lunes, 26 de abril de 2010

Nuevas vidas de Lennon

John Lennon escribió dos libros y publicó otros pocos con dibujos; acerca de él se han escrito más de 500, y más de mil sobre Beatles; algunos inciden en los detalles más conocidos de él o del conjunto, otros pretenden descubrir sus secretos más íntimos; algunos, pocos, hacen aportaciones para la comprensión de su música, aunque la mayoría están llenos de opiniones, califican con adjetivos sin emitir juicios, y casi todos son benévolos, porque están dictados por la admiración que se ganó con su música, y otro tanto con sus actitudes ante la vida, la política y el cambio, innegable, que produjo, de una u otras maneras, en quienes han oído sus canciones, en especial en sus contemporáneos.
Philip Norman publicó, hace poco más de un año, una biografía más de Lennon, la que muchos expertos aseguran que es la definitiva; Norman es autor del mejor libro sobre Beatles (Shout!; ¡Gritad!, en el español de España). Tal afirmación es del mismo Norman; pero para apoyar su imparcialidad, la reiteran los editores de Anagrama, responsables de la ¿traducción? (a cargo de Fernando González Corugedo, que sabe muy poco de rock: por ejemplo, la mayoría de las veces en que Norman dice que Lennon o Beatles andaban de gira –on the road es el término– en la versión española se dice que se “lanzaba a la carretera”; hay otras que demuestran que tampoco sabe español: habla de los "chicos más mayores"); para justificar que haya emprendido otro libro más sobre Lennon descalifica algunos de los más destacados, como el de Albert Goldman (Vidas de Lennon), por las afirmaciones malévolas acerca de la vida y obra del beatle, y el de Ray Coleman (Lennon), porque aunque, dice, no cae en las afirmaciones de Goldman, carece de vida y calidad.
El problema de esta afirmación es que Coleman, excelente biógrafo de otros músicos, como Clapton y Wyman, escribió su libro para desmentir a Goldman pero terminó aceptando muchas de las afirmaciones de éste; y para acabarla, Norman es incapaz de desmentir las más graves y las más insidiosas; por ejemplo, Goldman escandalizó cuando dijo que Lennon había vivido un romance intenso con May Pang, y que había sido forzado por Yoko para que regresara con ella; Norman minimiza el romance, pero para hacerlo minimiza también el periodo de mayor creatividad de Lennon, y reduce el papel de Pang en los discos que grabó en el año y medio en que vivieron juntos (Mind Games, Walls and Bridges, Rockanroll –y Roots, poco conocido–, más la mayoría de las canciones de Double Fantasy; Goldman afirmó que Lennon y Ono estaban por separarse cuando ocurrió el asesinato, y aunque Norman no retoma el asunto, la recreación de la vida doméstica de la pareja es tal cual la detalló Goldman, con todo y el tedio, la rutina, la negligencia; Goldman afirmó que la muerte de Stu Sutcliffe derivó de una golpiza en la que Lennon dio puntapiés en la cabeza a su mejor amigo; Norman también lo dice, pero sólo lo achaca a una carta de una hermana de Stu, a quien éste le confesó la causa de las jaquecas que finalmente le provocaron el fallecimiento; pero Norman dice que como no lo confirma Astrid, la chava de Stu, a lo mejor no es cierto; la pelea que Goldman relata en la que un marinero alemán salió acuchillado por Lennon, Norman la cambia: fue el marinero el que sacó el cuchillo, y Lennon el que salió huyendo.
Lennon era un golpeador de mujeres, dijo Goldman; Norman dice que no era para tanto, que les pegaba lo normal, y hasta eso a Cynthia una sola vez aunque a otras un poco más; pero los celos, las tormentas, la paranoia no sólo quedan confirmados, y Norman agrega más nombres, más datos, y menciona a la embarazada antes de que saliera con Cynthia; pero agrega, pícaro, el nombre de la protagonista de “Norwegian Woods”, una vecina y esposa además de un amigo, fotógrafo de las portadas de los discos de Beatles, a quien le pedaleó la bicicleta varios meses, y en el mismo edificio (por desgracia, no incluye las fotos para ver qué tal estaba, porque excepto May Pang, ninguna de las mujeres –fijas– de Lennon era tan guapa como las esposas de Harrison –a quien intentó rallonear su cuaderno en una fiesta en la que Pattie andaba de hurí, con pantalones transparentes–, Starkey –Maureen, quien también contribuyó a una pelea definitiva entre Ringo y George– y la novia de McCartney).
Tampoco es muy fijado en cuanto a la música; Goldman apuntó en Lives of Lennon todas las piezas basadas en notas simples; Norman sólo acepta una, pero que es la menos evidente; intenta mostrar que pone mucha atención a los detalles, en especial las influencias, y se le escapa que la frase principal de “Run for your Life” está calcada de una pieza de Elvis Presley, “Nena, ¿jugamos a la casita?”; habla de la influencia de Mahler en “Not a Second Time” (bueno, es de McCartney) y se le escapa la utilización del solo de “Claro de luna” de Beethoven en “And I Love Her” (de Paul, pero la guitarra acústica es de John) y la de Tchaikovsky en “I Feel Fine” (confesada por el propio Lennon).

¿En qué radica la novedad del libro de Norman? Las más de 800 páginas en la edición de Anagrama, que deben ser más en la original pero que no llegó a México, tienen datos que no se habían difundido mucho; por ejemplo, desmiente la afirmación de todas las demás biografías, de que el 9 de octubre de 1940, la noche en que nació John, la fuerza aérea alemana había bombardeado Liverpool; Norman se fue a la hemeroteca (no a la de la UNAM, horriblemente saqueada y tasajeada) y vio que precisamente ese día fue el único de esa semana en que no habían caído bombas; es el primero de muchos datos que aporta Norman; pero fuera de lo anecdótico, es un dato sin mayor importancia; es más relevante que la agarre contra Mimí, quien decidió por sus enaguas que el niño, fruto del pecado –no porque no hubiera habido matrimonio entre Julia y Fred, más bien porque ella no aprobaba a la pareja descocada–, tenía que ser suyo, y luchó de tal manera que deshizo ese desventurado matrimonio, además de correr de Liverpool al de cualquier manera desbalagado, informal y aventurero Fred; pero uno de los datos más importantes de este episodio es que Fred no abandonó a Lennon, que pretendía llevárselo con él y que había perdonado la infidelidad de Julia, embarazada de otro sin haberse divorciado de él; sin embargo, ya lo había narrado, sin tono melodramático, el repudiado Goldman.
No es al único que cita sin darle crédito; a la única que menciona es a Cynthia, y eso porque acababa de publicar su segundo libro (John) donde relata su matrimonio y su rompimiento, la trampa que le puso Lennon para divorciarse sin pagar manutención y sin ser acusado de adulterio (pero Yoko tuvo la ocurrencia de embarazarse y además hacerlo público por un inoportuno aborto; más cizañoso fue Goldman al contar ese episodio, y Norman trata de entender qué le vio Lennon a Yoko para cambiar por completo su vida; Cynthia intenta demostrar en su libro que fue el verdadero amor de Lennon, la que le dio el impulso necesario para ser un artista en vez de un cantante, y que de no haber sido por las giras, las sesiones en estudio a deshoras, y las mujeres interesadas, más las muchachas ofrecidas, hubieran sido muy felices; a partir del surgimiento de Yoko, apunta Cynthia, Lennon cambió; si de por sí no era un padre amoroso con Julian, el hijo que obligó a Lennon a cumplir la palabra de matrimonio, mucho menos después. Y pese a que ya se había casado con Yoko, John seguía celándola, la acusaba de serle infiel. Norman sigue al pie de la letra el relato de Cynthia y es cuando da más crédito a Pang, quien logró que Lennon, aún arisco, invitara a su exesposa a su casa en California y se acercara a Julian; hasta aceptó que se incluyera una cancioncita con el adolescente a la batería en un disco oficial.
Fuera de eso, no da créditos a nadie más. Hay muchos detalles que o no aparecen o están minimizados en otros libros; por ejemplo, mientras otros quieren salir del paso de la infancia, Norman se detiene en muchos relatos que presentan a John como un colegial que encabezaba al grupo de los traviesos y agresivos que se burlaban de los maestros más timoratos, que retaban la autoridad y que en pago recibió castigos severos e incluso azotes; que se vestía con desdén y sólo se comportaba cuando quería impresionar a alguien.
También resalta que fue una exageración de los publicistas, encabezados por Brian Epstein y que utilizaron a Hunter Davis, al afirmar que John quedó huérfano en la niñez, cuando en realidad la muerte de Julia sucedió cuando él tenía 17 años; también, su difícil relación con Alfred, el padre desaparecido, a quien en otros libros califican de interesado, rabo verde, despreocupado excepto cuando se trataba de sacarle dinero al hijo famoso; Norman lo reivindica y le hace justicia; pero hay que recordar que también lo hizo Goldman, y por ello recibió críticas y descalificaciones.

Norman hace difícil la admiración por Lennon, porque no separa al músico y el hombre; quienes lo siguieron incondicionalmente por su actitud frente a la guerra de Vietnam, por regresar la medalla de miembro del imperio británico, por su reiterada petición por la paz, por su afirmación de que sería posible un mundo sin riquezas ni religiones, ¿no sufrirán desconcierto por saber que Lennon se empeñaba en poner la efigie de Hitler en el cartel de admirados en la portada de Sargento Pimienta? Y no fue la única vez, pues en la lista de quienes lo decepcionaron, incluida en una de sus grandes canciones, “God”, se encuentra otra vez Hitler; otra vez Norman silencia que el dato también lo proporcionó Goldman en el libro que repudiaron los seguidores de Lennon. También muestra confusión y contradicción entre el autor de “Woman” y el de “You Can’t Do That” y “Run for your Life”; ¿el autor de “I’ll Cry Instead” es el mismo de “You’re Going to Lose that Girl”? Norman comete el error de confundir al creador con el ser humano, y pensar que sus canciones son confesiones autobiográficas, y hace un análisis simplista y superficial del artista; se pierde entonces la complejidad de una pieza como “Girl”, que sí es una toma de posición frente a la religión –los del Vaticano se preocuparon más por la comparación del aplausómetro que por las acusaciones de chantaje, persecución y presión–; cae en la ingenuidad de creerle a Lennon que escribió “Help!” como un grito desesperado por su gordura (¿cuál? No la hay si creemos que la escribió por la misma época en que filmaron la película) y se pierde en cambio la complejidad de “I Am the Walrus” y de “Come Together” –junto con “Lovely Rita” y “All Together Now”, las canciones con más referencias eróticas de Beatles.
Hace bien en cambio en no tomarse muy en serio las desesperadas, confusas y agresivas declaraciones a varios medios en la época en que comenzó a grabar como solista: no eran tanto contra Paul como contra él mismo; su reacción es como la de cualquiera que haya sufrido una separación, porque aunque Norman intente minimizar la relación Lennon-McCartney, es obvio que se trataba de una pareja con el mismo nivel de creatividad, talento e inteligencia –lo que haya hecho Paul después, como solista que no pudo mantener la calidad que tenía en Beatles, es otra cosa; en realidad, ¿alguno de los cuatro pudo hacerlo?–; parece un esposo despechado; pero apenas menciona, en cambio, que luego de esos arranques se atemperó y vio a Paul con una óptica menos rencorosa que la mostrada en “How do you Sleep?”; Norman cae en el mismo error de los lectores que creen que el poeta habla de sí mismo, que el personaje central de las novelas es el escritor apenas disfrazado, y que el arte debe ser sincero, en el sentido de que cuente historias ciertas, no sólo verídicas.
En cambio, apenas hay palabras para la música, harto más compleja que las letras de Lennon, sea en el conjunto, sea como solista.

