery, sin lograr verla del todo, en la siguiente cinta de Hitchock, Marnie (es una ladrona, como la titularon en México Menchaca y Camacho).
Aún más: en Psicosis tiene lugar una de las escenas más célebres de la historia del cine: el asesinato de Janet Leight en la regadera, a cuchilladas; se sabe que, aunque el espectador no la ve, la actriz estaba desnuda; de haber disfrazado ese desnudo no sería tan impactante ni se sentiría la impotencia para defenderse del ataque. Fue ése el único desnudo en la muy amplia filmografía de Alfred Hitchcock, y no se ve nada; muchos años después hubo una copia, un remake, una rehechura, con Anne Heche en el papel que hizo Leight en los años sesenta; Heche ha hecho desnudos en cuando menos diez películas, Leigth sólo hizo aquél; además de que el remake es malo, ningún espectador tiene escalofríos ante esa escena, ni la siente verosímil; a lo mejor si no se le viera nada…
A Howard Hawks le gustaban las mujeres; tanto, que en sus películas ponen a prueba la amistad recia y viril de los protagonistas, no importa si son western o no.
En Monkey Bussiness Ginger Rogers está cocinando pero por un descuido trae levantada la falda; por adelante la tapa el delantal, pero por atrás son visibles (apenas unos segundos, y de manera confusa, las pantaletas blancas –de otro color, en el cine, eran pecaminosas, además de que la cinta es en glorioso blanco y negro); en la cocina está Harvey Entlewist (protagonizado por Hugh Marlowe), antiguo novio de ella; el marido Cary Grant apenas puede taparla para que no la vea Harvey; ella se asombra y luego se asusta; la verdadera picardía está en Marilyn Monroe, torpe secretaria que apenas puede mecanografiar unas cuantas letras en una hora, pero es protegida por Charles Coburn; cuando Grant prueba el elíxir que rejuvenece a quien lo toma, vive con Monroe una serie de aventuras desenfrenadas que no pasan a más por la edad que adquieren ambos; es más erótica la adolescente en que se convierte Rogers; al final, Coburn, rejuvenecido, empapa a todos con un sifón, aunque es más certero con Monroe, a quien le dirige el chorro de agua hacia las nalgas, con la seria intención de que el espectador se fije en ellas, si es que no se había fijado ya (en México la cinta se llamó Vitaminas para el amor; en España, Me siento rejuvenecer).
A Monroe vuelve a aprovecharla Hawks en una comedia deliciosa: Los caballeros las prefieren rubias, basada en una novela harto difícil de leer, de Anita Loos; la pone a rivalizar con la exuberante (adjetivo que sólo puede emplearse con ciertas plantas y ciertas mujeres; más raro, con ciertos libros) Jane Russell; Monroe es menos pechugona, tiene pantorrillas delgadas, muslos gruesos y caderas muy anchas; el rostro es asimétrico, canta mal y tiene que gemir para que no se noten sus defectos, pero pocas actrices han llenado la pantalla como ella, y su interpretación, con todo y sus defectos, de "Diamonds Are A girl's best friend" es emblemática (así y todo, hay un disco, con el título de la canción, donde se recopilan sus menos peores interpretaciones, excluida "Happy Birthday dear president", que sólo puede conseguirse en discos pirata: CEDAR, GFS261); en esta cinta hace el papel de una interesada que por ambiciosa por poco queda atrás en sus conquistas, pero finalmente triunfa; Jean Negulesco fue quien mejor la aprovechó en el cine, aunque es inolvidable la escena, dirigida por John Huston Misfits), donde juega con una raquetita en la que rebota una pequeña pelota; no importa cuántos golpes da, sino con qué ritmo lo hace, y cómo mueve los glúteos, para deleite de quienes la observan, y del espectador. Manuel Michel, en su libro sobre ella, dice que desmintió el mito de que las actrices no deben dar la espalda al espectador, ni en teatro ni menos en el cine --en High Society, Bing Crosby, cuando Grace se aleja de él dándole la espalda, le pregunta si ha adelgazado; con ello, uno se fija si de veras adelgazó; ella se detiene porque sabe que está (estamos) viéndole los glúteos.