La clave de la tibieza del libro John Lennon, de Philip Norman, está al final: quiso desmentir a Goldman (sin lograrlo) y superar a Coleman (sin éxito), pero sobre todo complacer a Yoko; tampoco lo consiguió, porque aunque es muy benévolo con ella, siempre resulta la villana: culpable de la ruptura de Beatles (aunque hace que comparta la responsabilidad con Linda Eastman), de la sumisión de Lennon, de la persecución a Cynthia, de la confusión ideológica y política, de su alejamiento del mundo de la música (con Pang no sólo hizo excelentes discos, sino que sus palomazos con Nilsson, Ringo, Bowie, Keith Moon son sobresalientes), de su veneración por el poder y el dinero, y de otros males. Pero quería algo menos cruel, que la colocara como la inspiradora, la madre sustituta, el sostén del genio; nadie puede hacerlo; por ello, Yoko rechazó el libro y no cuenta con su bendición, para desolación de Norman, quien quedó mal con Dios y con el Diablo; se quedó entre el jilguero y el detractor, no habló del músico y pinta a un hombre contradictorio, sin consistencia ni integridad, desorientado; por su conducta sexual (también ambigua: ni afirma ni desmiente el rumor de su “caída” con Epstein; también en eso es más contundente Goldman), parece dar la razón al Vaticano de que llevó una vida disipada, aunque acorde con la de todos los dedicados al arte, o famosos, de cualquier época: ¿quién resiste el asedio de tanta admiradora “dispuesta a todo”? No Elvis, uno de sus ídolos, quien explicaba su reticencia a casarse porque si tenía la leche gratis, para qué comprar la vaca; no Paul ni George ni Ringo ni Pete Best, ni los Stones ni los Who, ni Sinatra ni Clark Gable. Al menos, podemos decir los admiradores, no cometió actos de pederastia; también da la razón en cuanto al consumo de drogas, a las que se hizo adicto, como casi todos sus colegas contemporáneos, y no es que sea disculpa, pero eso fue también producto de esa época, aunque Norman deja entrever una dependencia peligrosa.
Norman aporta muchas anécdotas, nombres, fechas, sino desconocidas sí poco divulgadas, pero que no aportan nada a la biografía de Lennon, uno de los hombres más influyentes del siglo XX, aunque estaba poco preparado para ser un guía espiritual y político. Se necesita que alguien haga una nueva biografía, más centrada y más imparcial; se necesita distancia, rigor y no temerle a Yoko. Falta mucho para ello.

domingo, 18 de abril de 2010

Nueva música clásica, otra vez

El día que cumplí 18 años lo festejé en el cine Orfeón, en Luis Moya, con una cinta que ha sido calificada la mejor del rock hasta el momento: T.A.M.I. Show; volví a verla semanas más tarde en el cine Cosmos, en el Tepeyac y no recuerdo cuál otro (el mismo circuito que seguí para ver Nevada Smith); desde entonces no la había visto, más que algunos fragmentos en youtube, muy recientemente; se la encargué a todos los que se dedican a conseguir imposibles, y sólo me decían que era imposible.
Al parecer había problemas porque la deshicieron, la volvieron a integrar pero omitían algunos fragmentos que incorporaban a otra cinta: The Big TNT. Ambas surgieron de programas televisivos estadounidenses, pero las hicieron parecer competencia entre sí; aunque T.A.M.I. Show se estrenó pocos meses después de Help!, no conocíamos del todo a los participantes de este programa, pero el resultado fue excelente pese a ciertas anomalías que después de todo no demeritan el film.
No sólo se trata de un concierto con superestrellas que, casi todos, han perdurado, aunque algunos, como Billy J. Kramer, acorte sus canciones a la mitad, como mariachi de las afueras de Garibaldi; se trata, a casi 43 años de su estreno en México y a 46 años de su filmación, de las razones por las que madres y padres, y autoridades que nos cuidan (como ahora, que nos protegen de lo que ellos creen dañino), combatieron tanto el rock; aunque algunas melenas sean discretas, o haya envaselinados; aunque no haya piezas subversivas (excepto las de Rolling Stones), la cinta excita, emociona, impulsa y hace imposible que se le vea cómodamente sentado; tenían razón: el rock es peligroso.

El rock no ha sido muy afortunado en el cine; cerca de una docena de cintas de Elvis Presley son apenas visibles por los números musicales, aunque en México las hayan prohibido porque incitaban a la violencia (en realidad sólo Prisionero del rock, que mereció la recreación en el mejor cuento de Parménides García Saldaña); The Girl Can’t Help It es memorable aunque haya cierta división entre la trama, dirigida con su maestría habitual por Frank Tashlin, y los excelentes números musicales; la mitificación de Jungla de asfalto, no tanto por Bill Haley y su "Rock ‘round the clock", sino por Marilyn Monroe así haya sido en un papel insignificante; pero se consideraba que las cintas de roqueros sólo servían como pretexto para escuchar a un cantante con su éxito de moda, como en México lo hicieron Enrique Guzmán (Especialista en chamacas, Mi vida es una canción), César Costa (El cielo y la tierra, Dile que la quiero), o juntos (La juventud se impone), o Angélica María, o la más explosiva Julissa; y en Estados Unidos e Inglaterra ñoñerías con Los Hermitaños de Herman, o los Monkees, o hacían apariciones incidentales en dramas insoportables (Los Hooligans, que no tenían nada de salvajes y al contrario, cantaban “Despeinada” y “Camino a Jamaica”; los Rebeldes del Rock –a los que escucha con atención el Dr. Neutrón, mientras que el villano escucha la Quinta de Beethoven, pero en versión de Karajan–; o Manolo Muñoz, María Eugenia Rubio, Alberto Vázquez).
La aparición de A Hard Day’s Night y Help! no sólo supuso mayor cuidado para el lucimiento de Beatles (tanto, que se quejaban de ser extras de sus propios filmes), sino que se le encargaron la dirección a Richard Lester, uno de los realizadores de vanguardia, de humor explosivo y de carga subversiva, como en El ratón en la luna, Algo gracioso me sucedió cuando iba camino al foro, El Knack y cómo lograrlo, Petulia, Robin y Marian; sólo se le puede acusar de Superman III; mejor trama, con más intención, muy bien dirigidas, y en las que Beatles no se concretaban a hacer payasadas, sino que resultaban muy groseros, mirando a las mujeres con la misma mirada que Stan Laurel o que Chico o Harpo o Groucho Marx, sino con intenciones más malévolas, e incluso tocándolas como quien no quiere la cosa, y a veces con más ganas de provocar cuando menos desconcierto con algunos diálogos malintencionados. Después de esas cintas, era imposible imaginar películas con travesuras de Byrds, o Rolling Stones, o Joan Baez haciéndola de joven incomprendida enojada con Amparo Rivelles porque le prohibió que saliera con César del Campo, o a Cilla Black cantando, vestida de ranchera, no te andes por las ramas huy huy huy huy huy huy.
T.A.M.I. Show marcó una línea de la que descienden Woodstock (que es de los inicios de Scorserse), The Last Waltz, Bangladesh, o The Kids Are Alright; o si algunos roqueros aparecían en alguna cinta era de una manera agresiva, como Yardbirds rompiendo sus guitarras en Blow Up, de Antonioni; no por nada Scorserse utiliza una extraordinaria música en Good Fellows, y con “Layla” en el momento culminante; si acaso, en algún chiste, como Waters, cinta muy mala pero rescatable por el conjunto integrado por los Husbands in law (Harrison y Clapton), más Ray Cooper, Jon Lord, Chris Staiton, Ringo Starr, Mike Moran, y las coristas Jenny Blog y Anastasia Rodríguez; o los conjuntos inverosímiles que se forman en las dos Blues Brother. O las bandas sonoras de las Lethal Wheapon y hasta de Porky’s; incluso Buñuel puso a los Sinners (sin pagarles) en Simón del desierto, y Luis Alcoriza en Tiburoneros. Y un momento culminante es la música de Popeye, nada menos que con Harry Nilsson, Van Dyke Parks –el de “Good Vibrations”–, Doug Dillard, Klaus Voormann y el Misterious Karsten.

T.A.M.I. Show es más que un concierto; o lo es en el sentido en que cantan enlazándose, siguiendo una secuela lógica que va, en un camino sinuoso, de Chuck Berry a los Rolling Stones, un paso que parece lógico pero con muchas estaciones intermedias; no parece tan lógico que “Maybeline” la comience Berry y la prosigan Gerry and the Pacemakers, aunque si se tiene la información de que Gerry era uno de los que llevaban a Lennon por el mal camino, se entiende más la relación; en aquellos años no se sabía nada de eso, y aún no aparecía el libro de Hunter Davis sobre los Beatles, y de cualquier manera éste cuate no cuenta nada; pero Pacemaker era un conjunto manejado por Brian Epstein, y producido por George Martin, con algunas buenas canciones, e incluso rescataron “How do you do it”, que se estaba perdiendo porque a los Beatles no les gustó. La interpretan, lo mismo que su hit “I like it”, mientras alternan con Berry cantando “Sweet Little Sixteen”, “Nadine” y “Johnnie B. Good”; los no tan fresas Jan and Dean (a quienes andan reviviendo ahora), quienes fungen como presentadores, alternan con Smokey Robinson and the Miracles, a quienes Beatles despojó de su mayor éxito, “You Really got I Hold on me”; era un grupo correcto, que le ponía más atención a la coreografía que a la música, pero desmienten la afirmación de que todos los negros bailan muy bien; Marvin Gaye, con su espléndida voz y sentido del ritmo logra un ambiente cálido, y Leslie Gore cierra la primera parte, tranquilizando los ánimos pero imponiendo otra atmósfera; la segunda mitad abre con un par de canciones de Jan and Dean, quienes dan paso a Beach Boys en su versión original, después del primer colapso de Brian Wilson, quien tal vez por eso se ve discreto, lo mismo que Dennis Wilson, quien años después dio baje a John McVie nada menos que con Christine McVie, la superestrella autora de las más cálidas e inteligentes canciones feministas. Cuatro números bastan para enloquecer al público y lo preparan para el surgimiento de The Dakotas con Billy J. Kramer, que canta cuatro canciones, tres de ellas de las que desecharon Lennon y McCartney.
Después todo es furor: The Supremes con Diana Ross en plan de diva, pero sin el crédito estelar; The Barbarian que provocó azoro entre los espectadores por su baterista manco; James Brown con su voz portentosa y sus actuaciones excéntricas (bueno, había quedado de no aplicar a lo güey ese adjetivo: mejor estrambóticas), y cierran cinco piezas emblemáticas de Rolling Stones, más un número con todos haciendo pequeños solos.

Los conjuntos tocan sus instrumentos, pero en el caso de Marvin Gaye, Leslie Gore, Jan and Dean, The Supremes y James Brown, la música corre a cargo de un conjunto que ahora es asombroso: a la guitarra está Glen Campbell (poco después se unió por un corto período a Beach Boys, y luego hizo una larga carrera como solista), al piano Leon Russell, a quien vimos con Joe Cocker, George Harrison, Eric Clapton, y en su primer disco solista va acompañado de Chris Stainton, Ringo, Voorman, BJ Wilson, Jim Gordon y Steve Winwood, entre otros; el superestrella Jack Nitzsche (lo oímos al piano en “Sister Morphine”, y en “Paint it Black”, dos de las mayores piezas de los Stones), y los menos conocidos pero monstruosos Hal Blaine, Frank De Vito, Jimmy Bond, Lyle Ritz, Tommy Tudesco, Hill Pittman, Steve Douglas, Mike Henderson, Roy Caton, Virgil Evans y Lou Blackburn; lo mismo las lentas que las movidas; al conjunto, como se ve de puros músicos de estudio, le llamaban Wrecking Crow; en la producción se encontraba el célebre Phil Spector, desde entonces y por diferentes causas que hoy; se dice que el verdadero autor de la cortina musical eran Russell y Nitzsche; ambos conocieron en esta sesión a Beach Boys y a Rolling Stones, y de allí nacieron sus colaboraciones.

Es imposible describir la actuación de cada uno, sólo puede decirse que comienza con una atmósfera cálida y que el tono va subiendo a cada canción; Chuck Berry no sólo es de los pioneros del rock, es también uno de los grandes innovadores, tanto en la música como en las letras y la manera de tocar guitarra; bajo su influencia crecieron y maduraron Lennon y McCartney, Keith Richards, Bruce Springsteen y casi todos los guitarristas de los sesenta y setenta; Gerry and the Pacemaker le siguen sin perder ritmo ni calidez; Smokey Robinson y Marvin Gaye pertenecían más al blues que al rock, pero no deslucen; sorprende la bella voz de contralto de Leslie Gore (su apellido desmiente su apariencia), y sorprende que no haya durado más tiempo; James Brown repitió en Blues Brother 2000 su número de T.A.M.I. de “Please, Please, Please”, en que escenifica una tragedia amorosa y suplica que no lo abandonen, para retirarse y regresar con la súplica, la más célebre del rock hasta “Layla” y “Bell Bottom Blues”, de Clapton (y en México, “Reloj, no marques las horas” y “La barca”, de Cantoral). Brown, polémico toda su vida e incluso en su muerte, tenía tantos detractores como admiradores, y si no se le admira, ese acto puede parecer chocante, exagerado; pero si se le admira, o se comprende la pasión que expresa la canción, cuando menos merece simpatía.
Que cierren el filme los Rolling Stones es simbólico; aún no grababan “Satisfaction” pero los cinco temas pertenecen a 12 X 5 y Aftermath, de sus discos más importantes de su primera etapa; Mick Jagger bailaba pero no brincaba, y en “I’m All Right” toca la pandereta; Keith Richard aún no tenía el gesto tan duro, y hasta bailaba un poco, y un poco más Brian Jones; no se nota desafinada la batería de Watts, y Wyman apenas cabecea con ritmo en la última pieza, pero todo el estudio se encuentra encendido; aparecen varios carteles, uno de ellos parece decir “Welcome the Rolling Stones. Good guys”.
Hay algo más que distingue estos programas de los que pasaban los viernes en Canal 2, Premier Orfeón (luego Orfeón A Go Go), aparte de los músicos; hay un ballet en el que se luce, pero apenas se le identifica, Teri Garr, quien muchos años después es la que más se distingue en Frankenstein Jr.; dice la información que una de las coordinadoras de la coreografía es Toni Basil, quien aparece como prostituta en Easy Rider (otra gran película con el rock como tema de fondo) y a quien se le recuerda como la protagonista de “Mickey”, con todo y trencitas. Hay una distancia enorme entre estos bailarines y el ballet de Malena Soto y Andrea Coto, nuestra máxima “chica de la jaula”; en estos bailes se recupera el sentido original del baile como expresión de sensualidad, aunque se abstienen de hacer algún movimiento obsceno; en alguna canción las mujeres aparecen en bikini, pero como el de Briggite Bardot; lo más atrevido es que alguna viste suéter muy holgado, y las piernas desnudas; ahí también le dan la razón a los que relacionaban al rock con el sexo; al finalizar la actuación de Marvin Gaye, con “Hitch Hike”, van acercándose desde el fondo con una lentitud agresiva que me hizo recordar el danzón de David Silva en el que va arrinconando a Katy Jurado en Hay lugar para…dos; pasan luego frente a Gaye con rapidez pero con sensualidad y alegría, y al final regresan tres, en reversa e inclinados, y una sonrisa inocente pero perturbadora; es más que una coreografía, es un acompañamiento y un complemento de la música; no se limitan a hacer figuras complicadas y a sonreír artificialmente mientras van contando los pasos, como las de los ballets folclóricos mexicanos, profesionales y de aficionados; su gesto es auténtico y en sus movimientos no se zangolotean ni les brincan los pechos, pero lucen sus cuerpos. Uno siente dolor al verlos y luego compararlos con Fanny Cano o Patricia Conde.

Durante muchos años T.A.M.I Show estuvo fuera de circulación; a finales de los setenta se exhibió en un ciclo de cintas de rock, y mi amigo Óscar Sarquiz se negó a presentarla porque pensaba que estaría de más, y que no lo oirían, de cualquier manera; tuvo razón y ni siquiera se podía ver ni escuchar nada; hace un par de semanas se puso a la venta; es de esperar que alguien en México traiga no pocos ejemplares, si es que en las tiendas de discos hay alguien que sepa de música. Al verla no se acumulan los recuerdos, sino que renacen los sentimientos de rebeldía, de inconformismo, de ganas de vivir. Y lamento no saber de música para justificar mis afirmaciones de que es extraordinaria, y de que el filme también lo es; me conformo con adherirme a lo que dicen Sting y Little Steven Van Zandt, que expresan su entusiasmo por esta cinta, de culto entre roqueros, y de vital importancia para quienes cumplimos 18 años el día que se estrenó en los cines Ariel y Orfeón.

PD. Mi amigo Víctor Blanco Labra, en la de cualquier manera entrañable Notitas Musicales afirmó que uno de los Beach Boys retó a uno de los Rolling Stones durante la filmación de los programas: “si a pesar de tu vestimenta eres hombre, te espero a la salida”; es tan pintoresco como falso, tanto como la acusación de que Elvis Presley prefería besar a tres negras antes que a una mexicana. Como si no fuera mejor besar a tres que a una, como dijo Sarquiz el día que se negó a presentar T.A.M.I. Show en Ciudad Universitaria.

miércoles, 7 de abril de 2010

Carlos Fuentes y José Agustín, y la ciudad de México

En After Hours, de Martin Scorserse, un hombre “normal”, incoloro, vive una noche terrorífica desde la hora en que termina su jornada laboral hasta que vuelve a comenzar, al día siguiente. El espectador, pese a todo, queda con ganas de vivir esas aventuras inverosímiles, pero que se antojan al alcance de la mano, que en un descuido en cualquier momento nos pueden suceder. Eso le sucedía, cotidianamente a los habitantes de la ciudad de México en el periodo comprendido de finales de los años cuarenta a principios de los sesenta; la jornada podía comenzar en una aparente noche tranquila en el teatro Margo (después Blanquita, después Margo, después Blanquita, después cerrado y de nuevo Blanquita) o en el Río (en Niño Perdido y Arcos de Belén) o en el Iris o en el Lírico o incluso en el Tívoli, y terminar en la tercera delegación.
Los bailes sinuosos de Joan Page (acompañada de Resortes), Naná y el Diablo, las Dolly Sisters, Tongolele, Su Mu Key; los susurros de María Victoria, los pasos desincronizados de cientos de tiples, iban encendiendo la imaginación de los parroquianos. No que hubiera desnudos ni que los strip tease fueran completos (cuando mucho, si las exigencias de “¡pelos!” eran violentas, las vedetes, en rápidos y expertos movimientos, apenas deslizaban unos milímetros el calzón de su vestimenta y dejaban entrever un poco de vello púbico con el que la clientela se sentía satisfecha, y sus deseos de ver se aplacaban al menos en el comportamiento colectivo).
Si algo revela la lectura de La región más transparente, de Carlos Fuentes, de la que hace poco se conmemoraron 50 años de su primera edición con varias publicaciones, en que retrata el ambiente capitalino de 1948 a 1952, es la libertad incontenible que aparecía en ciertos lugares y a ciertas horas en la ciudad de México; una libertad peligrosa en los sentidos social y político.
Se vislumbraba no sólo en los teatros donde las bailarinas (torpes, incapaces de ninguna espontaneidad, que tropezaban a cada instante, que ni siquiera fingían una sonrisa –tan ocupadas que estaban contando sus propios pasos, pero a diferente ritmo que sus compañeros) incumplían las promesas de estética y erotismo, sino también en decenas, centenares de cabarets y centros nocturnos donde las ficheras bailaban, se dejaban abrazar, a veces manosear furtivamente, por una cuota fija que iba de los 20 centavos a los cinco pesos la pieza.
No todos iban con su novia o esposa a esos antros –ésos sí llamados así con justicia–, porque la fama decía que las que trabajaban allí ejercían la prostitución, y para hacer más sórdido el asunto, por necesidad y no por gusto (situación relatada en el cine de esa época, donde todas las pirujas eran de comportamiento noble y de buen corazón). Acudía la gente en busca de una diversión que no encontraba en su casa y le negaba a su esposa (o ésta a él).
En Las Catacumbas (en Dolores), el Waikikí (en un Reforma cerca del sórdido Guerrero), el Molino Rojo (en la Colonia Obrera); el Apolo, El Bombay y el Pigalle (por Santa María la Redonda), Las Cavernas (pegado al Lírico –dos tandas en una misma noche), las terribles Brujas (en Izazaga), el Bremen (en la avenida Hidalgo, en el lugar que ocupaba el colonial hospital de locos), Las Mil y una Noches, en Isabel la Católica y cerca de Las Sirenas; el Bugambilia (en Insurgentes, y para niños popis o popof), el Tío Sam (Niño Perdido, muy al sur, cerca de una glorieta aún conocida como “Glorieta Tío Sam”) se bebía, se bailaba, se admiraba la variedad que, aunque no era como la mostrada en el cine, presentaba a varias figuras que después fueron “míticas” (en el sentido de que les inventamos una fama, una actuación, una vida), como Bola de Nieve, Miguelito Valdés, Acerina y su Danzonera, y el ése sí legendario Dámaso Pérez Prado, entre otros muchos, que ayudaban a que la gente se desprejuiciara, se soltara, bailara el mambo y ejerciera el baile como en las sociedades primitivas, donde no era un arte sino una imitación del acoso y el logro sexual; el mambo y la rumba, igual que el danzón y diferente del swing (que servía para presumir habilidades de las que se carecía en la entrega erótica o para que las mujeres mostraran las piernas, pero sin lujuria) hacía que se expresara todo el cuerpo, que cada músculo se independizara y permitiera la sensación en brazos, piernas, hombros, pero sobre todo en caderas y pelvis.
No es extraño que al finalizar el baile la gente estuviera más ansiosa, más excitada, incluso si no era en los centros nocturnos sino en los salones de baile, como el mitificado Salón México, el Smyrna (antes El Pirata, de Antonieta Rivas Mercado, quién lo dijera, donde ahora es el Claustro de Sor Juana), el Riviera, el California Dancing Club y el Salón Ángeles, donde el efecto del baile era afrodisiaco.
A veces el parroquiano lograba convencer a la pareja momentánea que se saliera con él, aunque el costo económico era caro y el social peor, porque solían enamorarse de ellas y se empeñaban (es un arquetipo, pero pasó muchas veces) en sacarlas de esa “vida de perdición”. No era raro que todo Niño Perdido, todo Guerrero, todo Puente de Alvarado, estuvieran llenos de hoteles de paso.
Los que no convencían a las ficheras (por cada copa que pedían los parroquianos ellas se llevaban una comisión, y llevaban la cuenta por la ficha que le daban los meseros; también se la daban por cada pieza bailada; eso fue choteado y exhibido por Tin Tan en El Ceniciento, cuando pide que le den también a él una fichita como la que el mesero le entrega a las Hermanas Dábalos, de la mejor sociedad de la colonia Juan Polainas) acudían presurosos a Aztecas (“¡aguas, allí viene La Llorona!”), al sórdido Vizcaínas, a la lúgubre Santa Veracruz (donde rondaba El Fantasma del Correo, quien aterrorizaba a los clientes, y que fue parodiada-homenajeada por Fuentes-Ibáñez en Los Caifanes: es el personaje interpretado por Tamara Garina. Empolvada de blanco, los labios rojísimos, envuelta en un abrigo enorme y antiquísimo; acusada siempre de vender droga, presumía de su pasado célebre cuando ya se prostituía desde tiempos de don Porfirio). Las meretrices invitaban con frases desganadas, y así como ahora los hoteles ofrecen como atractivo extra canales pornográficos en la habitación, las muchachas prometían que tendrían un radio prendido. (Había otros congales ahora célebres, como los de la Juárez, cerca del ahora Palacio de Hierro, pero allí sólo iban potentados que podían pagar caro el amor, o llegaban a sostener encuentros con estrellitas de cine; se presume que el trío que amenizaba la espera, y que de allí saltó a la fama, se inspiró en esas tarifas para la frase “qué caro estoy pagando por quererte, ay cariño”. Había otro antro, del que no dice Tin Tan su nombre pero sí la dirección, también en El Ceniciento: “¿cuánto a Perú 25?”, pregunta a un patrullero; allí había un antro con clientela más exclusiva.)