Hawks le sacó provecho a la inteligencia de Katherine Hepburn, quien decide conquistar al sabio distraído Cary Grant en Domando al bebé (La fiera de mi niña, como la llama G. Caín; La adorable revoltosa, la llama Emilio García Riera), y luego de que rompe el saco de Grant, a ella se le rompe por atrás el vestido; apenas se atisban las pantaletas, pero como están en una fiesta, el caballeroso Grant le tapa el trasero con su sombrero de copa, como pudo haberlo hecho con la mano; así, llaman más la atención de los invitados a la elegante fiesta donde sucede la escena; posteriormente, en la casa de la tía, Hepburn aparece brevemente con una bata abierta que permite observar sus piernas y, de nuevo, muy brevemente, las pantaletas; la escena, otra vez, es más divertida que erótica, pero perturba a Grant quien al final cae en sus garras (con gusto, eso sí).
¡Hatari! sucede en África; no hay villanos, y los héroes cazan animales, pero vivos, para un zoológico (lo cual produjo alivio en Nahúm, quien ha visto casi diez veces la cinta y temía que los cazaran para matarlos; está convencido de que los que están en Chapultepec los cazó John Wayne); aparece una fotógrafa, Elsa Martinelli (una de las actrices italianas más bellas), quien es torpe, causa problemas, no puede cumplir con su trabajo, pero es aceptada, y al final conquista al inconquistable Wayne; pero más que él, es Reed Buttons quien primero descubre sus cualidades: están por partir a una cacería, y ella va retrasada; se sube al vehículo de Pockets, en pantaletas negras, y es en el jeep donde se pone los pantalones; de manera previsible, Pockets la ve a ella, no el camino, y choca; pero la escena más perturbadora sucede cuando Michèle Girardon le pide a Chips que le suba el cierre del vestido; él no dice nada ni acusa ninguna reacción, pero cuando ella pide que alguien la acompañe al río a bañarse, Kurt está dispuesto a hacerlo y Chips hace trampa y se adelanta; luego le aclara a Wayne que el francés Kurt está interesado en ella; Wayne no entiende, hasta que Chips le dice que la vea; Wayne levanta la vista, la observa por primera vez en muchos años (ella es hija de un antiguo cazador, compañero de Wayne y muerto por un rinoceronte; ella se cría con el grupo, que la ve como hija), y exclama un "¡oh!" muy convincente; a lo largo de la cinta Chips y Kurt rivalizan por ella, pero es Pocket, muy mayor (iba a poner más mayor, como escriben ahora los españoles, Juan Marsé inclusive) quien la conquista.
Antes de ¡Hatari! hay una cinta harto curiosa: Tierra de faraones, donde la muy sensual Joan Collins (quien fue sensual hasta más allá de sus 58 años, edad fuera del límite para el cine para esos menesteres) es castigada por ambiciosa, y aunque se queda con la fortuna del faraón asesinado, disfrutará de la riqueza encerrada en una pirámide. Así castiga el cine a las demasiado bellas.
En Río Bravo y El Dorado una mujer es causa de problemas para los protagonistas; Angie Dickinson pone en peligro a John Wayne, quien casi es asesinado por ella; castigados los villanos, Wayne le pide que deje el pueblo pues la buscan en varios lados, acusada de delitos cometidos por su exmarido; la contratan en la cantina para cantar, pero lo hace tan mal que debe salir en mallas, mostrando las piernas; Wayne amenaza con arrestarla si se atreve a salir así en el escenario; al final, de la ventana de ella salen despedidas las mallas, que caen a los pies de Dean Martin y Walter Brenan, quienes se imaginan otra cosa (no dicen qué) y estallan en carcajadas; antes, Martin le recuerda a Wayne que él cayó en el vicio de la borrachera por culpa de una mujer, que llegó y se fue en una carreta, como Angie Dickinson.