Desde hace muchos años celebro Semana Santa releyendo dos de mis muchos libros favoritos; este año tocó De perfil; en 1966 apareció en México en la Cultura, suplemento de Siempre!, un fragmento de esta novela, en donde el Personaje sostiene dos diálogos telefónicos muy picantes (en uno de ellos, Queta Johnson le reclama haberse llevado su virginidad “en tu tembeleque miembrecito” y él jura que él era el virgen, no ella –aunque páginas más tarde confiesa haber realizado intercambio carnal con una sirvienta); poco después de que apareció la novela, Lupita, una amiga de la prepa, me la prestó; ya antes había leído a Agustín en la primera edición de Novaro de La tumba, en una tarde de domingo, con los generosos honorarios que me pagó Arturo García Herrera por una historia del IMSS; y su autobiografía precoz en media hora en la Biblioteca Nacional, silenciadas mis carcajadas dos veces por algún empleado receloso; en tres tardes, De perfil; el ejemplar que me prestó Lupita lo llevé, en una Semana Santa, a Guadalajara, donde lo leí dos veces alternándolo con Confabulario-Varia Invención, edición conjunta, de Arreola. Me tardé en regresarlo todo lo que duró la huelga por el Movimiento del 68, y hasta poco después pude conseguirme un ejemplar, cuarta edición, donde lo releí muchas, incontables veces, hasta que conseguí, no hace mucho, una primera edición; como todos los grandes libros, me ofrece muchos aspectos que voy descubriendo en cada relectura, siempre gozosa, aunque muy pocas veces me detengo a pensar, repensar, y buscar escondrijos; pero como recientemente participé en la edición conmemorativa de Alfaguara, de La región más transparente, la que leí buscando exageradamente incongruencias, inconsistencias y errores, y escudriñé desarmándola y armándola de nuevo, se me reveló detrás de muchos pasajes de De perfil, aparentemente una novela muy alejada de la de Carlos Fuentes.
Se me hizo presente la vida nocturna, las relaciones fugaces y placenteras, a la vez que sórdidas de La región, en el pasaje donde el Personaje, sus amigos Ricardo Garza (¿en homenaje a Ricardo Corazón de Tigre, el mejor bateador de los Tigres en la época en que sucede y apareció De perfil?), Octavio, y varios otros a los que conoce en la fiesta donde también conoce a Queta Jonson, acuden a dos casas de citas, en la Colonia del Valle; en una hay tanto aburrimiento, tan poca acción, que deciden irse a la otra, donde hay más mujeres, atractivas aunque feas, agresivas, insolentes, pero a las que el hijo de Violeta no puede dejar de ver; mientras él regala un Raleigh a una prostiputa (palabra que aparece también en La región) se arma una bronca, hay botellazos, y salen huyendo de ese ambiente de pesadilla, tan tenso como el de muchos pasajes de la novela de Fuentes. Otra escena, la de la razzia en un café cantante, no podría haber sucedido en La región; la libertad que hay aquí se acabó en el siguiente sexenio, y las prohibiciones se prolongaron hasta finales de los sesenta.
Ambos novelistas recrean, con más cercanía y verosimilitud que otros ambientes, el de los desposeídos; Fuentes sigue a distancia, pero con sentido de justicia, a los residentes de un barrio pobre, como la Guerrero o Peralvillo, que en grupo desafiante que no tolera los autoritarismos, van a los toros (espectáculo mucho más popular en la época de la novela que el futbol) donde se burlan de los potentados, rompen el orden y el equilibrio, humillan a sus víctimas a base de chotear su figura, sus posesiones, su vestimenta ridícula, sus ademanes refinados; irrumpen de manera salvaje y no se detienen ni ante las autoridades ni ante las amenazas, pero parecen impulsados por el rencor, las carencias, el desprecio que les tienen sus víctimas incluso cuando los vejan; en De perfil, Esteban, el primo del narrador, finge carecer de su riqueza, su esnobismo, su prepotencia, para acercarse a unos habitantes de la colonia Buenos Aires, muy cerca de donde vive el Personaje (en el centro de la Narvarte), y los encuentra más auténticos que sus compañeros del Colegio de México, más vitales; estudia su rencor, su violencia, sus deseos de venganza, su envidia del dinero y del poder; si Fuentes los hace los protagonistas de la violencia que acecha a la vuelta de la esquina, y los muestra capaces de matar por un acceso de ira que no pueden controlar, José Agustín nos hace ver sus nervios al cometer un asalto; responden a la violencia y a loradelora ven por ellos mismos sin importarles los demás; se ven obligados a romper la ley, y se sienten víctimas de las circunstancias; al contrario que en La región, ellos sufren la muerte por pobreza, son despojados hasta de lo mínimo; es una incursión a un mundo extraño, pero cercano y amenazante.
Y tanto Fuentes como José Agustín son implacables con los de la alta; el tono más cruel en toda su novela lo desborda Fuentes sobre esos ridículos ricos, nuevos o añejos, que esperan la oportunidad mínima para burlarse de sus congéneres, por criticar su vestimenta, su manera de aferrarse a una pequeña burguesía aunque tengan que empeñar sus ya escasas posesiones; Agustín los caricaturiza, es cruel al retratarlos sumisos, conformes, llenos de conflictos y ambiciones mediocres; incapaces de soltarse el pelo, se conforman con cantar a gritos canciones rancheras o tangos; y ambos son crueles con los intelectuales que pueblan ambas novelas: Fuentes, con los libros de moda bajo el brazo, sin leerlos, corriendo tras la última moda; Agustín, citando autores de celebridad momentánea, parodia traducciones, modas –hay incluso varios aguijonazos a Fuentes, uno de ellos al hablar del cine mexicano que copia al europeo–, juegos de trivia exagerados; en ambos, esos personajes se adivinan estériles, incapaces de creación.
Una diferencia: mientras las mujeres que en La región viven la sexualidad plena terminan pagándolo con el desprecio de los demás, perdiendo las posesiones a las que se acostumbraron, mientras que en De perfil son ellas las de la iniciativa, no se arrepienten y hasta la exhiben y la presumen.
Hay un elemento común tan importante como todo lo demás: en los dos libros la música es lo que provoca la libertad corporal; en La región son el mambo y la rumba, y hasta hay versos de algunas canciones como epígrafes o como frases sueltas o pronunciadas en conversaciones; “píntame de colores pa’ que me llamen Supermán”, dice, y es una frase que ejemplifica el ritmo de la novela; aunque hay menciones a chachachás, tienen menos peso y además son anacronismos, como afirmé hace poco más de un año en este mismo blog; en De perfil, aunque el personaje no gusta de los Beaceps (¿Beatles nada más o toda la ola inglesa?), hay rock todo el tiempo: en su radito del hermano del protagonista, quien además se la pasa rocanroleando; en la fiesta en casa de Queta Jonson, cantante solista y vocalista de los Suásticos; en casa de Octavio, en CU, en los camiones, en todo el ámbito de la novela.
Y aunque haya muchas coincidencias, y ambos libros sean un cuadro que retrata la ciudad de México (aunque Fuentes, en su conferencia magistral el lunes 5 en El Colegio Nacional declaró finiquitada la novela de la ciudad de México muy poco después de La región), con algunos años de diferencia, pero la verdadera diferencia es el periodo en que, se dice, la ciudad de México dejó de ser divertida y pasó a estar reprimida, bajo la regencia de Ernesto P. Uruchurtu, quien gobernó al DF de 1952 a 1966.

Una acotación: al releer ambas novelas advertí, hasta entonces, cuánto les deben todos los narradores posteriores a ellos; y advertí que, de manera inconsciente, repetí algunas escenas, desde luego sin la maestría y agilidad de ellos: confieso una: cuando Humberto, el padre del Personaje de De perfil le habla a éste de cuestiones sexuales, disimula su turbación masacrando un flan; eso puse a hacer a Carmen, masacrar un flan, cuando, turbada, pide a Anita que le sirva de alcanfor para quedarse una noche con Mario, en Una ola que se estrella contra las rocas; y una dedicatoria: para mi amiga y madrina Marisol Schulz, ahora más que nunca. Y otro agradecimiento a Marco Antonio Pulido, a quien saqueé toda la información de cabarets y centros nocturnos donde transcurre gran parte de La región más transparente; donde transcurre De perfil lo conocí por mi cuenta (bueno, Las Catacumbas, por fuera, cuando iba a sacar copias fotostáticas cuando no había fotocopiadoras Xerox en las casas fotográficas, ni tienen su calidad. Estaban pegados, pero Las Catacumbas, a esa hora, estaba cerrado).

martes, 30 de marzo de 2010

México nuevo y sus cuatro millones

Hace un par de años fuimos a un restaurante de comida italiana, en Polanco, al que asistíamos con la frecuencia que nos permitían el tiempo y el dinero; no siempre encontrábamos lugar de inmediato, y muchas veces nos topábamos con conocidos; ese día la escasa clientela estaba alterada, pero no lo advertimos sino hasta muy tarde; debíamos habernos salido cuando vimos que el menú había cambiado, pero como muchos restaurantes acostumbrar variar dependiendo de la época, no se nos hizo extraño; ya que habíamos pedido vimos que muchos comensales regresaban los platillos; ya habían tardado en servirnos cuando descubrimos el común denominador: los platos estaban calientes pero los platillos fríos; la pizza estaba realmente al carbón, pero sólo en las orillas, porque en el centro estaba cruda; los nuevos dueños, molestos, se justificaban: las cosas tienen que cambiar, no se puede vivir en el pasado.
Lo mismo dijo el gerente de un supermercado un día que cambiaron la disposición de los pasillos: para mejorar las cosas deben cambiar.
Fue casi lo que me escribieron los amigos de un crítico al que señalé errores muy obvios de una guía de restaurantes, como erratas, lenguaje pobre, y sobre todo carente de imaginación, y lo comparaba con una guía que publicó Giorgio De’Angeli en los años ochenta: ¿cómo puede creer que algo hecho hace 25 años pueda ser mejor que lo hecho ahora, cómo puede pensar que hace 25 años haya habido buenos restaurantes?, se preguntaban.

Pese al desdén que se le tiene al pasado, y al odio eterno a la ciudad de México, recientemente me topé con dos libros que rescatan imágenes del Distrito Federal que datan de principios o mediados del siglo XX; uno de ellos, México, D.F., entonces y ahora, de David Lida, editado por Numen, y La ciudad de México a través de la Compañía Industrial Fotográfica, editado por la Universidad Iberoamericana. Ambos muestran aspectos de la ciudad que han cambiado; algunos, como dice Lennon, para bien, muchos para mal.
El segundo, con muchos créditos como suelen tener los libros publicados por instituciones educativas, tiene como responsable de “Textos y selección” (de imágenes) a Teresa Matabuena Peláez; recoge 44 fotografías de un archivo de la Compañía Industrial Fotográfica, al parecer bajo el resguardo de la UIA, y también al parecer con muchos daños, según se acota en los textos que explican la condición de las fotografías; la introducción hace una somera historia de la ciudad entre 1921 y 1929, que son los años en que funcionó esa compañía; no hay créditos para los fotógrafos.
Lo más interesante son las fotografías, sobre todo porque reflejan el paso del tiempo; por ejemplo, el Ángel de la Independencia, al que le faltan todos los escalones que ahora utilizan las quinceañeras y las novias antes de irse a la iglesia; otra fotografía es muy reconocible, en parte; la esquina de la Casa de los Azulejos, pero al lado hay un jardín, el Guardiola, que no ha desaparecido, sino que está oculto por una barda, pero sólo porque el jardín ya no está al nivel del piso, sino casi tres metros arriba, lo que demuestra cómo se ha hundido la ciudad; lamento no hablar de la belleza de los palacios, de muchos edificios, porque desconozco la materia; me gustan, y ya, y no sé por qué; como de muchas otras cosas, ignoro lo básico de la arquitectura; sólo sé que muchas de las construcciones son de gran belleza, pero otros, con elementos muy parecidos, son horribles, y por dentro son sucios, fríos, impersonales; hay sin embargo una fotografía del interior del edificio de Correos, de gran belleza, y la serenidad que se respiraba allí; como muchos, en los años sesenta hice largas filas para comprar timbres y mandar decenas de tarjetas navideñas; aspiré a tener un apartado postal allí, pero lo tuve en otras oficinas, y de cualquier manera se me perdían paquetes de libros, por lo que tuve que cancelarlos. Pero en ese edificio intercambian cartas Angélica María y Ricardo Rodríguez (el corredor de autos que se mató en el Autódromo de la Magdalena Mixhuca, ahora Autódromo Hermanos Rodríguez en homenaje a él y a su hermano Pedro, quien también falleció en una carrera, aunque en otra pista), en una cinta donde uno de los villanos era el hermano de Angélica María, ahora olvidado.
En los años ochenta el edificio de correos se volvió uno de los lugares más inseguros de la ciudad; como muchos enviaban o recogían valores, eran asaltados en sus pasillos, que antes funcionaban todo el día; también allí se podía escribir cartas, pues en mesas altas había papel, tinteros y manguillos, como los había también en las oficinas de telégrafos.
Otro aspecto interesante es que tanto en el Zócalo como en la Basílica de Guadalupe había terminales de tranvías; de hecho, de la Basílica salían los trenes para el Zócalo, para Portales y para Tlalpan; los tranvías se anunciaban con una campana pero en descampado lo hacían con claxon, según se decía en el Reglamento de Tránsito; y lo comprobé, un día que fui hasta los Estudios América, más allá de los límites de la ciudad poblada; ahora esos terrenos quedan más al centro que hacia el sur de la ciudad.
Gran parte de las fotografías reproducen un sitio tranquilo: el Bosque y el Lago de Chapultepec; es un equívoco, porque siempre fue ruidoso, y era el sitio preferido para irse de pinta, y para los encuentros amorosos de novios presurosos; aunque las fotografías datan de finales de los veinte, el lago no cambió mucho hasta los años setenta; se ven las isletas, donde pretendían esconderse las parejas de adolescencia apresurada y luego soledad arrepentida, y a donde los perseguían los curiosos desafiando los rumores de que esas isletas estaban llenas de ratas; se veía la elegante Casa del Lago, que uno conoció ya como refugio de la cultura; los domingos había conferencias, proyecciones de cine, de teatro, y en las afueras jugaban ajedrez, y se vendían ejemplares de los libros publicados por Juan José Arreola (no ha sido sino hasta hace muy poco que conseguí algunos, los que más me interesaban, mucho más caros que cuando pude haber adquirido entonces si hubiera sabido lo buenos que eran, la elegancia de sus diseños, lo pulcro).
El libro reproduce otros sitios, aunque no haya demasiada imaginación, porque son parajes muy conocidos, y además los hemos visto decenas, o centenares de veces en el cine mexicano, que tampoco ha tenido mucha imaginación.