En El Dorado hay rivalidad entre Robert Mitchum (borracho a causa de una mujer) y Wayne, por Charlene Holt, quien también aparece con las piernas desnudas; muy a la irlandesa, Hawks resuelve el dilema no poniendo a los amigos a pelear por ella, más bien ella se va del pueblo (es lectura obligada el ensayo de José de la Colina sobre esta película, en Miradas al cine).
Pero no son las únicas mujeres en las cintas de Hawks. De ellas hay bastante de qué hablar.
*El miércoles tuvo lugar el quinto juego sin hit de la temporada, y segundo perfecto; todavía faltan cien juegos; sólo es de esperar que no cedan las autoridades de las Mayores y revivan la pelota viva para atraer de nuevo a los villamelones. El viernes hubo cinco blanqueadas. ¿Será que los managers conservan a los pitchers en la loma sólo si tienen chance de lanzar sin hit? No sólo en el beisbol, en casi todos los deportes, los atletas son más altos, más fuertes, más rápidos, consumen más esteroides y son más “nenas” (término que, contra lo políticamente correcto, ha puesto de moda “el doctor”).
*¡Fui a Los Ángeles (de donde tienen el descaro de agradecerme la ayuda para que la feria resultara un éxito) y no busqué discos de Don Williams!
*Me tomé una botella de vino con Marco Pulido, y no brindamos por el 16 de junio, que ahora se apropian los que no han leído a Joyce. Y por cierto, ¿alguien se interesa por la primera edición de Pomes Penyeach? Los ofrecen en sólo 1,200 euros.
*Recuerdo vagamente el ámbito caldeado en las elecciones de 1952, donde vitorear a Adolfo Ruiz Cortines era exponerse a burlas; en 1970 en que votar por el PRI era traicionar el Movimiento de 1968; en 1976, cuando sólo había un candidato; en 1988, en que se tenía la certeza de que se acabaría con un PRI que era lo contrario de lo que había sido; en 2000, cuando para ser de izquierda había que votar por la derecha, y en ninguno de esos años recuerdo tanto odio, tanta intolerancia como ahora, ni tanta ingenuidad, ni tanto peligro como consecuencia de todo. Ni en una época en que expresar dudas motivara tantas amenazas.
sábado, 2 de junio de 2012
Laurel & Hardy & women
Un personaje de dibujos animados, con la muy sensual voz de Katherine Turner, responde con una frase contundente cuando le preguntan por qué anda con otro personaje, desparpajado, sin glamour, sin físico espectacular ni beneficiado por la fortuna: “Porque me hace reír”. En Annie Hall, la protagonista menciona con arrobo las cualidades amatorias de un antiguo novio, y cuando Alvy Woody Allen) lo conoce y lo encuentra chaparro, clavo, con vestimenta convencional y gesto apacible, no puede entender el gesto de ella, como añorando las sesiones eróticas que había tenido con él: “¿ése, ése?”, se pregunta, confundido.
El humor es una cualidad en las relaciones amorosas, y no necesariamente porque supla otras; y el cine es un ejemplo: Germán Valdés antepone su gracia a otras cualidades de las que carece: no es fuerte y musculoso como Wolf Ruvinskis ni agraciado como Ramón Sánchez o Tito Novaro, pero se queda con Silvia Pinal, Gloria Mange, Rosa de Castilla, Rebeca Iturbide, Alicia Caro, ya se sabe que por culpa del guión, pero al espectador no le queda alguna duda de que así sería también en la realidad.
Una de las características de Valdés es que es un besucón; corre la leyenda de que en las escenas de besos (que entonces se daban con los labios cerrados), él las besaba en realidad, de lengüita, como se dice; si lo hacía, el director cortaba y hacía que besara como era lo correcto en esa época, porque nunca se ve en la pantalla que haya hecho eso, pero algunas de sus coestrellas, como Meche Barba, aseguraba que era un mandado.