El otro libro es mucho más cruel; tiene el doble de páginas y muchas más fotografías, y cuesta casi lo mismo; es más, 30 pesos menos; la crueldad no consiste en que sea mejor edición, más cuidada, no en cuanto impresión, porque es casi la misma calidad (aquél, impreso en México; éste, en China; la diferencia está en el costo, no en el terminado); pero en éste las imágenes son dobles: una, cómo estaban antes los edificios, y enfrente, cómo están ahora; ahí vemos cómo algunos, la mayoría, se han deteriorado; no es el tiempo, sino nosotros; la iglesia de San Hipólito, por ejemplo, ahora es irreconocible por la cantidad de puestos semifijos, los ambulantes, los letreros, que la ocultan a los ojos presurosos de quienes, además, no tenemos tiempo de verla porque está en una esquina donde hay once semáforos y no siempre sincronizados, y precisamente donde los autos dan vuelta a la izquierda (¿no estaba prohibida, no por otra cosa sino porque el de la izquierda es el carril de alta velocidad?) para tomar Reforma, y donde siempre se hace un embotellamiento; es más, en la fotografía ya ni se ve la Hostería del Bohemio, todavía en los setenta uno de los cafés más visitado por estudiantes; hubiera sido necesaria una fotografía de esa misma calle, pero del otro lado de Reforma, donde estaba Libros Escogidos, la cantina Las Américas, un restaurante, un estudio fotográfico, y hoy están instalaciones de la SHCP, espantosas y que rompen el estilo arquitectónico de la zona.
Aunque hay errores de criterio (por ejemplo, hubiera sido más adecuada una fotografía de los años cincuenta del Estadio de la Ciudad Universitaria digamos cuando Necaxa derrotó a Santos y Pedro Dellacha fracturó una pierna a Pelé, o cuando la carrera de Omar Fierro en los últimos segundos para que el IPN derrotara a la UNAM, y quedara el estadio ambas tribunas con las antorchas encendidas –todavía algunos alegan que se salió del campo– que la muy conocida de Queta Basilio llevando la antorcha olímpica –Queta fue, poco después, alumna de Gustavo Sainz en Ciencias Políticas–; ni se distinguen las características del estadio ni la fotografía actual permite ver las diferencias; otra: no hay fotografías de la Diana, en donde se vería que estaba en la glorieta del Cine Chapultepec, a unos pasos de la entrada de los Leones, y viendo hacia el Bosque, y no en la glorieta del Cine Diana –que se inauguró con el estreno de Espartaco, con Kirk Douglas y Tony Curtis– y viendo hacia el Norte, como está ahora; o el puente de Nonoalco, durante muchos años la frontera entre la ciudad de México y la zona brava de Nonoalco Tlatelolco, y ahora, un lugar sin la importancia sociológica que sí retrataba el cine mexicano, y hasta La región más transparente le da su significado real; o la foto del derrumbe del Regis, cuando lo adecuado hubiera sido la fotografía de antes del derrumbe), este libro es uno de los testigos más importantes del paso del tiempo.
Cómo era y cómo es el Distrito Federal; dice Lida en la presentación que pasó de ser la ciudad más cosmopolita de América Latina, a un caos urbano; ¿es una idealización del pasado? Eran feos los anuncios de los edificios que estaban frente al Zócalo (Liverpool, la cerveza Moravia –para los que pueden pagar un poco más–, la mueblería Nueva), tanto como ahora se ven los edificios feos, sin remozar; la terraza del restaurante de un hotel allí mismo tiene un solo cambio: está techada, pero sin seguir el estilo de la construcción; una imagen del Palacio Nacional en 1860 muestra una ciudad provinciana, sin pavimentar, desolada y peligrosa; la actual, tan insegura e impersonal, pero mucho más poblada, y eso que no están los ambulantes que ofrecen su mercancía con un reto: “que no le dé pena comprar robado”, ni están las filas inmensas para entrar a la pista de hielo, y sí los automóviles que van hacia Madero sin permitir el paso a los peatones, y estacionados, tres vehículos militares; mi ignorancia absoluta acerca de los modelos de los autos me impide saber de qué mes es la foto, pero hay un taxi de los actuales, y tres camionetas caras e inestables, como reconocen incluso sus fabricantes; la presencia de cuatro autos rojos denuncia que en el reglamento de tránsito ya no se prohíben los vehículos de ese color, como todavía a mediados de los sesenta, y que ya había muchos que violaban esa prohibición, no tan absurda, si se ve que con eso se intentaba que no se confundieran con los autos de bomberos y de las patrullas (esa prohibición ya era obsoleta, porque las patrullas policiales ya no eran rojas).
Muchos edificios han perdido su esplendor; lo grave es por permitir que las construcciones que hacen junto o cerca rompan la armonía arquitectónica; o que los ambulantes terminen por esconderlos dentro de su acumulación de objetos, de su desorden y de su violencia visual.
Hay mucho qué comentar, pero también qué lamentar; el olvido de ciertas zonas; por ejemplo, Insurgentes Norte que era más carretera que calle; cómo estaba Insurgentes antes de la glorieta del Metro, la Avenida Juárez antes y después de que eliminaran la terminal de los camiones que iban a San Ángel, o la calzada de los Misterios antes y después de que fuera prolongación de Reforma; o la pauperización de Polanco pretendiendo hacerlo moderno; también hay mucho qué destacar, como la cantina china hoy tan escondida que ni se nota; lo que sí se nota es el paso del tiempo, no siempre para bien, pero muchas veces mejorando, modernizando, embelleciendo el panorama urbano. Y tiene el mérito de no parecer propaganda política (aunque, sin proponérselo, habla muy mal de las autoridades capitalinas).

lunes, 22 de marzo de 2010

Duelo de titanes

Filmar Dos tipos de cuidado fue la culminación de un proyecto muy cuidado; fue producida por Miguel Alemán Velasco, hijo del aún presidente de la República, y quien tenía mucho interés en los medios de comunicación; de hecho, al margen de su carrera política, fue director de dos diarios (Novedades y El Sol de México) y siempre estuvo cerca de la televisión, en aquellos momentos (1952) incipiente.
El hecho es que se reunieron, por única vez, los estrellas masculinos más populares del cine en esos momentos; tardó todavía muchos años para que se reunieran los equivalentes femeninos, hasta los años sesenta, en La Cucaracha, con María Félix y Dolores del Río.
Posiblemente no sea inútil explicar la diferencia; ni a Félix ni a Del Río se les puede considerar las mejores actrices; están muy lejos de Gloria Marín, Katy Jurado, Silvia Pinal; tal vez tampoco sea inútil recurrir a dos anécdotas de Salvador Novo; en una, afirmó que los productores se congratulaban de que la belleza de Félix ayudaba a que los espectadores no advirtieran su escasa capacidad histriónica; en la otra, se relata que Novo se topó con Carmen Galindo, quien se apresuraba por llegar a ver a Del Río en una obra teatral: “nunca la he visto actuar”, se disculpó por la prisa; “ni la verás, Chata, ni la verás”, la consoló Novo; tampoco es inútil recordar que ambas fueron amigas muy cercanas a Novo.

Tampoco es inútil echar una mirada superficial a la carrera de Jorge Negrete; menos inútil aún es declarar en su favor que no quería ser actor, sino cantante, y no de rancheras sino de arias y de ópera; que entró al cine por casualidad, es muy conocido; tal vez lo sea menos que esa casualidad tenía falda y piernas torneadas, a las que siguió Negrete, hasta las puertas de una estación de radio, donde no tuvo más remedio que cantar en un concurso, aunque entonces no corría peligro de que lo acusaran de acoso; que su ambición trunca de hacer gorgoritos se vio recompensada por una popularidad continental, con ser el consentido de las mujeres de la época y de después, de ganar inmensas fortunas (y perderlas) porque sus cintas, con todo lo objetable que le parezcan a los críticos, siempre fueron éxito de taquilla, por lo que, narra Emilio García Riera en alguno de sus tomos de su Historia documental del cine mexicano, había renunciado a los salarios de seis cifras, a cambio de un porcentaje de las ganancias; llegó incluso a participar en la producción, y desde luego el público de masas nunca reparó en sus actuaciones deficientes, ayunas de naturalidad, tiesas y envaradas muchas veces, aunque no siempre carentes de simpatía; algunas de sus cintas son memorables: El Peñón de las Ánimas, Carta de amor, Historia de un gran amor, Canaima.
En el momento de su encuentro con Infante su carrera estaba en declive, no sólo por la enfermedad que a los 39 años lo hace parecer mucho mayor, por la incipiente calvicie (si el cabello comienza a perderse alrededor de esa edad, tampoco era tan trágico, aunque sí para un actor), por la notoria panza, y por la pérdida de vitalidad; los pleitos en la ANDA le han restado fuerzas, y es probable que los enterados hayan notado una leve, casi imperceptible caída en la taquilla, pero en sus últimas cintas ya no es el mayor atractivo, y debe recurrir a parejas con quienes compartir el estrellato: Pedro Armendáriz, su improbable hermano en Los tres alegres compadres (y ambos, opacados por el enorme Andrés Soler, y además ninguno conquista a Rebeca Iturbide); Luis Aguilar en Tal para cual; regresa con su ex Gloria Marín para Un gallo en el corral ajeno, y María Félix en El rapto; de todas, la mejor pareja la hace con Infante, quien había crecido a contracorriente de Negrete: estrella de la XEB, competidora menor de la XEW, que tenía como uno de sus estelares a Negrete; grababa para Peerles, competidora menor de la entonces superpoderosa RCA Victor; Negrete tuvo mejores, o más renombrados directores: Luis Buñuel, Norman Foster, Juan Bustillo Oro, Fernando de Fuentes, Julio Bracho; las dos cintas que hizo con Emilio Fernández son mejores que la que hizo éste con Infante; los directores de cabecera de Infante hicieron poco sin él: Ismael Rodríguez, sólo Los hermanos Del Hierro; fuera de eso, poco memorable; Rogelio González, El esqueleto de la señora Morales, y fuera de eso, fue irregular y a veces patético (La mujer de seis litros); y como cantante, Negrete es muy superior en voz, técnica, y resultados, que Infante. Una diferencia: aparentemente Infante es más audaz, pero en su escena más pícara, un semidesnudo de Elsa Aguirre, el personaje de Infante se aterra y no la deja que se desnude del todo; en cambio, en Juntos pero no revueltos, Elisa Christy y Virginia Serret aparecen en ropa íntima mucho más reveladora, ante la complacencia de Negrete. Y algo más: en la vida íntima no lograron la felicidad completa: me autocito: aunque miles de mujeres hubieran dado todo por estar con Negrete, la mujer a la que más amó le fue infiel varias veces, sin casarse con ella, y en cambio casó con una a la que no quiso; Infante tuvo muchas relaciones, todas inestables.
Sin embargo, a esas alturas era difícil saber cuál era más popular; de allí que desde entonces se haya hecho una distinción: Negrete, quien tenía papeles de arrogante, era el capataz, el amo, y el ídolo de las clases privilegiadas (en términos socioeconómicos, quiero decir), mientras que Infante era el preferido de las menos favorecidas, y hay muchos testimonios de esto. En persona, dicen los testimonios, se tenían mutua admiración, aunque algunas anécdotas refieren que ya para esa época Negrete estaba levemente celoso del arrastre de Infante.

Todas estas circunstancias favorecieron a la cinta:; en primer lugar, por un acuerdo especial, Ismael Rodríguez dirigió para una compañía que no era la suya; pero dirigió parejo, sin favorecer a su favorito Infante, que sale siempre mejor parado en otras cintas, como la saga de los García, como en la saga de los Treviño Martínez de la Garza, y como en la trilogía (aunque aún faltaba la tercera) de Pepe el Toro.
Es difícil hablar de una cinta que ha sido muy analizada por los críticos; tanto García Riera como Jorge Ayala Blanco la han estudiado mucho y han visto características impresionantes: la transformación de la comedia ranchera que permite que una protagonista que ha perdido la virginidad no sea condenada, sino vista con conmiseración; que se derrumbe el mito de la superioridad masculina (aunque sobreviven frases como “cuando una mujer nos traiciona, la perdonamos y en paz, al fin y al cabo es mujer”) y las referencias a las enfermedades venéreas. Sin embargo, hay otros detalles que no podemos obviar.
No todos los alternantes están a la altura: Carmelita González no tiene la picardía necesaria para el papel; su mejor momento es cuando amenaza a Infante: te engañaría con todos los hombres, menos con Jorge; Infante pregunta, azorado: ¿con todos? Ella se turba, y apenas puede componer la situación; fuera de eso, siempre está fuera de lugar; lo mismo Yolanda Varela: no tiene suficiente voz, y se le acaba la respiración con las frases largas; no tiene ocasión de mostrar su mejor faceta en el cine: los gestos de menosprecio que le hace a Tin Tan en Lo que le pasó a Sansón, o los que desperdiga todo el tiempo en Con quién andan nuestras hijas; peor aún: no puede bailar chachachá, que es lo que mejor hace en toda su carrera (aunque tiene otro buen momento: cuando finge un orgasmo en El niño y el muro); Mimí Derba está muy bien, excepto cuando dice frases muy largas, porque pierde el ritmo; Queta Lavat está muy bien como la tonta novia de Negrete, y José Elías Moreno cumple, sobre todo cuando hace la excelente escena con Negrete e Infante y pide que desilusionen a su hija Genoveva (Lavat); está muy mal Carlos Orellana como “la suegra remolona” de Infante: era innecesario que hiciera de árabe para ridiculizarlo, pero era la época en que Joaquín Pardavé hacía el mismo papel de árabe ridículo pero noble; los extras están bastante bien, lo mismo los que juegan dominó con Negrete o póquer con Infante, como los asistentes a la kermés donde Negrete pelea con Carmen González, como los invitados a las muchas fiestas.
Pero lo que importa es el duelo Negrete-Infante; el primero era mucho mejor cantante y tenía mucha presencia; el segundo era mucho mejor actor y tenía mucho carisma; en la vida real, las historias de sus conquistas siguen impresionando pese a que sus biógrafos oficiales sean tan timoratos, y oculten incluso deslices o confesiones, como la actriz que hablaba de la cama redonda de Infante, o las que se deslizaban al camerino de Negrete; del primero se habla de decenas de conquistas con resultados objetivos; del segundo, un descendiente suyo presumía que cada aniversario conocía a un nuevo primo; en la cinta, se ayudan mutuamente, pese a que Infante es primo de González, y Varela hermana de Negrete; se aconsejan tácticas numeradas, lo que hace inverosímil la situación, pues si hasta número le ponían a esas tácticas, qué tenía que consultarle el uno al otro, y que los sirvieran mutuamente de alcanfor; ambos tienen oportunidades parejas, aunque el guión termine favoreciendo a Infante, porque es el noble, el que se sacrifica, el que está dispuesto a perder a Varela con tal de que González no quede señalada por ser madre soltera, aunque con la disculpa de que el deshonor ocurrió en la capital (eterno sitio de perdición para Orellana y Rodríguez, si recordamos Maldita ciudad), y además drogada (por unos estudiantes, otros villanos eternos para el autodidacta Rodríguez); pese a eso, se presume en el guión, se casa de palabra pero no de hecho con González (suficiente argumento para anular el matrimonio: la no consumación del acto).
Como decía, tienen oportunidades parejas; lo sorprendente es que aunque Infante es mejor actor, Negrete no sale tan mal parado, no tiene reacciones previsibles, sus gestos de azoro son más auténticos, y no está tan tieso como en Un gallo en corral ajeno, que acababa de filmar; sus gestos de picardía son más verosímiles que cuando lo ponen de arrogante; algunas frases suyas le dan sabor moderno a una cinta que, fuera de lo de la madre soltera, parece tan intemporal como cualquier otra comedia ranchera; una frase tan simple como “pa’ molarla de acabar”, tan típica en el dominó, lo hace ver más real que cuando amenaza a Infante a gritos; Infante, menos buen cantante, no sale tan mal parado porque tiene un recurso del que carece Negrete: actúa las canciones; actúa en el momento más célebre de la cinta, en las coplas de retache; mientras que Negrete agrede con su voz de barítono, Infante minimiza los ataques con gestos de burla, de menosprecio; equivale, en una pelea callejera, al que se burla del contrincante hasta hacerlo perder la tranquilidad y hacerlo trastabillar y abrir la guardia. En los muchos momentos climáticos, Infante hace que Negrete pierda la compostura, excepto cuando va a rogarle que le permita tomar agua de sus terrenos; allí, Infante, en un gesto muy típico suyo en muchas cintas, humilde, rogón, pierde ante la arrogancia, la prepotencia de Negrete, y no me refiero sólo a la cinta: cuando Negrete lo manda a que se pare donde no estorbe, e Infante obedece, no sólo gana el personaje de Negrete: gana él como actor; en terreno abierto, sin embargo, Infante triunfa: cuando salen de hablar a solas en el salón de la cantina, Infante va triunfador, mientras que la confusión de Negrete es inverosímil; se recupera cuando cantan, en planos diferentes, "Ojos tapatíos", Negrete a González e Infante a Varela: pero si como actor Negrete no queda tan atrás de Infante, aunque pierda, cantando Infante no queda muy por debajo de su rival, y sale bien entonado, sin que, por una vez, imposte la voz; eso sí, no puede hacer la primera, pero hace una excelente segunda (que a veces es mucho más difícil: sólo hay que recordar que McCartney canta mucho mejor cuando hace segunda a Lennon que cuando hace primera; Lennon en cambio siempre está bien en primera, y excelente en segunda); otro momento difícil; al final, en la canción que hace referencia a la kermés, aparece una frase coloquial muy bien usada: pero ya de piña no hay.
Un excelente momento para ambos es en la kermés, en flashback: Negrete le cuenta a Orellana que, como González no quiso ir con él, él fue con una amiguita; canta, con ella con gesto de aburrida, “Quiubo quiubo cuándo”, con las voces cómplices del Trío Calaveras; Infante intenta embriagar a una atractiva extra; aparece González, quien ordena a Infante que vaya por Negrete; éste le ordena a Infante que le cuide a la muchacha; protesta, pero le echa una mirada al trasero de la mujer, y accede a quedarse; Negrete le advierte: mucho cuidadito; Infante protesta; hombre, me conoces; por eso lo digo, remata Negrete, quien, con González, se porta altanero: te di tu lugar, y no quisiste venir conmigo, así que te aguantas; es más, vete a tu casa, que te perdono; ante el azoro de ella, confirma: bueno, pues terminamos; Infante, mientras, sin decir palabras, le hace una propuesta sexual a la acompañante de Negrete, y al irse, va tras otro trasero atractivo.
Todas estas escenas siguen teniendo validez, pese a toda la conducta de corrección política; hay incluso una mucho más audaz: cuando Varela cuestiona su volatilidad, Infante relaciona sus aventuras con términos de correos, hasta que define una de ellas como de “entrega inmediata”, sin posible malentendido ni sugerencia equívoca; igual contundencia tiene cuando exclama, ante la matrona de las muchachas a las que lleva a festejar el nacimiento de su hija (hí…jole, qué fea”) en una cantina, cuando termina de bailar “La tertulia”, de Chava Flores (otra incómoda referencia de tiempos equívocos), con mucho sabor y atrevimiento, que anda con muchas porque ninguna lo toma en serio y ninguna lo toma en serio porque anda con muchas.

Da la impresión de que sobra el director, que los actores se dirigen solos, y que las escenas tienen el ritmo que ellos imponen; es dispareja, pero Negrete no se tomó en serio, y es así que aunque él manda, sus parlamentos nunca son rígidos ni parecen recitados; en donde Infante se impone hay mucha vitalidad, mucha alegría, pero también desconcierto y anarquía; el final deja muchos cabos sueltos, pero ni falta que hace que se amarren, excepto dos: con quién se va a quedar la hija de González, y cuál va a ser el destino de Genoveva. Todo parece feliz, pero hay caos para acabarla; cantan a cuatro voces (doblan, es evidente, a González y a Varela) “La gloria eres tú”. Otro detalle anacrónico de los muchos que abundan en la cinta; pese a ellos, pese a otros descuidos, la cinta tiene la misma frescura, la misma vitalidad, que cuando se estrenó, pocos días antes de la muerte de Negrete.
Infante salió ganando: su prestigio como actor se hizo más sólido, y eso que faltaban aún muchas cintas, cinco de ellas muy recomendables.

martes, 16 de marzo de 2010

Dos hermanos disparejos

Una de las cualidades histriónicas de Pedro Infante consiste en que podía pasar de la euforia a la depresión, o al revés; de lo dionisíaco a lo apolíneo, se dice en las cantinas cuando alguien canta, alegre, y luego se queda silencioso, melancólico, cuando el cancionero se avienta “De qué manera te olvido”; es célebre la anécdota cuando filmó la escena del incendio en la vecindad de Ustedes los ricos, del llanto a la carcajada; así, las dos siguientes cintas que filmó en 1952, Los hijos de María Morales y Dos tipos de cuidado, contrastan por el tono con las dos primeras, las del ciclo de Un rincón cerca del cielo; las dos finales, de las seis que realizó, son por completo disparejas, flojas, pero que contribuyeron muchísimo a su popularidad: Ansiedad y Pepe el Toro.
Primero hay que hablar de las apariciones incidentales de ese año, clave en la vida de México; en Por ellas aunque mal paguen sólo se le incluye para que apadrine el lanzamiento al estrellato de su hermano Ángel, mayor que él, recio y de buena presencia, pero que apenas alcanzó buenos niveles de actuación en sus últimas cintas; la leyenda quiere ponerlo como el protector de Pedro en la vida real, el hermano que se echaba la culpa de las travesuras que hacía el menor, el que andaba con él para todos lados, y que lo doblaba en algunas escenas; en realidad, quien era su roadie era Pepe, menor que los dos, y el más recio de los tres, y verdadero doble de Infante en escenas peligrosas, y quien daba la cara cuando lo increpaban novios celosos y esposos ofendidos, y un auténtico guardaespaldas.
Por ellas aunque mal paguen es un remake de Al son de la marimba, y aunque don Fernando Soler repite en el papel de padre aprovechado, aristócrata arruinado pero simpático vividor, y aunque una Silvia Pinal mucho mejor actriz y más atractiva hace el papel de Marina Tamayo, y aparece el Indio Bedoya como el capataz de Ángel Infante, y aunque las dos cintas fueron dirigidas por Juan Bustillo Oro, la primera, pese a Emilio Tuero es mucho mejor que este refrito (quien desconoce el cine viejo está condenado a ver remakes, dice Cabrera Infante, quien sabía mucho de cine); Pedro Infante aparece sólo para levantar ciertas escenas y avalar a Ángel.
En Había una vez un marido y Sí… mi vida, aparece en una escena en cada una de las dos cintas que en realidad son una sola, con el atractivo de una muy bella y simpática Lilia Michel, quien baila y canta una muy atrevida “qué pena, qué pena, que sirva yo de cena”, acompañada por los Hermanos Kenny, con el Tío Herminio al frente (“qué culpa tiene el pípila de tener carne tan buena); Michel, vestida de colegiala (falda de vuelo) baila y muestra unos muslos que regateó mucho en otras cintas. Infante, en un cabaret, y en la recámara de Rafael Baledón y Lilia Michel, irrumpe en cada una con una canción, y con el equívoco de estar en una cinta diferente; la escena de la recámara pudo ser pícara, sobre todo porque el director de ambas cintas, Fernando Méndez, tenía sentido del humor y de la picardía, pero Baledón lo hacía todo aburrido (en el cine, se entiende; en la vida real parece haber sido un tipo duro y rudo, diferente de su papel en el cine).