Los hermanos Marx eran unos mandados; no todos: ni Zeppo ni Gummo, que sabían cantar y bailar, pero los otros tres se abalanzaban sobre las mujeres, las asediaban, física e intelectualmente; antes que se den cuenta tienen encima la pierna de Harpo quien las observa con mirada torva, sin parpadear siquiera, con una sonrisa amenazante e insinuante; es peor Chico, que se les pega sin que puedan eludirlo, y sin despegar su mirada que descarga sobre sus cuerpos, no importa si son feas, aunque parecen poner más empeño si son guapas; no es raro que en las cintas de ellos, ellas estén siempre corriendo, eludiéndolos, aunque el conflicto se enfoque en otro asunto.
Groucho es más persistente: las estafa, hace que lo inviten a cenar y las deja por otras, les asesta la cuenta, las hace firmar contratos inicuos, anda tras su fortuna pero también tras de sus cuerpos, y aunque también las observa como lo hacen sus hermanos, las envuelve con sus palabras enredadas, con juegos verbales complejos, contradictorios, enigmáticos y no carentes de un sentido sexual inconfundible.
Aun los peores cómicos del cine estadounidense andan detrás de las coestrellas, y por lo regular con fortuna; a veces se insinúa un triángulo (Dorothy Lamour, Bing Crosby, Bob Hope), y en algunas cintas es inevitable pensar que aunque el final diga una cosa, la historia prosigue pero con relaciones más abiertas, como la entrevista en Three Little Words entre Red Skelton, Fred Astaire y Vera Allen; en ¡Qué hombre tan simpático! Gloria Marín podrá ser novia del calavera Rafael Banquells, pero sus ratos libres los aprovechará con Fernando Soler, quien ya se metió en otro triángulo, con Carlos Orellana y Blanca de Castejón (con ésta, por conveniencia).
Es muy sabido que en una de las cintas más célebres, Singin’ in the Rain, Gene Kelly se quejaba de la ineptitud de Debbie Reynolds, que la hacía ensayar y repetir las escenas muchas veces, y que estuvo a punto de hacer que la despidieran, con lo que se hubiera roto la fórmula que la hizo una de las mejores obras del cinematógrafo; un año después, en I Love Melvin, de Don Weis, ella baila, al lado de Donald O’Connors, con más soltura, gracia y flexibilidad que en su papel de Katty, y muestra con generosidad las piernas y las grannies pero sin ser nunca vulgar; en Singin’ in the Rain las oculta lo más que puede; ¿se sentía más cómoda con O’Connors que con Kelly? Aquél tenía más gracia que éste, y bailaban con la misma habilidad.
Insisto: puede ser que por las bondades del guión, los cómicos, que tienen físico menos agraciado que los galanes, se quedan con las mujeres más guapas, y con un futuro más halagador que aquéllos.
También, por cuestiones de guión, sus galanteos suelen parecer más inocentes, aunque en realidad no lo sean; los Marx son todo menos sutiles; pero los que azoran porque en unos cuantos momentos despedazan la sutileza, son Oliver Hardy y Stan Laurel. Éste, sobre todo.
En el viaje a Los Ángeles pude adquirir The Essential Collection of Laurel & Hardy; son casi todas sus cintas habladas (de algunas se hicieron dos versiones, muda y hablada); faltan las mudas y algunas que están en otras colecciones, todas ellas de seis o más rollos, y omiten las que sus fanáticos omitimos: Atoll K, The Bullfighter, que quién sabe por qué hicieron. Las mudas deben andar por allí, pero no las encontré en las tiendas grandes, algunas muy ordenadas y otras tan desordenadas como Gandhi o El Sótano (aunque con menos polvo).