Los hijos de María Morales es la única cinta en la que Infante se dejó dirigir por Fernando de Fuentes, uno de los pilares del cine mexicano de los años treinta y cuarenta, autor de El prisionero 13, de Vámonos con Pancho Villa, de la espléndida La gallina clueca, de La casa del ogro, de El fantasma del convento, de El compadre Mendoza; es una lástima que este encuentro haya durado sólo una cinta, porque el resultado es magnífico, y mucho más complejo de lo que se ve a primera vista.
La trama es muy conocida: unos apostadores convencen a Carlos Salvatierra (Andrés Soler, en uno de sus mejores papeles, él, que no tuvo actuación mala y sí muchas maravillosas) de que encarcele, con cualquier pretexto, a los hermanos Pepe y Luis Morales, interpretados por Infante y Antonio Badú, marrulleros, tramposos, peleoneros, incapaces de aceptar ninguna derrota (si la hay, provocan una trifulca de la que siempre salen victoriosos), pero simpáticos; de no hacerlo, los apostadores amenazan con boicotear la feria anual, la principal fuente de ingresos del pueblo. Soler, a quien el destino hizo compadre de María Morales, tiene que acceder, y lo hace de una manera simpática y eficaz; cuando entran al pueblo los Morales una multitud los recibe con honores, y con ese pretexto los desarman y encarcelan, aunque Soler les hace creer que sigue órdenes de su comadre doña María, una extraordinaria Emma Roldán, que aparece sólo al final; a lo largo de la cinta sólo la vemos en una fotografía que la muestra mandona, indómita, y mucho más simpática que la Sara García de Los tres García; los Morales, no muy convencidos, aceptan, y tienen que soportar vejaciones, bravatas y burlas de los villanos; a cambio, reciben la visita de la hija de Soler, Irma Dorantes, no se puede decir que en su mejor momento porque hasta muy entrados los setenta se mantuvo bella y provocativa, y de su amiga, la menos simpática pero agradable Carmelita González; ambas se disfrazan de sirvientas que les llevan la comida (“la pastura”, les grita el guardia de la cárcel); liberados de la prisión, se dan cuenta del engaño de las heroínas, a las que raptan; ellas se mantienen a salvo de la deshonra, pero cuando llegan a rescatarlas Roldán y Soler, son las que apresuran a los Morales a que de verdad las rapten y consumen el acto.
Aunque así anunciadas estas acciones develan violencia, engaño, estupro y corrupción, la película está resuelta en un tono de comedia en la que los críticos han visto muchos síntomas del cambio de los tiempos: un machismo ya no imponente sino reducido; los héroes son humillados por una serenata que les asestan los villanos, y están impedidos de contestarla porque ni los ven ni los oyen, y se conforman con gritarles arengas que sólo aumentan la burla de los malos (que después no vuelven a aparecer; son apenas un pretexto); después, la serenata se la llevan dos cancioneras, en uno de los momentos perdidos de la cinta, porque las cancioneras son la muy guapa y buena cantante Verónica Loyo y la aún más guapa Josefina Leiner (a quien García Riera confunde con Lupe Carriles; en consecuencia, José Ernesto Infante Quintana repite el error); el resultado es una de las mejores canciones interpretadas por Infante en cinta alguna: “Corazón”, de José Alfredo Jiménez; aun con el clima propicio para el encuentro sexual, es imposible por el encarcelamiento de los hermanos Morales; también han destacado que Roldán proclama que sus hijos han sido humillados porque raptan a Dorantes y González, y no pasa nada; ¿qué van a decir de ellos?, se pregunta Roldán ante la desesperación de Soler, a quien no le queda más que el consuelo que de cualquier manera., muchos años antes había hecho el trato con Roldán de que daría su hija a cualquiera de los Morales (en matrimonio). La escena más inquietante tiene lugar cuando, ya raptadas, los Morales las tienen sometidas, y abren la puerta de la recámara; al ver una cama ellas se resisten, alarmadas; ellos no intentan forzarlas, sino encerrarlas; es de ellas la suspicacia.
Otros momentos muy atrevidos: en una cantina, antes de que los encierren, Badú pide a su hermano que cante: Infante, excelente bailarín, toma a Verónica Loyo como pareja, y sin moverse de un ladrillo y sobrándole terraplén, hace con ella lo que quiere: la atrae, la aleja, la aprieta, se le arrejunta, le raspa la mejilla, y con un lenguaje corporal más atrevido que el danzón que baila con Nelly Montiel en Ustedes lo ricos; Loyo hace lo que le pide, pero su baile no es pasivo, sólo lo hace creer así; Leiner, por su parte, está sentada en una posición muy sugerente, sobre la barra, muy untada a Badú; la actitud de los Morales, aunque pícara, no denota iniciativa, sino que espera lo que hagan ellas; la canción es una de las mejores de la fórmula Rubén Fuentes-Pedro Infante: “El Papalote”, que habla de la rebelión de un hombre contra la mujer liberada, con muchos amigos, y da a entender que él es sólo uno de tantos; en esta versión, Infante hace uno de los muchos cambios significativos a ciertas canciones; en “La casita”, el narrador de la canción le echa los perros a una “amiga”: “¿que de dónde amiga vengo? / De una casita que tengo…”; Infante, en la versión más conocida de la canción, dice “¿Qué de dónde amigo vengo?”; en “El Papalote”, Fuentes y el letrista Rubén Méndez dicen “Yo fui tu papalote, me repapaloteaste como te dio la gana, y armaste tu mitote cuando por tus amigos de plano te corté; Me traibas en la altura por más que yo rabiaba y rabiaba al comprender que así no era muy macho, no era muy macho ni tú eras mi mujer; Papalotito, papalote del aire, dale un besito al hijo de mi madre; ya tienes tu grandote pa’ que lo queras mucho y lo hagas padecer; yo no soy papalote, yo no soy papalote de ninguna mujer”.
Infante hace pocos cambios, pero significativos: “cuando por tus amigas de plano te corté”; los otros son costumbristas: “asina no era macho, asina no era macho ni tú eras mi mujer”; “me repapaloteastes”
Durante el puente, luego de hacer referencia al “grandote” (¿Badú? Era bastante más alto que Infante: dos hermanos disparejos), Badú grita “¡ése es mi hermano el chiquito!”. Con la complacencia de De Fuentes, Infante hace cara de azoro o de sorpresa y exclama “¿eh?”, un albur que se le pasó a la censura, y a los comentaristas, que no han reparado en la escena. Tampoco han reparado en las escenas en las que Dorantes y González los visitan en la celda, cómo Badú e Infante “pasan revista”: mientras hablan con uno, el otro examina su físico, en especial el trasero, y hacen gesto de aprobación; ellas, aunque lo perciben, no protestan hasta que comienzan a acorralarlas: “puerta, puerta”, gritan para que les abra el carcelero. (Esta cinta, con algunas variantes, fue planchada por Miguel Aceves Mejía en una cinta méxico-argentina, Viva quien sabe querer, de Miguel Morayta; dan el crédito del argumento a De Fuentes y al propio Morayta, pero en Los hijos de María Morales el argumento se lo adjudican a Fernando Méndez; el remake no lo explica García Riera en la Historia documental del cine mexicano.)
Ya he hablado también de la escena en que, cuando están a punto de raptar a Dorantes y a González, Infante se dirige al escenario donde las coronan reina y princesa de las fiestas, y por donde pasa respingan dos mujeres que atienden la ceremonia; los respingos parecen auténticos, no fingidos: Infante les pellizca (¿o acaricia?) el trasero. Las dos son guapas
Otras escenas menos audaces pero memorables: cuando van a jugar baraja los hermanos Morales, se preguntan si lo harán como caballeros “o como lo que somos”; eso sucede en muchas cintas, y también que ambos contendientes tengan las mismas cartas. Aquí no tiene tono de tragedia.
Si la cinta abunda en detalles y sugerencias, también en buenas actuaciones: los primeros, Roldán y Soler; ella, en su papel arquetípico de machorra y mandona, se roba la pantalla en cuanto aparece; Soler, con su manera peculiar de hablar, de hablar con refranes, de retorcer el lenguaje, de cambiar acentos, hace convincente cuanto dice, y se le cree la desesperación cuando encuentra bebidas a Dorantes y a González, y más cuando las raptan; también se le cree cuando acepta la presión de los villanos, y hace pensar que acepta esas y otras corrupciones; la menor, la elección de Dorantes como reina de la feria; desde luego, Badú e Infante están en sus mejores momentos, son simpáticos cuando quieren, y pese al guión, también pueden parecer apremiantes; cantan bien, y Badú, pese a su voz discreta, está entonado; se luce en la canción que habla de platillos mexicanos; Infante canta muy bien “El Papalote” y “Corazón”; sus papeles son los menos complejos, pero no desentonan frente a Soler; Dorantes está en el mejor papel de su vida, y Carmelita González no la hace quedar mal, aunque le falta picardía; Tito Novaro es tan buen villano como en El Ceniciento, y José Muñoz está como siempre: excelente. Las breves apariciones de Verónica Loyo y Josefina Leiner hacen desear que fueran más significativas, no sólo en esta cinta, sino en todo el cine mexicano.
Fernando de Fuentes hace que el tono siempre sea adecuado, no hay muchos momentos climáticos, pero tampoco hay caídas; cuando se corre el peligro de que se convierta en drama, lo resuelve con rapidez; el ritmo no se quebranta y, por el contrario, cuando se acelera el espectador no lo siente forzado. Hay personajes que desaparecen, como Novaro, Muñoz, Loyo y Leiner, pero la cinta es sencilla y esos personajes son accesorios; los importantes son Infante y Badú.
La siguiente cinta, Dos tipos de cuidado, enfrentó a los máximos ídolos del cine mexicano de entonces y de después; y aunque la diferencia de calidad en actuación era mucha, la cinta es tan interesante como Los hijos de María Morales; de ella se hablará en la próxima.

Y lo dicho: tengo muchos amigos, y excelentes. Gracias.

domingo, 7 de marzo de 2010

Odisea vivida en Chile (desde México)

Desperté cuando la tierra de los sueños faltó
bajo mi cama.
Pablo Neruda,
Canto general

Pero háblame, Bío-Bío,
son tus palabras en mi boca
las que resbalan, tú me diste
el lenguaje, el canto nocturno
mezclado con lluvia y follaje.
Pablo Neruda,
Canto general