Ya había visto anunciada la colección, pero al precio se sumaba una cantidad muy alta por el envío, y pedí el más barato, con la consecuencia de que Amazon no hace el seguimiento además de que se tardan casi un mes en llegar; pero no llegó; Amazon asumió la pérdida y yo el berrinche; allá me costó diez dólares menos, y pude revisar que no vinieran pegados los discos, que era una queja constante entre algunos de los compradores, y que como venían pegados, terminaban quemando el reproductor (del DVD, nomás del DVD).
En poco más de una semana vi todos los filmes de dos o tres rollos; excepto uno, conocía todos; me falta conseguir los nueve que contienen las cintas mudas, con el agravante de que casi todas contienen uno o dos o tres cortos en donde actúa uno de los dos, o a veces los dos, pero no con sus personajes de Laurel & Hardy, y a veces como apariciones incidentales.
Tanto William K. Everson (The Films of Laurel and Hardy, 1974) como John McCabe (Mr Laurel & Mr. Hardy, 1966 –en la portada no está el título, solo las palabras Mr. Y las fotografías) insisten en que los filmes sonoros, con sus excepciones, son de menor calidad que las cintas mudas; pero las filmografías son confusas y, como dije, enredadas; en las tiendas de DVD sólo existe una caja con tres discos, y ninguna de las cintas es de la pareja; en Gandhi venden una caja con algunas de las mejores cintas, sobre todo A Chump At Oxford, pero dobladas por Polo Ortín.
Aunque me falta ver las cintas de seis o más rollos, puedo hablar de algunas de las características de la pareja; nada sé de cine, y hay muchas cosas que ignoro: qué tanta participación tenían en los guiones, en las ideas, si los directores dirigían o simplemente organizaban; es de suponer que muchos de los que participaban con ellos eran más amigos que colegas, y que se divertían tanto como ellos al filmar estas cintas; Charlie Hall, el genial James Finlayson (a quien nombran dueño de un banco en una de las obras en las que no aparece), Walter Lang (el de aspecto más fiero) y Edgar Kennedy, además de Mae Busch, Thelma Todd y Anita Garvin, más muchas otras figuras.
Por lo tanto, hablaré sólo de algunos detalles, que tienen que ver con su relación con las mujeres: en The Second Hundred Years deben pintar postes, y por aparente distracción Mr. Laurel pasa la brocha por los glúteos de Dorothy Coburn, ante la mirada persistente de Mr. Hardy; en Hats Off se detienen a observar como Dorothy Coburn se levanta la falda más allá de la rodilla para acomodarse una media, y a consecuencia de ello les despedazan un mueble que andan cargando; en From Soup to Nuts, Mr. Laurel pisa la falda de Anita Garvin, y ella queda en fondo transparente (lo harán con otras actrices); al final, Mr. Laurel queda recompensado en los brazos de la muy hermosa y frágil Edna Marion; en Their Purple Moment, Helen Gilmore y Dorothea Wilbert aparecen como vendedoras de cigarros, con unas faldas tan cortas que parecen de principios de los años sesenta; en We Faw Down son sorprendidos en una mentira por sus esposas Vivien Oakland y Bess Flowers, quienes los persigue a balazos de escopeta y les dicen infieles, y de los edificios salen de las ventanas muchos hombres, algunos poniéndose los pantalones, obviamente sospechosos de adulterio en casas ajenas.
En Double Whoopee pisan el vestido de Jean Harlow, quien queda en fondo corto mostrando las piernas que la convirtieron en una de las primeras celebridades del cine, por su belleza y sensualidad; conscientemente o sin querer, se burlan de la autoridad representada por Charlie Hall; en Berth Marks arman un desastre en el que todos los pasajeros masculinos de un tren se rompen la ropa, todo porque, de manera involuntaria, descorren una cortina y se ve, durante menos de un segundo, a Paulette Godard en ropa íntima; en Men O´War protagonizan una confusión con las coquetas Ann Cornwall y Gloria Greer, pues ellas pierden un guante, pero Pete Gordon, momentos antes pierde unos calzones que lleva de una lavandería; mientras ellas hablan de la blancura de la prenda, la que lavan con gasolina, que se ajustan a su piel pero a veces les quedan un poco flojas y que pierden constantemente, ellos creen que hablan de los calzones; es la famosa cinta donde sólo tienen 15 centavos para cuatro sodas, y donde Mr. Laurel se bebe toda la soda de su vaso alegando que su mitad era la que estaba hasta abajo; en Be Big tienen una de las escenas más audaces que pasó inadvertida por la frescura que la hacen: van a ir a un viaje con sus esposas, Mrs. Laurel (Anita Garvin) y Mrs. Hardy (Isabella Keith) pero les hablan de su club y finge Mr. Hardy una súbita jaqueca; el viaje de ellas se frustra y los sorprenden en la mentira (es impresionante la cantidad de argumentos semejantes que los Picapiedra toman deliberadamente de los filmes de Laurel & Hardy); pero antes, cuando ellas se van, se despiden con un beso en los labios (no en la boca); Mrs. Laurel besa a Mr. Laurel, y Mrs. Hardy a a Mr. Hardy y a Mr. Laurel; en Another Fine Mess, Mr. Laurel, vestido de mucama, permite los arrumacos de Thelma Todd; en Chickens Come Home, Mae Busch, bella pero que lo disimulaba, luego de un forcejeo deja descubiertas las piernas, que tapa al bajarse la falda con un gesto instintivo; en Unaccustomed as We Are, Mr. Hardy invita a comer a Mr. Laurel, pero Mrs. Hardy (Mae Busch) se niega a cocinar para un extraño y se va; una vecina, Thelma Todd, esposa de un policía celoso, se acomide a ayudarlos pero en una de sus frecuentes torpezas Mr. Laurel le empapa el vestido; Todd se despoja de él, y queda en fondo dejando sus bellísimas piernas al descubierto, en una de las escenas más audaces de la época; como regresa Mrs. Hardy la esconden en un baúl que llevan a la casa de ella, pero la intempestiva llegada de Mr. Kennedy (Edgar Kennedy) hace que siga escondida, sólo para escuchar las indiscreciones de Mr. Kennedy quien habla de sus escapadas con mujeres guapas. Todd sale del baúl mostrando la plenitud de su belleza.
(Poco después, Thelma Todd apareció muerta en el garaje de su casa, aparentemente intoxicada con monóxido de carbono, pero la ropa estaba rota, con huellas de violencia; nunca se solucionó su muerte.)
En Our Wife, a causa del bizco Ben Turpin, en vez de casarse con Dulcy (Babe London), a quien rapta porque el padre, James Finlayson, se opone a la boda, Mr. Hardy contrae matrimonio con Mr. Laurel. En Beau Hunks ambos se inscriben en la legión extranjera a causa de la desilusión amorosa de Mr. Hardy; pero tanto el comandante Charles Middleton y el enemigo James W. Horne están en la guerra a causa de la misma mujer que Mr. Hardy, de la que sólo se ve la fotografía, Jean Harlow. En Scram (como después en Them Thar Hills) una accidental sustitución de alcohol en una jarra de agua hace que Vivien Oakland se embriague; ella, en camisón, deja ver parte de sus pechos (y la aureola del pezón izquierdo), y la acomete una explosión de carcajadas (como sustitución del acto sexual) que hace enfurecer al marido Richard Cramer. En Midnight Patrol el ladrón Bob Kortman, ante la amenaza de Mr. Laurel de que a la siguiente vez que intenten robar la patrulla que tripulan Laurel y Hardy, hace gesto de “ay, tú la traes”, que Mr. Laurel comienza a hacer, pero se contiene. En Tit for Tat (tat es embarrado; tit es revancha, pero también teta) por accidente Mr. Laurel entra a la casa de Charle Hall por la ventana, y Hall lo ve bajar del brazo de Mrs. Hall, Mae Busch); en The Fixer Uppers, la desilusionada Mae Busch muestra cómo besa, y da un largo beso a Mr. Laurel, quien al terminar cae desmayado sobre un sillón; recuperado, besa a Busch, quien cae desmayada antes de que llegue su esposo, quien la sorprende besando a Mr. Hardy. En Way Out West, además de coquetear con la coqueta Vivien Oakland, esposa del sheriff cornudo Stanley Fields, se arrebatan un papel testamentario entre Mr. Hardy, Mr. Laurel, James Finlayson y la muy sensual villana Sharon Lynn, quien acomete a cosquillas contra Mr. Laurel, en una más gráfica representación del acto sexual, ante el que se rinde Mr. Laurel.