“Todo chileno lleva en la memoria el recuerdo de un gran terremoto”, dice Pablo Neruda.
“El primer aviso fue como un niño, un temblor insignificante, como si hubiese pasado un camión o como si los árboles hubiesen sido agitados por una ráfaga de viento”, dice Artur Lundkivst en Agadir, poema en que revive uno de los temblores más destructivos de los últimos 50 años, en un pequeño puerto egipcio, de 6 grados Richter.
“Con el temblor de Chile, el mundo se movió como una campana; las réplicas duraron más de un año”, resumió uno de los pocos libros de divulgación sobre volcanes, terremotos, cordilleras.
Gustavo Sainz, en la parte que le corresponde de El juego de las sensaciones elementales, habla del “kilómetro sentimental”, que es qué tan cerca sentimos un acontecimiento; y aunque Chile está casi al otro lado del mundo, lo que vivimos desde el 27 de febrero, cuando en aquel país se dejó sentir un terremoto de 8.8 grados Richter, hasta el viernes 5 de marzo, ha sido casi insoportable.
El 27 de febrero me levanté, a las 5 de la mañana; la mejor hora para leer u oír música a un volumen alto, sin molestar a nadie; pero al buscar correos electrónicos me topé con una noticia seca, unas cuantas palabras: “temblor de 8.5 grados en Chile”; recordé que, según los expertos (no los expertos momentáneos), en Chile las fallas son profundas, lo que provoca que los seísmos que allí se producen sean más potentes, más fuertes; lo angustiante es que Diego estaba allá, en el Congreso de Literatura Infantil; llevaba cinco días, y sus correos reseñando el Congreso, con los inevitables, los indiscutibles, los imprescindibles, los que se creen imprescindibles, los insoportables, eran escuetos pero dejaban adivinar que su reseña sería divertida; faltaban dos días para su regreso, en una aerolínea con buena música, buenas cintas, comida exquisita aunque para estómagos fácilmente satisfechos; o hablaba de la belleza de las chilenas.
Mi inexperiencia con las llamadas de larga distancia me obligó a pedir el auxilio de las operadoras; el primero fue inútil: “nadie contesta”, me informó, “llame más tarde”; el segundo también fue infructuoso; buscaba información concreta; los cables noticiosos hablaban de daños graves en algunas ciudades del centro y del sur del país; en Santiago, decían, eran menores, pero se dejaron sentir en la zona metropolitana, y mi conocimiento de Santiago es sólo literario; la operadora, al sentir que mi insistencia estaba justificada, intentó comunicarme por operadora; era claro que a esa hora en México apenas nos habíamos enterado, pocos sabían o sospechaban lo intenso del temblor. Y no habían atiborrado las líneas; pregunté si podía saber si el hotel Windsor, a donde se hospedaba Diego, sufría algún daño: “ninguno, ¿por qué, pasó algo?” Un temblor fuerte; la operadora me dijo que si no estaba equivocado, que había sido en Japón; el de Chile fue mucho más fuerte, le dije, más de 8.5; entonces –por desgracia no se me ocurrió preguntar su nombre, atarantado como estaba– insistió varios minutos hasta que logró que contestaran; sé que en un movimiento así hay que cortar la energía eléctrica, el gas, todo lo que pueda causar una explosión o un incendio; las víctimas en San Francisco en 1906 no fueron por el temblor sino por los incendios que proliferaron, dicen, y agregan que en Tokio en 1923 fue algo parecido; pero apenas a las 6 de la mañana de aquí, a las 9 de allá, el telefonista del hotel me dijo: “está enfrente de mí, ¿quiere hablar con él?”
A partir de allí comenzaron los trámites, las llamadas, las preguntas, para asegurarse que pudiera regresar lo antes posible; en una de las llamadas, Diego me advirtió: “no te fijes mucho en lo que dice la televisión, son muy alarmistas; en donde estamos no pasó nada”; en efecto, en el hotel, ni en los alrededores hubo cuarteadoras ni daños; aunque el temblor fue poderoso, lo que ocasionó fue que cayeran algunos objetos, incluso pesados como televisores, pero no hubo daños mayores; ninguno de los asistentes al congreso sufrió daños en su persona, aunque algunos aún no saben de la suerte de amigos o familiares; y hasta este fin de semana, muchos siguen varados, como dice la prensa, esperando que se repongan del desorden natural pero que ha dejado estupefactos a los técnicos que no han logrado reponer las comunicaciones, menos los de la aviación.
Quienes vivieron los sismos de 1985 y estaban en el extranjero, o incluso en ciudades mexicanas pero lejanas del DF, oyeron azorados que las colonias Roma y Condesa habían sido destruidas totalmente; los habitantes del DF, que buscábamos noticias en radios de transistores, y alumbrados por linternas, escuchamos que se había derrumbado Sears Insurgentes con centenares de personas dentro, y la desolación fue terrible; nunca supe si quienes difundieron esas noticias fueron despedidos, o por el contrario, premiados por mentir y atraer más escuchas.

Aunque las llamadas se cortaban, aunque las computadoras fallaban, tenía noticias constantes de Diego: sintió algunas de las réplicas; otras no porque estaba en un auto en movimiento, o en un restaurante; estaba bien, lo sabíamos, pero queríamos, necesitábamos que regresara; el aeropuerto va a estar cerrado de 48 a 72 horas, me advirtió.
Fue arropado por sus compañeros de Random House en Chile; pasado el azoro del primer temblor, vino el desconcierto de todos, que trataban de saber algo de familiares o amigos, o hacer saber a familiares y conocidos que estaban bien. Con una actitud más allá de las obligaciones, los empleados del Windsor nos enteraban de cómo estaba, toleraban las muchas llamadas que hacíamos para ver cómo iban sus gestiones; su amabilidad, repito, rebasa el admirable cumplimiento de sus labores; alguno hasta le comentó a Diego que era la mayor celebridad al que habían hospedado, porque sus amistades (incluidos luchadores profesionales, con los comparte afición y trabajo), sus compañeros de trabajo y personal de la embajada mexicana en Chile le llamaban hasta extenuar a los empleados, quienes no dejaron de mostrar amabilidad e interés. La conducta de los de Random, sean los de Chile, Argentina y Colombia, y sobre todo los de México, fue formidable; no es de extrañar: es de las empresas que más que empresas son familias; el interés que mostraron por él no tiene nada que ver con su profesionalismo, con su inteligencia, con su sentido humano, características probadas sin necesidad de un cataclismo, sino con su calidad humana, con su don de gentes; lo de menos fue el respaldo económico, saber que, en la medida en que no resultaran afectados los sitios cercanos –es decir, carencia de agua, alimentos–, no tendría de qué preocuparse (sería lo de menos, pero otros asistentes al congreso no contaron con ese respaldo, excepto por parte de la embajada); lo determinante fue el interés, el esfuerzo por hacerle saber que no estaba solo, y el cariño y la emoción con que siguieron sus venturas y desventuras.

El hecho de que viajara por Lan era importante: ofrecía una comodidad mayor, indispensable en un vuelo de nueve o diez horas; por desgracia el descontrol que vivió produjo tal desconcierto que para muchos pasajeros es hora de que no pueden regresar, que deben esperar hasta el martes 9, y eso por turnos, y con vuelos lecheros, o algunos algo un poco más incómodo: cuatro o cinco horas por carretera a Mendoza, Argentina, de allí, según la disponibilidad, vuelo de dos horas a Buenos Aires, luego a Lima, y de allí a México; esa ruta la hubiera seguido Diego, con la generosidad de Pablo Dittborn, el director de Random Chile, quien lo llevaría en su auto hasta Mendoza; es también la única opción que tienen muchos mexicanos que se quedaron allá, y que no han tenido tanta suerte como Diego; han proliferado las quejas: México, dicen, se tardó en reaccionar y mandar aviones especiales para traerse a escritores y editores que estaban en Santiago por cualquiera de los congresos, el de literatura infantil y el de la lengua española; muchos países mandaron de inmediato por sus representantes, dicen, y en cambio México se tardó ¡tres días! Aparte de que en cataclismos lo urgente es salvar vidas, rescatar atrapados, llevar víveres, agua, para los que pierden todo, el primer avión que salió para México venía con intelectuales que se olvidaron de otros compatriotas, quienes recibieron la llamada para irse al aeropuerto con tanta premura que no pudieron llegar, además de las condiciones de confusión que reinaban: la aerolínea Lan permutó los pasajes de avión hacia otra línea, que no pudo salir y dejó durante horas a un par de centenares de mexicanos en el aeropuerto; hay la amenaza de que sólo pueden permutar (endosar, le dicen en un pésimo español) los boletos, dos veces; después tienen que volver a pagar, aunque la culpa no sea de los pasajeros; no se sabe si le fue mejor a unos argentinos que debieron esperar varias horas en medio del frío y del hambre para abordar un avión militar que les hacía dudar de su estabilidad.
Asombra la reacción de Juan Villoro; en Materia dispuesta hay mucho más humor, mucha más paciencia en sus personajes, que la que demostró luego de que lo depositaron en el aeropuerto la madrugada del jueves 4, cuando apenas reiniciaban actividades las aerolíneas, con la premisa de acondicionar vuelos nacionales de las 8 a las 20 horas, y de entonces a la mañana siguiente para los internacionales; hubo muchas quejas de que había ayuda para comida pero no para hospedaje, o al revés; lo cierto es que las editoriales vieron por sus representantes, y la organizadora SM por sus invitados, y se olvidó de los otros asistentes.

Diego corrió con suerte; por gestiones de Andrés Ramírez y Ariel Rosales, Salvador Beltrán del Río, subsecretario de Relaciones para América Latina y el Caribe, lo encontró y lo incluyó para un tercer vuelo, con la misma seguridad aunque con menos comodidades que en el vuelo de ida, por Aeroméxico; en Santiago, el embajador Mario Leal y Alejandro Ramos no se limitaron a cumplir con su deber, y nunca hicieron sentir, a nadie, que hacían un favor o que cumplían con un deber; por el contrario, fueron generosos en todo, incluido un bufete de quesadillas, arroz y frijoles, a más de vino chileno y cerveza mexicana, mientras los llevaban al aeropuerto (no conocían la fama de Diego en cuanto a devorador de comida); aunque reconozco que posiblemente por atender a los intelectuales mexicanos quizá desatendieron alguna prioridad en estos momentos de emergencia y de incertidumbre (en 1960, cuando tembló con una intensidad de 9.5 grados Richter, un día antes otro sismo de magnitud apenas menor estremeció el país, Santiago incluido), no tenemos manera de agradecerles esa atención, esa preocupación.
Lo mismo tenemos que decir a Melanie Jösch, Mariana Hales, Pola Núñez, Mariana Vera, Daniela Duna; a Gonzalo Eltesch, María Fernanda Paz, Amalia Ruiz, Maryorie Vásquez, Mónica Brozon, Alejandro Portilla, David Acevedo, que estuvieron todos juntos dándose ánimos, relajando la tensión, viendo unos por otros; Luis Moris se ocupó de llevarlo a todos lados, a deshoras, para cumplir con sus obligaciones en el congreso, y luego al aeropuerto, a la embajada, a donde necesitara. Ahora ya sabemos la cantidad de amigos que tenemos en todo el mundo, y que sumo a los de aquí, que estuvieron al tanto de todo, ofreciendo su ayuda aunque estuvieran lejos de Chile.
Algunos escritores, como el propio Villoro, Enrique Martínez y mi amigo de hace muchos años, Pancho Hinojosa, mostraron preocupación por lo que fuera a hacer.
En México, Cristóbal Pera, Edith Galo y Ariel Rosales coordinaron todo, a la hora que fuera, para protegerlo y para mantenernos a nosotros esperanzados y tranquilos; ya sabíamos cómo eran, y demostraron su grandeza en momentos angustiosos. Siempre he presumido que en el gremio de los actores, dramaturgos, directores, hay mucha más solidaridad que en el intelectual; Cristóbal, Ariel, Edith, Pedro, Andrés, me han desmentido; conté con ellos cuando fue necesario, y no sólo de palabra; Random es una familia, me dijo Cristóbal sin hacerme notar que percibía mi angustia. Ya lo sabía, y todo Random México me lo demostró.
No menos puedo decir del portal de El Universal, que no cayó en el amarillismo; hubiera sido insoportable tener que ver imágenes escandalosas, noticias de que había desaparecido la ciudad; pude, y puedo, seguir el drama de Chile sin imaginar lo irreparable.

Chile sufrió un terremoto mucho mayor que el que sufrimos hace 25 años, con daños terribles, pero menores que los nuestros; cuando menos, estaban mucho más preparados que nosotros, y eso que sufrieron una de las dictaduras más terribles del siglo XX; no tengo muchos amigos chilenos: conocí al altanero Roberto Bolaño que en el café La Habana presumía de ser enemigo personal de Pinochet; conocí a José Donoso, quien nunca dejó de respirar por la herida;; traté a Wilfredo Guzmán, editor generoso, pícaro y simpático, con quien compartí una tarea gigantesca; conocí a Jorge Edwards, tan impredecible; todo lo demás ha sido literatura; Huidobro, Gonzalo Rojas, José Donoso; muchas traducciones, muchas ediciones que la industria editorial mexicana debía retomar como ejemplo; por sobre todo, Neruda, poeta mayor del idioma; y como lectores, los chilenos han demostrado mayor capacidad e inteligencia para leer a José Emilio Pacheco que muchos mexicanos. Para los libros, no hay fronteras, salvo las que imponen los burócratas; he estado cerca de los chilenos, y me duele lo que les pasa, pero me consuela que, dentro de todo el sufrimiento, no fue tan atroz como en países menos preparados, con constructores más corruptos; y ahora lo siento tan cercano porque viví cinco días y seis noches sin pensar (cometí un error fatal que mis amigos repararon sin causar más daño), sin coordinar, sin desatender otros asuntos pero sin tener toda la concentración en ellos; celebro que no los viví solo y supe cuántos amigos tengo; sólo lamento no hacer sentir en estas líneas lo que siento al escribirlas.