Tantas escenas no pueden ser casuales; se ha hablado mucho del caos que representan, de todo lo despedazan, de que en ese sentido, de la falta de respeto por las propiedades, son unos auténticos anarquistas; que se burlan de las autoridades, que rompen la ley voluntaria o involuntariamente, que después de ellos no hay gobernantes que repongan el orden (sólo hay que imaginar a cualquiera de nuestros candidatos presidenciales tratando de convencerlos de que le dieran sus votos; en fin, los candidatos tienen algunos asesores que son malos imitadores de Mr. Laurel y Mr. Hardy); a esas cualidades hay que agregar las que señalé, y de su gusto por las mujeres.
Y me falta ver las cintas largas.
*Ya hubo un tercer juego sin hit en las Mayores, cuando apenas ha pasado la tercera parte de la temporada; y fue el primero en la historia de los Mets, que han tenido pitchers como Tom Seaver, Jerry Koosman, Nolan Ryan, Dave Cone, Dwight Gooden, Frank Viola, y otros, que sí tiraron sin hits y hasta perfectos, pero con otros uniformes; y a cambio de tantos juegos que los umpires han echado a perder, ahora un umpire ayudó a Jonathan Sánchez al cantar como foul un batazo que pegó en la línea de foul, jugada que, por regla, es fair ball. De cualquier manera, hay mucho pitcheo y cada vez menos bateo.
*Dice Andrés Manuel López Obrador (o dicen que dijo) que seis años no son suficientes para cambiar al país. Los porfiristas pensaban lo mismo, y terminado su primer cuatrienio, encargado a Manuel González (más o menos más de lo mismo) vieron que Díaz sí necesitaba más tiempo. Y de allí se siguió pa lante.
*Cuando la racha de temblores y secuelas en marzo y abril, comencé a oír más radio que discos, que de cualquier manera al poco de oírlos descubro que me faltan muchos y que ya escuché demasiado los que tengo; pero en Opus 94, en uno de los temblores que se sintió más fuerte, la locutora dijo: está temblando, los dejo con la música y nos salimos de la cabina; en Radio Universal un locutor dio la alarma, recomendó que no hay que correr, no hay que gritar, no hay que empujar ni votar por un candidato específico, pero no había sismo en esos momentos; Radio Universal programa tan pocas canciones que uno escucha todas en día y medio; quise volver a oír “yo te agradezco con toda el alma tu noble (¿o doble?) esfuerzo”, en la voz de Eva Garza, o “el diablo se fue a pasear” con los Bribones; ambas canciones fuera de las antologías disponibles en las escasas tiendas de discos; luego de años de no sintonizar El Fonógrafo encuentro que la música ligada a mi recuerdo es la de los Locos del Ritmo, Mayté Gaos, Angélica María, Leo Dan, “hoy corté una flor, y llovía llovía”, Raphael, Palito Ortega (cuando era político exitoso en Argentina, Enrique Guzmán decía que “estaba muy bien parado”); cuando pusieron algo con Luis Miguel renuncié: me hicieron sentir más viejo.
(Las fotografías fueron tomadas de los libros citados, y no contienen a qué archivo personal pertenecen; de cualquier manera, son sin fines de lucro.)
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